DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

27 de julio
BEATA MARÍA MAGDALENA MARTINENGO
(1687-1737)

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Nació en Brescia el año 1687, de familia aristocrática, y pronto quedó huérfana de madre. Se educó en internados de monjas. A los dieciséis años su padre quiso que se integrara en la vida de sociedad, pero ella le manifestó que había decidido hacerse religiosa. Superadas las reticencias paternas, ingresó en las Capuchinas de Brescia a los dieciocho años. Pronto empezó a experimentar pruebas y tribulaciones interiores, que se sumaban a las humillaciones provenientes de la incomprensión de sus hermanas de hábito. Afrontó esos padecimientos uniéndose en espíritu a Cristo crucificado, profundizando en la humildad e intensificando la oración. Con el tiempo las monjas cambiaron de actitud hacia ella, la apreciaron cada vez más, y le confiaron los cargos de mayor responsabilidad: maestra de novicias y abadesa. Mujer de vida contemplativa y penitente, gozó de carismas extraordinarios. Dejó algunos escritos místicos. Murió el 27 de julio de 1737.

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BEATA MARÍA MAGDALENA DE MARTINENGO
por Prudencio de Salvatierra, o.f.m.cap.

¡La condesita de Martinengo!... Frágil belleza de pocos años, cutis de cera, hermosa y débil como una flor, inocente como un ángel. Su vida es un soplo, su voz un suspiro, y en sus cabellos el oro y la seda se disputaban la primacía.

No le pidáis a la condesita grandes proezas: es bella, pero no es valiente; más bien un poco asustadiza y ruborosa.

Su cabecita rubia es un nido de dolores; sus vestidos, con cruel elegancia, ocultan un pobre cuerpo enfermizo; su corazón palpita a saltos desiguales, como pajarillo prisionero. ¡Pobre Margarita, cuán cerca de tu cuna debe de estar tu sepulcro!

Nadie hubiera tenido valor para pronosticar otra cosa de aquella niña que parecía vivir de milagro. Pero dejemos correr unos pocos años, y llamemos a la puerta del convento de las capuchinas de Brescia; preguntemos por ella. Nos dirán que ni San Pedro de Alcántara -el hombre que parecía hecho de raíces de árboles-, ni los penitentes de la Tebaida, ni cuantos ascetas en el mundo han sido, pueden compararse, en rigores y penitencias, con la débil condesita de Martinengo; nos contarán su intrépida virtud, su amor ilimitado a Dios, su heroísmo perpetuo; y nos quedaremos admirados y perplejos, sin acertar con la causa de cambio tan radical. Pero las breves páginas de esta historia nos aclararán el misterio.

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Brescia, la patria de nuestra heroína, está en la parte norte de Italia, cerca del lago de Garda, a mitad de camino entre Milán y Verona. Ha puesto Dios tanta belleza en toda esa comarca, que más parece un ensueño que una realidad. No es extraño que salgan de allí espíritus superiores y delicados; también las almas reciben el sublime contagio de la belleza.

El conde Francisco Leopardo Martinengo de Barco tenía un palacio, donde vivía feliz con su joven esposa, la condesa de Secchi de Aragón, y con sus dos hijos varones de corta edad.

En 1687 vino al mundo el último vástago, una niña pálida y rubia que se llamó Margarita, como su madre. Nació moribunda, y tuvo que ser bautizada a toda prisa, en la misma casa. Era de una debilidad tan grande, que estuvo varios meses entre la vida y la muerte; en fin, Dios la libró de aquel riesgo, pero se llevó al cielo a la madre.

Margarita tuvo una infancia triste, sin conocer el amor ni las caricias de la que le había dado el ser, sintiendo a cada paso dolores y quebrantos corporales, hablando más con los médicos que con las muñecas.

A los cinco años, por disposición de su padre, la llevaron a la parroquia para suplir los ritos del bautismo; y en aquel día, Margarita cometió la primera falta, tal vez la única culpa de su vida, un pecadillo de vanidad, al verse, después de la ceremonia, pisando las mullidas alfombras de su palacio, entre las aclamaciones de amigos y parientes. Seguramente contempló, en los grandes espejos luminosos, la gracia de su andar, el oro de sus cabellos, la viveza de sus ojos y la elegancia de su vestido. Y la vanidad puso una sonrisa de coquetería en los labios de aquella criatura frágil y hermosa.

Pero luego le pareció tan grande su pecado, que hizo penitencia de él toda su vida.

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Para que adquiriese sólida educación cristiana, su padre la puso al cuidado de una religiosa ursulina, diestra en toda clase de trabajos femeninos y guía incomparable en las vías de la piedad. Margarita, que tenía la inteligencia muy viva y el corazón dócil y delicado, hizo rápidos progresos en la ciencia y en la virtud. Escuchaba a su maestra como a un oráculo, estudiaba con ahínco las lecciones, y en poco tiempo aprendió a escribir con elegante propiedad en las lenguas italiana y latina. Al mismo tiempo, su alma crecía en la virtud y en el amor a Dios; era mortificada en sus gustos, ferviente en la oración, y tan caritativa y dadivosa, que su padre tenía que cerrar todos los armarios de la casa, para que Margarita no diese a los pobres todo cuanto hallaba a las manos.

A los nueve años, la niña era un prodigio de hermosura, de bondad y de agudo encendimiento. Su padre la consideraba como una joya de subido valor, y notaba que Dios la protegía visiblemente. Un día, paseando padre e hija por el campo, en magnífica carroza, repentinamente cayó al suelo Margarita y el vehículo pasó sobre ella sin hacerle ningún daño. Muchos años más tarde, escribía ella que sintió en aquella ocasión como una mano poderosa que la levantó del suelo y la sacó del peligro; y atribuía aquel favor a la asistencia de su Ángel custodio.

Un año más tarde, Margarita fue a completar su educación científica y espiritual al monasterio de Santa María de los Angeles, bajo la tutela de dos tías suyas, religiosas de aquel convento. Su vida en aquel lugar de retiro fue descrita por ella misma en su autobiografía: «Me arrodillaba delante de la Divina Majestad, y tomando el crucifijo en las manos, lo besaba y estrechaba contra mi pecho, y le hablaba, ora implorándole perdón de mis pecados, ora pidiéndole su santo amor, o prometiéndole fidelidad, suplicándole que me crucificase consigo, ofreciéndome en holocausto perpetuo y renunciando a todas las cosas del mundo, para llenar de Dios todo mi corazón».

En este tiempo, comenzó a ejercitarse valientemente en las disciplinas, cilicios y ayunos, inventando cada día nuevos tormentos para unirse más a su Dios crucificado. Sentía ya, en tan temprana edad, que Dios la había colocado en la tierra para que entonara sin cansancio el himno del dolor, y su alma, pronta a las voces de Dios, comenzó a gozar las delicias amargas de la penitencia, acompañando a Cristo en su agonía y en su redención.

Todavía no había gustado el manjar divino de los sagrarios; pero ya tenía todos los incendios de las almas eucarísticas. Cuando las religiosas comulgaban, Margarita se ponía cerca de la reja del comulgatorio, y allí, con mirada anhelante, saltándole el corazón de sublime envidia, dirigía a Cristo calladas voces de amor y le decía que viniese pronto a su corazón, porque ya no podía resistir más esos deseos; pero después, considerando su indignidad y miseria, bajaba los ojos, y se retiraba avergonzada y llorosa, con el pálido rostro enrojecido de rubor.

