DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

27 de febrero
BEATO JOSÉ TOUS Y SOLER
(1811 - 1871)

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Nació en Igualada (Barcelona) el año 1811, en el seno de una numerosa familia religiosa y trabajadora. En el hogar aprendió las virtudes humanas y cristianas que configuraron su personalidad. De joven ingresó en los Capuchinos, profesó en 1828 y se ordenó de sacerdote en 1834. La situación política y social de España era turbulenta. En 1835 se produjo la supresión de los conventos y se desató la persecución religiosa. Tras una breve estancia en la cárcel, el P. Tous marchó a Italia y Francia, y regresó a Barcelona en 1843. Se dedicó al ministerio parroquial y a la dirección de asociaciones religiosas. Preocupado por la educación cristiana de los niños y jóvenes, fundó el instituto de las Capuchinas de la Madre del Divino Pastor. Murió en Barcelona el 27 de febrero de 1871. Fue beatificado el año 2010. De él dijo Benedicto XVI: «A pesar de numerosas pruebas y dificultades, nunca se dejó vencer por la amargura o el resentimiento. Destacó por su caridad exquisita y su capacidad para soportar y comprender las deficiencias de los demás».

El Padre José Tous y Soler nace el 31 de marzo de 1811 en Igualada (Barcelona) en el seno de una familia profundamente cristiana. Es el noveno de doce hermanos. Al día siguiente recibe en la Basílica de Santa María de Igualada el Bautismo.

La atmósfera familiar, la oración de su padre, de su madre y de sus hermanos incide benéficamente en su corazón. Su fe crece junto con su personalidad, caracterizada por la interioridad, la amabilidad y la docilidad.

A los trece años, manifiesta a su padre su vocación capuchina y opta por seguir a Cristo al estilo de Francisco de Asís. En la Orden Capuchina ve realizados todos sus ideales, en San Francisco encuentra un modelo de vida, hasta decir como él «Y estábamos contentos y no queríamos tener nada más». Su objetivo es desde ahora buscar siempre y en todo a Dios.

El joven José, con el deseo de dar lo mejor de sí mismo, hace su profesión solemne el 19 de febrero de 1828; sabe que ya su vida pertenece única y totalmente a Dios. El Evangelio, María, san Francisco y el amor al prójimo modelaron su corazón capuchino.

La dedicación a los estudios y la oración le conducirán hasta el sacerdocio y así ve la culminación de sus sueños con la ordenación de presbítero en Barcelona el 24 de mayo de 1834. Al año siguiente fue destinado al Convento de Santa Madrona de Barcelona. Pero transcurridos apenas dos meses, el 25 de julio de 1835, el ambiente de quietud del convento es turbado por la revuelta originada por una desafortunada corrida de toros que dio lugar a alborotos de numerosos grupos de personas que insultan a los frailes, apedrean sus puertas y ventanas hasta llegar a asesinar a muchos religiosos. Todos estos sucesos tienen su raíz en la situación política de España. El gobierno, por su parte, tomó también medidas persecutorias contra la Iglesia.

Unos treinta y seis mil religiosos son desterrados de su patria; exilio que duró unos cuarenta años. Fray José se encamina hacia Italia. Empieza el largo período de la exclaustración. El viaje, las largas caminatas y las inclemencias del tiempo minaron su salud, motivo por el cual se establece en la ciudad de Toulouse (Francia) donde ejerce su ministerio apostólico como capellán de las Benedictinas del Santísimo Sacramento durante siete años. Allí pudo dedicar tiempo a la contemplación y a la adoración de la Eucaristía y a la ayuda espiritual de las jóvenes del internado.

En 1843 la situación política le permitió volver a Cataluña, pero con la condición de no vestir el hábito capuchino ni vivir en comunidad. Vivió con sus padres mientras desarrollaba el ministerio sacerdotal en diferentes parroquias. Su ministerio se centra en la confesión, en la dirección espiritual de la asociación de Santa Romana y en el culto a la Divina Pastora.

Los sentimientos de compasión hacia los niños y jóvenes, que el Buen Pastor puso en el corazón del Padre José, convergían con los piadosos deseos de las jóvenes Isabel Jubal, Marta Suñol y Remedio Palos: «Derramar en el tierno corazón de los niños los santos pensamientos y devotos afectos que Dios les comunicaba en la oración». Después de madurar en la oración y consultar el proyecto, el P. Tous aceptó orientarlas. Partiendo de la Regla de Santa Clara, adecua las Constituciones capuchinas de la beata Mª Ángela Astorch para unas Capuchinas Terciarias de Enseñanza. Se establecieron en Ripoll en marzo de 1850 para iniciar la vida comunitaria, y, el 27 de mayo abrían las puertas de la primera escuela.

Los años que le quedan de vida, los dedica a la atención caritativa y prudente a las Hermanas así como a las comunidades que se van formando: San Quirico de Besora, Barcelona y Madrid. En sus escritos a las Hermanas aflora su espíritu capuchino: las Hermanas están llamadas a la vida mixta de contemplación y acción. Insiste en que sólo desde el amor a Jesús alimentado en la oración, es posible la unión santa; que sólo desde la humildad es posible la obediencia.

Desde muy joven, el Padre José Tous descubre a Dios como lo único necesario, de aquí su lema «Fe y Confianza en Dios».

Dios, que no se deja vencer en generosidad, lo llamó a vivir plenamente con Él en el momento más sublime de su vida, mientras celebraba la Eucaristía, un 27 de febrero de 1871 a primera hora de la mañana, en la capilla del Colegio que las Hermanas Capuchinas tenían en Barcelona.

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BEATO JOSÉ TOUS Y SOLER,
SACERDOTE CAPUCHINO

Carta Circular del General de los Capuchinos,
Fr. Mauro Jöhri (25-III-2010)

El próximo 25 de abril, nuestros hermanos capuchinos de Cataluña y las hermanas del Instituto de las Hermanas capuchinas de la Madre del Divino Pastor, celebran en Barcelona la beatificación de nuestro hermano fr. José Tous y Soler. Toda la Orden está de fiesta con ellos y se une a la alabanza común a Dios por este momento particular de gracia y se alegra de agregar un nuevo beato en la ya numerosa caravana de nuestros santos y beatos. Leyendo sus rasgos biográficos notaréis la luminosidad de esta figura de capuchino obligado a vivir gran parte de su existencia, por razón de las adversidades políticas y sociales de su tiempo, lejos de la fraternidad y en ausencia de una vida fraterna. Fr. José tenía tan integrados los valores de nuestra vida, que pudo mantenerse fiel a lo que había profesado incluso en condiciones extremadamente difíciles, pasando de un domicilio a otro. Por donde estuvo, supo insertarse y ponerse al servicio de las personas que le eran confiadas. Se dejaba tocar por las necesidades de la gente, respondiéndoles con concreta eficacia.

El beato José Tous y Soler nació y vivió, la mayor parte de su existencia, en España en el siglo XIX. Fue un siglo caracterizado por la elevada inestabilidad política, social y económica, que vio la supresión de las órdenes religiosas y a veces una verdadera y propia persecución de la Iglesia, con homicidios, con prisión y expulsión de los religiosos de sus propios conventos y, para muchos, la experiencia del exilio forzado. En los años más dramáticos se asistió a tumultos y violentos conflictos, que llevaron a la destrucción de iglesias. Para España el siglo se abrió con la invasión por parte de Francia y se cerró con las guerras de ultramar y la pérdida de las últimas colonias del imperio.

En esta intrincada situación socio-política y en un ambiente fuertemente anticlerical, la Iglesia española se caracterizó, en todo el arco del siglo XIX, por un florecimiento de fuertes personalidades, que supieron afrontar, con la audacia de la fe y el trabajo constante en el ámbito de la educación y de la caridad, los desafíos provenientes del cambio cultural y social, particularmente advertido en Cataluña, donde vivió nuestro Beato.

