DIRECTORIO FRANCISCANO

SANTORAL FRANCISCANO


24 de julio

BEATO CRISTÓBAL DE SANTA CATALINA (1638-1690)

 

Nació el año 1638 en Mérida (Badajoz, España) en el seno de una familia pobre. De joven trabajó en un hospital con los Hermanos de San Juan de Dios; su comportamiento hizo que el presidente del hospital le propusiera ser sacerdote. En 1663 recibió la ordenación sacerdotal y siguió trabajando en el hospital. Durante la guerra hispano-lusa, lo nombraron capellán militar. En 1667 abrazó la vida eremítica en la sierra de Córdoba. Ingresó en la Tercera Orden Francisana y fundó una comunidad ermitaña de terciarios en el Bañuelo. Deseoso de servir a Dios en los necesitados, abandonó su retiro en 1673 para cuidar a pobres y enfermas; fundó la congregación de los Hermanos y Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, Franciscanas; el obispo le confió la administración del hospital de Jesús Nazareno, en el que acogía a mujeres incurables e impedidas y a niños necesitados. Murió en Córdoba el 24 de julio de 1690, contagiado de cólera. Beatificado en 2013.

CONFIANZA SIN LÍMITES
por la Hna. María del Carmen Pérez
Secretaria general de las Hermanas
Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas

Bto Cristóbal de Sta Catalina La diócesis española de Córdoba vivió el domingo 7 de abril de 2013 una jornada histórica con la primera beatificación que en ella se celebraba. En la santa iglesia catedral, como delegado del Papa, el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, proclamó beato al padre Cristóbal de Santa Catalina, presbítero, fundador de la Congregación y del Hospital de Jesús Nazareno.

Cristóbal Fernández de Valladolid nació el 25 de julio de 1638 en Mérida, España, en una familia cristiana, siendo bautizado a los seis días. Sus padres, a pesar de las dificultades económicas causadas por años de carestía, le permitieron frecuentar la escuela.

Enfermero en el hospital de Nuestra Señora de la Piedad, administrado por los Hermanos de San Juan de Dios, el comportamiento ejemplar del Joven motivó que el presidente del hospital le propusiera ser sacerdote. Intuyendo en aquella propuesta la voluntad de Dios, Cristóbal inició los estudios teológicos con los Dominicos de Mérida. Fue ordenado sacerdote el 10 de marzo de 1663 en Badajoz, mientras arreciaba la guerra entre España y Portugal.

Siendo presbítero continuó su labor como enfermero en el hospital de San Juan de Dios. En 1665, agravada la guerra hispano-lusa, fue enrolado en el ejército español como ayudante del capellán militar. Se distinguió por su caridad, disponibilidad para confesar y solicitud con los heridos y enfermos. En aquellas difíciles circunstancias, Cristóbal se esmeró en que triunfara la paz y el amor, impulsando la reconciliación y la concordia.

En 1667 se retiró al desierto del Bañuelo, en la sierra de Córdoba, para vivir en oración y penitencia. Durante dos años observó la regla de los ermitaños de San Pablo; después ingresó en la Tercera Orden Franciscana, en Córdoba, y fundó una comunidad ermitaña de terciarios en el Bañuelo. Deseaba servir a Dios en la soledad, emprendiendo un camino de penitencia; pero el amor por los hermanos le llamó al servicio de los pobres y de cuantos sufren, y dejó el desierto para servir a Dios en ellos, perseverando en un estilo de vida tejido de oración y de confianza en la Providencia.

Fue en 1673 cuando abandonó su retiro para cuidar a los enfermos incurables y se constituyó la fundación de la congregación de los Hermanos y de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, Franciscanas, y del homónimo hospital en Córdoba. El obispo le encomendó, como sacerdote diocesano, la administración del hospital de Jesús Nazareno, pero sucesivamente el prelado le reintegró en la fraternidad franciscana hospitalaria, a la cual dio las Constituciones. En el hospital acogía a mujeres incurables e impedidas y a niños necesitados, para brindarles promoción humana y educación cristiana.

En la escuela de Jesús crucificado el padre Cristóbal se situó humildemente junto a toda persona que sufriera en el cuerpo y en el espíritu, y para todos fue siervo, amigo, hermano. En el dolor supo ver la mano providente de Dios y enseñó a afrontar con fortaleza la enfermedad, a superar los sentimientos de rechazo, de rebelión, de desesperación, a vencer la inquietud y la angustia para abrirse a la confianza y a la esperanza.

En esos años el padre Cristóbal conoció al beato dominico Francisco de Posadas, su confesor, quien le permitió que continuara con su labor, recorriendo también las diócesis españolas para proveer a las necesidades de los enfermos del hospital. La gracia del Espíritu Santo le hizo testigo creíble de la fe; era fuente de serenidad para cuantos le encontraban, guía segura para los vacilantes. Su palabra, sencilla y profunda, conmovía los corazones más endurecidos. Y con mansedumbre franciscana invitaba a todos a la conversión. Incansable en la obra de evangelización, fue un auténtico apóstol en su ambiente.

