DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

18 de abril
BEATO ANDRÉS HIBERNÓN
(1534 - 1602)

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La reforma de los franciscanos españoles produjo en el siglo XVI, entre otros frutos, la santidad de numerosos hermanos legos, casi contemporáneos, elevados oficialmente por la Iglesia al honor de los altares: san Salvador de Horta (1520-1567), san Pascual Bailón (1540-1592), el beato Sebastián de Aparicio (1502-1600), el beato Julián de San Agustín (1553-1606), el beato Andrés Hibernón (1534-1602).

Andrés nació en Murcia, aunque sus padres vivían en Alcantarilla, el año 1534. En casa recibió una exquisita formación cristiana. Estuvo trabajando en Valencia en las propiedades de un tío suyo, y luego en Granada. En 1556 vistió el hábito franciscano como hermano lego entre los observantes; más tarde, buscando una mayor austeridad de vida, pasó a los descalzos o alcantarinos. Se distinguió por su vida de penitencia, oración y contemplación, que estuvo acompañada de carismas extraordinarios, así como por el fiel cumplimiento de sus oficios conventuales y la particular atención a los pobres y necesitados. Sus devociones favoritas fueron la Eucaristía y la Virgen María en el misterio de su Inmaculada Concepción. Pasó los últimos años de su vida en Gandía (Valencia), donde murió el 18 de abril de 1602.

Nacido en Murcia (España) en 1534, frente a la iglesia de San Juan de Dios, es bautizado en la catedral. Su padre, Ginés Hibernón, era de ascendencia nobiliaria, natural de Cartagena, y su madre, María Real, de la serranía de Cuenca, a la que llamaban por apodo «la Buena», justo título que se había granjeado por su vida laboriosa y caritativa. Contraen matrimonio y fijan su residencia en la ciudad portuaria, donde el padre poseía propiedades agrarias. La crisis económica del momento obliga a la joven familia a buscar mejor suerte y futuro trasladándose a la población murciana de Alcantarilla. Por este tiempo, la población alcantarillense dependía del clero catedralicio murciano, del que un hermano de la madre era canónigo beneficiado. Al poco de establecerse en la nueva residencia, nace Andrés, pues la madre ya estaba en adelantado embarazo cuando se produce el traslado. El nacimiento de Andrés tiene lugar en casa de su tío canónigo, al encontrarse la madre hospedada temporalmente en Murcia.

Andrés pasó con su familia los años de su infancia y primera adolescencia. Cuentan sus primeros biógrafos que el pequeño Andrés sólo tenía de niño «la apariencia», porque el asiento, la compostura, la devoción sobrepujaba mucho sus años. Los padres, deseando mejor porvenir para su primogénito, que el de un trabajador asalariado y de vendedor ambulante de telas, lo envían a Valencia con su tío Pedro Ximeno, en cuyo servicio estuvo hasta cumplir los veinte años. Entre otros oficios estuvo mayormente al cuidado de una manada de ganado. Ya adulto, determinó volver a la casa paterna. Entretanto y en sus años de servicio en el aprisco de su tío Pedro iba madurando la firme determinación de trasladarse al «otro aprisco del Pastor». Posibles contactos esporádicos con frailes franciscanos iban dando forma a su futura vida religiosa.

En compensación a su trabajo, su tío Pedro le entrega ochenta ducados en plata, que pensaba dar a sus padres para destinarlos a la dote de su hermana. En el camino de Valencia a Murcia le apalean y desvalijan todo cuanto lleva. Restablecido de aquel tremendo susto piensa «cuán pasajeros son los bienes de este mundo»: mejor inversión sería atesorar para el cielo.

Mas de nuevo, quizá viendo la pobreza de la familia, pospone por el momento su vocación religiosa, y reemprende el camino hacia Granada, donde se encargaría de la administración de bienes de Pedro Casanova, regidor a la sazón en Cartagena. Unos meses después, rompe con este modo de vida, e ingresa como postulante en el convento de San Francisco de Cartagena, perteneciente a la Provincia Seráfica Cartaginense. Tras un breve tiempo de experiencia es enviado al noviciado del convento de San Francisco de Albacete, en el que viste el hábito el 31 de octubre de 1556, y profesa un año más tarde en la festividad de Todos los Santos.

