DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

EL DIÁLOGO EN FRANCISCO DE ASÍS
por Julio Micó, o.f.m.cap.

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Vamos a repasar la vida de Francisco sobre la falsilla del diálogo. La experiencia evangélica de Francisco imprimió en su Fraternidad un talante abierto y de responsabilidad recíproca que hace impensable su funcionamiento sin el diálogo, que aquí abordamos como elemento que hace posible y significativa la Fraternidad. La lectura que vamos a hacer de la biografía de Francisco es un itinerario de su progresiva apertura por medio del diálogo hasta convertirlo en «puente» por donde transitaron, para encontrarse, hombres y grupos de muy distinto talante. Por eso recurrimos a él para «aprender» el calado de nuestra vocación franciscana y tratar de ejercitarnos en ese diálogo que alimenta nuestra Fraternidad..

INTRODUCCIÓN

Del diálogo se puede hablar mucho y desde varios campos. Yo me voy a limitar a tratarlo desde el ángulo de la espiritualidad; pero aunque uno no quiera -y sobre todo al principio, para delimitar lo que entendemos por diálogo-, siempre se cuela algo de lo que está en la frontera y que nos viene bien para confeccionar el horizonte de nuestro tema.

El ser humano no es un ser solitario que se haga sin necesidad de relacionarse con los demás. Todos necesitamos de un grupo de referencia con el que comunicarnos. También a nosotros los Franciscanos, como Fraternidad, nos hace falta el diálogo para ir avanzando en nuestra vocación de Hermanos Menores. Pero el diálogo -una cosa, al parecer, tan sencilla- no es algo innato. Aunque nacemos necesitados de comunicación, sin embargo nos hace falta el aprendizaje para dialogar de una forma correcta. Y no vale el decir que ya nos comunicamos demasiado, porque lo que hacemos normalmente, lejos de ser un diálogo en toda regla, es comunicarnos de forma superficial sólo aquello que nos interesa.

El vivir en Fraternidad supone mantener la inquietud por ir creciendo no sólo en el conocimiento de uno mismo, sino, sobre todo, en el conocimiento de los demás. Si el diálogo es el medio para establecer, mantener y profundizar nuestras relaciones interpersonales, es natural que nos interese trabajarlo; tanto más, cuanto más nos interesen las personas con quienes vivimos en relación. Y entre estas personas ocupan un lugar especial los más cercanos, aquellos con los que compartimos vida y vivienda; es decir, nuestra Fraternidad.

Sin embargo no se agota en ella. La Asamblea de Superiores Generales reunida en Roma nos dice que los religiosos, por el hecho de vivir en comunidad, tienen una experiencia de comunicación y diálogo que los convierte en signo y puente para relacionarse no sólo con todas las vocaciones eclesiales sino también con los llamados «alejados». Esto nos impone una gran responsabilidad; y es la de cultivar el diálogo como un servicio a la Iglesia y a la sociedad. Para nosotros, Franciscanos, esta responsabilidad es aún mayor, si cabe, por el hecho de remitirnos a un tipo de comunidad, la Fraternidad, donde el diálogo es fundamental.

La experiencia evangélica de Francisco imprimió en la Fraternidad un talante abierto y de responsabilidad recíproca en la que es impensable su funcionamiento sin el diálogo. Por eso, al interesarnos por él y ahondar en su conocimiento y práctica, no lo hacemos por «divertimento», ni siquiera por una especie de oportunismo, sino que lo abordamos como un elemento que hace posible la Fraternidad y la hace significativa.

Al remitirnos a Francisco como hombre dialogante, no lo hacemos tanto como a la persona abierta y comunicativa que ciertamente era, sino como al creyente que aceptó el reto que la llamada del Señor le proponía: el reconocerse pobre y necesitado de los valores que los demás le pudieran ofrecer. Sólo con esta apertura podría reencontrase consigo mismo, encontrar a los demás y, sobre todo, a Dios.

La lectura que vamos a hacer de la biografía de Francisco es un itinerario de su progresiva apertura por medio del diálogo profundo y comprometido que lo llevó hasta convertirlo en «puente» por donde transitaron, para encontrarse, hombres y grupos de muy distinto talante. Por eso recurrimos a él para «aprender» el calado de nuestra vocación franciscana y tratar de ejercitarnos en ese diálogo que alimenta nuestra Fraternidad.

1. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR DIÁLOGO?

Si miramos el diccionario, la primera acepción con que nos encontramos de la voz «diálogo» es la de conversación entre dos a más personas. Puesto que la finalidad de la conversación es comunicarnos cosas para llegar a un encuentro con las otras personas, el diálogo en sí mismo no es más que un medio de comunicación, y su calidad está relacionada con la calidad de lo comunicado; de ahí que se aplique el mismo termino, diálogo, tanto a lo que se realiza en «Tómbola» [programa de televisión] como en el seno de la Trinidad.

El diálogo, pues, más que una forma de expresión verbal, o personal, es un modo de manifestar lo que uno es y siente; por lo tanto, más que una habilidad para la conversación, es un talante, un modo de ser que busca siempre el encuentro para enriquecerse con la aportación de los demás.

El diálogo como conversación y cháchara se ha practicado siempre; baste recordar los inefables «patios de vecinas». Pero el diálogo como una forma seria y profunda de comunicación no se ha prodigado demasiado. Un ejemplo de ello es que de los antiguos filósofos sólo recordamos los célebres «Diálogos de Platón», y que, en los nuevos, es a partir de la primera guerra mundial -es decir, de 1918- cuando se acude al diálogo como forma de repensar al hombre.

¿Qué ha pasado, pues, para que el diálogo cobre tal protagonismo, que lo consideremos esencial para la comprensión del hombre en su aspecto individual y, sobre todo, en su aspecto social?

Al finalizar la primera guerra mundial (1914-1918) se hizo sentir en Europa la necesidad de una conversión, de un cambio en el modo de pensar y de actuar. Cuatro siglos de progreso científico y técnico hicieron concebir el sueño de unas expectativas ilimitadas; pero los hechos no corroboraron esta esperanza. En vez de asegurar la felicidad humana, hicieron posible la matanza de millones de inocentes.

Ante esta situación, provocada por una mala lectura del Génesis: «dominad la tierra», surgen entre los pensadores dos soluciones o dos formas de salvar al hombre de esa barbarie genocida. La corriente «vitalista» propone fusionarse con la realidad para dominarla y gozar de ella de una forma egoísta, mientras que la llamada «personalista» aboga por un distanciamiento respetuoso que permita el diálogo como un medio para llegar a un encuentro gozoso con las personas y las cosas.

Estas dos tendencias siguen vivas en nuestra sociedad actual. Los que creen que solamente el dominio les puede asegurar la felicidad, entendida como goce y disfrute absoluto y egoísta, y los que piensan que la felicidad es una consecuencia de la renuncia al propio egoísmo y de la apertura respetuosa hacia los demás. El progreso es deseable siempre que se extienda a todos, pero no como una forma de dominio que facilite nuestra felicidad individual.

Estas dos formas de concebir el ideal de la humanidad nos lleva a adoptar dos actitudes muy distintas. Por una parte están los que intentan dominar, ahora y de forma absoluta, todo aquello que atrae y fascina, convirtiendo la realidad en un botín a conseguir y medio para los propios fines, es decir, reduciéndola a objeto. Esta reducción no permite el encuentro, ya que sólo es posible entre personas o entre éstas y lo que llamamos «ámbitos».

Por otra parte están los que, adoptando una apertura respetuosa ante la realidad y dejando que sea ella misma, crean continuas formas de comunicación y encuentro. Este reconocimiento de lo valioso de cada ser impulsa a encontrarse con todas las realidades valiosas y construir así su propia personalidad y la de quienes entran en relación con él.

El encuentro, no obstante, tiene sus exigencias. El que desea encontrarse con otra persona o valor, debe ser sensible y estar a la escucha de su llamada, manteniéndose disponible para ofrecerse y acoger al otro, integrándolo en su propia realidad. Todo deseo de encontrarse con la realidad requiere, además, respetar su propio ser y renunciar a poseerla convirtiéndola en satélite del propio «yo».

Esta actitud de aceptación supone cierta dosis de humildad y sencillez, por cuanto desvela nuestra menesterosidad y demanda cierta complementación. El que se considera autosuficiente, rechaza toda oferta de enriquecimiento; pero el que se siente pobre, agradece que existan otras realidades valiosas que le enriquezcan mediante el encuentro.

