DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

7 de abril
BEATA MARÍA ASSUNTA PALLOTTA (1878-1905)

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Nació el año 1878 en Force (Marcas, Italia), de una familia campesina, pobre, religiosa. Era la mayor de cinco hermanos y pronto tuvo que dejar la escuela y ponerse a trabajar para contribuir al sustento de su familia. Fue siempre laboriosa, sencilla, amable, muy devota. En 1898, con la ayuda de personas buenas, ingresó en las Franciscanas Misioneras de María. Dos años después eran martirizadas en China siete Misioneras. No tardó nuestra beata en pedir a la Fundadora que la enviara allí, petición que le fue aceptada. Tras recibir la bendición de san Pío X, emprendió el viaje con otras hermanas y llegó a Shansi (China) en junio de 1904. Fue destinada como cocinera al orfanato de un pueblo pequeño, Donger-kou. De nuevo aquí fue la monjita sencilla, dócil, generosa, sacrificada, entregada a trabajos humildes en los que prodigaba el amor que bebía en su vida con Dios. En 1905 azotó la región una epidemia de tifus y María Assunta fue una de sus víctimas. Murió el 7 de abril de 1905.

La beata María Assunta procedía de humilde cuna. Su padre, Luigi Pallotta, era de Castel di Croce, barriada de Rotella, en la provincia italiana de Ascoli Piceno (Marcas), y tenía dos parcelas de tierra que él mismo trabajaba, pero que se demostrarían insuficientes para sostener a una familia. Contrajo matrimonio con una joven del vecino pueblo de Force, Eufrasia Casali, de familia en otros tiempos acomodada pero ahora reducida al nivel del común de los aldeanos. Pusieron su domicilio conyugal en Castel di Croce, pero cuando a Eufrasia se le acercó el tiempo de su primer alumbramiento, se trasladó a casa de sus padres para estar mejor asistida en momentos tan importantes y delicados para ella. Y así, en Force, el día 20 de agosto de 1878, les nació su hija, primogénita de cinco hijos, a la que en el bautismo, celebrado al día siguiente, le pusieron el nombre de Assunta María Liberata.

Recuperada la madre y robustecida la hija, se reunieron con el padre en Castel, donde la pequeña recibió el sacramento de la confirmación el 7 de julio de 1880 de manos de Mons. Bartolomé Ortolani, obispo de Ascoli. Poco después, toda la familia tuvo que trasladarse a Force en busca de unas mejores condiciones de vida. Desde pequeña Assunta dio muestras de tener un carácter noble y bondadoso, suave y humilde, a lo que se unió la exquisita educación e instrucción religiosa que le proporcionó sobre todo su abuela materna; los padres estaban demasiado ocupados en atender a su numerosa prole y buscarle sustento, para lo que Luigi Pallotta tuvo incluso que ausentarse del hogar.

A los seis años empezó a frecuentar la escuela del pueblo, pero apenas logró aprender a leer y escribir porque las condiciones domésticas no le permitían asistir al horario completo de clases. Además, pronto tuvo que quedarse en casa para ayudar a su madre que, ausente el marido, estaba sola, y cuidar de sus hermanos más pequeños, a los que enseñaba rezos y catecismo. La familia pasó por situaciones de gran estrechez económica y para subvenir a tanta necesidad, Assunta no dudó en buscar trabajos que no correspondían a su corta edad: ayudar a los albañiles o a los peones camineros y, más tarde, servir como modesta cosedora al sastre del pueblo. Todos quedaban encantados de su bondad y laboriosidad, de su carácter estable y complaciente. A pesar de las estrecheces que sufrían en su casa, Assunta no dejaba de ayudar, y de pedir a su madre que ayudara a los ancianos pobres del pueblo y en particular a una vecina pobre de solemnidad con la que a veces compartía su comida.

A los doce años recibió entusiasmada la primera comunión. Su intensa vida de piedad afloraba en su devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, sus dos grandes amores. Las avemarías del rosario brotaban de continuo de sus labios. Con frecuencia visitaba el sagrario y, cuando sus obligaciones se lo permitían, pasaba allí largos ratos en oración. Además, ayudaba al párroco enseñando el catecismo a los más pequeños.

En el curso de su juventud, Assunta dio muestras de que su futuro podía ser muy bien la vida religiosa, y en más de una ocasión le insinuó a su madre la posibilidad de entrar en un convento. En los carnavales de 1897 esa posibilidad o probabilidad se convirtió en firme decisión. Ella y su madre asistieron a un baile público, y un joven se le acercó y le preguntó si podía darle un beso. Aquel gesto inocente fue para ella como la llamada divina a consagrarse ya totalmente a Dios. En adelante, ella se vio de lleno en el camino hacia una nueva vida, y se sentía firme y decidida a llegar hasta el final. Intensificó su vida de piedad y de oración, redobló sus austeras penitencias y a una amiga íntima le confió que su porvenir estaba en el monasterio. No obstante, aún pasó momentos de inseguridad y desaliento. Su confesor aprobó su decisión. Sus padres, aunque sentían desprenderse de su hija tan buena y que tanto los ayudaba, no se opusieron a sus proyectos. Algunas personas pretendieron disuadirla. Y quedaba por superar una grave dificultad: la pobreza de su familia, que no le permitía tener ni ajuar personal ni dote, condiciones entonces indispensables para ser admitida, aunque fuera como hermana conversa, en cualquier instituto religioso.

