DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


HAGAMOS HABITACIÓN Y MORADA
AL PADRE-HIJO-ESPÍRITU
[1]

por Thaddée Matura, OFM

 

La celebración del octavo centenario de la aprobación de la Regla de los Hermanos Menores fue una ocasión para profundizar en lo que constituye el centro de gravedad de la visión de Francisco: el contenido y el sentido de la palabra «evangelio». Para Francisco la expresión «observar el santo evangelio de Jesucristo», no se reduce a los textos evangélicos sobre la pobreza y la misión. Apunta a la totalidad del mensaje y del don de Dios a la humanidad, presentes e injertados en la historia, que culmina con la venida del Verbo hecho carne y con la difusión del Espíritu en la Iglesia y en el mundo. El evangelio es la Buena Noticia «de la gloria del Dios bienaventurado» (1 Tim 1,11), de lo que Dios es para el hombre y el hombre para Dios. Nos revela el rostro glorioso del Dios altísimo, al mismo tiempo que su humildad y su pobreza cuando, de rodillas, a la espera de la respuesta de amor humano, lava los pies de aquellos a quienes ha creado. Igualmente revela lo que el hombre es para Dios: la grandeza de su ser, «la más grande y la más digna de las criaturas», aunque pobre y pecador, «amado por un santo amor». Pero aún quedaba otra profundidad por descubrir.

Según un pasaje del evangelio de Juan, 14,15-26, la revelación contiene en su centro como término supremo de la experiencia de la fe, la promesa de una intimidad inaudita entre el hombre creyente y Dios, Padre e Hijo: el «convertirse en su morada». Francisco debió descubrir este texto muy pronto, poco tiempo después de haber presentado el proyecto de su fraternidad, la protorregla, a la aprobación papal. Siempre me ha intrigado el texto de la «Forma de vida de las hermanas pobres» que, según la Regla de Clara, capítulo 6, Francisco redactó al principio de su aventura evangélica hacia el año 1212. De entrada, sitúa la vida de las hermanas en una dimensión trinitaria: la opción de la perfección evangélica introduce a las hermanas en la intimidad de las relaciones divinas: se convierten en hijas y esclavas del Padre celestial, se desposan con el Espíritu Santo. A continuación, Francisco aplicará los mismos títulos a la Virgen María. Esta designación tan precoz de la vida según el evangelio, llamada «inhabitación trinitaria» en términos teológicos, no la reservará únicamente a María sino que la extenderá igualmente, por medio de esbozos y alusiones, a sus hermanos, en varios pasajes de la primera Regla (= 1 R). Y con más amplitud, con una mayor insistencia sobre el cometido del Espíritu y con los añadidos procedentes de otros evangelios, ampliará la llamada a esta intimidad a todos los creyentes en su segunda Carta a todos los fieles (2CtaF 48-56), que presenta como el resultado y la cima de la vida cristiana vivida en su plenitud.

Una conferencia del capuchino Wieslaw Bloch: «La protorregla a la luz de la Forma de vida»,[2] presentada en un simposio en Varsovia en noviembre de 2009, fue un estímulo para estudiar el tema de «la habitación y la morada del Padre, Hijo y Espíritu» (1 R 22,27) en la visión de Francisco. He aquí el resultado de este estudio.

Jacob de Wit: La Sagrada Familia y la Trinidad

LA INHABITACIÓN TRINITARIA,
TÉRMINO Y CUMBRE DE LA VIDA EVANGÉLICA,
EN LOS ESCRITOS DE FRANCISCO Y DE CLARA DE ASÍS

En la segunda Carta de Pedro (1,4), escrito tardío del NT, se encuentra una fórmula extraña de tres palabras de carácter filosófico abstracto: «partícipes de la naturaleza divina» (en griego: theias koinônoi phuseôs). El autor anuncia a los creyentes cristianos que, por «su gloria y su virtud», Dios les propone y ofrece algo precioso y grandioso: tener parte en su ser divino, concretamente «convertirse en dioses». Tal y como está formulado y lo que esto significa, no se encuentra explícitamente en los evangelios sinópticos. En los escritos paulinos algunos pasajes se manifiestan en este sentido (Rom 8,14-17; Gál 4,6-7). Pero es en el evangelio de Juan y en sus cartas donde este tema se anunciará y se profundizará claramente, escapando así a lo que la fórmula de Pedro comporta de abstracto y de teórico.

En el prólogo del evangelio de Juan (1,11-12) se dice de una manera realista que los que acogen al Verbo -Logos- son «engendrados por Dios», convirtiéndose así en sus hijos (tekna). Es sobre todo en los capítulos 13 al 17 (discurso de despedida), donde se desarrollará toda la riqueza de la expresión «partícipes de la naturaleza divina». El pasaje más importante, que condensa en cierto modo el conjunto de los textos joánicos sobre la intimidad de Dios y el hombre, es el que se halla en 14,21-23. Jesús declara: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él» (v. 21) y, más adelante: «El que me ama [...] mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (v. 23). Participar «de la naturaleza divina» es sumergirse en un océano infinito de amor interno en el misterio del Padre y del Hijo; Dios se convierte en la morada del hombre y el hombre en la de Dios. La experiencia cristiana en el transcurso de su larga tradición volverá con frecuencia -tanto en la época patrística como en las corrientes místicas- a este texto que designa la cima del don de Dios y el fin más inverosímil del deseo humano: llegar a ser Dios. En términos teológicos se hablará, en los Padres de la Iglesia, sobre todo del oriente, de la deificación o divinización, y más recientemente, de «la inhabitación trinitaria». En la mayoría de las grandes corrientes espirituales este tema ocupará un lugar más o menos central; pensemos por ejemplo en la mística trinitaria de la carmelita Isabel de la Trinidad.

¿Es que la «espiritualidad franciscana» ha escuchado este mensaje y ha retenido de él algún eco o beneficio? La espiritualidad franciscana, sin duda alguna, es un gran río donde se mezclan toda clase de afluentes, pero del cual Francisco y Clara son la fuente original. Limitándonos a esta aportación original, tenemos que afirmar que ellos han recibido el mensaje y lo sitúan, a su manera, en el corazón de la visión espiritual que se puede desprender de sus escritos. Uno de los primeros textos redactados por Francisco alrededor del año 1212, que Clara cita en su Regla (capítulo 6), sitúa explícitamente la vida de las hermanas pobres en una dimensión trinitaria. Más tarde, Clara retomará el texto joánico tal cual en una de sus cartas a Inés de Praga (3CtaCl). En cuanto a Francisco, cita este texto dos veces (1 R; 2CtaF), da una interpretación y lo presenta como la cima del itinerario evangélico propuesto a todas las personas. Y no se deben pasar por alto los numerosos pasajes de sus escritos que hablan de la Trinidad y de su lugar en la vida cristiana.

