DIRECTORIO FRANCISCANO
La oración franciscana

FRANCISCO DE ASÍS, MAESTRO DE ORACIÓN
por Eloi Leclerc, O.F.M.

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[ François d'Assise (Col. «Les grands maîtres à prier»). Ed. du Feu Nouveau, 3 rue du Château, F-60390 Troussures].

I. DESEAR EL ESPÍRITU DEL SEÑOR

San Francisco de Asís no escribió ningún tratado sobre la orac1ión. Tampoco se preocupó demasiado en enseñar a sus hermanos un método de oración. Pero esto no le impidió ser un guía seguro, al tiempo que un ejemplo viviente, en el camino de la unión con Dios.

Lo esencial de su enseñanza, así como de su experiencia personal sobre la oración, se halla contenido en la siguiente frase de la Regla bulada: «Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8-9).

La vida de oración, según Francisco, es ante todo ese gran anhelo, esa búsqueda incesante del Espíritu del Señor y de su acción en nosotros. Somos incapaces, por nosotros mismos, de nombrar dignamente a Dios. No sabemos orar como es debido. ¿No consiste la oración, para el cristiano, en unirse a Jesús en su relación con el Padre? Orar es aprender a decir «Abba». Y eso sólo es posible gracias al Espíritu. El Espíritu del Señor es el gran iniciador en la vida de oración. Por eso debemos anhelarlo por encima de todo y dejarle actuar en nosotros.

Discernimiento

Francisco de Asís es plenamente consciente de que no nos dejamos guiar espontáneamente por el Espíritu del Señor, sean cuales fueren las apariencias religiosas y espirituales de nuestra vida. El dedicarse a una actividad llamada «espiritual» no es suficiente para participar del Espíritu del Señor. Francisco piensa incluso que puede demostrarse un interés muy sincero por la oración, las mortificaciones, la vida misionera, el estudio de la Palabra de Dios... y, sin saberlo, dejarse guiar en todo ello por algo muy distinto del Espíritu del Señor:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu...» (Adm 14).

Por eso Francisco, en las Admoniciones, se esfuerza por asentar a sus hermanos en la verdad; les ayuda a ver claro en ellos mismos, les enseña a discernir el Espíritu del Señor de la inspiración humana y carnal. El criterio que les ofrece es simple e infalible: el religioso que en seguida se turba e irrita porque le contradicen o se oponen a sus proyectos, por muy nobles que sean, manifiesta hallarse bajo el peso de una secreta apropiación de sí mismo, y estar replegado sobre él mismo; en una palabra, demuestra que se busca a sí mismo. Ese hombre quiere reservarse la iniciativa de su existencia. Bajo la apariencia virtuosa y espiritual, le guía, sin que él mismo lo sepa, algo completamente distinto del Espíritu del Señor. Así como el agua que se enturbia manifiesta no ser pura, así también la turbación y la ira del hombre revelan la impureza de su corazón. La turbación, la irritación, la impaciencia, la agresividad delatan una actitud posesiva, incluso en las supremas aspiraciones del alma.

La oración de un corazón puro

¿Cómo podemos abrirnos al Espíritu del Señor? ¿Cómo podemos dejarle actuar en nosotros?

En la Búsqueda del Santo Grial, quien logra, al final de su aventura, llegar a la contemplación divina en la iluminación del Espíritu, es el caballero de corazón limpio. Para Francisco, tan familiarizado con este tipo de literatura que llamaba a los primeros hermanos sus «caballeros de la Tabla Redonda» (LP 103c; EP 72c), la búsqueda del Espíritu del Señor es también una aventura que requiere, ante todo, un corazón puro. Por eso, inmediatamente después de exhortar a sus hermanos a anhelar por encima de todo tener el Espíritu del Señor, les invita a «orar continuamente al Señor con un corazón puro» (2 R 10,9).

El corazón puro es el corazón que, consciente de su pobreza, se vuelve humildemente hacia el Señor, reconoce que sólo Él es santo, y esto le llena de tanta alegría que ya no vuelve a replegarse sobre sí mismo. Está enteramente vuelto hacia Dios, sólo tiene ojos para Él. Está invadido y colmado por la alegría de la alabanza. Es de verdad un corazón pobre. Entre el corazón puro y la adoración existe un estrecho vínculo. «Son verdaderamente de corazón limpio -escribe Francisco- los que desprecian lo terreno, buscan lo celestial y nunca dejan de adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero con corazón y ánimo limpio» (Adm 16,2). El corazón puro no puede separarse del acto que lo expresa por entero, la adoración.

