DIRECTORIO FRANCISCANO
J. Joergensen:
San Francisco de Asís

.

Capítulo VIII

LOS PRIMEROS DISGUSTOS
CAPÍTULO DE LAS ESTERAS

Francisco llegó a Italia probablemente a fines del verano, y al momento se fue a ver con el Cardenal Hugolino, a cuya mediación se había debido el que la Santa Sede desoyese las peticiones de Felipe y Juan Capella. Acto seguido convocó Capítulo general en la Porciúncula para la fiesta de Pentecostés de 1221.

Ya no le cabía a Francisco la menor duda sobre la necesidad de reorganizar a fundamentis la Orden entera, y no hace falta advertir que en esta reorganización tenía que tomar parte muy principal Hugolino, como de hecho la tomó, y lo consigna expresamente Bernardo de Bessa cuando escribe: «En la composición de las reglas de la Orden, el Papa Gregorio, unido a Francisco por vínculos de íntima amistad, suplía con gran celo y solicitud lo que, en punto a ciencia de legislación, faltaba al Santo» (AF III, p. 686). «Nos hemos asistido a Francisco en la composición de dicha regla», diría textualmente después Hugolino, siendo ya Papa, en la bula Quo elongati de 28 de septiembre de 1230.

La primera piedra, o más bien dicho, la piedra fundamental de esta reconstrucción fue, sin duda, la bula de Honorio III de 22 de septiembre de 1220, la cual prescribe que todo el que desee ingresar en la Orden de los frailes menores debe pasar primero un año entero de probación (Sbar. I, 6). La bula está dirigida a los priores o custodios de los hermanos menores, y es la primera vez que la palabra franciscana custodio figura en un documento oficial. Semejante medida cerraba las puertas a todos aquellos espíritus frívolos y ligeros que Francisco acostumbraba llamar «frailes moscas» (2 Cel 75), como también a todos los vagabundos, clase entonces muy numerosa, que no aspiraban más que a comer y dormir bien, y que, enemigos de la oración y del trabajo, apenas pasaban corto espacio en compañía de los frailes, se iban a otra parte con su apetito y su pereza. Además, ninguna persona ya recibida en la Orden tenía derecho para salirse sin formal autorización; y agregaba la bula que se iban a tomar medidas de severo castigo contra las numerosas personas que, vestidas de hábito franciscano, vivían a su antojo, sin relación alguna verdadera con la Orden (extra obedientiam).1 Porque la libertad otorgada en un principio a Gil y a Rufino, no era ya posible concederla a los nuevos frailes, siendo éstos tan numerosos. Se han conservado unas palabras de Francisco que manifiestan la tremenda inquietud que le causaba la vista de aquel inmenso rebaño de que él era pastor: «Jefe de un ejército tan numeroso y tan vario, pastor de un rebaño tan amplio y extendido...» (EP). Amén de eso, la estancia en Oriente le había ocasionado una grave enfermedad de la vista. Todos estos motivos le indujeron a tomar, el año siguiente al de su llegada, una determinación de capital importancia: en el Capítulo de San Miguel de 1220 dimitió del cargo de jefe y director de la Orden, nombrando en su lugar a Pedro Cattani, y luego, por muerte de éste (10 de marzo de 1221), a su otro confidente Fray Elías Bombarone.2

Pensaba evidentemente que tal dimisión le permitiría dedicarse con más libertad a la tarea de reorganización que se había impuesto. Porque, en verdad, si bien era cierto que ya no sería más el director de la Orden, no por eso dejaba de ser su legislador y, a los ojos de la Curia romana, también su verdadero jefe, como lo prueba el hecho de que la Regla aprobada por Roma en 1223 diga en su capítulo primero: «El hermano Francisco [y no el hermano Elías] promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores».

En compañía del sabio hermano Cesáreo de Espira, que parece haberse ganado su confianza con la colaboración que le prestó en Oriente, puso Francisco manos a la obra que, en su concepto, era de capital importancia, es a saber, reemplazar la breve y sencilla Regla de Rivotorto aprobada por Inocencio III, por otra regla nueva y más detallada, que en seguida tendría que someterse a la aprobación solemne y definitivamente la Curia romana. La colaboración de Francisco y Cesáreo la menciona Jordán de Giano en su Crónica.

Pero antes de dar comienzo a este trabajo, Francisco tuvo el gozo de ver reunidos en torno suyo a sus frailes en número más crecido que nunca. Durante su ausencia se habían esparcido acerca de él en Italia los rumores más siniestros: unos decían que había sido tomado preso por los musulmanes; otros, que había muerto ahogado; otros, que padecido martirio. Pero tan pronto como se supo que vivía y que estaba en Italia y de vuelta, corría todo el mundo hacia él, sacerdotes y legos, frailes antiguos y novicios recién entrados; todos ansiosos de ver al maestro, de oírle, de recibir su bendición. Deseos que se cumplieron en el Capítulo celebrado en la Porciúncula y en la fiesta de Pentecostés de 1221. Este Capítulo se conoce en la historia de la Orden con el nombre de Capítulo de las Esteras, a causa de que, no habiendo cabido los tres mil (o tal vez cinco mil) frailes que a él asistieron en la casa que la ciudad de Asís les había preparado cerca de la Porciúncula, se vieron forzados a alojarse esparcidos por la campiña que rodea la ciudad, en casuchas improvisadas de ramaje o de paja tejida (stuoie, esteras), o bien al aire libre, sin más techo que la bóveda del cielo. Pentecostés cayó aquel año el 30 de mayo, de modo que a los capitulares les fue muy fácil el alojamiento al aire libre.

