DIRECTORIO FRANCISCANO
ENCICLOPEDIA FRANCISCANA

RUFINO DE ASÍS,
COMPAÑERO DE SAN FRANCISCO

por Daniel Elcid, o.f.m.

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Fray Rufino, de familia noble, era primo hermano de Santa Clara. Entró en la fraternidad probablemente en 1210. Tímido, más bien acomplejado aun espiritualmente, amaba el silencio y el retiro; le resultaba molesto salir por la limosna y, sobre todo, ir a predicar. San Francisco, aunque alguna vez lo puso a prueba, fue siempre comprensivo con él y lo hubiera canonizado en vida. Tomó parte con los hermanos León y Ángel en la compilación del relato de los «Tres compañeros». Murió en Asís en 1270 y fue sepultado en la basílica de San Francisco, lo mismo que Bernardo, Ángel y Maseo (L. Iriarte).


Y vamos con el último de los «compañeros primitivos de San Francisco» que he escogido como retratos vivientes para esta galería literaria. Es una figura que, por sí, no podía faltar, por esto que afirma Fortini: «Sabemos que, entre estos compañeros de San Francisco, estaban los tres compañeros por antonomasia: León, Rufino y Ángel» (ese título se les ha dado por ser ellos tres los autores de la Vida de San Francisco conocida como Leyenda de los tres compañeros: TC 1).

Pero es que, además, él nos viene pintiparado para encarnar el primer fruto del espíritu franciscano, junto con la alegría: la paz; y la paz, en un temperamento difícil para poseerla.


Sol y sombra de sus cualidades

Las fuentes primitivas -y su misma Vida en el título (1)- le dan como primer adjetivo el de «pariente de Santa Clara»: él y ella eran primos carnales. Pero no es lo más importante de uno ser pariente de otro. ¿No tenía él por sí una personalidad bien destacada? Por lo que le conocemos, tendríamos que decir que no llegó a ser un «original»: un «especial», sí. Y esto es lo que nos interesa para su retrato representativo.

Perteneció a la misma alta nobleza que Clara, y tuvo por tanto una formación por encima de la plebe. Es indudable que poseía una índole buena y piadosa, y que era recto, tenaz y generoso. Temperamentalmente, sin embargo, era tímido, y premioso en el hablar, e introvertido; y eso le hizo, alguna vez, hasta temoso. Quizá por todo ello, lo que más le gustó y más buscó en su nueva vida fue la oración, el apartamiento contemplativo. Y este aspecto suyo es el que destaca San Francisco en su descripción completiva del verdadero hermano menor: «la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, que oraba siempre, sin interrupción; aun durmiendo o haciendo algo, estaba con la mente fija en el Señor» (EP 85). Su Vida destaca en él, además de esa absorción contemplativa, «lo inflamado de su amor y lo impoluto de su pureza, como de lirio».

Se dejó prender en plena juventud por el atractivo evangélico y radical de Francisco, «vistió el hábito de la pobreza con gran devoción», y fue uno de los doce primigenios que en 1209 viajaron a Roma para suplicar -y conseguir- de Inocencio III la aprobación de su evangélica regla de vida.

Era como era, y consiguió mejorar lo que era, con la gracia del Señor y la ayuda sabia, firme y afectuosa de Francisco. Y éste, porque sí -la predilección no suele tener otras razones que las del corazón- y por todo ese conjunto y complejo de cualidades, le amó excepcionalmente. Vaya aquí, como prueba, un solo dato: aun con lo dicho anteriormente sobre la confianza del Pobrecillo con el hermano León a esa hora de la máxima intimidad que fue la cura de sus prodigiosas y dolientes llagas, hay que afirmar que, en eso, el hermano Rufino fue más preferido, pues se dejó cuidar por él como enfermero con mayor asiduidad; fue, además, el único que llegó a verle -¡y a tocarle!- la llaga del costado, pues el humilde Pobrecillo se las ingeniaba para que nadie se la viera ni al mudarle la túnica, colocándose siempre una mano sobre el pecho. Un día en que Francisco vestía sólo la túnica, el hermano Rufino le propuso el capricho amistoso de intercambiarse las túnicas, y el ingenuo y afectuoso Pobrecillo, por esa vez, accedió, y, con esa estratagema, el hermano Rufino llegó a verle la herida del costado con todo detalle. Y en otra ocasión se atrevió a más: al mudarle los calzones -que le subían hasta el pecho, y que más de una vez había comprobado manchados de sangre-, rápidamente le metió un dedo -otro cronista dice que tres- en la abertura sangrienta del costado, y el Pobrecillo no pudo evitar un grito de dolor:

-- ¡Dios te perdone, hermano Rufino! ¿Por qué has hecho esto?

