DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

10 de septiembre
BEATOS RICARDO DE SANTA ANA Y COMPAÑEROS
Mártires Franciscanos de Japón (†10-IX-1622)

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El 7 de julio del año 1867, el papa Pío IX beatificó a 205 siervos de Dios, encabezados por el dominico Alfonso Navarrete, que fueron martirizados en Japón entre 1617 y 1632. Muchos de ellos pertenecen a la Familia franciscana, y aquí nos ocupamos de los cinco inmolados en Nagasaki el 10 de septiembre de 1622.

Ya en los comienzos de su acción evangelizadora en el Japón, San Francisco Javier (1549-1551) tuvo la convicción del firme arraigo de la fe en los conversos, considerándolos dispuestos a sufrir el martirio antes que apostatar. La previsión del santo se vio cumplida en la misma centuria. En 1597 se registra la primera cosecha de mártires: además de los franciscanos de España y Filipinas, tres jesuitas japoneses y diecisiete seglares también nativos del Japón.

El número de cristianos fue en aumento. Si en el momento de la primera persecución los católicos eran doscientos mil en Nagasaki -centro principal de la comunidad católica japonesa-, en 1614 pasaron a trescientos mil tras la llegada de nuevos misioneros jesuitas, franciscanos, dominicos y agustinos.

Tan llamativo crecimiento, causó la alarma de las autoridades japonesas, entrando en juego el odio furioso de los bonzos, las sospechas de connivencias de los misioneros con los agentes de España y Portugal y, también, la enemiga declarada de los calvinistas holandeses. ¿Se acompañó siempre el ardor de los misioneros españoles del tacto especial que caracterizó a los jesuitas seguidores de San Francisco Javier? De hecho el Shogun Ieyasau desencadenó en 1614 una terrible persecución que prosiguió durante largos decenios con sus sucesores Dietada y Iemitsu. La cristiandad japonesa quedó en buena medida destruida. Hubo, tristemente, numerosas apostasías, pero se multiplicaron los mártires. El decreto persecutorio de 1614 parecía limitarse a la expulsión de los misioneros. Pero, como ya había sucedido a finales del XVI, muchos de ellos lograron esconderse para sostener a los cristianos en su fe. Comenzó así la caza de misioneros y el encarcelamiento de los cristianos que los ocultaban. De 1617 a 1632 la persecución fue de lo más cruento y ensañado. El número de mártires fue elevadísimo. Ni siquiera fue posible registrar todos los nombres. Un buen número de misioneros y de japoneses nativos lograron huir y fueron acogidos en Manila y en Macao, evidenciándose la acción protectora de España y Portugal. La Congregación de Ritos se vio informada con sorprendente rapidez, ordenando iniciar los procesos canónicos para atestiguar los martirios. Prestaron su testimonio unas setenta personas prófugas del Japón. El proceso a beatificación fue reanudado en 1862, concluyendo con la beatificación por Pío IX en 1867 de 205 mártires, con nombres y datos bien precisos, que deben ser considerados como representativos de una más amplia legión de héroes.

Los martirios se sucedieron ya a partir de 1617: 22 de mayo, 1 de junio, 1 de octubre... El día del martirio grande de Nagasaki fue el 10 de septiembre de 1622. En esta fecha dieron su vida 52 cristianos: sacerdotes, religiosos (dominicos, franciscanos y jesuitas), personas casadas, jóvenes, viudas y niños, que ofrecieron un heroico ejemplo de constancia. Con razón han obtenido celebración especial el 10 de septiembre. Se enumeran ocho dominicos, de ellos cuatro españoles, a los que se suman dos japoneses y un italiano. La orden franciscana aporta un belga y dos españoles; la Compañía de Jesús cuenta con ocho japoneses nativos, encabezados por el sacerdote Sebastián Kimura, al que se une el sacerdote jesuita belga Carlos Spínola; los seis restantes son jovencísimos profesos en etapa de formación... Merecen atención particular dos terciarios franciscanos, especialmente la anciana de ochenta años Lucía de Freitas. Hay casos especialmente conmovedores de matrimonios que sufren juntamente el martirio, como el de los catequistas de la misión jesuítica Antonio Sanga y Magdalena, y Antonio y María, éstos con dos hijos, Juan, de doce años, y Pedro, de tres. Igualmente Pablo Nagaishi y su mujer Tecla mueren con su hijo Pedro, de siete años. Isabel Fernández, viuda del mártir Domingo Jorge, muere con su hijo Ignacio de cuatro años. Siguen varias viudas de esposos martirizados en días anteriores, niños hijos de mártires, etc. Sangre española, belga, italiana en el raudal bermejo de sangre japonesa: «Salvete, flores martyrum».

