DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

«Loado seas, mi Señor,
por aquellos que... soportan enfermedad»
INTERPRETACIÓN FRANCISCANA
DE LA ENFERMEDAD


por Octaviano Schmucki, o.f.m.cap.

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En artículos ya publicados aquí informáticamente, a los que remite la nota 2, el P. Schmucki ha estudiado con todo detalle las enfermedades de san Francisco. En el que ahora ofrecemos, examina la actitud interior con que San Francisco y Santa Clara afrontaron el martirio que sus múltiples enfermedades les produjeron, tal como se desprende de los escritos y de las fuentes biográficas de ambos santos. Completamos el tema con otros estudios sobre la experiencia franciscana de la muerte, a los que remite la nota 3.

La incidencia de fenómenos morbosos y de los consiguientes sufrimientos psicofísicos en la vida tanto de san Francisco como de santa Clara se deduce ya de los simples datos estadísticos: así, la palabra «infirmitas», enfermedad, aparece nada menos que 173 veces en la Leyenda de Perusa y en el Espejo de perfección.1 La abundancia de detalles con que las fuentes franciscanas describen las varias clases de enfermedades que sufrió el Pobrecillo, los intentos terapéuticos de los médicos2 y las reacciones espirituales del Santo ante los sufrimientos,3 convierten su biopatografía en un caso favorito de los historiadores de la medicina medieval.

Muy distinta es la condición de las fuentes respecto a santa Clara: aunque atestiguan contestes que permaneció enferma durante casi treinta años, los síntomas que nos transmiten son tan pocos, que no puede deducirse un diagnóstico seguro de su enfermedad.4 En cambio, sí es rica la doctrina clariana (y más aún la de Francisco) sobre la actitud espiritual que debe asumirse ante el sufrimiento.5

I. INTERPRETACIÓN ESPIRITUAL
DE LA ENFERMEDAD
SEGÚN LOS ESCRITOS DE AMBOS SANTOS

El fragmento más amplio donde Francisco trata este tema es el capítulo 10 de la Regla no bulada: «Y ruego al hermano enfermo que por todo dé gracias al Creador; y que desee estar tal como el Señor le quiere, sano o enfermo, porque a todos los que Dios ha predestinado para la vida eterna (cf. Hch 13,48), los educa con los estímulos de los azotes y de las enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: A los que yo amo, los corrijo y castigo (Ap 3,19)» (1 R 10,3).

Los hermanos que caían enfermos durante la fase de predicación itinerante de los inicios de la Orden,6 tenían que soportar dificultades muy graves; por ello, se les exhorta a dar por todo gracias al Creador, de quien depende tanto el estado de salud como la enfermedad; aceptarán de Él con resignación tanto una cosa como otra. El Pobrecillo subraya claramente el fin pedagógico de la enfermedad: «porque a todos los que Dios ha predestinado para la vida eterna, los educa con los estímulos de los azotes y de las enfermedades y con el espíritu de compunción». La enfermedad, por tanto, debe suscitar ese sentimiento religioso que incluye el dolor por los propios pecados, el desprecio de los falsos placeres, el temor al juicio divino y un ardiente deseo de Dios y de la vida eterna.7 La enfermedad es signo evidente del amor de Dios, recalca Francisco citando Ap 3,19: «A los que yo amo, los corrijo y castigo».

