DIRECTORIO FRANCISCANO
La Virgen María, Madre de Dios

Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula

Mensaje de Juan Pablo II (1-VIII-1999) con ocasión de la reapertura de la Porciúncula

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Al reverendísimo padre Giacomo Bini, Ministro general de la Orden franciscana de los Frailes Menores.

1. La reapertura de la basílica y de la capilla de la Porciúncula, tras la restauración por las heridas del terremoto de 1997, me brinda la grata oportunidad de dirigirle un saludo afectuoso a usted, amado hermano, y a la comunidad franciscana que en Asís presta un valioso servicio eclesial y cuida el decoro de esos lugares vinculados a la memoria del Poverello de Asís, tan queridos para los fieles y los peregrinos que llegan a la tierra de Francisco y de Clara para realizar una intensa experiencia espiritual. Los pasos de los fieles se detienen a las puertas de Asís, que, por los numerosos prodigios de misericordia realizados allí, se suele llamar, con razón, «ciudad particular del Señor» (Leyenda de Santa Clara, 21).

Hoy la capilla de la Porciúncula, y la basílica patriarcal donde se conserva, vuelven a abrir sus puertas para acoger a multitudes de personas atraídas por la nostalgia y la fascinación de la santidad de Dios, que se manifestó abundantemente en su siervo Francisco.

El Poverello sabía que «en todo lugar se puede dispensar la gracia a los elegidos de Dios; pero conocía por experiencia que el lugar de Santa María de la Porciúncula estaba enriquecido de gracia más abundante (...). Por eso decía muchas veces a los Frailes: "... Este lugar es, en verdad, santo y morada de Cristo y de la Virgen, su madre"» (Espejo de Perfección, 83). La humilde y pobre iglesita se había convertido para Francisco en el icono de María santísima, la «Virgen hecha Iglesia» (Saludo a la B.V.M.), humilde y «pequeña porción del mundo» (cf. 2 Cel 18), pero indispensable al Hijo de Dios para hacerse hombre. Por eso el santo invocaba a María como tabernáculo, casa, vestidura, esclava y Madre de Dios (cf. Saludo a la B.V.M.).

Precisamente en la capilla de la Porciúncula, que había restaurado con sus propias manos, Francisco, iluminado por las palabras del capítulo décimo del evangelio según san Mateo, decidió abandonar su precedente y breve experiencia de eremita para dedicarse a la predicación en medio de la gente, «con palabra sencilla y corazón generoso», como testimonia su primer biógrafo, Tomás de Celano (1 Cel 23). Así inició su singular ministerio itinerante. Y en la Porciúncula tuvo lugar después la toma de hábito de santa Clara, y en ella se fundó la Orden de las «Damas pobres de San Damián». Allí también Francisco pidió a Cristo, mediante la intercesión de la Reina de los Ángeles, el gran perdón o «indulgencia de la Porciúncula», confirmada por mi venerado predecesor el Papa Honorio III a partir del 2 de agosto de 1216. Desde entonces empezó la actividad misionera que llevó a Francisco y a sus frailes a algunos países musulmanes y a varias naciones de Europa. Allí, por último, el Santo acogió cantando a «nuestra hermana la muerte corporal» (Cántico de las criaturas).

2. De la experiencia del Poverello de Asís, la iglesita de la Porciúncula conserva y difunde un mensaje y una gracia peculiares, que perduran todavía hoy y constituyen un fuerte llamamiento espiritual para cuantos se sienten atraídos por su ejemplo. A este propósito, es significativo el testimonio de Simone Weil, hija de Israel fascinada por Cristo: «Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Angeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme» (Autobiografía espiritual).

