DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

26 de junio
BEATO ANDRÉS JACINTO LONGHIN (1863-1936)

Textos de L'Osservatore Romano

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Mons. Longhin, religioso capuchino, obispo de Treviso (Italia), fue un pastor sencillo y pobre, humilde y generoso, siempre disponible hacia el prójimo. Prestó gran atención a la formación del clero y desarrolló una gran actividad en la atención de los fieles, incluyendo las visitas pastorales y un Sínodo diocesano. Tuvo que vivir acontecimientos dramáticos y dolorosos, en los que siempre estuvo cercano a sus sacerdotes y a los fieles a él encomendados. Lo beatificó Juan Pablo II el año 2002.

Nació el 22 de noviembre de 1863 en Fiumicello di Campodarsego, provincia y diócesis de Padua (Italia), en el seno de una familia de campesinos pobres y muy religiosos. Al día siguiente fue bautizado con los nombres de Jacinto Buenaventura. Muy pronto manifestó su vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. A los 16 años ingresó en el noviciado de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, con el nombre de Andrés de Campodarsego. Después de realizar sus estudios humanísticos en Padua y los teológicos en Venecia, fue ordenado sacerdote, a los 23 años, el 19 de junio de 1886.

Durante dieciocho años desempeñó los cargos de director espiritual y profesor de los religiosos jóvenes, mostrándose guía segura y maestro sabio. En 1902 fue elegido ministro provincial de los capuchinos de Venecia, cuyo patriarca, Giuseppe Sarto -futuro Papa san Pío X- lo comprometió en la predicación y en múltiples ministerios dentro de la diócesis.

El 13 de abril de 1904, Pío X, Sumo Pontífice desde hacía pocos meses, lo nombró personalmente obispo de Treviso y quiso que fuera consagrado en Roma por el cardenal Merry del Val.

Monseñor Andrés tomó posesión de la diócesis el 6 de agosto sucesivo. Al año siguiente inició su primera visita pastoral, que duró casi un lustro: quería conocer bien su diócesis, una de las más vastas y pobladas de la región, entablar un contacto personal especialmente con su clero y con el laicado organizado. Concluyó la visita con la celebración del Sínodo, para aplicar las reformas puestas en marcha por el Santo Padre.

Reformó el seminario diocesano, elevando la calidad de los estudios y cuidando con esmero la formación espiritual. Promovió los ejercicios espirituales de los sacerdotes y les trazó un programa de formación permanente.

Cuando estalló la primera guerra mundial, Treviso se encontró en la línea del frente. Sufrió invasiones y bombardeos aéreos que destruyeron la ciudad y más de cincuenta parroquias. Monseñor Longhin permaneció en su puesto, incluso cuando las autoridades civiles se fueron, y quiso que también sus sacerdotes se quedaran para atender a los fieles. Impulsó la asistencia a los soldados, a los enfermos y a los pobres.

En los años duros de la reconstrucción material y espiritual, reanudó la segunda visita pastoral, que había interrumpido por causa de la guerra. En medio de graves tensiones sociales, con fortaleza evangélica indicó que la justicia y la paz social exigían el camino estrecho de la no violencia y de la unión de los católicos.

De 1926 a 1934 realizó su tercera visita pastoral para fortalecer la fe de la comunidad diocesana. El Papa Pío XI lo nombró visitador apostólico, primero en Padua, luego en Udine, para devolver la paz a esas diócesis afectadas por el enfrentamiento del clero con el obispo.

Su obra de reforma le procuró muchas cruces y sufrimientos, tanto de parte del clero que no estaba dispuesto a seguirlo por el camino de la renovación como de numerosos laicos. Sufrió la oposición del fascismo, que prefirió vengarse en los sacerdotes y los laicos organizados, causando a monseñor Longhin un dolor más profundo que si lo hubieran herido a él personalmente. Nunca cedió ni a la violencia ni a los halagos.

Dios quiso purificarlo con una enfermedad que lo privó progresivamente de las facultades mentales y que sobrellevó con extraordinaria fe y total abandono a la voluntad divina. Murió el 26 de junio de 1936.

