DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

23 de septiembre
SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
Una vocación «expiatoria»

por Alejandro de Ripabottoni, o.f.m.cap.

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El padre Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas, que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo, principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su fiesta el 23 de septiembre, aniversario de su muerte.

En el rico y variado panorama de la espiritualidad del siglo XX, tal vez no se exagere demasiado cuando se afirma que el pueblo de Dios ha seleccionado a un protagonista absoluto: el padre Pío de Pietrelcina.

Su personalidad, amada y discutida en este campo tal vez más que ninguna otra, resurge todavía con más vitalidad en la medida en que el paso de los años nos van alejando de su muerte, despertando una atracción universal. Este hecho se rodea, más si cabe todavía, de colores maravillosos, si se piensa que el padre Pío, desde el año 1918 -año en el que recibió los estigmas-, hasta 1968 -año de su muerte-, no salió ninguna vez del pequeño pueblecito de San Giovanni Rotondo, en una época caracterizada por el rapidísimo y continuo acercamiento de las distancias, mediante los más sofisticados medios de comunicación.

El secreto de una presencia tan universal hay que buscarlo, sin duda alguna, en la respuesta que la gente, creyente o no, ha creído encontrar, en la imagen del padre Pío, al problema central de este siglo.

Este problema ha sido planteado por un hombre de la talla de Albert Camus, en términos urgentes: «El problema que domina al siglo XX es ¿cómo vivir sin gracia?»; «El problema concreto que yo conozco hoy es: si se puede ser un santo sin Dios». Era la gran tentación de separar definitivamente el amor por el hombre del amor de Dios: en el fondo late siempre la tentación de querer quitar de la historia el sentido cristiano de la vida.

La gente de todo el mundo sentía vivamente, todavía, que la única respuesta alternativa al problema podía y debía ser aquella vivida y sufrida por un «hombre sin letras», el padre Pío de Pietrelcina: «Todo se resumen en esto: me consume el amor de Dios y el amor del prójimo».

Se percibía, de modo inmediato, simple y sin titubeos, la confirmación de la médula misma del mensaje evangélico en la persona del capuchino estigmatizado del Gárgano: sólo un hombre de Dios puede expresar todo el amor por el hombre y lo puede expresar reproduciendo solamente, en la medida en la que es posible en un simple hombre, la pasión de Cristo.

«Deberé luchar»

Nadie o muy pocos saben quién era el padre Pío Forgione, pero todos conocen y aman al padre Pío de Pietrelcina, pueblecito situado a pocos kilómetros de Benevento, en las colinas del Sannio, de horizontes abiertos, habitado por gente trabajadora, que vive al ritmo de los trabajos del campo, resguardado de los calores meridionales y de los fríos vientos del invierno.

Francisco, que sería más tarde el padre Pío, nace en el viejo pueblecito de Pietrelcina, en el barrio del Castillo, en la tarde del 25 de mayo de 1887, hijo de Grazio María Forgione (1860-1946) y de María Josefa De Nunzio (1859-1929), y fue bautizado al día siguiente.

Grazio, junto a su deseo de trabajar, jamás perdió su alegría salpicada de bromas inocentes y fáciles gracejos. De inteligencia despierta, rápidamente ponía en práctica todo pensamiento; su dialecto era sonoro, rápido y gráfico; enjuto, pero habituado al duro trabajo; de estatura mediana, ojos vivos y parlanchines; de modales, a veces rudos y rápidos; vivía su fe sinceramente. Cuando Francisco manifestó el deseo de querer continuar los estudios para «hacerse monje», no vaciló en marcharse de casa, emigrando a América del Sur y del Norte, a fin de ganar lo necesario para el hijo estudiante.

Entonces todo el peso de la familia recae sobre las espaldas de «mama Pepa»: ojos claros, facciones correctas, de cuerpo ágil, como una adolescente, su dialecto tenía una gracia admirable; mujer seria, respetuosa, religiosa; era una pueblerina, pero tenía rasgos de «gran señora»; su hospitalidad era siempre excesiva, señorial, aun dentro de su simplicidad; tanto ella como su marido sabían poner una nota de alegría a su alrededor, dispuesta siempre a contar bellas historias y con qué maestría...

La alegría, el gracejo fácil, la ingenuidad hecha broma, el «saber contar las cosas», el padre Pío los vivió y aprendió de boca de sus padres y los revivió con una maestría encantadora.

Pasó su infancia y adolescencia en un ambiente sereno y tranquilo: casa, iglesia, campo y, más tarde, escuela. Muchacho silencioso, tranquilo y reservado; fácilmente, y con gusto, se apartaba de la compañía de sus amigos; pero el amor a la soledad no lo convertía en un ser solitario, aislado y tristón; ingenuo y casi retraído, con una extrañeza que, sin embargo, es privilegio de las almas simples y buenas, hecha de candor y no de arrogancia.

Ya desde entonces Dios lo trabaja, y la vocación, tierno germen, explica su actitud tímida y su carácter extremadamente reservado. «Los éxtasis y las apariciones -nos dice su director espiritual el padre Agustín- comenzaron cuando tenía cinco años, cuando tuvo el pensamiento y la intención de consagrarse para siempre al Señor».

El don de Dios caía en tierra fértil. Su madre nos presenta a Francisco como un niño «tranquilo y sereno»; con los años crecía en él el amor a la oración y a la penitencia; a veces, su madre, por la mañana, encontraba su camita intacta porque Francisco había dormido en tierra, con una piedra por almohada; se azotaba con una cadena de hierro, hecho que repetía frecuentemente, según testimonio de su propia madre, la cual ante la pregunta: «Pero, ¿por qué, hijo mío, te azotas así?», recibía esta respuesta del hijo: «Me debo azotar como los judíos azotaron a Jesús hasta hacerle brotar sangre de las espaldas».

De su amor a la oración y a la soledad nacía la sed de sufrimiento que con el correr de los años echó raíces cada vez más profundas en la vida del padre Pío: era una preparación a su misión corredentora.

Los padres de Francisco, apenas lo vieron capaz, le confiaron el pastoreo en el campo de dos ovejas y, mientras éstas pastaban, si estaba solo rezaba frecuentemente el rosario; si se encontraba acompañado de otros pastorcillos -son ellos mismos los que nos lo cuentan- participaba voluntariamente en sus inocentes juegos, porque Francisco «era alegre desde pequeño»; era muy querido y «era un muchacho como todos los demás», pero era educado y, sobre todo, reservado; jamás dijo palabrotas y ni siquiera las quería oír, por eso evitaba siempre la compañía de los «falsos amigos», es decir, los «desvergonzados, de palabra fácil, los pocos sinceros, los que no eran buenos muchachos».

Enjuto de tipo, pero no enfermizo, Francisco ha sido siempre «un lobo sordo», quiero decir, «de pocas palabras, que nunca aireaba sus cosas». Era «fino, fino» termina diciendo otro compañero suyo también pastorcillo, y no «un macarrón sin sal».