En el capítulo 23 de la Regla no bulada, Francisco, a una con sus hermanos, invita a todos los hombres, incluidos los «sanos y enfermos» a que «perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (1 R 23,7). También es interesante advertir que Francisco tiene a los hermanos caídos en pecado mortal por enfermos espirituales que necesitan de médico (CtaM 13-17; 1 R 5,7-8). En la Carta a toda la Orden8 confiesa su «grave culpa» por no haber observado la Regla y, sobre todo, por no haber dicho el Oficio divino «o por negligencia, o por mi enfermedad, o porque soy ignorante e indocto» (CtaO 39). La progresiva opacidad de la córnea le hacía cada vez más dificultosa la lectura del Oficio divino. De ahí que accediera a que un clérigo le leyese las horas litúrgicas, aun cuando los teólogos de entonces consideraban que esta práctica no bastaba para satisfacer la obligación de recitar el Oficio ni, por otra parte, la exigía el derecho canónico.9

Aunque el significado de la palabra «infirmitas» oscila entre debilidad, inconstancia y enfermedad, no debe perderse de vista que el sentido del vocablo «infirmitate» del Cántico del hermano sol (v. 10) es, sin ninguna duda, el de «enfermedad grave o crónica, particularmente en cuanto que obliga al individuo afectado por ella a la inmovilidad, o lo inhabilita total o parcialmente para realizar sus actividades normales».10 Por otra parte, la elección de este término en los Escritos no podía por menos de estar influenciada por la experiencia personal que el Santo tenía de enfermedades graves y permanentes. Debe tenerse esto en cuenta a la hora de leer los fragmentos de las Admoniciones 6 y 5 que vamos a citar a continuación. Leemos en la primera de ellas: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y persecución, vergüenza y hambre, en la enfermedad y tentación, y en todo lo demás; y por ello recibieron del Señor la vida sempiterna» (Adm 6,1-2). El soportar con paciencia los estados morbosos (véase también 2 R 10,9) es, por tanto, uno de los medios preferidos para seguir las huellas del buen Pastor, para estar crucificados con él y obtener de él el premio de la vida eterna.11

De modo similar, en la Admonición 5, tras excluir (vv. 1-7) cualquier título de gloria basado sobre las cualidades humanas o los carismas divinos, Francisco, inspirándose en 2 Cor 12,5, afirma: «Por el contrario, es en esto en lo que podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades y en llevar a cuestas diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo».12

En los escritos de santa Clara encontramos conceptos semejantes, pero enriquecidos con la sustitución vicaria en favor del Cuerpo místico; por ejemplo, escribe a santa Inés de Praga: «Lo diré con palabras del mismo Apóstol (cf. 1 Cor 3,9; Rm 16,3): te considero cooperadora del mismo Dios y sustentadora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable» (3 CtaCl 2).13 Con un paralelismo cargado de lirismo, la Santa recuerda la dimensión escatológica del sufrimiento: «Porque, si sufres con Él, reinarás con Él; si con Él lloras, con Él gozarás; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos» (2 CtaCl 4; cf. también 5 Carta).

II. EL SENTIDO RELIGIOSO DE LA ENFERMEDAD
SEGÚN LAS FUENTES BIOGRÁFICAS

1. Fuentes biográficas de San Francisco

Al parecer, sólo en un caso, el del canónigo Gedeón, «hombre muy mundano», pone Francisco de relieve el carácter de las enfermedades como castigo por los pecados cometidos (LP 95; 2 Cel 41).14 En los demás casos, destaca siempre el motivo que la Leyenda de Perusa considera justamente el predominante: «Desde el día de su conversión hasta el de su muerte, el bienaventurado Francisco estuvo siempre, en salud o enfermedad, atento a conocer y a cumplir la voluntad del Señor» (LP 6). Este anhelo por conocer y cumplir la voluntad de Dios no excluye que le tentara a veces el desánimo. Así le ocurrió en 1225 hallándose en San Damián, donde le sobrevino una agudísima fase del tracoma y le resultaba totalmente intolerable el soportar la luz,15 unido ello a intensísimos dolores de ojos y, además, a una invasión de ratones que le estorbaban en sus momentos de oración y no le dejaban dormir. Durante una de aquellas terribles e interminables noches, el Pobrecillo oró: «Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia». Y Dios le prometió mediante una alocución mística: «hermano..., regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino» (LP 83d). En este contexto de ceguera casi total, de tremendos sufrimientos físicos y de divina consolación, brotó, como júbilo estático y preludio de la gloria celestial, la «nueva alabanza del Señor por sus criaturas» (LP 83e). He aquí cómo expresa el compilador de la Leyenda de Perusa lo que Francisco se proponía con esta «nueva alabanza»: «Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre, a su Hijo único nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, porque Él me ha dado esta gracia y bendición...» (LP 83e; cf. también 2 Cel 213).

