DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

JUAN DE MONTECORVINO (1247-1328)

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Franciscano, misionero, primer arzobispo de Pekín. Nació en 1247 en Montecorvino, cerca de Salerno (Italia). En 1289 fue enviado por el papa Nicolás IV a Pekín como legado suyo. Allí llegó en 1294 y de inmediato comenzó un intenso apostolado, principalmente entre los nestorianos. Permaneció él solo hasta que, en 1303, llegó a Pekín el franciscano alemán fray Arnoldo; poco después Montecorvino escribió varias cartas a Europa pidiendo misioneros. En 1307 Clemente V lo nombró primer arzobispo de Pekín, consagró obispos a siete franciscanos y los envió a China para que, a su vez, consagraran al arzobispo, lo que se realizó el año 1310. Hacia el final de sus días tuvo la alegría de tener consigo durante tres años al beato Odorico de Pordenone, también franciscano. Murió el año 1328, dejando una cristiandad floreciente y jerárquicamente organizada.

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JUAN DE MONTECORVINO

por Ángel Santos Hernández, s.j.

Célebre arzobispo franciscano de Khambalik (Pekín) en los primeros años del s. XIV, y fundador de la misión china de aquella época, que habría de durar, por cierto, muy poco. Nació en 1247, probablemente en Montecorvino Rovella, de donde le viene su nombre, en la provincia italiana de Salerno. Apenas si se tienen noticias de su juventud, pues su nombre pasa inadvertido en absoluto en las grandes colecciones históricas de la Orden, del tiempo de la Edad Media, como la crónica de los XXIV Generales y las Conformitates. Las primeras noticias suyas se deben al historiador P. Wadding, quien después de encontrar la crónica del P. Elemosina y compararla con el epistolario de los Sumos Pontífices, sería el primero en darnos noticias biográficas del célebre franciscano de Montecorvino. Vistió el hábito de S. Francisco, y desde sus primeros años de fraile parece que se dedicó a la obra de las Misiones en el próximo Oriente. Hacia 1289 le encontramos como Legado del Rey de Armenia, Hethum II, ante la Corte pontificia, y parece que ya antes de esa época había realizado algún otro viaje a Persia.

Por entonces comenzaron a llegar a la Corte papal noticias del lejano y legendario país de la China, por medio de un chino que había llegado como Embajador del Rey Argún de Persia ante el Papa. Se llamaba Bar Gauma. Y muy poco después llegarían las primeras noticias de los mercaderes venecianos, los Polos, que habían vivido algún tiempo en Pekín. Por todos estos informes se determinó el Papa Nicolás IV a enviar a Juan de Montecorvino como legado suyo, aunque parece que era intención pontificia que una vez cumplida su legación, se quedara en China con el fin de fundar allí la Iglesia. En esta hipótesis, extraña ciertamente que no llevara consigo algunos compañeros más. El único acompañante era el dominico Nicolás de Pistoya. Montecorvino se embarcó en Venecia y Ancona. Siguió el camino de Antioquía y Lajazzo, llegó a Sis, capital de la nueva Armenia, y pasó a Persia, consignando una carta del Papa al Khan Argún en Tabriz, como respuesta a la legación de Argún por medio de Bar Gauma. De Persia siguió hacia China, por la India, donde visitó en el 1291 el sepulcro del Apóstol S. Tomás, que según una tradición estaba enterrado en Santo Tomé de Meliapur o Mylapore. Él mismo escribe que se detuvo 13 meses en Santo Tomé, donde pudo bautizar unas 100 personas de diversos lugares. Allí murió asimismo su compañero de viaje Nicolás de Pistoya. Luego siguió, ya solo, por la costa de Coromandel y nuevamente por mar hacia China hasta llegar a Khambalik, Corte del Gran Khan.

Llegó a Khambalik (Pekín) en 1294 acompañado de un comerciante genovés, Pedro de Lucalongo, que se le había agregado en la India. Había muerto ya Kubilai, pero entregó a su sucesor Timur, las cartas de Nicolás IV. Sus primeros ministerios apostólicos los ejercitó con cristianos nestorianos, que desde el s. VII estaban ya en algunas regiones de la actual China. Consiguió la unión de uno de sus príncipes, llamado Jorge, a la Iglesia católica. Por su munificencia pudo construirse una hermosa iglesia en Pekín. Es curioso que tanto Juan de Montecorvino como Marco Polo hacían a este príncipe nestoriano y luego católico, descendiente del famoso Preste Juan. Se concibe la vida de sacrificio y heroísmo de Juan de Montecorvino, estando como estaba solo, entre nestorianos y paganos. Comenzaron las campañas malévolas contra él, apoyadas en groseras calumnias. Hasta se le llegó a acusar de la muerte de Nicolás de Pistoya. En el 1298 moría el príncipe Jorge, y con ello venía a quedar más desamparado. Para asegurar su apostolado, dentro de su absoluta soledad, comenzó instituyendo un Colegio de Niños, a los que enseñó a cantar la Salmodia en latín. Según noticias que nos da en carta del 1305, para esa fecha había bautizado unas 6.000 personas, y si no hubiera sido por aquellas calumnias, hubiera bautizado -dice-, más de 30.000.

Tradujo al idioma nativo el N. T. y los Salmos. Durante más de 10 años permaneció totalmente solo e incomunicado con sus hermanos de Europa, que le daban ya por muerto o desaparecido. En 1305 halló ocasión propicia para escribir a Europa, y comenzaron sus cartas. Es que en 1305 había llegado a Khambalik el franciscano Arnoldo de Alemania con un médico lombardo. Las cartas de Juan de Montecorvino levantaron gran celo misional, y Clemente V pidió al General de la Orden que escogiera siete franciscanos, a los que quería enviar como obispos a China. Ellos a su vez consagrarían arzobispo de Khambalik a Montecorvino. Era el año 1307. Fueron elegidos y consagrados efectivamente, y a China marcharon acompañados de otros varios franciscanos. En el camino murieron tres, los otros llegaron a Pekín y consagraron a Juan de Montecorvino comenzando así la Iglesia jerarquizada en China, con sede metropolitana en Pekín, y sufragánea en Zayton. Montecorvino siguió en Khambalik, donde murió en 1328, a la edad de 81 años, dejando una suave memoria de sí. Había trabajado en Pekín durante 34 años. Sobre las vicisitudes de sus sufragáneos y compañeros de apostolado no se tienen muchas noticias. La misión china desaparecería poco después, por la dificultad de enviar nuevos misioneros.

[A. Santos Hernández, Juan de Montecorvino, en Gran Enciclopedia Rialp, T. XIII. Madrid, 1973, pp. 581-582]

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LAS MISIONES DE LAS ÓRDENES MENDICANTES
FUERA DE EUROPA (ss. XIII-XIV, en China)

por Josef Glazik, m.s.c.

Mucho más importante fue la actividad misional en el margen del mundo entonces conocido, que era China. Los primeros contactos con la dinastía mongólica de China fueron establecidos por los mercaderes venecianos Polo por los años 1261-69, que llevaron al papa una carta del khan Kubilay (1260-94) en que pedía cien misioneros. Pero dos expediciones de los papas no alcanzaron su fin. Sólo el franciscano Juan de Montecorvino, que fue enviado en 1289, por Nicolás IV, llegó a China. Fue el primero que no tomó el camino de tierra a través del interior del Asia, sino que desde el golfo Pérsico siguió la ruta del mar. Entregó las letras del papa al sucesor de Kubilay, Timur (Ch'eng-tsung, 1294-1307) y comenzó por de pronto su apostolado entre los nestorianos Ongüt en el Tenduk del Norte. Logró mover al rey de Tenduk, Jorge, a la unión con Roma, y construyó en su capital una iglesia en que celebra «en tártaro» la liturgia de la misa latina. Desgraciadamente, Jorge murió en 1298 y la violenta oposición de los nestorianos obligó a Juan a buscar Khanbaliq, «la ciudad del Khan» (la futura Pekín) para comenzar allí el verdadero trabajo misional. Después de muchos reveses, pudo fundar una comunidad de mongoles y chinos. En una carta de 1305, habla de los frutos de su trabajo y pide ayuda. Esta carta es extraordinariamente instructiva respecto al método misional: Juan trabajó sólo en el campo de la catequesis y la liturgia y se distinguió por su prudente y generosa adaptación. Sus éxitos decidieron a Clemente V, en 1307, a nombrar a Juan arzobispo de Pekín y hacer a Khanbaliq metrópoli de toda la misión mongólica. Seis obispos fueron mandados por el papa a China, que consagrarían a Juan y luego serían por él distribuidos en las sedes sufragáneas de Zaitun (Fukien), Almaligh (Chagatai), Kaffa, Sarai, Tana y Kumuk (Qipcaq). Juan dirigió la misión hasta 1328. A su muerte, la cristiandad católica de China contaba unos 30.000 fieles, entre ellos 15.000 alanos, que los mongoles habían trasplantado del Cáucaso a China. El primer concilio plenario chino de Shanghai de 1924 pidió la beatificación de Juan de Montecorvino.

