DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de octubre

San Pedro de Alcántara (1499-1562)

Apuntes biográficos
por Baldomero J. Duque y Julio Herranz, o.f.m.

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Había nacido en 1499 en Alcántara, hijo de Alonso Garabito y de María Vilela de Sanabria, quienes en su bautismo le pusieron el nombre de Juan. Alcántara está en la raya de las dos Extremaduras (española y portuguesa), tierra dura, sin suavidades, que forja a sus hombres en barro recocido, más recio que el bronce, tierra de «conquistadores». Pero Pedro no se fue con ellos. Después de estudiar en Salamanca se hizo franciscano, cambiando su nombre por el de Pedro: fray Pedro de Alcántara. Era otra la «conquista», no menos heroica ni menos gloriosa que la de sus paisanos, a la que le invitaba una misteriosa llamada.

Estamos en una de las épocas más llenas de vida de la historia de España, y en la que se concentra mucho de lo que los españoles han aportado a la historia universal. Edad de oro de la espiritualidad española, que hizo posible una impresionante cosecha de magníficas realidades: un deseo ardiente de reforma; una búsqueda viva e inquieta de vida interior; un interés generalizado por la oración, que deja de ser patrimonio de una élite monástico-religiosa y pasa del convento a la calle, sin distinguir clases, edades o sexos, –porque escribirá fray Pedro a Teresa de Jesús– en temas de vida espiritual y perfección evangélica «no se dio más a hombres que a mujeres». Va a irrumpir en todo su esplendor la gran «furia» española, una de cuyas cumbres, en el aspecto espiritual, será precisamente San Pedro de Alcántara.

Su andadura como franciscano se inicia el año 1515 en el conventito de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara. Pertenecía éste a la Custodia de Extremadura, luego Provincia de San Gabriel, que acogía entonces a algunos de los espíritus más inquietos y más deseosos de retorno a la primitiva observancia de la Regla de San Francisco de Asís. Allí forja fray Pedro su espíritu, en la contemplación, la penitencia y la pobreza, el retiro y el compromiso evangelizador. Durante los ocho años siguientes continúa su formación humanista, teológica y franciscana. En 1524 es ordenado sacerdote.

Pronto es superior de algunos conventos y, más tarde, en 1538, Superior Provincial de su Provincia de San Gabriel. Fray Pedro va y viene desarrollando un amplio apostolado, fundando nuevos conventos, visitando a sus hermanos, alentando en ellos el deseo de reforma. Fruto de ello van a ser las nuevas «Ordenaciones» que da a la Provincia franciscana.

En 1541, al terminar su mandato, viaja a Portugal reclamado por un grupo de franciscanos que, con apoyo de la nobleza, inicia un movimiento de reforma. Él mismo es uno de los fundadores de la Custodia de La Arrábida, que se constituye en Portugal según el estilo y el talante de las reformas franciscanas extremeñas. En Portugal se hace íntimo amigo de las personas de la Corte (Juan III, la reina doña Catalina de Austria, infantes, nobles...), con quienes mantiene una amplia correspondencia de amistad, consejo y dirección espiritual. Allí es, durante algunos años, maestro de novicios. Tal vez surgen entonces, en su iniciación a éstos en la práctica de la oración, los primeros apuntes de su Tratado de la Oración y Meditación. Escrito con el propósito de acercar a los cristianos de a pie la práctica de la oración, y editado sin cesar, es uno de los libritos que más ha contribuido a divulgar el ejercicio de la oración y meditación en España y en el extranjero.

Vuelve a España, reclamado por su Provincia. Crecen en él los deseos de mayor austeridad, soledad de vida y oración. En 1554 consigue de sus superiores autorización para retirarse, con un compañero, a un eremitorio en Santa Cruz de Paniagua (Cáceres). Su exquisita sensibilidad pone una nota de humanidad y de ternura en el marco de su pobre desierto: el pequeño huertecillo había de estar siempre sembrado de perejil «para que estuviese siempre verde».

Al cabo de dos años marcha al pueblo cacereño de Pedroso de Acim, donde Rodrigo de Chaves, dirigido suyo, le cede una pequeña casa junto a la fuente de El Palancar. Allí se hace levantar fray Pedro, en una superficie de unos 70 metros cuadrados, el «convento más pequeño del mundo». Éste será su conventito de predilección.

En El Palancar vive fray Pedro su proverbial ascetismo, hecho de pobreza franciscana y de una austeridad de vida y penitencia tales, que asombró a sus mismos contemporáneos, acostumbrados a formas de vida austeras y penitentes para nosotros casi impensables; pero allí, sobre toda otra cosa descuella su oración y contemplación.

Desde El Palancar despliega una extensa labor apostólica por toda Extremadura y se relaciona con los personajes más importantes de la España de entonces: Carlos V, que le llama a Yuste para hablarle de su alma; la princesa doña Juana; el Obispo de Coria, don Diego Enríquez; los condes de Oropesa, y San Francisco de Borja que, de paso hacia Yuste y Portugal, escribe a nuestro santo: «Fuera yo de muy buena gana a su ermita de Vuestra Reverencia, y tuviérala por un paraíso en la tierra... A la vuelta espero en el Señor que nos veremos y trataremos particularmente». Y así fue.

