DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

FRANCISCO DE ASÍS

IGNACIO LARRAÑAGA, OFMCap

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La revista MANRESA, para la que el A. escribió este artículo, quiso sumarse, con su publicación, al VIII centenario de la muerte de san Francisco de Asís, de quien señala: «Bien conocido es el influjo de este Santo en el proceso de conversión de S. Ignacio, y más tarde en la redacción de las Constituciones.»

 

I. ASCENSO Y DECLINACIÓN DEL CARISMA

De cuando en cuando aparecen en la Iglesia personalidades dotadas de condiciones especiales, que despiertan a los dormidos, cuestionan y amenazan estabilidades consagradas, abren horizontes nuevos y trazan rutas inéditas. Son los carismáticos. Igual que en una aventura, el carismático se lanza solitariamente por geografías desconocidas para explorar senderos que nunca nadie había recorrido anteriormente.

Su mensaje parece nuevo. No lo es sin embargo; pero va revestido de tal empuje y resplandor, que tenemos la impresión de estar ante un fenómeno nunca presenciado. Generalmente, el nuevo mensaje no hace referencia a contenidos doctrinales, ni a actos cultuales, ni siquiera devocionales; sino que enfatiza en una actitud existencial, algo así como en un nuevo estilo de vida; las exigencias del mensaje son pocas y esenciales, y van anunciadas en un tono urgente y absoluto. En nada se parece a una enseñanza racional o a un enunciado doctrinal, sino más bien lleva una fuerte carga vital y va directamente dirigida al corazón.

A veces el profeta se yergue como un ariete ante los muros institucionalizados y organizaciones religiosas; y pareciera amenazar con acabar con todo lo que pacientemente se había edificado hasta entonces. Se trata de un profeta agresivo. Otras veces, en cambio, el profeta influye por el fulgor de su vida y la plena concordancia entre lo que dice y hace. A este grupo pertenece Francisco de Asís.

El carisma nace y crece espontáneamente, impulsado por una fuerza que le viene desde dentro, se resiste a ser enmarcado en determinados cuadros y se escurre de las manos de quien quisiera asirlo o manipularlo. Es como una llama desprendida del leño, dinamismo puro, en perpetuo movimiento igual que la vida, hasta el punto de aparecer frecuentemente como carente de solidez.

En torno al carismático se congrega un grupo de seguidores, atraídos por su fuego; y generalmente sin propaganda, y hasta, a veces, en contra de su voluntad. Y así, el carismático se torna en padre y maestro; y con frecuencia, y sin proponérselo, en modelo de vida; y, de esta manera, el movimiento que se genera a su alrededor lleva un cuño muy personal, parece improvisado y hasta versátil, como que se resiste a ser aprisionado entre los moldes de una definición. Por eso, a la hora de precisar en qué está la originalidad de un carisma nos hallamos en duros aprietos y nos vemos forzados a echar mano, para expresarlo, de vaguedades, diciendo, por ejemplo, que es un estilo de vida.

El ímpetu del carisma tiende a debilitarse. Al desaparecer el hombre carismático, su movimiento pierde el empuje inicial, y va derivando progresivamente en formas cada vez más recargadas.

Los sucesores no se sienten seguros; porque el carismático, y sólo él, era la seguridad. El grupo, para defenderse, consolidarse y para sentirse idéntico a sí mismo, necesita definirse con precisión; se intelectualiza el carisma, se trazan rasgos de personalidad, perfiles específicos. El mensaje original es sofocado bajo el peso de preceptos y prohibiciones; y aquella simplicidad inicial va desdibujándose en un fárrago cada vez más complicado de comentarios e interpretaciones. Y así, piedra a piedra, la institución va inexorablemente hacia arriba, mientras el espíritu primitivo va desvaneciéndose hasta reducirse a un recuerdo lejano.

Esta es, un poco o un bastante, la historia del franciscanismo. Y símbolo de esto es esa basílica gigantesca de la Porciúncula, en Asís, cobijando –¿aplastando?– (salvaguardando también, es verdad) la humilde capillita de la Porciúncula, siete metros de largo y cuatro de ancho, cuna del franciscanismo y epicentro de aquella aventura evangélica.

Personalidad de contrastes

Lo que originó Francisco, más que una Orden, fue un movimiento. Llamémosle provisoriamente «franciscanismo». Y en este movimiento lo que gravitó sin contrapeso, más que un código de leyes o una declaración de principios, fue la persona misma de Francisco. Podríamos decir que las notas o rasgos que constituyen este movimiento se acaban con la muerte de Francisco. Ningún otro personaje, aparentemente influyente como Elías, Juan de Parma, Aimon de Faversham o Buenaventura, ningún acontecimiento histórico como la reforma de los Observantes (siglo XV), o de los Capuchinos (siglo XVI), agregaron nada fundamentalmente nuevo al Carisma franciscano. A veces pienso, pero no estoy seguro, que, quizá, la única persona que aportó al movimiento franciscano algo original fue Clara de Asís.

Un hombre concreto, Francisco, hijo de Pietro y de Pica, se puso en camino bajo el impulso del espíritu; y vivió una experiencia espiritual diferente. Esta experiencia fue cristalizando en un comportamiento concreto, muy radical, y muy diferente a los esquemas contemporáneos de vida religiosa.

Se le juntaron compañeros y siguieron viviendo juntos. A pesar de que algunos de estos eran más aventajados que Francisco en letras como Pedro Cattani, o en creatividad organizativa como Bernardo de Quintavalle, el motor y alma siguió siendo Francisco; y el movimiento fue fraguándose en el troquel de Francisco, a su estilo y medida. Nunca nadie se hizo problema de liderazgo ni de autoridad; simplemente, y con naturalidad, el movimiento era Francisco. Mientras él vivió nadie puso en duda este hecho, inclusive cuando renunció al cargo de Ministro General. Más aún: nunca fue tan apreciado y amado como en sus últimos años, cuando era simplemente el hermano Francisco.

El movimiento tuvo un crecimiento asombroso, casi inexplicable en los normales parámetros sociológicos. A los pocos años eran varios millares los hermanos. Todo sucedió en el lapso de veinte años. En tan breve espacio de tiempo el movimiento nació, creció, se extendió, entró en crisis, conoció intentos de reorganización. Francisco presidió esta marcha más por el fulgor de su vida que por sus dotes de conductor.

Francisco está, pues, en el origen y en el centro del movimiento. Si todo carisma, por definición, es personal, hay que marcar con particular énfasis este carácter personal en el caso del carisma franciscano.

Interesa, pues, tomar conciencia de los rasgos de la personalidad del Pobre de Asís, porque ellos influyeron –y siguen influyendo, para bien o para mal– en el movimiento franciscano. A ningún observador se le escapa que la Familia Franciscana sigue prolongando y arrastrando algunos rasgos negativos de la personalidad de Francisco: como una cierta desorganización, un cierto dejarse llevar de la alegre improvisación, un cierto descuido de la eficacia, un cierto personalismo... Interesa conocer al hombre Francisco.

No hay en este hombre superposición de la gracia sobre la naturaleza o dicotomías disgregadas. Al contrario, diríamos que san Francisco es una simple elevación o sublimación de Francisco de Asís. Casi diría que no cambió nada. Simplemente sus energías vitales cambiaron de rumbo, de objetivo.

