DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

Franciscanas Hospitalarias
de la Inmaculada Concepción

(Franciscanas Hospitaleiras da Imaculada Conceição)

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Congregación de derecho pontificio que tiene como fundadores al P. Raimundo dos Anjos y a la madre María Clara del Niño Jesús, ambos nacidos en Lisboa, y cuya labor se centra en la hospitalidad, acogida y hospedaje de los más pobres y necesitados. Esta familia religiosa se fue configurando en un proceso lento y laborioso, en la segunda mitad del siglo XIX, y adquirió plena personalidad propia cuando, por las circunstancias del momento, la casa de San Patricio de Lisboa, de la que era superiora la madre María Clara, se independizó de las Franciscanas de Calais, de la que aquella era filial, al tiempo que, en 1876, la nueva Congregación recibía la aprobación pontificia. La agregación de las Franciscanas Hospitalarias a la Orden de Hermanos Menores tuvo lugar en 1876 y 1905.

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Carta del Santo Padre Juan Pablo II
a las Franciscanas Hospitalarias
de la Inmaculada Concepción
(27-III-01)

Reverenda madre María Isilda de Freitas, Superiora general de las Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción:

Hace ciento veinticinco años, el beato Papa Pío IX concedía a esa Congregación la aprobación pontificia, a través del rescripto Sanctissimus Dominus, del 27 de marzo de 1876. Esta efeméride me brinda la oportunidad de expresar mi profunda gratitud por la espléndida huella evangélica que la familia religiosa de la madre María Clara del Niño Jesús ha sabido dejar durante estos años con su multiforme actividad caritativa. ¡No ha defraudado la confianza que le otorgó mi venerado y santo predecesor!

En la segunda mitad del siglo XIX, los vientos de la historia eran contrarios y borrascosos, con el naufragio de un sinfín de esperanzas, y el buen Dios escogía salvavidas entre los náufragos, como es el caso de la madre María Clara. Nació en 1843; recibió en el bautismo el nombre de Libânia do Carmo; vivió sus primeros años rodeada de afecto en un hogar feliz y noble en todos los sentidos, pero una epidemia le arrebató a su madre a los siete años, y a su padre a los trece. Al quedar huérfana, fue acogida con otros niños en el «Asilo de la ayuda», donde pudo admirar y gozar de la solicitud materna de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que procuraban proseguir el crecimiento de esos niños desamparados; pero una persecución religiosa expulsó a las Hermanas de Portugal, y Libânia vio cómo se desmoronaba el «techo familiar» que la resguardaba.

Fue acogida entonces en la residencia de una familia amiga. Allí fue testigo del fausto y de las alegrías de la vida mundana, que le parecían tan ruidosas como vacías; y, en el vacío que dejaban, oyó cada vez más fuerte el eco de ciertas llamadas secretas que resonaban en su corazón. Después de vencer varias oposiciones, cuando tenía más o menos 25 años dejó el palacio y se dedicó al servicio de Dios en el «Pensionado de San Patricio», que había nacido del corazón apostólico del padre Raimundo dos Anjos Bierão con la doble finalidad de contribuir a la educación de la juventud y remediar la penuria de medios en el convento adyacente de las Capuchinas de Nuestra Señora de la Concepción. Estas habían nacido en 1710 como Hermanas Terciarias Seculares de San Francisco de Asís; hacían voto de confesar, en público y en privado, la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Libânia fue acogida en la comunidad con el nombre de María Clara del Niño Jesús.

Dado que la persecución impedía la profesión religiosa en Portugal, María Clara, junto con otras dos hermanas, fue enviada a Francia para hacer el noviciado en la casa que la Orden Terciaria Regular de San Francisco de Asís tenía en Calais. «Habiendo examinado y conocido las grandes obras de caridad» que se realizaban allí, la hermana María Clara y sus compañeras, al regresar a Portugal, «adoptaron con la mayor perfección posible la misma Regla, las mismas costumbres y el mismo hábito»: así dice la petición de aprobación presentada por la fundadora a la Santa Sede, que la acogió favorablemente, concediendo a las Hermanas Hospitalarias de Portugal «los mismos privilegios espirituales de que legítimamente goza dicha congregación francesa» (Rescripto pontificio).

