DIRECTORIO FRANCISCANO

Historia franciscana


SAN FRANCISCO DE ASÍS,
MENSAJERO DE PAZ EN SU TIEMPO

por Octaviano Schmucki, OFMCap

 

[Título original: San Francesco d'Assisi messaggero di pace nel suo tempo, en Studi e ricerche francescane 5 (1976) 215-232]

Una afirmación frecuentemente repetida, sin la preocupación de verificarla a la luz de las fuentes, es la de que «Francisco fue un reformador social como apenas ha conocido otro el mundo desde los días de Cristo», y ello, por su «entusiasmo por los derechos del pueblo oprimido y esclavizado... Que él, en muchos casos particulares, hizo triunfar los anhelos de libertad de los minores... y se ha dicho, con mucha razón, que en la Regla de san Francisco estaba la consagración y, en cierto modo, el primer comienzo de la democracia italiana».[1]

Sophronius Clasen, en un documentado y penetrante estudio sobre san Francisco y la cuestión social,[2] y sobre todo Heribert Roggen, en su amplia investigación sobre las relaciones entre vida franciscana y sociedad feudal y comunal de Italia,[3] han demostrado que el Poverello nunca se propuso reformar las estructuras sociales de su tiempo, sino que los ideales de fraternidad y minoridad evangélica tuvieron repercusiones benéficas en la pacificación de la sociedad medieval.

Dado que, por cuanto conozco, no se ha tratado todavía exhaustivamente el concepto evangélico de paz, por el que estuvieron animadas tanto la vida como la acción de Francisco, me ha parecido que no será superfluo insistir en este tema. Habida cuenta de la amplitud del mismo, no me será posible agotarlo en los estrechos límites de un artículo; no obstante, me propongo examinar, ante todo, los testimonios más significativos de las fuentes antiguas y, evidentemente, con una especial atención a los fragmentos de los Opúsculos relativos a esta materia.

I. ORIGEN EVANGÉLICO
DEL MENSAJE FRANCISCANO DE PAZ

Dibujo franciscano - Paz Es de todos conocido que el camino arduo de la conversión de san Francisco llegó a término cuando, probablemente a principios de 1208, en la capilla mariana de la Porciúncula, escuchó el discurso de Jesús dirigido a los Apóstoles o quizá más bien a los setenta y dos discípulos (Lc 10,5s y Mt 10,12s; 1 Cel 21s). El vacilante camino de Francisco quedó entonces iluminado por las palabras del Señor como por la luz del sol.

Pues bien, en aquella instrucción misionera, el Señor decía: «Cuando entréis en una casa, lo primero saludad: "Paz a esta casa"; si hay allí gente de paz, la paz que les deseáis se posará sobre ellos, si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5).

Sin duda alguna, el Pobrecillo tomó de estas palabras tanto el concepto mismo de paz como el deseo de difundirla. De hecho, tales palabras se pueden leer en la Regla no bulada;[4] más aún, goza de gran verosimilitud la hipótesis de que estuviesen ya insertas en la Proto-Regla, es decir, en aquel propósito de vida que el santo Fundador sometió, a principios de 1209, a la aprobación de Inocencio III (cf. 1 Cel 32). La misma exhortación se encuentra de nuevo en la Regla bulada: «En toda casa en que entren digan primero: Paz a esta casa» (2 R 3,13).

Es digno de subrayar, sin embargo, que san Francisco, sin perjuicio para el respeto profundo hacia el texto bíblico, varió el dicho saludo según fueran los destinatarios. Esto consta por el mismo testimonio autobiográfico del Testamento: «El Señor me reveló que dijéramos este saludo: El Señor te dé la paz» (Test 10). Y Tomás de Celano, cuando habla del ministerio de la predicación, afirma de modo fiable que «en toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz diciéndoles: "El Señor os dé la paz". Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a los hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios, abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna».[5] Según la ingenua narración de Jordán de Giano, que induce a la sonrisa, el Santo, al regresar de Oriente en 1220, visitó al papa Honorio III, saludándolo con las palabras: «Padre papa, Dios te dé la paz» (Crónica, n. 14). Ni nos maravilla que el hermano de todas las criaturas dirigiese, en 1215, a la multitud de pájaros reunidos en un campo cercano a Bevagna, el saludo evangélico habitual en él: «El Señor os dé la paz» (1 Cel 58).