Hubo solamente una gran revolución interior libertadora, una impetuosa salida de sí mismo deslumbrado por el resplandor del Altísimo, una gran marcha pascual en que saltaron los quicios, estallaron los centros de gravedad y se desataron las energías. Francisco fue eso sólo: un adorador. Como efecto de esto, las grandes energías que tenía de nacimiento quedaron liberadas y disponibles; y las fue proyectando sobre todos los olvidados de aquella sociedad, y todavía le quedaron simpatías para entregárselas a las piedras y al lobo, a las estrellas y a la muerte. No cambió nada. El camarada que animaba a la juventud de Asís como indiscutible rey de fiestas, no se hizo anacoreta, ni siquiera monje, sino que, con toda naturalidad y espontaneidad, dio origen a grupos de amigos y hermanos, pequeñas fraternidades en ambiente familiar. El que fue desprendido y espléndido en los días de su juventud, más tarde no tuvo dificultad en desapropiarse resueltamente de toda propiedad en el nombre del Evangelio. No sofocó nada. El que cantaba a las muchachas bajo las ventanas de Asís, siguió cantando al dolor, al viento y al fuego.

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El hombre de Asís es parcialmente conocido en el gran público, mejor dicho, es unilateralmente conocido. Le rodea una leyenda dorada del «mínimo y dulce», el santo encantador, poeta y profeta, el hombre de la aventura y de la locura. Son estas, y otras, las cualidades que lo hacen popular y moderno.

Pero eso es un lado. Hay también otros panoramas. Estamos ante una personalidad compleja, no sólo por los rasgos constitutivos sino por sus actitudes originales y completamente imprevisibles. Se aunaron en él, con toda naturalidad, elementos contrastados que normalmente no coinciden en una misma personalidad porque parecen excluirse: fue penitente con maceraciones que hoy nos espantan, y al mismo tiempo, disfrutó como pocos de los encantos de la creación. Echaba ceniza a la comida, para privarse del sabor; y en su agonía pidió unas golosinas de almendra que había traído la Dama Setesolios. Fue anacoreta en las montañas y peregrino en los valles. Nacido en la opulenta burguesía, vivió en las chozas y durmió en los pajares. Respetuoso hasta el escrúpulo de los derechos ajenos, no tuvo escrúpulos en hurtar uvas, fruta, nabos y lo que encontrara para los frailes hambrientos, y esto en varias oportunidades.

Habiendo llegado a la choza una mujer pobre mendigando algo, v no teniendo nada para darle, le dio lo único que tenía: el libro de rezos, sin importarle mucho el quedarse sin rezos. A unos bandoleros los conquistó para el Señor con pan, queso y cariño. Recibió a la muerte cantando, improvisando en su honor una «liturgia» caballeresca, como si se tratara de la dama de los ensueños. Para que los hermanos enfermos no tuviesen escrúpulo en comer carne en días de abstinencia, él mismo daba ejemplo comiendo con apetito, para así, disipar los escrúpulos de los hermanos.

Fue reverente con la jerarquía eclesiástica, pero se mantuvo reticente en seguir sus orientaciones pastorales. Sostuvo en este campo un misterioso juego de sumisión y resistencia: a pesar de ofrecer «obediencia y reverencia a la Santa Romana Iglesia», no compartió las grandes inquietudes de la Iglesia de su tiempo respecto a los albigenses y sarracenos. No consta que saliera de su boca una palabra en contra de los albigenses, ni se alistó en ninguna campaña en su contra, como era el deseo y la vehemente insistencia de Inocencio III y del Cuarto Concilio de Letrán. No cuestionó ni protestó contra esas consignas. Simplemente hizo caso omiso de ellas, sin duda pensando que la posición evangélica era otra.

La «pastoral» que diseña y presenta en la Regla Primera (1 R 16) sobre el modo de evangelizar a los sarracenos es diametralmente opuesta a las orientaciones sobre esta materia de la Iglesia de aquella época. Estuvo con los cruzados en el sitio de Damieta, es cierto, pero con unas intenciones muy diferentes y contrarias a las de los Cruzados, del Papa y de su Legado en aquella Cruzada, el Cardenal Pelagio. Y la prueba es que, una noche, se deslizó Francisco desde el campamento de los cristianos al campamento de los sarracenos (con peligro inminente de su vida), presentándose ante el sultán Malek-El-Kamel, expresándose en francés (provenzal), y hablándole del Evangelio del Amor y de la Paz. Y este episodio está consignado en fuentes extrafranciscanas.

Este mismo juego de resistencia y sumisión mantuvo con el Cardenal Protector, Hugolino, Cardenal de Ostia, a pesar de que, con gran reverencia, lo llamaba «mi Señor Apostólico», en aquellos turbulentos años de la «gran prueba» y gran combate por la defensa del ideal evangélico, años 1219-1223.

Hay, pues, en su personalidad y comportamiento grandes contrastes: independencia y dependencia; admirable espíritu de libertad por un lado, y sumisión al espíritu del Señor por el otro, y una obediencia radical y literal a la letra del Evangelio.

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Los rasgos paternos y maternos confluyeron en Francisco a través de los cauces genéticos y armaron una personalidad vertebrada, original, rica y sobre todo hecha de contrastes. De su madre, la Madonna Pica, mujer sensible oriunda de la Provenza, tierra de rapsodas y trovadores, sacó Francisco la ternura y la emotividad, la compasión, fantasía y creatividad, la espontaneidad y la intuición, en fin, todos los sentimientos de delicadeza. De su padre, Pietro Bernardone, personalidad ambiciosa y notable mercader, heredó Francisco el espíritu caballeresco, la sed de gloria y ardor guerrero en su juventud, su temple de líder, su audacia y espíritu de aventura, así como su tenacidad cuando algo importante emprendía.

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Contra lo que se cree popularmente, Francisco posee una personalidad resuelta, fuerte e independiente. Desde los días de su juventud procede en todo momento seguro de sí mismo: «Quería ser el primero en la ostentación», dice su biógrafo contemporáneo, Celano; y agrega que toda la juventud de Asís «lo admiraba e imitaba» (1 Cel 2).

En su conversión no consulta con nadie: «Ponía gran interés en que nadie supiera lo que llevaba dentro y no consultaba más que a Dios acerca de su propósito» (1 Cel 16). Cuando su padre Pietro Bernardone lo demandó ante un tribunal eclesiástico, para que restituyera los bienes pertenecientes al viejo mercader, Francisco reaccionó de manera inmediata y dramática: «Llevado a la presencia del Obispo, no tolera demora ni vacilación. Más aún, no aguarda palabras ni pronuncia alguna, sino que, en el acto, se desnuda totalmente y lanza sus vestidos a su padre restituyéndoselos» (1 Cel 115). Y una vez que se le juntan hermanos, «nadie me enseñaba lo que yo debía hacer; sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14).

En cuanto ve claro lo que hay que hacer, jamás retrocede, nadie es capaz de desviarlo y cualquiera oposición lo consolida en su resolución. En los meses de su conversión, ni las furias de su padre, ni las lágrimas de su madre, ni las burlas de su hermano fueron capaces de desviarlo del camino emprendido. El día en que el viejo mercader lo encerró en el calabozo, entre empujones, palabrotas y azotes, dice el narrador contemporáneo que el «joven salió de todo esto más decidido que nunca en sus propósitos» (1 Cel 73).

