DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

FRANCISCO DE QUIÑONES
(1475 - 1540)

.

 

Franciscano español nacido en León de familia noble hacia el año 1475. En el Capítulo celebrado en Burgos el año 1523 fue elegido General de su Orden, en la que promovió la Observancia y las Casas de Recolección; fomentó las misiones y envió a México la expedición de los Doce Apóstoles. Cardenal de la Iglesia, legado pontificio y mediador entre el Papa Clemente VII y el Emperador Carlos V. Autor de un famoso Breviario. Murió en Veroli (Lazio) en los últimos meses de 1540.

Nació en León en 1475, primogénito de una familia de las más ilustres de Castilla. Su padre fue Diego Fernández de Quiñones, primer conde de Luna, por merced de Enrique IV, y su madre doña Juana Enríquez, hija de Enrique Enríquez, primer conde de Alva de Liste. Estudió en la Universidad de Salamanca, y cuando contaba sólo dieciséis años entró en la seráfica Orden de San Francisco, en el convento de Santa María de los Ángeles, situado en las asperezas de Sierra Morena. En religión tomó el nombre de fray Francisco de los Ángeles. Antes había sido paje del cardenal Cisneros, y en su Orden bien pronto ascendió a los más importantes cargos. En 1517 asistió al Capítulo general celebrado en Roma, en el cual fue nombrado definidor general; poco después trabajó con celo incansable en la pacificación de los ánimos durante la guerra civil de las Comunidades en España, como puede verse en la Crónica del emperador Carlos V por fray Prudencio de Sandoval. Habiéndose reunido en 1523 el Capítulo general de la Orden, fue elegido fray Francisco de los Ángeles General de la misma, y reelegido de nuevo en 1526 cuando por su humildad había presentado la dimisión de su cargo.

Cuando en 1525 pasó a Roma para promover la obra de reforma de la Orden, fue muy apreciado de Clemente VII, quien, estando cercado en Roma por los imperiales, se decidió a entablar negociaciones con ellos por medio de Quiñones el 2 de diciembre de 1526. No dieron resultado aquéllas y ya prisionero el Papa en el castillo de Sant'Angelo se valió varias veces de Quiñones para distintas embajadas enviadas a Carlos V, con el fin de agenciar su libertad y la de Roma, asolada por las fuerzas imperiales. Los servicios que prestó en esta ocasión Quiñones a Clemente VII, fueron causa de que este Papa le honrase con la púrpura cardenalicia el 7 de diciembre de 1527, si bien la publicación no se realizó hasta el 25 de septiembre de 1528; el título que tomó fue el de Santa Cruz de Jerusalén, razón por la cual desde entonces fue llamado casi universalmente cardenal de Santa Cruz. Continuó éste en su oficio de mediador entre el Papa y Carlos V hasta la célebre paz de Barcelona, que juró Clemente VII el 25 de julio de 1529. Quiñones recibió también del Papa el obispado de Coria (Cáceres) en 1530, al cual en breve renunció, y el título de cardenal protector de los franciscanos. Habiendo vacado en 1540 la diócesis de Palestrina, destinó Paulo III a Quiñones para esta sede; mas no pudo éste ocuparla por mucho tiempo, pues murió a poco en Veroli durante el mes de septiembre de este mismo año.

La obra que ha dado más celebridad a Quiñones es su breviario, llamado entonces Breviarium Sanctae Crucis, que apareció por primera vez en Roma en 1535 con el título Breviarium Romanum ex sacra potissimum Scriptura et probatis sanctorum historiis collectum et concinnatum. Siete años estuvo trabajando Quiñones en la composición de este breviario. La primera edición se presentó por vía de ensayo, y son hoy raros los ejemplares de ella; la segunda edición romana de 1536 se presentó ya como definitiva, atendiendo a todos los cargos y observaciones hechos acerca de la primera.

No puede deducirse de esta obra que la tendencia general de Quiñones hubiese sido el relajar las costumbres eclesiásticas. Al contrario, Quiñones, cono general de la Orden, favoreció extraordinariamente a los frailes de la Estrecha Observancia o Reformados, a los cuales dio en seguida en España reglas fijas, y aun les señaló cinco casas de recolección, como lo asegura Wadding. Cuando Quiñones fue a Italia en 1525 fomentó también esta reforma, y aun puede asegurarse que si hubiera permanecido más tiempo al frente de los observantes hubieran alcanzado éstos ya desde un principio la importancia que obtuvieron después. En cambio, fuerza es confesar que las gestiones de Quiñones no fueron favorables a los capuchinos, pues no sólo logró que el 18 de diciembre de 1534 Paulo III renovase la prohibición de su predecesor, de que no pudiesen los capuchinos recibir a ningún observante sin licencia del Papa, sino que indujo al emperador Carlos V a pedir al Papa en un escrito de su propio puño del 4 de diciembre de 1535, que no permitiera a los capuchinos continuar extendiéndose y, particularmente, quo no les diera licencia para dirigirse a España.

[Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana. Tomo XLVIII. Barcelona, Hijos de J. Espasa, 1922, p. 1407]

* * * * *

FRANCISCO DE LOS ÁNGELES QUIÑONES, OFM
por I. García

Nació en León el año 1475 y murió en Veroli (Italia) el año 1540. Hijo de los condes de Luna y pariente del emperador Carlos V, fue paje de Cisneros durante su niñez. Estudia en la Universidad de Salamanca. Ingresa en la Orden Franciscana en 1491, a los dieciséis años, en la custodia de Santa María de los Ángeles, fundada por el venerable Juan de la Puebla, atraído, como su amigo Cisneros, por la vida eremítica. En la Orden asciende rápidamente hasta los cargos más encumbrados: vicario provincial (1521), comisario general (1522) y ministro general (1523). En este último cargo trabaja intensamente por la renovación de la Orden y especialmente por la difusión de las casas de retiro, destinadas a los religiosos con vocación eremítica.

Fuera de la Orden, interviene repetidas veces como legado y mediador en las difíciles circunstancias políticas del período. Durante la guerra de las Comunidades, Quiñones hace de mediador entre el Emperador y los comuneros. Una vez vencidos éstos, aboga ante el soberano por la clemencia. En 1526 comienza el período de sus actividades diplomáticas. Se afana por apartar a Clemente VII de la alianza antiimperial con Francia y Venecia, sin lograr decidir al vacilante pontífice. Enviado por Clemente al Emperador, se entrevista con éste en Granada hacia el 20 de abril de 1526. Corre a Roma en misión de paz a fines de noviembre del mismo año. Las negociaciones con el pontífice se estrellan contra la oposición del duque de Borbón y los tumultos del ejército, hambriento de botín. Sucede el lamentable Saco de Roma. Quiñones camina de nuevo hacia la Corte para pedir al Emperador la liberación del infeliz Clemente VII (abril-octubre de 1527). Derrocha habilidad y vigor y logra su objeto. Quedan pendientes las negociaciones de paz en las cuales tendrá igualmente Quiñones una participación considerable. En julio-diciembre de 1528 se encuentra de nuevo en la Corte imperial con este objetivo. Estas legaciones y su relativo éxito le atraen la gratitud del pontífice que lo crea cardenal el 6 de diciembre de 1526, con el título de Santa Cruz de Jerusalén, con desagrado de la Corte imperial que no había presentado su candidatura y veía en la aceptación un gesto de sospechosa condescendencia hacia Roma.

Pero más que por las actividades relatadas, el nombre de Quiñones pasó a la posteridad unido al de su breviario, el Breviarium Sanctae Crucis. Desde siglos atrás se sentía la necesidad de una profunda reforma del breviario. Clemente VII la encomendó a Quiñones junto con Diego de Meila y Gaspar de Castro. Se llevó a cabo durante los años 1529-1534. El nuevo breviario, destinado a sola la recitación privada por los clérigos seculares, fue adoptado también por algunos cabildos. Suprimía casi enteramente las partes corales del Oficio Divino (antífonas, versículos, responsorios, etc.); distribuía los salmos semanalmente, de forma que no se repitiese su recitación y pudiese recorrerse enteramente el salterio; disponía los maitines en un solo nocturno con tres salmos y tres lecciones, ordenadas éstas de manera que se pudiese leer enteramente la Sagrada Escritura durante el año litúrgico. No obstante las vivas críticas que se le dirigieron y que se tuvieron en cuenta en la edición segunda y siguientes, el breviario conoció un éxito editorial excepcional. Durante los años 1535-1556 llegó a contar más de 100 ediciones. Su título completo era Breviarium Romanum ex Sacra potissimum Scriptura et probatis sanctorum historiis collectum et concinnatum. La campaña surgida en diversas partes (Sorbona, Domingo de Soto, Navarro de Azpilcueta, Juan de Arce) terminó por decidir a la Santa Sede primero a prohibir su uso (10-VIII-1556), y más tarde, a suprimir definitivamente el breviario (9-VII-1568).