José Tous y Soler, nació en Igualada, provincia de Barcelona y diócesis de Vic, el 31 de marzo de 1811, de una familia anclada en profundas raíces cristianas, siendo el noveno de los doce hijos de Nicolás Tous Carrera y Francisca Soler Ferrer. Al día siguiente fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa María de Igualada con el nombre de José Nicolás Jaime. En 1817, según la costumbre de su tiempo, fue Confirmado y en 1818 recibió la Primera Comunión.

El papel de la familia en la vida y en la formación del pequeño José resultó fundamental. Ella fue el lugar donde recibió las primeras semillas de la fe, del amor y del temor de Dios, que con el tiempo produjeron en él frutos de auténtica santidad.

En 1820, la familia de José se trasladó a Barcelona en busca de una mejor situación laboral. Fue aquí donde el futuro Beato tuvo la oportunidad de conocer a los capuchinos y pidió ser admitido entre ellos. Así, el 18 de febrero de 1827, a la edad de 16 años, vistió el hábito capuchino en el noviciado de Sarriá, convento conocido como «el desierto». Desde los años de su formación se reveló como un religioso de gran virtud. Los testimonios de los hermanos hablan de su ejemplaridad en el recogimiento, de su sólida piedad, de su profunda obediencia, de la humildad, de la pureza y de la plena fidelidad al carisma franciscano capuchino.

El 19 de febrero de 1828 Fr. José emitió los votos religiosos y en los siguientes años estudió filosofía y teología en los conventos de Calella de la Costa, de Gerona, y de Valls. El 1 de junio de 1833 recibió en Tarragona el diaconado y el 24 de mayo de 1834 fue ordenado sacerdote por Mons. Pedro Martínez de San Martín. Poco después fue enviado al convento de Santa Madrona en Barcelona, donde se distinguió por su fidelidad al ministerio sacerdotal y por una profunda vida interior, alimentada por una íntima relación con Jesús crucificado, con Jesús Eucaristía y con María, la Madre del Buen Pastor, devociones que marcaron profundamente su vida.

En el convento de Santa Madrona lo sorprende la revuelta social de 1835. Así, en junio del mismo año, a causa de la supresión de los conventos decretada por el gobierno, fue encarcelado con sus hermanos en la fortaleza de Montjuich en Barcelona. Liberado luego de 18 días, inició el duro camino del exilio, que lo llevó en primer lugar a Francia y luego al norte de Italia. En 1836 retornó a Francia, residiendo en Grenoble, Marsella y en la diócesis de Toulouse. Aquí completó los estudios de moral, consiguiendo el título de predicador, según las normas establecidas en aquel tiempo en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos. En este período ejerció el ministerio sacerdotal como capellán de las monjas Benedictinas de la Adoración perpetua.

Fr. José, aún siendo obligado a residir fuera del convento y empeñado en una intensa actividad pastoral, fue siempre un auténtico fraile capuchino, viviendo como pobre, cultivando la humildad, el amor por el silencio, la vida de oración, y dedicándose a las necesidades materiales y espirituales de cuantos encontraba.

Dos testigos de excepción se refieren a su apostolado y a su vida de piedad en los años de exilio en Francia. El obispo de Toulouse, Mons. Paul D'Artrós, en un testimonio del 28 de agosto de 1842, escribía: «Atestiguamos y certificamos que nuestro dilecto en Cristo, José Tous, presbítero español, residente en nuestra ciudad metropolitana desde hace cerca de seis años, por la pureza de fe, la integridad de costumbres y la excelencia de las virtudes eclesiásticas, como mejor se pueda, sea acogido benignamente en todo lugar y admitido a la celebración de la Santa Misa, salvo el permiso del Superior competente» (Positio, vol. II, p. 180). Igualmente las religiosas Benedictinas, de las cuales fue capellán, atestiguan con firmeza, en su libro de Crónicas, su vida de devoción, la piedad y el amor a la pobreza. «Lleva con él -escriben- nuestro afecto».

En 1843 volvió a España con la esperanza de poder integrarse en la vida conventual capuchina, pero las leyes «liberales» de aquel tiempo se lo impidieron. Entonces fue a residir con una familia, siendo siempre fiel al estilo austero y penitente de la vida capuchina. Desarrolló el ministerio sacerdotal en la parroquia de Esparraguera (Barcelona) en calidad de coadjutor y, desde 1848, en la parroquia de San Francisco de Paula en Barcelona. Se mostró siempre contento de vivir su consagración a Dios, incluso cuando tuvo que afrontar tribulaciones, angustias e incluso también injurias a su persona de sacerdote y religioso.

Fue en la parroquia de San Francisco de Paula donde nuestro Beato comprendió cuánto la infancia y la juventud de su tiempo se encontraban en un estado de abandono tanto espiritual como material, «como ovejas sin Pastor» (Mt 9,36). Asumió así el trabajo de director espiritual de la Pía Asociación de la gloriosa y pequeña mártir santa Romana, promoviendo la veneración de la Madre del Buen Pastor.

Solicitado por el deseo de algunas jóvenes de la Asociación, que querían comprometerse en el servicio de la educación cristiana de las niñas y las jóvenes, en marzo de 1850 fundó el Instituto de las Hermanas Capuchinas de la Madre de Dios del Divino Pastor. El 27 de mayo de 1850 fue inaugurada la primera casa del nuevo Instituto en Ripoll (Gerona), y en 1858 fue abierta en Capellades (Barcelona) la que se transformará en la Casa Madre del nuevo Instituto. Seguidamente se abrieron las casas de San Quirico de Besora (Barcelona, 1860), Barcelona (1862) y Ciempozuelos (Madrid, 1865).

Fr. José redactó personalmente las Constituciones del Instituto fundado por él y las presentó al Obispo de Vic Mons. Luciano Casadevall. En ellas aparecen bien claros los dos ejes que deberían sostener a la nueva familia religiosa: la devoción a María, Madre del Divino Pastor, y el servicio en la educación de la infancia y la juventud.

El Instituto creció y se desarrolló rápidamente acompañado por la constante solicitud pastoral de fr. José, que se dedicó en particular a la formación espiritual de las religiosas. En 1888 recibió el Decretum laudis, y la aprobación en 1897. En 1905 fue agregado a la Orden de los Frailes Menores Capuchinos.

Fr. José encontró a la hermana muerte el 27 de febrero de 1871, mientras celebraba la Eucaristía en el colegio de la Madre del Divino Pastor en Barcelona. Verdaderamente se puede decir que su vida fue una celebración continua del Misterio de la Santa Misa. Con su muerte se apagaba la luz de un «santo religioso», auténtico hijo de Francisco de Asís.

El Papa Benedicto XVI, declarando Beato a fr. José Tous y Soler, lo presenta como un religioso íntegro, enteramente dedicado al cumplimiento de su misión para gloria de Dios y para bien de la Iglesia. Un religioso celoso del silencio, de la oración, y amante de la contemplación. Un capuchino penitente, fiel al carisma franciscano incluso viviendo, a su pesar, fuera del convento. Un hombre austero y al mismo tiempo generoso con los demás. Un sacerdote preocupado por la salvación de las almas y particularmente sensible a las necesidades de la juventud femenina, de los enfermos y de los pobres, dócil y obediente a sus superiores.

Su amor incondicionado por Cristo y por la Iglesia enriqueció el viejo tronco de la Familia Capuchina con una nueva rama, las Hermanas Capuchinas del Divino Pastor.

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BEATO JOSÉ TOUS Y SOLER
por Alfonso Ramírez Peralbo,
Postulación general ofmcap

El siglo XIX se abre paso en España con una creciente y progresiva inestabilidad política, con un marcado y fuerte acento liberal, una grave crisis económica y un deterioro y progresivo empobrecimiento de las clases trabajadoras junto a un gran descontento social.

