DIRECTORIO FRANCISCANO
Documentos franciscanos oficiales

Fr. José Rodríguez Carballo, Min. Gen. OFM
COMUNIÓN Y TESTIMONIO:
EL DIÁLOGO NO TIENE ALTERNATIVA

Intervención en el Sínodo de los Obispos para Oriente Medio

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El día 12 de octubre de 2010, presente el Santo Padre, el Ministro general, Fr. José Rodríguez Carballo, OFM, participante en el Sínodo de los Obispos para Oriente Medio, en representación de los Superiores Generales, tuvo la siguiente intervención en el aula sinodal.

Santidad, Eminencias, Beatitudes, Excelencias, Hermanos y Hermanas:

En mi relación me referiré al tema central del Sínodo: Comunión y testimonio y a diversos números del Instrumentum laboris del Sínodo.

«Surge de Occidente y llega hasta Oriente»,[1] así se expresa un antiguo Oficio litúrgico escrito en italiano y griego en honor de san Francisco de Asís. El mundo cristiano y el mundo islámico estaban profundamente enfrentados. En el contexto de la cruzada, san Francisco parte para Oriente, no va contra nadie (expresión que se usaba para captar voluntarios para las cruzadas), sino in mezzo a, inter, "entre", como él mismo dice en su Regla (1 R 16,5). No va con las armas, ni movido por el afán de conquista, sino con la firme voluntad de encontrarse con el otro, el distinto y, en aquel contexto, el enemigo. Antes del encuentro con el Sultán, Malik al Kamil, el Poverello había intentado persuadir a los cristianos de que no diesen batalla, prediciendo la derrota. Todo fue en vano. Nadie le escucha. Francisco sale entonces del campamento cruzado y se dirige a Damieta. Era el año 1218. Allí tiene lugar el encuentro. Es el encuentro de dos creyentes. Las barreras caen y con ellas los prejuicios también. En su lugar se levanta el puente del diálogo y del respeto. Lo que no lograron las armas lo logra el testimonio humilde del cristiano Francisco, como él mismo se presenta.

Desde entonces, nosotros, los "frailes de la cuerda", así son conocidos en Oriente Medio los franciscanos, hemos permanecido en aquella tierra, sin interrupción, por designio de la Providencia y por voluntad de la Sede Apostólica, no sin persecuciones, como el mismo Señor lo anunció y como lo demuestran tantos mártires a través de los siglos, construyendo puentes de encuentro, derribando los muros de los prejuicios y de los fundamentalismos. Lo hacemos con los hermanos de las otras confesiones cristianas, compartiendo el mismo techo y los mismos lugares de culto, en el Santo Sepulcro y en Belén. Lo hacemos con los seguidores del Islam, particularmente en nuestras escuelas, en muchas de las cuales la mayoría de los alumnos son musulmanes, y en numerosas obras sociales, donde acogemos a todos, sin distinción de credo. En ambos casos es el "diálogo de la vida", no siempre fácil, pero, a la larga, siempre el más fructífero. Lo hacemos con los Hebreos, especialmente a través del estudio de las Sagradas Escrituras en la Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología de Jerusalén.[2] Es el diálogo bíblico y teológico, tan importante en aquella región y particularmente en Jerusalén. Al mismo tiempo custodiamos los lugares santos en nombre de la Iglesia Católica y cuidamos las "piedras vivas" de los fieles a nosotros confiados.

Ésta es la vocación de los hijos del Poverello, uno de los carismas de nuestra Orden (Juan Pablo II); ésta es la vocación de la Iglesia, particularmente en la tierra regada con la sangre del Redentor. El diálogo, hecho encuentro, no tiene alternativa, tiene alternativas en las relaciones con otras comunidades cristianas: el diálogo ecuménico,[3] que se basa en la escucha y el respeto recíproco; en las relaciones con el Judaísmo y el Islam: el diálogo interreligioso,[4] que se realiza con reconocimiento de los bienes espirituales y morales que existen en dichas religiones (cf. NA 2), diálogo que, según la metodología propuesta por san Francisco en su Regla, prevé la confesión de la propia fe, sin sincretismos ni relativismos, con mucha humildad y sin promover disputas, confesando con la vida en todo momento la fe cristiana y, cuando agrade al Señor, también con la palabra (cf. 1 R 16,6-7). El diálogo, por último, no tiene alternativas en relación con el todo proceso de paz para la región. En este caso los cristianos, situándose super partes,[5] están llamados a buscar siempre el respeto de la justicia y de los derechos de todos, particularmente de las minorías. No podemos ser ignorados en este proceso, aunque seamos una minoría, ni tampoco podemos callarnos, aun cuando tengamos la impresión de que nadie nos escucha.

Ante el triste espectáculo (cf. Lc 23,48) de los conflictos que se dan en Tierra Santa, a menudo se prefiere una lectura "laica" que habla del derecho de los pueblos de aquella tierra, de autodeterminación, de democracia…, evitando de este modo una lectura más profunda de los conflictos. Si es cierto que no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones, y que no habrá paz entre las regiones sin diálogo entre las religiones, los cristianos, particularmente en Tierra Santa, están llamados a mostrar al mundo que las religiones vividas desde la autenticidad, están al servicio de la comprensión entre los que son diferentes y al servicio de la paz.