En este entorno hospitalario el siervo de Dios pasó los últimos 17 años de vida. En 1690, habiendo enfermado de gravedad, murió serenamente la noche del 24 de julio.

El milagro que ha abierto las puertas a la beatificación del padre Cristóbal está referido a la evolución positiva de un embarazo -restitutio ad integrum rápida y duradera de las membranas y del líquido amniótico- cuando una madre, en la décima séptima semana de gestación, el 25 de marzo de 2002, sufrió la rotura del saco amniótico con pérdida del líquido. Los médicos aconsejaron el aborto y sometieron a la paciente a tratamiento de prevención de infecciones. Ante la situación, la madre, junto a su marido, dirigió inmediatamente su ruego al Señor, pidiendo la intercesión del siervo de Dios, considerado «defensor de los niños», a fin de obtener la gracia de la gestación completa. Se llevó a la madre una reliquia del padre Cristóbal. Enseguida dejaron de verificarse pérdidas amnióticas; los análisis confirmaron la recuperación de un volumen normal del mismo y la integridad del saco. La madre gestante recibió el alta hospitalaria y, sin ninguna otra terapia, el 2 de septiembre sucesivo dio a luz un niño en perfecto estado de salud.

[L'Osservatore Romano, Ed. semanal en español, del 5-IV-2013]

Beato Cristóbal del Sta Catalina

HERMANAS HOSPITALARIAS
DE JESÚS NAZARENO, FRANCISCANAS

Reseña histórica del fundador

El padre Cristóbal de Santa Catalina nace en Mérida el 25 de julio de 1638, en el seno de una familia de humildes labradores extremeños, condición por la que desde muy pequeño se ve obligado a ejercitarse en la sencillez de vida y en el espíritu de trabajo. Sus padres, aunque pasaron momentos de verdadera necesidad, no descuidaron la formación de Cristóbal, infiltrando en su ánimo los valores de la ciencia y la virtud a los que él siempre correspondió.

Transcurre su infancia entre el juego, la escuela y el campo, donde debe ir con sus hermanos a recoger hierbas para alimentarse. Adolescente ya, alterna el estudio con los empleos de sacristán en el convento de madres Concepcionistas, y de enfermero en el hospital de Mérida, regido por los Hermanos de San Juan de Dios. El prior de dicho hospital, inducido por el comportamiento del joven, le insinúa que tome la carrera sacerdotal. Discernida su vocación, realiza los estudios correspondientes y es ordenado sacerdote el 10 de marzo de 1663.

Su primer destino es la capellanía de un tercio de Castilla en guerra con Portugal. Cristóbal se portó heroicamente, acentuando más en la campaña su condición de sacerdote. Pasaba los días y las noches sirviendo a los soldados enfermos o heridos, consolándolos y alentándolos corporal y espiritualmente. Con tanta dedicación se entregó que llegó a contraer una grave enfermedad y hubo de ser conducido a la casa paterna. Mientras él convalecía, terminó la guerra.

En esta etapa de su vida estuvo sometido a tentaciones y peligros. Fluctuaba entre la gracia de Dios que le llamaba: «Deja tu tierra, sal y ve...» y el atractivo del mundo. Luchaba en esta resistencia hasta alejarse del Señor por el pecado. Pero Dios no lo abandonó en su miseria. Caído, experimentó la misericordia de Dios, y se levantó tan decidido que dará un giro radical a su vida: «Mi ánimo, oh Dios, es servirte en la soledad, guiadme para que, sin ser visto, pueda llegar al desierto donde tu amor me llama...». Así dijo al Señor, y así viajó andando hasta el desierto del Bañuelo en Córdoba, buscando quien le enseñase a hallar a Dios por el camino de la penitencia.

La vida de Cristóbal en el desierto estuvo tejida con la contemplación y la acción de la caridad. Con su ejemplo renovó la vida eremítica y fundó la Congregación de Ermitaños de San Francisco y San Diego. En 1670 toma el hábito de la Tercera Orden de Penitencia de San Francisco en el convento de Madre de Dios de Córdoba y profesa en 1671. Dirigía, animaba y servía a los hermanos como sacerdote. Orientaba y consolaba a los campesinos y a cuantos acudían a él en busca de consejo. Recogía leña y hacía picón que bajaba a la ciudad y dejaba a la puerta de los pobres sin que éstos supieran quién era el benefactor, gestándose así el carisma hospitalario-franciscano, síntesis vital de contemplación y acción.

Cristóbal, comprendiendo que Dios lo invitaba a «vivir para la pública utilidad», deja el desierto y el día 11 de febrero de 1673 da principio a la obra y fundación del hospital en el local que la cofradía de Jesús Nazareno le cede, dando comienzo así la Congregación de Hermanos y Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno. Comienza a servir a los pobres; primero ancianas y enseguida su servicio se extiende a niños, doncellas sin dote, prostitutas por necesidad, etc. Y a ello dedicará toda su vida, mas siempre dentro del espíritu franciscano que había profesado, y con fuerte sentido de oración, penitencia y caridad. Apoyado en la confianza inquebrantable en la Divina Providencia.

