DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de octubre

San Pedro de Alcántara (1499-1562)

Maestro espiritual
por Julio Herranz, o.f.m.

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Para comprender a Pedro de Alcántara es necesario no aislarlo del contexto histórico, sociocultural y eclesial en el que vive su aventura humana y espiritual, sin que por ello este contexto sea razón suficiente de aquélla. Por lo que a nuestro caso se refiere, es de interés tener presentes algunos datos más importantes:

— La Iglesia que ve nacer a Pedro de Alcántara siente correr por todo su cuerpo anhelos de reforma. Los hombres más inquietos y espiritualmente más equipados y lúcidos buscan comenzar la reforma en sí mismos, y desde ahí pasar a las estructuras eclesiales y sociales.

— Estamos en la edad de oro de la espiritualidad española, y son raíz y fruto de la misma la búsqueda viva e inquieta de vida interior y el interés generalizado por la oración, que dejan de ser patrimonio de una élite monástico-religiosa pasan del convento a la calle, sin distinguir clases, edades o sexos, porque, como escribirá San Pedro de Alcántara a Santa Teresa de Jesús, en temas de experiencia espiritual y de vida evangélica «no se dio más a hombres que a mujeres».

— Como fruto del humanismo naciente, al que no le faltan ambigüedades, se busca recrear la espiritualidad cristiana integrando el principio de la subjetividad, con lo que cobran un inusitado protagonismo el discernimiento espiritual y los maestros del espíritu. Surgen entonces los grandes maestros del discernimiento cristiano: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, e Ignacio de Loyola.

«Vi que me entendía por experiencia»

Es ésta su condición de maestro espiritual una dimensión determinante de la personalidad y la biografía de Pedro de Alcántara. Superior de varios conventos, apenas ordenado sacerdote, y, luego, en 1538, Ministro Provincial de su Provincia franciscana de San Gabriel, le vemos como acompañante espiritual de sus hermanos, alentando en ellos el deseo de retorno a la observancia primitiva de la Regla franciscana. Después, en Portugal, como maestro de novicios, inicia a éstos en la experiencia espiritual y la vida franciscana. Allí se hace íntimo amigo de las personas de la corte portuguesa y de algunos nobles con quienes mantiene una amplia correspondencia de amistad, consejo y dirección espiritual (cf. Rafael Sanz, Vida y escritos de San Pedro de Alcántara, Madrid, 1996, 153-165, 366-387).

Desde su conventito de El Palancar, donde vive su proverbial pobreza, penitencia y austeridad, se relaciona con algunos de los personajes más importantes de la España de entonces y se alarga por llegar a cuantos buscan en él consejo y guía en la vida espiritual: Carlos V, que lo llama a Yuste para hablarle de su alma; los Condes de Oropesa, mecenas de algunas de sus fundaciones; Rodrigo Chaves, a quien, como fruto de su magisterio espiritual, dedica su Tratado de la oración y meditación; el Obispo Diego Enríquez, Guiomar de Ulloa, María Díaz y un larguísimo etcétera, en el que habría que incluir a San Francisco de Borja.

De su buen hacer como maestro y acompañante espiritual tenemos un testimonio excepcional en Santa Teresa de Jesús. Larga y profundamente turbada porque, no obstante los consejeros y maestros a los que acude, no logra hacer luz en su experiencia espiritual y en su camino de vida evangélica, a propuesta de Guiomar de Ulloa se encuentra con fray Pedro de Alcántara en el viaje que éste hace a Avila en 1560.

Este encuentro había de marcar hondamente la vida de la Santa, como ella misma afirma en su Autobiografía: «Le di cuenta de mi vida y manera de proceder en la oración, con la mayor claridad que yo supe... Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester...; y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que salvo la fe no podía haber cosa más verdadera».

En una carta suya a la Santa abulense el propio San Pedro revalida el primado de la experiencia en el maestro y acompañante espiritual cuando, después de dejarle constancia de su asombro de que pida consejo a letrados y juristas sobre la conveniencia o no de vivir las exigencias radicales de la pobreza evangélica, le dice: «Si fuera cosa de pleitos o caso de conciencia, bien era tomar parecer de juristas y teólogos; mas en la perfección de la vida no se ha de tratar si no con los que la viven, porque no tiene ordinariamente uno más conciencia ni buen sentimiento de cuanto bien obra».