La obra de Juan es tanto más de estimar cuanto que, durante años, trabajó solo. Hasta 1303, no recibió un auxiliar en Arnoldo de Colonia, el primer misionero alemán de China. Cuando Juan fue nombrado arzobispo, trataron de llegar hasta él numerosos frailes mendicantes. No consta cuántos llegaron a su término. De todos modos, hubo de haber en China varios conventos. Un fantástico relato de este viaje nos lo da el franciscano Odorico de Pordenone, que vivió tres años en Khanbaliq y volvió luego a Europa por tierra a través del Tibet.

Entretanto, Juan XXII reorganizó la situación eclesiástica en Asia. El año 1318 erigió la provincia eclesiástica de Sultaniyah, a la que asignó igualmente seis sedes sufragáneas, y las encomendó a los dominicos. (...). El primer obispo de Quilón [Colombo, en la India del Sur] fue el dominico Jordán Cathala de Sévérac, que abandonó su viaje a China y se quedó en la India, al ser martirizados sus cuatro compañeros franciscanos, en Tana, junto a la actual Bombay, por muslimes fanatizados. (...).

De las dos provincias eclesiásticas de Sultaniyah y Khanbaliq recibimos por última vez amplias noticias en el relato de viaje del legado papal Juan de Marignolli de Florencia, franciscano, que, de 1338 a 1353, visitó toda la cristiandad de Asia. Luego vino el desastre sobre la obra misional de la tardía edad media. La peste que, en 1348, arrebató a casi todos los misioneros de Persia, despobló también en su paso a Europa los conventos de la patria, y se hizo imposible mandar a territorios tan remotos los misioneros necesarios. A ello se añadió la progresiva islamización de los mongoles, que se consumó violentamente bajo Temür Láng (Tamerlán, 1336-1405). A la tolerancia religiosa de los mongoles siguió el fanatismo intolerante sunnita, que se mostró hostil a todo trabajo misional. Además, las guerras que Tamerlán extendió por el Asia durante una generación impidieron todo viaje.

Para la Iglesia en China fue decisivo que, en 1368, la dinastía mongólica fue derribada por los nacionalistas Ming. Todavía hasta el siglo XV aparecen ocasionalmente noticias sobre el cristianismo en Asia; pero luego parece que se hunden sus últimos restos. El año 1410, el arzobispado de Sultaniyah fue unido con el de Khanbaliq; pero en 1473, el veneciano Contarini no encuentra ya allí ni iglesias ni cristianos.

[Josef Glazik, m.s.c. Las misiones de las órdenes mendicantes fuera de Europa, en Manual de Historia de la Iglesia, dir. Hubert Jedin, IV, Barcelona, Herder, 1973, 628-630]

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LAS MISIONES ENTRE LOS MONGOLES: CHINA

por Francisco J. Montalbán, s.j.

Los primeros occidentales que en la Edad Media pusieron sus plantas en China fueron los celebérrimos mercaderes venecianos Polo, Nicolás y Mateo. Desde el mar Negro atraviesan toda el Asia y llegan hasta las costas del Pacífico, en Cathay, en tiempo del emperador Kubilai. Este Gran Kan entra en curiosidad por las narraciones de los mercaderes y los remite, juntamente con sus legados, para que supliquen al Romano Pontífice envíe cien sabios occidentales, de quienes aprenda la religión cristiana. Después de tres años de viaje, los legados se presentan en Acre (1269), y exponen su misión al legado pontificio, Teobaldo Visconti, quien en 1271 había de ser elevado a la Silla apostólica con el nombre de Gregorio X.

Gregorio X despide para Kubilai a los mismos dos mercaderes, a quienes ahora acompaña el pequeño Marco Polo, y como religiosos van los dominicos Nicolás de Vicenza y Guillermo de Trípoli. Pero el sultán Bivar, que cerraba el camino, amedrenta a los religiosos y se vuelven atrás, mientras los mercaderes prosiguen su viaje y llegan por segunda vez a China. Allí desempeñan diversos oficios y cargos públicos hasta el año 1292. Marco Polo, en su admirable relación, nos ha conservado datos curiosos sobre el reinado de Kubilai: en su corte hallaban entrada sacerdotes de todas las religiones; entre los grandes profetas tienen su puesto Jesús, Moisés, Mahoma, Buda...; abundan los nestorianos y los alanos entre los militares. Ejemplo viviente de la tolerancia e indiferencia mongola.

El Fundador de las Misiones chinas es con pleno derecho el franciscano Juan de Monte Corvino. Pues las dos misiones que le precedieron no llegaron hasta China: los dos dominicos se volvieron desde Armenia, y los franciscanos enviados en 1278 por Nicolás III, no pudieron pasar de Persia [la fuente en adelante más usada es Wyngaert, Sinica Franciscana, I].

Juan de Monte Corvino había ya misionado desde su juventud en Armenia, y con tal aceptación, que mereció pusiera en él los ojos el rey de Armenia, para enviarle como legado a Nicolás IV. Precisamente entonces trataba este Papa de enviar una misión a los mongoles y, sobre todo, al Gran Kan de China: la persona que debía escoger, se le ponía delante, Monte Corvino. El franciscano se pone en marcha para el Extremo Oriente: en 1291 se encuentra ya en Täbris y prosigue el viaje con el dominico Nicolás de Pistoya y el mercader Pedro Lucalongo. Al querer internarse en Asia, se encuentran con que la región arde en revueltas, y descienden hacia el mar Índico... Se sigue un profundo silencio de algunos años. ¿Qué es del legado del Papa? Por fin, en 1305 y 1306 circulan por Europa, como venidas de otros mundos, tres cartas de oro, enviadas por Monte Corvino desde Khanbaliq. Por ellas podemos de alguna manera seguir a nuestro héroe. «Y entré en la India y permanecí en la región de la India y en la iglesia del apóstol Santo Tomé trece meses. Y allí bauticé como cien personas en diversos lugares, y fue compañero de mi camino fray Nicolás de Pistoya, de la Orden de Predicadores, quien murió allí y fue sepultado en dicha iglesia».

Prosiguiendo por mar su viaje, Monte Corvino llegó a Khanbaliq entre 1293 y 1294. Tal vez ese mismo año convierte al apóstol de los nestorianos, como llama Marignolli al rey de Tenduk, Jorge, «que era de la familia del que se dijo Preste Juan de la India». Pronto tuvo el buen rey que sobrellevar las contradicciones de los suyos; con todo, como dice Monte Corvino, «atrajo a la verdadera fe católica a gran parte de su pueblo, y construyó, según lo pedía la magnificencia regia, una iglesia a todo lujo en honor de Dios Nuestro Señor, de la Santísima Trinidad, del señor Papa y a mi nombre, llamándola Iglesia romana».

A la muerte de este rey, como Monte Corvino se veía retenido en Pekín, los hermanos del rey, que habían perseverado en el nestorianismo, empujaron al pueblo a la apostasía.

