DIRECTORIO FRANCISCANO
ESTUDIOS SOBRE LOS ESCRITOS
DE SAN FRANCISCO Y
DE SANTA CLARA DE ASÍS

RELEYENDO EL CÁNTICO DEL HERMANO SOL
por Giovanni Pozzi, o.f.m.cap.

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[El autor, profesor de literatura italiana en la Universidad Católica de Friburgo de Suiza, hace un examen comparativo entre el Benedícite de la Biblia y el Cántico del hermano sol de san Francisco; insiste en la reducción intencionada de la serie de criaturas que aparecen en et texto bíblico a los cuatro elementos del Cántico; trata de explicar la omisión de los ángeles y del hombre en el escrito de Francisco; así como la intención que subyace en el uso de la forma pasiva y de la preposición «per»; finalmente, pone de relieve la naturaleza de oración y la humildad que saturan el Cántico]

El Cántico del hermano sol de san Francisco de Asís es, cronológicamente, la primera auténtica poesía italiana. Por esta razón y no por otra, dicha composición es ampliamente conocida incluso fuera de los ambientes católicos. Su notoriedad es, por tanto, de origen escolar; y se trata de una fortuna debida más a circunstancias externas que a razones intrínsecas: sin el mérito señalado de abrir paso a la poesía italiana, dudo que el Cántico encontrase en los manuales y, por lo mismo, en la memoria de la gente, el puesto que ocupa. Pero la escuela es laica, cuando no atea; y un abismo separa, especialmente en Italia, la cultura laica de la religiosa. Así pues, no es extraño que se discutan, sobre todo, los valores poéticos del Cántico, omitiendo hablar de su naturaleza de oración; o que, eventualmente, se hable de ella como de un elemento que podría obstaculizar la plena expresión de la poesía.

No quiero dirigir ningún reproche a la filología ni a la escuela laica, que han investigado con extraordinaria agudeza en la esfera de su interés. Ni tampoco es mi intención, pasando de lo contingente a lo general, entrar en la antigua discusión sobre los límites que separan poesía y oración, o sobre la raíz común que las confunde. Tan sólo quiero subrayar lo difícil que hoy se hace a todos, laicos y religiosos, descifrar los textos poéticos que llevan el ropaje de la oración o, invirtiendo el punto de vista, las oraciones expresadas poéticamente.

Nuestro caso puede ser ejemplar: una densa incrustación de sensibilidad moderna se ha extendido sobre la superficie primitiva del texto, haciendo casi ilegibles su diseño y sus colores auténticos. La idea de que san Francisco haya tenido un sentido inmediato de la naturaleza, semejante al que guía nuestro modo de sentirla y de situarnos en ella, y no un sentido alegórico, como el que había prevalecido hasta él, ha llevado a captar en su poesía elementos sentimentales y sensuales que nunca le fueron propios. Esta se ha convertido en regla general de lectura, a través del bien conocido mecanismo psicológico que rigen los lugares comunes.

Pero dejemos este camino y emprendamos otro, formulándonos las preguntas más simples: ¿Qué quiso decir san Francisco con el Cántico? ¿Por qué lo expresó en forma de poesía y en esa forma de poesía y en esa lengua? Todo ello implica no sólo indagar sobre el objetivo del Cántico, sino remontarnos inmediatamente a la fuente de inspiración.

LA FUENTE BÍBLICA

A decir verdad, mucho se ha discutido ya de fuentes a propósito de la poesía de san Francisco, y nada tengo que añadir por lo que se refiere a su catálogo: sin duda lo inspiraron diversos pasajes bíblicos: salmos, cánticos y bienaventuranzas evangélicas. Pero habría que mirar con otros ojos el modo en que Francisco utilizó dichas fuentes. Siempre se ha hablado de ellas como de fuentes literarias, es decir, de pasajes paralelos, de reminiscencias, de lugares de la memoria. Sin embargo, se trata de algo distinto: se trata de un verdadero recurso ideológico y vital a un modelo de comportamiento; la Biblia le suministraba los módulos con los que él expresaba sus pensamientos y los ejemplares con los cuales manifestaba su personalidad. También el Cántico debería entrar en este cuadro general, por así decir, de su psicología. En suma, me parece que el recurso a la Biblia es siempre fundamental para Francisco y, desde luego, exclusivo en las ocasiones importantes y decisivas de su vida; y entre éstas hay que incluir ciertamente la composición del Cántico. No hay más que pensar en las circunstancias en que fue escrito: cuando, después de salir de una noche de tormentos, tuvo la mística seguridad de su salvación.[1]

Uno de los rasgos que más impresionan en la vida de Francisco es el modo con que expresa sus sentimientos mediante acciones espectaculares, que sorprenden, que incluso llegan a desconcertar, pero que no son gratuitas, porque al mismo tiempo representan al vivo lo que él siente y piensa. Las antiguas biografías refieren un número incontable de estos gestos extraños. He aquí algunos:

Para escoger en una encrucijada el camino a tomar, ordena a un hermano que gire sobre sí mismo hasta que, exhausto, caiga en tierra; la dirección tomada por el cuerpo caído indicará el camino a seguir. Esto quería decir que cualquier camino de este mundo era igualmente bueno para los hermanos menores y que no había una meta terrena prefijada (Flor. 10).

Habiendo debido comer pollo por prescripción médica, se hace conducir por las calles de la ciudad con una soga al cuello, proclamándose glotón a sí mismo (1 Cel 52).

Ordena a un hermano deponer, con la boca, sobre el estiércol la bolsa de dinero que había tomado en las manos (2 Cel 65).

Al llegar a un convento donde los frailes habían preparado una mesa extraordinaria, toma un bastón, se viste un capuchón y entra pidiendo la caridad como un forastero (2 Cel 61).

Invitado por un cardenal a una rica comida, se presenta allí con los pedazos de pan recogidos de limosna y los distribuye entre los presentes (2 Cel 73).

Todas estas acciones, más que simbólicas, son demostrativas de convicciones profundas y dictadas por una mente, permítaseme la expresión, dotada de un fuerte sentido político.