El encontrarnos con otras realidades produce realidades nuevas que se cargan de simbolismo y que nos remiten a otras tantas realidades hasta tejer una red. El encuentro, por otra parte, produce el milagro de crear un espacio donde las barreras y divisiones carecen de sentido; lo distinto ya no es distante, sino íntimo. Por tanto, no debemos tener miedo a lo distinto, sino al modo de relacionarnos con ello.

La capacidad que tiene el encuentro de crear ámbitos en los que se hacen presentes realidades dispersas a lo largo del tiempo, produce un modo especial de concebir el espacio y el tiempo, que son el espacio y el tiempo festivos; por eso decimos que el encuentro es el origen de la fiesta. En la fiesta experimentamos que la vida ha triunfado y que el hombre puede alcanzar su meta.

Pues bien, en la vida hay hombres que han optado por esta visión dialogante de la vida, y no sólo porque su talante natural les empujara a relacionarse de forma respetuosa con la realidad, sino también porque su condición de cristianos les exigía tratar de seguir a Jesús, que se hizo presente entre nosotros para manifestarnos lo que es el hombre y el modo cabal de comportarse en la vida.

Uno de esos hombres fue Francisco; y a él nos remitimos porque su conducta es un referente para la nuestra. Por eso vamos a repasar su vida sobre la falsilla del diálogo, para rastrear su empeño en ir comunicándose cada vez más y mejor con todo lo que le rodeaba y constituía su entorno.

Vivir desde el diálogo nunca fue fácil, ni lo es ahora; la sociedad medieval de Francisco apenas se podía permitir un diálogo tosco en la resolución de sus problemas. Pero actualmente, y a pesar de la invasora telefonía móvil, tampoco andamos sobrados de una seria comunicación que nos lleve a encontrarnos con nuestro entorno de una forma profunda y satisfactoria. La trivialización de la palabra en coloquios y conversaciones superficiales la han devaluado de tal forma que apenas queda espacio para una comunicación que desvele nuestro ser y nos haga receptivos al ofrecimiento que los demás nos hacen del suyo. Por eso, una mirada sosegada a ese Francisco que no quiso conformarse nunca con lo conseguido, sino que se hizo itinerante en busca del Absoluto, nos puede servir de ayuda para reflexionar sobre nuestra vida en diálogo.

2. UN DIÁLOGO IMPOSIBLE.
JUVENTUD DE FRANCISCO

Las pocas noticias que tenemos sobre la juventud de Francisco, aunque no nos permitan dibujar un retrato completo, sí nos consienten marcar unos trazos que reflejen cuál fue su realidad. La visión jovial y alegre que nos muestran las biografías sobre el Santo esconden la verdadera actitud que tenía Francisco frente a la vida y que se reflejaba en el modo de relacionarse con el entorno. La juventud de Francisco, si la miramos con detención, no resulta tan inocente.

La nueva clase de los mercaderes estaba luchando, desde el Común, por conseguir la hegemonía económica que hasta entonces habían tenido los nobles terratenientes. Si para Bernardone ya era demasiado tarde pretender el nivel social que tradicionalmente caracterizaba a la nobleza, como era la caballería, sin embargo estaba dispuesto a que su hijo Francisco escalara una posición que no le correspondía por nacimiento, si nos atenemos a la ideología de las clases dominantes.

De la participación de Francisco en la lucha por la autonomía y fortalecimiento del Común de Asís no tenemos demasiadas noticias. Cuando el asalto a la «Rocca» y los castillos feudales en 1199, Francisco tenía ya unos 16 años, pero no existen señales de que participara en la lucha. Sin embargo sí que tomó parte en la guerra contra Perusa de 1202. La solidaridad comunal y los intereses de clase le obligaban a entrar en la lucha, seguramente en la caballería.

Conociendo el temperamento de Francisco, tal vez su vocación de caballero no respondía tanto a una actitud belicosa como al gusto por el derroche y la superficialidad que acompañaba a esta clase social. Influenciado por la sociedad, había hecho suya la teoría de que la vida era para disfrutarla a tope, y de que nada ni nadie podía impedírselo. Para asegurar esa diversión inconsciente haría lo que fuera menester, aunque tuviera que echar mano de la violencia tan contraria a su temperamento.

El Francisco violento que para conseguir sus propósitos no duda en hacer la guerra es una imagen insólita pero desgraciadamente real. Su actitud de dominio, convirtiendo a las personas en objetos rivales que le impedían satisfacer sus desbocadas necesidades, le cegaba hasta el punto de empuñar la espada para destruirlos. Se sentía autosuficiente, y la sociedad que le rodeaba solamente existía en cuanto le ayudaba o permitía realizar esa forma de vida superficial y suicida que cada vez se iba estrechando hasta ahogarlo en su interior. Los perdedores -pobres, enfermos, leprosos- no existían para él. Lo que contaba era la gloria de ser reconocido como ganador.

Esta imagen de un Francisco aislado en sí mismo y violento frente a los demás nos trastoca la composición seráfica del Santo, pero nos conduce a la contemplación de lo que es el hombre que se empeña en cortar sus raíces para proclamarse autónomo y señor de la naturaleza.

En estas circunstancias se hace imposible el diálogo. Uno mismo se incapacita para entrar en relación con los demás por considerarlos meros objetos de su ambición. Al negarles su valía como personas, les está quitando su capacidad para relacionarse con ellas. A las clases bajas, los pobres, se les ignora, ya que no aportan nada a la materialización de sus sueños de gloria. A los demás se les permite un lugar en la sociedad en tanto favorezcan y apoyen tal modo de vida; se les considera como una comparsa que acompaña y ríe sus excentricidades.

Y en cuanto a Dios, se le etiqueta como un objeto social que no trae complicaciones sino que bendice este modo egoísta de concebir la vida. Su incapacidad para sentirse interpelado le impide escuchar la llamada del Señor. Es un hombre sordo para oír la voz de los demás, y que no escucha sino su propia voz o la de los que le hacen el eco. Desde esta actitud de cerrazón resulta imposible toda escucha y, sobre todo, la percepción de la voz del Señor que le invita a responder desde sí mismo; es decir, a dialogar con Él.

3. DIOS ES DIÁLOGO.
CONVERSIÓN DE FRANCISCO

En el Testamento tenemos las pocas palabras, misteriosas por cierto, con las que Francisco describe esta situación: «Como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver los leprosos» (Test 2).

El año de prisión en Perusa y la enfermedad allí contraída le obligaron a plantearse la vida con seriedad. Uno de los jalones que ponen los biógrafos para describir esta conversión es su afán de retirarse al campo para meditar en solitario. Esta necesidad de hablar con Dio en soledad era un síntoma de la reorganización que se estaba dando en su esquema de valores. Según Celano, ni la belleza de los campos ni la diversión con los amigos le decía ya nada (1 Cel 3). Su «mundo» estaba tomando otra forma estructural que requería una rumia interior para poder cristalizar. Una rumia angustiosa que le llevaba hasta el borde del agotamiento (1 Cel 6).

Y es que Dios se le estaba manifestando tal como era; es decir, como diálogo. La evidencia de que Jesús, el Hijo de Dios, siendo rico en su comunicación divina, se hizo pobre para comunicarse con nuestra indigente y frágil humanidad le sacaba de quicio. No podía entender que Jesús, siendo Palabra de Dios, se hiciera diálogo al encarnarse y manifestarnos lo que es Dios para nosotros y la humanidad es para Dios. Esta abrumadora presencia de Dios como diálogo que le invitaba a relacionarse con Él era lo que le hacía aún más insoportable su cerrazón e incapacidad para responderle.

Otro de los signos que acompañó este proceso de aclaración fue su acercamiento a los pobres. La voluntad de ir hacia ellos, como una sospecha de que allí puede encontrar el sentido de su vida, llega hasta los mismos leprosos, el lugar donde la pobreza adquiere su máxima consistencia. En el leproso convergen todas las pobrezas humanas, por eso es el sacramento primordial de la presencia del Señor que llama a Francisco para que responda.

El mismo Francisco lo reconocerá después a lo largo de su vida, y en el Testamento lo indicará como el momento privilegiado donde el Señor se le hizo presente invitándolo a dialogar con Él. A partir de este encuentro se le desveló el sentido de la vida; sólo rompiendo el enclaustramiento y saliendo de uno mismo para encontrarse con los demás, es como se recupera enriquecido por los valores ofrecidos por los otros.