Por su parte, Monte Corvino trabajaba en Khanbaliq con todo ardor, confiado en la protección y favor imperial. Como se encuentra solo, concibe un proyecto genial para conseguirse colaboradores y preparar elementos futuros de su Orden: compra, instruye y bautiza a cuarenta niños, a quienes enseña el canto sagrado y todas las ceremonias, de suerte que con ellos podía tener el coro y ejercer los oficios sagrados. Para el año 1299 tenía ya en Khanbaliq su iglesia, en donde con gran satisfacción del emperador se tenían las funciones sagradas. Las maquinaciones de los nestorianos no se hicieron esperar; pero Monte Corvino supo vencer todos los obstáculos y prosiguió en su tarea solo hasta 1303, en que se le presenta un compañero: «Yo he estado solo en esta peregrinación, sin confesión, durante once años, hasta que ha venido fray Arnoldo Alemán de Colonia, ahora hace dos años. Edifiqué una iglesia en la ciudad de Khanbaliq, donde está la residencia principal del rey, la cual acabé hace seis años, y en ella puse campanario con tres campanas. También bauticé allí, según creo, hasta ahora unas seis mil personas. Y a no ser por las susodichas infamaciones (de los nestorianos), hubiera bautizado más de treinta mil, y aun ahora bautizo con frecuencia».

Con la venida de Arnoldo de Colonia se construyó otra iglesia en Pekín, y para 1305 andaba terminándose.

Con la lectura de estas cartas, como venidas de ultratumba, se avivó el fervor misionero: dominicos y franciscanos, sobre todo los más próximos del Asia Menor y Rusia, anhelaban partir para China; pero las guerras de la Horda de Oro ofrecen un grande obstáculo. También en Roma volvieron a acordarse del legado enviado hacía tantos años: el 23 de julio de 1307, Clemente V nombra a Monte Corvino arzobispo de Khanbaliq, y señala otros siete obispos franciscanos que consagren a Monte Corvino y le ayuden en aquellas vastísimas y alejadas regiones. En esta primera erección, el arzobispado de Khanbaliq comprendía todo el vasto Imperio mongólico, desde China hasta Rusia. Pero en 1318, al erigirse el arzobispado de Sultanieh para los dominicos, queda algún tanto reducido el de Khanbaliq, aunque todavía ocupaba una extensión inmensa.

De los siete obispos designados, sólo seis emprenden el viaje. Naturalmente, acompañan a los prelados multitud de religiosos. La ruta es la misma de Monte Corvino: por la India, siguiendo las costas, como lo hacían los mercaderes árabes, persas y chinos. Con los calores de la India mueren multitud de religiosos y tres obispos: Nicolás de Bantia, Audeucio de Asís y Ulrico de Seifriedsdorf; los demás prosiguen su camino y llegan a Fukien, donde Gerardo de Albuini queda de obispo de Zaytun.

Andrés de Perusa y Peregrino di Castello llegan hasta Khanbaliq, y consagran obispo a Monte Corvino. Éste, con el influjo y libertad de que gozaba en la corte imperial, no tiene dificultad en retener consigo a los dos obispos y a otros religiosos, para quienes hace construir en la capital otras iglesias: como que Marignolli, en su embajada a Khanbaliq, hacia el año 1343, nos habla de la catedral de Pekín, del palacio episcopal y de otras muchas iglesias, con sus campanas. A los demás religiosos los distribuyó Monte Corvino por las principales ciudades del Imperio, como Yangchow, Hangchow y Zaytun.

Poco sabemos de la actividad apostólica desplegada en estas ciudades: en cambio, el episcopado de Zaytun llevó por algún tiempo una vida florentísima. Para el año 1313 había muerto el obispo Gerardo Albuini. Monte Corvino quiso señalarle como sucesor a Andrés de Perusa; pero, no sabemos por qué razón, éste rehuye la carga. Entonces va como obispo de Zaytun Peregrino di Castello, quien dice en una carta escrita a fines de diciembre: «Yo, nombrado obispo de Zaytun, puedo pacífica y tranquilamente vacar a Dios allí con tres frailes devotos. Son muy siervos de Dios: fray Juan de Grimaldi, fray Manuel de Montículo y fray Ventura de Sarezana, quien se hizo fraile en estas regiones: firmes en toda clase de virtudes, honran mucho a Dios. ¡Ojalá tuviéramos unos ciento como ellos! En la ciudad de Zaytun tenemos una buena iglesia con su posesión, la cual nos dejó cierta señora de Armenia, con todo lo necesario para la vida para nosotros y otros que hayan de venir.

Para el año 1322 muere Peregrino, y entonces Monte Corvino designa de nuevo a Andrés de Perusa, quien para entonces hacía algunos años que vivía en Zaytun. En una carta escrita por Andrés el año 1226, dice: «Habiendo muerto dicho obispo y sepultado allí, quiso el arzobispo hacerme su sucesor en aquella iglesia; pero no habiéndome prestado para este puesto y sucesión, ni dado mi consentimiento, confirió el cargo al recordado obispo fray Peregrino, quien en la primera ocasión se trasladó allá. Después de haber regido aquella iglesia pocos años, el año del Señor de 1322, al día siguiente de la octava de los Apóstoles Pedro y Pablo, terminó su vida. Casi cuatro años antes de su muerte, yo, no encontrándome consolado en Khanbaliq por algunas causas, procuré que dicho alafa (limosna imperial) me fuese dado en dicha ciudad de Zaytun, que dista de la ciudad de Khanbaliq como tres meses de camino. Procuré, pues, esto, y con el acompañamiento de ocho caballos, concedidos por el emperador, partí con gran honra a dicha ciudad y llegué aún en vida de dicho fray Peregrino, y en cierto bosque próximo a la ciudad, que dista un cuarto de milla, mandé edificar una iglesia acomodada y hermosa, con todas las oficinas suficientes para veinte frailes y con cuatro cámaras, cada una de las cuales fuera suficiente para un prelado».

Después habla de su designación para suceder a Peregrino. De la libertad de predicar, añade: «Pero de los judíos y sarracenos nadie se convierte; de los idólatras se bautizan muchísimos; pero los bautizados no caminan con rectitud por el camino de los cristianos». De estas palabras se puede prudentemente deducir que en Zaytun se convirtieron muchísimos chinos; pues si en Pekín, además de los alanos y nestorianos, había los mongoles, que podían ser los idólatras que se convertían; pero en Zaytun, fuera de los judíos y sarracenos, no había sino chinos, que eran los idólatras convertidos.

La iglesia de Zaytun cuenta entre sus glorias otra insigne: Odorico, en su viaje (1314-28), llevó consigo desde la India, y sepultó en la catedral de Zaytun, los cuerpos del mártir Tomás de Tolentino y compañeros, y añade que allí los franciscanos tenían dos lugares o monasterios.

Por fin, hacia 1344, el legado Marignolli, en su viaje de vuelta, describe a Zaytun con estas palabras: «Es Zaytun una ciudad admirable, puerto de mar para nosotros increíble, donde los frailes Menores tienen tres iglesias hermosísimas, excelentes y riquísimas, baño, posesión y depósito de toda clase de mercancías; tienen también excelentes campanas, hermosísimas, de las cuales dos mandé yo hacer, y con gran solemnidad a la una, la mayor, determinamos llamarla la Juana, y a la otra la Antonia, y están puestas en medio de sarracenos».

Dejando el Extremo Oriente y mirando la Misión de la China desde Europa, vemos que el año 1311 Clemente V designó para China tres nuevos obispos: Jerónimo, Tomás y Pedro de Florencia. Sólo Pedro de Florencia llegó a China. El año 1321 se preparó y envió nueva expedición con el Beato Tomás de Tolentino, Jacobo de Padua, Pedro de Sena y Demetrio de Tiflis; pero en Tana, en la isla de Salsette, recibieron todos ellos el premio del martirio. Hacia el año 1325 llegó a Khanbaliq el infatigable caminante Odorico de Pordenone. Allí estuvo trabajando unos tres años y, según se cuenta, llegó a convertir a veinte mil.

El Fundador y Padre de la Iglesia china, Monte Corvino, lleno de días y de méritos, pasó a mejor vida el año 1328. Tenía a la sazón ochenta y dos años: murió en olor de santidad y muy querido de todos. En 1333, al saberse su muerte, Juan XXII designó como sucesor del arzobispo de Khanbaliq a Nicolás, O. F.; pero este personaje desaparece de nuestra vista en su viaje junto a Almalieh. Por eso, en 1336, cinco príncipes alanos piden sucesor para Monte Corvino; pues, aunque habían oído que ya había sido enviado alguno, pero éste no acababa de llegar... Por eso, Benedicto XII (1338) se movió a enviar la célebre embajada de Marignolli con Nicolás Bonetti, Nicolás de Milán y Gregorio de Hungría. Este último no se puso en camino. Los demás, de Aviñón pasaron a Nápoles, donde esperaron a los legados del Kan, que por entonces visitaban las cortes europeas. La expedición cortó por el mar Negro, internándose por el corazón del Asia hasta Almalieh, y desde allí hasta Khanbaliq, a donde llegó el año 1342. El legado del Papa es acogido con toda pompa y solemnidad.

