DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

FRANCISCANAS ALCANTARINAS
(Francescane Alcantarine)

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La labor reformadora de San Pedro de Alcántara se quedó dentro de la propia familia religiosa a la que él perteneció: la Orden Franciscana. No obstante, andando los siglos ha surgido un Instituto religioso femenino, de vida apostólica, que se inscribe en el camino iniciado por San Pedro, y traduce en su talante espiritual y en sus opciones preferenciales algo de cuanto constituye el perfil carismático del santo. Se trata del Instituto de Hermanas Franciscanas Alcantarinas, congregación de derecho pontificio, fundada 1869-70 por el sacerdote Vincenzo Gargiulo en el Sur de Italia.


Los orígenes. Un hombre carismático: Don Vincenzo Gargiulo

El Instituto de las Franciscanas Alcantarinas reconoce como fundador al carismático y celoso sacerdote italiano don Vincenzo Gargiulo, nacido en Castellammare di Stabia (Nápoles) el 2 de agosto de 1834. Sus piadosos padres le bautizaron el mismo día de su nacimiento. Entró muy joven en el seminario diocesano. Superadas con éxito todas las etapas formativas, fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1857. Hombre de profunda vida interior, humildad y celo apostólico, el obispo diocesano Mons. Francisco Saverio Petagna el año 1867 le nombró párroco de la iglesia del Espíritu Santo en su pueblo natal.

Tras dos años de ministerio pastoral en la parroquia, funda en 1869, junto con una feligresa dirigida suya llamada María Luisa Russo, "la Pía Unión de las Hijas de María Inmaculada". Era la fecunda semilla de donde brotaría más tarde la congregación de "Las Hijas pobres de San Pedro de Alcántara", como se llamaron al principio las Franciscanas Alcantarinas. Apóstol inquieto y con grandes iniciativas, el mismo año 1869 abre una escuela gratuita de formación y trabajo para niños y jóvenes marginados, donde encuentra su primer campo de apostolado el naciente Instituto. Apenas un año más tarde, a María Luisa Russo se le unen varias compañeras, dirigidas también de don Vincenzo Gargiulo, las cuales le exponen su deseo de formar una comunidad para hacer vida en común. Don Vincenzo obtiene el correspondiente permiso del Obispo, y las aloja en una vivienda próxima a su parroquia del Espíritu Santo, en Castellammare di Stabia. Allí va desarrollándose este germen bajo el esmerado cuidado del celoso padre don Vincenzo.

El año 1874 es una fecha decisiva en la historia del Instituto: don Vincenzo les redacta las primeras Constituciones, les impone el hábito de Terciarias Franciscanas, obtiene del Ministro General de los Franciscanos (O.F.M.), Fr. Bernardino de Portogruaro, la anexión a la Orden Franciscana, y del Obispo de la diócesis, Mons. Francisco Saverio Petagna, la aprobación de las Constituciones y la erección canónica como Instituto de derecho diocesano con el nombre de Hijas Pobres de San Pedro de Alcántara. Esto demuestra su valía. Por eso, el año 1879, por méritos propios, es nombrado canónigo del Capítulo Catedralicio de Castellammare di Stabia, y en 1882 es designado por el Obispo diocesano Asistente Eclesiástico de la Sociedad Obrera de Caridad recíproca de la Diócesis. En 1885 funda, junto con algunos cristianos laicos, La Banca Popolare Stabese para proteger a los obreros contra la usura de los prestamistas y promocionar y sostener la Sociedad Obrera de Caridad, de la que era Asistente Eclesiástico.

Y ya próximo a la muerte obtiene del Papa León XIII el decreto de reconocimiento pontificio del Instituto por él fundado. El 22 de octubre de 1895, rodeado de las hermanas de la primera comunidad de Alcantarinas de su Instituto, entregaba su alma a Dios a sus 61 años de edad, víctima de un infarto, este siervo de Dios bueno y fiel, don Vincenzo Gargiulo, padre y fundador del Instituto hoy llamado Franciscanas Alcantarinas.


