DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

JUAN DE LOS ÁNGELES
1536 - 1609

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Con fray Juan de los Ángeles alcanza la mística franciscana su máximo exponente español de todos los tiempos. Menos original que algunos de sus predecesores -fray Juan se aprovecha ampliamente de la labor ajena, a veces sin citar su procedencia-, tiene sobre todos ellos la ventaja de su prosa dulcísima y el conocimiento psicológico perfecto del amor platónico-cristiano, que informa todas sus obras.

Fueron sus principales obras: Triunfos del amor de Dios (1589), Diálogos de la conquista del reino de Dios (1595), Lucha espiritual y amorosa (1600), Salterio espiritual (1604), Consideraciones sobre los Cantares (1606), Manual de vida perfecta (1608), Vergel espiritual del alma religiosa (1609), Presencia de Dios (1604).

Fray Juan trata sobre todo del amor, porque es éste la razón del bien y del mal que hay en el hombre. Por eso escribe en la primera página de los Triunfos: «Todo el bien y tesoro del hombre y su riqueza es el amor si es bueno, y su perdición y su miseria si es malo. Luego bien se sigue que la virtud no es más que un amor bueno, y el vicio un amor malo. De donde saco yo que quien tiene ciencia de amor la tiene de todo el bien y mal del hombre, de todos los vicios y virtudes» (Prólogo).

Por eso la perfección del alma está en llegar al amor unitivo, perfecto. Para ello no es necesario prescindir de la facultad intelectiva, porque es un medio para conseguir la perfección del amor, pero es preciso purificar la inteligencia de todas sus aprensiones inútiles en orden al perfecto conocimiento de Dios. La voluntad -afirma como buen franciscano- vale más que el entendimiento, y el amor de Dios más que el conocimiento del mismo. Por eso admite, lo mismo que Osuna y Laredo, que en la mística teología cabe amor sin conocimiento.

Admite tres clases de rapto: de la imaginación, de la razón y de la mente. El de la imaginación, sobre las fuerzas sensitivas inferiores, se causa por afección de amor. El de la razón se hace por amor en la voluntad. El de la mente se hace por afección de la centella apropiada a la mente, que no es otra cosa que el amor extático (Triunfos). Fray Juan admite en este grado supremo la visión de la divina esencia, aunque «como privilegio y no como ley ordinaria» (Triunfos).

[Antonio Royo Marín, OP, Los grandes maestros de la vida espiritual. Madrid, BAC, 1990, pp. 307-308].

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JUAN DE LOS ÁNGELES
por Manuel de Castro, o.f.m.

Fray Juan de los Ángeles, OFM, nació en Corchuela (Toledo) [según últimos hallazgos, parece que en Lagartera (Toledo)] hacia el año 1536, y murió en Madrid en diciembre de 1609. Escritor místico.

Juan Martínez, pues parece que así se llamaba, descendiente de humilde familia, hizo sus primeras letras en un colegio de Oropesa (Toledo). Probablemente hay que identificarlo con un tal «Juan del Rincón de Oropesa, abulensis», que el 31 de octubre de 1553 se matriculó en Alcalá para cursar Latín, Griego y Hebreo.

Seguramente dirigió sus primeros pasos a la provincia de San Gabriel para ingresar en la Orden franciscana, e incluso hizo el noviciado en San Miguel de Plasencia; pero al poco tiempo se pasó a los descalzos de la provincia de San José, en la que hizo la profesión religiosa antes de 1562. Se cree que estudió posteriormente en Salamanca, donde pudo oír las lecciones de fray Luis de León.

Durante los años 1565 a 1571 se consagró a la enseñanza en el convento de San Juan Bautista, de Zamora, cargo que compartió con la predicación. Por los años de 1572 a 1576 se encontraba en Madrid, compañero del beato Nicolás Factor, OFM, confesor de las Descalzas Reales desde 1571 y súbdito del padre Antonio de Segura, confesor de San Pascual Bailón y guardián del convento de San Bernardino. Regresa nuevamente a Zamora en 1580 al ser nombrado predicador conventual del convento de San Juan Bautista. Elegido definidor de la provincia de San José, cargo que ocupa del 29 de septiembre de 1585 al 7 de mayo de 1589, pasa a residir en el convento de San Bernardino, de Madrid.

Encargado de la fundación del convento de San Diego, de Sevilla, en 1589, residió en esta ciudad hasta entrado el año 1592; este año se trasladó a Lisboa, donde conoció al cardenal Alberto, Archiduque de Austria.

De regreso en Madrid en julio de 1593, es nombrado visitador de la provincia de San Juan Bautista de Valencia, pero a finales de 1594 ya se encontraba de regreso en la Corte preparando la edición de los Diálogos, que aparecieron en Madrid al año siguiente. Este mismo año de 1595 fue nombrado guardián de San Antonio, de Guadalajara, y representante de la provincia para asistir a la Congregación general que había de celebrarse en Vitoria. En 1598 pasa a ocupar la guardianía de San Bernardino, de Madrid, y, poco después, a ser visitador de la provincia de San Gabriel, donde llevó a cabo la difícil misión de establecer la inteligencia entre las dos provincias, la de San José y la de San Gabriel, bastante quebrantada desde los días de la fundación del convento de San Diego, de Sevilla.

Asistió al Capítulo general que la Orden celebró en Roma el 20 de mayo de 1600, recorriendo con este motivo Francia e Italia. El 20 de junio de 1601 es elegido provincial de la de San José, desarrollando gran actividad durante su mandato, como la fundación de conventos, entre los que figura el de Torrejoncillo del Rey (Cuenca), y haber puesto especial empeño en que se arreglasen las bibliotecas conventuales. Al mismo tiempo que era provincial, recibió el nombramiento de confesor de las Descalzas Reales, de Madrid, y de predicador real, en vista de lo cual renunció al provincialato, actitud que algunos religiosos recibieron con desagrado. Falleció en Madrid en el convento de las Descalzas Reales.

Obras: Triunfos del amor de Dios, Medina del Campo 1590; el autor abrevió la obra publicándola con el título de Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma, Madrid 1600. Diálogos de la conquista espiritual del reino de Dios, Madrid 1595. Sermón en las honras de la católica cesárea Magestad de la Emperatriz nuestra reina, del 17-III-1603, Madrid 1603. Tratado espiritual de los soberanos misterios de la misa, Madrid 1604. Tratado espiritual de cómo el alma ha de traer siempre a Dios delante de sí, Madrid 1607. Vergel espiritual del ánima religiosa..., Madrid 1610.

[Manuel de Castro, OFM, s.v. Juan de los Ángeles, en Q. Aldea (dir), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, II, Madrid 1972, 1244-45].

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JUAN DE LOS ÁNGELES (1536-1609)
por Teodoro H. Martín

1. Tesoro escondido

Fray Juan de los Ángeles, ignorado durante casi tres siglos, vuelve a ser leído y admirado en nuestro tiempo. En el año 1885 Miguel Mir, franciscano proveniente de los jesuitas, publicó Conquista del Reino de fray Juan. Comienza diciendo que «es un desagravio solemne y público de la Orden francisana en reparación de los descuidos y desatenciones que con él tuvo a raíz de su muerte y en los siglos pasados sin reproducir sus obras».

Poco después, el insigne polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo lo acogió con tanto entusiasmo que despertó la conciencia de España para revalorizar al escritor religioso, joya de las letras y relevante ejemplo de vida franciscana. «Los libros clásicos y bellos acerca del amor de Dios -escribía M. Pelayo- fueron durante el siglo XVI debidos a plumas de frailes menores... Fray Juan de los Ángeles es uno de los más suaves y regalados prosistas castellanos, cuya oración es río de leche y miel... No es posible leerlo sin amarle y sin dejarse arrastrar por su maravillosa dulzura, tan evangélica como su nombre [...] Después de los Nombres de Cristo de fray Luis de León -sigue diciendo don Marcelino-, no hay libro de devoción que yo lea con más gusto que los Triunfos del amor de Dios y los Diálogos de la conquista espiritual y secreto reino de Dios. Libros donde la erudición pagana se casa fácil y amorosamente con la sagrada; libros donde asombra la verdad y la profundidad en el análisis de los afectos; libros que deleitan y regalan por igual al contemplativo, al moralista y al literato. Moralista y psicólogo es sobre todo fray Juan de los Ángeles» (Historia de las ideas estéticas, Madrid 1947, tomo II, cap. 7).

Consecuente consigo mismo, Menéndez y Pelayo hizo posible que el franciscano Jaime Sala nos facilitase la edición completa de las obras de fray Juan el año 1912. Son los volúmenes XX y XXIV de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles (NBAE). Comienza el P. Sala ensalzando al autor de los Diálogos de la conquista..., «cuya biografía es tan poco conocida». Por desconocerse incluso su infancia, «se daba por sentado que fray Juan era toledano de un anexo de Oropesa, llamado La Corchuela». Otra opinión le hacía ser de Extremadura.