Contagiado del cólera en la atención a los afectados de Córdoba, muere el 24 de julio de 1690, dejando un testamento a sus seguidores:

«Pido con todo encarecimiento que atiendan en todo a la honra y gloria de Dios, procurando guardar el Instituto con gran humildad de sí mismos, y con gran caridad de los pobres amándose unidos en el Señor».

Principios carismáticos

El padre Cristóbal de Santa Catalina, con discernimiento evangélico y espíritu creador, dio cauce y continuidad en la Iglesia al carisma recibido, fundando el 11 de febrero de 1673 la «Congregación de Hermanos y Hermanas de Jesús Nazareno», cuyas vidas ofrecerían a Dios y al prójimo mediante la práctica de los consejos evangélicos y el voto especial de hospitalidad.

Sobre esta base de estabilidad eclesial les propuso, como forma de vida en fraternidad apostólica, una síntesis evangélica de «Contemplación-Servicio a los pobres», inspirada e informada por el espíritu franciscano, cuya regla profesó, vivió y adoptó para su Congregación.

La Hermanas Hospitalarias viven su consagración, compartiendo su Fe viva, activa y fecunda, su Esperanza profética y su Caridad ardiente y universal.

Optamos preferencialmente por los más pobres, débiles y necesitados de nuestro tiempo, dirigiendo especialmente nuestra actividad a los ancianos inválidos, enfermos incurables y niños necesitados, a la lucha contra las situaciones de injusticia y de pecado provocadas por la situación social o por el hambre y la miseria, y escuchamos las llamadas urgentes de la Iglesia para servir a las necesidades de los hermanos en países de misión.

El título Hospitalaria dado a la Congregación expresa la función que la misma debe desempeñar dentro de la Iglesia: la Hospitalidad. Hospitalidad que es apertura, recepción de todas las necesidades y disposición constante para acogerlas y remediarlas en Caridad.

Proceso histórico y estructura de la Congregación

Así relata el biógrafo del padre Cristóbal la fundación del Hospital de Jesús Nazareno:

«En el desierto estaba como verdadero anacoreta el padre Cristóbal, recibiendo de la mano de Dios los favores que necesitaba para guía y padre espiritual de otros, cuando teniendo noticia de las graves necesidades que padecían muchas mujeres, que unas por ancianas y otras por accidentes a la naturaleza incurables, estaban consumidas de su misma necesidad, entre humeros y rincones... Se movió a buscar remedio a necesidades tan extremas. Bajó a la ciudad (Córdoba), y buscando lugar donde formar recogimiento y enfermería para las dichas pobres, se encontró con la casa de Jesús. Viendo que el sitio era a propósito pidió la casa a los Caballeros que con gran caridad se la dieron. Discurrió por las casas y por las calles en busca de pobres. Dio principio a la obra y fundación del Hospital, el año de Señor 1673. Entró las primeras pobres, y empezó la ciudad a manifestar la caridad ayudando unos con colchones, otros con camas de madera, otros con comida, y cada uno con lo que podía según lo que alcanzaba su posible...» (Cf. 3, Pos. 67ss).

La Congregación fundada por el P. Cristóbal, siendo una, tenía dos ramas claramente diferenciadas, y distintamente tratadas por el sexo de sus miembros Hermanos y Hermanas. La novedad impensable que supuso la existencia de dos comunidades, masculina y femenina, en una misma casa en aquella época, impuso trato y condiciones de vida distintas, según convenía a cada sexo. Así el P. Cristóbal prolongó la clausura a todo el Hospital; ya que las Hermanas, en su condición de tales, no podían salir de la clausura para atender a las ancianas y niñas, serán éstas las que entren en clausura para ser atendidas. Mientras que los Hermanos permanecerán fuera ocupados en la demanda de limosnas para sustento del Hospital.

El ejemplo de su vida suscitó la creación de nuevos hospitales, todos bajo el nombre de Jesús Nazareno, en Pozoblanco, Hinojosa, Montoro, Écija, Málaga, Madrid... con régimen independiente, incluso noviciado, pero con relación de sus comunidades de hermanos y hermanas que vivían el mismo espíritu del padre Cristóbal. Todos consideraban casa-matriz la de Córdoba y reconocían como Hermano Mayor al Hermano Presidente de la misma.

Los Hermanos, aunque su existencia duró más de dos siglos, por circunstancias diversas desaparecieron como Congregación religiosa.

La historia de las Hermanas es la historia de la fidelidad en la humildad, la sencillez, la pobreza y austeridad, el servicio de caridad..., colgadas de la providencia del Padre. En su condición de mujeres enclaustradas y en la situación de dependencia de la mujer de su tiempo, animadas y urgidas también por el ejemplo de los Hermanos y por los directores de la obra que sucedieron al padre Cristóbal, pudieron guardar, viviendo en obediencia, sin discusión, los valores fundamentales del carisma recibido del P. Cristóbal. Fue, sin embargo, impedida su expansión numérica; tanto en la comunidad primitiva, que vio limitados sus miembros a un número determinado, como en nuevas fundaciones, que se ciñeron, casi exclusivamente, a la diócesis de Córdoba.

