DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

PEDRO JUAN OLIVI
1248 - 1292

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Fray Pedro de Juan Olivi nació hacia el año 1248 en Sérignan (Hérault, Francia). A los doce años de edad vistió el hábito franciscano en el convento de Béziers. Enviado a París en una fecha que ignoramos para perfeccionar sus estudios, sigue la enseñanza de los discípulos más célebres de Buenaventura: William of Mare, John Peckham y Matteo d'Acquasparta. Aunque no alcanzó el grado de magister, adquirió inmediatamente fama y renombre en el seno de la Orden, siendo llamado a colaborar en la elaboración de la constitución Exiit qui seminat (14 de agosto de 1279) de Nicolás III, sobre la interpretación de la Regla franciscana. Terminada la labor de la comisión, Olivi regresa a su provincia de origen para dedicarse a la enseñanza en el estudio general de Montpellier. La existencia de este extraordinario maestro se verá, desde entonces, signada por su incondicional adhesión al proyecto de Francisco de Asís, animada por una sólida y fecundísima labor teológica y lacerada por persecuciones, censuras y entredichos. En todo mantuvo siempre su fe profunda en Jesucristo y en su Iglesia, no menos que en el señorío de Dios sobre la historia, que trató de penetrar. Olivi muere en el convento de Narbonne el 14 de marzo de 1298, rodeado de la veneración y el afecto de los fieles, que crecerá poco a poco hasta convertirse en un auténtico culto popular.

[C. M. Martínez Ruiz, Comentarios franciscanos al Padrenuestro, Salamanca, Ed. Sígueme, 2002, p. 57].

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FRAY PEDRO JUAN OLIVI

Olivi (1248?-1292), de muy joven, entró en la Orden franciscana, estudió en París con Buenaventura, Guillermo de la Mare, J. Peckham y M. de Acquasparta, enseñando en el estudio de Montpellier. Hombre evangélico y muy cerca del movimiento de los espirituales, escribió Commentaria in IV libros Sententiarum; Quaestiones ordinatae o Summa super Sententias; Quaestiones de Trinitate; De perlegendis philosophorum libris, etc. El papa Juan XXII condenó en 1326 su comentario al Apocalipsis.

Olivi posee su propia síntesis filosófica mental, que se advierte en el modo coherente de tratar los diversos problemas, pero no está explicitada en un tratado orgánico, sino diseminada en toda su extensa y apasionada obra. Posee una visión muy personalista sobre el concepto de metafísica, del hilemorfismo y de la pluralidad de formas. En coherencia con su tesis de la pluralidad de formas, ofrece una interpretación muy interesante en el campo antropológico, en donde se caracteriza por su originalidad e independencia de pensamiento. Lo mismo puede afirmarse de su interpretación del conocimiento con su tesis de la species memorialis, o aquello que queda en el alma después de cada acto cognoscitivo; es decir, es el recuerdo de aquella imagen en virtud de la cual el alma se configura según el objeto conocido. La especie memorial es como una huella que el objeto ha dejado en el espíritu. El acto cognoscitivo implica un configurarse del alma según el objeto conocido y que hace que el conocimiento se articule de un modo o de otro. El hombre tiene un puesto privilegiado en el mundo gracias a su capacidad cognoscitiva ciertamente; pero más aún gracias a su capacidad de autodeterminación. La libertad es la prerrogativa máxima del hombre. La razón es maravillosa por su poder cognoscitivo, pero la voluntad tiene su primado porque es la sede de la libertad. En la libertad, el hombre adquiere su grandeza suprema. Tesis común en la escuela franciscana.

[J. A. Merino, Historia de la filosofía medieval, Madrid, BAC Manuales, 2001, pp. 240-241].

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FRAY PEDRO JUAN OLIVI
por José Antonio Merino, o.f.m.

VIDA

Pedro de Juan Olivi o Pedro Olieu (como se le llamaba en los siglos XIV Y XV) nació en Sérignan (Hérault), en la diócesis de Béziers, hacia el año 1248. Precisamente en una región en donde la presencia cátara y la memoria de la cruzada contra los albigenses habían tenido fuerte raigambre. Al cumplir doce años, hacia 1260, tomó el hábito franciscano en el convento de Béziers. Posteriormente fue enviado a París para perfeccionar sus estudios. Allí siguió la enseñanza de San Buenaventura, Guillermo de la Mare, Juan Peckam y Mateo de Aquasparta. Con ellos se alistó a la corriente agustiniana.

Olivi no obtuvo el título de maestro en teología, aunque sí el de bachillerato. Sobre este hecho académico se dan varias interpretaciones: una, psicológica y personal: renunció al título por humildad; otra, de carácter disciplinar: los superiores vieron en él un pensador demasiado independiente e inconformista; una tercera razón, se debería a sus tendencias rigoristas y joaquinistas, que por entonces estaban constituyendo un movimiento preocupante dentro de la Orden. Después de su estancia en París, volvió a la Provincia y enseñó en el estudio general de Montpellier. Siempre permaneció fiel al magnus doctor noster Buenaventura, a quien siguió no tanto en el sistema filosófico-teológico cuanto en la fidelidad al franciscanismo como forma de vida.