Y es que Francisco concibe la conversión como el desvelamiento de que es un ser relacional y que, por tanto, su crecimiento como persona está confiado al diálogo. Esta iniciativa del Dios que llama y que espera una respuesta es el comienzo de una toma de conciencia que exige comprenderse para poder responder como interlocutor. El insistir, una vez ha recibido las llagas, en la pregunta sobre la desproporcionada identidad de Dios y la suya propia -«¿Quién eres tú... y quién soy yo?» (Ll 3)-, nos pone en la pista sobre las bases que hacen posible el diálogo.

El diálogo sólo puede darse entre personas o entre éstas y lo que López Quintás llama «ámbitos», es decir, espacios de valores con los que nos podemos comunicar. Sin embargo la persona, para ser un interlocutor válido, tiene que saber su propia realidad. Desde un saberse equivocado no puede haber comunicación, o será una comunicación equivocada.

El descubrimiento de su propia realidad -el «estar en pecados» del Testamento- es lo que lleva a Francisco a ese camino de conversión que le hace capaz de dialogar con Dios para encontrarle. Al buscar a Dios se va encontrando consigo mismo como un ser llamado a la apertura y al encuentro de cuanto le rodea. Los hombres, fundamentalmente, somos fruto de una llamada. En la llamada está ya impresa la proyección de nuestra vida y la identidad de nuestro existir. Somos aquello para lo que hemos sido llamados.

Desde que surgió la primera pareja humana a la voz amorosa de Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», la vida sigue brotando allí donde se la llama. Sin embargo, esta vocación por vivir no se agota en el nacimiento. Estamos llamados a crecer y madurar nuestro proyecto de hombres; y esto requiere, en principio, ser conscientes de que hemos sido y seguimos siendo llamados. Pero esto no basta. El sabernos llamados a un diálogo personal con Dios puede convertirse en una trampa por falta de mediaciones. De ahí que la cultura nos ofrezca unos valores determinados para realizarnos como personas; unos valores que hace falta descubrir, jerarquizar y optar por los que más se acomoden a la imagen de hombre que queremos ser.

El hombre, por tanto, es un ser de encuentro y diálogo con los valores que le rodean; y más en concreto, con los valores que hemos elegido para configurar nuestra personalidad. Podemos rechazar esta dimensión humana y cerrarnos en nuestra propia soledad; pero podemos también aceptar nuestra condición dialógica y optar por un trabajo de conocimiento y reconocimiento de nuestra realidad para abrirnos y comunicarnos con nuestro entorno.

Los años de crisis del propio Francisco denotan su voluntad de ser una respuesta coherente a la llamada que le hace el Señor, aunque para ello tenga que descender hasta su interioridad y empezar a reconstruir su propia vida. El reconocerse como ser indigente que necesita de los demás le permitirá sensibilizarse ante los pobres y reconocer su dignidad como portadora del amor de Dios hacia él. El test para conocer su actitud ante los demás, sobre todo ante los que no cuentan, son los leprosos. Mientras había utilizado a los demás en función de su propio goce y provecho, los leprosos le resultaban insoportables y había que ignorarlos. Pero al cambiar de actitud y respetar el propio ser de los demás, los leprosos se convirtieron en el sacramento de la humanidad dolorida y visitada por el amor sanante de Jesús. Aceptando a los leprosos se aceptaba a sí mismo reconociéndose necesitado de la presencia de los demás como seres valiosos y enriquecedores de su propia persona.

El símbolo de los leprosos como fermento de su cambio o conversión ilumina el proceso de apertura y sensibilización hacia los valores que configuran su entorno. La llamada del Señor a través de los leprosos le despierta a una visión nueva de sí mismo y de cuanto le rodea. Descubrir que la persona, en cuanto imagen de Dios, es fruto del diálogo y está llamada a realizarse desde la comunicación y el encuentro, fue para él la revelación de su vocación y destino. En adelante no cesará de intentar el diálogo consigo mismo y con los demás, hasta extenderlo a la misma naturaleza y, sobre todo, hasta Dios, el eterno diálogo y dialogante, que comparte su ser comunidad llamando a una existencia compartida a todos los seres que forman la naturaleza.

El «Quién eres Tú... y quién soy yo» del que hablábamos antes, nos puede dar una idea sobre la relación, o el diálogo, de Francisco y su Señor. Aunque vengamos del diálogo y, por naturaleza, maduremos a fuerza de diálogo, la cosa no nos sale tan espontánea. Esa oscura tendencia a dominar cuanto nos rodea, nos impide abrirnos y ofrecer nuestro ser, tal como es, para recibir al otro que se nos entrega, también, desde sí mismo.

La cosa se complica cuando el Dios que le está llamando es trasparente y dialógico en sí mismo. Es entonces cuando surge esa especie de abismo entre Dios y él que hace imposible cualquier encuentro si no fuera porque la llamada del Señor es eficaz y sanante.

4. EL HOMBRE HECHO A SU IMAGEN.
VIDA DE PENITENCIA DE FRANCISCO

En el encuentro o diálogo con Dios se le va revelando no sólo que Dios es diálogo, sino que toda la realidad goza del marchamo de esa cualidad divina. La vida y sus criaturas se le manifiestan como algo valioso y rebosante de sentido. Ahora comprende que su vida es una constante respuesta a la llamada que le hace el Señor, no sólo al llamarle a la existencia, sino también al animarlo continuamente para que camine hacia su plenitud. En este encuentro deslumbrante y gozoso Francisco sólo acierta a responder dando gracias por tanta maravilla.

El capítulo 23 de la Regla no bulada es una especie de manual para practicar correctamente el diálogo a todos los niveles, pues en él se nos dice que tanto Dios como sus criaturas son y viven del diálogo, y que, por tanto, toda la realidad es dialógica. La única respuesta cabal ante esta manifestación es el agradecimiento y la alabanza ante tal Señor que nos rodea de valores para que entremos en contacto con ellos y nos realicemos, a imagen de Dios, creando nuevos valores que nos permitan madurar como personas.

La experiencia de Francisco de que Dios es amor, y un amor en diálogo, le lleva a la conclusión de que su vida debía ser una respuesta a la llamada amorosa de Dios. Su existir comenzó cuando el Señor le nombró en voz alta: ¡Francisco!, y el corazón divino asintió: que exista. Desde entonces arrancó su historia como un ser creado para la felicidad. El compartir la vida con otras personas y criaturas de la naturaleza le daba a entender que, lo mismo que pasaba en Dios, se sentía realizado alternando con los demás; que había heredado de Dios el ser diálogo como Él.

Al principio Francisco no se conformó con ser igual que los otros y se cerró en banda, negándoles su dignidad y, por tanto, el que pudieran ofrecerle algo valioso. Él era más que nadie; por eso tenía que dominarlos y utilizarles, aunque fuera con violencia, como objetos que se aprovechan sin tener que pedirles permiso. Pero la euforia momentánea de sentirse dueño absoluto de su destino duró poco. La soledad y el sinsentido ensombrecieron su existencia; así no se podía vivir.

Pero el Señor se apiadó de él recordándole que sus raíces no se hundían en un monólogo cerrado, sino en el diálogo abierto de la fecundidad divina; y que, por tanto, era inútil pretender ser en contra de la propia naturaleza.

Y el Señor le fue mostrando la dicha de sentirse, de nuevo, en relación con las personas de su entorno, y con los animales, y las plantas, y todos los demás seres que forman la creación. Es decir, le devolvió el gozo de sentirse parte de esa gran familia formada por todo cuanto existe.

Ese esfuerzo por retornar al lugar donde fue plantado es lo que Francisco llama «hacer penitencia». La conversión, por tanto, se traduce en un caminar sin tregua por la senda del diálogo; en reconocer que, sin relación con los demás, no puede realizarse como persona.

La vida de penitencia es, primordialmente, un percibir que estamos remitidos a Dios y que, en su encuentro, Dios nos remite a los demás hombres. Permanecer en esta actitud de relación, dada nuestra fragilidad, no es sencillo; de ahí que Francisco, por una parte, adopte ciertas precauciones con el fin de no ahogarse en su encierro (1 R 22,25-26) y, por otra, refuerce los mecanismos que le facilitan el diálogo; sobre todo la ayuda de Dios.

