DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

SANTA CLARA, MODELO DE POBREZA Y HUMILDAD

por la Conferencia Episcopal Umbra

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La Conferencia episcopal de Umbría hizo pública una carta a todos los fieles, en la que afirma que el octavo centenario del nacimiento de santa Clara constituye un tiempo de gracia y una oportunidad para volver a proponer su espiritualidad y acrecentar su devoción. Los obispos subrayan en su mensaje que santa Clara no sólo es modelo para las mujeres que la siguen en la clausura, sino también para quienes han recibido una vocación diferente, pues su testimonio irradia grandes valores que nuestro tiempo necesita con urgencia.

Queridos hermanos y hermanas:

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de aquella que se llamaba a sí misma «pequeña planta del beatísimo padre Francisco» (RCl 1,3), la «mujer admirable, Clara de nombre y clara por virtud» (LCl 1), os saludamos y deseamos paz y bien.

Como un tiempo de gracia se nos ofrece la oportunidad de celebrar el VIII centenario del nacimiento de santa Clara de Asís, que se inaugurará el próximo 11 de agosto de 1993 y se clausurará el 5 de octubre de 1994. Será un tiempo propicio para avivar su recuerdo, volver a proponer su espiritualidad y acrecentar su devoción, pero, sobre todo, para volver a descubrir la actualidad del mensaje de la virgen Clara.

El aniversario atañe de manera particular a nuestras comunidades cristianas, a nuestra Umbría. Clara es hija de esta tierra. Aquí nació, vivió y murió. Aquí sigue viviendo su carisma en los numerosos monasterios de clarisas que sostienen con su oración y su testimonio el camino de nuestras Iglesias.

(Las monjas clarisas se subdividen en tres familias religiosas de vida contemplativa. La más numerosa es la fundada en el año 1212 por san Francisco de Asís y denominada de las Hermanas Pobres de Santa Clara; la regla fue aprobada por el Papa Inocencio IV y esta familia está unida a la orden de los Frailes Menores. Después siguen las Clarisas Capuchinas, fundadas en 1535 y unidas a la orden de los Frailes Menores Capuchinos, y las Clarisas Urbanianas, fundadas en 1263, cuya regla fue aprobada por el Papa Urbano IV y que están unidas a la orden de los Frailes Menores Conventuales).

Pensando en los veintiséis monasterios de clarisas que hay en la Umbría, nos resulta espontáneo contemplar en este centenario a santa Clara como «el árbol alto, desarrollado hacia el cielo, con sus ramas dilatadas, que en el campo de la Iglesia ha producido frutos suaves y a cuya sombra placentera y amena, muchos seguidores han acudido desde todo el mundo, y todavía hoy acuden a él para gustar sus frutos» (BulCan 11).

La maravilla y gratitud nos impulsan a prolongar las palabras de alabanza que Clara, durante su agonía, dirigió a Dios, autor de todo don: «Y tú, Señor, bendito seas porque me has creado» (LCl 46). Quisiéramos que toda la gente de Umbría sintiera con nosotros esta deuda de gratitud hacia Clara y hacia sus hijas.

Una presencia escondida

Dios nuestro Padre, en su providencia misteriosa y misericordiosa, a principios del siglo XIII, quiso suscitar en su Iglesia, por medio de san Francisco de Asís, una nueva familia religiosa, «precisamente para imitar la pobreza y humildad de su Hijo amado y de su gloriosa Madre virgen» (TestCl 46). Clara se considera una «sierva indigna de Cristo…» (RCl 1,3), una vocación femenina para el mismo ideal de santidad.

En el año 1212, la noche del domingo de Ramos, Clara escapa de su casa y se dirige rápidamente a la iglesita de Santa María de los Ángeles. Aceptada por Francisco, se consagra a Dios en una vida de pobreza y humildad. Después de un breve período, se enclaustra en San Damián y allí permanece hasta su muerte; cuarenta y dos años de vida escondida, de contemplación y entrega total.

No permanece sola. Pronto la siguen numerosas jóvenes de todas las condiciones sociales; constituyen con ella una nueva familia religiosa que al principio toma el bello nombre de «Hermanas pobres» (RCl 1,1 y TestCl 37) y seguidamente se convierte en la orden de las Clarisas y se difunde ampliamente en Umbría, en Italia y en el mundo.

