DIRECTORIO FRANCISCANO
San Antonio de Padua

SAN ANTONIO DE PADUA,
"DOCTOR EVANGELICUS"

por la Redacción de la revista Verdad y Vida

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Por reciente decreto de Pío XII [Exulta, Lusitania, de fecha 16 de enero de 1946], la autoridad suprema de la Iglesia confiere a San Antonio de Padua el título de Doctor oficial de la misma. Con ello la simpática y atrayente figura de San Antonio aumenta en esplendor y grandeza al enaltecerle con esta segunda aureola del Doctorado, que viene a sumarse a la primera de la santidad con la que fue decorado a raíz de su tránsito a la gloria.

No hemos de creer, sin embargo, que la idea de la sublimidad de doctrina de nuestro Santo aparezca ahora como cosa nueva que, de una manera inesperada, haya entrado en el sentir de los tiempos que corren. La idea de la profunda sabiduría de San Antonio y de la excelencia de su doctrina, la encontramos entrañada en el sentir de la Iglesia desde los primeros momentos después de su muerte. Esta ocurrió el 13 de junio de 1231, y al año siguiente, el 30 de mayo de 1232, es solemnemente canonizado en Espoleto por Gregorio IX. Pues bien, en este solemne momento, Gregorio IX, vivamente impresionado de la doctrina de nuestro Santo, que él mismo había escuchado de su propia boca, y a quien había enaltecido con el encomio de «Arca del Testamento», todavía en vida, salúdale entonando la antífona «O Doctor optime», propia de los Doctores de la Iglesia, que continúa luego cantando el coro de cantores.

El encumbrado elogio de la doctrina de nuestro Santo, manifestado por el supremo oráculo de la Iglesia en el momento solemne de su glorificación en la tierra, no quedó allí como una efusión de entusiasmo sin ulteriores consecuencias, sino que la idea del Doctorado de San Antonio entró inmediatamente en el sentir de la Iglesia, según lo viene manifestando en su magisterio ordinario desde este momento de la canonización.

Vemos, pues, que se establece que la liturgia de la Misa del Santo se tome del Común de Doctores, la cual viene celebrándose sin interrupción desde los albores de su glorificación, y en el curso de tantos siglos es equiparado en esto, nuestro Santo, a los otros Doctores de la Iglesia.

Sin embargo, no entró esta prescripción de lleno, desde el primer momento, en la liturgia del Oficio divino. Fue compuesto este Oficio rimado por Julián de Espira por los años 1232-1234, y en él aparecen las partes no propias, tomadas del Común de Confesores. Así anduvo la discordia entre el Oficio y la Misa por espacio de setenta y cinco años, con la extrañeza de todos. Se dejaba sentir, pues, en el seno de la Orden, a la par que en toda la Iglesia, la necesidad de unificar estas dos piezas litúrgicas.

Andando el tiempo, y a principios del siglo XIV, aparece ya la liturgia de San Antonio plenamente unificada, con la Misa y Oficio de Doctores, sin que hasta fecha muy reciente se supiera por quién y cuándo se hizo esta unificación. Las «Actas» del Capítulo General celebrado en Padua en 1307, encontradas por el P. J. Abate O. F. M. Conv., son las que nos han puesto en conocimiento de este hecho. En efecto: según el tenor de las mismas, el gran General de la Orden Gonzalo Hispano, digno sucesor de San Buenaventura, propuso al Capítulo la unificación del Oficio y de la Misa. Con la aprobación, pues, del Capítulo, se acordó sustituir las partes no propias del Oficio, tomadas hasta entonces del Común de Confesores, por las correspondientes que se habían de tomar del Común de Doctores. La Iglesia refrendó esta «definitio» capitular, y desde este momento la liturgia de San Antonio queda plenamente conformada en todas sus partes con la de los otros Doctores de la Iglesia.

Virtualmente San Antonio era recibido en la Iglesia como uno de sus Doctores. El magisterio ordinario de la misma ha venido reconociéndolo como tal en el curso de largos siglos. Na tenemos indicios de que en todo este largo período hayan sido elevadas preces a la Santa Sede solicitando una declaración formal y solemne de este Doctorado. Sin embargo, puestas las cosas así, forzoso era de que ésta, tarde o pronto, llegara. Para el caso de San Antonio no se trataba de crear un nuevo estado de cosas, sino de confirmar de una manera solemne lo que ya de tantos siglos existía de un modo latente en el seno de la Iglesia.