Este constante deseo de cumplir siempre y en todas partes la voluntad divina y la convicción de que esta conformidad le había abierto el acceso a la gloria celestial, explican el apelativo enfático de «hermana» aplicado a la enfermedad y a la misma muerte (2 Cel 121. 217). Refiriéndose al último bienio de la vida de Francisco, afirma este biógrafo: «Era milagroso de veras que un hombre abrumado con dolores vehementes de parte a parte tuviera fuerzas suficientes para tolerarlas. Pero a estas sus aflicciones les daba el nombre de hermanas» (2 Cel 212; cf. LM 14,2). Con su conocida predilección por las tipologías bíblicas, dice san Buenaventura: «Y, a pesar de verse atormentado con tan acerbos dolores, decía que aquellas sensibles angustias no eran penas, sino hermanas suyas, y, sobrellevándolas alegremente, dirigía tan ardientes alabanzas y acciones de gracias a Dios, que a los hermanos que le asistían les parecía ver a otro Pablo, en su gozoso y humilde gloriarse ante la debilidad (2 Cor 11,30; 12,5.9), o a un nuevo Job, en el imperturbable vigor de su ánimo» (Lm 7, 2).16

La insistente petición de Francisco de cantar el Cántico del hermano sol durante sus últimas enfermedades, confería a su espera de la eternidad un tono de alegría pascual (1 Cel 109; 2 Cel 213. 217; LP 83-84). «Cuando se agravaba su enfermedad, empezaba a cantar las alabanzas del Señor a través de las creaturas, y luego hacía que las cantaran sus compañeros, para que, considerando la alabanza del Señor, se olvidara de la acerbidad de sus dolores y enfermedades» (EP 119b).

Cuando cierto médico llamado Bongiovanni d'Arezzo le pronosticó la cercanía de su muertel7 y, sobre todo, cuando fray Elías le reveló con toda franqueza el carácter incurable de su enfermedad, el Pobrecillo exultó e hizo insertar en el Cántico la «estrofa sobre la hermana muerte»:

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal» (LP 7).18

«Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza, y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: "Bienvenida sea -decía- mi hermana muerte"» (2 Cel 217).

El tránsito iba a ser para él «la puerta de la vida» (2 Cel 217), de ahí que no le resultara difícil pensar en su muerte «de día y de noche», como confesó un día a fray Elías (LP 99c).

Más allá del cumplimiento dócil de la voluntad soberana de Dios, abrazando con afecto fraterno incluso a las «hermanas» enfermedad y muerte, Francisco, acompañado de continuo por éstas, revivió intensamente el seguimiento de Cristo, sobre todo en su Pasión.19 Así nos lo confirma Tomás de Celano: «Francisco, el pregonero de Dios, siguió las huellas de Cristo por el camino de innumerables contratiempos y enfermedades recias, pero no echó pie atrás hasta llevar a feliz término con toda perfección lo que con perfección había comenzado» (2 Cel 210). El encuentro místico con Cristo crucificado en cada enfermo empezó a manifestarse muy pronto. Puesto que el leproso presentaba al cristiano fervoroso de la Edad Media una imagen viva del Crucificado, la superación por parte de Francisco de su repugnancia instintiva cuando besó a uno de ellos (en el año 1205; 2 Cel 9), no sólo produjo una transformación mística de las reacciones de su sensibilidad humana («aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo»: Test 3), sino que también inició una visión completamente nueva del hombre enfermo.20 Da fe de ello un relato referido con algunas leves diferencias por Celano (2 Cel 85) y por la Leyenda de Perusa (LP 114). De camino hacia el eremitorio de Rocca di Brizio -probablemente Roca S. Angelo, al noroeste de Asís-,21 se acerca a Francisco y a su compañero un «hombre pobre y enfermizo». Francisco se conmueve compadecido. Pero el compañero, aun reconociendo los signos externos de la pobreza de aquel hombre, se atrevió a dudar de su pobreza interior. Al momento, el Santo reprende a su compañero y le obliga a pedir perdón al mendigo. Hecho esto, le explica cómo había pecado «contra ese pobre y hasta contra el mismo Cristo. Y añadió: "Cuando ves a un pobre debes pensar en Aquel en cuyo nombre se te acerca, es decir, en Cristo, que vino a tomar sobre sí nuestra pobreza y nuestras dolencias. La pobreza y la enfermedad de este hombre son un espejo en el que debemos ver piadosamente la pobreza y el dolor que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo para salvar al género humano"» (LP 114).