Sus restos mortales reposan hoy en el mausoleo que él mismo se hizo construir en su iglesia titular de San Juan de Jerusalén, de Roma.

BIBLIOGRAFÍA: Marqués de Alcedo, Le Cardinal Quiñones et la Sainte Ligue, Bayona 1910; J. Meseguer, El P. Francisco de los Ángeles de Quiñones, O F M, al servicio del Emperador y del Papa, en Hispania 73 (1958) 1-41; Id., El Programa de gobierno del P. Francisco de Quiñones, O F M (1523-1528), en Archivo Ibero-Americano, 21 (1961) 3-51; I. Wickham Legg, The second recension of the Quignon Breviary, 2 vols., Londres 1908 y 1912; P. Batiffol, Histoire du Breviaire Romain, París 19113, 274-298; L. Pastor, Historia de los Papas, IX y X, Barcelona 1911; L. Wadding, Annales Minorum, XVI, Quaracchi 1933; Enciclopedia Cattolica, Vol. X, Città del Vaticano, pp. 420-421.

[I. García, Francisco de los Ángeles Quiñones, en Q. Aldea (Dir.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España. Madrid 1973, vol. III, págs. 2037-2038]

* * * * *

FRANCISCO DE QUIÑONES
por Juan Meseguer, OFM

Franciscano español, ministro general, cardenal, representante de la renovación católica pretridentina, autor de la reforma del breviario que lleva su nombre. Nació hacia el año 1480 en León (?), se ignora el mes y el día; murió en Veroli (Italia) el 27 de octubre de 1540.

Hijo de Diego Fernández de Quiñones y Juana Enriquez, primeros condes de Luna, era paje del card. Cisneros en 1498. Hízose franciscano antes de 1507 en el convento de Santa María de los Ángeles (Hornachuelos, Córdoba), cambiando su nombre de pila Enrique en Francisco. No se sabe si cursó estudios en algún centro universitario. Probablemente recibió la primera instrucción en su casa, y ciertamente la que bajo la vigilancia de Cisneros se impartía a sus pajes. Dentro de la Orden desempeñó toda la gama de cargos. En 1510 era custodio de la custodia de los Ángeles, en 1512 vicario provincial de los franciscanos observantes de Castilla, en 1518 ministro provincial de la provincia de los Ángeles, en 1521 comisario general de la Orden y ministro general (1523-1528). Siendo comisario general visitó las provincias de los Países Bajos y algunas españolas; de ministro general, las de España y Portugal y la mayor parte de las de Italia.

Como superior fomentó la disciplina y observancia regular, la selección y formación de las vocaciones y los estudios, mandando organizarlos en las provincias que los tenían deficientes; celó la práctica de la pobreza franciscana según la Regla declarada por los Papas y trató de cortar las disensiones originadas por roces jurisdiccionales y perniciosos regionalismos. La limpieza de defectos y promoción de la disciplina fue uno de los puntos básicos de su programa de gobierno. Fue el otro las Casas de Recolección, focos de vida espiritual intensa. Cada provincia debía tener dos o más. Los frailes deseosos de reencarnar el espíritu de san Francisco, que a ellas se acogían, debían practicar una disciplina más severa y una pobreza más estricta, mantener la unidad de la Orden sin apartarse de la obediencia a los ministros provinciales y practicar la proclamación sencilla de la palabra de Dios. Igual afán renovador desplegó en los monasterios de clarisas. Protegió especialmente a las Concepcionistas, a las que dio sus primeras Constituciones (1513) y su primer Ceremonial (1524). Ayudó a su hermana Leonor de Quiñones, dama que había sido de Isabel la Católica, en la fundación del monasterio concepcionista de León. Otra faceta de la personalidad de Quiñones es la misionera. Sus anhelos, frustrados, de pasar a México con Juan Glapion, confesor de Carlos V, en 1521, florecieron en el envío de la misión de los Doce Apóstoles a México en 1523. En la Obediencia e Instrucción que les diera, «carta magna de la civilización mexicana» (M. Cuevas), subraya las cualidades del misionero, alude a las normas del método misional e indica cómo aunar apostolado y vida regular.

Quiñones intentó de nuevo pasar a México en 1526 con facultades extraordinarias, eclesiásticas y civiles, para promover la evangelización. Mas no pudo, como tampoco pudo visitar el resto de la Orden. Clemente VII le mandó en la segunda mitad de 1526 como emisario secreto al Emperador, con quien se entrevistó en Granada; volvió en 1527 encontrando a Carlos V en Valladolid; la tercera entrevista tuvo lugar en Madrid, 1528. Las conversaciones buscaban las bases de un tratado de paz, el de Barcelona, de 1529. En el segundo viaje fue capturado y maltratado por los piratas berberiscos, ocupándose de su liberación el mismo Papa. Éste le creó cardenal el 7 de diciembre de 1527; su publicación oficial se retrasó a 1528 en Viterbo y el Emperador le impuso la birreta en San Jerónimo de Madrid el 6 de septiembre de 1528. El comportamiento y actividad de Quiñones, cardenal de curia, correspondió a la línea renovadora que hasta entonces había seguido. Obispo de Coria en España (1531-33), renunció al obispado por no permitírsele ir a visitarlo. Se distinguió por su devoción a la Eucaristía y a la Santa Cruz. Tuvo en su casa una academia de humanistas y sabios, que le ayudó en la reforma del breviario, llamado de Santa Cruz por su título cardenalicio. Distribuyó el salterio por los días de la semana, redujo maitines a un nocturno y tres lecciones, y suprimió partes menores, todo con la idea de hacer hablar principalmente a la Sagrada Escritura. Cien ediciones y cien mil ejemplares (1ª ed. 1535) prueban la aceptación que logró. San Pío V prohibió su uso en 1568 por diversas razones, pero fue el precursor y modelo de la próxima reforma del breviario.

Quiñones defendió en Roma los intereses de España, si bien no participó en un primer plano en la política. Fue cardenal protector de los franciscanos (1534) y de los jerónimos (1536). Nombrado gobernador de Veroli, 1534, mandó labrar un palacio grandioso en las proporciones pero sencillo en su aspecto y una fuente pública, y restauró la entonces ermita de la Santa Cruz. Su sepulcro, obra de J. Sansovino, en elegante y sobrio estilo renacentista, se conserva en su iglesia titular. Quiñones veló por la educación de su sobrino Juan de Quiñones (1506-76), maestrescuela de Salamanca, canciller de su Universidad, obispo de Calahorra y padre del Concilio de Trento, y amparó a sus sobrinos-nietos Claudio Fernández de Quiñones, cuarto conde de Luna, embajador de Felipe II en el Concilio de Trento, y de sus hermanos, de los que uno fue Lupercio de Quiñones, obispo titular y capellán de Felipe II.

BIBLIOGRAFÍA: Marqués D'Alcedo, Le cardinal Quignonès et la Sainte-Ligue, Bayona 1910; H. Jedin, Historia del Concilio de Trento, 3 vol., Pamplona 1972 ss.; J. M. Lenhart, Quiñones breviary a best seller, en Franciscan Studies VI (1946) 468; J. Meseguer, Quiñones solicita facultades de nuncio y virrey para ir a Nueva España, en Archivo Ibero-Americano XIV (1954) 311-338; Íd, Contenido misionológico de la Obediencia e Instrucción de Fr. Francisco de los Ángeles a los Doce Apóstoles de Méjico, en The Americas XI (1954-1955) 473-500; Íd, Programa de gobierno del P. Francisco de Quiñones, en Archivo Ibero-Americano XXI (1961) 5-51; Íd, Constituciones recoletas para Portugal e Italia, ib. 459-489; Íd, El P. Francisco de los Ángeles de Quiñones al servicio del emperador y del papa, en Hispania XVIII (1958) 651-687; Íd, Biblioteca del Conde de Luna, embajador de Felipe II en el Concilio de Trento, en Il Concilio di Trento e la riforma tridentina, II, Roma s. a., 667-677.