En 1282, después de las disposiciones del Capítulo general de Estrasburgo sobre la unidad doctrinal de la Orden, Olivi fue fuertemente atacado por sus críticas a la dirección de la Orden, a sus desviaciones del espíritu primitivo y a la presencia de los franciscanos en las altas esferas de la sociedad y de la Iglesia. A instancia del provincial de Provenza, siete teólogos franciscanos formularon en una carta (que pasará a la historia como la Carta de los siete sellos) veintidós proposiciones para que el general de la Orden obligara a Olivi a firmarlas. Los dichos siete maestros enviaron a todos los conventos una lista de treinta y cuatro proposiciones, tomadas de los escritos olivianos, calificándolas o de falsas o de heréticas.

Ante este clima de hostilidad contra Olivi, el nuevo ministro general, Mateo de Aquasparta, lo mandó a Florencia en 1287 como lector de teología en el estudio de Santa Croce. Después de dos años de relativa calma volvió a la Provenza, en donde encontró nuevamente el enfrentamiento. A partir de 1289 vive con relativa tranquilidad y escribe intensamente. Muere en el convento de Narbona el 14 de marzo de 1292 con gran fama popular como hombre evangélico. Después del pontificado de Clemente V (1304-1314), que asistió a la lucha entre la comunidad y los espirituales, se llegó al pontificado de Juan XXII (1316-1334), que atacó a los espirituales; y el día 8 de febrero de 1326 el Papa, en un Consistorio público, condenó el comentario de Olivi al Apocalipsis, el único escrito del franciscano provenzal formalmente condenado.

OBRAS

Es sorprendente la abundantísima producción literaria de Olivi, sobre todo si se tiene en cuenta su agitada vida espiritual. «Nadie puede examinar la primera fase de la carrera de Olivi -dice D. Burr- sin sorprenderse del número y de la calidad de las obras escritas antes de 1283. En este año llevó a cabo la mayor parte de sus escritos que llaman la atención de los estudiosos modernos. Empresa particularmente destacable si se tiene en cuenta que en 1282 no había cumplido aún los treinta y cinco años».

Las principales obras filosófico-teológicas de Olivi son las siguientes: 1) Commentaria in IV libros Sententiarum. Es una obra completamente inédita y se conserva parcialmente en tres códices de la biblioteca de la Universidad de Padua; 2) Quaestiones ordinatae o Summa super Sententias; 3) Quaestiones quodlibetales o Quodlibeta; 4) Responsiones a los documentos de París; 5) Quaestiones de perfectione evangelica; 6) Expositio super Dionysii de angelica hierarchia; 7) Quaestiones de Trinitate; 8) Quaestiones de Domina; 9) Quaestiones de Signis voluntariis; 10) De perlegendis philosophorum libris, en donde Olivi expone sus ideas, su método y su precaución sobre la filosofía. Escribió muchos comentarios sobre Biblia, ascética y mística y sobre espiritualidad franciscana.

OLIVI Y SU CIRCUNSTANCIA

Olivi vive con el sentimiento trágico de considerarse entre los suyos como un extraño, un incomprendido o una víctima. De ahí que todos sus escritos tengan el tono lúcido de un desafío, de uno que lucha contracorriente, de un cruzado espiritual. «Os pregunto, hermanos, qué he hecho a mi Orden para que mis hermanos y padres me vilipendien por todas partes de la tierra y esté lleno de infamia». Ese es el grito, casi desesperado, que dirige al ministro general Raimundo Godofredo, y que refleja un ambiente virulento y polémico. Es un franciscano agónico, en el sentido unamuniano, que no se siente de más ni de sobra, sino molestando. Alguien no indiferente y que da que pensar y reaccionar en contra.

A Olivi le toca vivir en una circunstancia histórica muy especial de su Orden, que ha adquirido prestigio y algunos puestos de responsabilidad en la Iglesia. Él ve y analiza esta realidad social y eclesial de su Orden; pero no hace de ello simple acta como un secretario neutral, sino que se convierte en juez apasionado y se pregunta si ese paso de la Orden no es un salirse fuera de su ideal. El franciscano ve, analiza y juzga el paso de la primitiva y originaria fraternitas a la religio, del carisma fundacional a la institución eclesial. Tiene un sentido mesiánico del franciscanismo como vivencia radical del evangelio, y está dotado de una gran pasión por lo auténtico hasta desembocar en una actitud rigorista.

Este sentido mesiánico del franciscanismo se potenció en su encuentro con el movimiento del calabrés Joaquín de Fiore, que tuvo gran influjo en el grupo de los espirituales. Pero hay que subrayar que Olivi no va a Francisco de Asís a través del calabrés, sino que descubre a éste desde la experiencia del santo de Asís. La visión mesiánica oliviana implica una visión particular de Dios, del hombre, del mundo y de la historia, aunque no se la debe sacar de lugar ni darle unas dimensiones desproporcionadas.

El purismo evangélico de Olivi le lleva a censurar las debilidades de un franciscanismo contemporizador y a criticar los defectos de la Iglesia, que ama apasionadamente. La antítesis entre la Iglesia espiritual y la Iglesia carnal, que se manifestaba al final del siglo XIII, aparece perfectamente señalada y descrita en el estudio exegético oliviano Lectura super Apocalipsim. El franciscano no es un crítico implacable contra las limitaciones de la Iglesia, sino un cristiano exigente que pide lo mejor a aquello que más ama. Tomó la actitud «de un nuevo Orígenes» (H. de Lubac) por vivir y encarnar las exigencias totales del evangelio más radical y revestirse concretamente de las formas más perfectas de libertad.

FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA

Olivi posee su propia síntesis filosófica mental, que se advierte en el modo coherente de tratar los diversos problemas, pero no está explicitada en un tratado orgánico, sino diseminada en toda su extensa y apasionada obra. De ahí la dificultad en ofrecer al lector una visión unitaria de su pensamiento disperso.

La especulación oliviana es eminentemente práctica y está al servicio de un saber teológico y de un vivir evangélico. No entiende la especulación como simple goce de la mente, sino como herramienta mental para la comprensión de la verdad que debe ser vivida. La filosofa está al servicio de la teología como comprensión racional del dogma y de las verdades teológicas. Conoció de cerca y vivió toda la problemática del aristotelismo averroísta de la década 1270-1280 y la famosa condena de 1277. Toda esa situación histórica creó en su espíritu un cierto recelo contra la filosofía, sobre todo cuando se independiza del saber teológico. Era la reacción legítima de los discípulos inmediatos de San Buenaventura en los años en que estaba viva en los ambientes agustinianos la actitud contra las tendencias racionalisticas del aristotelismo extremista y de los averroístas latinos. De ahí la desconfianza razonable de quien es un teólogo y un místico hacia lo puramente racional, y la subordinación de la filosofía a la teología como método y como hermenéutica.

El franciscano provenzal parte del hecho de que, gracias a la revelación, poseemos un corpus doctrinal sobre Dios, el hombre, el mundo y la historia, que supera totalmente las conclusiones de las especulaciones de los filósofos más conspicuos.

En su breve opúsculo La lectura de los libros de los filósofos comienza del siguiente modo: «Para saber acercarse a la lectura de los filósofos conviene tener presente aquella frase del Apóstol que nos enseña a estar particularmente atentos a cuatro elementos de la filosofía mundana, la falsedad del error, la verdad de la razón, la vanidad de la tradición, la parcialidad o pobreza de la especulación. Por la falsedad del error puede llamarse justamente desviada, por la verdad de la razón puede llamarse sabiduría, por la vanidad de la tradición puede llamarse sabiduría del mundo o mundana o temporal, más bien que divina y celeste, por la parcialidad de la especulación debe llamarse de este mundo, pronombre particular que expresa esta parcialidad». Todo el librito es una explicación de las limitaciones de los filósofos griegos que sólo poseyeron la luz de la razón natural, pero no pudieron poseer la luz de la revelación que la supera en contenido, en certeza y en claridad.

La situación de un hombre que se dedica a la búsqueda filosófica y se propone resolver los máximos problemas de la existencia humana, al margen de la fe y con sólo las fuerzas de la pura razón, se encontrará en una situación muy pobre y oscura. El hombre tiene una incompetencia radical para resolver los grandes problemas humanos y, por ello, necesita la revelación. Olivi no sólo protesta contra aquella admiración hacia Aristóteles por parte de muchos filósofos y teólogos, sino que declara abiertamente su independencia mental frente a la autoridad del filósofo, e incluso manifiesta su regocijo espiritual cuando recrimina al Estagirita su rigor científico y sus transgresiones en la lógica.

M. Th. d'Alverny presenta a Olivi como un adversario de Santo Tomás: «El motivo principal de la irritación oliviana es la actitud de Santo Tomás con relación a Aristóteles y a los filósofos árabes, que Tomás cita en las cuestiones teológicas tomando en seria consideración sus argumentos, adoptándolos cuando le parecían válidos desde el punto de vista de la razón natural. En ocasiones, Olivi cita a Aristóteles, a veces a Avicena e incluso a Averroes, pero considera con desconfianza y aun con animosidad estos cuerpos extraños a la cristiandad... Severo como Jerónimo... Olivi declara que conviene tratar a los filósofos paganos y árabes como a la esclava Agar, y no venerarlos como maestros. Para él, Tomás pertenece a la categoría de filosofantes que se desvían de la sana doctrina siguiendo a Aristóteles, Platón y sus discípulos musulmanes».

Para Olivi, los filósofos paganos, y el primero entre todos está Aristóteles, tienen un gran mérito, que hay que reconocer: la técnica de la investigación racional, es decir, son maestros del método. Con ellos se aprende qué es la ciencia, cuáles son sus exigencias, sus procedimientos y sus objetivos, pero el contenido real debe buscarse en la teología. Fe y razón, teología y filosofía deben distinguirse por su método y exigencias propios, pero no deben separarse en la comprensión humana de lo divino. En este campo, el franciscano provenzal sigue el camino de la mayoría de los teólogos medievales.

[En apartados sucesivos el P. Merino expone los temas importantes de la filosofía y teología de Olivi, y concluye como sigue]

CONTRIBUCIÓN OLIVIANA

Pedro Juan Olivi fue una personalidad vigorosa, original e independiente, que le tocó vivir en tiempos difíciles y de conflictos espirituales muy intensos. Fue un intelectual-espiritual que vivió con pasión tanto los problemas filosófico-teológicos como la radicalidad de la vida evangélica. No fue un hombre genial que viviera el divorcio de la cabeza y del corazón, sino el apasionado y lúcido pensador que trató de ofrecer una síntesis doctrinal con talante acentuadamente franciscano.