Desde que recibió la revelación personal de que el Evangelio, sólo y todo, tenía que ser la inspiración y legislación de la nueva forma de vida, ninguna autoridad eclesiástica consiguió doblegar su voluntad, ni hacerlo desistir de su idea. El Obispo quiso convencerlo de que aceptara unos pequeños terrenos, para que los hermanos pudieran trabajar en ellos y así ganarse la vida honradamente. Francisco le respondió: si tuviéramos propiedades, necesitaríamos armas para defenderlas; queriendo decir que toda propiedad es potencialmente violencia.

Fuese Francisco, con sus compañeros, a Roma para recabar de la Santa Sede la aprobación de la Regla. Los encuentros preliminares fueron con el Cardenal más influyente del Palacio Leteranense, Juan de San Pablo. Este prelado quería convencer a Francisco de que no se embarcara en una nueva fundación, sino que, más bien, se adaptara a las estructuras experimentadas de Órdenes antiguas. Y dice el narrador que Francisco «rechazaba con toda humildad» estas sugerencias (1 Cel 33).

Con Inocencio III, personalidad de gran empuje y alto corazón, necesitó Francisco tres audiencias, según recientes estudios históricos; y, en su presencia y ante el pleno del Colegio Cardenalicio, Francisco necesitó desplegar toda su apasionada inspiración, recurriendo, inclusive, a alegorías y parábolas, para conseguir, al fin, una aprobación tan sólo verbal.

Más tarde, en los años de la gran prueba, resistió una y otra vez al Cardenal Protector, Hugolino, en una serie de problemas candentes: en lo referente a los estudios; sobre si podían tener, o no, propiedades, conventos o bibliotecas; si los hermanos debían llevar, o no, cartas apostólicas que los acreditaran como católicos; si los hermanos debían aceptar, o no, prelacías y sedes episcopales: «Pido, pues, Padre, que no les permitáis de ningún modo ascender a prelacías para que no los domine la vanidad» (2 Cel 148).

Estos rasgos firmes de personalidad y esta seguridad de sí mismo lo llevarán, en momentos, a ciertas vehemencias temperamentales y actitudes autoritarias, contrarrestadas, eso sí, por su enorme capacidad de humanismo y empatía. En el clímax más alto de la gran prueba invocó la maldición del cielo contra el Provincial de Lombardía, Juan de Staccia, por construir, en la ausencia de Francisco, un Studium en Bolonia; y obligó a los hermanos allí residentes a abandonar en el acto el sólido recinto. Es de saber que nunca quiso poseer casas ni conventos para los hermanos, sino sólo chozas; y en esto se mantuvo firme hasta el final, originando, naturalmente, un formidable problema de organización para sus sucesores.

En uno de los momentos más desolados, estando gravemente enfermo en la cama, y habiendo sido informado de las audacias e innovaciones de los intelectuales, llegó a perder completamente el control e, incorporándose, dijo: «¿Quiénes son estos que quieren arrancar la Orden de mis manos? Cuando vaya al Capítulo van a ver quién soy yo» (2 Cel 188).

Hay que precisar, sin embargo, que muchas de estas actitudes de fuerza las tuvo Francisco en la época de aquella profunda crisis, en que se trabó (¡él que no había nacido para luchar!) en un sombrío y áspero combate por la defensa del ideal primitivo, crisis que los cronistas contemporáneos llamaron agonía. Los excesos se debieron, pues, en una buena parte, a su afán de fidelidad al ideal que el Señor le había revelado; y, en parte también, al hecho de ser temperamentalmente sensible y, por ende, impulsivo. Es aquel misterioso y eterno juego en que no se sabe dónde acaba la gracia y dónde comienza la naturaleza.

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En su rica personalidad, y en contraste con lo dicho hasta aquí, Francisco posee también, y sobre todo, una sensibilidad poco común, algo así como una corriente de simpatía para con todas las cosas, que le hacía distinguir perfecta y simultáneamente (como si dispusiera de un radar mágico de mil oídos y mil ojos) el movimiento de cada insecto, el frescor o tibieza del aire, las formas y colores de los líquenes, hongos, musgo, insectos, batracios; sentía, sobre todo, ternura o piedad por las criaturas pequeñas e indefensas.

Y todo esto, a su vez, derivó en aquella sensibilidad artística y, sobre todo, en aquella inmensa empatía o capacidad de entrar en el mundo del otro, y participar y compartir el drama, el sufrimiento y las esperanzas de los demás. Todo esto, sin embargo, no fue tan sólo rasgo de personalidad, sino un amplio juego de la gracia y de la naturaleza de una admirable combinación armónica.

Metido ya en el proceso de su conversión, comenzó a «sentir la más tierna compasión hacia los pobres» (2 Cel 5); más aún, quiso experimentar la condición de pobre trocando su indumentaria de burgués por la de un mendigo; sentándose, escudilla en mano, en las escalinatas de la basílica constantiniana de San Pedro del Vaticano para pedir limosna (2 Cel 8).

La empatía deriva siempre en comprensión que, al fin, no es otra cosa que mirar al hermano desde él mismo. En la cabaña de Rivotorto, y a media noche, un hermano comenzó a gemir, desfallecido de hambre. Francisco hizo levantar a todos, para que acompañaran al hermano hambriento a consumir las pocas aceitunas y nueces que quedaban en la cabaña, y todo en un ambiente de fiesta. Después, siempre a media noche, le hizo reflexionar en el sentido de que las medidas de cada cual son diferentes y que cada uno debe llevar en cuenta sus propias limitaciones.

El narrador nos dirá que «su finura y nobleza de sentimientos lo hacían sumamente deferente, dando a cada uno el trato que le correspondía» (1 Cel 57). Y, en otra parte, dice que «demostraba cabal mansedumbre en el trato con todos, aviniéndose provechosamente con los temperamentos más diversos» (1 Cel 83).

Este bagaje de ternura lo volcaba preferentemente sobre los débiles, inseguros y acomplejados. El hermano Riccerio era de esa clase de personas que fácilmente tejen suposiciones, y gratuitamente; sufren, diríamos, de manía persecutoria. Se le metió, pues, en la cabeza que Francisco no lo quería; y por esto vivía sombrío y triste. Enterado del caso, Francisco le escribió una auténtica carta de amor: «... Hijo mío; por favor, quita de tu mente esos pensamientos. Has de saber que te quiero muchísimo. Más aún, te quiero más que a los demás. Ven a visitarme y te convencerás que es verdad lo que te digo...».

Por aquellos días, fray León, secretario y compañero inseparable, se dejó llevar de la aprensión de que Francisco le había retirado su afecto. Francisco, sensible como era, percibió lo que sucedía, y le escribió, con su mano llagada, una preciosa bendición que aún en nuestros días se usa entre nosotros.

Para tratar a los hermanos difíciles, ya cuando la fraternidad era muy numerosa, Francisco propuso a los ministros un amplísimo arco de insistencias basadas en la paciencia y en la mansedumbre. Pero al final llegó a la conclusión de que en la base de toda rebeldía subyace un problema afectivo. Los difíciles son difíciles porque se sienten rechazados. Por otra parte, sabía qué difícil es amar a los no amables; y que no se les ama precisamente porque no son amables; y cuanto menos se les ama, menos amables son, y que si hay algo que pueda sanar al rebelde, es precisamente el amor.

