DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

«SOY IGNORANTE E IDIOTA» (CtaO 39).
EL GRADO DE FORMACIÓN ESCOLAR
DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

por Octaviano Schmucki, o.f.m.cap.

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Francisco, dada su formación, ¿era capaz de entrar en contacto con las corrientes religiosas de su tiempo y de tiempos anteriores? De niño, frecuentó la escuela primaria de San Jorge y, con la ayuda del salterio, aprendió a leer y a escribir y algunas cosas más. No superó un conocimiento elemental del latín, que leía y entendía, al menos en sustancia, y apenas lo hablaba y escribía. Aprendió algo de francés, que le sirvió para expresar experiencias religiosas profundas. Asimiló en grado sumo el estilo de vida caballeresco. Leyendo o escuchado y, sobre todo, meditando la Escritura, profundizó sin cesar sus conocimientos; su sabiduría bíblica fue más bien fruto de la oración y de la prontitud en ejecutar la Palabra. Francisco, al llamarse «idiota» e «ignorante», minusvalora su formación, ya que no fue analfabeto. Escoge tales palabras por rehuir el poder unido a la cultura y para estar con los que son despreciados a causa de su ignorancia, y mostrar su predilección al carácter no culto de su fraternidad. Francisco no fue un intelectual, su formación no superó un estadio rudimentario; pero sus lagunas fueron compensadas por un gran ingenio y por una intensa experiencia de vida. Culturalmente, estaba entre los «iletrados» o «simples» y los «letrados» o «sabios», así como, en su calidad de diácono constituía la cabeza de puente entre los hermanos laicos y los hermanos sacerdotes.

Ofrecemos aquí la traducción del trabajo del P. Schmucki, pero reduciendo considerablemente las citas y notas.

A quien intenta investigar alguna de las categorías religiosas de san Francisco, en relación con épocas precedentes al mismo, se le plantea más pronto o más tarde la siguiente cuestión: ¿Hasta qué punto tenía el Santo suficiente formación para leer y entender los escritos de otro autor? No falta ciertamente la opinión de quienes consideran al Poverello como un ángel bajado desde el cielo al mundo espiritual de los siglos XII y XIII, y quieren explicar su religiosidad desde el ángulo visual de una plena originalidad y como resultado de una acción divina inmediata sobre él.1 La inconsistencia de este proceder antihistórico es tan evidente que huelga extenderse en una controversia explícita.

Quien se propone clarificar el punto de arranque de cualquier forma de religiosidad de nuestro Santo a la luz del medio ambiente y de las épocas precedentes, tropieza necesariamente con el informe autobiográfico del Testamento: «Y éramos (san Francisco y los primeros hermanos) idiotas y súbditos de todos»; o con la autoconfesión de la Carta a toda la Orden: «...ni dije el Oficio según manda la Regla o por negligencia, o por mi enfermedad, o porque soy ignorante e idiota».2 Aunque debemos excluir el sentido de imbecilidad en alto grado que paulatina e inconscientemente ha ido asumiendo la palabra «idiota» en el uso lingüístico actual, no obstante, de ella -junto con otros testimonios que también hay que tener en cuenta- se desprende que Francisco se autoincluía en la categoría de los ignorantes, tal como eran entendidos en la concepción corriente de su época. Pero, entonces, ¿no era, por lo mismo, incapaz de entrar intelectualmente en contacto con las corrientes religiosas de su tiempo y, sobre todo, con las de los tiempos anteriores?

Por supuesto, no nos proponemos plantear aquí el polémico tema de la relación de Francisco con el estudio y la ciencia. Aquí nos interesa, sobre todo, mostrar si el fundador participó o fue capaz de participar en la cultura de su tiempo y en qué medida.

En la escuela primaria de San Jorge

1. En la Edad Media el analfabetismo estaba muy extendido, de manera que la primera pregunta que se nos plantea es si el hijo del comerciante Pietro di Bernardone fue alguna vez a la escuela. Por suerte, Tomás de Celano y san Buenaventura coinciden en referir que Francisco aprendió a leer en su niñez -es decir, como «infantulus» o «puerulus»- en la iglesia de San Jorge de Asís.3 Esta iglesia parroquial, que en aquel tiempo todavía estaba fuera del recinto amurallado, atendía primariamente al servicio espiritual de los creyentes que vivían diseminados por los alrededores de la ciudad, a la vez que a un sector de los habitantes de la misma. A esta iglesia, filial del Cabildo de San Rufino, estaban agregados -formando una unidad típica en la Edad Media- una colegiata, un hospital para pobres y una escuela parroquial. Al frente de la Colegiata de San Jorge, en la que vivían varios clérigos, estaba un prior que regía, al mismo tiempo que la iglesia, el hogar de los pobres (llamado de San Rufino in Trivio o también de San Jorge in Trivio). Sobre ambas fundaciones tenía derechos de Patronato el Cabildo de San Rufino.4

Puesto que Francisco recibió aquí su primera enseñanza, predicó además en esta iglesia su primer sermón y encontró también en ella su sepultura provisional, nos inclinamos a suponer, con L. Bracaloni, que la familia de Bernardone fue miembro de esta comunidad parroquial. Puesto que faltan documentos al respecto, resulta muy difícil formarse una idea exacta sobre la escuela parroquial de San Jorge. Algunos autores, apoyándose en las fuentes franciscanas ya citadas, ven en ella una fundación eclesiástica legalmente independiente de la parroquia y del hogar para los pobres; L. Bracaloni, por su parte, la considera, con mucha más razón, como escuela parroquial al servicio de la educación religiosa. Pues si la escuela hubiera gozado de autonomía jurídica como institución eclesiástica, tendrían que encontrarse algunas referencias entre los numerosos documentos relativos a San Jorge que se han conservado. La ausencia de estas referencias se explica fácilmente si suponemos que la enseñanza allí impartida dependía de la libre y buena voluntad de uno de los clérigos que allí habitaban. Éste es quien introdujo al mimado -y podemos imaginarnos sin dificultad- inquieto hijo del mercader, junto con otros chicos de la ciudad, en el arte de leer y escribir, en las cuatro reglas de cálculo y, especialmente, en la enseñanza de los fundamentos de la fe y de la vida cristiana, en dicha escuela.5

En cuanto al procedimiento y método del maestro en la «schola minor» de San Jorge, no podemos hacer más que conjeturas. Si vale aplicar a la escuela parroquial de San Jorge las costumbres normales de la enseñanza primaria que sabemos por otras fuentes coetáneas, Francisco recibió, en primer lugar, enseñanzas sobre la lengua latina. Los alumnos de la escuela primaria normalmente recorrían estos tres grados: aprender a leer y a escribir, fundamentos de gramática y profundización en la misma. Si tenemos en cuenta los conocimientos de latín que Francisco poseía, basándonos en los dos autógrafos del Santo, difícilmente nos equivocaremos al suponer que apenas sobrepasó en la escuela la primera etapa.