Por fin, llegó el día de sus sueños eucarísticos. Margarita, vestida de blanco, con el alma en pleno incendio de amor, se acercó al Dios de los altares, creyendo que aquél iba a ser el momento más feliz de su existencia. Pero Jesús le reservaba una prueba terrible, cuyo recuerdo llenaría de amargura a la inocente niña todos los días de su vida. La Hostia sagrada apareció en las manos del sacerdote; ya se acerca Jesús al corazón que le ha esperado con tanta impaciencia. Margarita, en el colmo de la felicidad, no acierta a pensar en nada, tiembla, se estremece, saca la lengua y cierra los ojos... Un grito agudo se escapa inesperadamente de los labios de los presentes; la santa Hostia ha caído al suelo, sin tocar la lengua de la niña. Era la prueba de Dios, llena de significado profético: Margarita debía renunciar a todos los gustos, aun a los más santos, para conformarse perfectamente con su amado Jesús. Allí estaba Él, caído como en el camino del Calvario, esperando que un corazón amigo le ayudara a levantarse; y Margarita, con esa rapidez medio inconsciente de los niños, se postró con reverencia y tomó con la lengua la Hostia caída...

Y aquella primera comunión, que debía dejar un recuerdo de dicha en el alma pura de la inocente niña, dejó una impresión de angustia y de temor que no se borraría jamás. Desde entonces, siempre que se acercaba a la comunión, sentía toda la grandeza de Dios y toda la indignidad de sí misma, y nos cuenta que «un frío mortal invadía no sólo su alma, sino también todo su cuerpo».

Del convento de los Angeles, pasó al del Espíritu Santo, en su misma ciudad natal, y allí fue madurándose su virtud y se definió su porvenir con toda claridad. No le faltaron fuertes tentaciones que probaron su espíritu y aquilataron su santidad: imaginaciones impuras, desalientos y trastornos nerviosos, y tal desesperación que, como dice ella misma, «casi deseaba matarme para ir más pronto al infierno». Pero nunca permite Dios que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, y Margarita salió triunfante de todos aquellos terribles combates, fortalecida y animosa para nuevas tentaciones.

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La idea de consagrarse a Dios en la vida religiosa era lo único que le daba alientos y alegría; pero temía que el Señor no quisiera admitirla entre sus esposas. Sus tías, sus hermanos y su mismo padre no cesaban de atacarla en este punto, y le sugerían de continuo el pensamiento de un matrimonio ventajoso, le llevaban novelas de amor y vestidos riquísimos para despertar su entusiasmo por la vida del mundo. Margarita, inocentemente, leyó aquellos libros, se probó los vestidos; pero todo eso no hizo en ella más efecto que llenarla de remordimientos y de angustia, temiendo que el Señor la castigara por aquellas frivolidades.

Un día, delante del sagrario, llorando sus culpas, que ella creía enormes, sintió de repente la más absoluta paz interior, y conoció con clarísima luz que Dios la quería para sí y que debía emprender sin demora el camino del renunciamiento y del dolor.

Pero su vocación religiosa debió todavía hacer frente a toda clase de objeciones y obstáculos. Su padre, sus tías, y aun sus mismos confesores, se opusieron tenazmente a que vistiera el hábito de las capuchinas, intentando convencerla de que aquella vida de penitencia no era a propósito para una niña enfermiza y delicada, y que moriría muy pronto en aquel convento, húmedo y oscuro como una tumba.

Veamos cómo se expresa ella misma al referir tantas contrariedades: «¡Oh, Dios, qué gran cosa era ésta, que una hormiguita se mantuviese, constante en tantas batallas! Porque tanto el cielo como la tierra y el infierno parecían combatir contra mí. El cielo con arideces, abatimientos, desolaciones, de modo que me parecía que se había vuelto de bronce para no verme. La tierra me combatía con las riquezas que podía esperar casándome, con delicias y pasatiempos, con la vista de mis parientes y amigos, representándome la aspereza de la vida capuchina y comparándola con mi delicada salud; y otras mil tentaciones con que el demonio no cesaba de combatirme».

Su padre, que no podía sufrir el verse privado de su hija más querida, tentó todos los medios para hacerla desistir de sus propósitos. La llevó, en viaje de placer, por varias ciudades, la presentó en bailes y fiestas mundanas, la quiso aturdir con paseos y teatros; pero Margarita regresó a su casa como si no hubiera visto nada, sin sentir atracción por nada, con el pensamiento fijo en la voluntad de Dios que le llamaba al monasterio de las capuchinas.

Por fin, después de una lucha que hubiera desanimado a cualquiera, Margarita tomó el hábito tan ardientemente deseado, en el monasterio de Brescia, el día 8 de septiembre de 1705. Allí quedó encerrada para toda la vida la condesita de Martinengo, con su belleza aristocrática, con sus dieciocho primaveras, con su alma blanca y hermosa; dentro de los muros conventuales le esperaban treinta años de dolor que ella, con sublime abnegación, trocaría en treinta años de felicidad y de heroísmo.

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Ante todo, hagamos resaltar que Margarita no vistió el hábito capuchino por simpatía o por atracción, como sucede en casi todos los que sienten la vocación religiosa; sino por todo lo contrario. Ella hubiera preferido otro instituto cualquiera: la pobreza y el rigor capuchinos repugnaban a su naturaleza y a su educación; la hija de los condes de Martinengo no parecía muy a propósito para habitar en un convento donde todas las penurias y penitencias imaginables tenían su morada. Pero la voluntad de Dios, manifestada claramente a su alma, la hizo aceptar sin vacilaciones aquel género de vida que nunca le había gustado.

Apenas las puertas del monasterio se cerraron detrás de la joven, la cruz comenzó a ser su compañera inseparable. Le cambiaron de nombre y le pusieron otro que era un símbolo de dolores y de amor: María Magdalena. Nuestra santa, como la admirable penitente de Betania, no abandonará jamás a su Esposo crucificado, estará con Él en todas partes, seguirá sus pisadas sangrientas, beberá su cáliz amargo, y asistirá también a la gloria del triunfo y participará de las alegrías de la resurrección.

La Maestra de novicias fue para Magdalena un verdadero instrumento de tortura: se burlaba de sus virtudes y de su espíritu de mortificación, la injuriaba constantemente, la humillaba, con sospechas y juicios desfavorables. Sólo atendiendo a una permisión misteriosa de Dios, se puede explicar tanta incomprensión, tanta injusticia y falta de tino en aquella severa religiosa. Un día llegó a decir que, «si Sor Magdalena se quedaba en el convento, sería la ruina de toda la Orden».

El confesor de la comunidad era de la misma opinión: cada vez que Magdalena debía exponerle sus dudas de conciencia, se retiraba del confesonario envuelta en mil angustias y temores, creyendo que no había esperanza para su alma.

Y las otras religiosas también eran contrarias a la novicia; todas creían que se la debía expulsar inmediatamente.

Llegó el día de la votación secreta para admitir o rechazar a Magdalena en la comunidad. Se reunieron las religiosas para proceder a aquel acto decisivo; y Magdalena, sabiendo la importancia de aquella reunión, corrió a refugiarse en la iglesia y allí se puso íntegramente en las manos de Dios... No fue pequeña la sorpresa de las religiosas cuando, al hacer el recuento de los votos, vieron que todos, sin una sola excepción, eran favorables a la novicia. Algunas aseguraron que, al ir a depositar su voto adverso, habían sentido una fuerza irresistible que les movió a cambiar repentinamente de opinión. La voluntad de Dios se manifestaba claramente en aquel acto, y Magdalena hizo la profesión religiosa con una alegría que fácilmente podemos imaginar.