A los ojos de las leyes portugueses, que entonces sufrían de miopía, la nueva institución era solamente una «asociación de beneficencia» como muchas otras; pero, a los ojos del Padre celestial, era «la presencia amorosa y salvadora de Cristo, (...) una prolongación de su humanidad» (Vita consecrata, 76), porque «las personas que siguen a Cristo en la vía de los consejos evangélicos desean, también hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer lo que él hizo» (ib., 75). ¿Y qué hizo Jesús?: «Vino a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10) y lo hizo a costa de su vida. Este designio eterno, que abraza a las generaciones humanas sucesivas, es visible en el carisma de la hospitalidad ofrecida a los pobres y a los abandonados: vidas truncadas que anhelan la vida.

Hay una página bíblica, del tiempo de los patriarcas, que puede leerse como parábola de la misión de las Hermanas Hospitalarias, como si fuera un contrapunto del itinerario y del carisma de la madre María Clara. Es esta: «Isaac volvió a cavar los pozos de agua que habían cavado los siervos de su padre Abraham, y que los filisteos habían tapado después de la muerte de Abraham. (...) Cavaron los siervos de Isaac en la vaguada y encontraron allí un pozo de agua viva. Pero riñeron los pastores de Guerar con los pastores de Isaac, diciendo: "El agua es nuestra". Él llamó al pozo Eseq, ya que se habían querellado con él. (...) Partió de allí y cavó otro pozo, y ya no riñeron por él: lo llamó Rejobot, y dijo: "Ahora el Señor nos ha dado desahogo, y prosperaremos en esta tierra"» (Gn 26,18-22).

Este texto nos hace pensar en la fuerza de Dios que impulsó a la madre María Clara a sacar a la comunidad de las Capuchinas de Nuestra Señora de la Concepción del estado de abandono en que se encontraban, elevándolas a instituto religioso, «con el fin de unirse más íntimamente a Dios, que las llamaba a cosas más elevadas» (Petición de aprobación, 28 de noviembre de 1875); o cuando la Congregación decidió asumir, como nombre propio y desafío de santidad, el voto que hacían aquellas: confesar la Inmaculada Concepción, que acogió en su seno al Verbo de Dios; o cuando, tras la muerte de la última religiosa trinitaria en el convento Das Trinas, la madre María Clara tuvo que luchar para conservar la posesión del mismo, que, por lo demás, le había prometido el Gobierno, convirtiéndose en la segunda casa madre de la congregación; o también cuando la viruela sembró el terror entre la población de Goa, en India, y no sabía hacer otra cosa que descargar en el lazareto de los Reyes Magos a las personas contagiadas por la epidemia: nadie se acercaba a las víctimas, salvo las hermanas Franciscanas Hospitalarias, que se ofrecieron como voluntarias al gobernador para asistir a aquellos infelices, fieles a la norma que se habían dado: «Donde haya un bien que hacer, hagámoslo».

La confianza ilimitada en la providencia del Padre celestial mantendrá la paz en el corazón de sus hijas, ocupadas, hoy como ayer, en limpiar «los pozos humanos» maltratados por el destino. Saben que Dios los ha dejado abiertos para el cielo, y quiere que «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Ante los numerosos problemas y urgencias que en ocasiones parecen comprometer e incluso trastornar la vida consagrada, las hijas de la madre María Clara han de procurar «acoger en lo más hondo los designios de la providencia del Padre. Él llama a la vida consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas del mundo de hoy. Son un reclamo divino que sólo las almas habituadas a buscar en todo la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir después con valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original, como con las exigencias de la situación histórica concreta» (Vita consecrata, 73). Una de las ocasiones propicias para esta lectura son los capítulos generales. Al aproximarse ya el XXIV capítulo de la Congregación, imploro sobre las capitulares abundantes dones y luces de lo alto con vistas a un trabajo fraterno, audaz y fecundo según Dios.

