DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

16 de enero

Beato José Tovini (1841-1897)

Textos de L'Osservatore Romano

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Giuseppe Tovini, laico, de la Tercera Orden Franciscana, esposo y padre de familia numerosa, hombre de intensa oración y de gran actividad, comprometido en la vida social y política de su tiempo, fue beatificado por Juan Pablo II en Brescia el 20 de septiembre de 1998.

Giuseppe Tovini nació el 14 de marzo de 1841 en Cividate Camuno, provincia italiana de Brescia. Recibió una educación especialmente austera. Sus estudios estuvieron a punto de interrumpirse, pero la intervención del sacerdote Giambattista Malaguzzi, tío materno, le consiguió un puesto gratuito en el colegio para jóvenes pobres, fundado en Verona por don Nicola Mazza. Pasó luego al seminario diocesano, donde fue muy apreciado por compañeros y profesores. La muerte de su padre, en 1859, y la difícil situación económica de la familia -era el mayor de seis hermanos- le hizo abandonar la idea de hacerse misionero, tras grandes luchas interiores. En 1860 se inscribió en la facultad de jurisprudencia de Padua: se ayudaba haciendo prácticas en el despacho de un abogado y dando clases particulares. En vísperas de doctorarse brillantemente en la universidad de Pavía, murió su madre. Al terminar sus estudios trabajó en el despacho de un abogado y en el de un notario de Lovere. Al mismo tiempo ejerció el cargo de vicerrector y profesor de un colegio municipal, tarea que desempeñó durante dos años: era el único que rezaba al comenzar y terminar las clases, y comulgaba cada domingo.

En 1867 se trasladó a Brescia. Allí fue declarado idóneo para el ejercicio de la abogacía y trabajó desde 1868 con el abogado Corbolani, con cuya hija Emilia se casó siete años más tarde, el 6 de enero de 1875, decidiendo definitivamente su vocación. Tuvieron diez hijos, de los cuales uno fue jesuita y dos religiosas. Fue padre solícito y afable, educador atento, que inculcó en sus hijos los principios de la moral católica.

De 1871 a 1874 fue alcalde de Cividate, promoviendo numerosas iniciativas.

En 1877 ingresó en el movimiento católico bresciano y participó en la fundación del diario «Il Cittadino di Brescia», de cuya dirección administrativa y organizativa se ocupó. En ese mismo año participó en la formación del comité diocesano de la Obra de los congresos, del que fue nombrado presidente (recorrió toda la provincia para organizar los comités parroquiales); luego, fue sucesivamente presidente del Comité regional lombardo, miembro del consejo directivo, presidente de la tercera sección de educación e instrucción, miembro del Consejo superior y vicepresidente de la Obra. Ingresó en la Tercera Orden Franciscana en 1881. Progresó en el ejercicio de las virtudes, en particular en las características de la espiritualidad franciscana: la ascesis, la sencillez, la pobreza, la oración y el diálogo respetuoso. Se empeñó mucho en la política: fue elegido repetidamente consejero municipal en Brescia. Favoreció iniciativas e instituciones inspiradas, organizadas, fundadas u orientadas por él, a través de programas presentados en congresos católicos italianos, en Brescia y en Lombardía, así como en el ámbito nacional. Sostuvo y apoyó otras muchas iniciativas de carácter social, como las Cajas de Ahorro municipales; propuso la fundación de la Unión diocesana de las sociedades agrícolas y de las Cajas municipales; fundó en Brescia el Banco de San Pablo y en Milán el Banco Ambrosiano. Pero donde multiplicó sus esfuerzos fue en el sector educativo y escolar. Defendió con ahínco la enseñanza religiosa en las escuelas para tutelar la fe y moral de los jóvenes, y la libertad de enseñanza; sostuvo la escuela libre, como instrumento eficaz para formar a la juventud en las tareas de responsabilidad civil y social. Promovió la erección de círculos universitarios católicos y colaboró en la fundación de la «Unión León XIII» de estudiantes de Brescia, de la que nació la FUCI (Federación de estudiantes católicos italianos). Fundó la revista pedagógica y didáctica «Escuela Italiana moderna», de difusión nacional; el semanario «La voz del pueblo»; el «Boletín de los terciarios franciscanos», etc.; propuso recaudar fondos para una universidad católica.

Trató siempre de que la Iglesia tuviera una presencia cada vez más decisiva en el mundo del trabajo, lo que le llevó a hacer una propaganda intensa y constante para la fundación de las asociaciones obreras católicas. En su última relación pública, habló del apostolado de la oración, dirigiendo una apasionada invitación a la comunión eucarística.

Admira su gran obra, a pesar de su poca salud.

Falleció el 16 de enero de 1897.

Lo beatificó Juan Pablo II en Brescia el 20 de septiembre de 1998.

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Homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación

1. «Pedro, ¿me amas?» (cf. Jn 21, 15).

