DIRECTORIO FRANCISCANO
La oración franciscana

FRANCISCO DE ASÍS,
JUGLAR Y LITURGO DE DIOS

por Octaviano Schmucki, OFMCap

Francisco vivió entrañable y radicalmente de cara a Dios. El hombre-oración lo llamó Celano. Seguir el ansia de su silencio expectante y el gozo asombrado de su respuesta al sumo Bien, es la tarea que se ha impuesto el P. Schmucki en este artículo. Y por cierto la ha llevado a cabo a su estilo y a su seriedad escrupulosamente científica. Con ello ha conseguido el más completo estudio sobre las oraciones que Francisco nos ha dejado en sus escritos y sobre la realidad de la oración a lo largo de su vida. Desde este punto de vista, es imprescindible e irremplazable. Consigue además presentar una ordenación cronológica de las principales perícopas de las biografías primitivas de Francisco, siempre que esto es posible, a las que somete también a una decantación en su valor histórico.

[Franciscus «Dei laudator et cultor», en Laurentianum 10 (1969) 3-36, 173-215 y 245-282; la traducción y condensación de este estudio es obra del P. Sebastián López, OFM].

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Queremos estudiar en estas páginas la vida de oración de Francisco de Asís a la luz de sus Escritos y de las Fuentes biográficas , con el fin de precisar con exactitud la importancia que daba a la oración en la realización de la vida evangélica, lo mismo que el nexo existente, según el mismo Francisco, entre la oración y cualquier actividad.

Como hemos indicado, las fuentes serán los escritos del Pobrecillo y las biografías primitivas. Estas últimas revelarán los límites que necesariamente tendrá nuestro estudio. Porque los biógrafos sólo podían contemplar parcialmente la vida y el espíritu de Francisco. Además, la intimidad de la oración, por la que uno solo interiormente se pone en comunicación con Dios, reduce mucho la actividad del testigo. La oración es además parte del misterio del Dios que libremente se da y, también, de la vocación personal del individuo, aspectos especialmente subrayados por Francisco en su deseo de ocultar los secretos de Dios (1 Cel 96). Es posible también que los mismos biógrafos, aun sin intención de deformar lo narrado, hayan introducido algo de su propia experiencia o de su personal saber teológico. De ahí la necesidad de destacar lo que es propio del Santo sobre lo que los biógrafos, sin quererlo, le añadieron.

En estas páginas prescindimos de hacer un estudio sistemático sobre las devociones especiales del Santo (2 Cel 196-203), aunque no dejemos de aludir con frecuencia a las mismas. Tampoco nos fijaremos directamente ahora en la oración litúrgica o mística del Pobrecillo.

I. LA ORACIÓN CONTINUA SEGÚN SAN FRANCISCO

1) TESTIMONIO DE LOS ESCRITOS

a) Francisco, «Dei laudator et cultor», «juglar y liturgo de Dios», «cantor y adorador de Dios» (LM 8,10), habla repetidamente en sus escritos del esfuerzo por orar sin interrupción. Así, en la Regla no bulada, cuando habla del trabajo de los frailes, leemos: «Todos los hermanos aplíquense a sudar en las buenas obras, porque está escrito: "Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre ocupado". Y de nuevo: "La ociosidad es enemiga del alma". Por eso, los siervos de Dios deben perseverar siempre en la oración o en alguna obra buena» (1 R 7,10-12). La razón, por consiguiente, que impele a los hermanos al deseo continuo de orar y de obrar, deriva del gran peligro de ruina espiritual que amenaza, por parte del diablo, a los hombres dados a la ociosidad. Se trata de una doctrina tomada de la Biblia y de los santos Padres.

El cap. 22 de la misma Regla, donde Francisco deja a sus hijos un documento de vida espiritual, propone, entre otras cosas, lo siguiente: «Y hagámosle siempre en nosotros habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: "Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre" (Lc 21,36). "Y cuando estéis de pie para orar, decid: Padre nuestro, que estás en el cielo" (Lc 11,2; Mt 6,9). Y adorémosle con puro corazón, "porque es preciso orar siempre y no desfallecer" (Lc 18,1); pues el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y verdad (cf. Jn 4,23-24)» (1 R 22,27-31). Este florilegio de citas bíblicas reúne los principios por los que se regía enteramente la vida del Pobrecillo. El ardor de Francisco por orar continuamente nacía no sólo de las palabras evangélicas que preceden a la parábola de la viuda y del juez inicuo, sino también del gran deseo con que esperaba la venida del Juez que ha de venir. De tal forma, en fin, quería realizar la oración continua que recitaba el padrenuestro a impulsos de la vida sobrenatural, con toda la intensidad de la mente y con puro corazón.

La Regla no bulada se cierra con una ardiente oración que, según aventura el P. Flood, fue la descripción de la vida franciscana de cara al mundo, expresada además en forma de Laude. Resumimos lo que en ella Francisco encomienda a sus hijos y a los hombres en general: Nada deseemos ni queramos, nada nos agrade ni deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, verdadero y solo Dios, que es cumplido bien, todo bien; sólo Él es bueno, piadoso, suave y dulce, santo, justo, verdadero y recto... Por tanto nada nos impida, ni aparte, ni estorbe el que en todo lugar, hora y tiempo, sin interrupción, todos, con verdad y humildad, creamos, amemos, honremos, adoremos, sirvamos, ensalcemos y demos gracias al Altísimo (1 R 23).

Dado que Dios, por su majestad y santidad, trasciende infinitamente todas las cosas, y creando y salvando manifiesta su incesante bondad, el hombre no debe permitir que ningún bien creado le impida adorarle, glorificarle y darle gracias con toda la intensidad de sus fuerzas, en todo momento y en cualquier circunstancia de su vida. Por tanto, Francisco, con sutil intuición teológica, deduce la oración continua de la trascendencia divina, de la imagen de Dios «altísimo y sumo bien», que le era tan familiar.

b) Comentando la bienaventuranza evangélica de la pureza de corazón (Mt 5,8), dice el Santo: «Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero» (Adm 16). La continua adoración de Dios brota, pues, de aquella pureza interior por la que el hombre, liberado de cualquier afecto desordenado, busca y encuentra a Dios con desembarazado deseo en todas partes.

c) En la Carta a los fieles, dirigida a los cristianos más comprometidos en las cosas del espíritu, y posiblemente a los primeros Terciarios, Francisco les exhorta: «Amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente pura, porque él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad" (Jn 4,23). Pues todos los que lo adoran, lo deben adorar en el Espíritu de la verdad (cf. Jn 4,24). Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche diciendo: "Padre nuestro, que estás en el cielo", porque "es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos" (cf. Lc 18,1)» (2CtaF 19-21). De nuevo, el exordio de la parábola de la viuda y del juez (Lc 18,1-7) le sirve al Pobrecillo para urgir la recitación continua de alabanzas y oraciones y del padrenuestro.

d)En la Regla bulada, el santo Fundador aconseja a sus hermanos que se prevengan del «cuidado y solicitud de este siglo»: «Y los que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón...» (2 R 10,7-8). No es fácil acertar enteramente con el sentido de la frase. El sentido de la exhortación parece ser éste: despréndanse los hermanos de la más mínima preocupación de lo terreno, y ábranse al impulso de la gracia del Salvador que los impele con ardiente deseo a la santa operación, a fin de que puedan permanecer en la oración, con esfuerzo constante y con espíritu purificado del amor de sí mismos.

e) En los maitines de la primera parte del Oficio de la Pasión, en que el Santo parece considerar a Cristo apresado e injuriado por los judíos, toma el primer versículo del salmo 87,2-3: «Señor, Dios de mi salvación, de día y de noche clamé ante ti. Llegue mi oración a tu presencia, inclina tu oído a mi súplica» (OfP 2,1-2). El ejemplo de Cristo es para Francisco urgencia a la oración continua, especialmente en los días de sufrimiento.

A la luz de los escritos, pues, la oración continua de Francisco se funda, sobre todo, tanto en las palabras como en el ejemplo de Cristo.

2) TESTIMONIOS BIOGRÁFICOS

En los biógrafos encontramos, por una parte, la narración de hechos concretos, y, por otra, afirmaciones generales sobre la oración continua de Francisco.

a) Los hechos

Perseguido por su padre, a raíz de la venta de unos paños y del caballo, el «novel atleta de Cristo» se esconde en una cueva donde «orando, bañado en lágrimas, pedía continuamente a Dios que lo librara de las manos de los perseguidores de su vida y que con su gracia diera benignamente cumplimiento a sus santos propósitos. En ayuno y llanto insistía suplicante ante la clemencia del Salvador, y, no fiándose de sí mismo, ponía todo su pensamiento en el Señor. Y, aunque estuviera encerrado en la cueva y envuelto en tinieblas, se sentía penetrado de una dulzura inefable, nunca gustada hasta entonces; todo inflamado en ella, abandonó la cueva y se puso al descubierto de los insultos de sus perseguidores» (1 Cel 10). No podemos dudar de la veracidad de esta narración.

Bernardo de Quintaval, que hospedaba con frecuencia a Francisco, «había visto que, sin apenas dormir, estaba en oración durante toda la noche, alabando al Señor y a la gloriosísima Virgen, su madre; y se admiraba y se decía: "En verdad, este hombre es de Dios"» (1 Cel 24).

Hablando de cierta visión sobre la pobreza, dice Celano: «Una noche, tras larga oración, adormeciéndose poco a poco, acabó por dormirse» (2 Cel 82). Lo que confirma el mismo autor al hablar del semblante de Francisco después de la oración: «Al volver de sus oraciones particulares, en las cuales se transformaba casi en otro hombre, se esmeraba con el mayor cuidado en parecer igual a los demás, para no perder -con el aura de admiración que podría suscitar su aspecto inflamado- lo que había ganado... En fin, solía levantarse para la oración tan disimuladamente, tan sigilosamente, que ninguno de los compañeros advirtiese ni cuándo se levantaba ni cuándo oraba. En cambio, al ir a la cama por la noche, sacaba ruido casi estrepitoso para que los demás se dieran cuenta de que se acostaba» (2 Cel 99; cf. LM 10,4).

Así resume Celano, desde el punto de vista de la oración, el bienio de su última enfermedad (1225-1226): Soportó los sufrimientos con toda paciencia y humildad, dando en todo gracias a Dios. «A fin de poder dedicarse más libremente a Dios y en sus frecuentes éxtasis recorrer las mansiones celestiales y penetrar en ellas y poder también, por la abundancia de la gracia, comparecer ante el dulcísimo y serenísimo Señor de todo, confió el cuidado de su persona a algunos hermanos que le merecían un amor singular» (1 Cel 102).

Además de lo dicho, debemos hacer notar que Francisco, gravemente enfermo, daba intensamente gracias a Dios por las hermanas enfermedades; que su oración, cual prelibación de la vida eterna feliz, se hizo cada vez más pasiva, etc.

b) Afirmaciones generales

Empezamos por el testimonio, digno de crédito, de la Leyenda de Perusa: Francisco «pasaba en oración la mayor parte del día y de la noche» (LP 119; cf. 2 Cel 96; LM 10,6; EP 94).

Celano nos ha dejado esta hermosa descripción: «Su puerto segurísimo era la oración; pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad. Podía comenzarla al anochecer y con dificultad la habría terminado a la mañana; fuese de camino o estuviese quieto, comiendo o bebiendo, siempre estaba entregado a la oración» (1 Cel 71). Y al describir el «hombre interior de Francisco», señala que fue «sereno de mente, dulce de ánimo, sobrio de espíritu, absorto en la contemplación, constante en la oración y en todo lleno de fervor» (1 Cel 83). El fervor de espíritu del Santo fácilmente explica su empeño de orar sin interrupción y la índole prevalentemente experimental de su oración.

