DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

SAN FRANCISCO DE ASÍS
Y LA EVOLUCIÓN DE SU ORDEN
(1219-1226)

por Gratien de París, o.f.m.cap.

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Advertimos al lector que, del amplio aparato de notas que lleva el libro, aquí suprimimos muchas de ellas, así como las numerosas referencias bibliográficas.

De 1209 a 1219 la organización interior de la Orden Franciscana se había perfeccionado por la aceptación de residencias fijas, la institución de reuniones capitulares, de Provincias y Ministros Provinciales, y por la reglamentación del Oficio Divino, del ayuno y recepción de Sacramentos. Los Hermanos Menores estaban además recomendados a los Prelados de la Iglesia como predicadores de penitencia por privilegios pontificios.

Estos progresos, por importantes que fuesen, no bastaban a hacer viable una Orden que debía extenderse tan lejos en el espacio y en el tiempo, y que sólo era entonces una multitud desigual en la que entraban elementos de mediana valía, junto a otros de valor muy elevado.

Esta insuficiencia se patentizó ante todo a los ojos de los Ministros, que Francisco elegía por sí mismo entre los letrados. Las tendencias y perspectivas nuevas que cada uno traía consigo iban a producir una rápida evolución de la actividad apostólica primero y, después, de la vida interior.

1.- Influencias de los clérigos y del Cardenal Hugolino

Tendencias de los clérigos

Lo que San Francisco había previsto desde un principio comenzaba ya a cumplirse. ¿No había él anunciado que el árbol de su religión produciría primero sabrosos frutos, luego otros menos buenos y, por fin, otros de gusto acre (cf. 1 Cel 28)? Desde que el número de frailes aumentó más allá de lo previsto, los nuevos religiosos escapaban a la influencia directa y personal del Santo. En la colmena activa y diligente conseguían deslizarse algunos zánganos, y esto constituía un gran peligro que no podía escapar a perspicaces observadores. Uno de ellos, Jacobo de Vitry, a pesar de la simpatía que le inspiraba la naciente Orden, no podía menos de escribir en 1220: «Esta Religión se nos figura abocada a un gran peligro, pues no sólo acepta a los candidatos ya perfectos, sino aún a jóvenes e imperfectos que deberían ser formados y probados durante algún tiempo bajo la disciplina conventual, y ella los envía de dos en dos por todas partes» (cf. BAC p. 964). Los clérigos que con tanto entusiasmo iban en seguimiento del apóstol umbro, verían sin duda con gran disgusto a vagabundos "frailes-moscas", inconstantes y perezosos, recorrer el mundo y abandonar luego la Orden con detrimento de su buen nombre. Para remediar este mal les pareció entonces necesario aproximarse algo a las antiguas reglas monásticas, a fin de perfeccionar la organización interior del nuevo instituto.

A este deseo añadieron todavía otro, no menos legítimo: el de ensanchar el campo de su actividad exterior. Según voluntad decidida de San Francisco, durante los diez primeros años los Hermanos Menores ejercieron su actividad tan sólo en tres formas: trabajo manual, servicio de enfermos y leprosos, y predicación penitencial. Bien se podía ahora planear una acción más amplia para esta Orden que ya contaba entre sus hijos a religiosos distinguidos; esta orientación era bien noble y legítima. La Iglesia en su resistencia a los asaltos del enemigo necesitaba hombres que uniesen en un mismo amor la ciencia y las virtudes evangélicas. Era preciso defender a la vez el Evangelio por el ejemplo de vida, la solidez de doctrina y el poder de la dialéctica. Los sabios que llenaban las Universidades, inflamados en ardiente deseo de defender y restaurar la Iglesia, habían sido atraídos los primeros por el ideal que predicaba Francisco de Asís, y fueron en su seguimiento con fervoroso entusiasmo. Su entrada en la familia del Poverello ¿había en adelante de impedirles la predicación verdaderamente eclesiástica, y refutar a los heterodoxos en el terreno doctrinal con las armas de la elocuencia y de la ciencia...? Por eso pedían los clérigos al Poverello permiso para tener libros para entregarse a los estudios científicos. Y, pues algunos prelados de la Iglesia se oponían a pesar de todo a su ministerio, pedían también a la Santa Sede Apostólica les concediese privilegios que les protegiesen contra toda hostilidad. ¿No eran ya numerosos los monasterios antiguos exentos de la jurisdicción episcopal? Finalmente estos celosos clérigos deseaban sin duda que, al igual de las demás Congregaciones antiguas, la dirección de la Orden fuese confiada a los Sacerdotes, y se les concediese algo de estabilidad, tan necesaria a los trabajos intelectuales; que la pobreza fuese menos rigurosa, adaptándose más a la flaqueza humana; que cada residencia tuviese su iglesia en que pudiesen celebrar dignamente los Oficios Divinos y predicar, sin tener que recurrir a las iglesias parroquiales.

Al emitir estos votos, los sabios creían sinceramente que esto no comprometía la pureza del ideal primitivo ni empequeñecía el alcance del plan de acción, tan fecundo en su sencillez, del Maestro a quien tan tiernamente amaban. Creían, por el contrario, enriquecerlo, robustecerlo y multiplicar su fuerza y fecundidad. Unir la nobleza de la vida estudiosa a las austeridades de la penitencia, aureolar la vida humilde según el Evangelio con todo el prestigio del saber, aliar el apostolado de la ciencia con el del ejemplo; nada más seductor a sus ojos que esta idea, ni más apetecible que su realización. No les pasaba por las mientes que la sencillez, tan alabada por su Padre, debiese obligarles a poner sus luces bajo el celemín, y renunciar a este medio de influencia, tan necesario como el ejemplo, la ciencia. Por otra parte, el estímulo dado por la Iglesia a los estudiosos, y la vida de los hijos de Santo Domingo, que se entregaban a ellos con entusiasmo, no podía menos de arrastrar también a nuestros clérigos. Y parece que San Francisco, de espíritu tan abierto y corazón tan inflamado por el celo de la salvación de las almas, no habría dudado en tomar este camino.

Por otra parte, los representantes de esta tendencia eran hombres de toda confianza: Mateo de Narni, Gregorio de Nápoles, Pedro Catáneo, Agnelo de Pisa, y hasta Fray Elías, que tanto afecto profesaba al Poverello (1 Cel 74, 100s; 2 Cel 73), y que por tanto tiempo conservó la estima de Santa Clara. Por si esto fuera poco, el mismo sabio y piadoso Cardenal Hugolino participaba plenamente de estas ideas.

Actitud del Cardenal Hugolino

El Cardenal Hugolino era uno de aquellos fervorosos prelados que clamaban por la reforma de la Iglesia (1 Cel 74s; 2 Cel 148-150). Le gustaba tratar con todos los religiosos, especialmente con los Cistercienses y Camaldulenses, cuyos claustros le ofrecían un refugio adonde retirarse, lejos de los negocios, y donde encontraba calma, paz y recogimiento. Desde que vio a Francisco lo acogió con devoción, y ambos quedaron al momento ligados por indisoluble amistad; sentían recíproca confianza, e igual influencia mutua. Hugolino supo descubrir en la obra del Pobrecillo de Asís la levadura activa del Evangelio, e inmediatamente se dio cuenta de la renovación que de ella podía esperar el mundo cristiano; por eso ofreció su apoyo inteligente y eficaz a la naciente Fraternidad. San Francisco, por su parte, lo había escogido por confidente de sus pensamientos, pues había observado que le agradaba la bienhadada pobreza y veneraba la santa sencillez (1 Cel 99; 2 Cel 25), ya que el Cardenal se complacía en vivir como los frailes, sencillo, pobre, humilde como ellos, vistiendo con frecuencia su sayal y andando, como ellos, con los pies descalzos (1 Cel 100). Tanto amaba a Francisco que cuanto éste decía o hacía le era agradable. Su sola vista le inundaba de alegría y de paz (1 Cel 101). Cuando subió al Pontificado, el recuerdo de Francisco no le abandonó; hasta tanto que, en memoria de él, cuidaba a los leprosos en su propio palacio (San Buenaventura).

Entre los puntos de vista del prudente Cardenal y los del fervoroso Fundador hay, sin embargo, una diferencia importante. Hugolino se esforzaba en poner de acuerdo las miras entusiastas del Santo y las consideraciones prácticas de los Ministros. Sabía y comprendía que el plan de San Francisco respondía eficazmente a las necesidades de la Iglesia y del pueblo; pero este plan no le parecía completo, o al menos le parecía susceptible de mayor desarrollo, haciendo así más fecundo el ideal franciscano. En una palabra, le parecía justo y conveniente no mantener a los Frailes Menores en el oscuro papel que el Poverello señalara para sí y sus primeros discípulos. «¿Por qué -diríase a sí mismo- la milicia franciscana no había de entrar por las mismas vías que la milicia dominicana? ¿Por qué no habría de trabajar en el mismo campo, y combatir en el mismo terreno contra la herejía invasora?» Veía todo el partido que podía sacar de la selección intelectual y social que producía la Orden de Menores. Presentía ya en estos religiosos los valiosos auxiliares que darían al mundo el espectáculo de la vida más pobre y desinteresada, llevando sobre su frente la doble aureola de la santidad y de la ciencia. ¡Magnífica y sorprendente regeneración la que la Iglesia podría esperar de estos hombres que, una vez elevados a las dignidades eclesiásticas, conservarían bajo la mitra o la tiara el espíritu evangélico de pobreza, sencillez y humildad! Ensueño admirable, grandiosa concepción que obsesionaba al santo Cardenal, y que, al parecer, no podía menos de seducir al idealista Francisco. Empero, el idealista Francisco respondió al príncipe de la Iglesia: «Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo para tener al fin lugar más elevado que otros en el premio de los santos. Si queréis -añadió- que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación y traed al llano aun a los que no lo quieren. Pido, pues, Padre, que no les permitas de ningún modo ascender a prelacías, para que no sean más soberbios cuanto más pobres son y se insolenten contra los demás» (2 Cel 148). Hugolino se dejó ganar por el ascendiente de su joven amigo, y aun después de ser elevado al trono de San Pedro, respetó siempre en este punto su voluntad.