En verdad, en la adoración es donde el corazón se vuelve puro, pues en ella se vacía de sí mismo, de todo lo que le preocupa, incluso del cuidado de su propia perfección. De ese modo, se abre al Espíritu del Señor. La pureza de corazón, según Francisco, no es tanto una cualidad moral cuanto una profundidad de acogida y de adoración. Para el corazón limpio existe Dios, el esplendor de Dios, su infinita santidad, su alegría eterna. Y eso basta. Esa disposición es ya obra del Espíritu del Señor en el hombre.

Por eso insiste Francisco en sus Escritos en que los hermanos estén enteramente vueltos al Señor y se dediquen con corazón puro a la adoración:

«Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura, porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). Pues todos los que lo adoran, lo deben adorar en el Espíritu de la verdad (cf. Jn 4,24)» (2CtaF 19-20).

Un detalle muy significativo: Francisco dice: en el Espíritu de la verdad, en vez de citar expresamente la fórmula joánica «en espíritu y en verdad». Con ello sugiere que sólo el Espíritu, que conoce en su verdad a Dios, puede capacitarnos para adorarlo con puro corazón.

«En la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros como a los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, como mejor puedan, sirvan, amen, honren y adoren al Señor Dios, y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que Él busca por encima de todo; y hagamos siempre en ellos habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo» (1 R 22,26-27).

Las grandes soledades

Francisco no se contentaba con exhortar a sus hermanos a la adoración; iba delante dándoles ejemplo. Con frecuencia interrumpía sus correrías apostólicas para retirarse a la soledad y dedicarse sólo a Dios. Tenía como una necesidad de sumergirse en Dios.

«Y como había aprendido en la oración -escribe san Buenaventura- que el Espíritu Santo hace sentir tanto más íntimamente su dulce presencia a los que oran cuanto más alejados los ve del mundanal ruido, por eso buscaba lugares apartados y se dirigía a la soledad o a las iglesias abandonadas para dedicarse de noche a la oración» (LM 10,3a).

Su itinerario espiritual está jalonado de nombres de lugares aislados, a veces salvajes, en los que fundó eremitorios: Le Carceri, Celle di Cortona, Speco Sant Urbano, Poggio Bustone, Fonte Colombo, Greccio, monte Alverna...

Le atraía particularmente la soledad en las cumbres. Partía con dos o tres hermanos. Llegado a la cima, no se detenía a contemplar el panorama, a menudo magnífico, sino que se adentraba en una gruta. «Había hecho su nido en las hendiduras de las rocas» (1 Cel 71a). Y allí se entregaba a la oración. «Pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad. Podía comenzarla al anochecer y con dificultad la habría terminado a la mañana» (1 Cel 71b). «Hecho todo él no ya sólo orante, sino oración» (2 Cel 95a). Y así pasaba largas semanas, meses enteros a veces, en los eremitorios, vuelto hacia Dios y entregado a su Espíritu.

Camino de evangelio

Sin embargo, la soledad en lugares escarpados no le retenía indefinidamente. El Espíritu del Señor lo devolvía entre los hombres, a los caminos del Evangelio. Para Francisco, en efecto, la vida de unión con Dios era inseparable de la vida evangélica, en seguimiento de Cristo. El Espíritu del Señor le guiaba tras las huellas del Hijo de Dios.

En el pensamiento del Pobrecillo existe un vínculo estrecho, indisoluble, entre la práctica humilde del Evangelio y la más sublime unión mística. Así se desprende con nitidez de la oración a Dios, por él y por sus hermanos, con que finaliza su Carta a toda la Orden:

«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios,
danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo
lo que sabemos que tú quieres,
y siempre querer lo que te place,
para que, interiormente purificados,
interiormente iluminados
y abrasados por el fuego del Espíritu Santo,
podamos seguir las huellas de tu amado Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo,
que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad,
vives y reinas y eres glorificado,
Dios omnipotente,
por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

Esta breve oración es una síntesis de toda la doctrina espiritual de Francisco: bajo la acción del Espíritu Santo, que lo purifica, lo ilumina y lo abrasa, el hombre se lanza en seguimiento de las huellas del Hijo amado y llega así a la comunión con el Padre. La vida de oración, según Francisco, es ese movimiento del alma que, a impulsos y bajo la dependencia del Espíritu del Señor, camina con Cristo, se deja asimilar y unir a Él, y, de ese modo, entra en unión con la santa Trinidad.