Principios carismáticos

El carisma es un don que el Espíritu Santo otorga al hombre, en este caso a don Vincenzo Gargiulo. El carisma concedido a don Vincenzo tenía una doble finalidad: renovar la Iglesia, en primer lugar la iglesia local de Castellammare di Stabia; y dar los presupuestos para la constitución del nuevo Instituto.

El misterio de Cristo muerto y resucitado es un elemento característico de la espiritualidad de don Vincenzo, presente ya en las primeras Constituciones generales. La espiritualidad pascual es un estilo de vida que la hermana alcantarina vive según el espíritu de Dios, una fuerte experiencia espiritual conforme al evangelio en una situación de vida particular. Esta vida "según el Espíritu" tiene su dinamismo, consistente en caminar en el espíritu del Resucitado. Este carácter dinámico-espiritual se adquiere con la inhabitación de Dios en lo más profundo de su ser, en los hechos concretos de su acción salvífica. Él entra en la historia humana para redimirla desde dentro mediante la fuerza del espíritu, a través del misterio dialéctico de la muerte-resurrección de Cristo encarnado, que se vacía de todo proyecto particular para cumplir en la historia humana el único proyecto de amor y de vida del Padre.

La vida de resurrección se injerta en la vida diaria y vence la muerte, supera los límites de la naturaleza humana y se manifiesta como existencia de fe marcada por la cruz y la gloria del vencedor de la muerte, resucitado del sepulcro. Cruz y muerte ofrecen a la alcantarina la posibilidad de abrirse constitutivamente a la vida de comunión intratrinitaria, por lo cual, el concepto de cruz-muerte engloba en sí la realidad de la vida-resurrección. La espiritualidad de la cruz es aceptación de los propios límites y al mismo tiempo apertura al Tú de Dios, es decir, a Cristo encarnado que es vida del espíritu. La cruz de Cristo y de la alcantarina es presencia de un Dios vivo y operante en medio de los hombres, denuncia contra las injusticias y signo de Dios inmanente encarnado en el corazón de la humanidad doliente. En una carta personal a su hija espiritual Sor Clara Cuomo escribe don Vincenzo: "El que tiene presente la pasión de Cristo no puede por menos de santificarse".

La meditación de la pasión de Cristo hace a una alcantarina capaz de ser apóstol de Cristo, testigo y misionera del amor infinito de Dios. El Fundador subraya grandemente el misterio de la cruz. Tanto el evangelio como la espiritualidad franciscana coinciden en afirmar la íntima relación entre crucifixión y resurrección; que la cruz es el camino ineludible para la resurrección. Estamos plenamente convencidos que la base teológica y ascética sobre la que se asienta la espiritualidad del Instituto Alcantarino es, pues, el cristocentrismo.

Don Vincenzo, en su condición de sacerdote y pastor de la parroquia del Espíritu Santo de Castellammare di Stabia y Fundador del Instituto Alcantarino, estaba plenamente integrado en la iglesia diocesana. Su pensamiento y su actitud era venerar y vivir vinculado al Papa, sucesor de Pedro, garante de todos los carismas del Espíritu a la Iglesia. El Instituto es obra de Dios. Viviendo en la Iglesia y para la Iglesia crecerá frondoso y producirá copiosos frutos. Ser y vivir plenamente integrados en el misterio de la Iglesia comunión, y estar en total sintonía con la Iglesia institución-Jerarquía, es para la hermana alcantarina un elemento esencial de su carisma.

Las hermanas alcantarinas, aleccionadas y estimuladas por su Fundador, fijan su mirada en María madre y modelo de la Iglesia, como afirma toda la tradición cristiana y ha repetido el Concilio Vaticano II (cf. LG 52). La familia Alcantarina se esfuerza por vivir en continua conversión para conservar su propia identidad y su original vocación para el bien de la Iglesia y la realización de cada uno de sus miembros. Con alegría y simplicidad se anuncia el acontecimiento salvífico llevado a cabo por Cristo en la cruz en pro de todo el género humano. La vocación-misión de la alcantarina se alimenta y fortalece con la vida de oración y aceptación de la cruz de cada día. Esta identidad deberá medirse y comprobarse en las variadas y cambiantes circunstancias de los tiempos en una permanente renovación, sin perder nunca de vista la fidelidad a las propias fuentes originales.