Las nuevas tendencias le parecían, sin embargo, dignas de ser fomentadas y compatibles con el programa de vida y acción de los frailes; de ahí el doble papel que hubo de desempeñar, de defensor de estas tendencias ante Francisco, y de moderador de las mismas entre sus partidarios. Pero con frecuencia el santo anciano renunciaba a sus ideas cuando Francisco manifestaba su pensamiento con la firmeza indomable que le daba la convicción de que seguía el camino inspirado por el Señor, como Francisco, por condescendencia y respeto a la autoridad de que su amigo se hallaba investido, cedía también muchas veces en ciertas materias a los deseos que se le expresaban, aunque exponiendo siempre con claridad sus pensamientos. Tenía plena conciencia de que su Orden se hallaba investida de una misión especial, diferente de las de todos los demás institutos religiosos; y pretendía permanecerle siempre fiel.

2.- San Francisco y las antiguas Reglas monásticas

Y ¿qué había en estos modelos antiguos que pudiese convenir a la existencia tan original de los Hermanos Menores? En todas las Órdenes monásticas -salvo en la de Grandmont, en que la experiencia contraria no fue muy afortunada- el gobierno estaba en manos de los clérigos. Los preceptos dados "en nombre de la obediencia" robustecían su autoridad. La formación de los religiosos se hallaba asegurada por cierto tiempo de noviciado. So pena de excomunión estaba prohibida la salida de la Orden una vez emitida la profesión. No se podía salir fuera del monasterio sin letras obedienciales. El religioso estaba ligado a su monasterio por el principio de estabilidad. La pobreza era en ellos mucho menos estricta, la vida se hallaba asegurada por fundaciones piadosas o por explotaciones agrícolas, y la austeridad salvaguardada por la abstinencia y el ayuno perpetuos.

Los Ministros y sabios de la Orden Franciscana creyeron oportuno apropiarse de estas Reglas verdaderas cuanto pudiese consolidar la nueva fundación y se conciliase con su vocación especial. ¿No había tomado de San Agustín su Regla la Orden de Predicadores, y de los Premostratenses sus Constituciones? Estas razonables reflexiones llamaron la atención del Cardenal Hugolino. En un Capítulo General, probablemente el de 1219, exhortó a Francisco a seguir de vez en cuando el parecer de sus frailes más instruidos, que proponían conformarse en ciertos puntos con las legislaciones de San Benito, San Agustín o San Bernardo (1). Pero Francisco, tomándole por la mano, le condujo en silencio ante sus hermanos y con voz potente exclamó: «Hermanos míos, hermanos míos, el Señor me ha llamado por el camino de la sencillez y la humildad. Él me ha mostrado este sendero como el verdadero, tanto para mí como para los que quieran creerme o imitarme. No me habléis, por tanto, de Regla de San Benito, ni de San Agustín, ni de San Bernardo, ni de ninguna otra forma de vida que la que el Señor en su misericordia me ha mostrado y entregado» (LP 18; 2 Cel 188).

Ante declaración tan terminante los Ministros no osaron poner objeción alguna, y el mismo Cardenal Hugolino, vencido nuevamente por el acento de fervor y de convicción del amigo a quien tan sinceramente admiraba, no insistió. Pero, a su vuelta de Oriente, los acontecimientos ocurridos durante su ausencia (se había extendido la noticia de su muerte) demostraron al joven Fundador que no todas las ideas de los Ministros eran inadmisibles: algunos de ellos habían tratado de realizar sus deseos, mientras que otros frailes se habían permitido verdaderas innovaciones.

Institución del noviciado y robustecimiento de la disciplina

Véanse los hechos ocurridos: Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, que habían sido nombrados por Francisco Vicarios Generales, habían reunido un Capítulo compuesto de los religiosos más antiguos de Italia. Discutieron las prescripciones relativas al ayuno y la abstinencia, declarando ésta perpetua. Por otro lado, en Bolonia, el Ministro Provincial, Pedro o Juan de Stachia, por su propia autoridad había fundado un studium, como el que los Frailes Predicadores poseían en esta ciudad universitaria. Por otra parte, un cierto fraile llamado Felipe, tomando la defensa de las Damas Pobres, había pedido y obtenido Letras Apostólicas que le permitían excomulgar a sus enemigos; en tanto que otro, llamado Juan de Capella, intentó fundar una Orden de leprosos, de los que había ya agrupado un gran número en torno suyo. Como éstos, se habían producido otros disturbios, cuyo relato detallado no ha llegado hasta nosotros.

Francisco, advertido a toda prisa de estas disidencias y perturbaciones, volvió a Italia. Presentóse ante todo al Soberano Pontífice, y le pidió designase al Cardenal Hugolino para que entendiese en los asuntos de su Orden, y pusiese remedio a esta situación. Sabiendo Francisco el ascendiente que gozaba sobre el espíritu del prudente prelado, contó con su apoyo para hacer triunfar sus propias ideas. No le fue difícil convencerle de la inutilidad de las innovaciones efectuadas durante su ausencia, y al momento fueron anuladas las decisiones de Gregorio de Nápoles y Mateo de Narni, revocados los privilegios concedidos a Felipe y suprimida la libertad de que había gozado Juan de Capella. Sin embargo, la aventura de este último, que se había separado de su Orden, reveló a Francisco la gran laguna que existía en su legislación tocante a la admisión y formación de los nuevos religiosos. Poco trabajo costó a Hugolino hallar a este mal su remedio adecuado. Y éste fue la Bula Cum secundum publicada por Honorio III el 22 de septiembre de 1220, en la cual se ordena que, como en los demás institutos monásticos, no se recibiese candidato alguno a la profesión sin haber hecho un año de noviciado, y prohíbe la salida de la Orden después de esta profesión y la libertad de circular sin obediencia, bajo pena de censuras eclesiásticas. Por esta innovación necesaria del noviciado, la Orden de Menores daba un gran paso hacia la imitación de las antiguas Reglas monásticas.

San Francisco incorporó inmediatamente estas decisiones a la Regla. En su capítulo II se concede a los Ministros Provinciales el poder de recibir postulantes después de haber hecho la renuncia total de sus bienes. Los recién venidos son sometidos a prueba durante un año, y vestidos con un hábito especial: dos túnicas sin capucho, una cuerda, paños menores y caparón. Terminado el año de noviciado, reciben el hábito de los profesos: una túnica con capucho y, en caso de necesidad, otra sin capucho (consecuencia de la llegada de frailes de climas menos benignos que Italia), la cuerda y paños menores. En adelante ya no pueden dejar esta religión.

No fue la institución del noviciado la única medida que contribuyó a robustecer la disciplina. A la igualdad fraternal de los primeros días sucedió el poder de jurisdicción en los Superiores, y en los súbditos la sumisión pronta y total a las órdenes no contrarias a la conciencia y a la Regla. San Francisco acostumbraba a sus hijos a la obediencia imponiéndoles pruebas que parecían a ciertos espíritus puras extravagancias: la orden dada a un hermano de llevar en su boca una moneda hallada sobre excremento de asno (2 Cel 65), el mandato a Fray Maseo de girar sobre sí mismo, so pretexto de hallar el camino que debían tomar (Florecillas 11), etc. En realidad no eran sino medios de ejercitar la flexibilidad de la voluntad, o de medir el grado de humildad y renunciamiento, procedimientos fundados en una ciencia psicológica muy segura, que Francisco había sacado de su propia experiencia y que la pedagogía moderna no desaprobaría. Esta noción de la obediencia ha llegado a ser clásica bajo la fórmula perinde ac cadaver, que San Francisco fue el primero en exponer por una imagen atractiva y pintoresca: «Tomad un cadáver, y colocadlo donde os plazca; veréis cómo no resiste, ni murmura, ni exige lo coloquéis en otro lugar. Si se le sienta en una cátedra, no mirará hacia arriba, sino abajo, y si se le viste de púrpura, aparecerá doblemente pálido. Así es el verdadero obediente. No pregunta por qué se le cambia de lugar, ni se cuida dónde le ponen, ni insiste en que se le envíe a otra parte. Elevado a un cargo, conserva su humildad acostumbrada, y cuanto más se le honra, más indigno se juzga» (2 Cel 152; cf. Adm 2-7; 1 Cel 39.45.51; y sobre el arte de mandar cf. 2 Cel 153).

La experiencia había enseñado al joven Fundador el concepto verdadero de la autoridad. No tardó en dar cabida en la Regla a esta prescripción: Que todos mis hermanos benditos obedezcan con diligencia a sus Ministros en todo lo que toca a la salvación del alma, y no es contrario a nuestro género de vida (1 R 4). Sin embargo, si un Ministro manda a un fraile algo contra nuestra vida o contra el alma, el fraile no está obligado a obedecer, pues no debe haber obediencia donde hay delito o pecado (1 R 5). Este mismo Capítulo 5 invita también a los hermanos a practicar la corrección fraterna, y a denunciar ante el Ministro al religioso que no se enmendase después de tres admoniciones caritativas. El capítulo 13 pronuncia la expulsión de la Orden contra los fornicadores; el capítulo 19 contra los que hubiesen caído en herejía y no quisiesen enmendarse; el capítulo 12 prohíbe a los Frailes recibir voto de obediencia de ninguna mujer, y hablar solo con sola.

La Bula Cum secundum de 22 de septiembre de 1220, cuyos medios de ejecución precisó el Papa por otras Letras apostólicas de 18 de diciembre de 1223, es un acto importantísimo, y marca una fecha señaladísima en la evolución interna de la Fraternidad franciscana. Estaba llamada además a producir transformaciones más profundas que las realizadas hasta entonces; porque, a consecuencia de la misma, se había de restringir la libertad de movimiento que había gozado la primera generación, provocando también la desaparición progresiva del trabajo manual de los frailes fuera de sus propias residencias, entre los artesanos de las ciudades y en las campiñas. En una palabra, esa Bula era un éxito para los sabios que habían preconizado la adopción de las antiguas Reglas monásticas, y un aliento para perseverar en sus tendencias.