Al Palancar llegan los innumerables mendigos de la región, con quienes fray Pedro comparte con generosidad extrema su pobre mesa; allí acuden también los niños del entorno, y el santo, gustosa y entrañablemente, les enseña las primeras letras y la «doctrina cristiana».

Por dificultades surgidas en su Provincia de San Gabriel, fray Pedro sale de ella en 1558, y su conventito pasa enseguida a formar parte de la nueva Custodia descalza de San José. Pocos años le quedan de vida al santo, pero serán maravillosamente activos: va y viene a Roma como Comisario de los franciscanos reformados de España; funda sin cesar más y más conventos (San Juan Bautista en Deleitosa, El Rosarito en Oropesa, San José en Elche, San Antonio en Aspe, y la Magdalena en Aldea del Palo); y erige en Provincia la Custodia de San José, y le da las «Ordenaciones», exponente impresionante de su espiritualidad: contemplación altísima, pobreza extrema en la construcción de los conventos, austeridad extraordinaria e inquietud misionera llameante.

Maravillosamente activo y a la vez sumido en altísima contemplación de Dios, pasa como una llama y los prodigios caen de sus manos a su paso. En Herradón de Pinares saca vivo a un niño ahogado en un pozo; en el puerto de El Pico la nieve queda protegiéndole una noche como si fuese una cueva caliente; son continuos sus éxtasis en la oración; se mantiene en el aire orando ante la cruz; cura enfermos y convierte pecadores...

En el verano de 1560 fray Pedro está en Avila para tratar con doña Guiomar de Ulloa, antigua dirigida suya, de una nueva fundación en el pueblo zamorano de Aldea del Palo. Durante su estancia en Avila tiene lugar el encuentro del santo con Teresa de Jesús, turbada porque no logra hacer luz en su experiencia espiritual. Este encuentro había de marcar profundamente la vida de la santa, como ella misma afirma en su Autobiografía (cap. 30): «Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester... Este santo hombre me dio luz en todo, y me lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios, y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber, ni que tanto pudiese creer».

Pedro de Alcántara tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa de Jesús, y entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad: en adelante, él es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Avila; y fray Pedro abre su corazón a la Madre Teresa, que será su primer biógrafo, dedicándole tres capítulos de su Autobiografía, en los que, a decir de un cronista de la época, «le deja eternizado y por ellos como canonizado en el mundo».

Es probablemente con ocasión de este viaje, de paso para Avila, cuando Pedro de Alcántara conoce en Arenas la ermita de San Andrés del Monte, a poco más de dos kilómetros de la villa. Levantada en el primer tercio del siglo XVI, era ésta una pequeña edificación de poco más de treinta metros cuadrados, de estilo gótico isabelino. La cofradía arenense de San Andrés se la ofrece para la fundación de un nuevo convento de su reforma. Cuentan las crónicas que tanto agradó al santo el lugar que exclamó: «Dios tiene grandes designios sobre este lugar».

El nuevo conventito se edifica según las Ordenaciones de la Provincia de San José, aprobadas ese mismo año: «Item, ordenamos que las casas que de aquí en adelante se tomaren, sean pobres y pequeñas, conforme a la traza de este Capítulo. Y en el edificio donde han de morar los frailes resplandezca toda vileza y pobreza... Y las celdas sean de siete palmos de vara, y la que más de siete pies... Y la casa tenga a lo menos 45 pies, y a lo más 50... Y cada año vayan los frailes al señor de la casa con las llaves de ella, y le den gracias por el tiempo que les ha dejado morar en su casa y le pidan dejarlos morar en ella por el tiempo que él quisiere».

En la ladera del monte se construyen varias pequeñas ermitas para retiro temporal alternativo del puñado de hermanos que han de formar la fraternidad conventual.

De ahora en adelante Arenas y su comarca experimentarán las riquezas del apostolado y el ejemplo de la vida de fray Pedro, que fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. En el verano se recrudece la enfermedad que lo acompañaba desde hacía algunos años, a la que se une ahora una llaga profunda en una pierna. Pero esto no le impide continuar su apostolado itinerante y las gestiones para nuevas fundaciones. Aún pudo ver y bendecir, en agosto, el convento teresiano de San José, a la espera de su próxima inauguración.

A la vuelta de Avila se establece en Arenas en una casa que la cofradía de San Andrés tiene en la villa, que fray Pedro había aceptado para residencia temporal de sus hermanos mientras se ultimaba su conventito. De aquí sale el 13 de septiembre para presidir el Capítulo Provincial en el convento de San Juan Bautista en Deleitosa. Finalizado el Capítulo va a ver a los Condes de Oropesa, mecenas y patronos de algunas de sus fundaciones, con quienes le une una gran amistad. Se hospeda en su palacio. Fray Pedro, aunque necesitado de cuidados, no acepta otra habitación que una diminuta dependencia, de angosto acceso, en el entresuelo.