Proceso histórico del Instituto

El Instituto de las Franciscanas Alcantarinas ha vivido, en sus orígenes, las siguientes etapas:

1.ª Etapa: años 1869-73.- Don Vincenzo Gargiulo, juntamente con María Luisa Russo, terciaria franciscana, instituye la Pía Unión de las Hijas Pobres de San Pedro de Alcántara. Don Vincenzo Gargiulo y María Luisa Russo, a los que se unen algunos colaboradores de la Pía Unión, fundan una escuela gratuita de formación y trabajo para niños y jóvenes pobres y marginados. Un grupo de compañeras de María L. Russo, dirigidas por don Vincenzo, manifiestan a su director el deseo de vivir juntas en comunidad. Don Vincenzo obtiene del Obispo el correspondiente permiso y las aloja en una vivienda (palacio Coticelli), cercana a la iglesia de la parroquia del Espíritu Santo.

2.ª Etapa: años 1873-75.-Don Vincenzo pide al Ministro General de los franciscanos O.F.M., Fr. Bernardino de Portogruaro, se digne agregar la naciente fundación alcantarina a la Orden Franciscana. El Ministro General accede y las recibe en la Orden como Terciarias Franciscanas. Inmediatamente, año 1874, el Ministro Provincial de la Provincia napolitana de San Pedro de Alcántara autoriza a don Vincenzo para que puedan vestir el hábito de Terciarias Franciscanas, según la obediencia y disciplina Alcantarina. Ese mismo año el Obispo diocesano Mons. Francesco Saverio Petagna declara canónicamente erigido el Instituto de las Hijas Pobres de San Pedro de Alcántara, fundado por don Vincenzo, y el 15 de noviembre de 1875 les aprueba las primeras Constituciones.

3.ª Etapa: años 1883-1894.-El Ministro General de la Orden Franciscana, Fr. Bernardino de Portogruaro, certifica por escrito que el Instituto de las Hermanas Alcantarinas fundado por don Vincenzo pasa a ser, desde entonces, un verdadero instituto franciscano. Finalmente, el 10 de octubre de 1894, el papa León XIII da el decreto de aprobación pontificia definitivo.


Estructura del Instituto

El Instituto nace, pues, en Castellammare di Stabia (Nápoles) el año 1870. Durante los primeros cincuenta años el Instituto crece y se difunde por diversas regiones de Italia, preferentemente en la zona meridional del país. En el año 1932 tiene lugar la primera fundación fuera de Italia, en Brasil. Recientemente el Instituto se ha estructurado en dos provincias: la de San Francisco de Asís y la de San Pedro de Alcántara, ambas en territorio italiano. Sin embargo, las casas de formación siguen dependiendo del Gobierno Central-Curia General.

La presencia misionera del Instituto se ha extendido a Nicaragua y recientemente a África. La última fundación ha sido en Albania. El Instituto cuenta actualmente con unas 600 hermanas y, paradójicamente, se encuentra en un buen momento de crecimiento. Tiene un grupo de 60 junioras, profesas de votos temporales, 20 novicias y otras 13 postulantes, lo que hace concebir buenas esperanzas de futuro.


Presencia apostólica

A tenor del artículo 63 de las Constituciones Generales de 1984, el Instituto prima ante todo el anuncio. Fiel a la propia vocación y misión, y con el mismo entusiasmo que las primeras hermanas, el Instituto está comprometido en la educación de los jóvenes de cualquier condición social, en especial los más pobres y necesitados; con las obras de misericordia espirituales y corporales, haciéndose presente en la iglesia local y allí donde hay necesidad de ayuda, promoción y amor, con preferencia de los últimos y marginados de la sociedad. De esta forma el Instituto participa en la misión de la Iglesia: con acción educativa en las escuelas y obras sociales para que los jóvenes, sobre todo, alcancen un desarrollo integral de su personalidad a la medida de Cristo; con la acción pastoral en colaboración con la iglesia local; con la asistencia a los pobres, a las personas ancianas y a los enfermos en los hospitales públicos y a domicilio.

