DIRECTORIO FRANCISCANO
Documentos franciscanos oficiales

NOS VISITA LA ESPERANZA
Ecos del Capítulo general extraordinario (2006)

por Fr. José Rodríguez Carballo, Min. Gen. OFM

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Del 14 de septiembre al 1 de octubre del 2006 se celebró el Capítulo general extraordinario de la Orden de los Hermanos Menores. El Capítulo se inició en el monte Alverna y se desarrolló en Santa María de los Ángeles, junto a la Porciúncula (Asís). En él participaron 185 hermanos provenientes de todo el mundo, de los cuales 154 con voz y voto. Entre los participantes se encontraban los tres Ministros generales precedentes: Fr. John Vaughn, Fr. Hermann Schalück y Fr. Giacomo Bini. El último Capítulo general extraordinario se había celebrado hace ahora exactamente 35 años en Medellín (Colombia), en 1971.

El Capítulo «se sitúa en el amplio marco de la preparación de los 800 años de la fundación de la Orden de los Hermanos Menores» (El Señor nos habla en el camino, 1; en adelante: Shc), acontecimiento que tuvo lugar en el 1209, con la aprobación de la llamada Protorregla por parte de la Sede Apostólica (cf. Test 14). Más concretamente, este Capítulo general extraordinario ha sido pensado como el momento más importante de la primera etapa del proyecto La gracia de los orígenes, que convocó a toda la Orden de los Hermanos Menores bajo el lema escuchemos para cambiar, y que gira todo él en torno a la pregunta que se hizo Francisco delante del Crucifijo de San Damián: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Tres Compañeros 6). El inicio de esta primera etapa tuvo lugar en Santa María de los Ángeles (Asís), el 29 de octubre de 2005, con una solemne celebración eucarística.

Si el Capítulo, a juzgar por el sentir de la mayoría de los participantes, fue un verdadero momento de gracia en el que hemos sido visitados por la esperanza, -«no por cualquier esperanza, sino por aquella fundada en Cristo pobre y crucificado, y en sus representantes, los pobres y crucificados de esta tierra» (Shc 9)-, en vistas a reemprender el camino hacia adelante, en vistas a nuevos inicios, a una vida nueva, y a favorecer de este modo la refundación de la Orden; el documento final del Capítulo, El Señor nos habla en el camino, quiere ser «un recuerdo, una experiencia, un envío, una invitación siempre abierta» (Shc 3).

Así pues, ni el Capítulo en cuanto tal, ni el documento final del mismo, pueden ser vistos como "un canto en solitario", sino a la luz de la celebración de la gracia de los orígenes y, por tanto, «a la luz de un proceso que busca la actualización de nuestro carisma a tono con los desafíos de un cambio de época» (Shc 1).

I. EL DESARROLLO DEL CAPÍTULO

1. ESTRUCTURA DEL CAPÍTULO

La celebración del Capítulo se estructuró en dos partes. La primera, centrada en la escucha de algunas voces que nos llegaban de afuera de nuestra Fraternidad, tenía como objetivo el hacernos sensibles a las llamadas que nos vienen de nuestra historia, de la Iglesia, de nuestra Regla, de nuestro patrimonio filosófico-teológico, de la vida religiosa, y del mundo contemporáneo. La segunda, centrada en la reflexión sobre los grandes temas de nuestra forma vitae, tenía como objetivo el poder ofrecernos algunas orientaciones para el próximo futuro.

En la primera parte escuchamos al sacerdote Felice Accrocca, que nos habló de las diversas interpretaciones de la Regla franciscana, y de las "tensiones" vividas al interno de la Fraternidad a lo largo de estos 800 años de historia; al profesor Dario Antiseri, quien, partiendo de nuestro patrimonio filosófico-teológico, señaló algunas de las respuestas que estamos llamados a dar en el momento actual, teniendo en cuenta los retos que nos plantea nuestra cultura; a Sor Cristiana Mégarbané, Superiora general de las FMM, la cual, desde la experiencia de su propio Instituto, nos habló del mundo de las relaciones; al teólogo Peter Phan, quien nos situó ante los desafíos que nos plantea el diálogo y la misión en el mundo actual; finalmente escuchamos a Fr. Claudius Bohl, OFM, Maestro de novicios, el cual nos ofrecía una lectura-meditación de nuestra Regla, subrayando que se trata de un "texto abierto" que exige de todos los Hermanos Menores una observancia espiritual del mismo; un "libro abierto e inacabado", que se completa en nuestra fidelidad a Dios y al mundo, en profunda comunión con la Iglesia (cf. Shc 8).

En la segunda parte las reflexiones estuvieron centradas en los temas de la vocación, la fraternidad y la misión, y fueron desarrolladas, respectivamente, por Fr. Vumile Nogamane, Ministro provincial de la Provincia de Sud África, Fr. Pierre Brunette, Ministro provincial de la Provincia de San José de Canadá, y Fr. Manuel Anaut, Ministro provincial de la Provincia del Santo Evangelio de México. El texto guía para estas reflexiones fue el de los discípulos de Emaús (Lc 24,13- 35).

Mi informe al Capítulo, Con lucidez y audacia (en adelante: Cla), señaló el paso de la primera a la segunda parte. En él pretendía, de forma sintética y a la luz de las Prioridades de la Orden para este sexenio (cf. Prioridades de la OFM 2003-2009, Roma 2004), presentar el camino que nuestra Fraternidad está recorriendo en estos momentos, con sus luces y con sus sombras (cf. Instrumentum laboris Capituli generalis extraordinarii, 2.3), indicando algunas pistas para pasar de lo bueno a lo mejor. Señalando luces y sombras y haciendo algunas propuestas para el futuro, lo que he intentado, como reconoce el documento final del Capítulo, ha sido hacer una «relectura audaz y lúcida del Evangelio y de nuestras fuentes fundacionales» (Shc 1).

El documento El Señor nos habla en el camino recoge una buena parte de la experiencia vivida durante el Capítulo y muchas de las reflexiones que se llevaron a cabo en él (cf. Shc 2), señalando, al mismo tiempo, Orientaciones prácticas, que quieren iluminar el camino de búsqueda de la concreción histórica de nuestro carisma (cf. Shc 46), sobre todo en vista a una adecuada celebración jubilar del VIII Centenario de la fundación de nuestra Orden, en el 2009 (cf. Shc 1. 46, 48. 49/3).

Toda la experiencia capitular se nutrió de momentos prolongados de oración personal y comunitaria; de amplios espacios que permitieron a los hermanos compartir en profundidad su historia vocacional. También cabe señalar el encuentro de los capitulares con los hermanos y hermanas de la Familia Franciscana, particularmente con las hermanas Clarisas, así como la peregrinación a los principales lugares franciscanos que, después de 800 años, conservan todavía hoy, "el aroma original de nuestro carisma": el monte Alverna, Asís y Valle de Rieti. Todo ello favoreció la vivencia de «experiencias que ninguna palabra podrá sustituir» (Shc 2).

2. UN "CAPÍTULO ABIERTO"

Desde un principio, el Capítulo general extraordinario se pensó como "un Capítulo abierto". Por tanto, el Capítulo, que hemos clausurado oficialmente el 1 de octubre, está llamado a continuar en cada una de nuestras Entidades. Toca a cada una de ellas, en efecto, poner en práctica las orientaciones prácticas que deberán marcar nuestro futuro y que son propuestas por el documento final. En esta puesta en práctica nos jugamos el sentido profundo del Capítulo y sus frutos.