Si hemos de creer a Marignolli, todos los alanos, que eran unos treinta mil, eran, en su mayoría, cristianos de nombre y de hecho, y «se dicen esclavos del Papa». Marignolli permaneció en Pekín durante tres años, al cabo de los cuales emprendió su vuelta para Europa, no sin haber prometido antes que haría todos los posibles por que se enviasen allá nuevos obispos.

Pero la peste negra de 1348 despuebla los monasterios de Europa, y en 1368 la dinastía mongola se derrumba para siempre y ocupa el trono la dinastía indígena Ming, que cierra a los extranjeros las puertas del Imperio chino. Desde entonces se intenta en vano entrar en el Celeste Imperio.

[Francisco J. Montalbán, s.j., La Iglesia avanza. Manual de Historia de las Misiones. Pamplona, Secretariado de Misiones, 1937, pp. 243-249]

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LAS MISIONES CHINAS DEL SIGLO XIV

por Ángel Santos Hernández, s.j.

Tuvo particular resonancia la misión del Cathay o China, entre todas las misiones mongólicas. A su éxito contribuyeron dos razones principales: primera, que cuando llegaron a ella los primeros misioneros, ya vivían en aquel territorio no sólo los nativos chinos, sino además grandes contingentes de mongoles, como invasores, de mahometanos, hebreos y cristianos nestorianos, lo que ofrecía grandes posibilidades para la actividad evangelizadora. Y antes que los misioneros, habían llegado ya algunos mercaderes europeos, sobre todo de la Liguria y venecianos. Segunda razón, el hecho de que cuando comenzaba la misión china, existían ya misiones católicas, más o menos florecientes, en los tres restantes reinos mongólicos, con lo que el viaje hasta China se hacía más fácil, y muchos de sus misioneros llegaban a China con la experiencia de otras misiones anteriores. Así le sucedió al fundador de esta misión, el padre franciscano Juan de Montecorvino.

Los primeros occidentales que franquearon las murallas del gran Imperio mongólico de China fueron los comerciantes venecianos, hermanos Nicolás y Maffeo Polo. Antes habían vivido algún tiempo en el reino de Kiptziak, y en el Pérsico. En 1261 habían llegado a Sarai, en las orillas del Volga, y capital de Kiptziak, con el fin de entrevistarse con el Khan mogol más occidental, y ofrecerle intercambios comerciales con las mercancías de Occidente. Cuando quisieron regresar a Venecia ya nos les fue posible, pues les cerraba el camino la guerra encendida entre Kiptziak y Persia. Así, determinaron dar un rodeo en su viaje de regreso, visitando la región septentrional, por los lagos Caspio y Aral, y penetrando en el Turquestán mongólico. Así las cosas, en 1264 llegaba al Turquestán una embajada del Khan de Persia, con destino al de Khambaliq, Kubilai, hermano del Khan persa. Los embajadores persas invitaron a los venecianos a que los acompañaran en ese viaje a China. Aceptaron los Polo, quienes, después de unos meses de camino, llegaban felizmente a Khambaliq. Kubilai los recibió con grandes muestras de júbilo y les preguntó mil detalles sobre la vida de Occidente. De los informes políticos se pasó a los religiosos, y así pudo conocer los más interesantes detalles sobre el pontífice de Roma y sobre la religión cristiana. Finalmente, les pidió que debidamente acompañados por un noble de la corte, quisieran ser legados suyos ante el papa para pedirle que enviara a China hasta un centenar de doctores que le explicasen, a él mismo y a su pueblo, las verdades principales de esa doctrina.

Ambos venecianos se encaminaron a Europa acompañados del cortesano, por nombre Cacaya. Era el año 1266. Tres años de viaje, tomado con calma en plan de visita detenida de cuantas ciudades topaban. En 1269 estaban en Acre (antigua Tolemaida) de Siria, donde entregan las cartas de Kubilai al legado apostólico Mons. Teobaldo Visconti. Estaba vacante entonces la Santa Sede, y aún habían de transcurrir tres años antes de que hubiera nuevo pontífice. En 1268 había fallecido Clemente IV, y sólo en el mes de septiembre de 1271 sería elegido, con el nombre de Gregorio X, precisamente el cardenal Visconti, al que habían entregado los Polo, las cartas de Kubilai. Mientras tanto, los hermanos Polo marcharon a visitar su tierra veneciana. Había fallecido ya la esposa de Nicolás, pero le había dejado un hijo, entonces con 17 años, llamado Marco. Temiendo ahora que Kubilai llevara a mal tan prolongada ausencia sin tener noticias, decidieron regresar a Khambaliq, llevándose con ellos al joven Marco. Antes de proseguir el viaje, fueron llamados a la corte papal, pues el nuevo pontífice (Teobaldo Visconti), quería que sus cartas al gran Khan fueran selladas ya con el sello pontificio. Quería enviar, además, con ellos a dos dominicos, los pp. Guillermo de Trípoli y Nicolás de Vicenza.

No mucho después, ambos dominicos desistirían del viaje. Los tres Polo lo prosiguieron intrépidos, llegando por fin a Khambaliq en el 1293. Pero quedaba frustrada esta primera tentativa de una evangelización católica de China. En cuanto a la familia Polo, fue recibida por Kubilai con gran benignidad y con todos los honores regios. Fue particularmente agasajado el joven Marco; era natural, pues al encanto de sus pocos años, unía una vivacidad muy marcada de carácter. En adelante, el veneciano Marco Polo había de prestar grandes servicios, aun diplomáticos, a la corte china de Kubilai. Incluso como legado especial del propio Kubilai a diversos reinos asiáticos, como Tonkín, Birmania, Cochinchina y Ceilán. Más tarde, también a la India. Por eso pudo describir con tanta viveza de detalles todas estas naciones asiáticas. Pero no adelantemos acontecimientos.

En 1293 los tres Polo regresaban a Europa con cartas de Kubilai para el papa, y para los reyes de Francia, Inglaterra, España (Aragón entonces probablemente). En la comitiva viajaba también la designada esposa del Khan de Persia, de la familia imperial. El viaje se hizo por mar hasta la India con 14 naves y 250 hombres de dotación. Cumplida esta primera sesión, continuaron los Polo su proyectado viaje a Europa. En 1295 entraban nuevamente en Venecia. Hubieron de sufrir el desengaño de no querer ser reconocidos ni por los miembros de sus propias familias. El mismo Marco lucharía más tarde en favor de su patria contra Génova, y caería prisionero. En la cárcel misma dictaría su célebre narración sobre el Oriente. Moriría años después, devota y piadosamente, en 1324. De sus obras sobre el Oriente pudieron recogerse dos grandes frutos: en Cathay o China se consiguió una gran aceptación y benevolencia para con los católicos, gracias a esta amistad de los Polo con la corte; y en el Occidente, el influjo de aquel legendario reino hasta finales del siglo XIV.

En la corte papal se iban teniendo también noticias más concretas de aquella lejana Cathay. En su aspecto religioso, Kubilai seguía más bien cierto budismo lamaítico, al que favoreció tanto durante su gobierno, que se dice llegó a contar en todo el Imperio hasta 42.318 templos con más de 213.148 bonzos. Su gran tolerancia admitía también el ejercicio de otras religiones: Budistas, y demás paganos, mahometanos, nestorianos. Todos ellos estimaban y honraban con los máximos honores al gran Kubilai. Marco Polo mismo nos habla de cristianos dispersos por toda China. Rubruck habla de 15 ciudades chinas donde vivían nestorianos. Pero hasta la fecha no había tenido oportunidad de hablar con sacerdote ninguno católico, pues los dos dominicos de la fracasada expedición se habían quedado en Armenia; y los franciscanos enviados por Nicolás III a Khambaliq por la vía de Persia, tampoco quisieron proseguir el viaje, una vez enterados de que eran falsos los rumores esparcidos sobre el bautismo de Kubilai.