[Juan Meseguer, ofm, Francisco de Quiñones, en Gran Enciclopedia Rialp. Tomo XIX. Madrid 1974, págs. 570-571]

* * * * *

PROGRAMA DE GOBIERNO
DEL P. FRANCISCO DE QUIÑONES,
MINISTRO GENERAL OFM (1523-1528)

por Juan Meseguer, OFM

En los mismos comienzos de su generalato trazó el P. Francisco de los Ángeles de Quiñones el programa de gobierno a que había de atenerse. Claro que tal programa presupone, como es natural, la Regla y las constituciones, punto de referencia insoslayable para cualquier superior franciscano que quiera conducir a sus súbditos tras las huellas del Santo Fundador.

El capítulo de Burgos mandó compilar unas constituciones o estatutos que con carácter obligatorio para toda la Orden cumplieran la misión unificadora que les asignara la bula Ite vos. Las constituciones burgenses son una adaptación de las que se dieron los observantes ultramontanos el año 1451 en Barcelona, repartidas en doce capítulos en vez de los nueve de que constan las Barcelonenses. A este trabajo de redistribución añadieron los compiladores de 1523 el de complemento, incorporando a los estatutos decretos de los capítulos generales posteriores al de 1451 hasta el de Burgos inclusive. Uno de los decretos añadidos provee a la contingencia que había causado el retraso de las elecciones en este mismo capítulo de Burgos. El decreto en cuestión reconoce al ministro general la potestad de poder mudar el lugar del capítulo con consejo de algunos padres graves, pero se la niegan para retrasar la fecha, que será siempre la vigilia de Pentecostés, como manda la Regla, haya llegado o no el ministro general. En este último caso presida el comisario general, salvo si el general envía un delegado suyo y -se sobreentiende- llega a tiempo. No estando presente ninguno de los dichos, presida el ministro de la provincia donde se tiene el capítulo. Y faltando éste también, que el capítulo se elija su presidente.

En cuanto a la intervención personal del P. Quiñones en el arreglo de las constituciones poco se sabe, aunque ciertamente hubo de ser notable. Él mismo nos dice que intervino en el decreto que prohibía admitir al hábito a los conversos, incorporado en las constituciones. No sería ajeno al que regula la presidencia del capítulo, del que acabamos de ocuparnos. Y fácilmente me inclino a ver su mano en algunas otras adiciones que riman bien con su carácter, tanto más que poco después hallamos algunos de estos puntos recordados y completados por Quiñones en los Avisos a las provincias españolas. Tales, que los clérigos después de la profesión permanezcan tres años bajo la vigilancia de un maestro, que los religiosos se consagren a la oración en privado una hora al día, que sean quitados y quemados los cepillos, que los ministros provinciales en la visita anual examinen las cosas de uso particular de los religiosos, retirando lo superfluo y curioso y que inquieran asimismo con qué motivos se piden las limosnas pecuniarias, que sean depuestos los guardianes negligentes en atender a los enfermos y, si alguna provincia fuere en esto negligente, avise el visitador al capítulo general. Un artículo de las Constituciones Burgenses en el que forzosamente hubo de intervenir el P. Francisco de los Ángeles es el que prohíbe realizar las elecciones por suertes, ya que este artículo carece de antecedentes en la legislación general de la Orden[1] y por otra parte el P. Quiñones en su calidad de comisario general y con facultades especiales para este caso del ministro general, había anulado en Toro el 6 de octubre de 1522 el capítulo provincial de Santiago, celebrado pocos meses antes, precisamente porque las elecciones se habían hecho por el sistema insólito de las suertes, en recuerdo e imitación sin duda del procedimiento empleado en la designación de san Matías al apostolado (Hch 1,26).

Estos pocos datos bastarían por ventura para señalar la tendencia de un superior en el gobierno de su Orden, pero no para hablar de un programa. Por suerte disponemos para conocer el de Quiñones de otros documentos. Son las Constituciones de las Casas de Recolección y los Avisos o Admoniciones a las provincias españolas.

I.- LOS AVISOS

1. FECHA

Las Admoniciones o Avisos tienen un valor extraordinario para conocer la opinión de Francisco de los Ángeles sobre la disciplina y observancia de la Regla, a la vez que ofrece un paradigma del estado de la observancia regular a la mitad del tercer decenio del siglo XVI, debido a un fraile celoso de su profesión y poco amigo de eufemismos.

Ningún historiador de la Orden se ha fijado, sin embargo, en ellos, quizá por un despiste cronológico del analista Waddingo. Este alude incidentalmente a las saludables admoniciones, que dejara el ministro general a la familia ultramontana, al enumerar las diversas disposiciones que tomó Quiñones en marzo de 1525 antes de embarcarse en Barcelona para Italia, como si sólo entonces las hubiera publicado. Los Avisos van dirigidos solamente a las provincias españolas. Quizá Waddingo se refiera también a las cartas exhortatorias que en marzo de 1525 envió el P. Ángeles a las naciones gala y germánica. En descargo del analista hay que decir que el Registro del general da ocasión al engaño. El texto de los Avisos figura en el Registro como remate de la actividad de Quiñones en España, advirtiendo en dos pasajes distintos que los envió a las provincias después de haberlas visitado. Serían en este supuesto los Avisos como el memorial en que el P. Ángeles reflejaba la experiencia de sus visitas desde el otoño de 1523 a fines de 1524.

La fecha de los Avisos, sin embargo, y varios decretos dejados en las provincias a lo largo de ese año de visita prueban con indudable certeza que los remitió a los ministros provinciales hacia septiembre de 1523.

En efecto, están fechados el 28 de agosto de 1523. Harto raro sería que los hubiera guardado sin publicarlos hasta marzo de 1525, y por otra parte la posibilidad de que el escribiente cometiera un lapsus calami en la fecha es mínima o nula, pues está extendida en letras, no en guarismos. A mayor abundamiento en distintos pasajes del Registro se supone que los Avisos son conocidos en las provincias que va visitando. El 18 de noviembre de 1523, en las Instrucciones que entrega a los comisarios visitadores, les ordena que indaguen si los ministros provinciales han recibido las «Admoniciones» impresas. Tres veces las menciona en el curso del año 1524: el 11 y el 23 de abril y el 19 de octubre para urgir su cumplimiento o aclarar alguna duda. Muy de acuerdo por tanto con la advertencia que hace en el prólogo, que pedirá exacta cuenta de su cumplimiento al tiempo de la visita.

No son, pues, los Avisos fruto de las visitas realizadas en el primer año de su generalato. Recogen más bien la experiencia adquirida en el gobierno hasta Pentecostés de 1523.

2. CONTENIDO

Aclarado lo que a la fecha se refiere pasemos ahora a analizarlos. Están distribuidos en seis capítulos.

En el prólogo, repitiendo palabras de S. Buenaventura, se insinúa el P. Quiñones recordando la grave obligación que sobre él pesa de ser ministro general no sólo de nombre sino también de hecho y de procurar el vigor y belleza de la disciplina, deslucida no por falta de buenos estatutos y exhortaciones «de que los refectorios y capítulos trasudan» -dice en frase gráfica-, sino por abandono de los religiosos en cumplirlos y de los superiores en urgir su observancia. Se ve por ello en la precisión de dar las siguientes normas que repristinen las buenas costumbres de la Orden y completen o expliquen las prescripciones de las constituciones generales. «Sus brazos», es decir, los ministros provinciales y los guardianes, a quienes las envía, le ayudarán a llevar la carga del cargo, velando por que sus súbditos las cumplan.

Dedica el primer capítulo a los novicios. El poco cuidado en su selección constituía una de las causas de la ruina de la Orden. No se reciba a quienes no sepan leer expeditamente la lengua latina y hayan estudiado por lo menos un año dicha lengua. Los maestros enseñen diligentemente a sus novicios la Regla y las declaraciones pontificias. Nadie sea recibido a la profesión si no supiere recitar claramente y con soltura el oficio divino.