Todo pobre y enfermo era para el Santo una especie de sacramento de la presencia mística de Cristo en el ser doliente. «Francisco... estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo; ...estaba siempre acariciando al Varón de dolores y conocedor de todo quebranto» (2 Cel 85). Este contacto casi experimental con Cristo crucificado en el hombre sufriente, no se explica sin admitir que Francisco había alcanzado un alto grado de madurez mística. Por otra parte, la experiencia no se detuvo nunca en la mera esfera de una sensibilidad místicamente transformada, sino que se tradujo también en una continua disposición a ayudar: «Admirable era la ternura de compasión con que socorría a los que estaban afligidos de cualquier dolencia corporal; y si en alguno veía una carencia o necesidad, llevado de la dulzura de su piadoso corazón, lo refería a Cristo mismo» (LM 8,5).

Tiene particular importancia el saber si Francisco relacionó su propio sufrimiento con la dimensión cristológica antes aludida, y, en caso afirmativo, cómo los vinculó. Podemos captar un primer indicio en la respuesta que Francisco, «enfermo y aquejado de dolores de parte a parte», le dio a un ministro ante la sugerencia de éste de que se hiciera leer algún pasaje bíblico para su confortación: «Estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado» (2 Cel 105; cf. LP 79). La Leyenda de Perusa nos transmite un pasaje que revela también la íntima participación de Francisco en la Pasión del Señor. Luego de describir las múltiples enfermedades del Pobrecillo, en especial la de la vista, y tras insinuar que su rechazo a aceptar atención médica era debido al «fervor de su espíritu desde su conversión a Cristo», la Leyenda prosigue: «Se portaba así porque, gracias a la gran dulzura y compasión que a diario percibía en la meditación de la humildad y los pasos del Hijo de Dios, lo que para la carne era amargo, se le hacía dulce para el espíritu. Es más: de tal manera se dolía a diario de los sufrimientos y amarguras que Cristo toleró por nosotros y de tal manera se afligía de ellos interior y exteriormente, que no se preocupaba de sus propias dolencias» (LP 77). Si la interpretación de los compañeros refleja con fidelidad el estado de ánimo del Santo, o al menos lo reconstruye en algunos momentos privilegiados, la identificación mística de Francisco con los sufrimientos del Crucificado había llegado hasta el punto de hacerle olvidar sus propios sufrimientos.22

Si tenemos en cuenta esta óptica original del Pobrecillo, no nos asombrará que éste, aunque reconocía que «el sufrir tan sólo tres días esta enfermedad me resulta más duro que cualquier martirio» (1 Cel 107), rechace con decisión para sí el parangón con el premio del martirio: «Lo digo -añadía Francisco- no en atención al premio, sino a las molestias que trae consigo» (1 Cel 107). Pero no es menos significativo que atribuya este título a sus hermanos que «por amor del Señor» aceptan la renuncia a lo necesario para el propio cuerpo tras haberlo solicitado «con respeto y humildad» al prelado o al propio hermano, sin obtenerlo: el Señor les «concederá el mérito del martirio» (LP 120e).

