DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

«¡LOADO SEAS, MI SEÑOR!»

por Juan Martín Velasco

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Francisco de Asís ha sido universalmente reconocido, dentro y fuera de la Iglesia, desde los años de su vida a comienzos del siglo XIII hasta nuestro tiempo, como una de las más perfectas encarnaciones del ideal cristiano de vida. La razón de tal reconocimiento es sencilla. Francisco refleja en su persona y en su vida, como pocos cristianos han conseguido hacerlo a lo largo de la historia del cristianismo, la persona y la vida de Jesús a quien sigue radicalmente; Francisco inaugura una forma de vida cristiana que responde a la perfección a las necesidades y las aspiraciones más profundas de la sociedad de su tiempo; Francisco, gracias a su penetración hasta las raíces del espíritu cristiano, reúne en una síntesis admirablemente sencilla rasgos, valores e ideales del cristianismo que una mirada superficial considera opuestos e inconciliables.

El secreto del éxito de la espiritualidad franciscana como encarnación del cristianismo está en haber dado con el eje en torno al cual se articulan sus diferentes elementos. Ese eje que el evangelio de san Juan señaló de manera inequívoca: «En esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo» (Jn 17,3). Por eso, el secreto del atractivo de la espiritualidad franciscana es haber realizado una forma particular, fiel y adaptada a las necesidades de su tiempo, de la experiencia cristiana de Dios.

Cinco etapas del camino de Francisco hacia Dios

El joven hijo de Pedro Bernardone, bautizado como Juan, pero conocido para todos por Francisco, estaba dotado de todo lo necesario para triunfar en la vida. Poseía una naturaleza llena de cualidades, disponía de las notables riquezas de su casa, tenía ambición y simpatía, y se puso a buscar con ahínco la gloria de los trovadores y los caballeros. Una enfermedad primero, un sueño después, con los que el Señor le sale al encuentro, hacen cambiar el rumbo de su vida. Todavía no sabe qué ha de hacer. Se le ha dicho tan sólo que debe volver a su patria y estar atento a las señales. La primera le llega bajo la forma de un leproso al que abraza lleno de compasión. En él Francisco toma conciencia de haberse abrazado con Jesucristo. El crucifijo bizantino de San Damián continúa la iniciación del nuevo discípulo, encomendándole la tarea de reparar la Iglesia del Señor que se derrumba. La última etapa es el encuentro con la palabra del Evangelio que exige de los discípulos la perfecta pobreza. «Esto es lo que de verdad buscaba», exclamará entusiasmado Francisco al escucharla. Las cinco etapas del itinerario de Francisco hacia Dios, mejor, del camino de Dios hacia él, marcan los lugares de la experiencia de Dios a lo largo de toda su vida, las fuentes de las que se alimentará constantemente; la escucha de Dios en el interior de su conciencia; la atención a las señales en los acontecimientos de la vida; la vida y el rostro de los pobres; y la Escritura, leída a la luz de todos los otros lugares y que les dotaba a su vez de una luz nueva. A través de tantas etapas y lugares, Francisco reconoció un solo maestro. Como dirá en el Testamento: «Nadie me mostró qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio». Advirtamos la novedad del itinerario de Francisco. Para encontrarse con Dios, para seguir radicalmente a Jesucristo, el camino en esa época era retirarse al monasterio. Francisco acaba de abrir una nueva forma de vida cristiana: la de los frailes mendicantes que van a encontrar a Dios en medio de las ciudades, por los caminos que recorren las gentes, en la compañía de los más pobres de la sociedad.

La contemplación de los misterios de la vida de Cristo como lugar para la experiencia de Dios