En el capítulo segundo regula los viajes y salidas de los religiosos. No sean de ordinario trasladados más que en el capítulo provincial o congregación y no se les permita, mientras sea él ministro general, visitar a sus parientes, si no es a sus padres y hermanos o no se pudiere evitar el escándalo.

Los estudios eran un motivo de viaje. El capítulo de Burgos dictó normas que regulaban el envío de estudiantes al magno convento parisiense. Declara el P. Quiñones que tal decreto no le agradaba gran cosa. Determina, en consecuencia, que las provincias españolas no manden estudiantes al Estudio general de París hasta que personalmente visite aquel centro de estudios y se informe de visu del estado de la disciplina. Envío por otra parte innecesario, ya que España cuenta con gran número de colegios y escuelas donde pueden estudiar los nuestros sin tener que mendigar fuera lo que tenemos en casa.

Los religiosos salgan de los conventos siempre acompañados, nunca solos, salvo el caso de urgente necesidad. Una urgencia según el P. Ángeles será el pedir limosna para el sustento de los frailes, pero miren bien los superiores a quiénes mandan. No sean fáciles los guardianes en conceder a los que salen por otros motivos, permiso para visitar a las personas devotas de la Orden.

Si los frailes han de poner sumo empeño en no salir de la clausura sin motivo justificado, no han de tener menos interés en evitar que entren al convento quienes puedan perturbar la paz y silencio monásticos. Prohíbe, pues, que entren barberos y peluqueros. Para que sus servicios no sean necesarios ordena que los superiores designen religiosos jóvenes que aprendan estos oficios como se hacía antiguamente y todavía se practica en muchas provincias bien ordenadas.

Porque el ejemplo de los superiores arrastra, no salgan los guardianes de los límites de sus guardianías sino con licencia escrita del ministro provincial.

En el capítulo tercero, brevísimo, ordena que aun cabalgando con reconocida necesidad, se lleve la licencia escrita del ministro provincial o del superior y discretos de la casa. A quien no la llevare, los superiores de los conventos por donde pasare el cabalgador, prívenle de la cabalgadura.

El capítulo cuarto, el más extenso y minucioso, está diciendo a las claras la importancia que en la mente del autor de los Avisos tiene la materia en él tratada, la pobreza.

En primer lugar detalla el ajuar que puede llevar consigo el religioso de un convento a otro. El hábito, dos túnicas, el manto o capa y las sandalias. En cuanto a otras prendas destiérrese su uso como transgresiones de la Regla. En concreto menciona los colobia manicata, especie de camisa o túnica de lana o piel, que como usadas sólo en España reciben el nombre de monjiles, pompones o zamarros. Regiones mucho más frías que las nuestras desconocen semejantes prendas. Que se recojan en el plazo de ocho meses. Cuando por necesidad y con el debido permiso hubiere el religioso de usar otros vestidos, sea siempre debajo del hábito. Pero por ninguna causa se permita el uso de monjiles ni camisas de estambre. Si las hay, retírense y consérvense en las enfermerías para uso de los enfermos.

También determina la vileza del paño. Su coste no exceda «tres argenteos» la vara; donde no se pueda hallar a este precio se permite comprarlo a cuatro. Los superiores cuiden de vestir a sus frailes y no autoricen excesos so pretexto de ser donativo de los familiares del religioso. No tolera que se tenga depositada en el síndico una limosna pecuniaria para vestir a un particular. Gástese inmediatamente en vestirlo si lo necesita y, si no, en necesidades de la comunidad.

Continúa luego con las advertencias referentes a la cantidad y calidad de las cosas mendigadas: trigo, cebada, vino, etc. Obligación es de los ministros provinciales examinar si la limosna se pide según las declaraciones pontificias. Sobre todo deben vigilar que el pedir unos géneros para cambiarlos por otros de distinta especie se ajuste a las normas dadas por los papas Nicolás III y Clemente V, pues esta permuta fácilmente es un recurso a pecunia. Repite el mandato que siendo comisario general había dado insistentemente: que se desterrara el abuso de los cepillos vivos.[2] Para abreviar en esta materia tan capital y delicada de la pobreza, se remite al Speculum Fratrum Minorum, del P. Argumanes, que fue vicario provincial de la provincia de Santiago. Lo ha hecho imprimir y tener un ejemplar en cada convento. Manda que estudien cuanto trae relativo a la pobreza.

Suprímanse, como reliquias de la conventualidad, las cuestaciones de las confraternidades; tienen más de rentas que de limosnas. Por razón de sencillez y fidelidad rindan cuenta los guardianes a los ministros provinciales.

El ajuar de la casa y oficinas sea pobre. Siguiendo a S. Buenaventura manda que en el término de seis meses se destierren los vasos de cristal, contentándose con vasos de madera o de barro. Retírense de las sacristías los vasos de oro y plata; contradicen a nuestra pobreza. Si viven los donantes, devuélvanseles; si hubieren muerto o no se encuentran, véndanse y su precio empléese en la restauración del edificio o construcciones necesarias. Considera superfluos los vasos sagrados de plata que no sean la cruz, los cálices en número suficiente para el de sacerdotes del convento, el incensario y la «cerra» (bandeja?, acetre?, naveta?), y la cápsula para reservar el Santísimo.

En cuanto a las fundaciones de misas y capellanías no se admitan en adelante y, donde las haya, obsérvese puntualmente el decreto del capítulo de Burgos a fin de evitar toda apariencia de rentas, haciendo los religiosos la protesta de que solamente reciben tales legados a título de limosna. Para que el hablar esté de acuerdo con el ideal de altísima pobreza prometida, prohíbe que se usen expresiones que envuelvan la idea de compraventa. No deben los religiosos emplear expresiones como éstas: este libro me ha costado una o tantas misas, o toma este libro con la obligación de decir tantas misas; voy a la predicación de los corderos, del trigo, etc., expresando el tiempo de la predicación por el modo de retribuirla. No permitan los provinciales que los conventos tengan gallinas, cerdos, colmenas; sólo siembren la cebada necesaria para las caballerías del convento, mas a condición que sea segada en verde.

Amante de la ciencia, quiere el P. Quiñones que sus frailes pongan más cuidado en estudiar que en tener códices preciosos, procurando hermanar de esta suerte el amor a los libros con el celo por la pobreza. Los códices superfluos colóquense en las librerías. En los conventos donde no hubiere, distribúyanse entre los religiosos, cuyos estudios y tareas apostólicas requieran el uso de tales libros.

En el capítulo quinto da algunas normas para el comportamiento de los religiosos y educación de los jóvenes profesos. Reprueba el uso de títulos académicos, tales como maestro, doctor o licenciado, aun cuando se hayan obtenido antes de ingresar en religión. Añade Fr. Francisco de los Ángeles que no existe en España tal costumbre; adviértelo no obstante para impedir el contagio, importado de otras naciones.

Con buen criterio educador, declárase contrario a los castigos violentos para con los jóvenes; más que una corrección son -dice jugando con las palabras- una prueba de la corrupción de la Orden. Por inconvenientes que se siguen, condena el empleo de niños como monaguillos.

No se atreva ningún guardián a impedir que sus súbditos celebren las misas ordenadas por los capítulos general o provincial o constituciones de la Orden. Y menos todavía se permita el superior el entregar al súbdito el estipendio diciéndole que se procure lo necesario para la vida. Con el fin de no dejar resquicio a semejante abuso, que recuerda haber hallado en algunos conventos, manda que ni los religiosos al servicio de las monjas ni los estudiantes en provincias ajenas usen de los estipendios de misas para tales fines.

Otro punto sobre el que el recién electo general vela con esmero es la armonía con el clero secular. Los entierros daban lugar a desacuerdos y tiranteces poco edificantes. Para obviarlos y resolverlos en paz y justicia, ordena el P. Quiñones que cada convento abra un libro memorial en el que se anoten las sepulturas de los religiosos y seglares que haya en la iglesia conventual y en el claustro, los pactos con el clero secular referentes a sepulturas, confesiones, predicación, procesiones y funerales. Con el buen orden de relaciones espera el general que desaparezca el recelo y desconfianza del clero secular para con los religiosos.

Cierra este capítulo mandando practicar la caridad fraterna con los miembros de otras órdenes que llamaren a las puertas de nuestros conventos, en especial con los dominicos. Y ordena que sean duramente castigados los que siembran en el pueblo cristiano la discordia, predicando contra otros religiosos u órdenes.

