DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


LA CARICIA MATERNA DE DIOS PADRE
EN SAN PABLO Y EN SAN FRANCISCO [*]

por Juan Antonio Vives, TC

 

Conferencia pronunciada para la familia franciscana de Valencia en los locales del Seminario San José, de Godella, el 13 de marzo de 1999. El padre Vives es religioso terciario capuchino, licenciado en Teología Bíblica por la Universidad de Comillas y doctor en Teología, especialidad espiritualidad franciscana, por el Pontificio Ateneo Antonianum, de Roma.

Dentro de la reflexión espiritual suscitada en torno a Dios Padre con ocasión del tercer y último año de preparación para el jubileo del 2000, el sentimiento que más se destaca es el de la misericordia. Un sentimiento profundamente enraizado en la Biblia y que encuentra en Francisco de Asís una amplia y cordial resonancia.

Estimulado, pues, por el ambiente eclesial que estamos viviendo este año, he querido que fuese precisamente la misericordia el quicio y el eje sobre el que girase toda esta charla familiar, en la que -sin entrar en la rica teología del Antiguo Testamento sobre el Dios siempre fiel a su amor, que ama con amor eterno (cf. Is 54,8 y Jer 31,1) y que cual madre amorosa no puede olvidarse de su hijo (cf. Is 49,15), y dejando también aparte los entrañables gestos de ternura hacia los más pobres y desvalidos con que Cristo revela en el evangelio el rostro del Padre-[3] tomaré como punto de partida la teología de San Pablo.

En ella, Dios Padre aparece como un Dios rico en misericordia (Ef 2,4-5; cf. Éx 34,6-7), como un Dios que nos amó y murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5,8) y como un Dios que nos salva, no por nuestras obras, sino conforme a su misericordia (cf. Tit 3,5).

No obstante, entre todos los textos paulinos, el que expresa quizá de una manera más clara y solemne la fe en un Dios misericordioso es el que se contiene al inicio de la segunda carta a los Corintios. Este texto constituye, a mi entender, el gran dogma de Pablo sobre la figura de Dios Padre. No un dogma elaborado por la razón y expresado con conceptos filosóficos de difícil comprensión, sino un dogma madurado en su corazón creyente y entretejido de sentimientos:

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados» (2 Cor 1,3-4).

Rembrandt: El retorno del hijo pródigo

AMOR FIEL Y A LA MEDIDA

Por su naturaleza, la misericordia -esa ternura personalizada que ama más allí donde existe una mayor necesidad o carencia- es un amor fiel y a la medida.

Arranca de una fidelidad inquebrantable por parte del amante, tiene como único referente la persona del amado, a la que ama como es y por lo que es, y siente predilección por extremar su cariño con quienes más lo necesitan.

Este mensaje puede percibirse en toda su nitidez, profundizando, aunque sea brevemente, la parábola noeotestamentaria del Padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32).

Para entender, sin embargo, a cabalidad el mensaje que dicha parábola quiere transmitir, hay que individualizar a los personajes que en ella aparecen y clarificar cuál es el papel que asumen en esa especie de representación teatral de la realidad que quiere ser la parábola. Y ciertamente, el protagonista no es el hijo menor, por más que la antigua tradición hermenéutica se empeñase en denominarla parábola del hijo pródigo. El protagonista no es tampoco sólo el padre. A mi entender, la parábola -al querer representar el sentimiento agónico que se produce a menudo en la vida diaria entre la fidelidad a la letra de la ley y a su espíritu- tiene dos protagonistas, o si se prefiere, usando la antigua tradición teatral a la que siempre le gustó distinguir al «bueno» del «malo», un protagonista y un antagonista. Desde esta perspectiva, el protagonismo corresponde, como es fácil deducir, al padre y el antagonismo, al hermano mayor, quien en su actuación pondrá de manifiesto el criterio de una justicia que, desprovista del espíritu, busca como valor supremo la salvaguarda de la ley y el orden expresados en su letra. Es ésta la justicia que se ha venido a llamar humana; una justicia que tiene como uno de sus principios más fundamentales el de dar a cada uno según sus «méritos» y el de quitarle según sus «deméritos», y que encuentra su símbolo más expresivo en los platillos de la balanza. La figura del Padre, en contraposición, resaltará el criterio más original de la justicia, que sólo se descubre en la medida en que ésta se ilumina y humaniza desde el espíritu que la inspira; espíritu que no busca la muerte, sino la vida de toda persona (cf. Ez 33,11; 18,23: 1 Tim 2,4). En el fondo, el antagonismo que se crea en la parábola entre justicia según la letra y justicia según el espíritu nos hace recordar de forma espontánea la amarga queja del Señor: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos (Is 55,8).

