DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

9 de abril
BEATO TOMÁS DE TOLENTINO (1260-1321)

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Franciscano, sacerdote, misionero y mártir. Nació en Tolentino, ciudad de Las Marcas italianas, hacia 1260. Siendo joven ingreso en la Orden franciscana, en la corriente espiritualista de la misma, entonces floreciente. Llevado de su celo apostólico, emprendió largos viajes hacia el Extremo Oriente. El año 1321, junto con tres compañeros, fue martirizado por los musulmanes en la India. León XIII aprobó su culto en 1894.

Nos encontramos con esta sugerente figura del Beato mártir Tomás de Tolentino, un italiano medieval, poco conocido en nuestro país, fuera de los ámbitos de la familia franciscana a la que perteneció. No goza de ese hálito popular de milagrero con el que los hagiógrafos nos han pintado siempre a San Antonio de Padua, ni estuvo como San Buenaventura en la cumbre de la intelectualidad de su tiempo, pero sí puede rivalizar con ellos y con otras grandes personalidades del franciscanismo en su noble espíritu de pobreza, sin duda alguna la herencia más rica recibida de su Padre San Francisco. Defensor acérrimo de esa pobreza radical con la que el «Poverello de Asís» se había «desposado», tratará junto a otros de sus hermanos menores de salvaguardar ese particular legado de su Santo fundador, aunque para ello haya de situarse en frontera, con los riesgos que ello siempre ha conllevado.

En torno a 1260 nace Tomás en Tolentino, ciudad de la región italiana de las Marcas, cuyo nombre se halla vinculado al santoral por ser, además, la cuna del célebre agustino San Nicolás de Tolentino.

Hacia 1275 entra en la Orden franciscana, donde se situará en el controvertido grupo de los «espirituales» de Ángel Clareno (1247-1337), quienes llevaron su defensa de la pobreza hasta el extremo de llegar a enfrentarse con la jerarquía eclesiástica, e incluso algunos de ellos con tal radicalidad que terminaron fuera de la Iglesia en comunidades de tipo herético o sectario. Lo mismo Clareno que Ubertino de Cassale (1259-1328) y que Pedro de Olivi (1248-1298), señalados jefes de este movimiento, propugnaban la supresión del estudio de la filosofía aristotélica, la pobreza personal absoluta y la obligatoriedad en el cumplimiento de la Regla y del «Testamento» de San Francisco, declarando ilícitas todas las dispensas pontificias al respecto.

Tomás se había convertido pues, junto a quienes mantenían y querían imponer a toda costa aquellas ideas, en el celoso «defensor de la antigua pobreza», teniendo que verse por ello privado de libertad en varias ocasiones, ya que fueron perseguidos, tanto por la jerarquía como por ese otro sector de la Orden que no pensaba como ellos. Primeramente iba a ser recluido en un eremitorio de las Marcas, y después por dos veces encarcelado, hasta su definitiva liberación en 1289.

Hoy, a casi nueve siglos de distancia y viendo aquellos acontecimientos desde la tribuna de la historia, no podemos tachar sin más de subversiva la actitud de todos aquellos franciscanos, cuya pobreza y forma de vida querían seguir manteniendo sin ningún tipo de exención o reforma, tal como había sido la de su Santo fundador. Aunque, como es bien sabido, sí los hubo que llevaron sus ideas a una radicalidad extrema, mas no es ciertamente éste el caso de nuestro biografiado, pues siempre actuó movido por su rectitud de intenciones y por su fidelidad al carisma de la Orden.

En 1290, lo mismo que algunos otros «espirituales», es enviado como misionero a Armenia, donde realiza un intenso y fecundo apostolado, que iba a llegar incluso a las más altas esferas del país, ganándose por entero la confianza del rey Aitón II, y hasta tal punto, que en 1292 es enviado por el soberano como embajador suyo al papa Nicolás V y a los reyes de Francia y de Inglaterra, en demanda de ayuda ante la constante y gran amenaza que los sarracenos suponían para su pueblo.

