DIRECTORIO FRANCISCANO
ESTUDIOS SOBRE LOS ESCRITOS
DE SAN FRANCISCO Y
DE SANTA CLARA DE ASÍS

LAS CARTAS DE SAN PEDRO
EN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

por Optato van Asseldonk, o.f.m.cap.

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[Es recomendable tener a la vista los Escritos de San Francisco]

En los elencos de textos bíblicos, citados en los escritos del Pobrecillo, puestos a disposición de los estudiosos, las Cartas del Apóstol Pedro ocupan un lugar destacado, particularmente la primera Carta. Pero, más que la cantidad de estas citas, nos impresiona su calidad. Se trata, en efecto, de algunas citas que se refieren a elementos fundamentales de la espiritualidad de san Francisco, como: seguir las huellas de Cristo, Pastor, que sufre injustamente la muerte por nuestros pecados, haciendo el bien para vencer el mal; estar sujetos a toda criatura humana en una obediencia humilde y caritativa; estar en camino hacia la tierra prometida, desapropiados de todo como forasteros y peregrinos...

La importancia particular de nuestro tema es puesta en evidencia por dos hechos. El primero es que los franciscanólogos actuales, entre los que ocupa el primer lugar el P. Kajetan Esser, son del parecer que «seguir las huellas de Cristo» (sequi vestigia Christi) constituye el centro vital de la espiritualidad del Santo y de su Orden.[1]

El segundo hecho consiste en la idea de los escrituristas de que los textos citados por san Francisco forman parte de la sustancia característica de las Cartas petrinas. La Biblia de Jerusalén, por ejemplo, dice así en la introducción correspondiente:

«Hay en este escrito un resumen admirable de la teología cristiana común a la época apostólica, de un calor emocionante en su sencillez. Una de las ideas maestras es la perseverancia valerosa en las tribulaciones, con Cristo como modelo (2,21-25; 3,18; 4,1): como Él, los cristianos deben sufrir con paciencia, felices si sus tribulaciones provienen de su fe y de su santa conducta (2,19s; 3,14; 4,12-19; 5,9), no oponiendo al mal sino el bien, la caridad, la obediencia a los poderes públicos (2,13-17) y la dulzura con todos (3,8-17; 4,7-11.19)».

Comenzamos con los textos más importantes, ciertamente tomados de san Pedro, bien sea a través de la lectura litúrgica entonces usual, bien sea directamente de una meditación personal continua de los textos mismos sagrados. Sabemos, en efecto, que los textos particularmente preferidos por el Santo formaban parte de la Liturgia eucarística y de las Horas del Oficio divino, en especial los del tiempo pascual.[2]

I. «SEGUIR LAS HUELLAS DE CRISTO»
(Sequi vestigia Christi, 1 Pe 2,21)

El texto (y contexto) de san Pedro es el siguiente:

«18Siervos, sed sumisos, con todo respeto, a vuestros dueños, no sólo a los buenos e indulgentes, sino también a los severos. 19Porque bella cosa ante Dios es tolerar penas, por consideración a Dios, cuando se sufre injustamente. 20¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. 21Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas [Christus passus est pro nobis, vobis relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius]. 22Él, que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; 23el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; 24el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. 25Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pe 2, 18-25).

El núcleo central es: «Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas» (v. 21).

En los escritos del Santo hay dos textos que hablan claramente de seguir las huellas de Cristo crucificado. En la Regla no bulada leemos: «Pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias... » (1 R 22, 2-3). El contexto petrino parece muy preciso, más claro aún por la expresión «injustamente», tomada del Apóstol. En la Carta a los fieles, Francisco habla expresamente de Cristo que se ofrece sobre la cruz por nuestros pecados: «Y la voluntad de su Padre fue que su Hijo... se ofreciese en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (2CtaF 11-13).

Sin usar la palabra «huellas», el Oficio de la Pasión expresa la misma idea: «Ofreced vuestros cuerpos y cargad con su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos» (OfP 7,8; 15,13).

En la Regla no bulada encontramos también esta expresión característica, si bien falta la referencia a la Pasión: «Esta es la regla y vida... seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo...» (1 R 1,1).

Lo mismo vale para la oración que va al final de la Carta a toda la Orden, en un contexto trinitario: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

En la Carta al hermano León el acento está puesto sobre el seguir las huellas y la pobreza de Cristo: «Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia» (CtaL 3).

