DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

30 de octubre
BEATO ÁNGEL DE ACRI (1669-1739)

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Nació en Acri (Cosenza, Italia) en 1669. Su itinerario vocacional fue laborioso, pues, tras dos noviciados frustrados, sólo después del tercero llegó a profesar en los Capuchinos, en 1691. Ordenado sacerdote en 1700, se dedicó de lleno a la predicación, sencilla y popular, durante casi cuarenta años, por toda Calabria y gran parte del Sur de Italia, labor que completaba con su dedicación al confesonario, donde atendía a multitud de fieles que allí encontraban la gracia, la orientación y el consuelo que necesitaban. El Señor acompañaba su apostolado con carismas y milagros. Sus devociones más sentidas fueron la Eucaristía (las Cuarenta Horas), la pasión de Cristo (el Calvario, el Vía crucis) y la Virgen María (la Dolorosa). En su Orden ejerció con gran celo y no menor caridad diversos oficios como el de maestro de novicios, guardián o superior provincial. Murió en Acri el 30 de octubre de 1739.

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BEATO ÁNGEL DE ACRI
por Prudencio de Salvatierra, o.f.m.cap.

La infancia de Lucas Antonio Falcone carece de episodios novelescos: es un arroyuelo tan manso y tan callado, que ni en sueños permite presagiar el estrépito que más tarde acompañará a la figura del gran apóstol capuchino.

Aquel niño pálido, silencioso, amigo de rezar y de ayudar al cura de su pueblo en los quehaceres de la parroquia, vive en su pobre casita de Acri, en la Calabria, trabajando con sus padres, rezando con ellos y aprendiendo sus ejemplos y sus virtudes.

Dios empezó a modelar el espíritu del futuro héroe sin violencias y sin golpes extraordinarios, con esa suavidad finísima del amor. El alma del niño iba enriqueciéndose de virtud y de piedad, sin que nadie se diera cuenta de sus progresos admirables, hasta que un día todos se percataron de que aquel jovencito era un verdadero santo. Sus padres, Francisco y Diana, alimentaban el fuego sagrado en el corazón de su hijo, y tenían un vago presentimiento de que Dios le había señalado para muy altos destinos.

Lucas Antonio había colocado, a la cabecera de su pobre lecho, una imagen de la Virgen María, y se le pasaban 1as horas en dulces coloquios con su Madre celestial; por Ella trabajaba en silencio, por Ella obedecía sin protestar, y por Ella también comenzó a discurrir diversas mortificaciones que el amor le iba enseñando con graciosa habilidad.

En la escuela de Acri nadie podía compararse en aplicación y seriedad con Lucas Antonio. Los juegos de sus compañeros, si no le desplacían, le interesaban menos que el estudio y las obras de piedad. Y el ejemplo de su conducta era ya, para todo el pueblo, un destello incipiente del apostolado de toda su vida.

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Llegó por aquellos días a la iglesia de Acri un famoso predicador capuchino, el Padre Antonio de Olivadi, rodeado de una aureola extraordinaria de santidad y de elocuencia; y predicó una de esas misiones que dejan huellas imborrables en las almas de todos los oyentes. Nuestro piadoso joven no podía faltar entre el numeroso auditorio, y seguramente fue el más atento y el mejor preparado para recibir la semilla de la palabra divina.

La voz del capuchino, al hablar de las vanidades del mundo, era un martillo que pulverizaba todos los ídolos de la ilusión; cuándo explicaba la justicia de Dios o los tormentos del infierno era un rayo deslumbrador que hacía temblar a los más insensibles; cuando pintaba las llagas de la culpa, era trémula y sollozante; y al exponer los rasgos delicados de la misericordia divina, en la tierna parábola del hijo pródigo, parecía un arrullo de perdones y de amor.

Lucas Antonio no perdía un movimiento de las manos del orador, ni un parpadeo de sus ojos, ni una sílaba de sus palabras. Comprendió perfectamente la nada de las cosas visibles, y se convenció de que la felicidad soñada por su alma estaba únicamente en el amor de Dios y en el cumplimiento de su santa voluntad.

Varias veces intentó acercarse al misionero; pero el gentío se agolpaba junto al confesonario, y era punto menos que imposible exponerle sosegadamente el estado de su alma y los deseos que iban naciendo en su corazón. Una tarde, viendo al capuchino que pasaba a su lado, se fue tras él, alcanzó a dar un tirón a su hábito y le dijo que le quería hablar inmediatamente. La providencial entrevista terminó con una serie de consejos espirituales que el joven cumplió al pie de la letra: frecuencia de sacramentos, rezo diario del «Reloj de la Pasión», oración continua, amor a la Virgen y pureza de vida. Pero Lucas Antonio no quedó satisfecho, quería algo más; quería ser misionero y capuchino, como aquel santo predicador, y no descansaría hasta conseguirlo.

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Parece que en los reinos de Satán aquella determinación produjo un revuelo extraordinario, porque comenzaron los obstáculos y las tentaciones con tal lujo de abundancia y tenacidad, que, si Dios no lo hubiese evitado, el futuro capuchino se hubiera quedado a las puertas de su vocación.

Tenía dieciocho años cuando solicitó el burdo sayal de San Francisco. A los pocos días, sus entusiasmos se apagaron totalmente. Una enfermedad nerviosa pobló su fantasía de imágenes tristes y de melancólicos presentimientos. El tentador consiguió una victoria momentánea. El novicio dejó el convento y volvió a su casa. Apenas entró por las puertas de su hogar, recuperó la alegría y la salud, y sintió una voz interior que le decía astutamente: «Convéncete, Dios no te quiere capuchino».

Pocos meses más tarde, arrepentido y lloroso, Lucas Antonio se presentó por segunda vez en el convento. Los religiosos le recibieron con gran regocijo. Se creía ya el joven en la tierra de promisión, cuando volvieron las tristezas y los desalientos. Aniquilado, deshecho, tuvo que regresar de nuevo a su casa. Algo de extraordinario había en aquellos súbitos cambios de la voluntad; el joven comenzó a maliciar las astucias del demonio, y se propuso resolver su situación con la penitencia y con las plegarias. Acudió a su querida Virgen, le ofreció su vida y todo su ser; y al instante conoció que su vocación era decidida, y que podía contar con los auxilios del cielo.

Pocas veces ha tenido más hermoso cumplimiento el refrán que dice: «A la tercera va la vencida». Contando veinte años de edad, desechando las promesas de dicha que un tío suyo le susurraba con insistencia, nuestro joven dio el adiós definitivo al mundo y vistió el hábito capuchino en el convento de Belvedere. Nuestro santo contó, muchos años más tarde, que al dirigirse al noviciado, llegó a orillas del río Crati y no pudo atravesarlo, por la extraordinaria fuerza de su corriente. Ante la imprevista dificultad, hizo una ferviente oración, pidiendo al Señor que le ayudara en aquel trance. Aún estaba con la plegaria en los labios, cuando vio a su vera un hombre gigantesco y de horrible catadura, que, cargándolo sobre sus fornidas espaldas, en un instante le dejó en la orilla opuesta. El hombre misterioso desapareció súbitamente. «Dios me reveló mucho tiempo después -decía el santo- que aquel hombre era el mismo demonio. El Señor, en castigo de haberme sacado dos veces del convento, le obligó a servirme en la tercera tentativa».

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En el año del noviciado, Fray Ángel echó los cimientos sólidos e inconmovibles de su futura santidad. Largas meditaciones, penitencias de toda clase, dominio perfecto del carácter, enfrenamiento de la propia voluntad, culto entusiasta de la pobreza seráfica, pureza angelical: breves palabras que encierran un abismo de fervor y de energía. Los asaltos incesantes de la tentación se estrellaban y desvanecían contra aquel espíritu férreo que soportaba con alegría el enorme peso de la vida monástica. Y cuando el joven capuchino hizo la profesión, parecía un religioso maduro y de acabada virtud, más que un principiante que daba los primeros pasos.

