DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

23 de febrero
BEATA ISABEL DEL FRANCIA (1225 - 1270)

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Nació en París el año 1225, hija de los reyes de Francia Luis VIII y Blanca de Castilla, y hermana del rey San Luis IX. Su madre le inculcó una religiosidad profunda y un gran amor a los pobres. Solicitó su mano el hijo y heredero del emperador Federico II, pero ella había optado por consagrarse a Dios y se mantuvo en su propósito. A la muerte de su madre y con la ayuda de su hermano fundó el convento de clarisas de Longchamp, cerca de París, en el que pasó el resto de su vida, armonizando la vida intensa de oración y penitencia con su prodigalidad en la atención de los pobres. Dios le concedió carismas místicos extraordinarios. Con la ayuda de san Buenaventura y otros maestros de París adaptó para sus monjas la Regla de santa Clara, que no sabemos si ella profesó. Murió el 22 [para otros, el 23] de febrero de 1270.

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Nació el año 1225 y era hija del rey Luis VIII de Francia y de su esposa Blanca de Castilla, y era, por tanto, hermana del rey San Luis IX.

Isabel se cría en la corte paterna bajo los cuidados de su madre que infundió en ella, como en su hermano Luis, los más fervorosos sentimientos religiosos y el horror al pecado. Ya de pequeña aprendió a amar a los pobres y a emplear mucho tiempo en los actos de piedad y culto divino.

Solicitó su mano el príncipe Conrado, hijo y heredero del emperador Federico II. La propuesta fue acogida con satisfacción por la reina viuda Blanca de Castilla y por su propio hermano Luis, y al papa Inocencio IV, a quien se había dado noticia de la petición, le pareció buena para soldar la paz entre los príncipes cristianos y le escribe a Isabel diciéndole que contaría con su bendición. Pero Isabel contesta al papa que ella ha hecho voto de virginidad y que desea mantener su consagración a Dios. Inocencio IV contesta a la princesa que no puede menos que alabarla por esta deliberación y que la animaba a proseguir en tan santo propósito.

Isabel prosigue entonces en medio de la corte llevando una vida dedicada a la caridad y a la piedad y puede ver cómo su hermano Luis, llevado de un alto idealismo, marcha a las Cruzadas, donde sus armas no consiguen el triunfo esperado sino que incluso es apresado y a gran precio recupera la libertad. Estando su hermano ausente, muere su madre Blanca.

A partir de entonces ya no se cree necesaria en la corte y piensa poner en práctica el propósito concebido de fundar un convento de clarisas en el que pasar el resto de sus días. Su hermano le da la oportuna licencia y surge así el convento de Longchamp el año 1257, que ella coloca bajo la advocación de la Humildad de Nuestra Señora. Parece claro que, aunque la Orden Franciscana presenta a Isabel como monja de la segunda orden y con ese título se confirmó su culto, en realidad ella nunca profesó ni emitió los votos religiosos. Vivió en un ala del convento, en una especie de casa aparte, no en las celdas de las monjas, y continuó su costumbre de generosidad extrema con los pobres. De esta forma además evitó el que las monjas la pudieran elegir abadesa.

Su vida fue santa: toda ella dedicada a la oración, la penitencia y las buenas obras, pudiendo ser vista en éxtasis con que el Señor la favorecía.

Murió el 22 [para otros, el 23] de febrero del año 1270, y su culto fue confirmado por el papa León X el año 1521 al permitir al monasterio de Longchamp celebrar su fiesta, que posteriormente el papa Inocencio XII, a finales del s. XVIII, extendió a toda la Orden Franciscana.

[Año cristiano. Febrero. Madrid, BAC, 2003, pp. 480-481]

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BEATA ISABEL DEL FRANCIA (1225 - 1270)

Virgen de la Segunda Orden (1225-1270). León X concedió oficio y misa en su honor el 11 de enero de 1520.

Isabel nació hacia 1225, hija de Luis VIII, rey de Francia, y de Blanca de Castilla, quien con piedad, inteligencia y energía supo formar santos también en trono real. La joven princesa fue iniciada en la oración y en una tierna devoción al Señor y a la Santísima Virgen, en la meditación y las prácticas de la vida cristiana. La escuela y el ejemplo de Blanca de Castilla nos dieron un San Luis IX, rey de Francia, y la Beata Isabel. Experta en labores de bordado y tejido, donó a las iglesias ornamentos confeccionados con sus propias manos y adoró la Eucaristía con todo el ánimo de su corazón.