«El "libro de texto" del primer grado era la "lámina", una cartilla con las letras y algunos fragmentos de lectura latina, el Credo, el Padrenuestro, oraciones; la finalidad principal era aprender a leer el Salterio, el libro usual de oración entre las personas cultas de la Edad Media», como prueba con detalle Hilarino Felder.6 Precisamente, los admirables conocimientos del fundador sobre los Salmos, como resulta de los mosaicos de oración del Oficio de la Pasión, confeccionados de memoria, resultan fácilmente explicables si en San Jorge se usaba realmente el Salterio como principal libro de texto.7 Aunque R. Limmer ha empleado sobre todo fuentes alemanas en su investigación, sus datos acerca del método práctico de enseñanza son válidos también para la escuela parroquial de Asís. Según él, la lectura y la pronunciación de la lengua latina eran el objetivo primordial de la enseñanza primaria de la gramática, de forma que el maestro explicaba un poco los versos correspondientes y los apuntaba, mientras los alumnos los repetían fragmento por fragmento, y así los aprendían de memoria.8 Esta forma de enseñar y aprender se aviene sin dificultad a la cultura memorística cultivada con esmero desde el tiempo de los Santos Padres. Ya en la antigüedad cristiana se suponía, como la cosa más normal, que un monje había de saber de memoria el Salterio.

Sólo la designación de «puerulus» (LM 15,5) y de «infantulus» (1 Cel 23) empleada por las fuentes primitivas nos ofrece un punto de apoyo seguro respecto a los años en que Francisco cursó la enseñanza primaria en la escuela parroquial. Según un estudio de G. Abate sobre la cronología de la vida de san Buenaventura, la indeterminada designación biográfica de «puerulus» corresponde, más o menos, a la edad de 9 a 10 años.9 H. Felder expone que la mayoría de los alumnos que tenían de 14 a 16 años habían terminado ya la enseñanza primaria en sus tres etapas; R. Limmer, por su parte, advierte: «De los 7 a los 10 años, el alumno aprendía allí -en la "Schola minor" o escuela primaria- a leer, escribir y hablar latín, con la ayuda del Salterio. Además, había clase de canto y una primera introducción al cálculo».10 Si suponemos que el año 1181 (y no 1182) es con la mayor probabilidad el año del nacimiento de Francisco, su asistencia a la escuela parroquial de San Jorge se situaría entre 1190 y 1191.

Por cuanto podemos concluir, en base a los datos ocasionales de los biógrafos y a los Escritos del Santo menos influenciados por los secretarios, Francisco era capaz de leer escritos en latín, aunque no sin cierto esfuerzo por su parte.11 Sin embargo, del testimonio de los dos autógrafos del Santo, se deduce que debía resultarle muy difícil expresarse correctamente en dicha lengua.12 En virtud de su ciertamente incompleta formación escolar y de su inteligencia muy despierta, nuestro Santo podía leer los libros bíblicos y latinos escritos en el latín eclesiástico corriente de la época y entenderlos al menos en su sentido global. Además, es posible que pudiera ojear obras de autores eclesiásticos -siempre que no estuvieran escritas en un latín demasiado difícil de entender o en un lenguaje teológico especializado- y entenderlas con la ayuda de algún compañero instruido.

Esta limitación de conocimientos en el fundador de la Orden ha de enjuiciarse, naturalmente, a la luz de la situación cultural de su época. No hace falta probar aquí ampliamente que un laico (aparte laudables excepciones) era «iletrado» y raramente sabía leer y escribir.13 Igualmente, el clero joven dedicado al servicio pastoral, sobre todo en las zonas rurales, carecía de una verdadera formación teológica y pastoral. «Así, se ordenó y asignó una prebenda a muchos "cortos de ciencia" (modici in scientia)..., como "sacerdotes simples" o "iletrados", incapaces para la predicación y la cura de almas, sin suficientes conocimientos para sus funciones y lecturas, los cuales eran objeto de las burlas del pueblo, y sobre todo de los laicos formados».14 Por cierto, si la afirmación de R. Limmer corresponde en verdad a la situación histórica, la formación escolar dejaba mucho que desear en el siglo XIII, incluso en las órdenes antiguas.

Si el ser «litteratus», letrado, había sido considerado anteriormente siempre como objetivo ideal de la vida para los clérigos y laicos, en los movimientos de reforma religiosa surgidos en el período que va de Bernardo de Claraval a Francisco se iba operando, según H. Grundmann, un cambio de criterios de valor, paralelamente a las exigencias crecientes de formación para los «letrados» que aparecieron desde el siglo XII. Así, se discutía si los «letrados» eran realmente los mejores cristianos, o si, por el contrario, era más fácil la entrada en el cielo para los «iletrados». Por otra parte, los clérigos, en sus discusiones, echaban en cara a los herejes su presunción de querer entender y explicar la Escritura aun siendo «iletrados» e «idiotas». En su réplica, los cátaros citaron literalmente el texto de Hechos 4,13, en el que la elocuencia de los apóstoles, aunque eran «hombres sin letras e idiotas» («homines... sine litteris et idiotae»), suscitó la admiración del sanedrín en pleno. En la importancia decisiva que alcanzó la imitación de los apóstoles como móvil común en los movimientos evangélicos de renovación, anteriores a Francisco, se adivinan fácilmente los significados especiales, condicionados por la época, que resuenan en las significativas palabras «letrados» e «idiotas», aplicadas a las desigualdades de formación intelectual. Más adelante, en el apartado 6, hablaremos de otros significados adyacentes.

Su conocimiento del francés

2. Francisco tuvo, además, otra forma de integración en la cultura de su tiempo por su conocimiento del francés. Diversos relatos de las fuentes, de indiscutible valor histórico, afirman de manera concorde que él entendía y hablaba medianamente la lengua de las Galias. No carece de importancia para nuestro tema el hecho de que sea atestiguada su predilección por la lengua francesa desde antes de su conversión. Así, durante su peregrinación a Roma, Francisco, vestido con los andrajos prestados por un mendigo, pidió limosna en francés en el «paraíso», es decir, en la anteplaza de San Pedro.15 Tal como prueban una serie de otros testimonios biográficos, el uso de esta lengua extranjera coincide con experiencias espirituales especialmente profundas, particularmente en relación con la pobreza o la Pasión de Cristo (cf. 1 Cel 16; 2 Cel 13. 127; LM 2,5; TC 10. 23-24. 33; AP 15; EP 93).