Refiriéndose al impacto que las llagas de Francisco produjo en sus hijos, expone Celano: «Bien lo saben cuantos hermanos convivieron con él: qué a diario, qué de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús; qué dulce y suave era su diálogo; qué coloquio más tierno y amoroso mantenía. De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros. ¡Oh, cuántas veces, estando a la mesa, olvidaba la comida corporal al oír el nombre de Jesús, al mencionarlo o al pensar en él...! Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús» (1 Cel 115; TC 15). Aunque puede pensarse en el excesivo cuidado del autor en destacar este aspecto, no cabe duda de que Francisco oraba a Cristo frecuentemente y con toda la intensidad de su afecto.

Tenemos otra afirmación interesante del mismo Celano: «El varón de Dios Francisco, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a éste se consagraba todo él, no sólo en el corazón, sino en el cuerpo. Como testigos presenciales y en cuanto es posible comunicar esto a los humanos, relatamos las maravillas de su oración, para que las imiten los que han de venir. Convertía todo su tiempo en ocio santo, para que la sabiduría le fuera penetrando en el alma, pareciéndole retroceder si no veía que adelantaba a cada paso. Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo; y los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres» (2 Cel 94). El hagiógrafo señala con fuerza el talante escatológico de la oración del Santo: la metáfora del muro o pared indica la corta distancia que, peregrino aún, lo separa de la patria celestial y la imagen de la sed subraya su ardoroso deseo de la gloria.

San Buenaventura (LM 10,1) precisa más algunos detalles: acentúa vigorosamente la separación de lo terreno como condición para la oración sin intermisión(cf. 1 Tes 5,17) y para la prelibación de la gloria del cielo; el cuidado del Santo, plenamente sumiso a la divina Providencia, en prevenir toda acción con la oración (cf. 1 Cel 35); las palabras del salmo 54,23 («Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará»), que cita san Buenaventura, evocan la costumbre de Francisco, según Celano (1 Cel 29), de decírselas a los hermanos que enviaba por el mundo.

* * *

Como síntesis de esta primera parte podemos decir que los motivos aducidos en los escritos para la oración continua son: 1) las palabras evangélicas que preceden a la parábola del juez inicuo (Lc 18,1), en tanto que el lugar clásico (1 Tes 5,17) nunca se aduce; 2) el ejemplo de Cristo que ora al Padre día y noche ante su Pasión; 3) la trascendencia de la divina majestad y bondad; 4) el peligro de ruina espiritual que amenaza a los ociosos; 5) finalmente, la oración continua brota del corazón dócil al impulso del «Espíritu del Señor» y purificado del afecto desordenado.

Las fuentes biográficas añaden algo a los escritos: 1) motivos para la oración continua: fervor espiritual, desconfianza en las propias fuerzas y confianza en la Providencia, enfermedades por las que el Santo da gracias a Dios, y el deseo de pregustar la felicidad futura; 2) su esfuerzo por orar siempre se manifestaba con las alabanzas a Dios y a la Virgen, con la acción de gracias, con el coloquio ferviente con Jesús, y con las súplicas que precedían y acompañaban toda su actividad; 3) dedicaba a la oración la mayor parte del día y, particularmente, de la noche; 4) los hagiógrafos ilustran la oración continua de Francisco con la imagen del fuego perpetuo del Antiguo Testamento, y con la del torrente de afectos que tienden constantemente hacia Dios.

II. FÓRMULAS DE ORACIÓN EN LOS ESCRITOS

Indicamos los escritos o partes de los mismos en que se cumple realmente la condición esencial de la oración, es decir, el esfuerzo personal por comunicarse con Dios. Queda fuera de nuestro propósito exponer el contenido de los mismos.

1. Oración ante el Crucifijo de San Damián . La primera entre todas en el tiempo; no posee, sin embargo, una autenticidad segura, aunque la petición de realizar el «santo y verdadero mandamiento» de Dios encuadre perfectamente con el contexto del suceso de San Damián y con toda la vida del Santo.

2. Te adoramos, Señor Jesucristo... (Test 5). Oración de inspiración litúrgica.

3. Oraciones en la Regla no bulada:

- En el cap. 17 encontramos esta oración: «Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno. Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,17-19).

- En el cap. 22 hallamos estas frases, que ya citamos antes y que cumplen bien las condiciones de la oración: «Y hagámosle siempre en nosotros habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo...» (1 R 22,27). Francisco termina este capítulo con palabras tomadas de la oración sacerdotal (Jn 17,6-26), que el Santo debía amar particularmente y que reproduce en su Carta a los fieles. En ellas contemplaba vivamente el Pobrecillo al Señor orando a su Padre celestial. Según la seductora opinión del P. Flood, el santo Fundador hizo insertar este capítulo en la Regla como testamento espiritual suyo cuando en 1219, ardoroso del martirio, tomó la nave hacia Egipto.

- El cap. 23 se intitula con razón oración y acción de gracias ya que en él, el Santo, conmovido, da gracias a Dios Padre, Señor del cielo y de la tierra, por nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo consolador, por la creación, la encarnación del Verbo, la redención y también por la realización plena de la justicia universal al fin de los tiempos. Según las conjeturas del P. Flood, este capítulo sería la exposición del género de vida franciscana que los hermanos, como un canto de alabanza, debían proponer a los hombres.

- Esta Regla se abre con la invocación: «¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!». El cap. 4, con las palabras: «¡En el nombre del Señor!». Igualmente, el epílogo del cap. 24 empieza «¡En el nombre del Señor!», y Francisco pide al Dios Uno y Trino por los que observarán esta forma de vida. Finalmente, la Regla concluye con la doxología breve: «Gloria al Padre...».

4. Carta a todos los fieles:

- Empieza por la invocación del nombre de Dios Trino: «En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén».

- El Pobrecillo, meditando los misterios de Cristo Redentor, escucha a Jesús en su repetida oración al Padre, en el huerto de Getsemaní, y cita a Mt 26,26 y siguientes (2CtaF 6-10).

- Enlaza la recitación de la oración dominical con el esfuerzo por la oración continua a partir de las exigencias de la vocación cristiana: «Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo, porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos» (2CtaF 21).

- Después de proclamar la estupenda gracia de la inhabitación de la Trinidad en el alma del justo, exulta por el Padre y por el Esposo del cielo, como también por ese «tal hermano» que, en la oración sacerdotal, rogó al Padre por nosotros (Jn 17,6ss; 2CtaF 54-60).

- Sigue una oración en la que el Santo invita a todas las criaturas a la alabanza de Dios, único bien, por tantos bienes como nos ha dado y nos dará por su Hijo Redentor (2CtaF 61-62).

- El epílogo se abre con la invocación de Dios Trino y se cierra con la bendición que el Santo pide para los que observen y divulguen este escrito (2CtaF 86-88).

5. Saludo a las Virtudes . Más que una alabanza es una oración de petición. El Santo pide al Señor que conserve él mismo las virtudes, presentadas, según el estilo alegórico poético de la Edad Media curial, como personas vivas. El hecho de que a las virtudes se les dé el nombre de «señora» o «reina», parece insinuar su unión con nuestro Señor Jesucristo.

6. Saludo a la Bienaventurada Virgen María. Independientemente de la cuestión discutida sobre la unión redaccional de este escrito con el anterior, es clara la semejanza entre ambos. Nadie duda de su autenticidad.

7. Alabanzas que se han de decir en todas las horas . Con este título se nos presenta un himno tejido de textos bíblicos y litúrgicos, y una oración final. La rúbrica que le antecede nos hace saber que Francisco las decía en todas las horas del día y de la noche y antes del oficio de la bienaventurada Virgen María.

8. Oficio de la Pasión . Responde de modo particular al objeto de nuestro estudio. Pues Francisco contempla en este Oficio votivo los misterios de Cristo según su celebración a lo largo del año litúrgico. Recoge y acomoda diversos versículos bíblicos, especialmente de los salmos, cual si fuera un mosaico, a un determinado suceso de la historia de la salvación. Le gusta sobre todo escuchar a Cristo que ora al «Padre santo». Contiene una Antífona invariable: «Santa Virgen María», que viene a envolver y engarzar los salmos de cada hora. Dicha la antífona, que hacía las veces de capítula, himno y oración, la hora terminaba con la doxología menor, Gloria. El Oficio votivo finalizaba con una doxología personal, que de forma muy destacada deja transparentar el espíritu de Francisco: «Bendigamos al Señor Dios vivo y verdadero: tributémosle siempre alabanza, gloria, honor, bendición y todos los bienes. Amén. Amén. Hágase. Hágase».

9. Regla bulada . No se encuentran en ella textos que tengan naturaleza de oración, excepto la invocación: «¡En el nombre del Señor!», que abre toda la Regla, y las palabras evangélicas de saludo: «Paz a esta casa» (Lc 10,5).

10. Autógrafo que S. Francisco dio a Fr. Leó . En él encontramos dos oraciones:

- Las Alabanzas del Dios altísimo: es una doxología en la que Francisco, agraciado recientemente con las llagas, da gracias al Señor Dios único, trino y uno, rey del cielo y de la tierra, alabándole por sus gloriosos atributos, distribuidos en forma de letanía.

- La Bendición al hermano León: «con ella Francisco desea a su compañero el refugio de Dios, su graciosa misericordia y la tranquila paz del alma».

11. Carta a toda la Orden. No faltan en ésta, otra de las más importantes cartas de Francisco, las fórmulas de oración:

- Comienza: «En el nombre de la suma Trinidad y de la santa Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén»; y en el prólogo se proclama el nombre de Jesucristo, Hijo del Altísimo (CtaO 1 y 4).

- En el contexto de la piedad eucarística, que Francisco inculca tanto en sus cartas, aparece su júbilo por la admirable grandeza y estupenda dignación del Señor de todo que «se esconde bajo una pequeña forma de pan» (CtaO 27).

- Después de la admonición de no celebrar más que una misa en cada lugar y en la fórmula del «Confiteor», en la cual Francisco, ausente del capítulo, confiesa sus pecados a Dios trino, a la bienaventurada Virgen María y a todos los santos, hay una confesión de fe en la Santísima Trinidad (CtaO 33 y 38).

- La Carta se cierra con la invocación de la bendición divina sobre los hermanos que conserven y observen este escrito, y con una oración de admirable densidad espiritual que comienza con estas palabras: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios...» (CtaO 50-52).

12. El Testamento . En él no sólo se recuerda la costumbre de adorar a Cristo Redentor («Te adoramos...», v. 5) y de saludar con las palabras evangélicas: «El Señor te dé la paz» (v. 23), sino que se incluye una oración en la que Francisco invoca la bendición de la Trinidad sobre los hermanos que cumplan los consejos indicados anteriormente (v. 40).

13. La oración que más ha universalizado el nombre de Francisco es el Cántico de las criaturas o Cántico del hermano Sol . Morando en San Damián, en el otoño de 1225, el Señor le confirmó la seguridad de su esperanza en el Reino de los cielos, cuando era duramente probado por sus enfermedades y los ratones. Entonces, exultante, compuso el Cántico de las criaturas (cf. 1 Cel 80). Poco después, con ocasión de la desavenencia entre el obispo y el «podestà» de la ciudad, compuso la estrofa de la paz (LP 84). Y al fin, al conocer que se acercaba la muerte, hizo introducir en el Cántico, antes de la última estrofa, la que se refiere a la muerte (LP 7). Aunque el Cántico nació en tres tiempos, sólo negará su unidad redaccional y espiritual quien no tenga presente la unidad tan estrecha con que aparecen en los escritos del Santo, el tiempo presente y la edad futura, la misericordia de Dios y su justicia, la creación contingente y la vida eterna.

De no habernos ceñido a las oraciones en sentido estricto, hubiésemos podido aducir un mayor número de textos. Conscientemente hemos callado aquellos lugares en que se prescribe o aconseja la oración, tanto a los hermanos como a los fieles.

III. LA VIDA DE SAN FRANCISCO
A LA LUZ DE LA ORACIÓN

1) Importancia de la oración durante su conversión

Presentaremos las afirmaciones de los biógrafos ordenadas cronológicamente en cuanto nos sea posible.