Descendiendo ya al terreno de la acción, la actuación de ambos personajes -protagonista y antagonista- van representando su papel con palabras y con gestos que ponen de manifiesto bien a las claras su personalidad.

En el padre, por ejemplo, sobresale de modo particular la fidelidad con que vive y actúa su identidad de tal, preocupándose sólo porque su hijo viva. Las tiernas palabras que pronuncia ante los criados y ante el hijo mayor refiriéndose al pequeño: este hijo mío, este hermano tuyo, estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado (Lc 15,24.32), denotan ese sentimiento del verdadero amor que busca tan sólo lo que interesa para el bien integral de la persona que se ama; que busca fundamentalmente que pueda ella encontrar un sentido gratificante a su existencia, que pueda saborear la vida. Pero no menos elocuentes que las palabras son, en este mismo sentido, los gestos que tiene para con el hijo que se había ido: el conmoverse al verlo cuando aún estaba lejos, el correr hacia él y el besarle efusivamente (cf. Lc 15,20), el no hacerle ninguna pregunta ni reproche; el ordenar que fuese tratado como su hijo, haciendo traer el mejor vestido y el calzado, y devolviéndole el anillo de la filiación (cf. Lc 15,22), y el organizar una fiesta extraordinaria en su honor (cf. Lc 15,23.32) delatan el cariño y la ternura de quien no sólo ha sido fiel al hijo ausente, sino que incluso le ha llegado a querer con un amor proporcionado a su necesidad, que se ha ido acrecentando desde la silenciosa y cercana lejanía.

En contraposición, en el hijo mayor, que, como se ha apuntado, representa en la trama la visión legalista ante la situación creada, se pone de manifiesto la infidelidad al amor fraterno y la consecuente insolidaridad con que actúa frente al problema del hermano. También en él, son los gestos -como el irritarse y no querer entrar a la fiesta (cf. Lc 15,28)- los que, con más elocuencia que las palabras mismas, reflejan su personalidad egocéntrica, fría de sentimientos e insolidaria.

No obstante, donde con más nitidez puede apreciarse la contraposición existente entre el criterio misericordioso del padre y el criterio legalista del hermano mayor, es precisamente en el diálogo que ambos mantienen a las puertas mismas del convite:

- Frente al frío y lejano: ese hijo tuyo, que matizan el reproche con que el hijo mayor echa en cara a su padre el gesto que ha tenido para con el hermano menor, el padre pronuncia el cálido y cercano tratamiento de este hermano tuyo (cf. Lc 15,30.32).

- Frente a un observar con «mirada juzgadora y hasta condenadora» los hechos de quien ha devorado con prostitutas la hacienda, el padre sólo mira a la persona recuperada (cf. Lc 15,30.32).

- Frente a una postura que nace de un corazón encogido y que tiende a ver y juzgar la situación del otro desde el propio yo, ofendido, y entristecido por la «injusticia» legal que se ha cometido con él al no permitirle nunca celebrar una fiesta con los amigos, a pesar de los «servicios prestados», el padre, con el corazón ensanchado, pone como referente de su justa actuación la persona de quien ha sido hallado, e invita al mismo hijo mayor a que se alegre y a que tome conciencia de que también a él lo quiere como un hijo predilecto con quien comparte no sólo lo que tiene sino incluso lo que es.[18]

Desde otra perspectiva, la figura del hijo mayor nos hace recordar con espontaneidad la del fariseo orante que el mismo evangelista Lucas retrata (cf. Lc 18,9-14). Tanto el uno como el otro son seres egocéntricos que se sitúan de pie frente a Dios -ante quien se creen con derecho a exigir- y frente a los hermanos, a quienes suelen mirar con desprecio «por encima del hombro». Ambos también, seguros de sí mismos por los méritos acumulados y los servicios prestados (cf. Lc 18,12.15; 15,29), se sienten como obligados a menospreciar y condenar a quienes no son como ellos (cf. Lc 18,12; 15,30). Ambos, más que orar en su interior (cf. Lc 18,11), oran hacia su interior, pues la contemplación narcisista de lo que han hecho (cf. Lc 18,12; 15,29), es un verdadero acto de autoadoración y egolatría. Ambos, en fin, aunque estén de pie, y hasta de puntillas, son pequeños y empequeñecidos.