Ante todos estos informes, se determinó Nicolás IV a enviar a Juan de Montecorvino como legado suyo a Persia y Armenia, e incluso hasta la misma China. No habían llegado aún a la corte pontificia las noticias aportadas por los Polo, pero ya eran suficientes las traídas por otra legación anterior de un monje llamado Bar Cauma, del que se hablará en el tomo de las Iglesias Orientales. Montecorvino, pues, marchaba a China como legado pontificio, aunque parece que era también intención pontificia que, una vez cumplida su misión diplomática, se quedara en China con el fin de fundar allí la Iglesia. En esta última hipótesis, extraña ciertamente que no llevara consigo algunos otros religiosos que le ayudaran en la empresa. El único acompañante que se le había asignado era el dominico Nicolás de Pistoya, que, por cierto, había de morir en el camino, en la India, durante el viaje hacia China. En el resto del camino le acompañaría el mercader italiano Pedro Lucalongo.

Había nacido el p. Juan en Montecorvino, Italia meridional, el año 1247. Primero trabajó como misionero en Armenia y en Persia bajo el generalato del p. Bonagratia (1279-1283), sin que pueda determinarse más concretamente el tiempo. Tan sólo se dice que marchó en aquel tiempo con muchos otros compañeros, que recorrieron casi todas las regiones del Oriente. En 1289 está de nuevo en Italia como embajador del rey armenio Hayton II. Es cuando Nicolás IV le encarga de llevar su carta de contestación a Hayton, y otras muchas para los patriarcas de Antioquía y Georgia, y para los reyes de Armenia, Persia, Georgia, Turquestán, Etiopía y China.

El mismo Montecorvino nos dará los más menudos detalles de su viaje hasta Khambaliq, en carta escrita en Khambaliq mismo, con fecha 8 de agosto de 1305: «Salí de Tabriz, ciudad de Persia, el año 1291, y entré en la India, donde permanecí en la iglesia de Santo Tomás Apóstol durante 13 meses. Allí bauticé cerca de 100 personas en diversos lugares, y fue compañero de mi viaje el fraile Nicolás de Pistoya, de la orden de predicadores, que murió allí, y quedó sepultado en aquella iglesia».

Cuando llegó Montecorvino a Khambaliq había muerto ya Kubilai, y le había sucedido en el trono Timur, al que el legado pontificio entregó las cartas del papa Nicolás IV: «Siguiendo adelante -prosigue en su carta el mismo Montecorvino-, llegué al reino de Kathay, del emperador de los tártaros, que se llama Gran Khan. Al entregarle las cartas de nuestro señor el papa, le invité a abrazar la fe católica de N. Señor Jesucristo, pero está demasiado arraigado en su idolatría, aunque presta muchos favores a los cristianos (nestorianos se entiende)». Lo que se asegura aquí de Timur, podrá seguir asegurándose de sus sucesores: ninguno de ellos abrazaría el Cristianismo, pero todos se mostrarían benévolos con los cristianos.

Los primeros ministerios apostólicos de Montecorvino no fueron con paganos, ni siquiera con los mismos chinos, sino con los nestorianos. Como primer fruto y por cierto abundantísimo, ha de tenerse la conversión, o mejor, la unión del rey (así lo llama Montecorvino) Jorge, con la Iglesia católica. Al parecer, había llegado a sus oídos la embajada apostólica de Montecorvino, y el príncipe Jorge, nestoriano, y príncipe de Tenduk, parece que debió invitarle incluso a su corte para dialogar con él de temas religiosos. Persuadido por los argumentos del franciscano, determinó pasar al catolicismo, paso que tuvo lugar el mismo año de la llegada de Montecorvino a China. La conversión de este príncipe tuvo una especial resonancia, pues el mismo príncipe pidió que se le confirieran las órdenes menores. Siempre que Montecorvino pasaba por sus propios territorios de Tenduk, o iba el príncipe a Khambaliq, solía asistir a la misa con sus sagrados ornamentos. Animado de un verdadero celo, consiguió que una buena parte de sus súbditos abrazara también el catolicismo. A sus expensas construyó una iglesia con munificencia verdaderamente regia. Creía Montecorvino que el príncipe Jorge pertenecía a la familia del famoso Preste Juan, del que tantas noticias circulaban entonces por Europa. Por su parte, Marco Polo nos dice también que era sucesor del Preste Juan en su cuarta generación, y jefe de toda aquella familia. El príncipe Jorge era gobernador, más que rey, de la región de Tenduk, situada en la parte sudoccidental de Khambaliq, poco más o menos, en las provincias actuales de Shansi, Shensi y Kansu. Al año siguiente, 1296, tuvo un hijo, al que bautizó con el nombre de Juan, en honor del misionero que lo había engendrado a él en la vida católica.

Ciertamente que Montecorvino necesitaba su protección, pues ya desde el principio comenzó a experimentar no pocas dificultades de parte de los nestorianos, como nos lo atestigua él mismo en sus cartas. Muy pronto comenzaron a propalarse determinadas calumnias, como que no era embajador del papa, sino un espía, un mago y un trastornador de hombres. Que incluso había hecho asesinar al embajador verdadero en la India, portador de un gran tesoro para el rey. Quizás pudiera esto referirse a la muerte inesperada de su compañero el p. Nicolás de Pistoya. Dice el mismo Montecorvino que esta situación duró cinco años, durante los cuales varias veces fue llevado incluso a los tribunales, y amenazado de muerte. Al fin el emperador terminó por reconocer su inocencia y la malicia de sus enemigos, a los que relegó al destierro con sus mujeres e hijos.

Además de estos nestorianos, Montecorvino consiguió buenas conversiones entre otros cismáticos establecidos por entonces en China, particularmente entre los alanos (greco-bizantinos), y los armenios, algunos de los cuales eran gobernadores del Imperio. Todo ello contribuiría a que fuera arraigando la fe católica en el reino chino. Llamó particularmente la atención la fundación de un colegio de niños, semejante a los que existían en los conventos de Europa. Sólo así podría asegurar el futuro de la misión, entonces cuando se encontraba él solo: «Permanecí yo solo en esta peregrinación, y estuve sin poder confesarme once años... Edifiqué una iglesia en la ciudad de Khambaliq, donde está la residencia principal del rey, que terminé hace seis años -escribe en 1305-, y levanté en ella una torre y en ella puse tres campanas. Bauticé según creo, hasta hoy (1305), unas 6.000 personas. Y si no hubieran existido las sobredichas calumnias contra mí, hubiera bautizado a más de 30.000». Su obra principal era el colegio de niños. De él nos habla él mismo: «Compré poco a poco hasta 40 niños de padres paganos, entre los 7 y los 11 años de edad, los bauticé, y los eduqué en las letras latinas y en nuestra liturgia; escribí para ellos el salterio y un himnario con 30 cantos, y dos breviarios. De esos 40 hay 11 que ya conocen el oficio divino. Ellos tienen el coro y las semanas como en el convento, y eso aunque no esté presente yo mismo».

No debe extrañar el hecho de comprar esos niños. No podía esperar candidatos voluntarios donde no existía aún el catolicismo. Los compraba sencillamente. La misma costumbre se seguía en las misiones de Kiptziak. ¿Quién le daba el dinero para ello? Quizás aquel comerciante italiano, Lucalongo, del que sabemos que hizo otras donaciones al misionero; quizás algunos cristianos alanos ricos; quizás el mismo emperador que, como asegura el misionero, tanto se deleitaba con el canto de esos niños. De entre ellos había de escoger Montecorvino a los que habían de sucederle en su obra. No sabemos, sin embargo, si alguno llegó a recibir la ordenación sacerdotal, pues en esto callan los documentos que poseemos. De todos modos, este método seguido por Montecorvino en Kathay quedaba como ejemplo a seguir en las demás misiones del Medio Evo.