Fue, pues, en el siglo XIX, en el Capítulo General celebrado en 1856, la primera vez en que los Padres Capitulares determinaron elevar esta petición a la Santa Sede. Estos votos se renovaron en el Capítulo General de 1927. Finalmente, en Capítulo General de 1933, se acordaron ya todos los procedimientos a seguir para llegar a este venturoso resultado, que viene a culminar con el decreto de Pío XII, donde oficial y solemnemente es declarado San Antonio Doctor de la Iglesia.

Doctor Evangélico es el apelativo con que el Santo Padre define este Doctorado. Apelativo atinado y luminoso, que hermana una vida de santidad a una doctrina admirable, consagradas ambas en toda su plenitud a la diseminación de las enseñanzas evangélicas.

San Antonio, en efecto, consagró lo principal de su vida a la predicación de la divina palabra, y en la forma de Sermones es como han llegado hasta nosotros los destellos de su sabiduría. No hemos de creer, sin embargo, que nuestro santo Doctor dedicara toda su actividad apostólica a la predicación evangélica. Conocido es que, cuando Antonio pasó de los Canónigos Regulares de San Agustín a la Orden Franciscana, a los veinticinco años de su edad, venía ya sacerdote y con una formación teológica en su plena madurez; formación sólida y completa adquirida en el curso de sus estudios durante los nueve años de su estancia transcurridos en el monasterio de Santa Cruz de Coimbra.

No es, pues, de extrañar que al organizar en 1224 el primer «Estudio» de la Orden en Bolonia, se pensara en nuestro santo Doctor, cuya sólida preparación teológica era ya conocida de todos, como primer lector de esta disciplina sagrada para aquel «Estudio», lo cual testifica la antigua Leyenda «Raimondina» con estas palabras: [Antonius] in Ordine doctoris scholastici exercuit officium, testimonio que viene completado con la referencia de la Leyenda «Benignitas»: Ipse [Antonius] primus fuit lector in Ordine qui rexit, et hoc apud Bononiam in facultate theologica.

No cabe duda que la sabiduría de San Antonio alcanzó grande reputación desde el primer momento de su revelación en Monte Paulo en 1221: tandem... viri... Dei [Antonii] scientia fratribus innotuit, según dice el Dialogus de gestis sanctorum fratruum Minorum; sabiduría admirada y saboreada por todos, a renglón seguido, ya desde el curso de su primera predicación. Esta fama llegó a oídos del mismo Seráfico Padre San Francisco; de donde al aprobar la institución del primer «Estudio» de la Orden, fundado en Bolonia, nombra oficialmente como primer Lector para regentar esta cátedra a San Antonio, a quien dirige esta breve y encomiástica carta escrita en 1224: «A fray Antonio, mi obispo, el hermano Francisco, salud. Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos, con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla».

No fue solamente en Bolonia donde el santo Doctor regentó la cátedra de teología; fueron también otros «Estudios» de la Orden, ya sólidamente establecidos y de categoría oficial, donde el santo Doctor ejerció las funciones propias de los Maestros, según nos refiere la Leyenda «Benignitas» con estas palabras: Solemnes conventus Ordinis sui, legendo, disputando et sermocinando [illustravit]. Consta, en efecto, con toda certeza, según atestigua la misma Leyenda y otras fuentes antiguas, que regentó la facultad de teología en los «Estudios» de Montpellier, Toulouse y, según declara Bartolomé de Pisa, también en Padua.

Estas aulas oficiales de la Orden eran frecuentadas, no sólo por los religiosos franciscanos, sino que estaban igualmente abiertas para todos aquellos, extraños a la Orden, que deseaban cursar allí sus estudios. Los estatutos de entonces permitían el acceso lo mismo a los religiosos que a los seglares. De donde las enseñanzas del santo Doctor pudieron extenderse, y de hecho se difundieron en un ambiente más vasto que el de la propia Orden Franciscana, según nos lo refiere la Leyenda «Raimondina» en estos términos: beati... Antonii sapientia deprehensa, ad doctrinam scholasticam inductus est fratribus et aliis inpendendam.

