DIRECTORIO FRANCISCANO

Historia franciscana


FRANCISCO, HOMBRE ECUMÉNICO

por Leonhard Lehmann, OFMCap

 

1. PAUL SABATIER, UN PROMOTOR DEL ECUMENISMO
GRACIAS A SU «VIDA DE S. FRANCISCO DE ASÍS» (1894)

Lorenzetti: S. FranciscoQuien se ocupe seriamente de la tradición y transmisión de los Escritos de Francisco encontrará repetidamente el nombre de Paul Sabatier. ¿Por qué damos tanta importancia a un hombre del siglo pasado? ¿Quién era Paul Sabatier?

Nacido en 1858 en S. Michèl de Chabrillanoux, en Ardèche, estudió en la escuela del ilustre semitista Ernest Renan quien le animó a llevar a cabo una investigación histórica sobre Francisco de Asís. Pero su tesis de teología, en cambio, trataba acerca de la Didaché (o Doctrina) de los 12 Apóstoles, por lo que en los años 1885-90 Sabatier estaba considerado por todos más como futuro especialista de la historia primitiva de la Iglesia que de Francisco. «Cuando murió Renan, el 2 de octubre de 1892, el trabajo de Sabatier sobre Francisco estaba ya muy adelantado. Desde el primer capítulo se observa que defiende dos tesis muy importantes contra Renan: la autenticidad del Testamento de S. Francisco y la del Cántico del sol».[1] Después, en noviembre de 1893, se publicó, aunque con fecha de 1894, la famosa Vida de S. Francisco de Asís. El autor no había encontrado una casa editora que estuviese dispuesta a correr el riesgo de imprimir un libro de temática devocional y de un autor desconocido. Así, Sabatier se había decidido a imprimirlo a expensas suyas en la imprenta protestante Fischbacher de Estrasburgo. Agotadas en pocos meses las tres mil copias de la primera edición, en marzo de 1894 se reimprimieron inmediatamente otras dos mil. Para esta fecha ya se habían alcanzado catorce solicitudes de traducciones. En breve tiempo la Vida se convirtió en un best-seller europeo. En 1896 se tradujo al italiano. Por diversos motivos, particularmente por la intervención de la Iglesia católica, no hubo otras reimpresiones de la edición italiana hasta una segunda traducción en 1978 hecha sobre la edición póstuma francesa de 1931.[2]

El secreto del éxito de la Vida de S. Francisco -un éxito que dura todavía hoy-[3] hay que buscarlo en el estilo y en la pasión con que Sabatier se implica en su obra. Solamente conociendo las fuentes y pretendiendo su uso correcto, él no es el historiador que quiere distanciarse de los hechos y analizarlos fríamente, sino que se identifica con los acontecimientos, participando en las alegrías y en los dolores de Francisco, y camina con él por los escarpados senderos de Umbría. El espíritu del historiador francés está indudablemente fascinado por el Santo y unido a él por un profundo amor; su modo de narrar los acontecimientos muestra cuán viva y vivificante fuera para Sabatier la figura de Francisco. «De esto […] su obra alcanza una felicidad y una riqueza expresiva, que todavía hoy ejerce una fascinación indiscutible, y diré más, irresistible. El estilo de Sabatier se abandona alguna vez al deleite de la bella descripción o de la página literariamente construida, pero más frecuentemente acierta a ceñirse al tema con una fuerza, con una precisión insuperables».[4]

En 1894, Sabatier que hasta entonces era un apasionado pastor protestante en Ardèche, en la montaña al oeste del Ródano, renuncia a ser pastor para dedicarse completamente a la investigación franciscana estableciéndose casi permanentemente en Umbría y sobre todo en Asís, insertándose activamente en la vida cultural y teológico-eclesial del tiempo. Animado por un fundamental espíritu de diálogo y de encuentro, instauró relaciones de amistad y de aprecio con católicos y no católicos, conservando, como resultado de su extenso epistolario, una actitud de respeto en las confrontaciones incluso con sus «adversarios», tanto anti-modernistas como investigadores franciscanos.[5] Fruto de su compromiso cultural fue la creación, en 1902, de la Sociedad Internacional de Estudios Franciscanos.[6]