Hoy el carisma apostólico se revela actual, pero los signos de los tiempos y las orientaciones de la Iglesia les urgen a revisar algunas presencias y, en estos momentos, se está realizando un estudio sociológico con vistas a planificar sus presencias.


Estadísticas

Hermanas profesas: 557.
Novicias: 22.
Postulantes: 35.
Casas: 71.


Con presencias en Italia, Brasil, Nicaragua, Tchad (África), España, Canadá, Albania.


Dirección de la Curia General del Instituto:
Suore Francescane Alcantarine

Via Maffeo Vegio, 15
00135 ROMA (Italia)


[Cf. Convocados por Francisco. Familia Franciscana es España, hoy. Madrid 1999, pp. 281-288]


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UNA HERENCIA DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA:
LAS HERMANAS FRANCISCANAS ALCANTARINAS


1. Los prolegómenos: el fundador

En el siglo XIX algunos hombres iluminados por el Espíritu Santo y en respuesta a las necesidades locales, tuvieron la intuición de fundar nuevos Institutos religiosos.

Entre estos hombres emerge la figura de Don Vincenzo Gargiulo, nacido el 2 de agosto de 1834 en la ciudad de Castellammare di Stabia (Nápoles - Italia). En 1867 da comienzo su ministerio pastoral, como joven sacerdote, en la parroquia más pobre de la misma ciudad de Castellammare. En esta iglesia particularmente descubre una realidad dramática tanto desde el punto de vista religioso como social, ante lo cual advertirá la necesidad de una ayuda para poder responder de manera adecuada.

La encuentra en María Luisa Russo, que era terciaria franciscana. Juntos colaboran dando vida a una nueva familia religiosa con una doble motivación: la comunicación de los valores morales de la vida, ayudando a cada joven a descubrir el fin principal por el que Dios le ha creado, y la promoción de la mujer en un periodo en el que no se le daba ningún espacio ni en la sociedad ni en la Iglesia.

Supieron dar una respuesta adecuada a estos problemas porque fueron capaces de entrar en un diálogo operativo con la población de Castellammare. Animados por el Espíritu Santo se dejaron conducir en una nueva aventura, fiándose de Dios, descubriendo un estilo nuevo de servir a Dios y a los hombres mediante el ejercicio de las virtudes «de la dulzura, de la humildad, de la mortificación y de la abnegación» (CC.GG. de 1984, art. 1).

Forma parte del carisma original de Don Vincenzo el anuncio del acontecimiento salvífico realizado por Cristo en la cruz por los hombres de todos los tiempos y de todo lugar. Él sitúa la propia vida y la del Instituto en torno al misterio de Cristo, misterio de muerte y resurrección, y en torno a su Palabra. Considera fundante el célebre versículo de San Pablo a los Gálatas: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gál 6,14).

Fundamentales son para él la pasión, la muerte y la resurrección del Señor, hasta el punto de representar un verdadero centro unificador de su estilo de vida. En la existencia de Don Vincenzo, Cristo se convierte en la única razón, el único amor, la fuente de la vida consagrada y de la misión apostólica.

Cristo Jesús, en su misterio pascual, se torna en el motivo dominante del anuncio de salvación a los pobres. Estos son, de hecho, los que no han recibido la palabra de salvación, los que todavía no conocen a Jesucristo que les ha salvado.

Por esto, el Instituto de las Hermanas Franciscanas Alcantarinas está llamado a ser hoy «signo» del amor crucificado de Jesucristo en la Iglesia y ante el mundo, especialmente con el testimonio de la vida fraterna y privilegiando a los pobres y necesitados.

El Instituto mira al futuro con confianza y esperanza, recibiendo continuamente de las manos del Padre nuevas hermanas que permitan volver a los orígenes del carisma con un renovado entusiasmo y una nueva sensibilidad.