A la vez que doy gracias al Señor por el bien inmenso que ha sembrado a lo largo de estos 125 años a través de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción, renuevo a toda la Congregación la confianza del Sucesor de Pedro e imparto a cada uno de sus miembros mi bendición apostólica, que extiendo a cuantos son objeto de su solicitud.

Vaticano, 27 de marzo de 2001.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-VIII-01]

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FRANCISCANAS HOSPITALARIAS
DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

El fundador: Padre Raimundo dos Anjos Beirão

El Padre Raimundo nació en Lisboa el día 8 de marzo de 1810; es el benjamín de diez hermanos. Recibe una esmerada educación, ya que su padre, catedrático en la Universidad de Coimbra, influiría en la educación de todos sus hijos, que destacaron en el campo religioso, de la medicina y abogacía. Fue un hombre profundamente creyente. La fe que el hijo recibió y cultivó en el seno de su familia la fue asumiendo a medida que crecía en estatura y conocimiento. Inteligente como era, Raimundo eligió la mejor parte. Siguió los pasos de su hermano mayor en el sacerdocio, se comprometió en alianza con Dios, e hizo de la caridad su estilo de vida. Los pobres fueron su familia y la causa de sus desvelos.

A los 16 años ingresó en el convento de Jesús, en Lisboa, donde vistió el hábito de la Tercera Orden Regular de San Francisco de Asís; y, el 2 de marzo de 1833, fue ordenado sacerdote. Pronto las fuerzas del mal se encargaron de desestabilizar la vida de recogimiento de estos franciscanos. El 28 de mayo de 1834 el Gobierno portugués decreta la extinción de todas las Órdenes religiosas del país. Los religiosos fueron obligados a abandonar los conventos; el Padre Raimundo sale, disfrazado de caballero, para poder salvar su vida, por el único delito de ser religioso y pertenecer a una familia que no pactaba con las ideas de la masonería del gobierno del momento, por lo que se ve obligado a vivir clandestinamente durante un tiempo.

En el mismo año, el P. Beirão es nombrado capellán de la Armada Real y capellán del centro «Nuestra Señora de la Rosa», en Lisboa, fundado en tiempos de la invasión francesa para recoger los niños huérfanos y desamparados que invadían las calles de la capital. Fue aquí donde el P. Raimundo tomó contacto directo con los problemas más acuciantes de la sociedad y a los que pretendió dar solución. Para ello fundó la «Asociación de los Hijos de San Cayetano», compuesta por niños pobres que cada día salían por las calles a pedir con sus cestas y manteles blancos en los que se leía: Caridad. El P. Raimundo les componía himnos para estas marchas y los acompañaba portando su propia cesta. Las limosnas eran repartidas después entre las familias más necesitadas. Él se identificaba de tal modo con los pobres, que la propia familia lo reprendía por la manera tan miserable de vestir. Repartía su ropa con los necesitados para que la vendieran y compraran lo necesario. Era ingenioso, práctico y emprendedor.

La fundadora: Madre María Clara del Niño Jesús

Para mantener el Colegio de Nuestra Señora de la Rosa, el P. Raimundo se sirvió de sus influencias y fundó un colegio internado, anexo al de Nuestra Señora de la Rosa, destinado a las hijas de familias ricas y a señoras piadosas que pagaban su correspondiente mensualidad. Fue precisamente en este centro donde conoció a la Madre María Clara del Niño Jesús, que entonces se llamaba Libânia do Carmo Mexía Galvão Teles de Albuquerque; esta mujer nació en Lisboa, el día 15 de junio de 1843, de una familia noble y profundamente cristiana. Siendo la mayor de cinco hermanos, muy pronto comenzó a sentir las amarguras de la vida. Sus padres son víctimas de la epidemia del cólera y fiebre amarilla.