En mi opinión personal, es superfluo investigar el motivo por el cual Francisco, al encontrarse con individuos o al dirigirse a una multitud, haya preferido las palabras de saludo de Aarón: «El Señor... te dé la paz»,[6] o también en plural: «El Señor os dé la paz», en lugar de las antes citadas: «Paz a esta casa». De hecho, y todo considerado, Francisco se cuidó de adaptar el texto bíblico a los diversos casos y situaciones. Por ello, la Leyenda de los tres compañeros escribió muy justamente sobre el apostolado de los primeros hermanos: «Donde quiera que entraban, fuera ciudad o castillo, villa o casa, anunciaban la paz y exhortaban a todos a temer y amar al Creador de cielo y tierra y a cumplir sus mandamientos» (TC 37). Así, pues, Francisco y sus seguidores anunciaron el mensaje alegre de la paz tanto a las personas individuales, a las casas o a los familiares que en ellas habitaban, como a los grupos de hombres que vivían en las ciudades, pueblos y aldeas, así como también a los cristianos que acudían a escuchar su palabra.

II. LA PAZ COMO SIGNO Y FRUTO
DE LA SALVACIÓN ETERNA

Espontáneamente surge la pregunta: ¿qué pasaba por la mente del misionero evangélico cuando auguraba la paz a los hombres e incluso a los mismos seres inanimados? Sin dificultad se puede responder -dado que el santo Fundador, en el paralelismo de los sinónimos tan frecuente en los Opúsculos, muestra muy claramente el sentido de que está cargado el saludo- que la paz, en la mente del Santo, se relaciona, sin duda alguna y de modo estrechísimo, con la salvación mesiánica. Por esto, saluda de esa manera al hermano León, afligido por la ansiedad, lo mismo que a las autoridades de los pueblos en la carta que les dirige para que promuevan el culto eucarístico, deseándoles «salvación y paz» (CtaL 1; CtaA 1).

La paz es, además, un don admirable de Dios y está íntimamente ligada con la caridad teologal, como aparece al principio de la Carta a los fieles: «A todos los cristianos... el hermano Francisco... les desea paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor» (2CtaF 1).

El don salvífico de la paz emana de la redención realizada por Jesús sobre el altar de la cruz, «en la cual todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas», como escribió el Pobrecillo, enfermo, a los hermanos reunidos en Capítulo, en la carta que el P. Esser considera dirigida más bien a toda la Orden (CtaO 18; cf. Col 1,20). En verdad, para que la paz florezca en los ánimos de los fieles cristianos es absolutamente necesaria la conversión interior, mediante la cual se abren a este don. Por ello, según el testimonio de Celano, desde el nacimiento de la Fraternidad, Francisco «los dividió (a sus hermanos) en cuatro grupos de a dos y les dijo: "Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados"» (1 Cel 29).

III. EL SALUDO DE LA PAZ COMO ORACIÓN
QUE IMPLORA LA PAZ A LOS HERMANOS

Dibujo franciscano - BoxeadorEs muy importante señalar de qué manera san Francisco sintió el saludo bíblico como expresamente revelado a él y a su Orden, como atestiguan tan claramente el Testamento (v. 23) y la Compilado perusina (cf. LP 101). En consecuencia, el deseo de paz se revela como una forma de oración intensa expresada con las palabras de la Sagrada Escritura. La intercesión de los hermanos para obtener el don de la paz de Cristo, signo y efecto de la salvación divina y de la caridad, logró tanta mayor fuerza, cuanto más ásperamente la convivencia humana, en las regiones italianas, era lacerada por el odio, las guerras, las devastaciones. Al crecer luego cada vez más la fama de santidad del Poverello, los hombres acogían sus palabras de paz con mayor atención y alegría, como una gracia que les era concedida por el cielo, y se empeñaban en traducirla a la práctica, como refiere Celano en el testimonio antes citado. De manera semejante narra la Leyenda de los tres compañeros: «Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones» (TC 26).

El influjo benéfico del saludo de paz del Santo era motivado también por el hecho de que resultaba inusitado, aparte el hecho de que los otros movimientos evangélicos contemporáneos censuraban públicamente y con severidad a los hombres y, en particular, a los que ocupaban cargos públicos, pretendiendo con violencia la renovación de las costumbres. No fue ese el proceder de Francisco, quien, tanto en su vida privada como en su actividad apostólica, trató de proponer de nuevo la pacífica mansedumbre y benevolencia de Cristo.

Sin embargo, el augurio de paz dirigido a cualquiera suscitó más de una vez la admiración de quien lo escuchaba, especialmente al principio de la Orden, como se ve por las palabras de la Compilatio: «En los comienzos de la Religión, yendo de viaje el bienaventurado Francisco con un hermano que fue uno de los doce primeros, éste saludaba a los hombres y mujeres que se le cruzaban en el camino y a los que trabajaban en el campo diciéndoles: "El Señor os dé la paz". Las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. Y hasta algunos, un tanto molestos, preguntaban: "¿Qué significa esta manera de saludar?". El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: "Hermano, permíteme emplear otro saludo." Pero el bienaventurado Francisco le respondió: "Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios. No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar"» (cf. LP 101, f).