Y vista ya la actuación de los dos principales artistas de la obra, podríamos preguntarnos: ¿y dónde queda el hijo menor en toda la trama? Pues, sencillamente en su sitio. Él, más que un agente, es en la obra un paciente. La vaciedad que experimentó como resultado de su malogrado proyecto de ser feliz y «comerse el mundo», le hizo entrar dentro de sí, y lo que en un primer momento sólo fue un deseo de volver a casa por tener algo que echarse al estómago, se fue transformando poco a poco en él en una verdadera conversión del corazón, en una verdadera apertura a la acción amorosa del padre. Y cuando éste lo besó efusivamente, la pena de no tener qué comer, se transformó en pena por haber perdido su filiación.[24] Si el hijo mayor nos hacía recordar con espontaneidad al fariseo orante, el menor, en su sentida oración: Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo (Lc 15,21), nos hace recordar la del publicano, que, sin atreverse ni tan siquiera a alzar los ojos al cielo, decía, al tiempo que se golpeaba el pecho: ¡Oh Dios ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador (Lc 18,13). Ambos fueron salvados simplemente porque se dejaron salvar, porque se abrieron al amor de Dios, que ama a la medida de las propias necesidades.

Y este mismo mensaje de amor fiel y «a la medida» que Lucas nos transmite en su parábola del Padre misericordioso, podemos leerlo también en la parábola, no menos bella y expresiva, del marido traicionado que nos trae el profeta Oseas (Os 2,4-25).

LA MISERICORDIA SE HACE VIDA Y PALABRA EN FRANCISCO

En la dinámica espiritual de Francisco de Asís, el sentimiento misericordioso adquiere una fuerza singular y una tonalidad especial.

Y a este respecto, conviene recordar en primer lugar que la conversión del mismo Francisco acaece en un ambiente típicamente misericordioso: «Y el Señor me condujo en medio de los leprosos, y yo practiqué la misericordia con ellos. Y al separarme de los mismos aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo» (Test 2-3).

El Dios-Padre de Francisco es claramente el Dios-Amor (cf. 1 R 17,5; 22,26; 2CtaF 87), un amor al que canta poéticamente en sus Alabanzas al Dios Altísimo (cf. AlD 4) y un amor en el que repetidamente resalta el matiz de la misericordia.[31]

Este credo en Dios, amor y misericordia, al tiempo que va configurando su propia vida con el talante especial del hombre misericordioso, va haciendo de Francisco un propagador incansable del amor fiel y a la medida.

En la primera Regla que escribe para los hermanos les insiste, a tiempo y a destiempo, en este sentimiento que debe distinguir su vida y su actuación tras las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.

Unas veces, les habla de él, previniéndoles de la tentación de apropiarse el perdón y de sentirse ofendidos en nombre de Dios:[32] «Guárdense -les dice entonces- de alterarse o enojarse por el pecado o defecto del otro... más bien ayuden al culpable espiritualmente como mejor puedan porque no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos».[33]

Otras, les recuerda que deben ser los más difíciles, pobres y desvalidos, sus privilegiados: «Y cualquiera que venga a ellos, amigo o enemigo, ladrón o salteador, sea acogido benignamente» (1 R 7,14). «Y han de sentirse dichosos cuando se hallan entre gente de baja condición y despreciada, entre los pobres y los débiles, entre los enfermos y los leprosos y con los que piden limosna a la vera del camino».[35]

Este magisterio expresado con tanta fuerza en la Regla, no es esporádico, sin embargo, en Francisco. También en otros escritos propone a sus seguidores el mismo ideal (cf. 2CtaF 28-30), mereciendo destacarse entre ellos la Carta a un Ministro que, a mi entender, constituye la verdadera carta magna de la misericordia dentro de toda la literatura espiritual cristiana.