En el año 1988 fue hallada la partida bautismal de fray Juan de los Ángeles en Lagartera, no lejos de Oropesa. Todo un símbolo del silencio en que ha permanecido arropado por tres siglos de olvido. Afortunadamente, va siendo actualidad fray Juan de los Ángeles en las letras españolas, como se puede observar en la reseña bibliográfica dada al final de esta introducción. Merecen especial consideración los escritores franciscanos Antonio Torró y J. B. Gomis. También J. Domínguez Berrueta, F. de Torres, Melquíades Andrés, etc. Resulta grato ver en nuestros días trabajos serios a este propósito, como el de Severino M. Alonso, que lleva por título Amor y unión con Dios en fray Juan de los Ángeles (Madrid 1985).

Fray Juan nació en Lagartera y fue bautizado en aquella su iglesia parroquial del Salvador el 30 de noviembre de 1548. Véase al respecto el artículo de J. García Sánchez en la revista Verdad y Vida 46 (1988) 435-443, que expone cómo en el Libro Primero de Bautismos, folio 158v, de la dicha parroquia, se halla la partida bautismal recientemente descubierta: «Postrero día del mes de noviembre, año sobredicho, bautizó el señor Almuñoz, clérigo, a Juan...». Y al margen se lee: «Juan este fue confesor de la emperatriz en las descalzas de Madrid, fue fraile descalzo, gran predicador».

Estudió cuatro años de Latín y Humanidades en el colegio de Oropesa que, años más tarde, Francisco Álvarez de Toledo entregó a los jesuitas. El P. Claudio Acquaviva se comprometía a dotarle con 35 religiosos y el colegio adquiría rango de universidad. Cuentan las crónicas de la provincia franciscana de San José que, durante los primeros estudios de Juan, fray Pedro de Alcántara, invitado por el conde de Oropesa, pasó por allí y, poniendo las manos sobre la cabeza del muchacho, dijo: «Este mancebo será religioso antes de no mucho tiempo». Efectivamente, a los pocos días «quedóse muy mudado y vistió el santo hábito». Fray Juan recordaría de mayor el recogimiento de «Nuestro Padre Fray Pedro de Alcántara» cuando escribía los Diálogos de la conquista (I, 6).

Comienza luego su vida de peregrinación y no tendrá reposo hasta el año 1603, cuando renunció a su cargo de Provincial en la Orden para entregarse plenamente a su misión de predicador y confesor de nobles damas, religiosas llamadas «Descalzas Reales», en Madrid.

Fray Juan sale de su tierra para estudiar griego y hebreo en Alcalá. En los libros de matrículas de la Universidad de Alcalá, ahora en el Archivo Histórico de Madrid, curso 1553-1554, figura «Juan del rincón de Oropesa abulensis». Abulense porque Oropesa y pueblos de su señorío, como Lagartera, Alcañizo, Calzada de Oropesa, La Corchuela, Velada, Navalcán, etc., pertenecían a la diócesis de Ávila y han venido perteneciendo a ella hasta el año 1953, en que pasaron a pertenecer a la de Toledo.

Años después era estudiante en Salamanca, siendo profesor fray Luis de León. Allí se faculta Juan para ser Lector en Teología. Se inicia en la predicación al lado del beato Nicolás Factor en Madrid. Nunca le olvidará fray Juan. Diecisiete años más tarde, en su primer libro dejó escrito: «Léase la vida del santo fray Nicolás Factor, que le conocí yo y le traté» (Triunfos II, 1).

2. Biblioteca itinerante

Actividad asombrosa. A partir del año 1572 en que termina sus estudios, Juan Martínez, que había cambiado su nombre por el de Juan de los Ángeles con ocasión de su profesión religiosa, recorre a pie largas jornadas: Madrid-Valencia; Madrid-Sevilla; Sevilla-Lisboa; Lisboa-Madrid; Madrid-Roma; Roma-Turín; Turín-París; París-Madrid. Sin contar otras correrías apostólicas durante sus «veinticuatro años de púlpito» desplazándose según lo requería su oficio de predicador. Estando en Zamora en el año 1578 dio comienzo a los Triunfos de amor de Dios, obra que sería publicada nueve años después en Medina del Campo. Como asistente del Provincial en Madrid interviene en la fundación de la provincia franciscana para las misiones de Filipinas. En 1585 fue designado custodio y guardián en el convento de Guadalajara. En Sevilla funda el convento de San Diego, el año 1589, y permanece tres años al frente del mismo. Allí escribió los Diálogos de la conquista del reino de Dios. Corto tiempo luego en Lisboa, donde se granjeó la simpatía de franciscanos y fieles no menos que la del Archiduque de Austria, Cardenal Alberto, gobernador entonces de Portugal y más tarde de Flandes. Fray Juan en Lisboa da los últimos toques al original de los Diálogos, que la censura de la Orden aprobó elogiosamente: «Ortodoxos y católicos y de gran erudición y doctrina y muy curiosos, devotos y provechosos a toda la iglesia universal de Dios».

No le dan tiempo para imprimirlos en Portugal. Sale para Madrid el año 1593, llamado por el Ministro Provincial. Sus muchas ocupaciones le retrasaron dos años la publicación. Por fin, en 1595, entrega a la imprenta «viuda de Pedro Madrigal» los originales, que encerraban un tesoro de enseñanzas místicas, en forma tan amena que «el público devoró en pocos años las varias ediciones que de él se hicieron» (Jaime Sala). No le dejaron parar. Apenas publicado el libro, sale para Valencia como visitador de aquella provincia franciscana. Vuelve en calidad de guardián a Guadalajara y ejerce el cargo de custodio o vicario de la provincia San José. Luego, superior en Madrid y visitador de Andalucía. A pesar de todo, ha preparado un nuevo libro: Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma, resumen de Triunfos del amor de Dios. Lo entrega a la imprenta el año 1599, y tuvo muy buena acogida: casi seguidas tres ediciones en español y una traducción en francés. En la primavera del mismo año sale para el capítulo general de la Orden en Roma. Ocasión para visitar Asís, Alverna, Loreto, Turín y París.

¡Lo que faltaba! El 30 de junio del 1601, Madrid, convento San Bernardino, se reúnen los frailes en capítulo y fray Juan sale elegido Provincial, predicador de la misma provincia, definidor y guardián del convento San Bernardino, pues era «hombre de buenas letras y prudencia, del cual se tenía mucha noticia».

¡Esto ya es el colmo! Otra carga más: confesor de las Descalzas Reales de Madrid, con especial encomienda de atender a la infanta Margarita de la Cruz: «Hui de las glorias mundanas y perseguida por que las aceptara». Así lo disponía el Reverendísimo fray Francisco de Sosa, Ministro General de la Orden. ¡Todavía más! La emperatriz María de Austria, hermana del rey Felipe II, lo reclama como predicador de su real capilla por obediencia al Superior General.

Por más de un año resistió fray Juan de los Ángeles en tantos oficios y, como se refiere en la crónica de la provincia San José, «el Provincial fray Juan de los Ángeles, en cuyo trienio estamos, no lo cumplió». Reconocía sus limitaciones: salud quebrada (indisposición del hígado) y cansancio de tanto viajar. Por otra parte, entendió ser de mayor gloria de Dios su misión entre personas tan distinguidas por el deseo de vida divina. Termina la Crónica diciendo que fray Juan «renunció» a todos los cargos de la Orden, pues tenía «más gusto de predicar y confesar que de andar largas jornadas». Decisión que los frailes llevaron a mal y hace decir a Miguel Mir, en el siglo XIX, que la animadversión de los frailes hizo que fray Juan cayera en olvido por tres siglos, desde los días que siguieron a su muerte, el año 1609, hasta fines del siglo XIX.

Por fin, fray Juan disfrutaba de paz como un ermitaño durante los siete últimos años de su vida, en intensa labor de dirección y predicación a monjas de alta exigencia espiritual. Todavía saca tiempo para seguir escribiendo. Como segunda parte de la Conquista publicó en el año 1608 el Manual de vida perfecta. Después de su muerte, ocurrida en el mes de diciembre de 1609, se publicaron dos de sus manuscritos: Vergel espiritual del alma religiosa y Consideraciones al Cantar de los Cantares. Han llegado a nosotros otros libritos, considerados como tratados menores: Tratado espiritual de cómo el alma ha de traer siempre a Dios delante de sí; también el Tratado espiritual de los soberanos misterios y ceremonias del divino sacrificio de la misa. En nuestros días se ha publicado el manuscrito de la Confradía y devoción de las esclavas y esclavos de N. Señora la Virgen Santísima.

Parece imposible que fray Juan haya podido escribir tanto y en tan primoroso estilo, riqueza de citas bíblicas, patrísticas, de clásicos cristianos y de autores paganos. «Es el escritor ascético y místico que mayor número de autores cristianos y profanos maneja» (J. B. Gomis). Hombre de tan largas andanzas debía de tener memoria grande como una biblioteca.