Ya en vida tenía fama de santidad por su heroica caridad y por su sabia prudencia evangélica. La espiritualidad franciscana, con el rigor de la Orden capuchina, guió siempre a monseñor Longhin por el camino de una vida ascética, exigente y fidelísima -oración y penitencia-, de una obediencia «religiosa» a la Iglesia, de una pobreza como libertad con respecto a todas las cosas del mundo, y sobre todo de una caridad generosa y abnegada.

Lo beatificó el papa Juan Pablo II el 20 de octubre de 2002.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 25-X-2002]

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Andrés Jacinto Longhin (1863-1936)

El beato Andrés Jacinto Longhin, obispo de Treviso, nació en Fiumicello de Campodarego (Padua), hijo de humilde familia de campesinos, el 22 de noviembre de 1863; fue bautizado al día siguiente con los nombres de Jacinto y Buenaventura. Terminados los estudios primarios, a los 16 años decidió hacerse capuchino y hubo de luchar con su padre, que no quería privarse para las faenas del campo del único hijo que tenía. Venció Jacinto, vistiendo el hábito capuchino en Bassano del Grappa (Vicenza) el 27 de agosto de 1879, con el nombre de fray Andrés. Cursó los estudios de filosofía en el convento de Padua y allí emitió la profesión solemne el 4 de octubre de 1883; los estudios de teología los realizó en Venecia, donde fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1886.

En 1888 era director espiritual y profesor en el seminario capuchino de Udine, en 1889 director espiritual y profesor en el colegio de filosofía de los capuchinos en Padua, y en 1891 de los teólogos en Venecia. El 18 de abril de 1902 fue elegido ministro provincial de los capuchinos vénetos.

El 16 de abril de 1904 san Pío X lo nombró obispo de su diócesis natal de Treviso, congratulándose por «haber elegido una de las flores más bellas de la Orden capuchina» para su propia diócesis. Así lo calificaba el 12 de agosto de 1907: «Es uno de mis hijos primogénitos, que he regalado a la diócesis predilecta, y exulto cada vez que me cuentan alabanzas de él, que es verdaderamente santo, docto, un obispo de los tiempos antiguos que dejará en la diócesis una impronta indeleble de su celo apostólico». Consagrado obispo en Roma el 17 de abril de 1904, tomó posesión de Treviso el 16 de agosto, decidido a ser el buen pastor, no ahorrando «ni fatigas ni sacrificios, dispuesto a dar» por su iglesia toda su «sangre y la vida entera». Por espacio de 32 años fue «el buen pastor de la Iglesia de Treviso», viviendo la austeridad y pobreza capuchina.

El anuncio de la palabra fue uno de sus ministerios preferidos. Siguiendo el ejemplo de san Pío X, se destacó por el celo apostólico en la enseñanza del catecismo a los niños, en la creación de círculos de asociaciones juveniles y de adultos, certámenes culturales, jornadas de estudio, escuelas de catequesis, dos congresos diocesanos de catequesis, uno en 1922 y otro en 1932. Fue considerado como «el obispo del catecismo». Amaba y acompañaba como padre a sus sacerdotes, con atenciones muy especiales desde el seminario; predicaba retiros mensuales y ejercicios espirituales, siguiéndoles en las 213 parroquias, a las que hizo tres visitas pastorales, iniciadas en 1905, 1912 y 1926; organizó un sínodo diocesano en 1911, que fue alabado como obra maestra de orden y precisión, muy apreciado por san Pío X. Acompañó espiritualmente a santa María Bertila Boscardin, a los siervos de Dios José Toniolo, Guido Negri, madre Oliva Bonaldo. Mantuvo estrecha amistad con el capuchino san Leopoldo Mandic, con san Pío X, documentada ésta por copiosa correspondencia y por la propia manifestación del Papa: «Nos... que fuimos parte tan importante de su dulcísimo corazón».

Fue guía de laicos, especialmente de movimientos juveniles, convencido, como insistió en el testamento, de que «es de santos de lo que tienen necesidad las familias, las parroquias, la patria, el mundo». En abril de 1914 declaró sagrado «el derecho de los obreros a organizarse... en sindicatos para su promoción económica y moral». En 1920 defendió las Leyes Blancas, movimiento sindical de inspiración cristiana, mostrándose como el obispo de los pobres, de los obreros, de los campesinos. En 1920 fundó en Treviso el colegio diocesano «Pío X» para garantizar una formación cristiana a los jóvenes.