El impulso divino a la oración asidua comienza, según los biógrafos, cuando el joven Francisco, ayudando a su padre en el comercio de telas, siente en su interior la fuerza de la voz del amor de Dios que le insta a dar limosna a los pobres (1 Cel 17; TC 3; LM 1,1).

Después de la dura cautividad de Perusa y de la subsiguiente enfermedad, se decide Francisco, entre 1204 y 1205, a enrolarse en el ejército de Gualterio, soñando en los honores de la milicia. Pernoctando en Espoleto, tuvo lugar el memorable coloquio con el Señor que tan profundamente influiría en la trayectoria de su vida (cf. TC 6; 2 Cel 6; LM 1,3). Abandona la expedición militar y de nuevo los jóvenes de Asís le incitan a los banquetes sociales. Al salir de uno de ellos, mientras Francisco iba rezagado, «sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar» (TC 7; cf. 2 Cel 7).

Espoleado por esta experiencia, «se retira un poco del barullo del mundo y del negocio, y procura guardar en lo íntimo de su ser a Jesucristo» (1 Cel 6; cf. TC 8). Los Tres Compañeros añaden que «se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto. A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado; visitábalo con frecuencia, y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración» (TC 8).

El mismo año de 1205, va a Roma como peregrino. Y aunque los biógrafos no mencionen su oración ante el sepulcro del Príncipe de los Apóstoles, nadie la pondrá en duda (TC 10; 2 Cel 8; LM 1,6). Después, «retornó a Asís; y empezó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos. A nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios, que había comenzado a dirigir sus pasos, y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís» (TC 10).

Celano y los Tres Compañeros se completan al narrar cómo Francisco, en la soledad, «es instruido muchísimas veces con visitas del Espíritu Santo» (2 Cel 9), donde además es confortado por el Señor: «Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: "Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa"» (TC 11; cf. 2 Cel 9; LM 2,5).

Como efecto de esta voz interior viene el beso al leproso y la misericordia que mostraba a todos los «hermanos cristianos» (TC 11; 2 Cel 9; LM 1,6). La Leyenda de Perusa es la que da el nombre de «hermano cristiano» al leproso (LP 64). Mientras tanto, Francisco continúa su ejercicio fervoroso de oración. Celano describe incomparablemente las ansiedades de este período de transición y la esperanzada búsqueda de la luz divina (1 Cel 6; TC 12). Pues nuestro joven, seguro de la vocación divina, pero incierto todavía sobre el camino a seguir, consulta a un amigo y, sobre todo, implora en lo secreto la luz del Padre celestial (Mt 6,6), atormentado por la incertidumbre del futuro y por el recuerdo de sus pecados.

Quizá sea este el contexto en que deba colocarse la horrible visión de la mujer jorobada con la que el diablo intentaba apartarlo del camino iniciado: «Pero el valerosísimo caballero de Cristo, con menosprecio de las amenazas del diablo, oraba con fervor dentro de la cueva para que Dios se dignara encaminar sus pasos. Sufría grandes padecimientos y perplejidad de alma, y no podría descansar hasta que viera realizado el ideal concebido; era sacudido por diversos pensamientos que se iban sucediendo y perturbado duramente por su impertinencia. Ardía, con todo, en su interior el fuego divino, y no podía ocultar exteriormente el ardor de su alma; se dolía de haber pecado tan gravemente; ya no le deleitaban los males pasados ni presentes, pero todavía no había recibido la seguridad de preservarse de los futuros. Por eso, cuando salía de la cueva e iba donde su compañero, parecía transformado en otro hombre» (TC 12).

Durante este tiempo de lucha espiritual (otoño-invierno de 1205), se le anuncia que pronto conocerá el camino que ha de seguir, por lo que rebosa de gozo (1 Cel 7; TC 13). En este contexto espiritual colocan los Tres Compañeros la locución del Crucifijo de San Damián y la consiguiente herida mística con un afecto de compasión encendida (TC 13-14; 2 Cel 10-11; 3 Cel 2; LM 2,1). Bástenos citar las palabras que abren la narración de dicha experiencia: «A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así...» (TC 13; 2 Cel 10).

Consecuencias de la misma fueron: la entrega de dinero al capellán para la lámpara del Crucifijo (TC 13; 2 Cel 11); la sustracción de telas del comercio de su padre que, después de hacer la señal de la cruz como defensa, lleva a Foligno donde las vende junto con la caballería (1 Cel 8; TC 16). Esto le acarrea dificultades con su padre, quien busca al hijo que el capellán había recibido como huésped. Por ser «atleta novel de Cristo», Francisco se oculta durante casi un mes en una cueva, donde, como hemos ya visto: «Orando, bañado en lágrimas, pedía continuamente a Dios que lo librara de las manos de los perseguidores de su vida...» (1 Cel 10; TC 16; LM 2,2).

De vuelta a la casa paterna se ofrece valiente a las burlas de sus paisanos. «El siervo de Dios daba gracias a Dios por todo» (1 Cel 11; TC 17; LM 2,2). Celano nos cuenta que Francisco, liberado por su madre de la reclusión paterna, dio gracias a Dios y regresó a San Damián (1 Cel 13; TC 18; LM 2,3).

En la evolución de su conversión ocupa un lugar destacado la renuncia de todas sus cosas ante el obispo Guido II (enero-febrero 1206). Con su total desnudez Francisco simboliza y proclama tanto la profunda unión con Cristo crucificado como la total confianza en la providencia del Padre de los cielos, así como el comienzo de una nueva vida. Las palabras que entonces dijo fueron concomitantes con la acción: «Hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero como tengo propósito de consagrarme al servicio de Dios, le devuelvo el dinero por el que está tan enojado y todos los vestidos que de sus haberes tengo; y quiero desde ahora decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone» (TC 20; 1 Cel 14-15; 2 Cel 12).

Desembarazado por completo de todo apoyo terreno, el Pobrecillo se dirige hacia Gubbio «por el bosque cantando en lengua francesa alabanzas al Señor». Preguntado por unos ladrones quién era, responde: «Soy el pregonero del gran Rey» (1 Cel 16; LM 2,5).

En el verano de ese mismo año parece que volvió a su ciudad (1 Cel 18; TC 21). Los dos años empleados en la reparación de las iglesias de San Damián, San Pedro de Spina y Santa María de los Ángeles (1206-1208), los describen así los Tres Compañeros: «Entrando en la ciudad, como ebrio de espíritu, empieza a cantar alabanzas al Señor por plazas y barrios. Terminadas estas alabanzas, se pone a pedir piedras para reparar la dicha iglesia...» (TC 21). La misma fuente indica que Francisco era indiferente al desprecio y que «daba gracias a Dios con gran fervor de espíritu». Es digno de anotarse que ya en este tiempo señalan los Tres Compañeros, como hemos visto, el uso de las «Laudes», alabanzas al Señor (TC 21).

A este contexto biográfico se refiere la mendicación de alimentos en Asís: «Con esto se regocijó de tal manera en el Señor, que su cuerpo, débil y extenuado, sintió fortaleza para sobrellevar por el Señor con alegría todo lo más áspero y amargo. Y dio gracias a Dios por haberle cambiado lo amargo en dulce y por haberle confortado de múltiples maneras» (TC 22; 2 Cel 14).

La conversión de Francisco consigue su plena madurez cuando a principios de 1208, probablemente, escucha en Santa María de los Ángeles las palabras de la misión de los apóstoles (Mt 10,1-42; Mc 6,7-12; Lc 9,1-6), tanto en la celebración de la misa como en la posterior explicación del sacerdote, y que al instante gozoso comienza a llevar a la práctica (1 Cel 22; TC 25; LM 3,1). De dichas palabras toma, entre otras cosas, no la letra sino el sentido del anuncio «el Señor te dé la paz» (1 Cel 23; TC 26). Muy de notar es que dicho deseo se expresa en forma de pía obsecración u oración. Lo que indica que el afán franciscano por la paz se realiza más con la oración que con la persuasión.

2) Desde el principio de la Fraternidad hasta la confirmación de su proyecto de abrazar la vida religiosa (1208-1209)

Las fuentes primitivas dan testimonio suficiente de que la vida ejemplar de Francisco impulsó a otros hombres a su seguimiento. En cuanto a su primer discípulo, hay que afirmar, además, que el momento principal que provocó su conversión fue la oración nocturna del Santo, como hemos indicado más arriba (1 Cel 24; TC 27-28). Sólo destacamos aquí que, según los Tres Compañeros, al enterarse Francisco de la decisión de Bernardo, dio gracias a Dios (TC 27). De mañana fueron los dos con Pedro Catáneo a la iglesia de San Nicolás. Entraron en ella para orar y rogar al Señor que les manifestase su voluntad sobre la renuncia del siglo, por medio de la «suerte de los santos» o por la apertura al azar del Evangelio. Terminaba la oración, el Santo, de rodillas ante el altar, cogió el evangeliario y lo abrió tres veces, por devoción a la santísima Trinidad, encontrando los consejos del Señor: Mt 19,21; Lc 9,3 y Lc 9,23. Francisco, cada una de las veces, dio gracias a Dios por confirmarle su deseo y propósito (TC 28-29; 2 Cel 15; LM 3,3).

En la fiesta de San Jorge (23 Abril 1208), se le agregó Fr. Gil a quien encontró «al volver de la oración en el bosque» (Fr. León: Vida de Fr. Gil, n. 1).

Los cuatro primeros hermanos, «con indecible alegría y gozo del Espíritu Santo», se separaron. Dos de ellos permanecieron en Umbría, mientras que el Santo y Fr. Gil se dirigieron a las Marcas. «Yendo para las Marcas, se regocijaban vehementemente en el Señor, y el santo varón, cantando en francés en voz alta y clara las alabanzas del Señor, bendecía y glorificaba la bondad del Altísimo» (TC 32-33).

Cuando llegaron al número de siete, el Santo «se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionando con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!, comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre. Comenzó también a sentirse fuera de sí; contenidos los sentimientos y ahuyentadas las tinieblas que se habían ido fijando en su corazón por temor al pecado, le fue infundida la certeza del perdón de todos los pecados y se le dio la confianza de que estaba en gracia. Arrobado luego y absorto enteramente en una luz, dilatado el horizonte de su mente, contempló claramente lo que había de suceder. Cuando, por fin, desapareció aquella suavidad y aquella luz, renovado espiritualmente, parecía transformado ya en otro hombre» (1 Cel 26).

Esta experiencia mística dio a Francisco el poder de levantar los ánimos decaídos de sus discípulos, a los que, no mucho después, mandó venir desde «el bosque próximo a Santa María de la Porciúncula, adonde iban con frecuencia a ejercitarse en la oración» (TC 36). Y les habló del futuro de la orden «para que fiel y devotamente -les dijo- demos gracias al Señor Dios nuestro de todos sus dones» (1 Cel 28; TC 36).

De estos primeros días de la Fraternidad se nos dice también que el santo Fundador bendijo a los primeros discípulos, enviados a distintas regiones (TC 37), y que les decía: «Pon tu confianza en el Señor, que Él te sostendrá» (1 Cel 29). «Luego de haberles dicho esto y haberles dado la bendición, marcharon los hombres de Dios y observaron las exhortaciones de Francisco. Cuando encontraban alguna iglesia o cruz, se inclinaban para orar y decían devotamente: "Adorámoste, Cristo, y te bendecimos por todas tus iglesias que hay en el mundo entero, porque por tu santa cruz has redimido al mundo". Pues creían encontrar siempre un lugar sagrado allí donde se levantaba una cruz o una iglesia» (TC 37).

Los hermanos, una vez, cuando iban por el mundo, «a la hora de maitines se fueron a la iglesia más próxima para asistir al oficio. Después de amanecer fue la mujer a la misma iglesia. Vio allí que los dos hermanos continuaban en devota oración». Daban gracias a Dios si se les daba hospedaje; se alegraban en sus tribulaciones y gozosos pedían a Dios por sus perseguidores (TC 38-40; cf. 1 Cel 40; LM 4,7). La oración de Francisco vuelve a reunir de nuevo, en poco tiempo, a los hermanos distribuidos por las distintas partes del orbe (1 Cel 39).