La Porciúncula es uno de los lugares más venerados del franciscanismo, no sólo muy entrañable para la Orden de los Frailes Menores, sino también para todos los cristianos que allí, cautivados por la intensidad de las memorias históricas, reciben luz y estímulo para una renovación de vida, con vistas a una fe más enraizada y a un amor más auténtico. Por tanto, me complace subrayar el mensaje específico que proviene de la Porciúncula y de la indulgencia vinculada a ella. Es un mensaje de perdón y reconciliación, es decir, de gracia, que la bondad divina derrama sobre nosotros, si estamos bien dispuestos, porque Dios es verdaderamente «rico en misericordia» (Ef 2,4).

¡Cómo no reavivar diariamente en nosotros la invocación, humilde y confiada, de la gracia redentora de Dios! ¡Cómo no reconocer la grandeza de este don que Él nos ha ofrecido en Cristo, «una vez para siempre» (Hb 9,12), y que continuamente nos vuelve a proponer con su inmutable bondad! Se trata del don del perdón gratuito, que nos dispone a la paz con él y con nosotros mismos, infundiéndonos renovada esperanza y alegría de vivir. La consideración de todo esto nos ayuda a comprender la austera vida de penitencia de Francisco, a la vez que nos invita a aceptar la llamada a una constante conversión, que nos aleje de una conducta egoísta y oriente decisivamente nuestro espíritu hacia Dios, punto focal de nuestra existencia.

3. El santuario de la Porciúncula, tienda del encuentro de Dios con los hombres, es casa de oración. «Aquí, quien rece con devoción, obtendrá lo que pida», solía repetir Francisco (1 Cel 106), después de haberlo experimentado personalmente. Entre las antiguas paredes de la iglesita, cada uno puede gustar la dulzura de la oración en compañía de María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,14), y experimentar su poderosa intercesión.

El hombre nuevo Francisco, en ese edificio sagrado restaurado con sus manos, escuchó la invitación de Jesús a modelar su vida «según la forma del santo Evangelio» (Testamento, 14), y a recorrer los caminos de los hombres, anunciando el reino de Dios y la conversión, con pobreza y alegría. De este modo, ese lugar santo se había convertido para san Francisco en «tienda del encuentro» con Cristo mismo, Palabra viva de salvación.

La Porciúncula es, en particular, «tierra del encuentro» con la gracia del perdón, madurada en una íntima experiencia de Francisco, quien, como escribe san Buenaventura, «cierto día en que reflexionaba (...) sobre los años de su vida pasada, deplorándolos con amargura, de pronto se sintió lleno de gozo del Espíritu Santo, y fue cerciorado entonces de que se le habían perdonado completamente todos sus pecados» (Leyenda mayor III,6). Él quiso que todos participaran de su experiencia personal de la misericordia de Dios, y pidió y obtuvo la indulgencia plenaria para quienes, arrepentidos y confesados, llegaran como peregrinos a la iglesita, a fin de recibir el perdón de los pecados y la sobreabundancia de la gracia divina (cf. Rm 5,20).

4. A cuantos, con auténtica actitud de penitencia y reconciliación, siguen las huellas del Poverello de Asís y acogen la indulgencia de la Porciúncula con las disposiciones interiores requeridas, les deseo que experimenten la alegría del encuentro con Dios y la ternura de su amor misericordioso. Este es el «espíritu de Asís», espíritu de reconciliación, oración y respeto recíproco, que deseo de corazón constituya para cada uno estímulo a la comunión con Dios y con los hermanos. Es el mismo espíritu que caracterizó el encuentro de oración por la paz con los representantes de las religiones del mundo, a quienes acogí en la basílica de Santa María de los Ángeles el 27 de octubre de 1986, acontecimiento del que conservo un vivo y grato recuerdo.

Con estos sentimientos, también yo me dirijo en peregrinación espiritual a esa celebración de la indulgencia de la Porciúncula, que se desarrolla en la basílica restaurada de la Bienaventurada Virgen María, Reina celestial, ya en el umbral del gran jubileo de la encarnación de Cristo. A la Virgen, hija elegida del Padre, encomiendo a cuantos, en Asís y en cualquier otra parte del mundo, quieren recibir hoy el «perdón de Asís», para hacer de su corazón una morada y una tienda para el Señor que viene.