El estudio de las ciencias eclesiásticas fue para Fray Ángel, hasta el día de su ordenación sacerdotal, campo fértil de conocimientos que alimentaban, al mismo tiempo, su clara inteligencia y su voluntad sin límites. Meditando en los nuevos horizontes que la teología iba descubriendo a los ojos de su alma, supo adquirir más el espíritu que edifica, que la vana ciencia que hincha, sacando de cada página de sus libros un nuevo motivo de celo apostólico que sería muy pronto el fuego devorador de toda su vida. Armonizaba con extraña habilidad la mortificación de los sentidos con el conocimiento de Dios; la humildad era el contrapeso que regulaba los progresos en la sabiduría; y la fiel observancia de sus deberes religiosos ponía un marco de justeza y de seriedad en el cuadro perfecto de todas sus obras. El alma de Fray Ángel adquirió, en breve tiempo, la plenitud espiritual y científica que sólo es dado admirar en los hombres muy probados.

Después de la ordenación sacerdotal, el siervo de Dios comenzó una serie interminable de duros trabajos de apostolado. Su primera misa, en la que se mezclaron los fervores del nuevo sacerdote con la intensa emoción de los asistentes, demostró que el Padre Ángel era un hombre de Dios, seráfico en los transportes del amor e invencible en los combates del espíritu.

Los superiores, que conocían y admiraban las excelentes dotes del joven religioso, le mandaron inmediatamente al campo de su verdadera actividad. Poseía todas las cualidades que permiten asegurar una vida de triunfos: elocuencia penetrante y sugestiva, ingenio cultivado en todas las ciencias, virtud acrisolada, celo incontenible por la salvación de las almas. Y el Padre Ángel recibió el mandato de la obediencia con todas las ansias de su corazón ilusionado.

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Nuestro santo fue un reformador original de la elocuencia sagrada en aquella época de extravíos oratorios de que casi todos los predicadores se contaminaron. Las frases más rebuscadas y chocantes, los giros retorcidos y sutiles, las aplicaciones arbitrarias y ridículas de los textos escriturarios habían cundido de tal suerte entre los sacerdotes católicos, que sólo se reputaba por elocuente e ingenioso el que vencía a los demás en rarezas extravagantes. El público, descaminado por la costumbre, acabó por aplaudir con tanto mayor entusiasmo cuanto menos entendía de aquellos enredados conceptos.

Nuestro Beato Ángel de Acri comenzó su ministerio apostólico haciendo una pequeña concesión a los gustos de la época. No cometería él el defecto de envilecer la palabra de Dios con las sugestiones del amor propio; no se obscurecerían sus sermones con metáforas primorosas e ininteligibles, ni con laberintos de ideas; pero escribiría sus sermones con atildamiento retórico, cuidaría y limaría los períodos, buscando en ellos el deleite poético de las frases galanas, y se aprendería sus discursos al pie de la letra, para mayor gloria de Dios y bien espiritual de los oyentes.

Con estas ideas escribió una colección de sermones cuaresmales, poniendo en ellos todos los primores que su talento y su poderosa imaginación le iban dictando. Aquellas páginas que brotaron de su bien cortada pluma en días de juvenil entusiasmo debieron ser obras maestras de dialéctica y de belleza oratoria. Nuestro joven misionero se las aprendió fielmente, gracias a su prodigiosa memoria, y comenzó la cuaresma en el pueblo de Corigliano. Bien sabía el novel predicador que una fervorosa oración es más eficaz que cien bellos discursos, y que la penitencia alcanza del cielo más gracias que las palabras vanas de la soberbia. Antes de subir al púlpito, la mortificación y la plegaria dieron la última mano a su preparación científica.

Pero allí, en la cátedra del Espíritu Santo, le esperaba la gracia de Dios para darle una tremenda lección que él aprendería admirablemente, y que no olvidaría ya en todo el curso de su larga carrera apostólica.

El sermón de entrada fue un torbellino confuso de ideas y de afectos; la memoria le había traicionado lamentablemente por vez primera en su vida. No supo qué decir, no se le ocurriría nada; todas las frases que había estampado en sus cuadernos se las llevaba en sus alas el viento de un repentino olvido. Balbució algunas palabras temblorosas, y bajó del púlpito, avergonzado y triste por la inesperada desgracia. Los días siguientes se repitió el fracaso, con la creciente amargura del predicador.

En el fondo de su alma sentía como una voz que le avisaba de la inutilidad de sus esfuerzos, y al mismo tiempo le animaba a confiar únicamente en la gracia de Dios. Movido por esa fuerza irresistible, cayó de rodillas en medio de su celda, pidiendo al Señor que se dignara manifestarle su voluntad. Aún no había terminado su ardiente plegaria, cuando escuchó claramente una voz que le decía: «No temas, Ángel; yo te daré el don de la predicación, y en adelante bendeciré todos tus trabajos». «¿Quién eres tú?», preguntó el religioso. Y la misma voz contestó: «Yo soy el que soy. Tú hablarás desde ahora con otras palabras, y tus discursos serán comprendidos por todos». Cuentan los biógrafos que esta voz fue acompañada de una especie de terremoto; el misionero cayó desvanecido en tierra, como otro Saulo; y más tarde, cada vez que recordaba las palabras de la voz misteriosa, temblaba de pies a cabeza.

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La lección dio excelente resultado. El misionero cambió totalmente de métodos y de oratoria. La oración fue la fuente principal de sus sermones, y en su celda no se veían más que dos libros: la Biblia y el crucifijo.

Ya no bajará nunca del púlpito insatisfecho o humillado: su palabra será como el tronar de los profetas y apóstoles; en ella vibrarán, con pasmosa propiedad, todos los acentos bíblicos, desde los terribles presagios de Jeremías hasta las escondidas y proféticas máximas del Apocalipsis. Los teólogos que oían al Padre Ángel de Acri sacaban la conclusión de que su modo de hablar no se aprendía en las aulas.

Y todo ese cúmulo de maravillas salía de sus labios envueltas en un ropaje sencillo y ajustado, con palabras llanas y sin adornos superfluos, fuera de las maneras consagradas por una vieja costumbre. El Padre Ángel tenía una originalidad extraña, muy difícil de alcanzarse: la originalidad de la sencillez y de la claridad, en una época dominada por el conceptismo y por la extravagancia.

No faltaron espíritus superficiales que se burlaran de la llaneza oratoria del capuchino. Sus discursos no merecían, en opinión de los tales, el nombre de elocuencia sagrada: eran unas conversaciones familiares, indignas de un ministro del Altísimo.

Muy pronto los críticos pedantes tuvieron que desengañarse: el nuevo apóstol atraía a su púlpito a toda clase de gentes, ávidas de escuchar aquella palabra calurosa que recordaba las amables pláticas del divino Maestro. Los auditorios se conmovían hasta un grado indecible con los sermones del Padre Ángel. Era frecuente el caso de tener que interrumpir el discurso para dar rienda suelta a los sollozos de los oyentes: las explosiones del fervor o del arrepentimiento estallaban con sublime espontaneidad, según los deseos del predicador. Con el crucifijo en la mano izquierda, al término de sus sermones, era irresistible: los corazones más empedernidos y tenaces se ablandaban y rendían en aquellos supremos momentos en que el orador comunicaba a todos los presentes los afectos de su tierno corazón.