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Desde aquel día, la santa comenzó a ejercitarse en los trabajos más humildes y pesados. Sus manos de princesa se encallecieron; su rostro pálido se encendió de sanos colores. Pidió a Dios la robustez corporal, para poder mortificarse con inauditas penitencias y ser la sierva de todas las religiosas, y el Señor le concedió esa gracia con amplia largueza.

Un día, tocando la campana del coro, se le dislocó un hueso de la espalda, y Magdalena, lejos de quejarse o procurar la salud, aceptó aquella cruz con alegría, como un regalo precioso del cielo.

Tenía tan baja idea de su virtud, que estaba siempre como avergonzada, pensando que era indigna de vivir entre las esposas predilectas de Cristo. Y no le faltaban las ocasiones de humillarse: la Madre Abadesa la trataba con imperio, y a veces con burla; las otras religiosas la afrentaban de continuo, como a un ser inútil y despreciable; y ella reconocía que tenían razón, que no había en el mundo un ser más abominable ni más digno de castigo.

Durante seis años, la hija de los condes de Martinengo fue cocinera de la comunidad, y en aquel oficio se ejercitó en la humildad más profunda y en penitencias indecibles. Solía padecer una sed extraordinaria que se agravaba con los calores y con el humo de la cocina; pero ella abría la llave de agua fresca, acercaba sus labios abrasados al chorro que le prometía gustoso refrigerio, y antes de tocar el agua, se apartaba de allí rápidamente, como de un carbón encendido. Esa mortificación heroica le parecía el mejor modo de consolar a Cristo sediento en la cruz. La mayor parte de este tiempo, la santa cocinera no probó más alimentos que un poco de pan mojado en agua.

De la cocina pasó a otros oficios igualmente duros; más tarde, en 1723, fue elegida Maestra de novicias, cargo que desempeñó varias veces con gran aprovechamiento de sus dirigidas; y finalmente, tuvo que aceptar también el cargo de Abadesa, a pesar de su indecible repugnancia a todos los honores.

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Para formarnos una idea de la perfección de esta alma en todas las virtudes, bástenos recordar un famoso voto que hizo en 1712, y que es lo más sublime y encumbrado que se puede hallar en la vida de un santo. Dejemos la pluma a la misma Magdalena: «Para corresponder, Dios mío, a los deseos intensísimos que tengo de amaros... con plena deliberación y absoluta libertad..., yo, Sor María Magdalena, pobre e indigna capuchina, hago voto de obrar, pensar, hablar todo aquello que conozca claramente ser de mayor agrado a vuestra divina Majestad, amándoos y adorándoos sin cesar, conformándome en todo con vuestros adorables deseos, imitando cuanto pueda los santísimos ejemplos que me habéis dado..., mortificándome en todas las cosas, huyendo de todo consuelo, abrazando todos los dolores, negando perfectamente mi voluntad... Y porque temo que mi naturaleza quiera alguna vez desligarse de estas cadenas de oro, hago voto, oh Dios mío, de no procurarme ninguna dispensa de este voto».

Esta página admirable, en que se retrata toda la grandeza y hermosura de un alma excepcional, sufrió varios cambios y correcciones en su redacción, hasta que la fórmula definitiva quedó en su punto, después de algunas pruebas y ensayos. El cardenal Badoaro, que examinó la primera redacción de Magdalena, se quedó asombrado y mandó a la santa que la mitigase en varios conceptos excesivamente rigurosos. Podemos imaginarnos cómo sería aquella fórmula primera, en la que el amor hablaba con toda su grandiosa espontaneidad.

Este voto fue pronunciado por Magdalena en la noche de Navidad de 1712; y fue cumplido exactamente durante veinticinco años, hasta su muerte.

Pero nuestra heroína no se contentó con eso; en su deseo de entregarse totalmente a Dios, hizo otros votos no menos difíciles y extraordinarios. Uno de ellos fue el de la imitación de la pasión de Cristo, «renunciando a todo consuelo interno o externo, abrazando todos los sufrimientos de cuerpo y alma, para pasar la vida entera en penas y angustias, clavada con Cristo en la cruz y en unión de la Virgen Dolorosa».

Otro de aquellos votos, de espíritu genuinamente franciscano, fue el de querer bendecir a Dios en todas las criaturas, especialmente en las que le proporcionaban algún sufrimiento o molestia. «Me aprovecho de la tierra -escribe en su Autobiografía-, estando de rodillas sobre ella, durmiendo con una piedra por almohada, besando el polvo y regando el suelo de sangre con las disciplinas. Alabo a Dios en el agua, lavando trapos y vestidos, sufriendo el frío o el calor. Alabo a Dios en el fuego, quemándome de diversas maneras».

En suma, la santa capuchina agotó toda su imaginación para ofrecer a Dios nuevas y sublimes pruebas de amor, ofreciéndose como holocausto en el altar de su vida inmaculada y seráfica. Pidió cruces y más cruces, de alma y cuerpo, y el cielo, al darle el deseo de padecer, le dio también la fuerza necesaria para el sacrificio sin tregua.

Siendo Maestra de novicias, varias religiosas y el mismo confesor la acusaron ante el Vicario eclesiástico del convento, tratándola de hipócrita y de herética. Le prohibieron hablar con las novicias sobre asuntos espirituales. Esta prueba, que debió de ser terrible para Magdalena, terminó con el triunfo completo de la inocente víctima. Fue examinada por las autoridades diocesanas, reconocida como excelente directora de almas y repuesta en su oficio con todos los honores.

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No satisfecha con las penas que Dios le mandaba sin cesar, pasó toda su vida discurriendo extrañas y terribles penitencias que harían temblar a los mismos ascetas del yermo. Hubiera sido una temeridad imprudente martirizarse en esa forma, que sobrepasa los límites mismos del heroísmo -si es que el heroísmo puede tener límites-, prescindiendo de la voluntad clara de Dios; pero Magdalena fue inspirada por el cielo, y aceptó esa inspiración sin vacilar, como Cristo al entregarse a todos los dolores de la Redención decretados por el Eterno Padre. Ella explica sencillamente la razón de tanto padecer, escribiendo en su autobiografía: «Si no hubiera tenido las penas corporales para refrigerar o calmar el ardor del amor a Dios, me hubiera sido imposible soportarlo». ¡Qué palabras tan incomprensible para todos los que no aman como Magdalena!

Y sale valientemente al encuentro de todas las objeciones humanas contra la penitencia, diciendo que, si por la salud corporal se toleran muchas veces tormentos durísimos, como tajos, cauterios e incisiones, con mucha mayor razón se podrá hacer lo mismo por la salud del alma. Y siendo alimento propio del amor el sufrir por el amado, concluye animosamente: «Yo padeceré todo lo que pueda, para amar cuanto me sea posible».

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No crea el lector que esta formidable penitente era lo mismo en el trato con el prójimo. Siempre se observa el mismo fenómeno en los grandes ascetas cristianos: son todo mieles y suavidad para los demás, saben mejor que nadie ejercitar delicadamente los oficios de la caridad y de la misericordia. Magdalena, en su cargo de Maestra de novicias, tenía ternuras maternales con las jóvenes confiadas a su dirección, las animaba con amables consejos, las encendía en amor divino, y era la primera en prohibirles el ejercicio inmoderado de la mortificación. Estando en el oficio de tornera, daba a los pobres abundantes limosnas, les hablaba con alegre simpatía, y les aseguraba que ellos eran los amigos predilectos de Dios. Siendo Abadesa, fue para todas las religiosas un ejemplo admirable de la más perfecta caridad: a la cocinera le solía decir que se esmerase todo lo posible para presentar los alimentos limpios, variados y apetitosos; cuando había alguna monja enferma, ella misma la curaba y la acompañaba en todos los momentos libres y vigilaba la conducta de las hermanas enfermeras y hasta del mismo médico, no tolerando ninguna tardanza o poco cuidado. Al morir la santa superiora, toda la comunidad pudo afirmar que «la Madre Magdalena había desempeñado su oficio de Abadesa de una manera más divina que humana».