La vida evangélica de los hermanos convertía la actitud hostil de los hombres en admiración. Una de las virtudes que se enumeran expresamente entre las que hacían cambiar la actitud enemiga de los hombres, es la devota e insistente oración, que así se nos describe: «Todos eran solícitos en hacer oración todos los días y en ocuparse en trabajos manuales para evitar en absoluto la ociosidad, que es enemiga del alma. Se levantaban con toda diligencia a media noche y oraban devotísimamente, con lágrimas copiosas y suspiros; se amaban con íntimo y mutuo amor, se servían unos a otros y se atendían en todo, como una madre lo hace con su único hijo queridísimo. Era su caridad tan ardorosa, que les parecía cosa fácil entregar su cuerpo a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por el bien del alma o del cuerpo de sus hermanos» (TC 41).

Cuando los que les habían ofendido, les pedían perdón, los hermanos respondían rápidamente: «El Señor os perdone» (TC 41).

3) Desde la confirmación pontificia de su proyecto de vida hasta el Concilio Lateranense IV (1209-1215)

Prescindimos de las vicisitudes de la confirmación de su «forma de vida» y nos fijamos únicamente en lo que es nuestro intento: señalar los testimonios de las fuentes que hablan de la oración del Santo.

Para el viaje de Asís a la Ciudad Eterna, los hermanos escogieron a Fr. Bernardo «como vicario de Cristo». «Caminaban alegres, hablaban palabras de Dios, sin que osaran decir nada que no se refiriera a la alabanza y gloria de Dios y a la utilidad del alma, y frecuentemente se dedicaban a la oración» (TC 46).

Inocencio III ruega a Francisco que ore al Señor: «Hijo, ve y pide a Dios que se digne revelarte si esto que buscáis procede de su voluntad, para que, siendo Nos sabedor del divino beneplácito, accedamos a vuestros deseos» (TC 49; 2 Cel 16; LM 3,9). Efectivamente, según Celano, Francisco «recurre confiado a Cristo, ora con insistencia y exhorta a los compañeros a orar devotamente a Dios» (2 Cel 16). Los biógrafos afirman que se le dio al Pobrecillo respuesta «en espíritu y en una parábola». Francisco expuso la parábola de la mujer hermosa, que dio a su esposo hijos en el desierto, y el Santo Padre reconoció que Cristo hablaba en él (LM 3,10; 2 Cel 16-17; TC 50-51).

«San Francisco con sus hermanos, pletóricos de gozo por los dones y beneficios de tan gran padre y señor, dio gracias a Dios omnipotente» (1 Cel 34; TC 52), y, de camino hacia el valle de Espoleto, se detienen cerca de Orte, donde mendigan el alimento que comen «con acción de gracias y gozo del corazón» (1 Cel 34; TC 52-53).

Cerca de Asís, en el lugar llamado Rivotorto, escogieron un tugurio abandonado. «Francisco escribía el nombre de los hermanos en los maderos de la choza para que, al querer orar o descansar, reconociera cada uno su puesto y lo reducido del lugar no turbase el recogimiento del espíritu» (1 Cel 44; TC 55). Lo que dice Celano en general de los primeros años se adapta bien al breve espacio de tiempo pasado en Rivotorto: «Rarísima vez, por no decir nunca, cesaban en las alabanzas a Dios y en la oración. Se examinaban constantemente, repasando cuanto habían hecho, y daban gracias a Dios por el bien obrado, y reparaban con gemidos y lágrimas las negligencias y ligerezas. Se creían abandonados de Dios si no gustaban de continuo la acostumbrada piedad en el espíritu de devoción. Cuando querían darse a la oración, recurrían a ciertos medios que se habían ingeniado... para que el sueño no turbara la oración» (1 Cel 40; cf. 1 Cel 41).

Celano supone que por este tiempo los primeros hermanos pidieron al santo Fundador que les enseñase a orar. Como desconocían el Oficio divino, les recomendó la recitación del padrenuestro y del «Adoramus te» (1 Cel 45; TC 37). Además, debemos dar fe al Doctor Seráfico cuando asegura que los hermanos, en el tugurio indicado, «se entregaban de continuo a las preces divinas, siendo su oración devota más bien mental que vocal, debido a que todavía no tenían libros litúrgicos para poder cantar las horas canónicas. Pero en su lugar repasaban día y noche con mirada continua el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra de su Padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo» (LM 4,3).

Este es también el momento de recordar el relato de la aparición nocturna de Francisco en un carro de fuego. Al relato, el hagiógrafo hace preceder lo siguiente: «Caminando los hermanos en simplicidad ante Dios y con confianza ante los hombres, merecieron por aquel tiempo el gozo de la divina revelación. Mientras, inflamados del fuego del Espíritu Santo, cantaban el paternóster con voz suplicante, en melodía espiritual, no sólo en las horas establecidas, sino en todo tiempo, ya que ni la solicitud terrena ni el enojoso cuidado de las cosas les preocupaba, una noche el beatísimo padre Francisco se ausentó corporalmente de su presencia» (1 Cel 47). Mientras algunos hermanos dormían y otros oraban devotamente en silencio, Francisco entró en el tugurio en forma de globo resplandeciente sobre un carro en llamas.

La estancia en Rivotorto se interrumpe con la llegada de un rústico con su asno (1209-1210). Francisco entonces habló así a los hermanos «que estaban entonces haciendo oración en absoluto silencio»: «Bien sé, hermanos, que el Señor no nos ha llamado para preparar albergue a ningún asno ni para recibir frecuentes visitas de hombres, sino para que nos dediquemos principalmente a la oración y acción de gracias, predicando de tanto en tanto a los hombres el camino de la salvación y dándoles consejos saludables» (TC 55; 1 Cel 44).

De Rivotorto marcharon a la casita junto a Santa María de los Ángeles, donde ya habían estado (1 Cel 44; TC 55). Aquí empezaron a morar de manera estable algunos hermanos, a los que el santo Fundador les dio, según parece, peculiares normas de vida. La Leyenda de Perusa coincide substancialmente con lo que de forma más concisa nos dice Celano: «Aunque este lugar ya era santo, los hermanos, sin embargo, conservaban su santidad con la continua oración de día y de noche y observando constantemente el silencio; y, si alguna vez hablaban después de la hora fijada para el silencio, era para tratar, con la mayor devoción y del modo más discreto, de las cosas que se referían a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Cuando acontecía -lo que era raro- que algún hermano iniciaba una conversación inútil u ociosa, enseguida era advertido por otro. Mortificaban su cuerpo no sólo con el ayuno, sino también con frecuentes vigilias, el frío, la desnudez y el trabajo de sus manos. Con frecuencia, para no estar ociosos, iban a ayudar a los pobres en sus campos; y éstos alguna vez les daban pan por el amor de Dios» (LP 56; cf. EP 55 y 2 Cel 19).

El texto señala especialmente los siguientes aspectos: la oración continua, así como el ambiente contemplativo que defendían con el silencio y la clausura.

A la Porciúncula se refiere el relato de los Tres Compañeros, con el que concuerda en parte la Leyenda de Perusa: «Un día iba Francisco solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: "Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo". Y el buen hombre comenzó, asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz. Muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas» (TC 14; LP 78; 2 Cel 11).

Lo mismo hay que decir sobre el hecho de que el Santo, más de una vez, cogiese un palo y un arco a modo de violín y «cantaba al Señor en francés». Estas alabanzas frecuentemente se convertían en lágrimas de compasión por Cristo crucificado (2 Cel 127).

El mismo contexto refleja la narración en la que el obispo Guido II pierde el habla al entrar, sin ser invitado, en la celda de Francisco mientras éste oraba (2 Cel 100; LP 54; LM 10,5); o la regla dada por el Santo, durante su estancia en Santa María de los Angeles, contra las palabras ociosas: rezar la oración dominical junto con las Alabanzas del Señor (LP 56). ¿De qué Alabanzas se trata? Creemos que no se refiere a las Alabanzas que Francisco acostumbraba recitar antes de las Horas del Oficio divino o del Oficio votivo, sino de una fórmula más breve: «Loado sea el Señor Dios» (LP 74).

Sabor primitivo tiene también la alabanza de Francisco al hermano que, cuando volvía de Asís a Santa María de los Angeles, «cerca ya del lugar, rompió a cantar, alabando al Señor en voz alta» (2 Cel 76; LP 98). Por lo demás, los hermanos que iban a mendigar, al entrar en las casas, debían decir antes: «Alabado y bendito sea el nombre de Dios», y luego debían pedir: «Dadnos una limosna por el amor del Señor Dios». A la alabanza divina debían añadir: «Dadnos una limosna por el amor del Señor Dios» (LP 97; cf. EP 23).

En 1211, «ardiendo en vehementes deseos de sagrado martirio, quiso pasar a Siria» (1 Cel 55). Quizá convengan estas palabras del hagiógrafo al tiempo en que Francisco con su compañero subieron ocultamente a la nave que se dirigía a Ancona: «Buscaba siempre lugares escondidos, donde no sólo en el espíritu, sino en cada uno de los miembros, pudiera adherirse por entero a Dios. Cuando, estando en público, se sentía de pronto afectado por visitas del Señor, para no estar ni entonces fuera de la celda hacía de su manto una celdilla; a veces -cuando no llevaba el manto- cubría la cara con la manga para no poner de manifiesto el maná escondido. Siempre encontraba manera de ocultarse a la mirada de los presentes, para que no se dieran cuenta de los toques del Esposo, hasta el punto de orar entre muchos sin que lo advirtieran en la estrechez de la nave. En fin, cuando no podía hacer nada de esto, hacía de su corazón un templo» (2 Cel 94; cf. 1 Cel 55).

En 1212, en la noche del 18 al 19 de marzo, santa Clara corre a la capilla de Santa María de la Porciúncula, donde los hermanos «velaban la sagrada vigilia» (LCl 8). Entre las virtudes de las Señoras Pobres, que Celano canta, señala: «... han merecido la más alta contemplación en tal grado, que en ella aprenden cuanto deben hacer u omitir, y se saben dichosas abstraídas en Dios, aplicadas noche y día a las divinas alabanzas y oraciones» (1 Cel 20).

Al año 1214 parece responder la narración de la tentación padecida por san Francisco durante la noche pasada en oración en la iglesia de San Pedro de Bovara: «Se levantó al punto, salió fuera de la iglesia y se santiguó, diciendo: "Demonios, yo os mando de parte de Dios todopoderoso: podéis hacer sufrir a mi cuerpo todo lo que os conceda nuestro Señor Jesucristo; estoy dispuesto a soportarlo, pues no tengo mayor enemigo que mi cuerpo; vosotros me vengaréis así de este adversario y enemigo mío". Al instante desaparecieron las tentaciones. Vuelto al lugar donde se había acostado, descansó y durmió apaciblemente. A la madrugada estaba de regreso el hermano Pacífico. El bienaventurado Francisco estaba ante el altar en el interior del coro; el hermano Pacífico quedó y le esperó fuera del coro, orando también él al Señor delante del crucifijo» (LP 65; cf. EP 59).

Algunos autores adscriben al año 1215, no sin fundamento en las fuentes, el renovado afán por la predicación. En este contexto hay que colocar, al parecer, la predicación de Francisco a las aves: «Mis hermanas aves: mucho debéis alabar a vuestro Creador y amarle de continuo, ya que os dio plumas para vestiros, alas para volar y todo cuanto necesitáis. Os ha hecho nobles entre sus criaturas y os ha dado por morada la pureza del aire. No sembráis ni recogéis, y, con todo, Él mismo os protege y gobierna, sin preocupación alguna de vuestra parte» (1 Cel 58; 3 Cel 20; LM 12,3). «El bienaventurado Padre reemprendió el camino con sus compañeros y, gozoso, daba gracias a Dios» (1 Cel 58).