El crucifijo del Padre Ángel, ora lo llevase sobre el pecho, ora lo estrechase entre los brazos, o lo tuviese en las manos mirándolo con ojos de amor, era algo tan inseparable y tan consustancial en su figura, que no se le podía imaginar separado de la cruz de Cristo. La cruz era el adorno y el complemento de su hábito, lo que nunca se olvida ni se pierde, lo que se lleva a todas partes, el libro de consulta, el alimento confortante y sabroso, el objeto preferido, el amigo que jamás se abandona. De Cristo y de su Pasión hablaba en todos los sermones y aun en las conversaciones privadas; los pensamientos más originales, las frases más caldeadas, las ternuras más emocionantes salían de su boca al tratar de Jesús Crucificado y de la Madre Dolorosa.

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En el término de las misiones, buscaba un cerro o una colina que pudiera verse bien de todo el pueblo, y allí fijaba tres cruces que recordaran continuamente a todos los habitantes el amor inmenso de Cristo; pero antes había trabajado por imprimir, en los corazones de sus oyentes, el amor y la devoción a la cruz. Organizaba una solemne procesión de penitencia, que solía ser un acontecimiento inolvidable, por las ceremonias impresionantes que la acompañaban. Abría la procesión un numeroso grupo de hombres coronados de espinas; seguían los clérigos vestidos de saco y de cilicio; detrás, rodeado del pueblo, iba el Padre Ángel cargado con la cruz más pesada, y a su lado caminaban otros dos sacerdotes con cruces más pequeñas. En el trayecto, hasta la cima del nuevo Calvario, se rezaba y cantaba el «Reloj de la Pasión», dividido en veinticuatro meditaciones que comprendían todo el drama del Gólgota, desde la última Cena hasta la sepultura de Jesús. El acto terminaba con una vibrante alocución, en la que el misionero, transformado por su amor seráfico, inculcaba la devoción a la cruz y pedía que todo el pueblo saludara diariamente a Cristo Crucificado.

El Beato Ángel de Acri, a quien con justicia se ha llamado «el apóstol de la Calabria», sembró de cruces todas las montañas y pueblos por donde pasó. En el villorrio de Mendicino, Dios demostró con un inusitado prodigio cuánto le agradaban aquellas devotas prácticas del fervoroso misionero. En la procesión final, cuando la muchedumbre se disponía a adorar la cruz que iba a colocar el Padre Ángel sobre una montaña, aparecieron en el aire otras tres cruces brillantes, como formadas por nubes y rayos de sol, perfectamente dibujadas, que fueron vistas por toda la concurrencia durante un largo rato. El pueblo, dando clamores de asombro y de piedad, cayó en tierra de rodillas, mientras el capuchino pronunciaba uno de los sermones más inspirados de su vida.

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Fue también nuestro santo un incansable propagador de la devoción al Santísimo Sacramento, no dejando pasar ocasión sin incitar al pueblo a la comunión frecuente, valiendose para ello de su prodigiosa habilidad e inagotable inventiva que hicieron de él uno de los apóstoles más notables de la Eucaristía. La devota práctica universalmente conocida con el nombre de «Las Cuarenta Horas» tuvo un éxito inmediato, gracias a la labor propagandista del Beato Ángel de Acri. Él mismo adornaba los altares y colocaba las flores y los cirios con exquisito buen gusto; organizaba procesiones eucarísticas y coros de adoración nocturna; y, sobre todo, encendía los corazones con su palabra cálida y con el ejemplo de su fervor. Puede decirse que el Padre Ángel vivía en la perpetua compañía de Jesús Sacramentado: sus visitas al sagrario eran tan frecuentes, que parecía no poder vivir sin acercarse de continuo a su Dios; la celebración de la santa misa era el acontecimiento más esperado del día, y se veía que en el altar hallaba un manantial de delicias y un descanso reparador de su incesante actividad. Por dondequiera que pasaba el siervo de Dios, quedaba, como recuerdo de su visita, un culto más fervoroso del Santísimo Sacramento: era el incendio de su alma que sembraba por todas partes chispas ardientes de amor. «¡Qué hermoso es amar a Dios!», repetía con frecuencia. Y esa frase llegó a hacerse familiar entre todos los amigos del Padre Ángel.

La Virgen Santísima, especialmente en sus Dolores y en su Inmaculada Concepción, fue otro de los amores dominantes del apóstol capuchino. En las vigilias de las festividades de María, su oración era más larga, sus penitencias más duras, sus obsequios más frecuentes. Todos los sábados del año ayunaba a pan y agua en homenaje a María, la saludaba miles de veces, adornaba sus altares y predicaba sobre sus glorias. No podía ver una imagen de su Reina y Madre sin correr anhelante a su lado; y muchas veces fue visto en profundo arrobamiento como si estuviera contemplándola, o entretenido en sabrosas pláticas, que daban una extraña animación a su extática figura.

Cuando hablaba de los dolores de María, ni el predicador ni los oyentes podían contener las lágrimas; era tan viva la expresión de su rostro, tan efusiva su palabra y tan sincera e intensa su compasión, que bastaba oír una sola vez alguno de aquellos sermones del capuchino para sentir inmediatamente la comunicación irresistible de su ternura.

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Casi todo el apostolado del Beato Ángel de Acri tuvo por escenario las dos provincias de la Calabria, provincias que recorrió en todas las direcciones, durante treinta y ocho años de no interrumpida labor. Sólo por excepción visitó otras provincias italianas: Dios le había destinado para que fuera el apóstol calabrés por antonomasia, y entre las gentes de aquella tierra sembró a manos llenas los abundantes tesoros de su elocuencia y los claros ejemplos de su virtud. Los obispos de Cosenza, Bisignano, San Marcos, Nicastro, Oppido y muchos otros declararon solemnemente que sus diócesis habían sido removidas y santificadas por las predicaciones del Padre Ángel, por sus milagros y por sus eminentes virtudes.

Uno de esos monstruos de inmoralidad y de degradación que suelen ser el escándalo perenne de campos y ciudades, conocido por el apodo de Patacca, entró un día por casualidad en la iglesia de los capuchinos, durante uno de los sermones del Padre Ángel. Le agradó aquel modo de hablar, sencillo y enérgico a la vez, y se colocó cerca del púlpito para oír mejor. Acabado el sermón, Patacca entró en la sacristía, se postró ante el siervo de Dios, hizo una confesión llorosa de todos sus crímenes y salió de allí completamente transformado: el buen Patacca fue, en adelante, modelo de virtud y ejemplo de penitencia.

En 1711 predicó en Nápoles una cuaresma, que vino a resultar una serie de hechos prodigiosos. Al principio, los napolitanos, acostumbrados a otra oratoria más brillante, despreciaron al capuchino y se burlaron de sus sermones. El tercer día sólo acudieron a oírle cinco o seis personas. El rector de la iglesia, en vista del fracaso, le despidió bruscamente y hasta le prohibió celebrar la santa misa. El Padre Ángel emprendió su regreso al convento; pero cuando estaba ya en las puertas de la ciudad, fue alcanzado por un enviado del arzobispo, que le pedía, en nombre de Dios, volver y reanudar sus predicaciones. El humilde capuchino así lo hizo, y continuó su cuaresma con tal éxito, que, al terminarla, tenía que ir a la iglesia escoltado por un grupo de hombres: la multitud se lanzaba tras el orador, le cortaban pedazos de hábito como preciosas reliquias, le aclamaban por todas partes y pedían a gritos su bendición y sus consejos.

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La actividad del Padre Ángel no se limitó al apostolado en las ciudades y los campos; también dentro del claustro dejó huellas profundas de santidad y ejemplos de espíritu observante y austero.