La limitación de espacio no nos permite aludir a todos los aspectos de la dimensión apostólica de Francisco enfermo. Esta característica es subrayada por el Doctor Seráfico: «Pues no hay lugar para la flojedad y la pereza allí donde el estímulo del amor apremia siempre a empresas mayores» (LM 14,1d). Para ilustrar cuán justa sea esta afirmación, basta citar su acción pacificadora entre el obispo Guido II y el podestà Opórtolo, «estando enfermo» Francisco en San Damián, el año 1225, mediante la estrofa del perdón que entonces añadió al Cántico del hermano sol y que hizo cantar ante los dos protagonistas de la contienda.23 Téngase en cuenta, además, su exquisito detalle de «componer también unas letrillas santas con música, para mayor consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián, particularmente porque sabía que estaban muy afectadas por su enfermedad» (LP 85a).24 Mientras generalmente lo que se observa en los enfermos es una disminución de intereses y la tendencia a la autoconmiseración, el Pobrecillo se mantenía, incluso durante el tiempo de su continua postración en los dos últimos años, plenamente abierto a las exigencias de la caridad y de la evangelización.

2. Fuentes biográficas de Santa Clara

Trazando un resumen patográfico, el biógrafo de santa Clara refiere, entre otras cosas: «Había corrido durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya al premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad; y así, la que estando sana se había enriquecido con los méritos de sus obras, estando enferma se enriquecía con los méritos de sus sufrimientos. Puesto que la virtud se perfecciona en la enfermedad (cf. 2 Cor 12,9)» (LCl 39). Tomás de Celano ve la prueba de la virtud extraordinaria de Clara en el hecho de que «durante veintiocho años de continuo dolor no resuena en sus labios una murmuración ni una queja; por el contrario, a todas horas brotan de sus labios santas palabras, a todas horas acciones de gracias» (LCl 39).

A diferencia de los escritos de santa Clara, las fuentes biográficas son menos explícitas a la hora de evidenciar las motivaciones de la serenidad y resignación en su sufrimiento. Casi incidentalmente subrayan su referencia a Cristo: «Como quiera que durante la enfermedad "todo era recordar" a Cristo, por eso también Cristo la visitaba en sus dolencias» (LCl 29). Sin embargo, con gran agudeza psicológica, el biógrafo subraya con fuerza el fenómeno de su alegría mística, a pesar de «aquellas muertes que voluntariamente soportaba cada día» con su terrible ascesis y los sucesivos sufrimientos corporales: «Y, si bien es cierto que la grave aflicción del cuerpo engendra de ordinario la aflicción del espíritu, de forma muy distinta sucedía en Clara, quien conservaba en medio de sus mortificaciones un aspecto festivo y regocijado, de modo que parecía demostrar o que no las sentía o que se burlaba de las exigencias del cuerpo. De lo cual se da a entender claramente que la santa alegría de la que abundaba interiormente, le rebosaba al exterior, porque el amor del corazón hace leves los sufrimientos corporales» (LCl 18). Por lo demás, también sor Felipa de Leonardo de Gislerio atestigua este mismo hecho; tras recordar los ayunos de la Santa, prosigue: «Sin embargo, siempre estaba alegre en el Señor, y nunca se la veía alterada, y su vida era toda angelical» (Proceso 3,5s; cf. 6,4).