Fue la desaparición de los Hermanos la fuerza que empujó a las Hermanas a replantear el modo de vivir el carisma dándole nueva forma para nuevos tiempos. Y así, la Hermana Hospitalaria cambió el claustro por la calle, asumiendo en 1906 la misión de la postulación de limosnas para el sustento del Hospital.

Don José María Ibarra y Cejas, director-administrador-capellán de la Obra, fue el verdadero animador e impulsor de estos cambios. Animó especialmente la vida espiritual de las Hermanas y se preocupó de su formación religiosa y profesional para el ministerio de la enseñanza. Bajo su dirección se renovaron dos veces las Constituciones, en atención al nuevo género de vida y misión que las Hermanas iban asumiendo.

Pero el hecho más significativo de la historia de la Congregación lo constituye la fusión de todas las comunidades existentes. Tiene lugar en 1915, por iniciativa del Sr. Obispo de Córdoba, don Ramón Guillamet y Coma, lo que se verificó, con la aceptación de las Hermanas, por un Decreto del mismo prelado del 24 de junio de 1915, quedando así constituida en Congregación Diocesana la familia Hospitalaria Franciscana fundada por el P. Cristóbal en 1673. Se nombra como primera superiora general a la cordobesa María Jesús Pavón, y a su consejo. Se establece también un noviciado común.

A partir de este hecho la Congregación tomó un nuevo impulso; no solamente creció en número, sino que su acción hospitalaria y apostólica se dilató, llegando a todas las regiones de España y otros puntos de Europa (Francia e Italia) y América (Puerto Rico, República Dominicana, Perú).

Una preocupación y actividad inmediata del nuevo consejo fue presentar al Santo Padre una Congregación «nueva», que contaba ya con dos siglos y medio de existencia, y cuyo carisma había obtenido la aprobación del papa Benedicto XIV en 1746. En 1949 se hacen, por tanto, las gestiones pertinentes para que la Congregación pase a ser de Derecho Pontificio, obteniéndose el Decretum laudis el 22 de abril de 1958, dado por Su Santidad el Papa Pío XII, y la aprobación de las Constituciones el 21 de mayo de 1960.

A lo largo de esta transformación se reformaron varias veces las Constituciones, adaptándolas a cada nueva situación; y obedeciendo las directrices del Concilio Vaticano II se presentan las nuevas Constituciones renovadas a la Santa Sede, obteniendo su aprobación el día 25 de noviembre de 1984.

Presencias y campos apostólicos

El padre Cristóbal, atento a las mociones del Espíritu, escuchó, como voz de los signos de su tiempo, la llamada urgente de los pobres, a cuyo servicio se consagró, dirigiendo principalmente su actividad a las ancianas, inválidas y enfermos incurables, a los niños necesitados y marginados...

Las Hermanas, continuadoras de su obra, sirven en estos campos de asistencia y apostolado como forma más característica de la misión carismática recibida. Y como el mismo carisma las hace estar abiertas a cualquier tipo de trabajo o servicio que llenando el vacío de otros manifieste la pobreza, la humildad y el amor de nuestro Señor Jesucristo, las Hermanas prefieren los trabajos que excluyan el poder y que las coloquen al nivel de los pequeños de este mundo. Trabajan con alegría como pobres, entre los pobres y para los pobres, buscando aquellos campos en los que su presencia sea más urgente y en los que pueda prestar mejor servicio.

Líneas de futuro

Como líneas de futuro -entre otras- proyectadas por el reciente pasado Capítulo General, está el «Promover la inserción en nuevos campos de pobreza, y en donde nuestra presencia y acción sea más necesaria, según nuestras posibilidades reales y poniendo nuestra confianza en la divina providencia».

Tiene previsto extender su acción pastoral a otros países: Bosnia y Cuba. En fechas muy próximas se abrirá la comunidad de Bosnia en Zenica, donde proyecta colaborar con Cáritas de Bosnia para construir un hogar o centro de atención social para personas ancianas y sin recursos. En Cuba, las Hermanas se integrarán en la diócesis de Santiago, en Baracoa, donde hay menor presencia de Iglesia, para colaborar en la evangelización y en la atención a domicilio de personas necesitadas.

Actualmente [año 1999] la Congregación cuenta con 200 miembros, distribuidas en 28 Comunidades: 20 en España, 7 en América y 1 en Italia.

Las comunidades dependen todas de la Superiora general y existen dos regiones: Región del Caribe y Región Inca-Perú.

[Cf. Convocados por Francisco. Familia Franciscana en España, hoy. Madrid, Federación Franciscana de España, 1999, pp. 261-270]

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HOSPITALARIAS DE JESÚS NAZARENO,
FRANCISCANAS

Fundador

El P. Cristóbal Hernández de Valladolid y Orea, sacerdote de la Tercera Orden de san Francisco, nació en Mérida (Badajoz) el 25 de julio de 1638. Su procedencia de una familia de modestos labradores le obligó desde muy pequeño a ejercitarse en la sencillez de vida y en el espíritu de trabajo.

Sus padres, aunque pasaron momentos de verdadera necesidad, no descuidaron la formación de Cristóbal infiltrando en su ánimo los valores de la ciencia y la virtud a los que él correspondió siempre.