La pobreza franciscana parecía en nuestro santo una pasión que él alimentaba y robustecía con heroica constancia. Su celda era un santuario de pobreza: un jergón de paja, una manta raída, un crucifijo, la estampa de la Dolorosa pegada a la pared, el breviario y la Biblia; oculto detrás de la puerta podía verse un montón de cilicios y las disciplinas. Sus predicaciones y trabajos fueron siempre gratuitos, sin aceptar jamás para sí la más pequeña limosna; y ésa fue también la orden que dio a sus súbditos siendo Provincial de Calabria. Hallaba un placer especial en carecer de todo, como el más perfecto de los mendigos; y se contentaba con lo absolutamente necesario para la vida. Su hábito remendado y limpio, su comida escasa, el odio que profesaba a todo lo superfluo hacían del Padre Ángel la figura ideal del perfecto capuchino.

Otro de los rasgos más señalados de nuestro santo fue su virginal castidad, nunca empañada con la más mínima sombre de impureza. En el continuo trato con toda clase de gentes, tuvo con frecuencia tentaciones y peligros. Pero el Padre Ángel, con su filial devoción a la Virgen y con el ejercicio valeroso de ásperas penitencias, resistía invicto todos los ataques de la carne y esparcía por doquier el perfume de su pureza. Cuéntase que un día, asaltado de furiosa tentación que no le dejaba sosegar, se postró en el suelo de su celda y pidió a Dios, con lágrimas de humildad, que viniera en su auxilio. La respuesta del Señor fue rápida y consoladora: el santo, arrebatado en éxtasis repentino, vio a Cristo que se le acercaba y le tocaba con sus divinas manos, asegurándole que, en adelante, sentiría una perfecta paz y un absoluto dominio de las pasiones.

Pero ni la castidad ni la pobreza harían perfecto a un religioso, si no estuvieran enlazadas con la obediencia, tercer fundamento de la vida monástica. El Padre Ángel, dechado de las dos primeras virtudes, fue también un modelo excelso en la tercera. Siendo súbdito, jamás se permitió, ni de pensamiento, salir de los límites impuestos por los superiores; y esa conducta iba acompañada de tal sinceridad y prontitud, que desde los primeros años fue un ejemplar que todos los religiosos procuraban imitar. Elegido superior de varios conventos, y más tarde Provincial, estaba pronto a obedecer al último de sus subordinados, para no verse privado del mérito de la obediencia.

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Por todas estas virtudes, realzadas por el prestigio de su ciencia y de sus milagros, el Padre Ángel de Acri fue en su tiempo tal vez el hombre más popular, admirado y querido, dentro y fuera de su Orden. Los religiosos le miraban como a un nuevo San Francisco, a quien se parecía hasta en su aspecto físico; los pueblos le oían como a un oráculo; los obispos le pedían oraciones para la reforma de sus diócesis.

Había llegado a los setenta años con la aureola de la santidad y de la sabiduría.

En el último tiempo quedó completamente ciego: sólo se abrían sus ojos cuando subía al altar para celebrar la Santa Misa.

Sabía que su vida estaba próxima a extinguirse, y se preparó para el gran viaje con la envidiable serenidad de los justos. A un religioso le dijo con toda claridad: «Hermano mío, sabed que en la mañana del viernes, al despertar el día, saldré de este mundo». Su enfermedad, misteriosa y desconcertante para la ciencia médica, era más una ansia del alma que una dolencia del cuerpo. Él mismo pidió la Extremaunción, y después bajó a la iglesia para recibir el santo Viático, insistiendo en el anuncio de su cercana muerte. Los médicos, que conocían su espíritu profético, aseguraban: «La enfermedad del Padre Ángel no es grave; pero morirá, porque él lo dice, y nosotros sabemos que la vida de este hombre se rige por leyes extraordinarias».

El enfermo, en medio de arrobamientos continuos, no cesaba de repetir su frase favorita: «¡Qué hermoso es amar a Dios!» Y sus fuerzas se iban debilitando rápidamente.

El viernes 30 de octubre de 1739, poco antes de la salida del sol, teniendo en los labios los nombres de Jesús y María, murió en el convento de su pueblo natal, dejando tras de sí una estela de virtudes y milagros que hicieron gloriosa su tumba.

El apóstol de la Calabria fue elevado a los altares por el Papa León XII en 1825.

[Prudencio de Salvatierra, OFMCap, Beato Ángel de Acri, en Idem, Las grandes figuras capuchinas. Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 231-248].

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BEATO ÁNGEL DE ACRI
Capuchino y misionero popular

por Fernando de Riese Pío X, o.f.m.cap.

En el extremo meridional de la península italiana, dentro de la provincia capuchina de Cosenza, se destaca la figura del beato Ángel de Acri. En Acri nació nuestro beato el 19 de octubre de 1669, allí murió el 30 de octubre de 1739 y allí reposan sus restos, en el templo dedicado a la Inmaculada Concepción y llamado «santuario» del beato Ángel. La provincia capuchina de Cosenza fue fundada en 1584. En el provincialato del beato Ángel (1717-1720), la provincia de Cosenza contaba 37 conventos y 407 religiosos. El convento de Acri, fundado en 1584, está situado sobre una altura que domina la pequeña ciudad. En aquellos tiempos, el territorio formaba parte del reino de Nápoles; actualmente pertenece a la provincia civil de Cosenza y a la diócesis de Bisignano.

FRACASOS JUVENILES

Su nombre de pila fue Lucas Antonio; Lucas, por la circunstancia de haber nacido un día después de la fiesta litúrgica del evangelista san Lucas que se celebra el 18 de octubre. Fueron sus padres Francisco Falcone, labrador y dueño de una manada de cabras, y Diana Enrico, hornera. Estos pronto se dieron cuenta del carácter de Lucas Antonio: era áspero e indomable, duro y fuerte como la montañosa Calabria, dominada por la meseta de Sila (1.928 m). Verdadero hijo de aquella tierra, hizo patente su rudeza persistente, durante setenta años de vida, en toda la Calabria y en gran parte de Italia del sur: un hombre venido de los montes.

Un episodio nos hace entrever la fuerte personalidad de Lucas Antonio. Lo contaba él mismo, siendo ya sacerdote capuchino, y se encuentra en las actas del proceso de beatificación, del que tomaremos muchos de los datos que iremos ofreciendo: «Cuando él era pequeño, muy pequeño, su madre lo llevaba consigo a la iglesia; y el pequeño hacía travesuras en la misma iglesia, como lo hacen todos los niños pequeños... Una vez, para librarse de esas molestias, la madre lo encerró en casa y se fue sola a la iglesia. El niño, por despecho, intentó arrancar un cuadro de la Virgen colgado en la pared. De pronto, se le pasó la rabieta y cambió de humor: se arrodilló delante de la Virgen y puso bajo sus rodillas granos de trigo que había en el suelo... Así lo encontró su madre: con las rodillas llenas de hoyuelos por los granos de trigo».

Debilidad de corazón, pesadillas, sugestiones y fantasías sentimentales: ésa fue la historia de su vocación. Consiguió hacerse capuchino después de pruebas y más pruebas, superando los primeros fracasos, combatiendo y sufriendo.

El padre había muerto, no se sabe cuándo. La madre tenía un hermano sacerdote, Domingo, con quien Lucas Antonio vivía de ordinario; luego volvió a casa de su madre, asistiendo alternativamente a la escuela y al convento de capuchinos. Sobre su porvenir se cernían incertidumbres e interrogantes, tanto más cuanto que el tío sacerdote parecía no ver con buenos ojos cierta propensión de Lucas Antonio hacia los capuchinos. Por otra parte, el joven no quería dejar sola a su madre viuda, por la que sentía intenso afecto. El tío sacerdote soñaba hacer de él un hombre suficientemente instruido para colocarlo en algún puesto de trabajo con que pudiera sostener a su madre.