En la Última voluntad dada a santa Clara, Francisco exhorta a las Clarisas con estas palabras: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza» (UltVol 1-2). Santa Clara en su Testamento, aludiendo a esta Última voluntad, declara que Francisco quiso seguir las huellas de Cristo en la pobreza hasta el fin: «Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas, su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza» (TestCl 36). La Santa explica, pues, claramente las palabras de la Última voluntad en el sentido de seguir las huellas de Cristo y de la Virgen. En la Bula de Inocencio IV, que aprueba la Regla de santa Clara, se hace referencia expresamente a la voluntad de las Clarisas de querer seguir las huellas de Cristo y de su madre en la pobreza: «Ya que vosotras, amadas hijas en Cristo, habéis despreciado las pompas y delicias del mundo, y, siguiendo las huellas del mismo Cristo y de su santísima Madre, habéis elegido vivir encerradas en cuanto al cuerpo y servir al Señor en suma pobreza para poder dedicaros a Él con el espíritu libre...» (RCl). La misma santa Clara exhorta a Inés de Praga a seguir con absoluta fidelidad las huellas de Cristo pobre y humilde, Esposo suyo. La expresión que usa es, sin embargo, «adhaerere vestigiis»: «... convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio» (2CtaCl 7). En la Carta III habla de seguir las huellas de Cristo pobre y humilde, así como también las de la Virgen María, en humildad y pobreza: «Reboso de alegría... y respiro saltando de tanto gozo en el Señor, por cuanto he sabido y compruebo que tú suples maravillosamente lo que falta, tanto en mí como en mis otras hermanas, en la imitación de las huellas de Jesucristo pobre y humilde. (...) Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, así también tú, siguiendo sus huellas, ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal» (3CtaCl 3-4 y 24-25).

De todas estas citas resulta que san Francisco y su «pequeña planta», santa Clara, quisieron seguir las huellas de Cristo crucificado y de su Madre en pobreza y humildad. Es cierto que san Pedro en el contexto no trata de la pobreza, sino más bien de la disponibilidad total del Salvador a sufrir la muerte con paciencia, soportando toda injusticia y persecución de parte de sus enemigos, para salvarnos de nuestros pecados. El ejemplo de este Pastor y Guardián, que dio su vida en la cruz por las almas que le habían sido confiadas, impresionó fuertemente al Santo.

II. «SUMISOS A TODA CRIATURA HUMANA»
(Subiecti omni humanae creaturae, 1 Pe 2,13)

El capítulo segundo de la primera Carta de san Pedro parece muy familiar a san Francisco que tomó de esta fuente bíblica varios aspectos fundamentales de su espiritualidad. De este mismo texto deriva también la idea de la sumisión a toda criatura. Veamos primero el texto (y el contexto) petrino:

«12Observad entre los gentiles una conducta ejemplar, de modo que si os calumnian como malhechores, al ver con sus ojos vuestras buenas obras, den gloria a Dios en el día de la cuenta. 13Por amor del Señor, estad sujetos a toda institución humana [el texto de la Vulgata latina dice: «Subiecti igitur estote omni humanae creaturae propter Deum=Estad sujetos a toda criatura humana por Dios»], sea al rey como soberano, 14sea a los gobernadores, como emisarios suyos, que castigan a los que obran mal y premian a los que obran bien. 15Esto es lo que Dios quiere: que a fuerza de obrar bien, le tapéis la boca a la ignorancia de los necios. 16Vivid como hombres libres, no usando la libertad como disfraz de la maldad, sino como siervos de Dios. 17Dad a cada uno el honor debido: a los hermanos, el amor; a Dios, la reverencia; al soberano, el honor. 18Siervos, sed sumisos, con todo respeto, a vuestros dueños, no sólo a los buenos e indulgentes, sino también a los severos» (1 Pe 2,12-18).

Un texto de la Regla no bulada nos aproxima particularmente al pensamiento de san Pedro. Se refiere a los hermanos que quieren ir entre los sarracenos u otros infieles: «Cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo... Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean...» (1 R 16,3-7). El primer método misionero, absoluto y válido por siempre y para todos y cada uno, según san Francisco, es por tanto: vivir como cristianos, sujetos a todos en amor y caridad sin litigar ni discutir, y sin anunciar la palabra de Dios. El segundo método, «condicionado» por las circunstancias, es anunciar la palabra de Dios. El ejemplo de esta obediencia pacífica y caritativa hacia todos, según el Santo, agrada en todas partes a Dios y hará bien, incluso a los infieles, sin palabras. El contexto petrino sugiere la eficacia de esta conducta silenciosa: «Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, para que, si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado sin palabras por la conducta de su mujer, considerando vuestro respetuoso y honesto comportamiento» (1 Pe 3,1-2).