Hoy sus seguidoras de vida contemplativa son casi veinte mil y son también numerosas las jóvenes que llaman a la puerta de los monasterios de nuestra región. Veinte mil en el mundo: verdaderamente una ciudad orante, una presencia «oculta con Cristo en Dios» (Col 3,3) con un amor oblativo, sin reservas, hacia toda la humanidad.

Un testimonio luminoso

Las monjas viven apartadas, pero actúan eficazmente en la Iglesia y en la sociedad con su testimonio. «Clara se escondía, pero todos conocían su vida. Clara permanecía en silencio, pero su fama gritaba» (BulCan 4). Clara «impregnaba con el perfume de su santidad todo el edificio de la Iglesia» (BulCan 5).

La contemplación de Dios y la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia son signos de existencias humanas que prefiguran y anticipan la vida eterna, la meta última y común de todos los hombres. Aunque esos consejos no son para todos, en la modalidad radical de la vida consagrada, indican a todos la dirección hacia la cual es preciso caminar; invitan a seguir a Cristo seriamente, a crecer hacia la perfección de la caridad. Por esta razón, Clara es modelo no sólo para las mujeres que la siguen en la clausura, sino también para quienes han recibido una vocación diferente. Es un «libro de la vida», un «espejo de vida» (BulCan 14), que nos interpela a todos, poniendo en tela de juicio nuestro modo de vivir.

El testimonio de Clara irradia algunos grandes valores, que nuestro tiempo necesita con urgencia: la comunión con Cristo, la pobreza evangélica, la femineidad auténtica, la fraternidad, la serenidad en el sufrimiento, la intercesión por los demás y la atención a la sociedad. Sobre estos valores tan importantes queremos llamar la atención con algunos breves puntos de reflexión, recorriendo los escritos y biografías de santa Clara en las Fuentes Franciscanas.

La comunión con Cristo

Cristiano es quien ha sido conquistado por Cristo, cree en él, muerto y resucitado, Señor y Salvador, y pertenece a él porque posee su Espíritu. Con él vive una relación de amistad profunda y de comunión y diálogo continuo, de amigo a amigo y en la obediencia a su palabra.

Clara tiene un amor apasionado por Cristo; está completamente arrebatada por su fascinación. Lo ensalza como esposo incomparable: «Su poder es más fuerte que cualquier otro, su generosidad, mayor; su belleza es más seductora, su nombre más dulce; y todo favor suyo, más exquisito» (1 CtaCl 9); «su amor hace feliz, su contemplación reconforta y su benignidad colma. Su suavidad penetra totalmente al alma, y el recuerdo brilla dulcemente en la memoria» (4 CtaCl 11).

Clara vive la oración contemplativa, dejándose transformar «totalmente… en la imagen de su divinidad» (3 CtaCl 13). Cuando regresaba a la oración, «las hermanas se alegraban como si hubiera venido del cielo» (Proc 1,9). Tenía confianza absoluta en su esposo divino, incluso en situaciones dramáticas, como cuando, postrada ante la Eucaristía en el refectorio de san Damián, mientras los sarracenos estaban a la puerta, «con lágrimas habló a su Cristo: Señor mío, ¿acaso quieres entregar en manos de los paganos a tus siervas indefensas, que he educado por tu amor?» (LCl 22). E inmediata y milagrosamente fue escuchada, con la liberación.

Una intimidad tan profunda con el Señor constituye un desafío para nuestra cultura secularizada, que tiende a marginar a Dios de la vida del hombre y lo impulsa a vivir como si Dios no existiera; pero, en realidad, el mismo hombre se encuentra después pobre en esperanza y en un estado de degradación humillante.

Es verdad que «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (Gaudium et spes, 41).

Clara nos invita a no dejarnos arrollar por el dinamismo exasperado que conduce a vivir con superficialidad y sin pensar, sino a encontrar pausas de silencio, reflexión y oración.

Un poco de clausura hace bien a todos: no por nada Jesús recomendó retirarse a orar en el propio aposento, en secreto, «después de cerrar la puerta» (Mt 6,6). Y, si no es posible la clausura de las paredes, siempre es posible la clausura del corazón y no puede faltar en la vida del cristiano.

La mujer nueva

Clara se presenta como una personalidad fuerte, ejemplo de femineidad auténtica y madura. Suscita admiración en sus contemporáneos, que la veneran como «la mujer nueva del valle de Espoleto» (BulCan 11), e incluso como «huella de la Madre de Dios, nueva guía de las mujeres» (LCl Pro).