Entre la incertidumbre del joven, el deseo del tío sacerdote y la expectativa de la madre, llegó a Acri, en 1689, el famoso predicador capuchino padre Antonio de Olivadi, muy conocido y apreciado por su santidad. Nacido en 1653 y capuchino desde 1670, recorría los pueblos de Calabria predicando con ardentísimo celo, particularmente sobre la pasión del Señor. Murió en concepto de santidad el 22 de febrero de 1720. Encuentros y coloquios habidos con tal predicador reforzaron la decisión de Lucas Antonio de hacerse capuchino. Tenía entonces veinte años.

La tarde del 8 de noviembre de 1689, Lucas Antonio vistió el hábito capuchino en el noviciado de Dipignano. Llegó el nuevo año 1690 y con él un cúmulo de dudas, incertidumbres y fantasías... Cedió. Y por no haber encontrado en el convento la pobreza que esperaba, pidió salir del noviciado y volvió a casa de su madre.

No le dieron tregua sus dudas, arrepentimientos, interrogantes y crisis. Por fin se resolvió a reanudar la prueba anterior. Fue a Belvedere Marítimo y vistió de nuevo el hábito capuchino. Pero volvieron también las fantasías y sugestiones, que otra vez condujeron al novicio a su casa de Acri, donde se consideró vencido por segunda vez.

LUCHA ULTRADECENAL

Por tercera vez Lucas Antonio se presentó en el noviciado, en Belvedere Marítimo, y por tercera vez recibió el hábito capuchino el 12 de noviembre de 1690. Como otras veces, estaba resuelto a resistir a toda suerte de tentaciones. Pero otra vez las tentaciones volvieron al ataque. Se reavivó la crisis, con la perspectiva de un nuevo fracaso...

Estaba ya para terminar el año de la prueba. Un día, Lucas Antonio, extenuado por una lucha sin tregua, oyó leer en el refectorio la vida de fray Bernardo de Corleone, cuya causa de beatificación se había introducido. Aquel día se leía cómo fray Bernardo había conseguido vencerse a sí mismo.

Lucas Antonio quedó muy animado con el ejemplo de fray Bernardo. Terminó el año del noviciado, pronunció sus votos en 1691 y recibió el nombre de fray Ángel, nombre de buen agüero. Años más tarde, el padre Ángel expuso a su confesor el secreto de su victoria: «Entrado por tercera vez en el noviciado, volvieron las mismas tentaciones, pero yo era fuerte y constante en rechazarlas mediante fervorosas y ásperas penitencias».

Pasó varios años en los estudios de letras, filosofía y teología en los conventos de Saracena, Rossano, Corigliano Cálabro y Cassano Jonio. Recibió el diaconado el 18 de diciembre de 1694 en la catedral de Cosenza.

Estos años de preparación para el sacerdocio parece que fueron también años de lucha, y, según la referida confesión, de «fervorosa oración y de ásperas penitencias». Fue una lucha que se prolongó durante doce años. En el proceso ordinario de beatificación de Bisignano un testigo refiere: «Recuerdo que el padre Ángel dijo algunas veces en la predicación haber combatido nada menos que durante doce años para obtener de Dios el don de la castidad y el de no sentir el fomes de la concupiscencia... Con algunos ejemplos exhortaba a todos a combatir contra el vicio de la deshonestidad, encomendándose a Dios en tales casos».

A los treinta años, el 11 de abril de 1700, fue ordenado sacerdote en la catedral de Cassano Jonio.

PREDICANDO LOS VICIOS Y LAS VIRTUDES

Fechada en Parma el 24 de noviembre de 1701 y firmada por el vicario general de la Orden, llegó al padre Ángel la facultad de predicar. Y a la predicación se dedicó con el mayor empeño durante sus últimos treinta y ocho años de vida, acompañado siempre de un hermano capuchino.

La preparación en los estudios había sido completa; tenía una voz robusta, natural, a veces impetuosa y rimbombante, como la había heredado de la naturaleza y aprendido en los montes. Le pedían novenarios, predicaciones apologéticas, cursos de misiones y de ejercicios espirituales y cuaresmas de los pueblos de toda Calabria y de fuera de ella, de Nápoles, de San Germano de Monte Cassino, etc. En treinta y ocho años de predicación fueron treinta y ocho las cuaresmas predicadas, hasta cuatro veces en el mismo lugar, como en Acri y en Cetraro.

Su primera predicación cuaresmal fue en 1702, en San Giorgio Albanese, pequeño municipio de las cercanías de Acri. Dio comienzo el sermón el miércoles de ceniza. Después de las primeras frases preparadas en el papel, donde había escrito toda la predicación con la mayor diligencia, el predicador se cortó..., y ya ni la memoria ni las palabras escritas venían a sus labios. Bajó humillado del púlpito. ¡Así inauguraba su carrera de misionero apostólico! Le infundió ánimo el párroco. Al día siguiente, nuevo intento... y nuevo fracaso. Al tercer día, lo mismo.

Cabizbajo y con no poca amargura y preocupación ante la ineficacia de sus manuscritos, en los que la predicación iba desgranándose palabra por palabra, el padre Ángel tuvo una inspiración: dejar las predicaciones escritas y adoptar una oratoria más sencilla, más conforme con el estilo evangélico. Se decidió, pues, a emplear ese método de predicación, procurando dar al pueblo cristiano pan más bien que flores, abandonando la altisonante y pomposa oratoria heredada del manierismo y del barroco del siglo XVII, para acomodarse al tono más sosegado de los apóstoles y de los primeros capuchinos anunciadores de la Palabra. Buscó la verdad que nutre, más que la exposición halagadora del oído, ineficaz para sacudir las conciencias y convertir los corazones.

El fracaso de los comienzos sirvió al padre Ángel para hacer más evangélica y franciscana su oratoria, oratoria que produce conversiones y fortalece a los buenos. Vivió entre los tiempos del padre Ségneri (1694), restaurador de la oratoria sagrada en pleno siglo XVII, y los de san Alfonso María de Ligorio (1787), autor de normas de predicación, contemporáneo del capuchino cardenal Francisco M. Casini (1648-1719) y de san Leonardo de Porto Mauricio (1676-1751). El padre Ángel trata de amoldarse a una exposición sencilla y popular y típica de los franciscanos san Bernardino de Siena y san Leonardo de Porto Mauricio.

Un juicio sobre el modo de predicar del padre Ángel lo exponen los dos primeros testigos en el proceso apostólico de Bisignano: «Sus enunciados estaban siempre de acuerdo con la doctrina de la Iglesia... Sus predicaciones eran sanas y dictadas por el Espíritu Santo». «Con admirable sencillez partía el pan de la divina palabra, y pensaba que era mejor ser entendido por todos que agradar a pocos por la finura del estilo. Sus palabras eran ardorosas, expresión de su celo interior, y todos sus discursos estaban fundados en sólida doctrina, extraída de la Sagrada Escritura. Su modo de decir era sencillo y expresado en lengua vernácula, pero sólido y conforme a la sana doctrina de la Iglesia». El testigo 15º, en el mismo proceso, dice que oyó a nuestro predicador, e insiste: «Sus predicaciones eran todo fuego... Desde el púlpito y desde el altar arremetía contra el vicio y exponía su deformidad con tal maestría que todos quedaban compungidos».

Sobre el contenido doctrinal y la finalidad de las predicaciones del padre Ángel, depone en el proceso apostólico de Cosenza el testigo 5º, quien parece ejemplificar cuanto prescribe san Francisco a sus frailes predicadores en el capítulo IX de la Regla de 1223: «Sus predicaciones eran siempre prácticas, enderezadas al aborrecimiento del vicio y al ejercicio y práctica de las virtudes; predicaciones que eran pábulo para todo estado de almas, para los principiantes, proficientes y perfectos, según las prácticas que en ellas se proponían con tanta unción de espíritu... Eran sus predicaciones un cúmulo de hechos y sentencias de la Sagrada Escritura, corroborados por exposiciones naturales y morales al mismo tiempo... Con algunas fórmulas o modos de decir, breves y acomodados a la capacidad del auditorio, decía mucho y hería los corazones con indecible y espiritual provecho de cuantos le escuchaban con el mayor agrado».