Durante más de diez años permaneció totalmente incomunicado con sus hermanos de Europa. Estos parece que ya ni pensaban en él, pues le creían muerto a buen recaudo. Con el correr de los años, sentía que se le iban aminorando las fuerzas. Él solo no podía establecer la Iglesia en China. Tenía en 1305 tan sólo 58 años, pero se encontraba ya muy agotado. Se decidió a escribir a sus hermanos de Europa. Dos años antes, en 1303, había llegado a Khambaliq un médico cirujano lombardo, propalando mil calumnias contra la curia de Roma y contra los franciscanos. Quería enterarse de todas aquellas calumnias, y dirigió una carta a los hermanos de la vicaría de Gazaria, pidiéndoles le comunicaran la verdad sobre lo de Occidente. Les rogaba transmitieran sus cartas al papa, a los cardenales, y a los superiores de la orden. Expresamente pedía que le enviaran, al menos, dos o tres colaboradores. Es de advertir que juntamente con el cirujano lombardo había llegado, el mismo año 1303, un franciscano, p. Arnoldo de Alemania, que hubo de proporcionar una gran emoción y alegría a Montecorvino. Habla de ello en una de sus cartas. Pues bien, la llegada de este p. Arnoldo podía considerarse como el preludio de la llegada de otros misioneros.

Cuando todas estas noticias llegaron a conocimiento de los destinatarios de Europa, hubo en todos una gran conmoción, no sólo entre los franciscanos, sino también entre los dominicos. Se le suponía ya muerto hacía varios años, y resultaba que él solo había fundado toda una Iglesia.

El primer desplazamiento lo llevaron a cabo numerosos franciscanos y dominicos, con cálices y libros litúrgicos. Hacían el camino por tierra. No lo podrían continuar, todos fueron detenidos en Gazaria. Las continuas guerras de entonces les cerraban el camino. Nuevas cartas de Montecorvino fueron llegando a la Curia romana. Las consideró atentamente el papa Clemente V, y mandó al ministro general de la orden que, después de haber oído a sus consultores, escogiese a siete misioneros bien probados en virtud, bien experimentados, y bien versados en Sagradas Escrituras, pues quería enviarlos a China como obispos bien provistos de facultades ministeriales. Ellos, a su vez, consagrarían a Montecorvino como arzobispo y patriarca de todo el Oriente. Fueron elegidos los siguientes: Andrés de Perugia, Gerardo Albuino, Nicolás de Banzia, Ulrico de Seyfridsdorf, Peregrino de Castello y Guillermo de Villanueva, a los que se agregó luego Andreucci de Asís. Fueron consagrados obispos; y con un buen número de compañeros emprendieron el viaje hacia China. Viaje realmente fatigoso. En la India morían ya los obispos Nicolás de Banzia, Ulrico y Andreucci, con muchos otros misioneros, cuyos nombres no se consignan nominalmente. Los demás consiguieron llegar a Khambaliq entre 1309 y 1311. Allí consagraban arzobispo a Montecorvino. Parece que el obispo Albuino no llegó hasta Khambaliq, sino que de primera intención ya se quedó en Tsoiuchow.

Entre las facultades que se le conferían al nuevo arzobispo, estaban la de erigir nuevas iglesias y consagrar nuevos obispos. Enseguida se apresuró a repartir por diversas regiones a los recién llegados. En Khambaliq quedaron varios padres y dos obispos, Peregrino y Andrés; a otros los envió a Hangchow, cerca de la actual Hang, para fundar allí una misión, otros se dirigieron a Tangtcheou, no lejos de la actual Shangai. Finalmente el obispo Albuino, con algunos otros misioneros, se había quedado ya en Tsiouchow, no lejos de Cantón, que había de llamarse Zayton. Zayton era erigida en diócesis, en la que irían sucediéndose diversos obispos, entre ellos Peregrino de Castello, sucesor de Albuino.

De la cristiandad de Zayton y de los conventos de franciscanos en ella existentes nos habla Odorico de Pordenone. Después de tres años de estancia en Khambaliq, regresaba a Europa en el 1326. A dichos conventos había trasladado los restos de los franciscanos martirizados en Tana. Nos habla hasta de tres conventos. Por su relación conocemos varios detalles de las misiones franciscanas en China.

En Khambaliq quedaba como arzobispo Juan de Montecorvino, siempre acompañado de algún obispo y de varios franciscanos. Es que en 1311 el papa había designado otros tres obispos sufragáneos, entre ellos Pedro de Florencia, un cierto Tomás, cuya patria ignoramos, y Jerónimo de Cataluña, célebre más tarde como obispo de Kaffa, como hemos visto. De los tres, tan sólo Pedro de Florencia pudo llegar hasta Khambaliq. Montecorvino permaneció en Khambaliq hasta su muerte, acaecida en el 1328, y parece que dedicó su vida más particularmente a la reducción de los alanos. Desde Europa iban llegando varias expediciones, que no siempre llegaban íntegras. Así se pensaba asegurar la permanencia de la Iglesia china. Montecorvino moría a los 81 años de edad, con el amor y la veneración de sus neófitos. Había trabajado en Khambaliq durante 34 años. La noticia de la muerte de Montecorvino llegó a Roma en el 1333, a los cinco años de haberse producido [cf. como fuente más citada: Wyngaert, Sínica Franciscana, I].

[Ángel Santos Hernández, s.j., Las misiones chinas del siglo XIV, en Las Misiones Católicas (Historia de la Iglesia, de Fliche-Martin, XXIX). Valencia, Edicep, 1978, pp. 32-38]

* * * * *

LA «CARTA SEGUNDA» DE FR. JUAN
DE MONTECORVINO, O.F.M.
[1]

1. Yo, fray Juan de Montecorvino, de la Orden de frailes menores, partí de Tabrïz [2], comarca de los persas, en el año del Señor de 1291, y entré en India y permanecí en un pueblo de la India en la iglesia del Apóstol Santo Tomás durante trece meses. Y allí bauticé cerca de cien personas en diversos lugares; mi compañero de camino fue fray Nicolás de Pistoia, de la Orden de frailes predicadores, quien allí murió y fue sepultado en la misma iglesia. Y yo, continuando más adelante, llegué a Kathay [3], reino del Emperador de los Tártaros que es llamado Gran Khan. Al mismo Emperador, [llevando] cartas del Señor Papa, lo invité [a abrazar] la fe católica de nuestro Señor Jesucristo. El emperador, a pesar de estar firmemente arraigado a la idolatría, no obstante brinda muchos beneficios a los Cristianos [4]. Yo me encuentro junto a él hace ya doce años. Los Nestorianos, que ostentan el nombre de cristianos, pero que sin embargo se desvían mucho de la religión cristiana, se han fortalecido tanto en estas regiones que no permitieron a ningún cristiano de otro rito tener ni siquiera un pequeño oratorio, ni predicar otra doctrina que la nestoriana.

A estas tierras no ha llegado en verdad ningún Apóstol, ni ningún discípulo de los apóstoles, y por ello, los mencionados nestorianos, por sí, o por otros corrompidos por el dinero, suscitaron contra mí gravísimas persecuciones; afirmando que yo no había sido enviado por el Señor Papa, sino que era un espía, un mago y un enloquecedor de hombres. Pasado algún lapso de tiempo, levantaron otros testigos falsos que decían que había sido enviado otro nuncio, quien llevaba al emperador un gran tesoro y que yo lo había asesinado en la India y le había quitado lo que llevaba. Y esta maquinación duró aproximadamente cinco años, de tal manera que en muchas ocasiones fui llevado a juicio con una infamia de muerte. No obstante, por confesión de un tal, disponiéndolo así Dios, el Emperador conoció mi inocencia y la malicia de los rivales y los relegó al exilio junto con sus mujeres e hijos.

2. Yo solo en esta peregrinación viví sin confesión once años, hasta que llegó hasta mí fray Arnoldo Alamano, de la provincia de Colonia; hace de esto ya dos años (?) [5]. He edificado una iglesia en la ciudad de Khanbaliq [6], donde se encuentra la principal residencia del rey; a esta iglesia la completé en menos de seis años, y en ella hice incluso un campanario en el que puse tres campanas. Asimismo, bauticé allí mismo, según estimo, unas seis mil personas hasta el día de hoy. Y si no se hubiesen producido las predichas infamias, habría bautizado más de treinta mil, y frecuentemente me encuentro bautizando.