Francisco sabe que es un hombre, además de frágil, contradictorio; por lo tanto tiene que aceptar con paciencia ciertas reacciones que no quisiera tener. En el Testamento, cuando habla de la obediencia a los Guardianes y del rezo del Oficio (Test 30-33), se nos muestra tremendo al amenazar a los trasgresores con penas inquisitoriales. Y en la Carta a toda la Orden todavía aparece más duro al no reconocerlos como hermanos, ni quererles ver ni hablarles mientras no hagan penitencia (CtaO 44).

Todo esto contrasta con la actitud en que aparece en la Carta a un Ministro, donde le exige, como signo de amor a Dios y a la persona del Santo, este modo de comportarse: «Que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos» (CtaM 9-11).

Francisco sabe que el diálogo es un don; por ello ni lo exige ni se jacta de poseerlo; simplemente lo pide incesantemente al Señor y trata de cultivarlo como mejor puede.

5. "EL SEÑOR ME DIO HERMANOS"
LA FRATERNIDAD

Si el encuentro con Dios le permitió a Francisco no sólo sentirse llamado a la vida sino a una vida de Evangelio, la nueva sensibilidad por detectar los valores de su entorno le llevó a descubrir que otros hermanos y hermanas habían recibido también la misma llamada y que, por lo tanto, necesitaban responder de una forma conjunta desde la Fraternidad.

Este nudo de relaciones y encuentros que es la Fraternidad es el que permitió a Francisco progresar en la conversión y en el diálogo, ya que era la forma concreta de materializar lo que el Señor le había desvelado: que Dios es diálogo y que todo cuanto ama y crea, por ser imagen suya, es también diálogo. Si Dios se anticipa siempre al llamarnos, nuestra vida no puede responder más que realizando ese diálogo fraterno que nos humaniza y define.

Para Francisco, la Fraternidad fue una especie de escuela para aprender a dialogar. Por estar formada por hermanos distintos y hasta dispares, las relaciones, y por tanto el diálogo, tenían que progresar pasando de aceptables a fraternas, y de éstas a amistosas.

Aceptar al hermano es la primera condición para hacer posible el encuentro, ya que no cabría hacer juntos un camino que, en su origen, aparece ya cegado. Pero, aun manteniendo esta disposición inicial de acogida, hay que dar un paso más recibiéndolo como hermano. Esto supone no sólo un amor más entregado, sino una mayor confianza para comunicarse desde la intimidad y que el diálogo adquiera un nivel más profundo. Pero todavía queda otro paso más, y es el de la amistad. Ser amigos es más que ser hermanos, pues la hermandad nos ha sido dada y regalada, y la amistad es una elección que requiere dedicación y trabajo.

La amistad, sin embargo, no va en contra de la Fraternidad, pues el ideal es ser amigos de nuestros hermanos; pero la realidad siempre suele ser más terca, y ya que no podemos llegar a ser amigos de todos nuestros hermanos, al menos lo podemos intentar con los más cercanos, es decir, con quienes convivimos.

En Francisco existe este tipo de progresión respecto a los hermanos. Aunque trata de amar y comunicarse con todos, hay un núcleo más reducido -por ejemplo, los famosos Tres Compañeros, León, Rufino y Ángel- con el que su diálogo resulta más fluido y más íntimo. La amistad es una intimidad que se abre a otra intimidad; o como decía San Agustín: «Amigo es el que sabe todo de mí y me quiere». Sin embargo la amistad se diferencia de la camaradería en que busca solamente lo más íntimo del otro, respetando su realidad y apoyándolo con el amor.

La Fraternidad, por ser el lugar donde Dios convoca para vivir el Evangelio, es un ámbito dialógico. En ella se encuentran los hermanos para trenzar con sus vidas la respuesta que el Señor espera. Trabajar, por tanto, en la trama fraterna es un modo de realizar no sólo la vocación comunitaria de la Fraternidad, sino también la vocación personal como respuesta a esa voz que nos llama y constituye.

Francisco percibe que la Fraternidad necesita del diálogo para cristalizar las relaciones de los hermanos. Pero, incluso las mismas estructuras, deben asentarse sobre esta actitud abierta y comunicativa. En primer lugar, la autoridad no se concibe como poder sino como servicio; por lo tanto, la obediencia, más que un gesto de inmolación personal, es la voluntad de integrarse en el ámbito servicial de la Fraternidad mediante el diálogo. El diálogo, pues, constituye la dinámica de la Fraternidad; con él se va tejiendo esa comunión que, apoyada por el discernimiento, se convierte en respuesta a la voluntad del Señor.

Francisco, como laico de su tiempo que participaba de la ideología civil de la fraternidad como la mejor forma de organización social, concibe su Fraternidad evangélica como asamblearia. Los Capítulos son una muestra de ese organizarse a partir del diálogo (cf. TC 57). A través de él, además de tomar conciencia de Fraternidad, tratan los hermanos de resolver los problemas que van surgiendo. El diálogo, una vez más, se convierte en un modo de ser y hacer Fraternidad que nos libera de nuestro egoísmo para abrirnos de forma confiada a las aportaciones valiosas que nos hacen los demás.

6. CLARA Y SUS HERMANAS

Las amistades de Francisco no se reducen a este núcleo estrecho de hermanos. Tenemos a Clara y sus hermanas, con las que Francisco mantiene una relación especial, pero que, condicionada por las circunstancias, adquiere una forma oficialista y fría; podríamos decir que contradictoria. Si de los pocos escritos que nos quedan de Francisco no se deduce esa relación entrañable con Clara, de los escritos de ésta tampoco se puede sacar esa historia de amistad que se supone entre los dos santos. Principalmente porque la finalidad de estos escritos no es la expresión de su afectividad, sino la comunicación de pareceres sobre la marcha de su proyecto evangélico; y esto es lo suficientemente objetivo para que resulte imposible de adivinar lo que latía por debajo de ese acompañamiento vocacional.

Además, en cuanto a los escritos de Clara hay que tener en cuenta que están redactados muchos años después de morir Francisco, con la distorsión que supone para el recuerdo la rápida elevación del Santo al nimbo hagiográfico y la progresiva traslación de lo humano a lo maravilloso como consecuencia del culto. Lo cierto es que no describen unas relaciones horizontales, de igual a igual, sino paterno-filiales. Se podrá aducir que en la realidad no fue así, pero los testimonios que tenemos avalan esta relación vertical.

No obstante, la amistad entre Francisco y Clara existió, aunque no aparezca de forma rotunda en sus escritos. Una amistad que nada tiene que ver con los guiones de las películas que se han hecho sobre Francisco, ya que puede haber una amistad auténtica entre un hombre y una mujer sin necesidad de que intervenga lo erótico. Pues bien, la de Clara y Francisco parece que fue así.

El diálogo o relación con Clara cumple aquí con todos los requisitos para que se produzca un encuentro fecundo. Clara se abre a Francisco desde el respeto; no sólo acepta su persona, sino todo lo que Dios hace y dice en él; es decir, que le acepta sin condiciones y sin quitar nada de lo que Dios quiere hacerle y decirle a través de él.

En cuanto a Francisco, compromete toda su persona en ayudarla a encontrar su vocación y a permanecer fiel en ella, sabiendo que no se trata de configurarla a su manera, sino respetando la acción del Espíritu que trabaja en su consolidación vocacional. Mutuamente se reconocen como un regalo del Señor en el que se hace presente para clarificar y fortalecer el proyecto evangélico que ambos han emprendido.

Clara, con su Forma de Vida, expresa femeninamente y desde una vida contemplativa lo que el Espíritu quiso decir y mostrar en Francisco, pero de un modo propio.

La fecundidad de un diálogo que llega a la amistad se expresa en esta forma complementaria de vivir el mismo carisma, fecundidad avalada por una tradición de 8 siglos en que tanto los Hermanos Menores como las Hermanas Pobres han sabido continuar esta relación tratando de vivir el mismo carisma evangélico desde dos vertientes complementarias.

Sin embargo, la relación entre Francisco y Clara presenta un interrogante: ¿se fue enfriando progresivamente o fueron las circunstancias las que aconsejaron mantener esa amistad desde la distancia? Es significativo el cambio en las relaciones no sólo de Francisco y de Clara, sino de los Hermanos Menores y las Hermanas Pobres. Las Florecillas, en su capítulo 15, nos hablan de una relación espontánea y sencilla que, con el tiempo, se va distanciando hasta llegar al famoso mimo del círculo de ceniza (2 Cel 207), actitud que se refleja de una forma legal en la Regla (2 R 11) y cuya justificación pone Celano en boca de Francisco: «No creas que no las amo de veras. Pues si fuera culpa cultivarlas en Cristo, ¿no hubiera sido culpa mayor el haberlas unido a Cristo? (...) Pero os doy ejemplo para que vosotros hagáis también como yo hago. No quiero que alguno se ofrezca espontáneamente a visitarlas, sino que dispongo que se destinen al servicio de ellas a quienes no lo quieren y se resisten en gran manera: tan sólo varones espirituales, recomendables por una vida virtuosa de años» (2 Cel 205).