Ante el agravarse de su enfermedad, el 12 de octubre se hace llevar a Arenas, donde quiere recibir la muerte rodeado de sus hermanos. En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón a su cuerpo por las asperezas y rigores con que le había tratado todo el tiempo de su vida, comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu.

«Llevóselo el Señor a descansar», dirá la santa abulense. Podía descansar en paz; paz para su cuerpo agotado por los viajes, fatigas y mortificaciones; paz para su alma siempre en tensión, deseosa de encontrarse con Jesucristo.

La noticia de su muerte se difundió inmediatamente por toda la comarca. Las gentes de Arenas y sus alrededores acudieron en masa a dar su último adiós a aquel de cuya compañía, amistad, favores espirituales y testimonio de vida habían gozado, y al que todos consideraban santo. Allí estaban todos, al día siguiente, en su entierro a los pies del altar en la ermita de San Andrés.

La fama de su santidad hizo que su sepulcro se convirtiera enseguida en meta de peregrinación de innumerables devotos que, sin distinción de clase ni condición, reconocían su santidad e invocaban su intercesión. En 1591 sus restos fueron colocados en un nicho al lado del evangelio en la ermita de San Andrés, ampliada pocas fechas antes. El arca que contenía los restos se tabicó, al no estar autorizado su culto; pero, como memoria de la presencia allí de tan preciado tesoro, en la pared se pintó una imagen suya, que es hoy el primer testimonio iconográfico alcantarino. Años más tarde, en 1616, ya bastante avanzado el proceso de beatificación, se hizo una pequeña capilla al lado derecho del altar, a la que se trasladaron de nuevo los restos del santo, autorizado ya su culto público.

Respondiendo a la reiterada petición de cardenales, obispos, reyes, nobles y pueblo sencillo, que escriben al Papa solicitando la gloria de los altares para fray Pedro, Gregorio XV lo beatificó el 18 de abril de 1622, domingo de pascua. Con este motivo Arenas lo declaraba patrón perpetuo de la villa e hizo voto de tener por día de fiesta perpetuamente el 19 de octubre de cada año.

Su canonización por Clemente IX, en 1669, universalizó su historia personal, su santidad y su culto. En 1674 era nombrado patrono de la diócesis de Coria-Cáceres; en 1752 se colocaba en la Basílica Vaticana, en Roma, una gran estatua del santo, obra de Francisco de Vergara, privilegio reservado a los grandes fundadores de órdenes religiosas, concedido a él y a Teresa de Jesús; en 1757 se puso la primera piedra de la capilla que había de acoger definitivamente sus restos en su convento de Arenas, obra del arquitecto real Ventura Rodríguez, y en la que dejaron muestra de su buen hacer algunos de los artistas más renombrados del momento: Francisco Gutiérrez, Francisco Bayeu, Sabatini y José Antonio Giardoni, entre otros. En 1826 fue declarado patrono del Brasil, y en 1962 lo era de Extremadura, compartiendo patronazgo con la Virgen de Guadalupe.

De la difusión de su santidad y su culto se harán cargo reyes, príncipes, nobles y pueblo llano, pero tendrá como principales protagonistas a los frailes de su reforma franciscana. De la Provincia de San José surgen otras Provincias de España y tierras de ultramar, hasta llegar a un total de veintiuna entidades. Los alcantarinos españoles se dirigen hacia Méjico y Extremo Oriente, mientras los portugueses se orientan hacia India y Brasil. Las franciscanas alcantarinas, fundadas en el siglo XIX, y extendidas por Europa, África y América, llevan hoy por el mundo el nombre alcantarino como signo de identidad.

Signo de su proyección mundial es también la enorme difusión de la imagen de San Pedro de Alcántara en el arte, siendo uno de los santos franciscanos mayormente representados, no sólo en España, Portugal e Italia, sino también en Hispanoamérica y en Extremo Oriente. A él dedicaron su arte: Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena, Francisco Salzillo, Francisco de Vergara, Zurbarán, Lucas Jordán, Claudio Coello, Tiépolo, etc.; y en nuestros días lo han hecho, entre otros: Juan de Ávalos, Navarro Gabaldón, Venancio Blanco y Antonio de Oteiza. Pero ¡fue una lástima que El Greco no le conociera y pintara!, que con sus grises, amarillos, rojos, esmeraldas y ocres no nos haya podido dejar el retrato delirante de la llama –el alma– en el haz de sarmientos –el cuerpo– de fray Pedro de Alcántara, una figura egregia de singular grandeza humana y espiritual, el hombre que expresa y sintetiza, de manera abrupta si se quiere, toda la riqueza interior, mística y contemplativa, toda la ascética y toda la proyección apostólica y misionera de la España del siglo XVI. Su vuelo, que por ser de un ayer que pasó y tan atrevido, en algunos aspectos sólo podemos admirar, constituye todo un poema de humanidad, de incondicionalidad en la fe, de vida evangélica y santidad, óptimo correctivo para la timidez de nuestra cultura y vida «light».

Baldomero Jiménez Duque y Julio Herranz, O.F.M.,
San Pedro de Alcántara, apuntes biográficos,
en Santuario (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 4-9.

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