Al hablar de poner en práctica las orientaciones que nos dejó el Capítulo, los Capitulares no quieren decir, ni mucho menos, que haya que aplicarlas todas al mismo tiempo, ni tampoco uniformemente en toda la Orden, pues, como justamente afirma El Señor nos habla en el camino, «el reconocimiento de nuestra diversidad ha sido un hito de este Capítulo» (Shc 49/2). Esta diversidad ha de ser respetada a la hora de poner en práctica las orientaciones capitulares, ya que tanto la diversidad, que «caracteriza nuestra Orden» (Shc 49), como «la capacidad de inculturación de nuestra identidad de Hermanos Menores» (Shc 49/2), están exigiendo «formas múltiples» (Shc 48) y «diversos grados de aplicación en las distintas regiones de la Orden» de dichas orientaciones (cf. Shc 49/2). Corresponde, por tanto, a cada Entidad «sopesar cómo poner en práctica las sugerencias dadas aquí» [documento final], teniendo en cuenta «sus propias circunstancias y posibilidades», y, en vista de su crecimiento, elegir aquellas que considere «más adecuadas» para alcanzar tal fin (Shc 49/2).

Esto no quiere decir que las Entidades sean libres de poner en práctica o no las orientaciones prácticas del documento capitular. El Señor nos habla en el camino reconoce que las orientaciones prácticas nos «permitirán tomar conciencia de nuestra situación y poder evaluar nuestro proceso para celebrar nuestros 800 años de fundación» (Shc 49/3). Por este motivo, en la segunda parte del documento del Capítulo no sólo se exponen "con firmeza" dichas orientaciones (Shc 48), sino que se recomienda vivamente el ponerlas en práctica (cf. Shc 49/1, 49/2). Lo que sí se quiere es evitar que los hermanos se sientan cargados con más programas (cf. Shc 49/2), de ahí que el documento final, después de afirmar que se trata de «sugerencias para nuestro crecimiento», invite al discernimiento para ver cuáles son más adecuadas a dicho fin (cf. Shc 49/2).

Es, por tanto, la hora del discernimiento (Cla, 154), a través del cual cada Entidad debe tomar conciencia de su propia situación y considerar cuidadosamente su propio crecimiento como «fraternidad-en-misión» (Shc 48). Es también la hora de la creatividad, a nivel personal e institucional, para continuar escribiendo una renovada historia de fidelidad a Dios y al hombre. Recordando siempre que lo que el Capítulo nos pide es que emprendamos «proyectos que unan e integren nuestra vocación, nuestra fraternidad y nuestra misión en un único tejido formado por los hilos del testimonio personal, común e institucional», y que desde la perspectiva de la integración, las «instrucciones y orientaciones no están aisladas las unas de las otras, sino que necesitan crecer conjuntamente en armonía» (Shc 49). De este modo evitaremos la fragmentación, que con frecuencia caracteriza nuestras vidas y daña nuestro testimonio.

3. LA METODOLOGÍA DE EMAÚS,
CAMINO Y MÉTODO PARA EL FUTURO

Como ya dijimos, el icono bíblico de los discípulos de Emaús ha estado muy presente en todo el Capítulo, no sólo como marco dentro del cual se colocaron las reflexiones en torno a la vocación, fraternidad y misión, sino también porque fue el texto base propuesto para la oración personal y fraterna de los capitulares, particularmente durante la segunda semana. De este modo, bien podemos decir que el relato de la experiencia de los discípulos de Emaús nos acompañó, orientó y guió durante toda la celebración del Capítulo (cf. Shc 3), tornándose para nosotros en «el paradigma del viaje que queremos emprender en los distintos caminos de nuestro mundo» (Shc 8), afectando «tanto a nuestra vida humana como a nuestra vida de fe que compartimos como Hermanos Menores que siguen las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (Shc 49/1).

A través de la meditación de la Palabra, «el Señor nos ha manifestado su rostro» (Shc 8) y pudimos reconocer nuestra itinerancia fraterna y la presencia del Señor en medio de nosotros, con su Palabra y al partir el pan. Las Escrituras, y particularmente el texto de los discípulos de Emaús, nos ayudaron a dejarnos visitar por la esperanza y a retomar con fuerza el camino de Jerusalén: camino de comunión y de misión; «camino antiguo y siempre nuevo, que deseamos recorrer con cada uno de los hermanos» (Shc 3), mostrándonos la belleza de nuestra vocación y misión, desde la lógica del don (cf. Shc 19-25). Siempre a la luz de la Palabra de Dios, hemos podido verificar nuestros miedos y nuestras resistencias, y hemos podido, también, «cuestionarnos por el talante de nuestra vida» (Shc 3). Llamados como Israel a recurrir a la memoria «de la obra maravillosa del Dios liberador y creador de la historia», hemos sido convocados en Asís, «altar predilecto de nuestra memoria» (Shc 7), para reemprender con fuerza el camino hacia delante, sintiéndonos felices de vivir en medio de la gente despreciada, de los pobres y débiles, de los mendigos y leprosos, que están a la vera del camino (Shc 8). La escucha y el compartir de la Palabra permitieron, finalmente, que «nuestro corazón se haya abierto al misterio del otro como espacio de salvación», y que pudiéramos «en el contexto de la fe compartida, expresar nuestros temores con libertad». De este modo, empujados por la «fuerza interior que brota de la Pascua», hemos podido revivir, con generosidad, entusiasmo y pasión, nuestra forma vitae, y «retornar a los hermanos con renovada ilusión» (Shc 3).

Fue tan fuerte y rica esta experiencia que el documento final del Capítulo, El Señor nos habla en el camino, reconoce en dicha metodología -con todo lo que presupone de oración y encuentro, de cuestionamiento, discernimiento y llamada a la conversión (cf. Shc 42)-, como la «primera prioridad» (Shc 49/1), «el elemento más importante» que ha surgido durante el Capítulo (Shc 49/1), y definiéndola como: verdadera «escuela de fraternidad» (Shc 51); «piedra angular para nuestro crecimiento como Hermanos Menores» (Shc 49/1); el modelo para reflexionar sobre nuestra identidad y para discernir nuevas iniciativas de misión; método que nos ayudará «a superar el individualismo y el aislamiento que a menudo caracterizan nuestras vidas y nuestras obras» (Shc 49/1, cf. Cla 49); dinámica central «para el proceso de crecimiento institucional, y conversión personal y fraterna» (Shc 42); el instrumento adecuado para reconocer y celebrar la gracia de los orígenes (cf. Shc 43.44).

Motivados por esa experiencia de gracia, los capitulares, en el documento final, no dudan en presentar la metodología de Emaús como «el camino o el método que nos guiará hacia el futuro» (Shc 399), pidiendo que se ponga en práctica «en todas nuestras Provincias, Conferencias e incluso a nivel de la misma Orden» (Shc 44), como medio para «compartir juntos las alegrías y las dificultades de ser hermanos y reflexionar sobre nuestra vocación personal», instrumento para «profundizar juntos nuestro seguimiento de Cristo y nuestra fe en Dios» (Shc 51), y metodología que nos permitirá quebrar el silencio que nos habita para instaurar el diálogo entre nosotros y con el mundo, aprendiendo, al mismo tiempo, a interpretar nuestras vidas a partir de las Escrituras, mientras el Señor ilumina nuestro corazón (cf. Shc 44).