A pesar de tanta crispación político-social y de un ambiente visceralmente anticlerical, la Iglesia española se caracterizó durante todo el siglo XIX por un florecimiento de fuertes personalidades que, con la profundidad de su testimonio de fe y de su actividad educativa, caritativa, apostólica y social, supieron afrontar con coraje y valentía los desafíos del cambio cultural y social que, procedentes de los aires de la Revolución Francesa y de la Revolución industrial, habían invadido Europa y habían afectado profundamente también a nuestro país.

Aun tratándose de un periodo tan convulsivo y agitado, hubo tiempo para que la palabra de Dios fuera escuchada por un noble hijo de la provincia de Barcelona y, lo mismo que en la parábola del sembrador, diera fruto del ciento por uno: «Hijo mío -dice este texto sagrado-, no olvides mi enseñanza, guarda en tu memoria mis mandatos, pues te proporcionarán muchos días y años de vida y bienestar» (Prov 3,1-3).

El antiguo sabio de Israel exhorta a su discípulo a conservar, celosamente, como un tesoro, la enseñanza recibida, porque en ella encontrará un proyecto de vida fecundo y enriquecedor para sí y para los demás. La validez de esta propuesta, sugerida por la experiencia humana e iluminada por la inspiración divina, se descubre con puntual eficacia en la vida, en la espiritualidad y en la obra del beato José Tous y Soler. En el siglo José Nicolás Jaime, el padre Tous, nació en Igualada (Barcelona), el 31 de marzo de 1811, en el seno de una familia acomodada y de profundas convicciones cristianas. Fue el noveno de los doce hijos que tuvo el matrimonio Nicolás Tous Carreras y Francisca Soler Ferrer; recibió el bautismo al día siguiente en la parroquia de Santa María de Igualada; en 1817, según la costumbre vigente, le fue administrada la Confirmación y en 1818 recibió la Primera Comunión.

CAPUCHINO Y SACERDOTE

En 1820, cuando apenas contaba 9 años de edad, se trasladó con toda la familia a Barcelona en busca de mejores condiciones laborales. La adolescencia y juventud del joven José, en esta etapa de su vida, vienen marcadas fuertemente por el clima espiritual de la familia, caracterizada en todo por una exquisita fidelidad al bautismo. Establecida la familia en Barcelona, José tuvo ocasión de conocer a los capuchinos, pidiendo muy pronto ser admitido entre ellos. Así, el 18 de febrero de 1827, el joven José, con 16 años, vistió el hábito capuchino en el convento noviciado de Sarriá llamado «El desierto» y comenzó el periodo de formación religiosa, ejercitándose ya, desde entonces, en la vida ascética con tal empeño y compromiso que, muy pronto, apareció a los ojos de todos como un religioso de virtudes superiores a las de los demás. En comunidad comenzó a gozar, pronto, de fama de religioso ejemplar por su recogimiento, su sólida piedad, exacta observancia de la obediencia, humildad, pureza de costumbres y una intensa fidelidad al carisma franciscano según la tradición capuchina. El 19 de febrero de 1828 hizo la primera profesión y comenzó los estudios de filosofía y teología en los conventos de Calella de la Costa, Gerona y Valls. Fue ordenado sacerdote el 24 de mayo de 1834 por Pedro Martínez de San Martín, obispo de Barcelona.

Luego sería enviado a ejercer el trabajo pastoral en el convento de Santa Madrona. Aquí le sorprendieron las revueltas sociales de 1835 con la consiguiente supresión de los conventos, incendios de iglesias, asesinatos y expulsión del país de sacerdotes y religiosos. José Tous fue hecho prisionero con algunos compañeros y encarcelado en la fortaleza de Montjuich. Tras casi un mes de cárcel pudo emprender el camino del exilio pasando por Francia, Italia, hasta regresar a Francia de nuevo donde se instaló por unos años en la diócesis de Toulouse, siendo nombrado por el obispo, Paulo D'Astrós, capellán de las Benedictinas de la Adoración Perpetua. Su profunda vida de fe y la integridad de su vida interior y de su comprometida consagración a Dios fueron puestas de relieve por el propio obispo de Toulouse, monseñor Paulo D'Astrós, en un certificado de fecha 28 de agosto de 1842 en el que manifiesta: «Atestamos y certificamos que nuestro dilecto en Cristo, José Tous, presbítero español, residente en nuestra ciudad metropolitana desde hace aproximadamente seis años, por su pureza de fe, integridad de costumbres y excelencia en las virtudes eclesiásticas, ha merecido la estima de todos, por cuyo motivo proclamamos al tal sacerdote como muy digno, pudiendo ser benignamente recibido en todas partes y admitido a la celebración de la santa misa con consentimiento del Superior correspondiente» (Positio, vol. II, p. 180); también dejaron constancia de su fama de santidad y virtudes las religiosas Benedictinas en su Libro conventual de Crónicas.

En 1843 José Tous y Soler regresó a España con la esperanza de poder volver a vestir el hábito capuchino y de integrarse plenamente en la vida conventual, pero las autoridades civiles no se lo permitieron, viéndose obligado a vivir como sacerdote secular y a hospedarse entre sus familiares. Fue enviado, primero, como coadjutor a Esparraguera y, a partir de 1848, fue asociado a la parroquia de San Francisco de Paula, en Barcelona. En la práctica de estos servicios ministeriales pudo constatar la escasa formación cultural y espiritual, así como el abandono en el que se encontraban sumidas la infancia y la juventud de su tiempo y, como el Buen Pastor, sintió compasión de ellas.

EL FUNDADOR

A partir de entonces comenzó a ocuparse de la dirección espiritual de la juventud y, atendiendo los deseos de algunas jóvenes de la «Asociación de la gloriosa y pequeña mártir Santa Romana», que deseaban comprometerse en el servicio de la educación y formación cultural y cristiana de las niñas y jóvenes, fundó en marzo de 1850, el Instituto de las Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor. El 27 de mayo de 1850 se abrió la primera casa del Instituto en Ripoll (Gerona) y, en 1858, la segunda en Capellades, a las que siguieron otras en San Quirico de Besora (Barcelona), en Barcelona (1862) y en 1865 en Ciempozuelos (Madrid). El mismo Tous redactó las Constituciones y se consagró totalmente a la formación de las Capuchinas de la Madre del Divino Pastor y a la organización de su vida y actividades. El Instituto recibió el Decretum laudis en 1888, la aprobación en 1897, la agregación a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos en 1905 y la aprobación pontificia de las Constituciones, en 1909.

Para José Tous no todo fue fácil. Junto a la inestabilidad política y social del momento, se añadieron dificultades internas, que llevaron enseguida a la escisión y a la fundación de una nueva rama madrileña, las Hermanas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor (FMMDP) por parte de la beata Ana Mogas Fontcuberta. A pesar de todo ello, José Tous y Soler consiguió consolidar el espíritu capuchino en las Hermanas de Barcelona gracias a su profunda y consolidada vida de fe, puesta de manifiesto en las adversidades, siempre fiel a su lema de «Fe y confianza en Dios», trabajando insistentemente para que sus religiosas no perdieran nunca de vista estos dos matices específicos: la devoción inquebrantable a María como Madre del Divino Pastor y la actividad apostólica dedicada al servicio y a la formación de la infancia femenina pobre y necesitada.

Probado con tantas dificultades y fatigas, sin perder nunca la confianza en Dios y la serenidad de espíritu, su salud se resintió y comenzó a deteriorarse. Murió santamente, mientras celebraba la Eucaristía en el colegio del Divino Pastor en Barcelona, el 27 de febrero de 1871. La vida del padre José Tous se había consumado así en el humilde servicio a Dios y al prójimo, en la premura por difundir el mensaje cristiano con particular atención a los pobres y necesitados.

El nuevo beato, José Tous y Soler, sacerdote capuchino y fundador del Instituto de las Capuchinas del Divino Pastor se nos revela, por tanto, como un testigo significativo del hecho de que: «La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra» (Deus caritas est, n. 22).