A la muerte de ambos, se ve obligada a separarse de sus hermanos y a abandonar su hogar. El Rey don Pedro V funda en su palacio de Ajuda, en Lisboa, el «Colegio Asilo Real», donde recogería a todas las hijas de la nobleza que habían quedado huérfanas. Para ocuparse de su educación, pidió a Francia la presencia de las Hijas de la Caridad de San Vicente. Fue aquí donde Libânia, con sus trece o catorce años, forjaría su piedad y su carácter al lado de estas religiosas. Pero, a la muerte del Rey don Pedro V, víctima también de la epidemia, el Gobierno portugués cierra el Asilo Real y expulsa a las Hijas de la Caridad del país.

Libânia es entonces recogida por los Marqueses de Valada, que, bien por no tener hijos y por la vieja amistad que los unía a la familia de Libânia, la estiman como hija. Con esta familia convive cinco años, tras los cuales, la Marquesa de Valada entra en el convento de las Salesas en Francia, y Libânia se ve obligada a ingresar en condición de pensionista en el Colegio de San Patricio, anexo al de Nuestra Señora de la Rosa. Allí, observada y dirigida por el P. Raimundo, viste el hábito de las Capuchinas y recibe el nombre de María Clara del Niño Jesús, que llevará hasta la muerte; en el mismo año emite los votos de profesa.

En camino hacia la nueva fundación

Por no tener estas religiosas aprobación de la Santa Sede, el P. Raimundo sueña con la fundación de una nueva Congregación aprobada por la Santa Sede, que responda a las necesidades sociales del momento. Así, tras previos acuerdos entre la Santa Sede y la «Congregación de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias y Maestras» francesas, enviará a Francia diferentes grupos de jóvenes Capuchinas para formarse y hacer su noviciado en dicha Congregación, y ayudarlas hasta que la joven Congregación portuguesa pudiera valerse por sí misma. Para ello, el P. Raimundo envía un grupo de cuatro capuchinas al noviciado de Calais; pero regresan al cabo de cinco meses, sin cumplir el objetivo. A finales de 1869, el P. Raimundo envía un segundo grupo de cuatro, entre las que se encuentra la Madre María Clara del Niño Jesús; tres de ellas profesan el día 14 de abril de 1871, regresando a Portugal dos de éstas el día 1 de mayo; la Madre María Clara del Niño Jesús viene con el nombramiento de superiora local.

El día 3 de mayo de 1871 se forma en Lisboa la primera Comunidad de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias y Maestras, dependientes de Calais, a la que se adhieren las Capuchinas. El P. Raimundo presenta a la Comunidad la hermana María Clara del Niño Jesús como superiora local y lee la Carta de Obediencia que le habían enviado de Calais. Será esta comunidad la que, después de muchas vicisitudes, dará origen a la Congregación de las HH. Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción.

El número de candidatas iba aumentando, principalmente después de cada jornada apostólica del P. Raimundo, que destacaba como gran orador, dedicándose a la predicación de misiones populares, atrayendo a las gentes por su sencillez, caridad y el fervor de sus celebraciones eucarísticas.

Dado el elevado número de admisiones al noviciado, el Padre Raimundo pide a Francia que le envíen una maestra de novicias (pensando que le mandarían la portuguesa Hna. Carolina) para poder ayudar a la Madre María Clara en la formación. En Portugal reciben un duro golpe al comprobar que le mandaron no sólo a la maestra de novicias sino también una superiora local para cada una de las casas que se iban abriendo y, todas ellas, de nacionalidad francesa. En consecuencia, la Madre María Clara queda destituida de sus funciones.