En sus últimos años lanzó la gran ofensiva del amor. A un ministro provincial, que se quejaba de la rebeldía de algunos hermanos, le escribió esta carta de oro, verdadera carta magna de la misericordia: «... Ama a los que te hacen esto. Ámalos precisamente en esto... y en esto quiero conocer si amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti, después de haber contemplado tus ojos, sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no la busca, pregúntale tú si la quiere. Y si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor».

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En términos psicológicos diríamos que Francisco poseía un carácter primario. Llama la atención la instantaneidad con que pone en práctica, no sin cierta precipitación y a menudo sin reflexionar mucho, cualquiera sugerencia que él estime proveniente de lo alto. Teme las coartadas de la razón y las prudencias de la carne. No se siente bien con las lucubraciones intelectuales que fácilmente tienden a minimizar o desvirtuar las exigencias de la Palabra.

En los últimos años, cansado de tantas interpretaciones, epiqueyas y atenuantes, que los intelectuales provenientes de Oxford, París y Bolonia hacían sobre el Evangelio y la Regla, el Pobre clamaba: «A la letra, a la letra, hermanos; sin glosa, sin glosa». «Así como me dio el Señor decir y escribir pura y simplemente la Regla y estas palabras (el Testamento), del mismo modo quiero que las entendáis simplemente y sin glosa, y las guardéis con obras santas hasta el fin.» La instantaneidad va, pues, acompañada de concretez.

Cubierto con el escudo blasonado, pertrechado de yelmo, espada y lanza, mil sueños de gloria bailándole en el alma, rodeado de la juventud más dorada de Asís, iba Francisco hacia los campos de batalla de Appulia, para combatir a favor de los ejércitos del Papa. Al pasar por Espoleto oyó en sueños estas palabras: «Vuelve a Asís y allí se te dirá lo que tienes que hacer»; y al día siguiente regresó a Asís, así le calificaran de cobarde y desertor sus compañeros, sin importarle los comentarios de la ciudadanía o el ridículo en que quedaban él y sus padres.

En los días de su conversión entró Francisco en la arruinada capilla de San Damián. Después de orar largo y concentrado, fijos los ojos en el Cristo bizantino, oyó claramente estas palabras: «Francisco, repara mi iglesia.» Y, pensando que se trataba de restaurar los muros ruinosos, volvió a su casa; sin comer, cargó en su caballo los paños más vistosos y se fue a Foligno a venderlos, para, con su importe, poder comprar el material de construcción. Al día siguiente ya estaba convertido en un flamante albañil. No perdía el tiempo en interpretar las palabras de Cristo, sino que ponía todo su afán en traducirlas inmediatamente en práctica.

Fue probablemente el día más decisivo de su vida: el día en que sintió que sólo y todo el Evangelio había de ser la norma y la fuerza de su movimiento. Al escuchar el día de San Matías, en la capilla de la Porciúncula, el Evangelio de la Misión apostólica, Francisco, golpeado súbitamente y arrebatado por la novedad del texto, exclamó: «Esto es lo que buscaba. Esto es lo que quería. Esto es lo que ansío realizar con toda mi alma» (1 Cel 22). ¿Qué manda mi Señor Jesucristo?, se preguntó; ¿que no se lleve calzado? Se sacó los zapatos y los arrojó sobre un matorral. ¿Qué más manda el Señor?, ¿que no se lleve bastón?; y agarró el bordón de peregrino y lo tiró lejos. Se desprendió también de la túnica de ermitaño y la lanzó debajo de un arbusto. Tomó un rudo saco, lo cortó, lo confeccionó en forma de cruz con capuchón, se ciñó con una simple cuerda; y, santiguándose, salió al mundo, dirigiéndose a Asís, distante cinco kilómetros; en el camino comenzó a saludar como manda el Señor: «El Señor os dé la Paz»; subió las empinadas calles de la ciudad y comenzó a predicar junto a las columnas del pórtico del templo de Minerva. En este día, así tan simplemente, quedó sellada su vocación evangélica y la de sus seguidores.

Muy pronto se le juntaron los dos primeros compañeros: Bernardo y Pedro. Francisco no sabía qué hacer con ellos, pues no tenía plan alguno ni programa de vida. Les dijo: Mañana iremos a la iglesia de San Nicolás, y el Señor nos mostrará qué debemos hacer. A la mañana siguiente, llegados a la iglesia, permanecieron largo tiempo en oración. Luego Francisco se aproximó al altar con reverencia; y, no sin cierta solemnidad, abrió tres veces el misal, sometiendo la importante cuestión, con sorprendente ingenuidad y con la simplicidad de la fe que traslada montañas, al juicio de Dios, que el mundo llama azar. La respuesta del Señor fue clara: quien quiera seguirlo, debe vender todo; para el camino no debe llevar nada; ha de negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirlo. Francisco, mirando a los aspirantes dijo: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla, y la de cuantos quisieren convivir en nuestra compañía; id, pues, y cumplid cuanto habéis oído» (TC 28 y 29). Salieron de la iglesia, llegaron al bien abastecido almacén de Bernardo, y repartieron toda la mercancía entre los necesitados.

Y así, en la medida en que iban presentándose los problemas, fue solucionándolos bajo la orientación de la Palabra, entendida literalmente y radicalmente ejecutada. Esa fue su posición ante el Evangelio: una literalidad ingenua o una ingenuidad radical, texto y contexto, el espíritu y la letra, todo junto, vivido por una personalidad marcada por la concretez y la instantaneidad.

Y, es fácil imaginar: esta postura ingenua y radical frente a la palabra de Jesús, en la época en que Francisco era él solo y enseguida un grupito de incondicionales, dio por resultado una de las aventuras evangélicas más hermosas en la historia de la Iglesia. Pero, como puede imaginarse, también cuando muy pronto los hermanos fueron millares, esta simplicidad evangélica desencadenó un formidable problema de organización. No es de extrañar que, más tarde, los intelectuales y prudentes llegados de París y Oxford, se trabaran en aquel conflicto doloroso con el Pobre de Asís, aunque lo amaran y veneraran sobremanera. Este es otro aspecto digno de destacarse: Francisco tuvo adversarios, pero nunca enemigos. Los que se le opusieron y tanto le hicieron sufrir, lo amaron entrañablemente al mismo tiempo.

Dentro de su rasgo general de concretez, el hombre de Asís tenía también la tendencia instintiva de «plastificar» las verdades, dramatizándolas no pocas veces como en una obra teatral, echando mano frecuentemente de la alegoría y la parábola. Era, diríamos, un artista nato; como dicen: «El más santo de los italianos y el más italiano de los santos». Durante un sermón ante Honorio III y toda la Curia Romana, el entusiasmo desbordó a Francisco y comenzó a bailar (2 Cel 72). A veces «representaba en la predicación entremezclando sus palabras con mímica y gestos enardecidos» (2 Cel 207). Recuérdese también el primer Nacimiento representado en Greccio unos años antes de morir.