Lo que de verdaderamente excepcional está sucediendo en la vida de Francisco, pasaba desapercibido ante los ojos de los demás. Antes de partir para el noviciado (6 enero 1903), él mismo nos cuenta que su alma recibió una visión que le marcaba el futuro programa de su vida: «combatir como un valeroso guerrero» contra «el misterioso hombre del infierno», con valor, porque Jesús mismo, bajo la figura de un hombre luminoso, habría ayudado a su alma, «estando siempre cerca de ella para ayudarla y premiarla en el paraíso por la victoria que conseguiría, ya que confiada sólo a Él, habría combatido con generosidad».

Ya desde joven el padre Pío había comprendido que el «gran espacio» destinado a su alma era el espacio que separa a los hombres de Dios y que él debía llenar en unión con Jesús.

«Sacerdote santo - Víctima perfecta»

Vistió el hábito capuchino en el convento de Morcone el 22 de enero de 1903, y recibió su nuevo nombre: Fray Pío de Pietrelcina. Con qué propósito y con cuánta entrega vivió el año de noviciado fray Pío nos lo da a conocer él mismo en una carta autobiográfica de 1922: el Señor hacía comprender al quinceañero Francisco que para él «el puesto seguro, el hogar de paz era el batallón de la milicia eclesiástica. Y, ¿dónde podré servirte mejor, oh Señor, que en el claustro y bajo la bandera del pobrecillo de Asís?... ¡Oh Dios! deja que mi pobre corazón te sienta cada vez más y lleva a término en mí la obra comenzada por ti... Que Jesús me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de modo que el fervor continúe siempre en mí y se acreciente cada vez más hasta hacer de mí un perfecto capuchino».

El 25 de enero de 1904, dos días después de hacer la profesión temporal, partió del noviciado para continuar los estudios y prepararse al sacerdocio; después de haber permanecido en diferentes conventos, en mayo de 1908, tuvo que volver a su casa paterna por motivos de salud. Continúa privadamente los estudios siendo ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910 en Benevento, y de nuevo se queda en su casa, siempre por motivos de salud, hasta 1916.

Cada misa para el padre Pío es siempre la primera misa; la gloria es continua e inexpresable, gusta ya el paraíso, siente como un fuego que le abrasa y su boca saborea toda la dulzura de aquella carne inmaculada del Hijo de Dios.

Las luchas del espíritu no faltan en este período: grandes tormentas diabólicas, que a veces no lo dejan libre ni siquiera en las horas de descanso: el demonio lo quiere para sí a toda costa; cuando se ve al borde de la desesperación recurre a la Virgen María a la que no sabe cómo agradecer tantas y tan singulares gracias; se pone con confianza en los brazos de Jesús y que suceda lo que Él quiera; Él, ciertamente, vendrá en su ayuda. Orando a los pies de Jesús no siente ni el peso del cansancio al vencer las tentaciones, ni la amargura o el desagrado.

Durante un mes de permanencia en el convento de Venafro, en 1911, la comunidad advierte los primeros fenómenos sobrenaturales: «Asistí, y no fui yo el único -escribe el padre Agustín en su diario-, a varios éxtasis y a muchas vejaciones diabólicas. Escribí, entonces, todo lo que escuché de su boca durante el éxtasis y cómo sucedían las vejaciones satánicas».

Constreñido a vivir «desterrado en el exilio del mundo, es decir, fuera del convento, en Pietrelcina, como sacerdote se esfuerza por tratar a todos con cordialidad y confianza: el mundo campesino del que proviene es también su propio mundo; va al campo y, lo mismo que antes, saluda, dice buenas palabras de ánimo, acepta voluntariamente la invitación de pararse a descansar, aunque sea por un momento, bajo la sombra de un árbol si hace calor, o dentro del cortijo si hace mal tiempo; en los campos y a los campesinos les habla de Dios en su típico «dialecto».

Su apostolado ministerial se reduce a ayudar al párroco en la administración de los sacramentos, excepto oír confesiones para lo que el Provincial no le concede licencia en los primeros años de haber cantado misa, por motivos de salud y por carecer entonces de la suficiente experiencia moral. Hacia finales de este período (1914-1915) inicia la dirección espiritual de algún alma que otra, pero, por correspondencia, y siempre con permiso expreso de los superiores.

Pero mucho más que en estas formas visibles, el padre Pío manifiesta su celo por las almas a través del estado de víctima, vivido intensamente como irradiación de la virtud salvífica de Jesús y del sufrimiento del cuerpo y del alma, requerido y aceptado como participación personal y generosa por el rescate de la humanidad redimida y pecadora. Este es su programa trazado desde el día de su ordenación sacerdotal y vivido intensamente día tras día: «Jesús, mi aliento y mi vida, hoy que trepidante te elevo en un misterio de amor, haz que contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo y víctima perfecta».

Una multitud de almas

El 17 de febrero de 1916 vuelve definitivamente «a la sombra de san Francisco» y su primer destino es el convento de Santa Ana de Foggia.

El recién iniciado apostolado de la pluma y de la dirección comienza a extenderse, convirtiéndose el padre Pío en el centro de un movimiento de intensa espiritualidad, hasta llegar a ser un director buscado: «una muchedumbre de almas», sedientas de Dios, «cae sobre sus espaldas», envolviéndolo en una «vorágine» de ocupaciones. Pocos días antes de partir para San Giovanni Rotondo le manifestaba a su director espiritual: «Debéis saber que no tengo ni un momento libre... Ante tan abundante cosecha me alegro mucho en el Señor porque veo que van aumentando las filas de las almas elegidas y Jesús es cada vez más amado».

En septiembre de 1916 se traslada «provisionalmente» a San Giovanni Rotondo, para respirar un poco el aire de la montaña y allí permanece, sin embargo, hasta su muerte (23 septiembre 1968), cincuenta y dos años continuos, salvo las ausencias debidas al servicio militar, un viaje a Roma y la estancia de un mes en el convento de San Marcos la Catola.

Cuando el padre Pío llega a San Giovanni Rotondo (4 de septiembre de 1916), el convento, alejado del pueblo, estaba rodeado de un profundo silencio, la iglesia conventual era frecuentada por pocas personas y en los alrededores, de vez en cuando, sólo se oía el sonido del campanillo de alguna oveja o cabra cuando pastaba por las montañas de los alrededores del convento.

En aquel paraje solitario reinaba, sin embargo, la paz y la alegría debido a la presencia de tantos hermanos, confiados a la dirección espiritual del padre Pío que voluntariamente se confesaban con él y seguían con atención sus conferencias; y él, para « perfeccionamiento» del grupo, al que ama «tiernamente» y por el cual no quiere ahorrarse «molestias personales», pidió permiso para ofrecerse como «víctima» al Señor.

Con su presencia, la soledad del convento iba desapareciendo poco a poco en la medida en que las almas sedientas de Dios descubrían en el fraile recién llegado una llamada poderosa de lo divino, mucho antes del reclamo visible de los estigmas: «una muchedumbre de almas sedientas de Jesús cae sobre mis espaldas hasta el punto de tenerme que llevar las manos a la cabeza», afirma el padre Pío en 1916. «Las horas de la mañana se me pasan todas oyendo confesiones», pudo escribir en vísperas de los estigmas el 29 de julio de 1918. «Vengo sosteniendo casi diecinueve horas de trabajo, sin apenas un poco de descanso», comunica a su director espiritual el 16 de noviembre de 1919, a poco más de un año de haber recibido los estigmas.