Este estudio se propone analizar los textos de Francisco y de Clara que se refieren al misterio del Padre-Hijo-Espíritu, y elaborar, si es posible, una síntesis para iluminar «nuestra comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3), en el Espíritu. Pero antes de ese análisis, parte central de nuestro trabajo, parece indispensable el comprender bien el significado y el alcance del contenido exacto de las palabras evangélicas en cuestión (Jn 14,21-23), situándolas en su contexto global (14,15-26). Por lo tanto, la primera parte de este estudio se dedicará a una exégesis de la declaración de Jesús sobre lo que constituye la cumbre del intercambio y de la unión entre Dios y el hombre. Esto permitirá, después, ver lo que Francisco y Clara han retenido, cómo lo han comprendido y aplicado a la vida que se proponían llevar.

I. UNA MORADA PARA EL PADRE Y EL HIJO,
ENSEÑADA Y RECORDADA POR EL ESPÍRITU: Jn 14,15-26

«15Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no le ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.

18No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él. 22Le dijo Judas, no el Iscariote: "Señor ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?". 23Respondió Jesús y le dijo: "El que me ama, guardara mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

25Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, 26pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho"».

Tal como muestra la transcripción de este pasaje del evangelio de Juan, dividido en tres párrafos, el texto central -base de nuestro estudio y punto de comparación con lo que retendrá Francisco- que comentaremos, son las palabras de Jesús de los versículos 21 y 23, de contenido casi idéntico y sin embargo complementario. Estas declaraciones no tienen dimensión trinitaria; sólo hablan de las relaciones de amor y de inhabitación del Padre y del Hijo con aquel que ama a Jesús. Se encuentran en una especie de núcleo central (18-24), enmarcado por los dos primeros conjuntos joánicos sobre cinco, relativos al Espíritu. Estos dos pasajes-marcos (vv. 15-17 y 25-26) sobre el Espíritu que permanece junto al creyente y en él, que enseña y recuerda lo que Jesús ha dicho, confieren efectivamente al conjunto del texto una perspectiva trinitaria y permiten hablar de la morada o inhabitación del Padre, Hijo y Espíritu.

Empecemos nuestra lectura por la parte central. No olvidemos sobre todo el contexto general del discurso de despedida. A lo largo de la última cena, Jesús anuncia a sus discípulos su próxima partida -su muerte-. En su ternura por ellos se atribuye un rol paterno -¿o materno?-: incluso partiendo, no los dejará huérfanos y promete su retorno (v. 18). Esto tendrá lugar en su resurrección, de la cual el mundo no tendrá ningún conocimiento, contrariamente a los discípulos que lo volverán a ver y compartirán, en la fe, su vida: viviréis (v. 19). Esta experiencia los introducirá en otra profundidad: los discípulos se darán cuenta de que el Resucitado está en su Padre, inmerso en él, como los discípulos lo están en él, el Hijo, y el Hijo en ellos (v. 20). A partir del versículo 21 el discurso ya no se dirige a los discípulos, se convierte en un discurso general, se aplica a todos, el «vosotros» es sustituido por «el», el que me ama... guarda mis mandamientos. Por primera vez aparece en el núcleo central la palabra «amar» (agapân) que será utilizada seis veces más. Esta palabra característica del NT, sobre todo en los escritos de Juan, designa, en primer lugar, este es el caso, el amor de Dios por los hombres. El amor del hombre por Dios sólo es una respuesta. Consiste en acoger «los mandamientos y las palabras» de Jesús. Mandamientos y palabras parecen identificarse. Todo lo que Jesús anuncia, cumple y revela el designio de amor del Padre por el mundo y el hombre, es, en efecto, objeto de la palabra y de los mandamientos.

Pero, ¿qué le sucede al que «me ama» (vv. 21 y 23)? Espera y recibe de Jesús la conmovedora revelación de la pasión de Dios por el hombre que lo acoge: «Será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él» (v. 21). El pequeño y mediocre yo humano se encuentra repentinamente sumergido en un océano infinito que es Dios, definido como Amor, no solitario sino rebosante de la comunión del Padre y del Hijo. Y el que vino en la carne, una vez glorificado, además de su amor, promete su manifestación, su «epifanía». A la pregunta de Judas (v. 22): «¿Qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?», Jesús responde de una forma clara y general: lo que he dicho va dirigido a cualquiera que «me ama», independientemente de donde se halle. La segunda declaración (v. 23) toma de nuevo en términos casi idénticos la primera, con una sustitución, una omisión y un añadido importante. La palabra de Jesús reemplaza a los mandamientos, cosa que parece implicar que el contenido de ambos es casi el mismo. El «y yo también lo amaré y me manifestaré a él» se omite; en cambio aparece un término rarísimo: «morada» (moné en griego, mansio en latín); en el NT sólo lo encontramos aquí y en Jn 14,2. Esta palabra «morada» experimentará toda una riqueza en la tradición.

En su amor por el hombre, el Padre y el Hijo harán morada en él. En griego, la palabra «moné» designa la acción de detenerse (la estancia, el descanso), pero también el lugar donde se reside (el alojamiento, el edificio). El evangelio de Juan y sus cartas utilizan con profusión el verbo «menein en», «permanecer en, dentro»; de las treinta y tres veces que se usa esta palabra en el NT, veinticinco veces aparece en Juan. «Hacer morada en» significa estar no solamente al lado, muy cerca, sino dentro, en el interior de; esto implica, en las relaciones humanas, un grado de intimidad inimaginable: «tú en mí y yo en ti» (Jn 17,21). En todas las expresiones de estas relaciones íntimas: amor parental, filial, amistoso, nupcial, sea cual sea la proximidad y la intensidad, siempre permanecemos al exterior del otro, nunca dentro. Sin duda alguna, morar es un término que se refiere al espacio; señala un lugar, un edificio. Pero en el texto de Juan, este lugar no es cualquier espacio impersonal, casa, templo. Tal como lo sugiere la repetición por siete veces de la palabra «amar» en los versículos del 18 al 24, es el amor por parte del Padre y del Hijo, respondiendo al amor del hombre que lo acoge. Este amor es el «lugar» donde se entra, donde se reside. Según Apocalipsis 21,22, Dios y su Cordero son el templo de la Jerusalén celestial. La expresión «haremos morada en él», que harán el Padre y el Hijo, es susceptible de una doble interpretación. El Padre y el Hijo -su amor- son el lugar donde residirá el que ama; o bien, el que ama, es decir su amor, es el que se convertirá en la morada del Padre y del Hijo. En los dos casos hay reciprocidad en el amor: siempre el uno en el otro y viceversa. Este el mensaje inaudito, más allá de todo pensamiento, que Dios anuncia y cuya realización promete: su deseo de hacer partícipe al ser humano de «su naturaleza divina».