Sabatier no es solamente el primer biógrafo moderno de Francisco de quien, en diversa medida, dependen las numerosas vidas del Santo publicadas en los últimos cien años después de Sabatier,[7] sino también el instigador de la denominada Cuestión franciscana. Ésta se refiere a la dependencia y la conexión entre las diversas Fuentes Franciscanas (Vidas y Leyendas) y relacionado con ello su datación y la mayor o menor autenticidad. La problemática de las fuentes, a pesar de tantos esfuerzos realizados, permanece hasta la fecha como una espinosa quaestio disputata.[8] Para los estudios franciscanos Sabatier, muerto en 1928, tiene, pues, el mérito de haber sido como un vendaval, o quizá mejor, como una especie de terremoto.

Durante un decenio su biografía sobre Francisco conmovió el mundo católico y protestante. Parecía que no diera un empuje al diálogo ecuménico, sino que hiciera todavía más profundo e implacable el abismo entre los protestantes y católicos. De todos modo, el libro de Sabatier era fascinante, y su lectura comprometía a todos provocando incluso discusiones públicas.

Además del estilo comprometido y de la limpieza obligatoria de la figura del Santo, encubierta a lo largo de los siglos por tantas lecturas oleográficas y falseadas, el éxito del libro de Sabatier debe ser adscrito también a la dramatización de la historia de Francisco. Y es precisamente en esta característica donde se inserta el lado débil de su trabajo, constituido por la visión negativa de la Iglesia. Para construir su narración dramática, el escritor protestante tiene necesidad de evidenciar la presencia de antagonismos en la vida de Francisco. Solamente quiero elegir seis, descritos más detalladamente en otro lugar:

1. Iglesia-pueblo, 2. Sacerdotes-santos, 3. Papa-Francisco, 4. Evangelio-Regla, 5. Libertad de espíritu-subordinación, 6. Religión-ciencia.[9]

Son estos antagonismos, en gran parte artificiales, quienes han convocado a estudiosos y profanos, defensores y adversarios de la Iglesia católica. La controversia se reproduce en las recensiones del libro y por su inclusión en el Índice el 8 de junio de 1894.[10] Unos utilizaron a Francisco y a Sabatier como apoyo o confirmación de sus ideas liberales y protestantes, otros se unieron alrededor de Francisco, vir totus catholicus et apostolicus, para defender la verdad y la institución de la Iglesia católica.

Hoy, después de cien años, los enfrentamientos se han calmado. La mayoría de los estudiosos católicos del franciscanismo, también los mismos franciscanos, reconocen a Paul Sabatier el gran mérito de haber promovido e iniciado los modernos estudios críticos sobre Francisco y su movimiento. Es precisamente un signo de los tiempos que en 1993 el Instituto de los Estudios Ecuménicos S. Bernardino, de Venecia, y la Facultad Valdense de Teología, de Roma, hayan organizado una convención denominada «Francisco de Asís expectativa del ecumenismo». En esa ocasión se reflexionó sobre «Paul Sabatier y su Vida de S. Francisco cien años después».[11]

Durante esa reunión, Paolo Ricca, teólogo valdense, decía en su saludo inicial: «Uno de los grandes méritos de Sabatier es precisamente haber desafiado, con su Vida de S. Francisco, hace ahora cien años, las dos tradiciones historiográficas confesionales. Su Vida era molesta para ambas y ha obligado a una y otra a enfrentarse de nuevo con la persona y la obra de Francisco buscando liberarse cada una del propio condicionamiento (más o menos consciente): apologético, la católica, polémico, la protestante. Quizá no es una casualidad que la primera convención de estudios programada en Italia y patrocinada conjuntamente por una Facultad teológica protestante y por un instituto ecuménico católico tuviera lugar gracias y en torno a Paul Sabatier. Creo que si estuviera presente estaría muy contento de ello».[12]