En el prólogo al libro de la Conquista confiesa fray Juan que el tema de la obra «requiere maestro sabio y experimentado. Lo cual, aunque a mí falte, no me ha faltado diligencia para escudriñar las Escrituras y leer todos aquellos autores que con satisfacción hablaron de semejantes materias, que cierto han sido muchos». Asimismo, al concluir el libro: «Yo creo que esto poco que tengo enseñado se encuentra en lo mucho que los Doctores todos y los Santos han escrito, porque para escribirlo yo he leído los más y mejores que he podido hallar».

Con amplísima erudición compensa fray Juan la falta de experiencia mística que él sencillamente declara a lo largo de sus obras. A propósito de la contemplación dice: «Yo no la tengo tan experimentada que pueda hablar de las otras materias de que hasta ahora hemos tratado». Lo mismo al hablar de la unión con Dios: «De esto más crédito se ha de dar a los que la experimentaron que a cuantos la especulamos». Y cuando se le ofrece ocasión se escuda con la frase: «Según dicen los que lo han experimentado». Hasta cierto punto, esto enriquece los escritos de fray Juan, porque se impone la obligación de leer los más y mejores Santos y Doctores que pudo hallar para cumplir con tanto prestigio la misión de predicador y confesor de almas selectas. En particular, dentro de la familia franciscana, incorpora en la Conquista páginas del Tercer Abecedario de Osuna sobre los «grados del recogimiento»; de Bernabé de Palma, Via Spiritus, recoge las ideas del «conocimiento cuadrado»; de Enrique Herp, el tema de los doce jayanes. Mente siempre abierta «a las más y mejores ideas que pueda hallar», es fray Juan el autor español que más cita a los «místicos alemanes» del siglo XVI: al «divino Rusbroquio», a «nuestro Harfio», y al «iluminado Tauler». Sin temores inquisitoriales a pesar de que Herp y Tauler estaban incluidos en los índices de F. Valdés (1559) y del Cardenal Quiroga (1583).

Confirma su doctrina con citas de santo Tomás, los Victorinos, Escoto y san Buenaventura. Cuando alude a la santa de Ávila la llama «Madre Teresa de Jesús», sin paliativos. Es el primer escritor español no carmelita que cita a san Juan de la Cruz, todavía inédito, aunque no le mencione por su nombre, ya que era santo conflictivo en aquellos tiempos. Se refiere a él con expresiones de «religioso espiritual y de alta contemplación», «un gran contemplativo», «un santo religioso», «discreto y muy letrado». Certeramente escribió Crisógono de Jesús: «Fray Juan de los Ángeles no cita nunca a san Juan de la Cruz, pero le copia literalmente».

Algunos, deslumbrados por la rica erudición de fray Juan, llegan a criticarlo por falta de originalidad y síntesis. Yo prefiero compararlo con un orfebre que, cierto, no fabrica topacios, amatistas, esmeraldas, diamantes ni otras piedras preciosas; pero las selecciona, labra y engarza con tan buen arte y perfección que resultan los collares, broches y anillos más bellos del mundo. Eso hace fray Juan de los Ángeles con las numerosísimas lecturas grabadas en su memoria como biblioteca ambulante. Además de que predicador y confesor tan santo, por ser canal de gracia, estaría muy cercano a las aguas puras de la experiencia divina. «La pluma escribe -dice él- lo que el corazón dicta y el corazón dicta lo que el amor le enseña y ordena» (Vergel, prólogo).

Fray Juan disfruta de dos magníficas cualidades para asimilar y remodelar lo que recibe: es psicólogo y literato excelente. «Más notable aún que su vasta erudición es la agudeza de su visión de la naturaleza humana», observa Allison Peers.

«Ríos de leche y miel», dice Menéndez y Pelayo de la lectura de fray Juan. Nada de extraño porque, siendo estudiante de Teología, había conocido a fray Luis de León en Salamanca. Contemporáneos eran también santa Teresa, san Juan de la Cruz y Cervantes, figuras cumbre de las letras españolas. Particularmente en el libro de la Conquista fluyen con encanto los diálogos entre el discípulo, «que representa a quienes poco saben, y el maestro, a los doctos y aprovechados» (prólogo). Escritos con tal naturalidad, propiedad y sencillez y tan suavemente entramados los dichos ajenos que parecen florecillas nacidas por campos de su propiedad. Fray Juan dice graciosamente que escribe en forma de diálogo «para que si alguno se enfadase y cansare de leer capítulos se recree leyendo las dudas que propone el discípulo y las resoluciones y determinaciones del maestro». «Estilo menos humilde y más dificultoso en Triunfos, para entendimientos más alumbrados; más llano y claro para los pequeñuelos como lo he hecho en los Diálogos», dice fray Juan en el prólogo de la Conquista.

Miguel Mir, invitando a la lectura de los Diálogos de la conquista, exclama: «Osténtase toda la grandeza y sublimidad propia de los teólogos españoles de aquel tiempo, no menos que la doctrina mística de la escuela franciscana, unida a la alteza y profundidad de conceptos de uno de los más profundos contempladores de los misterios divinos que haya habido en España».

3. Castillo interior

Tan lindamente troqueló santa Teresa esta expresión y con tal acierto, que de este modo se nos da a entender lo que es la morada de Dios en el alma y transformación de ésta en Dios. Desde san Agustín, nadie mejor que Tauler, Ruusbroec y Herp había explicado en qué consiste la morada de Dios en el alma y unión de ésta con él. Para fray Juan eran ellos los principales maestros de este misterio. Piedra angular del castillo es la sentencia del Señor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Este es el tema o fin a que se orienta todo el libro de la Conquista; más aún, «toda la mística teología». Dice fray Juan: «Advierto al religioso y pío lector que en solo este diálogo está la suma de toda la mística Teología, y que es fuente de vida perdurable y camino certísimo para la perfecta unión con Dios». Con estas palabras termina el diálogo primero, presentado como blanco o meta adonde han de llevar los caminos del alma. Así proceden los teólogos moralistas como santo Tomás de Aquino, quien pone ante todo el tratado de la bienaventuranza o gloria adonde se dirigen los actos humanos, virtudes teologales y aun las naturales.

Para llegar al centro donde Dios mora, santa Teresa presenta como senderos siete círculos concéntricos; partiendo del más externo se irán cruzando las fronteras de los otros hasta llegar al centro donde el alma y Dios reinan. Fray Juan de los Ángeles procede como quien despliega un rollo: extiende el pergamino hasta que el eje queda descubierto. Éste es el centro, el fondo del alma, su encuentro con Dios. El pergamino extendido muestra el plan para llegar hasta el centro, en lo cual consiste la conquista del reino. Fray Juan concluye su libro volviendo a enrollarlo una vez que aprendió los caminos para que goce el alma estando en su centro. «Ya es tiempo, especialmente habiendo dicho tantas y tan sustanciales cosas de esta materia en el diálogo primero, que si sólo se leyera como es razón bastaría para salir un hombre consumado en este ejercicio del recogimiento y vida interior» (X, 12). Término y principio se encuentran. En el prólogo estaba escrito: «El primer diálogo es, a mi parecer, el mejor de todos y el que encierra en sí lo sustancial de ellos y cuanto bueno hay escrito de vida interior». Más allá del entender, recordar y amar está el alma, fondo o esencia donde radican estas facultades. «Rusbroquio, Tauler y otros dicen que este centro del alma es más intrínseco y de mayor alteza que las tres facultades o fuerzas superiores de ella, porque es origen y principio de todas» (I, 3). Allí tiene Dios su morada. La esencia del alma es imagen de Dios por gracia de redención y por naturaleza de creación, subrayan los místicos alemanes, a quienes fray Juan sigue tan de cerca. «El íntimo del alma -continúa diciendo fray Juan- es simplicísima esencia, sellada con la imagen de Dios que algunos santos llamaron centro, otros íntimo, otros ápice del espíritu. San Agustín lo llama sumo y los modernos lo llaman hondón» (I, 6).

De este hondón, más allá de las potencias del alma, nace el conocimiento místico o toque de Dios por el que el alma se inflama sobrepasando la psicología y ordinario proceder del hombre. Por eso dice muy bien Hugo de Balma en su Teología mística que el hombre puede conocer por el amor, sin previo ejercicio del entendimiento. «Amor ipse notitia est», había dicho san Gregorio. En este sentido es aceptable lo que afirma Severino M. Alonso: «Para fray Juan de los Ángeles el amor constituye el núcleo central de su doctrina mística. De este tema reciben su definitiva orientación y sentido todos los demás». Fray Juan sale al paso de cualquier panteísmo alumbradista y advierte: «Las transformaciones de amor son accidentales. Amando yo a Dios no dejo de ser lo que soy cuanto a la esencia, sino accidentalmente. Digo que el alma transformada en Dios por amor más vive para Dios que para sí» (I, 5).