IV. EL AUGURIO DE PAZ EMANA
DEL CORAZÓN PACIFICADO CON DIOS

Francisco estaba firmemente persuadido de que la fuente de la paz sólo puede encontrarse en Dios, y de que sus tan anhelados frutos deben madurar interiormente en el corazón del hombre antes de que se puedan participar a los otros. En efecto, en las Alabanzas que el Santo escribió de mano propia después de su mística crucifixión sobre el monte Verna, en 1224, para serenar al ansioso hermano León, celebra al Dios Altísimo, Trino y Uno, como «sumo bien», «amor», «caridad», «seguridad» y «quietud» (AlD 3-4). Alentado por la certeza de la bondad infinita, el seráfico Padre implora la paz divina para el hermano León como para un penitente verdadero (BenL 2).

La paz interior, por otra parte, aumenta en la medida en que el hombre abre su corazón al influjo del Espíritu Santo, como señala expresamente en la Regla no bulada (1 R 17,15-16).

En realidad, es necesario que el alma, aunque presa de las tribulaciones, permanezca abierta al amor del Paráclito, portador de paz. Por ello, en la bienaventuranza XV de las Admoniciones exclama: «"Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este siglo, conservan, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, la paz del alma y del cuerpo».[7]

El mismo pensamiento está presente en el Francisco moribundo, cuando en el Cántico de las Criaturas alaba a Dios por aquellos que, por su amor, perdonan las ofensas y soportan las enfermedades y tribulaciones. Llama bienaventurados a quienes soportan de tal modo los dolores, con paz en el alma, porque un día serán premiados por el mismo Altísimo.[8]

La paz mesiánica, por tanto, no es un don concedido de una vez para siempre, sino que exige necesariamente la colaboración activa del hombre. Así es como, adquiriendo progresivamente fuerza, desemboca al mismo tiempo en la paz escatológica casi sin que uno se dé cuenta, como afirma san Buenaventura en el prólogo de su celebérrimo Itinerario del alma a Dios: «En el principio invoco... al Padre eterno por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, con la intercesión de la santísima Virgen María, madre del mismo Dios y Señor nuestro, Jesucristo, y con la del bienaventurado Francisco, nuestro guía y padre, tenga a bien iluminar los ojos de nuestra mente para dirigir nuestros pasos por el camino de aquella paz que sobrepuja a todo entendimiento (cf. Lc 1,79; Flp 4,7). Paz que evangelizó y dio nuestro Señor Jesucristo, de cuya predicación fue repetidor nuestro padre Francisco, quien en todos sus discursos, tanto al principio como al fin, anunciaba la paz, en todos sus saludos deseaba la paz, en todas sus contemplaciones suspiraba por la paz extática...».[9]

V. LA EFICACIA DE LA PACIFICACIÓN
DEPENDE DE LA CONCORDIA

Dibujo franciscano - Bendiciendo La Leyenda de los Tres Compañeros, al hacer referencia a los primeros Capítulos generales, recuerda que Francisco exhortó así a los hermanos: «Todo el afán de Francisco era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas. Y les decía: "Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones. Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira y escándalo, sino que, por vuestra mansedumbre, todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo"» (TC 58).

No es este el lugar para exponer más detenidamente el testimonio admirable que acabamos de referir, en el que resalta claramente la gran importancia concedida al «ser mensajeros de paz y de penitencia» (TC 39), palabras con las que la misma Leyenda define el apostolado franciscano, y que iluminan la estrecha relación entre el efecto de la pacificación y la paz del corazón y concordia entre los hombres.

El contexto ilumina con luz meridiana la índole eminentemente positiva del mensaje evangélico que los hermanos franciscanos difunden por el mundo. San Francisco no intenta aterrorizar a los hombres con amenazas o reproches, sino que quiere vencer al mal a fuerza de bien, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor (cf. Rom 12,21).