Es típico de la psicología femenina el hecho de que las hermanas, en sus declaraciones durante el Proceso de canonización, se detengan a destacar algunas actitudes concretas de la enferma que les producían especial admiración. Así, sor Amada de Martino refiere que Clara «en el tiempo de su enfermedad no quiso dejar cosa alguna de la Religión» (Proceso 4,17), es decir, se atenía escrupulosamente a la observancia regular. En particular, les asombraba que «Clara estaba enferma y, sin embargo, de noche se incorporaba en el lecho y velaba en oración, con abundantes lágrimas. Y lo mismo por la mañana, hacia la hora de tercia» (Proceso 14,2; cf. 2,19). Además de ser un modelo viviente de alabanza divina en su lecho de muerte, Clara continuaba prodigándose como maestra espiritual de sus hijas. Sor Cristiana de Bernardo relata «que la dicha madonna Clara, en la enfermedad de que murió, no dejaba nunca de alabar a Dios, exhortando a las hermanas a la perfecta observancia de la Orden, y, sobre todo, al amor de la pobreza» (Proceso 13,10).

Como testigos oculares, las monjas no dejaron de advertir ante el Tribunal Eclesiástico la extraordinaria energía con que la Seráfica Madre, con un cuerpo inexorablemente desgastado físicamente, no se resignara a la inactividad forzosa. Lo confirma sor Cecilia de Gualterio Cacciaguerra, al atestiguar «que madonna Clara, la cual no quería estar nunca ociosa, aun durante la enfermedad de la que murió, hacía que la incorporasen de modo que se sentase en el lecho, e hilaba. De ese hilado mandó confeccionar una tela fina con la que se hicieron muchos corporales y fundas para guardarlos, guarnecidas de seda o de paño precioso. Y los envió al obispo de Asís para que los bendijese, y luego los envió a las iglesias de la ciudad y del obispado de Asís» (Proceso 6,14; cf. 1,11; 2,12). Este aspecto característico de concretez de la devoción eucarística sanfranciscana, lo subraya también con fuerza el autor de la Leyenda (LCl 28).

Tal vez debido al carácter extraordinario del acontecimiento, Tomás de Celano (a diferencia de su trilogía sobre san Francisco)25 describe cómo el cardenal Rainaldo Segni «alimenta a la enferma con el sacramento del Cuerpo del Señor» (LCl 40). Cuando Inocencio IV la visitó en San Damián por segunda vez (entre el 1 y el 8 de agosto de 1253), a petición de la moribunda «le imparte, con el beneficio de una total absolución, la gracia de una bendición amplísima» (LCl 42), pues «aquel día había recibido también de manos del ministro provincial la sagrada Hostia» (LCl 42). «Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, Clara quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras» (LCl 45). El 11 de agosto de 1253, «sale aquella alma santísima para ser laureada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos» (LCl 46).

* * *

Los últimos versículos del Cántico de las criaturas -añadidos en dos momentos sucesivos: los vv. 10-11 en 1225 para restablecer la concordia entre el obispo y el podestà de Asís, y los vv. 12-14 poco antes de su tránsito- aparecen como una síntesis maravillosa de la enseñanza de Francisco y de Clara, su «primera plantita» (LM 4,6; etc.), sobre la actitud espiritual que debe asumirse frente a la enfermedad y la muerte. El aspecto probablemente más característico de estas estrofas de la «Alabanza» reside en la unión de alegría y sufrimiento en quienes miran y esperan confiados la virtud redentora de la cruz de Cristo y el premio de alegría imperecedera que les aguarda. Vistas y vividas de esta forma, la enfermedad y la muerte se transforman en alabanza divina:

«Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo, coronados serán.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal.

Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad».

* * *

N O T A S:

1) J.-F. Godet - G. Mailleux, Legenda seu Compilatio Perusina. Speculum Perfectionis. Concordance... (Corpus des Sources Franciscaines IV), Lovaina 1978, 200-202.