Fue un maestro perfectamente informado de los grandes problemas culturales de su tiempo y de las diversas escuelas con sus respectivas interpretaciones. Pero no fue mente sectaria ni estuvo al servicio ciego de una escuela. Agustiniano por espíritu y formación, critica el agustinismo y rechaza su famosa teoría de la iluminación. Conoce bien a Aristóteles, pero no le convence su teoría de la abstracción ni su hilemorfismo cerrado. Defendió un radical activismo del entendimiento, anticipo de la subjetividad moderna, pero no del subjetivismo. Según B. Jansen, fue uno de los primeros, si no el primero, en desarrollar la importante teoría del ímpetu y, por tanto, uno de los filósofos que siguieron caminos diversos de los aristotélicos para explicar el movimiento mecánico de los cuerpos. Es decir, fue tal vez el primer representante escolástico del actual concepto de movimiento, aunque según A. Maier, en su obra Los precursores de Galileo en el siglo XIV, el concepto oliviano de movimiento no está tanto en línea de la física moderna cuanto en clave relacional, que desarrollará posteriormente Occam. Lo que nos revela que el pensador franciscano estaba totalmente abierto al campo de la metafísica, de la psicología y de la física, así como de la teología y de la espiritualidad.

Olivi, agustiniano-bonaventuriano, se abre a nuevos horizontes mentales y prepara la sucesión y continuación de la escuela franciscana, que tendrá sus representantes en Escoto y en Occam. Según Jarraux, Olivi es el puente de unión y el intermediario entre Buenaventura y Escoto. Incidiendo incluso en el mismo Occam. Koch ha tratado de demostrar que con Olivi comenzó a disolverse la síntesis escolástica. Disolución de un sistema que no se debe a un ataque hostil, sino a la consideración e introducción de nuevos elementos que ya no encajan en una síntesis acabada. No se trata, pues, de una disolución por ruptura, sino por crecimiento.

[J. A. Merino, Historia de la filosofía franciscana, Madrid, BAC 525, 1993, pp. 153-175].

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FRAY PEDRO JUAN OLIVI
por Francisco Martínez Fresneda, o.f.m.

Mención aparte (entre los discípulos de San Buenaventura) merece Fray Pedro Juan Olivi (+1298), discípulo de Buenaventura, Guillermo de la Mare, Juan Peckam y Mateo de Aquasparta. Se coloca al lado del movimiento espiritual de la Orden cuando, según su pensar, ésta cambia el ideal evangélico de los orígenes por unas creencias y actitudes más conformes con la institución eclesial. A esto se une, por su radicalismo evangélico, el que asuma ciertas tesis de Joaquín de Fiore, que defiende la edad del Espíritu Santo, previa a la Parusía de Cristo, y que concreta en la primacía de la vida estrictamente espiritual, alejada del poder que abandera toda institución social, sea política o eclesiástica. Es el Reino de Dios implantado de una forma definitiva en las coordenadas espacio-temporales. Sólo, pues, por medio del seguimiento sin glosa de Jesús, y tomada la pobreza como único paradigma para este seguimiento, es como se accede a la edad del Espíritu.

El siglo XIII se encarga de alumbrar esta edad del Espíritu por las tendencias espirituales que nacen de una sociedad que supera paulatinamente el mundo feudal, se siente amenazada por los Sarracenos y los Tártaros, se abre al desarrollo de todas las ciencias en la universidad con un aristotelismo dominante, una sociedad en la que se frustran todas las renovaciones que ha emprendido la Iglesia con la Reforma Gregoriana, el Concilio Lateranense IV y con el papa Gregorio IX. El pueblo sencillo ansía con fuerza dicho cambio radical, alimentado por la escucha de los agentes de la reforma, que, con la lectura y proclamación de la Escritura, sobre todo con el Apocalipsis, aventuran y predicen la transformación eclesial tomando como modelo la fraternidad cristiana primitiva relatada en los Hechos de los Apóstoles (2,42). Entonces es muy fácil relacionar el ideal de Francisco y de su primera fraternidad, el de la comunidad apostólica y las esperanzas de progreso actuales con los parámetros evangélicos de conversión, seguimiento de Cristo pobre y crucificado para alcanzar la definitiva corrección personal y de las estructuras eclesiales y sociales del mal antievangélico que las anega.