Ayunaba tres veces por semana, se alimentaba parcamente. Evitaba las diversiones. Sus recreaciones eran en compañía de su hermano Luis y de las damas que estaban a su servicio. Con frecuencia visitaba a los enfermos en los hospitales o en sus casas, atendía a sus necesidades y les endulzaba sus penas. Enfermó gravemente, de modo que se temió por su vida; sanó gracias a las oraciones y cuidados de su madre Blanca.

Conrado, hijo del emperador Federico II, la pidió en matrimonio, con gran alegría de Blanca y de su hermano el rey Luis, y del papa Inocencio IV, pero ella declaró que había hecho voto de virginidad y que nadie la haría desistir de su decisión.

Para mejor realizar su vocación religiosa, en los alrededores de París hizo construir un monasterio en 1261, y adoptó la regla de la Segunda Orden de Santa Clara. Las religiosas que habían seguido su ejemplo provenían de la nobleza y pertenecían a la corte de Francia. Para una mejor formación franciscana de la nueva comunidad, hicieron venir cuatro religiosas de otros monasterios.

Isabel vivió nueve años en el monasterio y lo honró con sus virtudes. Murió el 23 de febrero de 1270, a los 45 años de edad. Algunas religiosas en el mismo instante oyeron cantos angélicos que decían: «En la paz está su morada». San Luis estuvo presente en los funerales de su querida hermana y tuvo palabras de consuelo para la comunidad de las Clarisas.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 60-61]

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La Regla de las Hermanas Menores Encerradas
de la beata Isabel de Francia (1259)

Entre vicisitudes, en el mismo siglo XIII, la Orden de Santa Clara iba creciendo en número de monasterios y en variedad de Reglas. Existían la Regla que hemos llamado Hugoliniana (la de 1218-1219, la de los monasterios de Pamplona, Burgos, Zaragoza) y la Regla Inocenciana de 1247, y la Regla personal de Santa Clara, aprobada en 1253 por el mismo Inocencio IV, y existían además diversas observancias autorizadas por la Santa Sede según las peticiones de los diversos monasterios en conformidad con la diversidad de climas y lugares.

En estas condiciones surge en la historia la figura luminosa de Isabel de Francia, hermana del rey San Luis, hija de la reina doña Blanca de Castilla. Parece que corresponde precisamente a la beata Isabel la bella imagen pintada por Simone Martini en el transepto de la Basílica inferior de San Francisco, en Asís, juntamente con las de San Francisco, San Luis Obispo, San Luis rey y Santa Isabel de Hungría. Pues bien, Isabel de Francia quiso fundar un monasterio de Damas Pobres en Longchamp o Campolargo, cerca de París, bajo la inspiración de Santa Clara, pero con una Regla adaptada a las circunstancias. Para redactarla, la ilustre princesa combinó, en plan ecléctico, diversos elementos de las Reglas anteriores, y de este modo preparó su propia «forma de vida» (forma vitae), que luego hizo examinar y ultimar por cinco maestros franciscanos, teólogos de la Universidad de París, entre ellos San Buenaventura, y que fue aprobada primero por Alejandro IV en 1259 y finalmente por Urbano IV el 27 de julio de 1263, por la bula Religionis augmentum. La pobreza y la humildad unidas en mutua interpretación complementaria siguen siendo una de las bases de la Regla de Isabel; pero, mientras Santa Clara destaca la pobreza material como una especie de señal sensible y sacramento de la humildad, Isabel pone más de relieve la humildad, mitigando un poco y espiritualizando el sentido de la pobreza. Su monasterio, inaugurado con monjas procedentes de Reims (hacia 1260), llevará la advocación de la Humildad de Nuestra Señora, y sus moradoras se llamarán, no «Sorores Pauperes» (Hermanas Pobres) como en la Regla de Santa Clara, sino «Sorores Minores Inclusae» (Hermanas Menores Encerradas).

Y estas "Hermanas Menores Encerradas" se vincularán estrechamente a la Orden de los Frailes Menores, de entre los cuales deberán escogerse los Visitadores y a cuyos Prelados incumbirá «la ordenación y el régimen de esta Orden, su cuidado y visita, su corrección e incluso reforma, tanto por sí mismos cuanto por los visitadores» (n. 9), según los deseos de Santa Clara, que en este caso parecen haber sido aprobados también por San Buenaventura; pero, ya no tan en conformidad con los ideales de la Santa, podrán tener posesiones en común para la manutención y demás necesidades de las monjas.