Comienza en ella, Francisco, por identificar el sentimiento misericordioso con una obediencia, que es tal y es verdadera en la medida que es caritativa.[37]

Expresa a continuación la necesidad de amar a la medida del otro, con palabras tan llenas de emoción como éstas: «Y ama a los que se portan así contigo. Y no pretendas de ellos nada más de lo que el Señor te conceda obtener de ellos. Y ámalos tal como son y no pretendas que sean mejores cristianos para ti. Y esto es para ti de más valor que un eremitorio» (CtaM 5-8).

No contento con ello, va aún más allá, al constituir el amor a la medida como la verdadera medida de todo amor. «Y quiero conocer -añade entonces- si tú amas al Señor y a mí..., si te conduces de esta manera..., que no haya en el mundo hermano alguno que por mucho que haya pecado, después de haber visto tus ojos, se aparte de ti sin conseguir el perdón, si te lo pide y si no, pregúntale tú si lo quiere» (CtaM 9-10).

Y termina proponiendo como ideal de actuación el amar más a quien más lo necesita y el reverenciar -con sacral reverencia- a toda persona, evitando todo aquello que pueda menoscabar su dignidad:[40] «Y si mil veces volviera a pecar en tu presencia -añade-, ámale más que a mí para atraerlo al Señor, y muéstrate siempre compasivo con los tales... Y todos los hermanos que hayan tenido noticia del pecado, no le avergüencen ni hablen mal de él, antes bien, usen con él de gran misericordia y guarden muy en secreto el pecado de su hermano, porque no son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos...» (CtaM 11 y 15).

J. Segrelles: San Francisco y Fray León

TALANTE MATERNO DE LA MISERICORDIA EN FRANCISCO

Uno de los rasgos más típicos de la misericordia franciscana es el talante materno con que la reviste y expresa el propio Francisco.

Dicho talante -que es precisamente el que me ha impulsado a hablaros hoy de La caricia materna de Dios Padre- encuentra su más profunda raíz -como es característico de toda la experiencia espiritual de Francisco- en la Biblia.

Ya el Antiguo Testamento se siente alguna vez inclinado a expresar el dogma del Dios-Amor en la figura materna (cf. Is 49,14-15; 66,13; Jr 31,20; Os 11,3-8). En el Nuevo Testamento, aparte de la sutil -pero al mismo tiempo profunda- referencia a la entrañable misericordia de nuestro Dios (cf. Lc 1,78), es Pablo quien de forma más manifiesta recurre a la figura de la madre para expresar toda la ternura del amor cristiano:

«Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo -escribe a los Tesalonicenses-, nos mostramos menores con vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos, queríamos daros no sólo el evangelio, sino incluso nuestro ser» (1 Tes 2,7-8).

Inspirado posiblemente en Pablo e impulsado por su propia experiencia de amor familiar,[45] Francisco -como buen catequista-[46] se siente inclinado a simbolizar el amor misericordioso en la figura de la madre, como claramente nos muestran estos textos:

«Manifieste confiadamente el uno al otro su necesidad, a fin de que él le encuentre y proporcione lo que necesita. Y cada uno ame y alimente a su hermano como una madre ama y alimenta a su hijo...».[47]
«Te hablo, hijo mío -escribe a fray León-, como una madre...».[48]
«Aquellos que quieran permanecer retirados en los eremitorios -determina en el Reglamento que para ellos redacta- sean tres hermanos, o, a lo más, cuatro. Dos de ellos sean madres... Los que sean madres lleven la vida de Marta... Después de tercia, rompan el silencio y puedan hablar con sus madres e ir a ellas. Y puedan... pedirles limosna. Los hermanos que son madres procuren mantenerse lejos de toda persona... protejan a sus hijos de la gente... Y los hijos no hablen con persona alguna, sino con sus madres. Pero los hijos han de asumir de tiempo en tiempo el oficio de madres».[49]

EDUCAR EL SENTIMIENTO Y EDUCAR CON MISERICORDIA

Quisiera dedicar la última parte de esta charla a la educación, o si se prefiere a la formación.

No podrán ser más que unas pinceladas, pero pueden ayudar a suscitar nuevas perspectivas de profundización a partir del tema central que se viene desarrollando.