2) Para una consulta rápida de la bibliografía más interesante sobre las enfermedades de san Francisco, véase la citada en los siguientes artículos: O. Schmucki, Los dos últimos años de la vida de S. Francisco y la renovación de nuestra vida, en Selecciones de Franciscanismo n. 17 (1977) 136-151; Idem, Enfermedades que sufrió S. Francisco de Asís antes de su estigmatización, en Selecciones de Franciscanismo n. 47 (1987) 287-323; Idem, Las enfermedades de Francisco en los últimos años de su vida, en Selecciones de Franciscanismo n. 48 (1987) 403-436. La versión informática de estos tres trabajos puede verse en esta misma sección que dedicamos a San Francisco.- Cf. AA-VV, La ricognizione del corpo di san Francesco. 24 gennaio - 4 marzo 1978, Asís 1978, 46: «No se ha deducido ninguna conclusión diagnóstica de procesos patológicos particulares... aun cuando ha aparecido como atendible la hipótesis un cierto grado de osteoporosis existente ya en vida, compatible con la desnutrición debida a largos ayunos» (Prof. A. Fiori - Prof. N. Miani); [sobre el reconocimiento del cuerpo de S. Francisco, cf. Selecciones de Franciscanismo n. 20 (1978) 172-1791].

3) En cuanto a la bibliografía sobre la actitud cristiana de Francisco ante la enfermedad, los enfermos y la muerte, añadimos: K. Esser, Nadie se enorgullezca, sino gloríese en la cruz del Señor (Adm 5), en Selecciones de Franciscanismo n. 39 (1984) 464-470; Idem, La imitación del Señor (Adm 6), en Selecciones de Franciscanismo n. 12 (1975) 297-302; L. Marcelletti, La muerte en san Francisco y la muerte hoy, en Selecciones de Franciscanismo n. 15 (1976) 294-305; O. Schmucki, Das Leiden Christi im Leben des hl. Franziskus von Assisi, en Coll Fran 30 (1960) 5-30, 129-145, 241-263, 353-397; I.-E. Motte, Mundo, vida y muerte en el Cántico, en Selecciones de Franciscanismo n. 13-14 (1976) 80-86; P. Prini, Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, en Selecciones de Franciscanismo n. 28 (1981) 145-153; T. Matura, La muerte en los escritos de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 40 (1985) 45-481; O. Schmucki, San Francisco de Asís y la experiencia cristiana de la muerte, en Selecciones de Franciscanismo n. 50 (1988) 247-264; M. V. Triviño, La hermana muerte en los escritos de Clara, en Selecciones de Franciscanismo n. 97 (2004) 38-46; la versión informática de estos dos últimos trabajos puede verse en esta misma sección que dedicamos a San Francisco y en la sección dedicada a Santa Clara de Asís respectivamente.

4) L. Bracaloni, Santa Chiara d'Assisi, Milán 1949, 181: «... la salud de la Madre [Clara] estaba gravemente afectada, por la debilidad de estómago producida por sus prolongadas abstinencias»; F. Casaloni, Chiara d'Assisi rilucente specchio, Asís 19543, 239-261 («La muerte preciosa»); M. Fassbinder, Die hl. Clara von Assisi, Friburgo de Brisgovia 1934, 143-149: un «excursus» documentado sobre la alegría mística con que Clara soportó los sufrimientos de su enfermedad, sin especificar la naturaleza exacta de la misma.

5) Cf., entre otros estudios: R.-Ch. Dhont, Clara de Asís. Su proyecto de vida evangélica, Valencia, Ed. Asís (Sel Fran), 1979, 187-190; L. Hardick, La espiritualidad de santa Clara, Barcelona, Ed. Seráfica, 1968; L. Iriarte, Letra y espíritu de la Regla de santa Clara, Valencia, Selecciones de Franciscanismo, 1975, 141-148; Ch. A. Lainati, Santa Clara de Asís, Oñate, Ed. Aránzazu, 1983, 61-63, 124-126; I. Omaechevarría, La «Regla» y las Reglas de la Orden de santa Clara, en Coll Fran 46 (1976) 93-119 y en Selecciones de Franciscanismo n. 18 (1977) 248-269; K. Esser, Santa Clara, espejo e imagen de la Iglesia, en Idem, Temas espirituales, Oñate, Ed. Aránzazu 1980, 209-226; la versión informática de este último trabajo puede verse en la sección que dedicamos a Santa Clara de Asís.