La Regla de la beata Isabel de Francia, aprobada en principio para un monasterio determinado, el de Longchamp-París, se extendió luego a algunos otros de Francia (París, Provins, Blois, Toulouse) y a los de Inglaterra (Londres, Waterbeach, Denny, Bruisyard), y a alguno de Italia (Palestrina-San Silvestre in Capite de Roma).

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Después de la Regla propia de santa Clara, aprobada en 1253 por Inocencio IV en vísperas del feliz tránsito de la Santa, aún hubo en el siglo XIII otras dos Reglas para las clarisas. Nos referimos a la Regla del monasterio de Longchamp o de la beata Isabel de Francia, aprobada por Alejandro IV en 1259 y corregida por Urbano IV en 1263, el 27 de julio; y la que el mismo Urbano IV promulgó el 18 de octubre del citado año de 1263 para todos los monasterios de inspiración damianita.

La Regla de la beata Isabel se aprobó en un principio (1259) para el monasterio de Longchamp solamente; pero luego (1263) se permitió que fuera adoptada también por otros monasterios. De hecho, hubo Damianitas que, no queriendo aceptar la Regla común del papa Urbano IV, optaban por quedarse con la Forma de vida del cardenal Hugolino o trataban de abrazar la de la beata Isabel de Francia. Con todo, esta última no se difundió mucho. La profesaron, además del de Longchamp, algunos otros monasterios de Francia (Provins, Le Guiche-Blois, Toulouse) y los de Inglaterra (Londres, Waterbeach, Denney, Bruisyard) y unos tres o cuatro de Italia (San Silvestro in Capite, San Lorenzo in Panisperna, Giovinazzo, Cuneo). Se ha de observar que el monasterio de Provins, en la Champagne, fue fundado por Teobaldo I de Navarra con religiosas de Longchamp, como también el de Le Guiche-Blois, y que el de Londres recibió a su vez del de Provins las monjas fundadoras, llevadas a Inglaterra por doña Blanca de Navarra, casada con Edmundo de Lancaster, hijo del rey Enrique III de Inglaterra.

La Regla de la beata Isabel de Francia, que combina eclécticamente elementos de las Reglas precedentes, se caracteriza por su tonalidad mística y por las motivaciones espirituales con que frecuentemente enriquece las normas jurídicas. La pobreza y la humildad, unidas en mutua interpretación complementaria, siguen siendo una de las bases de esta Forma de vida; pero, mientras santa Clara tiene en mucho la pobreza material como una especie de señal visible y de sacramento de la humildad, Isabel pone más de relieve la humildad, mitigando un poco y espiritualizando el sentido de la pobreza. Su monasterio, inaugurado con fundadoras procedentes del de Reims (hacia 1260), llevará la bella advocación de la Humildad de Nuestra Señora, y sus moradoras se llamarán, no «Sorores Pauperes» (Hermanas Pobres), como en la Regla de santa Clara, sino «Sorores Minores Inclusae» (Hermanas Menores Encerradas).

Y estas Hermanas Menores Encerradas se vincularán estrechamente a la Orden de los Frailes Menores, de entre los cuales deberán escogerse sus visitadores y a cuyos prelados incumbirá «la ordenación y el régimen de esta Orden, su cuidado y visita, su corrección e incluso reforma, tanto por sí mismos cuanto por los visitadores» (n. 9), según los deseos de santa Clara, que en este caso parecen haber sido aprobados también por san Buenaventura; pero, ya no tan en conformidad con los ideales de la Santa, podrán tener posesiones en común para la manutención y demás necesidades de las monjas «para evitar recursos poco convenientes con excusa de necesidades temporales y para que las dichas hermanas puedan servir a Dios con mayor paz» (n. 10).

La clausura tiene una gran importancia en esta Regla, que sigue con toda fidelidad las indicaciones de santa Clara sobre esta materia. Ya desde el principio, en la enunciación programática de los puntos fundamentales, no se contenta con declarar que la vida de sus religiosas consiste en observar el santo Evangelio «viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad», sino que añade también el compromiso de la clausura. Lo que santa Clara vive, aunque en este lugar no lo proclama explícitamente, la beata Isabel lo formula con una de sus locuciones características: Quienquiera que abrace esta Orden..., «viva en obediencia, en castidad y sin nada propio; y, como oculto tesoro del ínclito Rey, permanezca encerrada todo el tiempo de su vida» (n. 1).