Pronto interviene el Gobierno portugués, que no admite religiosas extranjeras en el país, por lo que tienen que retirarse. De nuevo es nombrada la hermana María Clara del Niño Jesús superiora local y maestra de novicias, lo cual va a facilitar que el sueño del P. Raimundo se haga una realidad. Éste elabora unos estatutos para sus religiosas, los que presenta al Gobierno portugués como características de una «Asociación Religiosa», y en seguida son aprobados por éste, en 1874. Igualmente prepara otros estatutos que envía a la Santa Sede, para esta nueva Congregación, inspirados en las constituciones de las Franciscanas de Calais y en la Regla de la Tercera Orden Regular de San Francisco de Asís. Unos y otros obtienen su aprobación el 27 de mayo de 1876, con lo que queda nombrada la Madre María Clara del Niño Jesús como Superiora General. En este momento, la Comunidad de San Patricio se torna independiente de las HH. de Calais, pasando las HH. Portuguesas a asumir su propio destino, constituyendo una nueva familia religiosa en la Iglesia, llamada «Congregación de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción», cuyo carisma es: la hospitalidad, la vivencia de las Bienaventuranzas en el ejercicio de las obras de misericordia.

Crece el número de vocaciones, atraídas por la finalidad de las obras de la nueva Congregación y por la santidad de vida de las hermanas. Muchas de las señoras pensionistas se despojan de sus bienes para ayudar a la incipiente Congregación y algunas entran en el noviciado. Pronto comienzan a ser conocidas por el país y son reclamadas para diferentes obras sociales, ya que su lema es «donde haya un bien que hacer, hágase».

Su presencia se hace indispensable en orfanatos, asilos para niños pobres y para ancianos, colegios, cocinas económicas, hospitales y asistencia a domicilio.

El P. Raimundo, tras una vida austera de oración, trabajo y sacrificio, muere el 13 de julio de 1878. Esta noticia conmovió a toda la sociedad portuguesa, cuyo lamento unánime fue: «Murió el padre de los pobres».

Si abundan las satisfacciones por el crecimiento y rápida expansión de la Congregación, también se multiplican los problemas. A la muerte del P. Raimundo, la Madre María Clara tiene que enfrentarse a innumerables dificultades económicas, que sólo las supera gracias a su gran confianza en la Divina Providencia y a su espíritu de sacrificio, que, a su vez, inculcaba a sus hermanas.

Si, por un lado, el Gobierno reclama la presencia de las hermanas en las provincias ultramarinas para hospitales y colegios, también aquellas han de enfrentarse con situaciones injustas del Gobierno y de algunos sectores de la sociedad que las calumnian, y no sólo a ellas sino, además, a la Congregación que ahora les presta sus servicios. La Madre María Clara sufre las presiones de los medios de comunicación, de algunos miembros de la Iglesia, e incluso internos, de las propias hermanas con todas las cuales ha practicado caridad heroica.

Muere en Lisboa, a los 56 años de edad, el día 1 de diciembre de 1899, tremendamente desgastado su corazón por tanto sufrimiento. A su muerte, la Congregación ya está presente en diferentes puntos geográficos: Portugal, India, Angola y Guinea-Bissau. Cuenta con 101 casas y 995 hermanas.

En sus escritos destaca el amor a los pobres, a los enfermos, a los sin nada, de los cuales decía: «Ésta realmente es mi gente», así como también el amor a las hermanas, a la Congregación, el espíritu que nos identifica en la iglesia y en el mundo. Revelan los escritos su confianza en la Divina Providencia y sus propias devociones, en especial su amor a la sagrada Eucaristía. De la Madre María Clara decía la Madre Escolástica de los Ángeles, su maestra de novicias: «Bajo ese velo de novicia se esconde la sólida virtud de una profesa». Mujer fuerte, de voluntad de hierro, de porte delicado, abnegada con un profundo espíritu de sacrificio en el que se yergue un corazón caritativo. Frente a las dificultades, exclama: «¡Nada sucede en el mundo sin la permisión de Dios!» O bien: «¡Una mirada providencial de Dios vela sobre nosotras!» Todo lo consideraba como don, y las criaturas instrumentos en manos de Dios.