Una pregunta se impone inevitablemente: ¿Dónde adquirió Francisco estos conocimientos lingüísticos durante su juventud? Por desgracia, carecemos de fuentes biográficas y de archivo al respecto, por lo que hemos de apoyarnos en meras conjeturas. Nos parece poco probable que el hijo de Pietro di Bernardone fuera iniciado también en los fundamentos de la lengua francesa en la escuela parroquial de San Jorge, como afirma H. Felder sin aportar documentos que avalen tal noticia. La finalidad estrictamente religiosa de la «Schola minor» de la Iglesia parroquial difícilmente habría admitido una lengua vulgar extranjera como asignatura. Un comerciante en telas tan rico como lo era su padre tenía la posibilidad de contratar a un profesor particular de francés. Pero como la Leyenda de los Tres Compañeros atestigua expresamente que «le gustaba hablar en lengua francesa, aunque no la supiera hablar correctamente» (TC 10), puede deducirse la realidad histórica suponiendo que Francisco aprendió de su padre algunos rudimentos de la lengua francesa, tal vez con motivo de sus viajes de negocios a Provenza o Champagne. Ciertamente ha de excluirse que este aprendizaje lo hiciera con su madre, de presunto origen francés. Como G. Abate ha demostrado de forma convincente, el nombre de Pica no alude a su origen de Picardía, sino que se la llamó así, cariñosamente, en lugar de llamarla con su nombre de pila, Giovanna, por su comportamiento singular durante el nacimiento de Francisco.

Si la predilección por la lengua y la cultura francesa tenía que responder en gran medida a las expectativas que el comerciante Pietro se forjaba sobre su hijo, con todo, por parte de éste, el centro de interés se cifraba, en primer lugar, no en el plano de los negocios sino en la fuerza de atracción de la vida caballeresca. Ésta tenía su punto de origen en Francia, desde donde fue difundida por los restantes países europeos a través de los trovadores y juglares. Aun cuando no es preciso compartir la exagerada opinión de H. Felder, según la cual el espíritu caballeresco sería realmente el principio interpretativo básico de la vida de Francisco,16 no puede ponerse en duda el influjo decisivo que esta corriente ejerció en su piedad. Este hecho aparece de manera especialmente clara en la conversación mantenida, en varias etapas, entre un novicio «que sabía leer el Salterio, aunque no correctamente», y Francisco. El novicio le pidió que le confirmase el permiso, ya concedido por el Vicario general Fr. Elías, de tener un Salterio. El Padre de la Orden respondió de la siguiente forma a la petición del novicio: «El emperador Carlos, Rolando y Oliverio y todos los paladines y valientes guerreros, que fueron esforzados en el combate, persiguieron a los infieles hasta la muerte, sin ahorrar sudores y fatigas, y consiguieron sobre ellos una victoria gloriosa y memorable; y, por fin, los mismos santos mártires murieron en la lucha por la fe de Cristo. Y son muchos los que quieren recibir honor y alabanza humana por la sola narración de estas gestas que aquellos realizaron» (LP 103).

En este ejemplo citado por el Santo se refleja tan claramente la influencia de la épica heroica francesa, sobre todo de la Canción de Rolando, que no hace falta aducir más pruebas sobre tal influjo. La legendaria batalla heroica de Carlomagno -junto con sus doce paladines, y en particular su sobrino Rolando, su amigo Oliverio y el arzobispo de Turpín- contra los sarracenos, y su disponibilidad para sufrir el martirio luchando contra los enemigos de la fe cristiana, es propuesta como el prototipo de una vida basada no en la erudición sino en la aplicación activa.

Es también significativo que no falte la alusión a la épica heroica bretona de la leyenda de Artús. La corte del rey Artús con los doce caballeros fue presentada, desde 1135, por la literatura del Norte de Francia, como el prototipo de la forma de vida caballeresca. Mientras Artús mantiene una magnífica corte como modelo de caballero y señor, los doce caballeros recorren el mundo para realizar grandes gestas. Francisco hace referencia a un elemento de la «Tabla Redonda» cuando, según la Compilatio o Leyenda Perusina, se pronuncia sobre el complejo problema de la predicación, ciencia y oración. A los predicadores que día y noche ponen toda su atención en el estudio, y subordinan a él su vocación y la ferviente oración, el fundador de la Orden les hace ver que se enorgullecen sin fundamento por algunas conversiones alcanzadas, ya que el mérito es de otros: «Ellos creen que los hombres se han edificado o convertido a penitencia por sus discursos, cuando ha sido el Señor quién les ha edificado y convertido por las oraciones de los santos hermanos, aunque éstos lo ignoren, porque Dios quiere que no lo adviertan para que no encuentren en ello ocasión de orgullo. Estos son mis caballeros de la Tabla Redonda: los hermanos que viven ignorados en lugares desiertos y apartados para dedicarse con mayor diligencia a la plegaria y meditación, para llorar por sus pecados y por los de otros. Su santidad es conocida por Dios, aunque algunas veces sea ignorada por los hermanos y por las gentes» (LP 103). A los ojos del fundador, los hermanos menores por antonomasia -«mis hermanos, los caballeros de la Tabla Redonda»- son los hermanos que, al principio de la Orden, vivían en eremitorios.

Finalmente, se descubre sin esfuerzo que Francisco, incluso en los últimos años de su vida, vivía bajo el influjo de la lírica trovadoresca. Por cierto, el Cántico del hermano Sol ha de entenderse, en parte, partiendo de este fondo histórico. Los trovadores, «poetas, compositores, cantantes y oradores a un tiempo», como los describe H. Felder, presentaban sus obras en escena por medio de los juglares, una especie de bufones ambulantes. Sólo a partir de este hecho social, dominante en aquel entonces, puede comprenderse cómo el Padre Francisco, casi ciego a causa del tracoma, después de componer y dictar sus «Laudes», hizo llamar a Fr. Pacífico, «que en el siglo era llamado rey de los versos y fue muy cortesano maestro de cantores», y le pidió que fuera por el mundo, junto con otros hermanos espirituales, a predicar y cantar las alabanzas del Señor. «Quería, y es lo que les aconsejaba, que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después de la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las Alabanzas, el predicador dijera al pueblo: "Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia". Y añadía: "¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino como unos juglares suyos que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?" Y lo decía en particular de los hermanos menores, que han sido dados al pueblo para su salvación» (LP 83). Todo el apostolado minorítico de la exhortación carismática a la penitencia está incluido en este consejo del Santo, dentro del marco de la «misión jocosa» de los juglares itinerantes. Los hermanos menores son una especie de cantores ambulantes del amor de Dios, a quienes se ha confiado la misión de crear una atmósfera de alegría espiritual y pedir como salario de su trabajo espiritual la conversión de los hombres y su perseverancia en la penitencia.