2. Los orígenes de la "tercera generación" Alcantarina



La "tercera generación" Alcantarina tiene su origen en la ciudad de Castellammare di Stabia (Nápoles), por obra de dos personajes ilustres del lugar: Don Vicente Gargiulo, fundador, y María Luisa Russo, cofundadora.

El instituto de las Hermanas Franciscanas Alcantarinas es fundado en un período en el que la Iglesia está profundamente convulsionada en sus estructuras y en su prestigio por los acontecimientos históricos y políticos de 1860. Son suprimidos monasterios y congregaciones religiosas, muchos obispos son exiliados, como sucedió con Mons. Francisco Javier Petagna, obispo de Castellammare di Stabia. Fueron años difíciles.

Italia vivía dificultades de orden económico, social, político y moral. Mayores dificultades se tuvieron en el sur del país, causadas por un desequilibrio social y moral, y por una pérdida de valores humanos y cristianos. La sociedad civil no era capaz de frenar los males heredados; recordemos la llamada de Francisco Crispi, miembro de la izquierda anticlerical, que se dirigía a los italianos en septiembre de 1894 diciendo: «Sólo la fe cristiana puede salvar la nación», y llamaba a las autoridades eclesiásticas para que, junto con las civiles, frenaran a la secta de los "sin Dios"; una de las respuestas más significativas fue el nacimiento de numerosas Congregaciones religiosas, masculinas y femeninas.

En Castellammare di Stabia vive Don Vicente Gargiulo, ordenado sacerdote el 19 de diciembre de 1857 por Mons. Francisco Javier Petagna. Comienza la vida pastoral en un clima de espiritualidad y de iniciativas sociales promovidas por el mismo obispo. Un sacerdote muy comprometido pastoral y socialmente, sensible a las necesidades de los últimos.

El 13 de octubre de 1867 es invitado por el párroco a la iglesia del Espíritu Santo, un barrio pobre y popular del centro histórico de la ciudad. Toma conciencia del malestar en el que se halla el populoso barrio que rodea la parroquia a él confiada.

La Providencia le prepara el encuentro con María Luisa Russo, ya consagrada al Señor en la Tercera Orden Secular de S. Francisco de Asís con el nombre de Sor María Inés Russo, y que será la cofundadora. Dieron vida a una nueva familia de religiosas humildes y penitentes, tras las huellas de Cristo pobre y crucificado, siguiendo a S. Francisco de Asís y a S. Pedro de Alcántara. Se agregan otras dos catequistas, María D'Uva y Rafaela Cuomo, que con don Vicente colaboran en el campo de la catequesis y de la asistencia social y religiosa.

El 17 de septiembre de 1870, con la guía de D. Vicente y el consentimiento del Ordinario del lugar, Mons. Francisco Javier Petagna, se constituye el primer núcleo del Instituto. Las protagonistas de esta primera comunidad viven el periodo de los orígenes como un tiempo de grandes sacrificios, de oración y de pobreza.

Don Vicente se pone en actitud de discernimiento, pues quiere dejarse guiar por el Espíritu y trata de comprender cuál es la voluntad de Dios sobre él. Se siente inspirado a fundar el Instituto Alcantarino y mide este impulso con dos criterios fundamentales: a) la conformidad con la voluntad de Dios; b) el magisterio de la Iglesia.

Para fundar un Instituto se necesitan Constituciones, o sea, normas de vida para un grupo de personas que decide vivir en común, sirviendo a Dios en los hermanos.

Escribir las Constituciones es una de las tareas más difíciles, complicadas y delicadas que se pueden imaginar para un Fundador. Quien se empeña en esta tarea, debe tener corazón y mente firmes, y D. Vicente las tenía. Para elaborar las Constituciones deja la parroquia en la primavera de 1874 y se retira al convento de Piedimonte Matese (CE), que en esa época era la casa-noviciado de los alcantarinos, una rama de los franciscanos reformada por el español San Pedro de Alcántara.

Los quince días pasados en Piedimonte son un homenaje de su corazón devoto a S. Pedro de Alcántara. Vuelve a Castellammare trayendo las Constituciones, que son una reverberación de las virtudes practicadas por S. Pedro de Alcántara: austeridad y parquedad, firmeza de propósitos y suavidad de modales, caridad con el prójimo hasta la abnegación, humildad, pobreza, obediencia y renuncia.