Hacia los 14 años consiguió su primer empleo como servidor en un hospital de Mérida. Primero fue sacristán, luego enfermero. El director de dicho hospital le animó y ayudó para que emprendiera los estudios de la carrera sacerdotal. Fue ordenado sacerdote el 20 de marzo de 1662, teniendo cumplidos 23 años de edad. Su primer destino como sacerdote fue de capellán castrense en uno de los Tercios de Castilla que estaba en guerra con Portugal. Cristóbal se portó heroicamente acentuando más en la campaña su condición de sacerdote. Siempre estaba junto a los heridos y enfermos. Para consolar y remediar sus conciencias los acompañaba las noches enteras; olvidándose de sí mismo en la medida que se entregaba al servicio de los demás. Con tanta dedicación se entregó que llegó a contraer una grave enfermedad y hubo de ser conducido a la casa paterna. Mientras él convalecía, terminó la guerra.

En esta etapa de su vida estuvo sometido a tentaciones y peligros. Fluctuaba entre la gracia de Dios que le llamaba: «Deja tu tierra, sal y ve...» y el atractivo del mundo. Luchaba en esta resistencia hasta alejarse del Señor por el pecado. Pero Dios no lo abandonó en su miseria. Caído, experimentó la misericordia de Dios, y se levantó tan decidido que dará un giro radical a su vida: «Mi ánimo, oh Dios, es servirte en la soledad. Guiadme para que, sin ser visto, pueda llegar al desierto donde tu amor me llama...», dijo al Señor; y así viajó hasta el desierto del Bañuelo, en Córdoba, buscando «quien le enseñase a hallar a Dios por el camino de la penitencia».

La vida de Cristóbal en el desierto estuvo tejida con la contemplación y la acción de la caridad. Con su ejemplo renovó la vida eremítica y fundó la Congregación de Ermitaños de San Francisco y San Diego. Dirigía, animaba y servía a los hermanos como sacerdote. Orientaba y consolaba a los campesinos y a cuantos acudían en busca de consejo. Recogía leña y hacía picón que bajaba a la ciudad y dejaba a la puerta de los pobres; gestándose así el carisma hospitalario-franciscano, síntesis vital de contemplación y acción.

Origen de la Congregación

Más de seis años llevaba Cristóbal en el desierto «cuando teniendo noticia de las graves necesidades que padecían muchas mujeres que, unas por ancianas y otras por enfermedades incurables, estaban consumidas por su misma miseria, se movió a buscar remedio a necesidades tan extremas. Bajó a la ciudad buscando lugar para dichas pobres. Y hallando su caridad en que emplearse, dio principio a la obra y fundación del Hospital, el año del Señor 1673, día 11 de febrero...».

«Mi providencia y tu fe han de tener esta casa en pie» -le dijo Jesús Nazareno en la oración-. Así, depositando una confianza inquebrantable en la divina providencia, puso en marcha una obra para la que en principio carecía de todo recurso humano y material. Y la providencia se manifestó pronto en la colaboración de los cordobeses a esta obra, cada cual a su modo.

Los hombres y mujeres que ayudaron personalmente a Cristóbal a llevar a cabo su obra se convirtieron en la doble Congregación Religiosa por él fundada los Hermanos y Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, Franciscanas. Los primeros, con la misión de recoger las limosnas necesarias para el sostenimiento del hospital; las Hermanas, al servicio directo de las pobres dentro de la clausura.

Carisma

Jesús Nazareno con su cruz a cuestas acoge en su casa a los pobres del P. Cristóbal y a los Hermanos y Hermanas que siguen su espíritu y se entregan a su obra. Imprime sus rasgos a la naciente familia hospitalaria. De ahí que la mortificación, oración, olvido de sí, entrega callada y desinteresada a todos, la obediencia al Padre, son los rasgos propios con que nació y se fue desarrollando la Hospitalidad franciscana de Jesús Nazareno. Hospitalidad que tenía el corazón y las puertas abiertas a las necesidades de los pobres: ancianas, inválidas, niños, peregrinos, viudas, doncellas, sacerdotes y familias necesitadas... recibieron la caridad del P. Cristóbal que «teniendo noticia de las necesidades no se negaba, aunque fuesen las horas molestas y desacomodadas».

Y la entrega al necesitado no sólo condujo su vida, sino que también lo llevó a la muerte. Contagiado por el cólera atendiendo a los enfermos, falleció en Córdoba el 24 de julio de 1690, dejando un testamento a sus seguidores: «Pido con todo encarecimiento que atiendan en todo a la honra y gloria del Señor; procurando guardar el Instituto con grande humildad de sí mismos, y con gran caridad de los pobres, amándose unidos en el Señor».

Así, el carisma hospitalario-franciscano, síntesis vital de contemplación-servicio a los pobres se mantuvo vivo en el corazón y en la vida de los Hermanos y Hermanas que a través del tiempo fueron llamados a seguir a Cristo en el espíritu de Cristóbal. Pero el P. Cristóbal no dejó normas escritas, por lo que su sucesor inmediato en la dirección y administración de su obra formuló para los Hermanos y Hermanas unos pequeños estatutos, conformes en todo al espíritu y modo de vida que se observaba cuando el Padre vivía, los cuales fueron aprobados por el obispo de Córdoba en 1693, transformándose luego en las Constituciones que recibieron la aprobación del Papa Benedicto XIV.