Con el tiempo, el testimonio del hermano Rufino fue una de las pruebas sobre la veracidad de la estigmatización de San Francisco.


Una vocación bien probada

La radicalidad evangélica del antes fiestero y rico comerciante Francisco supuso, para cuantos le siguieron, unos altos quilates de autenticidad humana y cristiana. No fue una excepción nuestro hermano Rufino; o sí lo fue, pues, además, de todas las renuncias y dificultades de los otros, él tomó y siguió esa decisión a contrapelo de su natural modo de ser: resultaba, en un sentido, el menos apto para la vida en fraternidad. Ya lo he insinuado, pero volvamos a leerlo en esta acertada etopeya de Cuthbert: «Aquel gentilhombre de Asís, tímido, callado, reservado, descontentadizo algunas veces, parecía el menos indicado para la alegre compañía de la Porciúncula. Mas ocultaba bajo su reserva una gran dulzura y sinceridad absoluta. Su timidez era hija de su temperamento, sensible en extremo. Tal vez Francisco, aleccionado por la complejidad de su propio carácter, se hacía cargo de la tortura y tristeza debidas a la extrema sensibilidad del sistema nervioso en Rufino, y solía tratarlo con la mayor bondad. En San Francisco, al abatimiento seguía una rápida reacción, lo cual no acaecía al hermano Rufino». Para colmo, Wadingo dice que «era algo tartamudo».

Y es precisamente por esa idiosincrasia difícil y nada perfecta por lo que nos interesa él particularmente, como ánimo y enseñanza para todo aquel que, por su temperamento, tiene -y crea- dificultades en una comunidad religiosa, o en el marco familiar, o en cualquier ámbito de la convivencia. A este hermano Rufino le quiso ayudar Francisco a superarse con una prueba más que chocante. Gemelli observa que fue también «para castigar con una saludable medicina radical un residuo de soberbia feudal que le quedaba».

El hecho debió ser a los principios de la Orden, cuando Francisco y sus compañeros obraban sin normas jurídicas, a la buena de Dios y como por sorpresa. Lo narran la Vida y las Florecillas. Voy a darlo sobre el texto latino de la Vida:

«El hermano Rufino estaba tan absorto en Dios por su dedicación asidua a la contemplación, que se había vuelto ajeno a todo lo demás. Hablaba poquísimas veces, y aun entonces tan embarazado, que daba la impresión de que lo hacía a disgusto y por no tener más remedio. Por lo cual, ni tenía gracia para transmitir la palabra de Dios, ni valor para hablar en público.

Un día, el bienaventurado Francisco le mandó que subiera a Asís, entrara en tal iglesia, y predicara al pueblo lo que el Señor le inspirare. El hermano Rufino le replicó:

-- Padre, ahórramelo. No me envíes a eso. Bien sabes tú que no tengo gracia para hablar, y que soy simple e ignorante.

Entonces San Francisco le dijo:

-- Ya que no me has obedecido de inmediato, te mando por obediencia que subas a Asís desnudo, con solos los calzones, entres así desnudo en esa iglesia y así desnudo prediques al pueblo reunido.

Y el hermano Rufino, prefiriendo la obediencia a todo, se despojó del hábito y así, desnudo, se dirigió a Asís, entró en la dicha iglesia, y, hecha la reverencia ritual, subió al púlpito y se puso a predicar.

Los niños y los grandes empezaron a reírse, diciendo:

-- Míralos: éstos hacen tanta penitencia que pierden la chaveta.