En la bula de beatificación, Pío IX ofrece esta visión conjunta: «Operarios del Evangelio con sus catequistas; nobles personajes de linaje real, señoras de rica posición, jóvenes virginales, ancianos de avanzada edad, niños y niñas de tres o cuatro años... En el recuento pormenorizado de estos cincuenta y dos mártires resulta que veintidós fueron quemados vivos, y los otros treinta, decapitados. El cielo de Nagasaki quedó teñido de púrpura para siempre».

La beatificación de estos mártires, junto con otros mártires de Japón, 205 en total, fue el 7 de julio de 1867.

[J. M. Díaz Fernández, en Año cristiano, IX Septiembre, Madrid, BAC, 2005, pp. 308-310]

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BEATOS RICARDO DE SANTA ANA Y COMPAÑEROS
Notas biográficas

Los cinco beatos mártires de la Familia Franciscana que, junto con otros, fueron quemados vivos a fuego lento en Nagasaki el 10 de septiembre de 1622, son los siguientes:

RICARDO DE SANTA ANA

Nació en Ham-sur-Heure (Bélgica) el año 1585. Siendo muy niño, en las afueras de su pueblo lo atacó un lobo, y salvó la vida gracias a la intercesión de Santa Ana, Madre de la Virgen María, a la que había invocado la madre del niño. Pronto se trasladó a Bruselas para aprender el oficio de sastre. A los diecinueve años de edad, a raíz de la crisis que le provocó la trágica muerte de un compañero suyo, entró en la Orden Franciscana en el convento recoleto de Nivelles, provincia del Brabante valón. Cumplido el año de noviciado, profesó la Regla de San Francisco como religioso laico el 13 de abril de 1605, cambiándose el nombre de Lamberto por el de Ricardo.

Estando en Roma, adonde lo habían enviado los superiores para hacer algunas gestiones, conoció en el convento de Aracoeli a Fr. Juan Pobre de Zamora, y, al oír el relato de los frailes que habían sido martirizados en Japón, se entusiasmó y pidió licencia para unirse también él al grupo de frailes destinados a las misiones de Oriente. Acompañó a Fr. Juan en su regreso a España, donde se afilió a la Provincia descalza de San José como el medio más a propósito para pasar a las Filipinas. En 1607 salió de España y, después de una larga permanencia en México, llegó a Manila en 1609 ó 1611. Poco después, el P. Provincial, viendo el talento de Fr. Ricardo y sabiendo que ya había hecho algunos estudios, le mandó que completara la carrera eclesiástica. No sabemos con seguridad si la ordenación sacerdotal la recibió en Filipinas o en México.

Ya sacerdote, hizo su primera entrada en Japón el año 1613. Pero en diciembre del mismo año, el ex-shogun Ieyasu dio un decreto por el que desterraba del imperio a todos los misioneros, decreto que empezó a ponerse en práctica en febrero de 1614. La mayor parte de los religiosos y algunos cristianos japoneses significados embarcaron unos para Macao y otros para Manila, y entre éstos últimos iba Fr. Ricardo. En la capital filipina, habida cuenta de sus virtudes y de sus condiciones personales, lo nombraron sacristán del convento de San Francisco y luego confesor y maestro de novicios.

En 1617 volvió a Japón para atender y confortar desde la clandestinidad a los cristianos. Sufrió lo indecible por la estricta y cruel persecución de que eran objeto los misioneros, que tenían que buscar refugio en montes, bosques, cavernas, hornos o espacios angostos de las casas donde nadie pudiera encontrarlos, sabiendo que quienes los acogían se exponían a su vez a perder sus bienes y hasta la propia vida. Además, tenían que cuidarse mucho de los cristianos renegados. Y precisamente, uno de éstos, a los que prestaba particular atención con el fin de reintegrarlos en la Iglesia, lo denunció a las autoridades, las cuales lo encontraron, gravemente enfermo, en casa de la beata Lucía Freitas el día 4 de noviembre de 1621 y lo llevaron a la cárcel de Nagasaki, donde coincidió con Fr. Pedro de Ávila y Fr. Vicente de San José entre otros. Al mes siguiente los trasladaron a la no menos nauseabunda cárcel de Omura, donde se encontraron con muchos compañeros de su Religión, entre ellos el beato Apolinar Franco, y de otras Órdenes. En medio de las penalidades de todo género que tenían que soportar, los frailes se ayudaban y confortaban unos a otros y trataban de llevar una vida lo más semejante posible a la de cualquiera de sus conventos.