En mis estudios sobre Ruusbroec he afirmado repetidas veces que la poesía de san Juan de la Cruz «Que bien sé yo la fonte / que mana y corre» está inspirada en los tres arroyos de que habla el místico de Flandes en su obra maestra Bodas del alma. Fray Juan de los Ángeles, tan admirador de Ruusbroec, no hay duda que pone en él su mirada cuando escribe: «De allí mana la gracia y abundante se derrama por el hombre; inunda las fuerzas y potencias de su ánima y mediante ésta obran todas con facilidad y gusto» (I, 6; cf. I, 3).

Lógica consecuencia de la psicología rusbroquiana es la distinción de triple vida en el hombre que fray Juan gustaba de repetir: «En el hombre se consideran tres diferencias de hombres: animal, racional, deiforme o divino» (I, 4). Más adelante, ya bien entrado el siglo XVII, el carmelita Miguel de la Fuente publicó el libro titulado Las tres vidas del hombre, del cual afirmaría Menéndez y Pelayo que es «el mejor tratado de psicología mística que tenemos en castellano». Su coincidencia es total con fray Juan de los Ángeles, como que ambos eran admiradores discípulos del místico de Flandes.

Termina fray Juan este diálogo fundamental con la siguiente admonición: «Es necesario desembarazarse de todas las cosas para que more Dios en ti como en su templo, que no es posible quedándote tú en ti hacer él en ti su morada».

4. Plan de conquista

Convencidos en el diálogo primero de que hay un inmenso tesoro en el castillo interior, fray Juan nos prepara para combatir hasta conquistarlo. En el diálogo segundo alista soldados para la batalla: la primera condición es liberarse de todo peso, es decir, librarse de todo pecado por la penitencia. Juan, como buen teólogo de la vida espiritual, no se refiere a la confesión de los pecados, que da por supuesta, sino a arrancar los vicios de raíz. En realidad, procedemos como si fuéramos luteranos: preparamos un saco de pecados y lo vaciamos en el confesonario, para volver a los mismos, graves o leves, al cabo de algún tiempo. Aquí no se trata de actos pasajeros, sino de hábitos enraizados. Fray Juan nos ofrece un estudio de la penitencia que consiste en arrancarlos de raíz. Más que declarar los pecados, se trata de acabar con los hábitos o raíces que retoñan. Batalla larga y difícil quizás, que la vida es milicia. De este modo estaremos listos para el ataque. Fray Juan se muestra capitán, jefe de la operación asalto; tonos de arenga militar. No desmayarse aunque sea camino dificultoso al principio. Valientes, o mejor dicho «violentos», que así los llama el evangelio. Guerra, golpes, heridas... ¡Qué curioso! Cuando la gente se refiere al bendito nombre de fray Juan de los Ángeles se lo imagina meloso, suave como imágenes aladas de los ángeles en escayola, dulce hasta empalagar. En cambio, su vida real fue de fortaleza militar. Triunfos titula su primer libro, Conquista del Reino el segundo, Lucha espiritual el tercero. Al mismo tiempo, qué confesor tan misericordioso. «No gastes -dice- toda la vida en memoria de los pecados pasados... dando vueltas... como rocines de noria, los ojos tapados para considerar los beneficios divinos» (II, 4). Sabe también lo que son escrúpulos.

A continuación, cuatro diálogos (3-6) sobre las virtudes que fray Juan considera como puertas de acceso al castillo interior o reino espiritual. Nos hace pensar en las puertas de la Jerusalén mesiánica. Antes habrá que luchar contra doce fieros jayanes que no dejan entrar en el castillo. Enrique Herp, «nuestro Harfio» lo llama cariñosamente fray Juan, le sirve de inspiración con las doce mortificaciones, pórtico del Directorio de contemplativos. Dice fray Juan: «Hay cuatro puertas o entradas para el hondón y centro del alma, que principalmente es el Reino de Dios: al Oriente, al Poniente, al Mediodía, al Septentrión o Norte». Oriente es la humildad, Poniente la pasión y muerte de Cristo, Mediodía la abnegación de la propia voluntad, Norte la tribulación. Como antes en la penitencia, ahora fray Juan presenta un estudio precioso de las cuatro virtudes o puertas que nos allegan al centro del alma. Pero él modestamente sufre que le corten los vuelos y se acomoda a la cortedad del discípulo, que equivale a decir, nuestras prisas. «Pudiera yo formar -dice- un largo tratado para hacer volumen y cuerpo... Diré solamente lo que no pudiere excusar». Lindo tratado de la humildad y de las cuatro puertas o virtudes en que abundan frases como éstas: «El camino real para Dios en ninguna parte se puede hallar sino en la verdadera mortificación de los vicios y en el ejercicio de las virtudes». «No está el ser gran santo en hacer grandes cosas, sino en padecerlas». «Es tan excelente don de Dios la tribulación que no suele su majestad enviarla sino a sus escogidos» (IV, 3).

De propósito altera fray Juan el orden de exposición y pospone la pasión y muerte de Cristo a los diálogos quinto y sexto para comentarlos ampliamente, pues la mejor motivación para ejercitarnos en la virtud y propia abnegación consiste en el cumplimiento de la voluntad del Padre a ejemplo de Cristo paciente. En el sexto diálogo incluye el ejemplo de san Francisco, tan identificado con la pasión del Señor.

Parte del sexto diálogo y todo el séptimo son exquisitos análisis psicológico-morales sobre los doce jayanes o vicios que esclavizan el alma y le impiden llegar a la unión con Dios: amor desordenado, sensualidad, «bien me quiero» o egoísmo, amor propio, alabanzas, pertinacia, negligencia, escrúpulos (que ordinariamente proceden de exceso de egoísmo y falta de amor a Dios), afán de bienes temporales, gula espiritual, especulaciones o discusiones puramente teóricas. Con razón Menéndez Pelayo, Antonio Torró y otros lectores de fray Juan le califican de psicólogo y moralista.

5. Señorío del castillo

Los tres últimos diálogos de la Conquista del Reino constituyen el estado de vida de unión con Dios. El autor los presenta como florecimiento del árbol que él mismo había plantado al comienzo del libro, el diálogo primero. Siguiendo nuestra comparación del pergamino enrollado y desplegado, diríamos que ahora, habiéndose adentrado el alma en el centro de sí misma por la conquista del castillo en que está su tesoro, comienza a echar brotes de gozo como árbol junto a las aguas primaverales. Son los tres últimos diálogos de la Conquista.

A fray Juan le sirve de marco y trama para su lindo bordado el "conocimiento cuadrado" del Hno. Bernabé de Palma y los grados de recogimiento de Francisco de Osuna. Los diálogos octavo y noveno se mueven entre la contemplación y acción, de manera que se ayuden mutuamente a subir y bajar, salir y entrar; cuadro o cuadrado de contemplación y acción. Subir a Dios por hacimiento de gracias, descender por humildad y propia abnegación; salir con amor ordenado al encuentro de los hombres y adentrarse en sí mismos por el olvido de todas las cosas. «Créanme los activos todos -dice fray Juan- que si no les ayuda María, que se han de cansar y faltar en lo comenzado por muy fervorosos que comiencen y aun caer en hartas miserias... Para tratar una hora con el prójimo, con aprovechamiento suyo y sin daño nuestro, son menester ocho de trato con Dios» (VIII, 3). En el diálogo siguiente resaltan sobre la misma tela perlas de felicidad, liberación, vacío del corazón, soledad. Salir felices comunicando felicidad, que es irradiación del amor de Dios y al hombre, su imagen, «para atraerlos a la felicidad eterna... Es parte del amor a Dios el amor al prójimo» (IX, 2.3). Liberación de fantasías, devaneos y preocupaciones; vacío del corazón por amar a Dios sobre todo y práctica de las virtudes morales, en particular prudencia, humildad y obediencia. Soledad, que es el ambiente para la vida interior: «El que gusta de la soledad sabe a qué sabe Dios y toma gusto en él... Si conocieres cuánto bien trae consigo la soledad y cuán grande sea el tesoro que en ella se adquiere...» (Ibid.).

Con el décimo diálogo se corona la cima del recogimiento para dejar que actúe Dios dando su toque en la esencia del alma. «Aquel está solo que ninguna cosa del mundo pasa en su corazón ni livianamente se ensoberbece con las honras, ni se acongoja y desmaya con las adversidades y deshonras...» (X, 13). Para escalar la subida en soledad recurre fray Juan al Tercer Abecedario de Osuna y lo incorpora en el artículo quinto del décimo diálogo, al final del libro.

Se venía diciendo que en la contemplación el mejor pensamiento es no pensar nada. Los alumbrados abusaban de esta expresión hasta embrutecer a los que pretendían hacer oración contemplativa. Fray Juan puntualiza que nada concreto ha de distraer cuando el pensamiento está del todo absorto pensando en el Todo. Rapto místico que va más allá de todo entender y ve desde el fondo del alma. Hace aquí mención del toque de Dios, aludiendo a lo que de esto escribió Ricardo de San Víctor y termina todo, como diciendo: no tengo experiencia para ahondar en esta vivencia. Luego, a modo de colofón, escribe fray Juan humildemente: «Yo creo que en este poco que tengo enseñado se encuentra lo mucho que los Doctores todos y Santos han escrito, porque, para escribirlo, yo he leído los más y mejores que he podido hallar».