De los breves escritos de Francisco nada llama tanto la atención como la densidad, la intensidad significativa que cobra la palabra «Dios». ¿De dónde le viene? Sin duda, de la viveza y la profundidad de la experiencia de la que brota esa palabra. Francisco no es un teólogo, aunque tenía en gran estima a los teólogos. No habla sobre Dios; no habla de Él. Le invoca, le alaba, le canta desde el constante «padecimiento» de su presencia; así le transmite a los demás, le refleja en palabras, gestos y acciones. Pero san Francisco no nos ha contado casi nada sobre su experiencia de Dios. Apenas algunas alusiones en el Testamento. ¿De dónde le viene a la palabra «Dios» en Francisco su enorme carga significativa, su poder de convicción, esa credibilidad que se le impone a quien la escucha? Probablemente la respuesta haya que buscarla en la cercanía de la palabra y la experiencia teologal de Francisco con la palabra y la experiencia teologal de Cristo. Porque es verdad que para Jesús Dios fue Dios como no lo ha sido para hombre alguno; que Jesucristo es «el espejo del corazón paternal de Dios»; que «nadie conoce al Padre más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Y Francisco ha aprendido a decir «Dios» de labios de Jesucristo; cuando piensa en Dios, «mira a la persona de su Jesucristo muy amado»; su teología bebía de su seguimiento del Señor, se reducía a ese seguimiento. «Conozco a Jesucristo, pobre y crucificado -dirá en una ocasión-; ya no necesito más, hijo mío». Porque «nuestro Señor Jesucristo es la sabiduría del Padre».

Esta experiencia de Dios pasa, pues, para Francisco por Jesucristo y de Él recibe la intensidad, la profundidad y la riqueza significativa que atesora. De la asiduidad de su contemplación de Cristo da buena idea su confesión: «Me sé de memoria a Jesucristo pobre y crucificado».

Pero, si Jesucristo puede revelar a Francisco los tesoros de la sabiduría de Dios, es porque Francisco contempla a Jesucristo y a los misterios de su vida a la luz cegadora del misterio de Dios. Su cristocentrismo está a su vez traspasado por el mismo teocentrismo por el que está habitada la figura y la realidad de Cristo.

La ineludible referencia a Cristo de la experiencia franciscana de Dios origina una serie de rasgos que caracterizan toda experiencia cristiana de Dios y que Francisco realiza de forma eminente.

Experiencia de Dios como seguimiento de Cristo

Experiencia de Dios no significa, evidentemente, conocimiento puramente nocional de su naturaleza. Experiencia remite a conocimiento «práctico», que no es sólo objeto del pensamiento, sino que es vivido en el ejercicio todo de la vida, por medio del cotidiano vivir. Por eso, la contemplación no consiste en aplicar todas la energías del pensamiento a escudriñar el significado de la palabra «Dios». Ni es una pretendida visión de Dios que ocurra en un momento privilegiado y en un lugar recóndito de la vida. «Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,8). Francisco hace la experiencia del Dios de Jesucristo siguiendo con la mayor fidelidad sus huellas. Éste es, probablemente, el rasgo que más se ha subrayado de su figura: «Por la imitación de Jesucristo, Francisco se hizo la copia y la imagen más perfecta que jamás hubo de Jesucristo Nuestro Señor», escribió Benedicto XV. Más ingenua, pero más vivamente, escribió Tomás de Celano: «Llevaba Francisco a Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos; Jesús en las manos, Jesús presente en todos sus miembros». Este seguimiento, que hace de Francisco el humilde repetidor de Jesús, le convierte en Christo totus concrucifixus et configuratus [crucificado y configurado totalmente con Cristo], y le lleva por tanto a la plena transparentización de Dios en la que consiste la contemplación. La visión del Alverna es un resumen de su vida: El seguimiento y la contemplación de Cristo termina por grabarlo en el discípulo contemplativo hasta el punto de reproducir en su cuerpo las llagas de la pasión.

Los rasgos de la vida de seguimiento se convertirán así en rasgos peculiares y en señas de identidad y de autenticidad de la experiencia franciscana de Dios.

Experiencia amorosa de Dios

Revelado Dios en Jesucristo como amor sin medida, la experiencia cristiana de Dios revestirá necesariamente la forma de la confianza absoluta y del amor incondicional. Pocas fórmulas lo expresan tan perfectamente como la oración que le atribuyen las Florecillas: «Dios mío, mi todo». La Regla desarrolla el contenido de esa profesión de fe y amor incomparable, con las palabras bien conocidas:

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres al Señor Dios que nos dio y nos da a nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida».

Por eso se ha dicho con razón que «para Francisco, Dios tiene un nombre: Amor». Por eso para él la actitud teologal, la relación con Dios, puede llamarse: «El amor del Amor»; y su mayor dolor era que «no sea amado el Amor». Nada de extraño, por tanto, que en el momento culminante de su experiencia de Dios en el Alverna, Francisco pidiese al Señor sentir el mismo amor que él había experimentado al inmolarse por nosotros. Eso explica también que, como cuenta Celano, cuando hablaba de su Amado, Francisco se transfigurase, su rostro resplandeciese y todo su cuerpo se estremeciese.