La educación franciscana -desde sus raíces evangélicas-[50] se ha caracterizado tradicionalmente por ser profundamente humanista.

En consonancia con el mensaje cristiano, su acción se ha encaminado siempre a favorecer el que las personas se vayan revistiendo de tal manera de los sentimientos del Señor Jesús (cf. Flp 2,5-8; 1 Pe 3,8-13), que puedan llegar a exclamar: vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (cf. Gál 2,20).

Ha sido, pues, la educación franciscana, una educación orientada al crecimiento del sentimiento, del espíritu de la persona a la luz de Cristo.[53]

Una tal educación, sin embargo, exige educar con sentimiento. El educador franciscano tiene que ser un experto en humanidad.

Y una de las cualidades más típicas del amor -centro y culmen de todo sentimiento cristiano- es precisamente la misericordia con sus matices de amor fiel, a la medida, y extremado con los más necesitados.

El mismo Francisco aleccionaba así a sus hermanos: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones. Que ninguno se vea provocado por vosotros a la ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia».[54]

Pero esta misericordia en acción -ejercida, como quería Francisco, con el talante propio de servidor y menor- encuentra su verdadero paradigma en el siguiente texto:

«En el eremitorio que los hermanos tienen encima de Borgo San Sepolcro, sucedió que venían, a veces, unos ladrones a pedir pan a los hermanos; vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia, pero de vez en cuando salían de ellos para despojar a los viajeros en la calzada o en los caminos. Algunos hermanos del lugar decían: "No está bien que les demos limosna, ya que son bandidos que infieren tantos y tan grandes males a los hombres". Otros, teniendo en cuenta que pedían limosna con humildad y obligados por gran necesidad, les socorrían algunas veces, exhortándolos, además, a que se convirtieran e hicieran penitencia.

»Entre tanto llegó el bienaventurado Francisco al eremitorio. Y como los hermanos le pidieron su parecer sobre si debían o no socorrer a los bandidos, respondió: "Si hacéis lo que voy a deciros, tengo la confianza de que el Señor hará que ganéis las almas de esos hombres". Y les dijo: "Id a proveeros de buen pan y de buen vino y llevadlos al bosque donde sabéis que ellos viven y gritad: '¡Venid, hermanos bandidos Somos vuestros hermanos y os traemos buen pan y buen vino'. Enseguida acudirán a vuestra llamada. Tended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino y servídselos con humildad y buen talante. Después de la comida exponedles la palabra del Señor y por fin hacedles, por amor del Señor, un primer ruego: que os prometan que no golpearán ni harán mal a hombre alguno en su persona. Si pedís de ellos todo de una vez, no os harán caso. Los bandidos os lo prometerán al punto movidos por vuestra humildad y por el amor que les habéis mostrado. Al día siguiente, en atención a la promesa que os hicieron, les llevaréis, además de pan y vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. Terminada la comida, les diréis: '¿Por qué estáis aquí todo el día pasando tanta hambre y tantas calamidades, maquinando y haciendo luego tanto mal? Si no os convertís de esto, perderéis vuestras almas. Más os valdría servir al Señor, que os deparará en esta vida lo necesario para vuestro cuerpo y luego salvará vuestras almas'. Y el Señor, en su misericordia, les inspirará que se conviertan por la humildad y caridad que habéis tenido con ellos"».[55]

POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO

En íntima conexión con las pinceladas que se han ofrecido sobre la formación desde la perspectiva de la misericordia en Francisco, quisiera señalar -ya como conclusión- que sólo desde la experiencia de amor se puede crecer en sentimiento y ser, en consecuencia, testigo y educador del mismo.

Detrás de todo problema personal, detrás de toda personalidad rota y sin armonía en su desarrollo, suele encontrarse siempre un problema afectivo.

Sólo quien se siente amado, crece en amor, y sólo quien se siente querido personalmente, a la medida, como es -y a pesar de sus limitaciones y errores-, crece en misericordia.

Sólo desde la experiencia de la caricia materna de Dios Padre sobre la propia existencia se puede ser profundamente misericordioso con los demás. Algo de esto indica precisamente el texto paulino que nos ha servido de introducción a esta charla, cuando dice: «Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados» (2 Cor 1,4).