La clientela mundial

La característica más típica de la poderosa llamada de lo divino realizada por el padre Pío durante cincuenta años, es la universalidad. Casi como por una especie de atracción de gravedad, de todas las partes del mundo se moviliza la gente para acercarse al padre Pío.

Gente de todas las edades, de toda clase social, de cualquier condición económica, de todas las jerarquías eclesiásticas y políticas, de todo nivel cultural; gente de todas las naciones, de todas las razas acude al padre Pío con su carga de problemas y necesidades.

Y cuando la gente no puede viajar hasta él, escribe centenares, quizá miles de cartas al día en todos los idiomas: desde los más diferentes dialectos italianos a la mayoría de las lenguas más difundidas en el mundo.

La novedad del hecho manifiesta una especie de revolución copernicana en San Giovanni Rotondo, realizada por el padre Pío en un momento histórico en el cual se pone de relieve la respuesta al mandamiento evangélico: «Id a todo el mundo», con un exagerado activismo. Pero en San Giovanni Rotondo se cumple aquello que Jesús había dicho de sí mismo: «Venid todos a mí». Autorizada y manifiestamente este hecho ha sido puesto de relieve por el papa Pablo VI cuando se ha referido a la «clientela mundial» del padre Pío.

Y es natural preguntarse con fray Maseo: «¿Por qué a ti, por qué a ti, por qué a ti?»... Y la respuesta, una vez más, viene dada por el propio Pablo VI que define al padre Pío como «el representante marcado con los estigmas de nuestro Señor» (20 septiembre 1971). La gente no lleva a San Giovanni Rotondo sólo su carga de problemas y necesidades, sino que en lo más íntimo de su alma lleva consigo la única necesidad de ver a Dios y a Jesucristo en el hombre de Dios que es el padre Pío. Se repiten las maravillas de Dios: «Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré todos a mí».

El mundo percibía claramente la respuesta alternativa al problema fundamental de su siglo: no se puede ser santos sin Dios, no se puede vivir sin la gracia. «Siento asiduamente una voz que me dice: santifícate y santifica», había dicho el padre Pío a una de sus hijas espirituales en el lejano noviembre de 1922.

Y con intuición maravillosa la gente de todo el mundo comprendía rápidamente que las señales en las manos, en los pies y en el costado del primer sacerdote estigmatizado no podían ser interpretadas sino como «motivos de credibilidad» de la misión del padre Pío en el mundo contemporáneo de ser clavado en la cruz para actualizar la redención; y comprendía más pronto todavía que los dones carismáticos concedidos por Dios al padre Pío -como el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de la bilocación, los efluvios y perfumes olorosos- no eran otra cosa que «medios providenciales para acreditar el misterio de la reconciliación con Dios».

Sin embargo, la «clientela mundial», al mismo tiempo, crecía en torno al padre Pío por otra línea de fuerza, de naturaleza esencialmente espiritual: la dirección de las almas, la confesión sacramental y la celebración de la misa.

El director espiritual

El padre Pío inició su actividad de dirección espiritual, en el sentido ordinario de la expresión, con un primer grupillo de almas desde su llegada a San Giovanni Rotondo. Los puntos clave fueron dos encuentros semanales con conferencias en común, la propuesta de los medios de perfección más principales, según la doctrina común tradicional, y la unidad de padre espiritual y confesor.

No es erróneo el reconocer en este pequeño grupo el primer «grupo de oración», según su propósito de formar «pocas y bien formadas almas que a su vez serán simiente para otras almas», y, según su misma sugerencia expresada en el desarrollo de las reuniones: «Los materiales están preparados -dijo-, ahora comenzar a construir». Pero el aspecto más notable de la dirección espiritual del padre Pío y de su estatura como director espiritual se puede deducir de la dirección por correspondencia, considerada por los expertos como extraordinaria. El epistolario publicado comprende tres volúmenes. Tal correspondencia, interrumpida por orden del entonces Santo Oficio el 2 de junio de 1922, ocupa ciertamente un puesto de honor entre los epistolarios clásicos del género.

Motivos de espacio no permiten ni siquiera una sumaria indicación de las características y dimensiones de la dirección espiritual hecha por el padre Pío, y por eso hay que remitirse a los estudios realizados por el padre Melchor de Pobladura: En la escuela espiritual del padre Pío y Problemática de la dirección espiritual en el epistolario del padre Pío.

La novedad de tal dirección no hay que buscarla tanto en los medios y en las indicaciones de teología espiritual cuanto en la constancia de vivir en primera persona y en hacer vivir a las almas dirigidas las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la figura del director espiritual.

Con este fin, conviene hacer aquí una primera observación y es que, en la galería de las muchísimas almas dirigidas por él, el padre Pío conmensura el hilo conductor del compromiso en santificarse a la gran variedad de edad, cultura, condición social o profesión de cada una de las personas. El padre Pío se nos revela como un genial y santo artista del método diferenciado. Le dijeron en una ocasión: «Padre, verdaderamente sois todo de todos». Y él añadió rápidamente: «Corrige. ¡Soy todo de cada uno! Cada cual puede decir: el padre es mío».

Esta totalidad de rendición voluntaria, centrada en cada una de las almas, está basada en la profunda convicción de actuar por mandato de Dios: «Yo soy un instrumento en las manos divinas, que sólo sirve para algo si es manejado por el artífice divino». La exigencia de que los demás vean a Dios y no la imagen del director es el segundo punto relevante, el cual nos permite explicar, con dificultad pero de forma segura, la fuerza moral, a veces brusca y dolorosa, ejercitada al guiar las almas hacia Dios.

«Siguiendo al padre Pío -confiesa cándidamente una hija espiritual- se sufría fuertemente: sus pruebas, sus reprensiones, su diferente trato con las almas, partía de dolor el corazón y se necesitaba mucha fe para decir que su modo de proceder así era justo».

Un tercer elemento de relieve, que subraya su constante vocación corredentora, es la clara, sincera, íntima participación del director espiritual padre Pío en las angustias, conflictos interiores, desolaciones y penas de las almas dirigidas: «Siento como mías vuestras aflicciones». «Haré míos todos vuestros dolores y todos los ofreceré en holocausto al Señor por vosotros». Es el método de la dirección espiritual participada que caracteriza específicamente al padre Pío como director espiritual y hace más eficaz su trabajo como guía de la perfección. El padre Pío se sentía dirigiendo a las almas como el «pobre cireneo», el «piadoso cireneo que lleva la cruz por todos».

El confesor

«No tengo un minuto libre: todo el tiempo estoy dedicado a librar a las almas de los lazos de Satanás... Aquí acuden innumerables personas de toda clase y de ambos sexos con la sola finalidad de confesarse y para este solo fin se me requiere».

Es el retrato de una de sus jornadas que el padre Pío hace en una carta del 3 de junio de 1919, llegando a poder escribir en marzo de 1921: «Trabajo siempre sobre el dolor y el trabajo es tanto que no tengo tiempo ni siquiera para concentrarme sobre mí mismo y es un verdadero milagro el que no llegue a perder la cabeza».