Situación actual

A más de 300 años de su fundación, la Congregación hoy sólo está compuesta por Hermanas, pues los Hermanos por circunstancias diversas desaparecieron como congregación religiosa. La historia de las Hermanas está tejida en la fidelidad en la oración, la humildad, sencillez, pobreza, el servicio de caridad colgadas de la providencia del Padre, continuando durante siglos en la Iglesia el carisma recibido del P. Cristóbal.

Hoy, como entonces, ponen su fe y confianza en la Divina Providencia, siendo su mayor gozo realizar en el momento presente la inspiración y proyecto evangélico que el padre Cristóbal les dejó en testamento.

Dirección: 28029 MADRID: Magnolias, 105. Curia General.

[Cf. Abriendo caminos. Institutos de religiosas en España. Madrid, Ed. Confer, 1989, pp. 315-318]

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Información facilitada por las
Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, Franciscanas

EL BEATO CRISTÓBAL DE SANTA CATALINA

El padre Cristóbal de Santa Catalina nació en Mérida con el nombre de Cristóbal López de Valladolid, en el número 8 de la calle Baños, el 25 de julio de 1638. Hijo de labradores muy pobres.

Son pocas las noticias que se tiene acerca de su niñez y de su juventud según el redentorista Dionisio de Felipe en su libro Vida del Venerable Padre Cristóbal de Santa Catalina, fundador de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, basada en la biografía del historiador beato Fray Francisco de Posadas.

Los biógrafos hablan de una escapada que tuvo a los siete u ocho años a un convento de las afueras de Mérida. Un fraile lo llevó a su casa cuando todos estaban con la lógica preocupación. Cristóbal tuvo otros tres hermanos, pero nada se sabe de ellos, a excepción de uno que ingresó en la Congregación Hospitalaria. Trabajó en el campo con su padre y luchó contra el hambre. Sólo se conoce de su juventud su afición a la penitencia.

El 20 de marzo de 1663 Cristóbal López de Valladolid era sacerdote. Se le nombró capellán de un Tercio de Castilla que luchaba en la guerra contra Portugal. Muy enfermo, tuvo que regresar a Mérida a la casa de sus padres. Al restablecerse se retiró para hacer vida eremita al desierto de Bañuelo de Córdoba, donde permaneció seis años.

Allí encontró a otro ermitaño, semidesnudo, muerto de hambre, esquelético, y le pidió quedarse con él y seguir sus consejos, allí es donde adoptó el nombre de padre Cristóbal de Santa Catalina. Este nombre es posible que lo llevara por la ermita que tenía esta santa en el mismo centro de Mérida, a pocos pasos del templo de Diana, y a escasos metros de donde nació Cristóbal.

Atraído por la Regla de san Francisco de Asís profesó como terciario en 1671 en el convento de Madre de Dios, en las afueras de Córdoba, ciudad que lo acogió como hijo, se portó como padre, y en la que murió como un santo.

Después de Mérida, Córdoba es su auténtica patria, donde desarrollaría su vocación sacerdotal y donde fundó el 11 de febrero de 1673 el Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno para atender a los más necesitados. Coloca en la puerta del centro sanitario su lema: Mi providencia y tu fe tendrán esta Casa en pie.

Las ancianas pobres, enfermas y desvalidas eran el principal objetivo de sus atenciones y esto le movió a la Fundación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, según sus reglas aprobadas por Benedicto XIV en 1746 y de las que sólo existe un ejemplar que se conserva en los archivos de la Casa de Córdoba.

Escribió el libro de Las Reglas y Constituciones que han de guardar las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, impresas en 1740 en Córdoba y redactadas por el Padre José Capilla, Administrador del Hospital después de muerto el fundador.

Tuvo seguidores en distintas ciudades españolas y se le atribuyen varios milagros. En 1773 fue incoado el proceso de beatificación, que prosigue su causa en nuestros días, más vivo que nunca. El pasado día 13 de junio de 2008 se dio por válido el proceso diocesano. Ya en el Vaticano, la fase romana tiene dos ámbitos de investigación, el teológico y el médico, ambos comenzados, gracias a un milagro acaecido recientemente a una trabajadora del mismo Hospital de Jesús Nazareno de Córdoba. Las conclusiones han pasado a la Congregación de Obispos y Cardenales y su juicio, una vez aprobado en noviembre de 2010 el inexplicable milagro, si es factible, pasará al Papa, quien elevaría a los altares a nuestro querido Padre Cristóbal con la ansiada beatificación. [La solemne ceremonia de su beatificación tuvo lugar en Córdoba (España) el 7 de abril de 2013].

[Tomado de http://fhjnazareno.org/web/]

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"ESTE INSTITUTO ES LA CARIDAD"

Nuestra Congregación Hospitalaria Franciscana de Jesús Nazareno nació en Córdoba (España) en 1673, como don del Espíritu a través del carisma concedido a nuestro Fundador P. Cristóbal de Santa Catalina, con una identidad muy clara: "Este Instituto es la caridad". Así lo recogen nuestras Constituciones y es la vivencia de los Hermanos y Hermanas en el devenir de esta historia de más de trescientos treinta años.