Sin embargo, no olvidemos que la Pobreza seráfica, con sus hermanas la humildad y la sencillez, que resumían el ideal particular de San Francisco, resumen igualmente el ideal colectivo de la Orden franciscana. Todos sus medios de acción están condicionados por estas virtudes preferidas del Santo Fundador. Para ser fiel a ellas, Francisco rechaza toda atenuación de la Pobreza, mantiene la predicación en el terreno humilde y práctico de la penitencia, y se esfuerza siempre en alejar a sus hermanos del espejismo de la ciencia y del cebo de los privilegios.

San Francisco y la mitigación de la pobreza

Ninguna Orden religiosa había practicado hasta entonces una pobreza tan rigurosa como la de los Hermanos Menores. Era un obstáculo a la cultura científica, tan amada de los letrados; les parecía además que estaba sobre las fuerzas humanas. En consecuencia, deseaban que el Santo Fundador la mitigase algún tanto. ¿Por qué, le preguntaron los Ministros, estando cada religioso despojado de toda propiedad particular, no se habría de permitir a los Frailes poseer algo en común, como lo tienen las antiguas Órdenes? (cf. LP 16). ¿Por qué no reservar algo de los bienes dejados por los novicios, a fin de proveer a las necesidades de los Frailes, cada vez más numerosos? (2 Cel 67) (2). También lo practicaban las Órdenes antiguas. La vida sería menos inestable y precaria; y por consiguiente más fácil el trabajo.

Pero esta inestabilidad y esta inseguridad era precisamente lo que buscaba San Francisco: quería someter a sus hijos a las leyes de los peregrinos, que viven bajo techo ajeno, y no hacen sino pasar, suspirando por la patria (2 Cel 59). «Más que los otros religiosos, nosotros debemos sentirnos obligados a imitar los ejemplos de pobreza del Hijo de Dios», había dicho cierto día (2 Cel 61). Y este pensamiento era en él constante; era como el faro que alumbraba su camino. El afecto de San Francisco hacia la Dama Pobreza era demasiado fuerte, y procedía de un amor a Cristo sobrado vehemente para que pudiese condescender a estas demandas, tan racionales por otra parte. Huía hasta de la apariencia misma de riqueza, que tan funesta había sido a las Órdenes monásticas, y cuidaba con sumo esmero de que, cuantas cosas hubiese de utilizar el Fraile Menor, le cantasen sin cesar que la vida de la tierra sólo es una peregrinación y un destierro (2 Cel 60). Había consentido que los hermanos tuviesen residencias fijas y hasta iglesias particulares; pero exigía con firmeza que las construcciones fuesen pobres, y que la Orden no fuese propietaria de ellas. Y explicaba cómo debía procederse en tales fundaciones. Después de haber obtenido el permiso del obispo, no debían aceptar más terreno que el justamente preciso para el edificio y una modesta huerta; un simple seto debía servir de clausura; y hasta en los países mismos en que la piedra es más barata que la madera, las habitaciones debían ser de madera y de mortero, y las iglesias pequeñas (2 Cel 56; LP 58. 106). Para mejor observar la pobreza, los frailes debían vivir en grupos pequeños, de siete o diez, cuenta un cronista contemporáneo, extraño a la Orden (Roger de Vendover). De ningún modo debían los frailes considerarse como propietarios de los locales en que viviesen, y de los que sólo tenían el simple uso. «Jamás quiso aceptar lugar alguno, por modesto que fuese, si no constaba que la propiedad seguía perteneciendo al donante» (2 Cel 57. 59). Así es como la Porciúncula fue siempre propiedad de los Benedictinos que la habían concedido a San Francisco (LP 56). Los escasos documentos que nos refieren algo de las fundaciones del tiempo de San Francisco, hacen ver que la propiedad la retenía el fundador; tales son, las de Valenciennes en 1225, de San Juan de Angély en 1220, confirmada en 1225, la de Cantorbery y de Londres en 1225. Los títulos de fundación de Vich y de Beauvais en 1225 nada dicen acerca de la propiedad, pero enuncian condiciones muy severas de dependencia y de sumisión al clero secular.

Esta dependencia y sumisión al clero secular, lo mismo que la negativa de consentir cualquiera mitigación en materia de pobreza, pesaba a los clérigos, que hubieran querido librarse de ella, al menos en parte.


San Francisco y los privilegios

«Ciertos hermanos dijeron al bienaventurado Francisco: "Padre, ¿no ves que los obispos no nos permiten a veces predicar, y nos obligan así a estar largos días ociosos antes de poder dirigirnos al pueblo? Sería conveniente que consiguieras del señor Papa un privilegio en favor de los hermanos, mirando así por la salvación de las almas". Les respondió, reprendiéndoles fuertemente: "Vosotros, Hermanos Menores, no conocéis la voluntad de Dios y no me permitís convertir al mundo entero, como Dios quiere. Mi deseo es que primeramente convirtamos a los prelados con nuestra humildad y nuestra reverencia para con ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el respeto que les profesamos, ellos mismos os pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo congregarán, para que os oiga, mucho mejor que los privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo... Para mí, el privilegio que pido al Señor es el no recibir privilegio alguno de los hombres, sino mostrar reverencia a todos y convertirlos, mediante el cumplimiento de la santa Regla, más con el ejemplo que con la palabra"» (LP 20).

Aquí volvemos a encontrarnos con el método de acción preconizado por San Francisco, que consiste únicamente en la influencia irresistible del Evangelio vivido, y no en la autoridad ficticia que se impone a fuerza de privilegios. «Los Hermanos Menores -solía decir- hemos sido llamados como auxiliares del clero en la obra de la salvación de las almas. Estad, pues, sometidos a todos los prelados, a fin de que en cuanto sea posible no se susciten celos. Si sois hijos de paz, ganaréis al clero y al pueblo, y esto vale a los ojos de Dios más que ganar solamente al pueblo escandalizando al clero» (cf. 2 Cel 146). Tan fácilmente se abusa de los privilegios, por muy merecidos que sean por los servicios prestados, que San Francisco «prefería superar todos los conflictos con la humildad más que con la potestad judicial» (Giano, 13). ¿Quién osaría afirmar que esta aversión por los privilegios no era más profundamente sabia que el ansia de los clérigos por obtenerlos? Sin embargo, a veces parecían necesarias ciertas cartas de recomendación para quebrantar la hostilidad con que eran acogidos los frailes al penetrar por primera vez en ciertos países. San Francisco ni pensó siquiera en solicitarlas cuando envió por primera vez sus frailes a Francia, Alemania y España. ¿Achacaremos esto a imprevisión, por no sospechar siquiera las dificultades con que iban a tropezar, ni los fracasos que les aguardaban en países tan diferentes por sus costumbres, lengua y clima? Sí, podemos acusar de imprevisor al Fundador de los Hermanos Menores, miradas las cosas desde el punto de vista de los resultados inmediatos, que buscan de ordinario y en primer lugar la mayoría de los fundadores.

Pero no era éste el punto de vista del Poverello. Bien sabía que sus hijos habían de sufrir. Pero esto no era para asustar a quien con Fray León tuviera el diálogo de la perfecta alegría y al que exclamó al enterarse del martirio de cinco de sus hijos en Marruecos: «Ahora sí que puedo decir en verdad que tengo cinco verdaderos Frailes Menores» (XXIV Gener.). Hasta esto entraba plenamente en su programa, que no era hacer, como hoy lo entendemos, fundaciones sólidas, sino realizar el Evangelio hasta llegar a la paciencia heroica en la privación, humillaciones y sufrimientos. «Y todos los hermanos -escribía-, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su alma por mi causa, la salvará para la vida eterna. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos... Si os persiguen en una ciudad, huid a otra. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres y os maldigan... y no temáis a aquellos que matan el cuerpo...» (1 R 16).

El conjunto de todos estos textos evangélicos que se leen en el capítulo XVI de la Regla primera, dedicado a las misiones entre infieles, y la exhortación a la alegría en medio de las pruebas, angustias y tribulaciones de alma y de cuerpo (1 R 17), y a la caridad para con aquellos que abrumen a los frailes de malos tratamientos y los entreguen al martirio y a la muerte (1 R 22), y su Admonición VI: «Consideremos todos los hermanos al Buen Pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas», todo esto demuestra suficientemente que él no podría consentir se pidiesen privilegios para evitar las persecuciones que completarían la semejanza del Hermano Menor con Cristo, y a las cuales, como a la Santa Pobreza, está prometido el reino de los cielos (Mt 5,3 y 10). Tan firme era en este punto su voluntad y tan bien meditada, que la expresó con palabras terminantes en su Testamento: «Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona, ni para la iglesia ni para otro lugar, ni con miras a la predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, cuando en algún lugar no sean recibidos, huyan a otra tierra para hacer penitencia con la bendición de Dios».

La oposición, pues, entre el ideal de San Francisco y las aspiraciones de los clérigos y letrados es absoluta en punto a privilegios. Y no es menos clara en lo que toca a la predicación, estudios y ciencia.

3.- Ideas de San Francisco acerca de
la predicación, los estudios y la ciencia

San Francisco tenía en la mayor estima la predicación que, desde la aprobación de Inocencio III, era en su Orden un oficio reservado a religiosos especialmente designados. Declaraba que, elegidos por un gran rey para anunciar al pueblo las órdenes que de su boca reciben, los predicadores son dignos de respeto y veneración (2 Cel 103).