El P. Bernardino de Portogruaro, como Ministro General de los Frailes Menores, alabará el Instituto fundado por D. Vicente Gargiulo y dará autorización a las religiosas para llevar el hábito exterior de la reforma de S. Pedro de Alcántara, como Terciarias Franciscanas, profesando la Regla de Penitencia de S. Francisco.

En efecto, el 14 de septiembre de 1874, D. Vicente tendrá la alegría de leer el decreto de reconocimiento del Instituto, firmado por el obispo Mons. Petagna, y la agregación a la Orden, firmada por el Provincial de los Menores y por el P. Bernardino de Portogruaro.

D. Vicente, al guiar al Instituto, ha delineado sus notas esenciales con estas palabras: "Todas aquellas que formen parte de este Instituto deberán ocuparse con todas sus fuerzas de dejarse moldear por el Espíritu de Jesucristo de tal manera que lo transparenten en cada mínima acción y de dejarse llenar por Él en modo tal, que puedan comunicarlo a las demás. Pues no se puede dar lo que no se posee, ni más de lo que se tiene" (CC.GG. de 1874, art 58).

Don Vicente orienta su vida y la del Instituto en torno al Misterio de Cristo y de su Palabra. Él ha acogido particularmente el misterio de la Cruz en la muerte y resurrección de Cristo; considera además fundante el célebre paso de S. Pablo a los Corintios: "Cuanto a mí, no quiero gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí" (1 Cor 2,3). La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo representan para él un verdadero centro unificador de su estilo de vida. En su vida, Jesucristo es la única razón, el único amor, la fuente de la vida consagrada y de la misión apostólica. Cristo Jesús, en su misterio pascual, es el motivo dominante del anuncio de salvación para los pobres.

Los pobres son los que no han recibido la palabra de la salvación y los que no conocen a Jesucristo, que les ha salvado. Son pobres porque están abandonados en la ignorancia y no conocen su dignidad.

Don Vicente, al descubrirlo, quiere tomar conciencia de la grandeza del hombre, que nace de la contemplación de Cristo Salvador. Sus líneas operativas, por tanto, tendrán como núcleo central a Cristo y al hombre. No ha hecho otra cosa que delinear un camino concreto por el que cumplir el "proceso de cristificación" que consiste en imitar y en actualizar la forma de vida que el Hijo de Dios abrazó cuando vino al mundo. Él exhorta al ejercicio de la oración mental, que deberá ser de una hora completa; y "traten de llegar a tal punto de desapego total de cualquier cosa, que puedan decir de verdad: Vivo yo, mas no soy yo, es Jesucristo quien vive en mí" (CC.GG. de 1874, art 5).

Sabía muy bien que la salvación de la sociedad comienza con la salvación de la juventud, masculina y femenina, y por eso se multiplica en promover la alfabetización y la instrucción de chicos y chicas.

El canónigo Antonio Evangelista, en el discurso fúnebre del fundador, "alaba a las religiosas del Instituto Alcantarino porque se han hecho beneméritas de la sociedad, impartiendo la instrucción primaria a las chicas, dirigiendo guarderías infantiles, asistiendo a ancianos abandonados, atendiendo a jóvenes arrepentidas, dando una mano en las cocinas económicas y sirviendo a los enfermos en los lazaretos y a los apestados".

Las experiencias fuertes transforman a las personas; así le sucedió a S. Francisco de Asís en el encuentro con el leproso, y así le sucedió también a D. Vicente Gargiulo en el choque con la degradación moral y espiritual de su parroquia. En la plena solidaridad con el más pobre es donde se aprende a amar con el mismo amor de Cristo. En la elaboración de las Constituciones para las religiosas, como norma de vida y de apostolado, dedica todo el capítulo VIII al delicado campo de la educación de la juventud. La educación de la juventud debía ser la tarea principal del Instituto. El contenido de este capítulo constituye una indicación concreta del sector educativo. Propone un método preventivo sobre la merma moral que amenaza a la juventud de Castellammare di Stabia, abierta a todas las tentaciones.