Entre tanto, San Francisco se quedó pensando en la pronta obediencia del hermano Rufino, y en su recio mandato. Y empezó a increparse:

-- ¿De dónde a ti, hijo de Pedro Bernardón, hombrecillo vil, que mandas al hermano Rufino, que es uno de los más nobles ciudadanos de Asís, a predicar desnudo al pueblo? ¡Por Dios!, yo he de hacer que experimentes en ti lo que has mandado a otro.

Dicho y hecho. Con gran fervor, se quitó el hábito, encargó al hermano León que le acompañara llevando el suyo y el del hermano Rufino, y se encaminó a la ciudad. Los de Asís, al verlo de esa guisa, desvestido, lo miraban pasar con sonrisa burlona, pensando, como del hermano Rufino, que la mucha penitencia les había trastornado el juicio. Pero el bienaventurado Francisco fue derecho donde el hermano Rufino, el cual, en ese momento, estaba diciendo con premiosidad:

-- ¡Oh amadísimos!, huid del mundo, abandonad el pecado, devolved lo ajeno, si queréis evitar el infierno. Y guardad los mandamientos, amando a Dios y al prójimo, si queréis ir al cielo. Y haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos (Mt 3,2).

Y, en ese punto, San Francisco subió al púlpito. Y predicó tan estupendamente sobre el desprecio del mundo, y sobre la penitencia santa, y sobre la pobreza voluntaria, y sobre el deseo del reino celestial, y sobre la desnudez y el sufrimiento del Señor Jesús en la cruz, que todos -que habían acudido allí en gran número- empezaron a llorar y a sollozar en voz alta, y a implorar la misericordia de Dios con singulares muestras de compunción. Y aquel día hubo tantas lágrimas en Asís como nunca se había conocido con ningún sermón sobre la pasión de Cristo.

Y así, con esta edificación del pueblo, los dos se vistieron el hábito y regresaron a la Porciúncula, glorificando y alabando a Dios, porque habían logrado vencerse a sí mismos y habían mostrado el desprecio del mundo. Y, desde aquel día, los asisienses se tenían por dichosos si lograban tocar la fimbria de su vestido» (cf. Flor 30).

Quede ahí la florecilla, con su preciosa lección -aunque tan inusualmente dada- sobre las virtudes radicales del cristiano.


La cruz de la convivencia

Y pasemos a otra, en que veremos más de manifiesto la enseñanza psicológica y práctica del hermano Rufino. No que ésta fuera la única crisis grave en que le pusieron a nuestro protagonista el diablo y su idiosincrasia, y la Vida nos refiere hasta tres; la verdad es que su renuencia para identificarse con su nueva familia fue tal, que le atacó la tentación de irse por el camino de los anacoretas. Y lo intentó. En ese momento crucial vamos a conocerlo ahora. Lo transcribo de las Florecillas:

«El hermano Rufino, uno de los más nobles caballeros de Asís, compañero de San Francisco y hombre de gran santidad, fue un tiempo fortísimamente atormentado y tentado en su interior por el demonio acerca de su predestinación. Esto le hacía andar triste y melancólico, porque el demonio le hacía creer que estaba condenado y que no era del número de los predestinados a ir a la vida eterna, siendo inútil todo lo que hacía en la Orden. Como esta tentación perdurara varios días, y él no se atreviera a manifestarla a San Francisco por vergüenza, y sin omitir por ello las oraciones y las penitencias que acostumbraba, el demonio comenzó a añadirle tristeza sobre tristeza, combatiéndolo en un doble frente: con la batalla interior y con falsas apariciones exteriores. Una vez se le apareció en la forma del Crucificado, y le dijo:

-- ¡Oh hermano Rufino! ¿A qué viene macerarte con penitencias y rezos, si tú no estás predestinado a ir a la vida eterna? Créeme: yo sé muy bien a quiénes he elegido y predestinado, y no creas a ese hijo de Pedro Bernardone si te dice lo contrario. Y no le preguntes sobre esto, porque ni él ni ningún otro lo sabe, sino yo, que soy el Hijo de Dios. Créeme, pues, si te digo que tú eres del número de los condenados, y todos los que le siguen están engañados.