Afrontó valerosamente, no desertando de su puesto y responsabilidad, la prueba de la guerra mundial de 1914-1918, alentando y estando cerca de civiles, prófugos, soldados, heridos, sacerdotes. El 27 de abril de 1917 hizo el voto de levantar un templo en honor de la Virgen Auxiliadora. Llamado «el obispo del Piave y del Montello», condecorado con la cruz al mérito de guerra, terminada ésta, recorrió la diócesis para animar en la reconstrucción de las 47 iglesias destruidas, en la pacificación de los espíritus, en el nuevo despertar de la vida cristiana, interviniendo intrépidamente para salvar a sus fieles de ideologías anticristianas y subversivas. Los obispos del Véneto lo consideraban como su «Patriarca de campaña», consejero, teólogo distinguido, apóstol incansable.

Pío XI, en octubre de 1923, reconoció los «grandes servicios» prestados por monseñor Longhin: «Ha trabajado tanto por la Iglesia». Fue administrador apostólico de la diócesis de Padua en 1923, visitador y administrador apostólico de la diócesis de Udine en 1927-1928. El 4 de octubre de 1928 fue nombrado arzobispo titular de Patrasso. En 1929, con ocasión del 25 aniversario de episcopado, el siervo de Dios cardenal Pedro Lafontaine escribió: «Admiro en él, con agrado y edificación, una estampa del Buen Pastor, copia muy parecida al original».

Resentido por sus achaques, el 3 de octubre de 1935 comenzó a recorrer su calvario con nueve meses de sufrimiento, celebrando misa hasta el 4 de febrero de 1936. Murió el viernes 26 de junio de 1936. Fueron imponentes los funerales, celebrados el 30 de junio, con el comentario general: «Era realmente un santo». El 5 de noviembre de 1936 fue enterrado en al catedral de Treviso. En el reconocimiento verificado los días 12-22 de noviembre de 1984 se encontró el cuerpo «entero, con las zonas blandas en buena parte momificadas». Lo beatificó Juan Pablo II el 20 de octubre de 2002.

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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación (20-X-2002)

«Te llamé por tu nombre» (Is 45,4). Las palabras con las que el profeta Isaías indica la misión que Dios confía a sus elegidos expresan bien la vocación de Andrés Jacinto Longhin, el humilde capuchino que durante 32 años fue obispo de la diócesis de Treviso, al inicio del siglo pasado, el siglo XX. Fue un pastor sencillo y pobre, humilde y generoso, siempre disponible hacia el prójimo, según la más genuina tradición capuchina.

Lo llamaban el obispo de las cosas esenciales. En una época marcada por acontecimientos dramáticos y dolorosos, actuó como padre para los sacerdotes y pastor celoso para la gente, siempre al lado de sus fieles, especialmente en los momentos de dificultad y peligro. Así anticipó lo que subrayaría el Concilio ecuménico Vaticano II, al señalar que la evangelización es «una de las principales funciones del obispo» (Christus Dominus, 12; cf. Redemptoris missio, 63).

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 25-X-2002]

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la beatificación (21-X-2002)

Me dirijo ahora a los fieles de la diócesis de Treviso, acompañados por su obispo, monseñor Paolo Magnani, que se alegran por la elevación a la gloria de los altares de un celoso e iluminado pastor suyo, Andrés Jacinto Longhin. Saludo también con afecto a los queridos Frailes Menores Capuchinos.

Fue grande la atención que monseñor Longhin dedicó a la formación del clero. En su testamento espiritual quiso dedicar un pensamiento especial a sus sacerdotes, exhortándolos: «¡Sed santos!». Fue siempre para ellos, como para toda su gente, padre atento y diligente, especialmente para los humildes y los pobres.

La fecundidad del ministerio episcopal del beato Longhin se manifestó particularmente en las tres visitas pastorales realizadas a la diócesis, en la celebración del Congreso eucarístico y del Congreso catequístico, y en la realización de lo que se puede considerar su obra cumbre: el Sínodo diocesano. Así, sigue siendo un ejemplo actualísimo de auténtica evangelización.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 25-X-2002]

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