Por lo demás, las motivaciones espirituales llegan aun a las tocas o bandas con que las monjas han de cubrir sus cabezas: «Cubran sus cabezas con bandas o tocas del todo blancas... Ni osen presentarse de otra manera ante personas extrañas; pues no es decoroso que la esposa del Rey eterno se exhiba a ninguna otra persona, ni en otra alguna se complazca» (n. 2). Se prescribe el ayuno desde la Ascensión a Pentecostés, «para que sus pechos sean fecundados con los carismas del Espíritu Santo» (n. 4). Deberán observar con diligencia el silencio las hermanas «que desean conversar con Dios, para no disiparse vanamente en conversaciones inútiles» (n. 5). Se permite al monasterio tener posesiones en común, pero las monjas no habrán de olvidar que no está en la tierra, sino «en otra parte el hogar eterno de la Patria de las hermanas de esta religión» (n. 10), en correspondencia con el pensamiento de santa Clara, que exhorta a sus hijas a vivir «como peregrinas y forasteras en este siglo» (RCl 8).

De la Regla de santa Clara se recoge a la letra la cláusula referente al modo de trabajar fiel y devotamente, «de tal suerte que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir» (RCl 7); pero se completa con una alusión al divino Esposo: «y a cuyo servicio debe consagrarse totalmente la esposa de Cristo, para gozar en ella de los coloquios y consolaciones del Esposo» (n. 3). También se percibe un eco de la Regla y del Testamento de santa Clara («Y la elegida... guarde la vida común en todo, pero especialmente en la iglesia... De tal manera que sus hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan no tanto por el oficio, cuanto más bien por amor») en la norma que se da para la abadesa: «La abadesa esfuércese, en cuanto le sea posible, por seguir a la comunidad y llevar la vida común; ya que debe ser espejo de claridad para las demás y ejemplo para todas sus hermanas» (n. 4).

Se trata, pues, de una Regla de tono marcadamente espiritualista. Aun la función de la maestra de novicias, que es distinta de la maestra-profesora, se describe con frases que no se encuentran en las otras Reglas: «... que las vaya instruyendo particularmente en las santas costumbres, inflamándolas en el fervor de la devoción, enseñándoles a soportar con la dulzura de la caridad las cosas que hay que soportar según este modo de vida...» (n. 1). Merece destacarse la exhortación final, que termina con una recomendación preciosa en que se asocian armónicamente la intimidad mística con Dios y la vocación eminentemente eclesial de la monja de vida contemplativa: «Suspire, por lo tanto, de continuo su corazón por Él, y oren al Altísimo desde el íntimo clamor de su alma por la Iglesia universal con poderosa voz» (n. 11).

En la composición y redacción del texto de la Regla de Longchamp intervinieron, a petición de la beata Isabel, hermana del rey san Luis, varios maestros franciscanos de la Universidad de París, entre ellos el Doctor Seráfico san Buenaventura. Según el «explicit» añadido por mano desconocida al ejemplar de Florencia (A), habría sido fray Mansueto, OFM, penitenciario y capellán, legado y nuncio de varios papas, quien, por orden del papa y de algunos cardenales, «compuso y dictó» la versión de 1259. En la versión de 1259, las monjas se llaman Sorores Inclusae o Hermanas Encerradas, y su fórmula de profesión incluye ya también el voto de clausura. En la versión de 1263 (B), las religiosas reciben el título ampliado de Sorores Minores Inclusae (o Minorissae), es decir, Hermanas Menores Encerradas. Por lo demás, fuera de las divergencias motivadas por la aplicación de las normas a un solo monasterio o a varios de la misma Orden, el texto es sustancialmente el mismo en ambas versiones. Nótese, con todo, que la versión B no se contenta con mejorar la forma de expresión, sino que introduce también algunas innovaciones de fondo. Así, por cuanto se refiere a la clausura, en la versión B no aparece la excomunión de la versión A contra quienes la quebrantan; y entre las personas autorizadas para entrar en clausura se añade la del rey de Francia, que podrá llevar un cortejo de hasta diez acompañantes; y se precisa que los cardenales podrán entrar en clausura asimismo con diez (no simplemente "siete" como en la versión A) acompañantes, y con dos el Ministro general de los Frailes Menores, etc.

Además, en la versión B, la fórmula de profesión se modifica ligeramente para aludir a la intervención del papa Urbano IV en su nueva formulación canónica.

[Ignacio Omaechevarría, Las Clarisas a través de los siglos. Madrid 1972, pp. 63-64. Idem, Escritos de Santa Clara y documentos complementarios. Madrid, BAC, 1999, pp. 294-297]

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