De este acontecimiento, aparte la innata sensibilidad del Pobrecillo frente a la belleza (cf. 1 Cel 3), parte su inclinación a la contemplación mística del Creador en las criaturas. No podemos detenernos en el tema. Simplemente indicamos algunos lugares, cuya fecha no es posible determinar: así, por ejemplo, «¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad?» (1 Cel 80); cómo el mundo era para Francisco espejo, escala, huella de la bondad de Dios (2 Cel 165), y cómo daba el nombre de hermanas a todas las criaturas (1 Cel 81; 2 Cel 185), manifestando especial afecto a aquellas que podían ofrecerle alguna semejanza alegórica con el Hijo de Dios (1 Cel 80; 2 Cel 185).

Todos los biógrafos subrayan la alabanza de Francisco a Dios por sus criaturas. Hablando de las abejas dice Celano: «Deshacíase en alabanzas, a gloria del Señor, ponderando su laboriosidad y la excelencia de su ingenio; tanto que a veces se pasaba todo un día en la alabanza de estas y de las demás criaturas. Como en otro tiempo los tres jóvenes en la hoguera invitaban a todos los elementos a loar y glorificar al Creador del universo, así este hombre, lleno del espíritu de Dios, no cesaba de glorificar, alabar y bendecir en todos los elementos y criaturas al Creador y Gobernador de todas las cosas» (1 Cel 80; cf. también: 1 Cel 61; 2 Cel 170-171; LP 110; LM 4,3; 8,7 y 9,1).

No es posible precisar el año de los milagros realizados por Francisco, después de orar y en el nombre de Jesucristo, en las ciudades de Toscanella, San Gemini y Città di Castello (1 Cel 65 y 69-70). Lo mismo hay que decir del encuentro de Francisco con un «hombre pobre y enfermo», juzgado mal por su compañero, a quien Francisco reprendió severamente y castigó, diciéndole: «¿Quieres que te diga cómo has pecado contra ese pobre y hasta contra el mismo Cristo?». Y añadió: «Cuando ves a un pobre, debes pensar en Aquel en cuyo nombre se te acerca, es decir, en Cristo, que vino a tomar sobre sí nuestra pobreza y nuestras dolencias. La pobreza y la enfermedad de este hombre son un espejo en el que debemos ver piadosamente la pobreza y el dolor que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo para salvar al género humano» (LP 114; cf. EP 37).

4) Desde el Concilio IV de Letrán al nombramiento de Pedro Catáneo como Vicario (1215-1220)

Francisco estuvo, con toda probabilidad, en el Concilio de Letrán (1215). Muchos autores creen en la conexión de la devoción de Francisco al signo "Tau" con el discurso con que Inocencio III abrió el Concilio. He aquí las palabras del hagiógrafo sobre esta devoción, sus formas y su significación espiritual: «La señal de la tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3). «Se ha de notar que el Santo veneraba con gran afecto dicho signo: lo encomiaba frecuentemente en sus palabras y lo trazaba con su propia mano al pie de las breves cartas que escribía, como si todo su cuidado se cifrara en grabar el signo tau -según el dicho profético- sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen (Ez 9,4), convertidos de veras a Cristo Jesús» (LM 4,9; 2 Cel 106).

También la piedad eucarística de Francisco, aunque no arranque del Concilio, recibió de él gran incremento. El encuentro con Jacobo de Vitry (con ocasión de la muerte de Inocencio III el 16-Julio-1216), quien sin duda le habló del movimiento espiritual de las Beguinas en lo que hoy es Bélgica, hizo crecer aún más su piedad eucarística. A ella se refieren los consejos de Francisco al capítulo general, tenido en Santa María de los Ángeles, y que nos transmiten los Tres Compañeros: «Exhortaba con solicitud a los hermanos a que guardaran fielmente el santo Evangelio y la Regla que habían prometido. Y, sobre todo, a que tuvieran gran reverencia y devoción a los divinos oficios y ordenaciones eclesiásticas, oyendo devotamente la misa y adorando con rendida devoción el cuerpo del Señor. Quería también que los sacerdotes que administran los sacramentos venerandos y augustos fueran singularmente honrados por los hermanos, de suerte que donde los encontraran les hicieran inclinación de cabeza y les besaran las manos...» (TC 57).

Su piedad eucarística se manifestaba en su afán por participar diariamente, si le era posible, en el sacrificio eucarístico (2 Cel 201 y 185), en la comunión frecuente, según la costumbre de entonces (2 Cel 201; LM 9,2), en el ardor con que buscaba la limpieza y el decoro en las iglesias, vasos y demás utensilios referentes a la eucaristía (2 Cel 201; LP 60), en su especial reverencia a los sacerdotes (1 Cel 46 y 62; 2 Cel 8 y 201) y, por último, en su devoción a las palabras de la consagración (1 Cel 82).

Al repartir a sus hermanos por las regiones ultramontanas y ultramarinas en el capítulo de Pentecostés de 1217, Francisco escoge, después de «orar y hacer orar a los hermanos, como tenía costumbre, para que el Señor le inspirase a dónde debía encaminarse según el deseo de Dios..., la provincia de Francia... que profesa la más grande devoción al Cuerpo de Cristo» (LP 108; cf. EP 65).

En este mismo capítulo, o poco antes, es probable que regulase la recitación del Oficio divino. Pues los Tres Compañeros, en los párrafos dedicados a describir las tareas capitulares, hacen notar que: «Acabado el capítulo, daba la bendición a los hermanos y destinaba a cada uno a su provincia... Una vez recibida su bendición, marchaban con gran alegría por el mundo como peregrinos y forasteros, sin llevar otra cosa para el camino que los libros para rezar las horas» (TC 59).

Francisco, desde su ordenación de diácono, debía recitar diariamente las horas canónicas (TC 52). Según Celano, Francisco las recitaba «temeroso de Dios a par de devoto» y, a pesar de sus enfermedades, sin arrimarse al muro o pared, y parándose o bajando de la cabalgadura cuando iba de viaje (2 Cel 96; LP 119-120; EP 94). De su preocupación por desechar las distracciones, moscas las llamaba, Celano da testimonio, ilustrándolo además con esta pequeña narración: «Durante una cuaresma, con el fin de aprovechar bien algunos ratos libres, se dedicaba a fabricar un vasito. Pero un día, mientras rezaba devotamente tercia, se deslizaron por casualidad los ojos a mirar detenidamente el vaso; notó que el hombre interior sentía un estorbo para el fervor. Dolido por ello de que había interceptado la voz del corazón antes que llegase a los oídos de Dios, no bien acabaron de rezar tercia, dijo de modo que le oyeran los hermanos: "¡Vaya trabajo frívolo, que me ha prestado tal servicio, que ha logrado desviar hacia sí mi atención! Lo ofreceré en sacrificio al Señor, cuyo sacrificio ha estorbado". Dicho esto, tomó el vaso y lo quemó en el fuego. "Avergoncémonos -comentó- de vernos entretenidos por distracciones fútiles mientras hablamos con el gran Rey durante la oración"» (2 Cel 97; LM 10,6).

Según Celano, Francisco quería que todos cuantos pudieran acudiesen al oratorio y allí salmodiasen con atención, «porque en el coro se salmodia en presencia de los ángeles» (2 Cel 197).

En cierto capítulo Francisco dio a sus hermanos este maravilloso consejo: ««Tal debería ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente» (TC 58).

A los hermanos que debían haberle acompañado a Francia les ordenó: ««En el nombre del Señor, id de dos en dos en compostura y, sobre todo, en silencio, orando al Señor en vuestros corazones desde la mañana hasta después de tercia. Evitad las palabras ociosas o inútiles, pues, aunque vayáis de camino, vuestro comportamiento debe ser tan digno como cuando estáis en el eremitorio o en la celda. Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco le sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano del hombre» (LP 108; cf. EP 65).

Al llegar a Arezzo, se dio cuenta de la próxima ruina de la ciudad a causa de las luchas intestinas. Apenado, envió a Fr. Silvestre, sacerdote, para que expulsase a los demonios: «El hermano Silvestre se levantó, marchó a la entrada de la ciudad y gritó con todas sus fuerzas: "Loado y bendito sea el Señor Jesucristo...". Y gracias a la bondad de Dios y a la plegaria del bienaventurado Francisco, sin más predicación, se restablecieron al poco tiempo la paz y concordia entre aquellos ciudadanos» (LP 108).

Junto con la constitución de provincias el año 1217, comenzaron a celebrarse -de acuerdo con la mente del Concilio de Letrán- capítulos provinciales. El Seráfico Doctor dice: «Como quiera que Francisco no podía asistir personalmente a ellos, procuraba estar presente en espíritu mediante el solícito cuidado y atención que prestaba al régimen de la Orden, con la insistencia de sus oraciones y la eficacia de su bendición, aunque alguna vez -por maravillosa intervención del poder de Dios- apareció en forma visible» (LM 4,10; cf. 1 Cel 48).

De tiempo incierto es el relato de la indignación de san Francisco por el escándalo de dos frailes que llevaban la barba más larga. Oído lo cual: «Se levantó de pronto el Santo y, tendidas las manos al cielo, prorrumpió, bañado en lágrimas, en estas palabras de oración, o mejor, de imprecación: "Señor Jesucristo, que elegiste a los apóstoles en número de doce, del cual, si bien cayera uno, no obstante, los demás, unidos a ti, predicaron el santo Evangelio llenos de un mismo espíritu. Tú, Señor, acordándote de tu antigua misericordia, has plantado en esta hora postrera la Religión de los hermanos para sostenimiento de tu fe y para llevar a cabo por ellos el misterio de tu Evangelio. ¿Quién dará satisfacción por ellos en tu presencia si, en el ministerio para el que fueron enviados, no sólo no dan ejemplos de luz a todos, sino que les muestran obras de las tinieblas? De ti, santísimo Señor, y de toda la corte celestial y de mí, pequeñuelo tuyo, sean malditos los que con su mal ejemplo confunden y destruyen lo que por los santos hermanos de esta Orden has edificado y no cesas de edificar"» (2 Cel 156; LM 8,3).

Faltando en las fuentes precisión cronológica, recordamos aquí, por la semejanza de argumento, el testimonio de los biógrafos sobre las angustias de san Francisco por los malos ejemplos de algunos frailes. Turbado, se daba a la oración y decía: «Señor, te confío la familia que me diste». A lo que, se dice, el Señor respondió prometiendo que la Orden se conservaría incólume (LP 112; Cel 158).

Según afirma Celano, «fue siempre costumbre del Santo no echarse a las espaldas la oración que se le pedía, sino cumplir cuanto antes la promesa de hacerla» (2 Cel 101; cf. 2 Cel 118).

El deseo del martirio impulsó al Santo, celebrado el capítulo de 1219, a tomar una nave para ir a Egipto. Aunque el Sultán había prometido que daría un «besante de oro» a todo el que le llevara la cabeza de un cristiano, «el intrépido caballero de Cristo Francisco, con la esperanza de ver cumplido muy pronto su proyecto de martirio, se decidió a emprender la marcha sin atemorizarse por la idea de la muerte, antes bien estimulado por su deseo. Y así, después de haber hecho oración y confortado por el Señor, cantaba confiadamente con el profeta: Aunque camine en medio de las sombras de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo (Sal 22,4)» (LM 9,7).

Si Francisco -antes de volver a Italia (1220)- visitó Palestina como piadoso peregrino, no está probado con documentos ciertos, aunque no falten argumentos que hacen tal viaje religioso posible. El haber estado al menos cercano a los santos lugares de la vida y muerte de Jesucristo ejerció sobre él influencia espiritual, pues poco después renovó el misterio de Navidad escénica y sacramentalmente; y revivió en sí mismo el misterio de la Cruz, hecho, mediante las llagas, imagen viviente del Crucificado.