Por lo demás, el santo Fundador insistió repetidas veces en que los hermanos cultivasen entre ellos una perfecta armonía, antes de recomendar a los otros que la observaran. Y consideró que esto debía inculcarse tanto más urgentemente a los hijos espirituales, cuanto más difícil era su género de vida itinerante y carente de alojamiento y alimento seguros. Por esto, en la Regla bulada advierte claramente: «Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todos mis hermanos que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2 Tim 2,14 y 3,2), ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene» (2 R 3,10-11). Esto mismo se deduce de la narración de Celano, según la cual, en la isla de Chipre, un hermano llamado Bárbaro insultó a otro hermano en presencia de un caballero. El hermano ofensor, «al darse cuenta de que aquel choque había herido algún tanto al otro hermano, ardiendo en deseo de venganza contra sí, toma estiércol de asno, lo mete en la boca para morderlo y se dice: "Mastique estiércol la lengua que ha lanzado el veneno de la iracundia contra un hermano". El caballero, asombrado y maravillado ante lo que veía, marchó muy edificado, y desde aquella hora se puso a sí mismo con todos sus bienes, con liberalidad, a disposición de los hermanos. Era costumbre inviolable de los hermanos que, si alguno decía acaso a otro tal o cual palabra molesta, postrándose luego en el suelo, cubriera de besos santos los pies del ofendido, aunque éste se resistiera. Exultaba el Santo con estos casos, es decir, cuando oía que sus hijos sacaban de entre sí mismos ejemplos de santidad, y colmaba de bendiciones muy deseables a tales hermanos que de palabra o de obra inducían a los pecadores al amor de Cristo» (2 Cel 155).

Los hermanos, dado su estilo de vida itinerante, sin domicilio fijo, estaban en relación continua y estrecha con los otros hombres que a menudo les eran incluso hostiles, sin encerrarse en un claustro que les habría aislado del mundo. De hecho, la exhortación a estar con ellos en paz se fundaba en motivos bastante reales y válidos; véanse, por ejemplo, los episodios de hostilidad hacia los primeros hermanos que refieren los Tres Compañeros (TC 34, 38-40, 42); la exhortación a la no-violencia, contenida en 1 R 14,4-6, hay que interpretarla en el contexto histórico de los hechos referidos y de otros semejantes. Por esto, Celano, refiriéndose a la formación religiosa de los primeros seguidores del Santo, dice con palabras afortunadas: «En medio de esta vida ejercitaban la paz y la mansedumbre con todos; intachables y pacíficos en su comportamiento, evitaban con exquisita diligencia todo escándalo» (1 Cel 41). El mismo biógrafo, poniendo de relieve con exactitud y brevedad la nota peculiar del espíritu franciscano, escribe: «Quiso siempre en sus hijos la condición de peregrinos: acogerse bajo techo ajeno, caminar en paz de un lado a otro, anhelar la patria» (2 Cel 59).

Con celo particular aspiraba el santo Fundador, siempre y en todo lugar, a mantener la concordia con el clero secular. Tanto más cuanto que el ministerio de la predicación y la acción espiritual de los hermanos en favor de cada uno de los fieles y de cada una de las casas suscitaba envidia y hostilidad en los pastores a quienes tales fieles habían sido confiados para el cuidado ordinario. A este respecto nos informa Celano: «Y si bien Francisco quería que sus hijos tuvieran paz con todos y que se mostraran como niños a todos, así y todo enseñó de palabra y confirmó con el ejemplo que habían de ser sumamente humildes con los clérigos. Solía decir: "Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de menos en ellos. Cada uno recibirá la recompensa conforme, no a su autoridad, sino a su trabajo. Sabed, hermanos -añadía-, que el bien de las almas es muy agradable a Dios y que puede lograrse mejor por la paz que por la discordia con los clérigos"» (2 Cel 146).

En el pensamiento del santo Fundador, sólo genera la paz aquel que se convierte en hijo de la paz. Por otra parte, Francisco había advertido profundamente la importancia del deber de promover en todas partes la paz, por pertenecer esto a la esencia de la minoridad franciscana. Y en realidad, la humildad evangélica contiene una fuerza pacificadora suma; humildad por la que se someten con gusto a los otros por amor de Dios, estimando la dignidad del otro superior a la propia y prefiriendo tratar con los oprimidos por la suerte adversa de la pobreza y de la enfermedad, considerados por todos como inferiores. Por ello, en la Regla no bulada afirma expresamente: «Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos» (1 R 9,2).

Giotto: Francisco expulsa a los demonios de Arezzo (LM 6,9)

VI. ALGUNOS INTENTOS DE RECONCILIACIÓN
REALIZADOS POR S. FRANCISCO

Me limitaré, por motivos de espacio, a recordar sólo algunos intentos de pacificación llevados a cabo fructuosamente por Francisco. Ellos nos revelarán, al mismo tiempo y con claridad, la índole peculiar de la paz franciscana.