II. NOS HABLÓ MIENTRAS ÍBAMOS DE CAMINO

El Capítulo sentó como principio que «lo más propio del caminar franciscano es partir de la vida» (Shc 10). Fieles a este principio, los Capitulares en nuestras reflexiones hemos partido siempre de la vida, y en las orientaciones que nos dimos para el futuro hemos mirado siempre a la vida. En este sentido, al mismo tiempo que podemos decir que el Capítulo ha sido una fuerte experiencia de la presencia del Señor en nuestro camino, también podemos decir, sin lugar a duda, que el Capítulo ha sido una ayuda extraordinaria para tocar de cerca nuestra realidad, personal y fraterna, en la que hemos descubierto muchos signos de vida y constatado el largo camino recorrido en estos últimos 30 años; pero en la que hemos también tomado conciencia del largo tramo del camino que nos queda por recorrer, y de las muchas llamadas a la conversión, para pasar de lo bueno, que ciertamente existe en nuestras vidas, a lo mejor, que es la meta que hemos de prefijarnos en nuestra vida y misión.

Con Francisco hemos orado insistentemente al Señor para que iluminase las tinieblas de nuestro corazón, y, como él, también le hemos preguntado más de una vez: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (cf. Shc 8.14). Y el Señor no fue sordo a nuestras súplicas y con fuerza nos hizo sentir, una vez más, su apremiante llamada: Volved al Evangelio, fundamentad vuestras vidas en el Evangelio (cf. Shc 38). Sólo así, en efecto, nuestras vidas, como yo mismo dije en el Informe al Capítulo, y como luego repitió el documento final, «recobrará la belleza, la poesía y el encanto de los orígenes». Sólo así seremos liberados de todas nuestras esclavitudes (cf. Shc 14; Cla 5). Colocad la experiencia de Dios en el centro de vuestra vida y misión -nos repitió el Señor-, pues sólo ella podrá transformarlas, sólo así podréis refundarlas (cf. Shc 38).

Y junto con esta llamada, que sin duda es la principal, el Espíritu, de mil maneras, nos ha dicho: Hermanos Menores: Poneos en camino, y desde la fe y la lógica del don, construid fraternidad, en comunión con los menores de la tierra y en diálogo con el mundo.

1. PONEOS EN CAMINO

Caminar es la condición de todo peregrino y forastero y, en cuanto tales (cf. 2 R 6,2), es la condición de todos los Hermanos Menores. Caminar es lo que se nos pide si queremos «crecer en la vida evangélica y en el seguimiento de Cristo» (La formación permanente en la Orden de los Hermanos Menores, Roma 1995, 38), en «fidelidad creativa» (cf. Vita consecrata 37). Caminar es lo que queremos con la celebración de la gracia de los orígenes: caminar, ir a las raíces, a los fundamentos de nuestro carisma, y, al mismo tiempo, caminar al encuentro con los hombres y mujeres de hoy, para dar una respuesta evangélica y franciscana a sus preguntas "sobre el sentido de la historia, de la existencia y de la vida", preguntas que son también las nuestras (cf. Shc 6).

El Capítulo, consciente de que en momentos de crisis, como los que está atravesando actualmente la vida religiosa en general y la vida franciscana en particular, la tentación de "sentarnos a la vera del camino", con rostro de resignados a ver lo que pasa, es más que hipotética; consciente también de que el caminar monótono y rutinario, la falta de esperanza en el futuro, la resignación, el pesimismo y el desencanto, son realidades presentes en más de una Entidad y en no pocos hermanos, síntomas bien claros de la crisis que estamos viviendo y manifestación de la misma (cf. Cla 20), no duda en invitarnos con fuerza a ponernos en camino, «en permanente discernimiento» y en «una evaluación constante de nuestra vida» (Shc 35). Nos invita y nos pide el que nos sintamos «mendicantes de sentido», en profunda comunión con nuestros contemporáneos (cf. Shc 6), y particularmente con los pobres, que «tienen la fuerza de orientarnos en nuestras búsquedas» (Shc 5), como único medio para vencer la parálisis y superar la catalepsia que tantas veces nos impide mirar hacia adelante y poner los ojos en el futuro hacia el cual nos empuja el Espíritu (cf. Vita consecrata 110). Nos invita y nos pide que nos preguntemos siempre: «Qué nos pide hoy el Señor» (cf. Shc 47).

Puede que en tiempos marcados por cambios tan vertiginosos como los nuestros no tengamos muy claro hacia dónde vamos. Yo mismo lo dejaba entrever en mi Informe al Capítulo cuando hablaba de que los tiempos actuales son más bien tiempos de preguntas que de respuestas (cf. Cla 121). En un momento como el nuestro de cambio de época, puede que nuestros ojos, como los de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,16), estén cerrados y no veamos, con la claridad que desearíamos, cómo responder a los signos de los tiempos, a través de los cuales el Espíritu nos sigue interpelando constantemente (cf. El Señor os dé la paz, Doc. del Capítulo general 2003). Puede que, cargados como estamos de tantos interrogantes aparentemente sin respuesta, fatigados por tantos cansancios acumulados y llenos de incertidumbres ante nuestro futuro (cf. Shc 7), nuestra decepción sea tan grande como la de Cleofás y su compañero, hasta llegar a confesar como ellos nuestra profunda frustración: «nosotros esperábamos» (cf. Lc 24,21).

En cualquier caso, mientras seguimos implorando «al alto y glorioso Dios que ilumine las tinieblas que nublan el corazón del mundo y las tinieblas del nuestro propio» (Shc 8; cf. OrSD 1ss), lo importante es ponernos en camino, confiando en que el Señor camina con nosotros y guía nuestros pasos, aunque de momento no estemos en condiciones de reconocerlo. Lo importante, en estos momentos de incertidumbre y de prueba, es que nos sintamos "hermanos en camino", "compañeros de camino", y «que nos presentamos a los demás con la verdad de nuestra búsqueda, con la verdad de nuestras preguntas, con la verdad de nuestros miedos e incertidumbres» (Cla 121). Sólo poniéndonos en camino y con la confianza puesta en el Señor de la historia, conjugando a nivel de experiencia «el Evangelio de Jesucristo con la vida misma en todo su espesor», nos iremos «desvistiendo poco a poco del desencanto, así como del pragmatismo superficial y de los fáciles idealismos, para habitar en la tensión del Reino, atmósfera fecunda del seguimiento» (Shc 9). Sólo manteniéndonos en camino podremos tener «una mejor comprensión de la propia vocación» (Shc 10).

A este respecto, es muy significativo que el documento capitular tenga como título El Señor nos habla en el camino, y que los términos más repetidos en él son los que hacen referencia a caminar, buscar, y discernir. También me parece altamente significativo que el mismo documento final reconozca que «el pasaje bíblico de los discípulos de Emaús nos ha guiado como paradigma del viaje que queremos emprender en los distintos caminos de nuestro mundo» (Shc 8). Como ellos, también nosotros nos sentimos en camino, "mendicantes de sentido". Como ellos, anhelamos la presencia del Señor como compañero de viaje para poder comprender las Escrituras y los signos de los tiempos.

2. DESDE LA FE Y LA LÓGICA DEL DON

Nuestra vocación y misión, lo mismo que una profunda renovación (refundación) de nuestra vida, son incomprensibles y, por tanto, inseparables de la fe. Lo reconoce con fuerza el documento El Señor nos habla en el camino: «La vida de la fe es la fuente absoluta de nuestra alegría y de nuestra esperanza, de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestro testimonio al mundo» (Shc 18).