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Entre tantas perfecciones como ostenta el alma de nuestra Beata María Magdalena, la observancia de sus votos y de la vida religiosa llama la atención de manera singular. Su obediencia ciega a todos los mandatos, aun a los más inadecuados y duros, la hizo dueña absoluta de su voluntad: desconcertante paradoja de la vida espiritual que hace vencedoras a las almas cuando parece que son esclavas. Idéntico fenómeno sucede con la práctica de la pobreza evangélica, que nos despoja de todo afecto de bienes terrenos y nos hace poseedores de inmensos tesoros de virtud. Magdalena, al quitarse los ricos vestidos seculares, vistió alegremente el áspero saco capuchino y comenzó a gustar las delicias de la santa pobreza; jamás usó hábitos, velos, sandalias o libros nuevos y elegantes, sino lo más abyecto, lo que se desechaba por viejo o por inservible, y aun eso le parecía demasiado para una pobre capuchina. Al hablar de la pobreza seráfica a sus novicias, les decía que esa virtud era «el tesoro precioso, la perla inapreciable, su Señora, Reina y Emperatriz, la Esposa querida de Jesucristo, la Madre tierna dada a sus hijos por San Francisco y Santa Clara». En la castidad no conoció la más mínima falta: a los trece años, hizo voto de virginidad, y su vocación religiosa fue una gracia que pidió a Dios para mejor conservar la pureza de alma y cuerpo. Andaba siempre con los ojos bajos, aun en el mismo convento.

¡La oración de Magdalena! No hay en lenguaje humano palabras para describir su intensidad y sus efectos admirables. Nuestra santa vivió en perpetua oración, ya desfalleciendo de amor ante el sagrario, ya deshaciéndose en lágrimas de compasión hacia Cristo crucificado, ya conversando regaladamente con la Virgen Santísima que la visitaba y la llenaba de celestiales consuelos. En la oración hallaba el descanso del alma, el sabroso alimento del corazón, la alegría del amor, las comunicaciones y dones sobrenaturales de su Esposo divino. De su pobre y oscura celdilla, testigo de tantos prodigios, salía Magdalena transformada en un ser de otro mundo, con el rostro hermosísimo, con los ojos brillantes, con el corazón inquieto, absorta, ágil, embebida en dulzuras interiores y en misteriosos coloquios con su Dios.

Dos obras conocemos, escritas por la seráfica virgen capuchina: el Tratado de la Humildad, y la Autobiografía, ambas redactadas por mandato de sus confesores y directores. En el Tratado de la Humildad escribe: «Estas cosas me las ha enseñado Dios, sin estrépito de palabras, y yo he seguido sus enseñanzas; todo esto no lo he estudiado nunca, sino que lo he aprendido a los pies del crucifijo».

La ciencia infusa, el don de profecía y de milagros, la discreción y dirección de los espíritus, las visiones y éxtasis, todas las maravillas que la gracia de Dios suele hacer en las almas escogidas, tuvieron en Magdalena espléndida manifestación. Dícese que tuvo también en su cuerpo, aunque de ordinario invisibles, según sus deseos, las cinco llagas de Cristo, la corona de espinas y otras señales de la pasión.

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En la semana santa de 1737, le fue revelado que su muerte estaba próxima, y para prepararse, quiso celebrar todas las ceremonias de la pasión y muerte de Cristo con inusitada solemnidad.

El jueves santo, en su calidad de superiora, llamó a las religiosas, les lavó los pies y se los besó humildemente, haciendo un esfuerzo extraordinario para arrodillarse ante cada una de sus hijas, por los terribles dolores y debilidad que sentía. Les habló con sublime inspiración, recomendándoles la caridad y la observancia de la regla; pidió perdón de todas sus faltas; y tuvo que ser llevada a la enfermería en brazos de las religiosas que no podían reprimir los sollozos de inefable emoción.

Desde aquel momento, puede decirse que ya no vivió en la tierra. Al recibir los últimos sacramentos, renunció a su cargo de Abadesa, se entregó a profundas meditaciones y ya no habló más que breves palabras para expresar el gozo de morir y volar a Dios.

Su rostro adquirió una frescura infantil, sus ojos reflejaban la ingenua tranquilidad del alma pura, y en sus labios floreció una tenue sonrisa de felicidad. La muerte no pudo marchitar aquel semblante de serena belleza.

El 27 de julio de 1737, Magdalena Martinengo, la enamorada de Cristo, emprendió el vuelo triunfal hacia la gloria, premio de sus virtudes y penitencias y anhelo de toda su vida.

[Prudencio de Salvatierra, OFMCap, Beata María Magdalena de Martinengo, en Idem, Las grandes figuras capuchinas. Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 345-362].

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BEATA MARÍA MAGDALENA MARTINENGO
Las maravillas del Amor

por Francisco Javier Toppi, o.f.m.cap.

«No soporto los elogios dados a cualquier criatura por distinguirse en determinada virtud, por ejemplo, en la abstinencia o en la mansedumbre, o porque resplandezca en toda ella la humildad. Para mí será más santa el alma que supo vaciarse de sí misma, porque en ese vacío pudo entrar de lleno la santidad de Dios. ¡En verdad, Dios mío, tú solo eres santo! Tú haces los santos, Señor, destruyendo en nosotros cuanto puede ser obstáculo para que se infiltre en el alma tu santidad». Así escribía la beata María Magdalena Martinengo en su Tratado sobre la humildad, y ha sido un acierto él haber elegido este bellísimo fragmento, que ahora nos servirá de pauta, como lectura para la memoria litúrgica de la autora. [...]

ÉL LA AMÓ PRIMERO

La beata nació en Brescia el 4 de octubre de 1687; era la tercera descendiente, después de dos hijos varones, de Francisco Leopardo Martinengo, conde de Barco, y de Margarita, hija de los condes Sechi de Aragón. El parto fue dificilísimo; la madre quedó fatalmente amenazada y murió cinco meses después; la niña hubo de ser bautizada rápidamente en casa, por miedo a que muriese. Le fue impuesto el nombre de su madre, Margarita. Más tarde, el 21 de agosto de 1691, pudo ser llevada a la iglesia para completar las ceremonias del bautismo que faltaban. Mientras tanto, el 2 de enero de 1689 el conde Leopardo se volvía a casar, tomando como esposa a Elena Palazzi, que profesó a Margarita un verdadero afecto materno.

El año 1694, cuando Margarita tenía siete años, fue confiada para su primera formación intelectual y espiritual a la religiosa ursulina Isabel Marazzi, la cual consiguió, siguiendo la escuela de la gran conciudadana santa Ángela de Mérici, infundirle un convencido apego a la oración y al estudio. Margarita sacó notable provecho, instruyéndose desde aquel tiempo en el conocimiento de las letras italianas y del latín, de suerte que leía los autores clásicos y el breviario romano con gran dominio. Tenía verdadera pasión por la lectura, que con el pasar de los años le procuró una cultura fuera de lo común. Era de una generosidad particular, daba a los pobres cuanto tenía a mano, hasta el punto que, en su casa, se debía tener cerrado con llave el guardarropa, para evitar que lo vaciase.