Ante todo afirmamos, con Arnaldo Fortini y otros autores, que el pacto de paz estipulado en 1210 entre los «Mayores» o nobles y los «Menores» o pueblo bajo de Asís, entre ellos y con Perusa, tras larga y cruenta guerra, no se puede atribuir a la influencia de san Francisco, por cuanto en aquel tiempo Francisco todavía no había alcanzado una autoridad espiritual tan grande como para poder ser elegido árbitro de un pleito por la doble facción de los ciudadanos. Por otra parte, al documento le falta por completo una inspiración evangélica.[10] Por lo demás, hay que tomar con mucha cautela las afirmaciones de varios autores, según los cuales las llamadas tendencias «democráticas» de la Edad Media habrían recibido un gran incremento por la fraternidad y por la misión especial de san Francisco.

El carácter eminentemente religioso de la aspiración del Pobrecillo a la paz se deduce claramente de la narración de su viaje a Francia en 1217: «Cuando llegaron a Arezzo, casi la ciudad entera era presa de un escándalo espantoso y de una guerra que se mantenía día y noche. Había, en efecto, dos facciones que se odiaban desde tiempos atrás. El bienaventurado Francisco se alojó en un hospital sito a las afueras de la ciudad. En seguida se percató de la situación, y, al oír tanto alboroto y fragor durante el día y durante la noche, se persuadió de que eran los demonios quienes gozaban de ello e incitaban a todos los habitantes de la ciudad a destruirla por el fuego y otros medios peligrosos. Movido a piedad en favor de la ciudad, llamó al hermano Silvestre, sacerdote, hombre de Dios, de fe sólida y de una simplicidad y pureza admirables. El santo Padre le veneraba como a santo. "Vete -le dijo- a la puerta de la ciudad y en alta voz ordena a los demonios que salgan todos ellos de esta ciudad". El hermano Silvestre se levantó, marchó a la entrada de la ciudad y gritó con todas sus fuerzas: "¡Loado y bendito sea el Señor Jesucristo! De parte de Dios todopoderoso y en virtud de la santa obediencia a nuestro santísimo padre Francisco, ordeno a todos los demonios que salgan de esta ciudad". Y gracias a la bondad de Dios y a la plegaria del bienaventurado Francisco, sin más predicación, se restablecieron al poco tiempo la paz y la concordia entre aquellos ciudadanos. Al no poder predicarles en esta ocasión, el bienaventurado Francisco les dijo más tarde en el primer sermón que les dirigió: "Vengo a hablaros como a gente encadenada por los demonios. Vosotros mismos, por vuestra miseria, os encadenasteis y os vendisteis, como se vende a los animales en el mercado; os entregasteis en manos de los demonios al someteros a la voluntad de aquellos que se destruyen a sí mismos y continúan destruyéndose y quieren vuestra ruina y la de toda la ciudad. Sois miserables e ignorantes, pues no reconocéis los beneficios de Dios; pues, aunque algunos de vosotros lo ignoren, en cierta ocasión liberó a esta ciudad por los méritos de un hermano muy santo llamado Silvestre"» (LP 108; cf. 2 Cel 108).

En esta narración ingenua aparece claramente la persuasión íntima del Pobrecillo de que bajo el odio, la envidia y los celos se encuentra la fuerza nefasta y progresiva del maligno que busca la perdición tanto eterna como temporal. Para vencer su influencia es más necesaria la súplica de la clemencia divina que la prudencia humana de un legado.

Con lo antes referido concuerda exactamente lo que narra el archidiácono Tomás de Spalato sobre la paz que, por los méritos del Santo, fue restituida a la ciudad de Bolonia en 1220, en la fiesta de la Asunción de la Virgen.

Un testigo ocular escribe: «... Vi a san Francisco predicar delante del palacio público, donde se había reunido casi toda la ciudad. Y el principio del sermón fue: "Angeles, hombres, demonios"; en realidad habló de estos tres espíritus tan bien y por separado que, para muchos letrados que estaban presentes, resultaba de gran admiración el sermón de un hombre sin letras; él, sin embargo, no tomó la tesitura de quien predica, sino la de quien hace una exposición. Pero todo el contenido de sus palabras tendía a extinguir las enemistades y a mejorar los pactos de paz; el hábito estaba sucio, la persona era despreciable y el aspecto indecoroso; pero Dios infundió a sus palabras una eficacia tan grande que muchas facciones de nobles, entre las que el furor de las enemistades se había ensañado causando mucho derramamiento de sangre, se avinieron al consejo de la paz».[11]

Así Francisco, con su predicación, que irrumpía de la sobreabundante plenitud de su corazón, indujo providencialmente en Bolonia a familias nobles, largo tiempo divididas por un odio mortal, a restablecer los anteriores pactos de paz. Y no faltaba, en el presente testimonio de un hombre ajeno a la Orden de los Menores, la alusión a los demonios que favorecen con todo su celo las discordias. De nuevo y sin lugar a dudas se deduce que la pacificación nació, no de la habilidad de un árbitro ni de un compromiso entre las facciones, sino de la virtud de un hombre profundamente empapado de Dios, en virtud de cuya autoridad religiosa y personalidad moral los corazones afectados por un odio implacable se convierten al amor divino y fraterno.