El 27 de agosto de 1622 entró en la cárcel uno de los gobernadores de Omura para cerciorarse del número y nombre de los presos, después de lo cual mandó redoblar los centinelas; era un mal presagio para las víctimas. Y el 9 de septiembre siguiente fueron a la misma cárcel varios jueces para intentar una vez más que los prisioneros abjuraran de su fe; pero no hicieron mella en los misioneros ni los halagos ni la suerte que habían corrido días antes los beatos Luis Flores y Pedro de Zúñiga, por lo que, viéndoles cada vea más firmes en su fidelidad a Cristo, determinaron ya quiénes habían de ser sacrificados en Nagasaki y quiénes en Omura. Cuando les notificaron la sentencia que los condenaba a morir en el reino en que habían sido detenidos, los misioneros redoblaron la ayuda mutua y las alabanzas y acción de gracias al Señor, aunque tristes porque los iban a separar a la hora del sacrificio. Mientras llegaba la hora suprema, se exhortaban y se confesaban unos a otros.

Fijada la fecha del martirio, 23 prisioneros de Omura fueron trasladados a Nagasaki, donde se les unieron los encarcelados en esta ciudad. Se preparó el lugar del martirio cerca del mar, en un lugar espacioso para que pudiera contemplarlo la multitud que acudiría a presenciar aquel espectáculo, y se dispuso el correspondiente brasero para los que habían de ser quemados vivos, fijando 25 maderos para sujetar a los mártires, y un cadalso para los que habían de ser degollados. Los misioneros aprovecharon la situación para predicar a los ministros de la justicia y a la muchedumbre, cristianos e infieles. Destacó Fr. Pedro de Ávila por tener más clara voz y conocer mejor la lengua. Fray Vicente de San José hizo de abanderado del bienaventurado grupo, llevando el estandarte de los siervos de Dios del que colgaba un trapo de color rojo en el que estaba bordado el escudo del santísimo Nombre de Jesús. Todos rezaban, exhortaban y cantaban el Te Deum, el Ladate Dominum omnes gentes y otras alabanzas divinas.

No pudo ejecutarse la sentencia el día previsto porque no estaban preparados el brasero, el cadalso, las tiendas para las autoridades y demás. Se ejecutó el día siguiente, 10 de septiembre de 1622.

El P. Ricardo y sus compañeros habían sido trasladados de Omura a Nagasaki encadenados como bestias, y pasaron la noche anterior al martirio en el campo, en una especie de jaula, bajo una lluvia torrencial. Por fin, aquel 10 de septiembre de 1622, fueron inmolados, con otros, los 52 beatos: 25 quemados vivos, entre ellos los cinco de la familia franciscana, y los restantes, degollados.

A los que iban a ser quemados los ataron flojos a su madero para que, al sentir el fuego, se desataran y huyeran, por lo que se burlarían de ellos y los tendrían por renegados. Pero, con la gracia de Dios, los beatos permanecieron firmes en sus puestos para fortalecimiento de la fe de los creyentes y edificación de todos. Y eso que expusieron ante ellos las cabezas de los que acababan de ser decapitados allí mismo. Para que el tormento del fuego fuera más cruel, pusieron poca leña y apartada de las víctimas a fin de tostarlos o asarlos a fuego lento, y, en efecto, expiraron los siervos de Dios sin que se quemaran sus hábitos y apenas se chamuscaran. El martirio se prolongó mucho, pues empezó antes del mediodía y al llegar la noche algunos aún estaban vivos, y los remataron envolviéndolos en paja mojada a la que prendieron fuego. Todos los beatos permanecieron constantes en la fe, unos de pie, otros de rodillas por devoción, con los ojos levantados al cielo y animándose mutuamente a acoger la palma del martirio que les abriría enseguida la puerta del cielo.

Los martirizados fueron algunos más, pero no pudieron ser beatificados por falta de información y de datos precisos sobre ellos.

PEDRO DE ÁVILA

Nació en la Palomera de Ávila, cerca de Ávila (España), el año 1592, y de joven vistió el hábito franciscano en la Provincia descalza de San José. Ordenado de sacerdote, se dedicó a la predicación, la dirección espiritual y las obras de caridad. En una expedición misionera, organizada por el beato Luis Sotelo, marchó a Filipinas en 1617 y a Japón en 1619. El 17 de diciembre de 1620 fue detenido, y sufrió crueles tormentos en diversas cárceles, sin más consuelo que la compañía de otros hermanos, hasta su martirio.