En cuanto a la práctica de este ministerio, se ve que interesaban particularmente su corazón dos cosas que muestran de cuán profunda sabiduría estaba animado. La primera es que en ningún caso debe el apostolado de la palabra perjudicar ni suplantar al apostolado del ejemplo, ni infringir los dos principios directivos de la actividad franciscana: la sumisión a la Iglesia de Roma y la fidelidad a la vida de oración (1 R 17). Y tanto la predicación como el trabajo manual y el cuidado de los leprosos, de tanta importancia para él, no son en sí fines, sino tan sólo medios para tender a un fin que es dar ante todo ejemplo de vida cristiana. La Orden que Francisco quiso instituir es más bien una Orden de imitadores de Cristo que una Orden de predicadores. Por esta razón recuerda sin cesar a estos últimos la necesidad de sacar de la meditación lo que deben enseñar a los hombres. Además los quiere él libres de toda otra carga, a fin de que puedan entregarse a los estudios espirituales sin traba alguna (2 Cel 163). Y como por encima de todo coloca el apostolado del ejemplo, les invita a entregarse, de vez en cuando, a ejemplo suyo, a humildes ocupaciones de trabajo manual, al cuidado de enfermos y a la mendicidad (LP 103; 1 Cel 74ss).

La segunda cosa en que más interés tenía es que nunca se abandonara el género sencillo y popular de la predicación de penitencia. Para ello tenía razones excelentes. Consideraba cuán fácilmente es arrastrado el predicador a hacer ostentación de su erudición, o a deslumbrar más que a enseñar. Consideraba igualmente las necesidades de la masa del pueblo, que tenía sed de paz, y a quien debían recordarse los primordiales deberes de la vida cristiana en términos breves, fácilmente comprensibles, y de un modo atractivo. De atenernos al modo de ver del Fundador, en su Orden sólo dos géneros de predicación deben cultivarse: el uno, común a todos los religiosos, se reduce a la exhortación piadosa; y el otro, la predicación eclesiástica propiamente dicha, estaría reservado a los clérigos. El capítulo 21 de la Regla primera nos da el tema de una exhortación piadosa o laude, que todos los hermanos pueden dirigir a los fieles. Pero de esto no se deduce que los oficialmente designados para predicadores puedan abordar la gran predicación, que abraza el dogma y los sacramentos. Muy al contrario, aun los más sabios predicadores debían, al igual que los frailes sencillos, mantenerse en el terreno moral. La Regla de 1223 nos lo demostrará bien pronto.

No todos los religiosos respetaron fielmente estos límites. La prueba la tenemos en el celo incansable con que Francisco ponía en guardia a los predicadores contra el peligro de la vanagloria (1 R 17), y en las preferencias que siempre mostró por el humilde fraile, cuya vida oscura, piadosa y penitente, decía, contribuye a la redención de las almas más que la palabra de los oradores (LP 103; 2 Cel 164).

La actitud de San Francisco respeto a la predicación hace presentir la que tendría para con los estudios y la ciencia.

Aprecio que le merecía la ciencia a San Francisco

Aunque le gustaba llamarse idiota, es decir, ignorante, San Francisco estaba muy lejos de ser un iletrado. No había hecho ningún estudio teológico, pero en la lectura atenta y en la meditación de la Sagrada Escritura recibió aquella sabiduría que viene de lo alto. En ella encontraba el consuelo y la alegría en sus más vivos dolores. A veces conversaba con sus frailes o sus visitantes sobre temas teológicos. Aunque poco familiarizado con la terminología de las Escuelas, la penetración y superioridad de su inteligencia se ponía de manifiesto en la exactitud de sus soluciones (2 Cel 102-104). Tal respeto sentía por todas las producciones del espíritu humano, que recogía piadosamente, y con la veneración con que más adelante lo habían de hacer los humanistas cristianos, hasta los escritos de los mismos paganos; «el bien que se encuentra en ellos -decía-, no es de los paganos ni de nadie, sino sólo de Dios, fuente de todo bien" (1 Cel 82). El Poverello tenía, pues, el alma demasiado elevada para despreciar la ciencia. Solamente que la consideraba bajo dos aspectos distintos: 1°, en relación a su papel en la Iglesia; 2º, en relación a su papel en la Orden de los Frailes Menores.

Reconocía la necesidad vital del primer punto de vista, y afirmaba que los doctores en Teología eran dignos de honores aun mayores que los predicadores, e hizo escribir en su Testamento estas significativas palabras: «Y a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas debemos honrar y reverenciar, puesto que ellos nos administran espíritu y vida» (cf. LP 103). No se puede expresar en términos más apropiados la idea de los inmensos servicios que presta la ciencia teológica. Lejos, pues, de despreciar la ciencia, Francisco de Asís era su amigo y admirador ferviente. ¿Síguese de ello que, a ejemplo de Santo Domingo, la considerase como un elemento constitutivo de su Orden, y fuese su promotor, y la mirase como uno de sus medios indispensables de acción?

San Francisco no cuenta a la ciencia entre sus medios de acción

Quizás en algún momento de su vida hubiera tenido la idea de hacerlo, pues cierto día confesó a un novicio, que le pedía permiso para tener un salterio: «También yo, hermano, sufrí la tentación de tener libros; pero para conocer la voluntad del Señor sobre este punto tomé el libro de los evangelios y le pedí al Señor que me diera a conocer, en la primera página que yo abriese al azar, lo que Él quería de mí. Terminada mi plegaria, abrí el libro, y ante mis ojos apareció este versículo: A vosotros se os ha dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los otros todo se les dice en parábolas (Mc 4,11)» (LP 104). No hay duda acerca de la naturaleza de esta tentación. Al citar el texto de San Marcos (4,11) que parece prometer a ciertas almas, por un favor especial, el conocimiento y amor de Dios directos, sin pasar por el largo y penoso circuito de los razonamientos humanos, añadiendo esta reflexión: «Son tantos los que desean adquirir ciencia, que bienaventurado será el que se haga estéril por amor del Señor Dios», el Santo mismo nos dice que la tentación de tener libros no consistió solamente en el deseo de poseer una biblioteca, sino en el de adquirir la ciencia por medio del estudio.

Y ¿de qué estudio se trata aquí? No precisamente de un estudio de edificación personal, ya que Francisco se entregó a él durante toda su vida, sino del que supondría más bien un verdadero trabajo científico, y buscaría la ciencia por la ciencia. No estaba Francisco dispuesto a acceder a este capricho. Se preguntó, sí, con sus primeros compañeros, cómo podrían ser, por sus progresos en la santidad, un ejemplo bienhechor (1 Cel 34), pero nunca se preguntaron si les sería útil sentarse en los bancos de un aula como tan sabiamente ordenara Santo Domingo a los Frailes Predicadores, y más adelante lo practicará el mismo San Ignacio de Loyola.

Cosa notable: Francisco compone el Cántico del Sol, y envía a sus Frailes para que lo prediquen y lo canten bajo la dirección de Fray Pacífico. «Somos juglares del Señor -debían decir-, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia». ¿Contaba también con la poesía y la música el antiguo rey de la juventud, para conducir las almas al Señor, y hacer florecer la paz? «¿Qué son, en efecto -solía decir-, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?» Esperaba contrarrestar la influencia de los juglares profanos, cuya voz llevaba a los hombres al placer en vez de celebrar las alabanzas divinas; y puede decirse que el arte entraba hasta cierto punto entre los medios de acción de San Francisco (LP 83-84; 2 Cel 126, 213), pero la ciencia, no.

No había en su programa lugar alguno para el cultivo de la ciencia, y así, mientras en la Regla de 1221 recomendaba el trabajo manual y el cuidado de los leprosos (1 R 7 y 8), nada hay en esta Regla ni en la de 1223, ni en sus cartas, ni en ninguna de sus Admoniciones o consejos, que suponga recomendación alguna del trabajo científico. «Que los que no saben trabajar, aprendan», dice en el Testamento (cf. 2 Cel 161). ¿Trátase, en cambio, del cultivo de las letras?: «Que los que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas» (2 R 10). Cierto que ninguna de las Reglas monásticas anteriores obliga a sus religiosos al trabajo intelectual. Pero si hubiera estado en sus intenciones estimular el estudio, ¿habría retrocedido San Francisco ante esta innovación, él que no retrocedía ante ninguna otra? ¿No habría más bien imitado a su gran amigo Santo Domingo?

No solamente no promovió la ciencia en su Orden, pero ni siquiera trató de quitar los impedimentos opuestos a tan noble ocupación por el género de vida que impuso a sus discípulos. A los que pedían autorización para tener algunos libros les respondía que, por el amor a los libros, no quería perder el libro del Santo Evangelio (2 Cel 62), y que al verdadero Fraile Menor le bastan sus vestidos (LP 103-105; 2 Cel 194-195). Y mientras permite tener los útiles necesarios para el trabajo manual (1 R 7), sólo autoriza tener los libros necesarios al rezo del Oficio Divino (1 R 3); los demás debían ser pocos, y estar a disposición de quienes los necesitasen (2 Cel 62), es decir, que fuesen comunes, lo cual no siempre es suficiente para facilitar los trabajos científicos. Y mientras consiente en mitigaciones de la austeridad corporal y hasta las aconseja para facilitar la vida de oración (LP 120; 2 Cel 21.22.129), no permite mitigación alguna de la pobreza para favorecer el trabajo intelectual. Y si Santo Domingo piensa desde un principio en establecer sus Frailes en ciudades universitarias, San Francisco, por el contario, se indigna por la construcción de una casa levantada para sus hijos en Bolonia (2 Cel 58).

Es innegable que no ha sido San Francisco el promotor del movimiento científico en su familia religiosa.