 

II. NOVEDADES Y MOMENTOS ALTOS

Nunca fue el Hermano aquel tipo de intelectual que antes de ejecutar un plan, lo elabora mentalmente: las abstracciones las reduce a fórmulas prácticas, y éstas, a su vez, a prescripciones y determinaciones, acabando por concretar todo en una legislación. Al contrario, fue el tipo existencial que no se preocupa de pensar sino de vivir. Solamente eso: vivir simplemente y plenamente, teniendo como única inspiración y guía el Evangelio.

La legislación que más tarde dio Francisco a los hermanos no fue otra cosa sino una codificación de lo que se había vivido hasta entonces. Los Capítulos tuvieron inicialmente esa finalidad: los hermanos, llegados de todas partes del mundo, se congregaban, en Pentecostés, en la Porciúncula. Se encontraban, fraternizaban, revisaban las normas que se habían dado en el Capítulo anterior, analizaban cómo les había ido durante el año; por los resultados juzgaban de su practicidad; según los resultados también, los incluían en el proyecto de vida o los excluían; el Capítulo daba nuevas normas para experimentarlas durante el año entrante. Y así nació la «forma de vida» franciscana. La Regla nació de la vida.

Ahora bien, la vida se resiste a ser aprisionada entre los moldes de una definición. Es muy difícil, por no decir imposible, esquematizar un carisma, cuando el carisma, como en este caso, es eminentemente una persona y una vida. Trataremos, no obstante, de decir algo, resaltando algunos elementos que, por llamar de alguna manera, llamaremos novedades.

La primera y radical novedad fue la «revelación» que recibió Francisco, en el sentido de que él y su grupo debían vivir «según la forma del santo Evangelio». La historia fue la siguiente.

Después del tira y afloja entre las insistencias de Dios y las resistencias del joven Francisco; después que éste pasó columpiándose entre los reclamos de Dios y los reclamos del mundo, la visitación divina de la Noche de Espoleto dejó a Francisco definitivamente golpeado y herido. Busca la soledad para estar con Dios; convive con los leprosos y mendigos; restaura las capillas arruinados; vive situaciones ásperas con su padre hasta entregarle incluso sus vestidos, quedándose desnudo, y experimentando así el misterio de la pobreza, de la libertad y de la alegría; vive altas y profundas experiencias divinas en las soledades de los bosques.

Habían pasado dos años. Había sido hasta ahora un caminar de sorpresa en sorpresa, provisoriamente, por las vías de la fidelidad. Llama la atención la soledad completa en que había hecho este recorrido, un hombre, por otra parte, tan comunicativo. No consultó a nadie. No recorrió caminos trillados. No se hizo monje ni sacerdote ni cenobita. Dios lo lanzó a la oscuridad completa, a la incertidumbre completa para abrir rutas desconocidas. Pero, ¿qué rutas? Esperaba algo, pero no vislumbraba nada. De pronto la revelación, por muy esperada que fuese, surgió inesperadamente.

En la capillita restaurada de la Porciúncula, el 24 de febrero, escuchó Francisco el Evangelio del día, el de la misión de los Doce: «Id y predicad. No llevéis dinero ni provisiones ni zapatos ni bastón, etc.» Francisco quedó impresionadísimo, como si nunca hubiera oído esas palabras; como si el mismo Jesús las hubiera pronunciado expresamente para él. Estaba estremecido, como cuando los profetas, en los tiempos bíblicos, recibían una revelación. Después de la misa, llevó al celebrante al fondo del bosque, le pidió una explicación sobre las palabras oídas; el celebrante se la dio y, agitando los brazos y como iluminado, dijo: «Esto es lo que buscaba; era esto lo que ansiaba; y este programa pondré en práctica hasta el fin de mis días» (1 Cel 22).

No tenía conocimientos precisos sobre lo que eran específicamente las otras Órdenes, sino una vaga e instintiva impresión. Por lo que había visto en los monasterios del Subasio y San Verecondo, Francisco sabía intuitivamente que no era esa forma de vida a la que el Señor le llamaba. Y al oír, en este día, el Evangelio, grita: esto sí, esto es lo que yo buscaba.

Hasta su muerte, consideró Francisco este acontecimiento como una revelación expresa del Señor para él y su grupo. Incluso unas semanas antes de morir, hace referencia a este día: «Y una vez que el Señor me dio hermanos, nadie me enseñaba lo que yo debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14).

Desde este instante, en que inicia la inmediata puesta en práctica de las palabras del Señor, quitándose los zapatos y la túnica; hasta que, veinte años después, en su agonía acaba celebrando la Cena del Señor, Francisco no fue otra cosa sino la fidelidad caballeresca a la revelación de este día, mimetizando los gestos del Señor, «pisando sus pisadas», cumpliendo literalmente sus palabras.

Cuando los hermanos fueron ya doce, y deseando ser aprobada esta forma de vida por la Santa Sede, intentaron aproximarse «a los pies de la Santa Romana Iglesia». Les informaron, sin embargo, que no era posible tal aprobación, sino en base de una legislación concreta, una especie de documento base. Francisco encomendó a dos hermanos la tarea de extractar del Evangelio aquellos textos que fueron sangre y vida desde el primer momento, y colocarlos en un cierto orden, y envolverlos en unas normas de vida, pocas y simplicísimas, armando una especie de estructura rudimentaria. El narrador dice estas palabras: «La forma de vida y Regla primitiva, aprobada por Inocencio III (1209), constaba principalmente de citas del santo Evangelio, ya que la perfección evangélica era la única anhelada por Francisco. Sólo insertó entre ellas unas pocas normas absolutamente indispensables para la buena marcha de la comunidad» (1 Cel 32).

Con esta Reglita («Regula»), de unos cuatro o cinco pequeños capítulos, se presentaron ante Inocencio III. La intención de Francisco, por encima y más allá del documento, era que el Evangelio mismo fuera declarado como única inspiración y legislación de la nueva forma de vida. En su fuero interno no era necesario que el Papa aprobara esta Reglita, sino que la confirmara, porque se trataba de cumplir toda la Palabra de Jesús. De parte de Francisco era una especie de cortesía el presentarse ante la Santa Sede, para que el representante refrendara la Palabra del Representado.

Así lo entendieron en la Curia Romana Lateranense. Los cardenales y el Papa mismo objetaron esa forma de vida como utopía; estaban de acuerdo en que un grupito de idealistas podría ponerlo en práctica, pero nunca una fraternidad numerosa. El que rompió todas las vacilaciones y reservas fue el cardenal Juan de San Pablo que, tomando la palabra, dijo: si negamos la autorización a este hombre diciendo que es imposible de practicar esta forma de vida, entonces seamos consecuentes: también el Evangelio es utopía. Y les concedieron la autorización verbal, ad experimentum.

Allá mismo comenzó a vivirse la hermosa gesta evangélica, que duró unos quince años. El grupo fue creciendo aceleradamente. Aquella Reglita no servía para poner orden en la masa aceleradamente creciente y tan heterogénea. Se imponía una legislación más estructurada y menos evangélica. Francisco resistió varios años a esta sugerencia, afirmando que no hay más Regla que el «Evangelio de nuestro Señor Jesucristo». Y ahí se originó y se consumó la historia más apasionante y dramática por la defensa del Evangelio, historia que hundió a Francisco en aquella «agonía» de unos cuatro años.