Conversión evangélica y experiencia mística se funden aquí compenetrándose íntimamente, bajo la acción del Espíritu Santo. Hablando de quienes viven el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas en paciencia, humildad y servicio mutuo, escribe Francisco: «Y sobre todos aquellos y aquellas que cumplan estas cosas y perseveren hasta el fin, se posará el Espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial...» (2CtaF 48-49).

Dándonos el seguir las huellas de Jesús y el descubrirlo desde el interior, el Espíritu nos conduce al conocimiento del Padre.

II. LAS FUENTES

Antes de seguir a Francisco en su contemplación de Dios, conviene que indiquemos las fuentes que alimentaron su oración.

La Palabra de Dios

Sabemos cuán atento permanecía Francisco a la escucha de la Palabra de Dios. La Palabra nutre toda su oración. Su oración no se inspira sólo en unos pocos textos evangélicos. En este hombre, que muere cantando un salmo, palpita de verdad la Biblia entera.

Los salmos y cánticos bíblicos moldearon su oración. Francisco se sumergió de tal modo en la corriente de la oración bíblica, que reencontró y actualizó un tipo de hombre bíblico, el pobre de Yahvéh, en toda su dimensión de hombre que grita su desamparo y proclama su confianza en Dios, a la vez que adora y se sume en la alabanza.

La Liturgia

A la Palabra hay que añadir otra fuente de inspiración de la oración de Francisco, la Liturgia. En realidad, ambas fuentes se entremezclan. Pues es sobre todo a través de la Liturgia como le llega a Francisco la Palabra: una Palabra que ya no es un simple objeto de meditación, sino también, en cierto modo, una Palabra representada, celebrada. Una Palabra convertida en acción.

Sabida es la importancia de la Eucaristía en la vida de oración de Francisco. Volveremos sobre ella más adelante. Las grandes fiestas del año litúrgico, que reproducen el misterio de Cristo de un modo sacramental, Francisco las vive con intensidad. Baste con evocar su manera de celebrar la Navidad o la Pascua. Su oración llega incluso a adaptarse a la forma de las oraciones litúrgicas o de los grandes prefacios.

Orientación teocéntrica

Esta frecuentación de la Palabra, a través de la Liturgia, da a la oración de Francisco una orientación netamente teocéntrica. Su oración está centrada en Dios. Es, ante todo, la expresión de un hombre que se ha dejado fascinar por la realidad de Dios y por su grandeza infinita. Es todo lo contrario de una subjetividad replegada sobre sí misma.

III. EL ENCUENTRO CON DIOS

«Clarificada sea en nosotros
tu noticia»
(ParPN 3)

Citando la Escritura, dice Francisco en su Admonición 1: «El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18)» (Adm 1,5). Si leyendo los Escritos de Francisco encontramos una idea que se imponga sobre todas, ésa es justamente la de la grandeza de Dios. En el origen mismo de la oración del Pobrecillo existe una profundísima conciencia del abismo que lo separa de Dios: «Todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte» (1 R 23,5).

Dios escapa a nuestra comprensión. No está hecho a nuestra medida: «Sin principio y sin fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable...» (1 R 23,11). Consciente de esta transcendencia, no por ello se aflige Francisco. Simplemente renuncia a adueñarse de Dios, rehúsa reducirlo a sus propios puntos de vista, a sus intereses, a su propia medida. Deja a Dios ser Dios: «Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas. Tú eres el fuerte, tú eres el grande, tú eres el Altísimo...» (AlD 1-2).

Pero Dios, de quien «ningún hombre es digno de hacer mención» (Cánt 2), se adelanta dándose a conocer, viniendo gratuitamente a nosotros en la humanidad del Hijo.

El rostro de Dios

Jesús es el rostro humano de Dios. El rostro del «sumo, glorioso Dios» (OrSD): «El que me ve a mí -dice Jesús-, ve también a mi Padre (Jn 14, 9)» (Adm 1,4).

Sin embargo, advierte Francisco en esa misma Admonición, muchos vieron ese rostro y no reconocieron en él al altísimo Hijo de Dios; lo vieron, pero no creyeron. No conocieron la Sabiduría del Padre (cf. Adm 1,8).