Es como un paradigma o norma de cuanto enseñaba el padre Ángel en la predicación a los religiosos y de cuanto escribía el 22 de octubre de 1734 al padre José Antonio de Génova: «No deseéis vuestra gloria, en todas vuestras acciones observad los diez mandamientos, los preceptos de nuestra santa madre Iglesia, las promesas hechas a Dios en vuestra profesión, los consejos que nos da la Iglesia en el sacrosanto Evangelio; en fin, obre en conformidad con todo lo que Dios quiere, y con afecto de corazón y con verdad dirá Pater noster, qui es in coelis...»

Sobre los estímulos de la gracia que suscitaba la predicación del padre Ángel, «siempre incansable y con espíritu fervoroso... hasta el final de su vida», informa el testigo 8º en el proceso ordinario de Consenza: «Fue indecible el fruto de su predicación, tanto que muchos pecadores inveterados se dieron a una santa penitencia con cambio repentino de vida». El testigo 15º, un capuchino que fue varias veces compañero de predicación, añade: «Su predicación sencilla y franca era deseada por todos, por ser sustancial y provechosa a sus almas; más aún, decían todos que en él predicaba el Espíritu Santo, por las conversiones y cambios de vida que se veían en los más perversos y obstinados pecadores, viéndose las ciudades y lugares de libertinaje convertidos, después de sus predicaciones y misiones, en otras nínives penitentes».

En vista de tales frutos espirituales, se acumulaban las demandas de párrocos y obispos, que deseaban tener entre sus fieles al misionero padre Ángel. El testigo 15º, citado hace un momento, dice que el padre Ángel «en el desempeño de misionero fue tan singular que parecía ser un apóstol o que habitaba en él el Espíritu del Señor..., por lo cual, tanto príncipes seculares como prelados de la santa Iglesia, conociendo su grandísimo celo, lo solicitaban a los superiores... de modo que era aclamado por todos como mandado de Dios para arrancar la cizaña del pecado».

PREDICADOR CRITICADO Y EFICAZ

A pesar de todo el bien que el padre Ángel estaba haciendo en Calabria, no faltaron descontentos y críticas en algunos de los que le escucharon, y hubo reproches e injurias de parte de algunos de sus oyentes.

Por ejemplo, en Amantea y en otros lugares, algunos jóvenes se mofaron «de su manera común de predicar»; otros lo censuraban «porque usaba términos vulgares», «porque era torpe su estilo, por las palabras y vocablos que empleaba y por la concatenación de los sentimientos»; otros se burlaban de él «por sus palabras demasiado vulgares y por sus gesticulaciones... que parecían pueriles». El párroco de la iglesia de San Eligio, en Nápoles, por medio del sacristán, dijo al padre Ángel, que había ya comenzado la predicación cuaresmal, que no volviera a predicar. Pero en seguida fue llamado de nuevo. En Amantea el universitario Felipe Aurati una mañana interrumpió la predicación del padre Ángel y lo insultó delante de la asamblea reunida alrededor del púlpito; el motivo aducido era que el predicador había impugnado ciertas afirmaciones filosóficas de Renato Descartes, el famoso Cartesio. No contento con eso, el estudiante contradictor, por la tarde, volvió a gritar al padre Ángel, que estaba en el confesonario: «Usted es un ignorante, un frailuco desprovisto de toda literatura y tiene el atrevimiento de poner en su boca hombres excelentes en filosofía».

Los testigos concuerdan en decir que el padre Ángel «sostuvo con fortaleza» tales críticas, discrepancias, villanías y contradicciones; rechazado de Nápoles, no obstante haber sido llamado por el arzobispo Pignatelli, «se marchó». «Nunca se turbó, ni de los escarnios de los pueblos por su lenguaje vulgar, pero fructuoso para las almas, ni se alteró viéndose maltratado; sino que, siempre inmutable en todo choque u ocasión de ira, con espíritu tranquilo, con corazón sosegado, con rostro alegre, con voluntad imperturbable, recibía las afrentas, irrisiones y contumelias como si se tratara de aplausos y bendiciones».

Un día, hasta las capuchinas de Acri -de las que había sido fundador y era entonces director espiritual-, «por no someterse a las santas admoniciones del Siervo de Dios», que las exhortaba a vida más austera, «descaradamente tuvieron la osadía de injuriarlo villanamente»; el padre Ángel, «con el rostro sereno y alegre, escuchaba tales injurias y contumelias, y sonreía, pidiéndoles compasión y diciéndoles: "Me alegro de que os hayáis contristado fructuosamente y espero que el Señor os dé la gracia de poder tolerar su peso"».

Era él el primero en reconocerse públicamente, hasta en el púlpito, predicador inepto. Algunos testigos recuerdan que «el padre Ángel, en la predicación de la palabra de Dios, se humillaba a sí mismo, expresando públicamente la bajeza de su origen y diciendo que por dos veces había dejado el hábito capuchino; durante la predicación se declaraba ignorante, añadiendo que, si había en él algo de bueno, era todo obra de la gracia de Dios. Y decía mientras huía... de los aplausos: "La gloria se debe a Dios solo, no a mí, que soy un miserable pecador". Huía, más aún aborrecía todo homenaje y aplauso y aprecio que le tributaban los pueblos; y en tales casos, además de dar señales de disgusto, decía en voz baja: "Non nobis, Domine, non nobis...", no a mí, Señor».

Por otra parte, los inteligentes, y sobre todo los buenos, quedaban admirados de su predicación, que la juzgaban «de una manera divina y superior a sus conocimientos», juzgaban su predicación «no... un parto de mente humana, sino... verdaderas ilustraciones sobrenaturales». En otras deposiciones del proceso algunos testigos dijeron que «el Espíritu Santo le sugería la materia de su predicación». «Que parecía ser un apóstol y que habitaba en él el Espíritu del Señor»; «la gente lo creía un Gregorio Magno con una elocuencia toda divina... y por eso lo consideraba un portento de la gracia y voz del Espíritu Santo».

Un testigo relata los frutos maravillosos de la predicación del padre Ángel: «Se veían tan estrepitosas conversiones de almas, ablandados los corazones de los más duros pecadores, sueltos los nudos de las costumbres más inveteradas, llamados a la penitencia los pecadores de muchos años, extirpados los rencores y enemistades, inflamadas en el amor del Señor almas tibias en el espíritu. En suma, las ciudades, las tierras, los pueblos donde el Siervo de Dios predicaba se veían santificados, los campos mejor cultivados y exuberante el terreno de la santa Iglesia».

Insisten en considerar al padre Ángel «un ángel del Señor, un apóstol mandado por Dios para unir a todos en la caridad y en el costado de Jesucristo» por medio de la predicación evangélica, «arrancando en todas partes la cizaña del vicio y de los pecados».

El docto obispo de Opido, mons. Perrimezzi, pudo afirmar: «El padre Ángel predica con el verdadero método apostólico y conforme al estilo de Jesucristo, y él me ha dado la norma de predicación para mi pueblo». Con él concuerdan los obispos de Cosenza, Bisignano y Rossano.

Los mismos escarnecedores terminaban por rendirse a la predicación del padre Ángel. Domingo Ferrari, canónigo de la catedral de Cosenza y rector del seminario, asegura en el proceso que «hasta sus denigradores, si al principio se reían de él, volviendo luego a escuchar sus sermones, no podían menos de quedar compungidos y persuadidos de su bondad. Todas las predicaciones del Siervo de Dios, macizas y robustas, impregnadas de la Sagrada Escritura, terminaban con la compunción».