Providencialmente, aquel mismo año de 1897, un obispo hijo de Force, Mons. Luigi Canestrari, que residía en Roma, fue a su pueblo a descansar. Assunta, superándose a sí misma y confiando en Dios, se presentó al prelado y le expuso su ardiente deseo de ser religiosa, a la vez que le pidió su ayuda para conseguir su ideal. Mons. Canestrari acogió edificado los deseos y propósitos de la joven, la animó y le prometió su apoyo, pero al mismo tiempo la exhortó a que pensara bien lo que se proponía y rogara al Señor que la iluminase en un asunto de tanta importancia. Assunta se quedó con la impresión de que el prelado no veía clara su vocación ni confiaba del todo en sus intenciones. Entonces buscó la mediación de otras personas ante el obispo, y ella misma volvió a visitarlo. Por fin, el obispo se convenció de que se encontraba ante una vocación auténtica y extraordinaria, por lo que, cuando regresó a Roma, fue a hablar con la fundadora y superiora general de las Franciscanas Misioneras de María, la madre María de la Pasión, la cual, movida por Dios sin duda y ante las referencias tan buenas del prelado, aceptó sin más condiciones a la joven en calidad de Hermana Auxiliar.

El instituto de las Franciscanas Misioneras de María había sido fundado veinte años antes, en 1877, por el espíritu apostólico de Elena de Cappotin de Neuville, en religión María de la Pasión, para llevar el Evangelio a todos los pueblos del mundo; centradas en la Eucaristía, sus religiosas viven el testimonio y la proclamación del Evangelio a la manera de san Francisco de Asís, de cuya espiritualidad tienen marcados rasgos.

El 4 de mayo de 1898, Assunta se despidió de sus padres y hermanos y partió hacia Roma, acompañada de un buen paisano suyo que hacía el mismo viaje por razón de sus negocios. Al día siguiente, la joven aldeana ingresó en el convento de Via Giusti, donde permaneció tres meses, iniciando así el tiempo de su formación como religiosa. Los primeros días de vida conventual fueron para ella como un sueño, el paso de su casa paterna a la Casa del Padre Dios; todo le parecía bello, bueno, grato; le encantaba el orden, la paz, la armonía silenciosa que la envolvía como una atmósfera celestial, y sentía, sobre todo, que podría hacer realidad su anhelo más profundo: servir a Dios y hacerse santa. Las virtudes adquiridas y desarrolladas en su casa, la humildad, paciencia, laboriosidad, capacidad de sacrificio, etc., la ayudarían a conseguirlo. La superiora la destinó aquí a la cocina.

El 5 de agosto de 1898, pasó del convento de Roma al de Grottaferrata para completar el tiempo de su formación como postulanta. El 9 de octubre siguiente volvió a Roma para vestir el hábito religioso, acto en el que recibió el nombre oficial de María Assunta, y enseguida regresó a Grottaferrata para iniciar el año canónico de noviciado, tiempo de intensidad formativa en el espíritu del Instituto y de profundización en la vida espiritual. En cuanto a ocupaciones, le fueron asignadas las que mejor parecían adaptarse a su capacidad y preparación, teniendo en cuenta que para la fundadora como para san Francisco todas son nobles y dignas si son del agrado del Señor y le dan gloria. María Assunta fue destinada, con otra novicia, a la granja de gallinas, palomas y cerdos que el convento tiene en su huerto. Por lo demás, bien dispuesta y preparada como venía de su pueblo, se adaptó de manera fácil y generosa a las exigencias del noviciado y de la vida religiosa.

Cumplido el año de noviciado y aceptada por el Instituto, el 8 de diciembre de 1900 hizo la profesión temporal en la Casa-Madre de Roma. Luego regresó a Grotta y llena de gozo y de paz reemprendió su vida y su trabajo. Se encontraba muy a gusto en su tarea diaria en medio del campo y cuidando de los animales. Siempre sonriente, serena y silenciosa, consideraba su ocupación como el más alto y honorífico encargo que se le podía confiar, y del mismo se gloriaba ante sus buenos padres cuando fueron a visitarla. Sabía que con su modesto trabajo contribuía no poco al bienestar de sus hermanas, a las que Dios había otorgado dones y talentos para cuidar la mies del Señor en actividades más visibles. Con esta convicción trabajaba de la mañana a la noche, con alegría y entusiasmo, como si la suya fuera la ocupación más importante, y lo era, pues por ella y en ella se iba santificando.

En enero de 1902, sor María Assunta fue trasladada a la nueva casa fundada en Florencia. Las superioras le asignaron el nuevo campo de trabajo convencidas de que allí, aunque dentro de sus posibilidades y limitaciones personales, la luz discreta pero cálida de su buen ejemplo tendría un mayor radio de acción. Sus virtudes, tan humildes a la vez que tan sólidas y manifiestas, acreditarían al Instituto. Y así pasó de los trabajos del campo y de la granja a las ocupaciones propias de un convento recién fundado y escaso de personal, por lo que tuvo que prestar servicio en muchas y diversas oficinas: la sacristía, el jardín, la cocina, la ropería y el lavadero, según las necesidades de cada momento; además, tenía que acompañar a las niñas pequeñas a la parroquia vecina para el catecismo. A todo llegaba con empeño y orden, y a gusto de todos, sin perder la serenidad ni la paz. El 13 de febrero de 1904 hizo en Florencia la profesión perpetua que la unía para siempre a la Familia de la beata María de la Pasión.