Sin embargo, como ya se ha dicho, el texto comentado es dual, no trinitario; no se menciona al Espíritu. Pero este texto está incluido dentro dos pasajes que tratan de la misión del Espíritu (vv. 15-17 y 25-26), por lo tanto, forman parte del contexto. El pasaje central no puede comprenderse en todo su sentido sin la presencia cerca de los discípulos «de otro Paráclito» (Jesús es, pues, el primero). A la súplica del Hijo, el Padre se lo dará para que no sólo «more con» sus discípulos, sino para que «more en» ellos (vv. 15-17). Asimismo, la conclusión (vv. 25-26), afirmando los vínculos entre Jesús y el Espíritu -entregado a petición de Jesús (v. 16), enviado en su nombre (v. 26)-, ilumina la función del Espíritu en este misterio de la «morada». Él «enseña» -explica, da a conocer, realiza- y «recuerda» lo que Jesús acaba de decir. Aunque las dos palabras centrales sólo mencionan al Padre y al Hijo, es por el Espíritu, «presente para siempre» junto a los discípulos, que éstos lo conocen, lo experimentan (vv. 16 y 17), que se cumple el misterio de la inhabitación, como en el momento de la encarnación (Lc 1,34) y de la resurrección (Rom 1,4) de Jesús. Se convierte, efectivamente, en trinitaria.

Esta lectura del texto fundamental de la revelación cristiana, referida a la inimaginable intimidad entre Dios y el ser humano, nos impulsa a preguntarnos si esta promesa y ofrecimiento han sido y son acogidos, y cómo. En nuestro caso, tal como se ha dicho en la introducción, ¿esta realidad y su contenido fueron conocidos por Francisco y Clara? A responder a esta pregunta, dedicamos la segunda parte de este estudio.

H. van Balen: Santísima Trinidad

II. EL MISTERIO TRINITARIO
EN LOS ESCRITOS DE FRANCISCO Y DE CLARA

Según el testimonio de la Regla de Clara, el primer texto escrito por Francisco data del comienzo de la vocación de Clara, hacia 1212. En esta «forma de vida» redactada para las hermanas donde les promete tener siempre por sí mismo o por sus hermanos «un cuidado amoroso y una solicitud especial», Francisco sitúa esta vida en una dimensión trinitaria: las hermanas se han hecho hijas y siervas del Padre, esposas del Espíritu. Sorprende verlo afirmar al principio de su propio itinerario, empezado apenas tres años antes, que las mujeres que acaban de comprometerse en el mismo camino que él, han contraído una intimidad tan grande con el misterio divino. ¿Cómo ha podido concebir tan precozmente esta perspectiva para caracterizar la vida de las hermanas y sin duda su propio proyecto, como participación de la vida de la Trinidad?

Si examinamos atentamente la modesta colección de sus escritos, descubrimos un gran número de pasajes que hablan de Dios como Padre-Hijo-Espíritu. De los 28 escritos, casi la mitad, 12, lo mencionan explícitamente. La Regla no bulada cuenta con el mayor número de citas (12); la 2CtaF (5); CtaO y Adm, (cada una 3); otros escritos: AlD, ExhAD, Test, OfP y SalVM (8), en total 31 menciones de la Trinidad. Sin contar las aproximadamente 18 doxologías Gloria Patri... que concluyen los Salmos del Oficio de la Pasión y algún otro texto (ParPN). A la repetición frecuente de este texto litúrgico hay que añadir también la fórmula In nomine Patris... (5 veces), utilizada en 2CtaF y CtaO con algunas amplificaciones. Existe una mención trinitaria cuando el Padre, el Hijo y el Espíritu son nombrados de manera explícita, que es lo más corriente, pero también con el empleo de los términos abstractos: Trinus et Unus (1 R 24,2; AlD 3), Trinitas et Unitas (5 casos). Estos últimos amplificados: summa Trinitas - sancta Unitas (CtaO 1), Trinitas perfecta - Unitas simplex (CtaO 53), sancta Trinitas - indivisa Unitas (ExhAD 18). Estas repeticiones y amplificaciones testimonian la influencia de la liturgia en el lenguaje de Francisco.

La estadística muestra suficientemente qué lugar ocupa el misterio trinitario en los escritos de Francisco. Ahora debemos examinar, si no todos los pasajes que se refieren a ese misterio, al menos los más ricos en contenido teológico y espiritual. Lo haré en tres etapas: en primer lugar, el texto más antiguo y su aplicación a María; a continuación, los pasajes mayores de los escritos; finalmente, dos textos que contienen y sitúan la expresión «habitación y morada».

1. La dimensión trinitaria de la vida evangélica y María, su modelo

«Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y esclavas del altísimo y sumo Rey, Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud» (RCl 6,3-4).

Este texto, que según afirma Clara en su Regla (6,3-4), fue redactado para ella y sus hermanas en los mismos inicios de su elección evangélica, expresa la voluntad de Francisco de guiarlas y acompañarlas en un camino que ya las ha introducido en la comunión de la vida trinitaria. En efecto, la consecuencia, resultado y fruto de su decisión, más allá de sus aspectos radicales concretos, es el acceso a la intimidad divina. Las hermanas se convierten en hijas y esclavas del Padre celestial, Rey altísimo, y han desposado al Espíritu Santo. Este texto retoma los temas neotestamentarios de filiación divina (Jn 1,12; Gál 4,6) y aluden a María esclava sobre la cual viene el Espíritu (Lc 1,35-38). De una forma desconocida para la tradición bíblica, Francisco atribuye aquí al Espíritu la función del esposo. Lo esencial para él es afirmar que la vida de las hermanas las introduce en lo que es lo más profundo y lo más central de la revelación cristiana: relaciones con el Padre y el Espíritu. El Hijo no es aludido explícitamente, sólo la mención del «santo evangelio» lo sugiere.