JUNTO AL PUEBLO

El fruto de la predicación lo recogía en el confesonario. Solía decir: «El predicador, si no confiesa, es semejante al sembrador que no cosecha». El testigo ocular 16º depone en el proceso apostólico de Cosenza que en los pueblos y en la iglesia de su convento, el padre Ángel «estaba siempre dispuesto y con gusto a escuchar a cuantos venían en su busca, en cualquier hora, o para confesarse o para pedir consejo; y una vez confesados o aconsejados volvían todos consolados y reconocían la gran caridad que apremiaba al Siervo de Dios en favor del prójimo».

Además del confesonario, también su celda parecía una meta o punto de arribo a donde llegaban nobles, príncipes, literatos, obispos, sacerdotes. El príncipe de Bisignano «casi continuamente estaba en su celda, aconsejándose en todos sus negocios y dependiendo, en todo y por todo, de sus consejos y dirección». Acudían a él muy complacidos los jóvenes de cualquier condición: labradores, artesanos, obreros y estudiantes, porque el padre Ángel los comprendía y los guiaba.

Apoyó a María Teresa Sanseverino -de los príncipes Sanseverino, que dominaban en Acri- en su decisión de hacerse monja capuchina. Obtenido el consentimiento de José Sanseverino, padre de la joven, el padre Ángel consiguió, en 1724, dar comienzo a la construcción del monasterio de Acri, llamado de las «capuchinitas» (cappuccinelle). Allí entró María Teresa con el nombre de sor María Angela del Crucificado en 1726. El padre Ángel atendió a las capuchinas y las guió en la vida espiritual, y hasta les dio reglas y estatutos apropiados.

Ante las miserables condiciones del pueblo, el rudo fraile de Acri no ahorró invitaciones, ni tampoco denuncias ni reproches para hacer valer primero la justicia y luego la caridad para con los oprimidos trabajadores del campo. Gritó contra escándalos bancarios, reducciones arbitrarias del interés de la renta, ciertos impuestos sobre las industrias del gusano de seda, confiscación de propiedades privadas y otros abusos inveterados... Como el manzoniano padre Cristóforo, el padre Ángel levantó su voz una y otra vez ante otros tantos émulos de don Rodrigo -algunos de los príncipes Sanseverino, Pablo de Mendoza, marqués Della Valle- para defender los derechos del pueblo y de los trabajadores, para apartarlos de injustas ingerencias o decisiones, para suprimir o reducir suntuosidades inútiles de palacios, que chocaban con la miseria de las poblaciones.

Visitaba a los pobres en sus sórdidas habitaciones para llevarles alguna ayuda, sobre todo a las madres cargadas de niños. Daba de comer a los pobres que se presentaban a la puerta del convento.

Iba a las cárceles para decir una buena palabra, para disponer a los presos al arrepentimiento, para animarles a aceptar la pena, para llevarles alimento, para obtener la liberación a los inocentes.

Durante el trabajo apostólico, nunca dejaba de reunir a los niños para enseñarles el catecismo y educarlos a la sinceridad y a la obediencia. A los señores pedía pan y vestidos para los niños pobres y, a todos, el buen ejemplo.

CARACTERÍSTICAS DEVOCIONES FRANCISCANAS

El padre Ángel transmitía sus predilecciones y devociones a aquellos con quienes trataba. En 1714, en Acri, tuvo la experiencia de que una espada invisible atravesara su corazón mientras meditaba en Jesucristo, que conoció el dolor; por esta razón, una de sus preferencias era hablar de la pasión y muerte de Jesús; en esto se asemejaba a otro predicador capuchino de aquella tierra, padre Antonio de Olivadi. No dejaba el pueblo donde había predicado la cuaresma sin haber antes erigido un «Calvario»: tres cruces de madera, que debían recordar los dolores de Cristo y llamar a penitencia a los pecadores y alejados. En el proceso informativo de Cosenza un testigo depone que, cuando el padre Ángel, «al final de la misión exponía la meditación de la pasión de Jesucristo, muchas veces se quedaba en éxtasis, con los ojos petrificados, lo que solía durar como un cuarto de hora».

Dejó poquísimos escritos, reunidos en el correspondiente proceso de 1772-1775. Más de treinta cartas, algunas oraciones a la Virgen, oraciones y canciones en torno a la pasión del Señor, bajo el nombre de Reloj de la Pasión de N. S. Jesucristo. En aquel siglo, como resulta de los manuales de oratoria que conocemos, el tema preferido era la pasión del Señor. Se habían difundido publicaciones en las que, como si fueran otros tantos evangelistas, acompañaban a los devotos a meditar la pasión de Jesús, dispuesta para las veinticuatro horas del día, desde la despedida de Jesús a su madre, hasta la sepultura. Uno de estos libros, del que se servía el padre Ángel, era el del capuchino padre Simón de Nápoles, Reloj de la Pasión de Nuestro Señor. Para su mayor difusión, el padre Ángel, a quien no faltaba cierto sentido y ritmo poético, los redujo a una obrita intitulada Jesús Piísimo. Esta composición, que evocaba las «laudes» de Umbría, fue publicada póstuma (Nápoles 1745; Nápoles 1853, 9ª impresión», 21 pp.; Cosenza 1858, 19 pp.).

Amaba y propagaba el culto del Santísimo Sacramento, especialmente la práctica de las Cuarenta Horas. Contra las teorías de Jansenio, exhortaba a los cristianos a la comunión frecuente. Al terminar los cursos de misiones, exponía el Santísimo con fervorosa fiesta y riqueza de luces y devota adoración de fieles.

Un testigo ocular recuerda que la misa del padre Ángel «duraba a veces una hora, a veces hora y media»; y otro dice haberlo visto, «después de consagrado el pan y el vino, en la última genuflexión del cáliz, arrebatado en Dios durante un cuarto de hora, quedar fuera de sí y extático, y luego continuar el santo sacrificio»; haberlo visto «arrebatado en éxtasis en nuestros refectorios, en el coro, en las adoraciones del Santísimo, y, al celebrar la santa misa, quedar extático por el espacio de media hora, de manera que continuaba exánime en aquel mismo modo y lugar en que se hallaba... y luego, despertándose, repetía frecuentemente estas palabras: "¡Qué bello es amar a Dios!"». Fue visto «quedar en éxtasis alrededor de una hora, con la cara y las manos vueltas al cielo, especialmente cuando impartía la bendición con el Santísimo en la mano».

La Virgen, principalmente contemplada en sus dolores, fue otro singularísimo amor suyo. Rosarios, oficio parvo, misas votivas, ayuno en las vigilias de las festividades en honor de la Virgen..., esas eran sus principales devociones a nuestra Señora; afirmaba y protestaba deber todo a ella y esperar todo de ella. La tradición atribuye al padre Ángel la donación de la imagen de la Virgen Dolorosa a la ciudad de Acri, imagen todavía hoy venerada en la iglesia de los capuchinos.

SUPERIOR «CON CELO Y CARIDAD AL MISMO TIEMPO»

Fue siempre necesario recurrir a la obediencia para que el padre Ángel aceptase cargos de responsabilidad y de servicio. Fue superior de conventos, varias veces del de Acri; consejero provincial, ministro provincial de Cosenza (1717-1720) y visitador general. En las deposiciones procesales se hacen resaltar las características y el estilo del superiorato del padre Ángel.

Los testimonios, puestos uno al lado del otro como teselas de un mosaico, nos ofrecen un retrato ideal del superior, que hace respetar el espíritu y las leyes, pero que, ante todo, ama a sus hijos y apoya preferentemente a los más débiles y a los más jóvenes.

Superior, como centinela en defensa de la ley. Dice un testigo: «Como provincial, hizo observar la Regla y las Constituciones de la Orden, en cuanto las circunstancias de los tiempos lo permitían, pero sin precipitación, de modo que insensiblemente se vio mejorada la provincia».