San Francisco siguió este método durante toda su vida, incluso entre los sarracenos, e insiste en el mismo todavía en la Regla bulada refiriéndose a todos los hermanos: «Cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene» (2 R 3,10-11; cf. 1 R 11,1-13). No parece exagerado sentir también en estas expresiones una reminiscencia petrina, puesto que se lee en el contexto de la sumisión a todos: «Finalmente, todos tengan un mismo sentir, sean compasivos, fraternos, misericordiosos, humildes» (1 Pe 3,8). En su Testamento, san Francisco recuerda, con cierta complacencia «minorítica», de sí mismo y de sus hermanos: «Éramos indoctos y estábamos sometidos a todos» (Test 19), afirmando de esa manera la práctica de las palabras de la Regla no bulada: «Sean menores y estén sujetos a todos los que se hallan en la misma casa» (1 R 7,2).

Pero en la Carta a los fieles, en sus dos redacciones, es donde el Santo revela el secreto de su predilección hacia esta obediencia universal. El contexto de la segunda redacción habla de la simplicidad, humildad y pureza, para terminar con la plena obediencia a todas las criaturas humanas:

«Nunca debemos desear estar por encima de los otros, sino que, por el contrario, debemos ser siervos y estar sujetos a toda humana criatura por Dios. Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 47-50).

Si bien el texto sobre el Espíritu del Señor y sobre la habitación y morada que hará en nosotros deriva de Isaías y de san Juan, como generalmente señalan los editores de los Escritos, se podría, no obstante, remitir también al contexto petrino no muy diferente, a saber: «Dichosos vosotros, si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 Pe 4,14). ¿Y por qué no aludir al contexto de la Carta a los fieles, primera redacción?: «¡Oh, cuán dichosos y benditos son los hombres y mujeres que practican estas cosas...!» (1CtaF I,5).

El sentido profundo, dado por Francisco a esta sumisión a todas las criaturas humanas, parece muy claro, o sea: sobre todos aquellos que viven como simples, puros y humildes, obedeciendo a todas las criaturas humanas -o como dice la 1CtaF, sobre todos los verdaderos «penitentes»-, posará el Espíritu del Señor que los hará hijos del Padre, esposos del Espíritu Santo y madres y hermanos de Cristo.

Las consecuencias últimas de esta obediencia total están descritas por el Santo en el Saludo a las virtudes:

«La santa obediencia confunde a todos los quereres corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor» (SalVir 14-18). ¿Por qué los editores de los Escritos de san Francisco no piensan aquí en san Pedro?

III. «OBEDIENCIA DE LA CARIDAD»
(Obedientia caritatis, 1 Pe 1,22)

Citemos el texto de san Pedro según la Vulgata para comprender mejor la idea de san Francisco: «Animas vestras castificantes in obedientia caritatis, in fraternitatis amore, simplici ex corde invicem diligite attentius», «Purificando vuestras almas en la obediencia de la caridad, con amor fraternal, amaos unos a otros entrañablemente con un corazón sencillo» (1 Pe 1,22).[3]

En el versículo 14 del mismo capítulo primero se habla de «hijos de obediencia» (quasi filii obedientiae...). La frase «obedientia caritatis» es única en la Biblia (Vulgata). Las traducciones modernas, hechas según el texto original, transcriben: «obedientia veritatis», obediencia de o a la verdad. El contexto petrino trata claramente de la caridad fraterna, vivida en una sincera y servicial caridad recíproca.

En la Admonición 3, san Francisco escribe: «Pues ésta es la obediencia de la caridad, (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo» (Adm 3,6). En la misma Admonición puede verse otra alusión a la Carta segunda de san Pedro, hablando de los que miran atrás y tornan al vómito de la voluntad propia, tomado de los Proverbios: «Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás y vuelven al vómito de la propia voluntad» (Adm 3,10).[4] Por «obediencia de la caridad» o «caritativa» el Santo entiende una perfecta obediencia a los superiores, con plena abnegación de la voluntad propia, y una fiel unión con los hermanos, incluso a costa de soportar persecuciones de parte de los mismos hermanos. Y ésta es la verdadera y perfecta obediencia de Cristo, que dio la vida por sus amigos (y enemigos).