Un día, llevada de paseo por su padre en un carricoche, se encabritaron los caballos y cayó debajo de las ruedas del carro. Debía haber quedado triturada, pero «el toque de una mano invisible rápidamente la recogió y la alejó del peligro», comentará más tarde. Vigilaba sobre ella el Amor que la había elegido para un diseño suyo inefable.

Según la costumbre de las familias nobles del tiempo, a los once años, en febrero de 1698, fue llevada al internado del monasterio agustino de Santa María de los Ángeles, donde estaban de religiosas dos tías maternas. Allí hizo la primera comunión, en la que sucedió un pequeño accidente que le quedó grabado por largo tiempo en su sensibilidad espiritual, a causa de una formación veteada de rigorismo jansenista. En el momento de la comunión, la sagrada hostia cayó al suelo, de donde ella la tomó con la lengua. «Creí entonces -escribe en su autobiografía- que el Señor sacramentado quería huir del alma sucia de pecados y nauseabunda a su infinita pureza... Se me inició desde entonces un cierto temor reverencial al acercarme a la santa comunión, y un frío mortal me invadía no sólo el alma, sino también todo el cuerpo». Pensó en reparar aquello que creía ser una situación de pecado, aumentando la dosis de mortificaciones, a las que se daba ya bajo el influjo de las vidas de santos que leía con avidez. La gracia obraba eficazmente, no obstante las limitaciones del ambiente, infundiéndole una atracción irresistible a la oración y a la intimidad con Jesús en el tabernáculo.

En agosto de 1699 pidió bruscamente a su padre salir de Santa María de los Ángeles y pasar al internado del monasterio benedictino del Espíritu Santo. No hizo misterio del motivo que la empujaba: las dos tías maternas le resultaban sofocantes.

Antes de entrar en el monasterio del Espíritu Santo, estuvo con la familia algunos meses y anduvo mientras tanto de vacaciones por los montes de la Lombardía, alrededor del lago Iseo. Tampoco aquí dejó de seguirla la acción de la gracia, que le infundió un atractivo sensible por la vida contemplativa. Ella recordaba más tarde que, «enamorada ante la vista de aquellos lugares silvestres y deshabitados, de aquellas grutas tan bellas, que parecía la llamasen a albergarse en la soledad, proyectó retirarse en oración, pero fue retenida por miedo a los lobos que infestaban aquellos parajes».

Comenzaba a vislumbrar la vocación a la clausura, que fue desarrollándose progresivamente y se impuso con fuerza irresistible en la elección de estado. Ya en Santa María de los Ángeles había aparecido un indicio: un día, junto a dos compañeras, intentó huir e irse «a un eremitorio para allí sufrir a su voluntad». No lo consiguió, porque «estaba bien cerrada con llave la puerta secreta del monasterio, de la que quería servirse para salir».

Teresa de Avila, a la misma edad, había intentado llegar a tierras de moros escapándose de los suyos y buscando el martirio. ¿Veleidad de adolescente? Tal vez sea más exacto pensar en signos de una elección gratuita del Señor, que se anunciaba predisponiendo psicológicamente a la criatura para su vocación.

LA CONDESITA NO NACE SANTA

En los primeros días del adviento del año 1699 entró en el monasterio del Espíritu Santo, donde había otras dos tías maternas que eran religiosas. Le pareció al principio que entraba «en un paraíso terrenal», pero no tardó mucho en invadirla una penosa aridez de espíritu que se prolongó por unos diez años. Tenía trece años cuando pidió a su confesor emitir el voto de virginidad.

En aquel tiempo fue asaltada de tentaciones de toda especie; invadieron su fantasía «abominables imágenes de cosas nefastas», se le inició un sentido «de pereza y de cansancio de las cosas de Dios»; sentía murmullos de palabras blasfemas, de odio contra el Señor, y llegó a tal desesperación que «casi deseba matarse para ir lo más pronto al infierno». Escribirá más tarde, mirando a este período de su vida: «La navecilla de mi alma, que en el mar de las delicias se encaminaba velozmente a Dios, entrando después en aquel mar de tentaciones, se quedó miserablemente anegada... ¡Oh Dios mío, a qué miserable estado llegó mi alma!». Las penas del espíritu repercutieron en el físico, e hicieron deteriorar visiblemente su organismo en la época del desarrollo.

Los confesores no acertaron a dirigirla adecuadamente y más bien contribuyeron a aumentar su turbación. Las tías religiosas la presionaban para que orientase su vida al matrimonio. Para colmo, vinieron sus hermanos a comunicarle que ya «todo estaba preparado para el matrimonio», y le dejaron libros y romances de amor. Era la primera vez que se le presentaban con su poder seductor las lecturas mundanas, y cayó miserablemente en la trampa. «Loca y ciega -escribió en su autobiografía-, me engolfé totalmente en ellos, que los leía día y noche. Ni aquí acabaron mis pecados. Fui pomposamente vestida, y yo, toda llena de soberbia, me vanagloriaba; mientras todas las monjas espirituales se alejaban de mí, y las otras, deseosas de mi casamiento, me alagaban».

La gracia, que la había preservado desde la infancia, no había eliminado la debilidad de la naturaleza. No había nacido santa, y debió saborear la humillación de la derrota. Pero intervino la misericordia del Señor y le hizo sentir, en la oración delante del sagrario, la llamada a la vida religiosa contemplativa. Precisamente en aquel tiempo, una compañera de internado entró en las capuchinas de Pavía y a ella, que antes había preferido «el manto blanco de las carmelitas al tosco sayal de las capuchinas», la virgen María le inspiró que se hiciese hija de santa Clara.

Escribió rápidamente a su padre para manifestarle su intención. Como era de preveer, desencadenó una tempestad tremenda. Comenzaron las tías, y siguió el confesor, a declarar que aquello «era sugestión diabólica, que la ponía en peligro de condenación eterna, siendo incapaz de elección alguna en el conflicto en que se encontraba, y que sería mejor desposarse».

Tenía 17 años, terminaba entonces la formación en el internado del monasterio del Espíritu Santo y por tanto volvió a la casa. Aquí los familiares recurrieron nada menos que a la consulta de tres renombrados teólogos para que estudiasen el caso y se pronunciasen sobre el mismo. La sentencia fue que efectivamente no se trataba «de una vocación divina, sino de un peligro manifiesto».

Margarita objetó que, «para asegurarse de su vocación, le bastaba a ella leer el Evangelio, les daba las gracias y declaraba que se abandonaría en los brazos de Dios, para que la gobernase a placer... y que por ello la dejasen en libertad, y no la inquietasen más sobre aquellos propósitos». Mientras tanto, pasando a los hechos, se presentaba en las capuchinas de Brescia, siendo aceptada y enviada, según la costumbre de entonces, a pasar la cuaresma en el colegio Maggi, dirigido por las ursulinas, para prepararse a la toma de hábito junto con otras tres postulantes.

Después de pascua, el padre, con el pretexto de acompañarla a saludar a un tío en Venecia antes de entrar en clausura, le preparó un viaje por varias ciudades de Italia, con la finalidad de distraerla y apartarla de su vocación. Fue el último intento, y poco faltó para conseguirlo.