Se ha explicado todo esto con razones étnico-psicológicas: es el modo naturalmente teatral de vivir de los italianos, revivido profundamente y representado por él en una interpretación original; otros han corregido esta hipótesis, señalando como fuente del comportamiento de san Francisco la liturgia, cuyos gestos simbólicos habría traducido a la vida ordinaria.

Sin quitar nada a los buenos argumentos de una y otra opinión, me parece que el recurso a la Biblia explica de modo más adecuado esta conducta constante de Francisco; sus gestos son análogos a los realizados por los profetas: por Jeremías, que despedaza delante del pueblo la vasija de cerámica (Jr 19,10-11); por Ezequiel, que se corta la barba y los cabellos (Ez 5,1-4); por el hombre que toma las medidas de la ciudad en Zacarías (2,5-6); por Cristo mismo, que hace que se seque la higuera (Mt 21,18-22). Nada tiene de extraño que, a la hora de dirigir mensajes escritos, san Francisco haya recurrido también a la misma fuente que inspiraba su vida activa. No es necesario detenerse aquí en un hecho muy conocido: hay escritos de san Francisco que son verdaderos centones bíblicos. El centón no era para él un ejercicio formal; estaba dictado por una razón religiosa y moral: decir los propios pensamientos con palabras seguras. También el Cántico, que no es un centón, debía, por la misma razón, obedecer a esta su orientación mental.

EL TITULO DE LA COMPOSICIÓN

Estas perspectivas quedan pronto confirmadas por el título genuino de la composición poética de san Francisco, a saber: Cántico del hermano sol. Fuentes antiguas atestiguan que el mismo san Francisco, al imponer un nombre a aquellas alabanzas que compusiera sobre las criaturas del Señor, las llamó Cántico del hermano sol. No interesa tanto la preeminencia dada en el título al sol, cuanto la elección del nombre «cántico», la cual debe explicarse en un sentido estrictamente técnico.

Cántico por excelencia, en el plano de la oración pública de la Iglesia, era y es el Cántico de los tres jóvenes en el horno (o Benedícite), tomado de Daniel (3,51-89). Este Cántico se recitaba y se recita todos los domingos y fiestas mayores en la parte del Oficio divino que se llama Laudes (y por algo el otro título concurrente asignado por la tradición a nuestra poesía es el de Laudes o Alabanzas de las criaturas). De este texto bíblico y sólo de él (excluido, por tanto, el salmo 148, que no aporta nada nuevo que no esté en el Benedícite, y conservadas las bienaventuranzas evangélicas, pero sólo como elemento subsidiario) extrajo Francisco su oración, pero no con una imitación servil, sino con una reflexión original.

Transcribo el Cántico de Daniel, el Benedícite, numerando los versículos según la Vulgata [aquí damos la traducción al español que se usa en la Liturgia]:

52Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:
a ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito tu nombre, santo y glorioso:
a él gloria y alabanza por los siglos.

53Bendito eres en el templo de tu santa gloria:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

54Bendito eres sobre el trono de tu reino:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

55Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

56Bendito eres en la bóveda del cielo:
a ti honor y alabanza por los siglos.

57Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

58Angeles del Señor, bendecid al Señor.

59Cielos, bendecid al Señor.

60Aguas del espacio, bendecid al Señor;

61ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

62Sol y luna, bendecid al Señor;

63astros del cielo, bendecid al Señor.

64Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

65vientos todos, bendecid al Señor.

66Fuego y calor, bendecid al Señor;

67fríos y heladas, bendecid al Señor.

68Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

69témpanos y hielos, bendecid al Señor.

70Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

71noche y día, bendecid al Señor.

72Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

73rayos y nubes, bendecid al Señor.

74Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

75Montes y cumbres, bendecid al Señor;

76cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

77Manantiales, bendecid al Señor;

78mares y ríos, bendecid al Señor.

79Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

80aves del cielo, bendecid al Señor.

81Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

82Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

83bendiga Israel al Señor.

84Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

85siervos del Señor, bendecid al Señor.

86Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

87santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

88Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

89Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

90Bendecid al Señor, hombres que teméis al Señor,
alabadlo y dadle gracias,
porque su misericordia dura por los siglos de los siglos.

Examinando en su estructura la composición de Daniel, se ve claramente que está dividida en cuatro partes:

1) del versículo 52 al 56, en que se proclama la alabanza de Dios en absoluto;

2) del 57 al 73, en que son invitadas a la alabanza las criaturas celestes y atmosféricas;

3) del 74 al 81, donde a éstas les suceden las criaturas de la tierra;

4) del 82 al 88, que se ocupan del tema del hombre, cantor de la alabanza.

Sigue después una parte conclusiva, con una invitación más férvida a la celebración del Señor, en los vv. 89-90.

Cada una de estas partes está bien señalizada por un versículo de introducción, en el cual se observa menos la estereotipia de las formas (lo hemos puesto de relieve mediante la letra cursiva).

Frente al Cántico de Daniel, pongamos ahora el texto de san Francisco [primero en su versión original, y luego traducido al español]:

1Altissimu onnipotente bon signore,
tue so le laude, la gloria e l'onore et onne benedictione.

2Ad te solo, altissimo, se konfano,
et nullu homo ene dignu te mentovare.

3Laudato sie, mi signore, cun tucte le tue creature,
spetialmente messor lo frate sole,
lo qual'è iorno, et allumini noi per loi.
Et ellu è bellu e radiante con grande splendore,
de te, altissimo, porta significatione.

4Laudato si, mi signore, per sora luna e le stelle,
in celu l'ài formate clarite et pretiose et belle.

5Laudato si, mi signore, per frate vento,
et per aere et nubilo et sereno et onne tempo,
per lo quale a le tue creature dai sustentamento.

6Laudato si, mi signore, per sor aqua,
la quale è multo utile et humile et pretiosa et casta.

7Laudato si, mi signore, per frate focu,
per lo quale enn'allumini la nocte,
ed ello è bello et iocundo et robustoso et forte.

