DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

13 de agosto
BEATO MARCOS DE AVIANO (1631-1699)
Textos de L'Osservatore Romano

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Sacerdote capuchino. Gran predicador, taumaturgo y legado pontificio en la cruzada de liberación de la dominación turca. Fue un contemplativo itinerante por los caminos de Europa, artífice de una vasta renovación espiritual a la vez que defensor de la libertad y de la unidad de la Europa cristiana gravemente amenazadas. Nació en Aviano (Italia) en 1631 y murió en Viena (Austria) en 1699. Lo beatificó Juan Pablo II en 2003.

Nació en Aviano (Údine, Italia) el 17 de noviembre de 1631 en el seno de una familia acomodada. Fue bautizado ese mismo día con el nombre de Carlo Domenico. Juntamente con sus diez hermanos, recibió en su pueblo natal una buena formación espiritual y cultural, que se perfeccionó en los años 1643-1647 en el colegio de los jesuitas de Gorizia. Allí amplió su cultura clásica y científica e intensificó su vida de piedad, participando en las congregaciones marianas.

El clima épico de guerra que se libraba por entonces entre la República de Venecia y el Imperio turco influyó decisivamente en la vida del joven Carlo. Impulsado por el deseo de dar su vida por la defensa de la fe, abandonó el colegio de Gorizia y se dirigió a Capodistria. Allí, agobiado por el hambre y las fatigas del viaje, llamó a la puerta del convento de los capuchinos. El superior, además de darle comida y alojamiento, le aconsejó que volviera cuanto antes a la casa de sus padres.

Durante la breve permanencia con los capuchinos de Capodistria, iluminado por la gracia, descubrió que podía realizar de modo diferente su vocación al apostolado y al martirio. Así, decidió abrazar la austera vida capuchina. En septiembre de 1648 entró en el noviciado de Conegliano y el 21 de noviembre de 1649 emitió la profesión religiosa con el nombre de Marco de Aviano. Después de los estudios de filosofía y teología, el 18 de septiembre de 1655 fue ordenado sacerdote en Chioggia.

Destacó por su intensa oración y por su fidelidad a la vida común, vivida en la humildad y el ocultamiento, y animada por el celo y la observancia de las reglas y constituciones de la Orden.

Desde el año 1664, en el que obtuvo el «carné de predicación», dedicó todas sus energías al apostolado de la palabra por toda Italia, principalmente en los tiempos fuertes de Cuaresma y Adviento. También desempeñó cargos de gobierno: en 1672 fue elegido superior del convento de Belluno, y en 1674 fue nombrado director de la fraternidad de Oderzo.

El 8 de septiembre de 1676, fue enviado a predicar al monasterio de San Prosdócimo, en Padua. Allí, por su oración y su bendición, se curó de instantáneamente la monja Vincenza Francesconi, que desde hacía trece años yacía enferma en cama. También en Venecia, un mes después, se verificaron acontecimientos extraordinarios parecidos, de forma que comenzó a difundirse por doquier su fama de santidad y cobró más crédito su predicación.

Sin turbarse por ello, prosiguió con sencillez su apostolado de la palabra. En especial, exhortaba a sus oyentes a incrementar su vida de fe y su vivencia cristiana, a arrepentirse de sus pecados y hacer penitencia.

La noticia de sus milagros y curaciones extraordinarias hizo que fuera cada vez más requerida su presencia, especialmente por reyes y soberanos. En sus últimos veinte años de vida tuvo que realizar, por obediencia a sus superiores de la Orden o a la Santa Sede, fatigosos viajes apostólicos por toda Europa.

Mantuvo una relación especial con el emperador Leopoldo I de Austria, a cuya corte tuvo que dirigirse catorce veces, sobre todo en los meses de verano. Participó activamente en la cruzada anti-turca en calidad de legado pontificio y de misionero apostólico. Contribuyó de manera decisiva a la liberación de Viena del asedio turco, el 12 de septiembre de 1683. De 1683 a 1689 tomó parte en las campañas militares de defensa y liberación de Buda, el 2 de septiembre de 1686, y de Belgrado, el 6 de septiembre de 1688. Favorecía la armonía dentro del ejército imperial, exhortaba a todos a una auténtica conducta cristiana y asistía espiritualmente a los soldados.

En los años siguientes realizó una gran actividad para restablecer la paz en Europa, sobre todo entre Francia y el Imperio, y para promover la unidad de las potencias católicas con vistas a la defensa de la fe, siempre amenazada por los turcos.