En Venecia, el tío le hizo frecuentar la casa de un senador de la República y organizó los encuentros de tal modo que un hijo de éste se enamoró de ella pidiéndole la mano. En aquel momento la condesita, con dieciocho años, experimentó una vez más que era «más voluble que el viento, más ligera que una rama». Una tarde se retiró a su habitación y se dispuso a extender una nota dirigida a su padre para comunicarle que accedía ya a las reiteradas propuestas matrimoniales. Entró en aquel momento una de sus doncellas, que la conocía desde pequeña, y le preguntó qué estaba escribiendo. Margarita le confió que pensaba desposarse con el hijo del senador. Entonces, la sabia y cariñosa sirvienta le pidió que aplazara el envío de la comunicación a su padre y que se la mandara a la mañana siguiente, después de haber pedido luz al Señor en la oración. De nuevo, Aquel que la había elegido gratuitamente por un diseño de su amor, intervino con el poder de su gracia y transformó radicalmente su estado de ánimo, confirmándola en el propósito de hacerse religiosa. Pasó la noche delante del crucifijo; por la mañana estaba decidida, y se lo comunicó al padre en términos que no admitían réplica.

El 14 de agosto estaba de regreso en Brescia. Siguió un curso de ejercicios espirituales en el colegio de las ursulinas, y el 8 de septiembre de 1705 tomaba el hábito religioso entre las monjas capuchinas de Santa María de las Nieves, en Brescia, cambiando el nombre de Margarita por el de María Magdalena.

En el momento de entrar en el monasterio, después de la extenuante tensión del adiós familiar, tuvo que experimentar todavía un temblor de su naturaleza sensible, al despedirse de su amiga íntima la condesa Paola Avogadro. Lo describe del siguiente modo en su autobiografía: «¡Oh Dios!, qué perturbaciones eran las mías. Habiendo entrado una a una las tres compañeras, entré también yo en cuarto lugar; y por ser la última en entrar fui estrechamente abrazada por una dama, que pienso la instigase el demonio para abrazarme; di aquel paso con tanta violencia, que creo no será más grande aquel cuando se separe el alma del cuerpo». Al renunciar a los afectos más queridos, sintió un desgarrón como si fuese a morir; pero eligió seguir su vocación con la voluntad decidida de amar al Señor a costa de cualquier sacrificio. Quiso ser capuchina, escribirá ella, no por el pundonor de cumplir lo que había dicho, como insinuaban los parientes y repetían los teólogos consultados, sino para amar a Dios con todo el corazón, pues estaba absolutamente segura de ser esa la voluntad de Dios, al que únicamente deseaba agradar. Antes que el prestigio de la propia familia, eligió pertenecer a Dios.

NO QUIERO MORIR

En el monasterio le esperaba la cruz, con pruebas terribles de escrúpulos y de arideces espirituales. El confesor le podía ayudar poco o nada.

A estas molestias, escribe María Magdalena en su autobiografía, se añadía la de una maestra de novicias que, si bien era santa, era demasiado austera; y no le inspiraba confianza la novicia, y no la entendía. Y es que la maestra no sabía todo lo que pasaba dentro de su novicia, y las continuas batallas que en tan infeliz estado sostenía. De hecho, a la comunidad reunida para la primera votación sobre la idoneidad de la novicia, la maestra declaró categóricamente que, «si sor Magdalena era admitida a la profesión, sería la ruina de la Orden». En una situación tan crítica e inapelable, no había para la pobre novicia otro refugio que la oración. Contrariamente a lo acostumbrado, las monjas llamadas a votar rechazaron el parecer de la maestra y de manera unánime votaron a favor de la novicia. La maestra fue sustituida por otra más comprensiva. Al año exacto de la toma de hábito, el 8 de septiembre de 1706, sor María Magdalena emitía la profesión religiosa.

No acabaron con esto las pruebas interiores. Los escrúpulos, las tentaciones, las noches obscuras del espíritu continuaron y alcanzaron el culmen de la desesperación. En 1708 dio los ejercicios espirituales en el monasterio un padre jesuita, el cual, siguiendo un estilo de tipo jansenista, habló de la justicia divina en tono apocalíptico como para asustar e incluso humillar físicamente a la escrupulosa y ya atormentada sor Magdalena. En la escucha de aquellas predicaciones amenazadoras no resistió por mucho tiempo: cayó desvanecida en medio del coro, fue asaltada de fiebres altísimas y debió alojarse en la enfermería. No obstante el cuidado de los mejores médicos, no hubo remedio a sus males y llegó a una situación límite. Llamado el obispo, el cardenal Juan Badoero, para una bendición «in articulo mortis», éste, creyendo consolarla, le dijo: «Ánimo ¡hija querida! Dentro de pocas horas andarás a gozar de vuestro celeste esposo». Pero cual no fue su estupor al sentir responder con tono seco: «¡No, no quiero morir!».

Cuando, después de algunos días, la enferma salió del peligro, el prelado le envió al padre Contarini, jesuita, preparado y experto en los caminos del espíritu, para que la escuchase y tratase de ayudarla. Se vino a saber así que su drástico «no quiero morir» había estado provocado por el miedo del juicio divino, exasperada por el incauto predicador con sus fulminantes amenazas fuera de lugar. Los consejos iluminados del padre Contarini disiparon el equívoco fatal y el Señor le puso su sello. Se le mostró, en efecto, en una visión interior como el gran sacerdote que absuelve, susurrándole al corazón: «Hija, he aquí mi pleno perdón de toda tu culpa».

EL CAMINO DEL AMOR

La sierva de Dios experimentó en su piel la aspereza del rigorismo jansenista, pero consiguió superarlo con la docilidad a las equilibradas directrices de quien supo comunicarle el pensamiento auténtico de la Iglesia. Se abandonó con confianza filial al Padre de las misericordias, dejándose introducir por el espíritu de amor en la intimidad de la vida trinitaria, a través de una intensa experiencia de oración.

Ya en el monasterio del Espíritu Santo había pedido que se le enseñase un método de oración; le fue dado, pero en vano. Tenía un maestro que se reservaba él la iniciativa.

Para conocer el itinerario espiritual de María Magdalena, es fundamental seguir el camino que recorre desde el principio y que la llevó de la oración afectiva a la contemplación infusa. Lo describe así en la autobiografía: «Continué mi método de hablar con Dios..., así el Señor por su infinita bondad me correspondía internamente con palabras dulcísimas. Hablándole le decía: "Os amo, mi Dios; os adoro, mi bien". Y diciendo de este modo, ponía la cabeza pegada al suelo y rápidamente el Señor desde la intimidad del corazón me respondía: "Querida hija, tú me amas, pero yo sin comparación te amo más". Si le decía: "Señor, tomad mi corazón que yo no lo quiero más", Él, agradeciendo este ofrecimiento, me parecía que, quitándome el corazón, me pusiese el suyo todo inflamado en amor; y yo, no pudiéndolo sufrir así encendido e inflamado, me desmayaba por el ardor que suavemente me consumía...».

En este tipo de oración está ya configurado, en sus líneas esenciales, el camino del amor que a lo largo de su existencia desarrollará en experiencias místicas extraordinarias, como éxtasis, visiones, intercambios de corazones y desposorios con el Señor, celebrados en la liturgia del cielo. Aquello que va siempre puntualizado es la intervención determinante del Señor, que toma la iniciativa y lleva a la criatura dócil a vibrar en sintonía con el toque del espíritu de amor.