¿Cómo explicar semejante actitud en un hombre de inteligencia tan clara, y de tan elevado espíritu? ¿No es la Teología el arma por excelencia del apóstol, poderoso medio para trabajar en la salvación de las almas por la refutación de las herejías y la exposición de las verdades eternas? Sin duda alguna. Y ciertamente, como muy bien lo sabía San Francisco, no bastaba ser humilde y pobre para vencer a los adversarios de la fe. Los sacerdotes cátaros, muchos de los cuales eran más sabios que los sacerdotes católicos, triunfaban muchas veces en las controversias. ¡Era, pues, preciso unir la ciencia a la virtud, los recursos de la dialéctica a la santidad de la vida evangélica! Así lo comprendió el Fundador de los Predicadores, y así lo comprendían los sabios que se habían hechos discípulos de San Francisco. Del deber de la predicación deducían ellos la necesidad de los estudios. Pero su maestro, a pesar de ser tan lógico, no sacaba la misma conclusión. La misión que para sí y para sus hermanos había escogido no requería una erudición que podría ser más de perjuicio que de ayuda a sus designios. No es que pretendiese por sí solo responder a todas las necesidades del corazón y del espíritu del hombre, ni poseer el remedio a todos los males. Bien que otros se sirvan de la ciencia para la gloria de Dios, o reproduzcan en sí los rasgos de Cristo, doctor y maestro de toda verdad; Francisco quiere imitar a Cristo humilde, pobre, amante y paciente. Su apostolado y el de su Orden, es decir, su vocación, no es defender con sabias polémicas la fe de la Iglesia contra los enemigos exteriores, sino más bien renovar en el seno de la Iglesia la vida conforme al Evangelio por la fuerza probativa del ejemplo y por la predicación de la penitencia. Los doctores demuestran la verdad del Evangelio por medio de la ciencia, la dialéctica y la controversia; Francisco va a demostrar su belleza viviéndolo.

Para realizar este programa y lograr semejante fin le parecen inútiles los estudios científicos, además de peligrosos para el espíritu de la vida interior, de la sencillez evangélica, de la humildad y de la pobreza, fundamentos de su Orden (LP 103; 2 Cel 195). El estudio y la ciencia exigen ricas bibliotecas, una habitación estable, moradas confortables. Y ésta será la excusa que algunos Frailes Menores, so pretexto de interés por el estudio, aducirán más tarde para percibir rentas y no practicar la mendicidad. La ciencia aureola la frente del que la posee y le hace digno de todos los honores. Pero San Francisco no los quería para sus hijos. No soñaba con influir en las esferas intelectuales, ni hacer hermosa figura en el mundo, ni menos en imponerse. «La ciencia -decía por el contrario- hace indóciles a muchos, impidiendo que cierto engolamiento que se da en ellos se pliegue a enseñanzas humildes. Multos, inquit, scientia reddit indociles, rigidum quiddam eorum inflecti non sinens humilibus disciplinis» (2 Cel 194).

Aparte del orgullo, en que tan fácilmente cae el sabio y al que sobre todo temía, prevenía con esto, además, otro defecto: el de la ciencia puramente del libro, que con tanta frecuencia hace al intelectual inepto para la acción y vacío de buenas obras. Decía Francisco: «Mis hermanos que se dejan llevar de la curiosidad de saber, se encontrarán el día de la retribución con las manos vacías. Quisiera más que se fortalecieran en la virtud, para que, al llegar las horas de la tribulación, tuviesen consigo al Señor en la angustia. Pues -añadió- la tribulación ha de sobrevenir, y en ella los libros para nada útiles serán echados en las ventanas y en escondrijos». «No decía esto -comenta Celano- porque le desagradaban los estudios de la Escritura, sino para atajar en todos el afán inútil de aprender y porque quería a todos más buenos por la caridad que pedantes por la curiosidad. Presentía, asimismo, tiempos inminentes, en que estaba seguro de que la ciencia sería ocasión de ruina (Adm 7,3), y, en cambio, el haberse dado a cosas espirituales, sostenimiento del espíritu» (2 Cel 195).

La ciencia y el apostolado franciscano

Entonces ¿por qué admitía sabios en su Orden? San Francisco expresa su pensamiento en este punto con una curiosa parábola. Imagina un Capítulo General de todos los religiosos que hay en la Iglesia. Los letrados estarán al lado de los ignorantes que saben agradar a Dios sin necesidad de ciencia alguna. Se concede sucesivamente la palabra a un sabio y a un hombre sencillo. El primero, vestido de saco, cubierta de ceniza la cabeza, resuelto a predicar con el ejemplo, habla con sencillez y brevemente acerca de las postrimerías. El auditorio se deshace en lágrimas, y el que estaba reputado como sabio es venerado como santo. «Pero el hombre sencillo se dice: "El sabio me ha robado todo lo que yo había decidido hacer y decir. Pero ya sé qué he de hacer. Sé algunos versos de salmos; haré el papel de sabio, ya que él ha hecho el de simple". Llega la hora de la sesión del día siguiente. Se levanta el simple, propone como tema el salmo escogido; e, impulsado por el Espíritu, habla tan fervorosa, sutil y devotamente merced a la inspiración divina, que todos, con asombro, confiesan convencidos: El Señor tiene sus intimidades con los simples (Prov 3,32). Esta parábola con moraleja, que narraba, como se ha dicho, el varón de Dios, la explicaba como sigue: "Nuestra Religión es la asamblea numerosísima y como un sínodo general, que reúne de todas las partes del mundo a los que siguen igual forma de vida. En ella, los sabios convierten en provecho suyo lo que poseen los simples, viendo que los idiotas buscan con fervor las cosas del cielo y que los iletrados, en cuanto hombres, saben gustar las cosas espirituales, en cuanto promovidos por el Espíritu. Los simples, a su vez, aprovechan en ella lo propio de los sabios, viendo igualados a su nivel a hombres ilustres que habrían podido vivir con gran prestigio en cualquier parte del mundo» (2 Cel 191-192).

San Francisco quería de este modo dar a entender cómo los nuevos elementos que entraban en su Orden, debían moldearse conforme a la naturaleza y misión propia de esta Orden, y no transformarla, como sin embargo vino a suceder (3). Sabios y letrados no debían tener método y fin distintos del de los sencillos e ignorantes. El Santo Fundador miraba esta unidad como el más bello ornato de su familia religiosa (2 Cel 192). Por eso al sabio que se presentaba a recibir el hábito de la pobreza, le exigía que renunciara no sólo a los bienes materiales, sino en cierto modo también a la ciencia, a fin de que, despojado de esta riqueza inmaterial, pudiese ofrecerse desnudo a los brazos del Crucificado, y llorar sus pecados en la soledad del silencio. Después de esto se le podría encomendar la predicación sin temor alguno; como león desencadenado saldría robusto, y apto para todos los trabajos del apostolado, leo excatenatus ad omnia robustus exiret (2 Cel 194) (4).

San Antonio de Padua, que había adquirido una ciencia teológica profunda en Santa Cruz de Coimbra, practicó esta heroica renuncia, lo mismo que Peregrino de Falerone y Ricerio de Muccia, ambos de Bolonia (Florecillas 27).

Al admitir sabios y letrados en su Orden, no miraba Francisco a su ciencia, ni contaba con ella para convertir las almas, sino con su magnífico ejemplo de humildad y sencillez. Su sacrificio tenía además la ventaja de dedicar los grandes talentos al modesto pero meritorio apostolado entre los humildes y los pobres, tan abandonados entonces. No es inexacto afirmar que San Francisco recibía gustoso en su humilde Fraternidad a los hombres de ciencia, para consagrar las inteligencias más esclarecidas a la educación de los pobres. Pensamiento admirable, sobre todo en un tiempo en que tan raros eran los que se aproximaban a la multitud para que los escuchase y se hacían sencillos para hablar a los sencillos. Un maestro en Teología, o un doctor de la Sorbona, que explicase con amor el Catecismo a campesinos y niños, representaría el ideal que el Poverello se forjaba del sabio franciscano. En efecto, para todos los Frailes Menores había escrito en la Regla primera estas palabras: «Y deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos» (1 R 9).

Si, pues, apoyándonos en las palabras de San Francisco y sin dejarnos influir por la importancia que más tarde alcanzaron los estudios en la Orden franciscana, buscamos cuál fue el verdadero pensamiento del Fundador tocante a la ciencia, no bastará decir para expresarlo exactamente que él no rechazaba la ciencia y sí solamente sus abusos, es decir, la curiosidad, la vanagloria y la vana erudición (la desconfianza contra estos abusos, y su reprobación son uno de los lugares comunes de la elocuencia eclesiástica del siglo XIII, como lo prueban los sermonarios que nos quedan de la misma Universidad de París); San Francisco iba más lejos. Con deliberado propósito rehusaba contar la ciencia en el número de sus medios de acción, a causa de los peligros a que exponía a su ideal, a la estructura de su Instituto y a su sistema de apostolado, fundado en la fuerza del ejemplo más que en el poder de la enseñanza verbal. Como el apostolado de la palabra, tampoco el de la ciencia debía suplantar al del ejemplo. A pesar, pues, de la rectitud de sus intenciones y de la belleza de sus proyectos, los clérigos y los Ministros que solicitaban de San Francisco el permiso de entregarse al estudio, chocaron con una resolución bien determinada en él de no ampliar más la actividad apostólica de los Frailes Menores.

Es más, ni siquiera hizo Francisco del saber condición indispensable para la elección de superiores. Trazando el retrato del Ministro General modelo, dice: «Debe ser hombre que, por más que se le haya dado distinguirse en letras, sin embargo, se distinga más como imagen de sencillez piadosa en la conducta y promotor de la virtud... No sea coleccionista de libros ni muy dado a la lectura, a fin de no sustraer al cargo lo que da de más al estudio» (2 Cel 185). El Capítulo VII de la Regla de 1223 expresa claramente que los Ministros no eran necesariamente sacerdotes: simples hermanos laicos podían llegar a ser Superiores, pues «en Dios no hay acepción de personas -decía San Francisco-, y el ministro general de la Religión, que es el Espíritu Santo, se posa igual sobre el pobre y sobre el rico» (2 Cel 193).

