DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

14 de agosto

San Maximiliano M. Kolbe (1894-1941)

Siguiendo las huellas de S. Francisco por los caminos del siglo XX
por Gianfranco Grieco, o.f.m.conv.

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La vida de Francisco, revolucionaria y original en todos sus aspectos, encuentra en Kolbe uno de sus intérpretes más verdaderos y auténticos. Al «estilo» de Francisco, corresponde el «estilo» de Kolbe. Francisco se convierte al Cristo crucificado de San Damián y abraza la dama pobreza. Se convierte en «otro Cristo» que camina por aldeas y ciudades anunciando la Buena Nueva del reino. En torno a él, un número siempre creciente de hermanos. Dejan todo para seguir a Cristo hasta la cruz. En un mundo ávido de riquezas y poder, la opción de Francisco se vuelve provocación cristiana. Para seguir a Cristo, predica Francisco, es necesario abandonarlo todo. Para ser verdaderamente libre, debe seguirse el Evangelio de las Bienaventuranzas. Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos por la justicia, bienaventurados los puros de corazón, los que son calumniados a causa de Cristo... Francisco imitó a Cristo pobre y humilde hasta ser transformado en Él, con las llagas. Muriendo sobre la desnuda tierra, dejó a sus hijos espirituales esta consigna: «Yo he concluido mi tarea. Cristo os enseñe la vuestra» (2 Celano 214).

Maximiliano Kolbe no fue iluminado como Pablo en el camino de Damasco ni como Francisco en la quietud de San Damián. Él respondió generosamente a la llamada y eligió a Francisco como padre y maestro de vida.

«Si viviera ahora, ¿qué diría san Francisco viendo estas costosas máquinas?» A esta desconcertante pregunta de un canónigo polaco, que admiraba la imponente rotativa de Niepokalánow que había costado una enormidad de dinero, el padre Kolbe respondió enseguida: «Se arremangaría la sotana, haría marchar a toda velocidad las máquinas, y trabajaría como trabajan estos buenos hermanos, con los medios más modernos, para difundir la gloria de Dios y de la Inmaculada.»

Pobreza y trabajo: dos componentes especiales de la vida del verdadero «hermano menor». Dos tensiones complementarias que por una parte indican la separación de todas las cosas del mundo, y por otra el servicio-trabajo de darse cotidianamente al hombre. En Francisco estas dos opciones de vida van juntas: «Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente, de forma tal que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y como remuneración del trabajo acepten, para sí y para sus hermanos, las cosas necesarias para la vida corporal, pero no dinero o pecunia; y esto háganlo humildemente, como corresponde a quienes son siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza» (2 R 5). En Maximiliano Kolbe la relación es más explícita: «Todo miembro de Niepokalánow –para imitar a la Inmaculada, imitadora de Jesús, para imitar a san Francisco, imitador de Jesús– debe limitar sus exigencias personales a las extremadamente necesarias; no buscando comodidad y solaz, sino contentándose únicamente de lo imprescindible para extender lo más pronto posible el reino de la Inmaculada.» Esto dice Kolbe en una carta que enviara desde Nagasaki al padre Koziura, superior de la ciudad mariana polaca, y agrega: «Esta renuncia y espíritu de sacrificio de la pobreza, es la que permite multiplicar el tiraje del Caballero, que debe difundirse en todo el mundo; pobreza de costumbres, de vestimenta, de comida, es decir, pobreza franciscana a la luz de la Inmaculada...»

Pobreza, pues, como elección de vida, como testimonio cristiano. Trabajo como compromiso cotidiano indispensable para el advenimiento del reino de Dios y de María en los corazones. Si en el centro de la opción de vida de Francisco domina la presencia de Cristo crucificado, la vida de Kolbe revela en cada uno de sus actos la idea fija de la Inmaculada. Cristo pobre, humilde, trabajador; María, humilde virgen del Señor, pobrecilla de Yavhé, obrera de la viña de Dios, ha sido para Kolbe un modelo de vida religiosa, distribuida entre trabajo y oración, servicio y sacrificio, modestia y heroísmo.