T. Vetrali, Hermano Menor, decía en Venecia: «Hace 100 años, con el católico Francisco se encontró un protestante liberal, el pastor Paul Sabatier y, a través de él y de su Vida, mujeres y hombres pertenecientes a diversas culturas, iglesias y religiones se han acercado a este Santo evangélico; ahora S. Francisco no ya pertenece sólo a los franciscanos o católicos. …Sabatier encuentra en este testigo, fuera del ámbito de su iglesia, la presencia del Espíritu, el ejemplo de vida evangélica; el pastor protestante descubre el testimonio del reino de Dios en un santo católico, y ve en él al verdadero reformador radical. Más allá de todas las polémicas y discusiones, todavía existentes, sobre la figura de S. Francisco que se deriva de la Vida, es innegable el mérito de Sabatier de haber encontrado en S. Francisco un punto de referencia para un nuevo descubrimiento del Evangelio. Y en esta dirección es donde cabe buscar una nueva primavera del ecumenismo… Paul Sabatier tiene el mérito de haber individualizado en S. Francisco a uno de los más excelsos testimonios del evangelio, y por lo tanto del ecumenismo».[13]

2. DOS PRINCIPIOS LUTERANOS
EN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

Francisco como hombre evangélico está por encima de las confesiones. Católicos y protestantes, hablando de Francisco, se encuentran en él porque reconocen en él al verdadero reformador que, orientándose hacia el Evangelio y hacia la vida de Cristo, vivía como penitente entre los pobres y para los pobres.

Además de este común denominador, «hombre evangélico», existen aún otros motivos más específicos, propiamente teológicos, que permiten acercar san Francisco a Martín Lutero. Es sabido que Lutero pronunció dos máximas opuestas a la doctrina y práctica de la Iglesia medieval.

a) SOLA SCRIPTURA

Mientras la Iglesia católica defiende con buenas razones el principio de que la fe cristiana se fundamenta en el binomio «Escritura y tradición», Martín Lutero, como reacción contra la exagerada exaltación de la tradición, proclama su criterio de que sólo debían ser creídos aquellos dogmas y que sólo debían ser impartidos aquellos sacramentos que son mencionados con palabras expresas en el Nuevo Testamento.

Aunque en Francisco no se encuentran razonamientos tan radicales, más bien, al contrario, afirma el valor y la importancia de los sacramentos administrados por un sacerdote digno o indigno cualquiera que sea, sin embargo podemos deducir de su Testamento y de su Regla que la Sagrada Escritura, más precisamente el Evangelio, es la norma por encima de todas las normas, es la norma por excelencia.

En efecto, Francisco resume en su Testamento: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14). Dos son las afirmaciones en este texto:

1. Francisco ajusta el estilo de su vida y de los compañeros al Evangelio. Ellos viven «según la forma del santo Evangelio».

2. Esta forma de vida le ha sido revelada; expresión fuerte para subrayar la inmediatez de la inspiración divina, la independencia de cualquier tradición teológica o magisterial. Francisco se enfrenta directamente con el Evangelio, se deja impresionar, incitar y transformar por las peticiones de Jesús a sus discípulos. Y esto hace de Francisco un hombre evangélico.

La Regla es una confirmación del hecho de que Francisco no quería otra directriz que el Evangelio. En efecto, las dos reglas comienzan de este modo:

«Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, cuya concesión y confirmación pidió el hermano Francisco al señor Papa» (1 R 1,2).

«La regla y vida de los hermanos menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo…» (2 R 1,1).

La Protorregla, escrita «con pocas palabras y sencillamente» -como dice Francisco en el Test 15- debía ser poco a poco enriquecida, ampliada y reforzada con imprescindibles disposiciones, con admoniciones que ponen en guardia («guárdense los hermanos de…») y con bellísimas y profundas meditaciones y alabanzas. La Regla no bulada aumentó hasta la redacción final en 1221. Pero con todos los añadidos no posee una autoridad propia, sino la del mismo Evangelio. Y también la bulada y definitiva de 1223, más concisa y precisa, más breve y más jurídica, no aspira más que a exhortarnos, «para que… guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos» (2 R 12,4).