[En Ecclesia del 24 de abril de 2010]

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DECRETO DE VIRTUDES HEROICAS

"Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos son altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre" (Sal 131).

El alto nivel espiritual, expresado en las admirables palabras del salmista, se conjuga con el tener conciencia de una vida sencilla y humilde en la que el testimonio al Señor se manifiesta en el ritmo normal de la existencia cotidiana y se vuelca en un horizonte de esperanza para toda la comunidad del pueblo de Dios. Precisamente esta es la principal característica de la vida y espiritualidad del Siervo de Dios José Tous y Soler, cuya personalidad se distingue no por acontecimientos extraordinarios o por carismas particulares, sino por la continuidad de una conducta absolutamente ordinaria, pero rica de compromiso y de gratuita generosidad.

Nacido en Igualada cerca de Barcelona el 31 de marzo de 1811, el Siervo de Dios fue bautizado al día siguiente en la parroquia local de Santa María y recibió los nombres de José, Nicolás, Santiago.

Su familia era muy numerosa, económicamente sólida y sobre todo vivía cristianamente motivada. La infancia de José, por consiguiente, se desarrolló en un ambiente sencillo y sereno, en el que los valores humanos y cristianos se transmitían y se asimilaban de manera espontánea. Recibiendo luego la Primera Comunión, la Confirmación y la primera formación escolar, su personalidad manifestó un creciente interés por el mundo religioso.

Tuvo en aquellos años un acercamiento al mundo del trabajo, ya que el padre era administrador de una empresa. En relación con los obreros, en un clima familiar y tranquilo, comenzó a percibir, junto con la seriedad de la experiencia del trabajo, el sacrificio de la fatiga, el espíritu de colaboración, el sentido de justicia, factores pedagógicos que no dejarán de influir en la formación del pequeño José.

El clima social era, sin embargo, menos tranquilo, ya que por aquel tiempo Cataluña se hallaba envuelta en la guerra de independencia contra la invasión francesa. Una vez que cesaron los conflictos, la familia del Siervo de Dios, buscando un mayor rendimiento a la actividad productiva, se trasladó a Barcelona.

Aquí durante la adolescencia José entró en contacto con el convento de los Hermanos Menores Capuchinos y quedó fascinado del ideal franciscano, de modo que, presentada la instancia, fue admitido al noviciado de la Provincia de Cataluña, vistió el hábito religioso y recibió el nombre de Ildefonso; luego hizo la profesión y emitió los votos y completó el itinerario formativo con vistas a la sagrada ordenación. Se ordenó de presbítero el 24 de mayo de 1834. Como nuevo sacerdote fue trasladado al convento de Santa Madrona en Barcelona.

Sin embargo con el final de la guerra las tensiones sociales y políticas no disminuyeron, al contrario se volvieron cada vez más ásperas y se transformaron en una verdadera persecución en los enfrentamientos con la Iglesia, con particular virulencia hacia las Órdenes religiosas. Se asistieron a tumultos de todo tipo, polémicas ideológicas, supresión de conventos, destrucciones e incendios, exclaustraciones de religiosos y religiosas, asesinatos de sacerdotes, exilios forzados. El Siervo de Dios fue encarcelado con otros compañeros y sucesivamente expulsado de España. Buscará refugio primero en Francia, luego durante un breve periodo en Italia, peregrinando por distintos conventos, hasta que pudo regresar a Barcelona: aquí se incardinó en el clero diocesano y desarrolló el ministerio parroquial en distintas parroquias, pero tanto en su corazón como en su orientación de vida permaneció siendo siempre «un religioso menor capuchino», adhiriéndose constantemente al carisma franciscano incluso fuera de la estructura institucional.

Un constante espíritu de oración y de recogimiento sostenía el ministerio del Siervo de Dios, que, en comunión con los Pastores de la Iglesia, se proyectaba hacia el servicio de la infancia y de la juventud: de manera particular él favoreció la promoción del mundo femenino, habiendo podido constatar su gran retraso cultural. A la luz de esta intuición se comprenden sus diversas iniciativas, sobre todo la de fundar en Ripoll un Instituto de Religiosas, las Capuchinas de la Madre del Divino Pastor, específicamente orientado a la instrucción de las jóvenes pobres, con el fin de ofrecerles un futuro rico en dignidad. Se configuraba de esta manera un carisma de maternidad espiritual en la escuela de la Virgen María, Divina Pastora de las almas, en la que la vida contemplativa se armonizaba con una intensa actividad pedagógica. El P. José acompañó los primeros pasos del nuevo Instituto, prodigándole celo y sacrificio en medio de dificultades de muy distinto género.

Si, a pesar de tantas adversidades, la salud del P. José iba rápidamente deteriorándose, su espiritualidad se consolidaba cada vez más, hasta llegar a alcanzar, en la fidelidad a los deberes ordinarios, auténticas cimas de heroísmo. La búsqueda de Dios y de su voluntad era el horizonte ordinario de su jornada; la imitación de Jesús Buen Pastor, que recoge a su grey y ofrece la vida por sus ovejas, era su modelo de vida; la devoción eucarística y mariana era su alimento en los tiempos serenos y en los momentos de las pruebas. Dentro de una actitud dócil y sensible, se percibía una fe inamovible, una fortaleza de ánimo, una vigilancia austera.

Murió en Barcelona el 27 de febrero de 1871: la «hermana muerte» vino a visitarlo durante la celebración de la Santa Misa en la capilla de las Religiosas que él había fundado. Debido a esta circunstancia conmovedora, su partida fue considerada por muchos como una señal de predilección por parte del Señor y una manifestación de su interioridad, contribuyendo a robustecer una fama de santidad que, en diversos ambientes, lo había acompañado ya durante la vida.

En virtud de ella, se celebró en Barcelona el proceso Informativo del 10 de junio de 1992 al 16 de julio de 1993, cuya validez jurídica fue reconocida por la Congregación de las Causas de los Santos con decreto del 20 de enero de 1995. Preparada la Positio, se discutió, según el habitual procedimiento, acerca de si el Siervo de Dios había ejercitado en grado heroico las virtudes. Con éxito positivo, se celebró el 4 de junio del 2002 el Congreso de los Consultores Históricos y el 7 de marzo del 2008 el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos. Los Padres Cardenales y Obispos en la Sesión Ordinaria del 18 de noviembre del 2008, oída la relación del Ponente de la Causa, el Excmo. Mons. Pier Giacomo De Nicolò, Obispo titular de Martana, reconocieron que el Siervo de Dios ha ejercitado en grado heroico las virtudes teologales, cardinales y anexas. Hecha finalmente una esmerada relación de todo esto al Sumo Pontífice Benedicto XVI, Su Santidad, acogiendo y ratificando el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, declaró en el día de hoy que hay constancia que las virtudes teologales Fe, Esperanza y Caridad tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y que las virtudes cardinales Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza junto con sus relacionadas, fueron ejercitadas en grado heroico por el Siervo de Dios José Tous y Soler, Sacerdote Profeso O.F.M. Cap., Fundador de las Religiosas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor, en el caso presente y para el efecto del cual se trata.

Roma, 22 de Diciembre 2008

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JOSÉ TOUS, PEDAGOGO, SACERDOTE Y FUNDADOR
por el Cardenal Luis Martínez Sistach

El domingo 25 de abril de 2010, en una solemne concelebración presidida por el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, será beatificado en la basílica de Santa María del Mar, de Barcelona, el padre José Tous, religioso capuchino, sacerdote y fundador de una congregación religiosa.

José Tous y Soler nació en Igualada el 21 de marzo de 1811. Ingresó en los capuchinos en el convento de Santa Eulalia de Sarriá el 18 de febrero de 1827 con el nombre religioso de fray José de Igualada. Recibió la ordenación sacerdotal en la capilla del palacio episcopal de Barcelona, el 24 de mayo de 1834, de manos del obispo Pedro Martínez. Poco después vendrían los decretos de exclaustración de julio de 1835, promovidos por el Gobierno de Mendizábal. En esta circunstancia tan adversa para la vida religiosa, el padre Tous fue expulsado del convento barcelonés de Santa Madrona y tuvo que compartir con sus hermanos de comunidad primero el encarcelamiento y después un largo exilio en Italia y Francia.