Hugolino estaba a la sazón ocupado en el desempeño de una nueva legación en la Alta Italia, donde el Papa le había encargado de predicar una cruzada. En los días del Capítulo se encontraba en Brescia y no pudo, por consiguiente, asistir a él, pero envió en representación suya a otro Cardenal, Rainerio Cappoccio de Viterbo, con otros varios altos dignatarios eclesiásticos. Un obispo cantó la misa solemne de Pentecostés, con su maravillosa secuencia: Veni, Creator Spiritus. Francisco leyó el evangelio y otro fraile la epístola. Después de la misa el Santo predicó, dirigiéndose primero a sus hermanos, sobre estas palabras: «Bendito el Señor, mi Dios, que prepara mis manos para la lucha» (Sal 18,35). Y en seguida se dirigió a todo el pueblo. Las Florecillas nos relatan así el suceso: «San Francisco, a impulsos del ardor del espíritu, expuso la palabra de Dios y les predicó en alta voz lo que el Espíritu Santo le hacía decir. Escogió por tema de la plática estas palabras: "Hijos míos, grandes cosas hemos prometido, pero mucho mayores son las que Dios nos ha prometido a nosotros; mantengamos lo que nosotros hemos prometido y esperemos con certeza lo que nos ha sido prometido. Breve es el deleite del mundo, pero la pena que le sigue después es perpetua. Pequeño es el padecer de esta vida, pero la gloria de la otra vida es infinita". Y, glosando devotísimamente estas palabras, alentaba y animaba a los hermanos a la obediencia y reverencia de la santa madre Iglesia, a la caridad fraterna, a orar por todo el pueblo de Dios, a tener paciencia en las contrariedades y templanza en la prosperidad, a mantener pureza y castidad angélicas, a permanecer en paz y concordia con Dios, y con los hombres, y con la propia conciencia; a amar y a observar la santísima pobreza. Y al llegar aquí dijo: "Os mando, por el mérito de la santa obediencia, a todos vosotros aquí reunidos, que ninguno de vosotros se preocupe ni ande afanoso sobre lo que ha de comer o beber, ni de cosa alguna necesaria al cuerpo, sino atended solamente a orar y alabar a Dios; y dejadle a Él el cuidado de vuestro cuerpo, ya que Él cuida de vosotros de manera especial"» (Flor 18).

Fue aquello para Francisco una verdadera fiesta de encuentro no sólo con sus frailes, sino con el pueblo cristiano. Terminado el Capítulo, que duró ocho días, los frailes fueron obligados a demorar otros dos en la Porciúncula a fin de consumir las provisiones con que se les había obsequiado.

Jordán de Giano, que estuvo presente, recuerda en su Crónica estos hechos: «Cuando estaba a punto de terminar el Capítulo, le vino a la memoria al bienaventurado Francisco que la Orden no había conseguido todavía implantarse en Alemania; encontrándose entonces Francisco delicado de salud, todo lo que tenía que comunicar al Capítulo lo decía por medio de fray Elías. El bienaventurado Francisco, sentado a los pies de éste, tiró de su hábito, quien, inclinándose hasta él y escuchando lo que quería, se irguió y dijo: "Hermanos, el Hermano -entendiendo por tal al bienaventurado Francisco, que entre ellos era llamado el hermano por excelencia- dice que existe un país, Alemania, donde viven hombres cristianos y devotos; como bien sabéis, éstos pasan muchas veces por nuestra tierra con sus largos bastones y grandes botas, cantando alabanzas a Dios y a sus santos, y aguantando, sudorosos, los ardientes rayos del sol, y visitan los sepulcros de los santos. Pero como los hermanos que fueron antes entre ellos volvieron maltratados, el Hermano no obliga a nadie a que vaya. Pero si algunos, inspirados por el celo de Dios y de las almas, quieren ir, les dará la misma obediencia, o mandato, e incluso más amplia que la que daría a cuantos van a ultramar. Y si hay algunos que tienen intención de ir, que se levanten y se pongan en un grupo aparte". Inflamados por el deseo, se levantaron cerca de 90 hermanos, dispuestos a ofrecerse a la muerte» (Crónica, 17).

A la cabeza de esta misión Francisco puso, como era natural, al hermano alemán Cesáreo de Espira, dándole por compañeros, entre otros, a Fray Juan de Pian Carpino, que sabía predicar en latín y en lombardo, a Fray Bernabé, que conocía a la vez el lombardo y el alemán, a su futuro biógrafo Tomás de Celano, y a Jordán de Giano, que en su Crónica cuenta, de manera harto divertida, cómo él se encontró enrolado en esta misión, que era como ir a enfrentarse a la muerte, en castigo de su vanagloria por conocer a quienes iban a ser importantes por su martirio. A Fray Cesáreo se le concedió la facultad de escogerse de entre los 90 a los que quisiese. En total la misión comprendió doce sacerdotes y trece hermanos laicos. Fácil es imaginar la tierna solicitud con que Francisco bendijo, tanto cuanto podía, a los misioneros y a todos aquellos que su predicación iba a ganar para la Orden. Hay que recordar que los escritos de Francisco abundan en expresiones de exquisita ternura, que el Santo solía usar para con sus hermanos.