Son ilustrativos a este respecto algunos fragmentos de las biografías y de las crónicas que hablan de la observancia del Evangelio por parte de Francisco:

«La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio, y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón» (1 Cel 84; cf. 1 Cel 22; TC 25; 28-29; Giano 11-15).

En el momento de su tránsito, según san Buenaventura, Francisco «hizo llamar a su presencia a todos los hermanos que estaban en el lugar y, tratando de suavizar con palabras de consuelo el dolor que pudieran sentir ante su muerte, los exhortó con paterno afecto al amor de Dios. Después se prolongó, hablándoles acerca de la guarda de la paciencia, de la pobreza y de la fidelidad a la santa Iglesia romana, insistiéndoles en anteponer la observancia del santo Evangelio a todas las otras normas» (LM 14,5).

La más grande contribución de Francisco a la unión de los cristianos es, precisamente, su esfuerzo por tender a la perfección cristiana observando y practicando el santo Evangelio. En efecto dice el Concilio Vaticano II:

«Recuerden todos los fieles, que tanto mejor promoverán y realizarán la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen en llevar una vida más pura, según el Evangelio» (Unitatis redintegratio, Sobre el ecumenismo, 7).

b) SOLA GRATIA

Aunque el principio luterano solum Evangelium no se encuentra directamente en los escritos de Francisco, sin embargo encontramos en ellos la otra expresión: sola gratia. Leamos la oración que concluye la Carta a toda la Orden:

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios,
concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que
sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada,
a fin de que, interiormente purgados, iluminados
interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo,
podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
y llegar, por sola tu gracia, (sola tua gratia pervenire)
a ti, Altísimo,
que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas
y estás revestido de gloria,
Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén. (CtaO 50-52).

Esta plegaria constituye una preciosa perla de la oración franciscana. Es la oración del hermano menor, de aquel que ante Dios es totalmente pobre; con ella se propone un texto que en su simplicidad es casi intraducible y que en su plenitud de pensamientos religiosos y teológicos permanece impenetrable.

En la estructura formal este texto constituye un caso único. Ninguna otra plegaria de Francisco, en efecto, es tan compacta como ésta, estando compuesta por una sola frase de sesenta y nueve palabras en latín. El período, armoniosamente compuesto, revela el notable influjo que los textos litúrgicos tuvieron en Francisco; basta con observar el comienzo y el fin; en su conjunto el texto de Francisco parece recordar algunas largas y pulidas oraciones del misal.

Prestemos ahora atención a la expresión sola tua gratia hacia el fin de la plegaria: «seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo…». Los dos contrapuntos que delimitan la amplitud de la visión de Dios son por una parte «omnipotente y misericordioso» al comienzo de la oración, y por otra «altísimo y gracia» puesto casi al final. A esta tensión corresponde otra entre el obrar humano y la gracia divina. Aquí los dos aspectos, o sea, la eficacia de la gracia y el obrar-querer del hombre, están colocados juntos. Si nos limitásemos a las palabras sola tua gratia (que en las Fuentes Franciscanas se traducen «con la ayuda de tu sola gracia»), tendríamos la posición de Lutero que, precisamente contra la justificación que proviene de las obras, afirmó, de modo unilateral, que somos justificados no por causa de los méritos personales, sino «por la sola gracia» de Dios. De la misma opinión es Francisco y con él la mejor tradición de la Iglesia y de la teología tanto occidental como oriental.

Pero el santo de Asís no rechaza el valor del obrar humano. El hombre debe querer (la fuerza de la propia voluntad será subrayada más tarde por muchos autores franciscanos) y hacer (la praxis como fin de toda reflexión y estudio) lo que agrada a Dios; y sin embargo es Dios quien lo salva. El hombre por sí mismo no puede nada, él es pobre y miserable. Pero si se reconoce y se acepta como tal, entonces es bienaventurado.[14]

Esta visión de Dios y del hombre viene confirmada por otro fragmento proveniente del grande prefacio franciscano,[15] como se puede denominar el largo y solemne capítulo 23 de la 1 R:

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor y Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8).