Al cabo de siete años, no satisfecho con el tenor de vida que se observaba, decide abrazar una vida más estrecha y apropiada al espíritu primigenio de la Orden de los Frailes Menores, que por este tiempo San Pedro de Alcántara ( 19 de octubre) iba promoviendo a través de la Península Ibérica. La nueva forma de «más rigurosa observancia a la Regla» de San Francisco se iba introduciendo en los conventos observantes, despertando entre sus frailes un afán de emulación. La vida de penitencia y austeridad, con intensa oración y guarda de la estricta pobreza contagió al joven fraile murciano.

En efecto, a los seis años de permanencia en el convento de San Francisco de Albacete, sirviendo en los oficios de portero, cocinero y limosnero, ingresa, con facultad apostólica, en la provincia alcantarina de San Juan Bautista de Valencia, asignándole la residencia de San José de Elche. Era el año de 1563, cuando tenía 29 años.

A fray Andrés le cupo en suerte vivir los primeros tiempos del movimiento renovador de la descalcez franciscana. Su primera residencia alcantarina estuvo dirigida por el padre Alfonso Llerena, discípulo de San Pedro de Alcántara. Los primeros establecimientos descalzos eran, sin duda, auténticos viveros de santidad, de los que nacería San Pascual Bailón ( 17 de mayo), compañero de fray Andrés.

En todos los conventos donde moró (Elche, Almansa, Villena, Santa Ana de Jumilla, San Juan de la Ribera de Valencia, San Diego de Murcia, y sobre todo Gandía, donde estuvo diez años), dejó profunda huella entre la comunidad y entre los que le conocieron. Como maestro espiritual de pequeños y grandes, siguiendo el consejo de San Pedro de Alcántara a Santa Teresa de Ávila, de que «la perfección de la vida, no se ha de tratar sino con los que la viven», acudían a él desde la gente sencilla a los de alto abolengo, incluso sus compañeros religiosos, lectores de Teología.

A lo largo de sus casi cuarenta años de vida alcantarina, fray Andrés destacó por su capacidad contemplativa. Solía decir que San Francisco se vistió interiormente de Cristo y dispuso que el hábito fuese en forma de cruz, para así expresar que la orden franciscana era una comunidad de crucificados para el mundo. Tal convicción marcó su propio derrotero. Fray Andrés se descalzó, y, con los pies desnudos, vistió el hábito áspero, pobre y vil en forma de cruz, para significar que la vida del fraile menor se ha de conformar con el hábito, en la estrechez, menosprecio y mortificación. Mas conociendo que la vida de aspereza no puede prevalecer, sino suavizada con la dulzura del trato familiar con Dios, puso desde luego todo su ahínco en el divino empleo de la oración.

De otra parte, era «un técnico en todas las artes de los oficios domésticos conventuales», desde cocinero, limosnero o sastre a agricultor o refitolero. Todos los servicios le «enfervorizaban siempre para levantar el corazón a Dios». Cuando cavaba y escardaba la huerta, a intervalos, se hincaba de rodillas para su trato con Dios; cuando mendigaba, siempre tenía tiempo para arrodillarse en el umbral con sus alforjas; cuando estaba de portero, siempre tenía una pequeña estera para, en sus momentos libres, postrarse de rodillas. Siempre andaba atado al hilo de la oración, trayendo muy hermanadas a Marta y María. «Nunca sus descansos debían ser a costa de la oración».

Se esmeró en hacer todos los oficios que le encomendaba la obediencia con gran diligencia y puntualidad, por lo cual era apetecido por todos los guardianes de los conventos, queriendo cada cual llevárselo consigo.

Procuraba siempre que ningún minuto de tiempo lo pasase ocioso y sin ganancia espiritual. Preguntado una vez si sentía el tedio espiritual, contestó que «jamás lo sentía, porque había hecho hábito de nunca estar ocioso, con lo cual siempre se hallaba apto para la oración o contemplación». Adaptaba el modo del trabajo del cuerpo con el ejercicio de la oración, sirviendo uno al otro de estímulo. Y «como todo movimiento camina tras la quietud, así sus operaciones activas le llevaban como a su centro, al ocio santo de la oración». La oración era para él el mayor alivio y descanso.

Entre los libros preferidos estaban: Desprecio del mundo, del venerable Kempis, las Horas de Nuestra Señora y la Regla de San Francisco que tenía encuadernada y siempre llevaba consigo; verificándose la frase de San Agustín: «En la oración nosotros hablamos a Dios, y en la lección Dios nos habla a nosotros».