Superior, como hermano que ayuda a observar la ley: «Como provincial, como guardián y como visitador corregía los defectos y castigaba a los defectuosos con tal circunspección, reserva, dulzura y tolerancia que, sin ruido, obtenía su propósito, y prefería siempre las correcciones secretas a las públicas». Entre las diversas intervenciones con religiosos particulares, son notables los casos de fray Juan de Acri y de fray Miguel de Acri. Fray Juan, «rudo de costumbres y agreste de genio, causaba molestia a la comunidad y a los superiores». El padre Ángel «lo tomó por su cuenta y con mucho trabajo consiguió reformarlo y hacerlo dócil y manso». Fray Miguel, otro hueso... dislocado, que fue puesto en su lugar por el padre Ángel. Fray Miguel era «de una fantasía exuberante y de un temperamento ardiente». Pues bien, el superior «se ensimismó con fray Miguel y tanto logró con su prudente conducta que lo redujo a frecuentar los sacramentos, a asistir al coro y a no ser ya gravoso para la comunidad».

Superior, promotor de una fraternidad cordial, mediante una equitativa distribución de oficios en la Orden, sin ninguna acepción de personas por razón de patria, simpatía u otra relación. Juzgaba las diferencias entre los religiosos con el Crucifijo delante de los ojos, y castigaba los defectos según la Regla, pero con tanta templanza y dulzura de caridad que hizo quieto y tranquilo su provincialato y dejó toda la provincia deseosa de tenerlo como superior. La misma conducta observó el Siervo de Dios en los conventos en los que, en virtud de la santa obediencia, aceptó ser guardián. La igualdad religiosa fue la primera cosa que tomó de mira, excluyendo todas las particularidades opuestas a la vida común, pero teniendo cuidado, al mismo tiempo, de que los religiosos fueran bien tratados y tuvieran todas las comodidades que les concede la Regla».

Superior, sinceramente padre de todos. En efecto, «destinaba a los servicios de la comunidad a los más hábiles, a quienes recomendaba la mayor atención en su desempeño. Era especialmente solícito en el cuidado de los enfermos... Hacía muestras de afecto a los que las merecían y las necesitaban, por lo cual era amado y respetado más que temido». Su misma dolorosa experiencia juvenil le hizo ser superior comprensivo de los jóvenes, clérigos y no clérigos, en cuya compañía estudiaba el espíritu de la Orden, leyendo las fuentes más genuinas de los promotores de la reforma franciscana, poniendo de relieve los primeros hechos y los primeros frailes de los orígenes, y enfervorizando a todos con palabras ardientes y paternales.

Superior, pronto a perdonar. Ante un fraile rebelde que le injurió, el padre Ángel «recibió la mortificación y la injuria con ánimo alegre, sin que saliera de su boca palabra alguna de respuesta, y en adelante procuró siempre favorecerle, ayudarle y servirle en cualquier necesidad». Dándose cuenta de que algunos religiosos murmuraban de él en su presencia, el superior no manifestaba en su rostro resentimiento alguno, y «a veces, al sentirse aludido por la murmuración, se iba por las escaleras cantando el Jesús Piísimo».

En el proceso apostólico de Bisignano, un testigo, capuchino, sintetizó la forma de su gobierno diciendo que el padre Ángel era «todo con todos, de tal manera que los súbditos lo amaban tiernamente, los no súbditos lo deseaban como superior, y los conventos se reputaban felices cuando conseguían la adquisición de su persona».

Otro capuchino, al dar su juicio sobre el gobierno del padre Ángel, lo propuso sin más como modelo de superior, que, en el gobernar, sabe servir, uniendo juntamente celo y caridad; «el padre Ángel gobernó tan bien y con tan admirable prudencia nuestras familias religiosas, cuando fue guardián, y toda la provincia cuando fue provincial, que ha quedado plasmada la forma de su gobierno como regla y ejemplo que debe imitarse por todo el que quiera gobernar con celo y caridad juntamente».

MUERTE EN SERENIDAD ORANTE

El día de la Epifanía de 1723, terminada la misión de Paterno y dirigiéndose a Tessano, donde le aguardaban las capuchinas (cappuccinelle) para un curso de ejercicios espirituales, el padre Ángel, que viajaba a pie, en el camino cubierto de nieve resbaló y se rompió una pierna. Asistido por su compañero fray Andrés de Belvedere Marítimo, fue curado en Rende, donde tuvo larga convalecencia. Desde entonces, durante el resto de su vida, sintió una molestia fastidiosa en la pierna, sobre todo al caminar. Pero continuó predicando, y se sirvió de un bastón para aliviar el peso del cuerpo sobre la pierna lastimada.

Sabía y decía que viviría sólo hasta los setenta años. En 1739, ya en sus setenta, predicó la cuaresma en Cetrato, donde entonces residía. Pero luego sus mismos religiosos y otros, y muy especialmente el príncipe Sanseverino, pidieron a los superiores que hicieran volver a Acri al padre Ángel. Y volvió. Quince días antes de la Asunción, que el padre Ángel solía pasar en ayunas, participó en oraciones en la iglesia de las capuchinas de Acri y dijo a algunas de ellas que ésa era la última quincena que hacía en honor de la Asunción, «porque me muero». También a sus religiosos, ciego ya desde hacía algunos meses, predecía que iba a partir en breve, y les recomendaba la observancia de la Regla y la oración.

El 24 de octubre de 1739, sábado, tuvo fiebre y postraciones físicas que lo obligaron a guardar cama, después de haber celebrado misa en la iglesia del convento, donde se venera la imagen de la Virgen Dolorosa. Pidió hacer la confesión general. El día siguiente, domingo, bajó a la iglesia para participar en la misa, pues realmente no estaba en condiciones de celebrarla; luego, dirigió unas pocas palabras a los fieles y les recomendó el amor al Santísimo Sacramento. Fue su última predicación en la tierra. El testamento hecho a su gente.

El 26 de octubre, lunes, recibió la santa unción; el día siguiente, pidió y recibió el viático, en la iglesia. Vuelto a su camastro, insistía en esta jaculatoria: «Ven, oh buen Jesús, salvador mío, esperanza mía, alegría mía». Se dirigía a la Virgen de los Siete Dolores. Sus imploraciones más repetidas eran éstas: «Veni, o bone Iesu, propitius esto mihi peccatori. In manus tuas commendo spiritum meum». Estas imploraciones o jaculatorias eran «proferidas con tal y tanta unción que, en aquellos días, a causa de tan conmovedora ternura, no se hacía otra cosa que llorar en la celda».

Entre plegarias, exhortaciones y visitas de los amigos, llegó el día 30 de octubre, viernes. Por la mañana expiró el padre Ángel, a los setenta años de edad y cuarenta y nueve de fidelidad a san Francisco en la Orden capuchina.

Por tres días hubo de quedar el cadáver a disposición de los fieles, que lo querían ver, besar, tocar, rezar... El domingo por la tarde, 1º de noviembre, fiesta de Todos los Santos, fue sepultado en la iglesia de los capuchinos, al pie del altar de la Inmaculada, al lado del evangelio. Estaba vestido de aquel santo hábito que tantas luchas juveniles le había costado.

Concluidos los procesos canónicos y aprobados tres milagros, curaciones obtenidas por intercesión del padre Ángel, el 9 de diciembre de 1825 el papa León XII firmó el breve de la beatificación, cuya solemne ceremonia se celebró en la Basílica Vaticana el domingo 18 de diciembre de mismo año.

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[Fernando de Riese Pío X, O.F.M.Cap., Beato Ángel de Acri. Capuchino y misionero de comienzos difíciles, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 375-393].

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