En verdad, ninguna mirada meramente humana puede ver en el humilde carpintero de Nazaret, en el Crucificado del Gólgota, al Señor de la Gloria, a la Sabiduría eterna del Padre. Francisco cita la palabra de san Pablo: «Nadie puede decir: Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12,3)» (Adm 8,1).

Sólo el Espíritu del Señor puede hacernos ver en la humanidad humilde y pobre de Jesús al altísimo Hijo de Dios. Sólo el Espíritu puede descubrirnos, en la pura simplicidad evangélica, los caminos de la Sabiduría eterna: «¡Salve, reina Sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la santa pura Sencillez!» (SalVir 1).

Esta Sabiduría es conocimiento de Cristo en el Espíritu. Un conocimiento vital y sabroso. Un encuentro maravilloso con Dios en su Hijo encarnado.

El esplendor del Amor divino

Iluminado por el Espíritu, Francisco contempla, en Cristo pobre y humilde, la verdadera gloria de Dios. En lo más bajo del anonadamiento del Hijo de Dios, ve brillar la estrella resplandeciente de un Amor que no se reserva nada para sí y que se entrega sin medida: «El Hijo unigénito de Dios, Sabiduría eterna, descendió del seno del Padre... sin reservarse para sí mismo cosa alguna que no hubiese entregado generosamente...» (LM 12,1c).

La desapropiación del Hijo de Dios lo conmueve y lo llena de asombro:

«Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso... fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (2CtaF 4-5).

Esta elección de la pobreza es, a los ojos de Francisco, una revelación de Dios; expresa un amor que se da por entero, con absoluta gratuidad.

Revelación de Dios como gratuidad. Lo cual quiere decir que Dios nunca es un derecho nuestro. Él es nuestra esperanza. La esperanza de los pobres:

«Que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8).

Por eso, Francisco no puede apartar su mirada del pesebre de Belén y de la Cruz del Calvario, donde contempla la revelación sensible, resplandeciente, de un amor gratuito y sin límites. «Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84a).

Un misterio siempre actual

Esa venida del Hijo de Dios al mundo, en una completa desposesión de sí mismo, Francisco no la contempla como un mero acontecimiento del pasado, ocurrido de una vez por todas, sino más bien como un misterio que se renueva todos los días en medio de nosotros.

El sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor tiene tanta importancia en la vida de oración del Pobrecillo de Asís precisamente porque en él ve cómo se realiza hoy y aquí la venida del Hijo de Dios en pobreza y humildad: la revelación siempre nueva de un Amor sin límites:

«Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos Apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado. Y lo mismo que ellos con la vista corporal veían solamente su carne, pero con los ojos que contemplan espiritualmente creían que Él era Dios, así también nosotros, al ver con los ojos corporales el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.

»Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como Él mismo dice: Ved que estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20)» (Adm 1,16-22).

Junto con el pesebre de Belén y la cruz, la Eucaristía es, a los ojos de Francisco, una cumbre de la revelación del Amor divino. A decir verdad, la Eucaristía hace presente aquí y ahora el misterio de Belén y de la cruz:

«¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan! Mirad, hermanos, la humildad de Dios...» (CtaO 27-28).

Ciertamente, Cristo, en la Eucaristía, «no es el que ha de morir, sino el que ha de vivir eternamente y está glorificado, y en quien los ángeles desean sumirse en contemplación» (CtaO 22). Pero esa gloria de Cristo no es otra cosa que el esplendor del Ágape. Y éste es siempre un misterio de humildad y de pobreza.

Las profundidades de Dios, misterio de pobreza

«El Espíritu -dice san Pablo- todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10). Francisco lo experimentó personalmente. Es imposible comprender su veneración casi cúltica a dama Pobreza si no se tiene en cuenta que en ella captó, a la luz del Espíritu, algo de las profundidades de Dios.

«Es absolutamente inconcebible que san Francisco abrazara la pobreza con tanta pasión, que la considerara su novia y su esposa, que, como un eco de las lecturas de los romances de caballería que habían ilustrado su juventud, le otorgara el título de "dama Pobreza", es imposible que le concediera ese lugar único que corresponde sólo a Dios, si la pobreza no hubiera sido para él Dios mismo». (M. Zundel, L'humble présence, Ginebra, Ed. du Tricorne, pág. 132).