8Laudato si, mi signore, per sora nostra matre terra,
la quale ne sustenta et governa,
et produce diversi fructi con coloriti flori et herba.

9Laudato si, mi signore, per quelli ke perdonano per lo tuo amore,
et sostengo infirmitate et tribulatione.

10Beati quelli ke 'l sosterrano in pace,
ka da te, altissimo, sirano incoronati.

11Laudato si, mi signore, per sora nostra morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po' skappare.
Guai a quelli, ke morrano ne le peccata mortali:
beati quelli ke trovarà ne le tue sanctissime voluntati,
ka la morte secunda nol farrà male.

12Laudate et benedicete mi signore,
et rengratiate et serviateli cun grande humilitate.

* * * * *

1Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

2A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

3Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.
Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

4Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

5Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

6Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

7Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

8Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

9Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.

10Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.

11Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

12Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.

Al confrontar los dos textos, salta enseguida a la vista que san Francisco no se inspiró genéricamente en el Benedícite, sino que lo tuvo ante los ojos como guía, seleccionando y reordenando el material que le ofrecía el modelo, pero sin seguirlo servilmente. ¿Qué escogió san Francisco del Cántico de los tres jóvenes? Veámoslo:

1) los dos primeros versículos de su Cántico corresponden, al menos por su función introductoria, al comienzo del Benedícite;

2) los vv. 3 y 4 corresponden a los vv. 62-63 del Benedícite, pero con una distribución diferente: mientras en san Francisco el sol está colocado en el v. 3, y la luna y las estrellas, aparte, en el v. 4, en Daniel el sol y la luna están juntos en el v. 62, y las estrellas en el v. siguiente;

3) el v. 5 resume a grandes trazos los vv. 64-70 y 73 de Daniel;

4) el v. 6, con su referencia al agua, condensa los vv. 77-78 de Daniel;

5) el v. 7, dedicado al fuego, corresponde al v. 66;

6) el v. 8, dedicado a la tierra, se refiere a los vv. 74 y 76;

7) los vv. 9-10, que hablan del perdón, tienen su correspondencia en los vv. 86-87;

8) el v. 11, con el tema de la muerte, se refiere al v. 88;

9) el v. 12 corresponde a la conclusión de Daniel (vv. 89-90).

Las diferencias no consisten tanto en lo que se ha omitido, cuanto en lo que se ha cambiado. He aquí la relación de los hechos más sobresalientes:

1) una estructuración diversa de la lista de las criaturas nombradas;

2) el apelativo de hermano y hermana dado a las criaturas;

3) la introducción del concepto de la indignidad del hombre para alabar al Señor (vv. 1-2);

4) el uso constante de la forma pasiva («loado seas»), en lugar de la exhortativa del Benedícite.

Examinemos por separado cada uno de estos fenómenos.

DIVERSA ESTRUCTURACIÓN

Una de las cuestiones más debatidas entre los historiadores y filólogos es la referente a la unidad del Cántico de san Francisco; unos sostienen que hay una ruptura, otros defienden la unidad sustancial de la composición. La ruptura, que aparentemente existe, se daría entre los ocho primeros versículos y los que siguen, referentes al perdón y a la muerte. Ya las antiguas leyendas intentan dar una explicación de esta divergencia cuando proponen que el Cántico se compuso en varios tiempos. Francisco, como ya hemos indicado, habría compuesto la primera parte del Cántico dos años antes de la muerte (acaecida el 3 de octubre de 1226), cuando tras una noche de tormentos, fue consolado hacia el amanecer por una visión que le habría asegurado su salvación eterna. Más tarde habría añadido la estrofa del perdón, cuando reconcilió al obispo y al podestá de Asís;[2] y la de la muerte, cuando se le anunció su próximo fin.[3]

Con todo, me parece un argumento decisivo a favor de la unidad de la poesía de Francisco el hecho de que todos los elementos que la componen, incluso los relativos al perdón y a la muerte, están contenidos en la fuente, y no de forma casual. La diferencia radica en el distinto punto de vista bajo el cual se consideran dichos elementos, aunque conserven la misma colocación; está también en los enlaces, que son más graduales en el Benedícite, más bruscos en el Cántico.

En Daniel, la presencia de los animales en los vv. 78-81 sirve de enlace para entrar en el tema del hombre cantor de la alabanza; san Francisco deja de lado los animales (y es éste un hecho inesperado y embarazoso sobre el que volveré) y pasa enseguida a los hombres. En el ámbito de este último tema hay en Daniel una bella gradación que va de lo general a lo particular: en primer lugar, todos los hombres; después, una porción de la humanidad, Israel; y, por último, las varias categorías del pueblo elegido. San Francisco, en cambio, presenta una humanidad sin clases ni categorías, cortada categórica y casi cruelmente con el único criterio del bien y del mal.

Estas diferencias se deben al diverso clima religioso y social de los dos autores; aunque en realidad existe ya en Daniel la discriminación. De hecho, el v. 82 no tiene aquel sentido universal que podrían sugerir las palabras, y esto por la función que desempeña el versículo en la estructura de la composición: como he indicado antes, el v. 82, junto con los vv. 57 y 74, es una especie de estribillo que anuncia una nueva serie de criaturas invitadas a la alabanza. Es verdad que se habla genéricamente de hombres, pero se trata de los hombres de Israel, los únicos que verdaderamente pueden alabar al Señor: ello está en línea con la idea hebraica del pueblo elegido, tan exclusiva que no tomaba en consideración a quienes no formaban parte del mismo. Tal delimitación no era ya imaginable en un ambiente cristiano. Pero la antigua discriminación entre elegidos y no elegidos se representa con otro criterio: el que excluye de la caridad y gracia evangélica a quien está sujeto a la malicia del mundo. San Francisco habla sólo de los elegidos -los réprobos son señalados implícitamente-, de la misma forma que en Daniel se indica únicamente la elección de Israel.