Pero no termina con esto la serie de relatos conducentes a mostrarnos la postura del Santo con relación a las Clarisas. El gesto simbólico del canto del Miserere en medio de la ceniza es una invitación a las monjas para que acepten esta situación como parte de su seguimiento en pobreza del Jesús de su Proyecto evangélico (2 Cel 207).

El diálogo de Francisco con Clara y sus hermanas, a pesar de estas nubes que empañaron el encuentro, indica la tenacidad del Santo por llevar adelante un modo de relacionarse que resultaba gratificante y fecundo, pero que chocaba con la incomprensión de muchos que podían sospechar que no se llevara con la limpieza y la trasparencia de dos amigos que se aman y se respetan. Francisco no trata de cortarlo, pero a cambio de mantenerlo tiene que pagar el peaje de la espontaneidad y la cercanía continuándolo desde la distancia.

7. LOS SEGLARES. LOS HOMBRES,
DE TODA CLASE Y CONDICIÓN

Las relaciones de Francisco desbordaban también la Fraternidad de Clara y sus hermanas, llegando hasta los seglares. Era un modo de comunicar la convicción de la importancia del diálogo. Si el comienzo de éste por parte del Señor le había descubierto un mundo de valores que ignoraba, ahora se sentía obligado a compartirlo no sólo con su Fraternidad sino con todos los demás hombres.

Las noticias que tenemos de las relaciones de Francisco con los seglares nos vienen filtradas por sus biógrafos, lo cual no deja de ser un inconveniente por cuanto los relatos responden a una intencionalidad determinada. En ellos las relaciones más fuertes se establecen con personajes de la nobleza -ya hemos mencionado a Jacoba, aunque también están el conde Orlando de Chiusi, que le regaló el monte Alverna, y otros-, pero nunca se dan con gente humilde y pobre; a estos se les ofrece solidaridad y ayuda, pero no amistad.

Un ejemplo de ello es el Tratado de los milagros de Tomás de Celano. En él aparece con claridad el tipo de relación existente entre Francisco y la gran masa de gente humilde y pobre. La confianza con el Santo viene reflejada por la exposición de necesidades que buscan remedio. Se sale al encuentro de Francisco desde la propia menesterosidad, seguros de que encontrarán una respuesta adecuada a sus carencias; mientras que la actitud de Francisco se manifiesta en el empeño y la ternura por satisfacer sus peticiones, que no son más que el signo de un deseo más amplio de felicidad y dicha.

Sin embargo, están los grupos de «penitentes» que se acercan a su círculo de influencia, la Fraternidad, y con los que sí debió mantener una relación especial. De extracción y formación laical él mismo, ha permanecido laico en muchas formas de sentir y de expresarse, por lo que Francisco orienta su misión evangelizadora prioritariamente, aunque no de forma exclusiva, hacia los laicos.

La primera experiencia evangélica de la Fraternidad se reconoce como una experiencia de «Penitentes», lo cual indica la afinidad con otros grupos de laicos que habían tomado la Penitencia como forma para vivir el Evangelio. La predicación de la penitencia a las masas populares hacía surgir vocaciones que, aún viviendo en sus casas, se mantenían en relación con Francisco y su Fraternidad. La relación que Francisco pudo mantener con ellos tal vez no supere la de algún encuentro esporádico para predicarles y animarles en su Proyecto, pero indica que existía cierta inquietud por comunicar lo que para él era fundamental: el convencimiento de que Dios nos ama.

Esta preocupación por salir al encuentro de los laicos que buscaban en él una respuesta a su situación dentro de la sociedad y de la Iglesia, denota su voluntad de diálogo con todo tipo de personas, convencido no sólo de que podía ser una ayuda para los demás, sino que ellos también le enriquecían con sus aportaciones.

Cuando, debido a sus enfermedades, ya no los podía visitar para alentarles en su Proyecto evangélico, lo hizo a través de un escrito: la Carta a los Fieles. Con esto no vayamos a pensar que la comunicación se daba en una sola dirección. Francisco nunca se consideró un «maestro» de nadie ni de nada; simplemente trató de comunicar a los demás lo que a él le parecía importante, tratando de recibir de los interlocutores el mensaje que el Señor le enviaba por medio de ellos.

La Carta a las Autoridades de los pueblos, por ejemplo, hace suponer que durante el tiempo en que las fuerzas le acompañaban y podía hacerlo directamente, se encontraba con ellas para ayudarles en su tarea de ejercer la autoridad desde la responsabilidad cristiana. Es curioso que el diálogo de Francisco siempre transite por caminos profundos. Su vocación de comunicar a los demás lo que Dios ha hecho en su vida parece que le obliga a no perder el tiempo en lo superficial. La presencia de Dios y su actuación en él y en los demás hombres le lleva a relacionarse con todos, pero siempre desde el fondo de lo humano, que es donde se encuentra Dios.

Podríamos pensar que su relación con los laicos se limitó exclusivamente a ciertas «élites» sociales o religiosas. Ya vimos, sobre todo en el Tratado de los Milagros, cómo las gentes sencillas trataban de encontrarse con él para pedirle que remediara sus necesidades. Pero había otro estrato social, el de los marginados y empobrecidos, que no contaba en la marcha ordinaria de la ciudad. Los biógrafos hablan de ellos por ser los receptores de las limosnas de sus conciudadanos. Pero ¿trató Francisco de comunicarse con ellos de una forma personal?

Su experiencia durante el período de conversión parece que le caló bastante para intentar llegar hasta ellos y poderles comunicar lo que para él era lo más importante, igual que lo hacía con las demás clases sociales. Además de los innumerables gestos de solidaridad al compartir con ellos su pobreza, cosa que traen los biógrafos, está la recomendación del propio Francisco en esa dirección: «Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos» (1 R 9,2).

Pero todavía hay más. La bella historia que nos traen las Florecillas sobre los ladrones de Montecasale (Flor 26) es un ejemplo de relación sincera, donde lo que se busca de verdad es el hombre, y lo que se consigue es la rehabilitación de estas personas al descubrirles su verdadera identidad.

La pronta organización de la Fraternidad y su posterior conversión en Orden hacían difícil, si no imposible, el mantener esta actitud dialogante con los pobres. Pero al menos está la voluntad de no cerrarse ante ellos y de seguir creyendo que en los pobres se les manifestaba Cristo.

8. EL DIÁLOGO CON LA NATURALEZA

A Francisco se le conoce por su amor y respeto a la naturaleza hasta el punto de ser actual como prototipo ecológico. Sin embargo hay que tener en cuenta que su visión de la naturaleza, como hombre medieval, era muy distinta de la nuestra. Por una parte, el mundo era considerado en el Medioevo como un todo cerrado, inmutable, perfectamente ordenado, que tenía al hombre como centro. Mientras que, por otra, por su condición religiosa, se veía en Dios el fundamento de toda la creación.

Llamado a colaborar con su Creador, el hombre es vicario e imagen suya en el gobierno del mundo. Pero Dios ha creado el mundo como «cosmos», esto es, como un orden que posee su propia integridad. En cuanto tal, el mundo es una revelación de Dios. Por ello, cuando Dios coloca al hombre «en el paraíso», lo hace para que «lo cultive y guarde».

Asociado a la obra misma de la creación y conservación de la realidad creada, el hombre con su trabajo está de algún modo reproduciendo el hacer divino de los orígenes. Por tanto no debe olvidar que el dueño absoluto de la naturaleza es Dios, a quien representa aquí en la administración de la tierra. En el dominio de la misma debe observar la racionalidad que deriva del orden creado por Dios. El hombre carece de legitimación para ejercer una soberanía despótica y arbitraria según sus intereses egoístas de cada momento. Se le encarga el «cuidado» y «el cultivo» de la tierra, no su despojamiento. Por ello, cuando el hombre abusa de su condición de intérprete de los designios divinos para con el mundo, termina por envilecer su existencia, cediendo a la tentación de «creerse como Dios».