Tras haber llevado a cabo la misión que el rey armenio le había encomendado, vemos de nuevo a Tomás de Tolentino anunciando vibrantemente la fe de la Iglesia por aquellas tierras, aunque en dos momentos más se verá obligado a regresar a Europa, primeramente, en 1295, para entrevistarse con el ministro general de su Orden, Juan de Morrovalle, a fin de defender la causa de los «espirituales», pues por aquella época las controversias internas entre los hijos de San Francisco se hallaban al rojo vivo, dado que ya para entonces estaban más que delineadas las dos corrientes o facciones diferentes que iban a dividir al franciscanismo. Por una parte los más moderados, que darían origen a los «conventuales», y por otra, quienes, como nuestro beato, propugnaban una mayor austeridad y radicalidad en la observancia de la pobreza, que acabarían convirtiéndose en los llamados «observantes».

Posteriormente, en 1307 va a realizar su tercer viaje al continente europeo, y en esta ocasión por motivos exclusivamente misioneros, pues había de encontrarse en Poitiers con el papa Clemente V a fin de darle a conocer los resultados de la misión llevada a cabo en China por Juan de Montecorvino, que en 1294 había llegado hasta Cambalu-Pekín, y a la vez pedir ayudas y personal para que aquella difícil, pero a la vez hermosa y esperanzadora, empresa no se viniera abajo.

Entre los años 1308 y 1320 nos encontramos con un completo vacío en la biografía del Beato, aunque se cree que trabajó precisamente en la misma misión para la que había solicitado ayuda ante el Papa. Lo cierto es que a finales de 1320 se hallaba en Ormuz, en el Golfo Pérsico, dispuesto a embarcarse hacia China. En este viaje aparece acompañado por otros tres franciscanos más, con los cuales alcanzará después la palma del martirio: Santiago de Padua, sacerdote, Pedro de Siena, todavía clérigo, y un hermano lego de origen georgiano, Demetrio de Tiflis, buen conocedor de las lenguas orientales.

Felices por poder desarrollar su obra misionera en aquel gran imperio asiático, los cuatro frailes se ven, sin embargo, obligados a desembarcar en la costa occidental de la India, en la isla de Salsette, cerca de Bombay, donde son calurosamente recibidos por un grupo de cristianos nestorianos, pertenecientes a unas antiguas comunidades muy extendidas en la India, entre los cuales van a recibir cobijo en la ciudad de Thana. Si bien dicha ciudad se hallaba en manos de los musulmanes que ejercían el gobierno y administraban la justicia, lo que explica la gran acogida de la que fueron objeto los cuatro franciscanos por parte de aquellas buenas gentes, que aunque no pertenecieran como ellos a la Iglesia católica, eran al fin y al cabo cristianos, cuya fe se veían obligados a vivir en un ambiente, si no hostil, al menos sí poco propicio para su fe.

Aquí pues, en Thana, será donde el Beato Tomás de Tolentino y sus hermanos hallarán la muerte por haber proclamado abiertamente su fe cristiana ante el cadí (juez) de la ciudad.

En cierta ocasión nuestros cuatro frailes fueron llamados ante un tribunal, como testigos en un pleito familiar al que habían asistido. Invitados por el cadí y por los musulmanes presentes a que les expusieran su fe, la comparecencia acabó finalmente convertida en una disputa teológica, en la cual nuestros misioneros afirmaron sin rodeos la divinidad de Jesucristo, único salvador de los hombres, a la vez que declaraban a Mahoma hijo de la perdición, condenado a quemarse en el infierno, lugar al que lo acompañarían todos sus seguidores.