Con qué condiciones permite San Francisco los estudios científicos

A pesar de todo, y rehusando absolutamente proclamarse promotor de la ciencia en su Orden, no la pudo proscribir. Cediendo a numerosas peticiones de los clérigos, él mismo consintió en que fuese cultivada, pero dentro de ciertas condiciones, que inmunizasen su Orden contra los peligros demasiado reales que eran de temer.

Determinó en principio que sus discípulos debían cada cual seguir en su estado y profesión (1 R 7). Así, pues, el estudio prohibido a los legos (2 Cel 195), fue permitido de derecho a quienes hacían ya profesión de él, pero, conforme a las direcciones de la Iglesia entonces en vigor, exclusivamente el estudio de la ciencia sagrada, por cuanto los otros estudios difícilmente podrían armonizarse con la vocación del Hermano Menor. Esto se deduce indirectamente de las alabanzas que Francisco tributaba a la sencillez. No es que fuese apreciada por él cualquier clase de sencillez, sino sólo la que se contenta con Dios y desdeña todo lo demás...: «Ésta -decía- se gloría en el temor de Dios, no sabe hacer ni decir nada malo. Porque se conoce a sí, no condena a nadie, cede a los mejores el poder, que no apetece para sí. Ésta es la que, no considerando como máximo honor las glorias griegas [el conocimiento de las letras y ciencias profanas], prefiere obrar a enseñar o aprender. Ésta es la que, dejando para los que llevan camino de perderse los rodeos, florituras y juegos de palabras, la ostentación y la petulancia en la interpretación de las leyes, busca no la corteza, sino la médula; no la envoltura, sino el cogollo; no la cantidad, sino la calidad, el bien sumo y estable» (2 Cel 189).

Este elogio, «¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la pura santa simplicidad!» (ibid.), insinúa con qué espíritu, de qué manera y para qué fin debía entregarse al estudio el hijo de San Francisco. Con espíritu de profunda humildad. El Seráfico Padre ponía sumo cuidado en desviar a sus hijos de la vana curiosidad. Enseñaba a buscar en los libros el testimonio de Dios, no su valor material; la piedad, no la belleza (2 Cel 62). Solía también decir que la manera más fructuosa de leer y aprender no era recorrer muchos tratados, sino leer poco, meditar mucho y rumiar con devoción lo que una vez ha penetrado en el espíritu. Estimaba, como verdadero filósofo, a aquel que posponía todo al deseo de la vida eterna. «Y aseguraba que quien, en el estudio de la Escritura, busca con humildad, sin presumir, llegará fácilmente del conocimiento de sí al conocimiento de Dios» (2 Cel 102).

La ciencia del agrado de San Francisco, adquirida por la meditación y la contemplación, se perfecciona en la acción y debe tender a ella (Adm 7). Conforme a su axioma antes citado: «Tanto sabe el hombre, cuanto obra: Tantum scit homo de scientia quantum operatur» (LP 105), el verdadero Fraile Menor no debe, según él, entregarse al estudio con el fin principal de la predicación para sacar de los Libros Sagrados temas de especulación teórica, bellos asuntos para sus discursos, poderosos argumentos, en una palabra, tan sólo para aprender a hablar, sino para su propia santificación, es decir, para aprender a practicar, a amar mejor y a mejor vivir. Sus palabras serán entonces más elocuentes; saldrán de su propio corazón, de su propia experiencia, de su vida entera. La lealtad y la actividad, que figuran entre los rasgos más característicos de la espiritualidad de San Francisco, le dictan esta actitud con respecto a la ciencia.

Se le preguntó un día si los letrados recibidos ya en la Orden podían continuar estudiando la Sagrada Escritura, es decir, la Teología, según el lenguaje del tiempo: «Sí, me place, pero a condición de que, a ejemplo de Cristo, de quien se dice que se dedicó más a la oración que a la lectura, no descuiden el ejercicio de la oración, ni se entreguen al estudio sólo para saber como han de hablar, sino, más bien, para practicar lo que han escuchado, y, practicándolo, lo propongan a los demás para que lo pongan por obra» (LM 11,1) (5).

Esta respuesta resume sus ideas, y de ella podemos nosotros concluir que San Francisco, considerando que la ciencia no era necesaria para la realización de su ideal, y temeroso de los peligros que podría ocasionarle, no la quiso promover en su Orden, ni hacer de ella uno de sus medios esenciales de acción. Toleró, sin embargo, que solamente los letrados estudiasen la ciencia sagrada, excluyendo toda ciencia profana, y a condición de que les sirviese en primer lugar como medio de santificación (6).

4.- Las Reglas de 1221 y 1223

Nada era capaz de desviarle del camino en que se reconocía seguro de seguir a Cristo. No dejaba de apreciar la legitimidad y fuerza de los argumentos aducidos por los letrados para orientar la Orden por nuevos derroteros, pero no lograron convencerle. En sentir de San Francisco, no está llamado el Fraile Menor a convertir el mundo a fuerza de Teología y de privilegios. Su vocación es darle el espectáculo insólito de una vida pobre, humilde, laboriosa, sencilla y alegre, verdaderamente conforme al santo Evangelio. Todo lo demás, aun la misma predicación verbal, es accesorio, y puede ser perjudicial si no le acompaña el ejemplo de la vida.

Ante estas múltiples y nuevas aspiraciones, y a pesar de la autoridad que les prestaba el apoyo del venerado Cardenal Hugolino, Francisco mantiene su ideal, su plan de vida y acción, tal como desde el principio los concibiera, bajo la mirada e inspiración de Cristo Crucificado.

En el curso de las frecuentes discusiones que tuvo que sostener en defensa de sus ideales, su sencillez se mostró frecuentemente más prudente y realista que el celo, aun legítimo y noble de los clérigos, y que la prudencia misma del Cardenal Hugolino. San Francisco no podía negar la posibilidad teórica de unir los dos programas, el suyo y el de los letrados; pero su fina inteligencia, su profundo conocimiento del corazón humano, le revelaban cuán difícil y rara había de ser la realización de alianza tan deseable. Igualmente difícil, y casi quimérica, resultaba la realización integral de sus miras personales por una muchedumbre de discípulos. Mejor que nadie lo comprendía, y lo había previsto desde tiempo atrás. Puesto en la alternativa de rebajar la altura de su ideal, para hacerlo asequible a una sociedad numerosa, o reducir el número de discípulos, para quedarse sólo con la selección de almas capaces de elevarse hasta su ideal, no vacila; prefiere sacrificar el número, por más que con esto fracasen sus planes. «Preocupado con la pobreza el hombre de Dios, temía que llegaran a ser un gran número, porque el ser muchos presenta, si no una realidad, sí una apariencia de riqueza. Por esto decía: "Si fuera posible, o, más bien, ¡ojalá pudiera ser que el mundo al ver Hermanos Menores en rarísimas ocasiones, se admire de que sean tan pocos!"» (2 Cel 70).

En vano trató de realizar este anhelo usando en primer lugar de extremado rigor en la formación de los primeros aspirantes, más tarde, por la institución de la Tercera Orden, tratando de desviar la corriente que tantos hombres arrastraba hacia la Primera Orden (Le Monnier), y finalmente por la Regla de 1223, la cual, más breve, severa e imperativa que la de 1221, puede ser considerada como una barrera que intentó levantar en el umbral de su Orden.

La primera Regla (1221)

Ante el número, siempre creciente, de Frailes Menores, y de las nuevas tendencias que surgían, San Francisco tuvo la rara sabiduría de reconocerse impotente para organizar, gobernar y disciplinar solo su familia religiosa. Se comparaba a una gallinita negra que no alcanza a alimentar y amparar sus polluelos. Por eso se apoyaba en la prudencia del Cardenal Hugolino, aquel buen amigo que lo veneraba como a santo. Más tarde, agobiado por las enfermedades que había traído desde Oriente, y las tristezas que le causaba la divergencia de miras entre él y los clérigos, fue más lejos; resolvió dejar totalmente sus cargos. Desde 1221, le reemplazó Pedro Catáneo como Ministro General. A la muerte de éste y, verosímilmente después de consultarlo con el Cardenal Hugolino, Francisco le dio por sucesor a Fray Elías (2 Cel 143 y 151; LM 6,4). A pesar de esta abdicación, el Santo Fundador continuó en la consideración de todos como la verdadera cabeza de la Orden (7). Y así, a título de Fundador y Superior, emprendió la nueva redacción de la Regla.

La Regla primitiva, aprobada viva voce por Inocencio III, había sido sometida a la prueba del tiempo. En cada reunión capitular la experiencia imponía modificaciones, hechas necesarias por exigencia de la multitud siempre en aumento de discípulos, por las circunstancias de tiempo y lugar y, en fin, por órdenes de los Papas, como, por ejemplo, la de 22 de septiembre de 1220, que instituía el año de noviciado. Antes del Capítulo de 1221, San Francisco había confiado a Fray Cesáreo de Espira el cuidado de adornar con palabras del santo Evangelio el texto primitivo, ya retocado (Giano, 15). Éste es el que hoy conocemos con el nombre de Regla de 1221. Se compone de veintitrés capítulos, que más parecen dulces y apremiantes exhortaciones que artículos de una ley. Más arriba la hemos estudiado ya, al describir la vida de los primeros Frailes Menores, y los progresos sucesivos de su organización. San Francisco se manifiesta en ella, no como un legislador o un señor que ordena y dictamina leyes, sino más bien como un padre que confía y desahoga ante sus hijos, seguro de ser escuchado y comprendido, sus sentimientos y anhelos de una vida más perfecta, más conforme a la vida crucificada de Jesús. El último capítulo es una súplica ardiente, una alabanza, un cántico de acción de gracias, en que vibra el alma entera del Seráfico Patriarca revelando su entusiasmo, su fervor, su pasión por la gloria de Dios y de Cristo. Invita a todas las criaturas a alabar, reconocer y amar a Dios, infinitamente bueno y amable. Esta página es de las que mejor revelan el corazón lleno de fuego de San Francisco. Un alma que con semejante ímpetu se da a Dios, no necesita reglas disciplinarias; y después de haberlo leído, se comprende cómo San Francisco, suponiendo en sus discípulos los mismos sentimientos, era incapaz de pensar en prevenir, por medio de un código sabio y riguroso, los ardides y descarríos de la humana flaqueza, y cómo podía ver una violación de su pensamiento en cualquier disposición que tendiese a rebajar al nivel de las medianías el ideal que él había vislumbrado.