6. Los «místicos alemanes»

Acabamos de oír a fray Juan que «ha leído los más y mejores Doctores y Santos que ha podido hallar». Parece, pues, inadmisible la opinión de quienes rotundamente afirman que fray Juan no es más que la apoteosis de la espiritualidad del recogimiento, iniciada por escritores españoles que lo venían tratando desde finales del siglo XV. Rechazable asimismo la afirmación de quien admite a lo sumo «cierta influencia que no toca al fondo doctrinal de nuestro escritor». Menéndez y Pelayo, admirador de fray Juan, piensa de otro modo: «Quien trabaje para la historia de nuestra mística -dice- tendrá que fijar ante todo sus miradas en la remota época de influencia alemana y de incubación de la escuela española». Tras aludir a las prohibiciones inquisitoriales, añade: «En tal penuria de libros que calentasen el amor divino arrojábanse todos, como a único pasto, a traducciones de obras espirituales de la Edad Media..., a los libros de Tauler, de Ruusbroec, de Enrique Herp y de otros alemanes». Concluye don Marcelino: «Fray Juan de los Ángeles es uno de los místicos españoles más directamente influidos por los alemanes. Ruusbroec sobre todo, que debía de ser, aún más que Tauler, uno de sus autores favoritos a juzgar por las muchas veces que lo trae a cuento, puede reclamar larga parte en el pensamiento de los admirables Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios» (M. Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas. Madrid 1947, II, 7, p. 91-92). Me permitiría decir a don Marcelino que anda muy acertado en sus juicios, pero, según estudios de nuestros días, E. Herp, «heraldo de Ruusbroec en España», es el más acotado por su hermano de hábito fray Juan de los Ángeles. Joaquín Sanchis Alventosa, franciscano, es el primero que con cierto relieve dio a conocer la influencia de los «místicos alemanes» en la literatura religiosa de España (Madrid 1946).

[Teodoro H. Martín, Introducción, en Fray Juan de los Ángeles: Conquista del Reino de Dios. Madrid, BAC (Clásicos de Espiritualidad), 1998, pp. XIII-XXXI].

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FRAY JUAN DE LOS ÁNGELES (1536? - 1609)
por Ángel González Palencia

Según las investigaciones del P. Jaime Sala (Introducción a Obras Místicas del P. Fray Juan de los Ángeles, Madrid 1912), fray Juan sería natural del lugar de la Corchuela [según hallazgos posteriores, de Lagartera], anejo de Oropesa, diócesis de Avila [hoy, de Toledo], de apellido Martínez, y de familia humilde, y habría nacido hacia 1536. Habría estudiado las primeras letras en un colegio de Oropesa, anterior y precedente del que luego habían de dirigir los Jesuitas, y sería el «Juan del Rincón de Oropesa, abulensis», matriculado en 31 de octubre de 1553 en la materia de Retórica Griega y Hebrea de la Universidad de Alcalá. También creía el padre Sala que fray Juan habría conocido a san Pedro de Alcántara y que debió de entrar en la Orden Franciscana en la provincia de San Gabriel, cuyos conventos pertenecían casi todos a Extremadura, y haber hecho el noviciado en San Miguel de Plasencia, sin que pueda decirse que profesó allí (antes de 1562) o que pasó en el noviciado a la provincia de San José (Castilla), donde prosiguió su vida religiosa.

Entendía también el P. Sala que nuestro místico habría oído las lecciones de cátedra de fray Luis le León, probablemente después de su proceso inquisitorial, ya que los descalzos no tuvieron convento en Salamanca hasta 1587, donde parece se habría de haber trasladado el estudiante. Habría enseñado dentro de la Orden, desde 1565 hasta 1580, años en que llevaba el peso de la predicación en el convento de San Juan Bautista de Zamora.

Sus primeros ensayos de predicador en la corte de Madrid serían por los años de 1572, donde trató con intimidad al beato Nicolás Factor, el cual fue nombrado confesor de las Descalzas Reales en 1571 y tuvo el cargo sólo por cinco años. Fray Juan fue conventual de San Bernardino de Madrid entre 1572 y 1576, donde era confesor el P. Antonio de Segura, confesor de san Pascual Bailón. En 1580 la Orden le nombró predicador conventual de San Juan Bautista de Zamora, donde probablemente prepararía y redactaría su primer libro Triunfos del Amor de Dios (Medina del Campo, 1589). Elegido Definidor provincial (1585) se trasladó al convento de San Bernardino de Madrid, residencia del padre Provincial, fray Juan de Santa María, de quien fue uno de los consultores el P. Ángeles en asuntos de tanta importancia como la creación de la provincia de San Gregorio en Filipinas.

En 1589 fue encargado de la fundación del convento franciscano de San Diego de Sevilla, y en éste firmaba la dedicatoria de los Triunfos. Y en Sevilla vivió hasta entrado el año 1592, y algo de la risueña y alegre luz de la incomparable ciudad pudo transparentarse en la «maravillosa dulzura tan angélica como su nombre», según decía el venerado D. Francisco Rodríguez Marín. Cuando se terminó el convento, que tantas dificultades y hasta ribetes de persecución le ocasionó, y se hizo la traslación del Santísimo Sacramento en medio de entusiastas festejos, el P. Ángeles pasó a Lisboa a fines del 92; allí conoció al Cardenal Alberto, Archiduque de Austria; allí tuvo la aprobación para los Diálogos de la Conquista del reino de Dios, y de Lisboa salió para Madrid antes de acabar el año de 1594.

Hubo de girar visitas previas a los capítulos provinciales de Levante, y al regreso a la corte, a fines de 1594, entregaría a la imprenta sus Diálogos, que aparecieron en Madrid, impresos por la viuda de Pedro Madrigal, en 1595. Aquel mismo año fue nombrado Guardián del convento de San Antonio de Guadalajara y representante de la Provincia para la congregación general que habría de hacerse en Vitoria. En Guadalajara debió de empezar la redacción de la Lucha espiritual y amorosa. Le dieron el cargo de Guardián de San Bernardino en Madrid (1598), y el de Visitador general de la provincia de San Gabriel, con lo cual hubo de volver a Sevilla, y estableció la inteligencia entre las provincias de San José y San Gabriel, difíciles desde los días de la fundación de San Diego de Sevilla.

Siendo Guardián de San Bernardino, prosiguió sus Comentarios sobre el Cantar de los Cantares y terminó la Lucha espiritual, y en la primavera de 1599 entregó a su provincial los originales de este libro. Salió para Roma (1599-1600) al Capítulo General, y recorrió Francia e Italia. Aquí visitó Turín y vio la reliquia de la Sábana Santa, observando la calidad de los clavos de la Cruz y el sitio donde se clavaron, mucho antes de que la crítica moderna se fijara en tales detalles; en París pudo venerar las reliquias de la Catedral y las de Palacio.

Publicada la Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma (Madrid, 1600) con gran éxito, fue elegido, en 30 de junio de 1601, Provincial de la de San José el P. Fray Juan de los Ángeles, «de quien en toda ella se tenía mucha noticia, hombre de buenas letras y prudencia», según la Crónica de la Provincia. Entre su labor de gobierno se cita el haber admitido varios conventos, v. gr., el de Torrejoncillo del Rey (Cuenca), y el haber puesto especial esmero en que se arreglasen las bibliotecas de los conventos. Renunció al oficio, al cabo de año y medio, por haber sido nombrado confesor de las Descalzas Reales, en especial de la Infanta sor Margarita de la Cruz, y predicador en su real capilla por la Emperatriz Doña María de Austria, hermana de Felipe II.

Todos los cronistas se hacen lenguas de sus grandes condiciones de orador, pues «predicaba el Evangelio de Dios con palabras vivas y corazón de Apóstol», según Juan de Molina. De su preceptiva oratoria, enemiga de la pomposidad y palabrería vana en que iba principiando a despeñarse en España a fines del siglo XVI, da idea en su censura de los Discursos evangélicos del P. Bautista Madrigal (Madrid, 1602). Como muestra de su oratoria sólo se conoce el sermón predicado en las exequias de la Emperatriz Doña María (17 de marzo de 1603), impreso en 1604 por Juan de la Cuesta.

A su hija de confesión la Infanta Margarita dedicó el Tratado espiritual de cómo el alma ha de traer siempre a Dios delante de sí (Madrid, 1604). Dirigió también el espíritu de otras varias personas de todas las clases sociales. Ayudó con el producto de la propiedad de sus libros tal casamiento de una sobrina pobre.

Su última obra fue el Libro de la Pasión de Jesús, aparecido junto con el Vergel espiritual (1609-10, primera parte), inédito entonces el resto.

Murió en Madrid, en el convento de las Descalzas Reales, probablemente en diciembre de 1609.