No es ésta una cuestión nueva en los Menores. Siempre hubo celosos seguidores de la Regla y el Testamento de San Francisco, y defensores en todos los estamentos de responsabilidad, como Hugo de Digne, Juan de Parma, Ubertino de Casale, Ángel Clareno, Miguel de Cesena, Arnaldo de Villanueva, etc., y que Juan XXII no logra atajar del todo cuando intenta cerrar esta etapa convulsa de la Orden en 1318, a pesar de los reconocidos esfuerzos de Clemente V en 1310. La fidelidad extrema al Evangelio de Jesús y a la Regla de Francisco, unida al ambiente social de cambio, aterrizan también en Oxford y París. Para ello se resalta la Escritura frente al aristotelismo universitario. La teología no debe asumir sin más los principios paganos de las ciencias y minusvalorar los contenidos de fe revelados, a los cuales debe servir la ciencia sagrada por antonomasia y hacerlos palpables en la vida cristiana, donde Jesús constituye el centro indispensable para toda reflexión y renovación eclesial. Hugo de Digne ( 1254) reclama la extrema pobreza interior y exterior, donde nadie debe invocar privilegio alguno de exención, debido al peligro de relajación de las Reglas de Francisco, como ya se observa por doquier. Gerardo de Borgo ( 1276), con su escrito Introductorius in Evangelium aeternum, da una aviso de todo esto a los Maestros Seculares y a la Iglesia sobre el sentido de renovación que aportan los Menores a este mundo. Pedro Juan Olivi ( 1298) ahonda esta línea espiritual en sus innumerables escritos.

En efecto, la teología sólo debe apoyarse en la Escritura, que revela el misterio de Cristo crucificado, el cual ilumina toda la historia humana. Dios se revela en Cristo a fin de rescatar al hombre del pecado y conducirlo a la vida de la gracia. En este proceso no hay cabida para las ciencias naturales en la exposición objetiva de la fe, pues en nada respaldan la experiencia creyente que conduce a la edad del Espíritu en el mundo. Por medio de una lectura literal de la Escritura, cuyo sentido remite de una forma natural a los otros sentidos, compone una serie de frases que describen a Cristo como su único objetivo y centro de la Revelación desde el principio al final de la historia de la salvación. Precisamente su escrito condenado en 1318, Lectura super Apocalypsim, recorre paso a paso este cristocentrismo que recapitula la historia humana bajo una única perspectiva teológica. Jesús funda la Iglesia, que debe ser fiel a su misión salvífica dentro de las diversas culturas en las que se encarna y en las que debe mantener su estrecha unión al Evangelio para dar lugar a la victoria final prometida por Dios a los cristianos. Y esto superando las infidelidades internas y persecuciones externas que padece. La sexta y penúltima etapa, en correspondencia con las visiones descritas en el Apocalipsis, es donde se ofrece la última batalla contra la relajación de la Iglesia carnal a fin de que imperen los principios evangélicos que darán paso a la Iglesia espiritual. El seguimiento radical del Evangelio, como lo ha vivido Francisco de Asís, es la forma más acabada para dejar paso a la época espiritual y de paz, en donde se vivirá la más pura experiencia afectiva de Dios.

No hay sitio en la teología para el aristotelismo y para el aristotelismo cristiano de Tomás de Aquino y sus seguidores, ni se pueden aceptar los franciscanos que lo siguen o elaboran una teología donde los principios filosóficos de autores cristianos, como Agustín o el pseudo-Dionisio, se utilizan para la explicación racional de los contenidos creyentes. Olivi, que vive el cerco que se estrecha contra el aristotelismo extremo y el averroísmo latino desde 1270 al 1280 con la condena, referida antes, de 1277, somete la filosofa a la teología evangélica, ya que la Revelación contiene todas las posibles realidades que pueda desarrollar la razón. Por ejemplo, Olivi expone los argumentos tradicionales de la existencia de Dios, desde el a priori anselmiano, la causa primera que funda toda la contingencia, la experiencia e instinto interior, hasta el argumento moral, en el que el orden ético del mundo postula la existencia divina. Sin embargo, solamente la fe es la que muestra el auténtico y verdadero Dios.

[En J. A. Merino y F. Martínez Fresneda (dir.), Manual de Teología franciscana, Madrid, BAC, 2003, pp. 43-45].

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PEDRO JUAN OLIVI
Y LOS ESPIRITUALES (GRUPOS Y JEFES)

por Gratien de París, o.f.m.cap.

En todas las Provincias de la Orden se hallan a fines del siglo XIII señales más o menos claras del relajamiento que acabamos de esbozar. Sin embargo, la resistencia de los Espirituales a este decaimiento de la vida franciscana estaba localizada en Francia meridional y en Italia, especialmente en las Provincias de Umbría, de la Marca de Ancona y de Toscana. Las provincias septentrionales de Francia, Inglaterra, Alemania y España ignoraban, al parecer, totalmente, estas querellas intestinas.

Los jefes del nuevo movimiento fueron Ángel de Clareno en la Marca de Ancona, Pedro Juan Olivi en Provenza y Ubertino de Casale en Toscana.

EN LA MARCA DE ANCONA.- Luego del Concilio de Lyón (1274) volvió a surgir la agitación de los zelanti en la Marca de Ancona. Había corrido el rumor de que Gregorio X iba a obligar a todas las Órdenes Mendicantes a aceptar el principio de la propiedad en común. Esta noticia debía naturalmente producir alarma en esta Provincia en que tantos Frailes habían tenido la dicha de ver y oír a los compañeros de San Francisco y donde ya treinta años antes se habían manifestado los zelanti. Ocurrió, pues, que un gran número protestaron contra lo que consideraban una ley injusta y rehusaron aceptar una dispensa que, a su juicio, ni el Papa, ni el Concilio tenían derecho a conceder. Aunque la noticia fue una invención, el Capítulo Provincial exigió a estos últimos una retractación formal. Habiéndola rehusado algunos, y entre ellos Tomás de Tolentino y Pedro de Macerata, fueron reprendidos y enviados a los eremitorios.