La monjita aldeana de Force vivía feliz con sus hermanas y en sus ocupaciones. Pero desde muy joven había sentido el fuerte deseo, objeto de sus plegarias, de gastar su vida para la gloria de Dios y la difusión del reino de Cristo en tierra de infieles. Además, ese ideal formaba parte de su vocación de Franciscana Misionera de María. Y el Instituto estaba viviendo tiempos de intenso fervor misional.

En efecto, el 9 de julio de 1900 habían sido martirizadas en Tai-yuan-fou (China), en la persecución desencadenada por los "boxers", siete Franciscanas Misioneras de María, santa María Herminia de Jesús y sus compañeras. Cuando la situación de aquel gran país se normalizó, la madre María de la Pasión quiso enviar allá nuevas hermanas que continuaran la labor de las que había sido inmoladas. Sor María Assunta escribió a la Fundadora solicitando el honor y la gloria de ser enviada a China para reemplazar a sus hermanas, especialmente en el servicio de los leprosos, y, si fuera del agrado del Señor, derramar su propia sangre por la fe y el amor a Jesucristo. Su petición fue aceptada.

El 19 de marzo de 1904, sor María Assunta y otras nueve religiosas, después de haber recibido en Roma la bendición de san Pío X, zarparon hacia China. El viaje duró tres meses, con varias escalas y muchas incomodidades. Desde Bombay, donde se alojaron en el convento de las Hijas de la Cruz, sor María Assunta escribió a sus familiares contándoles las vicisitudes del viaje y cuántos mareos habían sufrido, pero sin perder el buen humor ni siquiera en los trances más tempestuosos. También escribió a la superiora de Florencia refiriéndole las maravillas que había observado, en particular los enormes peces nunca vistos ni imaginados por ella, y manifestándole que estaba contentísima de acercase a su misión, pero que, si tal fuera la voluntad del buen Dios, sería igualmente feliz en la boca de uno de aquellos grandes peces. Reemprendido el viaje y después de hacer breves escalas en Singapur, Hong-Kong y Tche-Fou, llegaron por vía marítima a Takou. Desde aquí se trasladaron por ferrocarril a Pekín, y luego a Tcheng-Ting-Fou. Por fin, tras seis días de viaje en una especie de angarillas, trasporte típico de aquellas tierras, alcanzaron en junio de 1904 la meta de su viaje y el campo de su apostolado, Tung-eul-keu, aldea que dista 46 Km de Tai-yuan-fou, capital de Shansi.

La pequeña aldeana ya misionera y en tierra de misión, empezó feliz e ilusionada la nueva etapa de su vida. Hubiera querido atender y convertir a todos los habitantes de China, pero era consciente de que la parte que a ella le confiaba el Señor era la misma de siempre: desde sus empleos ocultos y humildes ayudar a sus hermanas que, allí, trabajaban en las escuelas, los asilos, los hospitales... Ella solía decir: «Quien ayuda al apóstol, participa de la paga del apóstol». El oficio que le confiaron fue el de cocinera; también ayudó luego en el orfanato.

El invierno de 1904-1905, el primero que nuestra beata pasaba en aquellas tierras, fue especialmente duro. Cuando desaparecieron las heladas recorrió la región una terrible epidemia de tifus que se cebó en el orfanato que regían las religiosas de la casa de San Pascual de Tung-eul-keu. Fueron numerosas las víctimas entre las niñas allí acogidas, y también entre las misioneras. La tercera de éstas fue sor María Assunta.

El 19 de marzo de 1905, primer aniversario de su partida de Nápoles, se vio obligada a gardar cama. Desde hacía unos días, se sentía débil, pálida, fatigada. Estaba infectada del terrible mal. El médico y las hermanas esperaban que se tratara de una forma benigna de la enfermedad, pero ella tenía el presentimiento de que su final se avecinaba ya. Para prepararse a recibir la extremaunción y el viático quiso hacer confesión general. Y en sus últimos días, en la medida en que se lo permitían sus fuerzas, no cesaba de hacer actos de amor a Dios y de reiterar su total adhesión a la voluntad divina. Sufría, sufría mucho, pero su rostro permaneció siempre sereno, mientras sus labios no cesaban de murmurar ardientes jaculatorias. Hacia las siete de la tarde del día 7 de abril de 1905, apenas nueve meses después de su llegada a China, se durmió como un ángel en el Celeste Imperio para despertarse en el eterno reino del cielo.

Minutos antes de su fallecimiento, empezaron a llegar como oleadas de un perfume suave y delicioso que renovaba y purificaba el aire cargado de la habitación en que agonizaba la beata. Y después que ella expirase, aquel perfume llenó la habitación y se extendió a las estancias en que había estado; también los caminos por los que había pasado su féretro y su sepulcro quedaron como aromatizados; este fenómeno prodigioso duró tres días, y debido al mismo la gente llamaba a sor María Assunta la "santa de los perfumes". Era como el último servicio simbólico de aquella violeta de Dios.