Escoger el perdón como criterio de salvación, puede parecer, incluso en semejante perspectiva, demasiado restrictivo; pero, en realidad, es equivocado denominar a dicha estrofa «del perdón», porque el perdón no es más que un elemento entre otros de igual importancia: la paciencia, el aguante. Francisco ha tomado cuanto de más «cristiano» había en los versículos del Benedícite (v. 87, santos y humildes de corazón), lo ha conjugado con las bienaventuranzas evangélicas y, sin preámbulos, lo ha propuesto como título supremo de participación del hombre en las alabanzas divinas, sustituyendo de este modo al Israel de la fuente.

También el tema de la muerte, como queda dicho, se encuentra en el Benedícite, pero, ¡de qué forma, tan diversa! La muerte se menciona allí como un fenómeno de orden particular, no universal, en una perspectiva negativa, no de presencia: un hecho que atañe sólo a los tres jóvenes y sólo en cuanto éstos han logrado evadirse de la misma. San Francisco invierte la situación: la muerte es un fenómeno universal; él no quita nada a su aspecto trágico; con todo, la muerte ofrece un elemento de alabanza, porque da más de lo que quita; y así, con un golpe inesperado y desconcertante, hace de ella una criatura, esto es, una cosa terrena, un algo positivo y no negativo, una realidad operante y no una simple substracción de la realidad física y espiritual. Pero también aquí, y con mayor razón, y por ello de un modo explícito, se realiza un corte en el cuerpo unitario de la humanidad muriente, corte misterioso y definitivo, operado por la justicia divina.

No existe, pues, la supuesta ruptura entre las dos partes del Cántico de Francisco: él sigue su modelo, pero lo repiensa profundamente y extrae del mismo cada uno de sus elementos en un orden conceptual nuevo.

Lo mismo sucede en la primera parte del Cántico, y de una manera todavía más viva. Todos los elementos de la creación evocados por san Francisco están en el Benedícite, pero no viceversa; san Francisco, por tanto, selecciona. El orden del elenco es muy diverso en ambas composiciones: san Francisco concibe una jerarquía diferente entre los seres creados.

En el Benedícite se diseña una oposición entre cielo y tierra o, mejor, entre los elementos supraterrestres y los elementos terrestres: los primeros abarcan de los astros a los rayos y las precipitaciones atmosféricas (vv. 59-75); los segundos comprenden las aguas, los gérmenes y los animales (vv. 74-81). Cielo (v. 59) y tierra (v. 74) son términos generales, bajo los cuales se albergan muchas particularidades pertinentes a los mismos.

En el Cántico, no; en el Cántico, el cielo y la tierra son los dos extremos de una escala; más aún, no se nombra el cielo, sino solamente sus componentes, sol-luna y estrellas. La tierra no es, por tanto, lo opuesto del cielo, el continente del viento, del agua, del fuego, sino un elemento del todo igual al viento, al agua y al fuego. El hecho es muy sencillo. Todos ven cómo san Francisco ha sustituido las numerosas criaturas del Benedícite por la lista de los cuatro elementos vulgares, los cuales, según la física del tiempo, eran como las semillas de los cuerpos mixtos que están debajo de la luna. Dichos elementos equivalían, en la ciencia de entonces, a nuestros átomos, a nuestras células. Su distribución en el Cántico es canónica, hecha con el criterio de los así llamados símbolos: por una parte están el aire y el agua, ligados por sus cualidades primeras del frío y de la humedad; por otra, el fuego y la tierra, unidos por el calor y la sequedad. Arriba está el cielo; no el cielo del Benedícite, invadido por aguas y fuego, sino el cielo del primer elemento, el éter, que llega abajo hasta la órbita de la luna. San Francisco corta en la espesura de las criaturas del Benedícite, cuyos datos adapta a la idea del cosmos que era corriente en su época. Alabanza de Dios no lo son tanto las criaturas que vemos y tocamos, que consumimos y nos consumen, cuanto las energías que, armonizándose, componen el mundo sensible (en términos modernos, hablaríamos de partículas elementales, de átomos, moléculas, células, etc.); aquí es donde Dios manifiesta en grado sumo su sabiduría, aquí está la raíz de la alabanza.

Naturalmente, tierra y agua y fuego y aire eran términos equívocos; y cuando designaban aquellas energías primordiales, evocaban también realidades físicas visibles y tangibles, útiles a la vida y generadoras de espectáculos terrenos. San Francisco lo tiene en cuenta: en el Cántico, el aire da sustento, el agua es útil y la tierra produce frutos; pero, al mismo tiempo, las estrellas son luminosas, el fuego es bello y alegre; y no faltan los términos que valen para los dos aspectos, como precioso, que puede significar a la vez de mucha estima y de gran utilidad. Este es el rasgo que mayormente distingue el Cántico del hermano sol del Benedícite, donde las criaturas no aparecen nunca connotadas con sus atributos característicos, sino tan sólo llamadas en categorías cerradas, como en una revista militar, a cumplir su deber de alabar. Y sin embargo, también aquí Francisco explota cuanto le es posible su fuente, sacando de ella todo lo que puede ajustarse a su esquema: día y noche de los vv. 3 y 7 del Cántico están tomados de los vv. 71-72 del Benedícite; aire, nublado y sereno del v. 5, de los vv. 54, 67-70 y 73 del Benedícite; en el v. 76 del mismo Benedícite se habla también de gérmenes de la tierra, que sugerirán las plantas y las flores y los frutos del v. 8 del Cántico. Desarrollando sobre este doble registro el tema de los seres creados, san Francisco goza de los espectáculos del universo, pero al mismo tiempo los convierte en pensamiento.

