DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

LAS ENFERMEDADES DE SAN FRANCISCO
DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA

por Octaviano Schmucki, o.f.m.cap.

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INTRODUCCIÓN

Desde finales del siglo XIX, bastantes médicos han estudiado con rigor y profundidad las enfermedades de Francisco de Asís. La explicación de este hecho no puede ser otra que el renovado interés por la vida y el espíritu del Poverello. Según mis datos, el primero fue Albert Bournet (1854-1895), especialista en cuestiones de medicina legal y social, quien publicó en 1893 un volumen entero sobre este tema.1 Una prueba evidente de su empeño histórico la constituye el hecho de que mandara hacer investigaciones en los archivos de Siena, intentando encontrar información sobre los médicos que atendieron a nuestro ilustre enfermo en dicha ciudad.2

Dos años más tarde, Théodore Cotelle publicó un estudio bio-patográfico similar al de Bournet, pero mucho más fundamentado en las fuentes franciscanas y netamente opuesto, desde el punto de vista ideológico, a la visión un tanto racionalista de su predecesor.3

En 1918 el oculista romano Oreste Parisotti dedicó al papa Benedicto XV un breve estudio monográfico, escrito en latín, en el que respondía a la pregunta: ¿Cuál fue la enfermedad por la que Francisco perdió la vista?4 Con fines prevalentemente divulgativos y usando un lenguaje más bien romántico, Lorenzo Gualino, especialista en historia de la medicina, intentó en 1927 reconstruir la constitución psico-somática, las enfermedades y la muerte de Francisco.5 En un breve artículo el médico norteamericano Edward F. Hartung confrontó con precisión ejemplar la medicina medieval y las enfermedades del Pobrecillo.6

La oftalmía del Santo llamó también la atención de otro insigne oftalmólogo, el suizo Josef Strebel. En una revista oftalmológica alemana diagnosticó una «iridociclitis tuberculosa», complicada con un «glaucoma secundario» y unas «cataratas hipermaduras».7

Recientemente el profesor Sante Ciancarelli ha publicado la más amplia descripción histórico-médica del proceso de las enfermedades de Francisco y la asistencia médica recibida.8 Después de haber elaborado la presente relación, he conocido el artículo de Keith Haines en el que, aunque sin examinar a fondo las fuentes franciscanas, investiga las causas de la muerte prematura de Francisco, enmarcadas en el ideal monástico de santidad, y propone diversas hipótesis, decantándose por la tuberculosis, como enfermedad básica.9

La mayoría de los médicos que se han ocupado de este famoso caso clínico no disponían, por desgracia, de todos los testimonios históricos. Así, tanto a Parisotti como a Strebel les han pasado completamente inadvertidas las fuentes anónimas provenientes del círculo de los compañeros del Santo, que fueron precisamente quienes permanecieron día y noche junto al paciente durante su última enfermedad.

El tema de las enfermedades de Francisco de Asís es uno de esos casos típicos que ilustran cuán indispensable sea un trabajo interdisciplinar, si quiere llegarse a conclusiones seguras. Para avanzar en esta investigación, importante tanto para la historia de la medicina como para la de la vida de Francisco, la colaboración estrecha entre el historiador y el médico es algo absolutamente imprescindible.

Hace unos años, y en el marco de mis estudios sobre la estigmatización del Santo,10 sometí a la atención de los investigadores un ensayo interpretativo de las enfermedades padecidas por Francisco antes de recibir las llagas (1224).11 Teniendo en cuenta los propósitos de este IV Convenio de la Sociedad internacional de Estudios Franciscanos, quisiera, en primer lugar, resumir brevemente dicha investigación, para centrarme, luego, en los dos últimos años de la vida del Poverello. Prescindo de tratar expresamente el fenómeno de las llagas. Éstas constituyen un caso clásico para examinar la interrelación cuerpo-alma en la piedad del místico;12 más aún, deberían incluirse en el presente estudio, dada la naturaleza clínicamente anormal de esas heridas permanentes del costado, las manos y los pies;13 sin embargo, es tal la complejidad histórica, médica y teológica de la primera estigmatización de la historia,14 que, para estudiarla cumplidamente, haría falta dedicarle no sólo una relación sino un volumen entero. Temiendo rebasar los límites de tiempo de esta conferencia, omitiré el riquísimo material biográfico relativo a la actitud espiritual con que Francisco soportó el martirio producido por sus «hermanas» las enfermedades, tanto más por cuanto he tenido recientemente ocasión de referirme a él en un estudio publicado hace poco.15 Permítaseme, por último, decir con toda claridad que voy a exponer el tema desde el punto de vista histórico, remitiéndome, como es obvio, al juicio de los médicos en todos los aspectos propios de su competencia.

I. VISIÓN PANORÁMICA
DEL PROCESO DE LAS ENFERMEDADES
SUFRIDAS POR FRANCISCO ANTES DE 1225

De algunos testimonios biográficos se deduce que Francisco «desde joven fue de constitución delicada y frágil» y que «en el mundo no podía vivir sino rodeado de cuidados» (LP 50f). La misma Leyenda de Perusa (mejor sería decir: Compilación de Perusa) lo describe como «enfermo de siempre» y «hasta su muerte cada vez más enfermo» (infirmior) (LP 117j). En un coloquio mantenido antes de morir con uno de sus compañeros cuyo nombre no se indica, el Pobrecillo, empleando un término que sin duda se acerca mucho más a la realidad histórica, manifiesta que desde los comienzos de su conversión a Cristo había sido «infirmitius», es decir, «enfermizo» o «enclenque», «delicado», «achacoso» (LP 106).16

El intento de reconstruir históricamente el proceso de las enfermedades del Pobrecillo tropieza, inevitablemente, con límites insuperables. Los biógrafos escribieron movidos sobre todo por motivos de edificación religiosa y, según pasaba el tiempo, tendían cada vez más a idealizar al Santo; sus obras nos ofrecen muchos detalles útiles para conocer el desarrollo de estas enfermedades, pero son detalles referidos de pasada. Por otra parte, el número extraordinario de tales datos, el hecho de que se citen sin un fin específico y su concordancia garantizan, en mi opinión, un grado nada común de credibilidad histórica.17

La salud ciertamente no robusta de Francisco sufrió una primera acometida en 1203/1204, durante su terrible reclusión en una cárcel de Perusa, tras la derrota de los asisienses en Collestrada junto a Ponte San Giovanni. Respecto a la naturaleza de aquella enfermedad sólo pueden formularse conjeturas. De cualquier modo, los datos históricos que atestiguan la existencia casi epidémica de la malaria en Italia a lo largo de casi toda la Edad Media,18 inducen a pensar que nuestro prisionero estuvo afecto ya entonces de dicha terrible enfermedad.

Tanto las fuentes oficiales como las anónimas coinciden en subrayar que Francisco «padeció durante mucho tiempo y hasta su muerte del hígado, del bazo y del estómago» (LP 77).19 Los médicos que han intentado interpretar los indicios patológicos que emergen de las fuentes primitivas, se inclinan a admitir que el Poverello padeció desde bastante pronto de una úlcera gástrica, consecuencia inevitable de sus esfuerzos sobrehumanos de predicador itinerante, agravados por una alimentación inadecuada y malsana.

Cuando Francisco vino a España, alrededor de 1215, recorriendo al parecer a pie la inmensa distancia geográfica, sufrió en un lugar no precisado un total desfallecimiento de sus fuerzas físicas, producido por una dispepsia gástrica particularmente virulenta o por un acceso de fiebres intermitentes, a lo que se sumó la parálisis temporal de las cuerdas vocales.20

Un conjunto de indicios sugieren que, a su regreso a Italia, la inesperada y aguda manifestación de una enfermedad le obligó, en torno a 1216/1217, a aceptar la hospitalidad de Guido II en el palacio episcopal de Asís.21 La vida itinerante de la fraternidad franciscana primitiva y las precarias condiciones de habitabilidad de la «pequeña casa pobrecilla, construida de mimbres y barro» (EP 55a) junto a Santa María de los Ángeles,22 explican fácilmente por qué los hermanos se veían en la necesidad de recurrir a la ayuda de algún bienhechor, si uno de ellos caía gravemente enfermo.

Aunque el relato de las fuentes no especifica los motivos que indujeron al Santo a aceptar la hospitalidad de Guido II, no cabe duda que la enfermedad fue muy grave. Los informes contestes de las fuentes sobre la persistencia de alteraciones morbosas del bazo y del hígado de Francisco permiten deducir que éste empezó a padecer pronto repetidos accesos de fiebres intermitentes, que explican tanto su tumor esplénico como su hepatomegalia.23

Sea cual fuere lo que se opine sobre esta hipótesis, no podrá negarse valor histórico a un testimonio explícito que habla de un gravísimo ataque de «fiebres cuartanas» sufrido por Francisco durante el invierno de 1220/1221.24 Según el relato biográfico, el Pobrecillo, convaleciente todavía, bajó con su vicario general Pedro Cattani a la cripta de la catedral de San Rufino y se despojó de su túnica. Mandó luego al hermano Pedro que lo arrastrase así, medio desnudo y con una cuerda al cuello, hasta la plaza de la catedral, donde había convocado al pueblo de Asís para predicarle. Cuando llegó a la plaza aquella extraña procesión penitencial -con la que Francisco probablemente quiso acusarse mímica y escénicamente de ser un falsario espiritual25-, dijo a los presentes: «Vosotros y los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo, entrando en la Religión de los hermanos, y siguen mi vida, me creéis un hombre santo. Pues bien, yo confieso delante de Dios y de vosotros que durante esta mi enfermedad he comido carne y caldo de carne» (LP 80d).

Aquel «poco de 'pietanza'»26 de carne de pollo que el Santo había tomado durante la cuaresma -«apenas había comido, porque los muchos, diversos y prolongados males no se lo permitían» (LP 80a)-, correspondía exactamente a la dieta que los médicos de entonces solían recetar a los enfermos de cuartanas. Así, Tomás de Cantimpré (1201-1263 ó 1270-1272) refiere en su famoso Liber de natura rerum: «La dieta apropiada es carne de gallina, perdiz, faisán, aves menores, carne de cabritillo, aceite, espárragos, borrajas, achicoria, condimentado con tocino fresco o leche de almendra».27

Nadie podrá poner en duda que los médicos de la época estuvieran en condiciones de diagnosticar la presencia de las «fiebres cuartanas» en un paciente, tanto por el carácter periódico de los «accesos febriles, seguidos regularmente de dos días de apirexia»,28 como por el triple estadio típico de los ataques de cuartanas, a saber: el estadio del frío, el del calor y el del sudor, así como por el tumor esplénico que se manifestaba inevitablemente en caso de recaídas.29 El testimonio del cronista cisterciense inglés Radulfo de Coggeshall (muerto alrededor de 1228) confirma lo hasta ahora dicho, cuando escribe refiriéndose al año 1222: «No se recuerda ninguna época en la que haya habido tantos enfermos de cuartanas como este año, a causa del excesivo calor y sequedad de este verano».30

Pido disculpas por esta anticipación respecto al orden cronológico que me había propuesto seguir en este resumen. Pero me parecía necesario agrupar y articular algunos datos de las fuentes relativos a la malaria, con el fin de ilustrar mejor el contexto histórico de la infección de esta grave enfermedad.

En 1219/1220, la participación de Francisco en la V Cruzada en Egipto,31 constituyó una protesta silenciosa pero elocuente contra el intento de imponer la fe cristiana por la fuerza de las armas; a la vez, fue ocasión de que el Poverello contrajera por contagio la enfermedad egipcia o, según la terminología médica, «conjuntivitis tracomatosa». En efecto, cada vez adquiere mayor crédito la opinión según la cual se trató realmente del tracoma, y no de otro tipo de oftalmía como el «glaucoma secundario» producido por una inflamación tuberculótica del iris, de la que habla el doctor J. Strebel.32 Más adelante tendré ocasión de aportar algún nuevo dato en apoyo de esta interpretación. De momento, me parece oportuno citar el fragmento del relato del compilador, o sea, el autor anónimo de la Compilación o Leyenda de Perusa, en el que habla del origen de este terrible mal: «... Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto, contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores» (LP 77).33

La estadía de Francisco en el campamento de un ejército beligerante, en una región medio-oriental con precarias condiciones higiénicas, así como el contacto directo con el sultán Melel el Kâmel y su corte, inducen en seguida a pensar que su «enfermedad de la vista» fue la contagiosísima conjuntivitis granulosa de origen vírico, con abundante secreción lacrimal, progresivas complicaciones de la córnea, fotofobia y alteraciones de la vista.34 Esta enfermedad arraigó con facilidad en ambos ojos, pues el estado anémico y linfático del Pobrecillo se había agravado a causa de sus frecuentes fiebres maláricas y su desnutrición habitual.