Todo lo que caracteriza el movimiento franciscano está expuesto de una manera perfecta en esta Regla de 1221. Entonces tuvo intención de que la aprobase Honorio III. Empero había en ella bastantes lagunas y falta de precisión. Además, al lado de las nuevas ordenaciones aparecían todavía huellas de la primitiva organización. Convenía, pues, confeccionar una sola hostia con las migajas del Evangelio, esparcidas con profusión en sus veintitrés capítulos, es decir, había que reducir la Regla a otra forma más concisa y homogénea (2 Cel 209; LM 4,11).

La Regla de 1223

Puso Francisco manos a la obra y, para ello, se fue al eremitorio de Fonte-Colombo con dos compañeros, Fray León y Fray Bonicio, a los que dictó la Regla según se la sugería el Espíritu Santo en la oración. Nos dice San Buenaventura que el manuscrito lo confió a su Vicario, Fray Elías, quien, poco después, afirmaba haberlo perdido por incuria. Volvió el Santo a rehacerlo al momento, y a remitírselo para que él pudiese a su vez entregarlo a los Ministros, con objeto de que lo examinasen y discutiesen. Poseemos, en efecto, una carta escrita por él a un Ministro Provincial, para prevenirle de algunos cambios efectuados y exponerle cuál había sido su criterio al reunir en una sola todas las prescripciones esparcidas en la Regla primera en materia de faltas graves, y que concluye diciendo: «Para que este escrito sea mejor observado, tenlo contigo hasta Pentecostés; allí estarás con tus hermanos. Y, con la ayuda del Señor Dios, procuraréis completar estas cosas y todas las otras que se echan de menos en la Regla» (CtaM 21-22; LM 4,11). Durante la discusión con los Ministros, que debió tener lugar en algún Capítulo o en otras circunstancias que no conocemos con precisión, la firmeza de voluntad de San Francisco tuvo ocasión de enfrentarse con las nuevas tendencias. Hubo de tolerar se suprimieran en la redacción que presentaba algunos consejos evangélicos que los Ministros juzgaban impracticables. Así desapareció el No toméis nada para el camino de San Lucas (Lc 9,3), uno de los más antiguos textos que figuraban en la primera Regla (1 R 14), lo mismo que otras prescripciones referentes al santísimo Nombre y palabras del Señor. San Francisco atenuó en cuanto pudo los inconvenientes de esta supresión, haciendo constar formalmente al principio y fin de la Regla que la vida de los Hermanos Menores consiste esencialmente en la observancia del Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo (LP 101-102. 106. 108).

La nueva redacción fue luego sometida al examen del Cardenal Hugolino, y presentada por fin a la aprobación de Honorio III, que la confirmó solemnemente por la Bula Solet annuere de 29 de noviembre de 1223, por lo que se le llama Regla de 1223, y también Regla bulada.

Así pues, San Francisco no la recibió del cielo, tal y como está, ya que esta Regla, cuya redacción fue lenta y penosa, salió de la colaboración del Fundador, los Ministros y el Cardenal Hugolino. En los doce Capítulos de que consta se aprecian algunas mejoras en la organización de la Orden.

Determina que la elección del Ministro General es incumbencia de los Provinciales y Custodios reunidos en Capítulo General. El elegido puede gobernar la Orden hasta su muerte, a menos de ser juzgado insuficiente por los Ministros y Custodios, en cuyo caso pueden éstos deponerle y elegir otro en su lugar. El Capítulo General debe reunirse cada tres años, o en otro término mayor o menor a voluntad del General, y ya no precisamente en la Porciúncula. Nada dice acerca del Capítulo anual de las provincias cismontanas.

Como en la primera Regla, los legos pueden ser nombrados Superiores al igual de los clérigos (2 R 7). La cuaresma que empieza en la Epifanía es facultativa, quedando así atenuado el rigor del ayuno (2 R 3). Por el contrario, la pobreza se vuelve más severa por la prohibición de recibir dinero, aun en las necesidades de los enfermos (2 R 4), que en la antigua se permitía (1 R 8). Se decía en ésta (la de 1221) que los frailes, como los otros pobres, podían recibir alguna parte de los bienes de los novicios (1 R 2), libertad que quedó suprimida en el texto de 1223. La predicación no cambia ni de carácter ni de objeto; queda en el terreno práctico y moral que Inocencio III le señalara, y sometida todavía a la autorización de los Obispos (2 R 9). De hecho, este género de predicación era el entonces empleado por los discípulos de San Francisco. Juan de Pian-Carpine y su compañero, Fray Bernabé, extendían en Alemania el verbum poenitentiae (Giano, 28). El mismo San Antonio de Padua no se separaba de este programa. Haimón de Faversham, Maestro de la Universidad de París, apenas revestido del sayal franciscano, predicaba al pueblo de Saint-Denis la necesidad de la confesión pascual (Eccleston, 35).

Pero mientras en la Regla primera la elección de predicadores está en manos del Ministro Provincial, en la segunda, y ésta es una modificación importante, se reserva al Ministro General, y debe hacerlo previo examen; pero la autorización del Ministro Provincial se requiere en cambio para las misiones en país de infieles (2 R 12). Nada hay prescrito respecto a estudios en la Regla de 1223, como en la de 1221. Hay un cambio notable en lo que se refiere al Oficio Divino; en adelante ha de hacerse según el rito de la Iglesia Romana, excepto el Salterio (2 R 3). Este artículo dispensa a los Frailes Menores de procurarse los muchos y costosos libros que hacían falta para celebrar el Oficio tal como se cantaba entonces fuera de la Capilla papal, siendo mucho más adecuado a la pobreza y vida apostólica de los Menores el Breviarium que usaba ésta. En vez del salterio romano, adoptaron el salterio galicano, entonces mucho más extendido. Parece ser que en tiempo de San Francisco el canto litúrgico estaba muy en boga en los conventos de la Orden, aunque de esto no se haga mención en la Regla. San Francisco añade a las prescripciones de la Regla anterior la prohibición de entrar en monasterios de religiosas (2 R 11), y la obligación de tener siempre un Cardenal de la Iglesia por Protector, gobernador y corrector de la Fraternidad (2 R 12). Empero, a pesar de estas adiciones, se observan todavía algunas imprecisiones. Así, no fija la edad de la admisión, aunque es probable que los niños no fuesen recibidos hasta la edad de quince o dieciséis años. No se mencionan las Letras de obediencia, que comenzaron ya a usarse por aquella época, pues Agnelo de Pisa, al ser enviado a Inglaterra (1224), y Nicolás de Montefeltro al presentarse (1225) a Jordán de Giano, Custodio de Turingia, van provistos de ellas (Giano, 42). Tampoco se habla de fórmula alguna de profesión, ni de cambio de nombre al entrar en la Orden. Esto último, lejos de ser general, era más bien una excepción. Así ocurrió en el caso de San Antonio de Padua, Fray Pacífico, Fray Andrés, confesor de Santa Isabel de Hungría (Giano, 28), que se llamaban respectivamente Fernando de Bouillón, Guillermo Divini y Hartmodus.

Hay también otras lagunas. No estaba prevista, por ejemplo, la institución de un consejo que asistiese al Ministro General en el gobierno de la Orden; menos aún para el Ministro Provincial, cuyo nombramiento mismo tampoco está determinado. De hecho, sin embargo, debía existir un consejo de este género, pues en la descripción de su Ministro ideal, San Francisco enumera también las cualidades de sus socii (2 Cel 186) (8). No puede decirse que entre las dos Reglas, de 1221 y 1223, existan en realidad diferencias esenciales. Sin embargo, la segunda Regla no reproduce las intenciones del Fundador en su integridad y con toda la vivacidad que en ella hubiera querido reflejar, lo cual, como lo hemos visto, debe achacarse a la supresión de algunas citas del Santo Evangelio que expresaban con precisión su ideal. El trabajo manual se impone en ella de un modo menos universal y categórico (2 R 5), y mientras la primera Regla determinaba con precisión que los Frailes no podían tener más libros que los necesarios para el Oficio Divino, la segunda (2 R 3) omite esta restricción. Tampoco se habla en ella del cuidado de los leprosos; no obstante sabemos que los Frailes prosiguieron todavía algún tiempo ejercitándolo. En Italia, Francia, Inglaterra y Alemania se establecieron con frecuencia junto a hospitales y leproserías.

Jacobo de Vitry, en su Historia orientalis, compuesta en tiempo de San Francisco, entre 1220 y 1225 (cf. BAC, 965-968), describe la vida de los Frailes Menores con los caracteres que conocemos, aunque en ellos ve ante todo a los predicadores: «Esta es la Religión de los verdaderos pobres del Crucificado, que es también Orden de predicadores. Los llamamos Hermanos Menores». Unas líneas más adelante afirma que los Frailes son enviados a las diversas Provincias «a predicar y salvar las almas». Es verdad que añade: «Por su predicación, y también por el ejemplo de su santa vida y de su irreprochable conducta, animan al desprecio del mundo a un gran número de hombres; no sólo a los de clases humildes, sino también a los hidalgos y nobles...», pero no menciona el trabajo manual, ni los diferentes servicios a que se entregaba la primera generación franciscana. La predicación no había llegado a ser la única ocupación de los Frailes Menores, pero sí la menos al principal.