Muchos rehusarán atribuir semejantes cosas al que escribió de sí y de sus frailes: «éramos idiotas» (Test 19); pero sin razón, creo yo. Esa confesión está unida a las palabras: «y súbditos de todos», y esto recuerda el programa impuesto a sí y a su Orden: «seamos menores y sujetos a todos». Es un programa que comporta la renuncia a todas las formas de actividad terrena que no tengan como objeto el amor de Dios y la imitación de Cristo: y entre ellas, también la ciencia, la cual de un golpe y sin miramientos queda liquidada con el argumento de que un demonio supo de cosas celestiales y sabe ahora de cosas terrenas más que todos los hombres juntos (Adm 5). Pero Francisco quiso vivir en el mundo: no entró jamás en sus planes el programa aristocrático de la vida eremítica; y aceptó del mundo todo lo que no comportase poder, posesión y dominio. Rechazó la ciencia, pero no la sabiduría; y no se da sabiduría sin conocimiento y sin experiencia. Tenía sin duda una cierta cultura, como se deduce también de la forma del Cántico, donde se emplean figuras y recursos de la retórica del tiempo (y todos sabían entonces lo que eran los elementos, así como todos saben hoy lo que es el átomo); pero, sobre todo, Francisco era un hombre dotado de gran inteligencia y sensibilidad, las dotes que precisamente se requieren para transformar los fríos conocimientos en ese algo misterioso que hoy se llama acto creativo y poesía. Me es grato repetir aquí las palabras, tan exactas, de nuestro mayor filólogo, Gianfranco Contini, justamente en su comentario del Cántico: «En él son potentes y dominantes los valores del intelecto y de la voluntad».

LA EXCLUSIÓN DE LOS ÁNGELES Y DE LOS ANIMALES

La estructura adoptada por san Francisco, constituida por el círculo cerrado de los cuatro elementos, explica también la exclusión de los ángeles y de los animales. Muchos estudiosos se han extrañado de la exclusión de los animales, que tan gran relieve tienen en las antiguas biografías del Santo; pocos han hablado de la exclusión de los ángeles, pero la una no se explica sin la otra.

En el Benedícite, los ángeles están en la cima de la escala de las criaturas supraterrestres; los animales, en el fondo de la de las criaturas terrestres, antes del hombre.

San Francisco hubiera podido escuchar también estas sugerencias, uniendo los ángeles al cielo y los animales a la tierra; pero no lo hizo, no obstante su ya mencionado gran amor a los animales con los que tan frecuentemente conversaba, y no obstante su relación con los ángeles, que es uno de los rasgos más vistosos de su experiencia mística. No quiso asociar a los ángeles con los astros, porque para él los ángeles no eran los motores de los astros, como para la escolástica, sino las inteligencias que comunican directamente con Dios; no quiso asociar a los animales con la tierra, porque no son producto de la tierra con idéntico título que las plantas y las flores. Su inserción en el Cántico hubiera requerido otras articulaciones en la estructura; la razón, incluso pedagógica, de una extrema simplificación puede justificar este sacrificio. Pero tal vez hubo aún otro motivo, también estructural, pero de orden diverso. Podemos llegar a esclarecerlo examinando el por qué de la elección de la forma pasiva unida con la preposición «per».

EL USO DE LA FORMA PASIVA

La forma pasiva (loado seas por el hermano), en vez de la activa (hermano y hermana, alabad), está sugerida también por el Benedícite, que la usa al comienzo, cuando enumera los modos de la alabanza divina en absoluto: «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres...» (vv. 52-56; la versión para la Liturgia dice «Bendito eres...»). Pero mientras el Benedícite pasa inmediatamente después a la función «conativa», es decir, al mandato o a la exhortación de proceder a la alabanza, san Francisco continúa usando a lo largo de su composición la misma forma pasiva; lo cual es mucho más que un hecho simplemente gramatical y estilístico, ya que encierra una ideología precisa.

En el uso lingüístico de la forma activa, el sujeto gramatical realiza la acción expresada por el verbo, acción que termina en el objeto gramatical. San Francisco rehúsa someter a Dios a la acción de lo creado, aunque se trate de una acción de gracias. Dios no puede convertirse jamás en objeto; es activo por definición, no debe ser transformado en el término de una acción realizada por criaturas. Evita por tanto decir: criaturas, alabad al Creador.

La voz pasiva tradicional (Dios es alabado por las criaturas) evita en parte este inconveniente o, al menos, lo esquiva; lo esquiva en cuanto el sujeto recibe la acción verbal; la recibe sin aquel efecto de violencia que parece connatural a la forma activa; y parece, por tanto, respetar mejor aquellos cánones de perfecta sumisión, de absoluta impotencia, minoridad e «idiotez», que eran tan caros a Francisco.

Pero había que evitar la simple transposición de la forma rechazada, como hubiera resultado caso de emplear el complemento agente; hacía falta expresar un pasivo puro, sin agente individuado, más aún, sin posibilidad de agente. En esta perspectiva, tal vez, san Francisco escogió, en lugar de la preposición «da» («por», agente), que sería lo normal en italiano, la preposición «per», que no tiene correspondencia en italiano.

Sobre el significado de este «per» del texto original se ha tenido la mayor de las discusiones entre las grandes autoridades de la filología: para algunos tiene valor de complemento agente (loado seas por el hermano sol=el hermano sol te alabe); para otros es causal («a causa de» o «por razón de»); para otros es una forma de mediación. Después de tantas autorizadas tentativas, sería presunción creer en el milagro de una solución nueva. Se puede, con todo, observar cómo en el Cántico parecen coexistir dos conceptos diversos de alabanza: una alabanza expresada con palabras (o con canto, o por medio de interjecciones) y una alabanza expresada mediante las cualidades de cada una de las criaturas y por su ordenamiento en un todo. En resumen: una alabanza a nivel lógico y otra a nivel ontológico, una alabanza que podría definirse oración y una alabanza que permanece alabanza en sí misma. La primera aparece al principio y al final del Cántico; la segunda, en el cuerpo central. La primera está señalada precisamente por el uso de las formas activas; la segunda, por las formas pasivas.