Al año siguiente comparecieron ante el Capítulo Provincial, donde un religioso estimado de todos, Fray Benjamín, consiguió de ellos la retractación debida. Las molestias de que habían sido objeto y su valor les atrajeron muchas simpatías y ardientes admiradores, multiplicándose así sus imitadores. En vez de calmarse, la agitación se propagó a las Provincias vecinas de Toscana y Umbría. Los provinciales pensaron sofocarla castigando a los autores de esta rebelión. Los Espirituales más conspicuos, especialmente Tomás de Tolentino, Pedro de Macerata y Pedro de Fossombrone, a quien pronto volveremos a ver bajo un nombre más célebre (Ángel Clareno), fueron condenados a reclusión perpetua. ¿En qué fecha tuvo lugar esta condena? Difícil es decirlo. Debió de ser hacia 1280. Estuvieron en prisión hasta la elección de Raimundo Gaufredi (1289-1295).

PEDRO JUAN OLIVI EN PROVENZA.- Al mismo tiempo, poco más o menos, que la Marca de Ancona, la Provenza estaba soliviantada por una agitación parecida. Hugo de Digne, que, juntamente con Juan de Parma, puede ser considerado como amigo de los Espirituales, a causa de sus ideas joaquinistas, había dejado allí profundas huellas. Pedro Juan Olivi fue el heredero de sus doctrinas severas, y también de sus esperanzas en una regeneración de la Iglesia por la pobreza. Este joven religioso, a quien hemos visto ya colaborar indirectamente en la redacción de la Bula Exiit qui seminat, nació hacia 1248 en Sérignan (Hérault) y tomó el hábito franciscano en el convento de Béziers hacia 1260. Después de los estudios preliminares del Trivium y del Quatrivium, fue enviado al gran convento de París, de donde volvió con el título, no de Maestro, que no quiso recibir, sino de simple Lector. La extensión de sus conocimientos, su vida austera, la independencia de su espíritu y la nobleza de su carácter le granjearon admiradores y fervientes discípulos.

Por desgracia, sus teorías teológicas presentaban opiniones oscuras o temerarias, y sus críticas de la vida común se hallaban erizadas de espinas que lastimaban en torno suyo las conciencias menos rigoristas que la suya. El Ministro General, Jerónimo de Ascoli, le condenó un día a quemar un tratado sobre la Santísima Virgen. Obedeció sin flaquear. Eleváronse en seguida quejas contra su joaquinismo; luego, las continuas recriminaciones de sus discípulos contra la Comunidad atrajeron duras represalias sobre sus cabezas. Acusados de herejía, fueron puestos en prisión. Sintiéndose herido en la persona de sus amigos, Olivi, sin ser convocado, se presentó en Aviñón al General, y tomó la defensa de los perseguidos. Bonagrazia lo devolvió a su Provincial, que le hizo comparecer ante un Capítulo, donde se justificó plenamente. Esto no obstante, en 1282, el Capítulo General de Estrasburgo confió el examen de sus opiniones a siete Maestros de París.

Este examen terminó con la condenación de treinta y cuatro proposiciones, detalladas en una memoria que se envió a todos los conventos de Provenza, y con la carta, conocida con el nombre de Littera septem sigillorum, Carta de los siete sellos, que era el enunciado de veintidós proposiciones que Pedro Juan Olivi debía suscribir como señal de retractación. Sometióse al principio por competo, firmando la retractación que se le pedía. Pero habiendo prohibido el Capítulo de Milán (1285) la lectura de sus obras, se quejó a sus censores en un escrito fechado en Nimes (1285), de haber sido condenado sin ser oído. Algo más tarde, hacia 1286, respondió a la Memoria que se había difundido en su Provincia por una carta fechada en Montpellier, dirigida a Raimundo Gaufredi y otros discípulos suyos que le instaban a que se justificase. Arnaldo de Roquefeuil, Provincial de Provenza, apoyado por otros treinta y cinco religiosos de la misma Provincia, tomó de ahí ocasión para denunciarlo al Capítulo General de Montpellier (1287) como cabeza de una secta supersticiosa y cismática. La cuestión principal, que en aquel momento se debatía entre él y la Comunidad, era el uso pobre. Más adelante veremos sobre qué versaba esta polémica, que tanto duró en la Orden Franciscana. Contentémonos por el momento con saber que habiendo demostrado, sin trabajo alguno, que él no enseñaba otra doctrina que la de la Bula Exiit qui seminat, nada se encontró, a pesar de la crítica estrecha que hacía de la vida común, que mereciese ser condenado. Es más, a recomendación de Nicolás IV, Mateo de Acquasparta lo nombró Lector en Florencia hacia 1288. El Ministro General complacía de este modo a los adversarios del Maestro provenzal, alejándolo de sus turbulentos discípulos.