Muchas cosas llaman la atención en este amor que distingue la experiencia mística de Francisco y la de los místicos franciscanos: la ternura de sus expresiones. «El amor de Dios en el franciscano será, pues, sensible; no temerá por pudor o discreción dejarlos desbordarse» (I. Gobry). Y sobre todo, su extensión a todos los destinatarios del amor de Dios, a los hermanos y hermanas, a los hombres todos, y a la creación entera incluida en la familia que origina la creación de Dios.

Contemplación y fraternidad

La fraternidad es el nombre franciscano para la relación entre todos los miembros de la familia humana. Tal relación tiene su origen en Dios: «Desde que el Señor me dio hermanos...», escribe en el Testamento, y como el amor es la sustancia de la relación de Dios con los hombres y la de la respuesta de los hombres a Dios, también el amor regirá las relaciones entre los hijos del Padre común. Francisco utiliza palabras llenas de emoción para referirse al amor a los hermanos más próximos y a todos los hombres. Puesto a resumir en tres palabras su última voluntad y lo esencial de su mensaje en el Testamento de Siena, la primera de esas palabras será: «Que se amen siempre mutuamente». La elevación de la fraternidad a forma esencial de la relación entre los que se han agregado a su forma de vida y entre los hombres todos, comporta en germen la aplicación a las relaciones sociales de la revolución evangélica que debería transformar el mundo, de regio dissimilitudinis, ese reino de las desigualdades que constituye el mundo dominado por el pecado, en el mundo de la igualdad en las diferencias que es el mundo de hermanos.

Se ha acusado a Francisco de incapacidad para traducir en instituciones el ideal de vida y de comunidad contenido en su nueva forma de vida. Tal acusación es injusta del todo al menos en este aspecto. Desde el nombre de los miembros de su comunidad, «hermanos menores», al de los que la han de presidir, «ministros», todo muestra con claridad la traducción institucional que buscaba para sus comunidades. En coherencia perfecta con ese ideal, Francisco «quería ver unidos a mayores y menores; hermanados en el mismo afecto a sabios y sencillos; enlazados por un mismo amor a los procedentes de diversos países».

Para que la fraternidad no se pervierta, Francisco concibe la autoridad en ella como un ministerio: «Nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores», y recomienda a todos: «Cada uno ame y alimente a su hermano espiritual como una madre ama y alimenta a su hijo».

La primacía del amor y la extensión del amor a todos ayuda a Francisco a resolver los falsos problemas de la contemplación y la acción, la presencia en el mundo y el retiro, con los que venía enfrentándose la vida religiosa y la espiritualidad cristiana. Francisco elige para sus hermanos «vivir en medio de los hombres», y los instala en medio de la ciudad y en los márgenes de la pobreza que la rodean, en lugar de recluirlos en lugares solitarios. Y, desde el momento en que la contemplación tiene su centro en el amor, ni la predicación del evangelio, ni la dedicación a las tareas serviciales o al trabajo supondrá un alejamiento o un peligro para la vida contemplativa.

No es posible agotar en una nota la riqueza de rasgos de la contemplación franciscana. Terminemos aludiendo a tres que le confieren un estilo peculiar en la historia de la espiritualidad cristiana.

Pobreza, alegría y alabanza

El espíritu de pobreza, el desprendimiento de todo, aparece en no pocos espirituales, cristianos y no cristianos, como condición indispensable para el encuentro con Dios. Sólo la superación del espíritu de posesión, enseña san Juan de la Cruz, dispone para el descentramiento que supone el ejercicio y la experiencia de la actitud teologal, fundamento de toda contemplación cristiana.