Al día siguiente de su muerte, el cuerpo de la monjita fue enterrado en el cementerio común mientras la multitud que había acudido tenía el presentimiento de que una nueva santa había subido al cielo, desde donde seguiría su misión de servicio humilde y bondadoso hacia todos. Y no tardaron en florecer las gracias y los hechos prodigiosos en torno a su tumba o como respuesta a la súplica de su intercesión ante el Señor, en China y también en Italia. A principios de 1913 se exhumaron sus restos para colocarlos en una tumba nueva, y apareció el cuerpo de la beata completamente incorrupto.

Cuando algunos años después la superiora general, madre María de la Pasión, refirió a san Pío X el prodigioso perfume de santidad que sor María Assunta había dejado en la tierra y las gracias y favores que se atribuían a su mediación, el papa, impresionado sobre todo por la heroica dedicación de la monjita al complimiento de sus humildes deberes, la instó a iniciar cuanto antes los pasos del proceso canónico para su beatificación. Así se hizo, y el 7 de noviembre de 1954, año jubilar mariano, el papa Pío XII beatificó a sor María Assunta Pallotta. A la solemne ceremonia asistieron entre otros, en la basílica de San Pedro, dos hermanos de sangre de la beata, Vicente y Magdalena, las dos personas para las que la beata había obtenido del Señor los milagros aceptados por la Congregación de Ritos para la beatificación de la misionera, Luis Foderini y Lucía D'Archangelo, y la superiora general de las Franciscanas Misioneras de María que, en 1904, había recibido junto con María Assunta la bendición de san Pío X y con ella había partido hacia China.

Epílogo.- Una joven de finales del siglo XIX y principios de siglo XX, que vivía en un pueblecito de las Marcas, región Italia, que apenas había podido cursar los estudios primarios pero había trabajado mucho y duro, se abrió a la acción del Espíritu que la impulsaba a consagrarse a Dios. Y se hizo Franciscana Misionera de María, para llevar una vida contemplativa y activa, sirviendo a Dios y al prójimo en ocupaciones humildes y ocultas. Había nacido y crecido en un ambiente muy sencillo, y el Señor hacía en ella "obras grandes" en el pequeño camino por el que avanzaba: el camino de la minoridad, en el que toda su persona irradiaba el amor de Dios.

A nuestra sociedad, loca tras el poder y la riqueza, le dice: «Pido a Dios dar a conocer al mundo lo que significa la pureza de intención... Hacerlo todo por amor de Dios: esto querría escribirlo con mi sangre. Todo. En silencio, con humildad y sencillez».

Y estas "obras pequeñas" que hacía, con el pleno aprovechamiento de los dones y talentos que el Señor le había dado, llegaron a ser sus instrumentos de evangelización en Italia y en China.

Jesús fue el centro de su vida. A través de la vida eucarística, de las horas de adoración del Santísimo, creció en el don de ella misma; «adorando al Crucificado, que dio su vida por los hombres, llegó al conocimiento del amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento», y aprendió a dar la vida por sus hermanos. Su vida se consumió en una palabra que la resume: «Shen-Ti, Shen-Ti!», ¡Eucaristía, Eucaristía!, acción de gracias, en chino.

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BEATA MARÍA ASSUNTA PALLOTTA

Virgen, religiosa, Franciscana Misionera de María, misionera en China, que falleció a los 26 años de edad y fue beatificada por Pío XII el 7 de noviembre de 1954.

María Assunta Pallotta nació en Force (Ascoli Piceno) el 20 de agosto de 1878, primogénita entre cinco hermanos. Vivió los primeros años en Castel di Croce hasta que su familia se trasladó definitivamente a Force. No pudo seguir estudios regulares pues muy pronto tuvo que dedicarse al trabajo.

La determinación de abandonar el mundo surgió en ella de una manera súbita e imperiosa, por lo cual, ayudada de personas buenas, dada la pobreza de su familia, se dirigió a la casa de probación de las religiosas Franciscanas Misioneras de María el 4 de mayo de 1898. Vivió en Roma, Grottaferrata y Florencia, distinguiéndose por la sencillez, la humildad, la prontitud para realizar los servicios más modestos y los trabajos más pesados.

El Instituto de las Franciscanas Misioneras de María recibía su bautismo de sangre el 7 de julio de 1900, al ser martirizadas por los Boxers siete misioneras en Shansi, China. La fundadora les comunicó a las hermanas de la joven Congregación la noticia entre dolorida y orgullosa. Hacia 1903 María Assunta pidió a la fundadora ser enviada a China, para dar la vida por Cristo y por la fe.

La petición fue aceptada y el 19 de marzo del año siguiente, después de recibir la bendición de San Pío X, junto con otras nueve hermanas, se embarcaba en Nápoles para el Shansi, la misma misión de las mártires, donde llegó tres meses más tarde. Su deseo era el de entregarse al apostolado, en cambio fue destinada a la cocina.

El invierno fue rigurosísimo; en los primeros meses del año siguiente, 1905, en todo Shansi cundió una terrible epidemia de tifo, y, además de varias huérfanas, murieron cuatro religiosas, la tercera de las cuales fue sor María Assunta. Había caído enferma el 19 de marzo, aniversario de su partida de Italia. La tarde del 7 de abril recibió los últimos sacramentos y veinte minutos antes de morir, un perfume misterioso inundó las habitaciones donde ella había vivido. En 1913, al exhumarla, su cuerpo fue hallado en perfecto estado de conservación. Los chinos la llamaron «la santa de los perfumes». Es la primera Franciscana Misionera de María que llegó a la santidad sin pasar por el martirio. Ella hubiera querido convertir a todos los habitantes de China, pero su apostolado fue fugaz: se extinguió antes de cumplir los 27 años de edad.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 107-108]

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BEATA MARÍA ASSUNTA PALLOTTA
(1878 - 1905)

--«¿De Las Marcas...? ¡Tierra de santos! [...] ¡Tendrás que hacerte santa tú también!».