Llegados aquí, se impone un breve «excursus» sobre la negativa del Santo a aceptar atención médica, aunque su oftalmía fuera considerada una «infirmitas maxima», una gravísima enfermedad (LP 77). Tras aludir a los diversos males que se habían manifestado en Francisco «durante mucho tiempo y hasta su muerte», el compilador añade: «Y era tal el fervor de su espíritu desde su conversión a Cristo, que, a pesar de los ruegos de los hermanos y de otras personas, por la compasión que les producía, no quiso preocuparse con que fuera atendida alguna de estas enfermedades» (LP 77). El profesor Carl Andresen ha publicado un estudio, digno de relieve y pleno de agudas observaciones, sobre la resistencia de Francisco a aceptar asistencia sanitaria.35 Julia Barone ha tratado también este tema en una breve comunicación presentada en el XIV Convenio del Centro de Estudios sobre la espiritualidad medieval, celebrado en 1973 en Todi.36 Así y todo, el tema requeriría ser estudiado con más profundidad a la luz de los testimonios de las fuentes primitivas. Resultándome imposible hacerlo en este momento, pues sobrepasaría los limites de esta relación, quisiera anticipar al menos alguno de los resultados que, en mi opinión, se derivarían de tal investigación monográfica.

Tiene sin duda razón Andresen cuando subraya el riguroso ideal ascético al que tendía Francisco en su imitación de Cristo pobre y crucificado, a saber, la perfecta sujeción del cuerpo al alma convirtiéndolo en su auténtico hermano al servicio de Dios.37 El Santo, en quien, por su posición de cabeza carismática y jurídica de la fraternidad, palpitaba una vivísima conciencia de ser la «forma» visible «de los menores»,38 temía prodigar excesivas atenciones al «hermano asno»,39 malacostumbrándolo con medicinas. Además, la fe intensa en la omnipresencia activa de Dios fue siempre uno de los goznes sobre los que giró su espiritualidad.40 Recurrir a la asistencia de médicos le hubiera parecido como una forma de querer estorbar con cuidados y afanes terrenos la acción de Dios en su vida,41 con peligro de desviar su corazón de lo único necesario. Tampoco estuvo ausente de su actitud el temor a ofender a su amada «Dama Pobreza» tomando medicinas, muchas de las cuales debían ser bastante caras, a juzgar por las piedras preciosas previstas como ingredientes en algunas recetas que han llegado hasta nosotros.42 Por último, bastantes pasajes de las fuentes confirman que Francisco soportaba sus múltiples enfermedades en íntima unión con Cristo crucificado y las consideraba como hermanas suyas en la glorificación de Dios. Resignándose a la voluntad divina, también en los más lacerantes y persistentes dolores, el Poverello esperaba convertirse en partícipe del tan suspirado martirio. El pasaje varias veces citado del compilador subraya precisamente este aspecto en la conclusión de su relato: «Se portaba así porque, gracias a la gran dulzura y compasión que a diario percibía en la meditación de la humildad y los pasos del Hijo de Dios, lo que para la carne era amargo, se le hacía dulce para el espíritu. Es más: de tal manera se dolía a diario de los sufrimientos y amarguras que Cristo toleró por nosotros y de tal manera se afligía de ellos interior y exteriormente, que no se preocupaba de sus propias dolencias» (LP 77).43 La compasión mística con Cristo crucificado no sólo le ayudaba a soportar con paciencia sus propios sufrimientos, sino incluso hasta casi olvidarlos. No creo que sea necesario detenerme subrayando el interés de este testimonio para conocer la psicología religiosa y la historia medieval de la devoción a la pasión de Cristo.

II. AGRAVACIÓN DE LAS
ENFERMEDADES DE FRANCISCO
DURANTE LOS DOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA

El período comprendido entre la estigmatización y la muerte de san Francisco se caracteriza por la progresiva agravación de sus diversas enfermedades y el rápido ocaso de sus fuerzas físicas. Es imposible determinar con seguridad si, desde el momento de su aparición en el monte Alverna, las cinco heridas presentaban las mismas características que muchos testigos pudieron observar después de la muerte del Pobrecillo:44 éste ocultó con total discreción su extraordinaria experiencia mística. Con todo, algunos indicios permiten concluir que, salvo la cicatriz del costado de la que, en expresión del biógrafo, «muchas veces manaba sangre» (1 Cel 95), siempre se asemejaron mucho a clavos. Aunque las fuentes no lo indiquen explícitamente, no hay ninguna duda de que estas «señales de martirio» (1 Cel 113) debieron producirle continuos y atroces dolores.

Luego de su regreso del Alverna a Asís, «le acometió una gravísima enfermedad de ojos», escribe Tomás de Celano (1 Cel 98). Más exactamente, debía haber escrito: le acometió una agravación del tracoma que había contraído en Oriente Medio. Los hermanos aconsejaban con insistencia al Santo que aceptase ser visitado por un médico; «él, empero, hombre de noble espíritu, dirigido siempre al cielo, que no ansiaba otra cosa que morir y estar con Cristo, se negaba en redondo a tal plan» (1 Cel 98). Pero entonces el hermano Elías, «a quien había escogido para sí como madre...», le impuso, por obediencia, que no rechazara la asistencia médica, sino que la aceptara «en el nombre del Hijo de Dios».

En su estudio antes citado, el profesor C. Andresen ilustra muy bien cuánto le costó a Francisco cumplir esta imposición, pues debió parecerle como una claudicación respecto al ideal de total abandono en manos de la divina providencia, y de perfecta hermandad entre alma y cuerpo.45 Sería demasiado el pretender que el relato de un hagiográfico medieval transparente algo del dramático conflicto de conciencia que ineludiblemente sufrió el paciente. El biógrafo se limita a referir el estadio final: «El santo Padre asintió amablemente, y con toda humildad se sometió a quien se lo aconsejaba» (1 Cel 98b). La intervención del cardenal Hugolino, que consideraba a Francisco «en extremo necesario y útil para la Iglesia de Dios» y que «animaba al santo Padre a cuidarse y a no rechazar lo que necesitaba por la enfermedad, porque su negligencia podría ser juzgada pecado y no mérito» (1 Cel 101b),46 ayudó sin duda en gran manera al Pobrecillo a superar sus escrúpulos de aceptar la ayuda y atención médicas.

Una fuente tardía, los Actus beati Francisci et sociorum eius, y que debemos utilizar con gran cautela, posiblemente ha recogido un recuerdo históricamente atendible cuando refiere que el cardenal protector escribió al Santo ordenándole que se dirigiera a Rieti para curarse los ojos. También parece verosímil el detalle de que el Pobrecillo, antes de dirigirse a Rieti, fuera al monasterio de San Damián a visitar y confortar a santa Clara. Allí, «a la noche siguiente, enfermó tan gravemente de los ojos, que no podía soportar ninguna luz».47 La intolerancia a la luz es, efectivamente, uno de los síntomas que acompañan al tracoma. Gracias a la Leyenda de Perusa sabemos que este ataque le sobrevino cuando «hacía mucho frío» (LP 83b), es decir, en diciembre de 1224 o enero de 1225.

Según refiere este mismo compilador, el enfermo se hospedó entonces junto a San Damián (LP 83b), probablemente en la casa de los hermanos encargados del servicio espiritual y material de las clarisas.48 A causa de su intensísima fotofobia, en una de las estancias le acondicionaron una celdilla de esteras que le aseguraba una oscuridad total. El relato de esta fuente permite captar otros datos importantes para la historia de las enfermedades: el paciente yació en la oscuridad de la celdilla durante más de cincuenta días, sin poder soportar la luz del sol ni el resplandor del fuego; sufría «grandes dolores en los ojos día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir durante la noche». Inmediatamente a continuación indica un detalle que refleja la experiencia directa del que asistía al enfermo: «...lo que dañaba mucho y perjudicaba a la enfermedad de sus ojos y sus demás enfermedades» (LP 83c).

Lo visitó fray Elías y, viéndole sufrir tanto, le mandó que se dejara ayudar y cuidar: «incluso le dijo que deseaba estar presente cuando el médico comenzase el tratamiento, sobre todo para que con mayor seguridad se dejara medicinar y para animarle en aquel gran sufrimiento» (LP 83b). Pero la crudeza del invierno y la aguda crisis por la que atravesaba la enfermedad desaconsejaron trasladarlo entonces a Rieti. Es imposible afirmar con exactitud cuándo se hizo el largo y penosísimo viaje hasta la ciudad sabina; el detalle temporal transmitido por el compilador es más bien impreciso: «El tiempo favorable para el tratamiento de los ojos se aproximaba» (LP 86), es decir, se aproximaba una época menos fría. Por otra parte, el viaje tuvo que realizarse antes del 31 de enero de 1226, pues Tomás de Celano indica expresamente que el Santo fue cálidamente acogido por el papa Honorio III y los cardenales de su curia, especialmente el cardenal Hugolino (1 Cel 99).49 Por los repertorios pontificios de actas se deduce que Honorio III permaneció en Rieti, con la Curia, desde el 23 de junio de 1225, hasta el 31 de enero de 1226.

No carece de interés para la historia de la medicina cuanto refiere la Leyenda de Perusa sobre el modo de transportar a un enfermo tan grave (LP 86). Aunque su enfermedad se había agravado mucho, colocaron a Francisco sobre una cabalgadura y lo sostuvieron desde ambos lados durante el viaje. El dato siguiente refleja la información de un testigo ocular: Francisco «llevaba la cabeza cubierta con un capuchón que le habían confeccionado los hermanos; y como no podía soportar la claridad del día por los insufribles dolores provenientes de la enfermedad de los ojos, tapaba sus ojos con una venda de lana y lino cosida al capuchón». Tras la llegada a Rieti, la comitiva se dirigió al eremitorio de Fonte Colombo. El compilador aclara plausiblemente el motivo por el que fray Elías, aconsejado seguramente por el cardenal Hugolino, envió a Francisco a Rieti: «para consultar con un médico de esta villa, varón muy experimentado en la curación de los ojos» (LP 86a). Tomás de Celano, que refiere los mismos hechos, enriquece su relato con otra información: «Al no dar con un remedio eficaz entre los muchos que se le habían aplicado, marchó a la ciudad de Rieti, en la que residía, según decían, un varón muy experimentado en la cura de dicha enfermedad» (1 Cel 99a).

Por tanto, durante su estadía junto al monasterio de San Damián, el Pobrecillo fue tratado en vano por más de un médico, y, al parecer, fue este fallido resultado terapéutico lo que indujo a Hugolino y Elías a someterlo al tratamiento de un médico de Rieti que tenía cierta fama en el campo oculístico. Mucho se ha escrito sobre el nombre y cualidades profesionales de este médico, sin siempre ceñirse a la realidad histórica. Así, es incorrecto hablar de «un médico... especialista en enfermedades de ojos»,50 pues antes de finales del siglo XIII no existía la oculística como rama especializada de la ciencia médica, aun cuando la curación de ojos había progresado considerablemente gracias a la Escuela de Salerno.51

En realidad se trató de un médico de medicina general que tenía particulares conocimientos y experiencia en el campo oftalmológico. Las cuidadosas investigaciones archivísticas de Angelo Sacchetti Sassetti sobre las relaciones de la ciudad reatina con san Francisco52 no han logrado, por desgracia, identificar a este personaje. Documentos que se remontan al período comprendido entre 1203 y 1233 hablan del «Maestro Nicola», médico municipal de Rieti, pero no indican que fuera especialmente experimentado en la curación de enfermedades de ojos. Por otra parte, Sacchetti excluye totalmente que la pequeña ciudad de Rieti, que contaba alrededor de 3.000 habitantes (a lo sumo 3.500), disfrutara en aquella época de la atención permanente de otro médico,53 por lo que sostiene que «el famoso oculista que operó a san Francisco... formaba parte de la corte pontificia».54 Hay que tener presente, además del anacronismo de hablar de un especialista oftálmico, que la corte pontificia abandonó la ciudad sabina a finales de enero de 1226, y que quienes entonces operaban eran los cirujanos o empíricos. No queda excluida la posibilidad de que en la región reatina ejerciera su profesión un cirujano particularmente experto en el tratamiento de las enfermedades de ojos, proveniente quizá de las vecinas ciudades umbras de Preci o Norcia,55 y de cuyo nombre y actividades no han llegado noticias hasta nosotros.