En medio de unas circunstancias difíciles, el padre Tous fue siempre fiel y perseverante, manteniendo la fe y la confianza en Dios así como la observancia de su espiritualidad franciscana y de su condición de religioso capuchino.

Cuando retornó a Barcelona, en el año 1843, se incardinó en la diócesis como sacerdote secular y colaboró pastoralmente en la parroquia de Santa María del Mar, como vicario en la localidad de Esparraguera, y finalmente fue adscrito a la parroquia barcelonesa de San Francisco de Paula.

Llevado por su preocupación ante una sociedad que vivía un proceso de descristianización, el 27 de mayo de 1850, con el beneplácito del obispo de Vic, Llucià Casadevall, el padre Tous fundó en la población de Ripoll el Instituto de Terciarias Capuchinas de la Divina Pastora, dedicadas a la formación cristiana de la infancia. Esta congregación, iniciada con un grupo de jóvenes que tenían al padre Tous como consiliario en la parroquia de San Francisco de Paula, se extendió rápidamente y abrió centros educativos en Capellades, Ciempozuelos (Madrid), Sant Quize de Besora, Igualada, etc.

El fundador dedicó muchos esfuerzos a la consolidación de la congregación que, uniendo la contemplación a la acción apostólica, tenía que dedicarse a la educación de la infancia, sobre todo de la infancia femenina. Uno de los consejos que daba a sus religiosas era este: «Enseñad más con amor de madres que con severidad de maestras». Y también les daba este otro consejo: «Derramad en el corazón de la infancia y la juventud los santos pensamientos y devotos afectos que Dios os ha comunicado en la santa oración».

No le faltaron obstáculos en su misión de fundador. En tiempos y circunstancias difíciles, él dijo que «aunque todo sea oscuro, hay que ser fiel a Dios y fiel a los hombres».

La congregación que fundó el padre José Tous, llamada actualmente Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor, está presente en colegios, residencias y obras misionales en Roma, en España y en cinco países de América Latina: Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Cuba y Colombia. En Cataluña están presentes en Barcelona (dos colegios), Capellades, Igualada (colegio y casa de espiritualidad en la casa natal del fundador), Pallejà, Premià de Mar, Sabadell y San Pere de Ribes. En el resto de España tienen obras en Madrid (residencia de estudiantes), en Cieza (Murcia) y en Las Arenas (Vizcaya), realizando el servicio según el espíritu que recibieron de su fundador.

Alma contemplativa en medio de su actividad apostólica, el padre Tous nos ha dejado un gran testimonio de fidelidad al sacerdocio, a las raíces franciscanas de su espiritualidad y a su entrega como pedagogo a la obra de la educación de la infancia y la juventud. Precisamente entregó su alma a Dios, en la mañana del 27 de febrero de 1871, mientras celebraba la santa misa para las religiosas y las alumnas del colegio de la calle Jonqueres de Barcelona.

La archidiócesis de Barcelona da gracias a Dios por la persona y la obra del padre Tous y se siente honrada por el hecho de acoger la beatificación de este gran sacerdote de nuestra tierra, que es un ejemplo a seguir especialmente en este Año sacerdotal promulgado por el Papa Benedicto XVI para toda la Iglesia.

[En L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 25-IV-2010]

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BEATO JOSÉ TOUS Y SOLER
SOLICITUD EN LA BÚSQUEDA DEL QUERER DIVINO

María del Carmen Garrido Lambán

El padre José Tous y Soler, conocido familiarmente en los ambientes capuchinos como fray José de Igualada, figura en la lista de fundadores y directores de órdenes religiosas. Sufrió la exclaustración acaecida en España a raíz del decreto de Mendizábal en 1835, cuando contaba sólo siete años de profesión religiosa. Los quinientos dieciocho miembros que tenía la provincia capuchina de Cataluña distribuidos en veinticinco casas, optaron por emigrar al extranjero o por permanecer ocultos en la región. Entre los primeros encontramos al padre Tous, aunque pronto regresaría a la patria y ejercería el ministerio sacerdotal incardinado en la diócesis de Barcelona, sintiéndose, sin embargo, siempre muy capuchino.

NACIMIENTO E INFANCIA

Nacido en Igualada (Barcelona) el 31 de marzo de 1811, fue el noveno de doce hermanos dentro de una familia cuya posición social fue modesta -su padre era de oficio tejedor-, pero en la que siempre pudo encontrar un gran ejemplo de oración familiar y cumplimiento del deber.

Su infancia transcurrió toda ella en un ambiente de religiosidad y sencillez, factores que influyeron en su temprana vocación religiosa. Algunos manuscritos que hablan de aquélla, destacan su carácter concentrado, pero amable, dócil y cariñoso; afirman que destacaba por su prudencia, cualidad muy apreciada por sus compañeros, ya que le hacía resolver amigablemente todas las disensiones que surgían entre ellos. Entre sus amigos hay que destacar al padre Antonio María Claret, en quien, más adelante, encontrará un buen amigo y consejero para la obra a la que Dios le llamaba.

EL LLAMADO DE DIOS EN EL AMANECER DE LA VIDA

Sin contar aún los dieciséis años de edad, el 18 de febrero de 1827 recibió y vistió el hábito capuchino con el nombre de fray Ildefonso. En enero de 1828, por concesión del padre provincial, y a petición de su propia madre que era muy devota de san José, se llamó José de Igualada. Además se había dado la circunstancia de que había nacido en el mes dedicado al santo, a quien su madre lo había confiado.

Siguió su noviciado como corista, o religioso de coro, en el convento de Santa Eulalia, en Sarriá (Barcelona), emitiendo su profesión solemne el 19 de febrero de 1828. Iniciaba así la realización de su más íntima y soñada aspiración: buscar siempre y en todo a Dios renunciándose a sí mismo. En este tiempo, cimentó las virtudes que más tarde brillarán en su personalidad: amor al retiro, al silencio y a la oración, observancia fiel y exacta en el cumplimiento de sus deberes, virtudes todas ellas aprendidas de sus padres.

Fue también en este período en el que se consolidaron sus devociones predilectas, que marcarán toda su vida y empresas apostólicas: la devoción a Jesús crucificado y sacramentado, y a María en su advocación de «Divina Pastora».

JUVENTUD CAPUCHINA

Después del período o trienio dicho constitucional (1820-1823), la Orden capuchina, como las demás órdenes establecidas en España, pasó por una tremenda crisis, sea por la abundancia de defecciones o secularizaciones, sea por la relajación de la observancia regular.

El padre Tous se formó en la Orden en los años más álgidos de la década llamada «ominosa», en encarnizada lucha entre el absolutismo y el liberalismo, y el carlismo, que la vino a agravar. Los superiores hacían lo imposible para mantener la observancia claustral: reorganizaron los seminarios, conventos donde los neoprofesos se perfeccionaban un año o más en el estudio de la gramática latina y en la formación humanística y espiritual; pusieron en buen orden y disposición las casas de estudios escolásticos de filosofía y teología, y estructuraron casas de retiro o recolección de una estricta observancia regular.

Terminado el noviciado, el padre Tous pasó al convento-seminario de Calella; luego, en 1829, aprendió lógica y propedéutica en el convento de Gerona; dos cursos de filosofía en Vic y los dos primeros de teología dogmática en Vilanova i la Geltrú. En 1833 recibió el diaconado y en 1834, en Barcelona, fue ordenado de sacerdote durante su tercer año de teología.

Los años de 1834 y 1835 fueron de pánico para las órdenes religiosas en España; en el primero hubo la matanza, principalmente de jesuitas, en Madrid; en la primera mitad de julio de 1835, el degüello de dominicos en Zaragoza y el de franciscanos y carmelitas descalzos en Reus.