Este «milagro» se repetirá durante cincuenta años, día tras días, salvo el período de 1931-1933 en el que el entonces Santo Oficio tomó la medida de suspenderlo del ministerio de la confesión. Tratar de hacer un balance de las personas que se han confesado con el padre Pío resulta imposible, pero la anotación de 15.000 mujeres y 10.000 hombres confesados por él, hecha por el cronista de San Giovanni Rotondo sólo en el año 1967 -el año anterior a su muerte-, lleva una connotación de un «milagro» persistente. De hecho, ya en 1919 el padre Pío podía escribir invocando a «muchos trabajadores en la viña del Señor, ya que es una verdadera crueldad mandar a su casa a centenares e incluso a miles de almas el día que vienen desde países tan lejanos con la sola finalidad de purificarse de sus pecados». Él tiene clara conciencia de su «vocación para el sacramento de la penitencia», vocación, por otra parte, combatida desde el principio por sus superiores por varios motivos (hasta en 18 cartas desde abril de 1911 a 1913 se habla de ello), pero siempre sólidamente mantenida de modo que el padre Pío en 1954 pudo decir al padre Agustín: «Prefiero que me lleven sobre una silla antes que no poder ya confesar».

No parece poder individualizarse otra razón de este aspecto maravilloso de la actuación de la gracia de Dios, que la exigencia de actualizar en el capuchino estigmatizado de Pietrelcina lo que el papa Juan Pablo II ha definido como «el derecho a un encuentro cada vez más personal del hombre de Cristo crucificado que perdona...; y, al mismo tiempo, el derecho de Cristo mismo hacia cada hombre redimido por Él. Y el derecho a encontrarse con cada uno de nosotros». Un derecho que en San Giovanni Rotondo continúa reafirmándose en las mismas dimensiones y quizás en proporciones mayores en torno a la tumba del padre Pío.

Confesarse con el padre Pío no era una empresa fácil: había que afrontar largos viajes y la incomodidad de una larga permanencia en San Giovanni Rotondo, con las implicaciones relativas a gastos económicos, mientras llega el turno de las confesiones; y las perspectivas no eran siempre las de ir a un encuentro fácil, cómodo, cariñoso. De hecho, la confesión con el padre Pío tenía todas las características de un encuentro personalísimo, frecuentemente dramático, pero siempre era una terapia desconcertante para las almas.

«Firme y decidido -decía el cardenal Lercaro- hasta el punto de ser brusco y desagradable; y, al mismo tiempo, abierto y amable hasta transmitir la paz y la serenidad a quien desde años o quizás nunca la había saboreado como para enamorarse de la fe, del sacrificio y de la entrega generosa, incluso a quien llegaba a él -sin ni siquiera saber el por qué- con escepticismo y deliberada reticencia».

«Su confesonario -escribió L'Osservatore Romano al anunciar la muerte del padre Pío- era un tribunal de misericordia y de firmeza; incluso aquellos que partían sin haber obtenido la absolución tenían, en una muy gran mayoría, ansia de volver y de encontrar paz y comprensión, mientras que para ellos se había abierto ya un nuevo período de vida espiritual».

A quien le preguntaba: «Padre, ¿por qué tratáis tan duramente a vuestros hijos?», respondía: «Quito lo viejo y pongo en su lugar lo nuevo. La operación evangélica de la conversión no se realiza sin dolor, incluso cuando se hace sólo por amor».

La misa del padre Pío

La jornada diaria de la vida del padre Pío era extremadamente monótona: coro, iglesia, celda, los paseos por la huerta y, más tarde, la galería del convento, tanto que en las «Relaciones bimestrales» del convento de San Giovanni Rotondo se podría afirmar «estar él muerto para el mundo».

Sin embargo, de esta monotonía destacaban poderosamente dos polos extraordinarios en los cuales el mundo entero entraba en la vida y en el corazón del padre Pío: el confesonario y el altar. Ellos son también -se puede pensar con seguridad- los dos polos de la vocación corredentora y de la atracción ejercida por el padre Pío sobre su siglo. El momento más glorioso era, sin embargo, el de la santa misa.

La celebración de la misa era para él un drama sufrido cotidianamente, pero sentía un desconsuelo extremo cuando estaba impedido para celebrar la misa. A quien le preguntaba: «En la misa, ¿morís también... por amor o por dolor?», el padre Pío respondió: «Más por amor».

El padre Pío celebraba muy temprano, ordinariamente a las 4,30 de la mañana; la «clientela de todo el mundo» esperaba durante más de una hora en la puerta de la iglesia para conseguir los puestos más cercanos al altar y participar en la misa.

En la porfía por participar de un modo directo en su misa, no faltaban malos modos para conseguir los primeros puestos, pero tales incorrecciones que hoy se tendrían sólo en acontecimientos políticos, económicos o deportivos, eran, como por fascinación, transferidos por el padre Pío a un «espectáculo de Dios», de amor doloroso como es la santa misa. Es un hecho que no es fácil explicar con los comunes argumentos humanos u ordinariamente eclesiales.

Es cierto, sin embargo, que durante la misa del padre Pío se establecía concreta y visiblemente lo que Juan Pablo II ha llamado el «clima de la eucaristía».

Y no cabe duda de que los centenares de miles de personas que han asistido a la misa del padre Pío han percibido en ella el vértice y la plenitud de su espiritualidad.

Unido al Hijo por medio de la Madre

El padre Pío murió estrechando entre sus manos la corona del rosario; no podía ser de otra manera porque la imagen del padre Pío vivo era inseparable de la corona del rosario: ésta formaba parte, por así decirlo, de su misma estructura física.

El rezo del rosario a la Virgen era como el tejido que unía los espacios que había vacíos entre confesar, decir misa, la vida de comunidad y las visitas. Podía parecer como algo mecánico para un observador extraño, pero era sólo el signo visible de una realidad mucho más profunda y maravillosa.

Esta realidad no era sino el amor filial, expresado en el epistolario y en el modo de hablar, con una sinfonía de apelativos bellísimos: «querida madrecita», «bella madrecita», «bella Virgen María», «bendita madre», «tierna madre», «queridísima madre», «celestial madrecita», «pobre madrecita».

Es en el fondo una ternura teológica ya que María es para el padre Pío el «camino que lleva a la vida», la «vía para llegar a feliz término». Camino y vía que le llevan a combatir por la salvación: «Protegido y conducido por tan tierna madre lucharé hasta que Dios quiera, con la seguridad y confianza puestas en esta madre».

Por eso, el rosario es un arma en sus manos. Camino y vía que llevan al misterio de la cruz: «La Virgen dolorosa nos alcance de su santísimo Hijo el adentrarnos cada vez más en el misterio de la cruz hasta embriagarnos con ella en los padecimientos de Jesús»; camino y vía que nos conducen al amor a la cruz: «La santísima Virgen nos alcance el amor a la cruz, a los sufrimientos, a los dolores: ella que fue la primera en poner en práctica el evangelio en toda su perfección, en toda su rigurosidad, incluso antes de que se publicara».

Es esta «querida madre» la que le da conciencia de su misión en el mundo: «Salgamos con ella junto a Jesús fuera de Jerusalén, símbolo y figura... del mundo que rechaza y reniega de Jesucristo»; es ella la que le acompaña en el sacrificio. «Pobre madrecita, qué bien me quiere. Lo he constatado hermosamente de nuevo al comenzar este bello mes. Con qué cuidado me ha acompañado en el altar esta mañana».