VICENTE (RAMÍREZ) DE SAN JOSÉ

Nació en Ayamonte, provincia de Huelva en España, el año 1597. Emigró pronto a México, y a los 18 años de edad vistió el hábito franciscano, como hermano lego, en el convento de Santa Bárbara de la Puebla de los Ángeles, perteneciente a la Provincia de San Diego de México, y profesó el día 18 de octubre de 1616. En 1618 pasó a las islas Filipinas, y al año siguiente a Japón, donde fue detenido y luego compartió con el beato Pedro y otros frailes cárceles, y el martirio el 10 de septiembre de 1622. Era un religioso humilde, ordenado, trabajador y muy agradable a todos.

LEÓN DE SATSUMA

Japonés de nacimiento, era natural de un pueblo del reino de Saziuma. Pertenecía a la Tercera Orden Franciscana y era clérigo minorista. Fue siempre dóxico o catequista y colaborador del beato Ricardo de Santa Ana, al que prestó una gran ayuda. Era hombre sensato y capaz, sin dobleces y muy sufrido, y que a todos edificaba con su comportamiento. Cuando prendieron al beato Ricardo y a la beata Lucía Freitas, no estaba él en la casa, porque había ido a catequizar en la fe a algunos que querían ser cristianos. Al enterarse de lo sucedido, grande fue el disgusto de León, que fue a los alguaciles y les dijo: pues habéis prendido a mi maestro y padre, prendedme a mí también, que soy su compañero y dóxico, que si él tiene culpa, también yo la tengo, pues la misma fe y ley profeso, y también predico yo como él. Habiendo repetido esto y otras cosas parecidas, fue detenido por los alguaciles y puesto en prisión con el beato Ricardo, lo que ellos, con gran consuelo de ambos, celebraron cantando el Te Deum laudamus. Muy enfermo estaba el P. Ricardo, pero no le faltaban fuerzas para ejercitarse en las divinas alabanzas, ni paciencia para llevar en tan cruel prisión una gran enfermedad sin regalo alguno ni medicinas, antes hambre y toda clase de privaciones.

LUCÍA DE FREITAS

Lucía de Freitas o Fletes nació en Nagasaki en 1542 de familia noble, y contrajo matrimonio con el rico comerciante portugués Felipe de Fletes. De ella dice el P. Diego de San Francisco, misionero de Japón en aquel tiempo: El Señor la había dotado de muchas virtudes y devoción, y particularmente lucieron en ella la hospitalidad y el deseo del martirio. Profesó en la Tercera Orden de San Francisco. Su casa fue siempre una hospedería de todos los religiosos y ministros del Evangelio, que iban allí a esconderse de las persecuciones, a pedir de comer y otras cosas necesarias para el sustento y vestido, y a curarse de sus enfermedades, como si fuera la madre de los sacerdotes, y así la llamábamos todos, madre. Era como para alabar a Dios ver la alegría y caridad con que acudía en ayuda de los perseguidos sacerdotes del Altísimo, lo que no molestaba a su marido que era un gran cristiano. Era una mujer muy varonil, espiritual y fervorosa. Cuando supo que un débil cristiano había abjurado de su fe en presencia del Teniente del Gonrrocu, fue a la casa de éste y, en presencia del mismo y de mucha gente, llena de espíritu y de celo de Dios, reprochó con vehemencia al renegado lo que había hecho, y lo invitó cordialmente a arrepentirse y volver a Dios. El Teniente del Gobernador y sus acompañantes, oyendo las razones de Lucía, se turbaron, y ardiendo de ira al ver la osadía tan varonil de una mujer, le dijeron: ¿Cómo te has atrevido a hablar tales cosas con tan poco respeto del Teniente y de los que con él estamos?, ¿no temes el castigo que te podemos dar por tan grande atrevimiento? Pero ella respondió sin turbación alguna: Sólo temo al Dios del cielo..., a vosotros no os temo ni temo vuestros tormentos, que bien sé que, tarde o temprano, he de morir a vuestras manos por la confesión de la fe, y eso es lo que busco y deseo. El Teniente no quiso mandar que la detuvieran, sólo dijo que la dejasen como a loca, y la echaron de allí.