El amanecer de los capuchinos de Barcelona el 25 de julio de 1835, festividad de Santiago, fue plácido y tranquilo. La comunidad capuchina cenaba muy pronto para estar en forma de levantarse al filo de medianoche al rezo de maitines. Después de cenar, en un día caluroso de verano, unos paseaban por la huerta y los escolares, en una de las terrazas, jugaban a las damas o al dominó, esperando la señal de retirarse. En éstas estaban cuando se presentó un hermano gritando alborozado: Podéis continuar jugando, que abajo están los que nos vienen a matar.

Efectivamente, aquel anochecer del 25 de julio fue terriblemente tétrico para la ciudad. Al salir de una pésima corrida de toros, las turbas exaltadas se lanzaron a quemar conventos y a matar a sus moradores. Los jóvenes capuchinos, al constatar que incendiaban ya las puertas de la iglesia, escaparon unos por los tejados y otros por unas tiendas vecinas. La mayoría de los religiosos permaneció en el convento. Al día siguiente, a primeras horas de la mañana, un piquete de soldados pasó por los conventos y se llevó a los religiosos que quedaban y a otros que estaban en casas particulares, a la Ciudadela y Montjuich. Al mes siguiente se les dio pasaporte para que salieran al extranjero.

Entre los más jóvenes estaba el padre Tous que, con la mayoría de sus compañeros escolares, salió para Italia. En uno de los conventos de Roma terminó sus estudios de teología. Las Navidades de 1836 las pasó en Greccio con su hermano Nicolau, corista que había empezado en Italia los estudios de teología.

MINISTERIO SACERDOTAL EN FRANCIA

El padre José pasó a Francia y, en Toulouse, practicó el curso de moral en 1837. Aquí pudo atender desde este momento todos los ministerios sacerdotales, especialmente el de director de almas al que, al parecer, le llamaba el Señor.

Por testimonio de una sobrina suya, religiosa del Instituto que fundó, sabemos que desempeñó el cargo de director de las religiosas Benedictinas de la adoración perpetua del Santísimo Sacramento, devoción de la que, como ya hemos dicho, era muy amante. Sabemos también que estuvo en París, aunque por un espacio de tiempo muy corto, y que, a principios de 1843, regresó a Barcelona, momento en que una mayor libertad religiosa en España permitía a los religiosos irse incorporando, como exclaustrados, a sus antiguos ministerios. Permanecerá sin embargo, durante algún tiempo, ligado a sus obligaciones y ocupaciones de Toulouse. Con gusto hubiera acompañado a su hermano carnal, el también capuchino padre Nicolau Tous, que en 1842 salió del puerto de Marsella con una expedición de capuchinos, la mayoría catalanes, para reorganizar las misiones de Venezuela, pero su delicado estado de salud no se lo permitió.

APÓSTOL ENTRE LOS SUYOS

A su regreso a Cataluña, su gran preocupación fue siempre la salvación de las almas, y especialmente la dedicación al apostolado entre la niñez y la juventud, a la que veía muy necesitada de una educación y acogida cristiana. Sin embargo, la situación política que atravesaba España no lo hacía fácil, sobre todo porque la relativa tolerancia del Estado español obligaba a los capuchinos, como a otros religiosos, a vivir exclaustrados.

Alojado primero en casa de sus familiares, gozando de un corto tiempo de reposo por su menguado estado de salud -padecía una cardialgia-, se inscribe después, y por espacio de cuatro años, como coadjutor de la parroquia de Esparraguera, ministerio del que fue relevado por motivos de salud en 1849, para ser agregado definitivamente a la comunidad de presbíteros de la parroquia de San Francisco de Paula en Barcelona, donde desarrolló su actividad apostólica hasta su muerte.

Su labor se centró en dos actividades: la dirección de la «Pía asociación de doncellas devotas de la gloriosa niña y mártir santa Romana» y el cuidado del culto a la «Divina Pastora».

Con la primera se perseguía un doble objetivo: por un lado, presentar a la juventud modelos heroicos en la fe, para desarrollar una tarea de recristianización, puesto que la revolución había dejado huellas de gran ignorancia religiosa y de depravación moral; y por otro, incluir en sus filas a profesas exclaustradas y a jóvenes que deseaban una mayor exigencia religiosa, y a las que no les era permitido profesar en ninguna congregación o instituto religioso. Sabemos que en este sentido la labor que el padre Tous realizó fue inmensa, puesto que supo atraerse muchas almas de jóvenes que acudían a él en busca de consejo y aliento, a confiarle proyectos de apostolado o deseos de vivir nuevamente la vida comunitaria.

De la segunda, el culto a María, madre del Divino Pastor, como ferviente capuchino, se sabe que a nadie mejor que a él pudo serle encomendado. En esta labor fue siempre solícito, no siendo pocos los cuidados y desvelos por los que pasó.

De ambas actividades constan pruebas documentadas. Junto a éstas, el padre Tous se dedicó a otras actividades, entre las que cabe destacar la fundación de un instituto religioso femenino dedicado a la enseñanza, obra que podemos considerar como la más importante por él desarrollada, a la que, de hecho, mayor tiempo dedicó y la que mayor sufrimiento y desgaste le supuso.

LA SANTA Y DURA MUERTE DE UN EXCLAUSTRADO

Los años que median entre 1843 y 1871 no fueron nada fáciles para el religioso que vivía y trabajaba en España. A pesar de la relativa tolerancia para que pudieran ejercer el ministerio sacerdotal, era imposible llevar una vida comunitaria propiamente tal. Los exclaustrados sufrían, por lo general, de desencaje, sobre todo aquéllos que, como el padre José Tous, habían soñado con llevar una vida plenamente integrada en una fraternidad de signo franciscano. Obligados a vivir al estilo del sacerdote secular, se alojaban en casa de familiares o amigos. Pese a ello, mantenían un cierto contacto entre sí.

Cuando el padre Tous tuvo en 1871 la visita de la hermana muerte, faltaban todavía ocho años para que se obtuviera la real cédula que permitiría transformar en convento la casa-misión de Arenys de Mar. Ésta había sido abierta en 1863, con autorización gubernativa, en la casa paterna del padre Juan Bautista Pruna para poder formar candidatos a las misiones que unos capuchinos españoles habían fundado en Mesopotamia. El padre Josep Tous i Soler moría, pues, sin el consuelo de verse rodeado de sus añorados hermanos de religión.

RAÍCES CAPUCHINAS

Consta por testimonios de personas cercanas al padre Tous que, pese a permanecer la mayor parte de su vida exclaustrado, conservó siempre las virtudes y costumbres de un buen capuchino, sin traicionar la exclamación de san Francisco: «Estábamos contentos..., y no queríamos tener más» (Testamento).

Su profundo amor a la pobreza, junto con su gran espíritu de sacrificio, austeridad y mortificación, era fruto de su devoción predilecta que era la de Jesús crucificado y sacramentado.

Además, su amor a la Virgen bajo la advocación de «Divina Pastora», le llevó a fundar una congregación de religiosas cuya «Abadesa perpetua» será la celestial pastora y que tendrá como objetivo principal el de atraer a las almas al «redil» de Cristo, buen pastor, propagando a la vez la devoción a María y dando a conocer su misión en el plan de salvación.

Junto a estas dos devociones tan capuchinas, cabe destacar su devoción a san José, la cual adquirió en el seno de su familia; la devoción a san Francisco de Asís, tan evidente en su vocación capuchina y manifestada en el empeño que puso por observar e imitar sus virtudes; la devoción a santa Clara, no menos capuchina puesto que los capuchinos, a lo largo de la historia, han velado para que el espíritu de la santa se conservara entre sus hijas. La regla y forma de vida de santa Clara es la que el padre Tous dio a la congregación por él fundada.