A todos imparto mi bendición.

Castelgandolfo, 1 de agosto del año 1999, vigésimo primero de mi pontificado.

[L'Osservatore Romano,
edición semanal en lengua española, del 20-VIII-1999]


J. Benlliure: Entrada de Francisco en la gloria

Testimonios de las fuentes franciscanas sobre Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula

Tomás de Celano, Vida primera (1 Cel 21-22 y 105)

Cómo Francisco, cambiado el vestido, repara la iglesia de Santa María de la Porciúncula, y, oído el evangelio, deja todas las cosas y se confecciona el hábito para sí y sus hermanos.

21. Entre tanto, el santo de Dios, cambiado su vestido exterior y restaurada la iglesia ya mencionada [la de San Damián], marchó a otro lugar próximo a la ciudad de Asís; allí puso mano a la reedificación de otra iglesia muy deteriorada y semiderruida [la de San Pedro]...

De allí pasó a otro lugar llamado Porciúncula, donde existía una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen Madre de Dios, construida en tiempos lejanos y ahora abandonada, sin que nadie se cuidara de ella. Al contemplarla el varón de Dios en tal estado, movido a compasión, porque le hervía el corazón en devoción hacia la madre de toda bondad, decidió quedarse allí mismo.

Cuando acabó de reparar dicha iglesia, se encontraba ya en el tercer año de su conversión. En este período de su vida vestía un hábito como de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón en la mano, y los pies calzados.

22. Pero cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica». Rebosando de alegría, se apresura inmediatamente el santo Padre a cumplir la doctrina saludable que acaba de escuchar; no admite dilación alguna en comenzar a cumplir con devoción lo que ha oído...

Encomio de la iglesia de Santa María de la Porciúncula.

105. [Francisco, gravemente enfermo, regresa a Asís y luego es llevado a la Porciúncula] Y por divino querer acaeció que aquella santa alma, desligada de la carne, pasara al reino de los cielos desde el lugar en que, todavía en vida, tuvo el primer conocimiento de las cosas sobrenaturales y le fue infundida la unción de la salvación. Pues, aunque sabía que en todo rincón de la tierra se encuentra el reino de los cielos y creía que en todo lugar se otorga la gracia divina a los elegidos de Dios, él había experimentado que el lugar de la iglesia de Santa María de la Porciúncula estaba henchido de gracia más abundante y que lo visitaban con frecuencia los espíritus celestiales. Por eso solía decir muchas veces a los hermanos: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar. Si os expulsan por un lado, volved a entrar por el otro, porque este lugar es verdaderamente santo y morada de Dios. Fue aquí donde, siendo todavía pocos, nos multiplicó el Altísimo; aquí iluminó el corazón de sus pobres con la luz de su sabiduría; aquí encendió nuestras voluntades en el fuego de su amor. Aquí el que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida y el que profane este lugar será castigado con mucho rigor. Por tanto, hijos míos, mantened muy digno de todo honor este lugar en que habita Dios y cantad al Señor de todo corazón con voces de júbilo y alabanza».

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Tomás de Celano, Vida segunda (2 Cel 18-19)

El amor del Santo a Santa María de la Porciúncula, la vida de los hermanos en este lugar y el amor de la Virgen Santísima a él.

18. El siervo de Dios Francisco, pequeño de talla, humilde de alma, menor por profesión, estando en el siglo, escogió para sí y para los suyos una porcioncilla del mundo, ya que no pudo servir de otro modo a Cristo sin tener algo del mundo. Pues no sin presagio divino se había llamado de antiguo Porciúncula este lugar que debía caberles en suerte a los que nada querían tener del mundo.

Es de saber que había en el lugar una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre, que por su singular humildad mereció ser, después de su Hijo, cabeza de todos los santos. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella, y en ella, creciendo el número, se alzó, como sobre cimiento estable, su noble edificio.