No podría ser de otro modo, ya que «las relaciones fundamentales de nuestra vida: con el mundo, con Dios y con nuestros hermanos, son construidas desde la fe» (Shc 16; cf. Shc 15). La fe, de hecho, "en una circularidad permanente" con la vida, nos permite una interpretación adecuada de la propia existencia y de la existencia de los demás, con todo lo que ello comporta: las experiencias de cada uno, el contacto humano con la realidad dolorosa y esperanzadora de cada persona, de cada pueblo y con la naturaleza (cf. Shc 11).

En relación con uno mismo, la fe es la que permite que el Señor entre en nuestras vidas, como entró en la vida de la Samaritana (cf. Shc 17), y nos reconcilie con nuestra propia historia, curándonos «de nuestras enfermedades, de los lastres heredados» (Shc 18). La fe es la que permite al Señor conducirnos, «cada vez más profundamente», hacia un manantial que saciará definitivamente nuestra sed (cf. Shc 17); y la que nos permite responder a la misión a la que el Señor nos envía (cf. Shc 18), empujándonos a ser apóstoles para los demás. Y la historia se repite: La sed saciada, como en el caso de la Samaritana, será entonces nuestro mensaje (cf. Shc 17).

En relación con los demás, afirma el documento final del Capítulo, la fe en el Dios, Uno y Trino, es lo que nos hace salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los otros, "del distinto", para «entregar y entregarnos gratuitamente», desde la lógica del don (Shc 22). Por este mismo motivo, a la base del reconocimiento del otro como hermano está una opción de fe: «El hecho de reconocernos como hermanos nace de la fe en un Dios que es Padre de todos. Desde la fe reconoceré al otro y podré decir como Francisco: El Señor me dio hermanos» (Shc 26). Y sólo desde la fe, «en la diversidad de personalidades», podremos «reconocer un don entregado a nuestras vidas para entrar en relación de amor gratuito y desinteresado» (Shc 23) con el hermano, con el "otro". No hay fraternidad sin confianza en los demás, pero, para nosotros, esta confianza/fe en los demás se afianza en la fe en Dios, Uno y Trino. De ahí que no podamos separar una de la otra, ya que ambas «están íntimamente relacionadas entre sí» (cf. Shc 15).

Finalmente, en relación con la realidad que nos rodea, la fe nos permite tener una mirada nueva sobre ella (cf. Shc 19). La fe no nos oculta la dramática realidad y el dolor de nuestras gentes, el sufrimiento de "rostros y nombres concretos ligados a nuestras vidas cotidianas, rostros y nombres amados", que luchan contra «las fuerzas culturales, sociales y políticas que buscan imponerse», obstaculizando no sólo la fe, «sino también la confianza fundamental en los otros»; «pueblos enteros que todavía reclaman los derechos básicos de alimento, techo, educación y trabajo; pueblos enteros que se ven obligados a emigrar sin la promesa de un verdadero cambio para sus vidas». La fe no nos oculta ni nos ahorra nada de eso, pero nos hace ver esa realidad desde otra óptica y, sobre todo, nos lleva a compartir su misma suerte (cf. Shc 5). La fe no nos ahorra las preguntas existenciales que, ante el dolor de la humanidad y el caos de nuestro tiempo, se plantean muchos de nuestros contemporáneos (cf. Shc 6), pero, «desde una relación profunda con Dios, con su Palabra, en una comunión entrañable con la Iglesia» (cf. Shc 14), se nos permite vivir la realidad desde una perspectiva nueva.

Pero la fe de la que habla el documento final del Capítulo, como toda fe que es auténtica, «implica todo lo que somos, nuestra historia, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestras emociones, introduciendo a toda la persona en una obediencia a la Palabra, cargada de futuro» (Shc 18). Consciente que una fe así no se alcanza de una vez por todas, El Señor nos habla en el camino nos pone delante de la necesidad de dar a la persona un "equipamiento básico" en el campo de la fe, de proporcionarle una adecuada «educación en la fe» (Shc 27), tanto durante la formación inicial como la permanente; habla de la "urgencia" de «la personalización de la fe» (Shc 16). E intentando provocar una profunda reflexión, el documento final del Capítulo nos lanza una pregunta que es bueno que nos "atormente" y nos "persiga" a todos y en todo momento: ¿Tendremos esa fe, esa fe que nos lleva a ver la propia realidad, la realidad de los demás y de la historia, desde una óptica nueva? (cf. Shc 27).

Esta fe nos llevará necesariamente a vivir en la lógica del don. Partiendo de «la perfecta lógica del don» que se da en Dios: El Padre que nos dio y nos da al Hijo, el Hijo que se dio sin reserva alguna y que, de manera especial, nos dona a su Madre, nosotros, Hermanos Menores, no podemos menos de vivir desde esa misma lógica, sintiéndonos nosotros mismos don (cf. Shc 20-22), lo que nos permitirá «entregarnos gratuitamente a los otros a través de un movimiento del don que es similar al constante entregarse de Dios» (Shc 22). Esta lógica lleva a una "mirada nueva" que hará posible ver en cada hermano «un don entregado a nuestras vidas para entrar en relación de amor gratuito, desinteresado, con él» (Shc 23). En la "lógica del don" la diversidad se torna riqueza, y el pecado del hermano en ocasión para entregarnos sincera y gratuitamente a los demás y prolongar así el amor de Dios (Shc 22). De este modo, el bien recibido -somos don del Señor-, será bien compartido y restituido (cf. Shc 19), tal y como lo deseaba Francisco.

Es pues el momento de caminar desde la fe, como los grandes modelos de fe: Abrahán, María de Nazaret, Jesús, Francisco.... Ya lo hacía notar en mi Informe al Capítulo cuando afirmaba: «Es el momento de ejercitarnos en la fe, de movernos desde la fe, de vivir de la fe». Sólo la fe, en efecto, logrará ponernos en camino, pues sólo desde ella podremos «asumir el Evangelio como Buena Noticia, pasar a la otra orilla, vivir el presente con audacia y osadía evangélicas. Sin fe, nada de esto es posible. Sin fe, el peligro de instalarnos, de repetirnos, de anular los sueños más profundos, de perder, poco a poco, la alegría que brota de la pasión en la vivencia de nuestra vocación y misión, es más que una posibilidad» (Cla 8). Por otra parte, en el trabajo en grupos linguísticos sobre mi Informe, los capitulares no dudaron en afirmar que la verdadera crisis que vivimos es crisis de fe, que luego se transforma también en crisis de autenticidad. Al mismo tiempo se subrayó la necesidad de la fe para superar la crisis por la que está pasando la vida religiosa en general y la nuestra en particular.

Es también el momento de recuperar el gozo de la gratuidad y de la entrega sin reservas y sin cálculos egoístas. Para lo cual es necesario ejercitarnos en la contemplación del Dios que se hace don (cf. Shc 20), pues sólo desde dicha contemplación encontraremos «la fuerza y la lucidez para afrontar, en una perspectiva del don, la realidad personal, comunitaria y social, marcadas siempre por la finitud y el pecado» (Shc 24), y podremos «transmitir, más allá de la ley del precio, del intercambio, de la ventaja, que se impone en nuestro tiempo, una lógica del don» (Shc 19).

Subrayando la necesidad de la fe y la lógica del don, como presupuestos para construir fraternidad, el Capítulo nos recuerda que por vocación somos, ante todo, creyentes, y que nuestra misión pasa, necesariamente, por la entrega, la donación y la "restitución".