En esta solemne celebración eucarística, con la que concluye el centenario del nacimiento del siervo de Dios Pablo VI, se ha proclamado el evangelio en que Cristo pregunta a Pedro si lo ama. Antes de encomendarle la función de jefe del colegio apostólico y la misión de ser el fundamento de la unidad de la Iglesia, Cristo examina a Pedro sobre el amor: «¿Me amas?». Y lo hace porque el servicio al que quiere llamarlo es un servicio de amor a Dios, a la Iglesia y a la humanidad.

En la primera lectura hemos escuchado también las palabras del libro del profeta Isaías: «El Señor (...) me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres» (Is 61, 1). Esas palabras traen a la memoria el testimonio evangélico de Giuseppe Tovini, a quien hoy he tenido la alegría de elevar al honor de los altares. Murió el mismo año en que nació Giovanni Battista Montini. El futuro Papa testimonió en numerosas ocasiones que había oído de labios de su padre y de amigos de su familia muchos episodios acerca del compromiso católico de Tovini y de las iniciativas que había promovido con otros brescianos valientes. Me alegra que la beatificación de esta figura tan destacada se haya llevado a cabo durante la clausura del centenario del nacimiento de Pablo VI.

4. La singular sensibilidad del Papa Montini por las grandes cuestiones sociales de nuestro siglo hunde sus raíces en la tierra bresciana. En su misma familia, y después, durante los años de la juventud que pasó en Brescia, respiró el clima y el fervor de iniciativas que hicieron del catolicismo bresciano uno de los puntos de referencia significativos de la presencia de los católicos en la vida social y política del país. Al comienzo de su pontificado, dirigiéndose a sus paisanos, Pablo VI expresaba esta deuda de gratitud: «Brescia, ciudad donde nací y donde recibí en gran parte la tradición civil, espiritual y humana; además, me enseñó qué es la vida en este mundo y siempre me ofreció un marco que, a mi parecer, resiste ante las sucesivas experiencias, dispuestas en el decurso de los años por la divina Providencia».

5. Un gran testigo del Evangelio encarnado en las vicisitudes sociales y económicas de la Italia del siglo pasado es, ciertamente, el beato Giuseppe Tovini. Brilla por su fuerte personalidad, por su profunda espiritualidad familiar y laical, así como por el empeño con que se prodigó para mejorar la sociedad. Si observamos bien, entre Tovini y Giovanni Battista Montini existe un íntimo y profundo vínculo espiritual e ideal.

En efecto, el mismo Pontífice escribió sobre Tovini: «El recuerdo que dejó entre las primeras personas que conocí y estimé era tan vivo y presente, que muy a menudo escuché comentarios y encomios de su singular persona y de sus diversas actividades; oí con sorpresa expresiones de admiración ante su virtud y de añoranza por su muerte prematura».

6. Giuseppe Tovini, ferviente, leal y activo en la vida social y política, proclamó con su vida el mensaje cristiano, siempre fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia. La defensa de la fe fue su constante preocupación, pues, como afirmó en un congreso, estaba convencido de que «nuestros hijos sin la fe no serán jamás ricos; con la fe no serán jamás pobres». Vivió en un período delicado de la historia italiana y de la misma Iglesia, y vio muy claro que no era posible responder plenamente a la llamada de Dios sin una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales.

Tuvo una mirada profética, respondiendo con audacia apostólica a las exigencias de los tiempos que, a la luz de las nuevas formas de discriminación, pedían que los creyentes realizaran una obra más eficaz de animación de las realidades temporales.

Gracias a la competencia jurídica y al rigor profesional que lo distinguían, promovió y guió numerosas organizaciones sociales, asumiendo también cargos políticos en Cividate Camuno y en Brescia, con el deseo de dar a conocer la doctrina y la moral cristiana al pueblo. Consideró el esfuerzo por la educación como una prioridad, y, entre sus numerosas iniciativas, sobresalió la defensa de la escuela y de la libertad de enseñanza.

Con medios humildes y con gran valentía, se prodigó incansablemente para salvar lo más característico de la sociedad bresciana e italiana, es decir, su patrimonio religioso y moral.

La honradez y la coherencia de Tovini tenían sus raíces en su relación profunda y vital con Dios, que alimentaba constantemente con la Eucaristía, la meditación y la devoción a la Virgen. De la escucha de Dios en la oración constante obtenía la luz y la fortaleza para las grandes batallas sociales y políticas que debió sostener a fin de tutelar los valores cristianos. Testigo de su piedad es la iglesia de San Lucas, con la hermosa imagen de la Inmaculada, donde se encuentran ahora sus restos mortales.

Ya en vísperas del tercer milenio, Giuseppe Tovini, a quien hoy contemplamos en la gloria del paraíso, nos anima. Queridos fieles laicos, os invito sobre todo a vosotros a dirigir vuestra mirada a este gran apóstol social, que supo dar esperanza a cuantos no tenían voz en la sociedad de su tiempo, para que su ejemplo os estimule y aliente a todos a trabajar también hoy y siempre con generosidad en la defensa y en la difusión de la verdad y de las exigencias del Evangelio.

[Tomado de L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 25-09-98]

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