El Santo amó este lugar sobre todos los demás, y mandó que los hermanos tuviesen veneración especial por él, y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religión en humildad y pobreza altísima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso.

19. Se observaba en él la más estrecha disciplina en todo (...). Los moradores de aquel lugar estaban entregados sin cesar a las alabanzas divinas día y noche y llevaban vida de ángeles, que difundía en torno maravillosa fragancia. Y con toda razón. Porque, según atestiguan antiguos moradores, el lugar se llamaba también Santa María de los Angeles. El dichoso Padre solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen Santísima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el Santo la amaba más que a todas.

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San Buenaventura, Leyenda mayor (LM 2,8)

Perfecta conversión a Dios y restauración de tres iglesias.

2,8. Cuando hubo concluido esta reconstrucción [la de la ermita de San Pedro], llegó Francisco a un lugar llamado Porciúncula, donde había una antigua iglesia construida en honor de la beatísima Virgen María, que entonces se hallaba abandonada, sin que nadie se hiciera cargo de la misma. Al verla el varón de Dios en semejante situación, movido por la ferviente devoción que sentía hacia la Señora del mundo, comenzó a morar de continuo en aquel lugar con intención de emprender su reparación. Al darse cuenta de que precisamente, de acuerdo con el nombre de la iglesia, que se llamaba Santa María de los Angeles, eran frecuentes allí las visitas angélicas, fijó su morada en este lugar tanto por su devoción a los ángeles como, sobre todo, por su especial amor a la madre de Cristo. Amó el varón santo dicho lugar con preferencia a todos los demás del mundo, pues aquí comenzó humildemente, aquí progresó en la virtud, aquí terminó felizmente el curso de su vida; en fin, este lugar lo encomendó encarecidamente a sus hermanos a la hora de su muerte, como una mansión muy querida de la Virgen.

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Leyenda de Perusa (LP 56; cf. EP 55)

La Porciúncula, espejo de la Orden.

56. Viendo el bienaventurado Francisco que Dios quería multiplicar el número de los hermanos, les dijo: «Mis queridos hermanos e hijitos míos, veo que el Señor quiere multiplicarnos. Por eso creo conveniente y religioso conseguir de nuestro obispo o de los canónigos de San Rufino o del abad del monasterio de San Benito una iglesia pequeña y muy pobre donde los hermanos puedan recitar sus horas, y tener, junto a la misma, solamente una casa pequeña y pobrecilla, construida de barro y madera, donde los hermanos puedan descansar y dedicarse a lo que han menester. El lugar en que moramos no es, en efecto, adecuado, y, desde que al Señor place multiplicarnos, esta casa es excesivamente pequeña para vivir en ella, y, sobre todo, porque no tenemos iglesia donde puedan los hermanos recitar sus horas; si alguno muriese, no estaría bien enterrarlo aquí o en una iglesia de los clérigos seculares». Estas palabras fueron del agrado de los demás hermanos.

Lo que había propuesto, se lo propuso al obispo. El obispo le respondió: «Hermano, no tengo iglesia alguna que pueda daros». Acudió a los canónigos de San Rufino y les hizo el mismo ruego, y ellos le respondieron lo mismo que el obispo.

Entonces se encaminó al monasterio de San Benito de Monte Subasio y expuso al abad lo mismo que había dicho al obispo y a los canónigos y la respuesta que de unos y otros había recibido. El abad, conmovido, consultó con sus hermanos; y, por ser voluntad del Señor, hicieron cesión al bienaventurado Francisco y a sus hermanos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, la más pobre de las que ellos poseían. Era también la más pobre de todos los alrededores de la ciudad de Asís. Era lo que de tiempo atrás había deseado el bienaventurado Francisco. El abad le dijo: «Hermano, te concedemos lo que pides. Pero queremos que, si el Señor acrecienta vuestra congregación, este lugar sea la cabeza de todos los vuestros». Estas palabras agradaron al bienaventurado Francisco y a sus demás hermanos.