De este modo el padre Pío puede expresar así en síntesis su devoción mariana: «Me siento estrechamente ligado al hijo por medio de esta madre sin ver siquiera las cadenas que tan fuertemente me religan».

«Sufrir con Jesús y como Jesús»

El fundamento de la espiritualidad y la razón de un don tan insólito como los estigmas, por los cuales el padre Pío no percibía sino «confusión» y «humillación», radica en lo que él mismo expresa con desarmada simplicidad: «He sido encontrado digno de sufrir con Jesús y como Jesús».

Su «vocación de corredimir» a la humanidad constituye una misión especial que ha caracterizado toda su vida: el Señor «me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será otra cosa que un martirio» (junio 1913); «el mismo Jesús quiere mis sufrimientos, tiene necesidad de ellos para las almas».

Él comprende la belleza de esta misión, y para «agradar», «consolar», «complacer» a Jesús, se vacía siempre del todo en sus penas: sufrir y sufrir «sin un verdadero consuelo» para aliviar más los dolores del buen Jesús; es esta «toda la razón por la que deseo sufrir y sufrir sin recibir consuelo, haciendo de ello toda mi gloria»; «Jesús me dice que en el amor está El mismo que me ama; en los dolores, en cambio, soy yo el que lo amo a Él».

La fuente inagotable de su fortaleza, generosidad y perseverancia es la cruz: «Sufro y sufro mucho, pero gracias al buen Jesús, me encuentro todavía con un poco de fuerza; ¿y de qué no será capaz la criatura cuando se siente ayudada por Jesús? Yo no deseo ciertamente sentirme aliviado del peso de la cruz, ya que sufrir con Jesús me resulta grato; contemplando a Jesús con la cruz sobre sus espaldas me siento más fortalecido y exulto con santa alegría». La meta de la vía dolorosa no es otra que el monte Calvario: «La cruz será plantada sobre el Gólgota, pero hace falta reconocer que el paso que hay que dar para colocar allí la cruz requiere todavía tiempo, y, después, para agonizar allí con Jesús, se requiere también tiempo». Y dirigiéndose a Dios con confianza temerosa de sí mismo: «Tú me has hecho subir hasta la cruz de tu Hijo y yo me esfuerzo por adaptarme a ella de la mejor manera: estoy convencido de que jamás bajaré de ella».

Pero el padre Pío revela también el secreto de este sufrir con Jesús y como Jesús: «Quizá no me haya expresado bien todavía respecto al secreto de este sufrir. Jesús, varón de dolores, querría que todos los hombres lo imitasen. Ahora bien, Jesús me ofreció también a mí este cáliz; yo lo acepté para no ahorrarme nada».

Y a una hija espiritual le dice la verdad desnuda: «No es la justicia, sino el amor crucificado el que te crucifica y te quiere a sus penas amarguísimas sin consuelo y sin ningún otro sostenimiento que el de las desconsoladas angustias. La justicia no tiene nada que castigar en ti sino en otros, pero tú, víctima, expías por los hermanos lo que todavía falta a la pasión de Jesucristo. Esta es toda la verdad, la sola verdad». Verdad experimentada en sí mismo: «Hijo mío, tengo necesidad de víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame el sacrificio de toda tu persona»; «Oh qué bella cosa convertirse en víctima del amor».

Pero sufrir con Jesús y como Jesús es también signo de una alternativa de vida: «Sé que sufro; pero el sufrimiento, ¿no es quizás el signo cierto de que Dios te ama? Sé que sufro; pero este sufrimiento, ¿no es quizás el distintivo de toda alma que ha escogido como su lote y heredad a un Dios, y a un Dios crucificado?».

Es la misma voluntad de Jesús: «Jesús ha escogido como estandarte la cruz y, por eso, quiere que todos sus seguidores deban patear el camino del Calvario, llevando la cruz, para después expirar tendidos sobre ella». En este sentido interpreta, refiriéndose al texto paulino, el sacramento fundamental del cristiano, el bautismo: «Lo que fue la cruz para Jesucristo, esto es para nosotros el bautismo».

Maestro insuperable de la espiritualidad de la pasión, el padre Pío es un pionero en orientar la vida bajo el signo de la cruz antes que bajo el esplendor de la resurrección: «Jesús glorificado es hermoso; pero aun cuando lo sea tal, me parece que lo es mayormente estando crucificado».

Consumido por el amor de Dios y el amor del prójimo

La espiritualidad de la Pasión tiene en el padre Pío una horma única expresada por él mismo con fuerza, de esta manera: «Me consume el amor de Dios y el amor del prójimo»; está sólidamente basada en la lógica del amor descrita en 1 Jn 3,16: «En esto hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por los hermanos».

El itinerario místico del padre Pío describe esta lógica. El epistolario, sobre todo el primer volumen, documenta el misterio del encuentro de su alma con Dios que le enriquece con dones místicos empujándole al compromiso de «vivir para los hermanos» (1 enero 1921). «Me consuela saber que crecen las tempestades porque esto es señal de que se va estableciendo en ti el reino de Dios», intuye felizmente el director espiritual del padre Pío, padre Agustín de San Marcos in Lamis, en octubre de 1910. Y ya en 1912, mientras el padre Pío vive un progresivo estado de purificación interior y sufre la presencia constante de «barbablú» (el diablo), permitido por el «buen Jesús» sucede la fusión de su corazón con el de Jesús: «¡Oh, qué suave fue el coloquio mantenido con el paraíso en esta mañana! Fue tal que queriéndome esforzar por querer decirlo todo no podría; sucedieron cosas que no pueden traducirse en un lenguaje humano, sin perder su sentido profundo y celestial. El corazón de Jesús y el mío, permíteme la expresión, se fusionaron. No eran más dos corazones que latían sino uno sólo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua se pierde en el mar» (18 abril 1912).

La fusión de los corazones tiene inmediata resonancia de participación en el prójimo: «Padre mío, si pudiese volar, querría hablar fuerte, querría gritar a todos con toda la voz que tengo en la garganta: amad a Jesús que es digno de amor» (28 junio 1912); y se basa en la sed de sufrir para salvar: «Él escoge las almas y entre éstas, a pesar de mi desmerecimiento, ha escogido también la mía para ayudarse en el gran negocio de la salvación humana... Esta es la razón por la que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin consuelo; en esto consiste toda mi gloria» (20 septiembre 1912).

El punto de llegada de esta alma «abandonada en Dios» (29 marzo 1911), «enamorada de Dios» (6 octubre 1911) y convertida en torrente que desemboca «en el océano sin orillas del amor de Jesús» (9 agosto 1912), está indicado claramente en dos cartas de 1914, complementarias también casi por la contemporaneidad, las cuales describen «la situación que se produce entre el alma y Dios»: «Ahora es Dios mismo aquel que inmediatamente actúa y obra en el centro del alma sin el concurso de los sentidos tanto internos como externos... El alma... siente que todo su ser está concentrado y recogido en Dios... En esta situación, los sentidos, los apetitos, los deseos, los afectos, el alma toda gravita en torno a Dios con una fuerza y presteza maravillosa y lo que más extraña es que ni el alma misma advierte su propio movimiento» (9 febrero 1914).