En la Regla no bulada Francisco explica muy profundamente esta obediencia de la caridad, usando también un pensamiento de san Pablo: «Y ningún hermano haga mal o diga mal a otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado (cf. Gál 5,13). Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,13-15). El texto de Gálatas 5,13 dice: «Antes servíos unos a otros por la caridad». Como se ve, el Santo introduce en el texto paulino «obedézcanse... de buen grado». En efecto, el nexo entre caridad y obediencia, apuntado por el Santo aquí y en otras partes, no se encuentra en san Pablo, sino en san Pedro. Para san Francisco, caridad y obediencia son hermanas, como escribe en el Saludo a las virtudes: «¡Señora santa caridad, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia!» (SalVir 3). Y en la Carta a un Ministro pone en evidencia cómo el verdadero amor de Dios y de los hermanos está en la verdadera obediencia del superior, con ilimitada misericordia hacia cada hermano pecador, necesitado de bondad y de perdón.[5] La obediencia de la caridad, este servicio mutuo y recíproco de los hermanos por amor de Dios, a ejemplo de la obediencia de Cristo crucificado, tan característica de san Francisco y de sus hermanos «menores», nos aproxima ciertamente a san Pedro, sin querer excluir otras influencias.

Una última referencia al ejemplo de la obediencia de la caridad, obligatorio para sus hermanos hacia todos, se encuentra en la Regla no bulada, cuando el Pobrecillo exhorta a los hermanos a recibir en sus casas a todos, incluidos los enemigos, ladrones u otros adversarios. Todos deben ser recibidos «benignamente», según otra expresión preferida del Santo;[6] es una obediencia «caritativa», por así decirlo, no resistiendo al mal, sino venciéndolo a fuerza de bien, como veremos. Este capítulo 7 de la Regla no bulada concluye con la exhortación a amarse fraternalmente y a honrarse mutuamente: «Y dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse espiritual y amorosamente y honrarse mutuamente sin murmuración» (1 R 7,15). San Pedro escribe, en efecto: «Ante todo tened los unos para los otros ferviente caridad, porque la caridad cubre la muchedumbre de los pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin murmuración» (1 Pe 4,8-9).

IV. BENDECIR Y HACER BIEN

Aunque en este caso no se trate de citas claras y directas, estos conceptos se repiten con frecuencia tanto en san Pedro como en san Francisco. Por esto me parece oportuno subrayar las semejanzas típicas que permiten hacer más evidente la importancia de la influencia petrina sobre san Francisco.

a) En la primera Carta de Pedro, la idea de hacer bien a aquellos que nos hacen mal, a ejemplo de Cristo paciente, es ciertamente característica. Los textos principales son:

-- «Pues esta es la voluntad de Dios: que obrando el bien (benefacientes), cerréis la boca a los ignorantes insensatos» (1 Pe 2,15).

-- «Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos; así obedeció Sara a Abraham, llamándole Señor. De ella os hacéis hijas cuando obráis bien (benefacientes), sin tener ningún temor» (1 Pe 3,5-6).

-- «En conclusión, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar la bendición. Pues quien quiera amar la vida y ver días felices, guarde su lengua del mal, y sus labios de palabras engañosas, apártese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella. Pues los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan su oración, pero el rostro del Señor contra los que obran el mal. Y ¿quién os hará mal si os afanáis por el bien? Mas, aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos de vosotros. No les tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo. Pues más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal. Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos...» (1 Pe 3, 8-18).

-- «Si el justo se salva a duras penas, ¿en qué pararán el impío y el pecador? De modo que, aun los que sufren según la voluntad de Dios, confíen sus almas al Creador fiel, haciendo el bien (in benefactis)» (1 Pe 4,18-19).

b) Los textos principales en los Escritos de san Francisco, a su vez, son los siguientes:

-- «Y, aunque les tachen de hipócritas, sin embargo, no cesen de hacer bien» (1 R 2,15).

-- «Y ningún hermano haga mal o diga mal a otro» (1 R 5,13).

-- «Y, si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios» (1 R 17,19).

-- «Prestemos atención todos los hermanos a lo que dice el Señor: "Amad a vuestros enemigos y haced bien a los que os odian" (Mt 5,44), pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir (1 Pe 2,21), llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias, sonrojos e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; y los debemos amar mucho...» (1 R 22,1-4).