III. CUIDAD LA VIDA FRATERNA

El tema de la fraternidad ha sido, sin duda alguna, el tema más presente en todo el Capítulo. Ello muestra, ciertamente, que la Orden ha tomado conciencia de que la fraternidad es un elemento fundamental y fundante de nuestra vida y misión. Al igual que la comunión de vida en fraternidad configuró la vida y misión de Francisco y de sus primeros compañeros, así también la vida en fraternidad ha de configurar nuestra vida y misión, de tal modo que ya no podemos hablar de vida franciscana sin la comunión de vida en fraternidad, y ya no podemos hablar de misión franciscana sin pensarla y vivirla como misión desde y en fraternidad: Somos una fraternidad y, en cuanto tal, somos enviados en misión para anunciar al mundo la palabra del Señor (cf. CCGG 1,1; 38ss; 87,2). Al mismo tiempo, sin embargo, dicha insistencia indica, también, que todavía estamos en déficit en relación con la vida de fraternidad, y que si mucho es el camino recorrido, mucho es también el camino que nos queda por recorrer (cf. Cla 37-55).

Del Capítulo general extraordinario sale, pues, más reforzada la convicción de que formamos una fraternidad, de que somos fraternidad; pero, al mismo tiempo, durante la celebración del Capítulo extraordinario hemos escuchado con fuerza la llamada del Espíritu a cuidar de la vida fraterna, a seguir creciendo en fraternidad, a construir fraternidad, a responder mejor a nuestra vocación de hermanos. La fraternidad, que es ciertamente un don que hemos de acoger con gratitud y celebrar con gozo, es al mismo tiempo una tarea, «una de nuestras tareas fundamentales» (cf. Shc 27). Por tal motivo, nuestra vocación, se repitió muchas veces durante el Capítulo y yo mismo lo afirmé en mi Informe, es la de construir fraternidad.

Llamados por gracia a vivir en fraternidad, somos llamados, igualmente, a ser constructores de fraternidad y no sólo sus consumidores (cf. Cla 55). Mucho y fecundo, como hemos dicho, es el camino que hemos hecho en el terreno de la comunión de vida en fraternidad, pero largo es también el tramo de camino que nos queda por recorrer. Formamos parte de una fraternidad llamada a crecer constantemente. Nuestro camino de fraternidad es un camino iniciado pero ciertamente no concluido.

Es también un camino hermoso, pero nada fácil. En este contexto, el Capítulo, consciente de las dificultades por las que atraviesa la vida fraterna, en su documento final, aludiendo al compartir fraterno que se llevó a cabo durante su celebración, afirma: «El recíproco intercambio de experiencias nos ha convencido que nuestra fraternidad necesita de una delicada atención de nuestra parte» (Shc 31).

¿Por qué esta "delicada atención" a la vida fraterna? Dos son las principales dificultades con las que tropezamos, según el documento El Señor nos habla en el camino, a la hora de avanzar en la construcción de la vida fraterna: las divisiones y la falta de confianza mutua entre los hermanos.

1. LAS DIVISIONES

Vivimos en un mundo «herido por la fragmentación y las divisiones». Y lo que podría parecer algo extraño a quienes hemos abrazado la fraternidad como un elemento constitutivo de nuestra forma de vida, sin embargo, no lo es. El Señor nos habla en el camino es claro al respecto cuando afirma que «estas divisiones no son algo ajeno a nuestra propia vida fraterna» (Shc 31).

La construcción de la fraternidad pasa entonces, en primer lugar, por superar las divisiones, causa, muchas veces, de la dispersión, y de la tentación de separarnos de la experiencia comunitaria, para refugiarnos en la propia seguridad cotidiana que, antes o después, es fuente de individualismo. En efecto, después de algunos o muchos años de vida en fraternidad, las injusticias o los conflictos en el seno de la misma, la presencia del pecado en la vida de los hermanos o en la propia, el cansancio y las dificultades propias del camino, pueden producir en nosotros, como en los discípulos de Emaús, desconcierto, frustración, -«nosotros esperábamos...»-, y entonces es fácil sucumbir a la tentación de escapar y tomar distancia de la fraternidad y transformarnos, como Cleofás y su compañero, en cómplices de un desconcierto demasiado fácil de llevar.

Esta tentación muchas veces se nutre de la conciencia del abismo que existe entre lo que cada uno de nosotros vive y lo que queremos vivir juntos, abismo entre nuestro caminar y aquello a lo que nos dirigimos juntos. Otras veces, dicha tentación es alimentada por los sentimientos de extrañeza ante la diversidad que experimentamos entre nosotros y que frecuentemente molestan y nos hieren más que el rigor mismo del camino. Casi siempre, sin embargo, las divisiones son manifestación de una visión demasiado horizontal, y muy poco teologal, de la fraternidad.

En tales casos es necesario recordar, en primer lugar, que la vida fraterna en comunidad no es "opcional" para los hermanos. La comunión de vida en fraternidad es nuestro "signo" ante el mundo, «una buena noticia de la familiaridad de todos los seres creados a la luz de Cristo» (Shc 26), y por ello no podemos "renunciar" a ella ante la primera dificultad. Hace falta también ver la diversidad y la pluralidad, no como una amenaza a mi individualidad, sino como una riqueza, «alegre noticia de un Dios siempre fecundo» (Shc 4), que hace nuevas todas las cosas y, por supuesto, distintos todos los seres; y que «la fraternidad perfecta es para Francisco, y también para nosotros hoy, aquella que reúne en sí los dones de cada hermano, puestos al servicio del Reino» (Shc 38). Por otra parte, es urgente recuperar el sentido teologal de la fraternidad. Desde el momento en que «la relación fraterna no nace primariamente de nuestra buena voluntad o de nuestra virtud, sino del don de Dios», es necesaria una visión de fe en un «único Padre que nos convoca a la hermandad» (Shc 26; cf. Cla 54), desde la riqueza de nuestras diferencias y de nuestra diversidad. Se hace urgente, por tanto, una «educación en la fe» (Shc 27), si queremos cuidar y crecer en nuestras relaciones fraternas.

2. LA FALTA DE CONFIANZA MUTUA

La falta de confianza -«fe horizontal», «fe básica y fundamental», de la que habla el documento final del Capítulo (cf. Shc 15-16)-, hiere de muerte la vida fraterna, reduciéndola, en el mejor de los casos, a una simple vida en común. Esta falta de confianza es causada y a la vez se nutre, en la mayoría de los casos, de experiencias negativas causadas por la presencia del pecado entre nosotros (cf. Shc 16).

Consciente de que la verdadera fraternidad se establece «al precio de la reconciliación» (Vida fraterna en comunidad, 26, Roma 1994), pues la fraternidad perfecta no existe todavía, consciente, también, de la necesidad de «restaurar la fe básica y fundamental» de unos con otros y de la necesidad de «ser instrumentos de reconstrucción de este tejido fundamental de confianza mutua» (Shc 16), El Señor nos habla en el camino nos pide caminar hacia la fraternidad que sabe vivir el perdón y el amor (cf. Vida fraterna..., 26). Para ello nos pide desarrollar «una cultura de acompañamiento fraterno, de corrección, de perdón y de reconciliación» (Shc 53), y, siempre que sea necesario, recurrir a «ritos de perdón mutuo», y a la búsqueda constante de «caminos de comunión» (Shc 31), que nos lleven a recuperar situaciones y conflictos que han herido nuestra confianza recíproca.