Según estos ejemplos, tomados de las fuentes y brevemente explicados, que muestran el influjo de la épica heroica francesa y de las formas de vida caballeresca en la piedad de nuestro Santo, se impone la pregunta sobre si él habló el dialecto del Norte de Francia («lengua de oíl»), o el del Sur de Francia o provenzal («lengua de oc»). Hoy por hoy, este problema no ha podido ser resuelto satisfactoriamente ni en uno ni en otro sentido. Naturalmente, sería mucho más fácil decidirse por uno de ambos idiomas si las fuentes nos informaran sobre las ciudades de la Francia actual (Provenza o Champagne) con las que Pietro di Bernardone mantenía relaciones comerciales. Hilarino Felder, contra los que opinan que cuando los biógrafos de Francisco hablan de su preferencia por la lengua francesa se trata sólo de las canciones de amor provenzales, puntualiza sin vacilar: « El dialecto provenzal era considerado tan poco francés como los idiomas italianos o españoles». En base a los puntos de referencia objetivos que aparecen en los textos de las fuentes, podría pensarse sólo «en el Norte de Francia, es decir, en el Reino de Francia y en la lengua de oíl ».17

Por último, aludamos brevemente a la discusión suscitada por Livario Oliger sobre si Francisco había leído novelas de caballería durante su juventud. ¿Hay que explicar las anteriores alusiones de la Compilatio o Leyenda Perusina a la Canción de Rolando como provenientes sólo de la tradición oral y de escuchar a los trovadores ambulantes, o más bien habrá que buscar una explicación en los escritos que Francisco habría leído? El P. Oliger, basándose en algunas comparaciones lexicográficas, llega a la conclusión de que el Santo recibió probablemente alguna influencia de la obra del Pseudo Juan Turpín Vida de Carlomagno e Historia de Rolando.18 Personalmente nos inclinamos más bien por la hipótesis de que Francisco recibió sus ideas e inquietudes caballerescas a través de su padre, que tanto viajaba, o de los bufones ambulantes. Que el apasionado joven se entusiasmaba por estas representaciones, es algo que no necesita demasiados argumentos para ser probado.

El oficio de comerciante

3. De las fuentes primitivas se desprende, además, que Francisco ejerció, hasta su conversión, el oficio de comerciante junto al hábil comerciante que era su padre. Tomás de Celano lo califica, en su Vida Primera, con su acostumbrado estilo antitético pero digno de crédito, como «negociante cauto, pero irresponsable despilfarrador» (1 Cel 2); el mismo Celano, en la Legenda ad usum chori, n. 2, escribe: «Éste (Francisco), hecho comerciante, pasó vanamente el tiempo casi hasta sus 25 años». La Leyenda de los Tres Compañeros (TC 2) pone de relieve su sagacidad, su extraordinaria generosidad y su temperamento jovial. Con una descripción personal muy viva, esta misma fuente presenta al hijo del comerciante en el almacén de telas, completamente «cautivado por el ansia de riquezas y por las preocupaciones del comercio»; un mendigo le pide limosna «por amor de Dios» y él, en un primer arranque, se la niega con brusquedad (TC 3; cf. AP 4).

Los conocimientos necesarios para ejercer el comercio de telas, difícilmente podía adquirirlos el hijo de Pietro mediante una formación autodidáctica. El nivel mínimo de capacidad para leer y escribir recibido en la escuela parroquial de San Jorge, como sus conocimientos elementales de cálculo, podían ser suficientes, en caso de necesidad, para la correspondencia con clientes y proveedores. Por el contrario, sus habilidades de tipo más práctico, como el conocimiento de las diversas clases de telas, el valor del dinero y la técnica de ventas, crecieron probablemente en él por el contacto diario con su padre, consumado comerciante.

La piedad medieval

4. Lo que de forma general puede decirse respecto a la cultura popular de los siglos VIII al XII, puede también aplicarse sin reparos a Francisco: al igual que sus contemporáneos, se encontraba de lleno en la rígida y casi inevitable corriente de la piedad medieval. La fe cristiana se transmitía, más que por las enseñanzas escolares orales o escritas, por la vida misma: como la costumbre tradicional de rezar en familia, la participación en el culto divino con numerosas formas de expresión litúrgicas y paralitúrgicas, y, en general, todos los usos y costumbres cristianos. Los conocimientos religiosos se transmitían, por tanto, más a través de la experiencia íntima y el ejercicio práctico que por la sobria imposición o el aprendizaje memorístico.

Estas influencias empezaron a actuar con una fuerza particular en el alma del futuro fundador cuando, en 1204, se manifestaron los primeros signos de su próxima conversión. Entre los factores de esta formación religiosa hay que enumerar sus magníficas cualidades naturales: su viva fantasía poética, su rápida capacidad de comprensión, su sensibilidad exquisita, su memoria fiel y su tendencia a la representación mímica y plástica (cf. 1 Cel 83).