Conocida cosa es el grande influjo que la famosa escuela de San Víctor de París ejerció en los Maestros franciscanos a través de los escritos de sus dos doctores más conspicuos, Hugo y Ricardo, conocidos por el sobrenombre de Victorinos. Esta benemérita escuela teológico-mística continuaba la tradición doctrinal agustiniana, si bien mitigada en sus aplicaciones prácticas por las enseñanzas de San Bernardo. Pues bien, el primer entronque de esta célebre escuela con la gran corriente franciscana se establece con el contacto directo del primer teólogo y Doctor de la Orden San Antonio. Sabemos, en efecto, que nuestro santo Doctor mantuvo trato personal y continuado, en plan de amistad íntima y en el orden intelectual, con Tomás Gallo, a la sazón Abad de Vercelli ( 1246). Este trato familiar de nuestro Santo con el Abad vercelense se remonta hacia el año 1224. Tomás Gallo, preclara figura de la escuela de San Víctor, prestó valiosos elementos a la mística del siglo XIII con sus Extractos de los escritos del Seudo-Dionisio y con el Comentario al Cantar de los Cantares. Era persona profundamente versada en la doctrina mística del Seudo-Areopagita.

Tan íntimas fueron las relaciones que mediaban entre los dos amigos, que llegó a establecerse entre ellos una especie de compromiso en virtud del cual San Antonio perfeccionó los conocimientos de Tomás Gallo en la ciencia teológica, siendo en cambio nuestro Santo adiestrado en la doctrina del Seudo-Dionisio por el Abad vercelense. Este hecho, que viene relatado por la Leyenda «Raimondina», del siglo XIII, y algunas compilaciones antonianas del siglo XIV, lo narran las Adiciones de Lucerna a la «Leyenda prima» con estas palabras: Abbas Vercellensis... quem Sanctus Antonius... dilectione praecipua et, e converso, fuerat intime prosecutus, potissimum ex eo, quia Sanctus Antonius quandoque perdocuerat eum sacrae theologiae scientiam, et ille, viceversa, libris sancti Dionysii dogmata eum intruxit altissima et devota.

El recuerdo de estas entrevistas con San Antonio quedó hondamente grabado en el ánimo de Tomás Gallo, quien, algunos años después de la muerte de su gran amigo, compuso en loor suyo la Laudatio Sancti Antonii Patavini, donde, entre otras cosas, expresa, con frase lapidaria, la impresión que recibiera de la santidad y sabiduría del santo Doctor: «Como otro Juan Bautista, ardía y ardiendo alumbraba, cumpliéndose en él aquello de San Juan, capítulo 5: Era lámpara que arde y alumbra».

No es, pues, difícil descubrir en los escritos de nuestro Santo la doctrina del gran místico anónimo oriental, donde se nos ofrece, no sólo como principio informador de no pocas de sus conclusiones, sino que no es raro encontrar expresamente citado a Dionisio, con cuyo nombre corrían entonces estos escritos.

Claramente aparece, a la luz de estos testimonios, que San Antonio constituye el primer eslabón de esa gloriosa y prolongada cadena de doctores de la escuela franciscana, a través de los cuales la teología del Seudo-Areopagita, tan bien concertada con la doctrina de San Agustín, seguirá alimentando la espiritualidad cristiana, siendo su máximo exponente San Buenaventura, donde cristalizará en sus luminosas síntesis de las relaciones del alma con el Ser primero.

La amistad de nuestro Santo con Tomás Gallo fue ocasión de que entablara igualmente relaciones con el Maestro inglés Adam de Marsh o de Marisco, quien, andando el tiempo, había de ingresar en la Orden Franciscana en 1230, y había de ser el primer doctor franciscano en la Universidad de Oxford. Sabemos, en efecto, que Adam de Marsh trataba con el Abad vercelense por medio de comercio epistolar y entrevistas personales. En algunas de éstas acertó a encontrarse con nuestro Santo. Ambos escucharon las lecciones de Teología Mística de Tomás Gallo, y, con motivo de esto, refiere la Leyenda «Raimondina» que San Antonio tuvo como condiscípulo en esta ciencia a Adam de Marsh.