3. OTRAS MEDIACIONES PARA CUIDAR LA VIDA FRATERNA

Una comunicación profunda

La mayor dificultad, sin embargo, en la construcción de la fraternidad parece estar en la falta de una comunicación profunda entre nosotros y en la dificultad de hablar juntos, de manera justa y verdadera, sin reservas y con total confianza, a partir de nuestras pobrezas (cf. Cla 42). Es por ello que, a la hora de cuidar la vida fraterna, el documento capitular nos pide, en repetidas ocasiones, que apostemos decididamente por una comunicación tal que nos permita acercarnos al "otro" y caminar el "distinto"; una comunicación que toque nuestra historia vocacional, una comunicación que venga del corazón y con un lenguaje renovado que parta de lo esencial, nos permita hacer partícipes a los demás de la verdad de nuestro ser, "sin restricciones", como hizo la Samaritana con Jesús (cf. Shc 17), y, de este modo, podamos profundizar, en compañía unos de otros, en nuestro seguimiento de Cristo y en nuestra fe en Dios (cf. Shc 50-51), para llegar a tener «una experiencia más profunda del gozo de nuestra vocación» (Shc 53).

El Capítulo, consciente de la necesidad de «compartir juntos las alegrías y las dificultades de ser hermanos» (Shc 31), nos invita a la creatividad, a imaginar «nuevas formas de encuentro que expresen y celebren el gozo de nuestra vocación» (Shc 53). Consciente, también, de que la celebración de la vida en todas sus dimensiones es imprescindible (cf. Shc 11.32.50) para cuidar y potenciar la vida fraterna, nos pide que busquemos y cultivemos "momentos y modos diversos" que nos permitan dicha celebración (cf. Shc 32), según «la especificidad de cada cultura y sus necesidades particulares» (Shc 11). La metodología de Emaús es, como ya hemos dicho, uno de los métodos propuestos, y más recomendados por el Capítulo, para compartir y celebrar la vida.

En este contexto me parece importante señalar que el documento capitular, consciente de la unidad indisoluble que debe existir entre vocación, vida fraterna y misión en la opción de vida de todo Hermano Menor, saliendo al paso de posibles fragmentaciones, nos recuerda que el diálogo con el mundo comporta, ante todo, un diálogo íntimo con el Dios que se revela y un diálogo al interior de la misma vida fraterna: «No podemos hablar con el mundo si no somos capaces de entablar un diálogo entre nosotros mismos en el calor de la verdad y de la fe, si no somos capaces de dialogar íntimamente con el Dios que se revela» (Shc 36).

Todo esto nos está pidiendo que evaluemos continuamente los modos y formas en que nos comunicamos (cf. Shc 50), recordando siempre que sólo una comunicación profunda y auténtica podrá lograr que recuperemos la fe/confianza en los otros, permitiéndonos fiarnos unos de otros, acogernos unos a otros, estimularnos recíprocamente, corregirnos cuando sea necesario, y amarnos en todo momento (cf. Shc 15). Sólo una comunicación profunda y auténtica nos permitirá reconstruir el tejido fundamental de la confianza mutua (cf. I 16), construyendo una verdadera fraternidad en la que, superadas las divisiones, todos nos sintamos solidarios de la "suerte" de los demás, hasta hacer de nuestras comunidades, espacios, como dicen nuestras Constituciones Generales, dentro de los cuales se pueda alcanzar una verdadera madurez humana y cristiana (cf. CCGG 39).

Pero todo será posible si fomentamos en nosotros y entre nosotros el deseo de estar con él, a lo largo de todo el camino; si le permitimos entrar en nuestro espacio vital y quedarse con nosotros; si mantenemos viva la "nostalgia" de su presencia, y si, como él, nos hacemos peregrinos y forasteros, en los caminos de la humanidad herida (cf. Shc 5.6).

La madurez psíquica de los hermanos

El Señor nos habla en el camino subraya que se ha de prestar especial atención a la madurez psíquica, «porque muchos problemas en las relaciones fraternas remiten a nuestra fragilidad humana» (Shc 31). La experiencia nos dice cuánto de verdad hay en estas palabras del documento capitular. Por ese mismo motivo ya la Ratio formationis OFM nos recuerda la atención que se debe prestar a la madurez psíquica desde las primeras etapas de formación (cf. RFF 106. 188).

Un adecuado acompañamiento

El documento capitular insiste en la necesidad del «acompañamiento y cuidado materno» (Shc 32), particularmente en los «primeros diez años» después de la profesión solemne (cf. Shc 53), y en el momento del envejecimiento (cf. Shc 54); momentos particularmente delicados en los que se requiere una especial ayuda en el camino y la perseverancia vocacionales. De este modo el Capítulo se sitúa en perfecta sintonía con cuanto pide Francisco (cf. 2 R 6,7-8) y con cuanto afirma nuestra Ratio Formationis al señalar el acompañamiento como "la piedra angular" de la pedagogía franciscana (cf. RFF 92. 104).

El Capítulo local

El Señor nos habla en el camino presenta el capítulo local como «un buen instrumento para compartir la fe y la fraternidad» (Shc 31), un instrumento adecuado para el diálogo, la escucha y el conocimiento y la práctica de nuestra vocación (cf. Shc 53), y, en cuanto tal, un buen instrumento para un discernimiento en la vida de la comunidad y el crecimiento de ésta (cf. Shc 52; Cla 40).

La formación permanente

Finalmente, el documento final del Capítulo insiste, particularmente en las orientaciones prácticas, en la necesidad de la formación permanente, como instrumento privilegiado para cuidar, construir y potenciar la comunión de vida en fraternidad (cf. Shc 16. 53. 54. 56. 57. 59). No podía ser de otro modo, teniendo presente que la formación es camino de conversión en todas las dimensiones de la persona, tal y como justamente subraya repetidas veces nuestra Ratio Formationis (cf. RFF 62-91).

El papel de los ministros, guardianes y formadores

En todo este proceso, El Señor nos habla en el camino no olvida el papel importante que desempeñan los Ministros y los Guardianes (cf. Shc 51), por lo que pide que las experiencias y las actividades de formación permanente tienen que ser elaboradas de forma que «estimulen a quienes están en puestos de animación en el ámbito local y provincial» para que puedan acompañar adecuadamente a los hermanos «durante toda su vida», particularmente en lo relacionado con el cuidado de su vocación (cf. Shc 54). Tampoco olvida a los formadores, para los cuales pide se desarrollen «iniciativas provinciales e interprovinciales y de Conferencias» que les entrenen en la «dimensión humana y especialmente franciscana de nuestra vocación» (Shc 54).

4. HACIA FRATERNIDADES DE IGUALES,
INTERNACIONALES E INTERCULTURALES

El documento del Capítulo, además de invitarnos a cuidar la vida fraterna y señalar los medios que hemos indicado para tal cuidado, añade, también, algunas indicaciones importantes a la hora de construir verdadera fraternidad y que, en cierto modo, han de caracterizar nuestras comunidades en el futuro. En concreto, el Capítulo habló de la necesidad de seguir creciendo en fraternidades de iguales, y en fraternidades internacionales e interculturales.

Fraternidad de iguales

Una fraternidad formada por hermanos clérigos y hermanos laicos, con los mismos derechos y las mismas obligaciones. El Capítulo, en diversas ocasiones y a través de voces que nos llegaron de distintas situaciones y "regiones", ha subrayado la importancia de este valor de nuestra forma de vida para poder ser realmente signum fraternitatis, "signo de fraternidad", pidiendo que se haga todo lo posible para que, a todos los efectos, venga reconocida jurídicamente dicha igualdad. El documento capitular se hace eco, y justamente, de esta petición cuando afirma: "Debemos poner énfasis en la igualdad de todos los hermanos que tienen la misma vocación de ser un Hermano Menor, respetando, al mismo tiempo, los distintos dones y valores de la vocación ministerial de los hermanos". Para ello El Señor nos habla en el camino llama la atención sobre la necesidad de revisar nuestras actividades de evangelización de tal modo que nuestra evangelización "refuerce la prioridad de la fraternidad como signo y la igualdad de laicos y clérigos en la misión", y que la formación, inicial y permanente, asegure dicha igualdad (cf. Shc 60).