Dedica el capítulo sexto a dar normas para el ingreso de los religiosos en los monasterios femeninos, especificando en consonancia con las disposiciones pontificias los casos en que les está permitido entrar en clausura. Fuera de estos casos ni aun al confesor o capellán sea lícita la entrada. Amonesta a los confesores que no frecuenten el trato de las religiosas en locutorios o gradas. Concédase más tiempo al confesor extraordinario; mientras éste desempeña su cargo, retírese el ordinario al convento más cercano o donde dispusiere el ministro provincial.

En la conclusión enumera el celoso general algunos otros abusos. La ociosidad de unos, el vagabundaje de otros, con molestia de los seglares que temen el encuentro de los frailes, la inconsiderada provisión de cargos y oficios, el atrevimiento de algunos en censurar desde el púlpito a príncipes y eclesiásticos con escándalo del pueblo, el abandono, por no decir crueldad, con que se trata a los enfermos, la mordacidad de algunos y curiosidad y superfluidad en el menaje de las habitaciones que más parecen tiendas de mercaderes que pobres celdas de religiosos.

Al cabo de retahíla tal de abusos y sobre todo después de la coda final, el lector pensará que la Orden estaba casi a punto de disolverse por relajación. Sería una conclusión precipitada. El remate de los Avisos procede, en su esqueleto y en su forma, de las cartas de S. Buenaventura, espejo de ministros generales. El Padre Francisco de los Ángeles introduce en los pasajes bonaventurianos un cambio, que es en definitiva una atenuante, que convendrá no olvidar a la hora de formular un juicio de conjunto. Advierte que hay muchos y santos religiosos a quienes no llegan las salpicaduras de tales vicios. Mas no es menor su obligación de trabajar por desarraigarlos de aquellos que los tienen a fin de lograr la reforma que exige Dios, espera el mundo y anhela S. Francisco. Acaba la circular con una exhortación fervorosa y apremiante, de origen igualmente bonaventuriano, moviendo a los superiores a que repriman los excesos y descuajen los abusos.

II. - LAS CASAS DE RECOLECCIÓN

1. ORIGEN

Como institución datan del año 1502.

Hacia el año 1500 se perfila en el seno de la Observancia por tierras de Extremadura un movimiento que aspira a guardar la Regla franciscana en toda su pureza, ayudándose de una disciplina austera y rígida. Para mejor lograrlo pugna por separarse jurídicamente de los superiores observantes. Para contrarrestar esta tendencia separatista y satisfacer los anhelos de los celantes, se determinaron los superiores de la Observancia, a una con los votos y deseos de la Reina Católica y de su egregio confesor el arzobispo de Toledo, Card. Cisneros, a instituir las Casas «recolegiadas» o de Recolección en una Junta que celebraron en S. Francisco de Madrid el día 4 de octubre de 1502 bajo la presidencia del P. Marcial Boulier, vicario general de los observantes ultramontanos. La Junta les dio unas sencillas constituciones en las que palpita el mismo afán de observar la Regla en toda su pureza, pero con una austeridad moderada en relación con la extremosa del movimiento que pretendían anular y en las que, a diferencia de éste, se mantienen la subordinación a los superiores y la uniformidad en el vestir y calzar con los otros frailes de la provincia.

No estamos bien informados sobre las Casas de Recolección en la primera etapa de su existencia. Marcial Boulier afirmaba en 1503 que en la Junta del año anterior se habían instituido «algunas casas recolegidas en diversas provincias para los frailes deseosos de vivir en mayor pureza de la Regla e devoción e recogimiento». En concreto no sabemos en qué provincias se crearon tales Casas, salvo en la de Santiago, a la que pertenecía Extremadura donde surgió el movimiento separatista; se destinaron seis conventos a la Recolección.

Los cronistas de la Orden afirman en general o suponen que la institución de 1502 nació muerta o poco menos con la complicidad o desinterés de los superiores. En realidad carecemos de documentación adecuada para pronunciar una sentencia definitiva. Quizá no fue tan infausta la suerte de la institución recoleta entre 1502 y 1523.

Ciertamente la tendencia que la institución de 1502 quería encauzar alentaba más o menos organizada en otras provincias, constituyendo corrientes autóctonas. Si no, no se comprende cómo en 1522 aparezca pujante el movimiento recoleto en las provincias de Castilla y la Concepción.

El capítulo de la provincia de Castilla celebrado el 11 de mayo de 1522 destina ocho conventos para los celadores de la Regla y amantes de la vida retirada (no sabemos si el P. Quiñones intervino en este capítulo, aunque parece que no). Lo que, a quince moradores por convento (es el número de profesos que exige Quiñones para cada convento recoleto), arroja un total de ciento veinte individuos decididos a llevar tal género de vida. Y no es creíble que la decisión capitular poseyera virtudes de varita mágica para hacer brotar como por ensalmo tales afanes en número tan crecido de religiosos. Preexistían, pues, los anhelos y el género de vida. El capítulo se limita a conferirle una organización particular que los robustezca. De la realidad del ambiente recoleto de ciertos conventos de la provincia de Castilla, que en todo o en parte coincidirían tal vez con los señalados el año 1522, son testimonios irrecusables las obras del P. Francisco de Osuna (1492-1540). En ellas nos ha dejado preciosos datos sobre la vida austera e intensamente espiritual de sus moradores.

Mejor documentado, aunque insuficientemente todavía, es el caso de la provincia de la Concepción.

La primera noticia cierta que poseemos sobre el P. Francisco de los Ángeles y las Casas de Recolección data del 6 de octubre de 1522. Dicho día el P. Quiñones ordena desde Toro a los discretos de los conventos de la provincia de Santiago que lleven al capítulo provincial los nombres de los religiosos deseosos de una vida más austera para señalarles en el capítulo las casas necesarias donde podrán practicar tal género de vida.

Meses más tarde cumplió un acto de mayor trascendencia, ahora en la provincia de la Concepción. El 25 de enero de 1523, siendo comisario general, aprobó, de acuerdo y consentimiento del capítulo provincial que él presidía, unas constituciones recoletas compuestas por orden del capítulo para los ganosos de una vida más estrecha.

La firma de Quiñones no era el acta de nacimiento de las Casas Recoletas en dicha provincia; fue más bien el de confirmación. Porque con anterioridad a la fecha mencionada, en dos meses por lo menos, ya existían en la provincia de la Concepción conventos recoletos, entre otros el de la Aguilera, con constituciones aprobadas. La aprobación de Quiñones es, pues, la segunda por lo menos.

Si ahora nos fijamos en la historia de los cinco conventos que se destinaron a Recolección en enero de 1523, veremos que desde muy atrás viene el espíritu recoleto y que no es improbable tuviera alguna organización que hoy desconocemos. Dos de ellos, La Aguilera y El Abrojo, habían sido la base de la custodia de la Aguilera, fundados ambos por el P. Pedro de Villacreces a principios del siglo XV en estrechísimo tenor de vida, en el que aún perseveraban en el siglo XVI. Los otros tres: Valdescopezo (cerca de Medina de Río Seco), Villasilos y Calahorra, procedían de la que había sido vicaría de Santoyo, cuyo género de vida era igualmente muy austero, pero no tanto como el de los dos primeros. Es natural que las constituciones recoletas del año 1523, además de absorber en su articulado las de 1502, trataran de combinar ambas tendencias, tomando de las leyes y costumbres de unos y otros algo e imponiéndolo a todos por igual. Así en el capítulo cuarto se dice que se recogen en él costumbres vigentes de antiguo en algunas casas de las designadas, mandando que se observen en todas uniformemente. Y es natural que en aspectos de detalle, costumbres y ceremonias, se inclinaran los compiladores de 1523 a la ex-vicaría y no a la ex-custodia. De manera que podemos considerar las Casas recoletas del siglo XVI como continuadoras del espíritu de Fr. Pedro de Santoyo más que del de Fr. Lope de Salinas.