En Francisco la pobreza y su ejercicio adquiere armónicos singulares. Primero por el lugar central que ocupa en su espiritualidad; después por su universalidad y su radicalidad. Afecta no sólo al sujeto, sino a la institución, a la congregación entera. Se refiere, además, a todo tipo de riqueza: la de la propia voluntad, la del saber y la ciencia, la de la función que se ejerce, hasta llega a exigir la expropiación de la propia pobreza, relativizada en comparación con el amor, y la expropiación de sí mismo. La pobreza franciscana tiene su fundamento en el seguimiento de Cristo pobre y dispone para vivir en perfecta solidaridad con los más pobres. Requiere para ser vivida no tanto esfuerzos heroicos como el ejercicio del amor y la adopción de una vida sencilla que le presta todo su valor. La pobreza no es sólo elegida y practicada por Francisco, es también cantada junto con las demás virtudes como: «¡Señora santa pobreza!».

Los textos franciscanos primitivos encantan a sus lectores porque la radicalidad del seguimiento no se traduce en un género de vida tenso, voluntarista y adusto. Al contrario, de los miembros de la primera comunidad nos cuentan que «vivían perfectamente alegres», de acuerdo con el precepto de la primera Regla: «Guárdense los hermanos de mostrarse tristes o ceñudos como los hipócritas; antes bien, muéstrense gozosos en el Señor, alegres y amables como conviene». Como en otros aspectos, la Regla y la fraternidad reflejan el talante de Francisco que «canta durante todo el día», «como si su única preocupación fuera conservar la felicidad y derramarla en su derredor».

De la hondura del manantial que alimenta la alegría franciscana es claro indicio el que resista a formas muy agudas de sufrimientos físicos, y resista incluso a la noche oscura que supuso para Francisco la visión de una orientación para su comunidad que ponía en peligro el ideal de vida radicalmente pobre que él había soñado al iniciarla. Por lo demás, para captar la naturaleza y el sentido de la alegría franciscana basta remitir al texto La verdadera y perfecta alegría, que desarrolla las Florecillas en su capítulo octavo.

La contemplación franciscana se caracteriza, finalmente, por expresarse en una continua confessio laudis, en una permanente alabanza. Vivido como Bien sumo, Dios provoca en el sujeto que se encuentra con Él una catarata de emociones y sentimientos que originan la atribución por el sujeto de un sinfín de nombres y propiedades en los que se concentran todos los valores: «Tú eres el Santo, Señor, Dios único, el que hace maravillas; tú eres el Fuerte, el Grande, tú eres el Altísimo...». De hecho, todas las oraciones de Francisco tienen algo del Magníficat.

La alabanza de Francisco reviste una segunda forma: la de la alabanza universal por todas las criaturas, reconocidas como dones y regalos de Dios. Y la del canto al Creador cuya presencia descubre en el mundo la mirada contemplativa del cantor. Ahondada la mirada de Francisco por el desposeimiento, la pobreza, la prueba, la asidua contemplación y el amor, descubre en la realidad dimensiones profundas ocultas a las miradas superficiales, funcionales, posesivas, y descubre que todo lo que existe, descrito en toda su riqueza mediante los más felices adjetivos, «de Dios lleva significación». La contemplación hecha alabanza es así el resultado de la perfecta sintonía de la raíz divina del contemplativo con la presencia fontanal, creadora de Dios, de la que procede la maravillosa belleza y bondad de la realidad mundana.

La sabiduría de los pobres

Hay formas mucho más sencillas de mostrar la coherencia, la connaturalidad de la espiritualidad franciscana con la espiritualidad cristiana. Basta, por ejemplo, observar la consonancia perfecta entre los textos de Francisco y las páginas que mejor resumen el espíritu del evangelio, como las bienaventuranzas o la sublime oración de Jesús contenida en el evangelio de Mateo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos» (Mt 11,25). A pocas figuras podría aplicarse esa oración con más propiedad que al santo de Asís. De esa sabiduría de los sencillos hablaba Francisco cuando cantaba: «¡Salve, Reina sabiduría, el Señor te salve!».

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Para profundizar en el conocimiento de la espiritualidad y la contemplación franciscana remito, entre una montaña de escritos, a:

San Francisco de Asís. Escritos, biografías, documentos de la época. Madrid, BAC, 19802.

O. Englebert: Vida de san Francisco de Asís. Santiago de Chile, Cefepal, 19732.

E. Leclerc: Sabiduría de un pobre. Madrid, Marova-Encuentro, 198710.

Ivan Gobry: St. François d'Assise et l'esprit franciscain. París, Seuil, 1957.


Cuadernos de oración, n. 166 (1999) 4-10; Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVIII, n. 84 (1999) 330-336.

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