Cuando el 4 de noviembre de 1621 detuvieron al P. Ricardo en casa de Lucía, ésta quedó confinada en su casa como cárcel, le pusieron guardas y le confiscaron sus bienes. No tardaron en encerrarla en la cárcel de Nagasaki. El 10 de septiembre de 1622, cuando ya estaban en el lugar del martirio los presos procedentes de la cárcel de Omura, llegó allí el grupo de los encarcelados en Nagasaki, capitaneados por la beata Lucía de Freitas, que vestía el hábito de la Tercera Orden Franciscana y traía en sus manos un crucifijo. Iba predicando y animando por el camino a todos los demás, particularmente a las mujeres, con tanto espíritu y fervor como pudiera hacerlo un predicador. Los ministros de justicia y los verdugos, no pudiendo sufrir la actitud de Lucía, le quitaron el crucifijo de las manos y le arrancaron el hábito de la Orden de San Francisco, pero ella continuó exhortando a todos, alabando a Dios y entonando el Magníficat, por lo que le dieron bofetadas, golpes y malas tratos hasta llegar al brasero en que iba a ser quemada. Así, en el grupo que llegó de Omura fue Pedro de Ávila el predicador, y en el grupo procedente de Nagasaki lo fue lucía de Freitas, y en semejante ministerio permanecieron durante el martirio dando muestras de gran entereza humana y de firmeza en la fe.

[Cf. L. Pérez, El beato Ricardo de Santa Ana..., en AIA 15 (1921) 26-58]

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BEATO RICARDO DE SANTA ANA

Sacerdote y mártir en el Japón, de la Primera Orden Franciscana (1585-1622), beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867. Nació en Ham-sur-Heure, Bélgica, en 1585. A su nombre de bautismo añadió el nombre de Santa Ana, pues, por intercesión de la Santa, muy venerada en los países del norte de Europa, había sido sanado de graves lesiones sufridas de niño al ser atacado por un lobo. Por varios años ejerció el oficio de sastre en Bruselas. En 1604, la muerte trágica de un joven coetáneo determinó la crisis religiosa que lo llevó a abandonar su profesión para ingresar en la Orden de los Hermanos Menores en el convento de Nivelles, provincia del Brabante valón, donde el 22 de abril de 1605 hizo la profesión solemne.

Fue enviado por los superiores a Roma para realizar algunas gestiones. Allí se encontró con Juan el Pobre, una de cuyas principales actividades era buscar hombres generosos para enviar como misioneros al Japón. Ricardo aceptó la propuesta y con el consentimiento de sus superiores pudo partir a las tierras de misión.

El viaje tuvo como primera etapa a México; de allí en 1611 desembarcó en Filipinas donde los superiores lo enviaron a estudiar filosofía y teología. En 1613 recibió la ordenación sacerdotal y el mismo año pudo partir para el Japón. Al año siguiente las autoridades japonesas iniciaron la persecución contra el cristianismo. Entre las medidas adoptadas una era la expulsión del territorio de los misioneros extranjeros. Ricardo pudo regresar al Japón disfrazado de comerciante. Desarrolló una actividad incansable en medio de los cristianos oprimidos por la violenta persecución y en medio de continuos peligros. En 1621 un dominico lo informó de que las autoridades poseían pruebas de su actividad religiosa, prohibida severamente por las leyes y le aconsejó ponerse a salvo.

Como buen pastor no quiso huir frente al peligro y fue descubierto mientras confesaba en la casa de la viuda Lucía Freitas. Primero fue encerrado en la cárcel de Nagasaki bajo fuerte escolta y con una soga al cuello. Pasó la noche anterior al martirio encerrado en una jaula, bajo un violentísimo aguacero. La mañana del 22 de septiembre fue atado a un palo en la colina de Nagasaki y quemado vivo a fuego lento. Tenía 37 años. Con él perecieron otros 24, quemados vivos, y 30 decapitados.

BEATO PEDRO DE AVILA

Sacerdote y mártir en el Japón, de la Primera Orden Franciscana (1592-1622), beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867. Nació en Palomero, cerca de Avila, España. En 1515 en Avila había nacido Santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia, ilustre carmelita, que hizo grandes progresos en el camino de la perfección. Tuvo revelaciones místicas. Sufrió muchas tribulaciones por la reforma de su Orden, pero salió victoriosa. Escribió libros de profunda doctrina, fruto de sus experiencias místicas. Murió el 4 de octubre de 1582. Diez años después, en 1592, cerca de Avila nace Pedro, quien siguió el ideal franciscano a ejemplo de San Pedro de Alcántara, consejero espiritual de Santa Teresa.