Pobreza y trabajo en Francisco como en Kolbe no son nunca considerados como fines en sí mismos. Pobreza y trabajo tienden en cambio, naturalmente, al logro de un gran objetivo: el anuncio de la Palabra.

Francisco iba predicando por las calles de la ciudad y por los caminos de la campiña, con palabras sencillas, el advenimiento del Reino. No tenía otros medios que el arma de la palabra y el ejemplo. «...Desde entonces comenzó a predicar a todos la penitencia con gran fervor de espíritu y gozo de su alma, edificando a los oyentes con palabra sencilla y corazón generoso» (1 Celano 23). Su palabra era como fuego ardiente, penetraba en lo íntimo de los corazones, colmando a todos de admiración... En cada sermón, antes de comunicar la Palabra de Dios al pueblo, auguraba la paz diciendo: «El Señor os dé la paz.» Esta paz él la anunciaba siempre sinceramente a hombres y mujeres, a cuantos encontraba o venían a él. De este modo lograba a menudo, con la gracia del Señor, inducir a los enemigos de la paz y de la propia salvación, a convertirse ellos mismos en hijos de la paz, deseosos de la salvación eterna. A la palabra anunciada con fuerza y pasión, Francisco agregó la palabra escrita, como las tres cartas circulares «a todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los que habitan en el mundo entero», «a todos los clérigos, reverendos en Cristo» y «a las autoridades de los pueblos». Considerándose obligado a «servir a todos y suministrar a todos las perfumadas palabras» de su Señor, Francisco, con su predicación descalza, renovó la conciencia de los hombres de su tiempo y el rostro de la sociedad.

Maximiliano Kolbe amó la Palabra como parte integrante de su vida. A la predicación verbal prefirió la forma escrita. El trabajo era para Kolbe, Palabra, y la Palabra era trabajo. Sin cansarse nunca, toda su acción editorial ha pregonado con muchas voces la armonía y la sublimidad de esta Palabra. Desde Polonia al Japón, un canto coral que era de alabanza a Dios y de servicio a los hermanos, se elevaba desde las páginas de sus impresos. Pero en medio de todas sus obras, que agrupaban en el trabajo una cantidad de religiosos comprometidos y laboriosos, Kolbe no perdió nunca los objetivos de fondo de su convincente acción apostólica. «Debemos decir que nuestro trabajo es bello e importante –escribe a fray Lucas Kuzba–, pero es sólo algo exterior. Primero, antes de toda otra cosa, debemos cuidar de nuestra vida interior, la vida de la gracia, de la cual debe proceder toda la actividad exterior.» Y se pregunta: «¿Acaso el desarrollo de Niepokalánow reside en extender y agrandar sus muros? ¡No! Las nuevas casas no son índice de progreso. Y si en el futuro nos llegan máquinas más nuevas y perfectas, no será eso progreso en sentido estricto. Y si el Caballero multiplicara por dos o por tres su tirada, ni siquiera así se habrá cumplido el desarrollo de Niepokalánow, porque las cosas exteriores son a menudo falaces... Todas las otras cosas, incluso la ciencia, son cosas exteriores. En la santificación de nuestras almas está el verdadero progreso de Niepokalánow...»

Antes que el trabajo exterior y frenético de las máquinas y los hombres, Kolbe recomienda como exigencia fundamental de vida y como condición para alcanzar la conciencia de los hombres, el trabajo de la conversión interior del corazón. Sólo en esta línea se tiene la certidumbre de la «victoria».

El padre Kolbe hizo una elección radical de vida enteramente dedicada al trabajo, sinónimo también de sacrificio: «En el nuevo convento, nuestro sacrificio deberá ser total –afirma Kolbe–. La vida religiosa deberá allí florecer en la más perfecta observancia, especialmente en la práctica de la obediencia. Allí habrá mucha pobreza de acuerdo con el espíritu de san Francisco. Allí habrá mucho trabajo, mucho sufrimiento y no pocas incomodidades.» Hombre y religioso íntegro, Kolbe quería que fueran también así los hermanos, dispuestos a seguirlo en el camino de la pobreza, del sacrificio, del trabajo.