Y quedó muy contento del lugar donado a los hermanos, sobre todo porque la iglesia llevaba el nombre de la Madre de Cristo, porque era muy pobre y por el sobrenombre con que se la conocía. Se la llamaba, en efecto, iglesia de la Porciúncula, lo que presagiaba que ella había de ser la madre y cabeza de los pobres hermanos menores. Este nombre de la Porciúncula fue dado a la iglesia porque el lugar donde fue construida, desde antiguo era llamado «Porciúncula». El bienaventurado Francisco solía decir: «El Señor no quiso que se les diera a los hermanos ninguna otra iglesia, ni permitió que los primeros hermanos construyesen o poseyesen una nueva, porque ésta venía a ser una profecía que se cumplió con la llegada de los hermanos menores». Aunque era muy pobre y por el transcurso del tiempo estaba semiderruida, los habitantes de la ciudad de Asís y su comarca habían tenido por esta iglesia una devoción singular, que ha ido creciendo hasta nuestros días. Desde que los hermanos llegaron y se establecieron en aquel lugar, casi todos los días el Señor aumentaba su número. La noticia de los hermanos y su fama se extendió por todo el valle de Espoleto. Antiguamente, esta iglesia recibía la denominación de Santa María de los Angeles; luego, la gente de la provincia la llamó Santa María de la Porciúncula. Por eso, cuando los hermanos comenzaron a repararla, los hombres y mujeres de aquella provincia decían: «Vamos a Santa María de los Angeles». (...)

Y nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos testimonio de que decía expresamente acerca de esta iglesia que, por las muchas gracias que el Señor le mostró allí y por lo que le fue revelado en aquel lugar, la bienaventurada Virgen ama esta iglesia con predilección sobre todas las iglesias que ella ama en el mundo. Por esta razón, durante toda su vida tuvo a este lugar gran devoción y reverencia. Y para que los hermanos tuvieran este recuerdo en su corazón, próximo ya a la muerte, quiso que en su testamento se escribiera que ellos hicieran lo mismo.

Pues, cuando se avecinaba la muerte, dijo delante del ministro general y de otros hermanos: «Quiero tomar ciertas disposiciones acerca del lugar de Santa María de la Porciúncula y dejarlas en testamento a los hermanos para que este lugar sea tenido siempre por ellos en gran veneración y devoción (...)».

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Espejo de perfección (EP 83, 84 y 124)

Cómo exhortó a que los hermanos no abandonaran nunca este lugar.

83. El bienaventurado Francisco sabía que en cualquier rincón de la tierra está establecido el reino de los cielos y creía que en todo lugar se puede dispensar la gracia a los elegidos de Dios, pero conocía por experiencia que el lugar de Santa María de la Porciúncula estaba enriquecido de gracia más abundante y era más frecuentemente visitado de los espíritus celestiales.

Por eso, decía muchas veces a los hermanos: «Mirad, hijos, no abandonéis nunca este lugar; si os echan por una parte, entrad por otra, pues este lugar es, en verdad, santo y morada de Cristo y de la Virgen, su Madre. Cuando éramos pocos, fue aquí donde el Altísimo nos hizo crecer en número; aquí, con la luz de su sabiduría, iluminó las almas de sus pobres; aquí encendió nuestros corazones en el fuego de su amor. Aquí, todo el que orare con devoto corazón, alcanzará lo que pide, y quien pecare contra este lugar, será más gravemente castigado. Por tanto, hijos míos, tened este lugar como dignísimo de toda reverencia y honor; como verdadera morada de Dios, amada con predilección por Él y su Madre. Y cantad en él de todo corazón con voces de júbilo y de alabanza a Dios Padre y a su Hijo, el Señor Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo.

De las grandezas que obró el Señor en Santa María de los Ángeles.