La idea de la alabanza en sí, san Francisco la extrajo de su habitual fuente de inspiración: la Biblia, y, en concreto, el Salmo 18, donde el concepto está expresado con acentos dramáticos a causa de una serie de contradicciones aparentes, que indican la misma dificultad de expresión que experimentaba el Santo al tratar el idéntico difícil tema:

2El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
3el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
4Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
5a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

He aquí el alternarse del día y de la noche, del cielo y de la tierra del Cántico; he aquí la alabanza en un lenguaje sin palabras. La criatura en sí misma, en su ser y en su existir, es alabanza de Dios. La gramática no tiene una forma establecida para expresar este concepto; por ello, san Francisco ha violentado las normas gramaticales, incidiendo en el delicadísimo sector de la conjunción de palabras.

Todo el sistema de la conexión o del enlace está en crisis en el Cántico: el «per» es una elección de fondo, la elección de aquel nexo o conexión que le pareció el menos inepto para expresar su pensamiento, pero no es el único (véase, también el incierto «cun» de la estrofa tercera), y está usado en acepciones y funciones diversas: el «per» de las frases finales es de otra naturaleza, como también el de las estrofas paratácticas en alabanza de la luna. La función exhortativa, muy obvia, del Benedícite, es cambiada por Francisco al servicio de un pensamiento diverso, especulativo y teológico, mediante recursos de orden lingüístico, simplicísimos, pero atrevidos. Estas son las razones que hacen de san Francisco un escritor, si no grande, ciertamente fuera de lo común.

Pero, ¿por qué usa en el Cántico el subjuntivo «seas» en lugar del indicativo «eres» del Benedícite, sobre todo cuando el indicativo parecería más apropiado para representar lo absoluto de la alabanza expresada en relación con el Dios creador? Tal vez se pueda responder: porque la alabanza va traducida en lenguaje humano; el «seas», por tanto, se refiere al autor en el acto de componer su Cántico y a todos aquellos que lo repetirían leyéndolo, recitándolo, cantándolo, es decir, a su público (el ideal, el de los coalabadores, no el público imprevisto por él, el de los versificadores y literatos).

Junto a estas consideraciones, podemos volver a preguntarnos sobre la exclusión de los animales y de los ángeles. La alabanza de las criaturas loadoras se expresa por el simple hecho de que ellas existan; el ser y la existencia son el alfabeto de su lenguaje mudo. Sin embargo, para que el hombre participe en esta alabanza, se traduce a una lengua humana; la voz del hombre es, cuando menos, integradora de la silenciosa acción de gracias de las criaturas. Los ángeles y los animales, en cambio, tienen una lengua propia, independiente del sistema comunicativo del hombre: los ángeles, un discurso intelectivo; los animales, un discurso hecho de voz (los pájaros), o de gestos (el lobo de Gubbio, el pez de Trasimeno); unos y otros pueden prescindir de la lengua de los hombres y unirse directamente con la propia voz al coro de los loadores.

No sería, pues, justo situar sobre el mismo plano la actitud de san Francisco hacia los animales en los varios episodios que nos describen los biógrafos, y su actitud, tal como está expresada en el Cántico, hacia la creación. Cuando él hablaba a los pájaros, a los corderos, al lobo, estaba un poco en la situación de quien busca hacerse entender por un semejante suyo que no conoce la misma lengua; puede uno hacerse entender a través de homofonías o señas. En el Cántico, por el contrario, Francisco hace el papel de intérprete; traduce mensajes, no para el Oyente supremo, que entiende perfectísimamente el lenguaje de su creación, sino para el hombre, que no parece comprender la voz que se transmiten el día y la noche, la tierra y el firmamento.

LA INDIGNIDAD DEL HOMBRE

Tal vez en esta línea se resuelva también la aparente contradicción entre el comienzo del Cántico y su terminación, entre la proclamada incapacidad del hombre para alabar y la categórica invitación final a bendecir.

El Benedícitecomenzaba alabando a Dios, visto en su lejanísima morada celeste. San Francisco evitó toda representación antropomórfica de la divinidad (sugerida en el Benedícite por el templo, el trono, el sondear los abismos de los primeros versículos); pero aceptó la idea de la inaccesibilidad de Dios e inmediatamente, por reflejo, asoció a ella la idea de la indignidad del hombre, de su incapacidad para ponerse en contacto con Él. Pensamientos de este género le eran muy familiares, como lo prueba su bien conocido tema: «¿Quién eres Tú, Dios mío, y quién soy yo?» (Florecillas, Consideración III sobre las llagas). Tales sentimientos expresan la absoluta indignidad contrapuesta a la dignidad absoluta. San Francisco no era acomodaticio ni blando, sino extremadamente radical en las cosas del espíritu; estaba acostumbrado a manejar la espada del paladín y la lanza del caballero. Así pues, nada tiene de extraño que los temas del Benedícite se entremezclen y estén plegados en aquella dirección, tanto más ante la triste y paradójica constatación que Francisco no habrá dejado de hacer: la casilla del hombre, precisamente la del hombre, que es el único que posee plenamente el lenguaje, el vehículo más apto para la alabanza, parece la sola vacía en el gran sistema de la alabanza universal.

Naturalmente la última frase de la segunda estrofa («y ningún hombre es digno de hacer de ti mención») se refiere sólo a cuanto precede, no a lo que sigue; y constituye una antinomia únicamente con la terminación del Cántico, que es la negación de la frase inicial.

Queda todavía por dilucidar si se da una contradicción entre el comienzo y la continuación del Cántico: toda la composición está descansada sobre una adversativa implícita, la cual crea una alternativa de impotencia y de voluntad operante, de pesimismo y de gozosa confianza, de humillación y de exaltación espiritual. La primera tiene lugar preferentemente en las dos estrofas iniciales, en la estrofa del perdón y, en parte, en la de la muerte; la segunda, en todo el resto. Viene así a crearse un movimiento pendular, que se puede prolongar incluso más allá de la duración del texto: es la vida, la vida de la naturaleza y de la gracia, con su alternancia de temores y de consuelos, la que queda concentrada en una composición tan simple y breve.