-- «Y amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga mal, sino bien» (2CatF 27).

-- «Debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos tienen odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27)» (2CatF 39).

Es de notar que el último texto es citado por el Santo dos veces, una de ellas en relación expresa con el «seguir las huellas de Cristo» de san Pedro. Será difícil encontrar en la Biblia (incluso en san Pablo) textos como los antes citados tan próximos a los de san Francisco, al que le resultan muy familiares los términos: «hacer el bien y bendecir». Y esto mismo vale también respecto a los enemigos, a los que no se debe oponer resistencia, sino hacerles bien, ofreciéndoles nuestra casa e incluso nuestros vestidos y nuestra mejilla.[7] Es evidente que estas ideas son evangélicas, expresadas en los Sinópticos y sacadas de san Mateo y de san Lucas en particular. Con todo, parece que sea más bien san Pedro quien sugiere al Santo la idea de ser obedientes y sumisos a todas las criaturas, por amor de Dios y de los hermanos, y de superar el mal haciendo el bien y bendiciendo a todos, a ejemplo de Cristo paciente, cuyas huellas debemos seguir. Por lo demás, es siempre san Pedro quien habla hasta cinco veces de la «fraternidad», de amar y servir en obediencia y humildad;[8] frecuencia ésta que no se encuentra en la Biblia, ni siquiera en san Pablo. Exactamente encontramos, en cambio, tal frecuencia en san Francisco, en cuya espiritualidad la «fraternidad» es un concepto de suma importancia.

V. «FORASTEROS Y PEREGRINOS»
(Advenae et peregrini, 1 Pe 2,11)

Es otra idea central del Pobrecillo que encuentra su base bíblica en la Carta primera de san Pedro. El texto petrino suena así: «Os ruego, carísimos, que, como extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los apetitos carnales que combaten contra el alma» (1 Pe 2,11). Los términos de la Vulgata son: «Carissimi, obsecro vos tamquam advenas et peregrinos abstinere vos a carnalibus desideriis, quæ militant adversus animam». La idea es profundamente bíblica y viene expresada con frecuencia en los textos del Antiguo Testamento, y también en los del Nuevo.[9] El texto de san Pedro es el más próximo a san Francisco, quien lo reproduce en su Regla bulada y en su Testamento. Para san Pedro, los cristianos son «extranjeros» que se encuentran en la dispersión, donde deben comportarse «con temor todo el tiempo de la peregrinación»: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los que viven como extranjeros en la Dispersión... Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro» (1 Pe 1,1.17).

Para san Francisco, el término expresa la expropiación total de la pobreza «mendicante» o itinerante que nos libera de todo, para estar prontos para correr por el camino que lleva a la tierra de los vivientes. Así leemos en la Regla bulada: «Los hermanos nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinos y forasteros (cf. 1 Pe 2,11) en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo... Ésta sea vuestra herencia, que conduce a la tierra de los vivientes» (2 R 6,1-3.5) Cf. 1 R 9,5.

Se ve cómo emerge aquí el Salmo 141,7, cantado por el Santo antes de morir. Este mismo Salmo aparece, en parte, también en el Oficio de la Pasión, donde se añaden diversos versículos del Salmo 68, el más citado por Francisco. Uno de estos es precisamente: «Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre» (Sal 68,9). El Santo prevenía tal vez este lamento cuando, en las palabras de la Regla bulada, exhorta a sus hermanos a una caridad más que materna. Habiendo dejado la familia natural («peregrinos y extranjeros para los hijos de la propia madre»), los suyos necesitan tanto más de una familia «espiritual», es decir, de la caridad fraterna según el Espíritu, capaz en sí de ser más que materna. Dondequiera que estén los hermanos o lleguen a dar unos con otros, deberán encontrar esta familiaridad, este ambiente materno.[10] Santa Clara repite estas palabras del cap. 6 de la Regla bulada en su Regla propia. En el Testamento, el Santo insiste en la necesidad de permanecer fieles a la pobreza en los lugares construidos para los hermanos: «... hospedándose siempre allí como forasteros y peregrinos».[11]

VI. CONCLUSIÓN

La importancia de las Cartas de san Pedro como fuente de inspiración bíblica para san Francisco es muy evidente. En particular, el cap. 2 de la Carta primera fue una cantera de ideas evangélicas de la que el Santo se aprovechó ampliamente: seguir las huellas de Cristo crucificado, estar sometidos a toda criatura humana, superar el mal haciendo el bien y bendiciendo a todos, vivir como forasteros y peregrinos en este mundo en pobreza y humildad, como Cristo Señor, son todos ellos conceptos importantes sacados de los textos petrinos, no sólo en cuanto al contenido, sino incluso en cuanto a la expresión literal.