5) Desde la concesión de un Cardenal Protector hasta la confirmación de la Regla bulada (1220-1223)

Durante la estancia de Francisco en Oriente, la Fraternidad evangélica se ve amenazada por una no pequeña crisis. Por lo que, apenas vuelve a Italia, se dirige a Honorio III para encomendar la Orden a la santa Iglesia romana y pedirle al Cardenal Ostiense con el fin de que «los hermanos puedan recurrir en sus necesidades a él y beneficiarse con su amparo y dirección» (2 Cel 25; cf. 1 Cel 73-75 y 99-101). Según los Tres Compañeros, el mismo cardenal se ofreció, «dispuesto a dar apoyo, consejo y protección» a la Orden. «El bienaventurado Francisco dio gracias a Dios» por haberse dignado inspirarle al cardenal que los recibiese bajo su protección (TC 61).

El año 1220, probablemente en el capítulo de Pentecostés (17 de mayo), Francisco nombró vicario suyo a Pedro Catáneo. En dicho capítulo, después de renunciar al ejercicio de superior y de haber prometido obediencia a Pedro Catáneo, «juntas las manos y alzados los ojos al cielo, dijo: "Señor, te recomiendo la familia que me has confiado hasta ahora. Y porque no puedo tener el debido cuidado de ella por las enfermedades que tú, dulcísimo Señor, conoces, la dejo en manos de los ministros"» (2 Cel 143).

El relato de Celano sobre la bolsa de dinero que el compañero de Francisco quiso recoger del suelo, parece que haya que situarlo por los años 1221-1222, cuando el Santo regresó de Oriente. Al insistir el compañero en su intento, Francisco «llama a un joven que estaba en el camino sentado en el brocal de un pozo, para que por la palabra de dos o tres testigos brille el misterio de la Trinidad. Llegados los tres al lugar de la bolsa, la ven hinchada de monedas. El Santo no deja acercarse a ninguno de los dos, por que se descubra, mediante la oración, el engaño del diablo. Alejándose como a un tiro de piedra, se pone a orar devotamente. Vuelto de la oración, manda al hermano que levante la bolsa, la cual, en virtud de su oración, contenía una culebra en lugar de dinero» (2 Cel 68; LM 7,5).

Entre 1220 y 1223 hay que colocar el intento de Fr. Pedro Catáneo o de Fr. Elías de construir en el lugar de la Porciúncula «una pequeña casa para los hermanos de aquel lugar, a fin de que pudieran descansar y decir las horas» (LP 56). También a este tiempo puede referirse la doble narración del hermano separado de la unidad de la Orden, a quien Francisco con su oración lo libró del engaño diabólico (2 Cel 32-33), así como el caso del hermano que buscaba librarse de la obediencia al vicario; el Pobrecillo con su oración hizo huir la tentación (3 Cel 34; cf. LP 116; 2 Cel 28; LM 11,10; 2 Cel 118).

Este es el momento de recordar también la gravísima tentación de lujuria que el santo Fundador padeció en el eremitorio de Sarteano, en invierno y de noche, en año imposible de determinar, la que superó con oración y disciplinas y haciendo burla del diablo con figuras de nieve. Con esto, «el diablo huye al instante confuso y el Santo se vuelve a la celda glorificando al Señor» (2 Cel 116-117).

Después que dejó el ministerio de ministro general, se veía el santo Fundador acorralado más frecuentemente por preocupaciones y precisamente, entre otras razones, porque le parecía que los abusos que se introducían en la Orden en continuo crecimiento, no podía atajarlos. A tal estado de ánimo se refiere el coloquio con el Señor, ya indicado arriba (2 Cel 143), y las palabras que con frecuencia repitió a los hermanos en capítulo y en las lecturas espirituales en común: «He resuelto y he prometido guardar la Regla; los hermanos se obligaron también a observarla... Pues he aprendido del Señor, y estoy seguro de ello, que, aunque la enfermedad no fuera razón suficiente para retirarme, el mayor servicio que puedo prestar a la Religión es pedir al Señor todos los días que la gobierne, la conserve, la proteja y la defienda» (LP 112).

Refieren algunos compañeros, sin precisar el tiempo, que cuando los hermanos no atendían a Francisco en sus necesidades, o le decían algo que pudiese alterarle, se retiraba al instante a la oración. Al volver, lo había olvidado todo (LP 11).

Es difícil determinar el año en que predicó a las clarisas, no con palabras sino con el ejemplo. Lo más probable, sin embargo, es que se refiera al tiempo del ministerio de Fr. Elías. «Estando en San Damián el Padre santo, e incitado con incesantes súplicas del vicario a que expusiera la palabra de Dios a las hijas, vencido al fin por la insistencia, accedió. Reunidas, como de costumbre, las damas para escuchar la palabra de Dios y no menos para ver al Padre, comenzó éste a orar a Cristo con los ojos levantados al cielo, donde tenía puesto siempre el corazón. Ordena luego que le traigan ceniza; hace con ella en el suelo un círculo alrededor de sí y la sobrante se la pone en la cabeza. Al ver ellas al bienaventurado Padre que permanece callado dentro del círculo de ceniza, un estupor no leve sobresalta sus corazones. De pronto, se levanta el Santo y, atónitas ellas, recita el salmo Miserere mei, Deus por toda predicación. Terminado el salmo, sale afuera más que deprisa» (2 Cel 207). El sentido de esta predicación, tan callada como elocuente, parece que fue representar al vivo, ante las Señoras Pobres, el desprecio del mundo en una especie de escénica anticipación de la muerte.

Según dos de las fuentes, el Pobrecillo sufrió por más de dos años una gravísima tentación del espíritu. Al no señalar ni el término a quo o ad quem, ni insinuar el objeto de la tentación espiritual, es difícil ensamblar tal relato con el orden cronológico. No obstante, aventurando una hipótesis, se trataría de la insistente preocupación por el creciente número de los hermanos y por su difusión en distintas regiones, todo lo cual hacía necesaria la adaptación del primitivo género de vida evangélica. La ansiedad de Francisco consistía, al parecer, en la duda de si tal evolución era según la voluntad divina. Durante el dolor de esta noche mística, «se angustiaba y se colmaba de dolores, maltrataba y maceraba el cuerpo, oraba y lloraba amargamente. Tal combate se prolongaba por años; hasta que un día, mientras oraba en Santa María de la Porciúncula, oyó en espíritu una voz: "Francisco, si tienes fe como un grano de mostaza, dirás a esta montaña que se traslade, y se trasladará" (Mt 17,19). "Señor -respondió el Santo-, ¿cuál es la montaña que quisiera yo trasladar?". Y oyó de nuevo: "La montaña es tu tentación". Y él, llorando, dijo: "Señor, hágase en mí como has dicho". Puesta en fuga al instante toda tentación, queda librado y se aquieta del todo en su interior» (2 Cel 115; LP 63). Bien pensado todo, es probable que esta experiencia tuviese lugar entre 1221 y 1223, y no después de la confirmación de la Regla bulada en 1223.

Considerando los ministros que la Regla no bulada no respondía ya a las nuevas circunstancias de la Fraternidad, rogaron a Francisco que redactase otra más acomodada a las necesidades del creciente número de hermanos. Primero Celano y después san Buenaventura describen las circunstancias de la visión acerca de la Regla: «Estando ya muy extendida la Orden, quiso Francisco que el papa Honorio le confirmara para siempre la forma de vida que había sido ya aprobada por su antecesor el señor Inocencio. Se animó a llevar adelante dicho proyecto, gracias a la siguiente inspiración que recibiera del Señor. Parecíale que recogía del suelo unas finísimas migajas de pan que debía repartir entre una multitud de hermanos suyos famélicos que le rodeaban. Temeroso de que al distribuir tan tenues migajas se le deslizaran por las manos, oyó una voz del cielo que le dijo: "Francisco, con todas las migajas haz una hostia y da de comer a los que quieran"» (LM 4,11; 2 Cel 209). Al no comprender el Santo semejante visión, la cuenta a los compañeros y, « permaneciendo él en vela en oración», el mismo Señor le explica su sentido (2 Cel 209).

El Seráfico Doctor afirma expresamente que Francisco con dos compañeros, Fr. León y Fr. Bonicio (LP 17), subió a un monte donde, ayunando a pan y agua, hizo escribir la Regla «tal como el Espíritu divino se lo sugería en la oración» (LM 4,11). Sin necesidad de pensar en un influjo divino bajo forma de dictado, es de notar, sin embargo, el ambiente de oración en el que nació la definitiva «forma de vida». Lo mismo se deduce del testimonio de la Leyenda de Perusa, según la cual Francisco «hizo también escribir en la Regla muchas cosas que pedía al Señor en asidua oración y meditación para utilidad de la Religión», a saber, los preceptos de la Regla sobre la pobreza (LP 101); su espíritu se afligía al ver que los hermanos, dedicados al gobierno de la Orden o al estudio, hacían inútil con sus distinciones «lo que con mucho trabajo de oración y meditación había conseguido por la misericordia de Dios» (LP 101).

Francisco fue a Roma probablemente en el otoño de 1223 para someter al juicio de la Sede Apostólica el esquema de la Regla. Allí trató de este asunto, según parece, con el cardenal Hugolino, protector de la Orden, y con el cardenal León Brancalone, amigo personal suyo. Éste último invitó a Francisco a permanecer con él algunos días, ofreciéndole una casa retirada. Fray Argel Tancredo, uno de los doce primeros hermanos, que moraba con el cardenal, dijo a Francisco: «Hermano, hay cerca de aquí, en la muralla de la ciudad, una bella torre amplia y espaciosa, con nueve galerías. Allí podrás encontrarte tan apartado del bullicio como en un eremitorio». Después de inspeccionar la torre, Francisco decidió permanecer allí con su compañero. Pero el Santo, que deseaba quedarse allí retirado como en una cárcel y no hablar más que con su compañero, ya la primera noche, queriendo descansar después de la oración, fue molestado duramente por el diablo, y, reuniéndose con su compañero, inquiría las razones del ataque diabólico. Los diablos, a veces, actúan como ministros para los fines del Señor, pero, «en cuanto a mí -decía Francisco-, puedo decir que, por la gracia y bondad de Dios, no veo falta alguna de la que no me haya purificado por la confesión y satisfacción. Más aún, en su misericordia, me ha concedido el don de conocer en la oración las cosas en que le puedo agradar o desagradar» (LP 117; cf. 2 Cel 119-120).

De vuelta al Valle de Rieti, iba a caballo por el empeoramiento de sus enfermedades. No obstante la lluvia, «para recitar sus horas se apeó y se mantuvo de pie a la orilla del camino a pesar de la lluvia, que le calaba completamente. Él decía: "Si el cuerpo quiere estar sosegado y tranquilo para tomar un alimento que vendrá a ser comida de los gusanos juntamente con él, con cuánta paz y serenidad debe tomar el alma su alimento, que es Dios mismo"» (LP 120; 2 Cel 96).

6) Desde la representación escénica de la Navidad hasta la recepción de las llagas (1223-1224)

No evocaremos aquí ampliamente la representación escénica de la Navidad del Señor por Francisco. Nos fijaremos solamente en aquellos puntos que ilustran la vida de oración del Santo.

Morando probablemente en Fonte Colombo, tras el regreso de Roma, llamó Francisco, quince días antes de la Navidad, a Juan de Greccio y le propuso: «Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén» (1 Cel 84). El hagiógrafo, señalando la fuente espiritual de la que nació tal deseo, asegura: «La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84).

Se prepara el pesebre, colocan un poco de heno y sobre él la imagen de Jesús Niño. La noche brilla de cirios y antorchas y la selva resuena de cánticos. En el oratorio del eremitorio, nos parece, «cantan los hermanos las alabanzas del Señor». Con la misa solemne que un hermano sacerdote celebró, por concesión pontificia, sobre el altar portátil, «Greccio se convierte en una nueva Belén». «El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo» (1 Cel 85). Canta el Evangelio modulando la voz de acuerdo con el pensamiento a expresar. La celebración alcanza su cumbre con la predicación en la que Francisco, hecho niño con el Niño por la experiencia mística, degustando la dulzura de Jesús recién nacido, anuncia al pueblo la Natividad del Rey pobre (1 Cel 86).

