DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

24 de julio

BEATO MODESTINO DE JESÚS Y MARÍA (1802-1854)

Textos de l'Osservatore Romano

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Modestino de Jesús, sacerdote profeso de la Orden de Hermanos Menores Alcantarinos, siempre fue hombre de vida humilde y piadosa. Gran devoto de la Virgen, destacó en el ministerio sacerdotal por su celo en la predicación y en la celebración del sacramento de la reconciliación, así como por su entrega al servicio de los pobres y enfermos de amplios sectores populares. Murió afectado por el cólera, contraído cuando asistía a las víctimas de esa epidemia.

Nació en Frattamaggiore, provincia de Nápoles, en la diócesis de Aversa, el 5 de septiembre de 1802. Era el cuarto hijo de Nicola Mazzarella, cordelero, y de Teresa Espósito, tejedora, humildes artesanos pero ejemplares padres cristianos. Al día siguiente de su nacimiento, fue bautizado, con el nombre de Domingo.

Animado de un ferviente celo por las sagradas celebraciones, comenzó muy pronto a servir como monaguillo en la parroquia y a ocuparse del culto a la santísima Virgen, Madre del Buen Consejo, cuya capilla adornaba con flores y ante cuya imagen permanecía en una oración ejemplar y frecuente.

A la edad de dieciséis años fue acogido gratuitamente en el seminario de Aversa por el obispo Mons. Agustín Tommasi, quien había ido a Frattamaggiore para la visita pastoral y había quedado sorprendido de la bondad y del fervor del joven monaguillo. Fallecido trágicamente su bienhechor en 1821, Domingo volvió a casa de su familia sin descuidar los estudios de preparación para el ministerio presbiteral.

Atraído luego por la austera vida de los Frailes Menores del vecino convento de Grumo Nevano, el 3 de noviembre de 1822 vistió el hábito franciscano en el convento de Piedimonte Matese (Caserta), e hizo el año de noviciado en el convento de Santa Lucía del Monte, Nápoles, lugares célebres por la presencia de religiosos eminentes por su santidad de vida y doctrina.

El 27 de noviembre de 1824 emitió la profesión religiosa y, después de un regular curso de estudios filosóficos y teológicos hechos en los conventos de Grumo Nevano, Portici y Santa Lucía del Monte, fue ordenado de sacerdote el 22 de diciembre de 1827, en la catedral de Aversa.

Empeñado rápidamente en el ministerio de la predicación y en la celebración del sacramento de la reconciliación, el P. Modestino de Jesús y María ejerció también, con una dedicación ejemplar, el oficio de guardián (superior) en los conventos de Mirabella Eclano (Avellino) y de Pignataro Maggiore (Caserta). En 1839 fue trasladado al convento de Santa María de la Sanità, Nápoles, situado en uno de los barrios más populares de la ciudad, en donde permaneció hasta el día de su heroica muerte, ejerciendo un provechoso y admirable ministerio sacerdotal, sobre todo en favor de los más pobres y enfermos. Se distinguió particularmente por su celo en la defensa de la vida naciente y en la difusión de la devoción a la santísima Virgen bajo la advocación de Madre del Buen Consejo, que llevaba en el corazón desde los años de su juventud.

El P. Modestino no sólo se insertó con cristiana compasión en el contexto social de su gente, sino que supo adaptar, con formas adecuadas a la cultura y a la mentalidad de su tiempo, el eterno evangelio de la caridad y de la paz, haciendo surgir del fondo del alma y del corazón del generoso pueblo napolitano insospechadas energías espirituales y morales.

El 24 de julio de 1854, afectado por el cólera contraído mientras asistía a las víctimas de esa epidemia, después de haber pedido perdón a los hermanos e invocado con filial fervor a la Madre del Señor, fue acogido por el Resucitado en el reino de los bienaventurados, con gran pesar de sus numerosos beneficiados y de toda Nápoles. El alcalde de la ciudad, el príncipe de San Agapito, al saber la noticia de la muerte del P. Modestino, exclamó conmovido: «Hemos perdido el consuelo de Nápoles».

La vida heroica de este auténtico hijo de san Francisco de Asís, abierto a las necesidades de los pobres y de los marginados de su tiempo, sigue siendo un modelo sobre todo para los consagrados, llamados hoy por la Iglesia a dar testimonio con vigor y coherencia del mensaje de las bienaventuranzas, en un contexto social ajeno al Evangelio.