También aquí se salva la colaboración entre Dios y el hombre, en el sentido en que nuestro amor es la respuesta al obrar salvífico de Dios. Ya que Él nos ha concedido y nos da generosamente todo bien, nosotros somos llamados a responder a su amor.[16] Nuestra distancia de Dios, del Altísimo, es tan grande, y tan profunda nuestra condición de «míseros y pobres», que no podemos ni debemos nunca sostener la pretensión de merecer la salvación. Si nos acercamos a Dios, es completamente obra de la gracia del «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso», como Francisco, precisamente, inicia la oración en su carta «A toda la Orden» (CtaO 50).

3. EL ENTRONQUE CON LA IGLESIA ORIENTAL

Con los principios solum Evangelium y sola gratia he podido dar a conocer dos conexiones con la teología protestante que permiten entrar en un fecundo diálogo con los cristianos evangélicos (valdenses, reformadores, luteranos, calvinistas), tanto más cuanto aprecian al Pobrecillo a causa de su actitud evangélica, pacífica y serena.

Pero es precisamente la oración anteriormente meditada que nos da también la oportunidad de ensanchar el círculo. Ella muestra no sólo un vínculo con la teología luterana, sino también con la ortodoxa-oriental.

a) LA DOCTRINA DE LAS «TRES VÍAS»

Releamos el verso central de la oración conclusiva de la Carta a toda la Orden: «… a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas…». Este breve inciso enumera las tres vías clásicas que con frecuencia fueron aplicadas también a los grados de oración y a las tres virtudes teologales:

1. Vía purgativa - oración - fe.

2. Vía iluminativa - meditación - esperanza.

3. Vía unitiva - contemplación - caridad, amor.

Tal partición triple, Francisco la deduce de la tradición oriental. Ya desde el tiempo de Evagrio Póntico († 399) es conocida esa triple partición del camino espiritual: a la ascesis, entendida como purificación del alma y como ejercicio de la virtud, sigue la contemplación dirigida a las criaturas, para alcanzar finalmente la «teología», o sea, la contemplación mística en sentido propio. Un influjo más grande fue ejercido por los escritos de finales del siglo V atribuidos al Pseudo Dionisio el Areopagita (Hch 17,34). En él, como en nuestra oración, el razonamiento se centra en la purificación, en la iluminación y en la unión. Este paralelismo de pensamientos testimonia la inserción de Francisco en la corriente de la espiritualidad patrística oriental y occidental.

b) LA IDEA DE LA INHABITACIÓN TRINITARIA

Sin duda, la oración recién estudiada es solamente un ejemplo, basado en los escritos de Francisco, que muestra su cercanía a la espiritualidad oriental (y a la teología protestante). Otra conexión sería la idea de la inhabitación divina en el creyente, tema desarrollado por Guillermo Spirito en su tesis defendida en 1993 en el Pontificio Ateneo Antoniano y recientemente publicada. Concluye que la inhabitación trinitaria en los escritos y en la experiencia de Francisco se presenta como un centro vital y como un motor que le hace descubrir que su alma es un cielo, su cuerpo un templo en continua construcción, lleno de luz y de fuego; es preciso estar atentos a esta presencia de la Trinidad en nosotros, tener el corazón siempre dirigido hacia Dios que es «loable, glorioso, sobreexaltado, sublime, excelso, suave, amable, deleitable y sobre todas las cosas todo deseable» (1 R 23,10-11). Por lo cual debemos «anhelar por encima de todo tener el espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro» (2 R 10,9). Es el Espíritu de Dios quien habita en nosotros «porque se posará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada; y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo» (1CtaF 1,6-7). La idea de la inhabitación trinitaria no es algo marginal en la vida espiritual de san Francisco, sino más bien la levadura que fermenta la masa (Lc 13,20), y es la razón de su amor a todo hombre, la base de la verdadera fraternidad fundamentada en el Padre celestial.[17]