En cuanto al tratamiento terapéutico al que los varios médicos sometieron al enfermo, el biógrafo transmite algunos datos dignos de atención: «... y en tal forma había penetrado el mal, que para cualquier remedio hacía falta muchísimo ingenio y procedimientos dolorosísimos. De hecho sufrió cauterios en varias partes de la cabeza, le sajaron las venas, le pusieron emplastos, le inyectaron colirios; en lugar de proporcionarle alivio, estas intervenciones le perjudicaban casi siempre» (1 Cel 101b). Josef Strebel enumera una serie de ingredientes empleados en aquella época por los médicos para confeccionar los colirios con los que intentaban curar a los enfermos de ojos.56

Gracias a un detalle transmitido por el compilador sabemos que cuando el cirujano visitó al Santo en el eremitorio encontró un ojo más enfermo que otro, por lo que propuso «cauterizar la parte superior de la mejilla hasta el entrecejo del ojo que estaba más afectado por el mal». Francisco pensó que había que aplazar la intervención hasta la llegada de fray Elías, retenido a la sazón por compromisos de su cargo de vicario general. «Pero, obligado por la necesidad, y, más que nada, por obediencia al señor obispo de Ostia y al ministro general, se decidió a obedecerles; como le resultara muy gravoso el cuidarse de sí mismo de esta manera, por eso quería que interviniera su ministro» (LP 86b-c).57

Celano y el compilador describen sustancialmente concordes y con gran abundancia de detalles la escena de la cauterización (2 Cel 166; LP 86). El primero emplea correctamente el término «chirurgus», cirujano, para designar a la persona que ejecutó el cauterio. En su relato, lleno de colorido, aflora esa mística de la naturaleza tan típica de Francisco: habla al «hermano fuego» como si fuera una persona y le pide que sea «cortés» con él. En el pasaje aparece, además, la extraordinaria fuerza de ánimo del paciente tanto cuando el cirujano «toma en las manos el hierro candente y tórrido...» como cuando «crepitante, penetra el hierro en la tierna carne, y el cauterio se extiende, sin solución de continuidad, de la oreja a la sobreceja» (2 Cel 166b). El cirujano se asombra de la increíble resistencia de aquel enfermo debilitado en extremo. Luego de la cauterización, Francisco le dice: «Si la carne no está todavía bien cauterizada, cauterízala de nuevo» (2 Cel 166c). En opinión del profesor S. Ciancarelli, el fenómeno de la analgesia espontánea acaecido durante la operación, y del que Francisco habla a sus hermanos cuando, tras haber huido por compasión, regresan a su lado después del cauterio, puede tener una explicación puramente humana.58 De lo que no hay duda es de que en el presente caso no se emplearon las «esponjas soporíferas» que utilizaban los cirujanos boloñeses ya en 1150.59

Las opiniones de los diversos estudiosos de las enfermedades del Santo difieren notablemente en cuanto al significado terapéutico del cauterio.60 Con más cuidado si cabe deberán tamizarse las interpretaciones que aparecen en las fuentes contemporáneas sobre los fines perseguidos por quienes le operaron. La siguiente información del compilador refleja el eco de los compañeros que asistían en aquella ocasión al Santo: «La quemadura era muy extensa: iba desde la oreja hasta el entrecejo, pues durante muchos años, día y noche, le lagrimeaban los ojos. Por eso, a juicio del médico, era necesario abrir todas las venas...» (LP 86h). La intervención, por tanto, miraba a secar el humor inflamatorio transportado al ojo por los vasos aferentes. En el capítulo relativo al cauterio, Vicente de Beauvais (1184/94 - alrededor de 1264) no se expresa diversamente: «Es preciso hacer una cura cauterizando los lugares en los que sobreafluyen los malos humores; en efecto, los remedios medicamentosos desecantes y urentes resultan insuficientes para repeler estos humores, por lo cual es preciso emplear el fuego para secar y quemar... La excesiva putrefacción y la demasía de humores son los que hacen necesario este tipo de cura». 61

Pues bien, según el oculista moderno A. Santoni, «en el caso del tracoma el ojo produce gran cantidad de material infectante que elimina mediante las lágrimas y secreciones; éstas son, por tanto, la principal fuente de infección».62 En el segundo estadio, es decir, en el llamado tracoma declarado y generalizado, «se produce generalmente un exudado conjuntival de aspecto mucoso; en algunos períodos puede manifestarse una sintomatología catarral imponente, con abundante formación de exudado de carácter a veces purulento».63 Sin negar la presencia de fuertes dolores «que se propagan por el área de la primera rama del trigémino» en los casos en que el tracoma presenta la complicación de la membrana corneal,64 me parece evidente que el principal propósito del cirujano fue bloquear el aflujo de la exudación purulenta en los ojos.

En cuanto a la oportunidad de recurrir al remedio extremo del cauterio, ni siquiera los médicos de entonces estaban de acuerdo. Alguno juzgó completamente inútil la intervención: «... Y así fue, pues de nada le aprovechó». «También otro médico le perforó las dos orejas, sin resultado alguno positivo» (LP 86h). Josef Strebel opina que, al perforar los dos lóbulos, el cirujano tenía la convicción -realmente fundada- de que la glándula preauricular está vinculada con el párpado. Además, quiso frenar el aflujo inflamatorio en los bulbos oculares. 65 En otra línea clínica interpretativa, Ciancarelli sostiene: «(El cirujano) se proponía, evidentemente, reparar los daños de las inútiles causticaciones, reduciendo la hinchazón que se había extendido a todo el rostro a causa de la interrupción de numerosas venas y la inevitable de los vasos linfáticos».66

Tras una terapia tan condenada al fracaso que llegó a confirmar a Francisco en su convicción de que todo aquello eran preocupaciones inútiles,67 nos parece inexplicable que en la primavera de 1226 fray Elías pretendiera que aquel paciente más muerto que vivo se sometiese a otro extenuante viaje hasta Siena «en busca de remedio para los ojos» (2 Cel 93a). Carecemos de documentos contemporáneos que confirmen la existencia de un médico senense particularmente experto en la curación de enfermedades de ojos.68 Sin embargo, es probable que, a lo largo de sus frecuentes visitas a las provincias minoríticas, el vicario general tuviera noticias de la fama de un empírico en campo oculístico que operaba en dicha ciudad toscana. Durante aquel interminable viaje hasta Siena, pasando por Narni, Todi, Orvieto y Acquapendente, en la comitiva que acompañaba a Francisco había un médico amigo: «en compañía de un médico amigo de la Orden» (2 Cel 93a). Llegados a Campiglia d'Orcia, el Santo y sus compañeros de viaje vieron la célebre aparición de tres mujeres «tan parecidas en estatura, edad y cara, que se diría que las tres habían salido del mismo molde» (2 Cel 93a). Supuesta su atendibilidad histórica, de este episodio parece deberse concluir que en aquel intermedio el Pobrecillo había perdido la intolerancia a la luz y recuperado, al menos parcialmente, la capacidad visiva.

En el mes de abril, encontrándose en el eremitorio de Alberino, cerca de Siena, «comenzó a agravarse en todo su cuerpo: su estómago, deshecho por larga enfermedad, más la hepatitis y los fuertes vómitos de sangre hacían pensar en la proximidad de la muerte» (1 Cel 105). El compilador completa con algunos detalles el cuadro clínico descrito por Tomás de Celano (LP 59). Este acceso habría ocurrido en la celda, es decir, en una de las cabañas del eremitorio vallado,69 donde poco antes había expuesto a un bienhechor de la Orden las exigencias de la pobreza a la hora de construir las viviendas minoríticas (LP 58). «... Una tarde sintió ganas de vomitar debido a sus males de estómago. Los esfuerzos que hizo fueron tan grandes, que empezó a echar sangre, y continuó echándola durante toda la noche hasta la madrugada». Asustados, los hermanos creían «que casi moría por la debilidad y por los dolores de la enfermedad» (LP 59b).70 Mientras dictaba el Testamento de Siena, el Pobrecillo habría afirmado: «La debilidad y los dolores de mi enfermedad me impiden hablar» (cf. TestS 2; LP 59d).

Los gravísimos síntomas apuntados por los biógrafos se prestan, por desgracia, a interpretaciones opuestas.71 En general, los médicos modernos que han estudiado el presente caso sostienen que el paciente, afecto de una úlcera gástrica a causa de su constitución grácil y linfática, su desnutrición continua y el extraordinario sobreesfuerzo psico-físico producido por su vida mística y apostólica, sufrió una repentina laceración de las paredes internas del estómago. La imponente pérdida de sangre de la que hablan las fuentes sería debida a la rotura de uno o varios vasos sanguíneos.72 Lorenzo Gualino, teniendo en cuenta otros síntomas indicados por los biógrafos y de los cuales me ocuparé más adelante, opina que la causa de la hemorragia gástrica fue «un auténtico tumor malignó, un cáncer de estómago».73 La explicación de J. Strebel, quien, partiendo de la hipótesis de que Francisco estaba afecto de un glaucoma secundario producido por una irido-ciclitis de origen tuberculoso, cree que los vómitos sanguíneos se debieron a la tuberculosis pulmonar influida por el glaucoma, resulta más bien insólita.74

Consideramos, en cambio, con Edward F. Hartung, que el cuadro clínico de los fenómenos patológicos tal como se manifestaron en Siena puede explicarse más fácil y adecuadamente como consecuencia de una repetida infección malárica.75 De hecho, en base a los datos bio-patográficos que el investigador tiene a disposición de su examen, lo más probable parece ser que Francisco contrajo la malaria crónica o, más exactamente, cronificada en sus efectos. No se curó totalmente de ella y siguió viviendo en zonas maláricas, por lo que estaba inevitablemente sujeto «a posteriores picaduras de mosquitos malarígenos causantes de reinfecciones». De ahí que la infección adquiriese de manera ineludible un decurso crónico y progresivo, con «lesiones permanentes en los órganos internos en los que anidan establemente los parásitos... El hígado y el bazo, duraderamente engrosados y endurecidos, se convierten en 'depósitos biológicos' de los parásitos de la malaria crónica a los que caracteriza la siguiente tríada clínica: esplenomegalia (hinchazón del bazo); hepatomegalia (hinchazón del hígado); anemia de tipo hipocrónico secundario y que con mucha frecuencia se agrava progresivamente confiriendo a la piel del paciente un color gris-terroso característico. En los casos más avanzados el cuadro clínico se completa con adelgazamiento, astenia, hinchazones edematosas en las piernas...».76 Con los otros intentos de interpretación no quedan explicados ni el «vitium hepatis» (hepatitis) del relato celanense sobre la crisis que golpeó a Francisco en Toscana, ni la descripción general según la cual el Poverello sufrió mucho «durante largos años... del estómago, del bazo, del hígado» (LP 119e; 81; 2 Cel 96 y 130b).