Por debajo de las numerosas descripciones que los biógrafos hacen de las relaciones fraternas de Francisco con la naturaleza, hay un poso de realismo que parece evidenciar su afecto no sólo a los humanos sino a las restantes criaturas. Esta relación de hermandad no proviene de su visión poética, ni de lo que hoy llamaríamos «sensibilidad ecológica». Su percepción es teológica, puesto que el lazo fraternal que nos une con los restantes seres no es la simple naturaleza biológica, sino el tener un mismo Creador (cf. 1 R 23,1).

Por considerarlas como criaturas hermanas, no dispone de ellas como dueño y señor, sino que vive con ellas aprovechándose de su trasparencia para sentirse religado con su Creador, pero respetando siempre su propia autonomía. El que Dios haya puesto al hombre en medio de la creación, no le da derecho a dominarla de forma despótica; el ocupar ese lugar privilegiado lleva consigo la responsabilidad de humanizar la creación usando, pero no abusando, de las cosas.

La relación de Francisco con las criaturas adquiere matices concretos que evidencian su realismo. No se trata de representar nada, sino de poner de manifiesto el valor y la identidad de cada una de ellas, capaz de convertirse en sujeto con el que es posible entablar un diálogo. La célebre «predicación a los pájaros» que nos cuenta Celano (1 Cel 58) indica el universo en el que se movía Francisco. Habiéndose descubierto como «hombre de diálogo», por ser imagen de Dios, descubre también que las restantes criaturas, por haber salido de las mismas manos, son igualmente sujetos dignos de respeto y capaces no sólo de dialogar con el hombre, sino incluso de hacerlo con el mismo Dios por medio de la alabanza.

Francisco les recuerda la llamada amorosa de Dios que las convocó a ser, y las cualidades con las que revistió y reviste su existencia, invitándolas a que respondan con agradecida alabanza. La interpretación que hace de las muestras de agradecimiento de los pájaros indica que Francisco estaba convencido de la capacidad de interrelación de todas las criaturas consigo mismas y con su Creador. Más allá de la armonía biológica que relaciona toda la naturaleza, el Santo descubre la presencia del Creador que las abraza dentro de su inmenso seno comunicándoles ese talante relacional que imprime el ser hermanas.

El relato del lobo de Gubbio, más allá de si se trata de un hecho real o de una simple parábola (Flor 21), refleja esta misma actitud de Francisco respecto a los animales. El encastillamiento en uno mismo produce siempre violencia. En el caso del lobo está casi justificada porque necesitaba comer. En el de los vecinos de Gubbio no tanto al no preocuparse por las necesidades del lobo. En los dos casos hay falta de diálogo para solucionar sus problemas.

Francisco intuye las dificultades de la relación y ofrece soluciones. Hablando se entiende la gente... y los lobos. Francisco, otra vez, hace de «puente» entre dos posiciones irreconciliables; y es que confía en el diálogo no como un talismán, sino como un medio, si se ponen las condiciones necesarias, de llegar a un entendimiento en que las dos partes queden satisfechas.

Estos dos ejemplos de la naturalidad con que Francisco se relacionaba con la naturaleza tienen su motivación en el modo de entender el Santo la función de estas criaturas dentro del cosmos creado por Dios. Para Francisco, las criaturas son las mensajeras que nos desvelan y comunican no sólo las bondades del Creador sino también su proyecto sobre nosotros. A través de ellas Dios nos habla y se nos comunica para que a través de nuestra respuesta vayamos madurando como personas.

Glosando esta visión del santo, el papa Juan Pablo II comenta que «el mundo, las cosas, son también una palabra, un mensaje enviado a los hombres. Y a este mensaje debemos responder. Su existencia es un diálogo no sólo con sus semejantes, sino también con su mundo, cuyo lenguaje nos parece unas veces gozoso y otras incluso oscuro y ambiguo. Quien conserva todavía el don de creer que el mundo se debe al Verbo creador de Dios y que en él está el Verbo de Dios dirigiéndose a los hombres, es conducido por su sentido de responsabilidad ante el mundo a un diálogo con Dios».

Sin haber estudiado los procesos de la naturaleza, Francisco capta a través de la vida espiritual que todo viviente debe ser respetado, favorecido y amado. Aunque el hombre puede usar de las demás criaturas, no lo puede hacer en contra del propio bien y el de sus vecinos, lo cual significa que no pueden usarse en contra de la voluntad de Dios expresada en su naturaleza.

Este respeto por las criaturas, gracias a lo cual puede hablar con ellas, lleva a Francisco a un uso solidario de los medios que la naturaleza nos ofrece. El desarrollo sostenido, del que tanto se habla hoy, es el que motiva a Francisco para llevar una vida austera, donde el goce no se relaciona con el dominio de las criaturas, sino con la capacidad de entrar en relación con ellas mediante un diálogo en el que se nos ofrecen enriqueciéndonos con su entrega. La austeridad luminosa y alegre que acompaña su vida, crea el ambiente propicio para que se dé el encuentro con toda la creación dentro de la armonía querida por el Creador.

9. EL DIÁLOGO DIFÍCIL: LA IGLESIA

Una faceta importante del diálogo en Francisco se desarrolló en su relación con la Iglesia. Aunque los estudiosos la han difractado en dos posiciones extremas -el Francisco rebelde y el Francisco sumiso-, la verdad es que su obediencia reverencial a la Iglesia como institución y su rebeldía ante una vivencia del Evangelio eclesialmente descolorida e incoherente no eran antagónicas. Estos dos niveles en la forma de experimentar la Iglesia fueron vividos por él dentro de una gran tensión, pero, al mismo tiempo, con equilibrio.

La Iglesia había sido para el Santo como un gran seno materno que le había dado la vida y en cuyo regazo se sentía seguro, porque seguía percibiendo de una forma personal el amor de Dios y la posibilidad de comunicarlo a los demás. En ella había recibido la fe, los sacramentos y las costumbres cristianas casi de una forma inconsciente, pero que ahora formaban ese clima familiar fuera del cual le sería imposible entenderse a sí mismo y a todo lo que le rodeaba. Su ser y su existir estaban transidos por ese soplo misterioso de la Iglesia que se espesa, hasta hacerse institución, pero que, al mismo tiempo, la trasciende de forma inasible despertando la añoranza del Evangelio para seguir a Jesús en su camino hacia el Padre.

Además, la Iglesia en Asís había sido fundamental para que el pueblo llegase a sentir conciencia de su identidad comunitaria cultural y religiosa; había sido la Iglesia la que había hecho aflorar las relaciones interpersonales y la aparición del nosotros como una necesidad grupal. La identificación de los orígenes como pueblo y como comunidad de fe alrededor de sus obispos le da a Francisco una visión de la Iglesia donde lo institucional, por problemático y doloroso que a veces le resulte, no es impedimento para llevar a la práctica su decisión evangélica de seguir a Jesús en pobreza y humildad. La iglesia, incluso como estructura, era algo que formaba parte de sus orígenes y que no podía ver como una realidad extraña que no fuera con él.

Sin embargo, y al mismo tiempo, la Iglesia le desbordaba. El inmenso aparato que había conseguido guiada por el papa Inocencio III se le escapaba no sólo de las manos sino de la cabeza. Pero en el fondo de tanto poder había descubierto al Jesús pobre que le invitaba a su seguimiento. Por eso de Francisco podríamos decir que fue un contestatario desde la sumisión, tomando una actitud que, al situarse al margen de la riqueza y el poder, se convertía en una protesta existencial contra las estructuras antievangélicas que conformaban la Iglesia.

Para Francisco, como buen medieval, la Iglesia era, sobre todo, la jerarquía, los sacerdotes; de ahí que tratara de mantener una relación cortés con todos ellos. Los motivos que aduce en el Testamento (Test 6-10) son convincentes: sólo ellos hacen posible la presencia sacramental de Jesús muerto y resucitado. Esto bastaba para que les tuviera un respeto reverencial y no se le ocurriera nunca enfrentarse con ellos. El trato exquisito que siempre mantuvo con los sacerdotes, también puede extenderse a los obispos y, sobre todo, a la Curia romana.

Las relaciones de Francisco con la Iglesia romana tuvieron un progresivo fortalecimiento a medida que la Fraternidad fue incorporándose al entramado general de la reforma de la vida religiosa que el Papa estaba llevando a cabo. La actitud de Francisco ante la Curia está condicionada por la necesidad de relacionarse con ella, debido a su condición de animador y cabeza del grupo franciscano. La aprobación del Proyecto de vida abría de una forma más realista la comunicación entre el Francisco fiel a la Iglesia y el Papa y los Cardenales que la dirigían.