Evidentemente tales respuestas exasperaron de tal modo a sus interlocutores, que inmediatamente los condenaron a muerte por sus afirmaciones. Fueron arrojados a un horno ardiendo, del que para asombro de sus verdugos salieron ilesos. Y por una segunda vez volvieron a ser introducidos en el fuego, de donde nuevamente salieron tan indemnes como la vez anterior, con el' evidente desconcierto del juez y de sus secuaces, y la admiración del pueblo que, estupefacto y temeroso, comenzó a proclamarlos como santos. Pero el cadí, más enfurecido que antes, hizo trasladar a los cuatro frailes fuera de la ciudad para que unos esbirros llevaran a cabo su ejecución, como así fue. Tomás de Tolentino, Santiago de Padua y Demetrio de Tiflis sufrieron el martirio el 9 de abril de 1321, y Pedro de Siena a los cinco días.

El relato del martirio ha llegado hasta nosotros gracias a la «Relación» de Odorico de Pordenone, que en 1326 realiza un viaje misionero que lo lleva hasta Cambalu ante el obispo Juan de Montecorvino. Y a su paso por Thana, desenterró los cuerpos de los cuatro mártires, trasladándolos a Zaiton, en China. La cabeza del Beato Tomás se cree que fue posteriormente llevada a Italia, para ser venerada en Tolentino, de cuya diócesis es el segundo patrono.

A los pocos años del martirio las sepulturas de estos cuatro hijos de San Francisco, primeramente en Thana y después en Zaiton, ya se habían convertido en objeto de gran veneración y lugar de numerosos milagros.

Y desde ese mismo siglo de su muerte los Martirologios franciscanos han recordado y venerado a los cuatro como beatos, pero únicamente nuestro biografiado vio confirmado oficialmente su culto por el papa León XIII en 1894.

[Ramón Luis M.ª Mañas, OSB, Beato Tomás de Tolentino, en Año Cristiano, IV, Abril, Madrid, BAC, 2003, pp. 191-194]

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BEATO TOMÁS DE TOLENTINO

Sacerdote y mártir de la Primera Orden Franciscana (1260-1321). León XIII aprobó su culto el 23 de julio de 1894.

Tomás de Tolentino y tres compañeros también franciscanos: el sacerdote Jaime de Padua, el clérigo fray Pedro de Siena y el religioso laico fray Demetrio de Tiflis, de origen georgiano o armenio, conocedor de lenguas asiáticas, murieron mártires en la India. Pero sólo el culto de Tomás fue oficialmente confirmado por la Iglesia.

Nacido hacia el año 1260 en Tolentino, ciudad de la Marca de Ancona (Italia), Tomás ingresa en la Orden de los Hermanos Menores en 1285 y forma parte de los espirituales de las Marcas, seguidores de Ángel Clareno. En 1290 parte como misionero, y a través de Grecia llega a Armenia, donde los franciscanos alcanzan la amistad del rey Aitón II, que en 1291 envía a Tomás como legado suyo al Papa Nicolás IV, al rey de Francia y al rey de Inglaterra para solicitar de ellos ayuda contra los sarracenos. En 1296 vuelve por segunda vez a Italia, en esta ocasión para defender a los espirituales de Clareno ante el Ministro General Juan de Morrevallo y la «comunidad» de la Orden.

En 1307 lo encontramos de nuevo en Europa como enviado especial de Juan de Montecorvino, el célebre misionero franciscano y primer Arzobispo de Pekín, para pedir ayuda y especialmente personal para la misión de China. Tomás se entrevistó con Clemente V en Poitiers, y obtuvo de él muchas ayudas. En los años 1308-1320 ejerce el apostolado en China, junto a Juan de Montecorvino. Hacia finales de 1320 lo encontramos en Ormuz, en el Golfo Pérsico. Con los tres compañeros, los hermanos Jaime, Pedro y Demetrio, llega al actual Bombay. Desembarcan en la isla Salsetta, en la ciudad de Tana, donde los acogen algunos cristianos nestorianos. Hospedados en una familia, son identificados por los mahometanos de la ciudad y conducidos ante el Cadí (Juez), al cual explica Pedro la doctrina cristiana, no sin oponerla a la doctrina musulmana, al Corán y a Mahoma. Esta fue la acusación causante de su condena y del martirio. Cuatro sicarios los arrestan nuevamente y decapitan a tres de ellos, comenzando por Tomás, mientras fray Pedro, por el momento, escapa de la muerte; pero es alcanzado días más tarde y decapitado también. El martirio de los tres primeros tuvo lugar el 3 de abril de 1321, y el de Pedro el 11 del mismo mes y año, todos en Tana.