En la crítica noche de Siena, el ocaso físico de Francisco había llegado ya a la caquexia palúdica. Este «extremado declive de las condiciones generales de nutrición y sanguificación de un organismo y sus fuerzas»77 puede explicar tal vez el interminable vómito de sangre, pues en los maláricos crónicos pueden manifestarse efectivamente síndromes de hemorragias internas.78

En cuanto fray Elías supo la alarmante noticia del agravamiento del Fundador, acudió a su cabecera. La llegada del vicario general provocó la inmediata aunque transitoria mejoría del Santo,79 dato muy ilustrativo de la relación de íntima confianza de Francisco hacia Elías. Carecemos de noticias sobre cómo se verificó el delicadísimo traslado del enfermo; probablemente escogieron el camino que pasa por Rapolano Terme y Foiano della Chiana. Tomás de Celano informa sólo del empeoramiento tras el viaje: «Estando (Francisco) aquí (en Celle de Cortona) por algún tiempo, comenzó a hinchársele el vientre; la hinchazón se extendió a piernas y pies, y el estómago se le fue debilitando tanto, que apenas podía tomar alimento» (1 Cel 105). También estos síntomas corresponden perfectamente al cuadro de la caquexia palúdica, en la que, además de la espleno-hepatomegalia, «el enfermo siente repugnancia a los alimentos, sobre todo a la alimentación cárnica; se produce dispepsia, náuseas, vómitos irregulares... Las hemorragias, epistaxis, hematurias, etc., aumentan cada vez la anemia. Además de ascitis, pueden surgir edemas más o menos extendidos, pudiendo llegarse a la anasarca».80

A petición explícita de Francisco, fray Elías tomó entonces todas las disposiciones necesarias para que lo trasladaran a Asís (1 Cel 105). Pero como «entonces había vuelto a estallar» la guerra entre Perusa y Asís,81 la comitiva -además de fray Elías acompañaban al Santo los hermanos enfermeros y, tal vez, el médico amigo- se vio forzada a evitar la ciudad enemiga y a escoger una desviación, pasando quizá por Mercatale, Umbertide, Gübbio y Valfabbrica.82 Sería interesante conocer también cómo fray Elías resolvió en la práctica el problema de trasladar a un enfermo tan grave y por caminos sin duda nada cómodos: ¿Sobre un animal de silla? ¿En parigüelas llevadas por hermanos o por dos caballos?

III. ÚLTIMAS ENFERMEDADES
Y MUERTE DE FRANCISCO

Luego de su regreso de Toscana, acaecido quizás en mayo o junio de 1226, Francisco fue acompañado primero a Santa María de los Ángeles; más tarde, pero ciertamente antes de que el calor estival alcanzara su máxima intensidad, los hermanos lo llevaron a Bagnaia, aldea situada sobre una colina a unos siete kilómetros de Nocera Umbra, donde se había construido poco antes una casa para los hermanos (LP 96a). El médico, que probablemente había aconsejado que evitaran al enfermo el tórrido calor del verano de la llanura de Espoleto, pensaba en las mejores condiciones climáticas de aquel lugar. Resulta difícil saber con precisión cuánto tiempo duró aquel cambio de aires, pues la afirmación del compilador: «et mansit ibi per plurimos dies», «y permaneció allí bastantes días», no es un modelo de precisión... Lejos de producir la esperada mejoría, aquella permanencia provocó una inesperada agravación. En las piernas y pies del enfermo aparecieron síntomas de hidropesía: «Pero, como comenzaron a hinchársele los pies y las piernas a causa de la hidropesía, comenzó a sentirse muy mal» (LP 96b).

Manteniéndose fiel a su interpretación clínica, Ciancarelli sostiene con energía que en el caso de Francisco se trató de edemas del hambre «debidos a la escasa o nula aportación de determinados alimentos como carne, huevos, pescado».83 El edema, considerado como «hinchazón -y, por tanto... engrosamiento- de los tejidos por su impregnación anormal de líquido seroso»,84 es «sólo manifestación clínica secundaria de otros estados morbosos fundamentales»,85 y se designa con distintos nombres «según la cavidad en la que tiene lugar la recogida del plasma trasudado». En el caso específico, se trata concretamente de la presencia de líquido seroso en cavidades articulares, por lo que este edema recibe el nombre de hidrartrosis o hidropesía articular. Sin embargo, no hay duda de que en este paciente se manifestó la tendencia a la anasarca, es decir, al edema generalizado en todo el cuerpo.86

Las informaciones contenidas en las fuentes inducen a pensar que el origen de la hidropesía no debe atribuirse, en el presente caso, a causas mecánicas (por ejemplo, un corazón descompensado o un agente tumoral), sino a una causa discrásica «consistente en alteraciones de la pared vascular»87 producidas, entre otros motivos, por una enfermedad del hígado. Ahora bien, según médicos investigadores modernos de reconocida autoridad, «existe un nexo etiológico entre malaria y cirrosis y ...la malaria, directa o indirectamente, puede ser causa o concausa de la cirrosis hepática».88 De otra parte, esto es algo conocido ya por la medicina medieval, como demuestra la siguiente afirmación de Vicente de Beauvais: «Todos se hacen (hidrópicos) por una larga enfermedad. Pues por las prolongadas tensiones de las vísceras, tanto los que padecen del hígado y del bazo como los que padecen de gota, se hacen hidrópicos y tienen que beber mucha agua en los accesos de sus largas fiebres cotidianas y cuartanas».89

Los ciudadanos de Asís se alarmaron al tener noticias de la aparición de síntomas tan preocupantes. El podestà Berlingerio di Iacopo da Firenze envió entonces una solemne embajada de caballeros para recoger a Francisco y escoltarlo a lo largo del cómodo camino que ya en la Edad Media unía Nocera con Asís. Aquel triste retorno, con su célebre parada en Satriano, debió ocurrir hacia finales de agosto.90 Parece casi un sino que la vida nómada de Francisco, iniciada en Santa María de los Ángeles con la escucha del Evangelio de misión, ni siquiera se interrumpiera durante la última etapa de sus enfermedades.

Aunque el obispo Guido II estaba ausente -había ido por entonces en peregrinación al santuario de San Miguel Arcángel sobre el monte Gargano, en la Pulla (2 Cel 220)-, el Poverello fue alojado en una de las estancias del Palacio episcopal, donde el médico y los enfermeros podían asistirle con más comodidad. Está claro que tal medida no fue tomada por iniciativa del paciente, sino por voluntad de las autoridades ciudadanas, las cuales temían «que, si moría de noche, los hermanos llevasen secretamente el santo cuerpo para enterrarlo en otra ciudad», razón por la que «decidieron hacer guardia diligentemente todas las noches en torno al palacio» (LP 99; cf. 1 Cel 108).

Las condiciones clínicas del enfermo iban complicándose sin cesar. «A medida que se agravaba la enfermedad, iba languideciendo la fuerza corporal; y, carente ya de energías, no podía moverse en forma alguna» (1 Cel 107a). Clavado al lecho por la «hermana enfermedad», que lo forzaba a permanecer inmóvil, a Francisco debía resultarle penoso el tener que depender de la asistencia sanitaria de sus cuatro compañeros íntimos: Ángel Tancredi, Rufino de Asís, León y Juan «de Laudibus» o Maseo de Marignano, quienes «con toda vigilancia, con el mayor interés, con toda su voluntad, velaban por el descanso espiritual del bienaventurado Padre y atendían a la debilidad de su cuerpo, sin recusar molestias o trabajos, consagrados por entero al servicio del Santo».91 La manifestación del paciente a sus enfermeros «una noche que los dolores no le dejaban dormir» desvela muy significativamente tal estado de ánimo: «Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os moleste ni os pese el tener que ocuparos en mi enfermedad. El Señor os dará por mí, su siervecillo, en este mundo y en el otro, el fruto de las obras que no podéis realizar por vuestras atenciones y por mi enfermedad...» (LP 86d).

Realmente las fuentes franciscanas no se prodigan a la hora de informar sobre el nombre o personalidad de los médicos que atendieron al Pobrecillo durante su postración. Además, el único caso en que el compilador presenta a cierto médico de nombre Bongiovanni d'Arezzo, «conocido y amigo» de Francisco (LP 100a), plantea más de un problema hermenéutico. Así, Arnaldo Fortini, aunque basándose sobre el texto del Espejo de Perfección,92 sostiene que un copista leyó, por error, «Bonus Ioannes de Areço» en vez de «Bonus Ioannes Maraçonis», es decir, «Maragonis», un médico y notario de Asís, del que se conservan documentos de archivo pertenecientes a los años 1217-1259. Ahora bien, este error de lectura, improbable por su misma relevancia, parece absolutamente excluido por el texto más antiguo de la Leyenda de Perusa, donde, sin sombra de dudas, se lee «Bonus Ioannes de civitate Aretii» (LP 100). Ugo Viviani piensa que este Bongiovanni d'Arezzo fue el oculista que curó las enfermedades de ojos de Francisco. Lo deduce del «hecho que el hijo y el nieto -médicos ambos- de Buongiovanni de Arezzo, médico del Santo, se dedicaron con especial predilección a la oculística, llegando incluso a escribir tratados sobre ella».93 Los nombres del hijo y del nieto son «Magister Michael de Orto Aretinus» y «Bonus Ioannes de Orto Aretinus». Aunque la coincidencia del nombre en los documentos contemporáneos de Arezzo y en la Leyenda de Perusa, al igual que el interés por la oculística en hijo y nieto, sea algo atractivo, es evidente que la opinión de Viviani no supera la mera conjetura.

El texto de la pregunta que inicia el diálogo mantenido entre Francisco y el médico, o bien ha sufrido una pequeña corrupción o bien al lector actual se le escapa un dato entonces conocido; en efecto, el paciente se dirige a su visitante con las siguientes palabras: «¿Qué opinas, Finiatu, de mi hidropesía?»94 El Santo, acordándose de uno de sus textos evangélicos preferidos: «Nadie es bueno, sino sólo Dios» (Lc 18,19), elude llamarlo con el título honorífico de «bonus», reservado sólo a Dios.95 La solución más sencilla a este problema la propone el códice Little, en el que se lee «fin Johannii».96 Adviértase también la insistencia en la hidropesía, que era entonces, a cuanto parece, el centro de atención de todos.

Con la habilidad propia del médico experimentado, el interlocutor soslaya una respuesta directa: «Hermano, con la gracia de Dios te irá bien» (LP 100b). Pero el enfermo advierte el subterfugio e insiste en que se le diga toda la verdad: «El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz de vivir como de morir» (LP 100c). Entreviendo tanto valor y firmeza en su amigo moribundo, el médico le declara abiertamente: «Padre, según nuestros conocimientos médicos, tu mal es incurable, y morirás a fines de septiembre o el 4 de octubre» (LP 100d). El texto de la respuesta revela que el encuentro tuvo lugar en septiembre. También es evidente que la predicción de la muerte en cuanto a la fecha 4 de octubre ha sido precisada más tarde a partir del hecho histórico. El médico diría: «Francisco, morirás a finales de este mes o principios del próximo». El compilador añade: «El bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia y exclamó con inmenso gozo interior y exterior: "Bienvenida sea mi hermana la muerte"» (LP 100d). Hasta la misma muerte, «terrible y antipática para todos» (2 Cel 217b), pero que le abre las puertas de la gloria celestial, se convierte en su hermana y por eso la acoge de palabra y con gestos, invitándola con gozo a «hospedarse en su casa» (2 Cel 217b). La enorme debilidad física le impidió levantarse del lecho y dar, de rodillas, las gracias a Dios, como sin duda habría hecho en aquel momento de tan profunda emoción caso de habérselo permitido sus fuerzas físicas.

Hacia finales de septiembre, presintiendo la inminencia de su muerte, Francisco pidió a los hermanos presentes «que cuanto antes lo trasladaran (desde el palacio episcopal) a Santa María de la Porciúncula, pues deseaba entregar su alma a Dios donde, como se ha dicho, conoció claramente por primera vez el camino de la verdad» (1 Cel 108). Lo llevaron en una camilla, pues «no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad» (LP 5a). «Al pasar junto al hospital (de San Salvador delle Paretti), pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís» (LP 5b).