¿De dónde le viene tan precozmente a Francisco esta intuición? ¿La aplica exclusivamente al grupo de hermanas, a su propio proyecto, quizá a otros? Aunque la mayoría de los términos utilizados proceden del NT, no es citado explícitamente ningún texto bíblico; sin embargo, al principio de la aventura franciscana, la suya propia y la de Clara, él tiene la osadía de situar el corazón de la vida de las hermanas bajo el trasfondo del misterio trinitario. Y como esta vida es parecida en el fondo a la que él ha escogido y hecho aprobar en la protorregla, puede pensar con razón -tal como lo sugiere Wieslaw Block-[3] que esto vale también para la vida de los hermanos. Francisco aplicará esta dimensión a una figura eminente de la fe evangélica, la Virgen María. Lo hará en dos textos, compuestos probablemente unos diez años más tarde -después de 1222-: una antífona en honor de María (OfP Ant) y un saludo dirigido a ella (SalVir).

«Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros, con san Miguel arcángel y con todas las virtudes del cielo y con todos los santos, ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro» (OfP Ant).

Esta antífona, repetida después de cada uno de los Salmos compuestos por Francisco para celebrar los misterios de Cristo, retoma la mayoría de las calificaciones del texto precedente, modifica una de ellas, «esposa», en lugar de «os habéis desposado», y añade dos. María, virgen y santa, a quien no se parece ninguna otra mujer de este mundo, es hija y esclava del Padre, como las clarisas, pero también infinitamente más, por ser la madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo y la esposa del Espíritu. En este texto la dimensión trinitaria es explícita. María posee en la totalidad lo que tienen en parte las demás mujeres: en ella se realiza, por su divina maternidad, un encuentro único entre Dios Padre, Hijo, Espíritu y el ser humano. No sabemos si Francisco pensó en esta aplicación a María ya antes o solamente después de haberla propuesto a las hermanas. Podemos apreciar que la antífona pudo experimentar algunas influencias de una alabanza litúrgica de origen oriental, utilizada en la fiesta de la Presentación de María (21 de noviembre): «Bienaventurada Madre de Dios, María, Virgen perpetua, templo del Señor, santuario del Espíritu Santo, nadie como tú ha complacido al Señor Jesucristo». En todo caso, la idea de templo o iglesia del Señor, santuario del Espíritu, se vuelve a encontrar en este saludo que Francisco dirige a María:

«Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen hecha iglesia, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Defensor, en ti estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. ¡Salve, palacio Dios! ¡Salve, tabernáculo suyo! ¡Salve, casa suya! ¡Salve, vestidura suya! ¡Salve, esclava suya! ¡Salve, Madre suya!...» (SalVM 1-5).

En este poema litúrgico, una pura alabanza, María es saludada como «virgen hecha iglesia». Si el sentido primero de esta palabra designa a la asamblea de los fieles, el uso más corriente apunta al edificio que aloja y resguarda a esta asamblea. María es a la vez lo uno y lo otro. Las cuatro imágenes: palacio, tabernáculo, casa, e incluso vestidura, que le son aplicadas son realidades espaciales, construcciones. Como iglesia -comunidad y edificio-, María, elegida por el Padre santísimo, es consagrada-dedicada por él y por sus dos «concelebrantes»: Hijo y Espíritu. Se convierte así en una morada en la que se halla siempre toda la plenitud de la gracia y todo bien, es decir, la totalidad de la revelación de lo que es Dios y de lo que el hombre es para él.

Si confrontamos los tres textos, cronológicamente distintos, se nota una evolución. Tienen en común la afirmación del vínculo ante el ser humano femenino -clarisas y María- con el misterio de la comunión del Padre-Hijo-Espíritu. El trasfondo trinitario, bosquejado por el primer texto, está explícitamente afirmado y desarrollado en los siguientes. Si el primero sólo se dirige a mujeres concretas, los otros dos centran las relaciones trinitarias en una figura única: María, «icono de la Iglesia», donde esas relaciones llegan a la cima.

2. Textos mayores de los escritos de Francisco

Para hablar de una evolución, es necesario siempre situarla en el tiempo. Ahora bien, tratándose de los escritos de Francisco, estamos de acuerdo en el hecho de que, aparte la Regla no bulada y la bulada, el Testamento y algunas cartas (1CtaF, CtaO), no pueden ser fechados rigurosamente. Fiándonos del testimonio de la RCl, hemos fechado la Forma de Vida alrededor del año 1212, sin pronunciarnos sobre las de los dos otros textos estudiados. Para el examen de los «textos mayores» empezaremos por aquellos que contiene 1 R, ya que tenemos razones para creer que, retomando elementos de la protorregla, añade y reagrupa los desarrollos consecutivos de los años 1210-1221. Seguirán después 2CtaF y CtaO, la redacción de las cuales se sitúa hacia los años 1224-1226. Tanto más cuanto que, como hemos dicho más arriba, son estos escritos los que formulan el proyecto de la vida evangélica de los hermanos (1 R) y de los laicos (1CtaF), donde encontramos el mayor número de pasajes trinitarios importantes.

La Regla no bulada empieza: «En el nombre del Padre...», y termina con: «Gloria al Padre...», precedido por una llamada explícita del Dios trino y uno (1 R 24,2). En el capítulo 16,7, la Trinidad se encuentra en el corazón del anuncio de la fe cristiana a los sarracenos, cuando los hermanos vean que esto agrada al Señor y les invitan a creer en «Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador». En el capítulo 21,2, al presentar a los hermanos un bosquejo de predicación que deben hacer al pueblo, Francisco propone este magnífico exordio:

«Temed y honrad, alabad y bendecid, dad gracias y adorad al Señor Dios omnipotente en Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas».

La fe, la alabanza y la acción de gracias por el misterio central del cristianismo se encuentran en el corazón del anuncio.

En la exhortación a los hermanos en el capítulo 17,14-16, Francisco enumera tres operaciones del Espíritu del Señor. La primera es el conocimiento de la miseria del yo carnal y la voluntad de derrotarlo; la segunda, la adquisición de la humildad, de la paciencia, de la pura simplicidad, de la verdadera paz de espíritu; la tercera tiene un denso contenido, algo misterioso: «Y por encima de todo, [el Espíritu del Señor] desea siempre el temor divino, y la divina sabiduría y el divino amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». En el lenguaje de Francisco el espíritu del Señor siempre es el Espíritu Santo. Después de haber rechazado al yo carnal y adquirir las virtudes, al final del camino somos conducidos al encuentro con Dios trinitario que se realiza en el temor -respeto soberano y adoración-, la sabiduría -una experiencia sabrosa- y el amor. Esto no viene del movimiento propio del hombre. Es el Espíritu, «trascendencia inmanente» que lo habita (Rom 8,27), identificado con lo que se halla en lo más profundo del hombre, que «desea por encima de todo» y empuja a desear, más allá del temor y de la sabiduría, «el amor divino trinitario». Se trata en primer lugar de la revelación y de la acogida de lo que es Dios para el hombre y, como respuesta, de lo que es el hombre para Dios.

