DIRECTORIO FRANCISCANO

Historia franciscana


SAN FRANCISCO: EL PROFETA DE ASÍS

por Mateus Rocha, OP

 

[Título original: São Francisco: O Profeta de Assis, en Revista Eclesiástica Brasileira 36 (1976) 779-788]

El autor, dominico, pone de manifiesto, para nuestros días, el significado trascendente de S. Francisco, que no interesa solamente a los franciscanos ni simplemente a los cristianos, sino a todos los hombres que se proyectan, como todo profeta, más hacia el futuro que hacia el pasado.

Duccio «A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos. Dirigíos más bien a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Por el camino proclamadles que el Reino de Dios se acerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis. No llevéis oro ni plata ni cobre en vuestras fajas, ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón: porque el operario merece su sustento» (Mt 10,5-10).

El día 24 de febrero de 1209, fiesta del Apóstol san Matías, se leyeron estas mismas palabras del Evangelio de san Mateo en la capillita de Nuestra Señora de los Ángeles, durante la misa que se estaba celebrando. Un joven, allí presente, las escuchaba transportado de alegría. Acabada la misa, para mejor cerciorarse de su sentido, del significado de aquellas palabras que tanto le habían alegrado, pidió al celebrante que se las explicase.

El nombre de aquel joven ya lo sabemos. Hijo y esperanza de un rico comerciante de Asís, se llamaba Francisco. A pesar de tener apenas 27 años, contaba ya con un pasado que revelaba una personalidad singular, rica en gestos sorprendentes y de extrema generosidad.

Había sido el ídolo de la juventud dorada de su ciudad. Había compartido sus excesos y sus sueños. Sí, había ambicionado la gloria de las armas e incluso se había enrolado en la Cruzada. Pero una insidiosa enfermedad lo había devuelto a su casa, donde su vida, poco después, se transforma. Lo invade un profundo sentimiento de la fragilidad de las cosas terrenas, que lo vuelve extraño a parientes y amigos.

Al mismo tiempo, un nuevo amor comienza a germinar en su corazón, aquel que sería hasta el fin el gran amor de su vida: la pobreza. Amor que le lleva a la decisión de jamás «rehuir a ningún pobre, a nadie que le pidiese alguna cosa por amor de Dios» (2 Cel 5). Amor que le lleva a derrochar con los pobres las riquezas acumuladas por la avaricia del padre. Amor que no excluye ninguna forma de miseria y que llega a su culmen en el beso al leproso. El propio Francisco confesará más tarde que «tanto le repugnaba, durante su vida de vanidad, la vista y presencia de los leprosos, que ya al ver sus chozas, a dos millas de distancia, se tapaba las narices con las manos, al percibir el mal olor» (1 Cel 17). Más adelante llegará a vivir en un leprosario, entre aquellos a quienes la sociedad había separado de su seno, «sirviéndolos a todos con solícito cuidado por amor de Dios» (1 Cel 17). Como su Maestro, preferirá siempre la compañía de los pobres y marginados.

Sorprendente fue también el gesto de Francisco en el tribunal del Obispo de Asís, ante el cual lo había citado su propio padre.

Cierto día en que oraba en la iglesia de San Damián, suplicando al Señor que lo iluminase, parecióle oír del Crucificado la voz que tanto deseaba escuchar: «Francisco, restaura mi iglesia arruinada». Obedeció inmediatamente la orden del Señor y, para esta construcción, utilizó los recursos que sobraban en la casa paterna. Enterado de esto, irritóse el padre y lo llevó ante el tribunal.

Había llegado para Francisco el momento de tomar una decisión. Y ésta se consumó en una ruptura. Despojándose totalmente de sus vestidos, desnudo por completo, se los restituyó al padre avergonzado. Desde aquel momento en adelante, Francisco no tendría otro padre que Aquel que alimenta a las aves del cielo y hace crecer y abrir los lirios de los campos.

Liberado de los lazos que lo ligaban a la familia, vistiendo un hábito de penitente, Francisco estaba libre para reconstruir la casa de Dios. Poco después, los habitantes de Asís, que tantas veces lo habían admirado y aplaudido, lo veían ahora mendigar el pan de puerta en puerta. ¿Habría perdido el juicio?