Solían llamarle «Santo viejo», mas él siempre respondía: «¡Oh, que lástima! Viejo loco, sí, insensato e impertinente, pero de santo no, no».

Son más de cien milagros los que narra el padre Panes, principalmente en la población de Gandía. Milagros durante su vida y después de muerto.

Murió el 18 de abril de 1602, a los 68 años de edad, conservándose su cuerpo incorrupto en la iglesia de San Roque de Gandía, hasta que en 1936 fueron profanados y quemados sus restos.

Fue beatificado por Pío VI el 22 de mayo de 1791.

[P. Riquelme en Nuevo Año Cristiano, Abril. Madrid, Edibesa, 2001, pp. 221-225]

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BEATO ANDRÉS HIBERNÓN (1534 - 1602)

En 1496, fray Juan de Guadalupe obtenía del papa Alejandro VI un breve autorizándole para retirarse con otros compañeros a unos eremitorios en tierras de Granada, para observar el Evangelio y la Regla franciscana con toda su pureza. Poco a poco fueron surgiendo nuevos eremitorios.

La entrada de san Pedro de Alcántara dio un rumbo nuevo a este movimiento. Fundó personalmente el eremitorio del Pedroso, dándole unos estatutos de gran perfección.

La reforma de los descalzos, llamada también de los alcantarinos, fue extendiéndose y adquiriendo una personalidad más definida, sobre todo desde que la provincia de San José de Castilla tomó a su cargo la misión de Filipinas. Pronto se expandió por tierras valencianas, constituyendo la Provincia descalza de San Juan Bautista.

Recién fundado el convento de Elche, en 1563, llamaba a sus puertas para ser admitido el beato Andrés Hibernón. Procedía del convento observante de Albacete, donde había profesado el 1 de noviembre de 1557, a los 23 años de edad. Fue admitido por el padre Alonso de Llerena, superior de la casa y primer custodio de la custodia de San Juan Bautista.

Fray Andrés se ejercitó en los oficios propios de su estado de hermano lego, imitando con semejanza asombrosa a san Francisco de Asís, gozando por ello en vida de gran fama de santidad.

Edificó con sus virtudes a los moradores de los conventos de Valencia, Murcia, Jumilla y Almansa. No perdió nunca la ocasión para atraer a los seglares al buen camino, especialmente a los moriscos, convirtiendo a la fe cristiana a muchos de ellos.

Tuvo relación con san Juan de Ribera, san Luis Bertrán y san Pascual Bailón.

Los últimos años de su vida los pasó en Gandía, donde promovió en toda la comarca una renovación desde la contemplación mística y la caridad, por lo que es venerado cariñosamente como el "Beatet". Murió plácidamente en el Señor en la ciudad ducal el 18 de abril de 1602, a los 68 años de edad.

La fama de sus virtudes y milagros se extendió rápidamente de tal manera que en 1623 estaba ya terminado el proceso ordinario para su beatificación. Fue beatificado por el papa Pío VI el 22 de mayo de 1791. La diócesis de Valencia celebra su fiesta litúrgica el 18 de abril.

[A. Llin, Testigos de la fe en Valencia. Valencia 1997, pp. 121-123]

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BEATO ANDRÉS HIBERNÓN (1534 - 1602)

Nació en Murcia (España), hacia 1534. Profesó en los franciscanos, en el convento observante de Albacete, el 1 de noviembre de 1557, y desde los mismos comienzos de su noviciado, tomó por modelo de su vida religiosa al seráfico Padre San Francisco, cuyas virtudes imitó con semejanza asombrosa, comenzando, ya entonces, su fama de santidad. Acababa de establecerse por aquellos días, en estas partes levantinas, la reforma de San Pedro de Alcántara y, apenas nuestro Beato tuvo noticia de ello, ansioso de mayores austeridades, y después de implorar la luz del cielo, con permiso de sus superiores, partió al convento de Elche (1563), siendo admitido por el Vble. Fr. Alonso de Llerena, superior de la casa y primer custodio de la Provincia de San Juan Bautista.