Tras 125 años de servicio en caridad, su memoria pervive en sus hijas, las hermanas Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción, que actualmente se encuentran presentes en los siguientes países: Portugal, España, Italia, India, Filipinas, Brasil, EE.UU., Mozambique, Guinea, Santo Tomé y Príncipe, Angola y Swazilandia, con un total de 197 casas y 1.806 hermanas distribuidas en los siguientes campos: misiones, hospitales, colegios, guarderías, orfanatos, residencias de ancianos, educación especial, minusválidos, centros parroquiales, marginación, catequesis y pastoral a todos los niveles.

La estructura de la Congregación es la siguiente:

a) Un Gobierno General, que supervisa toda la Congregación, compuesto por una Superiora General y cuatro Consejeras.

b) 6 Provincias, que agrupan a las hermanas que trabajan en diferentes países, con sus lenguas, usos y costumbres, a fin de que su pastoral se adapte más a las necesidades autóctonas de las gentes; cada una tiene su propio noviciado.

c) 3 Delegaciones, cada una de las cuales está presidida por una Superiora Delegada y dos Consejeras, con mayor dependencia del Gobierno General que las Provincias.

d) Fraternidades o comunidades locales, que son las células más pequeñas de la Congregación.

[Cf. Convocados por Francisco. Familia Franciscana es España, hoy. Madrid 1999, pp. 185-193]

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FRANCISCANAS HOSPITALARIAS
DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Fundador: Padre Raimundo dos Anjos Beirão

El P. Raimundo nació en Lisboa el 8 de marzo de 1810. Pertenecía a una familia ilustre de gran posición social. Hombre de grandes posibilidades para desenvolver sus valores intelectuales, artísticos y sociales. A su fina sensibilidad y ternura se puede añadir su gran fortaleza y tenacidad.

Dejando las comodidades que el mundo le ofrecía, se entrega a su ideal, ingresando en el noviciado de los padres franciscanos. Es aquí donde Raimundo descubre la pobreza de San Francisco de Asís.

Con la expulsión de las Ordenes Religiosas en Portugal (1834), el Padre Raimundo, imposibilitado de continuar como religioso, opta por pasar al clero diocesano.

Su gran espíritu misionero le impulsa a socorrer a los necesitados. Con esta finalidad funda la asociación de «Hijos de San Cayetano», niños que él mismo instruía, catequizaba y acompañaba en sus recorridos de puerta en puerta por la ciudad, para reunir limosnas y luego repartirlas entre los más pobres. En estas correrías apostólicas a todos socorría. Con este objeto abre también un pensionado de niñas pobres.

Sentía gran respeto por las personas vocacionadas a la vida religiosa, a las cuales conducía con delicadeza y cariño, deseoso de que este seguimiento de Cristo ayudase a continuar su obra de amor y misericordia.

El Padre Raimundo poseía una caridad ardiente, universal, sobrenatural y humana. Su sueño se traducía en: «Donde haya un bien a hacer, hágase».

Era un hombre dotado de gran bondad y comprensión. En su obra deja traducir su extraordinaria sensibilidad por el sufrimiento ajeno. Los pobres, los infelices, los niños, los ancianos y los enfermos fueron siempre objeto de su constante preocupación y razón de sus fundaciones.

Muere el 13 de julio de 1878, dejando tras sí el comienzo de una excelente obra encaminada a dar abundante fruto para gloria de Dios y bien de la Humanidad.

Co-fundadora: Madre María Clara del Niño Jesús

La Madre María Clara del Niño Jesús (Libânia do Carmo Mexía Galvão Teles de Albuquerque) nació de familia noble en Lisboa el 15 de julio de 1843. Siendo adolescente experimenta ya las durezas de la vida al quedar huérfana y ser llevada a un orfanato. A los 18 años es acogida en casa de unos marqueses amigos de la familia, que la preparan e instruyen para el medio social a que pertenece.

A pesar de todo el cariño recibido, decide ir como pensionista al Recogimiento de San Patricio fundado por el Padre Raimundo. Aquí adquiere los primeros contactos con el espíritu franciscano a través de las HH. capuchinas y del propio P. Raimundo. Después, Libânia deja el mundo y recibe el hábito de las capuchinas.