La fusión de los corazones ha sido el preludio afectivo significante, casi sacramental, de la íntima unión con Dios, tan admirablemente descrita como maravillosamente vivida.

Pero he aquí cómo emerge desde el centro del alma ocupada por Dios la compasión de las miserias ajenas, en particular, respecto a los pobres necesitados. «La grandísima compasión que siente el alma a la vista de un pobre le hace nacer en su propio interior un vehemente deseo de socorrerlo, y si yo mirase a mi propia voluntad llegaría hasta despojarme finalmente de mi propia ropa para vestirlo. Si luego sé que una persona está afligida, bien en el alma o en el cuerpo, qué no haré unido al Señor para verla libre de sus males. Con tal de verla libre asumiría con gusto todas sus aflicciones, cediendo en su favor los frutos de tales sufrimientos, si el Señor me lo permitiese» (26 marzo 1914).

Después de esta conquista se adentran en el alma del padre Pío las tinieblas de la «noche oscura»: «Es la alta noche para el alma... Los bellos días pasados con el dulcísimo Jesús desaparecen del todo de la mente... Para mí todo está perdido» (4 mayo 1914); «todo es desierto, todo es desconsuelo» (20 junio 1915); «todo es oscuridad en torno a mí y dentro de mí» (19 julio 1915). Una filigrana de amor doloroso atraviesa el alma desierta y oscura dando un significado de ofrecimiento al abandono: «lo que más me hiela la sangre alrededor del corazón es que muchas de tales almas se alejan de Dios, fuente de agua viva, por el solo motivo de que ellas se encuentran ayunas de la palabra divina» (20 abril 1914); «los horrores de la guerra, padre mío, me tienen continuamente en una mortal agonía. Quisiera morir para no ver tantos estragos, y si el buen Dios quisiera concederme en su misericordia esta gracia, le quedaría muy reconocido» (20 mayo 1915).

El padre Pío se ofrece a Dios por su provincia religiosa «usque ad effusionem sanguinis» (16 febrero 1915); encuentra justa la prueba del abandono y de la «profunda noche del espíritu», porque «no es justo que en tiempo de luto nacional, incluso mundial, haya un alma que porque no esté en el campo de batalla, al lado de sus hermanos, tenga que vivir, aunque sea por un sólo instante, en la alegría» (20 junio 1915); habla frecuentemente con Jesús de la guerra y una vez recibe una señal misteriosa «¿Querrá él mismo, quizás, intervenir en el arreglo de esta conflagración mundial?» (19 diciembre 1917).

Por Italia, apenas entrada en guerra, reza: «Vayan dirigidas nuestras plegarias, sobre todo, a desarmar la cólera divina para con nuestra patria... aprende, al menos... cuán dañoso es para las naciones alejarse de Dios» (7 septiembre 1914).

Se ofrece víctima cada día por los pobres pecadores, «otros tantos Lázaros», y se lamenta: «Por tanto, ¿no ha sido grato al Señor el holocausto que yo le había hecho y todavía lo vengo haciendo de toda mi persona?» (17 octubre 1915).

Hay que pensar que puede ser este el momento en el que el padre Pío conquista ante Dios el derecho a la «clientela mundial».

Pero precisamente cuando se siente «descendido al infierno desde esta vida» (31 enero 1918), y se lamenta dolorosamente: «Estoy perdido, sí, estoy perdido en lo desconocido» (4 junio 1918), y en la carta del anonadamiento total del 19 de junio de 1918 se acusa de «no tener ni la caridad hacia Dios ni caridad hacia el prójimo» y se siente «abandonado de Dios» y «a punto de naufragar», el padre Pío es objeto de una nueva gracia maravillosa de Dios: el toque sustancial o beso de amor.

Esto sucedió el 30 de mayo de 1918, festividad del Corpus Christi, y probablemente se repitió también el mes siguiente el 29 de junio, fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

«Me sentí totalmente agitado, me llené de un terror extremo y me faltó poco para morir; después me vino una completa calma jamás antes experimentada por mí. Todo este terror, agitación y calma que se sucedían la una a la otra, fue causado en mí no por la vista sino por algo con lo que me sentí tocado en la parte más secreta e íntima del alma. No puedo decir más cosas sobre este acontecimiento». Pero, apenas descrito este toque sustancial del alma por parte de Dios, el padre Pío señala un hecho simultáneo: «Durante este acontecimiento me llegó el momento de ofrecerme todo entero al Señor con la misma finalidad que tenía el Santo Padre (cfr. Motu proprio Quartus iam annus, de Benedicto XV, de 9 de mayo de 1918 en el cual se pide una misa propiciatoria por la paz) al recomendar a la Iglesia entera el ofrecimiento de oraciones y sacrificios» (27 julio 1918).

La experiencia mística del padre Pío revela claramente la unión indisoluble entre el amor de Dios que penetra el alma y el amor del prójimo que se vuelca en oferta total y universal hacia los hermanos. El alma del padre Pío queda así preparada para la «dura, áspera, aguda y penetrante acción» que tendría lugar el 5-7 de agosto de 1918 y sería descrita en la carta del 21 de agosto de 1918, la transverberación o asalto del serafín: «Estaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de pronto todo se llenó de un terror extremo a la vista de un personaje celeste que se me aparece ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una especie de lanza semejante a una larguísima lámina de hierro con una punta muy afilada y que parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo esto y observar a dicho personaje arrojar con toda violencia la antedicha lanza en el alma fue todo una sola cosa. Con dificultad emití un gemido, sentía que moría. Dije al muchacho que se retirase porque me sentía mal y no tenía fuerzas para continuar. Este martirio duró, sin interrupción, hasta la mañana del día 7. Lo que sufrí en este período tan luctuoso, no sabría decirlo. Veía también que las vísceras eran desgarradas y como estiradas detrás de aquella arma y todo era sometido a hierro y fuego. Desde aquel día hasta hoy estoy herido de muerte».

La misma carta del 21 de agosto de 1918 que define de modo ejemplar una de las cimas de la experiencia mística del padre Pío, contiene, de una parte: «la clara, real, experimental visión de mí mismo y de confirmación en la irrevocable sentencia (de condena) que quizás Dios haya dado sobre mí»; de otra, enuncia la firme convicción de que «es Dios quien obra todo esto».

El amor activo de Dios se cambia en el «temor y temblor» del alma: «El asalto, avanza, avanza y avanza siempre y me hiere en el centro... ¿Qué querrá de esta criatura?» (6 septiembre 1918).

Dios, percibido distintamente como «Dios-Bondad» (5 septiembre 1918), como «Dios-Amor» (6 septiembre 1918), realiza la «estigmatización», mientras el alma está convencida del «rechazo» que Dios ha hecho de ella (21 agosto 1918).

El padre Pío llama más veces a la estigmatización «mi crucifixión».