El capítulo 23 de 1 R es un grandioso fresco trinitario, tanto en su primera parte (vv. 1-6) -una confesión de fe en forma de acción de gracias-, como en el manifiesto destinado al mundo entero para invitar a todos los hombres a amar a Dios y a desearlo sólo a él (vv. 7-11). La acción de gracias está centrada en el Padre que tiene la primacía y la iniciativa en todo, siempre está acompañado por «sus dos manos» (san Ireneo), el Hijo y el Espíritu. No sólo se presenta su ser trino inexpresable, que nadie puede nombrar, sino también su maravillosa obra de la creación y de la salvación. La razón profunda de la salida de sí mismo hacia el mundo y la invitación a dar gracias, que resuena por cuatro veces: «por el santo amor con que nos amaste» (v. 3). Francisco retoma aquí las palabras de Jesús en la oración según Jn 17,26: «el amor que me tenías», modificándola; añade el adjetivo «santo», y el «que me tenías» lo extiende y lo amplia a «nos amaste». La apremiante y apasionada invitación a amar a Dios (v. 8), a no desear, querer, encontrar placer y gozo en nadie más que en él (v. 9), dirigida a todas las categorías de seres humanos de todos los tiempos (v. 7), especifica bien que se trata de Dios Trinidad y Unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es él quien, siendo «inefable e inescrutable, es sobre todas las cosas todo deseable». Así este texto, como los siguientes, nos ofrece una visión objetiva de la realidad trinitaria: lo que es en sí misma, cómo está completamente abierta y vuelta hacia su obra, cómo comportarse con ella, adorarla, alabarla, darle gracias. Pero al mismo tiempo atañe a lo subjetivo: el vínculo afectivo de Dios con su criatura humana: «Nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará, que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (v. 8).

La segunda Carta a todos los fieles trae cinco menciones trinitarias, cuyo pasaje sobre «la habitación y la morada» es sin duda el más denso y rico teológicamente. Volveremos enseguida sobre este texto; examinemos ahora los demás. Recalquemos en primer lugar la amplificación de la introducción: En el nombre del Padre... donde se añade Señor. La recomendación final (vv. 86-88), donde Francisco exhorta a acoger su escrito, a ponerlo en práctica, a difundirlo, empieza también con un «En el nombre del Padre...» y termina con una bendición del Padre-Hijo-Espíritu. Pero en el encabezamiento del texto figura un pasaje muy breve -en el que no nos detenemos mucho-, donde con algunas palabras Francisco traza una especie de boceto de la dimensión trinitaria de la palabra de Dios: «[...] me he propuesto haceros llegar, por medio de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida» (v. 3). Francisco pretende que su extenso mensaje transmita sólo las palabras de Jesús, lo que no debe tomarse al pie de la letra, sino que expresa su convicción de que su escrito no hace otra cosa que retomar el evangelio. Estas palabras -evangelio escrito y su reanudación desarrollada por Francisco-, son leídas, proclamadas y propuestas como palabras de Jesús. Pero detrás de estas palabras, sean directamente de Jesús o de Francisco, está alguien, un ser que es Palabra -Verbo- de otro locutor: el Padre que la profiere eternamente. Hasta aquí podemos decir que Francisco no hace otra cosa que reanudar lo que cree efectivamente la Iglesia. Pero él añade algo nuevo: las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida. En el evangelio de Juan 6,63, Jesús afirma que sus palabras son «espíritu y vida» -soplo, dinamismo vital- que suscita la fe, pero en ninguna parte del NT se dice que estas palabras son también palabras del Espíritu Santo, tal como lo afirma aquí Francisco. La intuición espiritual que fundamenta y dicta esta fórmula intenta decir -y esto reúne la tradición bíblica y litúrgica- que sólo el Espíritu revela, permite comprender y realiza lo que proclaman las palabras de Jesús, él mismo Palabra del Padre. Ya que sólo él, que escruta las profundidades de Dios (1 Cor 2,10), enseña todo y recuerda todo lo que dice el Verbo (Jn 14,26).

La Carta a toda la Orden, redactada probablemente poco tiempo antes del Testamento y de la muerte de Francisco está, también, enmarcada como la precedente por las invocaciones trinitarias particularmente amplificadas: «En el nombre de la suma Trinidad y de la santa Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo» (v. 1). En el interior del texto, sólo encontramos una mención trinitaria como conclusión de una tentativa un poco confusa de explicar la presencia eucarística: «El cual, aunque se vea que está en muchos lugares, permanece, sin embargo, indivisible y no conoce menoscabo alguno, sino que, siendo uno en todas partes, obra según le place, con el Señor Dios Padre y el Espíritu Santo Defensor, por los siglos de los siglos. Amén» (v. 33). La misteriosa presencia se realiza y reúne «a los presentes y a los ausentes» en la celebración, gracias a la operación común de la Trinidad. Este pasaje tiene un cierto paralelo en Adm 1,12: «Es el Espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor».

Al final de CtaO (vv. 50-52) encontramos, como una añadidura inseparable, una oración. Esta oración atribuye a cada persona de la Trinidad una misión en el camino espiritual que los creyentes cristianos son llamados a recorrer. Formulada como una oración litúrgica, es teológicamente muy densa:

«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, míseros, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

Presenta al Dios-Trinidad de una forma solemne y objetiva. Captada y comprendida de cerca, se abre sobre las profundidades «afectivas» del Padre que ofrece su comunión al mísero ser humano, invitado a hacer su voluntad y a querer su felicidad. Ofrecimiento a causa de él mismo: «por ti mismo», de su nombre y su ser (Amor), y de su incondicional benevolencia: por sola tu gracia. Para acoger un don así y llegar hasta él, es necesario seguir las huellas de su Hijo amado -tener parte en su vida, su muerte, su resurrección-. Esto sólo puede hacerse por la acción del Espíritu cuyo fuego de amor purifica, ilumina y enciende el interior del caminante. Entonces llegamos hasta el Padre Altísimo, origen y fuente de la comunión de la «perfecta Trinidad y en simple Unidad», para participar de su vida, su reino y su gloria. Sin que la palabra «morada» aparezca, esta oración alude a su contenido.