Su voluntad de perfeccionamiento personal

5. La ampliación de su formación escolar previa depende sobre todo de su voluntad de perfeccionamiento personal. Como ya hemos indicado, nos saldríamos de los límites del presente artículo si entráramos en la controvertida cuestión de la actitud de Francisco respecto al estudio y la ciencia en su Orden. Una cosa es cierta: el fundador de la Orden de los Menores profesaba un gran respeto a la teología y a los teólogos (cf. Test 13); en una fase posterior de la evolución de la Orden, permitió incluso expresamente el estudio de la Sagrada Escritura a los hermanos predicadores;19 pero tenía serios reparos respecto a la posesión de libros y a todo el aparato de los estudios escolásticos en su fraternidad, porque temía que pusieran en peligro la pobreza y la minoridad.20

A pesar de este recelo, difícilmente impugnable, queda claro también que nuestro Santo procuró siempre aumentar el caudal de sus conocimientos religiosos mediante la lectura o la escucha periódicas de fragmentos bíblicos y a través de la meditación asidua de la Sagrada Escritura (cf. 2 Cel 102). Los escritos más amplios de Francisco, como la Regla no bulada y la Carta a toda la Orden, si bien no pueden tomarse indiscriminadamente como medida del caudal real de sus conocimientos escriturísticos, sí descubren, no obstante, con su espíritu bíblico y con sus incesantes citas de motivos bíblicos, una extraordinaria familiaridad del Santo con la Palabra de Dios.21 Se pueden por ello aceptar sin reparos críticos los relatos biográficos que refieren sus acertadas respuestas a las preguntas de los teólogos sabios sobre pasajes bíblicos difíciles (cf. 2 Cel 102-105). Es significativo, además, que Francisco se hiciera copiar la serie litúrgica de los evangelios para su breviario manual -que le procuró un capellán papal en 1223-, a fin de poder, al menos, escuchar el evangelio del día cuando no le fuera posible participar en la celebración eucarística.22 Igualmente, no puede dudarse de san Buenaventura cuando afirma del fundador de la Orden, y precisamente en un contexto de controversia sobre la relación entre trabajo manual y estudio: «...de otra manera, él mismo habría sido transgresor de la Regla, pues sabiendo pocas letras, progresó después en las mismas, no sólo orando, sino también leyendo».23 De todos modos, puede afirmarse aquí que un intento de explicación puramente natural-histórico se estrella ante sus admirables conocimientos bíblicos. Su madura compenetración con la Palabra de Dios en su experiencia mística y en su actuar práctico, escapa a la investigación humana y se basa en una especial conducción de la gracia del Espíritu Santo.

«Soy ignorante e idiota»

6. Después de haber examinado paso a paso los diferentes caminos por los que Francisco pudo recibir su saber cultural y religioso, nos queda aún la tarea de esclarecer qué pretendía Francisco al llamarse a sí mismo «idiota» e «ignorante» (Test 19; CtaO 39). El objetivo puede conseguirse de la forma más segura si se tiene en cuenta, al mismo tiempo, la importancia de estas palabras o de sus sinónimos en las dos biografías de Tomás de Celano. En Siena, un dominico preguntó a Francisco el significado de un pasaje de Ezequiel (Ez 3,18-20). El Santo se le declaró inmediatamente «idiota», iletrado, por lo que él mismo necesitaba ser instruido en lugar de poder dar explicaciones sobre la cita de la Sagrada Escritura (2 Cel 103). Los significados que laten en el fondo de tales palabras los manifiesta con especial claridad el fundador de la Orden en la narración hipotética sobre los requisitos de un verdadero hermano menor, ilustrativos de una situación personal. Sólo si soporta con ecuanimidad interior y con alegría de espíritu su sustitución, en el Capítulo, como Ministro general, por ser «iletrado y despreciable..., sin dotes de palabra..., simple e idiota», puede ser tenido por verdadero hermano menor (2 Cel 145; cf. LP 109). El ser inculto, iletrado, por los adjetivos y apelativos que se le aplican, reforzándolo, adquiere un claro sentido menospreciativo. Esta misma conclusión se impone también si se compara el encuentro de Francisco con el obispo de la ciudad umbra de Terni, Rainiero (1218-1253). Éste alabó al Señor después del sermón del Santo, porque «en este último tiempo» Dios había ilustrado a la Iglesia con este «pobrecillo y despreciado, simple e iletrado» (2 Cel 141; cf. LP 10). A pesar de las pocas dotes culturales del predicador, se habían dado grandes resultados de conversión entre los oyentes: signo inequívoco de que el Señor mismo había hablado a través del Poverello.

De estos testimonios de las fuentes, mencionados comparativamente, se deduce que Francisco, con las palabras «idiota» e «ignorante», quería designar, por humildad, su condición de hombre inculto.24 Por eso mismo y por sus enfermedades, no siempre le fue posible celebrar la Oración de las Horas oficial de la Iglesia, prescrita en la Regla. Es claro que el Poverello se minusvaloraba con esta autodesignación, pues, en realidad, tras su paso por la escuela parroquial, no era ya realmente ni inculto («idiota») ni ignorante de las letras («iletrado») ni incapaz de leer. En todo caso, se plantea la pregunta sobre si tales expresiones, además del sentido de minoridad indicado, contenían otros sentidos subyacentes. ¿Quería acaso el Padre de la Orden, enfermo de muerte, recalcar conscientemente una vez más, en su Testamento espiritual, el carácter fundamental de su primitiva fraternidad como grupo no clerical y sin cultura? Ciertamente, esta hipótesis no puede demostrarse estrictamente a partir del contexto, pero nos parece muy probable a la luz de los testimonios biográficos. El ideal de la sencillez evangélica, que era sin duda uno de los puntos esenciales de la espiritualidad del Santo, está íntimamente ligado a la concepción de una renuncia voluntaria al saber humano y a su consiguiente prestigio entre los hombres.25 Por el contrario, difícilmente debió influir en la elección de tales palabras la voluntad de imitar a los apóstoles, que fueron considerados por los sumos sacerdotes como «hombres... sin letras e idiotas» («homines... sine litteris et idiotae» Hch 4,13).26

Frente a este automenosprecio, adoptado con miras a su especial situación en la Orden de los Hermanos Menores, aparecen en las fuentes biográficas indicios del grado de formación de Francisco, que coinciden plenamente con los datos históricos conocidos. Así, Tomás de Celano refiere muy acertadamente que el Santo «no se había educado en los estudios de la ciencia» (2 Cel 102). De hecho, no poseía una formación científica y nunca fue un «hombre de letras», una persona culta en el pleno sentido que la palabra tenía para sus contemporáneos, es decir, el que había estudiado las siete artes del Trivium y del Quadrivium. Quizá san Buenaventura caracteriza aún con mayor exactitud la situación real cuando dice del Santo: «Después de adquirir un cierto conocimiento de las letras, se dedicó a los negocios lucrativos del comercio» (LM 1,1); y también: «El incansable empeño en la oración, junto con el continuo ejercicio de las virtudes, había conducido al varón de Dios a una serenidad de espíritu tan grande que, a pesar de no ser experto en las Sagradas Letras por la enseñanza recibida ("quamvis non habuerit sacrarum litterarum peritiam per doctrinam"), sin embargo, iluminado por los fulgores de la luz eterna, sondeaba las profundidades de las Escrituras con admirable agudeza de entendimiento» (LM 11,1; cf. Lm 4,3). A Francisco le faltaba no sólo una formación literaria completa, sino también una formación teológica. Su extraordinario conocimiento de la Escritura no fue fruto del estudio, sino un don infuso del Espíritu Santo. Por último, citemos también aquí el testimonio del dominico Esteban de Bourbon (muerto en 1261), porque, como caracterización general, da realmente en el clavo respecto al grado de formación de nuestro Santo. Escribe de él que fue un hombre «simple en cuanto a letras» y «un hombre muy poco letrado».27