Si en los episodios que hemos recordado aparece ya con luz meridiana la índole religiosa de las iniciativas pacificadoras, ésta destaca aún más claramente en la narración según la cual san Francisco, a principios de 1225, estando todavía gravemente enfermo y encontrándose probablemente aún junto al monasterio de las clarisas de San Damián, logró la concordia entre el obispo de Asís, Guido II, y Opórtolo, podestà de la misma ciudad:

«En este mismo tiempo, estando enfermo y predicadas y compuestas ya las alabanzas, el obispo de Asís excomulgó al podestà; éste, enemistado con aquél, había hecho, con firmeza y de forma curiosa, anunciar por la ciudad de Asís que nadie podía venderle o comprarle, ni hacer con él contrato alguno. De esta forma creció el odio que mutuamente se tenían. El bienaventurado Francisco, muy enfermo entonces, tuvo piedad de ellos, particularmente porque nadie, ni religioso ni seglar, intervenía para establecer entre ellos la paz y la armonía.

»Dijo, pues, a sus compañeros: "Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestà la paz y la concordia, cuando todos vemos cómo se odian". Por esta circunstancia añadió esta estrofa a aquellas alabanzas:

»"Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo, coronados serán".

»Después llamó a uno de sus compañeros y le dijo: "Vete donde el podestá y dile de mi parte que acuda al obispado con los notables de la ciudad y con toda la gente que pueda reunir".

»Cuando el hermano partió, dijo a otros dos compañeros: "Id y, en presencia del obispo, del podestá y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano sol. Tengo confianza de que el Señor hará humildes sus corazones y, restablecida la paz, volverán a su anterior amistad y afecto".

»Cuando todo el mundo estaba reunido en la plaza del claustro del obispado, los dos hermanos se levantaron y uno de ellos tomó la palabra: "El bienaventurado Francisco ha compuesto en su enfermedad las alabanzas del Señor por las criaturas para gloria de Dios y edificación del prójimo. El os pide que las escuchéis con gran devoción". Y empezaron a cantarlas. El podestá enseguida se pone en pie, junta sus brazos y manos y con gran devoción y hasta con lágrimas escucha atentamente como si fuera el Evangelio del Señor, pues sentía hacia el bienaventurado Francisco gran confianza y veneración.

»Al final de las alabanzas del Señor, el podestà habló al pueblo: "En verdad os digo que no sólo perdono al señor obispo, al que debo reconocer por mi señor, sino que perdonaría al asesino de mi hermano o de mi hijo". Y, arrojándose a los pies del señor obispo, le dijo: "Por el amor de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, estoy dispuesto a daros por todas mis ofensas la satisfacción que deseéis". El obispo le tendió las manos y le levantó, diciendo: "Mi cargo exige en mí humildad, pero tengo un carácter pronto a la cólera; te pido me perdones". Los dos se abrazaron y besaron con gran ternura y afecto.

»Los hermanos admiraron, una vez más, la santidad del bienaventurado Francisco, pues se había cumplido a la letra lo que había predicho acerca de la paz y concordia de aquellos dos personajes. Todos los testigos de la escena consideraron como un gran milagro, por los méritos del bienaventurado Francisco, el que tan pronto los visitara el Señor y el que, sin recordar palabra alguna ofensiva, hubieran pasado de tan gran escándalo a tan leal avenencia» (LP 84).

Es digno de resaltar, pues, el hecho de que san Francisco presentara a los dos protagonistas de la controversia la idea evangélica de la paz por medio de la alabanza divina que los dos hermanos, a modo de juglares (LP 83), cantaron como mensaje del Pobrecillo. En la estrofa especial añadida al Cántico en esta ocasión que se le ofreció, Francisco propone en cuatro versos la doctrina de Cristo sobre la caridad hacia el enemigo, que se ha de practicar por amor de Dios, así como sobre la paciente tolerancia de la injusticia con la mira puesta en el premio eterno prometido por la divinidad. Ambos protagonistas, movidos por la exhortación del Santo, atacado por gravísimos dolores, y tocados interiormente por la acción de la gracia divina, fueron llevados, por las oraciones apremiantes, a reconciliarse fraternalmente y a reparar públicamente el enorme escándalo. La paz mística del hombre de Dios, que ya había llegado a ser partícipe de la serenidad celeste, se desbordó sobre los corazones separados por el rencor y el odio.