A los pasajes examinados hasta aquí siguiendo su probable orden cronológico, falta añadir también la Admonición 1, así como todo el conjunto de las Admoniciones, fechado en los últimos años de Francisco. Titulada, erróneamente: «El Cuerpo del Señor», es en realidad un verdadero tratado sobre el acceso, por la fe, al misterio del Dios trinitario invisible. Está repleta de una docena de citas mayoritariamente joánicas. Francisco habla de la revelación del Padre a la cual solamente el Hijo, camino, verdad y vida, puede permitirnos acceder. Pero la posibilidad de una experiencia así parece excluida; Dios Padre, como también el Hijo en su condición divina, así como el Espíritu, habitan en una luz inaccesible, no pueden ser vistos ni conocidos por nadie (vv. 1-6). Esto solamente puede producirse mediante una visión espiritual, en el espíritu (v. 6). Francisco da dos ejemplos de un paso así: el conocimiento del misterio de Jesús en el tiempo de su vida histórica, así como el de su presencia eucarística (vv. 8-9). Jesús según la carne -en su simple realidad humana-, pudo ser conocido por todos, pero para descubrir su condición de Dios, era necesario un acto de fe: «según el Espíritu y la divinidad». Incluso en la eucaristía, todos oyen las palabras y ven el pan y el vino, pero para percibir la carne y la sangre de Cristo muerto y resucitado, se requiere el mismo acto de fe según el Espíritu y la divinidad. El mismo paso se aplica igualmente para entrar en contacto con lo que es central y lo más profundo en la revelación cristiana: las relaciones internas de la comunión divina del Padre, Hijo, Espíritu Santo. Conocer a Jesús en la totalidad de su ser, conocer a Aquel que lo engendra, sólo se da al hombre por el Espíritu que habita en sus fieles (v. 12). Fuera de esta experiencia nos quedamos en la teoría, en lo verbal, en resumen, quedamos excluidos, fuera de lo que es la realidad vivida de la fe cristiana (v. 13).

El análisis de estos textos «mayores», no tanto por su longitud como por sus intuiciones y la iluminación del misterio, nos permite apreciar el lugar que Francisco otorga al Dios Trino y Uno en su visión de fe. Pero hasta ahora ninguno de estos pasajes -todos trinitarios- comporta una alusión explícita al texto joánico sobre la «morada», que es la base neotestamentaria de esta visión. No obstante, tenemos dos textos que podemos considerar «cimas», que abordan y comentan largamente este término.

A. Durero: La Adoración de la Trinidad (fragmento)

3. «Hagámosle habitación y morada»

El capítulo 22, uno de los más densos de la Regla no bulada, es una ardiente «admonición», exhortación, concerniente a las tres dimensiones fundamentales de la vida de los hermanos: la relación con el prójimo (vv. 1-4), amor a los demás, incluso a los enemigos; la relación con uno mismo (vv. 5-8), reconocer y aceptar, difícilmente, la parte negativa de uno mismo; la relación con Dios (vv. 9-40), seguir su voluntad y agradarle. Este último punto es el que está más desarrollado. «Seguir su voluntad y agradarle» consiste en la recomendación tres veces repetida: tener el espíritu y el corazón dirigidos hacia el Señor (vv. 19, 25 y 26). Aquí nos encontramos en el centro de las preocupaciones de Francisco. Incluso una vez tomada la decisión de entregarse al evangelio, fue asaltado por múltiples deseos, preocupaciones, legítimas pero que corren el peligro de desviar nuestro corazón de la búsqueda esencial del contacto con Dios (vv. 19, 20 y 25). Después de haber insistido, de una forma repetitiva, sobre los obstáculos que hay que superar sin cesar, Francisco expresa en algunas líneas lo que está más cerca de su corazón (vv. 26-31):

«26Antes bien, por la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros como a los demás, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y todo afán, como mejor puedan sirvan, amen, honren y adoren al Señor Dios, y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que él busca por encima de todo; 27y hagamos siempre en ellos habitación y morada a aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis dignos de veros libres de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del hombre. 28Y, cuando oréis, decid: Padre nuestro, que estás en los cielos. 29Y adorémosle con puro corazón, porque es necesario orar siempre y no desfallecer; 30pues tales son los adoradores que el Padre busca. 31Dios es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y en verdad».

En una especie de invitatorio (v. 26), proclamado con insistencia en el nombre mismo de lo más sagrado: el Amor que es Dios, pide a todos sus hermanos apartar en primer lugar lo negativo, todo impedimento, todo deseo, toda preocupación. Enumera enseguida los pasos positivos: servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que el mismo Dios busca, desea, sobre todas las cosas. Esta expresión buscar, desear sobre todas las cosas, Francisco la atribuye curiosamente a Dios cuatro veces -aquí, en 1 R 17,16, y en 2CtaF 19-. Intensamente, «sobre todas las cosas», Dios busca, quaerit (Jn 4,23), desea al hombre, mucho antes que el hombre lo desee a él. Lo que Dios busca por encima de todo, lo indica el versículo central (v. 27): es hacer habitación y morada a aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Encontramos aquí la primera mención explícita de «morada» (mansio) que únicamente utiliza el evangelio de san Juan y que volveremos a encontrar en 2CtaF 48. A este término joánico, Francisco añade la palabra «habitación» (habitaculum), también rara, pues sólo aparece dos veces en el NT (Ef 2,22; Heb 12,7).

Francisco asocia estas dos palabras según su tendencia de acumular los sinónimos. En efecto, en Ef 2,19-22 encontramos la misma imagen: la Iglesia, construida sobre los apóstoles y los profetas, es, por lo tanto, casa, templo, habitación de Dios en el Espíritu. Hagamos siempre en ellos habitación y morada es una exhortación que, retomando los términos joánico y paulino, añade la mención del Espíritu del texto de Pablo, que no figura en el pasaje de Juan 21,23, e insiste sobre la duración del esfuerzo.