En este sentido, la reconciliación en la región del Oriente Medio pasa necesariamente a través del encuentro entre las religiones, y para nosotros cristianos en primer lugar a través del encuentro/diálogo entre las distintas confesiones cristianas, mientras que entre los católicos se realiza con una verdadera y profunda comunión que vaya más allá de las diferencias culturales y rituales de las distintas Iglesias. Tales diferencias, lejos de ser un atentado contra la unidad, son una manifestación de la belleza de la Iglesia católica que vive la plena comunión de fe respetando la pluralidad de expresiones. Contra la idea ampliamente difundida de que las religiones están en la base de tantos conflictos, particularmente nosotros los cristianos, siguiendo fielmente las orientaciones que nos ha dado el Concilio Vaticano II respecto al diálogo con las otras religiones, estamos llamados a mostrar que la verdadera experiencia religiosa es forja de corazones reconciliados y reconciliadores. Por mi parte estoy convencido que la metodología mostrada por san Francisco es plenamente actual.[6]

Si esto es válido para todo el Oriente Medio, lo es de modo particular para Tierra Santa y para Jerusalén. Ésta, de ser la ciudad conflictiva por excelencia, debe llegar a ser la "ciudad de la alianza" entre los pueblos y las religiones, el corazón del diálogo interreligioso, y no sólo por ser un microcosmos del universo y por su situación geográfica en Asia, cruce del Mediterráneo, de África, y del Occidente, sino también, como ombligo teológico del mundo por su gran significado teológico para el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Esto que parece un sueño podrá ser una realidad bella y mesiánica si recordamos que la vocación que la Ciudad Santa tiene en la Biblia es la de ser madre de todos los pueblos, no la amante de un pueblo solo.[7] En cualquier caso, el diálogo, sin renunciar a la propia identidad, ayudará a ensanchar el horizonte propio hasta el punto de comprender el horizonte del otro.

«Paz y justicia se abrazarán», proclama el salmo 85. La reconciliación sólo será posible si cada uno de los pretendientes perdona y abandona la pretensión de ser el pretendiente único. Éste es el precio a pagar por la Paz. «Entre tú y yo no haya disputas», leemos en la Sagrada Escritura. ¿Por qué los hijos de Abrahán olvidan la habilidad de sus padres? La paz y la vida prometidas a Jerusalén llaman a la puerta de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes. Es el momento de acoger al Dios de la paz (Adonai Shalom).

«Bienaventurados los constructores de paz» (Mt 5,9). Para los cristianos, particularmente para aquellos que viven en Tierra Santa y, más concretamente en Jerusalén, es el momento de trabajar incansablemente por la paz, de ser puentes entre el mundo hebraico y el mundo musulmán. Pero esta vocación, de por sí muy difícil, sólo será posible si los cristianos sabemos mantener nuestra propia identidad, y en la medida en que trabajemos para reconstruir la unidad perdida de todos los discípulos del Señor Jesús: sin comunión no hay testimonio (Benedicto XVI).

Una última consideración. Por cuanto puedo conocer del Oriente Medio, estoy convencido que es urgente ayudar a los cristianos a reforzar su identidad de discípulos y misioneros, y que, por lo tanto, es necesaria una nueva evangelización para poner el Evangelio en el centro de la vida de cuantos creen en Cristo.

En este contexto hago cuatro propuestas:

• Que se elabore un catecismo único para todos los católicos de Oriente Medio.

• Que se emprendan iniciativas concretas para una formación adecuada a las exigencias de la nueva evangelización y de la situación particular del Oriente Medio, de todos los agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos y laicos.

• Que, en continuidad con el año paulino, se celebre un año dedicado a san Juan en todas las Iglesias de Oriente Medio, a ser posible con los hermanos de las Iglesias no católicas.

• Que se potencien los estudios bíblicos, especialmente a través de los tres Institutos Bíblicos ya presentes en Jerusalén: La Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología de los Franciscanos, L'École Biblique de los Dominicos, y el Instituto Bíblico de los Jesuitas.

Deseo, concluyendo, que ante la constante disminución de los cristianos en Tierra Santa, este Sínodo proclame una palabra de aliento a las comunidades cristianas y particularmente católicas de aquellas tierras, de modo que no se sientan solas, gracias a la solidaridad a favor de la Iglesia madre de Jerusalén. Además, que el Sínodo sea una ocasión propicia para potenciar con fuerza el diálogo ecuménico e interreligioso. Por último, que del Sínodo salga una intensa y confiada oración por la paz en Oriente Medio y en Jerusalén, y una llamada apremiante a cuantos tienen en sus manos el destino de los pueblos del Oriente Medio y, particularmente, de Tierra Santa, para que escuchen el grito de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que piden paz y respeto de la justicia.

N O T A S:

[1] Ricco Sposo della Povertà. Ufficio liturgico italo greco per Francesco d'Assisi. Edizione critica, traduzione e commento a cura di Anna Gaspari. Edizioni Antonianum, Roma 2010, p. 57.

[2] La Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología acoge, desde los años 70, a estudiantes de iglesias orientales, no sólo católicas, sino también ortodoxas.

[3] Instrumentum laboris, cf. nn. 76-84.

[4] Instrumentum laboris, cf. nn. 85-99.

[5] Pienso que, en este sentido, la Custodia de Tierra Santa, al ser una entidad internacional desde sus orígenes hasta hoy, puede ofrecer un gran servicio de puente entre el pueblo palestino y el pueblo israelí.

[6] El Santo padre Benedicto XVI, durante su peregrinación a Tierra Santa, el 13 de mayo de 2009, en el campo de refugiados de Aida, en Belén, recordó el camino de la "no violencia" seguido por san Francisco como el camino para superar el terrorismo y el fundamentalismo. El Santo Padre hablaba teniendo a sus espaldas el muro que separa Belén de Jerusalén.

[7] El Santo padre Benedicto XVI, asimismo en la peregrinación a Tierra Santa, dijo que Jerusalén «es llamada la madre de todos los hombres. Una madre puede tener muchos hijos, que ella debe reunir y no dividir».

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