Asimismo, la santidad del P. Modestino es una invitación para todos los creyentes y especialmente para los jóvenes. Con el entusiasmo y el fervor con que siguió la voz de Cristo, el hijo de Frattamaggiore exhorta a los jóvenes a dejar resonar en lo profundo del corazón las grandes esperanzas de la Iglesia y de la humanidad; a no tener miedo de responder con entusiasmo a la invitación de Aquel que los quiere hoy como colaboradores de Dios y testigos de su misericordia. A todos, el P. Modestino de Jesús y María pide ser testigos del evangelio de la caridad.

Fue beatificado por Juan Pablo II el 29 de enero de 1995.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27-I-95]

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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (29-I-1995)

«Tú, Dios mío, has sido mi esperanza y mi confianza, desde mi juventud» (Salmo 70,5). Así canta la Iglesia, vivificada constantemente por el soplo del Espíritu Santo. Así repite hoy el beato Modestino de Jesús y María, sacerdote, de la Orden franciscana de los Frailes Menores, testigo singular de la misericordia de Dios y artífice de esperanza en el sur de Italia, en la primera mitad del siglo XIX.

Ya desde los años de su infancia, Dios Padre se complació en revelarle los misterios del reino de los cielos (cf. Mt 11,25), haciéndole descubrir el valor auténtico de la persona, que se realiza en la adhesión generosa a Cristo pobre y crucificado mediante la entrega de sí a los demás.

El padre Modestino, que vivió en una sociedad marcada por la marginación y el sufrimiento moral, supo compartir plenamente las expectativas y las angustias de los más débiles, respondiendo a la profunda necesidad de Dios que sentían sus hermanos, sedientos de justicia y de amor. Así, llegó a ser levadura de renovación y signo vivo de esperanza. Verdaderamente la mano del Señor estaba con él, haciéndolo ministro de misericordia y de consuelo para todas las clases sociales, sobre todo a través de la celebración asidua y paciente del sacramento de la reconciliación.

El padre Modestino fue un auténtico hermano universal: todos podían contar con él; se sentían escuchados, acogidos y comprendidos. Ese amor lo acompañó hasta la entrega de sí mismo, cuando no dudó en poner en peligro su vida, con tal de asistir a sus hermanos afectados por una epidemia de cólera. En efecto, compartió su suerte hasta las últimas consecuencias, siendo víctima de la caridad.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-II-95]

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Meditación de Juan Pablo II a la hora del Ángelus (29-I-1995)

Amadísimos hermanos y hermanas:

Esta mañana, en la basílica de San Pedro, he proclamado cuatro nuevos beatos: cada uno de ellos nos ofrece un ejemplo concreto de fidelidad a Dios y de amor a los hermanos. Son, también, modelos de intensa devoción a la Madre del Señor.

El padre Modestino difundió el culto a la Virgen del Buen Consejo, a quien veneró ya desde niño. María lo guió en su apostolado diario, impulsándolo a amar sin reservas a esa gente, hasta pagar con su vida la asistencia a los enfermos de cólera.

Amados hermanos y hermanas, en comunión con estos nuevos beatos, renovemos también nosotros nuestro a Dios, según el modelo de María, discípula perfecta del Señor; y pidámosle nos ayude a realizar fielmente nuestra vocación cristiana.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-II-95]

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos que fueron a Roma para la beatificación (30-I-1995)

El Espíritu Santo hizo de Modestino de Jesús y María un apóstol de la gente pobre y humilde. Todos podían contar con él, porque se sentían escuchados, acogidos y comprendidos. Se hizo pequeño por el reino de los cielos, y llegó a ser una profecía viva y arrebatadora de la caridad de Dios, testigo y artífice de alegría y esperanza para los enfermos, los presos, los pecadores, los marginados, los desheredados y los oprimidos.

Su muerte, a causa del cólera que contrajo mientras atendía a sus hermanos enfermos, fue como el coronamiento de una vida gastada totalmente, según el modelo de Jesús y María, para alabanza y gloria de Dios Padre.

Mientras agradecemos al Señor el testimonio que nos ha dejado, oremos para que podamos seguir sus enseñanzas y sus ejemplos concretos de amor a Dios y al prójimo.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-II-95]

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