El Instituto tiene como fin principal la santificación de la juventud, el recoger a las jovencitas pobres e instruirlas en la doctrina cristiana, en las nociones elementales de la ciencia y en la educación cristiana. Es evidente la importancia y la centralidad de la educación por la interrelación existente entre la familia, la sociedad y la Iglesia.


3. El Instituto va creciendo

El número de hermanas aumentaba, ya había diez fraternidades, cuando en agosto de 1891 la madre Inés enfermó de pulmonía. Consciente de la gravedad de su mal, pero muy serena y alegre de ponerse en las manos de Dios, continuó preocupándose, hasta el último día de su vida, del Instituto y de las obras realizadas en colaboración con D. Vicente, y del futuro de las religiosas. El 26 de diciembre de aquel mismo año dejaba estas realidades terrenas para encontrarse con el Padre al que había consagrado su vida entera, en servicio de su Reino.

Sor María Francisca D'Uva continuará la obra de la madre Inés. Sólo ella hubiera podido asumir sobre sí el peso de guiar el Instituto, ya que una profunda colaboración y un diálogo sereno habían caracterizado el camino de estas dos hermanas, unidas por un mismo proyecto. Ella tuvo el consuelo de estrechar entre sus manos el Decreto de aprobación pontificia concedido por León XIII en 1903.

Gobernó en un periodo delicado, pues el Fundador falleció en 1895, y sintió la fatiga de la guía, pero no lo revelará nunca en sus escritos. Todo estaba seguro en las manos de Dios. Resolvió cada problema con la oración y la caridad, consiguiendo con estos medios rendir a la obediencia y a la observancia las vocaciones inciertas o poco dóciles. Por los registros, se ve que sor María Francisca visitó con mucha frecuencia las comunidades por el deseo de acompañar a cada hermana en los trabajos apostólicos que realizaban.

Sor Clara Cuomo constituye otra piedra clave, ya que era responsable de la formación de las primeras jóvenes que formaron el Instituto Alcantarino. Las cartas que le escribió el Fundador tienen un carácter espiritual y en uno de estos escritos le exhortaba así D. Vicente: "... hasta que un alma no se abandona totalmente en las manos de Dios y se deja moldear a discreción por Él, es imposible que alcance el fin de su vocación y por tanto hacerse santa y salvarse. Por eso, haz propósito de obedecer siempre ciegamente y te aseguro que esto dará gran luz a tu mente, captarás los misterios divinos y las verdades celestiales y tendrás gran virtud interior".

Potenció su feminidad de tal manera que las religiosas y cuantos experimentaban su dulce y afectuosa presencia la llamaban "mammarella" (madrecita). Rafaela, que este era su nombre de pila y que significa "medicina de Dios", desarrolló su misión en dos vertientes: una como religiosa, curando los males de la ignorancia con su enseñanza y los males morales con la asistencia a las jóvenes en peligro; y otra como superiora, curando con el buen ejemplo los defectos de las nuevas "reclutas" del Instituto.

Estos dones se alcanzan con la oración, el sacrificio y la participación en la Pasión y en la Cruz de Cristo; y desde luego el sacrificio le fue siempre fiel e inseparable compañero de camino. Don Vicente deseaba metas altas para sor Clara: "Apúrate pues -le escribía-, apresúrate a despojarte de ti misma para vivir toda en Dios... alegremente, pues, abraza toda mortificación, contradicción o cruz, y camina con gozo por la vía del calvario... Compadécete de todas, pero no te perdones a ti misma". Sor Clara recorrió este programa de vida y esta vía de perfección con gran fidelidad.

Cuando el Instituto comienza su marcha triunfal de expansión fuera de la ciudad, ella está a la vanguardia y ya ha hecho mucho camino en la vía de la perfección. Como maestra de novicias se deja guiar por el Fundador en su formación.