El deterioro caquéctico, por tanto, había llegado a tal extremo que Francisco hubo de ser transportado en camilla. Por otra parte, consiguió -tal vez sostenido por un hermano enfermero- levantar un poco la cabeza y el busto. El detalle del compilador sobre la condición clínica de los ojos de Francisco es importante. A consecuencia del tracoma cicatrizado, la córnea de los ojos se había vuelto casi opaca, produciendo una ceguera casi total.97

Tras la conmovedora oración a Cristo en favor de su amada ciudad (LP 5b), el enfermo fue conducido a Santa María de los Ángeles, donde lo acomodaron, probablemente, en una de las cabañas cercanas al santuario mariano.98 Allí, una noche «se vio tan fuertemente atacado por los dolores de las enfermedades, que le era casi imposible descansar y dormir» (LP 22a). A la mañana siguiente -quizás el viernes 25 de septiembre-, bendijo a todos los hermanos presentes, considerándolos como representantes de toda la Orden. Luego, creyendo por error que aquel día era jueves, quiso imitar la última Cena del Señor. Pidió que le leyeran el evangelio del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15). «Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero».99 No pudiendo analizar aquí con profundidad las implicaciones que este texto entraña para comprender el espíritu religioso del Santo,100 me limito a subrayar que el enfermo tenía tan mermadas sus fuerzas que era incapaz de partir el pan. También es significativo que el enfermo hubiera perdido el sentido del tiempo.

Entre el sábado 26 de septiembre y el 3 de octubre llegó a Santa María de los Ángeles la noble señora Jacoba Frangipane de Settesoli, de la familia de los Normanni, para saludar por última vez a su gran amigo agonizante. Como es obvio, no puedo ponderar aquí todos los datos que sobre este hecho nos transmiten de manera bastante concorde el compilador y Tomás de Celano (LP 8; 3 Cel 37-39).101 Quisiera únicamente subrayar la profunda humanidad del relato: la noble señora, intuyendo un último deseo de Francisco, llevó consigo «almendras, azúcar o miel y otros ingredientes», para prepararle una vez más un pastel que los romanos llaman «mortariolum» (LP 8a).102 «Esta señora preparó el manjar que el santo Padre había deseado. Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte» (LP 8f). El moribundo venció su irresistible náusea y probó un poco del dulce, más por la alegría de la visita que por apetito. El rápido y continuo declinar de las fuerzas físicas de Francisco era tan evidente que nadie dudó de la inminencia de su fallecimiento.

En relación a la historia de las enfermedades de Francisco, hay que recordar también el episodio de aquella noche, «hacia el fin de su enfermedad», en que le apeteció comer perejil. Llamó al hermano cocinero y le pidió humildemente que le trajese un poco. El hermano objetó que aquellos días había cortado tanto, que le resultaría difícil acertar con él a la luz del día, cuánto más en plena oscuridad de la noche. El Santo, que amaba mucho en sus hijos la obediencia rápida y sin discusiones, le rogó que fuera y le trajese las primeras hierbas que le vinieran a las manos. «Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venían a las manos -él no veía nada-, las llevó a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con más atención, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno. El Santo, con lo poco que tomó, se reanimó mucho» (2 Cel 51). El «codex Little»103 localiza el episodio en el palacio episcopal, y añade, entre otros, un nuevo dato que me parece creíble. El enfermo habría dicho: «"Quisiera, hermanos, refocilarme y comer algo, si lo logro". Los compañeros le preguntaron: "¿Qué te gustaría comer, Padre?" Respondió: "Si tuviera perejil, intentaría comer un trozo de pan con él"».104

Del conjunto del relato se deduce que la planta deseada y encontrada fue «petroselinum hortense frondosum», de la familia de las umbelíferas, una planta aromática, condimenticia y medicinal, que tenía varios usos tanto en la cocina como en la medicina medievales.105 En el caso concreto, Francisco, que sufría una anorexia tan fuerte que casi no podía tomar alimentos sólidos, confiaba superar la náusea con la ayuda de esta planta aromática.

El mismo día que gustó un poco del pastel («mortariolum») que le había preparado Jacoba de Settesoli, Francisco se acordó del primer hermano que el Señor le había dado. Dijo pues: «Este pastel le gustaría al hermano Bernardo», e inmediatamente lo hizo llamar a su cabecera. Cuando llegó, Bernardo pidió al Santo una bendición especial y un signo de afecto. «El bienaventurado Francisco no podía verle, pues hacía muchos días que había perdido la vista. Extendió la mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil, que fue el tercer hermano y se encontraba entonces sentado junto al hermano Bernardo, creyendo que la ponía sobre la cabeza de éste. Mas al palpar, como hacen los ciegos, la cabeza del hermano Gil, reconoció su error por virtud del Espíritu Santo, y le dijo: "Esta no es la cabeza de mi hermano Bernardo"» (LP 12b-c).

No es mi intención reconstruir aquí históricamente la sugestiva escena a de la bendición del hermano Bernardo, ni destacar el profundo significado de la recomendación que entonces hizo Francisco a toda la Orden (LP 12d), aspectos de los que se ha ocupado magistralmente el profesor Raoul Manselli en un estudio recientemente publicado.106 Pero sí quiero llamar la atención sobre el hecho de que, según este testimonio, Francisco había perdido ya total y definitivamente la vista.

Durante sus últimos años de vida y sobre todo cuando ya se acercaba la «hermana muerte», el Poverello demostró un permanente y vivo interés por el futuro de su fraternidad, una extraordinaria fuerza de ánimo para soportar los atroces dolores y un espíritu admirablemente alegre: actitudes que contrastan fuertemente con su estado caquéctico, que precisamente produce disminución de las facultades psíquicas, apatía e incluso estados depresivos.107 Quizás el signo más convincente de tales actitudes lo tengamos en su Cántico de las criaturas, compuesto en San Damián mientras sufría una terrible crisis oftálmica y que, por mandato suyo, los hermanos le cantaron con frecuencia durante el proceso de su enfermedad.108 En este sentido merece crédito la afirmación de Tomás de Celano: «... los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo» (2 Cel 217b).

En cuanto a la situación clínica de aquellos últimos días, no parece excesivo el breve resumen escrito por el mismo biógrafo: «No había quedado en él miembro que no sufriera intensamente; y, perdiendo poco a poco el calor natural, día a día se iba avecinando el final. Los médicos se quedaban estupefactos y los hermanos maravillados de cómo un espíritu podía vivir en carne tan muerta, pues, consumida la carne, le restaba sólo la piel adherida a los huesos» (1 Cel 107b).109 En primer lugar, este testimonio concuerda perfectamente con el cuadro clínico de la caquexia palúdica, en la que se manifiesta un extremo adelgazamiento, «con el que contrasta la tumefacción del abdomen por la esplenomegalia y la hepatomegalia», así como por los edemas difusos.110 Este síndrome, junto con el tracoma, justifica la afirmación, aparentemente enfática, de un dolor generalizado. El detalle relativo al color cutáneo anormal viene a completar otro pasaje de Celano en el que habla del cambio de color de la carne de Francisco, «naturalmente morena antes» y de extraordinaria blancura luego de su muerte.111 También este dato concuerda perfectamente con la sintomatología de las fiebres intermitentes cronificadas: «Los enfermos de malaria crónica presentan... color pálido de la piel y las mucosas, a veces amarillo-terroso».112

Uno de los últimos días de su itinerario terreno, Francisco brindó a sus hermanos más íntimos la posibilidad de observar cómoda y exactamente el aspecto poco atrayente de un cuerpo enormemente enjuto, con el abdomen y las articulaciones tumefactos y con una piel desagradablemente negruzca. Siguiendo la costumbre monástica observada para los moribundos claustrales, «hizo que le pusieran desnudo» sobre un cilicio, o sea, un grosero paño hecho de pelo de cabra, sobre el que se había esparcido cenizas, en forma de cruz. Impulsado por su ingenio poético, quiso con esta acción escénico-simbólica, unirse a Cristo en la cruz, en su extrema pobreza. «Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: "He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra"» (2 Cel 214b).

De las palabras dirigidas a Francisco por su guardián personal -tal vez el hermano Ángel Tancredi- se deduce que, cuando le quitaron las ropas para depositarlo desnudo en el suelo, también quiso que le quitaran la gorra de saco que solía llevar en la cabeza para cubrir las llamativas cicatrices producidas por la cauterización (2 Cel 215).113

Ningún biógrafo transmite noticias que nos permitan formarnos una idea exacta de cómo fue la agonía y el momento de la muerte del Santo. Como su intención al escribir la vida de Francisco era sobre todo edificar a los lectores, los aspectos que subrayan son los religiosos. Así, Celano escribe: «Nuestro beatísimo padre Francisco, cumplidos los veinte años de su total adhesión a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles... salió de la cárcel de la carne y remontó felizmente el vuelo a las mansiones de los espíritus celestiales el año 1226 de la encarnación del Señor, en la indicción decimocuarta, el 4 de octubre, domingo [es decir, el sábado 3 de octubre, hacia el anochecer] en la ciudad de Asís, lugar de su nacimiento, y cerca de Santa María de la Porciúncula, que fue donde primero estableció la Orden de los Hermanos Menores» (1 Cel 88b).114

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Después de todo lo expuesto, me parece evidente que la causa determinante de la muerte biológica de san Francisco fue la caquexia malárica consecutiva, o una «preponderancia de los procesos de desasimilación sobre los de asimilación», que le llevaron a un total desmoronamiento de las fuerzas de su organismo, hasta que las células nerviosas del cerebro dejaron de vivir.115 A la luz de cuanto expresamente refieren las fuentes primitivas de la vida de Francisco, tanto respecto a la «febris quartana» como a la grave enfermedad del hígado y del bazo, así como en base a cuanto sabemos sobre la medicina de la época, el negar que la malaria fue la causa que más influyó en el proceso de las enfermedades y en la muerte del Poverello, sería contrario a la evidencia histórica.116

Aparte alguna alusión fugaz, no me ha sido posible describir aquí la actitud interior con la que el Santo afrontó el martirio que sus múltiples enfermedades le produjeron.117 No obstante este límite, insuperable por la amplitud del tema, salta a la vista que la continua e íntima comunión con Cristo crucificado fue lo que le confirió la fuerza necesaria para soportar con heroica paciencia sufrimientos tan prolongados, múltiples y atroces. Ningún testimonio evidencia quizá tan claramente la frecuencia del fenómeno morboso en la vida de Francisco y, a la vez, la fuente interior que le ayudaba a soportar «enfermedad y tribulación» (Cánt 10), como un «dicho» del beato Gil: «Preguntado qué pensaba del bienaventurado Francisco, respondió inflamado al oír este nombre: "Aquel hombre Francisco nunca debería ser nombrado sin que uno se relamiera de gusto los labios; sólo le faltó una cosa, a saber, la fortaleza del cuerpo; pues si hubiera tenido un cuerpo como el mío, es decir, tan robusto como lo tengo yo, ciertamente nadie en el mundo habría podido seguirlo en absoluto"».118

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N O T A S:

1) A. Bournet, S. François d'Assise. Étude sociale et médicale, Lyón-París [1893]. En el ejemplar que conserva la Biblioteca central de los Capuchinos en Roma hay inserto, cada dos páginas, un folio en blanco. En el frontispicio hay un papelito encolado, en el que se lee: «El autor tiene el honor de rogar muy humildemente a los respetados Discípulos de san Francisco que tengan a bien señalar los error[es] y lagunas contenidos en este librito». Creo que esta petición, que honra a su autor, iba dirigida sobre todo al P. Édouard d'Alençon (véase también en el libro, p. 112, la nota 2). Por lo demás, Bournet era muy escéptico respecto al diagnóstico de las enfermedades de Francisco: «No puede entrar en mi propósito el presentar al público médico un estudio de las enfermedades de Francisco de Asís. Carente de documentos, cada frase debería ir seguida de un signo de interrogación» (ibid., 123, nota 3). Sobre este ensayo, véase la recensión (brevísima y preponderantemente negativa) en Analecta bollandiana 13 (1894) 301s; véase también O. Schmucki, en Coll Franc 33 (1963) 215.

2) Cf. A. Bournet, S. François, 169-172.