Fray Juan de los Ángeles y la sociedad de su tiempo

Era el P. Fray Juan de los Ángeles de naturaleza tierna y amorosa, y ponía el amor como base necesaria para todo entendimiento: «Los que de esta materia y ciencia en amor saben poco, que no lean este mi tratado, que el que amare poco, entenderá poco, y el que mucho, mucho; y el que del todo no supiere amar, nada». Era de carácter ingenuo, sencillo y humilde. Se ponía en guardia contra los espíritus flacos y enfermizos, contra las falsas iluminaciones y milagrerías.

Su calidad de predicador y de moralista se revela en sus obras, en las cuales vemos a veces pintada la sociedad de su tiempo, un poco en decadencia respecto a épocas inmediatamente anteriores. Veía al mundo que le rodeaba con ojos rigurosos de franciscano alcantarino, que se dolía de los estragos que causaba la avaricia y la ambición. Desconfiaba de las «musarañas y quimeras», de las aficionadas a milagrerías y embustes, tan creídos de «la gente popular y simple», con frases que reflejan algo de la hipocresía corriente: «En fingiendo -dice (VI, 3)- una mujercilla cuatro desmayos, la celebran por santa y tiene segura la comida y cuanto ha de menester». Recomendaba huir de los hombres para lograr la quietud de soledad. Aludía, a veces, a personajes de su tiempo, pero de modo tan discreto y velado que es imposible descubrirlos hoy. Apostrofa violentamente a los varones eclesiásticos (V, 9) que, renunciando a las riquezas espirituales -dice- «que la temporal pobreza de Cristo os ofrece, abrazáis las transitorias que Él condena y desprecia, y peláis los pobres y los desolláis cerrados, para pompa y fausto de vuestras casas».

Personalidad del P. Juan de los Ángeles

Pertenecía al círculo culto y espiritual, por tanto humanista, de los teólogos y místicos; hablaba «con espíritu, y sin descuidar el arte»; tenía gran erudición, y conocía no sólo a los clásicos, como Virgilio, Horacio, Teócrito, Plinio, Cicerón, sino también a los italianos Dante y Tasso, al mismo Erasmo, a las autoridades hebreas y rabínicas, al propio León Hebreo; humanismo renacentista, con el carácter católico especial de España, cuando afirmaba «que si en alguna parte del mundo se ha de conservar perpetuamente la religión cristiana y ha de permanecer la sincera fe de Cristo, es en España, y en ella se ha de hallar el nido, que dijo Tauler, en que Cristo ha de conservar sus polluelos».

Es novedad de su doctrina psicológica la distinción de las tres vidas del hombre: animal, racional, deiforme o divino. Estos tres hombres los considera como tres partes del alma: inferior, media y superior.

Basándose en la Mystica Theologia, atribuida un tiempo a san Buenaventura, y luego, con el título De triplici via, a Hugo de Baume o Balma, afirma «que en la mística sabiduría no se requiere algún pensamiento o conocimiento de entendimiento, sino muchos y diversos afectos amorosos». En los Triunfos y en la Conquista busca llevar al Discípulo a la introversión, al recogimiento dentro de sí mismo, para conseguir el tesoro del Reino de Dios que está dentro de cada alma: «Has de saber -escribe- que el íntimo del alma es la simplicísima esencia de ella, sellada con la imagen de Dios, que algunos santos llaman centro, otros íntimo, otros ápice del espíritu, otros mente, san Agustín, Summo y los más modernos la llaman hondón; porque es lo más interior y secreto, donde no hay imágenes de cosas criadas, sino (como queda dicho) la de sólo el Criador».

Para luchar por la conquista del Reino, el hombre sigue los grados de la vía purgativa, iluminativa y unitiva. La más importante, la unión mística o matrimonio espiritual, «requiere actual experiencia y sentimiento y ayuntamiento actual de nuestro afecto con Dios». El medio que conduce a esta unión graciosa es la oración, que Fray Luis de Granada apellida «la casamentera entre Dios y el Alma»; oración de recogimiento que exige «quietud en el corazón, soledad de imaginaciones, silencio de las potencias y rapto». La unión tiene grados, según el autor, siguiendo a Ricardo de San Víctor: «En el primero hay heridas, en el segundo prisiones, en el tercero enfermedades y en el cuarto desfallecimiento y muerte». A la unión sigue la transformación o muerte de beso, en la cual «nuestra ánima, por virtud del amor extático, se muda en a Dios, quedándose en su esencia natural». Después «no hay más que hablar: ¡silencio!, porque ya llegó adonde le guardan todos, adonde cada uno es hecho íntimo e íntimo con el Sumo».

No se manifiesta muy versado en las ciencias positivas, ni refleja adelanto alguno en ellas. En cambio, se muestra muy enterado de las cuestiones escolásticas discutidas por sus contemporáneos, verbigracia, la cuestión sobre la distinción entre el alma y las potencias, o las teorías buenaventurianas de la iluminación, de la composición hylemórfica del alma, o del acto formal de la bienaventuranza. Aunque hay que reconocer que no le preocupan estas teorías, y sí las cosas prácticas en cuestiones psicológico-morales. (En estas observaciones y en las posteriores sigo muy de cerca el denso estudio que sobre fray Juan de los Ángeles ha hecho su hermano de hábito el P. Joaquín Sanchis en su tesis doctoral sobre La influencia de la escuela alemana en la mística española, publicada en la revista Verdad y Vida).

La novedad más interesante de su doctrina psicológica es la distinción de las tres vidas del hombre, o tres partes del alma, doctrina que no es original suya, sino de Harpio o Herp (prólogo del Edén), pero que ha sido expuesta por él en la mejor manera posible.

«En el primer diálogo de la Conquista -dice el P. Sanchis- propónela el P. Ángeles en términos delicadísimos, pero envueltos en el misterio de una lección mística. Todavía resulta más abstrusa la cuestión cuando se comparan con esta página muchos conceptos esparcidos por entre sus obras. Pero en el Cantar vuelve a ocuparse detenidamente de la misma cuestión con el certero tino y aplomo de maestro. La doctrina que al principio parece tan involucrada, resulta al fin muy clara y diáfana...»

En la Conquista sienta el principio general: «En el hombre se consideran tres diferencias de hombres: animal, racional, deiforme o divino; cada uno de estos hombres tiene una fuerza o potencia con que conoce y entiende, y otra que se inclina a huir o desear aquello que ya conoció en cuanto o le es dañoso, o provechoso».

Esos tres hombres, considéralos Ángeles como tres partes del alma: inferior, media y superior. La inferior, «porque sirve a las fuerzas inferiores y, dando vida al cuerpo, se ayunta a él por aquella parte, se llama ánima. La media se llama espíritu, que consta de las tres potencias superiores, mediante las cuales el ánima en la contemplación se junta a Dios y hace un espíritu con Él. La parte superior, en la cual las demás fuerzas y partes se juntan en su nacimiento, y de la cual salen y proceden como los rayos del sol, que saliendo dél vuelven a él, se llama mente y centro del ánima, que en sí tiene impresa y esculpida la imagen de la Santísima Trinidad; y es de tanta prestancia, que no se le halla nombre propio con que poder declarar lo que es. Y así unas veces se llama porción superior; otras ápex, otras centro; otras, lo sumo o supremo del ánima».

«Las dos fuerzas o potencias de cada uno de estos hombres se llaman: sentido y apetito en el hombre animal; razón discursiva y libre albedrío, en el racional. Y ¿en el tercer hombre, u hombre divino? No nos lo dice claramente el místico franciscano en el primer Diálogo de la Conquista. Sólo nos entreabre el misterio diciendo que a la "simple inteligencia corresponde un suave, puro y agradable amor del ánima". En el curso de sus escritos encontramos, en cambio, diversas denominaciones. Ángeles nos habla con los místicos escolásticos del apex mentis, de la scintilla animae, de la synderesis, etc. ¿Qué relación tienen estos términos entre sí? Damos por sabido que con estos conceptos se refiere nuestro autor a las potencias supremas, es decir, a las facultades de la porción superior del alma. Una página del Cantar, además de corroborar este supuesto, nos dice algo sobre la significación de los conceptos apuntados, o sea acerca de las potencias supremas. (...) Es decir, que lo que el sentido y el apetito sensible es para la porción inferior, la razón discursiva y el libre albedrío para la porción media, eso es para la superior el ápice de la mente y la sindéresis o centella de la inteligencia. El ápice o simple inteligencia es, por tanto, la fuerza electiva del hombre divino; la sindéresis o centella, la fuerza amativa. Pero a veces se toma la parte por el todo, y así todos estos conceptos vienen a ser sinónimos. Esta es la causa de las muchas confusiones que en esta terminología reinan».