Para completar su formación fue enviada al noviciado de las Franciscanas de Calais (Francia). A su regreso la nombran superiora y maestra de novicias, en ceremonia presidida por el P. Raimundo, que en esos momentos veía realizado su gran sueño de fundar una nueva congregación. La Madre María Clara era una persona decidida, de genio vivo y ardiente, dotada de un gran corazón, humilde, bondadoso y agradecido, dispuesto siempre a acoger y entregarse por entero al servicio de los más necesitados. Estas cualidades hicieron que el P. Raimundo se fijase en ella para hacer realidad su ideal de fundar una congregación nueva para socorrer a los pobres, a los más necesitados.

La Madre María Clara fue siempre fiel seguidora del fundador. A la muerte de éste, es ella la que coge el «timón del barco» y tiene que tomar grandes iniciativas para la obra que empezaba a crecer con gran rapidez.

En estos momentos tan delicados, la Congregación necesita una orientación y acompañamiento eficaz, y ella, la Madre María Clara, dotada de gran personalidad, se convierte en la mujer fuerte de la Escritura que, con su confianza y abandono en las manos del Padre, se entrega a la difícil tarea, llevándola con valentía y dinamismo y enfrentándose con toda clase de dificultades.

Su espíritu misionero, su gran amor a los pobres, su capacidad de acogida, son algunas de sus virtudes. Tenía plena confianza en la Providencia, sobresaliendo un gran espíritu de fe, esperanza y caridad.

Entre sus devociones destacan la Eucaristía, los misterios de la Pasión, los Sagrados Corazones, San José y San Francisco.

Muere el 1 de diciembre de 1889 dejando la Congregación bien encaminada, gozando de gran apogeo, y transmitiendo a cada hermana con su propia vida el gran sueño del Fundador: «Donde haya un bien a hacer, hágase».

El 3 de mayo de 1871, en San Patricio (Lisboa), se abrió una nueva historia para la vida de María Clara. Fue nombrada superiora de la comunidad, y en este momento se fundó la Congregación de las Hermanas Hospitalarias de los pobres por Amor a Dios, que hoy, por razones varias, se llama Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción.

Con la Revolución Portuguesa de 1910 las hermanas se ven obligadas a experimentar el exilio. España les abre sus puertas y es en Tuy (Pontevedra) donde poco a poco se van reuniendo, dando origen, en esta ciudad, a la segunda cuna de la Congregación. La Congregación a partir de aquí se va extendiendo por África, América Latina, Asia.

La Casa madre de la Congregación está en Lisboa (Portugal).

La Congregación es de Derecho Pontificio y fue erigida por bula del Papa Pío IX en 27 de marzo de 1876.

La Congregación está dividida en Provincias y Delegaciones.

La Congregación, como es su lema «donde haya un bien a hacer, hágase», ejerce su misión en residencias de ancianos, hospitales, colegios, obras sociales (niños abandonados y huérfanos), parroquias y misiones.

Nuestro carisma.- La hermana franciscana hospitalaria de la Inmaculada Concepción es persona acogida y consagrada por Dios para seguir a Jesucristo en fraternidad, y para servir a los hermanos, especialmente a los más necesitados, según el espíritu de las Bienaventuranzas, y en proceso de continua conversión.

Como hermana menor, y a ejemplo de María, la sierva y pobre, la hospitalaria del Verbo, se compromete a testificar la hospitalidad en la alegría y en la simplicidad, carisma específico de su vocación, en comunión con la Iglesia y en dimensión profético-misionera, inserta en el mundo y situada en el tiempo.

Casa General: Casa de Saude da Boavista; Rua Domingos Machado; Pôrto (Portugal).

Dirección en España: 36700 Tuy (Pontevedra): Sarabia, 8. Delegación de Nuestra Señora del Pilar.

[Cf. Abriendo caminos. Institutos Religiosos en España. Madrid, Ed. Confer, 1989, pp. 192-195]

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