De lo dicho, no nos cabe la menor duda que la actuación de San Antonio desde la cátedra, a la par que en la predicación, debió ser muy lucida y de grande eficacia en la formación intelectual de los propios y extraños que frecuentaron sus clases. A afirmar esto nos induce, según hemos visto, la formación teológica que traía del monasterio de Santa Cruz de Coimbra, en su plena madurez; la honda impresión que produjo en los religiosos sus hermanos al revelarse por primera vez, en Monte Paulo, este arcano del saber; el significativo testimonio de Gregorio IX al escuchar y saborear la doctrina del Santo de su propia boca; las cátedras de los «Estudios solemnes» de la Orden que regentó; el comercio intelectual que tuvo con varones ilustres en el saber, de su tiempo.

Desgraciadamente no conocemos hasta la fecha ningún escrito de carácter escolástico del santo Doctor. No podemos, sin embargo, concluir de esto que no los haya redactado. Era costumbre general en los maestros de la escolástica escribir sus propias lecciones de clase, que publicaban en forma de Comentarios a la Escritura o a las Sentencias de Pedro Lombardo, según la clase de enseñanza que se daba. Ocurría igualmente, con harta frecuencia, que los discípulos tomaban a vuelapluma, en las mismas aulas, las lecciones del maestro, lo que daba origen a las distintas «reportaciones» de una misma obra. Ciertamente, no tenemos ningún testimonio explícito de que nuestro santo Doctor haya redactado, o que sus discípulos hayan «reportado» sus lecciones, como los tenemos de sus Sermones.

Conocemos, sin embargo, el cuidado que puso en escribir sus Sermones, para lo cual, según refiere la «Legenda prima», llegó incluso a interrumpir la predicación: interpolata praedicatione... Sermonum compositioni se contulit. No es pues de creer que el que tanta solicitud puso en la redacción de sus Sermones, se presentara en la cátedra escolar desprovisto de todo escrito propio, o que no copilara sus lecciones explicadas como solíase hacer entonces.

Es de lamentar que no conozcamos hasta la fecha ningún escrito de este carácter del santo Doctor. Puede que la acción demoledora del tiempo haya acabado con todos. Sin embargo, siempre estamos en la posibilidad de que algún día aparezca entre los manuscritos de algún fondo de biblioteca inexplorado alguna de estas piezas escolásticas. Estas sorpresas son frecuentes, y verdaderamente la deseamos en lo referente a los escritos escolásticos del Santo.

La Orden Franciscana ha sido siempre rica cantera de donde han salido numerosos e insignes maestros en el saber divino. Hondamente radicada en las páginas del Evangelio, ha sido en todo tiempo fiel intérprete de la doctrina revelada, cuya luz ha sabido irradiar con eficacia y vigor en todos los ámbitos de la Iglesia. Cosa es, pues, digna de toda ponderación el nuevo esplendor y alto renombre que redunda ahora en beneficio de esta secular y benemérita escuela al asignar la suprema autoridad de la Iglesia los máximos honores del Doctorado al que fue su fundador y primer Maestro regente. Con ello quedan bien perfilados y definidos los albores de esta corriente doctrinal: evangélica, por sus hondas raíces en las enseñanzas del Salvador; sapiencial y seráfica, por las ardorosas efusiones del divino amor, que, desbordando del corazón del pobrecillo de Asís, han de informar, con el tiempo, las inteligencias y los corazones de todos y cada uno de los que han de integrar esa serie gloriosa de teólogos que tan poderosamente ha de cooperar a la formación de la conciencia cristiana. Todo ello es, ciertamente, para nosotros, motivo muy cumplido de santo regocijo y honda satisfacción, de lo cual cree hacerse eco la Redacción de nuestra Revista [Verdad y Vida] al dedicar el presente número a la actuación doctrinal de San Antonio y saludarle con entusiasmo por primera vez desde estas páginas con el luminoso título de Doctor Evangélico.

[La Redacción de la revista Verdad y Vida, en su núm. 16, 4 (1946) 537-544]

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