Cristóbal López de Valladolid, que luego tomará el nombre de Cristóbal de Santa Catalina, vive atento y dócil a la voluntad de Dios, que se le manifiesta a través de la Palabra y de los acontecimientos. Por ello, su vida va tomando orientaciones diversas: capellán castrense, clérigo en su ciudad, profeso en la Tercera Orden Franciscana, fundador de una congregación de ermitaños y, por último, fundador de esta Hospitalidad Franciscana de Jesús Nazareno.

Seis años llevaba Cristóbal en el desierto viviendo como anacoreta, cuando teniendo noticia de las graves necesidades que padecían muchas mujeres, se movió a buscar remedio a necesidades tan extremas. A través de estos gritos silenciosos reconoce la voz de Dios que lo invita a salir nuevamente; ahora, a seguirlo en el servicio a los pobres. "Servir a Dios sustentando a los pobres" es en adelante el lema de su vida.

Busca lugar donde acoger a los necesitados y la cofradía cordobesa de Jesús Nazareno le cede un hospitalito de seis camas. Jesús Nazareno con su cruz a cuestas es desde aquel momento el centro, modelo y motor de la Obra que comienza. Pronto se le unen hombres y mujeres contagiados de su caridad y nace la Hospitalidad de Jesús Nazareno dentro de la familia franciscana. De ahí que la casa-madre de nuestra Congregación es el Hospital de "Jesús Nazareno" de Córdoba, en la que Padre Cristóbal se entregó sin reservas al servicio de los más necesitados.

La naciente Hospitalidad carece de cualquier medio económico, pero cuenta con la promesa de Jesús Nazareno al Padre Cristóbal: "Mi Providencia y tu fe tendrán esta Casa en pie", y el amor y diligencia de los Hermanos y Hermanas; aquellos se dedican a pedir limosna para el sostenimiento económico, y las Hermanas se ocupan del cuidado y atención de las enfermas, impedidas, niñas... que viven en el Hospital. Como forma de vida en fraternidad apostólica nos muestra y propone una síntesis evangélica de contemplación y servicio a los pobres, inspirada por el espíritu franciscano, cuya Regla profesa, vive y adopta para la Congregación.

Nuestra historia está escrita en la sencillez, la austeridad y el servicio de caridad colgados de la Providencia del Padre. Los Hermanos y Hermanas Hospitalarios fueron haciendo frente a las cambiantes circunstancias de cada tiempo, adaptando su modo de atender a las personas, conservando, sin embargo, su identidad propia: atender a los pobres según nuestro estilo hospitalario franciscano.

Desde la fundación en 1673 hasta el día de hoy la Congregación ha extendido sus servicios por la geografía española y diversos países de Europa y América latina. Para ello contamos también con la colaboración generosa de simpatizantes y amigos de esta Obra Hospitalaria.

Nos encontramos en muy diversos ámbitos de actuación: hogares para niños en situaciones familiares difíciles; casas de acogida para personas con necesidades diversas: de reinserción, faltas de hogar, con problemas familiares, de normalización de su trayectoria vital...; residencias para personas mayores; colegios; y también tareas de evangelización y de presencia; creación de espacios, lugares de silencio que faciliten la serenidad e interiorización que buscamos y necesitamos en nuestro apresurado vivir cotidiano para el encuentro con nosotros mismos, con los demás y con Dios.

Cada momento histórico y contexto concreto demandan respuestas distintas que nos invitan a abrir los ojos para ver la realidad, creatividad en la respuesta y espíritu ágil y emprendedor para llevar adelante la adaptación necesaria.

En junio de 2007 celebramos nuestro XVII Capítulo General ordinario. Un momento de gracia, de escucha al Espíritu, de toma de conciencia y de renovar ilusión y energías para seguir reinventando el servicio de caridad.

En este espíritu estamos embarcadas en diversos proyectos nuevos en América y España. Aquí, además de continuar con las obras ya establecidas, estudiamos presencias sencillas en los medios menos favorecidos y, conjuntamente con otras instituciones, cooperamos en proyectos de reinserción y acogida.

Es la misión que nos ilusiona y con la que estamos comprometidas. Siempre fiadas de la Providencia de Dios y con la confianza inquebrantable que aprendimos de Padre Cristóbal: "Tened confianza porque la mano de Dios sabe abrirse para el socorro cuando las necesidades aprietan".

[Tomado de http://fhjnazareno.org/index.php]

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ACTUALIDAD DEL INSTITUTO DE LAS
FRANCISCANAS HOSPITALARIAS DE JESÚS NAZARENO

La Hospitalidad de Jesús Nazareno, iniciada en 1673 por el P. Cristóbal de Santa Catalina, sigue en pie, tal como le prometió Jesús Nazareno. Las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, agradecidas y gozosas, estamos comprometidas en dar continuidad al carisma recibido, reconociendo la voz de Dios en las llamadas de los pobres y entregando nuestras vidas a Dios y al prójimo.