De estos testimonios biográficos, consignados impremeditadamente y, por ello mismo, nada sospechosos, se deduce una inmejorable contraprueba a favor de la consistencia del testimonio de Celano sobre la formación escolar que el fundador de la Orden recibió en San Jorge (1 Cel 23, etc.). El mínimo de formación escolar allí alcanzada bastó, en todo caso, para que Francisco, en su calidad de fundador de la Orden, pudiera ser recomendado por la autoridad eclesiástica para ser ordenado de diácono.28 Según esto, Francisco no sólo estaba, por su formación, a mitad de camino entre los «iletrados» o «simples» y los «letrados» o «sabios» de su Orden, sino que, por su ordenación y grado jerárquico, constituía también un puente de unión entre los hermanos laicos y los hermanos sacerdotes (cf. 2 Cel 193).

Resumen final

7. Para una más fácil orientación del lector, resumimos brevemente, como final de este estudio, sus principales resultados.

a) Francisco frecuentó durante su infancia («puerulus»), es decir, en todo caso entre los nueve y los diez años de edad (por tanto, entre 1190 y 1191), la escuela primaria («Schola minor») fundada en la iglesia parroquial de su familia, San Jorge, en Asís. Gracias a la libre colaboración de un clérigo de la Colegiata allí fundada, el hijo de Pietro di Bernardone aprendió, con la ayuda del salterio latino, a leer y a escribir, así como los rudimentos del cálculo, algunos cantos litúrgicos y los puntos esenciales de la fe y de la vida cristiana.

b) En cuanto los Opúsculos, especialmente los dos autógrafos que conservamos, nos permiten emitir un juicio, Francisco apenas superó la primera etapa elemental del conocimiento de la lengua latina. No obstante, era capaz de leer y entender el contenido fundamental de los libros bíblicos o de las obras escritas en latín eclesiástico.29 En cambio, en comparación al conocimiento del latín escrito o hablado, se nota un claro descenso cuando intenta hacerse entender personalmente por medio de la lengua latina. Francisco hablaba y escribía un latín deficiente y muy italianizado, y cuando se servía de la pluma lo hacía, como evidencian los autógrafos, con gran dificultad. La modesta condición cultural del Santo ha de apreciarse, naturalmente, a la luz de la época, con un laicado sin cultura, con muchos párrocos de «corta ciencia» («modici in scientia») y con unos monjes de cultura nada extraordinaria.

c) Testimonios seguros de las fuentes afirman que Francisco, ya antes de su conversión, hablaba medianamente el francés. Aprendió algunos elementos de esta lengua -seguramente el dialecto del Norte «lengua de oíl»- tal vez por medio de su padre que, como es sabido, hacía largos viajes de negocios. Usó la lengua francesa sobre todo para expresar sus experiencias religiosas profundas, en particular las referentes a la pobreza y a la Pasión de Cristo. Esta predilección lingüística fue, además, un medio para recibir de lleno la forma de vida caballeresca, enraizada en Francia, de donde pasó a Italia a través de numerosos trovadores y juglares. Algunos relatos de las fuentes son muy ilustrativos del fuerte influjo ejercido pon la épica heroica francesa (Canción de Rolando y Leyenda de Artús) y la lírica trovadoresca provenzal en el fundador de la Orden hasta el fin de su vida. La corriente caballeresca de la épica formaba como el soporte y el marco de su honda y emotiva religiosidad.

d) Respecto a los requisitos teóricos necesarios para ejercer el oficio de comerciante, debió bastarle a Francisco la formación teórica mínima adquirida en la escuela parroquial; en tanto que los conocimientos prácticos (clases de telas, valor del dinero, técnica de venta) debió adquirirlos en el contacto directo con su padre.

e) Francisco profundizó día a día en sus conocimientos religiosos mediante la lectura personal y la escucha de fragmentos de la Biblia, y con una meditación continua de la Sagrada Escritura. A igual que sus contemporáneos, se hallaba en la línea de la rígida religiosidad medieval. La fe cristiana se transmitía más con la práctica existencial que con la enseñanza teórica. Ciertamente Francisco creció en sus admirables y profundos conocimientos de la Biblia, no tanto por su estudio personal, cuanto por la sabiduría sobrenatural alcanzada en la oración y por la pronta y activa puesta en práctica de la compenetración adquirida con la palabra de Dios.

f) Cuando el Santo se autocalificaba como «idiota» e «ignorante», se menospreciaba a sí mismo por humildad. En realidad, no era un analfabeto que no supiera leer y escribir, aunque era poco culto. La elección de tales palabras parece motivada también por otras razones. En un ambiente en el que la incultura es mayoritaria, el saber es un factor extraordinario de poder, ya que confiere privilegios sociales, influencia política y posibilidad de enriquecerse. Por su profundo deseo evangélico de pobreza y de minoridad, el Poverello no podía situarse en la categoría privilegiada de los cultos, antes bien quería estar al lado de los despreciados por su incultura, falta de medios y debilidad.30 Su repetida acentuación de que al principio de la fundación era «idiota», parece que pone también de manifiesto su predilección por el carácter originariamente inculto de su fundación.

g) A partir de los testimonios biográficos se puede describir, de modo históricamente válido, el grado de formación del Santo: nunca fue un intelectual, un hombre de letras, ni en el aspecto literario ni en el teológico. Su formación escolar no superaba el grado elemental de la primera etapa, es decir, aquel mínimo necesario que le permitiera leer y escribir con cierto esfuerzo. Estas lagunas culturales, sin embargo, estaban compensadas por su extraordinario ingenio humano y religioso y por la intensísima experiencia de la vida, como se deduce de la fuerza de irradiación de su personalidad. Francisco, por su formación cultural, se encontraba a mitad de camino entre los «iletrados» o «simples» y los «letrados» o «sabios» de su Orden, a la vez que, como diácono, constituía un puente de unión entre los hermanos laicos y los hermanos sacerdotes.