Los nuevos misioneros esperaron el verano para partir, y no tardaron en convencerse de que no les aguardaba ningún género de martirio. Tal vez no haya en toda la historia del movimiento franciscano páginas más encantadoras que las de Jordán de Giano cuando en su Crónica nos refiere su viaje y el de sus compañeros desde Trento a Bolzano, de Bolzano a Brixen, de Brixen a Stertzing, de Stertzing a Mittenwald. A esta última ciudad llegaron entrada ya la noche; desde la mañana hasta esa hora habían caminado siete millas sin comer nada, y para no dormir con el estómago completamente vacío, resolvieron llenarlo con agua, pues pasaba por allí un arroyo; al día siguiente continuaron su viaje; pero a las pocas horas varios de ellos se sintieron tan débiles y extenuados que no podían dar un paso más; afortunadamente, hallaron luego unas manzanas silvestres, que comieron; y como era el tiempo de la cosecha del nabo, lograron alimentarse mendigando esta legumbre.

En general, los misioneros obtuvieron excelente acogida, y pronto se les vio establecerse en Estrasburgo, Espira, Worms, Maguncia, Colonia, Wurtzburgo, Ratisbona y Salzburgo. Conformándose con la antigua costumbre franciscana, se alojaban donde les tocaba, ya con los leprosos, ya en alguna covacha o iglesia abandonada. En Erfurt unos burgueses le preguntaron a Jordán, que acababa de llegar allí con otros compañeros, si querían que se les edificase un convento en forma de claustro; a lo que él, que no había visto nunca conventos en su Orden, respondió: «No sé lo que es un claustro. Construidnos simplemente una casa cerca del río para que podamos bajar a lavarnos los pies»; y así se hizo. Característico es también lo que pasó con los frailes de Salzburgo, a quienes Cesáreo escribió invitándolos a concurrir a un Capítulo que se iba a celebrar en Espira, pero advirtiéndoles al mismo tiempo que, si no les parecía conveniente, no asistiesen; no queriendo ellos hacer cosa alguna por propia iniciativa, fueron a Espira a preguntar a Cesáreo por qué les había enviado una orden tan ambigua.

Pero volvamos a la Porciúncula. Disuelto el Capítulo de las Esteras y diseminados los frailes, unos por las provincias de Italia, otros por las misiones extranjeras, quedó uno a quien nadie conocía y de quien nadie parecía preocuparse. Había ido al Capítulo con los frailes de Mesina, quienes tampoco sabían de él más, sino que estaba recién entrado en la Orden, que se llamaba Antonio, que había nacido en Portugal y que, volviendo de Marruecos para su patria, había sido arrojado a Sicilia por la fuerza de una tempestad. El desconocido se acercó al superior de la provincia de Romaña, Fray Graciano, y le pidió que le permitiese ir en su compañía. Preguntóle Graciano si era sacerdote, y respondiéndole él que sí lo era, solicitó de Fray Elías el permiso necesario y se lo llevó consigo, porque los sacerdotes, en ese tiempo, eran todavía muy escasos en la Orden.

Antonio se fue, pues, con su nuevo superior a la Romaña, donde poco después se retiró al eremitorio de Monte Paolo, cerca de Forlí. Pasado cierto tiempo, interrumpió su vida solitaria de oraciones y penitencias para convertirse en el gran orador popular que la Iglesia tiene en sus altares con el nombre de San Antonio de Padua. Este fraile menor, acaso el más famoso de los discípulos de San Francisco en los tiempos modernos, había nacido en Lisboa en 1195. A los quince años de edad, ingresó en el convento de agustinos de San Vicente de Fora, en su ciudad natal, de donde pronto fue trasladado al célebre monasterio de Santa Cruz en la universitaria Coimbra. Estudió allí y recibió las órdenes sagradas. En 1220, probablemente a causa de lo que vio y oyó contar de los cinco mártires de Marruecos de que ya hemos hablado, se llenó de entusiasmo por la Orden franciscana. Se pasó a ella con licencia de sus superiores y fue recibido en el convento de San Antonio de Olivares de Coimbra. Partió para Marruecos, ansioso del martirio, martirio que no pudo alcanzar, pues Abu-Jacoub parece que había vuelto a recobrar su natural indiferencia. Antonio cayó enfermo. Quiso volver a su patria, pero en lugar de eso se encontró en Sicilia, de donde fue al Capítulo de Pentecostés de 1221. De su significación en la Orden trataremos más adelante.

