DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

7 de febrero

San Gil María De San José (1729-1812)

Texto de L’Osservatore Romano

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Gil María de San José, en el siglo Francesco Antonio Pontillo, nació en el seno de una familia sencilla y cristiana, y desde muy joven tuvo que trabajar en el mantenimiento del hogar, al perder a su padre; cuando se vio dispensado de esta tarea, ingresó en los «Alcantarinos» de la Orden Franciscana. Su vida religiosa la pasó en Nápoles, donde edificó a todos por la sencillez de una vida de portero, cocinero y limosnero, llena de amor y benevolencia sobre todo hacia los más pobres.

Nació en Tarento (Taranto, Italia) el 16 de noviembre de 1729 y fue bautizado con el nombre de Francesco Antonio. Experimentó desde su infancia la pobreza. A los dieciocho años, a consecuencia de la muerte de su padre, recayó sobre él la responsabilidad de mantener a la familia. Su fe cristiana le ayudó a superar las dificultades y a confiar siempre en la providencia de Dios.

En febrero de 1754, tras proveer adecuadamente a las necesidades de su familia, fue admitido por los Frailes Menores «Alcantarinos» en el convento de Galatone (Lecce, Italia).

El 28 de febrero de 1755 emitió la profesión religiosa y fue destinado como cocinero al convento de Squinzano (Lecce).

Tras residir unos días en el convento de Capurso (Bari), fue destinado al hospicio de San Pascual (Nápoles), donde permaneció casi 53 años, ejerciendo, alternativamente, los oficios de cocinero, portero y limosnero, con edificación de todos, especialmente de los numerosos pobres que acudían al convento para recibir de él una ayuda o una palabra de consuelo.

Con solicitud franciscana y caridad activa, consagró todas sus energías al servicio de los pobres en Nápoles, que en aquellos difíciles años sufría escandalosas formas de pobreza, principalmente por las vicisitudes políticas.

Innumerables fueron los prodigios que acompañaron la misión de bien y de paz de fray Gil María, hasta el punto de merecerle, ya en vida, el apelativo popular de «Consolador de Nápoles».

«Amad a Dios; amad a Dios», solía repetir a cuantos encontraba en su diario peregrinar por las calles de la ciudad. Los nobles y doctos gustaban conversar con este franciscano de palabra sencilla e impregnada de fe. Los enfermos encontraban en él consuelo y fuerza para sobrellevar sus sufrimientos. Los pobres, los marginados y los explotados descubrían en el humilde limosnero el rostro misericordioso del amor de Dios.

Su vida fue, con todo, esencialmente contemplativa. Pasaba noches enteras en oración ante el santísimo Sacramento; sentía un gran amor a la Natividad del Redentor; y profesaba una tierna devoción a la Virgen María, Madre de Dios, y a los santos. Su «contemplación en la acción» fue justamente lo que le hizo ver el sufrimiento y la miseria de los hermanos y lo que le convirtió en llama de ternura y caridad.

Con fama de santidad, murió a las doce horas del día 7 de febrero de 1812, primer viernes de mes, en el momento mismo en que sonaban las campanas de la iglesia franciscana, invitando a venerar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María.

Anunciar el amor de Dios al hombre fue la misión que la Providencia asignó a este humilde franciscano en un contexto social lacerado por luchas y discordias. En él manifestó el Padre su amor a los marginados y olvidados. Fue testigo del amor con su palabra sencilla, y sobre todo con su vida pobre y alegre, que confirmaba a los hermanos en la certeza de que Dios vive y actúa en medio de su pueblo.

Pío IX declaró la heroicidad de sus virtudes el día 24 de febrero de 1868. León XIII lo beatificó el día 5 de febrero de 1888, y Juan Pablo II lo canonizó el día 2 de junio de 1996.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31 de mayo de 1996]

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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de canonización (2-VI-96)

La iglesia proclama hoy la gloria de Dios manifestada en la santidad de vida de Gil María de San José. Auténtico hijo espiritual de san Francisco de Asís, Gil vivió el ardor de una caridad sin límites gracias a la contemplación de los misterios de Cristo, inspirando su propio camino espiritual en la humildad de la Encarnación y en la gratuidad de la Eucaristía.

Supo estar atento a las necesidades de las personas que encontraba, tanto en la realización de las tareas más humildes de la fraternidad como en el servicio a los pobres. En sus peregrinaciones diarias por las calles de Nápoles, donde vivió durante muchos años, llevó la palabra evangélica de reconciliación y de paz a un ambiente afectado por tensiones sociales y caracterizado por situaciones de extrema pobreza, tanto económica como espiritual.

Nadie quedaba excluido de su atención solícita. Manifestaba este afecto espiritual con la exhortación evangélica: «¡Amad a Dios, amad a Dios!», invitando así a todos a la conversión del corazón a Dios, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34,6), que, como proclama el pasaje evangélico de hoy, «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16).

Es muy actual este mensaje, que recuerda el amor y la lealtad de Dios. El mundo tiene necesidad urgente de creer en el amor de Dios. San Gil, con su existencia humilde y alegre, mereció el apelativo de «consolador de Nápoles». Su recuerdo sigue vivo y su ejemplo invita a los cristianos de nuestro tiempo a vivir plenamente el evangelio de las bienaventuranzas, respondiendo con la santidad al amor de Dios, que el Espíritu Santo derrama en nuestro corazón.

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos (3-VI-96)

San Gil María de San José, nacido en Pulla y napolitano de adopción, fue dócil instrumento en las manos de Dios para impulsar a los hombres a la conversión y revelarles la infinita ternura del Padre celestial, rico en bondad y en misericordia. Con sencillez franciscana en una vida auténticamente pobre, san Gil María de San José fue un heraldo eficaz del Evangelio, que comunicó a sus contemporáneos, sobre todo con el testimonio de la caridad, mediante la cual supo hacerse cargo de los sufrimientos de los más necesitados.

El «Consolador de Nápoles», como lo llamaban en su tiempo, vivió en la familia espiritual del Poverello de Asís inspirándose, en particular, en el ejemplo de la Madre del Señor. Al igual que María, cantó el «Magníficat», alabando con su misma existencia a Aquel que sacia hambrientos y siembra alegría en el corazón de los oprimidos y de los que sufren. Que el nuevo santo nos ayude a ser gozosos dispensadores de la alegría que viene de lo alto, testimoniando valientemente en la sociedad la presencia viva de Cristo y la fuerza transformadora del Evangelio.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 7 de junio de 1996]

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