DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

EL DIOS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
por Sebastián López, OFM

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[En un extenso estudio, saturado de citas de los escritos y biografías del Santo, el Autor desarrolla el tema central: «Hacia el Padre en Cristo por el Espíritu». Aquí ofrecemos a continuación la última parte del estudio].

Hasta aquí nuestra exposición de la visión, vivencia y praxis de Francisco sobre el Dios revelado en y por Jesucristo. Pero antes de acabar del todo quisiéramos sugerir y señalar la trascendencia y el eco que pudo tener en el tiempo y en la Iglesia que le tocó vivir a Francisco. Es verdad que él no vivió preocupado por la eficacia y el resultado de su seguimiento de Cristo en cuanto finalidad separada y aparte. Pero nos parece evidente que «si en la historia espiritual del cristianismo Francisco, más que una figura eminente, es un tipo nuevo que encarna y abre en realidad una nueva era; que aunque no cree una nueva religión, alumbra sin duda una espiritualidad verdaderamente moderna» (Doncoeur), la culpa hay que echársela fundamentalmente a su visión, vivencia y praxis sobre Dios que acabamos de exponer. Desde este punto de vista, pues, me parece que podemos afirmar lo siguiente:

1. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo (1 R 22,41) es la suficiencia del hombre. Que Dios satisface, llena y hace feliz. Dios es la fiesta del hombre. A una Iglesia que había olvidado la mística, distraída y entretenida en negocios de reyes y de reinos, y que había olvidado que la sed del hombre no la sacia ni el tener, ni el poder, ni la ciencia, ni el prestigio, Francisco le recordó dónde estaba la fuente que mana y corre. Recordó al hombre y a la Iglesia de su tiempo que antes de nada y sobre todo es de Dios y para Dios. Y que, además, su primera y fundamental tarea en favor del hombre es poner en sus labios el «gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

2. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo es un Dios entregado por el mundo que exige la misma entrega por él en contra de la visión intimista privada y subjetiva frecuente en la Iglesia de su tiempo. No es en la celda, que ni se nombra en sus escritos, sino en el ir por el mundo y en medio de los hombres, trabajando en el oficio que conocen junto a ellos, donde se realiza la salvación de aquellos por quienes Cristo se entregó a la muerte (1 Cel 35).

3. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha revelado nuestro hermano Jesucristo no es contrincante ni rival del hombre, sino, al contrario, quien lo viste de la hermosura y majestad de la imagen de su Hijo. Esa es su gran excelencia (Adm 5,1). Por eso, para Francisco todo hombre es señor (2 R 10,5) y hermano (TC 58; LP 64). Frente a un mundo en el que la dignidad de la persona estaba condicionada por la escala social, por la religión, por su dolor y pobreza, Francisco optaría por el más absoluto respeto y veneración al hombre, aun el más marginado, el leproso (TC 42 y 58; 1 Cel 76; LP 59).

4. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo obliga a la comunión y a la fraternidad y, por lo tanto, a la igualdad y unidad en la diversidad, ya que Él es comunión. En un tiempo en el que los diversos órdenes de la sociedad y, por lo tanto, la jerarquía lo presidía y acaparaba todo, y en el que no era igual ser señor o clérigo que siervo, él va a optar por la horizontalidad y por la «des-clasificación». Todos hermanos y todos menores. Nadie con autoridad sobre los otros. Todos con la toalla en las manos para lavar los pies a todos. Ser Hermano Menor no era ser aparte y por encima de los demás, sino servidor y esclavo de todos.

5. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo es el Dios de los pobres y de los últimos, Dios que conduce a los leprosos y hace tener misericordia con ellos, frente a una sociedad en la que el pobre y el leproso eran alejados de las ciudades y del trato con los hombres.

6. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo ha creado todas las cosas espirituales y corporales y se las ha dado a los hombres como don y limosna para su bien y disfrute, frente a la visión pesimista de la creación de los cátaros.

7. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, frente a la crítica y desvío respecto a la Iglesia y a las demás mediaciones eclesiales por parte de los cátaros y otros movimientos de su tiempo, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo ha condicionado su revelación y presencia a la humanidad de Jesucristo y a todo lo que la prolonga corporalmente en el tiempo y en el espacio. Pero recordando también, al mismo tiempo, su relatividad, pues Dios es incondicional e imprevisible y obra como a Él le place.

8. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, frente a una Iglesia que subrayaba unilateralmente lo espiritual, que el Dios revelado y manifestado en Jesús es un Dios encarnado. Por eso, la pobreza y demás actitudes evangélicas, además de espirituales, debían de ser materiales, concretas, existenciales. Cuadro y marco al mismo tiempo.

9. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo se revela y se da en la pobreza, en el servicio y en la sencillez, a pesar de que la práctica de la Iglesia en muchos de sus miembros hiciese pensar lo contrario. Pero avisando también a los «puros» y «perfectos» tanto de los cátaros como de los movimientos evangélicos populares, que no son las obras las que justifican y salvan. Dios no se consigue ni se conquista. Dios ni pone condiciones ni exige tarifas. Se da, sencillamente.

10. Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo no está por la alternativa de la tierra o el cielo, la naturaleza o la gracia, ni siquiera por su paralelismo, sino por la unidad sin confusión, en un tiempo en el que la Iglesia se inclinaba más bien, en unos u otros de sus miembros, por la alternativa.

[Sebastián López, OFM, Visión, vivencia y praxis de Dios en Francisco de Asís, en Confer núm. 77 (1982) 37-84, 81-84]

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XIII, núm. 37 (1984) 150-152].

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