DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

MARÍA DE LA PASIÓN
Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María
(1839 - 1904)

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María de la Pasión, cuyo nombre de familia es Hélène de Chappotin de Neuville, fundó en 1877 el Instituto de las Franciscanas Misioneras de María. Nació en Nantes (Francia) en 1839. A los 21 años entró en el Monasterio de Clarisas. La espiritualidad de San Francisco de Asís que allí recibió, la marcó para toda su vida. Por falta de salud no pudo continuar la vida de Clarisa, y en 1864 entró en la recién fundada Sociedad de María Reparadora, donde recibió el nombre de María de la Pasión. Antes de terminar su período de formación fue enviada como misionera a la India donde, poco después, fue elegida responsable de la misión. Durante diez años vivió con intensidad su experiencia misionera, hasta que una serie de acontecimientos y dificultades la llevaron a fundar un Instituto específicamente misionero.

En 1876 va a Roma, y el 6 de enero de 1877 el Papa Pío IX aprueba la fundación del nuevo Instituto Misionero. En 1882, entra a formar parte de la Familia Franciscana y desde entonces es conocido con el nombre de Franciscanas Misioneras de María. A su muerte, en el año 1904, María de la Pasión había acogido a más de 2.000 FMM que vivían en unas ochenta comunidades por todo el mundo. Mujeres jóvenes de diferentes países se iban uniendo al nuevo Instituto Misionero haciéndolo crecer rápidamente. Hermanas de diferentes culturas y nacionalidades eran enviadas a una misma misión, de modo que la internacionalidad fue muy pronto una característica particular del Instituto.


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María de la Pasión,
Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María

1839-1856

Hélène de Chappotin, que sería más tarde la fundadora de las Franciscanas Misioneras de María con el nombre de María de la Pasión, nació en Nantes en 1839. Su familia y su ambiente están netamente caracterizados: antigua familia originaria de Lorena y Bretaña, abuelos que emigraron a Las Antillas durante la Revolución y regresaron a Bretaña con la Restauración, de una fe tradicional, viva pero austera, una ferviente adhesión a la Iglesia y a la monarquía cuyas causas aparecían entonces inseparablemente unidas.

En el corazón de esta familia, numerosa y unida, la benjamina Elena, extraordinariamente dotada, crecía feliz entre sus diez primos y primas en el viejo castillo de Le Fort, cerca de Nantes. Algunos trazos de su temperamento hacen presentir sus futuras orientaciones espirituales: la necesidad de poner inmediatamente en práctica lo que le parece bueno y bello, su amor por los pobres, su entusiasmo caballeresco por lo que ella llama las grandes causas.

A partir de 1850, la experiencia de la muerte va a marcar su joven existencia. Golpe tras golpe, ella pierde una prima muy querida y sus dos hermanas mayores. Las circunstancias obligan a sus padres a establecerse en Normandía. Allí, la desorientación y la separación de la banda alegre entre quienes ha crecido, la sumergen en una soledad donde su personalidad madura precozmente. Su naturaleza ardiente, su inteligencia y voluntad, se enfrentan desde su adolescencia a un interrogante permanente, que la lleva a veces hasta la angustia: ¿Qué es lo que vale la pena amar? Una vida de familia apacible como un capullo de seda protector que sin embargo se abre, sin defensa contra la muerte, ¿es esa la felicidad? Este tiempo que transcurre, ella lo llamará más tarde el de sus infidelidades, porque Dios no le ha mostrado aún su rostro y ella no sabe dónde fijar su corazón. Pero su sed de absoluto será bien pronto colmada. En 1856, una experiencia espiritual orienta toda su vida, Dios le revela a la vez su amor y su belleza. Y enseguida, la evidencia de que la vida religiosa será para ella el camino donde podrá entregarse sin reserva a Aquel que se ha apoderado de ella.


1856-1865

A esto sigue un período de búsqueda y espera, marcado por la muerte brutal de su madre que no puede resignarse a su vocación. Dolorosa y ruda prueba para Elena que debe frenar un tiempo sus proyectos. Pero en 1860, toma contacto con las Clarisas que acaban de establecerse en Nantes. Este encuentro es determinante: su vocación religiosa, que dudaba hasta entonces sobre la orientación a tomar, se ha fijado para siempre: Me hice hija de san Francisco y nunca dejé de serlo.