Por eso, continúa diciendo el P. Sanchis, «Fray Juan de los Ángeles es psicólogo, no porque conociese a fondo los tratados doctrinales De anima, sino porque había llegado a penetrar por su propia intuición y experiencia el misterio del alma, la razón íntima de su actividad, los principios reguladores de su dinamismo, los motivos que le podían determinar a la acción, las mutuas relaciones de las potencias entre sí y su posible ejecución a la recta razón por el dominio de la voluntad, que como "reina y señora de todo este reino espiritual del alma", debe extender su imperio sobre las demás potencias. De ahí que sea el P. Ángeles maestro consumado de la vida espiritual, que sus prescripciones ascéticas respondan a un concepto tan puro y tan exacto del alma, que no se le oculten y que sepa descubrir hasta los móviles más escondidos y secretos del espíritu humano; de ahí también ese conocimiento tan cabal de las pasiones humanas y de las flaquezas y excelencias del hombre, y el arte que revela en la aplicación de todas esas fuerzas, desviadas por el pecado, a un fin recto, concebido por la inteligencia, e imperado por la voluntad. Y es que el dulce franciscano, aunque con una erudición apenas superada por otro alguno de los místicos contemporáneos, supo beber más de la ciencia de la vida que de la ciencia de los libros; para él, la sabiduría no consistía tanto en discurrir como en practicar; en resumidas cuentas, que la filosofía de fray Juan de los Ángeles es más bien disciplina amatoria que ejercicio especulativo o discursivo. Y esa disciplina amatoria en su doble aspecto, psicológico y moralista, esa filosofía sí que la dominaba en grado superlativo el gran místico. "Moralista y psicólogo es -dice Menéndez y Pelayo- ... Fray Juan de los Ángeles: ya lo reconoció Rousselot". Y con ellos lo han reconocido todos los críticos modernos».

Entendía el erudito franciscano que «cuanto nuestra ánima se ocupa atentamente en los actos de una potencia, afloja y se remite en los de las demás potencias». La tendencia debía de ser a lograr la unidad psíquica, y él daba la preponderancia al amor. «Mi amor es mi peso», repite con san Agustín. Y como adonde va el alma, va toda, el peso del amor trae tras sí todas las potencias. Por eso todo el empeño del frailecito es justificar el amor de Dios «ya que la virtud no es más que un amor bueno, y el vicio un amor malo, como creía Sabunde». «De donde saco yo -decía fray Juan- que quien tiene ciencia del amor, la tiene de todo el bien y mal del hombre». «Es gran maestro el amor -exclamaba-, sábese mucho más amando que revolviendo libros y frecuentando las escuelas».

También se distingue por el sutil conocimiento de las pasiones humanas, de los enemigos del Reino de Dios, a cuyo análisis consagra varios diálogos de la Conquista.

«La filosofía del P. Ángeles -termina el P. Sanchis- está bien caracterizada. Es franciscana y española. Como franciscana es fuertemente voluntarista y encuentra sus delicias en la vía afectiva. Como española es principalmente práctica. Disciplina amatoria: he aquí la expresión de Menéndez Pelayo, que reúne en un todo estos conceptos».

Influencias alemanas en fray Juan de los Ángeles

Los libros de los místicos del Norte, traducidos por el cartujo Lorenzo Surio, pudieron ser conocidos en España en el momento en que empezaba a culminar la verdadera floración mística. La Theologia mystica de Enrique Harpio o Herp se podía leer desde la traducción latina de Colonia, 1538, 1545, 1555, vertida al castellano, parece, en 1565; las Opera omnia de Juan Tauler, desde 1548, y la versión castellana de las Institutiones, desde 1551; las Obras de Ruysbroeck, desde 1532, cuyas ediciones se repitieron en 1608, 1609 y 1692, y el P. Blas López hizo una versión castellana (1696); las Obras de Suso, desde 1555, aunque parece que tuvo poca difusión en España.

El P. Ángeles conoció y utilizó estos libros y estas doctrinas, citando a sus autores a las veces, y a las veces callando el origen de sus asertos. Por ejemplo, en el pensamiento de la existencia del reino de Dios en lo más recóndito del alma, pensamiento de clara raigambre evangélica, reino que los místicos germanos consideran sólo como un tesoro, y que el Padre franciscano, Fr. Juan, lo tiene por un reino, al que hay que conquistar venciendo los doce jayanes que impiden la entrada. El marco ideológico de la conquista es germánico, según demuestra el P. Sanchis, cotejando textos paralelos de la Conquista con otros de las Institutiones de Tauler, o de diferentes obras de Ruysbroeck.

También es de origen germánico (Harpio) la teoría de los tres hombres o tres vidas del hombre, atrás citada.

La doctrina del amor esencial, de la vida esencial, también deriva de la misma fuente, y el retorno al Uno plotiniano.

Corrientes doctrinales en las obras de fray Juan

Junto a las corrientes doctrinales de origen germánico, sin contar algunos pequeños contactos con Dionisio de Rückel y con Tomás de Kempis, o el que sea el autor de La Imitación de Cristo, nota el P. Sanchis otras corrientes en fray Juan, que reduce fundamentalmente a dos: «La afectiva, personificada en la Orden franciscana y representada por el sol de la Mística, el seráfico Buenaventura; y la platónica-renacentista, que tan perfectamente sienta en un franciscano español del siglo XVI.

a) Corriente afectiva. Hugo de Balma. La corriente afectiva llega al P. Ángeles a través de Balma, que se inspiraba a la vez en san Buenaventura. Los textos paralelos que coteja el P. Sanchis no dejan lugar a dudas de que los pasajes de san Buenaventura que cita fray Juan están tomados mediante la Theologia Mystica de Balma. Acaso el franciscano creyó en un tiempo obra de san Buenaventura la Theologia Mystica; pero enterado de la polémica sobre la paternidad entre Gerson y los benedictinos, se convencería de que la obra no es de san Buenaventura, sino de Balma.

b) Francisco de Osuna y Bernardino de Laredo. A la misma corriente afectiva allegó su caudal el Tercer Abecedario espiritual del P. Francisco de Osuna, solamente citado una vez, pero utilizado en varios lugares más. Por ejemplo, en la tesis de «la directa formación del corazón» (Conquista, I); y más claramente en la doctrina sobre los escrúpulos (VII, 7), copia literal en ocasiones del Tercer Abecedario, según ha demostrado el P. Sanchis, o en la doctrina del recogimiento (X, 5, 6, 7) y de sus grados (Tercer Abecedario, XXI, 7). A veces (X, 7 y 8) se apoya fray Juan en las mismas autoridades en que Osuna basa su método de oración: Hugo, san Bernardo, Gerson, san Gregorio Nazianceno, el pseudo Areopagita, san Buenaventura, David y san Gregorio Papa. Lo mismo ocurre al tratar del silencio de las potencias (X, 16), doctrina que toma, sin decirlo, del Tercer Abecedario (XXI, 5), según ha demostrado el P. Sanchis.

El caudal del franciscanismo del P. Ángeles lo acrecienta Bernardino de Laredo con el libro Subida al monte Sión, citada en el lugar que habla del rapto o muerte de beso (Diálogo VIII, 7). Concepto que se relaciona, como agudamente observa el P. Sanchis, con el de la contemplación con entendimiento cuadrado (Manual, IV, indicado en Subida, II parte, cap. 39) y de la cruz mental.

c) Elementos platónicos. La corriente platónico-renacentista llega a la obra de fray Juan de los Ángeles por medio del conocimiento difuso y simpático que en el siglo XVI se extendió por Europa, y a cuya doctrina tanta afición tuvieron los franciscanos españoles, como ya observó Menéndez Pelayo. Fray Juan tenía en Platón uno de sus autores predilectos; lo cita a menudo al tratar de cuestiones referentes al amor y la hermosura, y lo consideraba, junto con el pseudo Dionisio Areopagita, como «el que con justo título lleva la palma entre todos los que de esta materia hablaron». Conocía también a León Hebreo, y leyó con fruto la Theologia naturalis, del luliano Raimundo Sabunde, de lo que se encuentra reflejo cuando en los Triunfos pretendió describir los secretos del amor, y cuando dio las razones que le indujeron a escribir los Triunfos, que estaban en el título 129 de la Theologia naturalis, obra de la cual se transcriben capítulos enteros en el capítulo V de la primera parte de los Triunfos, y alguna vez se cita también en la Conquista (IX, 2).

d) Otras fuentes de la «Conquista». Completemos estas notas sobre las fuentes de la Conquista de fray Juan de los Ángeles diciendo que a veces cita a los clásicos como Platón, Aristóteles, Séneca, Plinio, Luciano, Filón y Plutarco; a escritores medievales como san Agustín, san Gregorio, san Juan Crisóstomo, san Cipriano, san Jerónimo, san Basilio, san Pedro Crisólogo, san Gregorio Nacianceno y repetidas veces san Isidoro, el venerable Beda, san Bernardo, san Buenaventura, Alejandro de Hales, Juan Duns Escoto, san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, Hugo de San Víctor, Ricardo de San Victor, Juan de Gerson, Cesáreo de Heisterbach, san Francisco de Asís, Ubertino del Casale, Álvaro Pelagio, el Tostado, Nicolás de Lira, Cayetano; y hasta renacentistas como Lorenzo Valla, Ludovico Blosio, el P. Alonso de Madrid, santo Tomás de Villanueva, fray Bartolomé de Medina, santa Teresa de Jesús, sin nombrarla, fray Luis de Granada, san Pedro de Alcántara y Gonzalo de Illescas, demostrando una muy variada erudición.