INSPIRACIÓN Y ENERGÍA PARA
UNA OBRA SOCIO-ECLESIAL

Pasada la revolución de 1835, era necesaria en toda España una restauración moral y religiosa, poco atendida especialmente en las villas y pueblos. Sobre todo se hacía necesaria a través de la enseñanza organizada en la escuela. Una ley dada el 21 de julio de 1838, obligaba a dar en todas las escuelas públicas unos principios de religión y moral, pero que, como podemos suponer, eran insuficientes.

El padre Tous, hombre auténticamente carismático, comprendió la urgencia que había de suplir esta falta de enseñanza cristiana en Cataluña. Esta llamada unida a los deseos expresados por algunas jóvenes que él dirigía, que le solicitaban que las orientase en algún apostolado útil y que incluso le insinuaban deseos de una mayor exigencia religiosa -recordemos que algunas habían permanecido por algún tiempo en comunidades religiosas-, debieron llevar al padre Tous a inclinarse por llevar a término la fundación de una congregación de religiosas dedicadas a esta urgente tarea de educar a la niñez y a la juventud.

Asesorado por el también capuchino padre José (Serrancolí) de Alpens, y tal vez por su amigo de infancia el padre Claret, el padre Tous aplicó todas sus energías en esta nueva obra a la cual permanecerá ligado ya toda su vida.

Dos primeras dificultades encontró el fundador en su fidelidad al Señor: por un lado, la oposición de las autoridades civiles siempre reacias a cualquier proyecto católico; y por otro, el no poder visitar con frecuencia las comunidades y casas que fundara. Parecía que la prudencia humana desaconsejaba tales proyectos. Pero lejos de retroceder ante las dificultades, fuertemente agarrado a Dios y lleno de celo por la salvación de las almas, sin cejar en su empeño por cumplir lo que consideraba voluntad del Señor, fue dando, poco a poco, los pasos necesarios para comenzar su obra. Así, inició los primeros contactos para abrir el primer colegio que llevaría el mismo nombre que la congregación en honor a la celestial pastora a quien tanto amaba. Conociendo probablemente por el padre Claret y por algunos allegados de su familia las necesidades de la villa de Ripoll (Barcelona), no lo dudó ni un sólo instante.

Llevado de una cautela y prudencia extraordinaria, puesto que su presencia como fundador y director de una orden religiosa no se hacía aconsejable, por ese ambiente y espíritu hostil reinante que impedirá cualquier obra como la que en este momento se trataba, delegó en una de las jóvenes que estaban dispuestas a colaborar con él: Isabel Jubal, para que se encargara de llevar adelante la proyectada escuela. Además, su delicado estado de salud le impedía viajar con las comodidades necesarias y, por otro lado, su padre había fallecido por estas fechas. ¡El Señor mezclaba penas y alegrías en el generoso corazón del padre Tous, que sabía aceptarlas con una resignación absoluta a la divina voluntad!

De esta forma quedó en el anonimato durante estos primeros momentos, no sin dejar por ello de su mano la obra emprendida.

El 17 de marzo de 1850 recibió la autorización del obispado de Vic para la fundación de Ripoll. Allí las hermanas, que al principio se presentaron como maestras, se comprometieron con el Ayuntamiento de Ripoll a la enseñanza gratuita que iniciaron el 27 de mayo del mismo año.

En cuanto el fundador pudo desembarazarse de los asuntos que requerían su presencia en Barcelona aquellos días, partió hacia Ripoll, hallándose allí el 6 de junio del mismo año en que vestirán el hábito las tres primeras hermanas de la congregación: Isabel Jubal, Marta Suñol y Remedio Palos. De las tres, sólo la última perseveró. Así el fundador pudo organizar su vida de comunidad y entregarles las primeras Constituciones redactadas por él mismo con un gran espíritu carismático y a las que las hermanas adaptarán su nueva forma de vida.

CONTEMPLATIVAS EN LA ACCIÓN,
BAJO LA MIRADA DE MARÍA

Leyendo detenidamente las primeras constituciones de fundación, es fácil darse cuenta que el padre Tous tomó para su redacción, las constituciones vigentes en aquel momento entre las clarisas capuchinas de Cataluña, redactadas por la beata María Angela Astorch, y a las que se ciñó lo más posible, adaptándolas, a la vez, para un instituto de vida apostólica. Su regla, forma de vida, es, pues, la que san Francisco dio a santa Clara. De esta forma quedaba claramente marcado el carisma y espíritu clariano que el padre Tous dio a su congregación. Él mismo en sus constituciones, capítulo 1, dice: «Queremos ser fieles imitadoras de santa Clara, a la que tomamos como madre y protectora de este nuestro pobre instituto»; también hará referencia explícita a esta regla, que san Francisco quiso para santa Clara, en el mismo capítulo.

Aquí estriba la importancia de la dirección carismática del padre Tous al frente del instituto, ya que estando dedicado a la educación de la niñez y juventud, es decir, siendo eminentemente apostólico, tomó un giro totalmente clariano. Las hermanas debían ser auténticas apóstoles y contemplativas, como santa Clara; contemplativas en la acción: «Las hermanas son llamadas a la vida mixta de contemplación y acción...», afirmará en una circular enviada a las mismas.

Sin embargo, ensombreceríamos su dirección en la congregación si no mencionáramos el hecho de que el padre Tous supo compaginar un tercer aspecto en la vida de las hermanas, y por lo mismo en la suya propia: la faceta mariana. No pudiendo separar el amor a Cristo crucificado, buen pastor, del amor a María, madre del divino pastor, pondrá el instituto bajo su advocación y guía. Ella había de ser para las hermanas el modelo de la entrega y el servicio, el modelo de la búsqueda de la voluntad divina, pastora de sus almas y sostén en su apostolado.

Estos aspectos -clariano, capuchino, apostólico y mariano- son los que hoy definen la congregación que el padre Tous fundó siguiendo la luz y guía del Espíritu Santo y profundamente abierto para acoger el carisma que se le confiaba. Hoy enriquece la «familia» franciscana con el nombre de «Capuchinas de la Madre del Divino Pastor».

LOS SINSABORES DE UNA FUNDACIÓN

La obra que el padre Tous comenzó, pronto encontró momentos de contradicción y amargura que certificarán, con el sello de Dios, la obra emprendida. El padre Tous con una humildad, paciencia y confianza ilimitada en el Señor, superará los dolorosos contratiempos que surjan.

Los primeros provendrán de las autoridades de Ripoll que, con el fin de poner obstáculos a la labor de las hermanas, aumentaban las condiciones para renovarles el contrato que existía entre ambas partes, y que permitía a las hermanas desarrollar su labor. Este hecho obligó al padre Tous a tomar la determinación de que algunas hermanas obtuvieran la titulación necesaria para no tener que sujetarse a la tutela municipal. Y así fue. Obtenida la titulación, la escuela funcionó con plena autonomía durante varios años con gran prestigio. Siguieron unos años de paz y tranquilidad y el número de hermanas empezaba a aumentar. Superado este primer obstáculo, todo hacía pensar que el Señor bendecía la obra que el padre Tous tanto había deseado. Sin embargo, volverían momentos difíciles y oscuros. Así fue en 1856.

El Ayuntamiento de Ripoll deseaba que las hermanas se hicieran cargo de la dirección y cuidado del hospital de la villa, labor a la que el padre Tous no quería autorizarlas por considerarla ajena a la misión y carisma del instituto. Al frente de la comunidad estaba entonces la hermana María Ana Mogas, quien más o menos bien aconsejada por otras autoridades, especialmente por el prelado diocesano, doctor Castanyer, obispo de Vic, viéndose sin ánimos para afrontar nuevos conflictos con el municipio, y en contra del parecer del fundador, lo que consta en carta autógrafa del mismo, decidió abandonar la casa-colegio de Ripoll que a nuestro fundador tantos afanes le había costado levantar.