Ahora bien, en el momento en que Pedro Juan Olivi llegaba a Florencia, la efervescencia causada por la represión de los Espirituales en la Marca de Ancona turbaba las Provincias de Italia central y particularmente de Toscana. En Florencia, Olivi se encontró, pues, en una atmósfera tan caldeada como la de su Provincia natal. Acrecentóse aún más la exaltación de los espíritus con la llegada de Raimundo Gaufredi. Éste, sucesor de Mateo de Acquasparta, y amigo de Pedro Juan Olivi, emprendió al momento de su nombramiento como General la visita de las Provincias. Cuando llegó a la Marca de Ancona, la investigación de los hechos que habían motivado el encarcelamiento de cierto número de Espirituales le hizo comprender que los prisioneros habían sido castigados por haber manifestado demasiado celo por la pobreza. «¡Quiera Dios que su crimen sea el mío y el de toda la Orden!», exclamó. Y al momento los puso en libertad. Pronto volvieron a tomar alas las esperanzas de todos los zelanti. Precisamente en estas circunstancias el jefe de los Espirituales de Provenza trabó conocimiento con los que pronto iban a ser los jefes de los Espirituales en Italia: Ángel de Clareno y Ubertino de Casale.

ÁNGEL DE CLARENO, UBERTINO DE CASALE Y CONRADO DE OFFIDA.- Ángel de Clareno había recibido el hábito franciscano hacia 1270. Pronto se adhirió a los Espirituales, y fue de los que sufrieron persecución en la Marca de Ancona. Él se llamaba entonces Pedro de Fossombrone, nombre que abandonó para burlar más fácilmente a sus enemigos.

Ubertino de Casale pertenecía a la Provincia de Génova. Nació en 1259 e ingresó en la Orden en 1273. Terminado el noviciado fue enviado a París, donde permaneció durante nueve años. De vuelta a Italia, en 1284, se encontró con la gran mística, Angela de Foligno, y en 1285 con Juan de Parma en el eremitorio de Greccio. El santo anciano le confió su pena y sus lágrimas, motivadas por la situación en que veía a la Iglesia y a la Orden Franciscana. Confióle también las esperanzas que le infundía la doctrina de Joaquín de Fiore. Ubertino de Casale, completamente impregnado de estas ideas, ejerció en seguida el oficio de Lector en Florencia, desde 1285 a 1289. Allí se encontraba aún cuando llegó el jefe de los Espirituales de Provenza, Pedro Juan Olivi.

Pedro Juan Olivi trabó también conocimiento en esta época con el principal confidente de Ángel de Clareno y Ubertino, el Beato Conrado de Offida, que murió en 1306 cerca de Asís, en el eremitorio de Bastia; Pío VII confirmó en 1827 el culto inmemorial que se le tributaba. Este santo religioso había entrado en la Orden a la edad de 14 años, bajo el generalato de Juan de Parma, en 1255. Renunció voluntariamente al estudio para ocuparse en los empleos más humildes. Mostró, sin embargo, grande y legítima curiosidad respecto de las tradiciones franciscanas. Conoció a los compañeros de San Francisco, particularmente a Fray León. Recogió también rasgos, palabras y profecías que con mayor o menor exactitud le referían unos y otros. A su vez, los contó a quienes venían a verle, subrayando el contraste que existía entre la vida de los primeros compañeros de San Francisco y la de los Frailes de la Comunidad. Conrado de Offida era una autoridad importante para los Espirituales, y con razón se le debe considerar como el padre de gran número de ellos. Ubertino de Casale le debe muchos de los relatos que cita en su Arbor vitae y con los que él forjará argumentos contra la Comunidad.

El humilde Conrado de Offida, que dejó en la literatura franciscana la reputación de un admirable celador de la Regla evangélica de nuestro Padre San Francisco, el prudente Ángel de Clareno, Ubertino de Casale, dialéctico hábil y fogoso, y Pedro Juan Olivi, tan ardiente como el último y más flexible, al encontrarse debieron reconocerse necesariamente como de la misma familia de almas, y uniéronse en la amistad. Mutuamente se confiaron sus penas, sus aspiraciones y sus esperanzas comunes. Y cambiaron sus ideas y recuerdos.

EL JOAQUINISMO DE PEDRO JUAN OLIVI.- Olivi, a quien Clareno y Ubertino veneraban como a Santo, y a quien seguían como jefe y colocaban en el rango de los más ilustres Doctores de la Orden, inició a sus amigos en un joaquinismo nuevo. El fino provenzal se guarda bien de renovar los errores de Gerardo de Borgo San Donnino; rechaza la idea de un reino del Espíritu Santo que continuará en el reino de Cristo; rechaza también el error de un Evangelio eterno, que sustituya al Evangelio de Cristo. Sin embargo, vuelve a dividir la historia del mundo en tres edades, y la Historia de la Iglesia en siete épocas, división imaginada por Joaquín de Fiore. La tercera edad del mundo corresponde a la sexta y séptima época de la Iglesia. La sexta se halla marcada no por la publicación de un nuevo Evangelio, sino por la renovación del Evangelio de Cristo a base de la altísima pobreza contenida en la Regla de San Francisco, que se identifica con el Evangelio de Cristo. Así como la segunda edad del mundo estaba caracterizada por la firmeza de la fe en la divinidad de Jesús, así la tercera edad estará caracterizada por la firmeza en la práctica de la pobreza de Jesús.