Características de fray Juan de los Ángeles

De tan diversas lecturas y de tan variados autores proceden las doctrinas místicas del P. Ángeles. Como no escribía con fin de mostrar erudición, sino guiado por su afán de poder guiar a las almas, anotaba en sus lecturas, según él mismo confiesa, lo que le movía a devoción y los frutos de esas lecturas iban sirviendo para sus diferentes libros. No debe olvidarse, por otro lado, la costumbre en el medio social en que vivía, que ya es conocida en cuanto al poco escrúpulo con que se respetaba la propiedad literaria, para no tacharlo de plagiario.

Con el P. Sanchis resumiremos el carácter de fray Juan como el de un escritor que «pertenece por su formación a la escuela filosófico-mística franciscana, que aprende en un ambiente platónico-renacentista. Espíritu magnánimo, está siempre abierto a todo influjo extraño, pero entre todas las ideas extrañas a su escuela, adquieren una importancia enorme las de la escuela germánica, que casi adquieren en las obras del místico franciscano carta de naturaleza. Aun más, todas estas ideas, llegadas a él por una u otra vía, son informadas por la personalidad apacible y vigorosa a la vez de fray Juan, y reducidas a la unidad de un sistema sólidamente construido, cuyo rasgo fundamental es la armonía resultante de la tendencia a la unidad que brilla en todo el sistema, y de la fuerza intuitiva de fray Juan, que sabe como con un golpe de vista adivinar las relaciones de medios y fin en todos los elementos psicológicos del ser humano, para encaminarlos a su Creador».

Los críticos modernos, como el P. Torró, han visto que fray Juan «brilla siempre por la claridad, orden y riguroso encadenamiento que da a sus ideas». A su propia experiencia mística, añadía las doctrinas de los autores que le inspiraban confianza, para trazar con arte insuperable el camino que el discípulo había de seguir en sus aspiraciones a la perfección. Realiza, pues, plenamente, el concepto del hombre «como esencia amorosa que amando cunde y se derrama hasta unirse con Dios en estrecho abrazo», sin perder su propia personalidad ni caer en ardores semipanteístas. Su principal fin es escudriñar en lo más íntimo del espíritu para «ordenar en él el amor».

Menéndez y Pelayo y fray Juan de los Ángeles

«Sunt fata libellis», decía D. Marcelino al acabar sus páginas sobre fray Juan en la Historia de las Ideas Estéticas en España. Ya en su tiempo temía fray Juan de los Ángeles, que tan altas especulaciones, «tan íntimas y tan a solas, no fuesen acomodadas para rústicos oídos, ni aun para los bachilleres del mundo, que mal podían paladear aquellas que el alma llama uniformes entradas o introversiones, por olvido de todas las cosas, a los abrazos y unión del esposo; ni entendían tales metafísicas más que si estuviesen en lengua hebraica».

Y, en efecto, las obras de fray Juan, que no serían muy difundidas en su tiempo fuera del círculo reducido de los místicos, mucho menor que el de los ascéticos en nuestro Siglo de Oro, fueron olvidándose y quedaron sin reimprimir, y se perdieron los manuscritos. Nicolás Antonio recogió nota de la producción literaria de fray Juan de los Ángeles en su famosa Bibliotheca Nova. Los bibliófilos del siglo XIX, entre ellos Gallardo, encomia los Triunfos, que conocía. Pero es a Menéndez Pelayo a quien se debe la revalorización de fray Juan de los Ángeles, como la de tantas otras figuras cumbres de nuestras letras. En su Historia de las Ideas Estéticas (Madrid, Ed. Nacional, 1940, II, 90-93) estampó estas dos páginas, que queremos reproducir para contrarrestar un tanto la aridez nuestra, con los fluidos períodos del maestro:

«Desde los tiempos del abrasado Serafín de Asís, y del beato Jacopone y de Ramón Lull, parece que los franciscanos han tenido vinculada la filosofa de amor, de que es gran maestro San Buenaventura, como de la especulativa lo es Santo Tomás. Los libros más clásicos y bellos acerca del amor de Dios, durante el siglo XVI, son debidos a plumas de frailes Menores, y entre todos ellos daría yo la palma, de buen grado, al extremeño [así se creía entonces] Fray Juan de los Ángeles, uno de los más suaves y regalados prosistas castellanos, cuya oración es río de leche y miel. Confieso que es uno de mis autores predilectos. No es posible leerle sin amarle y sin dejarse arrastrar por su maravillosa dulzura, tan angélica como su nombre. Después de los Nombres de Cristo, que yo pongo, en la relación de arte y en la relación filosófica, sobre toda nuestra literatura piadosa, no hay libro de devoción que yo lea con más gusto que los Triunfos del Amor de Dios, y los Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios, libros donde la erudición profana se casa fácil y amorosamente con la sagrada; libros donde asombra la verdad y la profundidad en el análisis de los afectos, libros que deleitan y regalan por igual al contemplativo, al moralista y al simple literato. Moralista y psicólogo es, sobre todo, Fray Juan de los Ángeles: ya lo reconoció Rousselot. Y es que para Fray Juan de los Ángeles la disciplina amatoria que decía el discípulo de Sócrates, abarca toda la moral y toda la psicología: "quien tiene sciencia del amor, la tiene de todo el bien y mal del hombre, de todos los vicios y virtudes, de su felicidad y perdición, y quien esto ignora, dese por ignorante de todo género de bien o mal que toque al hombre". Mas no tratará Fray Juan de los Ángeles del amor a secas, sino en cuanto es unitivo y fruitivo, y en cuanto sirve para enlazarnos y ayuntamos con Dios estrechísimamente. Es, pues, el libro de los Triunphos, "un duello y una lucha de amor, mediante el cual, lucha Dios con el alma, y el alma, con Dios, y alternativamente se hieren uno a otro en esta lucha, y se captivan, enferman y hazen desfallecer y morir". Pero no esperemos sólo embriagueces y epitalamio sagrado: Fray Juan de los Ángeles procede metódica y rigurosamente, y de aquí nace el encanto de la claridad y de la lucidez que hace tan simpáticos sus escritos. Comienza, pues, por un análisis sutil de las facultades del alma, del cual deduce que hay dos diferentes escuelas para ella, una de devoción y afecto, otra de conocimiento e inteligencia, "porque la perfección nuestra es doblada, y consiste en la virtud y en la sciencia".

»Cuando en la explanación de la idea del amor llega a tratar Fray Juan de los Ángeles de la principal virtud y fuerza que el amor tiene, la cual es mudar y convertir al amante en la cosa amada, no hace más (son sus palabras) sino "seguir la doctrina del divino contemplativo Dionisio, y de Platón en su Convite de amor, porque entre todos los que de esta materia hablaron, con justo título lleva la palma". A estas autoridades todavía puede añadirse la de San Buenaventura, y más aun la de Sabunde, a quien Fray Juan de los Ángeles copia largamente sin citarle. El análisis del amor propio es una obra maestra de disección espiritual.

»Fray Juan de los Ángeles es uno de los místicos españoles más directamente influidos por los alemanes. Ruysbroeck, sobre todo, que debía ser (aun más que Tauler) uno de sus autores favoritos, a juzgar por las muchas veces que le trae a cuento, puede reclamar larga parte en el pensamiento de los admirables Diálogos de la conquista del espiritual y secreto reino de Dios, que está en el centro del alma, o en el ápice de la mente, donde nuestro espíritu (como dice Fray Juan de los Ángeles con tecnicismo que ahora tacharía alguien de germánico), se hace íntimo con el Summo. "Este centro del alma es la simplicísima esencia della, sellada con la imagen de Dios... sin imágenes de cosas criadas... Este íntimo, desnudo, raso y sin figuras, está elevado sobre todas las cosas criadas y sobre todos los sentidos y fuerzas del ánima, y excede al tiempo y al lugar, y aquí permanece el alma en una perpetua unión y allegamiento a Dios, principio suyo. Aquí mana una fuente de agua viva, que da saltos por la vida eterna... y da y comunica al cuerpo y al ánima una maravillosa pureza y fecundidad".

»Si el ingenio oratorio y expansivo de fray Luis de Granada busca a Dios en el espectáculo de la naturaleza, y se dilata en magníficas descripciones de la armonía que reina entre las cosas creadas, el ingenio psicológico de fray Juan de los Ángeles le busca en la silenciosa contemplación del íntimo retraimiento de la mente, a la cual ninguna cosa creada puede henchir ni dar hartura».

[Extraído de Ángel González Palencia, Prólogo, en Fray Juan de los Ángeles, Diálogos de la Conquista del Reino de Dios. Madrid, Real Academia Española, 1946, pp. 7-35].

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