De «Pawiak», la cárcel de Varsovia, con fecha 13 de marzo de 1941, envía a los religiosos de Niepokalánow una tarjeta postal en la que dice: «Todos los hermanos oren mucho y bien, trabajen con fervor y no se preocupen demasiado de nosotros, porque, sin el permiso de Dios y de la Inmaculada, nada puede sucedernos.»

Este es el Evangelio del trabajo y del amor de Maximiliano Kolbe, víctima, al final de sus dolorosos días, de las monstruosas crueldades del coronel Fritsch y del feroz Krott en el bloque núm. 17. Kolbe, el hombre que había obtenido una gran «victoria» sobre el trabajo humano –un medio para arribar a un fin–, es condenado a trabajos forzados en el campo de concentración de Auschwitz: se inicia así el «vía crucis» de Kolbe, hombre de sufrimientos, de sacrificio, de heroísmo.

Este es el testimonio del prisionero Szweda: «Krott cargó sobre la espalda de Kolbe pedazos de madera especialmente pesados y luego le dio la orden de correr. Cuando el padre Kolbe cayó por tierra, le dio puntapiés en la cara, en el vientre, y lo apaleó gritando: ¡No tienes ganas de trabajar, holgazán! ¡Te haré ver lo que es trabajar!... Durante el intervalo del mediodía, entre befas y blasfemias, le ordenó extenderse sobre un tronco; después eligió uno entre los más fuertes de sus matones, y le ordenó darle cincuenta golpes a su víctima. El padre Maximiliano no se movía más. Fue arrojado en el fango y cubierto con los haces de leña. Después de esto y del trabajo de toda la jornada, siguió una extenuante marcha hasta el campo. El padre Kolbe estaba tan agotado que tuvieron que transportarlo, y al día siguiente no pudo salir a trabajar. Lo llevaron entonces al consultorio del hospital del campo y fue internado con el diagnóstico: pulmonía, con agotamiento general.»

Se iba concluyendo así, consumida por un trabajo absurdo en el campo donde aparentemente había vencido el odio, el racismo y el trabajo-esclavitud, la existencia terrena de un hombre que con su trabajo pobre, humilde y anónimo había atravesado las etapas de una vida consagrada a los demás.

Al hombre de hoy, esclavo de la máquina, de la técnica y del trabajo- ganancia-bienestar, ¿qué tiene que decirle una figura como la del padre Maximiliano Kolbe? La pregunta es inevitable si queremos advertir la presencia impetuosa de este contemporáneo nuestro.

Fiel a los temas evangélicos, Kolbe, con su opción por la pobreza- trabajo, ha ubicado al hombre como agente de trabajo, ha predicado la solidaridad entre los trabajadores, ha enseñado que el trabajo es participación en la obra del Creador. Mirando a Cristo, hombre de trabajo, con su compromiso de cada día, Kolbe ha asumido el trabajo humano a la luz de la cruz y de la resurrección de Cristo. «El Cristiano que está a la escucha de la Palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo y la oración –escribe Juan Pablo II en la Laborem exercens–, debe saber qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terrenal, sino también en el desarrollo del reino de Dios, al cual somos todos llamados con la potencia del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio» (núm. 27).

Es ésta también la visión franciscana y kolbiana del binomio pobreza- trabajo. Usar de todo con desapego para alcanzar el gran fin. Usufructuar de todos los medios de la técnica y del progreso para hacer al hombre más hombre, artífice y protagonista de su presente, co-creador del devenir de la historia.

[L'Osservatore Romano, Ed. semanal en lengua española, del 10-X-82]

[Selecciones de Franciscanismo,
vol. XI, n. 33 (1082) 379-382]

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