El espectáculo eminentemente espiritual de Greccio no fue otra cosa que la visita y adoración litúrgico-mímica al Niño Jesús reclinado en el pesebre, con lo que Francisco siguió el ejemplo de los pastores.

En el eremitorio de Greccio, « día y noche permanecía para orar en la celda del fondo, la que está detrás de la celda mayor». Después de rezar completas, sintió el Santo que el diablo entraba en la celda con el fin de no dejarle dormir ni estar erguido para hacer la oración... (LP 119).

Al referirnos a la profunda experiencia de Francisco en el monte Alverna, señalaremos únicamente los momentos que ilustran su vida de oración. El biógrafo indica sí la intención del Santo al emprender el camino: «Una vez, el bienaventurado padre Francisco, separándose de la gente que a diario acudía devotísima a oírle y contemplarle, se retiró a un lugar tranquilo, secreto y solitario, para darse allí a Dios y sacudir el polvillo que se le pudiera haber pegado en el trato con los hombres. Era costumbre suya distribuir el tiempo que le había sido otorgado para merecer la gracia, empleando parte, según lo creía conveniente, en bien del prójimo, y consagrando el resto al gozoso silencio de la contemplación» (1 Cel 91; LM 13,1).

Parece que Francisco llegó al monte Alverna unos días antes de la Asunción; durante este espacio previo de tiempo, es probable que, junto con algunos seguidores, llevase vida eremítica dentro del claustro, es decir, en un lugar cercado por un muro, recitando a sus horas el Oficio divino. Mientras oraba, le sobrevino una grave duda, si sería según la voluntad de Dios un ocio tan largo. Buscando respuesta, recurrió a «la suerte de los santos». « Postrado en la oración de Dios, no menos con el corazón que con el cuerpo, pedía en humilde súplica que el Dios benigno, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, se dignara manifestarle su voluntad. Y para poder consumar perfectamente lo que simple y devotamente antes había comenzado, imploraba con humildad se le mostrase, en la primera apertura del libro, lo que tendría que hacer... Levantóse luego de la oración, con espíritu de humildad y contrito corazón; fortalecióse con la señal de la santa cruz, tomó el libro del altar y lo abrió con reverencia y temor» (1 Cel 92-93; LM 13,2). El Evangelio le ofreció los lugares en que Cristo predijo su Pasión. Esto no atemorizó a Francisco, sino que, según san Buenaventura, atizó más el fuego del amor para el martirio (LM 13,2). Celano añade: «No se turbó el fortísimo caballero ante las inminentes batallas... Era, ciertamente, ferventísimo... Se mantenía firme y alegre, y en su corazón cantaba para sí y para Dios cantos de júbilo» (1 Cel 93).

Conocida la voluntad divina, el Pobrecillo se retiró a un lugar más apartado del monte, donde, al estilo de los reclusos, pudiese entregarse enteramente a la contemplación. Así la Leyenda de Perusa: «Estaba orando al despuntar el día, cuando pájaros de todas clases vinieron a posarse sobre la celda que habitaba. Pero no todos al mismo tiempo: venía uno, que desgranaba su dulce melodía y se retiraba; venía otro, cantaba y remontaba el vuelo, y así los demás. Este hecho fue para el bienaventurado Francisco motivo de gran admiración y de inmenso consuelo. Como quería saber lo que esto significaba, oyó interiormente la voz del Señor: "Esto es señal de que el Señor te hará bien en esta celda y en ella te concederá muchos consuelos"» (LP 118).

Antes de la única comida, su compañero le leía en la celda que empleaba para su oración y descanso el Evangelio del día, porque no podía asistir al sacrificio eucarístico todos los días (LP 87). También en ella recitaba el Oficio divino diurno y nocturno (2 Cel 168; LM 13,10). Durante su permanencia en la soledad, Francisco, «juglar y liturgo de Dios, elevado sobre las alas de la contemplación» (LM 8,10), saboreaba, según los biógrafos, admirables experiencias místicas. Siendo el más perfecto, se consideraba imperfecto. «Había gustado y contemplado cuán dulce, suave y bueno es el Dios de Israel para los limpios de corazón, para los que le buscan con simplicidad pura y pureza verdadera. La dulzura y suavidad infusas, que en raras ocasiones se conceden..., le obligaban a desasirse por entero de sí mismo; y, rebosando de un gozo inmenso, aspiraba por todos los medios a llegar con todo su ser allí donde, fuera de sí, en parte ya estaba» (1 Cel 92; LM 13,1; LP 118).

Nuestro objeto no es tratar de la visión del serafín ni de la impresión de las llagas. Pero debemos hacer notar que Celano subraya fuertemente el fervor espiritual del Pobrecillo, mientras el Doctor Seráfico nos lo presenta en estado de oración mística: «Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que, a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín...» (LM 13,3).

Sin duda alguna, en la siguiente fiesta de san Miguel, por el que sentía un particular amor, Francisco ofreció a Dios alguna alabanza u obsequio especial, pues solía decir: «Cada uno debería ofrecer alguna alabanza o alguna ofrenda especial a Dios en honor de tan gran príncipe» (2 Cel 197).

Después de la crucifixión carismática, Francisco ensalzó al Dios trino con el himno místico de acción de gracias, las Alabanzas al Dios altísimo: «Tú eres santo, Señor Dios único», y serenó a Fr. León, atormentado por la tentación, mediante la bendición aaronítica con el signo escatológico Thau (2 Cel 49).

7) Desde la impresión de las llagas hasta la muerte del Santo (1224-1226)

Las palabras de Celano enmarcan bien el bienio en que las fuerzas físicas de Francisco, muy quebrantadas por las mortificaciones y por el ministerio de la palabra, se acercaban rápidamente a su fin; con ellas el biógrafo subraya el deseo del Pobrecillo de volver al fervor de los primeros tiempos: «Cuando por la enfermedad se veía precisado a mitigar el primitivo rigor, solía decir: "Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado". No pensaba haber llegado aún a la meta, y, permaneciendo firme en el propósito de santa renovación, estaba siempre dispuesto a comenzar nuevamente. Le hubiera gustado volver a servir a los leprosos y padecer desprecios, como en tiempos pasados. Le apetecía apartarse de las relaciones con los hombres y marchar a lugares muy retirados, para que, libre de todo cuidado y abandonada toda preocupación por los demás, no hubiera otro muro que le separara de Dios sino el de su propia carne» (1 Cel 103; LM 14,1).

Por desconocer el tiempo de la implantación de la Orden en España, resulta difícil situar en el curso de la vida de Francisco el relato del gozo del Pobrecillo por el buen nombre de los hermanos españoles. Opinamos, sin embargo, que encuadra mejor en este bienio que en un tiempo anterior. «En ocasiones, este varón santísimo era arrebatado hacia Dios de modo maravilloso y experimentaba en su espíritu transportes de alegría cada vez que llegaba hasta él el buen olor de los hijos. Un clérigo español... alegró al Santo con el siguiente relato: "Tus hermanos, que viven en un eremitorio pobrecillo de nuestra tierra, se habían reglamentado su forma de vida de tal modo, que la mitad de ellos atendía a los quehaceres de casa, y la otra mitad a la contemplación. Así, cada semana la vida activa se tornaba contemplativa, y la quietud de los contemplativos activa"». A continuación, el religioso cuenta el éxtasis de uno de los hermanos del eremitorio. Oído esto, Francisco, «rociado por la fragancia de los hijos, no podía contener su gozo. Al instante prorrumpió en alabanzas, y, como si para él no hubiera otra gloria que la de oír buenas nuevas de los hermanos, desde lo más íntimo exclamó: "Gracias te doy, Señor, santificador y guía de los pobres, que me has regocijado con tales noticias de mis hermanos. Bendice, te ruego, a aquellos hermanos con amplísima bendición y santifica con gracias especiales a cuantos por los buenos ejemplos hacen que su profesión sea fragante"» (2 Cel 178).

Las narraciones que describen la composición del Cántico de las Criaturas se refieren ciertamente al año 1225. Posiblemente, el Santo se retiró, durante los meses de primavera, «a una celdilla hecha de esteras junto a San Damián» (LP 83), y allí estuvo «más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego». Además de los intensos dolores ocasionados por sus varias enfermedades, de tal manera le molestaban una gran cantidad de ratones, que le impedían el sueño y la oración. Oprimido por tantas molestias, «sintió compasión de sí mismo y se dijo: "Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia". De pronto le fue dicho en espíritu: "Dime, hermano: si por estas enfermedades y tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación, consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro, todas las piedras, en piedras preciosas, y toda el agua, en bálsamo; y estas cosas las tuvieras en tan poco como si en realidad fueran sólo pura tierra y piedras y agua materiales, ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?". Respondió el bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro, inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano -dijo la voz-; regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino"» (LP 83; 2 Cel 213).

El Pobrecillo, valiéndose del ejemplo de un emperador que confía todo su reino a un siervo, dijo a sus compañeros: «Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre... porque Él me ha dado esta gracia y bendición; se ha dignado en su misericordia asegurarme a mí, su pobre e indigno siervo, cuando todavía vivo en carne, la participación de su reino. Por eso, quiero componer para su gloria, para consuelo nuestro y edificación del prójimo una nueva alabanza del Señor por sus criaturas. Cada día ellas satisfacen nuestras necesidades; sin ellas no podemos vivir, y, sin embargo, por ellas el género humano ofende mucho al Creador. Cada día somos ingratos a tantos dones y no loamos como debiéramos a nuestro Creador y al Dispensador de todos estos bienes». Se sentó, se concentró un momento y empezó a decir: "Altísimo, omnipotente, buen Señor..."» (LP 83; 2 Cel 213).

Francisco enseñó a cantar dichas alabanzas a algunos hermanos, sobre todo a Fr. Pacífico, que era músico, y lo envió con otros hermanos buenos y espirituales «por el mundo, predicando y alabando a Dios». Hecha la predicación, los hermanos cantaban «las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor». Terminado el canto, el hermano predicador debía decir: «Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia». Francisco solía decir: «¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?». Y esto lo decía especialmente de los Hermanos Menores, pues han sido dados al mundo para su salvación (LP 83).

Como se ve, el Pobrecillo desea que la misma oración, sublimada con la poesía y la música, se utilice como instrumento de apostolado.

Poco después de haber compuesto el Cántico de las Criaturas, el Santo tuvo la oportunidad de usarlo para reconciliar al obispo y al podestà de su ciudad natal, que estaban enemistados, añadiendo al himno la estrofa de la paz. Francisco hizo reunir a los dos adversarios y al pueblo, y dijo a dos hermanos: «Id y, en presencia del obispo, del podestà y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano sol. Tengo confianza de que el Señor humillará sus corazones, y, restablecida la paz, volverán a su anterior amistad y afecto». El admirable efecto de esta predicación en forma de canto es de sobra conocido (LP 84).

Parece que el Cántico recibió del mismo Francisco varios nombres, pues las fuentes le dan un título muy genérico, Las Alabanzas del Señor, u otro que subraya el argumento del himno: Alabanzas del Señor por sus criaturas (1 Cel 80; 2 Cel 213; LP 83-84). No obstante, según el autor de la Leyenda de Perusa, Francisco dio al himno el nombre de Cántico del hermano Sol «porque él es la más bella de todas las criaturas y la que más puede asemejarse a Dios». Por lo que, según se refiere, dijo: «Por la mañana, a la salida del sol, todo hombre debería alabar a Dios que lo creó, pues durante el día nuestros ojos se iluminan con su luz; por la tarde, cuando anochece, todo hombre debería loar a Dios por esa otra criatura, nuestro hermano el fuego, pues por él son iluminados nuestros ojos de noche». Y añadió: «Todos nosotros somos como ciegos, a quienes Dios ha dado la luz por medio de estas dos criaturas. Por eso debemos alabar siempre y de forma especial al glorioso Creador por ellas y por todas las demás de las que a diario nos servimos» (LP 83).