«Este santo me dio luz en todo»

Fray Pedro no sólo tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa, que en adelante encontrará en él al consejero fiel en la vida del espíritu, sino que ayuda también a la Santa a discernir los caminos de la llamada que Dios le hace a una mayor radicalidad de vida evangélica, y será el impulso definitivo en su reforma del Carmelo.

Al final de sus días, en los que la enfermedad es su más cercana compañera, en la carta ya citada, respuesta a otra de la santa Teresa –de la que se desprende su incertidumbre sobre el camino a seguir, dado lo arduo del mismo y las dificultades de todo tipo que va encontrando–, fray Pedro le recuerda las que, sin duda, fueron sus palabras desde el principio: «Si Vuessa merced quisiere seguir el consejo de Jesucristo, de mayor perfección en materias de pobreza, sígalo; porque no se dio más a hombres que a mujeres, y Él hará que le vaya muy bien, como ha ido a todos los que le han seguido... Y téngolo bien visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia: que los que son de todo corazón pobres, con la gracia del Señor viven vida bienaventurada».

Años más tarde, en el testimonio que sobre Pedro de Alcántara da la santa y doctora Madre Teresa en su Autobiografía –por el que, según el decir de un cronista de la época «le deja eternizado y como canonizado en el mundo»–, escribe: «Este santo me dio luz en todo». Estas palabras son, sin lugar a dudas, la mejor prueba y reconocimiento de la autoridad del magisterio espiritual de este hombre que, según afirmación de la misma santa, «aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle, en éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento».

Y fray Pedro, con la lucidez de todo hombre verdaderamente espiritual y dotado del carisma del discernimiento, sabe que lo esencial de su tarea como maestro y acompañante espiritual no le pertenece, es gracia, lo que por una parte le exige desapropiación y por otra reclama la oración: «Quedamos concertados –afirma de nuevo Santa Teresa– de encomendarnos mucho a Dios; y era tanta su humildad que tenía en algo las oraciones de esta miserable, con lo que era harta mi confusión».

«Estaba grueso de espíritu»

También estas palabras son parte del testimonio de Teresa de Jesús sobre Pedro de Alcántara, y con ellas encabezamos este apartado dedicado a apuntar los grandes ejes de su espiritualidad y de su magisterio como guía de espíritus, en los que se integran los aspectos antropológicos y los propiamente espirituales: la oración o el primado de la relación interpersonal con Dios; el radicalismo evangélico en el seguimiento de Cristo o el sentido de la vida desde la incondicionalidad; la ascesis y penitencia o la afirmación de la libertad interior para el amor.

a) El primado de la relación con Dios y la oración

La oración es la gran prioridad y tema dominante, cuando no exclusivo, del magisterio espiritual de Pedro de Alcántara como reitera en sus escritos. En su breve tratado: Tres cosas para aprovechar mucho en poco tiempo, afirma que el camino del espíritu conoce un atajo: «Orar continuamente y trabajar» (vigilancia interior, ascesis,...). Escribe su Tratado de la Oración y Meditación con el propósito de acercar a todos los cristianos sin excepción la práctica de la oración, de manera que –como él mismo afirma en la carta de presentación– «su provecho fuese más común, pues siendo de pequeño volumen y precio aprovechara a los pobres que no tienen tanta posibilidad para libros más costosos, y escribiéndose con más claridad aprovechara a los simples, que no tienen tanto caudal de entendimiento». Editado sin cesar en castellano y en otras lenguas, es uno de los libros que más ha contribuido a divulgar el ejercicio de la oración y meditación en el mundo católico.

Pero Pedro de Alcántara, más que un teórico de la contemplación, es un hombre de experiencia, que vive el primado de la relación con Dios, y por la oración continua, la vigilancia interior y el amor llega a la «altísima contemplación» (cf. Oración colecta de la Liturgia de San Pedro de Alcántara), tanto que de él cabría decir, como de Francisco de Asís dijo su primer biógrafo, que era «no sólo un orante, sino un hombre hecho oración». La propia santa Teresa dice al respecto en el capítulo 30 de su Autobiografía: «Es autor de unos libros de oración, que ahora se tratan mucho, de romance, porque como quien bien la había ejercitado escribió harto provechosamente».