La estigmatización

La «estigmatización» completa la herida del alma. Los primeros signos del prodigio aparecieron en el otoño de 1910; después los signos desaparecieron, pero los dolores continuaron. Su «crucifixión» tiene lugar en el coro la mañana del 20 de septiembre de 1918, después de la celebración de la santa misa, cuando «asombrado del descanso, semejante a un dulce sueño», los sentidos internos y externos con las mismas facultades del alma «se encontraron en una quietud indescriptible». Se hizo un silencio total «en torno a mí y dentro de mí; rápidamente le siguió una gran paz y el abandono a la completa privación del todo y como un descanso en la misma ruina. Todo sucedió como un relámpago».

«Y mientras sucedía todo esto, me encontré ante un personaje misterioso, semejante al que vi la tarde del 5 de agosto, que se diferenciaba con éste solamente en que tenía las manos, los pies y el costado manando sangre. Su vista me aterrorizó; no sabría deciros lo que llegué a sentir en aquel instante. Creí morirme y hubiese muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostenerme el corazón, que parecía salírseme del pecho. Desaparece el personaje de la visión y yo me encuentro con que mis manos, pies y costado han sido traspasados y manaban sangre. Imagínate el desgarro que experimenté entonces y que vengo experimentando continuamente casi todos los días».

La estigmatización fue comprobada como hecho de lesión anatómica de tejidos por el profesor Luigi Romanelli, director del hospital civil de Barletta, por el profesor Amico Bignami, catedrático ordinario de patología médica de la universidad de Roma y por el doctor Giorgio Festa con distintas visitas médicas entre octubre de 1919 y julio de 1925, haciendo de ello una descripción minuciosa. El hecho en sí no era puesto en discusión por los médicos, sino la génesis del hecho: de una parte está la interpretación positivista, sintetizada así por el profesor Bignami: «a) que los estigmas hayan sido establecidos artificial y voluntariamente; b) que sean la manifestación de un estado morboso; c) que sean en parte el producto de un estado morboso y en parte artificiales». De otra parte está la enérgica y razonada exposición del profesor Romanelli y del doctor Giorgio Festa a tal hipótesis interpretativa extremadamente reductiva.

En 1925 el doctor Festa comprobó la permanencia de los estigmas con «los mismos caracteres que los había descrito en las primeras relaciones». Después de las decisiones tomadas por el Santo Oficio de guardar silencio sobre estas cosas, no se tuvo ocasión de examinar las llagas en modo esmerado, pero su permanencia sigue siendo atestiguada por los médicos, religiosos y laicos que las habían visto hasta pocos meses antes de la muerte del padre Pío, cuando comenzó una rápida reconstrucción de los tejidos hasta desaparecer totalmente las heridas en el momento de la muerte.

Es digno de hacer notar que desde que el padre Pío tiene grabadas en su carne las señales del crucificado, una nueva angustia hizo presa en él: «Cansado y sumergido en la extrema amargura, en la desolación más desesperada, en la angustia más angustiosa, no por no poder encontrar ya a mi Dios, sino por no ganar o no ganar a todos los hermanos para Dios» (6 de noviembre 1919).

Dos fuerzas se disputan el centro de su alma: «Las dos fuerzas que, en apariencia, parecen extremadamente contrarias, la de querer vivir para ayudar a los hermanos en este exilio y la de querer morir para unirme al esposo, que en estos últimos tiempos las siento agitarse superlativamente en la punta más alta del espíritu» (8 octubre 1920). El «querer ayudar a los hermanos» no se ha limitado mientras tanto a la salvación espiritual sino que ha sido algo concreto con la demanda hecha a los superiores de utilizar ofertas y de recurrir a los bienhechores «por la gloria de Dios y para alivio del prójimo» (14 junio 1920). El «vivir para los hermanos» es la «cúspide»: «Soy vertiginosamente transportado a vivir por los hermanos y consiguientemente a embriagarme y a saciarme de aquellos dolores que aún voy irresistiblemente lamentando» (1 enero 1921). Tanto que el 30 de enero pudo atreverse hasta llegar al absurdo: «Continuaré violentando el corazón divino».

Poco antes de que el fin del epistolario haga caer el telón sobre el viaje del alma del padre Pío hacia Dios y hacia los hombres (mayo 1922), nos ha dejado una declaración programática: «He trabajado, quiero trabajar; he rezado, quiero rezar; he vigilado, quiero vigilar; he llorado, quiero llorar cada vez más por mis hermanos exiliados» (23 octubre 1921); y nos ofrece una representación plástica de la misión del padre Pío en el mundo: «¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece por el mal y no entristecerse igualmente? Ver a Dios que está a punto de descargar sus rayos y para pararlos no hay otro remedio si no es alzando una mano para detener su brazo y la otra dirigirla conmovida al propio hermano, por un doble motivo: que echen de sí el mal y que se alejen, rápidamente, del lugar donde se encuentran porque la mano del juez está para descargarse sobre él» (20 noviembre 1921).

La florescencia del amor

El 5 de mayo de 1956 el mismo padre Pío presentaba a una desbordada multitud la «Casa Alivio del Sufrimiento», «criatura de la Providencia»: «Se ha plantado en la tierra una semilla que el Señor Dios calentará con sus rayos de amor. Un nuevo ejército hecho de renuncia y de amor está por aparecer para gloria de Dios y consuelo de las almas y de los cuerpos enfermos. No nos privéis de vuestra ayuda, colaborad en este apostolado de ayuda al sufrimiento humano..., para que esta obra no perezca por inanición, sino se convierta en la ciudad hospitalaria técnicamente adecuada a las más audaces exigencias clínicas y, al mismo tiempo, al orden ascético de franciscanismo militante. Lugar de oración y de ciencia donde el género humano se reencuentra con Cristo crucificado como una sola grey con un solo pastor».

La voz de Pío XII bendecía y alababa el hospital de San Giovanni Rotondo, como «fruto de una de las más altas intuiciones de un ideal largamente madurado y perfeccionado al contacto con los más variados y más crueles aspectos del sufrimiento moral y físico de la humanidad. La obra conseguida con paciencia y tenacidad, se presenta como un magnífico acontecimiento, como uno de los hospitales mejor dotados de Italia» (8 mayo 1956).

El principio que debe inspirar la «Casa Alivio del Sufrimiento» es el de ver «en cada necesitado a Cristo». «Esta obra -decía el padre Pío el 5 de mayo de 1957-, si sólo fuese alivio de los cuerpos, sería sólo una clínica modelo», pero no, «se trata de hacer operante el amor de Dios, mediante el reclamo de la caridad. El que sufre debe vivir en ella el amor de Dios por medio de la sabia aceptación de sus dolores. En ella el amor a Dios deberá corroborarse en el espíritu del enfermo mediante el amor a Jesús crucificado que emanará de aquellos que atienden la enfermedad de su cuerpo y de su espíritu. Aquí los que están hospedados, médicos, sacerdotes serán reserva de amor, que, mientras más abundante sea en uno, tanto más se comunicará a los demás».