Capítulo IX

LAS ADMONICIONES Y LAS REGLAS

Cesáreo de Espira no partió inmediatamente con sus compañeros para su misión de Alemania, porque Francisco lo retuvo consigo algún tiempo para que le ayudase en la redacción de la nueva regla. Cesáreo, por su parte, se quedó de buen grado por gozar un poco más de la compañía de su maestro, a quien temía no volver a ver en la tierra. Esta permanencia fue de unos tres meses, que Cesáreo pasó todavía en el valle de Espoleto, parte en la Porciúncula, parte en la soledad del convento de las Cárceles. Así lo afirma Jordán de Giano en dos pasajes de su Crónica: «Y viendo el bienaventurado Francisco que fray Cesáreo era docto en Sagrada Escritura, le confió el trabajo de adornar con palabras del Evangelio la Regla redactada por él con palabras sencillas. Y él lo hizo». También: «Después que hubo escogido a los hermanos para la misión de Alemania, fray Cesáreo, que era un hombre piadoso y abandonaba de mala gana al bienaventurado Francisco y a los otros santos hermanos, con la autorización del bienaventurado Francisco distribuyó a los compañeros asignados por las distintas casas de Lombardía para que esperasen allí sus instrucciones. Él mismo se entretuvo durante tres meses en el valle de Espoleto» (Crónica, 15 y 19). Estos pasajes no nos permiten aceptar la afirmación de Lempp y otros, según la cual Francisco habría leído en el Capítulo de Pentecostés de 1221 la redacción primitiva de su regla, tal como acababa de elaborarla con la ayuda de Cesáreo de Espira. Si las cosas hubieran ocurrido así, Jordán, sin duda, habría dejado constancia de ello; en cambio, es evidente que la colaboración entre Francisco y Cesáreo no comenzó hasta después del mencionado Capítulo.

La primera regla que Francisco había escrito en Rivotorto era muy breve y sencilla, según él mismo lo dice en su Testamento y lo confirman todos los biógrafos: «Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me la confirmó». En su mayor parte esta regla primitiva se componía de pasajes sacados de la Biblia, principalmente del Evangelio de San Mateo (10,9-10; 19,21; 16,24) y de San Lucas (9,3). Por eso solía llamarla Francisco forma sancti Evangelii, «forma de vida evangélica». En suma, lo que él quería era indicar a los hermanos la mejor manera de «seguir el Evangelio».

No poseemos hoy esta primera regla franciscana, y todos los esfuerzos que se han hecho para reconstituirla, aunque sutiles y numerosos, han resultado fallidos. Sin embargo, hay que convenir en que todas esas tentativas han partido de un principio verdadero, es a saber, que eso que se designa con el nombre de Regula Prima, Regla de 1221 o Regla no bulada, nos presenta incontestablemente la regla primitiva de la Orden, desfigurada, eso sí, con una muchedumbre de adiciones, modificaciones y ampliaciones posteriores.

La descripción que hace Jacobo de Vitry de los Capítulos franciscanos, nos deja entrever el modo cómo se operó el desarrollo de la regla. Cuenta el prelado francés en una carta suya de 1216: «Los hombres de esta Religión, una vez al año, y por cierto para gran provecho suyo, se reúnen en un lugar determinado para alegrarse en el Señor y comer juntos, y con el consejo de santos varones redactan y promulgan algunas santas constituciones, que son confirmadas por el señor papa». Estos «santos varones» que asistían a los frailes son, sin duda alguna, los Cardenales protectores de la Orden, pues cuando Francisco hizo amistad con ellos, que fue en el verano de 1212, Jacobo de Vitry moraba en la corte pontificia. Por lo demás, la relación de éste concuerda perfectamente con lo que sabemos por otras fuentes, por ejemplo, la Leyenda de los Tres Compañeros que dice: «En Pentecostés se reunían todos los hermanos en Santa María y trataban de cómo observar con mayor perfección la Regla» (TC 57). El mismo Francisco, en su carta a un ministro, dice: «De todos los capítulos de la Regla que hablan de los pecados mortales, con la ayuda del Señor, en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los hermanos, haremos un capítulo de este tenor...» (CtaM); sigue en la carta lo que Francisco quería proponer al Capítulo y que es, en sustancia, lo que encontramos en el capítulo VII de la Regla aprobada por el Papa en 1223.

Como era natural, la autoridad de Francisco preponderaba en estas deliberaciones. «San Francisco -sigue diciendo la Leyenda de los Tres Compañeros- amonestaba, reprendía y daba órdenes» (TC 57), o como dicen más precisamente las palabras latinas: faciebat admonitiones, reprehensiones et praecepta. Y en efecto, entre los escritos de San Francisco hay toda una colección que lleva por título Admonitiones, «Admoniciones», entre las cuales se hallan las primeras adiciones a la regla primitiva, como lo indica la inscripción misma puesta al principio de la serie en muchos códices: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Éstas son las palabras de santa admonición de nuestro venerable padre san Francisco a todos los frailes».

Ahora bien, estas admoniciones contienen exactamente lo que refiere Tomás de Celano, después de hablar de la redacción de la regla: «Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente» (1 Cel 32). Hélas aquí con indicación del título y resumen de su contenido:

Cap. I: Del cuerpo del Señor.- La primera cosa que Francisco deseaba enseñar a sus discípulos y grabarles en lo más hondo del corazón, era una gran veneración y un grande amor al Dios revelado a los ojos de la fe en la santa Hostia.

Cap. II: Del mal de la propia voluntad.- La propia voluntad fue la que produjo el pecado original.

Cap. III: De la perfecta obediencia.- El que no renuncia a todo, principiando por su propia voluntad, no puede ser discípulo de Jesús.

Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía.- Porque es cosa mucho más útil para la salud del hombre lavar los pies a los hermanos, que no mandar.

Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor.- Esta idea está largamente desarrollada en ocho célebres capítulos de las Florecillas.

Cap. VI: De la imitación del Señor.- «Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor».

Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia.- No hay ciencia verdadera y digna de ser investigada, sino aquella que conduce directamente a buenas acciones: sobre esta idea Francisco insistía de continuo.

Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar.- Sobre todo no hay que envidiar el bien que Dios realiza en los demás.

Cap. IX: Del amor.- Solo ama a sus enemigos aquel que, cuando padece alguna injusticia, piensa ante todo y únicamente en el daño que el injusto se infiere a sí mismo al cometer la injusticia.

Cap. X: Del castigo del cuerpo.- Hay un enemigo al que no estamos en absoluto obligados a amar, y es nuestro cuerpo. Si le combatimos enérgicamente y sin tregua, ningún otro enemigo, visible o invisible, nos podrá dañar en lo más mínimo.

Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro.- De cualquier modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no por caridad, atesora para sí una culpa, carga sobre sí el daño del pecado ajeno.

Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor.- Cuanto mejor se vuelve uno, tanto peor se considera a sí mismo.

Cap. XIII: De la paciencia.- Los puntos de paciencia que uno calza se conocen cuando llega la ocasión de impacientarse.

Cap. XIV: De la pobreza de espíritu.- La pobreza de espíritu prescrita en el Evangelio no consiste en grandes ayunos y mortificaciones, sino en que, cuando uno reciba una bofetada en la mejilla derecha, ofrezca también la izquierda.

Cap. XV: De la paz.- Bienaventurados los pacíficos.

Cap. XVI: De la limpieza del corazón.- Limpios de corazón son los que desprecian las cosas terrenas, buscan las del cielo y tienen siempre a Dios ante los ojos.

Cap. XVII: Del humilde siervo de Dios.- El siervo de Dios no se exalta más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro, y no exige de su prójimo más de lo que él mismo está dispuesto a dar al Señor.

Cap. XVIII: De la compasión del prójimo.- Bienaventurado el hombre que soporta con tanta indulgencia y compasión las fragilidades de su prójimo como querría que los demás soportaran las suyas.

Cap. XIX: Del humilde siervo de Dios.- Bienaventurado el que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más.

Cap. XX: Del religioso bueno y del religioso vano.- Bienaventurado el religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay del religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!

Cap. XXI: Del religioso frívolo y locuaz.- Bienaventurado el que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es ligero para hablar, sino que prevé sabiamente lo que debe hablar y responder.

Cap. XXII: De la corrección.- Bienaventurado el que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo, y no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, aun cuando no incurrió en culpa.

Cap. XXIII: De la humildad.- Bienaventurado el hermano a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores.

Cap. XXIV: Del verdadero amor.- Bienaventurado el siervo de Dios que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.

Cap. XXV: De nuevo sobre lo mismo.- Bienaventurado el siervo de Dios que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él.

Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los sacerdotes.- Bienaventurado el siervo de Dios que tiene fe en los sacerdotes que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian! Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos, pues sólo ellos tienen el maravilloso privilegio de disponer del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Cap. XXVII: De la virtud que ahuyenta al vicio.- Esta admonición es la laude en honor de todas las virtudes, que hemos reproducido más arriba en el cap. IV.

Cap. XXVIII: Hay que esconder el bien para que no se pierda.- Dios ve en las tinieblas. Para Él solo debemos obrar, y así atesoramos en el cielo.

Haec sunt documenta pii Patris, «éstas son las enseñanzas del piadoso Padre, con las que formaba a los nuevos hijos», podemos decir con palabras de Tomás de Celano, después de haber examinado esos veintiocho textos breves (1 Cel 41; LM 4,3). Ciertamente, Francisco era un maravilloso «maestro de novicios», para usar la frase consagrada en los claustros. Pero también es cierto que estos aforismos, de tan profunda psicología religiosa, no pueden considerarse como regla de una Orden.

Por la inversa, en un pequeño fragmento de reglamentación que se nos ha conservado y que incontestablemente es obra de Francisco, descubrimos bien el verdadero estilo que él usaba cuando escribía reglas: «En los comienzos de la fundación de la Orden, cuando aún eran pocos los hermanos y no habían sido establecidos los conventos» (Flor 4), los frailes gastaban la mayor parte del tiempo en viajes de misiones, y se alojaban donde y como les tocaba y podían. Pero de cuando en cuando gustaban de retirarse a la soledad y a la oración y fortificar sus almas para nuevas empresas apostólicas, a ejemplo de su maestro, quien cuando predicaba a los otros la conversión de costumbres y de corazones, lo hacía con firmeza y resolución «ya que antes se había convencido a sí mismo viviendo lo que recomendaba con las palabras» (1 Cel 36). Tal fue el origen de los primeros conventos franciscanos, si es que tal nombre merecían, porque el de la Porciúncula no era más que un grupo de cabañas, rodeadas de un seto o cerca; el de las Cárceles se reducía a unas cuantas grutas formadas en la roca; dígase otro tanto de los de Fonte Colombo y el Alverna. En las Florecillas se encuentran a cada paso alusiones a estos pequeños conventos, donde los frailes dormían en el suelo o sobre lechos de hojas o pajas. Tampoco se empleaba la palabra claustrum para designar estas residencias franciscanas, y ya hemos visto cómo el pobre hermano Jordán de Giano quedó estupefacto cuando en Erfurt se les ofreció edificarles «un convento con claustro». Para tales residencias no había más palabras que las de locus, «lugar», eremo, eremitorium, «eremitorio», o también «retiro». Y precisamente para los frailes que deseaban refugiarse en estos eremitorios escribió Francisco la regla, o más bien dicho, reglamento que leeremos a continuación, tanto más precioso para nosotros cuanto que sabemos a ciencia cierta que fue escrito sólo por el Santo, sin el auxilio de ningún colaborador, ni de Hugolino, ni de Cesáreo. He aquí el texto completo, al que con mucha frecuencia se le ha dado el título «De religiosa habitatione in eremo»:

Regla para los eremitorios

«Aquellos que quieren vivir como religiosos en los eremitorios, sean tres hermanos o cuatro a lo más; dos de ellos sean madres, y tengan dos hijos o uno por lo menos. Los dos que son madres lleven la vida de Marta, y los dos hijos lleven la vida de María; y tengan un cercado en el que cada uno tenga su celdilla, en la cual ore y duerma. Y digan siempre las completas del día inmediatamente después de la puesta del sol; y esfuércense por mantener el silencio; y digan sus horas; y levántense a maitines y busquen primeramente el reino de Dios y su justicia. Y digan prima a la hora que conviene, y después de tercia se concluye el silencio; y pueden hablar e ir a sus madres. Y cuando les plazca, pueden pedirles limosna a ellas como pobres pequeñuelos por amor del Señor Dios. Y después digan sexta y nona; y digan vísperas a la hora que conviene.

»Y en el cercado donde moran, no permitan entrar a persona alguna, ni coman allí. Los hermanos que son madres esfuércense por permanecer lejos de toda persona; y por obediencia a su ministro guarden a sus hijos de toda persona, para que nadie pueda hablar con ellos. Y los hijos no hablen con persona alguna, sino con sus madres y con su ministro y su custodio, cuando a éstos les plazca visitarlos con la bendición del Señor Dios. Y los hijos asuman de vez en cuando el oficio de madres, alternativamente, por el tiempo que les hubiera parecido conveniente establecer, para que solícita y esforzadamente se esfuercen en guardar todo lo sobredicho».

He aquí una regla tal cual Francisco era capaz de escribirla. ¡Y qué cosa más encantadora que este ideal de vida de cuatro ermitaños retirados allá en la cima soledosa y montaraz de Fonte Colombo o de las Cárceles, dos de los cuales, como la Marta del Evangelio, cuidan de las cosas temporales, mientras los otros dos, como María, permanecen sentados a los pies del Salvador! Y después, a la hora del mediodía, van donde los otros dos, y humilde y tímidamente les piden de comer, como los niños buenos a su buena madre. Son los sentimientos y el lenguaje de Francisco: «Te digo, hijo mío, como una madre...», escribía a su discípulo favorito, Fray León, en cuya compañía había permanecido muchas veces en los eremitorios. De manera parecida, Celano dice que Francisco había escogido para sí como madre a Fray Elías (1 Cel 98); y también que Fray Pacífico dijo al Santo: «Bendícenos, madre amadísima» (2 Cel 137). Con todo, el mismo Celano, más adelante tiene que lamentar que «son muchos los que convierten el lugar de contemplación en lugar de ocio» (2 Cel 179).

Al lado de la breve regla primitiva de 1210 y de este reglamento para los eremitorios hay que citar otra regla hecha exclusivamente para la Porciúncula, y que se nos ha conservado en el número 55 del Espejo de Perfección. Esta regla se parece mucho al reglamento de los eremitorios: también ella prohíbe que los extraños penetren en los loci o lugares de los frailes. Ninguna conversación de cosas temporales, ninguna palabra superflua debe oírse en la Porciúncula; los frailes que han de habitar en este «lugar» se escogerán entre los mejores y más piadosos de toda la Orden, y deberán edificar a los demás en la manera de rezar el oficio divino. «Quiero que en este lugar -decía Francisco- nada en absoluto se diga ni se haga inútilmente, sino que el lugar todo entero sea mantenido puro y santo en himnos y alabanzas al Señor» (EP 55). El número 82 del mismo Espejo recoge el celo con que Francisco cuidó la santidad de vida en la Porciúncula y las normas que estableció contra las conversaciones ociosas en aquel lugar.

Como se ve por lo que antecede, la obra legislativa de Francisco está compuesta toda ella de trabajos de circunstancias. Por ejemplo, se le decía en un Capítulo que había muchos frailes que se mortificaban el cuerpo con cilicios y cintos de hierro sobre la desnuda carne, y hacían otras penitencias por el estilo; y al punto el Santo promulgaba una norma que prohibía a los frailes el uso de estos medios ascéticos. En otro Capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: «Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y jocundos y debidamente agradables» (2 Cel 128). Este pasaje se transcribió luego en el capítulo VII de la Regla primera (1 R 7,16). Otra exhortación, que se conserva en el n. 96 del Espejo de Perfección, es exactamente una de las admoniciones que conocemos (Adm 20). El capítulo XXII de la Regla primera lleva esta inscripción: De la amonestación de los hermanos.