Francisco hace referencia a toda esta realidad -profundamente afectiva, humana y espiritual a un tiempo- cuando invita a los hermanos a que anhelen, por encima de todo: tener el espíritu del Señor y su santa operación (2 R 10,9).

La santa operación del Señor -de indudable inspiración paulina-,[58] que expresa de forma germinal el objetivo último de toda pedagogía evangélica y por ende franciscana,[59] implica, por una parte, reconocer a Dios como el verdadero artífice y constructor del propio ser en crecimiento, saboreando y disfrutando la vida cotidiana, y respetando el ritmo de la visita de Señor,[60] e implica también -y fundamentalmente- dejarse amar por Dios, viviendo más desde la teología de la gracia, que desde la pretensión del esfuerzo humano, o dicho de otra forma, siendo más místicos que ascetas.

Hoy en día, en la misma formación a la vida religiosa han cobrado -desmesuradamente a veces- carta de ciudadanía, métodos que, inspirados con más o menos acierto en la psicología, han intentado traducir de alguna forma los medios tradicionales de la ascética. El peligro de dichos métodos, demasiado evidente en ocasiones, es el de favorecer un desarrollo en yoísmo y en voluntarismo.

Y precisamente yoísmo y voluntarismo son las actitudes que distinguen al fariseo orante y al hijo mayor de la parábola del Padre misericordioso, frente al publicano y al hijo pequeño. Éstos, desde su abandono en Dios, experimentaron la caricia materna del Padre y se humanizaron; aquellos otros, desde su «yo engordado», no se sintieron amados y no consiguieron amar ni mucho menos ser misericordiosos.

* * *

N O T A S

[*] En esta versión digital, las citas breves las incorporamos al texto, a la vez que mantenemos la numeración de las notas.

[3] Entre todos los evangelistas, es Lucas el que de una manera particular resalta la misericordia de Dios revelada en Cristo, siendo conocido por ello como el evangelista de la misericordia

[18] Cf. Lc 15,29.31-32. Sería interesante leer la expresión todo lo mío es tuyo, a la luz de Jn 17,10.

[24] Las palabras del versículo 21, frente a las del 19, dan la sensación de no ser ya un discurso pensado, sino una expresión de sentimientos. De hecho, es significativo el recorte que se produce en la frase.

[31] Cf. 1 R 23,8; ParPN 7; BenL 1; AlD 7; CtaO 50, y particularmente OfP, donde trae repetidamente las exclamaciones sálmicas: El Señor manda de día su misericordia y de noche su fidelidad; Dios envió sobre mí su misericordia y su verdad, y Dios mío, misericordia mía (cf. Sal 41,9; 57,4 y 58,18).

[32] Como en todos los demás pecados, Francisco sitúa la raíz última de la ira en la apropiación. Y en realidad el airarse por el pecado del otro es, en definitiva, un arrogarse el juicio que sólo a Dios corresponde. Quienes se constituyen en defensores de Dios, lo que en verdad hacen es suplantar a Dios.

[33] 1 R 5,7-8. En la 2 R 7,3 añade: «porque la ira y la alteración impiden la caridad en sí y en los demás».

[35] 1 R 9,2. Este texto tuvo honda repercusión en la primera fraternidad, como nos testimonia este otro recogido después por la Regla y Vida de la Tercera Orden, n. 30: «Consideramos que nuestra misión es curar a los heridos, vendar a los quebrantados y volver al recto camino a los extraviados» (cf. TC 58).

[37] La obediencia caritativa -inspirada en Gálatas 5,13-, que encuentra su formulación «oficial» en la primera Regla 5,13, se expresa al inicio de la Carta a un Ministro en estos términos: «Todo lo que te estorba para amar al Señor... debes considerarlo como gracia. Y quiérelo así y no otra cosa. Y cúmplelo por verdadera obediencia..., pues sé firmemente que ésta es verdadera obediencia» (CtaM 2-4).

[40] La misericordia -por su propia naturaleza de amar a la medida del otro y de permanecerle siempre fiel por el amor- implica querer al otro como es, quererle por el mero hecho de ser persona y buscar la salvación de la persona, como tal, sin parar mientes a sus acciones. Francisco expresa esto mismo cuando frente a la tendencia amarillista de propagar los defectos ajenos, propone la terapia del amor, que no supone sólo callar lo que se sabe de negativo, sino incluso el querer más a esa misma persona por las deficiencias que de ella se conocen.