6) Cf. K. Esser, La Orden franciscana. Orígenes ideales, Oñate, Ed. Aránzazu, 1976, 82-90.

7) La palabra «compunctio» aparece sólo en 1 R 10,3; por tanto, hay que «rellenarla» con los significados que tenía en la Edad Media.

8) Cf. O. Schmucki, La «Carta a toda la Orden» de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 29 (1981) 235-263, esp. 253-256.

9) Cf. Test 29; véase la Nota manuscrita del hermano León en el breviario de san Francisco, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías..., Madrid, BAC, 1978, p. 974; O. Schmucki, La «Carta a toda la Orden», 253-256.

10) Cf. G. Devoto - G. C. Oli, Vocabulario Illustrato della lingua italiana, I, Milán 1977, 1.316s.; en cuanto a la referida oscilación de significados, cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi, 28s. (bibliog.).

11) Cf. el estudio de Schmucki citado en la nota anterior; K. Esser, La imitación del Señor (Adm 6), en Selecciones de Franciscanismo n. 12 (1975) 297-302.

12) Cf. K. Esser, Nadie se enorgullezca... (Adm 5), en Selecciones de Franciscanismo n. 39 (1984) 464-470.

13) Citamos los escritos y fuentes biográficas de santa Clara siguiendo la edición de I. Omaechevarría, Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Madrid, BAC, 19822; cf. K. Esser, Santa Clara (ver nota 5); R.-Ch. Dhont, Clara de Asís, 153-161.

14) Sobre este personaje, cf. A. Sacchetti Sassetti, Anecdota franciscana reatina, Potenza 1926, 44-46.

15) Cf. O. Schmucki. Las enfermedades de Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 48 (1987) 412-413, 416-417.

16) No tiene en cuenta esta doble tipología L. Iriarte, Figuras bíblicas «privilegiadas» en el itinerario espiritual de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo n. 28 (1981) 127-143.

17) Cf. O. Schmucki, Las enfermedades..., 427-429.

18) Respecto a los numerosos problemas críticos y hermenéuticos que plantea esta estrofa, cf. F. Bajetto, Treinta años de estudios (1941-73) sobre el Cántico del Hermano Sol. Bibliografía razonada, en Selecciones de Franciscanismo n. 13-14 (1976) 173-220.

19) Cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi, 257-260 y 376-379.

20) Cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi, 258-259. En cuanto a la presunta aparición de Cristo Jesús en la figura de un crucificado, durante el proceso de conversión de Francisco, mantengo mis reservas críticas expresadas en el mismo estudio, pp. 244-245.

21) Véase mi reseña: Assisii civitas tempore sancti Francisci, en Coll Fran 49 (1979) 277-289, esp. 281.

22) Cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi, 378-379.

23) Cf. O. Schmucki, San Francisco de Asís, mensajero de paz en su tiempo, en Selecciones de Franciscanismo n. 22 (1979) 133-145, esp. 142-144.

24) Cf. G. Boccali, Canto de exhortación de S. Francisco para las «Pobrecillas» de San Damián, en Selecciones de Franciscanismo n. 34 (1983) 63-87; O. Schmucki, «Audite, poverelle». El redescubierto «Canto de exhortación» de S. Francisco para las Damas Pobres de San Damián, en Selecciones de Franciscanismo n. 37 (1984) 129-143.

25) Cf. O. Schmucki, San Francesco e l'esperienza cristiana della morte, en Fidelis 65 (1978) 11; Idem, San Francisco de Asís y la experiencia cristiana de la muerte, en Selecciones de Franciscanismo n. 50 (1988) 247-264.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVII, núm. 49 (1988) 25-36]

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