CONCLUSIÓN

Esclarecidos tanto el concepto como el ministerio de la paz de san Francisco a la luz de las fuentes primitivas, no me queda sino resumir en un breve compendio las principales afirmaciones de este trabajo.

1) Ante todo, hay que subrayar con fuerza que el motivo y fundamento de las ideas de Francisco sobre la paz se encuentran en el discurso de la misión dirigido por el Señor a los 72 discípulos o a los Apóstoles. El Poverello sintió profundamente el saludo de la paz, que debe augurarse a todos los hombres, como una misión confiada a él por Dios personalmente. La índole misma de revelación privada explica tanto la energía ardiente con que se ejercitaba en su mandato, como la gran importancia que él le atribuía en su vida religiosa y en el programa espiritual de su Orden.

2) El santo Fundador unió íntimamente la misma paz sea con la salvación que Cristo nos trajo por el sacrificio cruento de la cruz, sea con la caridad divina de la que la paz es el fruto principal, así como también con la conversión del corazón por la que el hombre se abre al influjo del Espíritu Santo que prodiga la paz.

3) Las intervenciones llevadas a cabo por san Francisco en favor de la paz aparecen con toda claridad enteramente religiosas por el lenguaje con que, usando las palabras mismas de la Sagrada Escritura, acomodadas oportunamente a las diversas circunstancias locales o personales, él imploró la paz, sea para las muchedumbres reunidas en la ciudad, en la villa, en la aldea, en la plaza, sea para determinadas familias o cristianos en particular («Paz a esta casa» - «El Señor te dé / os dé la paz»). Francisco descubrió la ayuda principal, tanto para restablecer entre los hombres o entre las clases sociales la paz, como para consolidarla, en el ejercicio de la intercesión intensa a favor de los hermanos envenenados por el odio.

4) Para que en verdad el augurio de paz surta efecto es necesario que proceda de un corazón sostenido por el fundamento de la divina bondad, seguridad y quietud. Es necesario, además, que permanezca en tal serena disposición de ánimo incluso en el caso de que sea sometido al examen de las tribulaciones y dolores.

5) La eficacia del saludo pacificador de los hermanos franciscanos presupone necesariamente que, a pesar de su arduo género de vida de peregrinos, inestable, conserven diligentemente la caridad y la concordia entre ellos y con todos los hombres con que se encuentren. Más aún, aparte el sumo cuidado por conservar la paz, los hermanos han de ser artífices de la concordia por cuanto siempre y en todas partes deben sacar a la luz los aspectos positivos de la vida y de la fe cristiana, para vencer al mal a fuerza de bien.

6) Los intentos de san Francisco de reconciliar entre sí a los hombres, intentos que las fuentes próximas a él nos trasmiten, hacen de nuevo patente la nota eminentemente religiosa de la paz. Esto se deduce principalmente del episodio acaecido en 1225, cuando llevó al obispo y al podestà de Asís a reanudar su antigua amistad; para tal circunstancia Francisco añadió al Cántico la estrofa de la paz e hizo que dos hermanos, cual juglares, cantasen las «alabanzas» en presencia de los hombres reñidos.

7) El santo Fundador, para llevar a cabo su misión portadora de paz, no se sirvió de la ayuda de legados que anduviesen excogitando compromisos o mediaciones, ni intentó proponer a su época consejos en el sentido de programas sociales para vencer los conflictos de clase o impedir la guerra, sino que, apoyándose en la gracia divina, trató de atraer con el lenguaje, con la doctrina del Evangelio y con el ejemplo de la bondad, a todos los hombres al amor de Cristo y de los hermanos. Bajo este aspecto, no se puede negar que los efectos ciertos y verdaderos en la pacificación de la sociedad de su tiempo se hayan derivado de los elementos cualificantes del carisma franciscano de fraternidad y de minoridad, así como de su mensaje de paz. Sin embargo, hay que dudar mucho de si por esto Francisco puede ser considerado fautor del llamado régimen «democrático».