El sacrificio de estos heroicos mártires está documentado en las relaciones de privadas y sobre todo por la del Beato Odorico de Pordenone, viajero contemporáneo y misionero en China. En 1326 llegó a Tana, y transportó por mar los cuerpos de los mártires, no sin gravísimos peligros, a Zaiton, en China; luego describió su martirio. La cabeza del Beato Tomás fue posteriormente llevada a Tolentino, su patria, donde el glorioso mártir fue venerado con culto público, confirmado por León XIII.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 109-110]

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BEATO TOMÁS DE TOLENTINO

El Beato Tomás nació en el Piceno (la Marca de Ancona, en la Italia central y adriática), de padres nobles. Muy joven entró en la Orden Franciscana, deseoso de cultivar la perfección en la que desde un principio hizo grandes progresos, llegando a ser para sus hermanos modelo de todas las virtudes, pero especialmente de la pobreza (que le proporcionó muchos y grandes motivos de sufrir por su amor y defensa) y del celo por la salvación de las almas.

Por aquel tiempo había suplicado el rey Aytón de Armenia al Sumo Pontífice que le enviara misioneros celosos que propagaran y conservaran en su nación la fe católica. Los superiores de la Orden le enviaron al Beato Tomás con otros cuatro compañeros, que fueron recibidos con sumo honor, y trabajando con gran celo, lograron en breve reducir al seno de la Iglesia Católica a innumerables cismáticos, y convertir a muchos infieles persuadiéndoles a abrazar la verdadera fe. Los turcos declararon la guerra al rey Aytón, por lo cual, y para promover una cruzada contra los infieles, fue enviado el Beato Tomás como legado al papa Nicolás IV, y a los reyes de Francia e Inglaterra. Cumplida su misión volvió a Armenia con otros doce religiosos franciscanos para trabajar en aquella abundante mies. Después se trasladó a Persia y Tartaria, desde donde fue enviado por sus compañeros de nuevo al Sumo Pontífice en busca de misioneros para aquellas regiones. Clemente V, que gobernaba a la sazón la Iglesia, le recibió con suma satisfacción, y para organizar mejor la propaganda de la fe en aquellas vastas regiones, nombró al franciscano fray Juan de Montecorvino, trabajador incansable en la China, primer Arzobispo de Cambelech y Legado General de la Santa Sede en todo el Imperio Chino; y mandó con fray Tomás a siete nuevos franciscanos competentes y virtuosos a los que nombró obispos sufragáneos del arzobispo fray Juan, con lo que quedó organizada la jerarquía eclesiástica de Oriente.

Volvió el Beato Tomás a aquella misión preparando una expedición nueva a los tártaros e indios, pero llegado a Cola, una navegación adversa le llevó a Tanaha, en donde después de muchos años de apostolado incansable entre aquellas gentes, encontró la gloriosa corona del martirio. Hecho prisionero con tres de sus compañeros, interrogado en muchas cosas y predicando siempre con invicta constancia la necesidad de la verdadera fe, después de azotados cruelmente y de otros inhumanos suplicios, fueron decapitados, dejando sus cuerpos insepultos muchos días, aunque se conservaron incorruptos.

Algún tiempo después los trasladó el Beato Odorico al convento de Zeitum en la India Superior, llevando la cabeza del Beato Tomás a Tolentino, donde se conserva con gran veneración.

El culto tributado a este mártir desde tiempo inmemorial, fue aprobado por León XIII.

[Luis M.ª Fernández Espinosa, Año Seráfico. Tomo I, Biblioteca Franciscana, Barcelona-Madrid, 1932, pp. 310-313]

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