2. LAS "DECISIONES" DE FR. BERNARDINO DE ARÉVALO

Con la aprobación del P. Quiñones los recoletos de la provincia de la Concepción se crecieron. Enviaron como su portavoz al capítulo general de Burgos a Fr. Bernardino de Arévalo. Joven de algo más de treinta años, había recibido el encargo de parte del capítulo de Palencia, de vigilar «la buena ejecución» de las constituciones recoletas. Ante la asamblea capitular de Burgos defendió unas conclusiones escolásticas, que vienen a ser como el manifiesto teórico de los defensores de la vida recoleta.

Advierte que muchas de las afirmaciones que hará en las Decisiones tocan quizá a poquísimos religiosos; los demás -ruega- no se den por ofendidos, porque a nadie pretende molestar. Su intención y deseo es aprovechar a esos pocos que lo necesitan o a uno siquiera. Pensamiento e intención parejos a los que, como hemos visto, expresa Quiñones en sus Avisos. Fray Bernardino se declara igualmente secuaz de S. Buenaventura, que escribió unas Determinaciones en forma de cuestiones sobre la Regla franciscana, preguntando y respondiendo.

A primera vista pudiera pensarse que Fr. Bernardino tiende a convencer a sus oyentes de que la Orden toda está gravemente obligada -y es probable que así lo juzgara él- a la vida recoleta. Lo que en verdad debía de pretender era el demostrar en primer lugar que la vida recoleta descansa en base doctrinal teológico-ascética sólida y segura y que, por consiguiente, los superiores no pueden en conciencia oponerse a ella, y, luego, de paso, crear ambiente propicio para las Casas Recoletas. No se las menciona expresamente; se las adivina como meta de su esfuerzo dialéctico-científico. He aquí las afirmaciones que más directamente conciernen a nuestro tema.

Como el estado de vida del fraile menor es perfectísimo al igual que lo es la pobreza que ha profesado, conviene a pocos. El excesivo número de religiosos es una rémora para realizar una reforma a fondo. Mejor sería que los que andan desasosegados procurándose con la mendicación las cosas temporales necesarias a la vida, pasasen a otra orden que, por poseer en común, garantiza a sus miembros cómodamente lo temporal necesario, lo que consiente al religioso el vivir más recogido. La Regla franciscana es observable a la letra sin recurrir a las limosnas pecuniarias, aun en el supuesto que se recurra a ellas observando los modos y maneras establecidos por los papas. Afirmar lo contrario tiene cierto sabor de herejía. Es lícito por tanto al fraile menor abandonar no sólo el convento donde se traspasa clara y habitualmente la Regla, mas también donde se vive según las declaraciones pontificias de Nicolás III y Clemente V. Finalmente pecan los prelados que prohíben o impiden este género de vida y quienes lo critican.

No las tenía todas consigo el de Arévalo. Fácilmente podía suponer que muchos no aceptarían sus ideas. A más de uno debieron de parecerle resabiadas de espiritualismo. No lo estaban sin embargo. Fray Bernardino de Arévalo, como Lope de Salinas en el siglo XV, no brincó la frontera de la ortodoxia ni de la disciplina.



3. DOBLE FINALIDAD DE LAS CASAS DE RECOLECCIÓN

El capítulo general de Burgos no dio estado oficial a la cuestión. En sus actas no hay el más leve indicio que dé lugar a sospechar otra cosa. No por ello el neoelecto ministro general renunció a incorporar a su programa de gobierno la institución recoleta. El Padre Quiñones sería, no el iniciador, pero sí el consolidador y celoso propagador de las Casas de Recolección, llamadas a aunar los anhelos de vida más estrecha con la unidad de la Orden, decretada por la bula Ite vos, que prohibía la introducción de nuevas reformas sin consentimiento expreso de los superiores. Quiñones aspiraba a evitar por una parte que los deseosos de vida más austera anduviesen inquietos buscando la manera de apagar sus deseos, incluso cambiando de provincia, y lograr por otra parte hogares «de mayor perfección», cuyos moradores contrabalancearan con sus virtudes las flaquezas y desórdenes de la provincia en que radicasen. Instrumento de su designio renovador serán las constituciones recoletas de la provincia de la Concepción que aprueba por segunda vez el 27 de julio de 1523 en Valladolid con consejo y consentimiento de los Padres Discretos de la provincia; las iría dejando en sus visitas a los recoletos de otras provincias con las variantes que las circunstancias exigían.

Las Constituciones, divididas en cuatro capítulos, proclaman una pobreza estrechísima e imponen una disciplina más severa que los Avisos. En cuanto a la pobreza mandan que «de todos sea amada así como heredad que nos dexó» S. Francisco. En acendrado amor a la pobreza se inspiran las prescripciones sobre el hábito, calzado y cama, pero insistiendo mucho, en lo relativo al calzado y hábito, que se guarde la uniformidad con el resto de la provincia. No reciban ornamentos preciosos. Acepten de limosna lo que necesiten, dineros nunca ni por estipendio de misas, que las celebrarán todas «por la intención que Cristo tuvo en la cruz». La austeridad de vida se refleja, además de en la pobreza, en el trato que estatuyen en el comer y beber, en la disciplina y mortificaciones y en el relacionarse con los de fuera del convento. En punto a la dieta alimenticia el P. Quiñones con haberse criado en la provincia de los Ángeles, famosa entre todas las de España por el rigor de su vida, suavizó la que establecían las constituciones recoletas, mandándoles comer pescado tres días a la semana en cuaresma y carne los miércoles, porque la tierra carecía de frutas. De la vida de piedad: oficio divino, oración y silencio, se ocupa el capítulo II, que tiene un poco de estatutos, ceremonial y horario.

La organización es bien sencilla. Los superiores locales han de ser elegidos de entre los miembros de estas Casas; que cada convento esté habitado por unos quince profesos, dos más, dos menos, sin contar los novicios. El Abrojo podrá llegar hasta veinte profesos. Conventos de noviciado serán La Aguilera, El Abrojo y Valdescopezo. No se menciona en las constituciones al comisionado o encargado de vigilar el cumplimiento de las mismas; sin duda porque no le competía autoridad alguna.

Las relaciones de los recoletos con la provincia quedan reguladas igualmente. En su doble vertiente de unidad de la Orden y salvaguarda de este género de vida. La unidad, con la subordinación de los moradores de las Casas de Recolección a los ministros provinciales, que podrán visitarles y, si hallaren defectos, corregirles. La continuidad de la vida recoleta, con el respeto y amparo que debe dispensarles el provincial, que enviará a morar a dichas casas a religiosos que estén adornados de las cualidades requeridas y quieran ir, no a los ineptos; ni sacará de ellas, salvo el caso de mucha necesidad de acuerdo con el guardián del respectivo convento, a los que no hayan dado motivo para ello.

III.- LOS DOS PILARES DEL PROGRAMA
DE GOBIERNO DEL P. QUIÑONES

El P. Francisco de los Ángeles firmó las Constituciones recoletas y los Avisos con un mes de diferencia; ambos en Valladolid, el 28 de agosto los Avisos y el 27 de julio las Constituciones. Y no es mera coincidencia tal vecindad cronológica. En la mente del Padre Ángeles se completan y engarzan como puntos basilares de un solo programa.

Los Avisos tienen la función de desterrar los abusos, manteniendo al cuerpo de la Orden, alejado de la relajación, en la pureza que la Regla con las declaraciones pontificias impone. Incluso sobrepasan la austeridad de las constituciones generales, siempre que éstas no concretan o dejan margen legal para ello. Desde este punto de vista, los Avisos son un paso hacia el género de vida más estrecho regulado por las Constituciones recoletas. Estas expresan un anhelo de superación y canalizan la tendencia nunca muerta en la Orden franciscana de reencarnar -valga la expresión- en cada época, en la medida de lo humanamente posible, el espíritu del Santo Fundador.

El programa de gobierno del P. Quiñones se cifra, pues, en un trabajo de depuración y limpieza en relación a toda la Orden y en un designio de estimular y espolonear los ánimos ansiosos de las metas ideales. A la labor negativa de purificación unía el P. Quiñones la positiva de crear focos de acendrada espiritualidad que sirvieran de fermento para toda la Orden.

N O T A S

[1] El modo ordinario de elección era por escrutinio en la elección de general y provincial. Pero desde antiguo se admitía que en caso de no haber habido elección después del segundo escrutinio, pudiese hacerse por compromiso.

[2] Con la expresión cepillos vivos parece quiere designar a quienes pedían limosnas pecuniarias para los religiosos, estando presente o no uno de ellos.