Esto exige una breve explicación. La pobreza de Jesús, en la que Francisco contempla la desapropiación del altísimo Hijo de Dios, arroja un rayo de luz viva sobre la vida íntima de Dios. Es como un ventanal abierto sobre las profundidades de Dios. Deja entrever que la vida divina en su totalidad es desapropiación, donación total. Esta desapropiación y donación total están en el centro mismo de la Trinidad.

El Dios y Padre de Jesucristo no es un Dios solitario, replegado sobre sí y que sólo piensa en sí mismo, a la manera de los antiguos faraones. Desde toda la eternidad, es una vida que se comunica, que se da. El Ser divino es en sí mismo un Ser dado. De tal manera dado que cada una de las tres Personas divinas, en vez de cerrarse sobre sí y de apropiarse celosamente de la plenitud divina, no existe sino en la relación, en el don a las otras de esa plenitud única. El misterio de Dios-Trinidad es un misterio de desapropiación, de pobreza. Excluye toda apropiación egocéntrica del Ser divino.

La cima de la contemplación de Francisco sería esta visión fascinada de la bienaventurada Trinidad:

«Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses;
tú eres el bien, todo bien, sumo bien,
Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor, la caridad...» (AlD 3-4).

Una intuición fecunda

Francisco captó, a la luz del Espíritu, un vínculo esencial entre amor y pobreza. Es una intuición profunda. Detengámonos brevemente en ella, pues se encuentra en el centro mismo de su contemplación de Dios.

Platón decía que el amor es hijo de la pobreza. Francisco habría podido repetir la frase, pero en un sentido muy diferente y, sin duda, con más verdad y profundidad. Para el filósofo griego, el amor nace de una carencia, es esencialmente deseo. Para Francisco, el amor nace de la desapropiación de uno mismo, es esencialmente don. Una plenitud que se da. El ser que ama no se reserva nada para él mismo. No se posee a sí mismo. Ni, menos aún, quiere poseer al otro.

No querer poseer nada, ni siquiera en el amor. Ese es el secreto del amor, en su verdad divina. Francisco expresó todo esto en una frase, cuando dice a sus hermanos: «Nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega» (CtaO 29).

Así la pobreza, vivida día a día en nuestras relaciones humanas, se inspira en la vida trinitaria y nos hace participar de la vida trinitaria: la pobreza fundamenta la fraternidad.

El trovador de Dios

Semejante visión de Dios colma a Francisco de asombro. Otra persona hubiera podido sentirse inclinada a elaborar esta visión de manera conceptual. Pero Francisco es poeta. Y espontáneamente expresa su experiencia personal cantando. Durante su juventud se había apasionado por los poemas y los cantos con que los trovadores celebraban el amor cortés. Él mismo lo cantó. Ahora canta los esplendores del amor divino. Su vida de oración es un canto:

«Tú eres amor, caridad;
tú eres sabiduría, tú eres humildad,
tú eres paciencia, tú eres belleza,
tú eres mansedumbre, tú eres seguridad,
tú eres quietud, tú eres gozo,
tú eres nuestra esperanza y alegría,
tú eres justicia, tú eres templanza,
tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción» (AlD 4).

Tú eres humildad: estas palabras sencillas son un rayo de luz. Expresan, en su originalidad, la experiencia mística de Francisco, su personal manera de «sentir» a Dios, su descubrimiento del misterio de Dios. A los ojos del Pobrecillo de Asís, esa humildad divina es la forma suprema de la pobreza; es una desapropiación radical, que excluye toda presunción, cualquier autosuficiencia, todo amor propio, toda voluntad de poder, y cualquier desprecio de los demás. Es paciencia. Es amor.

También es belleza: Tú eres belleza. Una hermosura que brilla de humildad. Piénsese en el rostro de Cristo, tal como lo pintó Rembrandt. Ese rostro no responde a los cánones de la belleza griega. Es hermoso a fuerza de humildad.

En esta visión, Francisco experimentaba una inmensa dulzura y una intensa alegría: Tú eres mansedumbre, tú eres gozo... Queda desterrado cualquier temor. Basta con que Dios sea Dios para que nazca en nosotros la alegría: su Alegría.

IV. SOMBRA Y LUZ

No creamos por ello que la vida de Francisco fue sólo éxtasis y canto. No estuvo Francisco dispensado de los sufrimientos físicos ni morales.