Es fácil narrar la vida de los santos y enaltecer sus hechos prodigiosos. Pero, ¿nos percatamos o entrevemos al menos que fueron victorias conquistadas en batallas tremendas en las cuales nosotros habríamos sucumbido? Besar a un leproso, romper definitivamente con la propia familia, mendigar un pedazo de pan para matar el hambre, son gestos cruentos, hechos de lágrimas y de sangre, cuya única inspiración sólo puede ser la locura de la cruz de la que habla san Pablo.

Terminada la iglesia de San Damián, no habiendo recibido otra inspiración del Señor, reconstruyó la de San Pedro y, después, la capillita de Nuestra Señora de los Angeles, la Porciúncula, que es para todo franciscano lo que es el pesebre para todo cristiano. Seducido por la belleza y soledad del lugar, allí fijó su morada. Y fue aquí donde lo encontramos en la mañana del día 24 de febrero de 1209.

Francisco no sabía con certeza lo que Dios quería de él. Todavía no había encontrado su camino: aquél hacia el cual convergían todas las encrucijadas de su vida. ¿Para qué lo había llamado Dios del «siglo», como se decía entonces? ¿A qué lo destinaba? La respuesta a estas preguntas la tuvo él en el pasaje del Evangelio de san Mateo que acababa de oír.

No era la primera vez que oía aquellas palabras. Desde hacia siglos, se leían y comentaban en las iglesias de la cristiandad. Eran, por tanta, palabras familiares a todos los cristianos. Y, ¿por qué no decirlo?, eran palabras neutras, inertes, gastadas, a las cuales todo el mundo se había acostumbrado. En fin, eran palabras domesticadas que habían perdido su virulencia, aquella virulencia que existe, en estado latente, en toda palabra del Señor. Pero en aquel momento, habían tomado un sentido nuevo, sorprendente, radical. Habían recuperado su virginidad. Cada una de ellas surgía ante san Francisco con su contenido exacto, con su peso aplastante, con su profundidad sin límites. Parecía que resucitaban de entre los muertos.

Dios le mostraba, finalmente, el camino que debía tomar. «Esto es lo que yo quiero, lo que busco, y esto lo que quiero, con todo mi corazón, cumplir», concluyó Francisco. Tomás de Celano, que narra el episodio, añade enseguida: «Acto seguido, nuestro santo Padre, desbordante de gozo, apresuróse en llevar a cabo el saludable consejo y, sin demora, puso en práctica lo que acababa de oír» (1 Cel 22).

Acababa de nacer la epopeya franciscana que atravesaría los siglos y llegaría hasta nuestros días.

Cada santo se encuentra con Cristo en algún pasaje del Evangelio que lo marca más profundamente y que se convierte en la vocación fundamental de su vida. A mi parecer, la vocación de san Francisco partió de este episodio del Evangelio. Fue aquí donde se encontró a sí mismo: «Esto es lo que yo quiero». Fue aquí donde recibió la respuesta a sus búsquedas: «Esto es lo que busco». Fue aquí donde divisó las perspectivas del futuro: «Y esto es lo que quiero, con todo mi corazón, cumplir».

Pero, ¿cuál es el sentido primero de este episodio del Evangelio? Podemos resumirlo en pocas palabras. Jesús envía a sus discípulos al mundo para predicar el Reino de Dios, pero despojados de todo poder. Misión y despojamiento: he aquí uno de los rasgos más abarcadores de la figura de san Francisco. Misión que lo llevará a recorrer los caminos del mundo anunciando el Amor que no era amado. Despojamiento que lo conducirá a las cumbres místicas del Alverna. Misión y despojamiento que constituyeron el camino del propio Verbo encarnado. Misión y despojamiento que era la mayor urgencia de la Iglesia de su tiempo. Misión y despojamiento que son la gran necesidad de la Iglesia de todos los tiempos.

¡Misión y despojamiento! San Francisco fue escogido, preparado y enviado por Dios a la Iglesia para decirle, sobre todo con su vida, que éste es el único camino del Evangelio. Su vocación es la de un profeta. Y precisamente sobre el PROFETA DE ASÍS me permito hacer algunas consideraciones al celebrar los 750 años de su muerte.