Apostilló la monja fundadora, María de la Pasión. En correspondencia a la satisfacción de su normal curiosidad por la procedencia geográfica de la postulanta Assunta Pallotta.

Escenario, el noviciado franciscano misionero mariano de Grottaferrata. Fresca aún la toma de hábito de la aldeana de Force.

Quien, días después, compartiendo tareas campesinas con otra aspirante a la consagración religiosa que, en un momento dado, desborda desilusión y desánimo, reflexionará en voz alta:

--«¡Oh, Hermana!: pero si hemos venido aquí para hacernos santas [...] Sí, sí: ¡para hacernos santas!».

Tenía clara la meta. Y diáfano el camino a seguir: «Hacerlo todo -plasmaría en sus apuntes íntimos- por amor de Dios: esto querría escribirlo con mi sangre. Todo. En silencio, con humildad y sencillez»...

Insistente en diferentes ocasiones: «Todo por Jesús».

Las Marcas bautizan un hermoso recorte geográfico italiano dibujado por la Emilia, la Umbría, la Toscana, los Abruzos, el Adriático y San Marino. Tierra de artistas, poetas, papas y santos.

Y cuna de Assunta María Liberata. Estallado a la vida el primer fruto matrimonial de Luis Pallotta y Eufrasia Casali en el puñado de humildes nidos humanos de Force, abiertos a la luz del valle fecundo, en las faldas de una colina escabrosa y roqueña.

El nacimiento fue en la perdida y solitaria aldea de las Marcas porque Eufrasia buscó, para estrenar la maternidad, el hogar paterno. Pues el casamiento la había desplazado a Rotella, un lugarejo de la encumbrada aldea picena de Castel di Croce, donde la cristiana pareja se alimentaba y vestía, apuradamente, de la fecundidad de una modesta hacienda agrícola.

Y Assunta venida al mundo en la madrugada del 20 de agosto de 1878. Bautizada al otro día. Confirmada en la parroquial de Castel di Croce en fecha 7 de julio de 1880.

No. Con el par de pequeñas fincas de Rotella no era posible vivir el matrimonio, la nena y pronto... también Alejandro. Ya cuatro, la crecida indigencia les empuja nuevamente a Force. En 1882. Ahora a todos. Y definitivamente. En busca de trabajo y del apoyo familiar. Cuatro... y los que aún vendrían: José, Vicente y Magdalena...

Pero la población natal de Eufrasia tampoco da pan para siete personas. Hay que ir a buscarlo donde lo haya. Una situación dolorosa que comportará enorme sacrificio. De una parte, la consiguiente separación temporal marital y paterna; de otra, el forzoso abandono escolar de la hija mayor que sólo llevaba un par de años en el aula. ¡Tremendos rasguños familiares! ¡Terrible drama! ¡Cinco criaturas -la mayor, ochoañera- y todo el peso de la casa bajo la responsabilidad exclusiva de la joven esposa y madre!

Sí que la primogénita sería un buen puntal, compartiendo, más allá de lo que era dado esperar de su edad, el cuidado de los pequeños y las tareas domésticas. Prodigándose admirablemente. Dócil, solícita, laboriosa. Eso y mucho más. Pues aún aportaría unos dinerillos ganados cada día, previos los quehaceres domésticos. Sin salirse de la aldea, cerquita de casa. Acarreando agua, yeso, ladrillos, cal... Responsable y eficiente ella. Al servicio de unos albañiles que fácilmente le pondrán cariño y la admirarán, lamentando su ocupación laboral totalmente impropia. Pero con más pena en el alma la madre que, asfixiada económicamente, no puede prescindir del sudado puñadito de liras que la nena aporta al hogar. Y aguanta, ni más ni menos, justo el tiempo que se mueve, busca, pregunta, persiguiendo una ocupación más femenina y llevadera para la hija... Logra emplearla con el viejo sastre del lugar.

A propósito... El trabajo a menudo desplazaba circunstancialmente durante el día al modesto profesional aldeano y a la pequeña aprendiz. En una de las ocasiones, de regreso a la aldea, venían andando y sembrando de «avemarías», según costumbre, el ondulado sendero, entre verdes campos inclinados, empujados por la pérdida de luz de la tarde. En un momento dado el hombre, interrumpiéndose, sugiere a la acompañante que, siendo posible cruzarse con algún transeúnte, es conveniente que suavice la voz.

--«¿Por qué? -correspondió, sorprendida-. ¡Si precisamente deberíamos rezar más alto!».