La pobreza de la noche

Durante su viaje a Oriente Medio, Francisco contrajo una oftalmía purulenta que le dejó casi ciego. A esta dolencia se unieron otras enfermedades. Además, a consecuencia de las disensiones surgidas en el seno de su Orden respecto a la orientación que ésta debía tomar en el futuro, tuvo que dimitir de su cargo de ministro general. Enfermo y presa de una profunda turbación espiritual, se retiró a la soledad con algunos hermanos que se habían mantenido fieles.

Vivió entonces un período de inmensa angustia interior. Ya no sabía qué era lo que Dios esperaba de él. Su oración se convirtió en el grito del pobre en la oscuridad de la noche. ¡Cuántas veces le lanzó a Dios el grito del salmo 141!:

«A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante Él mis afanes,
expongo ante Él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento» (Salmo 141; cf. 1 Cel 109; 2 Cel 217; LM 14,5).

La pasión con Cristo

Francisco había compuesto, para su uso personal, un oficio que constaba de varios salmos y que él recitaba diariamente, además del oficio canónico. A este oficio se le ha dado el nombre de Oficio de la Pasión, si bien este título corresponde propiamente sólo a la parte relativa al triduo pascual. Aunque está compuesto, en su conjunto, con versículos tomados de los salmos de lamentación, es un texto auténtico y original del Pobrecillo, y nos permite adentrarnos en su alma orante.

Sumido en la angustia y el desamparo, Francisco hace suya la oración de los Pobres de Yahvéh. Pero, para él, el Pobre por excelencia es Cristo paciente. Se une, pues, a Jesús. Su oración, su grito, se funde con la oración y el grito del Hijo perseguido y escarnecido:

«Ten piedad de mí, ¡oh Dios!, ten piedad de mí,
porque mi alma confía en ti.
Y esperaré a la sombra de tus alas,
hasta que pase la iniquidad.
Clamaré al santísimo Padre mío altísimo,
al Señor, que ha sido mi bienhechor...» (OfP 3,1-3).

Así pues, el Oficio nos muestra cómo vive Francisco la Pasión de Cristo, y cómo vive su propia pasión en unión con la de Cristo. Estos salmos que expresan una gran angustia son testimonio de su noche espiritual. Al mismo tiempo, son testimonio de su relación con Cristo. Francisco aparece aquí, como en ningún otro lugar de sus Escritos, directamente vuelto hacia Cristo, unido a él y, por su medio, con el Padre.

Una de las cosas que primero llaman la atención en este Oficio es la insistencia de Francisco en el abandono y la traición por parte de los amigos. Francisco se fija mucho más en este aspecto de la Pasión que en los ultrajes y torturas físicas. Sin duda por estar viviendo esa misma experiencia de abandono:

«Mis amigos y mis compañeros se acercaron
y se quedaron en pie frente a mí,
y mis allegados se quedaron lejos de pie.
Alejaste de mí a mis conocidos,
me consideraron como abominación para ellos...
.........................
Y esperé que alguien se contristara conmigo, y no lo hubo;
y que alguien me consolara, y no lo encontré» (OfP 1,7-8; 2,8).

Otro rasgo característico del Oficio de la Pasión: no contiene ninguna imprecación. En él no aparece ninguna maldición. Al contrario, leemos: «En lugar de amarme, me criticaban, pero yo oraba» (OfP 1,4).

Por último, la nota más conmovedora del Oficio es la invocación del Padre, que se repite constantemente y que está impregnada de ternura y confianza:

«Padre santo mío, rey del cielo y de la tierra,
no te alejes de mí...
...........................
Clamaré al santísimo Padre mío altísimo,
al Señor, que ha sido mi bienhechor...
...........................
Tú eres mi Padre santísimo,
Rey mío y Dios mío.
Atiende a mi ayuda, Señor, Dios de mi salvación» (OfP 1,5; 3,3; 2,11-12).

Resurrección

Un día la tormenta amainó en el corazón del Pobrecillo. Comprendió que el Señor esperaba de él que, en un acto de suma pobreza, depositara sin reservas la Orden en sus divinas manos. Y Francisco aceptó desapropiarse totalmente de su propia obra. Depositó sus preocupaciones en manos del Señor. El futuro de la Orden ya no era asunto suyo, sino asunto del Señor. En esa profundidad suprema aprendió qué es querer no poseer nada, ni siquiera en amor. Y a partir de aquel momento empezó a brillar en su alma la gran estrella de la pobreza de la noche. Y se sintió invadido por la paz. Con la paz, recobró el canto. Éste tenía la última palabra. Era un canto de luz.