Así como la regla de Rivotorto nos da los fundamentos de todo el edificio de la regla futura, así también las prescripciones circunstanciales y las admoniciones emitidas en los diferentes Capítulos pueden ser consideradas como el primer piso de ese mismo edificio. Sobre el piso así formado, la construcción prosigue bajo la influencia de los tiempos y los acontecimientos. En 1217 se inauguran las grandes misiones franciscanas, y ciertamente en vista de ellas se escribieron los capítulos XIV y XVI de la Regla Primera, que llevan por título «Cómo han de ir los hermanos por el mundo» y «De los que van entre sarracenos y otros infieles». Los biógrafos de San Francisco nos han conservado varios ejemplos de las exhortaciones de despedida, y así en el Espejo de Perfección puede verse en particular el discurso dirigido por Francisco a los hermanos que se van: «En el nombre del Señor, id de dos en dos por el camino con humildad y dignidad, y, sobre todo, en riguroso silencio desde la mañana hasta pasada la hora de tercia, orando al Señor en vuestros corazones y sin que salgan de vuestra boca palabras ociosas e inútiles. Aunque vayáis de viaje, sea vuestro hablar tan humilde y mirado como si estuvieseis en el eremitorio o en la celda...» (EP 65). Asimismo, son varios los pasajes de la Regla primera en que el discurso empieza con las palabras In nomine Domini, «En el nombre del Señor», fórmula con que se acostumbraba entonces encabezar todos los documentos oficiales (1 R 4 y 24).

Por lo demás, podemos admitir sin temor de errar que estas admoniciones, que se iban esparciendo a medida del desarrollo de la Orden, fueron luego puestas por escrito. Su objeto era eminentemente práctico, es a saber, indicar la manera como quería Francisco que se portasen sus frailes, y los preceptos que deseaba que pusiesen en práctica. Sus cartas posteriores demuestran asimismo cuánto deseaba el Santo que los frailes copiasen dichas reglas y que llevasen siempre consigo un ejemplar de ellas, a fin de que mejor pudiesen observar sus prescripciones.

Para precisar, pues, en qué consistió la colaboración de Francisco y Cesáreo en el verano de 1221 para la redacción de la regla nueva, hay que convenir primero en que ambos redactores tuvieron presente, no sólo la regla primitiva de 1210, sino también toda la serie de admoniciones y prescripciones de los años posteriores, y que de todos estos materiales echaron mano para su nueva redacción. Esto nos viene confirmado por una visión que Francisco tuvo por aquel mismo tiempo: vio que todos sus frailes se reunían en torno suyo acosados por el hambre, pidiéndole de comer; Francisco no tenía más que unas migajas de pan que se le caían por entre los dedos; pero luego oyó una voz que le dijo: «Francisco, con todas las migajas haz una hostia y da de comer a los que quieran». Al día siguiente comprendió el Santo que las migajas eran las Verba evangélica, y que la hostia significaba la regla que debía formar con las palabras del Evangelio (LM 4,11; 2 Cel 209). El hecho es que los dos redactores, Francisco y Cesáreo, se contentaron con poner íntegro, a menudo sin orden alguno, lo antiguo y lo nuevo, y así fue como resultó esa colección o reunión de preceptos que los historiadores antiguos llamaban Regla primera, y los modernos Regla de 1221 o Regla no bulada, pero que, en realidad, nunca llegó a ser la verdadera Regla de la Orden.

Sin pretender nosotros distinguir detalladamente, como hacen Karl Muller y Boehmer, lo que en esta gran colección de materiales proviene de la regla primitiva y lo que son añadiduras posteriores, podemos, sin embargo, formarnos una idea general suficientemente clara de la distinción entre ambos orígenes. Así, a la regla de Rivotorto se remontan incontestablemente, además de la introducción en que Francisco promete obediencia al Papa Inocencio, los capítulos: I, sobre los tres votos de pobreza, obediencia y castidad; II, sobre la admisión y vestido de los hermanos; III, sobre el rezo del oficio divino y los ayunos; VII, sobre la obligación de servir y trabajar; IX, sobre la facultad para mendigar en caso de necesidad y la prohibición de recibir dinero; XII, sobre la obligación de evitar el consorcio con mujeres; XIV, sobre la obligación de no llevar nada para el camino, y de no oponer resistencia a los malos; XIX, sobre el respeto debido a los sacerdotes. Tal vez estos capítulos no pasaron de la regla primitiva a la nueva al pie de la letra; pero es seguro que pasaron en cuanto a la sustancia y al sentido. Sólo la obligación del ayuno parece haber sido más rigurosa en la regla antigua que en la nueva: la Regla primera (1 R 3) no prescribe sino un día de ayuno en la semana, el viernes, mientras que la de 1210 prescribía también, según Jordán de Giano, el miércoles.