La misma Leyenda deja entender que Francisco, «por aquellos mismo días y en el mismo lugar, después de haber compuesto las alabanzas del Señor por sus criaturas, compuso también unas letrillas santas con música, para mayor consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián» (LP 85). Hay que lamentar que este himno, dictado probablemente en lengua vulgar también, se haya perdido con el tiempo. [Ya se ha encontrado y suele llamarse " Audite, Poverelle. Canto de exhortación para las damas pobres de San Damián"].

Todas las fuentes afirman expresamente que N. Padre alababa a Dios en sus enfermedades: «Cuando arreciaban sus dolores, él mismo entonaba las alabanzas del Señor y hacía que las continuaran sus compañeros, para que, abismado en la meditación de la alabanza del Señor, olvidara la violencia de sus dolores y males. Así perseveró hasta el día de su muerte» (LP 83; 2 Cel 212). Ya hemos visto cómo Celano describe su estado de ánimo durante estos dos últimos años de su vida: «A lo largo de casi dos años soportó estos dolores con mucha paciencia y humildad, dando gracias a Dios en todo. A fin de poder dedicarse más libremente a Dios... confió el cuidado de su persona a algunos hermanos» (1 Cel 102; LM 7,2).

A finales del verano (agosto-septiembre) de 1225, los hermanos llevaron al santo Fundador, gravemente enfermo, al eremitorio de Fonte Colombo para que lo curase un oculista (1 Cel 99; LP 86). El médico decidió cauterizarle las venas. Antes de la operación, el Santo se refugió en la oración: «El bienaventurado Francisco, para reconfortar su ánimo y apartar todo temor, dijo al fuego: "Hermano mío fuego, el Señor te ha creado noble y útil entre todas las criaturas. Sé cortés conmigo en esta hora, ya que siempre te he amado y continuaré amándote por el amor del Señor que te creó. Pido a nuestro Creador que aminore tu ardor para que yo pueda soportarlo". Terminada la súplica, hizo la señal de la cruz sobre el fuego» (LP 86; 2 Cel 166; LM 5,9).

Durante la convalecencia, hospedado en Rieti, dijo a uno de sus compañeros: «Hermano, los hijos de este mundo no comprenden las cosas de Dios. Antiguamente, los instrumentos músicos, como cítaras, salterios de diez cuerdas y otros, servían a los santos para la alabanza a Dios y para consuelo de sus almas; pero ahora los emplean los hombres para la vanidad y el pecado, en contra de la voluntad del Señor. Quisiera que te procuraras en secreto de algún buen hombre una cítara y con ella me cantases algún verso bello y honesto, y luego, acompañados de ella, dijésemos las palabras y alabanzas del Señor, pues mi cuerpo está afligido por esta gran enfermedad y dolores. Querría que de esta forma se redujera el dolor del cuerpo para alegría y consuelo del espíritu» El hermano consideró que no podía acceder al deseo del Padre, temiendo el escándalo del pueblo. La noche siguiente, mientras el Santo velaba y meditaba en Dios, oyó un dulcísimo sonar de cítara. «No se veía a nadie, pero el oído percibía por la localización del sonido que el que tañía y cantaba se movía de un lado a otro. Finalmente, arrebatado el espíritu a Dios, el Padre santo, al oír la dulcísima canción, goza tan de lleno tales delicias, que piensa haber pasado al otro siglo» (2 Cel 126).

Los compañeros del Santo, como su salud no mejoraba, lo llevaron en marzo o abril de 1226 a Siena, para que lo viera otro oculista. Allí se hizo sentir cercana la «hermana muerte», por lo que dictó a Fr. Benito de Piratro un brevísimo Testamento espiritual; este fraile, que era sacerdote, celebró la misa más de una vez en la celda en que Francisco yacía enfermo (LP 59).

Cuando Francisco, gravísimamente enfermo, era atendido en el palacio del obispo de Asís, «para confortar su espíritu y para evitar que decayera su ánimo por las muchas y diversas dolencias, con frecuencia mandaba por el día a sus compañeros que cantaran las alabanzas del Señor que había compuesto mucho antes durante su enfermedad. También les hacía cantar por la noche, para edificación de los que, por él, montaban guardia alrededor del palacio» (LP 99; cf. LP 96; 2 Cel 77). Fray Elías, temiendo el escándalo del pueblo asisiense por la gran alegría de un hombre casi moribundo, ruega a Francisco que desista de cantar las alabanzas. Pero el Pobrecillo le responde: «Deja, hermano, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias; por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor, que, por su misericordia, bien puedo alegrarme en el mismo Altísimo» (LP 99).

Durante este tiempo, seguramente, tuvo lugar el diálogo entre el Pobrecillo, angustiado por los cuidados que se prestaban a su cuerpo enfermo, y cierto hermano. Ante las consideraciones de éste, Francisco pidió perdón a su «hermano cuerpo» y bendijo al hermano por haberle disipado los escrúpulos (2 Cel 210-211). Por la semejanza del contexto, traemos aquí las palabras del Doctor Seráfico: «El Pobrecillo no tenía para ofrecer con liberal generosidad más que dos moneditas: su cuerpo y su alma. Y ambas las tenía ofrecidas tan de continuo a Cristo, que se diría que en todo momento inmolaba su cuerpo con el rigor del ayuno, y su espíritu con ardorosos deseos, sacrificando en el atrio exterior el holocausto y quemando en el interior de su templo el timiama (Éx 30,1ss)» (LM 9,3).

Por lo demás, Francisco sobrellevó sus enfermedades en íntima unión con Cristo crucificado y como sustitución del martirio cruento (1 Cel 107). San Buenaventura relata el diálogo de Francisco con «cierto hermano sencillo» que aconsejó al Santo que pidiese al Señor le tratase con mayor benignidad; el Pobrecillo le perdonó su osadía de juzgar los designios divinos y, aunque extenuado, se arrojó al suelo y besando la tierra dijo: «Gracias te doy, Señor Dios mío, por todos estos dolores, y te ruego, Señor mío, que los centupliques, si así te place; porque me será muy grato que no me perdones afligiéndome con el dolor, siendo así que mi supremo consuelo se cifra en cumplir tu santa voluntad» (LM 14,2).

Estando todavía en el palacio episcopal de Asís, bendijo, «como Jacob» y «como otro Moisés», a los hermanos y particularmente a Fr. Elías (1 Cel 108; 2 Cel 216; LP 22).

Al médico que trataba de eludir la pregunta de Francisco sobre la gravedad de su estado, le urgió el Santo: «Hermano, dime la verdad; yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz para vivir como para morir». Entonces, cuando el médico le anunció la proximidad de la muerte, «el bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia, y exclamó con gozo inmenso interior y exterior: "Bienvenida sea mi hermana la muerte"» (LP 100; 2 Cel 217).

A finales de septiembre, probablemente, Francisco, moribundo, es llevado a Santa María de la Porciúncula (1 Cel 108; LM 14,3). En el camino hacia el santuario mariano, cerca del hospital de San Salvador, se hizo incorporar un poco del lecho en que lo llevaban y volver hacia Asís, y dijo: «Señor, creo que esta ciudad fue en tiempos antiguos morada y refugio de hombres malos e injustos..., pero veo que, por tu misericordia sobreabundante, cuando tú has querido, le has manifestado las riquezas de tu amor, para que ella sea estancia y habitación de quienes te conozcan y den gloria a tu nombre... Te pido, por tanto, Señor Jesucristo, Padre de las misericordias, que no tengas en cuenta nuestra ingratitud, sino que recuerdes siempre la abundante misericordia que has mostrado en esta ciudad, para que ella sea siempre morada y estancia de quienes te conozcan y glorifiquen tu nombre bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén». (LP 5).

Ya en la celda en que murió, exhortó a sus hermanos a no dejar nunca el lugar de la Porciúncula, centro de la Orden y fuente de gracias (1 Cel 106). Adaptando a su talante particular las costumbres monásticas, mandó que lo colocasen desnudo sobre un cilicio extendido por tierra y rociado de ceniza, como prenda de su perfecta comunión con Cristo crucificado y como signo tanto de su absoluta pobreza como de su nacimiento a la vida eterna. «Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: "He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra"» (2 Cel 214; 1 Cel 110).

Algunos días antes de su muerte, un hermano le recuerda la proximidad de la muerte y le exhorta a gozarse siempre en el Señor interior y exteriormente. «Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior, y dijo: "Pues, si pronto voy a morir, llamad al hermano Ángel y al hermano León para que me canten a la hermana muerte". Acudieron enseguida estos hermanos, y, derramando abundantes lágrimas, entonaron el Cántico del hermano Sol y de las otras criaturas del Señor, que el Santo había compuesto durante su enfermedad para gloria de Dios y consuelo suyo y de los demás. A este canto, antes de la última estrofa, añadió otra sobre la hermana muerte» (LP 7; 2 Cel 217).

Por el deseo de conformarse plenamente a Cristo en su muerte, Francisco escenificó con sus hermanos la Última Cena. Leído el Evangelio (Jn 13,1-15), mandó traer unos panes, los bendijo y los hizo partir en pedazos, pues no podía hacerlo con sus manos, y los repartió a sus hermanos en recuerdo del rito del Señor (LP 22; 2 Cel 217; 1 Cel 110).

Según Celano, cuando llegó Jacoba de Sietesolios, Francisco dijo: «Bendito sea Dios, que a nuestro hermano la señora Jacoba le ha encaminado hacia nosotros. Abrid las puertas y haced pasar a la que está ya entrando...» (3 Cel 37; LP 8).

Los biógrafos afirman de modo general: «Los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo... Invitaba también a todas las criaturas a alabar a Dios... Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza» (2 Cel 217; cf. 2 Cel 216). Viendo ya cercana a la «hermana muerte», «entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141)» (1 Cel 109; 2 Cel 217). Con lo cual el Pobrecillo cumplió a perfección lo que poéticamente nos dice el biógrafo: «Recibió a la muerte cantando» (2 Cel 214).

«Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor» (1 Cel 110). Las alondras, a las que Francisco «tantas veces las había solido invitar al canto de las alabanzas divinas» (LM 14,6), y que, según él, muestran en sí la imagen del perfecto hermano menor cuando en sus vuelos alaban a Dios (LP 14), al caer de aquella tarde, «llegaron en una gran bandada por encima del techo de la casa y, revoloteando largo rato con insólita manifestación de alegría, rendían un testimonio tan jubiloso como evidente de la gloria del Santo» (LM 14,6).

* * *

De la vida de Francisco, considerada a la luz de la oración, se desprenden las siguientes conclusiones más importantes:

1. Francisco incorporó a su vida de modo admirable el consejo evangélico del afán de orar continuamente (cf. I).

2. El puesto en verdad relevante que ocupa el ejercicio de la oración en las circunstancias externas de su vida, concuerda perfectamente con el amplísimo espacio dedicado a la oración en sus escritos (cf. II).

3. En casi todos los acontecimientos de su vida, hace acto de presencia efectivamente tanto la práctica como el espíritu de oración, empapándolos y vivificándolos como el alma.

4. Poco añade a la verdad histórica quien afirma que el Pobrecillo obrando oraba y orando obraba, y que Celano escribió de él con todo derecho: «no tanto era un hombre que oraba cuanto un hombre hecho oración» (2 Cel 95).

5. El deseo de alabar y adorar a Dios se destaca en las oraciones del Santo con una fuerza peculiar y por el número.

6. Sus maneras de orar presentan además esta característica suya: las oraciones, que brotan espontáneamente de su temperamento poético, más de una vez se expresan bajo formas escénicas.

7. Para Francisco, la oración escondida de los hermanos que moran en los eremitorios tiene, por su misma naturaleza, eficacia apostólica.

8. Finalmente, Francisco y sus primeros hijos utilizaban la oración en forma de «loa» o de predicación orante como medio de acción apostólica.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 8 (1974) 134-165]