Las circunstancias, los ministros y el Cardenal Protector presionaron de tal modo al Pobre que, llegada la primavera de 1221, subió el Hermano a las alturas bravías de Fonte Colombo, en el valle de Rieti, y redactó la Regia llamada no-bulada (1 R). Los intelectuales esperaban un documento estructural y realista. Se equivocaron. Esta Regla era, y es, una apasionada invocación y provocación a responder al Amor, documento en el que Francisco vuelca completamente y sin inhibiciones los ideales alimentados v retenidos desde la Noche de Espoleto, sin cuidar mucho las reglas gramaticales, con 96 textos evangélicos, haciendo caso omiso de los avisos de los intelectuales y sin tener para nada en cuenta las normas redaccionales de una legislación. Desde luego, pocos hombres habrá tan inútiles como Francisco (profeta y poeta) para redactar un texto legislativo.

La Regla no-bulada era un desafío para los que querían nuevos rumbos. Los ministros e intelectuales, sin embargo, no perdieron la cabeza, y procedieron con suma sagacidad, dando largas, sin aceptar ser provocados por los idealistas. Consiguieron que no se aprobara la Regla, y encargaron al Cardenal Protector de que, en adelante, tratara personalmente con Francisco todo lo referente a la legislación. El Cardenal, con una actuación paciente y dilatada, fue persuadiendo al Pobre en el sentido de que un documento legislativo, para ser aprobado por la Santa Sede, necesitaba concisión y precisión.

De nuevo, pues, subió el Pobre a las alturas de Fonte Colombo, y redactó otra Regla que, por lo visto, tampoco fue del agrado de los ministros e intelectuales, porque «se les extravió». Con infinita paciencia y dolor, con una tristísima noche oscura en el alma, subió de nuevo el Hermano a los roquedales de Fonte Colombo y, siguiendo las orientaciones de Hugolino, escribió la Regla oficial de los Hermanos Menores, que más tarde fue aprobada; una Regla breve y concisa según las indicaciones recibidas, sin apelaciones ni efusiones, con una drástica reducción de los textos evangélicos (de 96 textos de la otra Regla, sólo quedaron seis), doce breves capítulos: más o menos el documento que querían los ministros. Pero aun así nadie pudo impedir que, en el encabezamiento y en el final del documento, estampara vigorosamente, como una protesta, aquellas palabras: «La regla y vida de los hermanos menores es esta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (2 R 1 y 12).

Pocas veces, en la historia de la Iglesia, se ha dado una batalla tan llena de grandeza, pasión y aspereza por la defensa del ideal evangélico.

* * *

Para Francisco el Evangelio no es el «libro de los cuatro evangelios». Es el mismo Jesucristo, quien alcanzó plenamente al hombre de Asís, y éste se dejó seducir e invadir. Cuando Francisco habla de la «observancia del Evangelio», sobreentiende «pisar las pisadas» de Jesús, repetir en su vida la disposición interior, criterios de vida, consejos y mandatos, hacer lo que Jesús hizo.

El Evangelio no es, pues, para el Hermano una abstracción doctrinal o una intelectualización teórica, como sucede muchas veces ahora que está de moda el Evangelio. Es comprometerse a fondo y bajo todas las consecuencias prácticas con Cristo Jesús. Más aún, es apostar por Cristo.

Pero de este Jesucristo se le grabaron a fuego ciertos rasgos. A unos carismáticos los sedujo el Cristo Maestro y Doctor; a otros, un Cristo contemplando en las montañas; a otros, un Cristo sanando enfermedades y derramando bondad en los necesitados; a otros, un Cristo real y transhistórico. Al Pobre de Asís le impactó vivamente el Cristo pobre y humilde, con todo aquello que implicara desapropiación, desnudez, Kenosis. Y, como hombre sensitivo y concreto, lo estremecieron de manera particular los misterios que gráficamente expresan ese despojo, como son Belén y Calvario. Muchas cosas mandó hacer Jesús, pero a él le impactaron de manera especial los consejos apostólicos que exigían privación y desnudez.

Y de esta perspectiva cristológica nace la novedad general del carisma franciscano, una perspectiva (Cristo pobre y humilde) que nadie había advertido hasta entonces, al menos con tanto entusiasmo. De aquí también se originaron, con toda naturalidad, los rasgos peculiares o novedades del franciscanismo: la opción preferencial por los marginados de aquella sociedad: leprosos, mendigos, asaltantes de caminos y pecadores; el modo de entender la tensión autoridad-obediencia; eficacia o ineficacia apostólica; la interdependencia entre la fraternidad y la pobreza; el trabajo y el apostolado de la presencia. Y aunque nunca se preocupó de dar testimonio de pobreza, como nosotros, su preocupación apasionada y casi obsesiva fue siempre ser pobre como Jesús. Para la opinión pública, la novedad más relevante del franciscanismo es la pobreza.

Ahora, ¿por qué le impactó precisamente este Cristo pobre? Probablemente debido, en primer lugar, a su carácter sensitivo; en segundo lugar, por respirar, en su entorno, una piedad popular centrada en un Cristo humanado y doliente; y también, debido al hecho de haber vivido una de sus primeras y más fuertes experiencias espirituales con el Crucifijo de la ermita de San Damián. Efectivamente, estando todavía en el siglo, la imagen de Cristo crucificado penetró como centella en su alma, grabándosele a fuego y para siempre en la substancia primitiva de su espíritu; el tiempo nunca lograría cauterizar esa herida. Aquí comenzaba la peregrinación que habría de culminar sobre las rocas del Alvernia. Y, según san Buenaventura, esta escena puso el sello definitivo de la devoción franciscana.

Tres años antes de partir a la Casa del Padre, y tres meses antes de su estigmatización, la enfermedad tenía al Pobre de Asís arrinconado contra las cuerdas en el rincón de la cabaña de la Porciúncula. Ni siquiera podía moverse. Los hermanos le propusieron y se ofrecieron para leerle algunos fragmentos evangélicos, cosa que en otros tiempos tanto le emocionaba, para, de esta manera, mitigar sus dolores. Y, ante la extrañeza de todos, respondió el Hermano: «No, no hace falta. Conozco a Cristo Pobre y Crucificado y eso me basta» (2 Cel 205).

He aquí la síntesis de un ideal: una persona, Cristo; y éste, pobre y crucificado. Para Francisco no hay motivos para ser pobre, ni siquiera las ventajas que deja la libertad, la disponibilidad o la transparencia fraterna. El único motivo es éste: Cristo, siendo rico, se hizo pobre. Siempre que Francisco quiere sintetizar ante los hermanos el ideal de su vida, enarbola esta frase: «Seguir la vida y la pobreza del Altísimo Señor Jesucristo».

Desde los días de Dante la opinión pública sabe que no ha habido caballero andante que haya rendido a la dama de sus sueños tanta devoción y culto, como Francisco a la Dama Pobreza. Desde el 24 de abril de 1209, en que se desprende de la túnica y del calzado, hasta el 3 de octubre de 1226, en que manda que lo despojen de toda ropa y lo coloquen desnudo sobre la tierra desnuda para morir, Francisco de Asís fue sencillamente eso: un caballero que guardó altísima fidelidad a su Dama, «Nuestra Señora la Pobreza».