Desde su honda comprensión de la experiencia cristiana, en la que el primado lo tiene siempre el amor, fiel a toda la tradición franciscana, y haciéndose eco de una de las grandes afirmaciones del humanismo naciente: la subjetividad, fray Pedro marca el acento de la dimensión afectiva en la relación con Dios, en la oración; su meta es el estar gratuito, amoroso y obediente ante Dios. Y será esa misma honda experiencia de lo cristiano la que mantenga a nuestro santo al reparo de todo intimismo religioso y de todo quietismo, uniendo estrechamente experiencia espiritual y praxis, el matrimonio espiritual, cumbre de la experiencia mística, y la entrega al prójimo: «La oración de la que no se salga con nuevas fuerzas y aliento para las cosas de Dios y el servicio a los hermanos, muy imperfecta es y de muy escaso valor» –escribe en su Tratado de la oración; y también: «Esta es la más alta y provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía de imitación». Su biografía es particularmente elocuente al respecto. Sumido en contemplación, es al mismo tiempo un hombre extraordinariamente activo: ahí está su anuncio expreso del evangelio, su atención a los pobres y enfermos, la enseñanza del catecismo, que es también enseñanza de las letras; la contestación con la propia vida, y a veces también con la palabra, de las situaciones de injusticia e insolidaridad; su obra de pacificación entre las gentes, y su mismo «apostolado de las letras», con el que pretende llegar a todos, y particularmente a los menos favorecidos.

b) El radicalismo evangélico, la forma del seguimiento de Cristo

El vivir a fondo da densidad a la existencia humana, y nada madura más que la incondicionalidad del amor. Es ésta una de las convicciones más firmes de Pedro de Alcántara, fruto de una larga experiencia desde su niñez y su educación franciscana. Su vuelta a la observancia primitiva de la Regla de San Francisco, es la vuelta al radicalismo evangélico como la forma propia del seguimiento de Cristo, es decir a las exigencias concretas de la predicación de Jesús con las que urge –por amor a él y por el Reino– un tipo de conducta en contraste («radicalismo evangélico») con las maneras ordinarias, humanas y religiosas, de actuar. Se lo recuerda fray Pedro a la Madre Teresa en su carta de abril de 1562: «En los consejos evangélicos, no hay que tomar parecer si será bien seguirlos a no, porque es ramo de infidelidad... No crea a los que dijeren lo contrario, por falta de luz o por incredulidad, o por no haber gustado cuán suave es el Señor».

Nada sorprende, por ello, que Pedro de Alcántara haya hecho del radicalismo evangélico uno de los ejes de su experiencia espiritual, y lugar determinante de su discernimiento de la voluntad de Dios y la acción del Espíritu en sí y en aquellos que solicitaban su guía espiritual.

En su traducción del radicalismo evangélico dará un protagonismo particular a la pobreza y humildad, la renuncia a toda propiedad –incluida la casa donde habita, por lo cual cada año entrega las llaves a su propietario–, la renuncia al uso del dinero, un estilo de vida en la más extrema austeridad y frugalidad, la solidaridad con los pobres, la gratuidad de los servicios, y la renuncia a toda forma de poder material y espiritual.

Todo ello fácilmente resulta incomprensible para nosotros y hasta un malsano masoquismo, si se le priva de su verdadera raíz: la identificación con la pobreza y humildad de Cristo, y se olvida su dimensión antropológica: su pobreza es ante todo un modo de ser y de estar ante Dios, ante los otros, ante sí mismo, desde la afirmación más decidida del ser sobre el tener, la relación viva entre la persona y los otros y los otro, la libertad, la voluntad de compartir y sacrificarse. En todo caso nos recuerda algo determinante en la experiencia cristiana: no hay seguimiento de Cristo sin una apuesta decidida por traducir las exigencias límite del evangelio de Jesús; variarán las formas según las diversas vocaciones en la Iglesia, las situaciones y hasta según los momentos concretos y edades de la vida de las personas, pero no hay seguimiento de Cristo sin incondicionalidad y radicalidad.

c) La ascesis como transformación del corazón en el espíritu del Reino

Es otro de los puntos fuertes del magisterio espiritual y de la vida de Pedro de Alcántara que, con toda la tradición, concede un indiscutible protagonismo en la experiencia espiritual a la ascesis y la penitencia, como vigilancia para asegurar la prontitud del espíritu para las cosas de Dios y el bien obrar, el radicalismo evangélico, que no van de acuerdo con el demasiado regalo.