El 9 de diciembre de 1860, entra en las Clarisas: sólo será una breve etapa, pero capital, en su caminar. El 23 de enero, en una nueva experiencia espiritual muy fuerte, Cristo crucificado levanta, para ella, un poco el velo que oculta su futuro: está llamada a dar su vida por la Iglesia y por el Papa. La orientación de fondo sigue siendo la misma: disponibilidad total a Dios cuya belleza ha extasiado su corazón; los acontecimientos, poco a poco, le van mostrando las modalidades de su donación, aceptadas de una vez por todas. En los días que siguen al 23 de enero, Elena cae enferma, y su familia, que había aceptado mal su partida, multiplica las presiones para hacerla volver a casa. Enseguida debe dejar el monasterio de las Clarisas.

En los años de 1861 a 1864, Elena vive un periodo de desierto y madurez cuyos frutos no aparecerán hasta más tarde. Su familia está persuadida de que la vida religiosa es muy ruda para su salud, y gana para su opinión a todos los sacerdotes de Nantes. Elena se encuentra aislada, cargada de todas las gracias recibidas, sin abrirse a nadie. Le queda un camino: la lectura, su pasión desde la infancia. La biblioteca de Le Fort es rica en obras de grandes autores espirituales del siglo XVII. Ellos le dan acceso a la Sagrada Escritura y a los Padres de la Iglesia, especialmente San Agustín. Esto será para ella una inestimable adquisición. Poco a poco la vigilancia de la familia disminuye y, en 1864, Elena encuentra ayuda y apoyo en un jesuita, el padre Petit, recientemente llegado a Nantes, que no había sido prevenido contra su vocación.

Él orienta a Elena hacia la nueva congregación de María Reparadora que él mismo ha contribuido a fundar con la baronesa de Hoogvorst, y ésta acepta inmediatamente la petición de la joven. El pensamiento de mis Clarisas me rompía el corazón, dice Elena, pero como la voluntad de Dios parece orientarla por ese camino, y su familia está al fin dispuesta a dejarla partir, ella entra en las Hermanas de María Reparadora. Después de un año de noviciado, durante el que recibe el nombre de María de la Pasión, de forma inesperada (porque las Reparadoras no tenían orientación específicamente misionera) es enviada en misión a India, en la región del Maduré.

1865-1876

Su estancia en India durará once años. Allí se completa la larga preparación de etapa en etapa, hacia su tarea y su misión propias de fundadora, en la Iglesia, de un Instituto cuya visión debe ser universal. El Maduré, donde ella llega, es una misión que ha conocido muchas vicisitudes, y fue prácticamente abandonada después de la supresión de la Compañía de Jesús, en 1774. Confiada de nuevo a los Jesuitas, en 1837, está aún en 1865 en estado de nuevo comienzo, laborioso y dubitativo, en medio de divisiones numerosas debido principalmente a las querellas entre ritos y jurisdicciones, derivándose de ello rivalidades múltiples. La inexperiencia de las misioneras debe afrontar cada día situaciones difíciles.

Unos meses después de su llegada, María de la Pasión es nombrada superiora de la casa de Tuticorin y un año más tarde, en 1867, a los 28 años, es nombrada provincial de las tres casas que las Reparadoras tienen en el Maduré. Este cargo, que ejercerá durante nueve años, va a darle una amplia experiencia de la vida y problemas misioneros. Surcando en situaciones difíciles y extenuantes toda esta región del sur de India, María de la Pasión se encuentra en contacto, no solamente con el pueblo indio, que será para ella siempre muy amado, sino también con el clero misionero y los representantes de la autoridad colonial británica, anglicanos o protestantes. Así, al mismo tiempo que el universo no cristiano, ella descubre otras culturas, otras mentalidades, otras lenguas. En 1874, su campo de acción se extiende con la fundación de una nueva casa en Ootacamund, en la diócesis de Coimbatur, confiada a los Padres de las Misiones Extranjeras de París.