Y Francisco podía rezar ya, con Cristo resucitado, en su Oficio:

«Y me llevaron al polvo de la muerte
y aumentaron el dolor de mis llagas.
Yo dormí y me levanté,
y mi Padre santísimo me recibió con gloria.
Padre santo, sostuviste mi mano derecha
y me guiaste según tu voluntad,
y me recibiste con gloria.
Pues, ¿qué hay para mí en el cielo?
Y fuera de ti, ¿qué he querido sobre la tierra?» (OfP 6,10-13).

Cristo te basta para todo

Nada muestra tanto la capacidad contemplativa de Francisco como ese río de alabanzas con que concluye la Regla de 1221. Por su amplitud e inspiración, esta oración es uno de los textos más hermosos del Pobre de Asís. Está dirigida al Padre por el Hijo en el Espíritu; es una alabanza que abarca todo el plan de Dios, todo el destino del mundo, y en la que participan todos los seres del cielo y de la tierra. Tiene la forma de las grandes oraciones litúrgicas:

«Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios,
Padre santo y justo,
Señor rey del cielo y de la tierra,
por ti mismo te damos gracias,
porque, por tu santa voluntad
y por tu único Hijo con el Espíritu Santo,
creaste todas las cosas espirituales y corporales,
y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza,
nos pusiste en el paraíso.
Y nosotros caímos por nuestra culpa.

»Y te damos gracias porque,
así como por tu Hijo nos creaste,
así, por tu santo amor con el que nos amaste,
hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre,
naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María,
y quisiste que nosotros, cautivos,
fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte.

»Y te damos gracias
porque ese mismo Hijo tuyo
vendrá en la gloria de su majestad
a enviar al fuego eterno a los malditos,
que no hicieron penitencia y no te conocieron,
y a decir a todos los que te conocieron y adoraron
y te sirvieron en penitencia:
Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino
que os está preparado desde el origen del mundo.

»Y porque todos nosotros, miserables y pecadores,
no somos dignos de nombrarte,
imploramos suplicantes
que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado,
en quien bien te complaciste,
junto con el Espíritu Santo Paráclito,
te dé gracias por todos como a ti y a él os place,
él que te basta siempre para todo
y por quien tantas cosas nos hiciste. Aleluya» (1 R 23,1-5).

Esta es la primera parte de esa gran oración de acción de gracias. El objeto de la alabanza es fundamentalmente Dios mismo: por ti mismo. Dios, tal como se revela a través de su obra. En la creación en primer lugar, y especialmente en la creación del hombre, hecho a imagen de Dios.

El discreto recuerdo de la culpa y de la caída prepara la reanudación de la acción de gracias. Pues el plan de Dios no se trunca con este revés; está impulsado y guiado por un amor que es más fuerte que la culpa. Francisco da gracias entonces por la Encarnación. El mismo amor que nos ha creado, nos salva por el Hijo, venido en nuestra carne.

Por último, anticipando el final de los tiempos, da gracias a Dios por el retorno glorioso de Cristo, que sellará definitivamente el destino del mundo y de la humanidad, introduciendo en la gran fiesta del Reino a cuantos lo acogieron y siguieron.

En ese momento de la alabanza, al contemplar todo cuanto Dios ha hecho por nosotros y al mismo Dios a través de su obra, Francisco se siente como envuelto en el vértigo. Consciente de cuanto lo separa de Dios, se reconoce indigno de nombrarlo. Y dirige al Padre esta súplica: «Que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te complaciste, junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos hiciste».

Esta súplica, en el centro de su acción de gracias, nos revela por completo a Francisco en su relación con Dios. Nos descubre el sentido profundo de su pobreza. En el Pobrecillo de Asís puede verse al perfecto imitador de Cristo, al discípulo que se esforzó por seguir al máximo al Maestro. Pero eso sería sólo una mirada que se queda en el exterior de la experiencia evangélica de Francisco. Ante la inmensidad del amor de Dios, revelada en Cristo, Francisco descubre la amplitud de su propia indigencia; renuncia a rivalizar con semejante amor; confiesa su propia derrota: no es más que un pobre pecador al que sólo le salvará la gracia.