Al oír estas palabras, el hermano Rufino comenzó a verse tan entenebrecido por el príncipe de las tinieblas, que estaba para perder por completo la fe y el amor que había profesado a San Francisco, y ya no se cuidaba de confiarle nada. Pero lo que el hermano Rufino no dijo al santo padre, se lo reveló a éste el Espíritu Santo. Viendo, pues, en espíritu San Francisco el gran peligro en que se hallaba el pobre hermano Rufino, mandó al hermano Maseo a buscarlo. El hermano Rufino le respondió con brusquedad:

-- ¿Qué tengo que ver yo con el hermano Francisco?

Entonces, el hermano Maseo, todo lleno de sabiduría divina, entreviendo la perfidia del demonio, le dijo:

-- Hermano Rufino, ¿no sabes que el hermano Francisco es como un ángel de Dios, que ha iluminado a tantas almas en el mundo, y por medio del cual hemos recibido nosotros la gracia del Señor? Quiero absolutamente que vengas a él, porque veo claramente que el demonio te está engañando.

A estas palabras, el hermano Rufino se puso en camino para ir a San Francisco. Viéndole venir de lejos, San Francisco comenzó a gritarle:

-- ¡Oh hermano Rufino! Tontuelo, ¿a quién has dado crédito?

Llegado el hermano Rufino, San Francisco le manifestó punto por punto toda la tentación que había sufrido interior y exteriormente del demonio, haciéndole ver que aquel que se le había aparecido era el diablo y no Cristo, y que en manera alguna debía hacer caso de sus insinuaciones. Y añadió:

-- Si vuelve otra vez el demonio a decirte: "Estás condenado", no tienes más que responderle: "¡Abre la boca, y te la lleno de inmundicia!", y verás cómo huye en cuanto le digas esto; señal de que es el diablo. Y debías haber conocido que era el demonio al ver cómo endurecía tu corazón para todo bien; pues éste es su oficio. En cambio, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre fiel; antes al contrario, lo ablanda, como dice por boca del profeta: Yo os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36,26).

Entonces, el hermano Rufino, al ver que el hermano Francisco le decía punto por punto cómo había sido su tentación, se compungió con sus palabras, rompió a llorar a lágrima viva, y cayó a los pies de San Francisco, reconociendo humildemente la culpa que había cometido ocultando su tentación. Quedó, así, muy consolado y confortado con las recomendaciones del padre santo, y totalmente cambiado para mejor. Por fin, le dijo San Francisco:

-- Anda, hijo, confiésate, y no abandones el ejercicio acostumbrado de la oración. No dudes de que esta tentación te servirá de gran utilidad y consuelo, como lo comprobarás muy pronto.

Volvió el hermano Rufino a su celda en el bosque. Y, hallándose en oración con muchas lágrimas, he aquí que vuelve el enemigo bajo la figura de Cristo y le dice:

-- ¡Oh hermano Rufino! ¿No te dije que no debes creer al hijo de Pedro Bernardone, y que es inútil que te fatigues en lágrimas y oraciones, puesto que estás condenado sin remedio? ¿De qué te sirve atormentarte cuando estás en vida, si al morir te has de ver condenado?

De inmediato le replicó el hermano Rufino:

-- ¡Abre la boca, y te la lleno de inmundicia!

El demonio, enfurecido, se fue al punto, causando tal tempestad y cataclismo de piedras que caían del monte Subasio a una y otra parte, que por largo espacio de tiempo siguieron cayendo piedras hasta abajo; y era tan grande el ruido de las piedras chocando las unas con las otras al rodar, que se llenaba el valle del resplandor de las chispas. Al ruido tan espantoso que producían, salieron del eremitorio, alarmados, San Francisco y sus compañeros para ver lo que ocurría, y pudieron contemplar aquel torbellino de piedras.

Entonces, el hermano Rufino se convenció claramente de que había sido el demonio quien le había engañado. Volvió a San Francisco y se postró otra vez en tierra reconociendo su pecado. San Francisco le animó con dulces palabras, y le mandó a su celda totalmente consolado. Estando en ella devotamente en oración, se le apareció Cristo bendito, le enardeció el alma en el amor divino, y le dijo:

-- Has hecho bien, hijo, en creer a Francisco, porque el que te había llenado de tristeza era el diablo. Pero yo soy Cristo, tu Maestro. Y, para que no te quepa duda alguna, te doy esta señal: mientras vivas, no volverás a sentir tristeza ni melancolía.