[45] Conviene tener presente que Francisco, por la difícil relación que se entabló entre él y su padre, las verdaderas y gratificantes experiencias de cariño las recibió fundamentalmente de su madre.

[46] Francisco no sólo parte de su experiencia de vida, sino que intenta transmitir el mensaje de la forma más plástica y comprensible para sus oyentes. A veces da la sensación de que olvidamos que el dogma fundamental en torno a Dios es el de Dios es amor. Y nos empeñamos en identificar dicho amor con la figura paterna, sin tener en cuenta que para algunas personas -especialmente provenientes del mundo de la marginación- dicha figura no sólo no ayuda a comprender lo nuclear del mensaje, sino que incluso lo tergiversa. En ocasiones hablar de Dios-Madre es la mejor forma de hacer comprensible y creíble que Dios nos ama entrañablemente (cf. Juan Pablo II, «Audiencia General de 20 de enero de 1999», en Ecclesia 59 (1999) p. 386).

[47] 1 R 9,10-11. En la Regla bulada expresa así esta misma idea: «Si una madre alimenta y ama a su hijo carnal, ¿con cuánta mayor solicitud debe cada uno amar y alimentar a su hermano espiritual?» (2 R 6,8). Y la primera tradición franciscana habla de que los hermanos se amaban, ayudaban y daban de comer como una madre a su hijo único (cf. TC 41).

[48] CtaL 2. Respecto a la relación materno-filial de Francisco con sus hermanos, anota Celano que fray Pacífico solía llamar al santo madre cariñosa (cf. 2 Cel 137).

[49] REr 1.2.4-5.8-10. Es significativo que el mismo Francisco escogiese a fray Elías en lugar de madre (cf. 1 Cel 98).

[50] Toda la experiencia espiritual de Francisco -como ya se ha señalado- es profundamente evangélica. Francisco es evangelio a la letra, es decir, con toda la vitalidad y expresividad del espíritu. La letra de que habla Francisco no es letra que muere al convertirse en norma, sino la radicalidad del espíritu.

[53] Hoy en día se habla mucho de la educación en valores, pero personalmente prefiero la expresión educación del sentimiento, pues, a mi entender, recoge mejor y más unitaria e integralmente la transformación que el Nuevo Testamento expresa con las expresiones hombre nuevo o espiritual en contraposición al hombre viejo o carnal. El primero es el hombre que, a la luz de Cristo -y a pesar de sus defectos y limitaciones- va madurando sus sentimientos por el amor y va creciendo en humanidad. El segundo, por el contrario, es aquel que -aun teniendo grandes capacidades y pudiendo incluso deslumbrar con sus acciones- permanece encerrado en sí mismo y empequeñeciendo por su «yoísmo».

[54] TC 58. Cf. Regla y Vida de la Tercera Orden Regular, n. 30.

[55] LP 115. Este texto -que tiene un perfecto paralelo en el Espejo de Perfección 66 y que termina relatando la conversión de aquellos ladrones- pudiera ser muy bien uno de los sustratos históricos que sustentan el relato-parábola del Lobo de Gubio (cf. Flor 21).

[58] Cf. Rom 8,14, donde Pablo escribe: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios», y 2 Co 3,18, donde añade: «Nos vamos transformando en imagen (de Dios), cada vez más gloriosos conforme a la acción del Señor, que es Espíritu».

[59] Como ya se ha dejado dicho, el objetivo fundamental de toda la pedagogía cristiana es crecer en sentimiento, ir transformando al hombre viejo y carnal en hombre nuevo y espiritual, en ir madurando en amor y en humanidad. Y este crecimiento y transformación son obra del Espíritu, como claramente expresa Pablo en los textos citados en la nota anterior.

[60] Quizá se ha perdido un tanto esta perspectiva, no exenta de un sano sentido lúdico y expansivo de la vida. Hoy todo se quiere programar. La vida se nos escapa, a veces, entre programaciones y evaluaciones y no tenemos tiempo para saborearla, como verdaderos y felices sabios.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVIII, núm. 84 (1999) 357-368]

 


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