En mayo de 1699 emprendió su último viaje hacia la capital del Imperio. Su salud, ya frágil, se deterioró cada vez más, hasta el punto de que tuvo que interrumpir toda actividad. El 2 de agosto recibió en el convento la visita de la familia imperial y, a continuación, la de los más ilustres personajes de Viena. Diez días después, el nuncio apostólico le llevó personalmente la bendición apostólica del Papa Inocencio XII. Recibió los últimos sacramentos y renovó su profesión religiosa. Murió el 13 de agosto de 1699, apretando entre sus manos el crucifijo, asistido por sus augustos amigos el emperador Leopoldo y la emperatriz Eleonora. Lo beatificó Juan Pablo II el 27 de abril del año 2003.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 25-IV-03]

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Marcos de Aviano (1631-1699)

El Beato Marcos de Aviano nació en Aviano (Udine) el 17 de noviembre de 1631, del distinguido matrimonio formado por Marco Cristofori y Rosa Zanoni; en el bautismo se le impuso el nombre de Carlos Domingo. La primera instrucción la recibió de un preceptor particular, y a la edad conveniente sus padres lo confiaron al colegio de los jesuitas de Gorizia. El muchacho, de carácter tímido y soñador, se dejó llevar de su entusiasmo, y un día, a la vuelta de un paseo con sus compañeros, resultó que faltaba al pasar lista: se había escapado para ir a convertir a los Turcos. Después de dos días de caminata vino a llamar, agotado, a la puerta de los capuchinos de Capodistria. Aquella crisis de juventud desembocó en la vocación al claustro que Dios le proponía, y el 21 de noviembre de 1648 vistió el hábito en el noviciado de Conegliano, cambiando el nombre de bautismo por el de Marcos.

Tuvo que vencer dificultades; una de ellas el que los superiores no pensaban, en un primer momento, admitirlo a los estudios. La intuición de Fortunato de Cadore, más tarde ministro general, fue la que abrió al joven religioso el camino de la cultura, que para él no era nada fácil. Recibida la ordenación sacerdotal el 18 de septiembre de 1655, comenzó al punto, con sus miedos, el apostolado de la palabra. En 1670 fue nombrado superior del convento de Belluno, y dos años después del de Oderzo. El peso de la responsabilidad era un obstáculo para su profundo deseo de soledad y oración. Por ello los superiores, acogiendo su petición, lo trasladaron a Padua. Y allí ocurrió que un panegírico que por obediencia hubo de pronunciar el siervo de Dios, fue la revelación para el público de la docta ciudad, seguramente que no tanto por la elocuencia de la palabra, cuanto por un hecho prodigioso acaecido, la curación repentina de una enferma.

Desde aquel momento comenzó un intenso ritmo de vida que llevó a Marcos por los caminos no sólo de la región véneta sino por los de casi toda Europa. Aquellas predicaciones y viajes iban marcados por una creciente fama de taumaturgo. Las numerosas relaciones privadas y diplomáticas que conservamos ponderan esa potencia; alguna voz discordante la atribuye a sugestiones y al afán de crear escenas de fanatismo. Aparte del juicio de cada caso, que puede reclamar un desapasionado examen crítico, queda el hecho de que Marcos huía, en lo posible, de los honores y llevaba una vida austera y de profunda piedad. En sus intervenciones en favor de los necesitados y enfermos se servía de una particular fórmula de bendición, que se hizo famosa, y que creó escrúpulos a las autoridades eclesiásticas.

La fama transcendió más allá de los confines de Italia, y comenzaron a llegar llamadas a los superiores y al Papa para tener a un apóstol tan extraordinario. Realizó un primer viaje por Europa en 1680 visitando Tirol, Baviera, Salzburgo y otras ciudades de Austria. Fue luego a Linz, donde le esperaba el emperador; allí permaneció quince días y de esta manera comenzó aquella relación con Leopoldo I, que produjo notables efectos en la vida política del tiempo. El emperador, famoso en la historia por la larga duración de su reinado (47 años) y por su complejo carácter, encontró en el capuchino a su confidente y consejero, como lo demuestra la copiosa correspondencia que circuló entre ambos. De Viena Marcos se trasladó a Neuburg, donde obró un gran prodigio.

Vuelto a Venecia, en la primavera siguiente emprendió un nuevo viaje hacia Flandes, atravesando Francia. Con pretextos burocráticos, pero en realidad por motivos políticos, Luis XIV permitió al capuchino pasar por París; incluso, y esto de malas maneras, lo hizo acompañar hasta la frontera. Cumplida la misión en Flandes, cruzando de nuevo Alemania y Suiza, Marcos retornó a Italia, mas por breve tiempo. Solicitado por continuas instancias de parte del rey de España, el Papa quería que Marcos se hiciera presente en esta nación. Tendría que haberse embarcado en Génova, pero sufriendo de mareos, se le consiguió un salvoconducto para la Francia meridional, que Luis XIV denegó obstinadamente.