Eran evidentes en el niño y adolescente Pedro las especiales dotes de inteligencia y bondad de ánimo, el cual, siendo aún joven, decidió seguir el llamamiento del Señor que lo quería Hermano Menor en la Provincia de San José. En la oración y en la rígida vida ascética, según las directivas de San Pedro de Alcántara, vivió su franciscanismo. Ordenado sacerdote, se dedicó al apostolado de la predicación, la dirección espiritual, las actividades caritativas y la formación espiritual de los fieles.

Muchas veces había meditado sobre el mandato del Señor a los apóstoles: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y se bautice se salvará, pero el que no crea será condenado". Y sobre las palabras de San Francisco a sus hermanos: "Ahora hermanos, id por todas partes y predicad el Evangelio, la paz y el bien".

Fray Luis Sotelo, una de las figuras más eminentes entre los mártires del Japón, obispo electo, convenció a Fray Pedro a seguirlo en una grandiosa expedición misionera. En 1617 treinta religiosos franciscanos zarparon de España en dirección primero a las islas Filipinas. Se repetían a menudo estas expediciones de dichosos pioneros del evangelio, plenos de ardor seráfico y de valor apostólico.

Dos años se prolongó la permanencia en Filipinas. Pedro se dedicó a toda clase de apostolados, en medio de los cristianos filipinos. En 1619, junto con otros hermanos de religión, zarpó para el Japón, decidido a consagrar toda su actividad a la evangelización, a pesar de las duras dificultades de la persecución religiosa. Su catequista y precioso colaborador fue Fray Vicente Ramírez de San José, religioso laico franciscano. Demostró gran celo en convertir y animar a los fieles vacilantes y temerosos. Con prudencia y astucia supo sustraerse a las pesquisas de los guardias. El 17 de septiembre de 1620, fue descubierto en la casa de los cónyuges Domingo y Clara Yamanda, que generosamente les habían dado hospitalidad. Pasó casi dos años en las cárceles de Suzuta, estrechas, antihigiénicas y expuestas a la inclemencia del frío. Su consuelo fue la presencia de otros hermanos, con quienes vivió en oración y en piadosas conversaciones. En espera del martirio, con otros 23 frailes, fue trasladado a las prisiones de Nagasaki. El 10 de septiembre de 1622, en la colina de los mártires, el Beato Pedro, cantando el salmo "¡Alabad al Señor todas las naciones!", inmoló su vida en medio de una hoguera asfixiante. Tenía 30 años de edad.

BEATO VICENTE (RAMÍREZ) DE SAN JOSÉ

Religioso y mártir en el Japón, de la Primera Orden Franciscana (1597-1622), beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867. Nació en Ayamonte, España, hacia 1597. Emigró a México y entró como hermano no clérigo en la Orden de los Hermanos Menores, distinguiéndose en la observancia de la regla y en el ejercicio fiel de los más humildes oficios. De buen aspecto y noble en su porte, suscitó admiración entre las mujeres, pero siempre supo defender su castidad con la prudencia y la mortificación. En 1617 se unió a Fray Luis Sotelo y Fray Pedro de Avila en viaje hacia Filipinas. De allí, en 1619, pasó al Japón, a pesar de la prohibición severísima contra los misioneros extranjeros de desembarcar en las islas japonesas. Colaboró celosamente con los sacerdotes y misioneros y sirvió de varias maneras a la comunidad cristiana.

El 7 de septiembre de 1620 fue descubierto en casa de Domingo y Clara Yamada, junto con Fray Pedro de Avila. Fue trasladado a la cárcel de Suzuta, donde faltaba totalmente la higiene y la comida era escasa y mala; permaneció allí cerca de dos años. La presencia de los hermanos de fe y de los sacerdotes aliviaba en gran parte los sufrimientos. El gobernador Gonrocu ordenó su traslado a Nagasaki junto con otros 23 cristianos europeos y japoneses en septiembre de 1622.

Lo que más entristeció a Fray Vicente fue la traición de un apóstata, que conocía el refugio suyo y de Fray Pedro de Avila. El cristiano traidor fue un día donde el Fray Pedro a pedirle que lo escuchara en confesión. Él le dijo que primero se preparase para la confesión y regresara. El traidor más bien se apresuró a correr donde el gobernador para advertirle de la presencia de los dos religiosos. Fueron enviados guardias y los arrestaron. Más tarde fueron conducidos a las prisiones de Nagasaki y de Omura, donde ya se encontraba el P Apolinar Franco y otros dos religiosos franciscanos. Antes de partir para Omura los dos confesores de la fe tuvieron el gusto de poder vestirse con el hábito franciscano y por todo el camino Fray Pedro de Avila predicó la fe en Jesucristo.