En el epistolario del Fundador se halla la primera carta, sin fecha, donde le da algunas indicaciones metodológicas para la formación de las novicias y de las profesas que se sienten angustiadas y turbadas. "Cuando las veas angustiadas -le dice-, trata de llamarlas enseguida y pregunta cuál es la causa; no esperes que vengan a ti, porque es muy fácil que el diablo o el amor propio las mantenga alejadas". Es una mujer llena de humanidad y de afecto materno.

Otra figura de mujer excepcional es sor Isabel Iacobucci, nacida en Trevi el 23 de julio de 1858, y fallecida el 10 de febrero de 1939 en Meta de Sorrento. Una hermana que recordamos con agradecimiento, pues es una de esas plantitas seráficas que ilumina y edifica a toda la familia alcantarina con su dulce afabilidad. Durante cuarenta años trabajó en Venosa, en Sant'Agnello y en Meta, entre los ancianos y los pobres. Amó la pobreza, la obediencia y la oración, pero sobre todo prefirió la humildad y la mortificación. Por estas virtudes sor Isabel vive en el recuerdo de cuantos la conocieron y en la vida de la Congregación, que la venera y mira como una religiosa modelo.


4. La llamada misionera

La dimensión misionera estaba presente en el Instituto; D. Vicente y la madre Inés Russo la tuvieron en el corazón desde el principio de la fundación alcantarina, aunque este sueño sólo se hizo realidad el 30 de julio de 1932, cuando dirigía el Instituto la madre Paciencia Gargano. La superiora general confió la dirección del grupo de religiosas a sor Eugenia Catalano para acompañar al primer grupo de misioneras alcantarinas a Brasil. Las hijas de S. Pedro de Alcántara no podían faltar en Brasil, ya que este santo español es el patrón y protector de Brasil.

Y si no podían faltar en Brasil, con mayor razón debían estar presentes en España y particularmente en Arenas de San Pedro. Esta presencia se hizo realidad con ocasión de la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de S. Pedro de Alcántara, que se celebró en Roma, del 27 al 30 de septiembre de 1962. Para esta conmemoración el Instituto preparó la traducción del francés al italiano y la publicación de la biografía de S. Pedro de Alcántara escrita por el P. Esteban Piat y titulada "El maestro de la mística, S. Pedro de Alcántara". Para fortalecer el espíritu alcantarino y conocer mejor a S. Pedro de Alcántara, se erigió una fraternidad en Arenas en octubre de 1962, y algunos años más tarde se erigió otra. En el año 1999 las hermanas de Arenas nos han acogido para compartir juntas la alegría del V centenario del nacimiento del santo.

En 1980 se vio la necesidad de llevar el anuncio de la Buena Noticia a la tierra de Nicaragua, primero en la zona interior de Río Blanco, y después, hacia la ciudad de Sebaco.

En 1990 tuvo lugar la entrada masiva de albaneses en Italia, en busca de libertad y de un tenor de vida más digno. Desde aquella fecha se ha buscado cómo estar presentes en Albania, de forma temporal al principio y luego de forma permanente, para compartir con este pueblo el sufrimiento de tanta esclavitud.

Por último, en mayo de 1993 el horizonte del Instituto alcantarino se alarga hasta alcanzar la misión de Bodo en El Chad, en la lejana África.

Hace ciento veintinueve años que nació el Instituto, y de una semillita se convirtió en un gran árbol rico de oxígeno y de vida. Se alza en el mundo para ofrecer cobijo por medio de su carisma y de sus obras apostólicas, según el pensamiento de Don Gargiulo y de la Iglesia.

Hoy más que nunca, el Instituto está presente en diversas actividades y las religiosas acuden allí donde la Iglesia las llama, ofreciendo el testimonio de la alegría de vivir y amando en modo particular a Aquel que ama a todas las criaturas.

Mirando el futuro con confianza y esperanza, continuamos recibiendo de las manos misericordiosas del Padre, nuevas hermanas, que nos permiten retornar a los orígenes del carisma con renovado entusiasmo y nueva sensibilidad.


[Angela Gugliotla, Una herencia: las Hermanas Franciscanas Alcantarinas, en Verdad y Vida 57 (1999) 527-536]

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