Sus devociones favoritas fueron la Virgen Inmaculada y la Sma. Eucaristía, cuyo culto promovió intensamente. En sus relaciones con los seglares, no perdió nunca de vista la salvación de las almas, y fueron muchos los moriscos que se convirtieron viéndole y escuchándole. Finalmente, después de perfumar con sus virtudes varias casas, como Valencia, Murcia, Jumilla, Almansa, etc., estando de morador en el convento de Gandía, murió santamente el 18 de abril de 1602, a los 68 años de su edad. Fue beatificado solemnemente por el papa Pío VI, llevando el Breve la fecha de 13 de mayo de 1791, y celebrándose la solemnidad vaticana el 22 del mismo mes y año. Su fiesta se celebra el 18 de abril. Trae su vida Panes, I, con bastante extensión.

[Conrado Ángel, Religiosos ilustres de las Seráficas Provincias de Valencia. Petra (Mallorca), Apóstol y Civilizador, 1988, p. 69].

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BEATO ANDRÉS HIBERNÓN

He aquí una vida llamativa, fuerte, descarnada, audaz. Uno no sabe qué adjetivo poner a este hombre.

Andrés nació en Murcia de casualidad. Sus padres vivían en Alcantarilla (Murcia) y un buen día en que la madre estaba de muy buen ver, se les ocurre ir a visitar a un pariente suyo que vivía en Murcia; con tan buena fortuna que se puso a dar a luz y nació Andresito. Reinaba en España el emperador Carlos V. Y era papa Clemente VII.

El padre se llamaba Ginés y era de Cartagena. La madre, María Real, oriunda de Cuenca. Cómo sería la madre, que la llamaban «La Buena».

La situación económica de aquellos años estaba basada en la agricultura. La familia se desenvolvía bastante bien, pero con aquella economía tan expuesta al viento, resultó que vinieron unos años secos, de vacas flacas, y se quedaron sin un remedio para mandar al hijo a estudiar. Se le veía al chaval despierto; los padres no querían desaprovechar el talento del hijo y decidieron mandarlo a Valencia, a casa de un tío llamado Pedro Ximeno, el cual le encargó que cuidara el ganado.

Uno puede ganarse la vida de cualquier manera si es muy trabajador. Y ése era el caso de Andresito. A base de mucho esfuerzo, de poco comer y mucho ahorrar, pudo juntar unas perrillas. Tenía la ilusión de regalarle una dote a su hermana. Y efectivamente, cuando tenía todo preparado, con ochenta ducados de plata, salió de su casa en Valencia y comenzó el camino de Alcantarilla, donde vivían sus padres.

Pero ¡oh fortuna desgraciada!, que siempre toca la desdicha a los más pobres. Le salieron al camino unos sinvergüenzas y le quitaron todo el dinero que llevaba encima. Al perro flaco ya sabemos lo que le ocurre siempre: lo de las pulgas.

Llegó a su casa, contó lo que le había ocurrido y los padres le recibieron con los brazos abiertos. En realidad había salido de casa por pura necesidad, pero en este momento le querían consigo para siempre. Era una familia maravillosa en el arte de quererse.

Pero el bueno de Andrés tenía ganas de hacer algo grande en la vida. Los jóvenes de corazón generoso siempre quieren hacer algo más; todos queremos más. Y empezó a madurar en su cabeza la idea de meterse hermano franciscano. Y así lo hizo. Entró en el convento de Albacete el día 31 de octubre de 1556. Tenía 22 años. Este año murió el emperador Carlos V, hecho un santo, en medio de meditaciones y clausuras. Llevaba 40 años en el trono.

Así, Andrés estuvo durante siete años, dando ejemplo de trabajo y de oración, de entrega y de buen sentido, de amor y de servicio. Una joya. Todos estaban contentos menos él. Porque sentía ganas de entrar en una Orden más austera. Y así logró trasladarse a la reforma de San Pedro de Alcántara. De esta forma, el año 1563 entra en el convento de los reformados de Elche.

Pobreza extrema, trabajos duros, salir a pedir como un mendigo, penitencias terribles. Con todas estas actitudes se hizo famoso y adquirió fama de santo. Pero no sólo le aclamaban como tal las gentes sencillas; el mismo San Pascual Bailón y San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, le miraban asombrados por las cosas que hacía el buenísimo Andrés.

En realidad llevaba a cabo dos obras específicas: la atención a los enfermos y la conversión de los moros. En estos dos menesteres entretenía sus días, sin tiempo para sí y entregado todo a los más débiles.