Sabemos que profeta no es solamente el hombre que ha recibido el don de predecir el futuro. Si sólo fuera esto, no pasaría de ser un adivino que poca o ninguna influencia ejercería en los destinos de la humanidad. Ahora bien, son los profetas quienes hacen caminar a la humanidad. Son ellos los que le indican, a veces en el dolor y en la contradicción, los caminos insospechados del futuro.

El profeta es, sobre todo, un inspirado que habla en nombre de Dios para comunicar al vivo sus designios. Pero su palabra, como toda palabra que viene de Dios, no es proclamada en el vacío, sino en medio de los hombres a los que se dirige. No es una palabra abstracta que solamente traduce conceptos que infunden nuevo vigor a los sistemas existentes, sino que es una palabra viva, comprometida, que libera de la rutina y de los lugares comunes consagrados desde hace tiempo. Si el absoluto de Dios es su tormento, el destino del hombre es su pasión. Sobre todo, el del pobre y del oprimido, cuya causa abraza en nombre de la justicia.

Además, el profeta no habla solamente con palabras, sino también con símbolos, con gestos, con actitudes, con toda su vida finalmente. En él, todo se transforma en profecía. El matrimonio infeliz de Oseas es símbolo de la infidelidad de Israel (Os 1-3). Isaías recibe la orden de ir desnudo por las calles de Jerusalén, como un presagio. Un triste presagio para sus habitantes (Is 20,3). Jeremías se pone un yugo en el cuello para significar lo que le iba a suceder a su pueblo (Jer 27,2). Ezequiel es un símbolo vivo para la casa de Israel (Ez 12,6). El profeta no teme los gestos osados y sorprendentes que rozan el ridículo. La conciencia de su misión le da fuerzas desconocidas, haciéndolo valiente, audaz e intrépido.

Profeta es aquel a quien el Espíritu de Dios hace percibir, en las situaciones en que vive y en los acontecimientos de que forma parte, las dimensiones profundas que sus contemporáneos no consiguen divisar. Profeta es el hombre que, en el contexto general de su época y en los hechos aparentemente insignificantes, descubre y anuncia las amenazas del presente y las esperanzas del futuro. El profeta llega hasta el nudo donde se atan los problemas de su tiempo, y lo deshace para libertar el futuro cautivo.

Los profetas siempre fueron particularmente sensibles a las transformaciones históricas y en ellas tomaron una parte relevante. Profecía es compromiso. Ellos recibieron el don de descifrar, antes que los otros y para los otros, los signos de los tiempos. Por esto, están siempre atentos a aquello que comienza a germinar en la historia. Los gérmenes de la historia: he aquí su gran intuición. A veces es preciso arrancar el fermento del Evangelio a una masa en estado de putrefacción y transportarlo a otra todavía virgen que la historia le ofrece. Operación dolorosa que casi siempre exige una ruptura con las costumbres inveteradas y con el orden establecido que muchos proclaman definitivo. Pero lo que está en juego es la libertad del Espíritu.

Profeta es el hombre de la denuncia y del anuncio. Denuncia del presente y anuncio del futuro. Signo de contradicción izado en medio de su pueblo, combátenlo los bienpensantes, los saciados y los poderosos, cuyos intereses contraría. Síguenlo quienes acarician una esperanza y los que no temen los imprevistos del mañana. Es imposible acallar a un profeta. Podemos, cuando mucho, sofocar su voz. Pero ésta acabará siendo oída, aunque para esto tenga que esperar varios siglos.

La historia nos muestra que, periódicamente, la Iglesia es como sacudida por una vibración evangélica que alcanza su cuerpo. Diríase que el virus del Evangelio, escondido en el interior de su inmenso organismo, le sube violentamente a la conciencia, en un ansia de cambio y de renovación. Despiértase la memoria peligrosa de la Iglesia que se acuerda de sus orígenes y emprende una vuelta a la verdad y al fervor del Evangelio: su fuente primera de inspiración y norma definitiva de su praxis. Son los momentos grandes de su historia. Y grandes, por ser los más fecundos en grandes hombres y en grandes transformaciones. Es en estos momentos cuando la Iglesia más necesita de profetas. Y ay de ella si recusa oír su voz. Fue en uno de estos momentos, henchidos de amenazas y llenos de esperanzas, cuando apareció el Profeta de Asís.