Fuera respetos humanos, valerosa ella. Apóstol en ciernes... Modélica en sus asiduas visitas al sagrario, coronando la diaria jornada laboral y llenando la tarde dominical; arrodillada, cuando ha lavado y ordenado todo y la casa ha quedado callada, ante su altarcito de la cocina, en larga y silenciosa oración; catequista, por encargo del párroco, con sólo once años. Modélico ángel del hogar que sabe calmar los nervios y los enfados de mamá, cansada, con sus hermanos y también restablecer la paz rota entre los pequeños. Modélica en sus desvelos caritativos. A menudo, acercándose la hora del almuerzo, suplicaba a su madre que añadiera «un cucharón de sopa en la olla y disminuyera una cucharada en los platos». Siempre insistente en la justificación: «Para dar también una ración a la pobre Marieta que no tiene nada en su casa». Y admirable en su juvenil afán penitencial. Mortificación en la mesa, ayunando tres veces por semana, y voluntario martirio a la hora del descanso nocturno.

Relata la madre: «Observé que tenía mi hija la cama muy dura. La deshice un día y vi que dentro del jergón había una serie de ladrillos, todos en fila; debajo estaba la paja, encima los ladrillos. Sentí un escalofrío, me puse a hablar sola y empecé a quitarlos [...] Desde entonces iba yo de cuando en cuando a revisar su cama y encontraba hierros viejos y rotos. Yo los quitaba, Assunta los volvía a poner, sin que nunca habláramos de ello».

Y, cuando lo creyó oportuno, la hija justificaría: «Lo hacía pensando en Jesús que no tuvo dónde reposar su cabeza». No es extraño que una amiga de la infancia reconociera: «Con Assunta por fuerza teníamos que ser buenas». Un primor de muchacha.

Con diecisiete años en lucha íntima, brava, cruel. Disputándose su corazón el afán de entrega plena a Dios y el legítimo apego a la sangre familiar. Assunta sufre en silencio. Ha perdido el apetito. Y no duerme. Físicamente está muy desmejorada.

--«¿Qué tienes, hija? -se interesa la madre-, ¿estás enferma?».

--«Lo que tengo -corresponde aquélla sollozando- usted lo sabe, madre. Jesús me llama, me quiere y no puedo resistirle. ¡Déjeme hacerme religiosa! [...]».

A Luis y a Eufrasia les dolió; más a él. Pero acabaron aceptando el sacrificio... La despedida fue dolorosa. Terrible rasguño en el corazón de los unos y de la otra. El 4 de mayo de 1898. Los hermanos abrazándola, estrujándola, entre suspiros: «No te vayas, Assunta; no te vayas...».

Evocando el momento, seis años después, desde la lejana China ella confiaría epistolarmente a los suyos: «Sólo Dios pudo separarme de vosotros, a mí que no era capaz de pasar un día sin veros».

La aldeana pobre, sin dote, encontró puertas abiertas en el claustro de Santa Elena, la sede generalicia romana -Vía Giusti, 12- de las Franciscanas Misioneras de María. A quienes la campesina había ofrecido su pobreza, su ignorancia, su abnegación, su candor angelical, su humildad, su debilidad humana.

Eran un retoño del tronco de Asís. Un joven instituto religioso veinteañero, con el sello característico de la apostolicidad. Pero nacido brioso; con vocación de vanguardia, de presencia misionera. Y ya extendiendo brazos, en 1898, en Europa, África, Asia y América del Norte.

Comienzos difíciles para la postulante de Las Marcas de Ancona. En el futuro daría a conocer a la fundadora, madre María de la Pasión: «Los primeros meses de postulante no estuve satisfecha, porque deseaba un Instituto en el que se fuera a pedir limosna o se cuidase a los enfermos»...

Pues la típica mendicidad franciscana había sido sustituida por la laboriosidad manual. En labores de bordado, de pintura, de escultura, de fotografía.

Inicialmente también insatisfecha porque, soñando el clásico recogimiento conventual, había dado con un edificio en rehabilitación y ampliación y, consiguientemente, obreros que van y vienen y ruidos y falta de tranquilidad. Donde ella, experta en quehaceres domésticos, acabará de ayudante; moviéndose entre cacerolas y pucheros.

En la cocina y fuera apeteciendo los trabajos más penosos y humildes. Siempre con la sonrisa y un «sí, Madre» a flor de labios, aceptando cualquier servicio. Siempre considerándose la última de la comunidad, «admitida -repetía- por caridad».

El 5 de agosto es enviada al noviciado, a Grottaferrata, desde donde el 9 de octubre viajaría a Roma para vestir, en la capilla de Vía Giusti, 12, el hábito de lana blanca de las Franciscanas Misioneras. Recibiendo el nombre de María. Ya en adelante, María Assunta.

Grottaferrata, agarrada a las laderas boscosas, pobladas de nogales, y huertanas de los Montes Albanos que encrestan pintorescas poblaciones sobre la campiña romana. En una hondonada del valle ofrecía nido a las hijas de María de la Pasión que se formaban espiritualmente, cultivaban treinta y tantas hectáreas de olivos, viñedos, cereales, legumbres y verduras y cuidaban animales. Aquí la monja de Las Marcas de Ancona completaría la formación específica del Instituto; encargada, con otra novicia, de la atención a los corrales. La dedicación a las gallinas, las palomas y los cerdos, en unos rústicos locales separados de la casa, conllevaba compartir el descanso nocturno con los animales. En un reducido y oscuro espacio que servía de celda a las dos cuidadoras.

¡Ella, feliz! Ilusionada, con un cantar en los labios al tiempo que limpia el gallinero y las pocilgas o transporta cubos de agua o grandes gavillas de hierba o cestos de verduras o grandes cubos de comida para los animales...