Nuestro P. Cristóbal, "nos propuso como forma de vida en fraternidad apostólica, una síntesis evangélica de Contemplación y Servicio a los pobres, inspirada e informada por el espíritu franciscano" (Introd. Constituc.), que deseamos vivir plenamente.

Hoy, las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, llevadas de un deseo sincero de reavivar nuestra identidad, hemos vuelto los ojos a nuestros orígenes y conectando con la actitud de nuestro Fundador, P. Cristóbal de Santa Catalina, cuyo único deseo era "servir a Dios sustentando pobres", donde y como Él quiera ser servido, hacemos nuestra su oración: "Nuestro ánimo, oh Dios, es servirte; nuestro viaje no ha de ser por caminos conocidos. Conduce nuestros pasos para que podamos llegar a donde tu amor nos llama".

Estamos decididas a vivir nuestra vocación con ilusión renovada y de forma significativa. Anhelamos una intensa vida espiritual, vivida en el discernimiento y la búsqueda de la voluntad de Dios que posibilite la coherencia fe-vida. Releemos la vida desde la Palabra para vivir nuestra consagración en gratuidad y confianza.

Por otra parte, aspiramos a ser comunidades evangélicas, que muestren a los hombres de nuestro tiempo el rostro misericordioso de Dios, creando espacios de diálogo entre nosotras y con el mundo, viviendo la hospitalidad-acogida.

Queremos vivir atentas a los signos de nuestro tiempo, vibrando con Jesús Nazareno ante lo que sucede a los hombres y al mundo, disponibles para abrir los caminos necesarios, haciendo partícipes de nuestro ser franciscano-hospitalario a quienes viven y entran en relación con nosotros.

Sabiendo, además, que "la mies es mucha y los obreros pocos", queremos trabajar con los jóvenes y compartir con ellos nuestro carisma, fiadas de la Providencia de Dios, servidoras de los hombres en la sencillez y la alegría.

En el momento actual, diciembre de 2011, somos en la Congregación 121 Hermanas y nos hallamos presentes en los siguientes centros y lugares de España y América latina.

A través de sus más de trescientos años de historia, la Hospitalidad de Jesús Nazareno ha ido expandiendo sus límites geográficos.

Dado que "Este Instituto es servir a los pobres", nuestro servicio apostólico no queda restringido a ningún ámbito ni actividad concretos. Allí donde haya personas en situación de necesidad, podemos y deseamos estar, según nuestras posibilidades.

Por el mismo motivo, y dependiendo de las circunstancias histórico-sociales, la Congregación ha venido prestando servicios en ámbitos muy distintos: Asilos, prisiones, centros apostólicos, misiones lejanas, centros de formación sacerdotal, colegios, hogares para niñas, atención a discapacitados físicos o/y psíquicos...

El momento presente es una oportunidad nueva de vivir confiadas en las manos del Padre Bueno, felices tras las huellas de Jesús Nazareno y animadas por el modelo e intercesión de San Francisco de Asís y el P. Cristóbal de Santa Catalina.

[Tomado de http://fhjnazareno.org/web/]

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QUÉ HACEMOS LAS HERMANAS
FRANCISCANAS HOSPITALARIAS DE JESÚS NAZARENO

"Id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva".

La vida apostólica de la Congregación Franciscana Hospitalaria de Jesús Nazareno se fundamenta en el plan de amor y salvación de Dios, realizado en Jesucristo.

Unidas profundamente a Jesús Nazareno, evangelizamos según el espíritu franciscano y el carisma propio de nuestra Congregación. Intentamos ir por el mundo gozosas y confiadas, enviadas por la fraternidad, viviendo según la forma del Evangelio, anunciando y haciendo presente la Buena Noticia de Jesús.

Así lo aprendimos de nuestro Fundador, P. Cristóbal de Santa Catalina, que atento a las inspiraciones del Espíritu, escuchó la llamada urgente de las necesidades de los pobres consagrándose a su servicio pastoral y humano, según el contexto histórico de su tiempo.

Toda la misión apostólica de la Congregación queda así resumida: "Este Instituto es la caridad". El primer párrafo de las Constituciones lo expresa taxativamente: "El fin primero y principal, servir a los pobres".

El P. Cristóbal comenzó fundando el Hospital de Jesús Nazareno en Córdoba, para cuidar a mujeres ancianas, enfermas e imposibilitadas y a niños abandonados, por ser los sectores más necesitados y desatendidos en aquel momento. Enseguida extendió su labor apostólica, caritativa y social a otras personas en situación de necesidad.

Esta es la misión de nuestra Congregación; por ello, según las necesidades de cada momento y ámbito, dirigimos nuestro servicio a personas en dificultad.

Hoy estamos presentes en servicios y centros que atienden a niños, mayores, discapacitados, personas sin techo o/y en riesgo de exclusión social, pobres, solos, y tenemos presencia en varios países que viven situaciones de especial pobreza. También atendemos lugares y centros de espiritualidad y colaboramos en parroquias y otras instituciones.

[Tomado de http://fhjnazareno.org/web/]

El Bañuelo de Córdoba

 


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