Sor María Magdalena es consciente de ello y declara: «Mi oración es más obra de Dios que mía, siendo Él el principal agente de esta alma, obrando más a la manera divina que a la humana». Describe después del siguiente modo su respuesta de amor: «Me hincaba delante de la divina majestad, y tomando el crucifijo en la mano lo besaba estrechándolo hacia mi pecho ya hablándole, ya pidiéndole perdón de mis pecados, o bien solicitándole su santo amor, o bien prometiéndole fidelidad y suplicándole que me crucificara toda con Él, o bien ofreciéndome toda en holocausto perpetuo y renunciando con total desprendimiento a todas las cosas del mundo, como para ocupar todo mi corazón, creado únicamente para servir y amar sólo a su Creador».

Hija auténtica del serafín de Asís, sor María Magdalena se dejó cautivar no sólo por la cruz, sino también por la Eucaristía. Pasar horas y horas ante el tabernáculo, era para ella una necesidad: «Era tan grande -escribe- la correspondencia de amor con el divino amor sacramentado, que el día en que comulgaba me parecía vivir toda fuera de mí y transformada en amor... Le decía con frecuencia: Señor mío, renunciaría a los esplendores de vuestra gloria, donde íntimamente saciáis a los santos, para poder vivir siempre a los pies de vuestro altar, adorándoos en los escondites de la fe, de la misma manera que entre los esplendores de la gloria».

Señalaba al máximo de esta disponibilidad en el hecho de preferir la adoración en la fe al esplendor de la visión beatífica. Es una orientación constante de su teología espiritual, anclada en la palabra de Dios, experimentada con pruebas hirientes de las noches de los sentidos y del espíritu. Sobre la estela de la más genuina tradición franciscana, María Magdalena traza un itinerario del alma a Dios, empedrado de cruces, iluminado de seráfico ardor. Escribe páginas estupendas, en las que ofrece una riqueza admirable de enseñanzas con un lenguaje espontáneo, humilde y noble, nacido siempre de una experiencia vivida en Dios. Es un verdadero tesoro de celeste sabiduría que, desgraciadamente, por negligencia de quienes la siguieron, ha quedado en gran parte sepultado en los archivos.

EL AMOR VIVE DE EXCESOS

Era ésta una de sus máximas, que repetía con mucho gusto para llevar a la contemplación de las locuras del amor de Dios, e insinuar la respuesta que la criatura debía dar. Al exceso de un Dios muerto en la cruz, era necesario responder, según ella, con un exceso de mortificaciones, pero cuyo contenido debía ser el amor, y la forma, igualmente, un juego de amor.

Tenía poco más de diez años cuando, en el monasterio de Santa María de los Ángeles, daba a las compañeras internas un espectáculo curioso y significativo. Con el pretexto del calor, a veces se descalzaba y bromeando corría con los pies desnudos entre los escombros, las ortigas y espinas, hasta ensangrentarse los pies y las piernas. A continuación concluía con una llamada clara a la lectura de la vida de los santos, diciendo con agradable desenvoltura: «Por amor de Dios se hace así».

En el monasterio de Santa María de las Nieves, donde la mortificación era personal, pudo dar pleno desahogo a su sed insaciable de penitencia. No es posible hoy relatar el elenco interminable de sus increíbles mortificaciones sin quedar desconcertado. Queremos saltarlos a pies juntillas, para ahorrar al lector una instintiva reacción de horror. Ya en el proceso de beatificación, el promotor de la fe tuvo que exclamar, al ver desfilar delante de sí los instrumentos penitenciales de la sierva de Dios: «In his recensendis horrescit animus!», al hacer la relación de los mismos queda uno horrorizado. Estamos en el límite extremo, casi alucinante, de un amor que quiere manifestarse a toda costa con exageración.

Para hacer menos incomprensibles tales exageraciones, debe precisarse que las mismas no le impidieron jamás atender al cumplimiento de sus deberes y oficios, y que siempre tuvo el permiso expreso de los confesores, los cuales le reconocieron una singular vocación y un carisma extraordinario de penitente heroica.

De esto no hay que deducir que ella no sintiese el peso de las mortificaciones, todo lo contrario. Veamos, en efecto, cómo se desahogaba en un momento de soledad y de incomprensión: «Y se creen los confesores que esto procede por tener yo una naturaleza fuerte como de hierro y que no siento los sufrimientos. Pero no es verdad, porque cuando el Señor se esconde, bien siento yo qué naturaleza tengo y cada picada de pulga alza en mi carne una ampolla. ¿Qué diré, pues, de tantas disciplinas y cilicios? Es tan fuerte alguna vez el tormento que siento en todo mi cuerpo que, si Dios no me diese un auxilio especial, sé que no podría sufrirlo y me arrastraría por tierra como una serpiente».

Era, por tanto, el Señor quien le daba la fuerza, pero ella aceptaba el sufrimiento satisfaciendo con su persona. Era por puro amor; amor que le arrancó el slogan: «En las cosas más arduas es necesario obrar a lo heroico».

Para «obrar a lo heroico» y mantenerse en una tensión constante en el radicalismo del amor, multiplicó los votos privados, que añadió a los públicos, emitidos en la profesión religiosa. Su anhelo irrefrenable hacia el amor infinito superó todo obstáculo; bastaba que sintiese un impulso interior hacia una propuesta de empeño particular más intenso, para secundarlo inmediatamente, ligándose a él con voto. La única condición impuesta era tener el consentimiento de los confesores.

En la Navidad del 1712, con el sabio consejo del obispo-cardenal Badoero, emitió el voto de hacer siempre aquello que pareciese ser lo más perfecto y más agradable a Dios, voto ya emitido por Teresa de Avila y que Gregorio XV, al canonizarla, alababa como «magnánimo, inaudito y extremadamente arduo».

María Magdalena añadió el voto de tender a la santidad «en todos sus pensamientos, palabras y obras, sin tregua, hasta la muerte, de noche y de día, con suma atención, en todo momento, sin descanso, de modo que su vida llegase a ser un continuo entretenimiento con Dios, que es vida, centro, verdadero reposo, sin jamás, si fuese posible, separarse de Él».

Alimentó su ardor loco por la penitencia con el voto de imitar la pasión de Jesucristo, «con la renuncia de todo consuelo interno y externo y con el abrazar todo sufrimiento también interno y externo para terminar la vida siempre en las penas y angustias, clavada con Cristo en la cruz y en unión de la Virgen dolorosa».

La lista no finaliza aquí: emitió hasta dieciséis votos. Nos encontramos sin duda ante un caso singular y, digamos también, ante un típico montaje barroco del siglo XVIII en clave espiritual. Hija de su tiempo, supo vivir con ágil libertad en este tinglado, para nosotros enmarañado y agobiante de votos y ataduras sin dejar respiro. Para ella no eran impedimentos, sino «vínculos de oro, vínculos de amor, que ligándome al omnipotente y amorosísimo Señor -escribía- me sirven de alas para volar a su seno, lejos de todo lo creado y también de mí misma, porque cuanto más disminuyo con la continua mortificación y muero a mí misma, tanto más me siento ligera y veloz para volar a Dios... Por consiguiente, vivo en sus divinos brazos, y siempre viviré alegre y contenta, pero al mismo tiempo mártir dolorosa por causa del amor, siendo Él solo el que me hace gozar y languidecer, penar y gustar su bondad, incluso en medio de mis infidelidades».

AMÓ CON LAS OBRAS HASTA LA MUERTE

La sierva de Dios no se encerró en su castillo interior de contemplación y de penitencias, sino que se abrió generosamente al servicio del prójimo con obras virtuosas de abnegación y caridad.