Fray Vicente Ramírez de San José fue quemado vivo el 10 de septiembre de 1622. El suplicio fue más duro y la agonía más larga porque la leña que debía arder fue colocada a cierta distancia del poste donde estaba colocado el mártir. Vicente tenía apenas 25 años.

BEATOS FRANCISCO, CAYO, TOMÁS, LEÓN, LUIS Y LUISA (LUCÍA)

Mártires japoneses de la Tercera Orden Franciscana ( 1622-1628), beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.

Entre los héroes de la fe muertos durante la persecución religiosa del siglo XVII en Japón, se reunieron 205 nombres de mártires que fueron beatificados solemnemente el 7 de julio de 1867 por Pío IX. Pertenecen a esta gloriosa falange y son miembros de la Orden Franciscana Seglar los Beatos Francisco, Cayo, Tomás, León, Luis y Luisa o Lucía. Nos quedan escasas noticias históricas de ellos. Pero su heroísmo fue grande.

León sufrió el martirio en la Santa Colina de Nagasaki el 19 de agosto de 1622 [más bien el 10 de septiembre de 1622], mientras el 18 de agosto de 1627 inmolaron su vida por Cristo los mártires Francisco, Cayo, Tomás y Luis, siempre en el mismo Calvario japonés.

Luisa, o Lucía, nació en Nagasaki en 1542, de noble familia y se casó con Felipe Fleites, rico portugués, quien murió pocos años después. Fervorosa cristiana, consagró su viudez a la oración, al apostolado y a las obras de caridad y de asistencia. Era conocida como madre de los misioneros, consuelo de los afligidos, providencia para los pobres y desvalidos. Como ferviente terciaria franciscana, tomó el secreto de su santidad del ideal franciscano.

Su casa, "nueva Betania", se había vuelto asilo de cristianos y de misioneros perseguidos por las leyes contrarias del gobierno. Entre otros hospedó al Beato Domingo Castellet. Por delación de cristianos renegados, un día su casa se vio rodeada de guardias gubernamentales. Luisa, el Padre Domingo Castellet junto con otros cristianos fueron arrestados, maniatados y llevados a la cárcel. Arrestaron también a Fray Ricardo de Santa Ana y a otros cristianos que estaban ocultos.

El 10 de septiembre de 1622 fueron sacados de las cárceles de Nagasaki y de Omura los confesores de la fe. Millares de paganos y de cristianos hicieron calle a su paso para encomendarse a sus oraciones, para ser bendecidos por ellos. La Beata Lucía Fleites, vestida con el hábito franciscano y con el crucifijo en la mano, tuvo un papel destacado en este importante evento. Con celo predicaba a Cristo y animaba a sus compañeros al martirio: "Encomendémonos a Dios con confianza, que él se encargará de asistirnos y darnos fuerza para sufrir todos los padecimientos por él. Las santas vírgenes Inés, Cecilia, Águeda, eran frágiles criaturas, y sin embargo supieron ser fuertes en el martirio. Dios tampoco nos abandonará a nosotros que nos disponemos a morir por él. Mujeres, ¡valor!, mostrémonos fuertes y lograremos confundir a nuestros perseguidores. Jesús, esposo de nuestras almas, nos tiene preparada una corona de deslumbrante gloria. ¡Hoy estaremos con él en el Paraíso!".

Los guardias irritados le intimaron silencio, le despedazaron la túnica, y le volvieron pedazos el Crucifijo. Entonces en alta voz entonó el Magníficat. Cuando en la Santa Colina fue atada al poste, con valor exclamó: "Contad al mundo las maravillas del Señor, vosotros los presentes en este grandioso espectáculo, jamás visto. Decídselo a todos: es verdadera la religión por la cual nosotros morimos con tanto valor y alegría. Sólo el cristianismo puede obrar estos prodigios y sabe transformar tiernos niños y ancianos casi centenarios en auténticos héroes. Gente de mi patria, abrid los ojos a la luz del Evangelio. Conmovéos ante la sangre de tantos mártires derramada en este día y haced renacer en vosotros la gracia. No lloréis, antes bien, envidiad nuestra muerte y hacéos también cristianos. Sólo así seréis verdaderamente felices".