Las relaciones con el Papa, por motivos obvios, no pudieron ser de gran calado, pero con algunos Cardenales -Juan de San Pablo y, sobre todo, Hugolino- sí que entabló una amistad profunda que le permitió abrir su intimidad y enriquecerse acogiendo la que ellos le ofrecían.

La amistad con Hugolino se fraguó a partir de la ayuda burocrática que le prestó el cardenal para organizar la naciente Fraternidad. Pero además de estas relaciones burocráticas -y tal vez a pesar de ellas y de sus temperamentos tan opuestos-, existía una profunda amistad que les permitió enriquecerse mutuamente sin tener por ello que renunciar a sus convicciones más profundas, y aunque tuvieran que ceder en muchas de sus apreciaciones.

Francisco veía en Hugolino al hombre capaz de ayudarle a cristalizar en la Iglesia, aunque de manera un tanto dolorosa, la forma de vida evangélica que el Señor le había inspirado. Hugolino, sin embargo, admiraba en Francisco al santo capaz de encarnar en su vida el Evangelio que la curia pretendía proteger con su ordenación jurídica. Uno y otro pretendían favorecer la vivencia del Evangelio en la Iglesia, y ambos tuvieron que ceder en sus respectivos puntos de vista para que la Fraternidad pudiera seguir viviendo referida al Evangelio y dentro del seno eclesial.

Francisco, como hombre de Iglesia, mantuvo siempre una buena relación con toda la jerarquía. Si aceptó con normalidad la democratización del poder civil, integrándola en la Fraternidad, nunca desacralizó el poder de la Iglesia; de ahí que aceptara, sin crítica de ningún tipo, la autoridad de la jerarquía como algo natural e incuestionable. Por eso mantuvo siempre, aunque le costara lágrimas, ese diálogo difícil con la jerarquía, reportándole la satisfacción de poder vivir dentro de la Iglesia el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que otros grupos intentaron pero no pudieron conseguir.

10. EL DIÁLOGO COMO EVANGELIZACIÓN.
FRANCISCO Y LOS INFIELES

El encuentro de Francisco con los sarracenos es una historia rodeada de ambigüedad, hasta el punto de producir una leyenda: Francisco intuye con originalidad el nuevo estilo de relaciones que en aquel momento convenía establecer entre dos religiones cuya intransigencia recíproca hacía imposible todo diálogo, hasta el punto de estar enzarzadas en una larga guerra: las Cruzadas.

La realidad de esta leyenda es interpretada por los cronistas extraños a la Orden como una presencia irresistible de Francisco, defensor apologético de la fe, que, tras fascinar al Sultán y vencer doctrinalmente a sus teólogos, se ve incapaz de convertirlos a causa de su cerrazón. Sin embargo, los testimonios internos de la Orden ven la presencia de Francisco entre infieles dentro de ese deseo progresivo de martirio que enmarca toda su vida, pero que la realidad le desmiente.

Esta situación viene planteada por la existencia de la Cristiandad. La coincidencia entre el dominio político de un territorio y la imposición a sus gentes de la religión cristiana hacían de la Cristiandad una sociedad extraña, denominada Iglesia, cuyos contornos estaban ocupados por los impropiamente llamados infieles, es decir, por los que no estaban dispuestos a dejar su fe para convertirse al cristianismo. La relación fiel-infiel estaba clara. La misión de la Iglesia era, por tanto, tratar de seguir el mandato de Cristo conquistando a dichos infieles hasta que la Cristiandad se extendiera por todo el mundo.

El principio en sí no era descabellado. Al fin y al cabo no hacían más que continuar el afán proselitista de la Iglesia primitiva. Lo que ya no cuadraba tanto con el talante evangélico era el modo de llevarlo a cabo. La conquista arrolladora de los musulmanes con la guerra santa había provocado en los cristianos una respuesta belicista: las Cruzadas.

La actitud de Inocencio III frente al mundo musulmán presenta dos niveles distintos. Por una parte, había intentado una serie de relaciones diplomáticas con algunos soberanos musulmanes; pero, por otra, era portador y representante del típico mito despreciativo hacia los musulmanes. En el Concilio IV de Letrán (1215) se debatió este problema, dando como fruto un decreto sobre la Expedición para recuperar Tierra Santa, en el que se concretan las normas para llevar a cabo la Cruzada en el año 1217.

La muerte imprevista de Inocencio III en 1216 dejó truncada su gran esperanza de reconquistar Tierra Santa. Honorio III recogerá el testigo continuando los preparativos para la Cruzada. Multitud de predicadores enaltecidos irán calentando las cabezas de las masas para que justifiquen y apoyen esta empresa bélica.

La devoción con la que Francisco solía secundar las iniciativas del Papa no aparece en esta ocasión. El proceso de conversión que había emprendido chocaba con esta imposición violenta de la fe. El Evangelio se propone, no se impone. De ahí que participe en este proyecto de convertir a los infieles, pero sin el matiz violento que las Cruzadas estaban aportando.

El encuentro de Francisco con los musulmanes y, sobre todo, con el Sultán de Egipto es un tanto rocambolesco, pero nos da la verdadera imagen del temperamento y talante de Francisco. En pleno asedio de Damieta, llega él con los nuevos cruzados y rechaza toda protección. Pasa a las filas enemigas y, sin conocer la lengua ni la cultura, se pone a predicar a Jesucristo desde la imagen despectiva de los sarracenos que los predicadores de la Cruzada le habían enseñado. El encuentro del Sultán lo deja desarmado; toda aquella imagen del «sultán de soberbia presencia», que diría Dante, se le viene abajo. Allí no hay más que un hombre culto e inquieto que se interesa por lo que le dice este pobre fraile desconocido.

El diálogo con los teólogos de la corte también le debió impactar. Aunque, como en todas partes, hubiera algún fundamentalista al que le chirriaran los oídos al escuchar lo que decía Francisco, la verdad es que sus oyentes podían relacionarlo con la corriente mística Sufí que había en el Islam. De hecho, a su regreso a Italia, algunas de estas ideas y costumbres las integrará en su Proyecto de vida.

Francisco no estaba capacitado para elaborar ningún estatuto que organizara esta faceta misional de los hermanos. Pero el capítulo 16 de la Regla no bulada manifiesta de una forma clara lo que él entiende por estar presente entre los infieles -las misiones- como una consecuencia práctica de haber optado por Jesús y su Evangelio.

La actitud fundamental de los hermanos misioneros es que, siendo conscientes del peligro que corren sus vidas, vivan de forma prudente y sencilla, valorando su cultura y la formulación de su fe. Por tanto no deben perder el tiempo en discusiones inútiles, sino tratar de servirles para mejor conocer la fe que profesan. Para que exista un diálogo serio y provechoso habrá que presentarse como lo que uno es, el seguidor de Jesús que ofrece a los demás lo más valioso de su vida: su fe en Dios.

Luego podrá venir la conversión y, por lo tanto, una adecuada catequesis que manifieste al interesado el modo de ver a Dios que tiene el cristianismo y el compromiso que ello implica. Sin embargo, esto que puede parecer primero y fundamental queda en un segundo plano, ya que lo principal para una presencia dialogante no es la conversión sino que el interlocutor profundice en su propia fe y se comprometa a ser coherente con ella. El diálogo que actualmente existe en los foros interreligiosos no es tanto para provocar la conversión a otra religión, cuanto un conocimiento respetuoso de cada una de ellas para promover espacios y actividades comunes que ayuden a ahondar a cada uno en su propia religión, y a manifestar el carácter pacificador y humanizante de lo religioso en general.

11. EL DIÁLOGO, CAMINO PARA LA PAZ

Siempre se ha contemplado a Francisco como un pregonero de la paz, como un símbolo a que recurrir para ofrecer un horizonte pacífico ante las violencias individuales y colectivas. Desde que el Señor le desveló que el ser de Dios era diálogo y que el acercamiento hasta nosotros no podía ser de otra forma más que respetando nuestra identidad, Francisco entendió las relaciones de las personas no desde la violencia sino desde una paz respetuosa.

El servicio al Reino, el servicio a la Palabra, no puede realizarse desde un ostracismo prepotente. Cuando Jesús envía a sus discípulos a que proclamen la Buena Noticia del Reino, lo hace recordándoles su condición de servidores que prestan su colaboración desde la mansedumbre y la humildad del que se siente llamado y enviado.