EL APELATIVO DE HERMANO

La última gran novedad del Cántico en relación al Benedícite consiste en el apelativo de hermano y hermana dado a las criaturas, epíteto que ha sugestionado profundamente al hombre moderno y que ha dado cuerda precisamente a las formas deteriores del sentimentalismo y de los disfraces de la literatura decadente y de la devoción mal entendida. Mas la de Francisco es una fraternidad que se constituye por vía racional, no por vía afectiva; ya lo subrayaba san Buenaventura al explicar que aquellas criaturas eran llamadas hermanas por ser hijas de Dios como nosotros los hombres. Es una fraternidad que vale exclusivamente en relación con el hombre y no en la relación de las otras criaturas entre sí, excluyendo toda forma de panismo cósmico; tan es verdad esto, que al hombre no se le llama hermano en la única estrofa que le concierne directamente, en la del perdón. Los hombres son hermanas entre sí por definición, y esta fraternidad se prolonga a todos los seres creados.

La introducción del apelativo «hermano» aclara también el fundamento de la confianza en la posibilidad de alabar; es el elemento que rompe el cerco del nihilismo que acecha al inicio del Cántico. La fraternidad universal justifica la llamada a todas las criaturas a solidarizarse con el hombre mezquino, ampliando su tenue motivo de elogiador. Esta fraternidad viene a menos cuando el hombre se encuentra solo, constreñido a realizar una elección en el ámbito que es el suyo (la estrofa del perdón que, como se ha observado arriba, está exenta de la señal de fraternidad); pero entonces está sostenido por la ley evangélica de la paradoja, según la cual enfermedad y miseria son poder y riqueza.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Llegados a este punto, podemos comenzar a comprender qué quiso hacer el Santo al escribir su poesía, qué mensaje nos ha transmitido a través del Cántico.

Uno de los pensamientos que le eran familiares era el de la alabanza a Dios, el de la acción de gracias participada en coro por todas las criaturas. Este pensamiento encontraba su más bella expresión en el Cántico de los tres jóvenes. Con todo, el Benedícite era inaccesible para la mayor parte de la humanidad a causa de su lengua, el latín, usado siempre por la Iglesia como lengua privilegiada de oración y alabanza, pero ya entonces incomprensible en amplias esferas. Así quedaba sustraído a la humanidad el vehículo para dirigir la alabanza al Creador (no se traiga aquí a colación la universalidad del latín, porque san Francisco pensaba en la realidad popular e italiana en que vivía); por ello, se hacía necesario volver a hacer utilizable el Benedícite, ofrecerlo al pueblo en la lengua usual y cotidiana, en la vulgar.

El Benedícite tenía además otro defecto: era demasiado largo para la memoria media de la gente común; por eso, era necesario también condensarlo. Al componer el Cántico, Francisco se propuso simplemente vulgarizar un salmo. Lo prueba el ropaje literario que escogió, que descuida el verso regular para seguir la andadura libre de la salmodia; lo prueba asimismo el hecho de que compusiera también la música que lo acompañaba. Nosotros no la poseemos ahora; en el manuscrito más autorizado que nos ha transmitido el texto, el de Asís, hay un renglón musical de tres líneas, sin notas; esto es suficiente para indicarnos que debía de tratarse de un canto silábico, como el gregoriano de los salmos. Mas traduciendo y rehaciendo el gran modelo, san Francisco cambió profundamente el significado del Benedícite. Los contenidos literales permanecieron los mismos, pero los símbolos encerrados en ellos resultaron totalmente diversos.

Pero no hay que olvidar tampoco los móviles interiores que lo impulsaron a expresarse de una forma tan delicada, elegante sin menoscabo de la sencillez, pero elegante ciertamente. Podemos reconstruirlos fácilmente meditando las circunstancias en que fue compuesto el Cántico, circunstancias perfectamente conocidas ya por el lector de estas líneas. En efecto, fue una mañana, después de una noche de tormentos, debidos a su habitual mal de ojos y a las molestias producidas por los ratones en una celda de esteras, consolado al alba por una visión celeste que le aseguraba su salvación eterna (cf. la nota 1). Muchos de nosotros hemos experimentado lo que significa una noche de enfermedad y de insomnio. Los ratones que lo atormentaban debieron parecerle un símbolo del mal pasajero, pero implacable, que corroe a las criaturas. El lobo, que se volvió manso ante su oración, lo había ilusionado de haberse remontado a la libertad de la gloria de los hijos de Dios; ahora bastaba un minúsculo bicho despreciable y escurridizo, para reproponerle de modo cruel la idea del poder y dominio del mal sobre el hombre; las tinieblas de la noche y las de la propia dolorosa ceguera se conjugaban en una sola imagen, desconsolada y sombría, con las tinieblas del espíritu. Mas he aquí que, con la claridad externa del alba, desciende la claridad interna de la gracia que le asegura su destino final; y esto da un sentido diverso a su pena; sobre el embrollo del mal prevalece la imagen habitual de un mundo armonioso y loador. Enseguida quiere san Francisco traducir en palabras esta revelación y naturalmente recurre al texto bíblico que le era familiar; la memoria le devuelve intactas las reflexiones que habían acompañado la repetición regular del texto de Daniel en la recitación del breviario.

* * * * *

No sé si los lectores compartirán las opiniones expresadas en estas páginas; pero abrigo la ilusión de que en un punto podremos estar todos de acuerdo: el encuentro de nosotros, hombres modernos, con la poesía de Francisco no debe realizarse sobre el registro de elementos sentimentales, sino sobre el de un implacable descenso a la esencia de las cosas para captar allí la presencia de Dios.

N O T A S

[1] Dice la Leyenda de Perusa: «Dos años antes de su muerte, estando ya muy enfermo y padeciendo, sobre todo, de los ojos, habitaba Francisco en San Damián, en una celdilla hecha de esteras. (...) Llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además, grandes dolores en los ojos día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir durante la noche (...). Y lo que era peor: si alguna vez quería descansar o dormir, había tantos ratones en la casa y en la celdilla donde yacía..., que con sus correrías encima de él y a su derredor no le dejaban dormir, y hasta en el tiempo de la oración le estorbaban sobremanera. (...)