Escudriñando en sus escritos, leemos entre otras cosas: «Dios no recibe con agrado aquella oración que no está acompañada de nuestra perfección. Y creedme que vale más un sólo acto de virtud, que todos los rosarios que podáis jamás rezar... ¿A quién favorece hacer oración, si al salir de ella no fuésemos mortificados, pacientes, humildes, caritativos, amantes del silencio, deseosos de sufrir y de asumir cualquier trabajo para aliviar a las otras, sin excusarnos por las reprensiones, aun en el caso que fuésemos inocentes?».

Sin proponérselo, sor María Magdalena traza aquí su autorretrato espiritual: una contemplativa que da autenticidad a la oración con una ascesis exigente y un incesante servicio al prójimo. Quien la acusó de quietista, ignoraba del todo su vida y el meollo de su doctrina espiritual. Y verdaderamente María Magdalena, señora toda de una pieza, tuvo que sufrir incluso la afrenta de ser acusada de herejía, «engañada, ilusa de espíritu, toda una mentira». En el monasterio no faltaba el sentimiento de la humana debilidad; hubo cuatro monjas que se le opusieron hasta la muerte e, incluso, más allá de la misma muerte; hubo un confesor, Antonio Sandro, desde 1728 a 1731, que quemó como heréticos sus escritos, y un vicario que le prohibió hablar de cosas espirituales con sus ex novicias. Ella soportó todo en silencio, esperando humildemente y pacientemente que pasase la tempestad. Ni siquiera es necesario decir que fuese insensible; se la ve temblar, como una caña batida por el viento, con sólo sentir nombrar a dicho confesor.

En los treinta y dos años de clausura, pasó por todos los cargos existentes en el monasterio: fue cocinera, recadera, hortelana, hornera, barrendera, guardarropas, lavandera, lanera, zapatera, cantinera, secretaria, bordadora, ayudante de sacristana, maestra de novicias, portera, vicaria, abadesa.

Perteneciente a una de las familias más nobles de Brescia, ingresa en el monasterio «no para enseñorearse, ni dominar, sino más bien para estar sujeta a todas, y esto con perseverancia hasta la muerte, a ejemplo de Jesucristo». De novicia la mandaron a cavar en el huerto bajo el ardiente sol; de neoprofesa fue asignada como fregona en la cocina. Con toda simplicidad confiesa que, «no acostumbrada a los trabajos de la vida en religión, al hacer todo aquello tanto me sofocaba, que me convertía como en un fuego, y a veces, estos trabajos me eran tan grandes, que me parecía como que se me dislocasen los huesos».

Un día, tocando la campana, se le dislocó literalmente un hueso del hombro. Acudió en su socorro una religiosa, se llamó al médico y «fue encontrado un hueso más fuera de su sitio que los otros, que no se consiguió ajustarlo, y ella permaneció tan contenta, viendo su mal sin remedio, ni consuelo alguno».

Sin haber estado nunca encargada del oficio de enfermera, lo ejerció espontáneamente, de manera especial cuando fue maestra y abadesa, en los servicios más humildes y pesados, «durmiendo de noche en tierra entre los lechos de las enfermas para servirles más prontamente en sus necesidades, siendo del parecer que las enfermeras deben dar un adiós al propio cuerpo, no escuchando las propias pequeñas incomodidades en sus responsables trabajos, porque en la enfermería no debe haber otra cosa que pura caridad».

Se encontraba en su salsa en los servicios más humildes y pesados: había sustituido el título de condesa por aquel evangélicamente más prestigioso de «criada del monasterio», y lo era de hecho. En 1731 escribió al papa para que pusiese el veto a su elección para cargos importantes; pero la petición fue bloqueada por el confesor. Fue elegida abadesa en 1732, y se sirvió de este cargo sobre todo para ejercitar su espíritu de servicio y caridad. Había escrito en una deliciosa obrita titulada Luz para los superiores: «El superior no sólo debe tener caridad, sino darla a conocer de hecho a sus súbditos que han de tenerla y con pasión».

Una pobre religiosa, a causa de una gangrena avanzada, estuvo diez días en coma; quiso permanecer a su cabecera noche y día, y liberó a las encargadas para responsabilizarse ella.

Tenía una compasión más que materna por las enfermas y pedía a veces al Señor que las librara de sus sufrimientos pasándoselos a ella. Sucedió así con el mal de oídos de sor María Felice, con un convulsivo dolor de dientes de sor María Ángela, con una artrosis cervical de sor María Isabel, con una llaga en la rodilla de sor María Celeste.

Para su ciudad natal, amenazada de peste, obtuvo que se alejara el azote, ofreciéndose como víctima e intensificando las penitencias. Como san Pablo que llega a desear ser anatema de Cristo en favor de los hebreos, sor María Magdalena se ofreció «a ir al infierno para conseguir a los pecadores la salvación eterna». Y no fue éste un ofrecimiento veleidoso, sino la expresión suprema de una vida inmolada, crucificada a una penitencia heroica por amor de Dios y del prójimo.

Y LLEGÓ LA HERMANA MUERTE

Ingresó en la enfermería en octubre de 1734. Y en este desbordamiento de caridad se fue consumando hasta el final.

El jueves santo de 1737, no obstante estar al final de sus fuerzas, quiso repetir el gesto del Señor: como abadesa lavó los pies de las hermanas y después, permaneciendo de rodillas, les dirigió una fervorosa exhortación a la humildad y al amor mutuo.

La salud ya no le respondía y, después de pascua, puso en manos de la vicaria el gobierno del monasterio. Un cúmulo indescriptible de males la iba llevando al encuentro de la «hermana muerte».

El ocaso fue rápido y sereno. Cuando supo que el final era inminente, tuvo un arranque de gozo y, toda festiva, vuelta a las hermanas que la rodeaban, dijo: «¡Oh madres, moriré también una vez, moriré!». Y para que contuviesen las lágrimas, con afectuosa ternura, les dio a comer unas moras que tenía delante.

Rezaba en voz baja, usando versículos bíblicos en latín. Se la oyó bisbisear: «¡Voy, voy Señor!», y fue al encuentro del esposo que la invitaba, manifestándole su rostro reverberado de cielo.

Era el 27 de julio de 1737; iba a cumplir 32 años de vida religiosa y 50 años de edad.

En el cuadro al óleo, obra del célebre pintor A. Paglia que la retrató después de la muerte, fue puesta la leyenda sugerida por su confesor: «Retrato del amor de Dios, de la paciencia, de la penitencia».

Fue beatificada por León XIII el 3 de junio de 1900.

Por obediencia a los confesores María Magdalena redactó numerosas relaciones y escritos. Parte de los autógrafos, si bien incompletos, se encuentra en el archivo de la parroquia del Sagrado Corazón de Brescia, y son precisamente: L'autobiografia, 43 pp.; Tratto sull'umiltà, 28 pp.; Massime spirituali, 98 pp.; Spiegazione delle costituzioni cappuccine, 132 pp. En el archivo episcopal de Brescia hay un voluminoso manuscrito, que tiene la copia de la mayor parte de las relaciones espirituales y obras de sor María Magdalena Martinengo. En el mismo archivo existe otro manuscrito que contiene una colección de cartas y de notas de sor María Magdalena, escritas a diversas personas. Existen otras copias manuscritas de las obras de sor María Magdalena. Falta una edición crítica de sus escritos.

[Extraído de Francisco Javier Toppi, O.F.M.Cap., Beata María Magdalena Martinengo, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo II. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1997, págs. 1-18].

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