Fraternidades internacionales e interculturales

La internacionalidad y la interculturalidad son consideradas por el Capítulo como signo de la riqueza de nuestra Orden, que no sólo hemos de custodiar, sino también favorecer y potenciar en todas sus expresiones, pues sólo así podremos ser signos creíbles en un mundo profundamente dividido.

Para avanzar en esta dirección el Capítulo recordó que hemos de potenciar, en primer lugar, el sentido de pertenencia a la Fraternidad universal, superando provincialismos y particularismos (cf. Shc 57). Por otra parte, dado que el sentido de pertenencia a la Fraternidad universal y la «superación de barreras», de la que tanto se habló durante el Capítulo, han de considerarse parte integral del crecimiento en fraternidad, es necesario que esta dimensión entre de lleno en la formación inicial y permanente, creando estructuras comunes que favorezcan estrategias de cooperación entre las distintas Entidades y entre diversas culturas (cf. Shc 54.57.59).

Todos estos aspectos han de ser tenidos muy en cuenta a la hora de evaluar la vida de las Entidades y de las Casas de la Orden, así como la vida misma de los hermanos, pues de ello depende, en gran parte, la significatividad de nuestra vida.

5. COMO MENORES, EN COMUNIÓN CON LOS MENORES

Para los seguidores de Francisco la "minoridad", como antes hemos dicho de la fraternidad, no es algo opcional, sino una dimensión esencial de nuestra vida, un elemento que califica nuestra fraternidad. Afirma el documento final del Capítulo: «No es suficiente decir que somos hermanos, somos Hermanos Menores» (Shc 28).

A este punto el documento final nos pone en guardia contra dos peligros: uno que ve la "minoridad" como una simple opción social, el otro que ve la "minoridad" en su dimensión puramente espiritual.

Es por ello que El Señor nos habla en el camino recuerda, en primer lugar, que la minoridad para Francisco no es una simple categoría sociológica. El Poverello tomó el término "menor" del Evangelio (cf. Shc 28). Y tanto para él como para nosotros, en cuanto Hermanos Menores, el «paradigma de la minoridad no es otro que el de Cristo» (Shc 29). Nuestra opción por ser "menores" nace pues de la contemplación de Cristo Jesús que «no consideró un tesoro celoso su condición divina, sino que se despojó de su rango, asumiendo la condición de siervo» (Fil 2,6-11).

Sin embargo, esta dimensión cristológica no impide, ni mucho menos, -nos recuerda también el documento final-, que la minoridad se exprese en un concreto estilo de vida con claras repercusiones sociales. A este respecto El Señor nos habla en el camino añade: «La minoridad es la forma concreta que cualifica nuestra relación fraterna y la práctica de nuestros ministerios», ordenados o no, pues «todos somos Hermanos Menores» (Shc 28).

Si «la minoridad es una apuesta personalmente asumida para que nada en nosotros interrumpa la epifanía del otro»; si la minoridad «es nuestra manera de descalzarnos constantemente ante el misterio del otro en quien el Misterio hace su epifanía» (Shc 28); entonces la minoridad deberá marcar nuestro estilo de vida, "ad intra", con los hermanos de la fraternidad, y nuestra misión "ad extra", con toda humana criatura. Así lo afirma claramente el documento del Capítulo: La minoridad «marca no sólo nuestra relación entre los frailes, sino de una manera más amplia, con toda humana criatura» (Shc 30).

Nos sentimos y somos realmente Hermanos Menores de todo hombre y mujer, de acuerdo con el estilo con el que Francisco envía a sus hermanos por el mundo: no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 R 16,6), con las implicaciones concretas que se siguen para nuestra misión «entre los laicos, en relación con la mujer, en nuestra manera de vivir en la Iglesia, en el necesario diálogo interreligioso, en nuestra relación con la creación, en fin, en toda nuestra misión como menores entre los menores de la tierra» (Shc 30).

Por otra parte, la voz de los "menores" y, por tanto, de los "sin voz", se hizo muy presente en el aula capitular. El documento del Capítulo recoge esa presencia y nos invita a caminar con ellos, haciendo nuestras sus alegrías y también su dolor (cf. Shc 5). Esto exige no sólo escucharles y defender sus derechos, sino también ser solidarios con ellos y compartir su misma vida. Es en este contexto en el que se entienden las palabras del documento El Señor nos habla en el camino: «Nuestra opción fundamental hoy es la de vivir el Evangelio como menores entre los menores» (Shc 31).

De este modo, la minoridad que se inició con la contemplación de Cristo que se hace "menor" y «el contacto con la realidad dolorosa y esperanzadora de cada persona» (cf. Shc 11), termina necesariamente con una opción de vida y misión bien concretas: «menores entre los menores de la tierra» (Shc 30).

Al invitar a pasar de la contemplación a la vida, o, si queremos, de la "ortodoxia" a la "ortopraxis", el documento capitular es coherente con un principio que sienta como punto de partida: "Ante todo la vida", la experiencia, el contacto humano con la realidad (cf. Shc 10-11). «La teoría ilumina la vida, pero no puede nunca sustituirla» (Shc 10). Ninguna teoría, por hermosa que sea, podrá ahorrarnos la necesidad de pasar por el camino de la experiencia, de la cercanía a la realidad histórica, a la escucha de la Palabra y su traducción inmediata a la vida, como hizo Francisco, quien, «después de escuchar el Evangelio, no tarda en cambiar su forma de vestir. Necesita practicar la palabra escuchada, aunque sea de modo parcial y material» (Shc 11). Habiendo escuchado la voz de los "menores" (cf. Shc 5), ahora nuestra minoridad ha de ser vivida y expresada a través de la comunión con los menores, "los pobres y crucificados de esta tierra", "representantes" del Cristo pobre y crucificado (cf. Shc 9), a quien hemos prometido seguir.

A la luz de estas afirmaciones, en la evaluación que estamos llamados a hacer de nuestra vida y misión, hemos de tener muy presente nuestra afectiva y efectiva con los "menores" de la tierra. ¿Dónde estamos? ¿Con quiénes estamos? ¿Con quiénes nos identifican? Todas estas preguntas hemos de ponérnoslas los hermanos. Es la hora de tomar opciones justas en la dirección justa: nuestra comunión con los menores.

6. CRUZANDO BARRERAS
PARA DIALOGAR CON EL MUNDO

El tema de la misión fue otro de los temas importantes en este Capítulo. No podía ser de otra manera, pues todos reconocemos en la misión un elemento integrante de la vocación franciscana desde sus orígenes. En cuanto Hermanos Menores, sentimos que nuestra misión, como la de Francisco, es «llenar la tierra con el Evangelio de Cristo» (1 Cel 97). Hablar de evangelización es, por tanto, hablar de nuestra vocación y de nuestra razón de ser en la Iglesia y en el mundo. Por otra parte todos somos conscientes de que el mayor reto del tercer milenio para la Iglesia es la evangelización, de ahí la urgencia que sentimos de refundarla y renovarla en sus formas y estructuras.