En 1876, una serie de circunstancias dolorosas y contradictorias le obligan a dejar, con una veintena de religiosas del Maduré, la congregación de María Reparadora. Esta nueva herida va a ser el punto de partida de su obra maestra en la Iglesia, que sella, al mismo tiempo, su proprio destino. Llegando a Roma con tres compañeras, en diciembre de 1876, ella somete al Papa Pío IX su deseo de continuar siendo religiosas fundando la congregación de las Misioneras de María, exclusivamente dedicada a la misión. El 6 de enero de 1877, Pío IX les hace saber que autoriza esta fundación, colocada en su punto de partida bajo la autoridad de Mons. Bardou, vicario apostólico de Coimbatur, al mismo tiempo que las invita a crear un noviciado en Francia.


1876-1884


Después de algunas semanas de búsqueda y de contactos diversos, María de la Pasión encuentra una calurosa acogida en su Bretaña natal, en Saint-Brieuc, cuyo obispo Mons. David se hace, desde el principio, su garante y protector. Enseguida se presentan vocaciones y, en 1880, de la pobreza de las primeras casitas de Saint-Brieuc, el noviciado se traslada a la propiedad de los Châtelets, antigua residencia de los obispos de Saint-Brieuc, comprada para las Misioneras de María por un bienhechor, padre de una de ellas. Sin embargo, numerosas cuestiones jurídicas quedan aún en suspenso. La llegada de muchas jóvenes vocaciones obliga a María de la Pasión a volver a Roma, para dar a su Instituto las bases canónicas regulares sin las que no podría desenvolverse. También quisiera darle el apoyo de una gran Orden religiosa que le asegurase estabilidad y apertura.

Desde su llegada a Roma, las circunstancias guían sus pasos hacia el ministro general de los Franciscanos e, inmediatamente, se siente de nuevo en «su casa» cerca de san Francisco a quien, en lo íntimo de su corazón, no ha dejado jamás de llamar Padre.

En agosto de 1882, se funda la casa de Roma, y el 4 de octubre siguiente, fiesta de san Francisco de Asís y celebración del séptimo centenario, María de la Pasión es recibida en la Tercera Orden Franciscana. Apoyada en sólidas bases: una implantación romana y la pertenencia a la Orden franciscana, María de la Pasión va a afrontar la larga y dolorosa batalla de los años 1882-1884 cuando su obra es puesta en entredicho. En efecto, se le abre un proceso de intención, contestando fundamentalmente la existencia de su Instituto. Se le suspende del cargo de superiora general y recibe la interdicción de comunicarse con sus hermanas.

Después de largas gestiones de quienes se constituyeron sus defensores: el ministro general de los Franciscanos y el obispo de Saint-Brieuc, obtienen que el papa León XIII nombre un «encargado de asuntos» para examinar su causa. Las conclusiones de la investigación son claras y decisivas: en abril de 1884, a María de la Pasión se le devuelve su cargo, y su Instituto es autorizado a desarrollarse en la familia franciscana.

Este período, en el que María de la Pasión se encontró de nuevo en el desierto, humillada, condenada sin haber sido escuchada, será para ella un crisol fundador. En el sufrimiento su carisma se purifica, se unifica, se hace más profundo. En esta época es cuando escribe sus textos más bellos, tanto espirituales como místicos.


1884-1904


Los veinte años que siguen van a ser testigos del florecimiento extraordinario de este nuevo retoño de la familia franciscana que se desarrolla de manera que nadie hubiera podido prever. Pero, la afluencia de jóvenes que llegan como contagiadas, y las llamadas provenientes de todas las partes del mundo, no la turban ni la embriagan. Ella asume de forma realista la tarea que se le impone: formar, organizar, asegurar el futuro.

Su vida, en el curso de estos 20 años, es una «gesta» heroica donde se la ve presente en todos los frentes: material, espiritual, apostólico, social, eclesial. Ochenta y seis fundaciones se desgranan sobre todos los continentes, Europa, Asia, África, América, con unas 3.000 religiosas. En 1900, siete Franciscanas Misioneras de María son martirizadas en China durante la revuelta de los Boxers, dando a la fundadora la ¡alegría de tener ahora siete verdaderas Franciscanas Misioneras de María! Para reemplazarlas, ella enviará un nuevo grupo y, entre ellas, una joven hermana, María Assunta, cuya generosidad silenciosa conquistó enseguida el afecto de los chinos, antes de morir de tifus en 1905.