c) LA VIDA DE FRANCISCO: UNA IMAGEN DE LA INDIVISIBLE SANTIDAD

Hace diez años Yannis Spiteris, un capuchino griego, escribió un interesante artículo titulado «Francisco de Asís, profeta del encuentro entre occidente y oriente».[18] Entre los testimonios extraídos del mundo ortodoxo, existe también un breve artículo de Marija Tatiana Alexeeva-Leskov, ortodoxa de la Unión Soviética. Su contribución lleva el significativo título: «Francisco de Asís, imagen de la indivisible santidad de la Iglesia». En él, ella confiesa: «S. Francisco es ciertamente el santo occidental más popular y más amado en la Iglesia ortodoxa».[19] A parte de las coincidencias doctrinales existentes entre Francisco y los Padres griegos, elaboradas por primera vez por Spiteris, es desde luego la santidad de Francisco lo que seduce. Algunos aspectos de su vida encuentran una correspondencia casi material con algunas figuras típicas de la santidad de la Iglesia de Oriente: en primer lugar la vocación de Francisco es casi una repetición de la de san Antonio Abad (alrededor de 250-356); encontramos aquí aquellos elementos que caracterizan la conversión y la vocación de Francisco y de sus primeros compañeros: la salida del siglo, la venta de los bienes obedeciendo al Evangelio (Mt 19,21), el amor a los pobres, la búsqueda de la soledad y la oración, el trabajo manual para el propio sustento. Después tenemos casi la misma concepción de la vida religiosa, y finalmente hay que recordar que Francisco solía denominarse «un nuevo loco en este mundo» (EP 68). Los «locos por amor de Cristo» constituyen en las Iglesias de Oriente una clara y distinta categoría hagiográfica como el mártir, la virgen y el confesor. «Para comprender la razón por la cual los ortodoxos sienten a San Francisco tan cercano a estos santos recordemos algunas de sus características. Lo que distingue principalmente a estos santos es su amor "loco" por Cristo humilde y crucificado; su deseo es identificarse con Cristo crucificado, participar en su pobreza, en sus humillaciones, en su desnudez incluso física».[20]

Probablemente debemos, pues, buscar en la santidad, en la unión con Dios, en la mística el significado más profundo de Francisco a favor del ecumenismo. Vivir en la presencia de «Dios vivo y verdadero» (AlD 3) era todo para él. Doquiera que fuera y cualquier cosa que hiciera, oraba siempre. «Se esforzaba, orando sin interrupción, por mantener siempre su espíritu unido a Dios… Era también la oración para este hombre dinámico un refugio, pues, desconfiando de sí mismo y fiado de la bondad divina, en medio de toda su actividad descargaba en el Señor -por el ejercicio continuo de la oración- todos sus afanes» (LM 10,1).

Una vez realizada su elección, se sumergía siempre más en la vida y en la pasión de Cristo, su verdadero amigo. Los salmos de su Oficio de la Pasión demuestran cuánto Francisco se identifica con el «Yo» de Jesús que ora al Padre y, conforme a su situación, se identifica con el lamento, la súplica o la confianza de Jesús. Francisco realiza esta unidad mística con Cristo. Sus múltiples enfermedades, los muchos problemas internos de la Orden y, finalmente, la experiencia de los estigmas le permitían orar con Jesús: Padre Santo, no alejes de mí tu auxilio (OfP 1, 9) y con Él expresar toda su experiencia de sufrimiento y confianza. Esta relación mística con Cristo sufriente por nosotros ha hecho surgir en Francisco, de una forma cada vez más clara, la conciencia de un deber y de una misión de expiación vicaria por los demás. El modo con que él, en sus salmos, se introduce y se sumerge en la pasión redentora de Cristo y la intensidad con que suplica al Padre con Jesús sufriente, ofrecen ciertamente una clave para comprender los orígenes espirituales de su estigmatización, de su corazón herido. Es esta conformidad con Cristo la que hace al santo de Asís tan atrayente a los ortodoxos. Marija Tatiana Alexeeva-Leskov insiste:

«Los estigmas de San Francisco son transfigurantes más que crucificantes: no es el crucificado el que se aparece a San Francisco, sino un Serafín abrasador y alado, relacionado con la imágenes bíblico-proféticas de la revelación del fuego transfigurante de la santidad de Yahvé; nos encontramos, pues, con sorpresa, ante la imagen del Raspiat Seraphim del Serafín Crucificado, que tanta importancia tiene en la tradición espiritual ruso-ortodoxa».[21]

Los fenómenos místicos pueden aparecer como obstáculos para el ecumenismo. Pero leídos a la luz de la Biblia (especialmente del Cantar de los Cantares, de los profetas y de san Pablo) y de la común tradición oriental y occidental, se convierten más bien en un camino para reconocer la «cristificación» de Francisco, alcanzada después de un largo e intenso camino de dolorosa purificación. La voluntad de conformarse a Cristo, visible hasta en sus gestos antes de morir, y la conformidad lograda y recibida al mismo tiempo en los estigmas, son tan evidentes que también un autor protestante confiesa:

«El santo de Asís es sólo comprensible partiendo de Jesús. La vida de este hombre estaba orientada hacia la figura de Jesús y de manera tan fuerte que vuelve imposible cualquier acrecentamiento. De Jesús es de quien recibió su misión. Francisco no puede ser entendido sin la figura de Jesús, en cuya realidad transformó su vida. El fue el hombre más cristocéntrico aparecido en la historia».[22]

Y concluimos con una expresión de Paul Sabatier con quien hemos iniciado este trabajo: «Francisco ha sido el primero después del Único».

d) UNIÓN CON CRISTO - UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

La unidad se logra por parte de todos los cristianos, de cualquier denominación, renovándose y tendiendo a la santidad y a la perfección. En efecto, la «Iglesia peregrina es incitada por Cristo hacia una perenne reforma» (Unitatis redintegratio. Sobre el Ecumenismo, 6). San Francisco, preocupado por la escasez de santidad en su tiempo, se dispuso a mostrar a los hombres lo que significaba tender a la perfección. «Él conocía los errores del clero y de los laicos y veía el terrible peligro de caer en la herejía. Pero también los herejes debían ser amados como parte de la creación divina. Erraban, sí, en muchas cosas, pero eran entusiastas y convencidos de lo que creían y debían ser persuadidos para la causa de la Iglesia. Esto significaba la reforma de la Iglesia y de todos sus miembros, y a la gente no se la debía convencer con la Inquisición o la violencia. La mejor manera de convencer a los fieles consistía en mostrarles una vida santa y perfecta. "Sed perfectos, como es perfecto mi Padre que está en los cielos". Francisco, y todo verdadero cristiano, es llamado a la perfección de Dios, y San Francisco eligió una vida de total obediencia a las enseñanzas de Cristo hasta en sus mínimos detalles. Todo esto es muy importante para la unidad cristiana».[23] Las divisiones de la Iglesia se deben al insuficiente seguimiento de Cristo y la escasa escucha del Espíritu. Cuanto más cercanos estemos de Cristo tanto más cercanos estaremos unos de otros. La unidad no es horizontal sino vertical. Es necesario que antes venga la unidad con Cristo, en Dios, por medio del Espíritu Santo. Esta es la gran verdad que nos muestra san Francisco.

* * *

N O T A S:

[1] M. Causse, «Le radici teologiche di Paul Sabatier», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 31-54, 32.

[2] P. Sabatier, Vita di san Francesco d'Assisi. Traducción de G. Zanichelli, presentación de L. Bedeschi, Milán 1978; ed. de bolsillo Uomini e religioni, Milán 1988.

[3] Cito solamente dos ediciones recientes: P. Sabatier - F. Renner, Leben des heiligen Franz von Assisi, St. Ottilien 1979; P. Sabatier, Francisco de Asís, Barcelona 1986; véase también la nota 2.