Un par de días antes de morir, Francisco envió a Clara y a las Damas Pobres (así llamaba caballerosamente a las Clarisas) unas palabras de despedida, a modo de testamento, que probablemente fueron las últimas palabras que dictó: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su Santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea.»

* * *

Hoy día, a partir del proceso de renovación conciliar, dentro de la familia franciscano se ha llegado a considerar la fraternidad como novedad o elemento constitutivo de su carisma, en el mismo nivel que la pobreza-humildad, que, entre nosotros, recibe el nombre de minoridad. Sería, pues, la fraternidad la novedad constitutiva, juntamente y en el mismo nivel que la minoridad. En una palabra, Hermano Menor constituiría la identidad carismática franciscano.

Dudo que Francisco tuviera conciencia explícita de esto. Es posible que se haya rescatado este valor por mirar la historia primitiva desde nuestra óptica tan sensible a los valores fraternos. De todas formas, las reiteraciones de Francisco, en sus escritos, son incomparablemente más insistentes sobre la pobreza que sobre la fraternidad; si bien, para un hombre existencial, más importancia tiene la vida misma que los escritos; y está a la vista que la vida de la primera generación se concretizó y se desplegó en forma de grupos humanos; no eran conventos sino hogares.

Si analizamos el género de vida de la generación primitiva, caemos enseguida en la cuenta de que el franciscanismo nació y creció en fraternidad, porque nació en la pobreza. Los hermanos nacieron como itinerantes: no tenían conventos ni monasterios; en el mejor de los casos, tenían chozas. Necesariamente tenían que ser pequeños grupos. En las chozas no tenían celdas independientes; todo era común, compartido, sin privacidad, abierto; la cabaña hacía las veces de dormitorio, refectorio, capilla. El modelo añorado de vivienda franciscana fue el tugurio de Rivotorto, donde transcurrió, aunque fugazmente, la época de oro del franciscanismo (1 Cel 42).

Naturalmente, en las chozas estaban los hermanos necesariamente intercomunicados. Era normal que los hermanos vivieran, no en el silencio y disciplina monacal, sino en una amplia y estrecha interrelación; y que, inevitablemente, cada grupo se transformara en una familia, como en un cálido hogar en que no hay mío y tuyo, en que todo es común: el alimento y la oración, los encantos y los conflictos, las crisis y las alegrías. Por ser pobres, nacieron como hermanos. Por lo demás, donde estaba Francisco, dada su personalidad, nacía en su entorno el clima de espontaneidad, calor y comunicación. Por eso, aún hoy, se atribuyen al franciscano ciertos matices hogareños como sencillez, cordialidad...; son un eco lejano de aquel clima familiar en que nació.

Este es, pues, el salto: de la pobreza a la fraternidad. Allí donde los miembros de una comunidad se bastan para todo y no tienen necesidades, es imposible generar un clima de hogar. El tener las necesidades satisfechas, resguardada la privacidad con una celda cómoda, asegurada la mesa y bien surtido el ropero, todo eso hace que, inevitablemente, los hermanos se replieguen hacia un individualismo solitario y autosuficiente.

En el caso del carisma franciscano, más que los principios doctrinales fue la vida misma la que abrió los cauces fraternos. Donde hay una necesidad, viene la ayuda del otro. La pobreza crea necesidades; y para solucionarlas, se abren los hermanos, unos a otros. Este género de vida se vivió en nombre del Evangelio en los primeros tiempos; y más tarde, casi al final, se codificó.

Francisco, siguiendo las «órdenes» de Jesús, comienza por un mandato drástico y lapidario: «Los hermanos no se apropien nada para sí, ni casa ni terreno ni cosa alguna» (2 R 6, 1). Pocas veces en tan pocas palabras se ha encerrado tanta revolución y tanta carga de profundidad. La permanente inestabilidad de los ocho siglos de historia franciscana, tantas reformas y cismas y luchas fratricidas se deben a estas palabras.

La propiedad da al hombre la sensación de seguridad; es apoyo psicológico y garantía de poder. Al no tener ninguna propiedad, el hombre queda como flotando en la inseguridad, vestido de debilidad y orfandad. ¿A quién acudir, dónde apoyarse para no sucumbir bajo el peso de la desolación? Francisco imagina a los hermanos caminando por el ancho mundo sin monasterios ni conventos ni hogar; y les dice que «dondequiera que estén o se encuentren unos con otros, manifiéstense mutuamente domésticos entre sí» (2 R 6,7).

He aquí la idea, y la palabra, genial: domésticos; esto es, la fraternidad hará las veces de casa. Manifestándose abiertos unos a otros, acogedores unos de otros y, de consiguiente, familiares entre sí, esta apertura-acogida fraterna hará las veces de hogar y de patria, supliendo ampliamente las ventajas de la consanguinidad. La seguridad (y cobijo) que a otras personas les da una casa confortable o un sólido monasterio, en el caso de los Hermanos Menores se la dará el calor fraterno.

Está bien. La casa es una necesidad primaria. Pero hay otras necesidades: comida, vestido, eventuales enfermedades. ¿Cómo solucionarlas? El dinero abre todas las puertas. Pero Francisco les ordena terminantemente: «Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero por sí mismos o por sus intermediarios» (2 R 4,1). ¿Qué hacer, entonces? Otra vez Francisco dará el admirable salto de la pobreza a la fraternidad: «Manifiéstense confiadamente el uno al otro sus necesidades» (2 R 6,8). He aquí los hermanos abiertos unos a otros: unos para dar y otros para recibir; unos para exponer sus necesidades y otros para solucionarlas. Y así, tan simplemente, provoca Francisco el éxodo pascual, la «salida» hacia el otro.

Así, sin grandes teologías ni psicologías, Francisco lanza a los hermanos a la gran aventura fraterna en el campo de la pobreza. Desde el punto de vista evangélico, el capítulo VI de la Regla (2 R 6) puede considerarse como una manera sumamente original de organizar la vida, porque une en perfecto maridaje los dos grandes valores evangélicos: la pobreza y la fraternidad.

Francisco les da consejos para «cuando van por el mundo» (2 R 3,10), lo que no es referencia a unas salidas esporádicas desde los lugares en que viven, sino que se refiere a su condición habitual de itinerantes. Supongamos, pues, que cuando van por el mundo en grupos de tres, a uno de ellos se le lastima el pie. Los otros dos vuelven por necesidad al herido para ayudarlo: el uno va en busca de agua o de lienzo, el otro lo cuida y lo cura. Más tarde, supongamos, una fiebre alta se apodera de otro hermano; detienen la peregrinación; los otros dos se preocupan, le entregan el cuidado como una madre, y su tiempo, día y noche, hasta que el enfermo recupera la salud. En una palabra, todos están salidos de sí y vueltos al otro.

Francisco imagina lo peor: que uno de los hermanos cae gravemente enfermo mientras van por el mundo. ¿En qué hospital, en qué enfermería internarlo? No tienen casa, ni hospital, ni enfermería, ni dinero para internarlo. ¿Qué hacer? Francisco viene a decir: la fraternidad será (hará las veces de) la enfermería: «Los otros hermanos deben servirlo como quisieran ser servidos ellos mismos» (2 R 6,9). Esto es: el cuidado fraterno «es» el hospital.