Así, experimentaba y comprobaba cómo algunas de sus hijas, orientadas por autoridades eclesiásticas ajenas a su dirección, no secundaba sus deseos de permanencia de Ripoll. Él, sin duda por prudencia, les aconsejó que esperasen durante algún tiempo, sin tomar decisión alguna, pero veía cómo se iban desvaneciendo los planes y proyectos que él tenía para el instituto.

Durante algún tiempo se creyó que el padre Tous se retiraba de la dirección de la comunidad. Fueron, sin duda, los momentos más difíciles.

El carácter del padre Tous, de inconmovible paciencia y callado sufrimiento, quietud y sosiego, muy detallista en todas sus empresas y de gran prudencia, chocaba con el de la hermana María Ana Mogas, de carácter impulsivo, enérgico y emprendedor, la cual, además, se atrajo el consejo de personas ajenas al instituto. ¡Pero eran los caminos del Señor para perfeccionar su obra!

Aprovechando estos momentos de cierta desorientación entre las hermanas, hubieron dos intentos de fusionar la congregación con otros institutos religiosos; el primero, a cargo del padre Francisco Coll, dominico, exclaustrado, fundador y director de las «Terciarias Dominicas de la Anunciata», y otro a cargo del mismo obispo de Vic, que propuso a la hermana María Ana Mogas la fusión con las carmelitas de Vic. Sin embargo, aquélla, tras mucho orar, viendo que el Señor la quería en su vocación primera, decidió esperar las indicaciones del padre Tous, que ya se había decidido a trasladar de Ripoll a la comunidad.

Durante este confuso y oscuro tiempo, en el que exteriormente había aparecido como retraído y apartado del instituto, el padre Tous se había intensificado en el retiro y el silencio para oír mejor la voz del Señor, temiendo por el futuro de su obra. Siempre ponderado y prudente, y no queriendo resolver por sí solo lo que consideraba obra del Señor, acudió nuevamente al padre Claret, quien le confirmó sus propósitos y le animó a seguir adelante con sus proyectos para la congregación.

Dispuso entonces el fundador que las hermanas de la comunidad de Ripoll se trasladaran, unas, a finales de 1858, a Capellades (Barcelona), donde estableció el noviciado, y otras, en 1859, a Sant Quirze de Besora (Barcelona).

En 1862 decidió abrir casa en Barcelona. Una vez afianzada ésta, proyectó la primera fundación fuera de Cataluña: Madrid, en 1865. Nuevamente el Señor había de depararles grandes momentos de sufrimiento, puesto que la comunidad de Madrid pronto encontró auténticas dificultades, tanto económicas como internas. Al parecer, dependían demasiado de una señora que, dirigiendo el colegio, regulaba demasiado la vida privada y comunitaria de las hermanas. Otra circunstancia agravó la situación: la distancia en que se hallaban del padre Tous, quien por carta las orientaba y dirigía, aconsejándoles que tuvieran mucha paciencia en espera de mejores días. Pero no se limitaba a escribirles; pidió explicaciones de la situación en que se hallaban las hermanas a las autoridades jerárquicas de Madrid para ir aclarando hechos. Pero no recibió en ningún momento las aclaraciones esperadas, lo cual intranquilizaba al prudente y esforzado fundador, que seguía paso a paso los acontecimientos de Madrid con sumo cuidado.

AGOTADO PARA EL SEÑOR

Después de varios percances en el instituto, la hermana María Ana Mogas, priora principal, nuevamente aconsejada por personas contrarias al instituto, iba gestionando por su cuenta la obtención de la Santa Sede y del gobierno, respectivamente, la aprobación canónica y civil del instituto, gestiones que debían realizarse por parte de las autoridades del instituto residentes en Barcelona.

Físicamente agotado y humanamente solo, puesto que el padre Alpens y el padre Claret estaban nuevamente desterrados, el padre Tous tuvo que afrontar todas estas dificultades sin dar muestras de impaciencia. Puso, una vez más, toda su confianza en el Señor, intensificando los tiempos de oración para ver qué era lo que el mismo Señor deseaba de su obra. La verdad es que no le faltaban contratiempos ni dificultades. Pero tampoco el ánimo esforzado y la constancia inquebrantable para vencerlas y superarlas, convencido de que ellas eran la señal evidente de la aceptación y agrado a los ojos de Dios.

Sus recios años de noviciado entre penitencias y austeridades; su juventud azarosa entre los horrores de una revolución sangrienta; luego, el destierro, entre incomprensiones e incomodidades; su vuelta a la patria sin el consuelo de poder reintegrarse a su «familia» capuchina; finalmente sus trabajos ministeriales en la parroquia, la asistencia a los enfermos y, por último, la dirección de la congregación, habían agotado ya sus fuerzas.

¡Sufría! Y sufría en silencio. Reseñas históricas de la época dicen «que en sus últimos años las virtudes brillaban en él de un modo extraordinario y parecía abrasarse en deseos de morir para estar con Cristo». Se dice que un día paseando por la huerta, creyendo estar solo, se le oyó decir: «¿Cuándo será, ¡oh Dios mío!, que me querréis para Vos?».

Esta llamada definitiva, no tardaría en llegar. En 1870 sufrió un ligero ataque de apoplejía, del que pareció quedar enteramente recuperado, pero que era el anuncio de su muerte. Esta acaeció el 27 de febrero de 1871, celebrando la Eucaristía con el fervor que le caracterizaba, juntamente con las hermanas de la comunidad de Barcelona, en el mismo momento de la consagración. Tenía 59 años de edad y 44 de vida religiosa. ¡Toda una vida entregada por entero al Señor!

EL LEGADO DEL PADRE JOSEP TOUS

El padre Tous había legado, como único testamento, el ejemplo de sus virtudes y de su vida apostólica. De sus escritos podemos extraer las virtudes que caracterizaron su vida interior: un profundo amor al silencio, al recogimiento interior y a la vida de oración. Era éste su tema predilecto cuando hablaba a las hermanas, y su recomendación más frecuente en los momentos difíciles. Su obediencia pronta, que tantos sufrimientos le había deparado en los últimos años de su dirección al frente de la congregación, y que el Señor le había premiado con creces. Su caridad generosa, sin límites. Su profundo amor a la pobreza rehuyendo todo lo superfluo, fiel toda su vida a la norma de austeridad y sencillez aprendida en su rudo noviciado capuchino y que quiso fuera el sello de su obra. Su gran laboriosidad, acudiendo allí donde su consejo y presencia se hacían necesarios, pese a su delicado estado de salud. Su prudencia y solicitud en la búsqueda del querer divino, obrando solamente cuando estaba totalmente persuadido de haber descubierto la voluntad de Dios, lo cual puede explicarnos su lentitud en algunos momentos, para poder ajustarlo todo a sus divinos designios. Y, sobre todo, ese amor y devoción que brilla en sus escritos y en la misma obra del padre Tous: su amor a la Madre del Divino Pastor, consagrándole su vida entera y no sólo la suya, sino incluso la de las hermanas, puesto que con tanta fuerza y vigor había sabido imprimirles su amor y devoción, encomendándoselas a Ella, dejándoselas por Madre para que fuera la que las condujera al Padre.

Sin duda, la ejemplaridad de su vida es hoy motivo de acción de gracias entre sus hijas, que buscando vivir plenamente el espíritu que el padre Tous quiso imprimirles, y ajustándolo a las necesidades de la sociedad actual, continúa fielmente su obra según las líneas y directrices que él les inspiró en sus inicios de Ripoll. Quieren así lograr que siga vivo entre ellas, por el espíritu que anima su obra y porque le invocan como padre en sus necesidades.

Nota bibliográfica :

Laura Paz González, Las Terciarias Franciscanas de la Madre del Divino Pastor, C. S. I., Madrid 1978.

Ernesto Ros Leconte, Vida y Obra del P. José Tous y Soler (Fray José de Igualada), Barcelona 1985.

[En AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo II. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1997, págs. 151-165]

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