Pero Francisco aquí no precisa lo que significa y comporta esta «morada». El versículo 27 va seguido de una acumulación de textos, sobre todo joánicos, que enumeran los pasos humanos que exige la construcción de la morada para Dios: permanecer despierto y orar en todo momento, retomando la oración que el Señor nos ha enseñado, y sobre todo la adoración de un corazón puro que, según las palabras de Jesús a la Samaritana, el Padre desea permanentemente, realizada en Espíritu y en verdad. Este conjunto de textos es de una enorme riqueza; se sitúa al final de la admonición y constituye una especie de cima. Es en esta «habitación y morada», donde Francisco ve el término de la vida evangélica, tal como él la concibe, y la meta hacia la cual los hermanos son invitados a caminar, «después de haber dejado el mundo, ninguna otra cosa hemos de hacer» (v. 9).

El capítulo 22 que acabamos de examinar fue compuesto antes del año 1221. Ya en esta fecha Francisco se refirió al texto joánico y lo colocó como la meta y el centro de la vida de sus hermanos. Hará un comentario más completo en la segunda Carta a los fieles, vv. 48-53, carta redactada algunos años más tarde y dirigida a todos los cristianos, hombre y mujeres, que se comprometen a vivir según el evangelio:

«48Y sobre todos aquellos y aquellas que hagan estas cosas y perseveren hasta el fin, reposará el Espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. 49Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen. 50Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. 51Somos sus esposos cuando el alma fiel se une a Jesucristo, por el Espíritu Santo. 52Somos sus hermanos cuando cumplimos la voluntad de su Padre, que está en el cielo; 53somos sus madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera, y lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para los demás por el ejemplo».

Este texto, muy explícitamente trinitario, retoma los temas y las fórmulas encontradas anteriormente: habitación y morada, hijas-hijos del Padre celestial, dimensión esponsalicia del Espíritu. Lo nuevo y original es la insistencia sobre la misión del Espíritu en la realización del misterio de la morada. Descansando sobre los fieles, como antaño sobre la figura mesiánica (Is 11,2), sobre Jesús en el momento de su bautismo (Jn 1,32), y sobre aquellos que sufren (1 Pe 4,14), es el Espíritu, no el Padre y el Hijo como en Jn 14,23, quien hace habitación y morada. Corrigiendo -o precisando-, las formulaciones insólitas: os habéis desposado con el Espíritu Santo, esposa del Espíritu, Francisco presenta aquí al Espíritu no como esposo sino como el vínculo (¿Amor?), por el cual el alma fiel está unida al único esposo, Cristo. Además, apoyándose en los evangelios sinópticos, Francisco añade, respecto a los pasajes precedentes, otros elementos importantes. Al ser hijos del Padre, en cuanto a su relación con Cristo, que con el Padre viene a morar en ellos, los fieles se convierten en sus esposos (Mc 2,19), hermanos y madres (Mc 3,33).

Este último texto de Francisco, fruto de su conocimiento de la Escritura y de su experiencia espiritual, es la exposición más completa de lo que es, según él, la habitación y la morada trinitaria. Explicita lo que solamente es insinuado y postulado por el texto de Juan. Morar en Dios trinitario, «nosotros en él y él en nosotros» (cf. Jn 14,20) no es una especie de estancia impersonal estática en un edificio, aunque sea un templo. Es la entrada en una comunión, una intimidad recíproca que es, fundamentalmente, amor, cuyos cinco movimientos y dimensiones: paternal, filial, esponsal, fraternal, maternal, son experiencias humanas, pero que se encuentran también en las profundidades del ser divino. En éstas son invitados a entrar, después de y con María, las hermanas pobres, los hermanos y todos los creyentes. He aquí lo que podía significar para Francisco la fórmula «partícipes de la naturaleza divina».

4. La Trinidad en los escritos de Clara

El primer texto trinitario de Francisco, lo hemos visto, es la Forma de Vida, redactada para Clara y sus hermanas, donde caracteriza su opción como una relación con el Padre y el Espíritu. Esta descripción mística, ¿tuvo consecuencias, una influencia sobre Clara y sus compañeras, encontramos algún eco? Para responder es necesario recurrir al material más bien escaso referente a la figura de Clara y su visión espiritual: sus escritos poco numerosos y los testimonios de sus hermanas durante el Proceso de su canonización. En los escritos de Clara, sólo encontramos una vez la mención de la Trinidad en la fórmula En el nombre del Padre... Contrariamente, el texto central del evangelio de Jn 14,21-23, que únicamente aparece en Francisco por medio de la alusión a la palabra «morada», es citado íntegramente y comentado por Clara en su tercera Carta a Inés de Praga, vv. 20-23:

«20¿Quién no detestará las asechanzas del enemigo de los hombres, que, por el fasto de unas glorias pasajeras y engañosas, trama reducir a la nada aquello que es mayor que el cielo? 21Pues está claro que, por la gracia de Dios, la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, 22porque los cielos, con las demás criaturas, no pueden contener a su Creador, y, sin embargo, el alma fiel sola es su morada y su sede; y esto sólo por la caridad, de la que carecen los impíos, 23porque, como dice la Verdad: Al que me ama, lo amara mi Padre y lo amaré yo, y vendremos a él y haremos morada en él» (3CtaCl 20-23).

La citación combina los dos versículos de Juan: Clara deja caer del primero: me manifestaré a él y añade el segundo, omitiendo la repetición: mi Padre lo amará. Mientras que en las cuatro cartas a Inés lo que se vive entre el hombre y Dios como relación espiritual, bajo su forma sobre todo nupcial, se aplica únicamente a Inés, su destinataria, este pasaje es el único donde la habitación de Dios -su morada- se ofrece de forma general a la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel. Ésta se convierte en morada y «sede» (sedes) de Dios.

En el texto que sigue (vv. 25-26), el misterio de la morada, después de haber sido realizado en María (v. 24), es aplicado a Inés. Como María, «así también tú, [...], puedes, sin lugar a dudas, llevarlo [...], conteniendo en ti a aquel que te contiene a ti y a todas las cosas». Un comentario así supone una gran experiencia espiritual. Clara sabe lo que quiere decir ser morada de Dios, insiste más que Francisco sobre la grandeza y la dignidad de todo ser humano que se transforma en esta morada, sabe que la gloriosa Virgen María es la primera realización y que Inés también está llamada a ello. Este texto que cita las dos declaraciones de Jesús, aunque sea único, muestra que lo que ha escrito Francisco en la Forma de Vida ha dejado más que un eco en Clara: ha marcado su visión espiritual. Para ella, como para Francisco, es la cima de la vida evangélica.

