DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de octubre

San Pedro de Alcántara (1499-1562)

Penitente y contemplativo
por Baldomero J. Duque

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Las notas típicas de este profeta entre profetas nos las recuerda la oración litúrgica de su fiesta: admirable penitencia y altísima contemplación. La una sin la otra no se explicarían en el concreto existencial de su vida. Es verdad que la que más le caracteriza es la primera. Pero esa su ascética extremosa sería imposible sin una vida mística también llameante. Y esas impresionantes virtudes quedaron monumentalizadas en dos realidades que fueron su reforma franciscana y su Tratado de la Oración y Meditación.

En la familia franciscana las ramas y reformas han proliferado abundosamente. El origen estuvo en la poca afición legislativa del Santo Fundador, lo cual dio ocasión a que se multiplicasen las interpretaciones de sus reglas y de su testamento. En tiempos de San Pedro el «capítulo generalísimo» de 1517 en Roma consagró la gran división entre los «conventuales» y los «observantes». Pero dentro de esa gran división se siguieron dando reformas y reformas de reformas incesantemente. San Pedro de Alcántara no crea una nueva reforma, sino que vive en la reforma de Extremadura (de la Observancia) para terminar acogiéndose a la reforma de la custodia gallega de San Simón (de fray Juan Pascual y que pertenecía sin embargo a la Conventualidad). Él la hace provincia y la consolida y extiende, de tal modo que luego, bajo la Observancia, se hace una de las ramas más importantes del franciscanismo, llegando con sus frailes a llenar España, Italia, América, Filipinas, Japón..., cuajada de mártires y santos, hasta el extremo de figurar la imagen de nuestro santo entre las estatuas de fundadores de la basílica vaticana, y a haber generales de toda la Observancia tomados de entre los descalzos alcantarinos.

Pero frente a la estatua de San Pedro está también la de Santa Teresa, que es una llamada a la importancia de la contemplación en la Iglesia. Sabido es que a San Pedro se le puede llamar cofundador de la reforma carmelitana de Santa Teresa. Tanto le ayudó a ella personalmente y a que se pudiera poner en marcha el conventito de San José de Avila, primera casa de aquélla.

Y es que San Pedro es el santo de la oración y de la contemplación. Él es un hito egregio dentro del grupo de los llamados «recogidos» frente a los «dejados», espirituales ya no exactos. Su Tratado, émulo del libro sobre el mismo tema del padre Luis de Granada, ha hecho furor y además invita a tender a las cumbres de la vida espiritual, de la vida mística, más que el de fray Luis. El Tratado alcantarino ha tenido cientos de ediciones y traducciones, y sigue siendo actual en nuestros días. Medítese entre otros textos el aviso octavo con que se cierra la primera parte del mismo.

Penitente y contemplativo... admirable y altísimo. Un cedro singular en aquel efervescente momento en que la «furia» española, bajo todos los aspectos de la espiritualidad cristiana y de la cultura profana, se elevó más alto. En esa historia ocupa un lugar de primera importancia San Pedro de Alcántara. Hasta puede ser la figura más representativa en conjunto de la misma.

Baldomero Jiménez Duque,
San Pedro de Alcántara, penitente y contemplativo,
en Santuario (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 31-32.

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