Es proverbial y sobrecogedora «la asombrosa penitencia» alcantarina. Aunque no esté carente de ambigüedad, en un momento de necesidad de nuevos planteamientos en la espiritualidad –en el que unos mantenían el primado de la ascesis, y nuevas corrientes, entre las que se encontraba el protestantismo, incidían sobre todo en la gracia–, Pedro de Alcántara trata de ofrecer una síntesis propia mediante la radicalización de ambos extremos: la madurez humana y espiritual es siempre tarea del hombre, que reclama dura ascesis, y gracia de Dios. En su ya citado tratado: Tres cosas para aprovechar mucho en poco tiempo, escribe: «Has de entender que tal quedó por el pecado el corazón del hombre para el bien obrar como la tierra para fructificar, que para esto tiene necesidad de dos cosas: de agua y rocío del cielo, sin esto no da más que zarzas y espinas. Pues así, nuestro corazón no lleva de suyo más que aquellas espinas que dice el apóstol (cf. Gál 5,19-21). Mas si ha de dar fruto de vida eterna, ha de ser con trabajo y sudor de nuestro rostro y con agua y rocío del cielo».

Aunque en ocasiones parezca apreciarse en él una cierta absolutización de la ascesis y la penitencia, éstas no son, pues, valores en sí mismos, sino que se orientan al cultivo de los bienes superiores: la evangelización de la propia vida y la experiencia contemplativa, que es para el santo fuente y culmen de todo el edificio espiritual.

Prueba de que en su ascesis y penitencia logra mantenerse al reparo de todo perfeccionismo religioso autojustificador, siempre crispado y autosuficiente, podemos una vez más aducir el testimonio de Santa Teresa, a quien el santo, en más de una ocasión confió su espíritu: «Con toda esta santidad –acaba de describir sus penitencias– era muy afable...». Y ahí están los hechos para demostrarlo: la diligencia y solicitud con que trata y exige que sean tratados los frailes ancianos y enfermos, la generosidad extrema con que comparte su mesa con pobres y necesitados, el cariño entrañable con que enseña las primeras letras y la doctrina cristiana a los niños...

Es verdad que hoy necesitamos hacer una relectura de éste como de otros muchos aspectos de su biografía y espiritualidad, y elaborar de manera más positiva la ascesis y la renuncia, pero Pedro de Alcántara nos recuerda algo que no podrá nunca olvidarse en la experiencia cristiana: que «los que son de Cristo –como afirma el apóstol Pablo–, han crucificado su carne junto con sus pasiones y apetitos» (Gál 5,24).

El vuelo de Pedro de Alcántara es, sin lugar a dudas, muy atrevido, y en más que un aspecto estrechamente vinculado a un pasado que se fue; pero hay que reconocer en él su voz de profeta que nos obliga a hacernos las últimas preguntas sobre el hombre y el mundo, esas que una cultura como la nuestra –cerrada sobre sí misma, autosuficiente, unidimensional...– trata de silenciar por todos los medios al carecer de respuestas, y un óptimo correctivo para nuestra vida y nuestra fe acostumbradas y contentadizas.

Julio Herranz, O.F.M.,
San Pedro de Alcántara, maestro espiritual. Rasgos más salientes de su espiritualidad,
en Santuario (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre- octubre de 1998, 33-38.




DE LOS ESCRITOS DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

Tratado de la oración y meditación:

Cuán desvariados son los que, por gozar de este soplo de vida tan breve, se exponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar.

¡Cuán mutable es la fortuna: siempre rueda de un lugar para otro!

El verdadero amor no se busca a sí, sino al que ama.

En la perfección no hay más claro indicio de estar lejos, que creerse cerca; porque en este camino los que van descubriendo más tierra se dan más prisa por ver lo mucho que les falta.

Hazte como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos.

Ninguno es mejor testigo de las cosas de Dios que el que las sabe por experiencia.

Reposa un poco en la consideración de tu nada y pon esto sólo a tu cuenta y todo lo demás a la de Dios, para que clara y palpablemente veas quién eres tú y quién es Él.

Alza los ojos al cielo y contempla en él la muchedumbre de estrellas... Pues si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de su majestad, casa de sus elegidos?

La bondad y majestad de Dios son infinitas, y sus beneficios y misericordias para con el hombre sobrepasan las arenas del mar.