Si no encontramos ninguna mención de la Trinidad en los escritos -las palabras de Jesús en Jn 14,21-23 por sí solas no tienen esta dimensión-, otro pasaje de la tercera Carta de Clara a Inés, vv. 12-13, analizado atentamente, nos devuelve a las relaciones Hijo-Padre, en las cuales la contemplación debe fijarse detenidamente:

«12Pon tu mente en el espejo de la eternidad,
pon tu alma en el esplendor de la gloria,
13pon tu corazón en la figura de la divina sustancia,
y transfórmate toda entera, por la contemplación,
en imagen de su divinidad».

Se trata del ser humano en su totalidad: la mente (espíritu), la psique (alma), el afecto (corazón), que para unirse a la divinidad, para transformarse en ella, debe fijarse, adherirse, a esta divinidad. Tal como lo indican claramente las dos alusiones a Heb 1,3: esplendor, figura, esta divinidad es la del Hijo de Dios, Jesucristo. A estas citas se ha de añadir la del espejo (Sab 7,26). Estos términos: espejo - esplendor - figura, designan al Hijo, pero aquellos a los que éstos reenvían: eternidad - gloria - divina sustancia, conciernen al Padre, origen del Hijo en su ser profundo. Todo acto de la contemplación cristiana, aunque esté centrada en el Hijo, encuentra siempre al Padre que no cesa de engendrarlo.

A estos dos pasajes también añadimos aquellos donde Clara, como Francisco lo ha hecho en 2CtaF 50, cita los pasajes evangélicos que tratan de la posibilidad para los creyentes de transformarse en esposos, hermanos y madres de Jesús. En su primera Carta a Inés, Clara le recuerda por dos veces: sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (1CtaCl 12), y más adelante: habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la gloriosa Virgen (v. 24). Si en los textos de Clara, el Espíritu sólo aparece raramente; si Jesús y la relación nupcial con él ocupa el primer lugar en su visión espiritual; el «Padre glorioso de Cristo» (TestCl 2) es llamado por ella tres veces mediante la expresión paulina (2Co 1,3): «Padre de las misericordias», y las referencias a él son numerosas sobre todo en su Testamento.

Ya no en sus escritos, sino en lo concerniente a su vida y a su muerte, las hermanas, en el Proceso de canonización, relatan sus últimas palabras y el hecho de que en su lecho de muerte hablaba de la Trinidad de una manera tan profunda que las hermanas no podían comprenderla (testigos tercera y undécima). He aquí estas últimas palabras:

«[...] la bienaventurada madre comenzó a hablar, expresándose así: "Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó, y después que te creó puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama". Y añadió: "¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!"» (Proc 3,20).

En esta celebración de su propia muerte, donde no falta la acción de gracias por la vida: bendito seas Tú, Señor, porque me has creado, Clara privilegia la función del Espíritu, como Francisco en la redacción final de la 2CtaF. El Padre, creador y amor, no es nombrado, el Hijo no es mencionado, sólo el Espíritu, infundido y recibido, es designado explícitamente por su nombre, a la vez común a los tres y abierto a la comunicación divina con los hombres. Pero lo que dicen las últimas palabras de Clara, sobre todo las referentes a la Trinidad, que las demás hermanas no pueden comprender, evocan algo del primer texto trinitario de Francisco, emplazando la vida de las clarisas en las profundidades de las relaciones trinitarias. Ella lo recuerda cuando, en su lecho de muerte, habla del Espíritu que ha desposado y de la Trinidad.

C. Giaquinto: El Espíritu Santo

De este análisis y comentario de los pasajes de Francisco y de Clara relativos a la Trinidad, ¿qué conclusión podemos sacar? Señalemos en primer lugar que la Trinidad es presentada bajo dos enfoques: objetivo y subjetivo. Por objetivo entiendo la presentación del misterio del Padre-Hijo-Espíritu en sí mismo, en su manifestación y en su despliegue histórico. Misterio que hay que creer, proclamar, adorar, alabar, darle gracias. Esto es lo que expone el grandioso capítulo 23 de la Regla no bulada y algunos otros textos. El subjetivo, cuando Dios es descrito como aquel que busca y desea establecer una relación particularmente íntima con su imagen creada, la más grande y la más digna de las criaturas: el ser humano. Los textos de Francisco y de Clara insisten mucho sobre la pasión de Dios de compartir con nosotros su gozo divino de existir como uno y sin embargo plural: Padre-Hijo-Espíritu. Los dos textos sobre la habitación y la morada dan testimonio de ello.

En los comienzos de su vocación, Francisco tuvo la intuición de este misterio, que profundizó y expresó a lo largo de su breve existencia. Es interesante revelar la evolución cronológica de este descubrimiento y de su formulación cada vez más precisa y densa. El primer texto data de alrededor de 1212, los últimos fueron redactados hacia 1225-1226. La dimensión trinitaria de la vida evangélica, que quizá descubrió en la época de sus conversiones y aplicada a su proyecto de vida (protorregla), la extiende de todas maneras a la vida de las hermanas pobres. La vemos aparecer con frecuencia en la Regla no bulada en numerosos pasajes trinitarios (¡doce!), sobre todo el texto de 1 R 22,25-31, donde alcanza una especie de plenitud. La Adm 1, la CtaO 50-52 y finalmente la 2CtaF 48-52 le dan una forma definitiva, uniendo al tema de la morada los del esponsalicio, fraternidad y maternidad crísticas, que así ensanchan el campo ya tan extenso de las relaciones entre Dios y el hombre. Esta relación: morada recíproca -estar uno dentro del otro-, llegar a ser esposo, hermano, madre de Cristo, se ofrece a partir de ahora a todos los creyentes. Dicha relación es verdaderamente, según el título de este estudio, el fin y la cima de la vida evangélica así como la concebían Francisco y Clara. Revela el significado de las expresiones: «partícipes de la naturaleza divina» y «haremos morada en él». Este es el mensaje que Francisco sigue proponiéndonos hoy.


N O T A S:

[1] Este artículo, en francés, fue enviado por su autor a la redacción de la revista Selecciones de Franciscanismo.

[2] El texto polaco de su intervención apareció en Refleksje nad Regulami franciszkánskimi, Warszawa 2010, 64-96. Texto italiano: W. Block, La "Protoregola" alla luce della "Forma vivendi" data a Chiara e alle consorelle di S. Damiano, en La grazia delle origini, Bolonia 2009, 101-136.

[3] Refleksje nad Regulami franciszkánskimi, 96.



[Selecciones de Franciscanismo, vol. XLII, núm. 124 (2013) 3-24]

 


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