Por ser pobres, se necesitan. Al necesitarse, se ayudan y se aman; y al amarse, son felices; y todo, al «ir por el mundo». Y así, estos grupos se constituyen ante los ojos del mundo en señal indiscutible y profética de la potencia libertadora de Dios, que obliga a las gentes a concluir que Jesús está vivo. Y así, tan sencillamente, aparece un nuevo y estupendo apostolado: el testimonio evangélico del amor fraterno «para que el mundo crea».

Así, pues, la fraternidad es, tal como hoy se opina unánimemente en la familia franciscano, una novedad constitutiva del franciscanismo; no por las insistencias doctrinales de su fundador, sino porque los primeros hermanos nacieron como familias itinerantes.

* * *

La pobreza introdujo otra novedad en el estilo de vida de los Hermanos Menores: el trabajo comenzó a ser apostolado, apostolado de presencia.

Todavía cuando eran cuatro o cinco los compañeros que se habían agregado a Francisco, en el primer año, se sustentaban los hermanos pidiendo limosna de puerta en puerta. Muy pronto la ciudad de Asís comenzó a inquietarse y, más tarde, a irritarse en contra de los hermanos, por tener que alimentarlos. Las quejas llegaron a oídos del obispo Guido. Éste aconsejó a Francisco conseguir unos pequeños terrenos para que los hermanos trabajaran allí honradamente y así ganarse el sustento diario, y no hacerse gravosos a la ciudad.

El Pobre le resistió con el Evangelio en la mano. Guido no insistió. Francisco y los hermanos reflexionaron sobre la manera de conjugar la pobreza evangélica y el sustento de cada día. No había caminos, había que abrirlos caminando. Llegaron a la conclusión de que el trabajo tenía que ser el medio normal de sustento. Pero, ¿dónde trabajar? Los hermanos no tenían ni tendrían terrenos propios. ¿Y entonces? La conclusión se imponía por sí misma: trabajo a salario en heredades ajenas. He aquí otra de las novedades introducidas por Francisco, con tanta naturalidad, a nombre de la pobreza evangélica; una verdadera revolución en las estructuras de la vida religiosa de aquel entonces. Casi sin pretenderlo, casi sin darse cuenta, Francisco conseguía dos altas finalidades: el sustento de cada día y la presencia profético de los hermanos en medio del pueblo de Dios, particularmente entre los trabajadores.

Y así se vivió en los primeros años. Encontramos a los hermanos empleados en la más variada diversidad de actividades según las épocas y los lugares: traían agua potable desde las vertientes hasta las aldeas; en los bosques cortaban troncos para madera o para leña; se dedicaban a enterrar muertos, sobre todo en tiempos de epidemia; remendaban zapatos, tejían cestas, pulían muebles; según las épocas, ayudaban a los campesinos en la recolección de cereales, fruta, aceituna, nueces, uvas, recibiendo como salario especies del mismo género que ayudaban a recolectar; más tarde, en otras latitudes, los encontramos entre los pescadores y marineros, manejando pesados remos o redes de pesca; los encontramos, inclusive, en las cocinas de los señores feudales (2 Cel 161 y 178; 1 Cel 25; TC 41 y 68; 1 Cel 18 y 21; TC 22 y 24).

Al entrar en la Fraternidad no se aislaban de su ambiente original; al contrario, consideraban su antigua profesión como el campo normal donde debían ejercer su apostolado. «Los hermanos, dondequiera que se encuentren sirviendo o trabajando en casa de otros, no sean mayordomos o capataces, ni estén al frente de las casas en que sirven... sino sean menores y estén sujetos a todos los que se hallan en la misma casa» (1 R 7,1-2).

Al salir al mundo para predicar, no descuidaban el trabajo manual. Era normal que los hermanos ayudaran en la labranza de los campesinos durante el día y, al atardecer, anunciaran la Palabra en la plazoleta de la aldea a los mismos compañeros de trabajo y a todo el pueblo. Iban de dos en dos por aldeas y ciudades, descalzos, sin cabalgadura, sin dinero, sin provisiones, sin protección ni morada fija. Al anochecer se retiraban a alguna ermita o leprosería para orar y descansar. En algunas oportunidades pedían hospitalidad en los monasterios. Casi todos eran jóvenes, pobres y felices; fuertes y pacientes, austeros y dulces. No maldecían contra la nobleza ni contra el clero. Se mezclaban preferentemente entre la multitud de enfermos, pobres y marginados (1 Cel 22, 88, 89; 2 Cel 155 y 78).

 

III. LA ORDEN FRANCISCANA, HOY

Hoy la Orden Franciscana en poco o nada se diferencia de las otras órdenes. Más aún, unos 25 años después de la muerte de san Francisco, la Orden Franciscana no se parecía en nada al ideal soñado por Francisco y vivido en la primera década; y los Hermanos Menores poco se diferenciaban de los dominicos o agustinos, salvo en el hábito. Se dio, pues, rapidísimamente un desmoronamiento vertical de la fisonomía primitiva en nombre de la organización y de una mayor eficacia en el servicio eclesial, clericalizándose la Orden, organizando los estudios al estilo de los dominicos, construyendo grandes edificios, y así los antiguos itinerantes acabaron por instalarse definitivamente.

Con una bula y otra bula conseguidas de la Santa Sede (cuando Francisco había «prohibido terminantemente», nada menos que en el Testamento, pedir tales bulas o privilegios), las grandes exigencias evangélicas fueron evaporándose como por encanto en medio de una áspera lucha entre los idealistas y los realistas (realismo), con predominio, por supuesto, de estos últimos. Con las bulas en sus manos y en lucha cerrada contra el clero secular (al principio unidos con los dominicos y más tarde en colisión con ellos), consiguieron los Hermanos Menores instalarse en el centro de las ciudades, organizar el culto, rivalizando con los párrocos.

San Buenaventura, con su prestigio y autoridad, confirmó y consolidó este status, y así... hasta hoy. Pero no se crea que la familia franciscano ha vegetado tranquilamente en esta instalación burguesa. Los idealistas y realistas han seguido luchando sañudamente en el seno de la familia hasta nuestros días, dando origen a cismas, llamadas reformas y escisiones de todo color. Francisco ha sido espina clavada en el corazón de la Orden: desafía, incomoda y nunca la deja en paz.

Los idealistas dijeron y dicen que somos traidores a los ideales de san Francisco; que el Pobre de Dios está allá arriba y nosotros aquí abajo. Rompamos con la instalación y regresemos a las montañas; desnudémonos de las seguridades y vivamos desapropiados entre los marginados, simplemente amándonos y amando. Los realistas respondieron y responderán que estamos bien así; que ya estamos sirviendo a la Iglesia con nuestras parroquias; que desde nuestros conventos ya impartimos la Palabra y la Salvación; que somos útiles a la Iglesia con nuestras instituciones; que es necesario tener en consideración las necesidades de la Iglesia; que, en fin, tenemos que ser realistas.

Lo que aparece evidente es que los tiempos en que vivió Francisco, y aun los posteriores, no estaban maduros para asumir y desplegar en gran escala los ideales del Pobre de Asís. Los tiempos que nosotros vivimos, en cambio, sí lo están.

Francisco de Asís, en Manresa 54 (1982) 217-238.
[Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 32 (1982) 255-274]

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