Finalmente, la obligación de pedir a la Santa Sede un Cardenal Protector implica la posibilidad de pedir y aun de recibir privilegios hacia los que Francisco sentía tan profunda aversión, y que los Ministros buscaban con tanto interés. En efecto, habían ya conseguido la Bula Devotionis vestrae de 29 de marzo de 1222, que concedía a los Frailes Menores autorización para celebrar los Oficios en tiempo de entredicho en las iglesias que pudiesen tener. El 3 de diciembre de 1224 la Bula Quia populares tumultus les autoriza celebrar misa en altar portátil; la de 28 de agosto de 1225 (In bis quae), y la de 18 de septiembre del mismo año (Non deberent) advierte que este privilegio pueden usarlo aun sin el consentimiento de los obispos y otros prelados. La Bula Ex parte vestra de 17 de marzo de 1226 concede ciertos favores a los misioneros de Marruecos, especialmente el de manejar dinero (BF I). Estos primeros y modestos privilegios serán el punto de partida para transformaciones tan profundas como las que trajeron poco a poco la institución del noviciado, y que todavía serán más contrarias a los ideales de San Francisco, respondiendo en cambio a los deseos de los clérigos.

Desde el día en que Francisco abdicó el gobierno de la Orden, y aunque siempre fuera considerado como su Superior nato, estos deseos se habían manifestado con más libertad. Desde entonces el Fundador se ciñó a afirmar, y a veces con vehemencia, cuáles fueron sus proyectos y cuál su dolor al verlos ahora menospreciados. Pero jamás llegó a imponer su parecer en calidad de Fundador (9). Se percataba de que muchos de sus hijos no habían comprendido sus pensamientos, y esta consideración le arrancaba quejas, de las que Tomás de Celano nos ha dejado un eco doloroso (1 Cel 104; 2 Cel 156-158. 188).

5.- Testamento de San Francisco

A los ojos de quienes desde afuera observasen la Orden de San Francisco, ésta no había degenerado ni desmerecido. Mas en el espíritu del Fundador surgía una comparación entre la Orden floreciente y poderosa que ante sí tenía, y la heroica Fraternidad de los principios. Apenas reconocía ya a sus hijos en estos Frailes Menores, algunos de los cuales parecían avergonzarse de su sencillez (Eccleston); y que pudiendo tener ahora, merced a los privilegios antes citados, iglesias particulares, como los antiguos monjes, ya no se mezclaban tanto con los demás fieles en las iglesias parroquiales; y que, en fin, en vez de cuidar a los leprosos o ayudar a los trabajadores en sus faenas del campo, alejándose poco a poco del humilde trabajo manual, se entregaban con ansia a los estudios (2 Cel 195).

Tuvo cierto presentimiento de que su Orden podría algún día renegar de su vocación providencial. Esta previsión ensombreció sus últimos años, aunque sin disminuir su energía. Para apaciguar su conciencia, deseaba volver personalmente a sus primitivas costumbres. Pero la muerte se aproximaba. Entonces agolpó todas las fuerzas de su corazón y las luces todas de su inteligencia, para expresar por última vez sus ideales y voluntad en un Testamento, que debía completar su Regla y tener, como ella, fuerza de ley.

Es el Testamento la efusión ardiente del reconocimiento de San Francisco por los beneficios de que el Señor lo colmaba, la afirmación precisa y solemne de su voluntad y la suprema declaración de su fidelidad a la Iglesia, a la vez que una protesta contra las transformaciones que presenciaba. «Y no digan los hermanos: "Esta es otra Regla" -escribe Francisco-; porque ésta es una recordación, amonestación, exhortación y mi testamento que yo, hermano Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis hermanos benditos, por esto, para que guardemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor». En él recuerda, en efecto, las fases de su conversión, la llegada de los primeros discípulos y su común pensar: vivir según la forma del Santo Evangelio su pobreza absoluta, y su vida sencilla y dócil a todos. Renueva la obligación del trabajo y de la pobreza en todas las cosas, las medidas que deben tomarse contra los que falten a la fe católica; y por último formula claramente la doble prohibición de pedir privilegios y de añadir glosas al texto sencillo y claro de la Regla. Quería San Francisco conservar intacto este texto, para que el espíritu, del que la Regla no es sino simple ropaje, permaneciera intacto y puro en el alma de sus hijos.

Francisco mantuvo en cuanto pudo, hasta el último aliento, el ideal de donde extrajera su plan de vida y de acción. Aleccionado por la experiencia y con el consejo de hombres prudentes y sabios, aceptó los cambios indispensables a la organización de su Orden, a la solidez de su ortodoxia y a su vitalidad futura. Rehusó siempre, con una tenacidad que podría parecer hasta excesiva, acoger tendencias, a veces laudables, que, al orientar su Instituto hacia horizontes más amplios, amenazaban con modificar su naturaleza y su misión. Aun después de admitir nuevos elementos y hombres de talento y ciencia en la Fraternidad, y que fatalmente, por una ley que rige todo organismo viviente, había con el tiempo de producirse una metamorfosis, él permaneció siempre fiel a su primer pensamiento sin querer por nada cambiar ni su fin ni su método. Por esta razón rehusó la fusión que un día le propusiera Santo Domingo (2 Cel 150).

En suma, el conflicto que surgió entre San Francisco y los más distinguidos de sus hijos, que, por lo demás, también eran los más celosos por la gloria de la Orden y el bien de la Iglesia, era no sólo el eterno conflicto entre el ideal y la realidad de las posibilidades de observancia de la pobreza, sino sobre todo el conflicto entre dos maneras de concebir la actividad apostólica de los Menores, entre dos concepciones que podrían ser igualmente bellas, igualmente necesarias, e igualmente fecundas para la regeneración de la Iglesia.

A los ojos de los clérigos, la actividad exterior debía, hasta cierto punto, condicionar el género de vida y la práctica de las virtudes de pobreza, humildad y sencillez. Para San Francisco, por el contrario, el género de vida y la práctica de estas virtudes debían condicionar las formas del apostolado.

Todas las ulteriores vicisitudes de la familia franciscana procederán de esta dualidad del ideal.

Entre los hijos del Poverello, unos se adherirán única e irreductiblemente al pensamiento del Fundador, sin añadir ni quitar nada; otros, deseosos de desarrollar el grano de mostaza sembrado por él, se esforzarán por extender su actividad a todos los campos, con riesgos de salirse de los límites y desconocer las intenciones formales de su Padre.

* * *

NOTAS:

1) Diez años hacía que el Cardenal Juan de San Pablo, antes de presentar al reducido grupo de los Penitentes de Asís al Papa Inocencio III, había ya propuesto al fundador abrazar la vida monástica o eremítica (1 Cel 33). San Francisco conocía ciertamente la regla de San Benito. En sus escritos se encuentran algunas reminiscencias de ella, especialmente en la Regla de 1223; reminiscencias que tienen sobre todo carácter ascético.

2) La Regla primera, cap. 2, permitía recibir algunos de estos bienes, cuando los frailes tenían necesidad de ellos, pero no reservarlos. Y hasta este permiso suprimirá Francisco en la Regla de 1223 (cap. 2).

3) Esto mismo se desprende también de aquel pasaje en el que Tomás de Celano, hablando de la simplicidad, dice que San Francisco la exigía de los clérigos y de los legos, juzgando que no era contraria a la sabiduría, sino más bien su propia hermana, por más que sea más fácil a los ignorantes conseguirla y practicarla: «Ésta la requería el Padre santísimo en los hermanos letrados y en los laicos, por no creerla contraria, sino verdaderamente hermana de la sabiduría; bien que los desprovistos de ciencia la adquieren más fácilmente y la usan más expeditamente. Por eso, en las alabanzas a las virtudes que compuso dice así: «¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la pura santa simplicidad!» (2 Cel 189).

4) San Buenaventura refiere así este deseo de San Francisco en términos no menos expresivos: «El que quiera llegar a la cumbre de esta virtud -decía Francisco- debe renunciar no sólo a la prudencia del mundo, sino también, en cierto sentido, a la pericia de las letras, a fin de que, expropiado de tal posesión, pueda adentrarse en las obras del poder del Señor y entregarse desnudo en los brazos del Crucificado, pues nadie abandona perfectamente el siglo mientras en el fondo de su corazón se reserva para sí la bolsa de los propios afectos» (LM 7,2).

5) Su carta a San Antonio de Padua, autorizándole enseñar la teología a los frailes, suponiendo que sea auténtica, está concebida en el mismo espíritu que la anterior respuesta referida por San Buenaventura, y bajo la expresa condición de que el trabajo mental, lo mismo que el manual, «no extinga el espíritu de la santa oración».

6) Esta conclusión, que se aproxima a la del P. Leonardo de Carvalho e Castro en su Saint Bonaventure, difiere sensiblemente de la opinión del Padre Hilarino de Lucerna. Refutando a K. Müller y P. Sabatier, para quien San Francisco fue un adversario decidido de la ciencia, el P. Hilarino se esfuerza en probar que nuestro Santo estimuló positivamente el movimiento científico en su Orden. E. Gilson combate también la opinión del P. Hilarino en su obra La Fhilosophie de saint Bonaventure.

7) No es menos verdad que en la Regla de 1223, como en la de 1221, el hermano Francisco promete obediencia al Papa, y los otros hermanos al hermano Francisco. En su Testamento, habla siempre como verdadero Superior de la Orden. Pedro Catáneo y Fray Elías, que gobernaban en vida de San Francisco, llevaron el título de Ministro General. No son designados como Vicarios Generales sino desde que Tomás de Celano, en su Vida segunda (1246-7), hizo prevalecer esta última denominación.

8) Quizás estas lagunas fuesen llenadas por las Constituciones o Estatutos que fueron publicados el mismo año de la confirmación de la Regla, aunque no han llegado hasta nosotros (cf. Eccleston).

9) Tomás de Celano es particularmente instructivo en este aspecto. Véase 2 Cel 188.


Gratien de París, O.F.M.Cap., Primera fase de la evolución (1219-1226), en Idem, Historia de la fundación y evolución de la Orden de Frailes Menores en el siglo XIII. Buenos Aires, Ed. Desclée de Brouwer, 1947, pp. 79-116.

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