3) Th. Cotelle, Saint François d'Assise. Étude médicale, París 1895. En la guarda del ejemplar existente en la Biblioteca central de los Capuchinos en Roma se lee la dedicatoria manuscrita del autor: «Homenaje afectuoso al Reverendo Padre Édouard de los Hnos. Men. Capuchinos. Angers, 28 de octubre de 1895. Dr. Th. Cotelle».

4) O. Parisotti, Quo morbo oculi sensum amisit Franciscus ab Assisio, Roma 1918.

5) L. Gualino, L'Uomo d'Assisi (Piccola Biblioteca di scienze moderne, 347), Turín 1927. Véase una nota sobre este ensayo en Coll Franc 5 (1935) 132s.

6) E. F. Hartung, St. Francis and medieval medicine, en Annals of Medical History (Nueva York) 7 (1935) 85-91. De este trabajo dice justamente R. Brown, A Francis of Assisi research bibliography..., en M. A. Habig (ed.), St. Francis of Assisi, Writings and early Biographies: English Omnibus..., Chicago, Illinois [1973], p. 1.719, que es «un estudio de las fuentes bien documentado». Cf. ibid., pp. 1.718s, más bibliografía sobre las enfermedades y la muerte del Santo.

7) J. Strebel, Kulturhistorisches aus der Geschichte der Ophtalmologie und Medizin. Diagnose des Augenleidens des hl. Franziskus von Assisi... Die Todesursache A. Dürers, en Klinische Monatsblätter für Augenheilkunde (Stuttgart) 99 (1937) 252-260. La investigación sobre la causa de la muerte de Durero no llega a ocupar una página (259s); el resto está dedicado a la oftalmía y a las demás enfermedades del Poverello.

8) S. Ciancarelli, Francesco di Pietro Bernardone malato e santo [Florencia 1972]. Puede verse mi recensión en Coll Franc 43 (1973) 405-407. No me ha sido posible ver la segunda edición de este volumen bien ilustrado, pero tengo la certeza de que la interpretación bio-patológica del autor se mantiene esencialmente idéntica.

9) K. Haines, The Death of St. Francis of Assisi, en Franziskanische Studien 58 (1976) 27-46. De cualquier modo, esta investigación contiene material comparativo muy interesante sobre otros santos y enfermos anteriores a Francisco; también indica estudios de historia médica, especialmente del ámbito anglosajón, merecedores de la atención del estudioso.

10) Octavianus [Schmucki] de Rieden, De sancti Francisci Assisiensis stigmatum susceptione. Disquisitio historico-critica luce testimoniorum saeculi XIII, en Coll Franc 33 (1963) 210-266, 392-422; 34 (1964) 5-62, 241-338.

11) O. Schmucki, Enfermedades que sufrió S. Francisco de Asís antes de su estigmatización, en Sel Fran n. 47 (1987) 287-323 [En este mismo sitio web y antes de la página en que estamos, puede verse la versión informática del estudio aquí citado]. En las notas 13, 47 y 56 indico otros estudios de menor extensión, a los que remito al lector.- En adelante lo citaremos: O. Schmucki, Enfermedades.

12) Como atinadamente afirma Carl Andresen, Franz von Assisi und seine Krankheiten, en Wege zum Menschen (Gotinga) 6 (1954) 33-43, 40: «De este modo [como coronación de la devoción de Francisco a la Pasión de Cristo] la estigmatización de Francisco se convierte en un ejemplo clásico para estudiar el problema alma-cuerpo en la piedad».

13) Respecto al concepto muy discutido de enfermedad, cf. L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico scientifico-divulgativo, Novara [19582], 723-725. «En el actual estado de nuestros conocimientos biológicos y médicos, se podría definir la enfermedad como "un estado o modo de ser anormal de nuestro organismo, entendido como desviación de los procesos bioquímicos, en los cuales se sustancia y materializa la vida, desde el plano normal de su desarrollo"».

14) Cf. O. Schmucki, Stigmatisation, en Lexikon für Theologie und Kirche IX2 (1964) 1.081s (con bibliografía).

15) O. Schmucki, Gli ultimi due anni di san Francesco d'Assisi e il rinnovamento della nostra vita, en Laurentianum 17 (1976) 209-250. Una condensación de este trabajo, traducido al castellano, puede verse en Sel Fran n. 17 (1977) 136-154: Los dos últimos años de la vida de S. Francisco y la renovación de nuestra vida. [En este mismo sitio web, puede verse la versión informática del estudio aquí citado].

16) Según el Dizionario enciclopedico italiano VI (1957) 172a, enfermizo significa «enfermo de enfermedad no grave pero duradera». [Según el Diccionario de la Real Academia Española enfermizo significa «que tiene poca salud; que enferma con frecuencia». El Diccionario de uso del español de M. Moliner, I, 1.118, explica que enfermizo «se dice del organismo con poca fortaleza física y con predisposición a enfermar».] Cf. O. Schmucki, Enfermedades, 322, b) y también la nota 95.

Nota del Traductor: Una de las fuentes anónimas, fundamental para conocer los orígenes franciscanos, es la que suele llamarse Leyenda de Perusa=LP, pero que ha recibido diversos nombres. El P. Schmucki sostiene fundadamente que debe llamarse Compilatio perusina=Compilación de Perusa, pues en realidad es una compilación, y no una leyenda. En relación con esto, el padre Schmucki, a lo largo del artículo, habla repetidamente del «compilador», refiriéndose al autor anónimo de esta fuente biográfica, a la que, no obstante, llamaremos Leyenda de Perusa en consideración al uso habitual entre nosotros.

17) Cf. también K. Haines, The Death of St. Francis, 36, quien, concordemente con lo que acabamos de decir, afirma que las varias biografías y los escritos del Santo nos proporcionan, aun sin pretenderlo, uno de los historiales médicos medievales más detallados que han llegado hasta nosotros, y cree que, con la ayuda de los conocimientos médicos modernos, es posible hacer una valoración ilustrada respecto a la naturaleza precisa de las dolencias de Francisco.

18) Cf. A. Celli, Storia della malaria nell'Agro Romano, Città di Castello 1925, 177 (testimonio explícito relativo a 1192 y 1197), 187: «...hacia la mitad del siglo IX se inicia una nueva agravación, es decir, se instaura un nuevo ciclo malárico, que se mantiene a grandes líneas durante todo el medievo, y se interrumpe con una nueva atenuación en el renacimiento...».- Es significativo el hecho de que Enrique de Avranches (nacido hacia 1190 y muerto alrededor de 1272), Legenda s. Francisci versificata, lib. I, vv. 70-113, en Analecta franciscana, X, Quaracchi-Florencia 1926-1941, 409-411, interprete, en torno a 1232/34, espontáneamente los datos de la Vita prima s. Francisci de Tomás de Celano como una fiebre agudísima y casi ciertamente malárica: «Un frío intensísimo se derrama y esparce por los nervios sensibles, se erizan los pelos de la cabeza, es agitado por los escalofríos»: v. 98s: 410. Digno de tenerse en cuenta es también el hecho de que el poeta revela también en otros lugares buenos conocimientos médicos.

19) Cf. también 2 Cel 96: «En el rezo de las horas canónicas era temeroso de Dios a par de devoto. Aun cuando padecía de los ojos, del estómago, del bazo y del hígado, no se apoyaba en muro o pared durante el rezo de los salmos...».- Cf. O. Schmucki, Enfermedades, pág. 294, nota 22. Aquí, y respecto al desarrollo de las enfermedades del Santo hasta 1224, resumo el estudio que acabo de citar.

20) Cf. 3 Cel 34, en Anal Franc X, 285: «A su regreso de España, por no haber podido ir a Marruecos tal como era su propósito, san Francisco cayó gravísimamente enfermo. Afligido por la indigencia y la debilidad y arrojado groseramente de la hospedería por el hospedero, perdió el uso de la palabra durante tres días». De las fuentes antiguas, ésta es la única que transmite este relato; cf. O. Schmucki, Enfermedades, 295-298. Sobre el viaje a España se indican otros estudios en Bibliog Franc XIII (1964-1973) n. 583-585.

21) Cf. O. Schmucki, Enfermedades, 299-301.

22) Cf. K. Esser, La Orden franciscana. Orígenes e ideales (Col. Hermano Francisco, 2). Aránzazu, 1976, pp. 82-90 («Predicadores nómadas); O. Schmucki, «Secretum solitudinis». De circumstantiis externis orandi penes sanctum Franciscum Assisiensem, en Coll Franc 39 (1969) 5-58, 43-45 («De sensu domus»); cf. Idem, «El secreto de la soledad», en Sel Fran n. 8 (1974) 166-169.

23) Volveré más adelante a tratar de esta sintomatología; cf. notas 29 y 76.

24) LP 80a-b: «Estando convaleciente de una grave enfermedad, le pareció, examinándose, que durante ella se había permitido tomar un poco de "pietanza", por más que apenas había comido, porque los muchos, diversos y prolongados males no se lo permitían. Un buen día se levanta, aunque todavía estaba con fiebres cuartanas, y ordena que convoquen a los habitantes de Asís en la plaza para predicarles». Cf. también 1 Cel 52: «Sucedió en cierta ocasión que, estando enfermo, comió un poco de carne de pollo; recobradas las fuerzas del cuerpo, entró en la ciudad de Asís...». LM 6,2: «Levantóse, pues, al instante, inflamado en el espíritu de la santa humildad, y, convocado el pueblo en la plaza de la ciudad de Asís, entró solemnemente en la iglesia catedral acompañado de muchos hermanos que había llevado consigo. Iba con una soga atada al cuello y sin más vestido que los calzones. En esa forma se hizo conducir, a la vista de todos, a la piedra donde se solía colocar a los malhechores para ser castigados. Subido a ella, no obstante ser víctima de fiebres cuartanas y de una gran debilidad corporal y bajo la acción de un frío intenso, predicó con gran vigor de ánimo, diciendo a los oyentes que no debían venerarle como a un hombre espiritual, antes, por el contrario, todos deberían despreciarlo como a carnal y glotón».- Para el comentario histórico de estos pasajes, véase: Enfermedades, 309-312.

25) Cf. O. Schmucki, De stigmatum susceptione, 33 (1963) 401. M. Bigaroni, «Compilatio Assisiensis» [Sta. María de los Ángeles-Asís 1975] 221-223, nota 136, sostiene que Francisco convocó al pueblo en la plaza de San Rufino; en cambio, A. Fortini, Nova vita di san Francesco, I/2 [Sta. María de los Ángeles-Asís 1959], 135-140, piensa más bien que se trata de la actual Plaza Mayor.

26) Nota del Traductor: Hemos de advertir que según la edición crítica de M. Bigaroni, «Compilado Assisiensis», 220/221, el texto latino de LP 80a dice: «Unde quodam tempore, cum aliquantulum convaluisset de quadam maxima infirmitate, consideravit et visum fuit ei quod habuisset aliquantulam pietantiam in illa infirmitate, licet parum commederet...». El mismo Bigaroni en la traducción que allí hace, y también el P. Schmucki en el estudio que estamos traduciendo, entiende este texto en el sentido de que lo que se reprochaba S. Francisco era el haberse permitido tomar un poco de «pietanza»: «aliquantulam pietantiam». La edición de la BAC, en cambio, entiende ese mismo texto, al igual que lo hacen muchas traducciones a distintas lenguas, en el sentido de que el Santo se reprochó el haber sido «un tanto complaciente» consigo mismo en la comida. Cf. Schmucki, Enfermedades, 309-310 y la nota 65.

27) Thomas Cantimpratensis, Liber de natura rerum. Editio princeps secundum codices manuscriptos [ed. H. Boese]. Parte I: Texto, Berlín-Nueva York 1973, lib. I, n. 33, p. 36 lín. 24-26.

28) Cf. E. Marchiafava, Malaria, en Enciclopedia italiana (Treccani), XXI (1934), 987-1.000, 995b. Cf. Schmucki, Enfermedades, 311, nota 69. He de agradecer públicamente la colaboración que me han prestado el malariólogo brasileño Dr. D. Marcelo Tricca del «Centro de Check-Up» de Piracicaba (SP) y el Dr. D. Maurizio Palombi de Roma.