Pues bien, esta pobreza, en lugar de abatirle, le encanta, a él que es el mendigo de Dios. Pues Cristo, por sí solo, le basta al Padre para todo. Y esa suficiencia del Hijo es toda nuestra riqueza, toda nuestra salvación. No somos capaces de nombrar a Dios, ni de amarlo dignamente. Pero podemos ofrecerle el único amor digno de Él y a la medida de su don: el amor que el Hijo amado le ha testimoniado en nombre de todos nosotros. Ese es el secreto de la paz y de la alegría del Pobrecillo.

Esa paz y esa alegría están expresadas aquí con la palabra ¡ aleluya! Sí, ¡ aleluya!, con la innumerable muchedumbre de los redimidos, con «todos los santos que fueron, y serán, y son». En primer lugar, evidentemente, con «la gloriosa madre, la beatísima siempre Virgen María» (1 R 23,6).

V. EL CÁNTICO DEL HERMANO SOL

Durante el otoño de 1225, un año antes de su muerte, cuando ya se hallaba gravemente aquejado por la enfermedad y sus ojos infectados eran incapaces de soportar la luz, Francisco, acallando su sufrimiento, compuso su más gozoso cántico: el Cántico del hermano Sol, también llamada Cántico de las criaturas.

Este Cántico es, ante todo, un gran impulso hacia el Altísimo. Un impulso tan grande que parece deber sumirse en la adoración y el silencio ante Aquel a quien «ningún hombre es digno de nombrar». Y en ese momento Francisco, incluyéndose humildemente entre las criaturas y fraternizando con ellas, empieza a alabar a Dios. Y lo alaba tanto y tan bien, que la alabanza a Dios se convierte también en alabanza a las criaturas.

En efecto, las criaturas no son un mero pretexto para alabar a Dios. Francisco las encuentra bellas, muy bellas. El calificativo «bello» aparece tres veces en el Cántico, referido a tres elementos luminosos. Pero no sólo las criaturas luminosas son objeto de su canto. También le llenan de admiración las más humildes, las más oscuras, como la tierra materna. Pero escuchemos al Pobrecillo:

«Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

»A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

»Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.

»Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

»Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

»Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

»Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

»Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

»Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba» (Cánt 1-9).

El Cántico de las criaturas expresa el asombro ante la obra del Creador. Pero la originalidad profunda de esta alabanza radica en que el hombre que aquí habla se acepta plenamente en su pertenencia inalienable a la tierra. Lleno de asombro, asume fraternalmente su ser-en-el-mundo.

El canto del hombre reconciliado

Esta alabanza manifiesta una reconciliación profunda del hombre con sus raíces cósmicas, con su «arqueología» íntima, con todas las fuerzas oscuras de la vida, que actúan moldeándolo desde dentro y que constituyen su ser primero. Mientras el hombre moderno busca liberarse de la naturaleza dominándola, Francisco se reconcilia con ella. Sólo se da liberación auténtica en la reconciliación.

Si el Cántico de las criaturas es un vibrante homenaje al Creador, ello es debido a que es el canto de la nueva creación en el corazón del hombre: el canto del hombre nuevo en quien las fuerzas primeras y oscuras de la vida han recobrado la transparencia de las fuentes y el brillo del sol.

Una reconciliación así sólo fue posible gracias a una inmensa desapropiación interior. «Purificado, iluminado y abrasado por el fuego del Espíritu Santo» (cf. CtaO 51), Francisco ha renunciado a poseer el mundo, a supeditárselo como si él, Francisco, fuera el centro de la creación. De ese modo se ha abierto al Amor que el Creador tiene a su obra, ha entrado en la dinámica del Amor creador. Y en ese momento el mundo se le ha convertido en la realidad espléndida en cuyo seno el hombre es llamado no sólo a vivir, sino también a participar en el Amor creador, cooperando a la unidad de la creación.

Por eso no tiene nada de asombroso que Francisco haya querido completar su Cántico añadiendo a la alabanza de las criaturas la alabanza del hombre del perdón y de la paz:

«Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.

»Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán» (Cánt 10-11).

Posteriormente, ante la cercanía de su propia muerte, Francisco compone la última estrofa:

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

»¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

»Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad» (Cánt 12-14).

Hacía falta mucha serenidad para acoger a la muerte como a una hermana. Pero más asombroso todavía era cantarla junto con el hermano Sol. En esa hora suprema, el sol y la muerte ya no se oponían en el corazón de Francisco. La sombra de la muerte no sólo no apagaba la luz del mundo, sino que se transformaba ella misma en camino de luz hacia la plenitud del ser y de la vida.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XIX, núm. 56 (1990) 213-219].

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