NOTAS:

1) Como ejemplo de esta interpretación unilateral de Francisco, puede citarse la opinión de E. Renan, Nouvelles études d'histoire religieuse, París 1884, p. 329: «...sin duda es un cristiano, pero su estilo de religiosidad proviene sólo de él...». La misma tendencia, consciente o inconsciente, se percibe en muchos investigadores católicos, especialmente entre los hijos del Santo.

2) Test 19; CtaO 39. El sentido exacto de «idiota» lo desarrollamos a lo largo de este artículo, sobre todo en el apartado 6.

3) 1 Cel 23: «Y cosa admirable en verdad: comenzó a predicar allí donde, siendo niño, aprendió a leer y donde primeramente fue enterrado con todo honor»; LM 15,5: «Llegados por fin, radiantes de júbilo, a la ciudad, depositaron con toda reverencia el precioso tesoro que llevaban en la iglesia de San Jorge. Este era precisamente el lugar en que siendo niño aprendió las primeras letras y donde más tarde comenzó su predicación; aquí mismo, finalmente, encontró su primer lugar de descanso». El mismo san Buenaventura habla también de la formación de Francisco en LM 1,1: «...después de adquirir un cierto conocimiento de las letras...». «Littera» o «letra», sin adjetivo, es la «Lengua latina» sin más (Du Cange, Glossarium, IV, 129c). «Litterae» o «letras», además de escribir y leer, puede significar gramática y literatura, y también formación en ciencias superiores (A. Forcellini, Totius latinitatis lexicon, III, 929ab). Cf. J. Giano, Crónica, n. 50, en Selecciones de Franciscanismo n. 25-26 (1980) 259.

4) L. Bracaloni, La chiesa di S. Giorgio in Assisi, en Col Fran 8 (1938) 493-511, sobre todo 495-499. A consecuencia del traslado de las Clarisas desde San Damián a terrenos de San Jorge, que les fue concedido por Inocencio IV el 11 de marzo de 1255 (L. Bracaloni, 506), y debido a la edificación de la iglesia y monasterio de Sta. Clara, que se construyeron allí, se derribó, al menos en parte, la iglesia y el hospital de San Jorge. Se discute mucho sobre qué partes del edificio primitivo quedaron en pie. Nos remitimos, en esta cuestión concreta, a L. Bracaloni, 503-510.

5) La frase de san Buenaventura (LM 15, 5): «litteras didicit» («aprendió las primeras letras», traduce la BAC), podría entenderse en sentido pleno: «aprendió letras». Pero tal sentido aparece claramente delimitado en Celano (1 Cel 23), que lo reduce a «aprendió a leer», «didicerat legere». Si nos fiamos de 1 Cel 89, Francisco, «ya desde su primera juventud había recibido una instrucción deficiente o nula en cuanto a los caminos y conocimiento de Dios» («...in via Dei el ipsius cognitione... parum vel nihil... instructus»). Pero nos inclinamos a ver aquí un ejemplo de la conocida técnica de contrastes, de «blanco-negro», del autor.

6) H. Felder, Geschichte der wissenschaftlichen Studien, Friburgo de Brisgovia 1904, 340, con la bibliografía dada en las notas.

7) Esta indicación adquiere más fuerza por la noticia que nos da Salimbene de Adam, Cronica, Bari 1966, 137: «...Fray Helyas en el siglo se llamaba Bonusbaro y enseñaba a los niños en la ciudad de Asís a leer el Salterio».

8) R. Limmer, Bildungszustände und Bildungsideen des 13. Jahrhunderts, Munich 1928, 151s.

9) G. Abate, Per la storia e la cronologia di S. Bonaventura, en Miscell Fran 49 (1949) 542.

10) H. Felder, 341; R. Limmer, 142.

11) 1 Cel 22: Francisco comprende bastante bien, aunque no perfectamente, las palabras, en latín, del evangelio de misión.- 2 Cel 102 y 105: Francisco leía a veces la Sagrada Escritura.- 2 Cel 97: rezaba las horas canónicas. El Anónimo de Perusa, 11a, dice: «Al abrir el sacerdote el libro (el misal), pues ellos (Francisco, Bernardo de Quintaval y Pedro Cattani) todavía no sabían leer bien, encontraron enseguida el lugar donde estaba escrito...»; si bien esa alusión a la dificultad de leer tiene una probabilidad intrínseca por lo que se refiere a Francisco y a Bernardo, choca, en cuanto a Pedro, con un testimonio tan digno de crédito como la Crónica de Jordán de Giano, n. 11s (cf. Selecciones de Franciscanismo n. 25-26, 1980, 241s), según la cual Pedro Cattani era experto en leyes y jurisconsulto, hombre docto y noble.

12) Para enjuiciar la capacidad de escribir de Francisco, tenemos sólo dos autógrafos: el pequeño pergamino que le dio al hermano León, que contiene dos escritos breves (Alabanzas al Dios altísimo y Bendición al hermano León), y la Carta al hermano León. He aquí lo que escribe K. Esser, refiriéndose a la Carta al hermano León e incluyendo una cita de M. Faloci Pulignani: «Por lo demás, es claro que el texto nos ofrece un latín italianizado, para no decir un italiano latinizado. Así como tenemos ante nosotros "la basta, apretada y gruesa escritura de un hombre que no está acostumbrado a escribir", así también tenemos ante nosotros un latín que sólo es comprensible desde la lengua vulgar. Lo que se evidencia un poco en las Alabanzas al Dios altísimo, escritas en forma de letanía, ensartadas unas junto a otras, aparece clarísimo aquí: el escritor, que se llama Hermano Francisco, como se ve escrito en la parte superior, no domina ni la escritura latina ni la lengua latina. Ambas cosas se ajustan, como se ha repetido claramente a lo largo de esta investigación, a Francisco de Asís» (Die Opuscula des hl. Franziskus von Assisi, Grottaferrata 1976, 218). Resulta interesante aquí el testimonio de Eccleston (Tractatus de adventu Fratrum Minorum in Angliam, 32): «También dijo que... san Francisco había mandado... por medio de una carta escrita en latín incorrecto...» («...per litteram, in qua fuit falsum Latinum...»).