3. Asimismo, sucesivamente he comprado cuarenta niños, hijos de paganos de entre siete y once años de edad [7], los cuales, hasta ahora, no conocían ninguna ley [8], y los bauticé y les enseñé las letras latinas y nuestro rito; y escribí para ellos treinta salterios con himnarios y dos breviarios; de estos mismos, once conocen nuestro oficio. Y tienen un coro y semanas como en el convento, sea que yo me encuentre presente, sea que esté ausente. Y muchos de ellos escriben salterios y otras cosas oportunas. Y el Señor Emperador se deleita mucho con el canto de éstos. Toco las campanas a todas las horas y con un convento de infantes y lactantes [9] rezo el oficio divino. Sin embargo, cantamos según costumbre, porque no tenemos un oficio musicalizado.

4. Acerca del buen Rey Jorge [10]. Cierto Rey de aquella región, perteneciente a la secta de los cristianos nestorianos, que descendía de aquel gran Rey que ha sido llamado el Preste Juan [11] de la India, se adhirió a mí en el primer año en que llegué aquí; y convertido por mí a la verdad de la verdadera fe católica, recibió las órdenes menores, y ministró para mí revestido de vestiduras sagradas, de manera tal que los nestorianos lo acusaron de apostasía. No obstante, este mismo [rey] arrastró una gran parte de su pueblo a la verdadera fe católica, y construyó una hermosa iglesia conforme a [su] regia magnificencia en honor de nuestro Dios, de la Santa Trinidad y del Señor Papa en mi nombre, llamándola Iglesia Romana [12]. Este Rey Jorge, antes de seis años partió hacia el Señor como un verdadero cristiano, habiendo dejado como heredero un hijo de cuna que ahora tiene nueve años. Sin embargo, los hermanos del Rey Jorge, como eran pérfidos en los errores de Nestorio, después de la muerte del rey subvirtieron a todos aquellos que él había convertido, reduciéndolos al cisma primitivo. Y porque yo me encontraba solo y no pude alejarme del Emperador Khan, no pude ir a aquella iglesia, la cual dista veinte dietas [13]. Sin embargo, si vinieran algunos buenos coadjutores y cooperadores, espero en Dios que todo podría reformarse; porque hasta ahora tengo el privilegio del predicho Rey difunto Jorge.

5. Nuevamente digo que si no hubiesen existido las difamaciones antes mencionadas, se habría seguido un gran fruto. Si tuviese también dos o tres compañeros que me ayudasen, tal vez el Emperador Khan se hubiera bautizado. Ruego que vengan tales frailes, si algunos quisieren venir, que se preparen a darse como ejemplo y no "a engrandecer sus orlas" [14].

6. Acerca del camino, hago saber que por la tierra de Cothay, Emperador de los tártaros aquilonares [15], es el camino más corto y seguro, de manera tal que en menos de cinco o seis meses podrían llegar con noticias; pues la otra vía es larguísima y peligrosísima, teniendo dos tramos de navegación; de éstas, la primera corresponde a la distancia que hay entre Acre [16] y Provenza, la otra, en cambio, corresponde a la distancia entre Acre e Inglaterra, y podría ocurrir que con dificultad pudiesen recorrer ese camino en dos años. Porque la primera y segura vía no lo fue durante mucho tiempo a causa de las guerras, por eso hace ya doce años que no recibo noticias de la Curia romana, ni de nuestra Orden ni de la situación de Occidente.

7. Hace ya dos años, vino cierto médico cirujano Lombardo que impregnó estas regiones con increíbles blasfemias acerca de la Curia romana, de nuestra Orden y de la situación de Occidente; por lo cual deseo grandemente saber con certeza la verdad.

8. Ruego a los hermanos a cuyo poder llegare esta carta que busquen la forma de que su contenido pueda llegar a conocimiento del Señor Papa, de los Cardenales y del Procurador de nuestra Orden en la Curia Romana. Suplico al Ministro General de nuestra Orden [que me envíe] un antifonario y leyendas de los santos [17], un ejemplar del gradual y del salterio con notas, ya que no tengo sino un breviario portátil con lecturas breves y un pequeño misal. Si tuviera un ejemplar [de aquellos], los niños antedichos los copiarían.

9. En este momento estoy edificando otra iglesia a fin de dividir a los niños en varios lugares. Yo ya he envejecido y me he encanecido, más por los trabajos y tribulaciones que por la edad; actualmente tengo cincuenta y ocho años. Aprendí competentemente la lengua y la escritura tártara, la cual es la lengua habitual de los tártaros, y ya he traducido a esa lengua y con esa letra todo el Nuevo Testamento y el Salterio; a éstos los hice escribir en una bellísima escritura de ellos. Y comprendo y leo y predico claramente y doy testimonio de la ley de Cristo. Y me había puesto de acuerdo con el mencionado Rey Jorge, si él viviese, en traducir todo el oficio latino a fin de que se cantase por toda la tierra en su dominio. Y cuando él vivía, en su iglesia, se celebraba misa según el rito latino en aquella escritura y con aquella lengua, tanto las palabras del ordinario cuanto el prefacio. Y el hijo de dicho Rey se llama Juan a causa de mi nombre; espero en Dios que éste seguirá las huellas de su padre. En verdad, según lo que he oído y visto, creo que ningún rey o príncipe en el mundo puede compararse con el Señor Khan en lo que respecta a la amplitud de [su] tierra, en la multitud del pueblo y en la magnitud de [sus] riquezas. Fin.

Dada en la ciudad de Khanbaliq del reino de Kathay, en el año del Señor 1305, día octavo del mes de enero.

NOTAS:

[1] Texto crítico en Sinica Franciscana, I (=Itineraria et relationes Fratrum Minorum saeculi XIII et XIV), recopilación y notas de Anastasius Van Den Wyngaert, Florencia: Quaracchi, 1929, CXVIII + 637 + un mapa.

Traducción castellana con introducción y notas de Fr. Ricardo W. Corleto OAR.

[2] Tabrïz (o Täbriz y también Täbris): Ciudad ubicada al norte del actual Irán (38,05N 46,18 O), antiguamente llamada Taurisio o Thaurisio, en el medioevo pertenecía al reino de los Ilkhans de Persia y era un arzobispado ubicado en la Vicaria Tartariae Orientalis; por aquel tiempo contaba con un convento de franciscanos y otro de dominicos. Cf. Atlas del Mundo Rand Mc Nally, s. l.: Planeta De Agostini, 1997, 182 y Atlas zur Kirchengeschichte. Die christlichen Kirchen in Geschichte und Gegenwart, Friburgo - Basilea - Roma - Viena: Herder, 1987, 26 y 63 A.

[3] Nombre que en el medioevo, y aún más tardíamente, se daba a China. Para una sumaria descripción de la China medieval ver Nilda Guglielmi, Guía para viajeros medievales. (Oriente. Siglos XIII-XV), Buenos Aires: CONICET, 1994, 385-392.

[4] No sabemos exactamente en qué fecha llegó fray Juan a la ciudad de Khanbaliq (hoy Pekín), lo cierto es que el Gran Khan al que hace referencia es, sin dudas, Timur Oldjaitu (1294-1307), miembro de la mongola dinastía Yüan y sucesor de Kubilay, quien a través de los mercaderes Polo había solicitado al Papa el envío de cien misioneros. Adriando Cappelli, Cronologia, Cronografia e Calendario perpetuo. Dal principio dell'era cristiana ai nostri giorin, 7ª edición, Milán: Hoepli, 1998, 656. Josef Glazik, Las misiones de las órdenes mendicantes fuera de Europa, en Manual de Historia de la Iglesia, dir. Hubert Jedin, IV, Barcelona: Herder, 1986, 629.

[5] Frase de traducción dudosa. (N. T.)

[6] Actual ciudad de Pekín, Capital de la República Popular China y por entonces capital del Imperio del Gran Khan. Desde el punto de vista eclesiástico pertenecía a la Vicaria Tartariae seu Cathay, siendo precisamente fray Juan de Montecorvino su primer arzobispo. Cf. Grober Atlas zur Weltgeschichte, Braunschweig: Westermann, 1985, 73 y Atlas zur Kirchengeschichte, 63 B.