--«Pero, ¿por qué lleva tanta hierba todos los días?», fue interrogada, en pleno verano, envuelta en su gran delantal azul siempre impresionantemente pulcro, chorreando sudor bajo su verde carga.

--«Mis animalitos no se sacian nunca y, en tanto, yo tomo así un baño suplementario que me refresca».

--Abundando: «Todo por Jesús, Hermanita mía; todo por Jesús».

No dudando que, entre las gallinas, las palomas y los cerdos -al igual que entre los pucheros de Teresa de Ávila- también andaba el Señor...

El 8 de diciembre de 1900 pone un breve y memorable paréntesis en la diaria monotonía de la novicia. Fue la profesión temporal de sor María Assunta. También en el marco romano de la capilla generalicia. Y al otro día más de lo mismo. Regreso a Grottaferrata y nuevamente al gallinero, al palomar, a la porqueriza, hasta enero de 1902, siendo enviada entonces a Florencia, donde la fundación franciscana misionera reclamaba cuerpos robustos y sanos y almas generosas. Vocaciones como la de María Assunta.

Aquí igualmente trabajos duros. La casa también en obras... Siempre ella a disposición de cualquier servicio; sea el lavadero, la plancha, la huerta, la cocina, la enfermería, la portería... Sonriente, sencilla, espontánea, humilde, caritativa... Un verdadero tesoro para la comunidad.

Entre las enfermas del convento florentino se desbordará caritativamente. Caridad inteligente, pronta, inagotable. En todo momento jovial y de buen humor. Sin prestar atención al propio cansancio y descuidando el necesario descanso nocturno. Delicadísima con el prójimo, siempre procurando evitarle la más mínima mortificación. Botón de muestra la ocasión, en la lavandería, en que se lastimó la mano con un alfiler olvidado en una pieza de ropa. Calló, aguantó y continuó la labor. Aquel día y otro... Hasta que la infección de la herida hizo inevitable acudir al médico. Reprochada por no haber avisado con anterioridad correspondió: «No dije nada por no causar pena a la Hermana que olvidó el alfiler».

El 1 de enero de 1903 escribía a la madre general: «Me dirijo a usted con filial afecto, Reverendísima Madre, para exponerle un deseo que sentí desde los primeros días en que se me concedió la gracia de ser admitida en su Instituto. No osaba escribirle pero, finalmente, en este primer día del año, me he decidido, a pesar de mi indignidad. Este deseo me viene siempre a la mente durante el tiempo de los ejercicios espirituales. Le hago, pues, saber que estoy pronta, si Jesús así lo quiere, para cuando haya una partida para China, especialmente para trabajos entre los leprosos».

Era el anuncio, hasta el momento desconocido, de su ideal misionero. Y era, sobre todo, ofrecimiento... Una aspiración nacida con el inicio de su andadura claustral pero florecida con la primavera de entusiasmos heroicos estallada en los claustros franciscanos misioneros tras la masacre martirial de Tai-yuan-fu. No sólo el corazón misionero. Acción también misionera en primera línea de la Iglesia, en el mundo privado de fe.

Pero ahí seguirá. En la enfermería del convento florentino, repartiendo tisanas, calmantes, sonrisas, amor, hasta que Dios quiera. Hasta alborear 1904. El 6 de enero, festividad de la Epifanía, fecha significativa, la fundadora del Instituto aceptaba las obediencias de medio centenar de nuevas misioneras. Y, entre las cincuenta distinguidas, sor Maria Assunta. Con destino precisamente a Shansi.

Shansi, la misión mártir; víctima del fanatismo salvaje bóxer. Un huracán xenófobo, fruto del choque de dos culturas muy diferentes, que, en los dos primeros años del siglo, había acabado sangrientamente con unos treinta mil cristianos. El 9 de julio de 1900, ¡con siete hermanas! Se trataba, pues, de cubrir las bajas del Instituto.

«Me piden la reapertura de la Casa San Pascual, de Tai-yuan-fu -había escrito la fundadora- y me dicen: las que en ella vivieron supieron cantar el "Te Deum" en el momento de la muerte. Procurad que las que vengan a ocupar el puesto sean del mismo temple».

Comprensible la inclusión de sor Assunta en el proyectado envío misionero. Contentísima ella; aunque, como siempre, resignada a lo que decidan: «Me siento felicísima [...] Pero si Jesús quisiera dejarme en Florencia me daba lo mismo...».

Cuando salga para China ya se habrá ligado a Dios, a perpetuidad, con los votos de obediencia, pobreza y castidad. Emprenderá viaje el 19 de marzo, festividad de San José. Previo un epistolar «Nos volveremos a ver en el cielo», dirigido la semana anterior a sus padres presuntamente impedidos por la pobreza a despedirla con un abrazo. Y previa la bendición personal del papa Pío X, recibida en el Vaticano.

Tres meses duros, difíciles, por mar y tierra. En vapores de carga, en diminuta barca china, en tren, en «sillas, que son como cochecitos cubiertos -describirá- pero sin ruedas, colocados sobre dos pértigas y sostenidos por dos mulos, uno delante y otro detrás, que un hombre va guiando. En el interior se pueden sentar dos personas, una frente a otra». Vehículos más que rudimentarios y, por supuesto, incómodos.