La fe es la primera raíz, la esperanza es el báculo, y la caridad el fin del camino de toda perfección cristiana.

Mucho hace a los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí.

En todos los trabajos y tentaciones de esta vida hemos de recurrir siempre a la oración, como a una sagrada áncora, por cuya virtud, si no nos vemos libres de la carga de la tribulación, se nos darán las fuerzas para llevarla, que es ganancia mayor.

Seis son las cosas que pueden intervenir en el ejercicio de la oración: Antes de entrar en la oración es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer; después se sigue la lectura, y luego la meditación; y después de ésta puede seguir la ación de gracias por los beneficios recibidos; y luego el ofrecimiento de toda nuestra vida; la última parte es la petición.

La oración de la que no se salga con nuevas fuerzas y aliento para las cosas de Dios y su servicio, muy imperfecta es y de muy bajo valor.

Ésta es la más alta y provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía de imitación, para que por la imitación vengamos a la transformación y así podamos decir con el apóstol: «vivo yo, mas no soy yo, es Cristo que vive en mí».

Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración. Si quieres conocer las astucias de Satanás y defenderte de sus engaños, seas hombre de oración. Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. Si quieres ojear de tu alma los moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración. Si quieres sustentar tu alma con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración.

Que trabaje el hombre por eliminar en este santo ejercicio la demasiada especulación del entendimiento. Que procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad que con discursos y especulaciones del entendimiento. Porque, sin duda, no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los Misterios Divinos, como si los estudiasen para predicar. Esto es más derramar el espíritu que recogerlo, y andar más fuera de sí que dentro de sí. De donde nace que: Acabada su oración, se quedan secos y sin jugo de devoción, y tan fáciles y ligeros para cualquier liviandad como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad, los tales no han orado, sino parlado y estudiado, que es un negocio bien diferente de la oración. Deberían los tales considerar que en este ejercicio más nos llegamos a escuchar que a parlar. Para acertar en este negocio: Lléguese el hombre con corazón de una viejecita ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y aficionarse a las cosas de Dios que con entendimiento despabilado y atento para escudriñarlas, porque esto es propio de los que estudian para saber, y no de los que oran y piensan en Dios para llorar.


Comentario al salmo Miserere:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Porque si en todas tus obras eres incomparable, en la misericordia te superaste a ti mismo... Te encarnaste por misericordia, naciste, viviste, moriste por misericordia. Tan natural te es tener misericordia como al fuego quemar y al sol alumbrar; y antes dejará el fuego de quemar y el sol de alumbrar, que tú de tener misericordia. ¿Acaso te faltará misericordia para un pobre como yo, que con tanta insistencia te la pide?


Carta a Santa Teresa:

Acerca de las exigencias del evangelio no hay que preguntar si será bueno o no seguirlas, si son o no son observables, porque es expresión de infidelidad. El consejo de Dios no puede dejar de ser bueno, ni es imposible de guardar, si no es a los incrédulos, a los que se fían poco de Dios, y a los que se gobiernan por prudencia humana; pues el que dio el consejo dará la fuerza, pues la puede dar... Si quisiere seguir el consejo de Jesucristo, de mayor perfección en materias de pobreza, sígalo, porque no se dio a hombres más que a mujeres y Él hará que le vaya muy bien, como ha ido a todos los que le han seguido... Y téngolo visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia: que los que son de todo corazón pobres, con la gracia de Dios viven vida bienaventurada, como en esta vida la viven los que aman, confían y esperan en Dios.


Tres cosas para aprovechar mucho en poco tiempo:

Y todas estas cosas parecen reducirse a dos: el trabajo y la oración. Has de entender que tal quedó por el pecado el corazón del hombre para el bien obrar como la tierra para fructificar. Vemos, pues, que la tierra para esto tiene necesidad de dos cosas: de agua y rocío del cielo, y de trabajo y agricultura del hombre. Sin estas dos cosas la tierra de suyo no da más que zarzas y espinas. Pues así has de entender que nuestro corazón, después del pecado, no lleva de suyo más que aquellas espinas que dice el Apóstol (cf. Gál 5,19-2 l). Mas si ha de dar fruto de vida eterna, ha de ser con trabajo y sudor de nuestro rostro y también con agua y rocío del cielo.

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