Unos cincuenta años mas tarde, todas serán reconocidas por la Iglesia por el testimonio de sus vidas heroicas, y sus beatificaciones serán como el sello puesto por la Iglesia sobre la vida y obra de María de la Pasión. Ella misma celebrará su pascua pasando de aquí a la casa del Padre el 15 de noviembre de 1904, en San Remo. Su causa de beatificación también está en curso.


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La Madre María de la Pasión,
Fundadora de las FMM

Elena-María-Filipina Chappotin de Neuville nació en Nantes (Francia) el 21 de mayo de 1839. Vino al mundo en el seno de una familia de la nobleza bretona y fue la menor de cinco hermanos. Su padre era ingeniero y, aunque vivían con holgura, no eran ricos, por lo que aprendió a no despilfarrar. Y pronto destacó dentro del grupo familiar, conformado también por sus primos, con una serie de cualidades que superaban la media común.

Su rico temperamento, con fuertes contrastes, tendrá que dominarlo para conseguir una perfecta armonía. Su carácter apasionado, sensible y ardiente, dulce y enérgico, activo y desbordante, le hará aparecer enseguida como un líder dentro del mundo familiar. Su fina inteligencia la hizo ser, al mismo tiempo y en la medida en que crecía, una chica reservada y reflexiva. Pero también independiente, altiva, inconformista y, como buena bretona, idealista. Su madre la fue formando a la sobriedad, sin ceder a sus caprichos y enseñándole a dominarlos. Una educación alegre e informal, pero al mismo tiempo basada en la responsabilidad y el deber. Formación que compartía con sus once primos, en el Castillo de Le Fort. Así se fue formando la personalidad de Elena. Empieza a percibir los valores de la existencia. El amor, como lo más grande de la vida. La verdad que hay que buscar, el sentido de la vida... Y comienza a entrever que sólo Dios tiene la respuesta a sus interrogantes.

Pronto escuchó la llamada de Dios, pero no pudo responder a ella enseguida, debido a sus problemas familiares. Muertas sus hermanas, era la única hija que quedaba en casa. Expone a su madre sus deseos, y, unos días antes de partir, su madre muere repentinamente, ante la idea de su separación. Su padre y sus sobrinos la necesitan ahora. Tiene que esperar. Duda, se le presentan otras opciones. ¿Qué querrá Dios de ella? Espera, busca, reza, encuentra... y ¡responde!

El 9 de diciembre de 1860 entra en las Clarisas, y se encuentra feliz. Allí, el 23 de enero de 1861, tiene una experiencia mística en la que se siente llamada a ofrecerse por la Iglesia y el mundo. Desde ese momento estará marcada por este carisma personal que luego transmitirá a su Instituto. Pero la dureza de vida de estas Damas Pobres, quebranta su salud y unos meses más tarde tiene que salir. En casa y ya restablecida, la familia se opone a su vocación. Puesto que Dios fue la clave de su vida, se dejó conducir por Él.

Tres años después, en 1864, entra en la Sociedad de María Reparadora, donde el nombre nuevo que le impusieron, María de la Pasión, lo comenzó a realizar en la vida. Novicia todavía, en 1865 fue enviada a la India, donde la Sociedad tenía tres casas. Allí irá descubriendo en la vida y en los acontecimientos, muchas veces dolorosos, la voluntad de Dios. Y en lugar de evadirse, luchó, la afrontó y actuó. En 1866 hace su profesión temporal y es nombrada superiora de Tuticorin. Un año más tarde es nombrada Provincial del Maduré. Así creció y maduró en su fe. El 15 de enero de 1871 hizo su profesión perpetua.