Tres meses de vicisitudes, molestias y riesgo. Y, a la vista, estremeciéndose el corazón... Tai-yuan-fu. La ciudad, aún no cuatro años antes, regada con sangre mártir; con sangre de siete hermanas de fe y de ideales. Y, escasamente cincuenta kilómetros más allá, aun no medio centenar de kilómetros más allá, Tong-eul-keu. El humilde puñado de chozas aldeanas perdidas entre montañas, donde se salvaron de la furia bóxer un centenar de familias locales, las criaturas del orfanato y las vírgenes chinas no alcanzadas por el sangriento vendaval. Donde los franciscanos, al día siguiente del vendaval persecutorio, resucitaron la realidad misional destrozada...

Tong-eul-keu, cuyo orfanato, dispensario y catecumenado, ya auxiliados con el retorno humano del año anterior, el 20 de junio de 1904 reciben brazos de refuerzo con el grupo de misioneras que incluye a sor Assunta. Ella, naturalmente, la de siempre. La misma de Grottaferrata y de Florencia: sencilla, dócil, generosa, sacrificada, disponible siempre y para todo.

Como en los tiempos de Roma, a la cocina. Repitiéndose, nuevamente entre pucheros y cacerolas, en el cultivo de la piedad eucarístico-mariana sin complicaciones. Y, a través de los atajos del amor y del abandono, escalando el cielo...

Llegó el invierno. Especialmente duro en Shansi. Hacia finales de febrero, estalló el tifus, endémico en China. El dispensario no daba abasto a las atenciones. Y se coló en la Casa San Pascual, cebándose en las huérfanas y en la comunidad religiosa. En menos de cuarenta días cuatro bajas entre las mujeres consagradas a Dios. En aquellas angustiosas circunstancias de terrible angustia sor Assunta se prodiga como nunca. Presente en la cocina, en la ropería, en la enfermería, en la sala, en las celdas... Sin cuidarse personalmente. Hasta que no puede más.

En la festividad de San José, coincidente en domingo, ha de quedarse en cama. Sin pizca de alarma. Mientras, en la habitación contigua, agoniza la que será la joven segunda víctima de la comunidad.

--«Madre: ¿puedo pedir a Dios -interroga ella, que se ha enterado- que me haga morir en lugar de Madre Alberto? Si ella sana podrá trabajar mucho todavía, mientras que mi muerte no será gran pérdida».

Aconsejada que lo dejara en manos de Dios, aceptó: «Sí, Madre; que se haga la voluntad de Dios». Y a los veinte minutos la madre Alberto causa baja. Lejos, la sospecha de que la tercera podía ser... la aldeana misionera de Force. Aunque, anunciando su pronta desaparición, recibió en plena lucidez la extremaunción y el viático solicitados. Administrados, el 25 de marzo, para tranquilizarla.

Literalmente a los cuatro días insinúa mejoría. Pero ella insistente: «Ya verá, Madre, cómo dentro de poco estaré con Jesús». Tuvo razón. Con el mes de abril volvieron la fiebre alta, los delirios, el fuego en los labios hinchados y agrietados... Hasta la pérdida total de fuerzas. Inmóvil, sin habla y sin posibilidad de tragar, gesticulando en demanda de la imposible comunión...

Tras una larga y dolorosa agonía de tres días, mediada la tarde del 7 de abril de 1905, «tranquila y serena [...] Sor María Assunta exhaló el último suspiro». Tronchados sus veintiséis hermosos años anhelantes de martirio... Acababa de morir la "Santa de los perfumes", como la conocen los chinos.

Sí; porque previamente la habitación súbitamente se quedó impregnada de un suave y desconocido aroma, «algo entre la fragancia de las violetas y la del incienso -recordarán cuantos la asistieron-, renovándose como por ligeras oleadas». Misteriosamente repetidas a lo largo de tres días sucesivos, alcanzando a toda la casa; ambientando particularmente las distintas celdas ocupadas por sor María Assunta y la ropa que la había vestido y abrigado durante su breve enfermedad...

Transcurridos ocho años, nuevamente sorpresa con motivo de la exhumación previa al traslado de los preciosos restos a la resucitada Misión de Tai-yuan-fu. El cadáver, maravillosamente, apareció íntegro, sin síntomas de descomposición. Pese a la destrucción total de la parte baja del féretro. La noticia llegó a Europa. Y, de inmediato, Pío X, con cuya bendición había partido hacia China, recomendó el inicio del proceso informativo de las virtudes de sor María Assunta Pallotta.

Diez años más tarde, en la primera intervención radiofónica pontificia, recién inaugurada Radio Vaticano, Pío XI elogiaría la heroicidad cristiana de la humilde aldeana de las Marcas:

«He aquí una pobre y humilde joven, hija de gente necesitada y modesta, primero campesina, después obrera en el más duro significado de la palabra, incansable trabajadora hasta su muerte, que, prevenida por la gracia divina y a ella generosamente cooperando, intuye y aprende, todavía niña, la difícil y sublime ciencia de los santos».

El 7 de noviembre de 1954 Pío XII la proclamó Beata. Es la primera misionera no mártir distinguida con el honor de los altares.

[Jacinto Peraire Ferrer, en Año cristiano. Abril. Madrid, BAC, 2003, pp. 148-157]

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