Más aún, se puede afirmar que la influencia de estos pasajes de san Pedro fue determinante en la formación del ideal evangélico de san Francisco. Junto a la Admonición 1, cuyo contenido es profundamente joánico, se sitúan los textos franciscanos citados en nuestro trabajo como profundamente petrinos. No conozco, en efecto, otro escrito que, como este cap. 2 de la Carta primera de san Pedro, haya tenido una importancia tan grande para el Santo.

* * *

N O T A S

[1] K. Esser: Studium und Wissenschaft im Geiste des hl. Franziskus von Assisi, en Wiss u. Weis 39 (1976) 28s. En las Letras Encíclicas de los cuatro Ministros generales franciscanos Tener el Espíritu del Señor, núm. 9, se lee: «Quienquiera que lea atentamente los Escritos de san Francisco o las Vidas, fácilmente se percatará de que la importancia central se halla en estos elementos: seguir, bajo el impulso del Espíritu Santo, las huellas de Cristo crucificado pobre y humilde en el Evangelio. El mismo santo Fundador señalaba concisamente en la oración unida a su Carta a toda la Orden: "... para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo" (CtaO 51)» (cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. VI, núm. 16, 1977, p. 4). Véase el trabajo, sobre el mismo tema, de M. Steiner, Seguir las huellas de la humildad de Cristo, en Selecciones de Franciscanismo, vol. VII, núm. 20 (1978) 193-209.

[2] En tiempo de san Francisco, se leían juntos los escritos de san Pedro y de san Juan en la Liturgia de la Misa y del Oficio divino (Cartas petrinas, Evangelio, Cartas y Apocalipsis de S. Juan), desde la semana después de Pascua hasta el Domingo III. En especial, también el cap. II de la Carta primera de san Pedro, como «Servi, subditi estote... Christus passus est pro nobis... tradebat autem iudicanti se iniuste... Eratis sicut oves...», etc.; cf. St. J. P. van Dijk, The Ordinal of the papal Court, Fribourg 1975, 305-307; 333s (II Domingo después de Pentecostés: 1 Pe 5,6: «Humiliamini sub potenti...»; V Domingo: 1 Pe 3,8: «Unanimes estote...»). Por lo demás, aún hoy se ve el mismo fondo bíblico en la Liturgia de después de Pascua.

[3] 1 Pe 1,14-23: «... 14quasi filii obedientiae, non configurati prioribus ignorantiae vestrae desideriis: 15sed secundum eum qui vocavit vos, Sanctum: et ipsi in omni conversatione sancti sitis: (...) 22animas vestras castificantes in obedientia caritatis, in fraternitatis amore, simplici ex corde invicem diligite attentius: 23renati non ex semine corruptibili, sed incorruptibili per verbum Dei vivi, et permanentis in aeternum».

«14Como hijos de obediencia, no os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia, 15sino que conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo (...). 22Purificando vuestras almas con la obediencia de la caridad, con amor fraternal, amaos unos a otros entrañablemente con un corazón sencillo, 23puesto que habéis renacido no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo, la cual permanece por toda la eternidad» (1 Pe 14-15 y 22-23).

[4] Admonición 3: «1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia. 5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo. 7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida por sus hermanos. 10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas».

[5] De la Carta a un Ministro: «1A fray N., ministro: El Señor te bendiga. 2Acerca del caso de tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. 3Y así lo quieras y no otra cosa. 4Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y a mí, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. 5Y ama a aquellos que te hacen esto. 6Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. 7Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. 8Y que esto sea para ti más que el eremitorio. 9Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. 10Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. 11Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. 12Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así» CtaM 1-12). De la Carta a los fieles: «42Mas aquel a quien se ha encomendado la obediencia y que es tenido como el mayor, sea como el menor (Lc 22,26) y siervo de los otros hermanos» (2CtaF 42).