En el año 1875 todo parecía prosperar. Las obras producen abundante fruto y, gracias a su genio organizador, todo marcha bien. Y sin embargo, una gran tormenta estaba a punto de desencadenarse. La fundación de una nueva comunidad en Ootacamund, en la que se afanaba María de la Pasión, pensando en los frutos que también daría, iba a estar centrando el drama. La concurrencia de una serie de circunstancias penosas, unidas a los malentendidos que, desde antes de su llegada, existían en la India y las divergencias en el modo de entender la situación, hicieron estallar la tempestad. En enero de 1876 fue depuesta como Provincial del Maduré. Les propusieron aceptar unas condiciones a ella y a sus compañeras -condiciones que lesionaban y ofendían sus conciencias-, o dejar la Sociedad. Había llegado la hora de una nueva elección. Dios, que la preparaba para su obra, irrumpe en su camino a través del Misterio Pascual. Y ella sabe hacer una lectura creyente de su vida y descubrir la voluntad de Dios: sufre, pero no se evade, sino que lucha, afronta y actúa. En el mes de agosto de 1876, una decisión de la General de la Sociedad la restituía al mundo con veinte de sus compañeras, sin dispensarla de los votos.

Ante la responsabilidad de cuidar de sus compañeras, el 21 de noviembre de 1876 se embarca para Roma con tres de ellas, dejando a las diecisiete restantes en Ootacamund, para someter a la Iglesia su situación. Mujer audaz y realista, a sus treinta y siete años inicia una nueva aventura de fe: fundar en la Iglesia un Instituto dedicado a la misión universal, que abarcase el mundo entero.

El 6 de enero de 1877, nacen las Franciscanas Misioneras de María, por decisión del Papa Pío IX, como Instituto misionero. María de la Pasión se pone a la obra de darle una estructura, un carisma y unas constituciones. Mujer cercana, guía segura y de una extraordinaria humanidad, enseguida se vio rodeada de jóvenes de todo el mundo, que deseaban compartir su ideal misionero y llegar a los países más lejanos y a las misiones más remotas.

Y tras las dificultades y pruebas de los primeros tiempos, donde vuelve a ver amenazada su existencia, en 1882 Francisco de Asís lo toma bajo su manto protector y se hace más vigoroso. A partir de 1885, comienza el desarrollo del Instituto y la multiplicación de fundaciones por la geografía del mundo y por este orden: Marsella y Cartago, Ceilán -hoy Sri Lanka-, China y París, Inglaterra, Meliapur (India) y Suiza; Bélgica, Canadá y Grottaferrata (Italia), otra más en Bélgica y Portugal, Congo, Mozambique, leproserías en Birmania y Japón; Austria, Hungría, Madagascar y España, su largo y acariciado sueño. Ese mismo año, 1900, en China, con la persecución de los boxers, siete Hermanas son martirizadas en Tay-yuan-fu. Al recibir la noticia, María de la Pasión dirá: «Mis siete dolores y mis siete alegrías». Y entonará un Te Deum de acción de gracias. Pero sigue adelante: Florencia, Natal, Irlanda, Estados Unidos, Macao, Chile... En cada país aumentan las casas, y hay que ayudarles. Se parte desde la pobreza total. El trabajo para ganarse la vida es duro.

Finalmente, el 15 de noviembre de 1904, tras una breve enfermedad, a los 65 años, muere después de haber recorrido varias veces Europa y dejando abiertas más de 80 casas y unas 2.069 misioneras trabajando en todo tipo de actividades en casi todos los continentes.

Ciertamente María de la Pasión fue una mujer extraordinaria, fuerte en su debilidad, pero humana y cercana. ¿Cómo pudo realizar una obra tan inmensa en sólo veintisiete años? Porque se puso totalmente al servicio de Dios en la entrega generosa de su vida. La fuerza del don de Dios, acogido y vivido personalmente como su carisma personal, lo entregó luego a la Iglesia. Este carisma que primero fue historia personal, luego lo ofreció a sus seguidoras. Un carisma único y múltiple a la vez. La entrega de su vida por la Iglesia y el mundo, que vislumbró ya en las Clarisas, se fue iluminando y encarnando a través de los acontecimientos de la India, que la introdujeron en la vivencia del Misterio Pascual.

[Cf. Convocados por Francisco. Familia Franciscana es España, hoy. Madrid 1999, pp. 205-210]

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