Cuando Andrés se ponía a rezar, impresionaba con su postura a todos los presentes. Era como si tuviera delante a Dios y lo estuviera viendo con sus ojos. Se ponía siempre de rodillas aunque estuviera roto de cansancio, y sus meditaciones siempre estaban en torno a la vida, pasión y muerte de Jesús.

Tuvo muchos oficios; por tanto, pobre seguro. En el convento de San José de Elche fue refitolero, portero y limosnero; salía al monte a recoger sarmientos, hacía sandalias, lavaba los hábitos de los frailes, remendaba los rotos, cosía ropas nuevas; barría, limpiaba y hacía carbón. Servía a los enfermos y ejercía de peón en las obras del convento. O sea, lo que se dice «un manitas». Suplía las faltas de todos; lo mismo trabajaba en la sacristía que en la cocina; asistía en la portería a los pobres y consolaba a los tristes; cultivaba la tierra y guisaba para los huéspedes.

Además de ser tan trabajador, ahorraba mucho para el convento, pues apenas comía. Veamos lo que decían sus contemporáneos:

«Usaba tal templanza en la comida, que podía llamarse ésta un ayuno perpetuo; las más de las veces se contentaba con sólo pan del más duro, común y negro y con agua natural que bebía escasa y medidamente. Aun cuando viejo y cansado de las fatigas, jamás gustó cosa alguna que le sirviera de cena por la noche; ni fuera de la mesa común tomó el menor bocado.

»Era muy parco en el sueño. Emulaba a su reformador Pedro de Alcántara, dormía muy pocas horas. Con su templanza escondía su talento y doctrina infusa, posponiendo su opinión a la ajena y cediendo siempre a cualquier contradicción».

Todos sabemos que San Pascual Bailón era un enamorado de la Eucaristía. Es patrono de la Adoración Nocturna. Pues bien, a Andrés le tocó vivir con Pascual en el mismo convento. Habría que ver qué afán de superación creaba en los dos el espectáculo del otro.

Cuando Andrés estaba en la iglesia delante del Santísimo, parecía que se le escapaban los ojos de su rostro; tenía una cara de enamorado que no se podía aguantar; dejaba ver hacia fuera todo el amor que llevaba por dentro.

Hemos conocido personas que, en la iglesia, tienen una actitud especial. Parece que, como el Cura de Ars, están viendo al Señor Sacramentado. Ése era el caso de Andrés Hibernón. Pascual Bailón le miraba siempre con ojos de asombro y admiración. Dos enamorados de la Eucaristía en el mismo convento, una suerte para los demás.

Y los éxtasis. Consisten en que el cuerpo parece escaparse de su piel para vivir en otro sitio, con otra persona, fuera del lugar. Se dice que Santa Teresa gozaba de este don en cualquier momento. Pues a Andrés le ocurría algo parecido. Es como si ya estuviera viviendo en el cielo.

La puerta de su convento se llenaba de pobres, porque sabían que Andrés no les iba a dejar con el hambre en la boca. Y donde están los pobres, allí está el dedo de Dios. Decían que era un santo, y lo era de verdad.

Luego se empezaron a contar historias maravillosas. Se decía que Andrés hacía milagros; se comentaba que estaba en dos sitios al mismo tiempo, que profetizaba acontecimientos que luego sucedían con toda seguridad; y decían también que tenía poder de curar a los enfermos.

Murió porque tenía que morir. No se iba a quedar aquí para siempre. Murió porque su sitio ya lo tenía preparado hacía tiempo. Se dice que predijo su muerte cuatro años antes; el día y la hora en que iba a morir. O sea que, en esas condiciones, estaba preparadísimo para irse derecho al cielo con botas y todo.

«El día antes de su enfermedad, se puso con la mayor diligencia a barrer y limpiar su celda, el dormitorio y la escalera del convento que bajaba a la iglesia, adornándola del mejor modo que pudo, como quien sabía ciertamente que al día siguiente se le había de administrar el Viático. Al otro día de estas diligencias, asaltado de un cruel dolor de costado, con una calentura aguda y maligna, le llevaron el santo Viático, que recibió con el mayor fervor de su vida, deshaciéndose en lágrimas de amor y ternura. Acometiéndole, finalmente, otro más grande dolor de estómago y de pasmo que lo postró y dejó sin movimiento. Llegada la noche, tomó el crucifijo, lo besó y entregó su alma a su Señor. Era el miércoles 17 de abril de 1602, una hora después de la media noche».