84. Lugar santo, en verdad, entre los lugares santos. Con razón es considerado digno de grandes honores.

Dichoso en su sobrenombre [La Porciúncula]; más dichoso en su nombre [Santa María]; su tercer nombre [de los Ángeles] es ahora augurio de favores.

Los ángeles difunden su luz en él; en él pasan las noches y cantan.

Después de arruinarse por completo esta iglesia, la restauró Francisco; fue una de las tres que reparó el mismo Padre.

La eligió cuando cubrió sus miembros de saco. Fue aquí donde domeñó su cuerpo y lo obligó a someterse al alma.

Dentro de este templo nació la Orden de los Menores cuando una multitud de varones se puso a imitar el ejemplo del Padre.

Aquí fue donde Clara, esposa de Dios, se cortó por primera vez su cabellera y, pisoteando las pompas del mundo, se dispuso a seguir a Cristo.

La Madre de Dios tuvo aquí el doble y glorioso alumbramiento de los hermanos y las señoras, por los que volvió a derramar a Cristo por el mundo.

Aquí fue estrechado el ancho camino del viejo mundo y dilatada la virtud de la gente por Dios llamada.

Compuesta la Regla, volvió a nacer la pobreza, se abdicó de los honores y volvió a brillar la cruz.

Si Francisco se ve turbado y cansado, aquí recobra el sosiego y su alma se renueva.

Aquí se le muestra verdadero aquello de que duda y además se le otorga lo que el mismo Padre demanda.

Francisco quiere morir en la Porciúncula.

124. Certificado el Padre santísimo, tanto por el Espíritu Santo como por dictamen de los médicos, de la inminencia de la muerte, estando todavía en dicho palacio [episcopal] y sintiéndose cada vez más abrumado y falto de fuerzas, dispuso que lo trasladaran en una camilla a Santa María de la Porciúncula, porque anhelaba acabar su vida allí donde había empezado a experimentar la luz y la vida del alma.

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Leyenda de Santa Clara (LCl 7-8)

Cómo, convertida Clara por el bienaventurado Francisco, pasó del siglo a la religión.

7. Se acercaba el día solemne de Ramos cuando la doncella, fervoroso el corazón, fue a ver al varón de Dios, inquiriendo el qué y el cómo de su conversión.

Ordénale el padre Francisco que el día de la fiesta, compuesta y engalanada, se acerque a recibir la palma mezclada con la gente y que, a la noche, saliendo de la ciudad, convierta el mundano gozo en el luto de la pasión del Señor.

Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se llegó a ella y puso la palma en sus manos. A la noche, disponiéndose a cumplir las instrucciones del santo, emprende la ansiada fuga con discreta compañía. Y como no le pareció bien salir por la puerta de costumbre, franqueó con sus propias manos, con una fuerza que a ella misma le pareció extraordinaria, otra puerta que estaba obstruida por pesados maderos y piedras.

8. Y así, abandonados el hogar, la ciudad y los familiares, corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes, que ante el pequeño altar velaban la sagrada vigilia, recibieron con antorchas a la virgen Clara. De inmediato, despojándose de las basuras de Babilonia, dio al mundo "libelo de repudio"; cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas.

Ni hubiera estado bien que la Orden de florecientes vírgenes que surgía en aquel ocaso de la historia se fundara en otro lugar que en el santuario de quien, antes que nadie y excelsa sobre todas, fue ella sola juntamente madre y virgen. Este es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos; de este modo quedaba bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la que en su morada daba a luz ambas Órdenes. En cuanto hubo recibido, al pie del altar de la bienaventurada María, la enseña de la santa penitencia, y cual si ante el lecho nupcial de esta Virgen la humilde sierva se hubiera desposado con Cristo, inmediatamente san Francisco la trasladó a la iglesia de san Pablo [monasterio de Benedictinas], para que en aquel lugar permaneciera hasta tanto que el Altísimo dispusiera otra cosa.

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