[4] R. Manselli, «P. Sabatier e la Questione francescana», en La «Questione francescana» dal Sabatier ad oggi (Actas de la I Convención Internacional de Asís, 18-20 de octubre de 1973), Asís 1974, 51-70, 62s.

[5] Cf. la carta a monseñor Faloci-Pulignani, publicada en Miscellanea Francescana 7 (1898) 33-35, y las cartas a Walter Goetz, publicadas por H. Goetz, «Il carteggio di Paul Sabatier e Walter Goetz (1990-1913)», en Quellen und Forschungen aus italienischen Archiven und Bibliotheken 58 (1978) 566-614.

[6] Cf. I. Baldelli en su saludo a los participantes de la Convención, en La «Questione francescana» dal Sabatier ad oggi, 11.

[7] A. Matanic, «Le Vite di San Francesco dopo il Sabatier», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 163-166.

[8] Cf. San Francesco nella ricerca storica degli ultimi ottanta anni (Coloquios del Centro de Estudios sobre la espiritualidad medieval, IX), Todi 1971; La «Questione francescana» dal Sabatier ad oggi (Actas de la I Convención Internacional de Asís, 18-20 de octubre 1973), Asís 1974. F. X. Bischof, «Franziskanische Frage -ein ungelöstes Problem», en Münchner Theologische Zeitschrift 41 (1990), 355-382; F. Uribe, «Cien años de la Cuestión franciscana: evolución de la problemática», en Antonianum 68 (1993) 348-374.

[9] L. Lehmann, «Il cattolicesimo di San Francesco nella lettura del protestante Paul Sabatier», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 89-118.

[10] L. Pellegrini, «La Vie de Saint François d'Assise e gli studi francescani tra impegno critico e tensione ideologica», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 11-30.

[11] Tal es el título de las Actas de la Convención publicadas en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3.

[12] P. Ricca, «Saluto iniziale», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 9.

[13] T. Vetrali, «Un dialogo ecumenico guardando al S. Francesco del Sabatier», en Studi Ecumenici 12 (1994) n. 3, 5-7.

[14] Para un comentario más completo de esta densa oración ver L. Lehmann, «Llegar a Dios con firme voluntad, pero por sola su gracia», en Selecciones de Franciscanismo 70 (1995) 24-39; E. Leclerc, «Francisco de Asís, maestro de oración», en Selecciones de Franciscanismo 56 (1990) 213-229.

[15] L. Lehmann, «Gratias agimus tibi. Structure and Content of Chapter 23 of the Regula non bullata», en Laurentianum 23 (1982) 312-375.

[16] Debe recordarse en este contexto el libro de K. Esser y E. Grau, Respuesta al amor. El camino franciscano hacia Dios, Cefepal, Santiago de Chile 1981.

[17] G. A. Spirito, OFMCov, El cielo en la tierra. La inhabitación trinitaria en S. Francisco a la luz de su tiempo y de sus escritos, ed. Miscellanea Francescana, Roma 1994, 154-155.

[18] G. Spiteris, «Francesco d'Assisi, profeta dell'incontro tra occidente e oriente», en Laurentianum 26 (1985) 661-701.

[19] M. T. Alexeeva-Leskov, «Francesco d'Assisi, icona della indivisa santità della Chiesa», en San Francesco educatore spirituale, a cargo de R. Falsini, Milán 1982, 57.

[20] Y. Spiteris, Francesco tra Occidente e Oriente, 673.

[21] M. T. Alexeeva-Leskov, Francesco, icona della indivisa santità, 65, citado por Y. Spiteris, Francesco tra Occidente e Oriente, 670.

[22] W. Nigg, Grandi santi, Roma-Milán 1949, 37.

[23] J. R. H. Moorman, «Ecumenismo e san Francesco», en Dizionario Francescano, Assisi-Padova 1983, 475.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVI, núm. 78 (1997) 409-421]

 


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