En esto, cierta noche, considerando el bienaventurado Francisco cuántas tribulaciones padecía, sintió compasión de sí mismo y se dijo: "Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia". De pronto le fue dicho en espíritu: "Dime, hermano: si por estas enfermedades y tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación, consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro..., ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?" Respondió el bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro, inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano -dijo la voz-; regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino".

Por la mañana al levantarse dijo a sus compañeros: "Si el emperador diera un reino entero a uno de sus siervos, ¿no debería alegrarse sobremanera? Y si le diera todo el imperio, ¿no sería todavía mayor el contento?" Y añadió: "Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre, a su Hijo único nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, porque Él me ha dado esta gracia y bendición; se ha dignado en su misericordia asegurarme a mí, su pobre e indigno siervo, cuando todavía vivo en carne, la participación de su reino. Por eso, quiero componer para su gloria, para consuelo nuestro y edificación del prójimo una nueva alabanza del Señor por sus criaturas. Cada día ellas satisfacen nuestras necesidades; sin ellas no podemos vivir, y, sin embargo, por ellas el género humano ofende mucho al Creador". (...)

Se sentó, se concentró un momento y empezó a decir: "Altísimo, omnipotente, buen Señor...". Y compuso para esta alabanza una melodía que enseñó a sus compañeros para que la cantaran. Su corazón se llenó de tanta dulzura y consuelo, que quería mandar a alguien en busca del hermano Pacífico, en el siglo rey de los versos y muy cortesano maestro de cantores, para que, en compañía de algunos hermanos buenos y espirituales, fuera por el mundo predicando y alabando a Dios. Quería, y es lo que les aconsejaba, que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después de la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: "Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia". (...)

A estas alabanzas del Señor... les puso el título de Cántico del hermano sol, porque él es la más bella de todas las criaturas y la que más puede asemejarse a Dios.

Solía decir: "Por la mañana, a la salida del sol, todo hombre debería alabar a Dios que lo creó, pues durante el día nuestros ojos se iluminan con su luz; por la tarde, cuando anochece, todo hombre debería loar a Dios por esa otra criatura, nuestro hermano el fuego, pues por él son iluminados nuestros ojos de noche". Y añadió: "Todos nosotros somos como ciegos, a quienes Dios ha dado la luz por medio de estas dos criaturas. Por eso debemos alabar siempre y de forma especial al glorioso Creador por ellas y por todas las demás de las que a diario nos servimos"» (LP 83; cf. 2 Cel 203; EP 100).

[2] Después de relatar la composición del Cántico del hermano sol, como hemos visto en la nota anterior, la Leyenda de Perusa prosigue: «En este mismo tiempo, estando Francisco enfermo y predicadas y compuestas ya las alabanzas, el obispo a la sazón de Asís excomulgó al podestà; éste, enemistado con aquél, había hecho, con firmeza y de forma curiosa, anunciar por la ciudad de Asís que nadie podía venderle o comprarle, ni hacer con él contrato alguno. De esta forma creció el odio que mutuamente se tenían. El bienaventurado Francisco, muy enfermo entonces, tuvo piedad de ellos, particularmente porque nadie, ni religioso ni seglar, intervenía para establecer entre ellos la paz y armonía.

Dijo, pues, a sus compañeros: "Es una gran vergüenza para vosotros, siervos de Dios, que nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestà la paz y concordia, cuando todos vemos cómo se odian". Por esta circunstancia añadió esta estrofa a aquellas alabanzas: "Loado seas tú, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor...".

Después llamó a uno de sus compañeros y le dijo: "Vete donde el podestà y dile de mi parte que acuda al obispado con los notables de la ciudad y con toda la gente que pueda reunir". Cuando el hermano partió, dijo a otros dos compañeros: "Id y, en presencia del obispo, del podestà y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano sol. (...)

Cuando todo el mundo estaba reunido en la plaza del claustro del obispado, los dos hermanos se levantaron y uno de ellos tomó la palabra: "El bienaventurado Francisco ha compuesto en su enfermedad las alabanzas del Señor por las criaturas para gloria de Dios y edificación del prójimo. Él os pide que las escuchéis con gran devoción". Y empezaron a cantarlas. (...)

Al final de las alabanzas del Señor, el podestà habló al pueblo: "En verdad os digo que no sólo perdono al señor obispo, al que debo reconocer por mi señor, sino que perdonaría al asesino de mi hermano o de mi hijo". Y, arrojándose a los pies del señor obispo, le dijo: "Por el amor de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, estoy dispuesto a daros por todas mis ofensas la satisfacción que deseéis". El obispo le tendió las manos y le levantó, diciendo: "Mi cargo exige en mí humildad, pero tengo un carácter pronto a la cólera; te pido me perdones". Los dos se abrazaron y besaron con gran ternura y afecto» (LP 84; cf. EP 101).

[3] La Leyenda de Perusa nos refiere también: «En cierta ocasión dijo un hermano al bienaventurado Francisco: "Padre, tu vida y tu proceder fueron, y son ahora, una luz y un espejo no sólo para tus hermanos, sino también para la Iglesia universal de Dios. Así será también tu muerte...". Y añadió, ya sin rodeos: "Padre, es necesario que sepas que, si el Señor no envía desde el cielo un remedio para tu cuerpo, tu enfermedad es incurable y vas a vivir poco tiempo, según dijeron ya los médicos. Te hablo así para confortar tu espíritu, para que te alegres de continuo en el Señor interior y exteriormente...". Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior, y dijo: "Pues, si pronto voy a morir, llamad al hermano Ángel y al hermano León para que me canten a la hermana muerte".

Acudieron en seguida estos hermanos, y, derramando abundantes lágrimas, entonaron el cántico del hermano sol y de las otras criaturas del Señor, que el Santo había compuesto durante su enfermedad para gloria de Dios y consuelo suyo y de los demás. A este canto, antes de la última estrofa, añadió estos versos sobre la hermana muerte: "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal..."» (LP 7; cf. EP 123).

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. V, n. 13-14 (1976) pp. 65-79]

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