Realmente san Francisco vivió en una época en que la cristiandad medieval había llegado a una encrucijada. El viejo orden feudal daba señales de cansancio y de desgaste. Al mismo tiempo, surgía una sociedad nueva, en los burgos, en las comunas y en las universidades, cuyos problemas el feudalismo no podía resolver sin negarse a sí mismo. Por otra parte, la Iglesia había quedado cautiva del mundo que ella misma había creado con tanta paciencia y tenacidad. Su mismo apogeo como poder político había engendrado fuerzas que le eran contrarias y que ahora no conseguía dominar.

En casi todas las partes surgían grupos de imitadores de los Apóstoles, que se organizaban al margen de los cuadros eclesiásticos establecidos, cuadros que, además, «contestaban» con vehemencia; estos grupos, admirables por su pobreza y llenos de celo apostólico, seducían al pueblo e irritaban al clero. El propio ardor evangélico los llevaba frecuentemente a intemperancias en el lenguaje y a libertades que terminaban enfrentándolos con la Jerarquía, autoritaria e intolerante. Nacían los movimientos de pobres que desafiaban no sólo la autoridad de la Iglesia, sino particularmente su capacidad de renovación evangélica.

La inercia de los prelados, más príncipes que pastores, y la ignorancia del clero ataban las manos a la Iglesia. Bien es verdad que contaba con un notable ejército de monjes, pero éstos no se hallaban idóneos para las nuevas exigencias de los tiempos nuevos. Aunque poderosa, carecía la Iglesia de los instrumentos adecuados para evangelizar a la nueva clase de artesanos, comerciantes e intelectuales, que llegaba ruidosamente al escenario de la historia, y para combatir la herejía pauperista con sus propias armas, esto es, con la vida evangélica.

Más allá de los límites geográficos de la cristiandad, el Islam era una amenaza constante que los papas juzgaban intolerable. Pero el único medio que habían encontrado para combatirlo era la Cruzada, es decir, la guerra santa que, a pesar de su ideología pseudocristiana y de todas sus regalías espirituales, no era menos violenta y cruel que cualquier otra guerra de aquel o de otros tiempos.

Sí, era preciso «tomar la cruz» (¡triste ironía de la historia!) para aplastar a los «pérfidos musulmanes», «enemigos de la cruz de Cristo», y liberar los santos lugares, donde viviera el Señor y nos rescatara con su sangre. La conquista de Jerusalén era una cuestión de honor de toda la cristiandad.

San Bernardo, que, en el siglo precedente, había sido el gran teólogo y predicador de las Cruzadas, escribía a los Caballeros del Temple: «El soldado de Cristo mata tranquilamente y muere más tranquilamente todavía. Trabaja para sí mismo, cuando muere; para Cristo, cuando mata. Pues no sin razón lleva la espada. Él es ministro de Dios para la vindicta contra los malhechores y para el honor de las personas de bien. Ciertamente, cuando mata a un malhechor, no es homicida, sino "malicida", pues debe ser considerado vengador de Cristo contra aquellos que practican el mal, y como defensor de los cristianos». ¡Cómo puede fluir tanta hiel de la pluma del Doctor melifluo!

Son palabras de un gran santo. No lo niego. Aun así, incluso teniendo en cuenta las circunstancias históricas en que fueron proferidas y la vena retórica de su autor, acuso su contradicción flagrante con el Evangelio y con el gesto de Aquel que no permitió a Pedro desenvainar la espada en el momento en que iba a ser apresado. Jesús renunció a cualquier acto violento a fin de mostrar a su Iglesia cuál debía ser su trayectoria histórica. Correspondió a san Francisco recordar esta verdad a la conciencia de la Iglesia medieval.

«¡Francisco, ve y restaura mi Iglesia!». Todo puede ser grande en el Reino de Dios. Hasta incluso reconstruir iglesias, colocando piedra sobre piedra. Pero el Señor no lo había llamado para ser un simple restaurador de iglesias en ruina. El Señor lo había llamado para ser el gran restaurador de su Iglesia, de aquella Iglesia que se construye de piedras vivas. «¡Francisco, ve y restaura mi Iglesia!». Dios no lo había llamado para ser albañil de sus casas, sino para ser profeta de un mundo nuevo.