[En Archivo Ibero-Americano 21 (1961) 5-28; en las pp. 29-51 publica el P. Meseguer un apéndice documental.- Aquí hemos suprimido la casi totalidad del amplio aparato de notas]

* * * * *

FRANCISCO QUIÑONES
por Livarius Oliger, ofm

Cardenal, nacido en el Reino de León, España, en 1482; murió en Veroli, Italia, el 5 de noviembre de 1540. Hijo de Diego Fernández de Quiñones, conde de Luna, fue educado como paje del cardenal Jiménez de Cisneros, y a la edad de dieciséis años entró en la Orden de los Frailes Menores en el convento de Los Ángeles, provincia de Córdoba (España), tomando el nombre de Francisco de los Ángeles (1498). Habiendo completado sus estudios, desempeñó sucesivamente diferentes cargos de la Orden como custodio, comisario general y ministro general. En 1521 obtuvo permiso especial y facultades de León X para ir a las misiones en América, junto con el padre Glapion, OFM, confesor de Carlos V, pero Glapion murió ese mismo año y Quiñones fue elegido comisario general de los franciscanos ultramontanos (1521-1523). En el capítulo general de la Orden celebrado en Burgos el año 1523, fue elegido ministro general (1523-1527). Como general, visitó los conventos de España (1523-1525), y una gran parte de los conventos de Italia y de Bélgica (1525-1527), promovió los estudios, mantuvo la disciplina general y no fue menos activo a favor de las misiones. En 1524 envió la expedición de los Doce misioneros a México, entre ellos el padre Juan Juárez que después fue el primer obispo dentro del actual territorio de los Estados Unidos.

Después del "Saco de Roma" y el encarcelamiento de Clemente VII (mayo de 1527), Quiñones, que se relacionaba a distancia con Carlos V y era también su confidente, parecía el hombre más capaz para efectuar la liberación del papa y la plena reconciliación entre éste y el emperador. Fue enviado tres veces ante el emperador para este propósito, y sus esfuerzos se coronaron con éxito con la liberación de Clemente VII (diciembre de 1527), y los tratados de Barcelona (1528) y Cambray (1529). Como estas embajadas hacían imposible el gobierno eficaz de su Orden, Quiñones renunció al generalato en diciembre de 1527, y en septiembre del siguiente año fue creado cardenal del título de Santa Cruz en Jerusalén, y de ahí su nombre "Cardenal de la Santa Cruz". De 1530 a 1533 fue también obispo de Coria, en España, y durante un tiempo corto, en 1539, administrador de Acerno (Nápoles), pero nunca fue cardenal obispo de Palestrina, como afirman algunos autores. El cardenal Quiñones siempre ocupó una posición distinguida en el Sacro Colegio y siguió estrechamente el movimiento de la Reforma en Alemania. Cuando Pablo III contempló la convocatoria de un concilio general en Mantua, envió (1536) al Cardenal de la Santa Cruz a Fernando I, rey de los rumanos y de Hungría, para promover esta causa. El cardinal, sin embargo, no vivió para ver la apertura del Concilio de Trento en 1545. Su cuerpo se llevó de Veroli a Roma y fue enterrado en su iglesia titular en la tumba que él se había preparado.

Quiñones dejó algunas recopilaciones legislativas para su Orden, pero es más conocido por su reforma del Breviario romano emprendida por orden de Clemente VII.

[Tomado de la Enciclopedia Católica, en la siguiente dirección: http://www.enciclopediacatolica.com/f/franquinones.htm]

* * * * *

EL «BREVIARIUM SANCTAE CRUCIS»
por Mario Righetti

El papa Clemente VII, que tenía el propósito de la reorganización de la oración canónica, encomendó al español Francisco Quiñones, cardenal de Santa Cruz, de Jerusalén, ex general de la Orden franciscana, el encargo de disponer las horas canónicas, reconduciéndolas, en cuanto fuese posible, a su forma antigua; el suprimir los puntos difíciles y prolijos, manteniéndose fiel a los instituidos por los antiguos Padres, de manera que los clérigos no tuviesen ya motivo para descuidar el deber de la oración canónica. Quiñones se puso al trabajo en 1529, y con el concurso de dos colaboradores, Diego Meyla y Gaspar de Castro, terminó su trabajo en 1534, poco antes de la muerte de Clemente VII; pero no lo publicó hasta 1535, acompañado de un breve de Paulo III, hacía poco elevado al trono pontificio. El autor lo presentaba solamente como un proyecto o publica deliberatio, como él dice, titulándolo: Breviarium romanum ex sacra potissimum Scriptura et probatis Sanctorum historiis, collectum et concinnatum.

La acogida del clero fue, en general, muy favorable. Las críticas y las censuras que se le hicieron, especialmente por los teólogos de la Sorbona, de París, el autor las tuvo en cuenta en la segunda edición, la definitiva, salida en julio de 1536 con la aprobación de Paulo III, el cual permitía la recitación del nuevo breviario solamente para el uso privado de los sacerdotes seculares que hubiesen obtenido especial licencia de la Santa Sede. Esto, por lo demás, respondía perfectamente al criterio con el que Quiñones lo había compilado: no debía servir para el uso público en las iglesias, sino solamente para aquellos clérigos que estaban obligados a recitar el oficio privadamente. Conforme a este criterio, suprimió todas aquellas partes del oficio que derivan de su origen y de su destino esencialmente público, es decir, las antífonas, los versículos, los responsorios, las lecciones breves y los capítulos, conservando solamente algunos himnos y una parte de las antífonas de los nocturnos.

En cuanto a la estructura del nuevo breviario, nótese:

a) Compiló una nueva distribución de salmos, de manera que en cada semana se pudiese recitar el Salterio entero. Por esto asignó a cada hora canónica, no excluídos los maitines, solamente tres salmos; pero en las laudes, en lugar del tercer salmo, se debía leer un cántico; además, según la tradición, a las laudes se añadía el Benedictus; a las vísperas, el Magnificat; a las completas, el Nunc dimittis. Ningún salmo se debía repetir en el curso de la semana; por tanto, como en el uso actual, cada día los salmos variaban también en las horas menores. Finalmente, tanto en las fiestas de Nuestro Señor como en las de la Virgen, aunque fuesen de primera clase, se debían recitar los salmos asignados en el salterio al día en el cual caía la fiesta. Si, por tanto, la Asunción caía en viernes, se tenían en maitines el salmo 21, Deus, Deus meus, respice...; el 68, Salvum me fac, Domine...; el 70, In te speravi..., que expresaban las tristezas y las amarguras de la pasión.

b) Reformó las lecciones de la Sagrada Escritura, de manera que se leyesen en el curso del año todos sus libros al menos en sus partes principales. Por tanto, las lecciones, aunque reducidas a tres en el único nocturno, eran mucho más largas que las actuales. De ellas, la primera se tomaba del Antiguo Testamento; la segunda, del Nuevo; la tercera, en las fiestas de los santos, de su vida; en cambio, en los domingos, en las ferias y en las fiestas de Nuestro Señor y de la Virgen se leía una homilía de un Santo Padre sobre el evangelio de la misa correspondiente. En cuanto a las lecciones históricas de los santos, Quiñones tuvo cuidado en descartar cuanto podía tener sabor de infundado o de legendario, teniendo en cuenta el estado de la crítica histórica en su tiempo.

c) Abrevió el oficio, de manera que su duración, en cuanto fuese posible, resultase uniforme en cada día de la semana, porque el antiguo oficio era mucho más largo el domingo que los otros días de la semana. Suprimió los salmos y los oficios adicionales, substituyendo al pequeño oficio de la Virgen una simple conmemoración, y al oficio de los difuntos, la fórmula todavía en uso: Et fidelium animae...

La benévola acogida hecha al Breviarium S. Crucis le obtuvo en seguida larga difusión, tanto que del 1536 al 1538, cuando Paulo V prohibió la reimpresión, se habían hecho más de cien ediciones. Esta gran aceptación encontrada se explica por la elegancia de la forma, que lo hacía aceptable aun a los más calurosos humanistas; pero, sobre todo, por su brevedad, que lo hacía preferido para la tibieza de muchos y no desagradable a la piedad de aquellos que, por deberes de su ministerio, tenían menos tiempo disponible.