13) Cf. R. Limmer, Bildungszustände, 122s; H. Grundmann, Litteratus-illitteratus..., en Archiv für Kulturgeschichte 40 (1958) 1-65; «En la Edad Media, por lo menos hasta el siglo XII, falta también este mínimo [litteratus=conocedor de las letras, que sabe leer y escribir] casi a todos los laicos, hasta en las capas más altas de la sociedad, y no se les cree en condiciones para ello como a los clérigos y monjes; los laicos, por lo general, son y permanecen iletrados, analfabetos» (p. 3s). Según J. W. Thompson, en Italia el grado de formación de muchos laicos era relativamente más elevado que en el resto de Europa. De la misma opinión es R. Brown.

14) R. Limmer, Bildungszustände, 90s. F. Heer, Aufgang Europas..., Viena-Zúrich 1949, afirma incluso que en el siglo XIII sólo unos pocos monjes y canónigos sabían leer y escribir, y que la gran mayoría de los clérigos de los pueblecitos e iglesias particulares no tenían ninguna formación literaria. Dice H. Grundmann, Litteratus, 52-54, que, según las normas educativas vigentes en el siglo XII, el clérigo debía estar formado humanísticamente (¡?).

15) TC 10: «Saliendo ante las puertas de la iglesia, donde había muchos pobres pidiendo limosna, cambió privadamente sus propios vestidos por los harapos de un hombre pobrecillo, y se los puso. Estando en la escalinata de la iglesia con otros pobres, pedía limosna en francés...». El hecho de que hablara en francés no es mencionado en 2 Cel 8; el biógrafo, por el contrario, hace una descripción exacta del lugar: la columnata que precedía la entrada principal de la Basílica de San Pedro: «en el "paraíso", ante la iglesia de San Pedro»; sólo este biógrafo nos da también la noticia conocida por otras fuentes: «aquel lugar era muy frecuentado por los pobres»; cf. A. Fortini, Nova vita II, 221-223.

16) Cf. H. Felder, Los ideales de S. Francisco, Buenos Aires 1948, especialmente el cap. II: San Francisco y Cristo, pp. 41-60; «Lo peculiar en las relaciones de Francisco con el Hombre-Dios consiste en que el Santo era un caballero de Cristo, en que se consagró al servicio, a la imitación y al amor del Señor con unos sentimientos y de una manera verdaderamente caballerescos» (p. 41). Del mismo autor, Der Christusritter..., Zúrich 1941.

17) H. Felder, Der Christusritter, 148, nota 2.

18) L. Oliger, S. Franciscus cognovitne Pseudo-Turpinum?, en Antonianum 2 (1927) 277-280.

19) Cf. CtaAnt. Cf. también 2 Cel 195, contra el afán de la ciencia vana, y 2 Cel 163, sobre las cualidades de los predicadores.

20) Cf. CtaAnt; 2 Cel 62, contra el deseo desordenado de los libros; 2 Cel 194, cómo quería que los sabios que venían a la Orden se despojaran de todas las cosas. Su desconfianza frente a la ciencia se ve más clara aún en LP 103-104.

21) T. Matura, Cómo lee e interpreta Francisco el Evangelio, en Selecciones de Franciscanismo n. 19 (1978) 13-20. K. Esser, La Palabra de Dios en la vida de S. Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 23 (1979) 191-204. F. Manns, Francisco de Asís, exégeta, Ibíd. 205-224. O. van Asseldonk, S. Juan Evangelista en los escritos de S. Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 24 (1979) 459-483. O. van Asseldonk, Las Cartas de S. Pedro en los escritos de S. Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 25-26 (1980) 111-120. M. Conti, La S. Escritura en la Regla franciscana, Ibíd. 121-135. L. Iriarte, Textos del N. T. preferidos por S. Francisco, Ibíd. 137-150. L. Iriarte, Figuras bíblicas «privilegiadas» en el itinerario espiritual de S. Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 28 (1981) 127-143.

22) Cf. la nota manuscrita del hermano León en el breviario de san Francisco, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos, Madrid, BAC, 1978, p. 974.

23) Ep. de tribus quaestionibus ad Magistrum innominatum, n. 10, en Op. Omnia VIII, 334b.

24) Según A. Sleumer - J. Schmid, Kirchenlateinisches Wörterbuch, Limburgo 1926, 401, «idiota» quiere decir, en primer lugar, «el que no está versado en un arte o ciencia», el inculto, y sólo en segundo lugar él imbécil.

25) Es muy típico 2 Cel 193: «Cuando san Francisco se cortaba el pelo, a menudo decía al peluquero: "Cuida no hacerme una corona grande, pues quiero que mis hermanos simples tengan parte en mi cabeza". Quería finalmente que la Religión fuera común no sólo a los ricos sino también a los pobres e iletrados. Decía: "En Dios no hay acepción de personas, y el Ministro general de la Religión, el Espíritu Santo, descansa igualmente sobre el pobre y simple"».

26) Véase, no obstante, lo que se dice en 1 Cel 25 respecto al hermano Felipe, séptimo compañero de san Francisco.

27) Cf. L. Lemmens, Testimonia minora, Quaracchi 1926, 94s.

28) Ha recopilado cuidadosamente los testimonios de las fuentes a este respecto A. Callebaut, Saint François lévite, en Arch Franc Hist 20 (1927) 193-196. Francisco era, por tanto, «clérigo». Esta palabra significaba en aquel entonces -aparte el grado de orden eclesiástico- el nivel de formación de una persona culta, y tal palabra podía ser aplicada a las mujeres cultas, pero siempre en la forma masculina «clericus».

29) A partir de esta premisa le fue posible al Santo, al menos con la ayuda de un secretario culto, leer, por ejemplo, las reglas monásticas anteriores. En un Capítulo general, Francisco rechaza una «monastización» de la Orden tomando elementos de reglas anteriores: «No quiero que me mencionéis regla alguna, ni la de san Agustín, ni la de san Bernardo, ni la de san Benito» (LP 18); esto demuestra que debía tener una idea, aunque somera, de tales reglas.

30) En esta materia remitimos a una frase de la Regla no bulada, que es de las más características respecto a la minoridad franciscana: «Y los hermanos deben gozarse cuando conviven entre personas de baja condición y despreciadas, entre pobres y débiles, enfermos y leprosos y los que mendigan en los caminos» (1 R 9,2). Sobre el mismo tema está la respuesta del Santo a un novicio, con motivo de un salterio, y es muy significativa: «Después de tener el salterio, desearás y querrás tener un breviario; y después de tener un breviario, te sentarás en un sillón como un prelado y dirás a tu hermano: "Tráeme el breviario"» (LP 104).

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 31 (1982) 89-106]

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