Inermes ante la violencia de los demás, anunciarán una paz que no consiste en el silencio de las armas, sino en el reconocimiento de la paternidad de Dios como fundamento de la fraternidad de los hombres.

Ya hemos dicho que la sociedad medieval era violenta, y Francisco nació y creció en ella. Pero, al mismo tiempo y, tal vez por ello, la paz constituía el fundamento de la vida civil. La función de los reyes era conservar la paz. Al desaparecer su poder, otros tomaron el relevo en el desempeño de esta función. Los príncipes tienen también el deber de conservar la paz en sus territorios, de ahí que los señores de los castillos tengan el poder para castigar a los que la ponen en peligro.

Los obispos y los abades tratarán también de mantener la paz cuando los responsables de fomentarla no cumplen con su misión. Por último, cuando las ciudades toman el poder, las instituciones de paz serán fundamentales para la convivencia. En todo este ambiente vivió Francisco; por eso es inconcebible que las propuestas de Francisco no tuvieran ninguna referencia a las instituciones y a las ideologías sobre la paz que había en su tiempo.

Desconocemos la importancia de estas instituciones e ideologías sobre la paz en la vida de Francisco. La cosa no es tan sencilla si reconocemos que la inspiración evangélica y la realidad social se mezclaban de una forma natural.

Francisco lee la bienaventuranza sobre la paz desde la cultura y situación de su tiempo. De ahí que la describa como una fuerza interior que no puede ser destruida por ningún desastre social ni personal. Cuando trata de pacificar al obispo y al podestá por medio de la estrofa del Cántico de las criaturas, les pide que encuentren las energías suficientes para superar los sufrimientos, el odio, etc.; en pocas palabras, les exhorta a permanecer en la paz. El Canto de Francisco estimula al obispo y al podestá a encontrar la actitud interior que les permita dominar los sentimientos puramente humanos. Los interesados consienten, y se obra el milagro de la paz.

Francisco ha conseguido, a través del diálogo, que estas dos posturas, al parecer irreconciliables, encuentren un punto común, floreciendo la paz. Seguramente fue el último gesto como pacificador; pero nadie duda que esta preocupación ocupó mucho tiempo el corazón de Francisco.

Los biógrafos nos describen esta labor ejercida por Francisco en un contexto social tenso, donde, además de ser pacificador, se requería, previamente, haberse pacificado (cf. TC 58). En forma alegórica habla Celano de la expulsión, en Arezzo, de los demonios de la discordia (2 Cel 108). Igualmente, en Perusa, alerta a los caballeros sobre una sedición popular, recordándoles la discordia (2 Cel 37). En Bolonia, según Tomás de Spalato, hizo un sermón sobre los ángeles, los hombres y los demonios; pero en realidad habló de la obligación de apaciguar los odios y de hacer un nuevo tratado de paz. Pero el hecho más llamativo fue, como hemos comentado anteriormente, la reconciliación del podestá de Asís y el obispo Guido, para quienes compuso la estrofa del Cántico de las criaturas referente al perdón (LP 84).

El saludo evangélico que dirige a la gente (1 R 14,2; 2 R 3,13; Test 23): «El Señor te dé la paz», «Paz a esta casa», es un deseo comprometedor de que la paz del Reino se haga realidad; una paz que viene coloreada por las ideologías sobre la paz que se tenían en la Italia medieval. Por eso, a su empeño en anunciarla le acompaña la voluntad de conseguirla.

El significado de estos saludos de paz viene sólo en los Tres Compañeros: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones. Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados» (TC 58).

El saludo de paz, como primera palabra dirigida a los demás, trata de abrir el corazón a la paz; es decir, a esa fuerza interior que se convierte en principio de renovación moral y social. Francisco, una vez más, apuesta por el diálogo, y no por la violencia, a la hora de solucionar los problemas, a la hora de encontrar la paz.

12. ¿QUEREMOS SER DIALOGANTES?

Posiblemente esta sea una pregunta impertinente, pero necesaria. Tampoco vamos a ponernos dramáticos pensando que esto del diálogo es «la purga de Benito», que produce efecto aun antes de tomarla, y que hasta ahora no se ha hecho nada.

Al proponer un tema como interesante, yo creo que no se hace como el hallazgo de algo infalible que va a resolver los problemas de una vez para siempre. Porque diálogo, de mejor o peor calidad, siempre lo ha habido; y problemas de comunicación, por muy en serio que tomemos esto, los va a seguir habiendo. Por tanto, se trata siempre de mejorar, en ese proceso dinámico que es nuestra vida en conversión, esa actitud de diálogo o de comunicación que es tan necesaria en nuestra convivencia fraterna.

Este es el espacio en el que debemos colocar el intentar ser más dialogantes y, también, la búsqueda de soluciones para mejorar nuestra calidad de vida evangélico-franciscana. Por eso están fuera de lugar tanto los escritos que hablen del diálogo de una forma académica y vaporosa, como el intento de responder, por parte nuestra, con soluciones grandiosas, pero a largo plazo, que, en definitiva, resultan estériles.

Se trata, en fin, de responder, desde la ilusión que aporta la juventud, a este aspecto importante de nuestra vida en Fraternidad como es el diálogo o la comunicación. Aunque ya pasaron para mí aquellos años mozos en que llegamos a creer que la vida, y en concreto nuestra vida capuchina, podía cambiarse de un plumazo, sin embargo mantengo la confianza en que, con un trabajo constante y lúcido, se puede mejorar y percibir la mejora de una forma palpable.

El «Postmodernismo», entre sus muchas cosas cuestionables, creo que nos ha traído una que me parece interesante: el disfrutar del aquí y del ahora, aunque no de forma irresponsable y egoísta, sino como participantes en ese proceso creativo que es la vida y que, para nosotros, se concreta en el desarrollo de nuestro Proyecto Capuchino.

Hacer Fraternidad es hermoso y, además, debe ser gratificante. Trabajar ahora con el diálogo para mejorar la calidad de nuestra comunicación y que la convivencia fraterna sea más transparente, lo tiene que ser también. El desfallecer y el «quemarse», la mayoría de veces, proviene de la pretensión de solucionar los problemas de forma rápida y absoluta, sin percatarse de que somos frágiles y caminamos muy lentamente. Lo importante para mí, más que ver solucionado el problema, es saber que se camina y se avanza en la dirección correcta. Si a esto se añade el hacerlo en grupo, es decir, desde la Fraternidad, es ya el colmo.

Por eso es de suma importancia, al menos para mí, el mantener fresco el Proyecto Capuchino de vida por el que hemos optado, y detenernos en cada momento que lo requiera para hablar, dialogar, sobre la calidad de alguno de sus aspectos. Ahora lo estamos haciendo sobre la comunicación o el diálogo; pero en otros momentos pueden surgir otros.

Soy del parecer que el diálogo es importante para el caminar de nuestra Fraternidad porque forma parte de su estructura y de su misión. La Asamblea de Superiores Generales nos dice en sus conclusiones que «están convencidos de que el diálogo es una condición indispensable para revitalizar hoy la vida religiosa. (...) Ya que tenemos una experiencia privilegiada de diálogo a través de la vida fraterna (VC 74), estamos invitados a abrirnos al diálogo con los demás y llamados a ser artífices de comunión y colaboración dentro de la Iglesia».

Aunque se refieren a la vida religiosa en general, creo que son iluminadoras para nuestra Fraternidad Capuchina. La necesidad de una constante conversión coloca al diálogo en una situación de privilegio, puesto que se requiere constantemente de él para que la Fraternidad evolucione y se consolide. La referencia a Francisco no sólo como un hombre dialogante, sino también convertido en diálogo, nos pone en el compromiso de asumir la comunicación como un elemento importante en nuestro Proyecto.

Y eso nos lleva a cultivar el diálogo como una característica de nuestra misión. Si algo se nos pide que signifiquemos es el ser una Fraternidad transparente y abierta que comprenda y acepte la realidad de su entorno, porque a través de esta realidad se le ofrece el modo de responder de forma actualizada a la llamada, siempre actual, que nos hace el Señor para que le sigamos.

Poder trabajar por eso que nos apasiona -ser una Fraternidad dialogante- es un motivo de satisfacción, pero también una tarea que nos compromete a sentirnos ilusionados, de una forma realista, por llevarla adelante como forma de servicio a los demás.

¿Queremos ser dialogantes?

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXXIII, n. 97 (2004) 101-126]

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