29) Tales síntomas son recogidos en sus obras por los autores medievales. Dice Tomás De Cantimpré, Liber de natura, lib. I, n. 33, ed. cit., 35s: «La fiebre cuartana intermitente es una fiebre pútrida (...). Son devastados por tremendos escalofríos. En las comisuras de los labios y en las extremidades de las manos y los pies aparece la lividez (...). El bazo se suele hinchar...» (35 lín. 1, 4-6); Vincentius Bellovacensis (Vicente de Beauvais), Speculum quadruplex sive speculum maius: naturale, doctrinale, morale, historiale. II: Speculum doctrinale, lib. XIV, c. 14, Douais 1624; Graz-Austria 1965, col. 1291B: «La fiebre cuartana empieza con un temblor tan vehemente que obliga a los dientes a apretarse y golpearse entre sí, como no ocurre en ninguna otra fiebre. Duelen los huesos y las articulaciones y se hacen pesados. Cuando esta fiebre calienta e inflama, es más ardiente que la flemática, aunque no alcanza el calor de las tercianas, ni se siente tanta sed, ni tanta excitación, ni tanto dolor de cabeza, ni tanta enajenación como en las tercianas».

30) Citado por Anna Celli-Fraentzel, Quellen zur Geschichte der Malaria in Italien..., en Quellen und Studien zur Geschichte der Naturwissenschaften und der Medizin, IV/4, Berlín 1935, 44 ó [384]. De esta investigación resulta, de manera impresionante, que «todo el ejército, la nobleza de la nación alemana, los reyes y el emperador perdieron la guerra contra una fuerza de la naturaleza, a la que no podían vencer con sus fuerzas humanas», es decir, la malaria (ibid., 54 ó [394]).

31) He intentado reconstruir los hechos en Das Leiden Christi im Leben des hl. Franziskus von Assisi..., en Coll Franc 30 (1960) 369-372; cf. la bibliografía más reciente en Bibliog Franc XIII (1964-1973) n. 589-593, y A. Matanic, Del viaggio di san Francesco in Oriente, en O. Schmucki - F. F. Mastroianni - Idem, San Francesco d'Assisi, pacificatore e missionario, Nápoles 1976, 35-50.

32) He tratado de este tema en Enfermedades, 301-309.

33) Compárese este texto con lo que afirma A. Santoni, Oculistica, Milán 1968, 264: «Aunque el clima no parece tener una influencia definitiva en la enfermedad, como atestigua su existencia en países cálidos, como Egipto, y en otros muy fríos, como Polonia o Rusia, su frecuencia parece en cierta manera asociada a la sequedad y al polvo, como demuestra también el mayor número de enfermos que afluyen a los ambulatorios durante los meses cálidos».

34) Sobre la sintomatología del tracoma cf. L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, 1.163; L. Bardelli, Il Tracoma, Florencia 1940, con muchas ilustraciones; A. Santoni, Oculistica, 257-280. Véase la colorista descripción de Enrique de Avranches, en Enfermedades, 304, nota 50. El cuadro clínico que reflejan los versos de este poeta me parece conciliable con el tracoma.

35) C. Andresen, Asketische Forderung und Kranheit bei Franz von Assisi, en Theologische Literaturzeitung (Leipzig) 79 (1954) 129-140; véase mi resumen en Bibliog Franc XI (1954-1957) n. 370.

36) G. Barone, S. Francesco, S. Bonaventura e la malattia, en S. Bonaventura francescano, Todi 1974, 269-278.

37) C. Andresen, Asketische Forderung, passim. «Mientras el cuerpo está dispuesto a servir a la obra de la ascesis y a los ejercicios piadosos, es considerado "hermano" con el que hay que andar en íntima comprensión y hermandad» (135).

38) Así es designado san Francisco en la segunda Antiphona ad Benedictus et Magnificat atribuida al cardenal Tomás de Capua: «Salve, sancte pater, patriae lux, forma minorum» (Anal Franc X, 387); cf. A. Ghinato, El buen ejemplo franciscano, en Sel Fran n. 33 (1982) 390-412; K. Esser, La Regla definitiva de los Hermanos Menores a la luz de las recientes investigaciones, en Cuadernos Franciscanos de Renovación n. 6 (1969) 107, también en El Franciscanismo en renovación, Madrid, Centro de Propaganda, 1970, 154; Idem, La Orden franciscana. Orígenes e ideales, Aránzazu 1976, 93.

39) Cf. O. Schmucki, Gli ultimi due anni di san Francesco, 231, nota 71; o también en Sel Fran n. 17 (1977) 146.

40) Como demuestra luminosamente S. López, Dios mío y todas mis cosas. Transcendencia y exclusividad de Dios en san Francisco, en Verdad y Vida 28 (1970) 47-82, y en Sel Fran n. 3 (1972) 52-68.

41) C. Andresen, Asketische Forderung, 138s. He recogido y comentado algunos testimonios en mi estudio: «Mentis silentium». Il programa contemplativo nell'ordine francescano primitivo, en Laurentianum 14 (1973) 199-204 («El silencio mental»); cf. Sel Fran n. 8 (1974) 171.

42) Véase, por ejemplo, una receta indicada por Tomás de Cantimpré, Liber de natura rerum, lib. I, n. 33, ed. cit., 36 lín. 20-22. Véase el estudio monográfico de A. Pazzini, Le pietre preziose nella storia della medicina e nella leggenda, Roma [1939].

43) Cf. O. Schmucki, Leiden Christi, 376-379 («Los sufrimientos de la última enfermedad, sustitutivos del martirio»).- K. Haines, The Death of St. Francis, 30s, muestra con cuánta frecuencia los grandes espirituales del medievo rehusaban la atención del médico.

44) Remito a lo que he expuesto en De S. Francisci stigmatum susceptione, 34 (1964) 323-338 («Forma verosímil de las llagas de san Francisco»).

45) C. Andresen, Asketische Forderung, 137-140.

46) Cf. también LP 83a: «Viendo que el bienaventurado Francisco continuaba siendo duro con su cuerpo, como lo había sido siempre, y, sobre todo, que, estando perdiendo la luz de los ojos, rehusaba que se los curaran, el obispo de Ostia, que después fue papa, le hizo esta advertencia con mucho amor y compasión: "Hermano, no obras bien al no cuidar de ser ayudado en la enfermedad de los ojos, pues tu salud y tu vida son muy útiles a ti y a los demás. Si te compadeces de los hermanos enfermos y has sido siempre misericordioso con ellos y continúas siéndolo, ahora no debes ser cruel contigo, porque tu enfermedad es grave y te encuentras en una evidente necesidad. Por eso te ordeno que te dejes ayudar y curar"».

47) Actus beati Francisci et sociorum eius, c. 21, n. 1-3, ed. P. Sabatier, París 1902, 71s [cf. Flor 19].

48) Cf. O. Schmucki, Speculum S. Francisci in S. Clara eiusque spiritu filiabus relucens, en Coll Franc 41 (1971) 404.

49) Respecto al tiempo en que la curia residía en Rieti, véase Anal Franc X, 76, nota 4.- Para las cuestiones relativas al tiempo y lugar en que Francisco compuso el Cántico de las criaturas, véase R. Brown, Appendix VIII: The Canticle of Brother Sun, en O. Englebert, Saint Francis of Assisi: a biography, Chicago, Illinois, 1965, 441-458. Véase también, más adelante, nota 108.

50) Así se lee, por ejemplo, en la traducción de M. Bigaroni, «Compilatio assisiensis», 247. [Y en la traducción de la BAC: San Francisco de Asís. Escritos..., 653: «especialista de los ojos» (LP 86a); 202: «un gran especialista en dicha enfermedad» (1 Cel 99a).]

51) Cf. A. Pazzini, La medicina nella storia, nell'arte, nel costume, II, Milán 1969, 365a.

52) A. Sacchetti Sassetti, Anecdota franciscana reatina, Potenza 1926, 40-44.

53) Ibid., 34 y 69.

54) Ibid., 41.

55) S. Ciancarelli, Francesco di Pietro Bernardone, 105-114. «Los médicos, siguiendo la costumbre del medievo, debieron probablemente mandar que la intervención la ejecutase un cirujano-operador giróvago, uno de los numerosos empíricos que frecuentaban Rieti y su valle, provenientes de los centros vecinos de Norcia, Preci y Cerreto, en Umbría. En Borgo Preci, efectivamente, sede de la primera famosa abadía benedictina de San Eutizio, habitada por monjes bien informados en medicina, surgió una escuela práctica de terapia quirúrgica» (105/107). Cf. también A. Fabbi, La scuola chirurgica di Preci, Preci (Perusa) 1974, que no he podido consultar; cf. la recensión en Rivista della storia della Chiesa in Italia 29 (1975) 595s.

56) J. Strebel, Kulturhistorisches aus der Geschichte der Ophthalmologie, 258s. Pueden verse varias recetas en Thomas Cantimpratensis, Liber de natura rerum, lib. I, n. 6, ed. cit., 19-21.

57) Sobre el concepto «cuidarse de sí mismo», véase, más arriba, la nota 41.

58) S. Ciancarelli, Francesco di Pietro Bernardone, 111.

59) H. Schipperges, 5000 Jahre Chirurgie. Magie - Handwerk - Wissenschaft, Stuttgart [1967], 41.

60) He tratado el tema en mi estudio Enfermedades, 301-308.

61) Vincentius Bellovacensis, Speculum doctrinale, lib. XII, c. 143, ed. cit., col. 1165CD; lib. XIII, c. 19: De Phlegmate, col. 1181s.

62) A. Santoni, Oculistica, 263.

63) Ibid., 272. El cuadro clínico de los ojos afectos de tracoma es descrito del siguiente modo (268): «tumefacción de los párpados con ptosis [abajamiento palpebral], chemosis [hinchazón edematosa] conjuntival, enrojecimiento, condensación y aspecto aterciopelado de la conjuntiva palpebral, queratitis [inflamación de la córnea] punteada superficial, formación de exudado mucoso-purulento a veces abundante, hinchazón del glanglio preauricular. Subjetivamente, el sujeto tiene fotofobia y dolor.- Después de breve tiempo se inicia en la córnea la típica membrana tracomatosa, acompañada con frecuencia de la presencia de nódulos». Cf. también, más arriba, nota 34.

64) Ibid., 277.- Siguiendo la descripción de un autor moderno (St. Piat), como si fuera una fuente antigua, S. Ciancarelli (Francesco, 108s) sostiene: «En mi opinión, padecía entonces un glaucoma, enfermedad caracterizada por frecuentes crisis de reagudizaciones hipertensivas penosísimas de los ojos y dolores difusos en la cabeza». Ahora bien, según la monografía de I. Bardelli (Il Tracoma, 77-91), el glaucoma no es una de las complicaciones del tracoma. No creo que el proponer hipótesis, cuando las fuentes hablan claramente, sea un sano principio de interpretación histórica...

65) J. Strebel, Kulturhistorisches, 257.

66) S. Ciancarelli, Francesco, 113.

67) C. Andresen, Asketische Forderung, 139: «No obstante su total obediencia a Elías y a Hugo (!) de Ostia, Francisco experimentó las preocupaciones por su persona como "ruidos" e "impedimentos" en su esfuerzo de perfección. Quien lea los relatos de los siempre infructuosos resultados de las intervenciones médicas, puede comprender muy bien una reacción como la del Santo».

68) Cf. más arriba, nota 2.- Enrique de Avranches (Leg. versificata, lib. XIII, vv. 30-37, en Anal Franc X, 482) trae un nuevo dato que parece brotar no de una nueva información histórica, sino de su fantasía poética.

69) Cf. O. Schmucki, «Secretum solitudinis», 45-50; cf. Sel Fran n. 8 (1974) 167-169.

70) Los hermanos, tal vez, se impresionaron por el síncope que siguió probablemente a la hemorragia; cf. A. Bournet, S. François, 124; L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, 1086b.

71) A. Bournet, S. François, 123, nota 3; L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, 1253.

72) Cf. S. Ciancarelli, Francesco, 123-127; Th. Cotelle, Saint François, 181s.