Es mujer pobre y humilde, libre y valiente, hermana y madre de numerosas compañeras; es más, se siente, esposa, madre y hermana del mismo Señor Jesucristo, «adornada por el estandarte luminoso de la virginidad inviolable y de la pobreza santísima» (1 CtaCl 13). Vive todas las dimensiones de la femineidad en un nivel más alto.

La virginidad consagrada, en cuanto entrega total de sí y comunión de caridad con Cristo, es matrimonio espiritual verdadero y fecundo. Ciertamente virginidad y maternidad no se oponen, sino que se explican y complementan recíprocamente. Son dos dimensiones de la femineidad y como dos caminos que la mujer recorre para realizarse a sí misma en la gratuidad del don. La gratuidad no es sólo del amor virginal, sino que permanece fundamento del mismo amor conyugal y materno. Por tanto, en ambas modalidades del amor no puede faltar la gratuidad, si no se quiere que fracasen la vocación virginal y la conyugal. Y aunque «la virginidad en el sentido evangélico comporta la renuncia al matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física, la renuncia a este tipo de maternidad, que puede comportar incluso un gran sacrificio para el corazón de la mujer, se abre a la experiencia de una maternidad en sentido diverso: la maternidad “según el espíritu”» (Mulieris dignitatem, 21).

Virginidad y matrimonio son dos formas de amor oblativo. Ambas se ven amenazadas por la actual mentalidad individualista y consumista. La misma dignidad de la mujer, tan enfatizada, es con frecuencia mal entendida. Clara, con su virginidad fecunda, indica la belleza del don de sí, que da sentido y valor a la dignidad y vocación de la mujer.

Pobreza altísima

Clara perseguía el firme propósito de observar «perpetuamente la pobreza y la humildad» (RCl 12,13), según el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia: ¡la nada de las cosas y del yo, por el todo de Dios!

Su elección se inspiraba en el amor a Cristo: «Esperaba conformarse en perfectísima pobreza con el Crucificado pobre, de manera que ninguna cosa transitoria separara a la amante del amado y retardara su marcha hacia el Señor» (LCl 14). De hecho, corría «libre y ligera, sin carga, detrás de Cristo» (LCl 13).

La pobreza es libertad para estar disponibles para Dios y para el prójimo. Hoy, con demasiada frecuencia, se confunde la libertad con la afirmación egoísta de sí mismo y con la posesión de muchos bienes materiales. Pero en nuestro tiempo tampoco es rara la invitación a la austeridad y al ahorro, no por motivos éticos ni religiosos, sino de economía. De todas maneras, se nos invita a la sencillez y sobriedad de vida. Y si la pobreza es libertad, recordemos que es camino seguro hacia la solidaridad y el amor. Y camino hacia la paz. Entonces comprenderemos que el amor universal de Francisco, así como el de Clara, hunde sus raíces en la pobreza perfectísima y altísima.

La alegría perfecta

Clara y sus primeras compañeras, con el espíritu de la perfecta alegría franciscana, afrontaban las pruebas no sólo con paciencia y valentía, sino también con alegría. «No temíamos ninguna pobreza, fatiga, tribulación, humillación y desprecio del mundo, porque, al contrario, considerábamos todo eso como una delicia» (RCl 6,2).

Causa asombro la actitud de la santa durante su larga enfermedad. «Durante veintiocho años de debilidad continua, jamás se oye una murmuración, ni un lamento, sino que siempre sale de su boca una conversación santa, siempre el agradecimiento» (LCl 39).

Este testimonio es más actual hoy que nunca, porque tenemos la tentación de valorar excesivamente la salud, la eficiencia y la belleza del cuerpo, pero no sabemos dar un sentido al sufrimiento.

El cristiano no deja de mirar de manera realista el dolor, la enfermedad y la muerte como un mal. Sin embargo, siempre considera la vida como un don precioso de Dios y encuentra en el sufrimiento la ocasión privilegiada para crecer en humanidad y robustecer la fe, la esperanza y la caridad. También se ofrece a sí mismo a Dios por los demás, en unión con Cristo crucificado y resucitado. En efecto, sabe que el dolor tiene un valor redentor.

La fraternidad

La pobreza de Clara es libertad, no sólo para seguir a Cristo, sino también para construir la fraternidad con los demás. Estos dos valores se encuentran significativamente unidos en el nombre primitivo «Hermanas pobres» (RCl 1,1 y TestCl 37).