Dicho esto, desapareció Cristo, dejándolo lleno de tal alegría y dulzura de espíritu y elevación del alma, que día y noche estaba absorto y arrobado en Dios» (Flor 29).

Es la lucha del mal y del bien, entre el Ángel de las tinieblas y el Ángel de la luz, que se desarrolla dramáticamente en el corazón de cada hombre. De toda esa florecilla, lo que a mí me agrada más cada vez que la leo es esa observación psicológica del discernimiento espiritual del Pobrecillo: «En esto debías haber conocido que era el demonio: en que endurecía tu corazón para todo bien. Al contrario, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre, sino que lo ablanda». Regla de oro para discernir si las raíces de nuestro corazón -y el hombre es lo que es su corazón- están sanas o envenenadas.

Pero aquí estamos mirando el caso difícil del hermano Rufino, paradigmático de cuantos sufren la convivencia como una tortura. Su terquedad -fruto de su temperamento tímido y temoso- le llevó a separarse de sus hermanos, y hasta a desconfiar del mismo San Francisco. Pero ni éste ni la fraternidad se desentendieron de él. Aquel trato fraterno comprensivo, paciente, amoroso, salvó la paz del hermano Rufino. Y puede salvar, en similares marcos existenciales, a un hijo, a un esposo, a un amigo, a una persona. Estas heridas de la convivencia, sólo un amor a toda prueba las sana: acogiendo, insistiendo, amando, y recordando que, si ese modo de ser es un pecado de la naturaleza, con el pecado se lleva el tal ya bastante penitencia; es vivir en el vence al mal a fuerza de bien, de San Pablo (Rom 12,21). Y el fruto de esta acogida evangélica llega: la terquedad se cambia en humildad; la dureza de corazón, en suavidad del espíritu; el tormento de la tentación, en el gozo de la paz. Sólo es preciso no cansarse de aplicar permanentemente, a los mismos males, los mismos remedios. El triunfo final es siempre del amor.


El beso de la paz

Ya he dicho que eso fue como en su noviciado franciscano, a los principios de su nueva vida. Pero el hermano Rufino era hombre noble de casta y de espíritu, sincero, leal, y, dentro de su timidez natural, capaz de grandes decisiones radicales. De la superación de aquel momento crucial surgió el auténtico hermano Rufino para el resto de sus días, que fueron muchos. Y se le cumplió la promesa del Señor: «Mientras vivas, no volverás a sentir tristeza ni melancolía». Y le vino miel sobre hojuelas: gracias a la libertad evangélica de la fraternidad franciscana -superadora de su tendencia al anacoretismo-, realizó en plenitud su vocación contemplativa. Dice su Vida que «se entregó de tal modo a la oración y fue tan confirmado por Dios en la elevación mística, que, por él, estaría -y muchos días estaba- sin salirse de un pequeño círculo, contemplando a Dios día y noche, si no se lo interrumpieran los hermanos». Y esa contemplación era para él paz, reposo supremo. Ese fue su carisma, y hemos visto al principio que por ahí le ponía el Pobrecillo como modelo para los demás. Por eso puede aplicársele -quizá como a ningún otro- lo que afirma Celano del mismo San Francisco: «que no sólo era todo él un hombre orante, sino un hombre hecho oración»; hasta llegar a esa hipérbole que traen unánimemente los biógrafos primitivos, y el mismo San Francisco: «que permanecía en oración hasta cuando dormía».

La verdadera contemplación -la que es «arrobamiento y no abobamiento», con la salerosa distinción de nuestra Santa Teresa- es también un termómetro alto de la santidad.

«Estando una vez San Francisco con un grupo de hermanos platicando de Dios, el hermano Rufino no se hallaba con ellos en la conversación, porque estaba contemplando en el bosque. Mientras ellos continuaban hablando de Dios, el hermano Rufino salía del bosque y pasaba a cierta distancia de ellos. San Francisco, al divisarlo, se volvió a sus compañeros y les preguntó:

-- Decidme, ¿quién creéis vosotros que es el alma más santa que tiene Dios en el mundo?