Francisco de Asís, como Jesús de Nazaret, no era un letrado: era un Vidente, un profeta. ¿No valdría la pena recordar aquí algunos versos de un poeta, dignos de aquel a quien se le llamó Trovador de Dios? Canta Fernando Pessoa:

«Pero mucho más que todo esto
es Jesucristo
que no sabía nada de finanzas
ni consta que tuviese biblioteca».

Efectivamente, tampoco Francisco sabía nada de finanzas. A no ser de aquellas finanzas que enseñan a distribuir todo lo que se tiene. Y no necesitaba frecuentar bibliotecas, pues, como profeta, sabía leer los signos de los tiempos. Sabía, particularmente, leer el grande y misterioso libro que es Jesucristo. Por esto, tal vez más que nadie, Francisco percibió los verdaderos problemas de su tiempo y trató de indicarle el camino verdadero. No; él no escribió tratados para explicar sus ideas o sus intuiciones. No elaboró programas para la reforma de la cristiandad. Él vivió más que habló. Aunque, tampoco se quedó mudo. Sus gestos, sin embargo, fueron mayores y más elocuentes que sus palabras.

San Francisco vio que la misión de la Iglesia pasa por el Evangelio. Por lo mismo, sólo podrá realizarse en el despojamiento y en el amor.

En una época en que la poesía está en crisis, de poco sirve ahorcar a los malos poetas o fundar una academia de letras: lo necesario es reabrir las fuentes de la inspiración.

Sabemos que uno de los males de la Iglesia de aquel tiempo, el mal que más se prestaba a una crítica severa y justa por parte de los herejes, era la riqueza y lujo de sus prelados. ¿Y qué hizo san Francisco? Se desposó con Dama Pobreza. «Viendo que la que había sido la compañera habitual del Hijo de Dios, la pobreza, era objeto de un desprecio universal, quiso tomarla por esposa con amor entrañable y le prometió amor eterno. Prendado de la belleza de tal esposa, quiso unirse estrechamente a ella, como si fuesen dos en un solo espíritu, y para ello, no contento con dejar a su padre y a su madre, se despojó de todas las cosas. La estrechó entonces entre sus brazos y no quiso dejar de ser jamás, ni siquiera por una hora, su fiel esposo» (2 Cel 55). Era un gesto profético.

La pobreza había llegado a ser, no sólo despreciada, sino además sospechosa precisamente en la Iglesia fundada por Aquel que había confesado no tener siquiera una piedra donde reclinar la cabeza. Desposándose con ella, san Francisco la rehabilitó de un modo vivo, existencial, profético.

Y sabemos que le fue fiel hasta las últimas consecuencias, trabajando inclusive con sus propias manos, como han hecho siempre y siguen haciendo todavía los verdaderos pobres. Francisco, más que nadie, sabía cuán exigente es su Dama. Por esto, no soportaba ver a alguien más pobre que él. No era por envidia, sino por compasión (¿por celos?). Y fue Dama Pobreza la que le dio aquella inmensa libertad de hablar del mismo modo a los simples y a los poderosos, y de partir por los caminos del mundo como un evangelio viviente que todos podían leer.

No vayamos nosotros a tomarnos la libertad de los santos, porque desgraciadamente nos falta su talla. No les copiemos literalmente los gestos, pues «la medida del don de Cristo» (Ef 4,7) es multiforme. Pero, por otra parte, ¡no racionalicemos tanto el Evangelio! Éste es, además, el medio más sutil que ha encontrado nuestra mediocridad para defenderse de la palabra de Dios que es viva y eficaz, más penetrante que una espada de dos filos. ¡Vivir el Evangelio sin racionalizaciones! Sin glosas, como quería san Francisco. El Evangelio que, en el siglo XIII, lo llevó a los desposorios con Dama Pobreza. El Evangelio que, en nuestro contexto histórico, sin disminuir el aspecto místico que la pobreza siempre tendrá en el cristianismo, exige también que abracemos la causa del pobre y del oprimido y que con ellos busquemos los caminos de su liberación.

Donde el profetismo de san Francisco se hizo más patente fue en su actitud ante el Islam.