[7] La frase, en su tenor original, ofrece un sentido confuso: "Item emi succesive XL pueros, filios paganorum, etatis infra VII et XI annorum". Algunas lecturas variantes en vez de infra colocan circa (ver el aparato de la edición crítica que estamos usando); pero por ser la primera la "lectio difficilior" creo que debe ser preferida. ¿Qué sentido dar pues a la frase? Según explica el Lexicon totius Latinitatis, en algunas ocasiones, infra es confundido con su homónimo intra; creo que en este caso Fr. Juan de Montecorvino ha incurrido en tal error. Cf. Lexicon totius Latinitatis, ed. J. Facciolati, Æg. Forcellini y J. Furlanetti, II, Padua 1864, 832.

[8] Probablemente se refiere a ninguna "ley religiosa".

[9] Sal 8, 3.

[10] El Rey Jorge debe identificarse con "Körgis, príncipe cristiano de los Ongüt (Mongoles) a fines del S. XIII.

Encontrado por Marco Polo, que lo llama 'nieto del Preste Juan', fue conducido del nestorianismo a la confesión romana por Juan de Montecorvino en 1294, año en que recibió el título de Príncipe de Kao-t'ang. En Olon-Süme se habrían encontrado las ruinas de la iglesia (latina) de este príncipe. Él mismo fue asesinado en 1298. De marzo de este último año data un espléndido evangeliario (nestoriano?), que hasta hace poco se encontraba en Diarbékir copiado por su hermana Sarah-Ara'ul". J. M. Fiey, voz Georges (6), en Dictionnaire D'Histoire et de Géographie Ecclésiastiques, XX, 581.

[11] El Preste Juan es un soberano oriental tal vez mítico, del que los cristianos occidentales de los últimos siglos del medioevo pensaban que podía atacar a los musulmanes por la espalda. El primero en mencionar a este "Preste Juan" es Otón de Freising en su Historia de duabus civitatibus, en la que, hacia el año 1146, informa que algunos años antes ha oído hablar de él en Roma al obispo Hugo de Gabala.

Varios elementos parecen estar en los orígenes de la leyenda del rey-sacerdote conocido como el Preste Juan: La noción imprecisa que del oriente tenían los medievales, el conocimiento de la existencia de cristianos nestorianos en Asia, la noticia de la existencia de un reino cristiano más allá de Egipto (en concreto sería Etiopía) cuyo rey se hacía llamar Zan, etc. Lo cierto es que "hombre o mito, el Preste Juan jugó un gran rol. Desde el siglo doce hasta bastante después del descubrimiento de América, él fue una parte arraigada del esquema de pensamiento europeo" (Nowell). Rogier Aubert, voz Jean (Prêtre), en Dictionnaire D'Histoire et de Géographie Ecclésiastiques, XXVII, 475-478.

[12] La traducción es dudosa ya que el original latino es de difícil interpretación.

[13] Una "dieta" equivalía en el medioevo a una jornada de marcha. Así, veinte dietas equivalían a otros tantos días de caminata. Cf. Voz Dieta en Albert Blaise, Lexicon latinitatis Medii Aevi. Praesertim ad res ecclesiasticas investigandas pertinens, Turnholt: Brepols, 1975, 304.

[14] Mt 23, 5.

[15] Tal vez, fray Juan se refiere a los habitantes de la llamada Vicaria Tartariae Aquilonaris ubicada hacia el norte de los mares Negro y Caspio y que, más tarde, correspondería al Khanato de los Kipchak o de "la horda de oro" cuyo centro político era la ciudad de Sarai. Cf. Atlas zur Kirchengeschichte, 63 A y Nilda Guglielmi, Guía para viajeros medievales..., 418.

[16] Achon: ciudad hoy llamada 'Akko y que corresponde a la antigua Acre; ubicada al norte de Israel (32,55N 35,05E) y cerca de la ciudad de Haifa.

[17] No resulta fácil verter con exactitud a la lengua castellana el legendis sanctorum de fray Juan. Seguramente se refiere a las colecciones de textos con vidas de santos que eran leídos en la iglesia o el refectorio; en castellano podría traducirse como pasionario, homiliario y también "legendario". Cf. Voces legenda y legendarius en Albert Blaise, Lexicon Latinitatis Medii Aevi..., 530.

[Este texto está tomado de los Documentos para el estudio de la Historia de la Iglesia Medieval, editados por la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina, en la siguiente dirección:
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglMed/
Montecorvino_carta2.html
]

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Carta del Santo Padre Juan Pablo II
al cardenal Jozef Tomk
con ocasión de la solemne celebración en Taiwáno
del VII centenario del comienzo de la evangelización de China
por obra de fray Juan de Montecorvino

A mi querido hermano cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos.

Mucho me complace que usted presida las ceremonias especiales que tendrán lugar en Taiwán para conmemorar la singular misión llevada a cabo por Juan de Montecorvino, el primer evangelizador del pueblo chino y el primer arzobispo de Khambaliq, la actual Pekín. De hecho, han pasado siete siglos desde que el gran misionero franciscano llegó a Khambaliq, después de un viaje que duró cinco años, llevando consigo una carta del Papa Nicolás IV para el soberano de esos vastos territorios del Lejano Oriente. Gracias a sus cartas y a los escritos de sus contemporáneos sabemos que su apostolado en China produjo tan abundantes frutos, que en 1307 el Papa Clemente V lo elevó al rango de arzobispo y le dio amplias facultades para establecer y organizar la Iglesia en esa lejana región. Su ordenación se celebró en 1310, en presencia del kan, cuando los obispos enviados para consagrarlo pudieron llegar finalmente a esa capital.

En 1328, cuando murió Juan de Montecorvino, sus treinta y cuatro años de sabia e incansable actividad misionera en Khambaliq habían dado vida a una numerosa y fervorosa comunidad cristiana, así como a una amplia red de iglesias, conventos, escuelas y otras instituciones.

La celebración del séptimo centenario de la llegada de Juan de Montecorvino a Pekín me brinda la oportunidad de dirigir mi saludo a la actual comunidad católica china, que constituye la continuación y el desarrollo de esa primera plantatio Ecclesiae en tierra china.

Así pues, me alegra mucho reafirmar mi profundo afecto y mi estima en nuestro Señor Jesucristo a todos los hijos e hijas católicos de la gran e ilustre familia china. Con todo el ardor de mi corazón me siento espiritualmente presente entre ellos, asegurándoles que estoy cercano de modo especial a quienes han permanecido fieles a Jesucristo y a su Iglesia en medio de dificultades de todo tipo y que, incluso a costa de profundos y prolongados sufrimientos, han testimoniado y siguen testimoniando que ningún católico puede renunciar al principio de comunión con el Sucesor de Pedro, a quien el Señor constituyó vicario suyo y «fundamento perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión» (Lumen gentium, 18), si desea seguir siéndolo y quiere ser reconocido como tal.

Sé que existen muchas comunidades fervorosas en diferentes lugares del país, y, cumpliendo la misión recibida de Cristo de confirmarlas en la fe, la esperanza y la caridad (cf. Lc 22,32), quisiera alentarlas a todas a promover entre sí la fidelidad, la comprensión y la reconciliación, y a congregarse en la comunión que nos une en Cristo mediante la fuerza del Espíritu Santo. Al invitar a todos los hijos e hijas de la Iglesia católica en China a vivir esa comunión en la verdad y el amor (cf. 2 Jn 1,3), ruego fervientemente al Señor para que puedan manifestarla de modo cada vez más visible. La fe y la práctica religiosa son una fuente dinámica de compromiso en el ámbito de la responsabilidad social y civil. No puede existir oposición o incompatibilidad en el hecho de ser verdaderamente católico y, al mismo tiempo, auténticamente chino.

Ruego a Dios para que esas celebraciones que tendrán lugar en Taiwán animen a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de esa amada comunidad, con la que espero poder encontrarme tan pronto como la divina Providencia me lo permita. Que esto los aliente a ser discípulos cada vez más fieles de Cristo y colaboradores generosos de sus hermanos y hermanas chinos del continente. Como signo de mi ardiente deseo de abrazar a toda la familia católica china, os imparto con mucho gusto mi bendición apostólica.

Vaticano, 8 de septiembre de 1994.

[Tomado del servicio informático de la Santa Sede]

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