Después fue un jubileo. Tuvieron que bajar su cadáver a la iglesia porque todas las mujeres se juntaban en la puerta del convento y querían verle. El duque de Gandía, que estaba en aquel momento despachando sus negocios por allí, mandó que un famoso pintor de la escuela de Juan de Juni le pintara un cuadro a nuestro amigo Andrés. Casi lo desnudan, porque todos querían llevarse un trocito de su ropa para guardarlo como una reliquia. Le tuvieron que vestir varias veces porque lo dejaban casi desnudo.

Tres días estuvo expuesto. Y dicen que hasta hacía milagros después de muerto.

Lo más impresionante era oír a Pascual Bailón. Le dijo a Doña Juana Gaspe en la villa de Jumilla: «Mire señora: Estimo mucho a Fray Andrés Hibernón, porque es verdaderamente un gran siervo de Dios y un gran santo».

Como despidiéndose de él, dijo: «Ah, Fray Andrés, y cuánto envidio vuestra vida. Cuánto desearía también poseer vuestras virtudes y tener vuestros méritos delante del Señor, que ya me llama a la eternidad para darle cuenta de mi vida tibia y negligente».

Fue beatificado el 22 de mayo de 1791. Habían pasado 189 años desde su muerte. Demasiados años para sus fans.

[F. Núñez Uribe, en Año cristiano. Abril. Madrid, BAC, 2003, pp. 387-391]

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BEATO ANDRÉS HIBERNÓN (1534 - 1602)

Andrés Hibernón, nació en Murcia, España, de familia oriunda de Cartagena, que se había establecido en Alcantarilla, de mala situación económica. Pasó la niñez en Alcantarilla y Valencia, en casa de sus tíos. Fueron características suyas en la adolescencia una viva piedad, el espíritu de trabajo, animado por la esperanza de mejorar la situación de pobreza de sus padres y proveer a la dote de su hermana. Habiendo ahorrado una suma determinada se fue para su casa, pero en el camino le robaron todo. Él, que ya venía madurando el propósito de dedicarse a Dios, vio en este acontecimiento una llamada divina, y entró como hermano religioso entre los Hermanos Menores de la Provincia franciscana de Cartagena, en 1556. Después de siete años pidió licencia para pasar a la reforma de San Pedro de Alcántara, donde la disciplina era más austera.

Una pobreza llevada al extremo, los trabajos más duros, la petición de limosnas, las continuas penitencias dieron a su vida un aura de santidad que suscitó la admiración de su hermano en religión San Pascual Bailón, de San Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia, de muchos ilustres contemporáneos y sobre todo del pueblo que lo observaba, lo admiraba y lo seguía. Fue de gran ayuda para sus hermanos los frailes sacerdotes en la asistencia a los moribundos y en la conversión de los mahometanos.

En el convento encontró la soledad, la pobreza, la penitencia, todo lo que puede conducir a un alma a la más alta perfección. Los trabajos más humildes y difíciles eran los suyos. La recolección de limosna de casa en casa era para él el más grande apostolado. Para todos tenía una buena palabra, una sonrisa, un consejo.

Los pobres encontraron en él un hermano y un amigo siempre listo a consolarlos, a ayudarles, a orientarlos hacia personas que pudieran darles un trabajo. Con su ardiente palabra y con la fuerza de sus virtudes condujo hacia Dios a pecadores, condujo a la fe a mahometanos. Recitaba oraciones, ganaba indulgencias, participaba en misas en sufragio de las almas del purgatorio. Cuando hablaba del Pesebre de Jesús, de la pasión, muerte y resurrección de Cristo y de la dulcísima Madre celestial María, su rostro se iluminaba y cuantos lo oían sentían gran gozo espiritual. Alimentaba una filial devoción a Nuestra Señora, cada día recitaba la corona de las siete alegrías y el oficio parvo de la Virgen, y visitaba sus santuarios. Dios glorificó la santidad de Andrés con el don de los milagros, bilocación, profecía, multiplicación de los víveres, curación de los enfermos.

Con cuatro años de anticipación, predijo el día y hora de su muerte. Recibió con devoción los últimos sacramentos. Después de haber recitado con voz apagada la corona de la Virgen, se durmió dulcemente en el Señor, en el convento de Gandía, el 18 de abril de 1602, a los 68 años de edad. Por su intercesión se realizaron numerosos milagros.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 118-119]

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