Los avatares del tiempo trajeron de nuevo a Marcos a Viena y lo prepararon para la gran empresa que caracteriza el segundo período de su vida: la lucha contra los Turcos. Éstos, en su formidable avanzada, habían llegado hasta Venecia, asediándola. Marcos, empujado por su celo y por las vivas recomendaciones de Inocencio XI, se llegó hasta el campo imperial, venció las resistencias, apaciguó las divergencias, animó a los soldados y sobre todo al valeroso Juan Sobieski, apelando con fe inquebrantable a la ayuda divina, y Viena fue liberada (1683). El Beato Marcos, escribiendo al Papa, atestiguaba que la liberación había acaecido «por milagro». Se habría podido sacar partido de la victoria, persiguiendo al enemigo en fuga y rescatando las otras ciudades invadidas, pero la persistente rivalidad entre los príncipes frustró aquella feliz ocasión. Marcos, a pesar de todo, continuó en su tarea de persuasión, llegando incluso a sugerir planos estratégicos.

Con aquella fuerza de voluntad y su prestigio logró ver la derrota definitiva del Islam en Europa con la batalla de Budapest (1684-1686), Neuhausel (1685), Mohacz (1687) y Belgrado (1688), hasta alcanzar la paz de Karlowitz (1689). En 1684 había conseguido que Venecia entrara en la Liga Santa y solía decir que, si hubiera podido hablar con Luis XIV, habría logrado convencerle. Terminada la campaña, el siervo de Dios volvió, incombustible, a sus tareas pastorales, interpelando a las conciencias, combatiendo el pecado, incitando a la paz y a la unión, huyendo de los manejos de la política oficial, resistiendo a las desconfianzas, que en alguna ocasión cayó bajo sospecha de parte de la misma diplomacia pontificia.

En 1669 emprendió un último viaje a Viena. «No puedo más -dijo-, pero el Papa lo manda». Se encontraba atacado de un tumor que lo iba consumiendo. El 23 de julio se acostó y el 13 de agosto murió, asistido por el emperador. Se le hicieron solemnes funerales, y su cuerpo encontró reposo definitivo, en 1703, en la cripta de los Capuchinos de Viena, junto a las tumbas imperiales. De él nos han quedado algunos pequeños tratados ascéticos, que en su tiempo tuvieron amplia difusión. El pintor polaco Matejko, en un cuadro conservado en la Pinacoteca Vaticana, lo ha representado a caballo, detrás de Juan Sobieski, en el triunfo que siguió a la liberación de Viena.

En 1891 se comenzó el proceso ordinario para la beatificación en Viena y Venecia, concluido en 1904. San Pío X en 1912 introdujo el proceso apostólico que se terminó en Viena y Venecia en 1920. La Positio histórica se preparó en 1966. En 1990 se presentó la Postulatio para el examen de las virtudes heroicas, examinadas y aprobadas en mayo de 1991. El milagro para la beatificación fue aprobado en abril del 2002. Juan Pablo II lo beatificó el 27 de abril del 2003.

[De la Curia General OFMCap]

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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación (27-IV-2003)

En una época y en un ambiente diversos de los del beato Santiago Alberione, resplandeció por su santidad el beato Marcos de Aviano, en cuya alma ardía el deseo de oración, de silencio y de adoración del misterio de Dios. Este contemplativo itinerante por los caminos de Europa fue artífice de una vasta renovación espiritual gracias a una intrépida predicación acompañada por numerosos prodigios. A este profeta desarmado de la misericordia divina las circunstancias lo llevaron a comprometerse activamente en la defensa de la libertad y de la unidad de la Europa cristiana. Al continente europeo, que se abre en estos años a nuevas perspectivas de cooperación, el beato Marcos de Aviano le recuerda que su unidad será más sólida si se basa en sus raíces cristianas comunes.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 2-V-03]

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la beatificación (28-IV-2003)

Saludo ahora a los queridos padres capuchinos y a cuantos exultan por la beatificación del padre Marcos de Aviano, en particular a los peregrinos que han venido de Austria, acompañados por el arzobispo de Viena, el cardenal Christoph Schönborn.

Marcos de Aviano es un ejemplo por su valiente acción apostólica, apreciada por todos, y por su oración, fiel a la más auténtica tradición franciscana y capuchina. Sus intervenciones en el campo social, siempre orientadas al bien de las almas, constituyen un estímulo también para los cristianos de hoy a defender y promover los valores evangélicos. Que el beato Marcos de Aviano proteja a Europa, para que construya su unidad sin descuidar sus raíces cristianas comunes.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 2-V-03]

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