Por otra parte, podemos considerar con certeza como adición a la regla primitiva el capítulo IV, con el encabezamiento típico de los documentos públicos: In nomine Domini!, «¡En el nombre del Señor!» Este capítulo trata de las relaciones entre los ministros franciscanos y los otros hermanos, y por tanto debió redactarse en la asamblea franciscana en que fueron instituidos los primeros ministros. Otros capítulos de la Regla concuerdan casi literalmente con admoniciones que han llegado hasta nosotros; así, por ejemplo, puede compararse el capítulo V de la Regla con las admoniciones 4 y 11, o el capítulo XXII con las admoniciones 9 y 10. Tomás de Celano menciona otra admonición (2 Cel 68) que no se encuentra en la colección de las que han llegado hasta nosotros, pero que se recogió en la Regla primera y forma parte de su capítulo VIII. Compárese 2 Cel 128 con 1 R 7. De igual manera, el n. 42 del Espejo de Perfección trae una admonición a los enfermos que aparece también en el cap. X de la Regla primera.

En fin, la Regla primera contiene un tercer elemento, formado por lo que podríamos llamar la poesía religiosa de San Francisco. En esta categoría debe colocarse en primer lugar la Laude de que queda hecha mención más arriba y que constituye el capítulo XXI de la Regla. Francisco ordena a sus hermanos que, como buenos juglares de Dios, vayan proclamando este canto de alabanza por las ciudades por donde pasan, y en el mismo aparecen ya algunas imágenes y acentos que hacen pensar en el famoso Cántico del Hermano Sol: «¡Ay de aquellos que no mueren en penitencia, porque serán hijos del diablo, cuyas obras hacen, e irán al fuego eterno!», dice la Regla, y el Cántico: «¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal». El gran objeto de la obra de Francisco era, en efecto, inspirar a los hombres el entusiasmo por Dios. Y así, después de un nuevo capítulo, el XXII, que es una última Amonestación de los hermanos, y nótese que Francisco y Cesáreo han transcrito incluso el viejo título De admonitione fratrum, he aquí que el escrito común de ambos legisladores se trueca en un himno magnífico y triunfal de alabanza, que va por grados elevándose y derramándose como la voz de un órgano maravilloso, hasta llegar a un punto en que toda voz humana se apaga, en que todo pensamiento humano desfallece, y sólo se escucha el eterno Santo, Santo, Santo de los ángeles, el infinito Aleluya de los bienaventurados. Este último capítulo de la Regla primera, el XXIII, aunque muy difícil de traducir, debe transcribirse íntegro:

Oración, canto de alabanza y acción de gracias

«Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa. Y te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte. Y te damos gracias porque ese mismo Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron, y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo (Mt 25,34).

»Y porque todos nosotros, miserables y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te complaciste, junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos hiciste. Aleluya.

»Y a la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros de los bienaventurados serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, ángeles, arcángeles, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, Inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos, mártires, confesores, vírgenes, a los bienaventurados Elías y Enoc, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias por estas cosas como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

»Y a todos los que quieren servir al Señor Dios dentro de la santa Iglesia católica y apostólica, y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y todos los clérigos, todos los religiosos y religiosas, todos los donados y postulantes, pobres y necesitados, reyes y príncipes, trabajadores y agricultores, siervos y señores, todas las vírgenes y continentes y casadas, laicos, varones y mujeres, todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, todos los pequeños y grandes, y todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas, y todas las naciones y todos los hombres en cualquier lugar de la tierra, que son y que serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, los hermanos menores, siervos inútiles, que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otra manera ninguno puede salvarse.

»Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza, con todo el entendimiento, con todas las fuerzas, con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará, que a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien.

»Por consiguiente, ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y de todos justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos. Por consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada se interponga. En todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en él y lo aman a él, que es sin principio y sin fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable, bendito, laudable, glorioso, ensalzado sobremanera, sublime, excelso, suave, amable, deleitable y todo entero sobre todas las cosas deseable por los siglos. Amén».

NOTAS:

1) Lempp, en su Elías de Cortona, hace a este propósito una observación de lo más extraña. Afirma que Honorio quiso con esta bula hacer imposibles «las adhesiones libres, es decir, las que hasta entonces habían sido posibles a los casados». Evidentemente Lempp se refiere a los miembros de la Orden Tercera. Pero ¿cómo se puede imaginar que el Papa haya querido llamar vagabundos a ciudadanos honrados, casados y padres de familia? Salta a la vista que con tal epíteto se refería a los giróvagos, a los frailes vagabundos, contra los cuales Francisco se pronunció repetidamente, y a veces con términos que concuerdan del todo con los de la bula de Honorio. En su carta a la Orden escribe: «Y a cualesquiera de los hermanos que no quieran observar estas cosas, no los tengo por católicos ni por hermanos míos; tampoco quiero verlos ni hablarles, hasta que hagan penitencia. Esto lo digo también de todos los otros que andan vagando, pospuesta la disciplina de la Regla». Y en la Regla se expresa en términos equivalentes: «Y sepan todos los hermanos que, como dice el profeta, cuantas veces se aparten de los mandatos del Señor y vagueen fuera de la obediencia, son malditos fuera de la obediencia mientras permanezcan en tal pecado a sabiendas» (1 R 5). También en este punto Honorio y Francisco estaban completamente de acuerdo.

2) La inscripción sepulcral de Pedro Cattani se ve todavía en la parte exterior de una de las paredes de la Porciúncula.

Capítulo anterior Capítulo siguiente

.