Hacía años que la autoridad de los Papas y de los hombres de Iglesia presentaba la Cruzada como el único remedio capaz de abatir a los «enemigos de la cruz de Cristo». Ahora bien, san Francisco, que un día cantaría al hermano sol y a la hermana luna, al hermano fuego y a la hermana agua, y a todas las criaturas de Dios, a las que consideraba hermanas suyas, este san Francisco no conseguía ver en los musulmanes enemigos a los que había que aplastar, sino hermanos a los que había que convertir. Esto, en el cuadro de la sociedad medieval, era una inversión de los valores, era una propuesta subversiva, que «contestaba» la práctica de la Iglesia. Por lo menos, esto. Efectivamente, para Francisco, los musulmanes eran hermanos que debían ser conducidos al verdadero conocimiento de Jesucristo mediante la predicación del Evangelio, y no destrozados mediante la fuerza de las armas. Predicación que se tenía que hacer con palabras y más aún con el ejemplo de un amor heroico, pronto para la donación suprema del martirio.

Desde muy pronto deseó ardientemente partir hacia tierras de infieles, pero con el fin de predicar allí el Evangelio y derramar la propia sangre. Lo que le movía no era el hambre de batallas, sino la sed de martirio. Tras dos tentativas infructíferas, desembarcó finalmente en Egipto. Pero no como cruzado. Su propósito era otro. Lo que le llevó a Egipto no fue ni siquiera una pretendida idea de «espiritualizar la cruzada». La violencia no puede ser espiritualizada. Fue a Egipto para anunciar el Evangelio directamente al Sultán. Probó todos los medios para llegar a su presencia, y lo consiguió.

Muchos verán en este gesto la prueba más cabal de su candidez y simplicidad. Pero su significado es totalmente otro. Predicando al Sultán, Francisco intentaba poner un término definitivo a las cruzadas. San Francisco fue a Egipto para acabar con las cruzadas. Y para esto utilizó el único medio eficaz, según el Evangelio de Jesucristo. Más tarde, sus discípulos, los Hermanos Menores, seguirán su ejemplo. Partirán hacia la tierra de los Sarracenos como corderos y no como lobos.

El Profeta de Asís había conseguido cambiar el ideal de Cruzada por el ideal de Misión evangélica. Con él, la historia había dado un gran paso. La lástima es que su mensaje no fuera totalmente comprendido por la Iglesia de su tiempo. ¿Lo será en nuestros días?

San Pablo enseña (Ef 2,20) que la Iglesia se construye sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas. Y san Pablo no se refiere a los profetas de la Antigua Ley, sino a los inspirados por el Espíritu de Jesús, que jamás ha dejado de suscitarlos en su Iglesia.

En la Iglesia de siempre ha habido un principio de estabilidad que dimana del sacerdocio, y un principio de movimiento que dimana del profetismo. Son dos principios complementarios. La Iglesia necesita de ambos, pues cada uno de ellos concurre, a su modo, para el crecimiento del Cuerpo de Cristo.

Con todo, no se puede negar que la historia de la Iglesia ha sido marcada por una tensión permanente entre las aspiraciones renovadoras del profeta y las actitudes más conservadoras del sacerdote. Y muchas veces la Iglesia ha preferido la tranquilidad del sacerdote a la turbulencia del profeta. Y es que éste no siempre es un hombre cómodo. ¡Que lo digan los profetas de Israel! ¡Que lo diga el Profeta de Nazaret que, siendo «manso y humilde de corazón», no trató con indulgencia las instituciones religiosas de su pueblo!

¡Ay de la Iglesia si cerrara los oídos a la voz de los profetas que le envía su Señor! ¡Ay de la Iglesia si un día llegara a constatar con el salmista: «Ya no ha más profetas. Cesaron los vaticinios»! Una Iglesia sin profetas no pasaría de ser una institución sin vida, pronta para ser colocada en el museo de la civilización occidental. Una Iglesia sin profetas es una Iglesia sin futuro.

¡Que la Iglesia de Jesucristo, fundada sobre los Apóstoles y los Profetas, pueda, al celebrar el 750 aniversario de la muerte de san Francisco, oír cada vez más nítidamente la voz del Profeta de Asís, pues su mensaje es tan actual hoy cuanto lo fue en su tiempo!

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. VI, núm. 16 (1977) 19-27]

D. Ghirlandaio: Francisco ante el Sultán. Prueba del fuego

 


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