San Francisco es como una reaparición de Cristo sobre la tierra. Su Orden, o mejor aún, los que se inspiren en su espíritu, serán verdaderamente «pobres evangélicos»; serán perseguidos por la Iglesia carnal, como Cristo lo fue por la Sinagoga; y como Jesucristo fue sepultado, así el espíritu de la Regla será sepultado y ahogado por los comentarios, las dispensas y las mitigaciones. Calcula Olivi que la tercera edad del mundo durará 700 años, comenzando hacia 1300 con la crucifixión de los «pobres evangélicos» por el Anticristo que encontrará sus principales partidarios en la Orden Franciscana. Pero, así como también resucitó Cristo, así también después de estas pruebas llegará el triunfo. Ángel de Clareno y todo el círculo de los Espirituales recibieron con entusiasmo y devoción estas teorías apocalípticas que Ubertino de Casale reproducirá fielmente algunos años más adelante, en 1305, en el Libro V del Arbor vitae. Olivi llegó a ser en seguida el gran teórico, el santo, el profeta de los Espirituales. A su muerte (1298), ellos le rindieron un culto piadoso y se obstinaron en defender su memoria y su pensamiento.

LAS TRADICIONES DE LOS ESPIRITUALES.- A cambio de su doctrina apocalíptica, recibió Olivi de sus amigos el conocimiento de gran número de cosas referentes a San Francisco. Ante todo, de boca misma de Conrado de Offida recibió todos los recuerdos que más adelante se reunieron y se copiaron una y otra vez bajo el título de Verba fratris Conradi. Aprendió también muchas otras anécdotas y dichos que los zelanti se trasmitían con diligencia y que, a la luz del joaquinismo, aparecían como el anuncio cierto de las prevaricaciones de la Orden y de los castigos que se seguirían. Una simple previsión de San Francisco sobre el relajamiento de los Frailes, referida por Tomás de Celano (2 Cel 157), se convierte en una profecía muy precisa, cumplida en tiempo de Nicolás III, según unos, o en tiempo de Bonifacio VIII, según otros.

Así, por ejemplo, contaba Conrado de Offida que Fray León había tenido un sueño en el que vio una multitud de Frailes tragados por las olas de un río, porque llevaban libros consigo. Él mismo habría corrido la misma suerte de no haber arrojado su breviario. Y San Francisco, al saber este sueño, le habría dicho: «Los libros son malos, ellos perderán la Orden. No tengo por verdadero Fraile Menor al que no se contenta con el Pater Noster». Los zelanti en su rigorismo fanático no advertían que desnaturalizaban e iban más allá de las enseñanzas de San Francisco. Y con mayor razón no podían comprender el papel pacificador de San Buenaventura, culpable de haber intentado un proceso a su predecesor, Juan de Parma. [...] Es verdad que sus tradiciones no siempre les parecían exentas de toda duda, pero correspondían demasiado a sus deseos, y a sus resentimientos; favorecían sobradamente sus tendencias hacia una observancia rigurosa de la Regla para que no las aceptasen. La exaltada imaginación de estos descontentos que habían sufrido cruelmente por amor a la pobreza, creaba detalles, añadía comentarios, dramatizaba los primitivos relatos y los transformaba en armas de combate contra la Comunidad.

A esta profusión de relatos, visiones y recuerdos, que volvían las almas hacia una restauración de los tiempos heroicos, se oponían otros relatos que recomendaban la vida común y legitimaban las costumbres establecidas. Un Fraile de la Provincia de Toscana pregunta a Cristo qué género de vida debe seguir, y Cristo responde: «Guarda la vida común» (XXIV Gener.). En otras partes se dan seguridades a los Frailes acerca de los destinos de la Orden; se les exhorta a no abandonarla; cuéntanse los castigos de los que la atacan y las recompensas de los que le son devotos.

El antagonismo entre las doctrinas y costumbres de la Comunidad, que ya conocemos, y las de los Espirituales era irreductible, pues provenía a la vez de las infracciones de la Regla, de las querellas con el clero secular, del joaquinismo, y en fin, de los recuerdos de los tiempos primitivos que se propalaban, más o menos transformados, en los eremitorios y los conventos.

El 14 de marzo de 1298, Olivi, hecha una profesión de fe netamente católica y franciscana, murió en paz en el convento de Narbona. Desde el día siguiente de su muerte fue venerado como un santo por sus discípulos, a los que en vano había tratado de volver a la recta razón; su carta a Conrado de Offida y su obra De renuntiatione papae son prueba de ello. Cayeron en un verdadero fanatismo, que, durante el Capítulo General de Lyón (1299), obligó a los superiores de la Orden a condenar y arrojar al fuego las obras del Maestro; en 1318 se llegó hasta dispersar sus restos y destruir su sepulcro. Sus partidarios se empeñaron tanto más en defender su memoria y su culto. El Ministro General, Juan Minio de Morrovalle les impuso las penas más severas. Los Provinciales de Provenza y de Aragón con Vital du Four, Lector en Tolosa, fueron los encargados de perseguir a todos los que conservasen obras de Olivi. Debían además conseguir la desautorización de su culto y la retractación de su teoría sobre el uso pobre. Estas persecuciones continuaron bajo el gobierno de Gonzalo de Balboa (1304-1313).

[Gratien de París, O. F. M. Cap., Historia de la fundación y evolución de la Orden de Frailes Menores en el siglo XIII. Buenos Aires, Ed. Desclée de Bouwer, 1947, pp. 343-354 y 383-384, suprimidas aquí las notas].

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