8) En todo caso, tanto los conceptos como las acciones de san Francisco referentes a la paz manifiestan una evidente intención religiosa. Y esto, tanto por la fuente suya evangélica, de la que emanaron, cuanto por el método de mansedumbre, que se inspira en el ejemplo del Buen Pastor, y, finalmente, por el propósito a que tendieron, a saber, despertar el amor divino en los hombres. Por eso, san Buenaventura, en la Leyenda mayor, con frase admirable, afirma: «Y como arco iris que reluce entre nubes de gloria, mostrando en sí la señal de la alianza del Señor, anunció a los hombres la buena noticia de la paz y de la salvación, siendo él mismo ángel de verdadera paz (cf. Is 33,7), destinado por Dios, a imitación y semejanza del Precursor, a predicar la penitencia con el ejemplo y la palabra, y a preparar los caminos del Señor en el desierto (cf. Mc 1,3) de la altísima pobreza» (LM Prólogo, 1).

P. Subercaseaux: Francisco pacificador en Siena

N O T A S:

[1] H. Felder: Los ideales de san Francisco de Asís, Buenos Aires, Ed. Desclée de Brouwer, 1948, pp. 301-302.

[2] S. Clasen: Francisco de Asís y la cuestión social, en Selecciones de Franciscanismo núm. 9 (1974) 263-275.

[3] H. Roggen: Die Lebensform da hl. Franziskus..., Mechelen 1965; cf. especialmente páginas 56-62. Véase un resumen de las conclusiones a que llega Roggen, en A. Pompei: La influencia religioso-social de san Francisco y de su primitiva Fraternidad en el s. XIII, en Selecciones de Franciscanismo núm. 9 (1974) 328-335.

[Sobre la temática de este trabajo pueden consultase, entre otros: H. Roggen: ¿Hizo Francisco una opción de clase?, en Sel. Franc. núm. 9 (1974) 287-295; A. Bergamaschi: San Francisco, Gubio, el lobo y la lucha de clases, en Sel. Fran. núm. 9 (1974) 310-317; T. Matura: Francisco de Asís, una réplica en nombre del Evangelio, en Sel. Fran. núm. 1 (1972) 15-25; W. van Dijk: El franciscanismo, contestación permanente en la Iglesia, en Sel. Fran. núm. 3 (1972) 31-45; S. López: Francisco, un hombre comunión, en Sel. Fran. núm. 11 (1975) 154-166; L. Robinot: Los caminos de la paz según Francisco de Asís, en Sel. Fran. núm. 11 (1975) 167-177.]

[4] 1 R 14, 2. Nótese que san Francisco en este capítulo, que pertenece a la parte primitiva de la Regla, se inspira manifiestamente en san Lucas.

[5] 1 Cel 23. «Como más tarde él mismo atestiguó, había aprendido, por revelación divina, este saludo: "El Señor te dé la paz". Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia la paz» (TC 26). En este mismo texto se habla de un precursor anónimo del Poverello que rondaba por las calles de Asís saludando a la gente con estas palabras: «¡Paz y bien, paz y bien!» (TC 26). Prescindo de este relato en el que, a mi parecer, entran en juego elementos legendarios, impuestos por la preocupación de hacer una interpretación teológica. Cf. A. G. Lamadrid: "Paz y bien". Resonancias bíblicas del saludo franciscano, en Selecciones de Franciscanismo núm. 9 (1974) 249-262.

[6] Cf. Núm 6, 24 y 26, y la bendición al hermano León: «El Señor te bendiga... y te conceda la paz» (BenL). Van Dijk (en Arch. Franc. Hist. 47, 1954, 199-201) piensa que san Francisco no se inspiró directamente en las fuentes bíblicas, sino en el Ordo ad clericum faciendum de aquella época, usado en Italia meridional. Respecto a la bendición en forma plural, cf. 2 Tes 3,16: «Que el Señor de la paz os conceda la paz en toda circunstancia y en todo».

[7] Adm 15. Cf. en Selecciones de Franciscanismo núm. 11 (1975) 210-215, el comentario y reflexiones del P. Esser en torno a esta Admonición.

[8] Cánt 11: «Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor / y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, / pues por ti, Altísimo, coronados serán». Cf. el núm. doble 13-14, 1976, de Selecciones de Franciscanismo, todo él dedicado al Cántico del hermano sol de san Francisco.

[9] San Buenaventura: Itinerario del alma a Dios, en Obras de S. Buenaventura, T. I, Madrid, Ed. Católica (BAC), 1945, p. 557.

[10] Cf. A. Fortini: Nova vita di S. Francesco, Asís 1959, I/1, 388-395; II, 192-197; III, 574-578. H. Roggen: Die Lebensform des hl. Franziskus..., Mechelen 1965, 57s; 81-90.

[11] L. Lemmens: Testimonia minora s. XIII de S. Francisco Assisiensi, Quaracchi 1926, p. 10.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. VIII, núm. 22 (1979) 133-145]

 


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