Al perseguidor que con promesas y amenazas quería persuadirla de renegar de su fe, Lucía le respondió con firmeza viril: "Soy cristiana, seguidora de Cristo, Jesús es mi esposo divino, quiero seguirlo hasta el final. Quédate con tus riquezas, Cristo es mi suerte en la tierra de los vivientes. Mi patria ya es el cielo. Si quieres salvarte, sigue también tú mi fe, y encontrarás la verdadera alegría". Y al pueblo presente a su martirio le dijo: "Amad a Cristo y su religión, no os dejéis intimidar por las persecuciones. Vivid y difundid la fe en Cristo. Yo voy al Paraíso y oraré por vosotros y por mi querida patria, el Japón. ¡Hasta el cielo!".

Fueron estas sus últimas palabras, mientras las llamas ardían a su alrededor y ella consumaba su martirio. Tenía 80 años.

[Ferrrini-Ramírez, Santos Franciscanos para cada día, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 282-283, 286-287, 283-284 y 333-334]

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DE LA CARTA DEL BTO. RICARDO DE SANTA ANA
AL ALFÉREZ JOSÉ DE ADUNA
Nagasaki, 26 de marzo de 1619

Desde el día de Santa Lucía [13 de diciembre] hasta el de la fecha de ésta, andamos ya en los montes, ya en cavernas, ya metidos en hornos, y cuando muy descansados, en algún estrecho aposento o desván, adonde nadie puede encontrar con nosotros. La razón de tanto rigor es, haber venido mandato del Emperador, que en Nagasaki, por saber habían quedado algunos Padres y haber venido otros de nuevo de Namban, que en todo caso hiciese muy grande diligencia Gonrocu para prenderlos todos; y así una noche, a las dos de la mañana, dieron asalto a todas sus casas, donde solían acudir más de ordinario los religiosos; mas como nuestro Señor es el que nos guarda, no prendieron más que cuatro: dos de la Compañía y dos de Santo Domingo, y dos desde el año pasado están también en prisión con ellos, que son, el Padre Fray Apolinar Franco y el Padre Fray Thomás del Espíritu Santo.

Por el mes de Agosto, el día de nuestra Señora, martyrizaron al bienaventurado Fray Juan de Santa Marta, que estuvo preso, lo que Vmd. sabe, más de tres años; si el negocio va a la larga, no será mucho que para el año que viene haya alguna docena de mártyres, sólo religiosos. Este año de mil seiscientos y diez y ocho martyrizaron en Nagasaki doce, que quemaron vivos, por haber tenido padres en sus casas, y están presos otros muchos por lo mismo. Domingo Jorge es uno de ellos, que era el casero del Padre Carlos Espindolo, cuando le prendieron. Yo no estuve dos dedos de ser preso; por dos veces estuve ya cercado de la gente de Gonrucu; mas nuestro Señor me quiso librar por entonces, no sé hasta cuando. A mi casero Thomé prendieron y le derribaron su casa por el suelo. En Miaco han preso a treinta y un cristianos, y en Cocura martyrizaron a veinte y cinco. Al fin el negocio se va poniendo bueno y de suerte, que hará mucho el religioso que viviere dos o tres años en Japón, si no es que nuestro Señor ataje los pasos de este buen hombre de Emperador.

Sólo el buen Masumune deja hacer cristianos en su reino y sufre Padres, y al hermano Fray Francisco Gálvez, que subió allá por el mes de Septiembre, le recibió bien y le dejó hacer iglesia en una casa de un criado suyo. Él, como es poderoso, no teme al Emperador, que ya le ha reprehendido sobre ello, y respondió que él no era sacerdote para saber cosas de salvación y que dejaba ir cada uno por donde quería en cosas de tanta importancia.

Yo pensaba enviar a V. md. la relación de todos los mártires, así religiosos, como japones; mas los bungios, como no me hallaron en casa, me cogieron todo el hato, y así se perdió.

Al señor Miguel López de Harencho y a su hermano, mis saludos, y que tenga ésta por suya; que, por andar tan escondido y desacomodado, no tengo comodidad de escribirles en particular.

Guarde nuestro Señor a V. md.

De Nagasaki, veinte y seis de Marzo de mil seiscientos y diez y nueve años.

Va con ésta una reliquia del santo mártyr Fray Pedro de la Asunción, que bien conoció V. md. El capitán Domingo Ortiz de Chagoyam se la entregará.

Fray Ricardo de Santa Ana.

[Cf. AIA 15 (1921) 63-66]

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