Otra realización social del hombre «devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo» es el alivio de un sufrimiento que sangra más que una llaga, el sufrimiento de los inocentes con la institución de numerosos «centros» de asistencia a los niños minusválidos. La «catedral de la inocencia» surge también -así se ha escrito- en el ámbito de la expansión de la «Cáritas» cristiana interpretada íntegramente por el padre Pío en el doble intento de «realizar la caridad como justicia social» para con los inocentes perjudicados por la ley de la vida y de una «educación al sufrimiento», aliviado, sí, por la ciencia humana, pero que permanecerá siempre como un signo indeleble y absurdo humanamente; todo ello alcanzará significado tan sólo si se parte de una consciente visión cristiana del mundo.

La urgencia de la obligación de estar cerca de cada hombre y de servir con los hechos a aquel que pasa a nuestro lado, la ha sentido y practicado el padre Pío en todos los modos y con todos los medios desde los años veinte: en 1925, debido a su interés y con los fondos recogidos entre los fieles admiradores, se levanta en San Giovanni Rotondo el pequeño «Hospital civil de San Francisco», verdadera bendición de Dios para los habitantes de San Giovanni; en los años cincuenta, bajo su estímulo, florecen escuelas maternas y un centro de formación profesional; se facilitan, desde los comienzos de su presencia en el pueblecito gargánico, medicinas, comida, ropa, alquiler de casa a los pobres enfermos y necesitados del pueblo, hospedaje en institutos a jóvenes pobres, muchachos, huérfanos, sordomudos, muebles a jóvenes casamenteros, trabajo a los parados...

Al campo de irradiación benéfica de la caridad del padre Pío se debe añadir «la fuerza no estructurada e invisible, como el aire que respiramos, pero concreta e inmensa, de la caridad indirecta del padre Pío. En el mundo de hoy, el nombre y la realidad del padre Pío se han convertido en la llave de oro para violentar amorosamente cualquier corazón humano, para ponerlo al servicio del prójimo».

Finalmente, el sendero de cabras que desde el pueblo llegaba hasta el convento de los capuchinos y la antigua y pobre aldea que era en 1921 San Giovanni Rotondo han sido «recreados» en su asentamiento constructivo, social y económico por la simple presencia de un hombre de Dios.

Por la caridad en el espíritu se realiza una obra específica con los «Grupos de oración» -después de las reiteradas llamadas de Pío XII a la oración comunitaria, concebida como valioso vínculo para unir las almas buenas y como reto para atraer a la salvación a las almas alejadas-, cuya finalidad quiere establecer el propio padre Pío: «viveros de fe, hogares de amor en los cuales Cristo mismo está presente cada vez que se unen por la oración y el ágape fraterno».

El movimiento no tuvo siempre una vida fácil, pero la pequeña semilla evangélica ha crecido hasta convertirse en árbol frondoso y cargado de frutos: «El padre Pío de Pietrelcina -afirma Pablo VI- entre las muchas cosas buenas y bellas que ha realizado está el haber creado tan gran cantidad, un río de personas que oran y que, con su ejemplo y en la esperanza de ayudarse espiritualmente, se dedican a la vida cristiana y dan testimonio de comunión en la oración, en la pobreza de espíritu y en la energía de la profesión cristiana» (24 septiembre 1975).

Los «Grupos de oración», que están extendidos por casi todo el mundo conocido, son 1.840 (hasta abril de 1981), de los cuales hay en Italia 1.599 y 241 en otras naciones.

En los brazos del amor

A las 2,30 del 23 de septiembre de 1968 moría el padre Pío y, continuando sorprendiendo al mundo hasta el final, de su mano izquierda caía la última costrilla del lugar de la herida y nos dimos cuenta que «en el costado, en los pies y en las manos no había más heridas ni cicatrices» (Informe «in fede» del padre Rafael de S. Elia a Pianisi, 21 febrero 1969).

La documentación fotográfica hecha en presencia de cuatro testigos (Informe «in fede» del doctor Giuseppe Sala el 7 de julio de 1969) ofrece la maravilla de una piel vuelta suave, lisa, juvenil en las manos, pies y costado.

Si la permanencia durante cincuenta años de heridas profundas que sangraban había traído problemas, un problema nuevo, ciertamente, planteaba su total desaparición sin dejar cicatrices.

El jesuita padre Giorgio Cruchon, profesor de Psicología pastoral en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, comentaba así este hecho: «¿Qué más se querrá para aceptar la realidad de los estigmas, sobre todo si estas llagas estaban integradas en una vida totalmente dedicada a Dios y a la oración, al servicio del prójimo (y no en una vida cerrada en la sola contemplación), en una vida de fidelidad continua, sin altibajos de tipo neurótico, en una vida de paciencia y de obediencia heroica, en medio de medidas disciplinarias tomadas contra él, en una vida de caridad ejemplar en comunidad, que no quería hacer daño a nadie?».

Pero quizás la clave de comprensión más segura puede estar en lo que el propio padre Pío escribía el 19 de noviembre de 1916: «Yo no deseo otra cosa que o morir o amar a Dios; o la muerte o el amor».

Las heridas, signos de muerte, desaparecían ante los brazos del Amor, tendido para depositar sobre su cuerpo la «espléndida corona» prometida y para liberarlo definitivamente de estos signos externos que le sirven de confusión y de humillación indescriptible e insostenible.

El cardenal Ursi, realzando el hecho insólito, lo encuadra así en la vida del padre Pío: «El padre Pío estuvo llagado en el cuerpo, como Cristo, para destruir males y sufrimientos del mundo contemporáneo, pero, rápidamente, tras su muerte, su carne, en las partes afectadas por las misteriosas heridas, creció verdaderamente, para indicar la certeza de la resurrección final, la renovación de la humanidad, que él en cierto modo preanunciaba, y también para mostrar las credenciales de su especial misión encomendada por Dios para el bien de los hermanos de atraerlos a la salvación».

Su causa de beatificación fue introducida el 23 de noviembre de 1969. La amplísima documentación fue entregada a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos el 16 de enero de 1973. Y está todavía en el estudio de dicha congregación que debe también examinar todo cuanto sobre el padre Pío se encuentra en la Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de introducir oficialmente la causa.

Mientras tanto, con conocimiento de datos y de hechos, a 28 años de la muerte del padre Pío se puede afirmar que la renovación de la humanidad continúa en San Giovanni Rotondo en torno a su tumba y en el mundo sin demasiados ruidos pero, profundamente, con la oración, la confesión, la misa y el alivio del sufrimiento.

[Añadamos que el padre Pío de Pietrelcina fue beatificado por Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999, y canonizado por el mismo Papa el 16 de junio del 2002].

Fuentes biográficas.- Pio da Pietrelcina, Epistolario. I Corrispondenza con i direttori spirituali (1910-1922), a cura di Melchiore da Pobladura e Alessandro da Ripabottoni, San Giovanni Rotondo 1973; II Corrispondenza con la nobildonna Raffaelina Cerase (1914-1925), idem 1975. III Corrispondenza con le figlie spirituali (1915-1923), idem 1977. Los tres volúmenes contienen amplias introducciones que nos dan a conocer, aunque de forma limitada, los destinatarios, origen, vicisitudes y contenidos del epistolario. Agostino da S. Marco in Lamis, Diario, a cura di Gerardo Di Flùmeri, San Giovanni Rotondo 1975.


Alejandro de Ripabottoni, O.F.M.Cap., Pio de Pietrelcina. Una vocación «expiatoria», en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo II. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1997, págs. 321-348.

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