[6] De la Regla no bulada: «13Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie. 14Y cualquiera que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandolero, sea recibido benignamente. 15Y dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volver a verse espiritual y caritativamente y honrarse unos a otros sin murmuración (1 Pe 4,9). 16Y guárdense de manifestarse externamente tristes e hipócritas sombríos; manifiéstense, por el contrario, gozosos en el Señor (cf. Fil 4,4), y alegres y convenientemente amables» (1 R 7,13-16).

[7] «Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie. Y cualquiera que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandolero, sea recibido benignamente. Y dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volver a verse espiritual y caritativamente y honrarse unos a otros sin murmuración (1 Pe 4,9)» (1 R 7,13-15). «Y todos los hermanos guárdense de calumniar y de contender de palabra... Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). Y no se irriten, porque todo el que se irrite contra su hermano, será reo en el juicio... (Mt 5,22). Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros, como os amé (Jn 15,12). Y muestren por las obras el amor que se tienen mutuamente... Y a nadie difamen. No murmuren, no denigren a otros... Y sean modestos, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. No juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no consideren los pecados mínimos de los otros; al contrario, recapaciten más bien en los suyos propios con amargura de su alma» (1 R 11,1-12). «No resistan al malvado, sino, al que les pegue en una mejilla, preséntenle también la otra (cf. Mt 5,39). Y al que les quite el manto, no le prohíban que se lleve también la túnica (cf. Lc 6,29). Den a todo el que les pida; y al que les quite lo que es de ellos, no se lo reclamen (cf. Lc 6,30)» (1 R 14-4-6). Cf. Adm 14.

[8] Véase "fraternidad" en las cartas de san Pedro: «Honrad a todos, amad a los hermanos (fraternitatem diligite), temed a Dios, honrad al rey» (1 Pe 2,17). «En conclusión, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos (fraternitatis amatores), sed misericordiosos y humildes» (1 Pe 3,8). «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos (vestrae fraternitati) que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos» (1 Pe 5,9). «Por esta misma razón, poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad (in pietate autem amorem fraternitatis, in amore autem fraternitatis caritatem)» (2 Pe 1,5-7).

[9] Véase especialmente: Sal 38,13: «Escucha mi súplica, Yahvé, presta oído a mis gritos, no te hagas sordo a mi llanto. Pues soy un forastero junto a ti, un huésped como todos mis padres». Gén 23,4: «Yo [Abrahán] soy un simple forastero que reside entre vosotros. Dadme una propiedad sepulcral entre vosotros, para retirar y sepultar a mi difunta». 1 Crón 29,15: «Porque forasteros y huéspedes somos delante de ti, como todos nuestros padres; como sombras son nuestros días sobre la tierra y no hay esperanza». También aparece la idea en Sal 68,9, tan querido por san Francisco, que lo cita 13 veces, más que todos: «Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre». Véanse también los textos del Nuevo Testamento: Ef 2,19: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios». Heb 11,13: «En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra».

[10] OfP 5,8; se trata del Salmo 68,9. Véase también Ef 2,19: «Por tanto, ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios (domestici Dei)». La palabra "domestici" se repite en 2 R 6,7.

[11] Test 24: «Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias, moradas pobrecillas y todo lo que para ellos se construya, si no fueran como conviene a la santa pobreza que hemos prometido en la Regla, hospedándose allí siempre como forasteros y peregrinos (cf. 1 Pe 2,11)». Cf. RCl 8,1-3: «Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinas y forasteras (cf. 1 Pe 2,11) en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, envíen por limosna confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotras en este mundo». Sobre la idea de "camino", cf. C. C. Billot: La "marcha" según los Escritos de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. IV, núm. 12 (1975) 281-296.

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TEXTOS DE LAS CARTAS DE SAN PEDRO
CITADOS EN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

1 Pe 1,12:

CtaO 22.

1 Pe 1,22:

Adm 3,6.

1 Pe 2,11:

2 R 6,2; Test 24.

1 Pe 2,13:

2CtaF 47; Fragm I,37; II,25; 1 R 16,6.

1 Pe 2,21:

2CtaF 13; CtaL 3; CtaO 51; Fragm: I,1; OfP 7,8; 15,13; 1 R 22,2.

1 Pe 2,25:

Fragm I,19; 1 R 22,32.

1 Pe 4,9:

Fragm I,69; II,15; 1 R 7,15.

1 Pe 5,6:

CtaO 28.

2 Pe 2,22:

Adm 3,10.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. IX, n. 25-26 (1980) pp. 111-120]

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