El Capítulo no oculta esta necesidad, antes bien, El Señor nos habla en el camino, teniendo en cuenta que «nos encontramos inmersos en un cambio de época, con nuevos paradigmas y categorías», nos invita a la "lucidez y audacia" para llevar a cabo «una seria revisión de nuestra misión [...], y ensayar caminos inéditos de presencia y testimonio» (Shc 33), buscando nuevas formas de evangelización (cf. Cla 74) que den un "testimonio fehaciente de la realidad de nuestra vocación y misión", como «Fraternidad-en-misión al servicio de la Iglesia y del mundo» (Shc 58). En el contexto en que nos ha tocado vivir, es urgente «un permanente discernimiento y una evaluación constante de nuestra vida» (Shc 35), una «revisión crítica continua [...] de nuestros actuales ministerios» (Shc 58), de tal modo que podamos «reencontrar el centro de nuestra misión», y desde ahí podamos «abrazar la liminaridad» y «habitar la marginalidad» (Shc 33).

Todo esto está exigiendo de nosotros «un proyecto de evangelización con clara identidad franciscana». Lo recordé y pedí en el Capítulo (cf. Cla 79), y lo recuerda y pide también el documento final del Capítulo (cf. Shc 34). Un Proyecto que proteja y refuerce «la dimensión específicamente franciscana de nuestra vocación al servicio de la Iglesia y del mundo» (Shc 58). Un Proyecto que prevea estrategias de "cooperación" y de "intercambio" entre las Entidades (cf. Shc 57.59) y que nos permita trabajar con los obispos y la Iglesia local (cf. Shc 58) y «en diálogo constante con los laicos» (Shc 35). Un Proyecto que una e integre vocación, vida fraterna y misión, desde la minoridad, pues, como recuerda El Señor nos habla en el camino, «la vida de fe en comunidad es nuestro principal signo en el mundo» (Shc 34; cf. Shc 49; Cla 75), y nos permita, de este modo, combatir la fragmentación que con frecuencia caracteriza nuestra vida y misión. Esta unidad, nos recuerda el Capítulo, se sostiene y alimenta en la medida en que fundamentamos nuestras vidas «en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, en obediencia, sin propio y en castidad», pues sólo la centralidad de «la experiencia de Dios en Cristo Jesús por la acción del Espíritu», podrá transformar nuestra vida y misión (Shc 38). Es en el seguimiento de Cristo, en efecto, donde recobraremos la unidad de una Fraternidad-en-misión, y es de él de donde sacaremos las fuerzas necesarias para enfrentarnos a las dificultades propias de la misión: «Sólo siguiendo las huellas de nuestro Señor Jesucristo, de su vida, pasión, muerte y resurrección, encontraremos la fuerza y la lucidez para afrontar, en una perspectiva del don, la realidad personal, comunitaria y social, marcadas siempre por la finitud y el pecado» (Shc 24).

La evangelización  -«llenar la tierra con el Evangelio de Cristo» (1 Cel 97)-, en estos momentos, sin embargo, pasa necesariamente por el diálogo: «La misión adquiere hoy la forma de diálogo [...], como presencia en medios fronterizos y conflictivos, como acción en los nuevos areópagos, como actividad intelectual y cultural, y como intercambio de experiencias interreligiosas» (Shc 36).

En este contexto, es necesario recordar que en un mundo como el nuestro, en el que la globalización, la postmodernidad y el pluralismo religioso han multiplicado las fronteras, nosotros, en cuanto seguidores de Jesús y a ejemplo de Francisco, estamos llamados a ir al encuentro del "otro", a "pasar a la otra orilla", a ser cruzadores de fronteras (cf. Shc 36), ya sean fronteras geográficas, sociales, culturales, políticas o religiosas, y, desde la lógica del don y una espiritualidad que en el Capítulo ha sido llamada espiritualidad de presencia, kenosis, armonía y totalidad-integridad, sin excluir a ninguno y abrazando a todos, estamos llamados a trabajar por una sociedad sin fronteras ni excluidos (cf. Shc 35). Todo esto presupone la «fe en Dios», pero también «una notable confianza humana», y una constante actitud de aprendizaje frente al otro, «sin dejarnos encerrar en las fronteras creadas por las ideologías de turno», pues sólo así podremos transformarnos «en un faro de esperanza, en una oferta generosa de fe y de comunión» (Shc 37).

Para que este diálogo sea posible, el Capítulo general extraordinario recordó la necesidad de «entender, asumir y practicar los principios de la inculturación y de la interculturalidad» (Shc 38; cf. Shc 57), como consecuencia del reconocimiento de la realidad carismática, plural y diversa de nuestra misión. El documento capitular recordó también la necesidad de conocer, actualizar y transmitir el patrimonio filosófico y teológico de nuestros maestros, sin desvincularlo del contexto en que surgieron y de los desafíos actuales. El Señor nos habla en el camino se hace eco de una llamada fuerte a «recuperar con espíritu crítico las grandes tradiciones filosóficas, teológicas, místicas y artísticas de nuestro patrimonio franciscano, como sostén de nuestra misión de predicar el Evangelio de palabra y de obra, en medio de la cultura contemporánea». Al mismo tiempo, nos pone en guardia contra el «riesgo de ser presa fácil del fundamentalismo y de las tendencias emotivistas del presente», así como de perder «nuestro aporte específico» al anuncio del Evangelio (Shc 13).

CONCLUSIÓN

El Capítulo que acabamos de celebrar ha sido una fuerte y apremiante llamada a vivir nuestra vida en profundidad, una llamada a la conversión, a vivir de la fe y desde la fe, a volver al Evangelio para volver a Cristo, a revivir la experiencia fundacional de nuestra Fraternidad, con el fin de reidentificar y reapropiarnos de la intuición original de Francisco.

El Capítulo ha sido un fuerte aldabonazo a mejorar nuestra comunicación, particularmente a niveles de fe y de vivencia vocacional, a "volvernos" los unos hacia los otros, a derribar barreras y prejuicios, a acogernos desde la escucha recíproca, a superar provincialismos, etnocentrismos, castas y regionalismos, a ensanchar el corazón a la dimensión del mundo.

El Capítulo nos ha hecho una llamada urgente a no dejarnos atenazar por la crisis y el miedo, a no encerrarnos en nosotros mismos, a no reducir nuestras presencias al confortable y seguro espacio de nuestros conventos, sino a salir, a descentrarnos para re-centrarnos, a des-localizarnos para relocalizarnos, a des-arraigarnos y reimplantarnos, a sentirnos itinerantes hacia la liminaridad, la frontera, la periferia, hacia los «claustros olvidados», habitados por los «leprosos» de hoy (cf. Sdp 37).

En todo momento, nos recordó el capítulo, los hermanos hemos de estar atentos a no dar culto a los ídolos del activismo y la eficiencia para poder mantener el talante profético de nuestra vida. En este contexto, el Capítulo nos hizo una fuerte llamada a descentrarnos de lo urgente para volver a lo esencial y dar calidad evangélica a nuestra vida. Todo esto pasa por una opción clara por la formación permanente. Ella es la que puede nutrir una verdadera y profunda fidelidad creativa.

La Orden de los Hermanos Menores, ¿tendrá la lucidez y audacia para ponerse en camino en esta dirección? La esperanza, por la que hemos sido visitados durante la celebración del Capítulo, así como el gran número de hermanos que ya lo están haciendo, nos mueve al optimismo.

[Acta Ordinis Fratrum Minorum 125 (2006) 481-496]

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