Según su ideal, el monasterio debe ser «un solo corazón en la caridad y convivencia fraterna» (LP 45). Para que esto sea una realidad, es necesario renunciar al propio interés y placer egoísta, a la afirmación individualista de sí. Jamás habrá lugar para el hermano en un corazón soberbio y egoísta. Jesús nos revela el secreto de un corazón abierto a la fraternidad, cuando dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

La actualidad de este mensaje es evidente para nuestra cultura, caracterizada por el individualismo y consumismo, que a su vez genera indiferencia recíproca y soledad, conflictividad y marginación.

Solidaridad con todos ante Dios

El mundo secularizado tiende a calcular el valor de una persona según lo que hace o produce. Considera estéril y despreciada una vida dedicada a la oración. Clara de Asís, en cambio, cree que la monja de clausura es «colaboradora de Dios mismo y apoyo para los miembros débiles y titubeantes de su cuerpo inefable» (3 CtaCl 8).

Clara tiene razón. La fuerza de la Iglesia no está en la organización y en el activismo, sino en el Espíritu del Señor, que la sostiene y la hace fecunda. Y el don del Espíritu se obtiene sobre todo con la oración y el sacrificio. Dios escucha la invocación humilde, confiada y solidaria, en la que se expresa la pobreza radical del hombre ante él.

La monja que se consagra a Dios no se aparta de los hombres; al contrario, dilata su corazón, para abrazar con su oración de intercesión a la Iglesia y a la humanidad entera, especialmente las más graves necesidades espirituales y materiales. El Papa Juan Pablo II se expresaba así el pasado mes de enero ante la comunidad del protomonasterio de santa Clara de Asís: «Representáis a la Iglesia orante (…). No sabéis cuán importantes sois, escondidas y desconocidas, en la vida de la Iglesia, cuántos problemas y cuántas cosas dependen de vosotras.»

¡Cuánta gratitud deberíamos sentir en Umbría hacia los numerosos monasterios que incesantemente llevan al Señor nuestras necesidades espirituales, que desde hace siglos acompañan el camino de nuestro pueblo y sostienen la acción pastoral de nuestras Iglesias!

Atención vigilante a la sociedad

Hay un episodio de la vida de santa Clara que podemos considerar significativo de la atención vigilante con que las monjas siguen los acontecimientos humanos, incluso los seculares. Las tropas del emperador Federico II, dirigidas por Vitale di Aversa, asediaban Asís y saqueaban el territorio. La santa, preocupada y dolorida por la ruina de su ciudad, dijo a las hermanas: «Sería gran impiedad no llevarles el socorro que nos sea posible, ahora que es el momento oportuno (…). Id a nuestro Señor y pedidle con todo el corazón la liberación de la ciudad» (LCl 23). El asedio fue levantado y la ciudad liberada.

El episodio, en la situación de cambio y desorientación en que se encuentra hoy nuestro país, se convierte en un llamamiento a los hombres de buena voluntad, especialmente a los creyentes, para que no se encierren en la esfera privada, sino que adviertan la urgencia y el deber de un compromiso social y político serio en términos de servicio por el bien común.

Conclusión

Con confianza y esperanza os entregamos esta carta a todos vosotros, hermanos y hermanas, pero especialmente a las generaciones jóvenes. El mensaje de la bienaventurada Clara de Asís es siempre actual, porque es profundamente evangélico, y os invitamos a alabar al Señor en este centenario de la santa por las maravillas que ha obrado y sigue obrando a través de ella y de sus hermanas, a través de Francisco y de sus frailes, en nuestro tiempo al igual que en el pasado.

La fe y la santidad de Francisco y Clara pertenecen a Umbría, antes que al mundo; son orgullo y gloria de la historia ocho veces centenaria de nuestra gente. Quiera Dios que todavía hoy iluminen y conduzcan a Umbría, que se halla en camino hacia el tercer milenio, por el sendero de una nueva evangelización.

Por tanto, sobre Umbría, sobre los monasterios de las Clarisas y sobre cuantos celebran con fervor el centenario inminente, invocamos la bendición de Dios con la fórmula misma de santa Clara:

«El Señor os bendiga y proteja. Os muestre su rostro y tenga misericordia. Dirija a vosotros su rostro y os dé su paz. El Señor esté siempre con vosotros y haga que estéis siempre con él» (BenCl 2-4.16).

Desde la sede de la Conferencia episcopal umbra, en Asís, el 11 de julio de 1993, fiesta de san Benito, patrono de Europa.

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27-VIII-93]

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXII, n. 66 (1993) 330-337]

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