Pero es preciso reconocer que personas sabias y experimentadas no disimularon su desaprobación, como Domingo Soto y Juan de Arce, consultores del concilio de Trento. El nuevo breviario parecía, y era de hecho, demasiado reaccionario a las venerandas tradiciones de la oración litúrgica seguidas en la Iglesia desde hacía más de doce siglos. Además, el criterio adoptado por Quiñones (sugerido, por lo demás, por Clemente VII) de proponer un formulario de oración para uso privado, diverso del que se usaba para uso público, parecía a muchos que quitaba a la recitación privada su carácter de oración oficial. Equivocadamente, sin embargo, ya que el breviario, como quiera que sea, es oración pública de la Iglesia en fuerza de la delegación que ella da a sus ministros. Hay que observar, sin embargo, que el Breviarium Sanctae Crucis contribuyó a hacer más frecuente entre los sacerdotes la recitación privada del oficio, mientras antes de aquel tiempo, por regla general, lo decían en común en las iglesias. Aunque el breviario de Quiñones fuese hecho solamente para uso privado, no faltaron iglesias catedrales que lo adoptaron para la recitación colegial.

Pero, no obstante estas oposiciones, el breviario de Quiñones obtuvo largo crédito entre el clero, con el resultado de abrir oportunamente el camino a la introducción del breviario piano, de san Pío V. Ya que aquellas iglesias y aquellos monasterios que, después de haber poseído durante siglos breviarios particulares, habían adoptado el breviario de Quiñones, debieron aceptar más tarde la reforma piana, habiendo Pío V, con su bula Quod a vobis, abolido todos los breviarios que no podían jactarse de una antigüedad mayor de doscientos años.

[M. Righetti, Historia de la Liturgia. Tomo I. Madrid, BAC, 1955, n. 349, pp. 1144-1147]

* * * * *

FRANCISCO DE QUIÑONES
Bibliografía

Miguel Ángel, cap, La viere franciscaine en Espagne entre les deux couronements de Charles-Quint, ou le premier commisaure géneral des provinces franciscaines des Indes, en Revista de Archivos Bibliotecas y Museos (Madrid) 26 (1912) 157-214, 345-404; 28 (1913) 167-225; 29 (1913) 1-63, 157-216; 31 (1914) 1-62; 32 (1915) 193-253. Trata de los PP. Quiñones y Osuna.

García, I., Quiñones, Francisco de los Ángeles, en Diccionario de Historia Eclesiástica de España. Vol. III. Madrid 1973, págs. 2037-2038.- En Dictionnnaire de Spiritualité (París), XII/2, 2852-53.

Patente de la comissión con que vinieron a plantar la fe de Jesucristo en estos reynos [Méjico] nuestros primeros venerables 12 padres. [Obediencia del P. Francisco de los Ángeles a los Doce]. Viena, Bibl. Nac., ms. N. S. Cod. 1600(11), fols. 327-330v.

Carta del Rvdmo. P. Francisco de los Ángeles Quiñones, ministro general de la orden para Fr. Martín de Valencia y a los otros Doce religiosos franciscanos de Yucatán, en "Orbis seraphicus", I, Roma 1689, 44. Francisco de Madrid, ofm, Bullarium discalceatorum, I, Madrid 1744, 118-121.

Rodicio García, Sara, Texto de la obediencia e instrucción, según el c. 1600, de Viena. Franciscanos Extremeños en el Nuevo Mundo. Actas... Monasterio de Guadalupe, Cáceres 1986, 397-434.

Rodicio García, Sara, Descripción del manuscrito 1600 de Viena. Franciscanos Extremeños en el Nuevo Mundo. Actas... Monasterio de Guadalupe, Cáceres 1986, 397-402.

Andrés Martín, Melquiades, Obediencia e instrucción a los Doce apóstoles de Méjico según el ms. 1600 de Viena. Franciscanos Extremeños en el Nuevo Mundo. Actas... Monasterio de Guadalupe, Cáceres 1987, 403-434.

Marqués de Alcedo y de San Carlos (Fernando Quiñones de León), Le cardinal de Quiñones et la Sainte-Ligue. Bayona 1910, 338 pp.

Marqués de Alcedo y de San Carlos, Los merinos mayores de Asturias (del apellido Quiñones) y su descendencia. Madrid 1918-1925, 2 vols.

Juan M. Lenhart, cap, Quiñones breviary a best seller, en Franziskanische Studien 6 (1946) 468.

J. V., Les réformes du bréviaire au XVI siècle. Rôle de l'Espagne, en L'Ami du clergé 64 (1964) 305-318.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Quiñones solicita facultades de nuncio y virrey para ir a Nueva España, en Archivo Ibero-Americano 14 (1954) 311-338.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Contenido misionológico de la "Obediencia" e "Instrucción" de Fr. Francisco de los Ángeles a los Doce apóstoles de Méjico, en The Americas 11 (1954-1955) 473-500.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, A doubt of some of the franciscan missionaries in Mexico salved by pope Paul III at the request of cardinal Quiñones, en The Americas 14 (1957-1958) 183-189.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, El P. Francisco de los Ángeles de Quiñones, OFM, al servicio del emperador y del papa (1526-1529), en Hispania 18 (1958) 651-689.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Programa de gobierno del P. Francisco de Quiñones, ministro general, OFM (1523-1528), en Archivo Ibero-Americano 21 (1961) 5-51.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Constituciones recoletas para Portugal, 1524, e Italia, 1526, en Archivo Ibero-Americano 21 (1961) 459-489.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Testamento y codicilo de Diego Fernández de Quiñones, conde de Luna, 1489 y 1491, en Hispania Sacra 29 (1976) 383-406.

Meseguer Fernández, Juan, ofm, Culto a María, Madre de Dios, en el breviario del cardenal Quiñones, en Estudios Marianos 45 (1980) 71-81.

Mercati, Angel, Una lettera di Baldassare Castiglione, nunzio di Clemente VII in Ispagna (12 agosto 1527), en Archivum Franciscanum Historicum 48 (1955) 460-466.

Jungmann, José, Warum ist das reformbrevier des kardinals Quiñones gescheitert?, en Zeitschrift für Katholische Theologie 78 (1956) 98-107.

Breviarium romanum a Francisco cardinali Quignonio editum et recognitum iuxta editionem Venetiis A. D. 1535 impressum. Curante Johanne Wickham Legg. Cambrigiae 1888. Reedición, Westmead, Farnborough, Hants, Gregg International Publiisher Ltd. 1970, LIV-208 pp., 24 cm.

Omaechevarría, Ignacio, ofm, Fr. Francisco de Quiñones, autor de la relación más antigua acerca de la Concepción franciscana de Toledo, en Archivo Ibero-Americano 33 (1973) 61-75.

Omaechevarría, Ignacio, ofm, Il cardinale Quiñones promotore dell'Ordine dell'Immacolata Concezione, en Acta congressus mariologici-mariani Internationalis Caesaraugustae anno 1979 celebrati, IV, Roma 1983, 113-37. Versión española, Zamora 1985, 40 pp., 16 cm.

Trulli, G., Il cardinale Quiñones a Veroli, en Lazio 13 (1977) 189-191.

Álvarez Álvarez, César, El condado de Luna en la baja edad media. León 1982, XXV-388 pp. Índice Histórico Español (Barcelona) 26 (1980) 136, n. 80-695.

Bernal Palacios, Arturo, Juan de Arce, Antonio Agustín y el Breviario de Quiñones. (El ms. B-6-23 de San Carlos de Zaragoza), en Teología Espiritual 32 (1988) 305-350.

Gracia, Carlos, ofm, Una comisión de Carlos V al Rmo. P. Francisco de los Ángeles Quiñones, en Archivo Ibero-Americano 5 (1916) 135-137.

Casado Quintanilla, Blas, Actividad diplomática de Claudio de Quiñones, en La Orden Concepcionista. Actas del I Congreso Internacional, vol. II, León 1990, pp. 523-534.

López, Atanasio, ofm, El cardenal Quiñones y el monasterio de las concepcionistas de León, en Archivo Ibero-Americano 2 (1914) 315-319.

[Cf. Manuel de Castro, ofm, Bibliografía hispanofranciscana. Santiago de Compostela 1994]

.