Como a coro de admiración y de cariño, le respondieron que seguramente sería él. Pero San Francisco prosiguió:

-- Yo, hermanos, soy el hombre más indigno y más vil que tiene Dios en la tierra. Pero ¿veis a ese hermano Rufino, que sale ahora del bosque? El Señor me ha revelado que su alma es una de las más santas que El tiene en este mundo. Os lo aseguro: yo no dudaría en llamarlo «San Rufino» ya en vida, porque su alma está confirmada en gracia, santificada y canonizada en el cielo por nuestro Señor Jesucristo.

Y este panegírico lo hizo más de una vez, pero nunca en presencia del hermano Rufino» (Flor 31).

Le llegó su fin beatíficamente. Se hallaban gravemente enfermos en la Porciúncula tres de nuestros primitivos: el hermano León, el hermano Rufino y el hermano Bernardo. Y éste falleció. Y el hermano León, que parecía más grave, vio en sueños una larga teoría de hermanos celestiales, que caminaban en procesión hacia la Porciúncula. Venía con ellos uno, espléndido entre todos los demás, tanto que el mirarlo ofuscaba. El hermano León preguntó a uno de la celeste comitiva:

-- ¿Quiénes sois y a qué venís?

-- Venimos a recoger el alma de un hermano, enfermo aquí en la Porciúncula, que va a fallecer pronto.

-- ¿Y quién es -siguió interrogando el hermano León- ese de los ojos tan resplandecientes?

-- Pero ¿no lo conoces? Es el hermano Bernardo de Quintaval, que a todos miraba bien, y en su humildad pensaba bien hasta de los malos, y cuanto veía de hermoso en las criaturas lo refería a su Creador.

Y la visión se esfumó en el sueño. El hermano León se lo contó al día siguiente al hermano Rufino, concluyendo con esta gozosa convicción:

-- Amadísimo, espero partir pronto hacia Dios.

Pero el hermano Rufino le replicó, con la seguridad de quien sabe bien lo que se dice:

-- Yerras, hermano, pues es mi pronta muerte y mi salvación la que te ha sido revelada.

Y se enzarzaron en una deliciosa discusión. La cerró el hermano Rufino con esta declaración:

-- Amadísimo, tú lo viste en sueños. Yo he visto y oído lo mismo estando bien despierto. Y en esa comitiva celeste figuraba también el bienaventurado Francisco, el cual me ha dicho que venían a llevarme ya con ellos. Y, al decirme esto, me ha dado sobre los labios un beso dulcísimo, que ha dejado mi boca rebosando de una fragancia maravillosa. Acércate a mí, y sentirás ese perfume delicioso.

Y el hermano León se acercó, y percibió que la boca del hermano Rufino exhalaba tal y tanta fragancia, que era como para embriagarse de placer. Y le creyó. Y el hermano Rufino convocó a todos los hermanos, les exhortó a que guardasen la pobreza y el amor mutuo, y con estas palabras se durmió plácidamente en el Señor. Sus labios quedaron sellados para siempre con el «beso dulcísimo» de la paz franciscana.

Era el 14 de noviembre de 1270, justo un año antes que el hermano León. «Lo sepultaron con gran honor y mucha concurrencia del pueblo en la basílica de San Francisco», el cuarto de los dos pares que acompañan allí al Pobrecillo de generación en generación. Aquel que estuvo en un tris de abandonarle definitivamente por aferrarse con tozudez a su temperamento, tiene ahora el honroso privilegio de que se cumpla en él la bendición de Dios a los amantes perfectos: que ni la muerte los separe.


NOTA:

1) Vida del hermano Rufino, pariente de Santa Clara; texto original latino en la Crónica de los veinticuatro Generales, en Analecta Franciscana, T. III, pp. 46-54 (Quaracchi 1907).- N.B.: En esta versión omitimos las notas o citas que lleva el texto original.


[Daniel Elcid, O.F.M., El hermano Rufino o la paz, en Idem, Compañeros primitivos de San Francisco. Madrid, BAC Popular 102, 1993, pp. 165-175]

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