73) L. Gualino, L'Uomo d'Assisi, 105. De forma similar juzgaron esta crisis los colegas médicos con quienes habló N. Tamassia, S. Francesco d'Assisi e la sua leggenda, Padua y Verona 1906, 180: «A la enfermedad de estómago y de hígado se unieron vómitos sanguíneos, signos seguros (...) de que el cáncer de hígado se había extendido al estómago».

74) J. Strebel, Kulturhistorisches, 256s.

75) E. F. Hartung, St. Francis and medieval medicine, 88b: «La hematemesis descrita es también característica de este período de la enfermedad», a saber, del estado maligno de la malaria. «Hemos visto que todas las enfermedades de Francisco, a excepción de la de los ojos, pueden explicarse satisfactoriamente sobre la base de la malaria en su variedad de cuartanas de tipo crónico y maligno» (90b).

76) L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, 720s. Véase, además, M. Giordano, Patologia, parassitologia ed igiene dei paesi caldi, Roma 1950, 410-420 («Malaria crónica - caquexia malárica»); P. Tolentino, Malattie infettive, 934s. No tengo, evidentemente, la intención de presentar una bibliografía clínica completa; me limito a remitir al lector, a título de ejemplo, a tratados de reconocida seriedad en su información.

77) L. Segatore - G. A. Poli, ibid., 196a.

78) M. Giordano, Patologia, 410s, 420: «En algunos casos pueden observarse complicaciones hemorrágicas con gengivitis, hematemesis, melena, púrpura, etc.».

79) 1 Cel 105: «Al tener conocimiento de esto el hermano Elías, que se hallaba distante, púsose inmediatamente en camino. Con su venida, el santo Padre mejoró de tal forma, que, dejando Siena, marchó con él a Celle de Cortona».

80) F. Rho, Malattie predominanti nei paesi caldi e temperati, Turín 1897, 335.

81) A. Fortini, Nova vita, II, 463.

82) Cf. el mapa geográfico de G. De Agostini, Umbria, en el volumen de P. Sella, Rationes decimarum Italiae nei secoli XIII e XIV, Ciudad del Vaticano 1952.

83) S. Ciancarelli, Francesco, 128-130, 128.

84) L. Segatore - G. A. Poli, Dizionario medico, 379a.

85) Ibid., 602a.

86) Ibid., 602a, 597s, 74b.

87) Ibid., 602a.

88) M. Giordano, Patologia, 417.

89) Vincentius Bellovacensis, Speculum doctrinale, lib. XIV, c. 110, ed. cit., 1354 D.

90) LP 96; 2 Cel 77.- Cf. A. Fortini, Nova vita, II, 462-470.

91) 1 Cel 102.- Respecto a la identificación de los hermanos enfermeros, véase, en la edición de Anal Franc X, 80, nota 1, y, sobre todo, E. Grau, Thomas von Celano. Leben und Wunder des heiligen Franziskus von Assisi, Werl en Westfalia 1964, 173, notas 98-101. Este autor piensa (173, nota 101) que, más que del citado Juan «de Laudibus», podría tratarse de fray Maseo.

92) A. Fortini, Nova vita, II, 539s; Spec. perf. c. 122, n. 1, ed. P. Sabatier, Manchester 19282, 342: «quidam medicus de Aretio, nomine Bonus Johannes».

93) U. Viviani, Sulla identificazione dei vari medici di s. Francesco d'Assisi, en Atti e memorie della Reale Accademia Petrarca di Lettere, Arti e Scienze, n. s. 28-29 (1940) 221-234, especialmente 228s; véase también A. Bournet, S. François, 125, nota 2.

94) Nota del Traductor: El texto latino de la pregunta de Francisco, según la ed. de M. Bigaroni (p. 294), dice así: «Quid tibi videtur, Finiatu, de hac mea infirmitate hydropisi?» (LP 100a). Ese nombre «Finiatu», que nos resulta enigmático, suele traducirse, por ejemplo en la ed. de la BAC, por «hermano Juan».

95) Otros códices hablan de «Bem vengate» (o grafías variantes): cf. P. Sabatier, ed. cit., 342, nota 6. Basándose en esta lectura, A. Fortini (ibid., 540) sostiene que Francisco se habría dirigido al médico asisiense con el nombre «del tío paterno, Benvegnate», para evitar el epíteto divino «bonus».

96) Cf. P. Sabatier, ibid., y R. B. Brooke, Scripta Leonis, Rufini et Angeli sociorum s. Francisci, Oxford 1970, 200, nota a.

97) Cf. A. Santoni, Oculistica, 276.

98) Cf. O. Schmucki, Gli ultimi due anni, 232, nota 78; puede verse también Sel Fran n. 17 (1977) 146, nota 27.

99) LP 22b.- Nótese la fina intuición psicológica en la descripción de la bendición: Francisco, «comenzando por un hermano, bendijo sucesivamente a todos, poniendo su mano derecha sobre la cabeza de cada uno. Bendijo así a todos los que vivían entonces en la Religión y a los que habían de vivir en ella hasta el fin del mundo. Y parecía compadecerse a sí mismo, porque no podía ver a todos sus hijos y hermanos antes de morir» (LP 22a). Creo que este sentimiento de pena de Francisco se refería no tanto a su casi-ceguera, cuanto a la imposibilidad de reunir en torno a su cabecera a todos los hermanos de su Orden, que entonces ya se había extendido en varios países de Europa.

100) Cf. O. Schmucki, Gli ultimi due anni, 234; puede verse también Sel Fran n. 17 (1977) 146ss.

101) Cf. O. Schmucki, Gli ultimi due anni, 234s; puede verse también Sel Fran n. 17 (1977) 146ss.

102) Édouard d'Alençon, Frère Jacqueline. Recherches historiques sur Jacqueline de Settesoli, l'amie de saint François, París-Roma [19272], 26s, nota 3: la confitura llamada «mortariolum» debe considerarse distinta de los «mustacciuola», cuyo nombre deriva del latín «mostaceum». [El texto latino, según la ed. de M. Bigaroni (p. 16), da al referido pastel el nombre de «mortariolum»; la traducción de la BAC, al igual que otras muchas, lo llama «mostaccioli».] De esta obra recién citada depende totalmente G. E. Lovrovich, Jacopa dei Settesoli [Marino 1976]; esta última obra contiene, no obstante, algunas ilustraciones históricamente interesantes (p. 2, 13).

103) Cf. A. G. Little, Description of a Franciscan Manuscript, formerly in the Phillipps Library, now in the possession of A. G. Little, en Collectanea Franciscana, I, Aberdeen 1914, 96s; R. B. Brooke, Scripta Leonis, 296-299.

104) A. G. Little, ibid., 96; R. B. Brooke, ibid., 296 y 298.

105) Cf. Nel mondo della natura. Enciclopedia di scienze naturali [Botanica. Dirección: A. y V. Motta], VIII, Milán [1963], 274s. Esta indicación se la debo al estudiante universitario Paolo Pineider (Roma). Los efectos terapéuticos del perejil eran conocidos por la medicina medieval. Se utiliza para dietas en las enfermedades del hígado y del estómago: cf. Thomas Cantimpratensis, Liber de natura rerum, lib. I, n. 48, ed. cit., 52 línea 32s, y n. 55, 62 lín. 28-32.

106) R. Manselli, L'ultima decisione di s. Francesco. Bernardo di Quintavalle e la benedizione di s. Francesco morente, en Bullettino dell'Istituto storico italiano per il Medio Evo e 1'Archivio Muratoriano 78 (1967) 137-153; cf. Bibliog Franc XII, n. 615.

107) P. Tolentino, Malattie infettive, 934.

108) Cf., por ejemplo, 1 Cel 109; LP 99; cf. F. Bajetto, Treinta años de estudios (1941-1973) sobre el Cántico del Hermano Sol. Bibliografía razonada, en Sel Fran n. 13-14 (1976) 173-220. [En este doble número, dedicado todo él al Cántico, pueden verse diversos estudios sobre los temas y problemas que el Cántico entraña, sobre su importancia, valores, interpretaciones, etc.]

109) Véase también Fray Elías, Epistola encyclica de transitu s. Francisci, n. 6, en Anal Franc X, 527: «Mientras todavía vivía su espíritu en el cuerpo, no había en él aspecto, sino que su rostro aparecía despreciable y no quedó en su cuerpo ningún miembro que no estuviera lleno de dolores».

110) P. Tolentino, Malattie infettive, 934.

111) 2 Cel 217a; 1 Cel 112.- Cf. también Fray Elías, ibid., 527.

112) M. Giordano, Patologia, 411.

113) Sobre Ángel Tancredi, cf. R. Patresi, Angelo da Rieti (Angelo Tancredi), en Dizionario biografico degli Italiani, III, Roma [1961], 233s; R. Brown, Appendix VII: Companions, en O. Englebert, S. Francis of Assisi, 431s, donde dice que el hermano Ángel Tancredi acompañó a Francisco, tal vez como guardián personal suyo, durante su estancia en Fonte Colombo y Rieti en 1225, y durante sus últimos días en Asís en 1226 (ibid., 432). De manera similar S. Clasen (Einführung, en Idem - E. Grau, Die Dreigeführtenlegende des heiligen Franziskus, Werl en Westfalia 1972, 59s), afirma: «Tal vez fue el mismo guardián de la Porciúncula que le procuró un hábito a Francisco moribundo, cuando mandó éste último que lo colocaran desnudo sobre el suelo en el que se había esparcido ceniza».

114) Sobre la muerte de san Francisco, véase la biografía indicada más arriba en la nota 6; O. Schmucki, Gli ultimi due anni, 224, nota 51; N. Tamassia, S. Francesco d'Assisi e la sua leggenda, 179-191 («La muerte de S. Francisco»); D. Neri, Iconografía del transito di s. Francesco, en Studi Francescani 23 (1926) 495-517.

115) Véase el artículo «cachessia », caquexia, en Dizionario enciclopedico italiano, II, Roma [1955], 584s; L. Segatore - A. G. Poli, Dizionario medico, 196a y 784s; M.-P. Engelmeier, Sterbehilfe, en Theologisch-Praktische Quartalschrift (Linz) 124 (1976) 336-347, 337s («Sobre el concepto de muerte», desde el punto de vista médico).

116) Esta comprobación se vuelve, evidentemente, contra la reconstrucción de Ciancarelli (Francesco di Bernardone, passim), y también contra K. Haines (The Death of St. Francis, 40-43), el cual, aun conociendo los testimonios de las fuentes franciscanas sobre la malaria, la excluye como causa de la muerte de Francisco basándose en una motivación que, francamente, no convence: «Hartung [cf. más arriba, nota 75] defiende que el entero historial clínico de Francisco es explicable sólo en base a la malaria que contrajo. Esto no es convincente; creo que el Poverello contrajo una enfermedad más virulenta, que fue la causa eventual y concreta de su muerte, más bien que la malaria que raramente es fatal "per se"» (42). Basta leer un artículo al respecto en cualquier diccionario médico para darse cuenta de que una malaria no curada, a consecuencia de las reinfecciones, conduce al estado caquéctico con resultado ineludiblemente letal, si se tiene en cuenta la impotencia de la medicina medieval ante este temible azote de la época (cf. más arriba, notas 18 y 30). Respecto a los intentos de curar con arsénico las fiebres palúdicas, cf. A. Celli, Storia delta malaria nell'Agro Romano, 181.

117) Me permito, una vez más, remitir al lector a la bibliografía e indicaciones propuestas en mi estudio: Gli ultimi due anni, 245-249; puede verse Sel Fran n. 17 (1977) 150-153. Tampoco me ha sido posible tratar el influjo que las múltiples enfermedades y la muerte prematura de Francisco tuvieron en la marcha de la Orden. Pueden verse algunas indicaciones en K. Haines, The Death of St. Francis, 45s.

118) Cf. Dicta beati Aegidii Assisiensis, Quaracchi 1939, 2ª ed., 108. Ver L. Hardick, Erläuterungen, en P. A. Schlüter, Leben und «Goldene Worte» des Bruders Aegidius, Werl en Westfalia 1953, 131-136 («La figura de S. Francisco de Asís» en los Dichos).

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, núm. 48 (1987) 403-436]

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